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El poema de la Pampa

CAPÍTULO IX Un Duelo con un Salvaje

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TAN pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al cruzar la frontera.

Y cuando la habían pasao una madrugada clara, le dijo Cruz que mirara las últimas poblaciones, y a Fierro dos lagrimones le rodaron por la cara...

Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los salvajes están preparando un malón a tierra de cristianos, y no bien se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.

Se armó un tremendo alboroto cuando nos vieron llegar; no podíamos aplacar tan peligroso hervidero; nos tomaron por bomberos y nos quisieron lanciar. Nos quitaron los caballos a los muy pocos minutos; estaban irresolutos; quién sabe qué pretendían. Por los ojos nos metían las lanzas aquellos brutos. Y dele en su lengüeteo hacer gestos y cabriolas. Uno desató las bolas y se nos vino en seguida. Ya no creíamos con vida salvar ni por carambola.

En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del mantenimiento.

El alimento no abunda por más empeño que se haga; lo pasa uno como plaga ejercitando la industria, y siempre como la nutria viviendo a orilla del agua. En semejante ejercicio se hace diestro cazador. Caí el piche engordador, caí el pájaro que trina; todo bicho que camina va a parar al asador. Pues allí a los cuatro vientos la persecución se lleva; naide escapa de la leva, y dende que el alba asoma ya recorre uno la loma, el bajo, el nido y la cueva. En las sagradas alturas está el maestro principal, que enseña a cada animal a procurarse el sustento, y le brinda el alimento a todo ser racional. Y aves y bichos y peces se mantienen de mil modos. Pero el hombre en su acomodo es curioso de observar; es el que sabe llorar... ¡y es el que los come a todos!

Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo. Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.

Todos pueden figurarse cuánto tuve que sufrir. Yo no hacía sino gemir, y aumentaba mi aflicción no saber una oración pa ayudarlo a bien morir. De rodillas a su lado yo le encomendé a Jesús. Faltó a mis ojos la luz, tuve un terrible desmayo. ¡Caí como herido del rayo cuando lo vi muerto a Cruz!... Andaba de toldo en toldo y todo me fastidiaba. El pesar me dominaba, y entregao al sentimiento se me hacía a cada momento oir a Cruz que me llamaba.

Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto día...

Sin saber qué hacer de mí y entregado a mi aflicción, estando allí una ocasión del lado que venía el viento, oí unos tristes lamentos que llamaron mi atención.

Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos achacaban la peste de viruela a brujería.

Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y vengar a la pobre cautiva.

Yo no sé lo que pasó En mi pecho en ese instante...

Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza, toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a espaldas de toda ayuda.

Estaba el indio arrogante con una cara feroz; para entendernos los dos la mirada fué bastante... Pegó un brinco como un gato y me ganó la distancia; aprovechó la ganancia como fiera cazadora; desató las boliadoras y aguardó con vigilancia... En tamaña incertidumbre, en trance tan apurado, no podía, por descontado, escaparme de otra suerte, sino dando al indio muerte o quedando allí estirado. Y como el tiempo pasaba y aquel asunto me urgía, viendo que él no se movía me fuí medio de soslayo como a agarrarle el caballo a ver si se me venía. Ansí fué, no aguardó más y me atropelló el salvaje... En la dentrada no más me largó un par de bolazos. Uno me tocó en un brazo, si me da bien me lo quiebra, pues las bolas son de piedra y vienen como balazo. A la primer puñalada el pampa se hizo un ovillo; era el salvaje más pillo que he visto en mis correrías, y a más de las picardías arisco para el cuchillo.

De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí que interviene como el mismo brazo de Dios.

¡Bendito Dios poderoso, quién te puede comprender, cuando a una débil mujer le diste en esta ocasión la juerza que en un varón tal vez no pudiera haber! Esa infeliz tan llorosa viendo el peligro se anima, como una flecha se arrima, y olvidando su aflicción le pegó al indio un tirón que me lo sacó de encima...

La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga aumenta.

Aquel duelo en el desierto nunca, jamás se me olvida...

Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado, resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle. Las cuchilladas menudean.

Iba conociendo el indio que tocaban a degüello. Se le erizaba el cabello y los ojos revolvía, los labios se le perdían cuando iba a tomar resuello... Al fin de tanto lidiar en el cuchillo lo alcé; en peso lo levanté a aquel hijo del desierto; ensartado lo llevé, y allá recién, lo largué cuando ya lo sentí muerto.

Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema del Martín Fierro. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...

La palabra degüello salta asimismo con frecuencia en el poema. El degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la sangre que brota a chorros.

Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.

Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.

Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos muchachos que le abrazan...

Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias criollas, y por tanto equivale a un refranero popular de la tierra del Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes criollos.

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