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El poema de la Pampa

CAPÍTULO VIII Los Indios

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CUANDO un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la Argentina el desesperado recurso de hacerse gaucho matrero, oficio semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El matrero se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta entonces.

Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las antiguas aventuras.

En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de los indios pampas.

El poema del Martín Fierro, aunque no tiene más que cuarenta años de fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez.

Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios, cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya más. Todos han desaparecido.

Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos, entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en el casi desierto territorio del Chaco y arman sus tolderías en las riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para subsistir; a veces arrostran pequeños malones[38] o saqueos sobre los colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los obrajes[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la madera tintórea llamada quebracho. Los miserables indios reciben por sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se vengan en brutales represalias.

Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los pampas. Antiguamente se llamaban querandíes, y ocupaban toda la zona llana de la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios del Uruguay, llamados charrúas, no eran menos valerosos y crueles.

Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran, sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los charrúas, cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios querandíes sitiaron la ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno del general Roca, se acordó una expedición al desierto, y los indios, implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la población civilizada.

Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno siglo XIX, igual suerte que los pieles rojas. La civilización tiene un fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer. No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista. Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos pieles rojas; también en la Argentina restan unas docenas de indios pampas, a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.

Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban, asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la agricultura; ¿pero hoy no existen los obrajes, el alcohol, las persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en nuestro propio tiempo?

Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios pampas. Hacían acometidas tumultuosas, que llamaban malones, y cayendo sobre los poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños, comestibles, aperos, rebaños.

Antes de aclarar el día empieza el indio a aturdir la pampa con su rugir, y en alguna madrugada, sin que sintiéramos nada, se largaban a invadir. Primero entierran las prendas en cuevas como peludos[40], y aquellos indios cerdudos, siempre llenos de recelos, en los caballos en pelos se vienen medio desnudos. Para pegar el malón el mejor flete procuran, y como es su arma segura vienen con la lanza sola, y varios pares de bolas atados a la cintura... Se vuelve aquello un incendio más feo que la mesma guerra; entre una nube de tierra se hace allí una mescolanza de potros, indios y lanzas, con alaridos que aterran... Y aquella voz de uno solo, que empieza con un gruñido, llega hasta a ser alarido de toda la muchedumbre. Y ansí adquieren la costumbre de pegar esos bramidos.

El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria a aquel hombre de la Naturaleza que inventara Rousseau y que estuviera en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio pampa.

El indio pasa la vida robando o echao de panza. La única ley es la lanza a que se ha de someter. Lo que le falta en saber lo suple con desconfianza. Fuera cosa de engarzarlo a un indio caritativo. Es duro con el cautivo, le dan un trato horroroso. Es astuto y receloso, es audaz y vengativo... Odia de muerte al cristiano, hace guerra sin cuartel. Para matar es sin hiel. Es fiero de condición. No golpea la compasión en el pecho del infiel... Se cruzan por el desierto como un animal feroz. Dan cada alarido atroz que hace erizar los cabellos. Parece que a todos ellos los ha maldecido Dios. Todo el peso del trabajo lo dejan a las mujeres. El indio es indio, y no quiere apiar de su condición. Ha nacido indio ladrón, y como indio ladrón muere.

Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e ingenuamente una de las características principales del indio americano: la incapacidad para la risa.

El indio nunca se ríe y el pretenderlo es en vano, ni cuando festeja ufano el triunfo en sus correrías. La risa en sus alegrías le pertenece al cristiano...

Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas humanas.

Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo el smokin. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto alguna broma.

Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes mestizas.

Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el guaraní. A esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española, llaman en el país con el mote de chinos, por sus caracteres especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.

Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como Lugones, como Ricardo Rojas.

* * *

Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.

“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas, etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos, aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”

Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!

Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar, guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno. Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la necesidad de un portamonedas.

El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el sentido de nuestra civilización.

Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último, el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición. Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.

Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización. El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento. ¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho, porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco, calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que cubra sus vergüenzas. Los que manejan ingenios y obrajes en el norte de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea, exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su muelle y dichosa holganza?...

Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente serán siempre los países cálidos una especie de “territorios protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere buscar.

Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la Tierra.

Notes in this chapter

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