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El poema de la Pampa

CAPÍTULO PRIMERO Preliminar

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NO tiene fácil disculpa el hecho triste, vergonzoso, de la separación intelectual entre las diferentes porciones del mundo castellano, y sobre todo entre España y sus hijas las repúblicas de América. Un siglo de resquemores, tal vez de odios; un largo siglo de mutua incomprensión y mutuo desvío, es un plazo sin duda suficiente largo para pagar culpas antiguas. Es ya hora de que españoles y americanos desistan de anacrónicas actitudes.

Cada vez se acentúa más la corriente de aproximación que arrostran los gobiernos y las entidades comerciales o universitarias. Pero tales corrientes aproximativas resultarán sin bastante suficiencia o eficacia si no les ayuda el interés y el mutuo estudio literario, ejercido con un sentimiento desde luego cordial y una crítica atenta, generosa.

Españoles y americanos no se hallan, al respecto, en el mismo plano de igualdad. Porque aun en los peores trances de desamor o de odio, los americanos han seguido directamente el desarrollo de las letras españolas, gracias al prestigio que las cosas europeas tienen siempre en América, y además por el indudable contenido de la literatura de España y por su superioridad frente a la de América. En cambio, los españoles peninsulares, desde que los virreynatos se alzaron en repúblicas, parece que hubiéramos decidido borrarlos del mapa de nuestra preocupación. Nada de ellos nos ha interesado. ¿Quizás porque, en efecto, nada valía su producción literaria?... Es verdad que los países americanos de nuestra lengua no han creado un Poe, un Emerson, un William James; pero ellos han dado a luz hombres extraordinarios en el orden político, militar y educador; han creado obras, en fin, que a los españoles nos deben preocupar, y yo me adelanto a poner como un tipo de obra curiosísima, altamente excepcional y hondamente española, este libro poemático del Martín Fierro.

Ya quedará tiempo para el comentario de las obras formales y de los autores eminentes de Hispano-América; no faltarán plumas capaces que aborden esa empresa. Yo he preferido acercarme a un libro irregular, sin forma casi, rudimentario probablemente, fruto del ingenio argentino. El poema del Martín Fierro no es popular a la manera anónima de los antiguos poemas europeos; tiene un autor conocido y reciente, que se llama José Hernández. Pero es profunda y particularmente popular, porque está escrito en el habla de las calles y los campos, sin aliño alguno, sin intención de producir efectos desaliñados, ingenuamente, espontáneamente, como un resultado asombroso de la inspiración del pueblo. En tal sentido equivale a un fenómeno, a un acontecimiento literario. Causa asombro, efectivamente, considerar que haya podido escribirse en época bien moderna, en el año 1872, un poema popular que contiene todas las particularidades de las obras míticas y de los libros anónimos, populares. Este raro fenómeno ha de explicarse por el estado primitivo que ofrecía la vida pampeana hasta hace pocos años; y ahora mismo no escasean en la Argentina territorios vírgenes poco menos que inexplorados, donde las gentes se conducen en una forma libre, pintoresca, a espaldas del tumulto de una civilización urbana de carácter súbito e inmigratorio.

Aunque no fuese más que por este último motivo, el Martín Fierro tiene para los españoles un valor muy grande. En sus desaliñados versos se pinta y describe el carácter de la primitiva población argentina, y esa población criolla está ligada a la idiosincrasia española con lazos tan íntimos, que hasta se puede decir que interesa tanto a España como a la Argentina el conocimiento, el estudio, el recuerdo de la auténtica población pampeana. El gaucho no es sólo un ejemplar platense; es también un elemento español, el cual en cierto modo contiene algunas de las más netas o principales características de la gran familia española.

El lector, desde luego, habrá observado en estas líneas la intención de hacer un descubrimiento literario. Ciertamente, se trata aquí de dar a conocer una obra casi del todo desconocida en España; si algún lector culto conoce el Martín Fierro, es a causa de haber visitado la República Argentina. Y como esta ignorancia casi general representa un descrédito, he ahí por lo que me propongo comentar el libro argentino y hacer que los criollos del Plata no acusen a la literatura española de excesivamente exclusivista o desdeñosa.

Repito que el Martín Fierro tiene para España acaso tanto valor como para la Argentina. El héroe del poema es criollo, gaucho puro, con mezcla, por tanto, bastante considerable de sangre india; los hechos que a través de las estrofas se ponen de relieve afectan a la vida de las Pampas y a conflictos territoriales, indígenas, especialmente a la lucha del campo libre y de la ciudad invasora. Pero, con todo, a pesar de su labor localista, los hombres y los conflictos del Martín Fierro tienen estrecha relación con España. La desaparición del gaucho ante el progreso formal de la ciudad cosmopolita, ¿cómo podría ser indiferente para los españoles? Téngase en cuenta que en el fondo de la naturaleza gauchesca palpita el espíritu de la sociedad colonial; rudo, ignorante, agreste como es el gaucho, él contiene en esencia toda la tradición de los conquistadores. Su lenguaje es un prodigio de permanencia prosódica, y hoy mismo se escuchan en plena Pampa voces y refranes que no han sufrido alteración desde el siglo XVI. En cuanto a su sentido religioso y filosófico, su sobriedad, su estoicismo, su socarronería, su valor, su empaque, su fidelidad, su desprendimiento, su mezcla de gracejo y de melancolía, su amor al caballo y al cuchillo, su guitarra y su cigarro... todos estos atributos corresponden a la naturaleza del español. Nosotros no podemos desdeñar, sin grave culpa, la noble, romancesca y extraña figura del gaucho.

Muchas veces se ha ponderado la identidad de raza, idioma y espíritu de España y las naciones de América. ¡Con qué frecuencia, sin embargo, ha sido proclamada esa identidad de labios afuera y como vano recurso retórico! Pero la identidad existe, a pesar de todas las ligerezas retóricas, y no son siempre los oradores a quienes debemos la aproximación hispano-americana; es ella misma quien la consuma. Quiero decir que la hermandad de España y América es fruto de un fatalismo, y se opera en virtud de causas extraordinarias, ineludibles.

La causa principal de que España y América no puedan ser nunca extrañas entre sí, consiste en que América recibió de una vez, rápida y copiosamente y con exclusión de todo agente ajeno, la civilización española. Esta civilización, además, la recibió América en su período más feliz de madurez y de fuerza, cuando el alma española salía depurada y robustecida de una épica prueba de siete siglos; cuando la unidad nacional estaba sellada indisolublemente; cuando el Renacimiento divinizaba la energía; cuando el lenguaje castellano adquiría su plenitud sonora y gramatical; cuando la política tenía un franco sentido expansivo y dominador; cuando el espíritu español no dudaba, sino que afirmaba su gran voluntad de poder.

Finalmente, América recibió la civilización, el idioma, la fe, el ser de España, de aquellos territorios peninsulares que tienen más metida en su alma el vigor castizo de la raza. Los primeros capitanes y pobladores salieron de Extremadura y Andalucía, y ellos infundieron a América su lenguaje, sus costumbres, sus más íntimos matices provinciales. De tal manera, que ahora mismo puede observar el viajero cómo en la modernista Buenos Aires conservan muchas casas el corte de las viviendas andaluzas, y cómo aquellos habitantes, hasta los hijos directos de italiano o de ruso, hablan con el dejo y los provincialismos de Andalucía.

La “solera”, que hace perdurar en los vinos de marca el sabor original, mantiene en el fondo americano el primitivo ser español. Y de este modo, cuando un escritor americano produce una obra sincera, a pesar suyo, y aunque pretendiera haber escrito una obra americana, en realidad escribe un libro español. Tal es el caso de José Hernández, literato argentino, autor del poema Martín Fierro.

José Hernández era un escritor modesto que no pretendía sorprender a París con una nueva tesis literaria. Se limitó a componer un poema, usando directa y felizmente el lenguaje del pueblo. Y sin darse cuenta, por un fenómeno bastante frecuente en literatura, hizo la obra más argentina, más veraz, más feliz de cuantas se han escrito en el país ríoplatense. Y como arrancó sus personajes y sus episodios de la misma entraña americana, sin remedio escribió un libro muy español. En efecto, el Martín Fierro es un romance heroico popular y costumbrista, que en realidad viene a describir la vida del español transplantado a América. El tipo del gaucho, tan americano de suyo, no es otra cosa, si bien se mira, que un español nacido en el clima y el paisaje de la Pampa.

No es fácil determinar el punto de América en que se conserva más pura la tradición de los conquistadores. En Méjico y en Bogotá, en Lima y en Santiago de Chile, el español suele recibir profundas y emocionantes sorpresas al encontrar tantas huellas vivientes de la cultura, el sentimiento y la misma superstición de España. Aquellas ciudades parecen más bien pedazos españoles, transportados íntegramente bajo el cielo americano. Y puede ocurrir que el español de la península encuentre que esos pedazos transportados contengan más sabor españolista, sean más íntima y externamente españoles que la misma España peninsular.

Es seguro que Bogotá y Lima reproducen mejor que Buenos Aires el tipo de la ciudad propiamente española. Henchidas de savia cosmopolita, las poblaciones argentinas de la costa se desprenden cuanto pueden de su sabor colonial; el campo también, en la proximidad de esas poblaciones de aluvión, va perdiendo su primitivo carácter, y al gaucho pintoresco sucede una forma híbrida de farmer vulgar, pedestre y sedentario. Pero hacia el interior tropezamos con un tipo de hombre tan curioso, tan auténticamente españolista, que nos resistimos a llamarle extranjero. El gaucho de antes, el paisano de hoy, tiene bastante más derecho a llamarse español que muchos pobladores de ciertas tierras de España.

El gaucho es un ejemplar de hombre que ha logrado cierta reputación universal. Se le conoce y se le ha comentado en muchos libros, a causa de su carácter, de su excepcionalidad. En esto se parece al español, puesto que el español, en el clima europeo, es un individuo aparte. Los otros países americanos eran generalmente aptos para sostener una población nutrida y sedentaria; el indio de Méjico y del Perú, habituado a un civismo siquiera rudimentario y a los trabajos de una industria y agricultura primitivas, y hechos a la vida comunal y a la obediencia de sus reyezuelos o emperadores, entraron fácilmente en la civilización colonial española y no destacaron mucho su carácter.

Pero en las riberas del Plata, como en los llanos de Venezuela, se formó una población particular, original, producto en gran parte del medio. Los mestizos de español y de indígena hallaron una pradera anchurosa, infinita y desierta, que de algún modo recordaba las planicies españolas. En aquella pradera, los carneros y los caballos se multiplicaron bíblicamente, y surgió ese tipo de pastor heroico que hablaba el idioma de los hidalgos, montaba a lo caballero, manejaba la daga diestra, y todo esto sin perjuicio de una rusticidad de salvaje libre, arisco y puntilloso.

Era yo niño, cuando cayó en mi poder un Viaje alrededor del mundo, escrito por Arago. Al recalar en el estuario del río de la Plata, el sabio escritor francés, con una frivolidad muy francesa, describe la vida del gaucho y borda una serie de fantasías. Pero con todas sus exageraciones, aquel tipo del gaucho me impresionó profundamente y quedó su figura bien grabada en mi memoria.

Después, al visitar la Argentina, y buscando la imagen del gaucho entrevisto en las primeras lecturas infantiles, hube de recibir una pésima explicación: ya no había gauchos en el país... Pero no hay que creer mucho a los criollos que piensan ufanos, ante el esplendor de Buenos Aires, que toda la Argentina es idéntica a la gran metrópoli. Indudablemente, la marea inmigratoria va borrando muchas características criollas; el paisano ya no viste chiripá[1] ni las antiguas botas indígenas. Pero separándose un poco de Buenos Aires, el viajero encuentra unos hombres singulares que son bien parecidos al gaucho tradicional. Unos hombres de hermosa figura, buena talla, rasgos físicos firmes, actitud un tanto grave, color pálido. La sangre india alarga un poco sus ojos hacia las sienes, y agranda las alillas de la nariz, dándoles un aire particular que en el país llaman achinado. En cuanto a la sangre española, andaluza, que llevan en su ser, les proporciona un tono de elegancia corporal, un bello empaque y gracia de los movimientos, una finura en los rasgos. Algo parecido a este ejemplar de hombre son los jíbaros montañeses que yo había contemplado antes en Puerto Rico, aunque aquéllos, por el clima tropical en que viven, sean menos robustos y desenvueltos que el paisano argentino.

Lleva éste, en las comarcas del interior, un pantalón anchísimo como el de los zuavos, sombrero flexible, poncho y cinturón de plata, y porta, cruzado en los riñones, un largo cuchillo que le sirve para carnear[2], y que manejado hábilmente le ayuda a vengar cualquier ofensa o atropello.

El tipo legendario del gaucho se ha convertido en caricatura al contacto del suburbio de Buenos Aires. Toda la nobleza y arrogancia del gaucho pastoril y libre ha derivado en Buenos Aires hacia el tipo repugnante del compadrito[3], especie de chulo, pero más sanguinario y soez que el chulo madrileño; semejante al apache parisiense e hijo de una inmigración poco escogida. Descendiente con frecuencia de napolitanos o calabreses, imita el empaque y la fachenda del paisano antiguo, pero no su nobleza, e introduce en el idioma español, junto con los pintorescos giros criollos, un montón de palabras presidiarias, una hez de voces italianas; una jerga, en fin, de suburbio y de bar cosmopolita, con cadencias de tango obsceno y canallesco.

Las cuitas y las hazañas del gaucho pampeano es lo que narra el Martín Fierro. Para el lector español, la vida de la Pampa debe ser una prolongación de la vida castellana o andaluza. Procuraré describir y comentar lo saliente de este libro singular, añadiendo impresiones, recuerdos y paisajes anotados por mí a lo largo de la hermosa tierra argentina.

Notes in this chapter

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