VIDA DE JUAN MILTON (continued 8)
Cayetano Rosell translation
Al punto apareció a su vista una mansión triste, repugnante, sombría, parecida a un lazareto, en la cual se veían amontonados gran número de pacientes, porque allí se juntaban todas las enfermedades, el horroroso espasmo, los agudos tormentos, el agonizante desmayo del corazón, toda especie de fiebres, las convulsiones, las epilepsias, los rigurosos catarros, la piedra intestina y las úlceras, los cólicos rabiosos, el infernal frenesí, la siniestra melancolía, la lunática demencia, la lánguida atrofia, con el marasmo, la hidropesía y la peste devastadora, y las dropsias, el asma y el reuma que destroza la trabazón de los miembros. Las toses eran crueles, amarguísimos los suspiros; la desesperación corría de lecho en lecho acosando a los enfermos, y sobre ellos blandía su dardo la muerte triunfante, pero retardando sus golpes, a pesar de que a todas horas la invocaban con afán como el supremo bien y la última esperanza.
¿Quién, ni aun el corazón más endurecido, hubiera contemplado con ojos enjutos espectáculo tan tremendo? A Adán no le era posible, y lloró, a pesar de no haber nacido de mujer; predominó la compasión en lo más perfecto del Hombre, y por algún tiempo se entregó al llanto, aunque acudiendo a su mente más graves pensamientos, moderó su exceso, y así que recobró la palabra, volvió a sus exclamaciones:
«¡Oh miserable especie humana! ¡A qué degradación has llegado! ¡Qué condición tan infeliz te está reservada! Más te valiera no haber nacido. ¿Por qué se nos ha impuesto? Si el que la recibe la conociese ¿cómo había de aceptar semejante oferta, y no rechazarla desde luego, prefiriendo quedar en un pacífico olvido? ¿Es posible que siendo el Hombre imagen de Dios, y habiendo sido formado tan bueno, tan preeminente, aunque después se haya hecho criminal, tenga que pasar por sufrimientos tan terribles a la vista, y al ánimo tan intolerables? ¿Por qué, conservando aún el Hombre parte de la semejanza divina, no había de estar libre de semejantes imperfecciones, preservándole de ellas el mismo respeto que se debe a la imagen de su Creador?»
«La imagen de su Creador, replicó Miguel, se apartó de ellos desde el momento en que se envilecieron al entregarse a sus apetitos desordenados; desde aquel punto se trocaron en la imagen de aquel a quien servían, del vicio brutal que indujo a pecar, sobre todo a Eva, y que los rebajó hasta el punto de hacerlos dignos de su castigo. Porque no es la imagen de Dios la que han afeado, sino la suya propia, y si alguien ha desvanecido esta semejanza, han sido ellos; y al convertir las saludables leyes de la pura naturaleza en horribles enfermedades, ellos se imponen un castigo justo, por no haber respetado la imagen de Dios que llevaban en sí mismos.»
«Reconozco esa justicia, dijo Adán, y me someto a ella; pero ¿no hay otro medio menos doloroso que estos, para llegar a la muerte y confundirnos con nuestro originario polvo?»
«Uno hay, respondió Miguel, que consiste en observar la regla de No excederse, de guardar templanza en lo que se come y bebe, procurándose el alimento preciso, no los deleites de la glotonería; con lo que pasarán multitud de años sobre tu cabeza. Así podrás vivir, hasta que, como el fruto maduro, vuelvas al seno de tu madre; y no serás arrancado violentamente, sino que te desprenderás con facilidad cuando estés sazonado para la muerte, es decir, en tu ancianidad; y entonces sobreviviendo a tu juventud y a tu robustez, se convertirá en débil y caduca y encanecerá tu belleza; y torpes ya tus sentidos, quedarán yertos para el gusto que ahora sientes en los placeres; y en lugar de ese espíritu juvenil, confiado y vivaz, se inyectará en tu sangre un humor melancólico, frío y estéril, que amenguará tu vigor y acabará por consumir todo el bálsamo de tu vida.»
A lo que repuso nuestro primer padre:
«Pues bien: no esquivaré ya la muerte; no deseo prolongar mucho la vida; dispuesto estoy, por el contrario, a dejar cuan dulce y fácilmente me sea posible esta pesada carga, que debo tener sobre mí hasta que llegue el día designado para librarme de ella; y esperaré tranquilamente mi disolución.»
Y añadió Miguel: «No ames ni aborrezcas la vida, pero mientras te dure, esfuérzate en vivir bien. Si será larga o breve, el cielo ha de decidirlo. Y ahora prepárate a presenciar otro espectáculo.»
Miró, y vio una espaciosa llanura llena de tiendas de varios colores: junto a unas pastaban rebaños de ganados; de otras salían voces de instrumentos que por sus acordes melodías indicaban ser órganos y arpas; y se descubría el que movía las teclas y pulsaba las cuerdas, cuya ligera mano recorría todos los sonidos desde el más bajo al más alto, produciendo resonantes fugas. En otro lado estaba un hombre trabajando en una fragua con dos pedazos de hierro y cobre que había derretido, y encontrado antes, ya porque un incendio casual abrasando algún bosque en cualquier montaña o valle, y penetrando por las venas de la tierra, hubiese arrojado el ardiente metal por la boca de una concavidad, ya porque algún torrente hubiese expelido aquellas materias de las profundidades en que se hallaban. Con solo derramar el líquido en unos moldes que tenía ya preparados, forjó primero sus propias herramientas, y luego las que podían servir para liquidar o labrar los metales mismos.
Después de estos, aunque no a mucha distancia, bajaron a la llanura desde la cima de los altos montes en que moraban, otros hombres de diferente raza. Indicaban en su apariencia ser hombres justos, que ponían su estudio en adorar sinceramente a Dios, en contemplar sus obras manifiestas, y en cuidarse de todo aquello que puede proporcionar a los hombres libertad y paz. Y no habían discurrido largo tiempo por la llanura cuando de pronto salen de las tiendas un tropel de mujeres bellísimas, ricamente ataviadas de joyas y galas seductoras, cantando al compás de las arpas dulces y amorosos cánticos y tejiendo vistosas danzas[136]. Aquellos hombres, que permanecían graves, las miraron, fijaron en ellas sus ojos sin temor alguno, hasta que prendidos por fin en sus halagüeñas redes, cedieron a su encanto, y cada cual eligió la que le agradaba más; y en amantes coloquios se entretuvieron, hasta que apareció, precursora del amor, la estrella de la noche; y ardiendo entonces en fuego que los devoraba, encendieron las antorchas nupciales, y mandaron que se invocase al himeneo, que por primera vez se invocó en los ritos del matrimonio; y las tiendas todas resonaron en fiestas y ruidosas músicas.
Aquellos inefables coloquios y deleitosos arrobamientos del amor y de la juventud, que no malograban un solo instante, aquellos cantos y lazos de flores y dulcísimas armonías, de tal modo interesaban el corazón de Adán, de suyo inclinado al placer, irresistible propensión de la naturaleza, que exclamó así:
«Verdaderamente me has abierto los ojos ¡oh tú el primero de los ángeles benditos! Más grata me parece esta visión, y más esperanzas de pacíficos días me ofrece, que las dos pasadas. En ellas todo era estrago y muerte y tormentos aún más terribles; en esta la naturaleza parece realizar todos sus designios.»
«No juzgues, le advirtió Miguel, que lo más placentero es lo mejor por más que parezca satisfacer a la naturaleza, y menos debes juzgarlo tú, creado para fin más noble, más santo y puro, y más conforme con la divinidad. Esas tiendas que tan agradables te parecen, son el albergue de la perversidad, y en ellas habitará la raza de aquel que mató a su hermano. Parecen cultivar con afán las artes que embellecen la vida, de las que son raros inventores, pero se olvidan de su Creador, cuyo espíritu los ilumina, y no reconocen ninguno de sus beneficios. Nacerá de ellos, sin embargo, una generación hermosa, porque esa turba de mujeres tan bellas que acabas de ver, diosas en la apariencia, amables, alegres, encantadoras, carecen de la bondad que consiste en la honra doméstica, el principal timbre de una mujer. Destinadas y aderezadas solo a los apetitos lascivos, servirán no más que para cantar y danzar y lucir galas y ejercitar la lengua y flechar los ojos; y esa sobria raza de hombres cuyas vidas religiosas les hacían dignos del título de hijos de Dios, sacrificarán bajamente toda su virtud, toda su fama a las seducciones y sonrisas de esas bellas ateas. Ahora nadan en placeres; nadarán luego en un profundo abismo; y ríen, pero en breve el mundo se convertirá para ellos en un mundo de lágrimas.»
Frustrada con esto la breve alegría de Adán: «¡Qué lástima y qué vergüenza, exclamó, que los que con tan buenos auspicios entran en la vida, tan fácilmente se aparten de su sendero, tomando otros extraviados, o desfallezcan a la mitad del camino! Y lo que veo es que siempre los males del hombre tienen un mismo origen, todos provienen de la mujer.»
«Provienen, repuso el Ángel, de la afeminada flaqueza del hombre, que debería conservar más cuerdamente su dignidad, ya que ha recibido dones tan superiores. Pero vas a ser testigo de otra escena.»
Miró, y descubrió un vasto país que delante de él se dilataba, ocupado por pueblos y edificios rurales, y más lejos por ciudades populosas, con sus puertas y fuertes torres, y una muchedumbre armada, en cuyos feroces semblantes se retrataba la guerra, gigantes de inmensos cuerpos y osados en sus empresas. Unos blandían sus armas, otros aguijaban a sus fogosos bridones, y así jinetes como infantes, ya diseminados, ya en orden de batalla, no desempeñaban allí un ministerio ocioso. Apostados en un camino los escogidos para este fin, acopiaban forraje y recogían gran número de hermosos bueyes y no menos hermosas vacas, que arrebataban a sus suculentos pastos, y rebaños enteros de lanudas ovejas y balantes corderillos, rico botín de todos aquellos llanos: apenas si lograban escapar con vida los pastores, que pedían socorro a gritos. De repente se traba un sangriento combate: chocan entre sí con cruel furia los escuadrones, y en el sitio mismo en que poco antes pacían los ganados, yacen multitud de cadáveres y armas destrozadas, y la tierra sangrienta se trueca en un desierto. Acampados otros, asedian una población fuerte, y la hostilizan con baterías, con minas, con escalas, mientras los sitiados se defienden desde lo alto de las murallas, con flechas, jabalinas, piedras y ardiente azufre: horrible mortandad y gigantescas proezas por ambos lados. Más allá los heraldos con sus cetros llaman a consejo en las puertas de la ciudad, y al punto se reúnen varios hombres de cabellos blancos y grave aspecto, mezclándose con los guerreros; hácense oír arengas elocuentes, pero suscítase de pronto una oposición facciosa, hasta que por fin se levanta un personaje de mediana edad[137], distinguido por su prudencia, que discurre largamente sobre el derecho y la sinrazón, la justicia, la religión, la verdad, la paz y el juicio de Dios. Vitupéranle mozos y viejos, y hubieran puesto sus manos violentamente en él, a no bajar una nube que le arrebató, desapareciendo a los ojos de aquella multitud. De esta suerte procedían allí la violencia, la tiranía, la ley de la fuerza, y no era dable sosiego alguno en aquella tierra.
Lloraba Adán amargamente, y volviéndose a su guía le preguntó sollozando: «¿Qué gente es esa, ministros de la Muerte, no hombres, que así se la dan a sus semejantes, y que multiplican diez mil veces el homicidio de su hermano? Porque hermanos suyos son esos a quienes degüellan, hombres que asesinan a otros hombres. Y ese justo que a pesar de su virtud hubiera perecido, a no haberle salvado el cielo, ¿quién era?»
«Esos, replicó Miguel, son los resultados de los torpes matrimonios que has visto. Desde el punto en que se unen el bien y el mal, que recíprocamente se aborrecen, la imprudencia de tal unión produce monstruosos engendros de cuerpo y alma. Tales serán esos gigantes, hombres de encumbrada fama, porque en semejantes tiempos solo se admirará la fuerza, que se llamará valor y virtud heroica. Vencer en las batallas, subyugar naciones, volver uno cargado de los despojos de infinitas víctimas inmoladas, se considerará como el más sublime grado de la gloria humana; que todo esto se hará por la gloria del triunfo, para alcanzar el nombre de grandes conquistadores, bienhechores de la humanidad, dioses, hijos de los dioses, cuando más bien debieran llamarse destructores y plagas de la especie humana. Así se adquirirá en la tierra fama y nombradía, y el verdadero mérito se dará al olvido. Ese, que ha de ser el séptimo de tus descendientes, único justo de esa generación perversa, ya has visto que le odiaban por eso mismo, y cuán expuesto estuvo entre tantos enemigos, porque se atrevió a ser el único virtuoso, y a anunciarles la ingrata verdad de que Dios rodeado de sus santos vendría a juzgarlos. Pero el Señor omnipotente le ocultó en una nube de perfumes, y sus alados corceles le arrebataron, como has visto, y Dios le ha recibido en su seno para que goce con él de la salvación en el reino de la bienaventuranza, exento de toda muerte; lo cual te dará a entender el premio reservado para los buenos y el castigo que a los demás aguarda; y en prueba de ello, dirige allí tus miradas y considera bien lo que vas a ver.»
Y en efecto miró, y vio que todo había variado de aspecto. La boca de bronce de la guerra había cesado de rugir; todo a la sazón respiraba contento y júbilo, lujuria y disolución; todo era fiestas y danzas, matrimonios o prostituciones, según mejor parecía, raptos o adulterios, y por donde quiera que pasaba una mujer hermosa, arrastraba tras sí a los hombres. De las copas del deleite salían las discordias civiles. Por último llegó un venerable patriarca, y se mostró indignado de sus vicios, protestando contra su conducta. Frecuentaba sus reuniones en que solo veía triunfos y fiestas, y les predicaba conversión y arrepentimiento, como a almas que gemían encarceladas y en breve habían de sufrir una sentencia terrible. Todo fue en vano; y cuando sintió que se acercaba la hora, renunció a sus consejos, y mudó lejos de allí sus tiendas.
En seguida, cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave de extraordinarias dimensiones; calculó los codos que había de tener en longitud, en anchura y elevación; cubriola en derredor de betún; abrió una puerta en uno de sus costados, la llenó de abundantes provisiones para hombres y animales, y ¡oh singular prodigio! de cada especie de animales, aves y pequeños insectos, entraron en ella a setenas y a pares[138], obedeciendo al precepto que se les había impuesto, y los últimos de todos el padre, sus tres hijos y sus cuatro mujeres; después de lo cual cerró Dios la puerta.

Cortando altos troncos de la montaña, comenzó a construir una nave...

Las olas habían sepultado ya las demás viviendas...
Al propio tiempo se levantó el viento del mediodía, y desplegando sus inmensas y negras alas, acumuló las nubes que se extendían bajo del cielo, las cuales se aumentaron con todos los vapores, con todas las húmedas y sombrías exhalaciones que inmediatamente les enviaron las montañas. Cerrose el denso firmamento como con una lóbrega techumbre, y se desgajó una impetuosa lluvia, que prosiguió cayendo hasta que la tierra se ocultó a la vista. Sobrenadaba el bajel en medio de las aguas y con su enristrada proa se abría seguro paso; las olas habían sepultado ya las demás viviendas, que con todas sus pompas rodaban por el profundo abismo; el mar inundaba al mar, dejándole sin términos y sin playas, y en los palacios que tal magnificencia ostentaban antes, se guarecían y propagaban los monstruos marinos. De todo el género humano ha poco tan numeroso, no quedaba más que lo que iba nadando en aquella frágil embarcación.
¡Qué pena sentiste entonces, Adán, al ver el fin de tu descendencia, fin tan triste, y al considerar tan completa despoblación! Tú también te hallaste sumido en otro diluvio de lágrimas y pesares, anegado y ahogado como tus hijos, hasta que blandamente sostenido por el Ángel, pudiste permanecer en pie, bien que inconsolable, como un padre que llora a sus hijos, muertos todos a un tiempo ante sus ojos; tanto, que apenas te quedó fuerza para manifestar así tu dolor al Ángel:
«¡Oh visiones en mal hora tenidas! Más dichoso hubiera vivido ignorante del porvenir. Hubiera yo solo participado de tantos males; que la carga diaria se lleva difícilmente. Estas penas que se reparten en varios siglos y que caen de una vez sobre mí, mi previsión las anticipa, y me atormentan con la idea de lo que han de ser antes de que existan. Que ningún hombre pretenda jamás averiguar la suerte que le ha de caber a él y a sus hijos en lo futuro: adquirirá la seguridad de males que su previsión no podrá evitar, y que solo temerlos serán para él no menos insoportables que si realmente le aconteciesen. Pero ya de esto no debo cuidarme: inútil es en el hombre esa prevención, dado que los pocos que sobrevivan perecerán al cabo, de hambrientos y acongojados, a fuerza de vagar por esos líquidos desiertos. ¡Insensato! Llegué a esperar, al ver que la violencia y la guerra desaparecían de la tierra, que todo sería ventura, y que la paz vendría a coronar a la raza humana con largos días de prosperidad; pero ¡qué grande fue mi error! Ahora conozco que tanto como corrompe la paz, devasta la guerra. ¿Por qué ha de ser así? Explícamelo, mensajero celestial, y dime si la raza humana perecerá aquí.»
Y Miguel replicó de nuevo: «Esos que ha poco has visto tan triunfantes y tan viciosamente opulentos, son los mismos que viste al principio llevar a cabo eminentes hechos y grandes proezas, pero sin el mérito de la verdadera virtud. Los cuales, después de haber vertido torrentes de sangre, trocado en ruinas las naciones que han sometido y granjeádose por tanto en el mundo fama, insignes títulos y grandes riquezas, han cifrado su bienestar en los placeres, la molicie, la ociosidad, la crápula y la concupiscencia, hasta que sus torpezas y su soberbia, de la intimidad en que con él vivían y de su pacífica situación, han extraído sus hostiles hechos. De la propia suerte, los vencidos y los esclavizados por la guerra han perdido, al tiempo que su libertad, toda virtud y el temor de Dios; y aunque con fingida piedad le imploren en el trance de las batallas, no los ayudará el Señor contra los invasores. Tibios así en su celo, procurarán en lo sucesivo vivir tranquilos, licenciosa y mundanalmente, poseyendo lo que les dejen gozar sus dueños, porque la tierra producirá siempre más que lo que la templanza exija. Todo, pues, degenerará, llegará a pervertirse todo; yacerán en el olvido la justicia, la moderación, la verdad, la fe. Un solo hombre quedará exceptuado, único hijo de la luz en un siglo de tinieblas, bueno a pesar de los malos ejemplos, de las seducciones, de las costumbres y de un mundo perverso; que superior al temor de los vituperios, de los sarcasmos y de las violencias, los amonestará para que se aparten de sus inicuas vías; que abrirá ante sus pasos las sendas de la rectitud, mucho más seguras y pacíficas; que les anunciará la cólera que amenaza a su impenitencia, y se apartará de ellos porque la escarnecen; Dios le contemplará como el único justo entre los vivientes; y él, obediente a su mandato, construirá esa arca maravillosa que has visto, para librarse en ella él y su familia de un mundo condenado a universal naufragio.
»No bien, acompañado de los hombres y animales elegidos para transmitir la vida, entre y se guarezca en el arca, cuando instantáneamente se abrirán todas las cataratas del cielo, que noche y día derramarán torrentes de agua sobre la tierra; saldrán de madre las fuentes más profundas; reventará el océano, cubriendo todas sus playas, hasta que la inundación sobrepuje a los más encumbrados montes. Este del Paraíso, impelido por la fuerza de las olas y asaltado a la vez por los dos brazos de la corriente, perderá su asiento, y despojado de toda su pompa, arrastrados sus árboles por las aguas, se precipitará por el gran río[139] hasta la boca del golfo, donde se detendrá convertido en isla salada y árida, refugio de focas, orcas y gaviotas de graznido desapacible. Todo lo cual te enseñará que Dios no vincula en lugar alguno la santidad, si no va con los hombres que lo frecuentan o en él habitan. Y ahora presta atención a lo que sigue.»
Miró, y vio el arca nadando sobre el agua, que a la sazón iba descendiendo, porque las nubes se alejaban empujadas por el viento sutil del norte, cuyo duro soplo rizaba la líquida superficie a medida que decrecía. Un sol radiante reflejaba en las cristalinas ondas, y como tras larga sed, se saciaba en ellas ansioso de su frescura; y en breve toda aquella inundación, formando un tranquilo lago, fue disminuyendo y estrechándose más y más, y se retiró por fin al profundo abismo, que había ya abierto sus diques, a tiempo que el cielo cerró sus cataratas[140].
Ya no sobrenada el arca, sino que parece afirmada en tierra, y fija en la cima de alguna alta montaña; y ya se descubrían como otras tantas rocas las cumbres de las colinas. Las rápidas corrientes sepultan rugiendo sus airadas olas en el mar que se retira. Sale un cuervo volando del arca; tras él, un mensajero más seguro, una paloma enviada primera y segunda vez en busca de un árbol verde o de terreno donde pudiera asentar sus ligeros pies. Vuelve al segundo viaje, trayendo en el pico una rama de olivo, señal de paz; y al punto aparece seca la tierra; y baja del arca el venerable anciano con toda su familia; y levantando sus manos y sus piadosos ojos al cielo en muestra de gratitud, ve sobre su cabeza una nube de rocío, y en medio de ella un arco formado con tres brillantes fajas de varios colores, que indicaba la paz de Dios y una era de nueva alianza: con lo que el corazón de Adán, antes tan triste, se regocijó sobremanera, y expresó su júbilo en estos términos:
«¡Oh tú, que puedes representar como presentes las cosas futuras, celestial maestro! Ya con este último espectáculo me reanimo, seguro como estoy de que vivirá el Hombre, y de que subsistirán con sus razas todas las criaturas. Al presente me lamento menos de la destrucción de todo un mundo de hijos criminales, cuanto me regocijo de haber hallado un solo hombre tan perfecto y tan justo, que Dios se haya dignado de hacerle principio de otro mundo, y de dar su cólera al olvido. Mas dime: ¿qué significan esas fajas de color que se enarcan en el cielo, como si el ceño de Dios se hubiese ya apaciguado? ¿Sirven, como una margen florida para detener la fluctuación de esa acuátil nube, por temor de que vuelva a disolverse y anegue otra vez la tierra?»
Y le respondió el Arcángel: «Has acertado en tu conjetura, que Dios ha tenido la benevolencia de redimir sus iras, aunque tan arrepentido estaba últimamente de haber criado al Hombre capaz de depravación. Sintiose apesadumbrado cuando al inclinar al mundo su mirada, vio llena la tierra toda de violencias, y que la carne corrompía sus obras. Pero excluidos aquellos impíos, tal gracia ha merecido a sus ojos un hombre justo, que se ha apiadado, y no eliminará de la tierra a la raza humana. Consiente en no aniquilar ya el mundo con un nuevo diluvio, en no permitir que el mar traspase sus límites, ni la lluvia sumerja a hombres y animales. Siempre que tienda una nube sobre la tierra, desplegará su arco y seguirán su invariable curso el día y la noche, la estación de la siembra y de la cosecha, del calor y de los blancos hielos, hasta que el fuego purifique todas las cosas nuevas, y así el cielo como la tierra, donde ha de morar el justo.»
LIBRO DUODÉCIMO
ARGUMENTO
Prosiguió el Ángel Miguel refiriendo lo que acontecerá después del Diluvio. Al hacer mención de Abraham, recorre sucesivamente la escala de los siglos hasta venir a explicar quién será el fruto nacido de la Mujer que se había prometido a Adán y Eva, culpables ya; su encarnación, muerte, resurrección y ascensión; y el estado de la Iglesia hasta su segunda venida. Completamente satisfecho Adán y tranquilizado con aquellos anuncios y promesas, baja de la montaña con Miguel. Despierta a Eva, que había estado durmiendo todo aquel tiempo, y cuyos agradables sueños la habían predispuesto a la tranquilidad de ánimo y a la obediencia. Miguel, llevándolos de la mano, los conduce a ambos fuera del Paraíso, y fulmina su ardiente espada, mientras los querubines se colocan en sus respectivos puestos según les había ordenado.
Como el viajero que precisado a caminar de priesa interrumpe, sin embargo, su marcha al mediodía, suspendió aquí el Arcángel su narración, quedando entre el mundo destruido y el mundo restaurado, por si Adán quería además discurrir sobre lo que había oído; pero a poco, valiéndose de una sencilla transición, prosiguió de nuevo, diciendo:
«Has visto, pues, el principio y el fin de un mundo; has visto renacer al Hombre de un tronco; y aún tienes más que ver, pero conozco que tu vista mortal se debilita: estos objetos divinos no pueden menos de deslumbrar y fatigar los sentidos humanos. Lo que ha de acontecer después es mejor que te lo refiera; y así oye, y estame atento.
»Mientras esta segunda generación de hombres se reduzca a corto número, y mientras en sus ánimos subsista el recuerdo de la terrible sentencia que se dictó, vivirán temerosos de Dios, procederán justa y rectamente y se multiplicarán en breve. La tierra, cultivada por ellos, les dará colmadas cosechas de trigo, vino y aceite; sacrificarán a menudo lo más selecto de sus rebaños, el toro, el cabrito, el cordero, prodigando con afectuosa mano sus libaciones; e instituyendo fiestas sagradas, transcurrirán sus días en inocente júbilo, en paz segura, divididos en tribus y familias bajo el mando de paternal autoridad, hasta que se levante un hombre altivo y ambicioso, que enemigo de igualdad tan bella y de tan feliz estado, se arrogue un injusto dominio sobre sus hermanos, y ahuyente de la tierra toda concordia, toda ley natural. Empleará sus armas, y no contra las fieras, sino contra los hombres, en guerras y hostiles asechanzas, y cuantos se nieguen a obedecer su tirano imperio; y por esto se apellidará el gran cazador, a despecho del Señor[141]; a despecho también del cielo, pretenderá derivar del mismo su transmitida soberanía, y su nombre equivaldrá al de rebelión, aunque acuse de rebeldes a los demás.
»Acompañado o seguido de una multitud tan ambiciosa como él y no menos propensa a la tiranía, marchando desde el Edén hacia el occidente, encontrarán una llanura, donde de las entrañas de la tierra, verdadera boca del infierno, brotará un betún negro e hirviente, y con él y con ladrillos labrados al intento, procurarán fabricar una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo, con lo que logren eternizar su nombre, no sea que diseminados alguna vez por extrañas tierras, su memoria se dé al olvido[142], aunque por lo demás no se cuiden de que sea buena o mala esta memoria. Pero Dios, que sin ser visto desciende muchas veces a visitar a los hombres, y entra en sus moradas para investigar sus obras, fijó en ellos sus miradas y bajó a aquella ciudad antes de que su torre ocultase las torres del cielo; y burlándose de ellos, puso en sus lenguas espíritus diversos que alterando por completo su nativo idioma, lo convirtieron en un ruido disonante de palabras desconocidas. Suscitose de pronto un confuso y estrepitoso clamoreo entre los constructores; llamábanse unos a otros, pero nadie se entendía, de suerte que redoblando sus gritos, enfurecidos y creyéndose mutuamente injuriados, trabaron entre sí descomunal pelea. ¡Oh! ¡qué de risas produjo en el cielo aquel espectáculo, con su extraño azoramiento y su horrenda vocería! Cayó así en ridículo y concluyó la soberbia fábrica, que por esta causa fue llamada Confusión[143].
Viendo lo cual Adán, exclamó con paternal enojo: «¡Hijo execrable, que así aspira a avasallar a sus hermanos, apoderándose de una autoridad usurpada, que no ha concedido Dios! Solo nos ha dado dominio absoluto sobre las bestias, los peces y las aves; este derecho tenemos, debido a su bondad; pero no ha hecho al hombre señor de los demás hombres, sino que reservándose este título para sí, dejó a la humanidad libre de toda servidumbre humana. Y ese usurpador no se contenta con someter a su orgullo al hombre, porque con su torre pretende asaltar y desafiar al cielo. ¡Miserable! ¿Qué alimentos pensará transportar allá arriba para atender a su subsistencia y a la de su temerario ejército, cuando el aire sutil que reina sobre las nubes seque sus groseras entrañas, y le prive de respiración, ya que no esté privado de sustento?»
A lo que contestó Miguel: «Con razón te indignas contra ese mal hijo que tal perturbación produce en la tranquila existencia humana, empeñándose en subyugar la libertad, hija de la razón; pero no olvides, sin embargo, que desde tu culpa original, la verdadera libertad se ha perdido, la libertad gemela de la recta razón, y por consiguiente partícipe con ella de su mismo ser. Una vez oscurecida u olvidada en el hombre la razón, nacen en él los deseos inmoderados, las pasiones violentas, que le privan del imperio que sobre él ejerce aquella, y de libre que era, le reducen a esclavitud. Por lo mismo, desde el momento en que consiente que un poder ominoso avasalle el albedrío de su razón, Dios le impone el justo castigo de someterle exteriormente a violentos opresores, que por lo común tiranizan con no menos injusticia su libertad externa; y es bien que exista la tiranía, aunque no por eso sea el tirano disculpable. A veces las naciones decaerán de la virtud, que es la razón, de tal manera, que no la iniquidad, sino la justicia, o la maldición que sobre ellas caiga, las privará de su libertad externa y aun de la que interiormente disfruten. Testigo el hijo irrespetuoso de aquel que fabricó el arca, que a consecuencia de la afrenta con que infamó a su padre, oyó fulminar contra su viciosa raza esta maldición terrible: Serás esclavo de los esclavos.
»Caerá, pues, este último mundo, como el primero, de un mal en otro peor, hasta que cansado Dios de tantas maldades, retire su presencia de entre los hombres y aparte de ellos sus santas miradas, resuelto a abandonarlos en sus caminos de perdición, y a elegir entre todas las naciones una sola que sea la que le invoque, una nación que proceda del único hombre fiel, el cual more de la parte acá del Éufrates, aunque haya sido criado en el seno de la idolatría[144].
»¿Podrás creer que esos hombres sean estúpidos hasta el punto de abandonar al Dios vivo, aun en vida del patriarca preservado del diluvio, y de adorar las obras salidas de sus propias manos, los leños y las piedras, como si fueran dioses? Pues a pesar de esto, el Altísimo Señor se dignará, por medio de una visión, alejar a ese hombre de la casa de su padre, de entre los suyos y del culto de sus falsos dioses, enviándole a una tierra que le mostrará; y hará que sea principio de una nación poderosa, a la cual colmará de bendiciones, de suerte que todas las demás naciones de su raza lleguen a ser igualmente benditas. Y ese hombre obedece al punto; no conoce la tierra adonde va, pero abriga una fe ciega. Yo estoy viéndole, aunque tú no puedas verle; veo la fe con que deja sus dioses, sus amigos, su suelo natal, la ciudad Ur de Caldea[145], pasando el vado para ir a Harán, y llevando en pos un séquito embarazoso de ganados y de sirvientes. No camina pobre, mas confía todas sus riquezas a Dios, que le llama a una tierra desconocida; y llega a Canaán, donde descubre sus tiendas colocadas alrededor de Siquén y en la llanura próxima a Moreh; y allí se le promete para su descendencia la donación de toda aquella tierra, desde Hamath, por la parte del norte, hasta el Desierto, a la del mediodía (distingo los lugares por sus nombres, aunque estos nombres no existan ya), y desde el monte Hermón hasta el anchuroso mar occidental. A este lado Hermón; en el otro el mar. Mira en perspectiva estos puntos según los voy mencionando: en la costa el monte Carmelo; aquí la corriente del Jordán con los manantiales que la alimentan[146], verdadero límite hacia el oriente; pero sus hijos se establecerán en Senir, en aquella larga cadena de colinas. Considera bien esto, que todas las naciones de la tierra serán benditas en la descendencia de ese hombre, y que en su descendencia está incluido tu gran Libertador, el destinado a hollar la cabeza de la Serpiente; lo cual en breve te será más claramente revelado.
»Este bendito patriarca, que a su tiempo tendrá el nombre de fiel Abraham[147], dejará un hijo, y este hijo un nieto, igual a él en fe, en sabiduría y en fama, el cual acompañado de sus doce hijos partirá de Canaán para una tierra más adelante llamada Egipto, fertilizada y dividida por el río Nilo. Mira por dónde corre este, y cómo desagua en el mar por medio de siete bocas. Invitado por el más joven de sus hijos, viene a residir en esta tierra en tiempo de carestía. Ilústrase este hijo por sus hechos, que le elevan a ser el segundo en el imperio de los Faraones, y muere allí dejando una posteridad que muy pronto llega a ser una nación; la cual, creciendo de día en día, se hace sospechosa a uno de los reyes sucesivos, y este procura atajar el incremento de aquella gente extraña tan numerosa, convirtiéndola de huéspedes en esclavos, y en vez de hospitalidad dando muerte a todos los hijos varones; pero por último nacen dos hermanos, llamados Moisés y Aarón, enviados por Dios para redimir a su pueblo de la esclavitud, que regresan llenos de gloria y de despojos a la tierra de promisión.
»Ya antes de esto el pérfido tirano, que renegaba de su Dios y menospreciaba su mensaje, ha de verse amenazado de señales y anuncios terribles: los ríos se teñirán de sangre, aunque no lleven ninguna; invadirán su palacio las ranas, los piojos y las moscas, y lo inundarán todo, y plagarán toda aquella tierra; sus ganados morirán de morriña y peste; su cuerpo y los cuerpos de todos sus súbditos se cubrirán de úlceras y tumores. Mezclado el trueno con el granizo y el granizo con el rayo, despedazarán el cielo de Egipto, devorando la tierra por donde pasen; y lo que no devoren de yerbas, frutos o granos, quedará envuelto en una negra nube de langostas, que formando un inmenso enjambre, consumirán hasta el más pequeño resto de verdura. Veránse sumidos en tinieblas todos sus reinos, tinieblas palpables que suprimirán tres días; y finalmente, en una misma noche y de un solo golpe morirán todos los recién nacidos de Egipto. Traspasado de diez heridas el dragón del río[148], consentirá entonces en la partida de sus huéspedes, y con frecuencia humillará su empedernido corazón; mas como el hielo que se endurece de nuevo después de la blandura, sintiéndose poseído de mayor ira, perseguirá a los que ya había dejado libres, y el mar le tragará con su hueste, dejando pasar a los viajeros a pie enjuto, entre dos muros cristalinos; y la vara de Moisés tendrá separadas las olas hasta que el pueblo del Señor llegue a su segura playa.
»Tal es el milagroso poder que Dios concederá a su profeta; y Dios estará presente en su Ángel, que caminará delante de ellos en una nube y en una columna de fuego, de día en la nube, de noche en la columna, para guiarlos en su camino o ponerse a sus espaldas cuando los persiga el obstinado rey. Y los perseguirá en efecto, toda una noche; pero se interpondrá la oscuridad para defenderlos hasta que se aproxime el alba; y entonces Dios, dirigiendo sus miradas a través de la columna y de la nube, confundirá a las impías legiones y hará polvo las ruedas de sus carros, y por su mandato segunda vez tenderá Moisés su poderosa vara sobre la mar, y la mar obediente a ella, volverá sus olas sobre los ordenados escuadrones y dejará allí sepultados a sus guerreros. En salvo ya el pueblo escogido, camina desde la playa a Canaán, atravesando el áspero Desierto, pero no directamente, por temor de que alarmados los Canaanitas, no susciten una guerra que amedrente a gente inexperta en ella, y el miedo la obligue a retroceder a Egipto, prefiriendo la vida menguada de la esclavitud; porque para los nobles como para los que no lo son, la vida más dulce es la más extraña a las armas, cuando no se acude a ellas por un impulso de desesperación.
»La permanencia en el Desierto les será además provechosa, dado que podrán fundar un gobierno, y entre sus doce tribus elegir un gran senado que ejerza su autoridad conforme a ordenadas leyes. Descenderá Dios al monte Sinaí, cuya nebulosa cima le recibirá temblando, y desde allí entre truenos y relámpagos y estruendoso tañido de trompetas les dictará sus leyes, unas referentes a la justicia civil, otras a los ritos religiosos de los sacrificios, anunciándoles por medio de imágenes y sombras al que está destinado a hollar la cabeza de la Serpiente y el modo con que proveerá a la salvación del género humano. Pero la voz de Dios es temerosa al oído humano, y así le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés, poniendo término a su temor; y Dios accederá a su ruego, una vez persuadidos de que no podrán acercarse a Él sin mediador, sublime oficio que desempeña Moisés ahora en figura, para introducir otro gran mediador cuyo tiempo predecirá; y todos los profetas cantarán sucesivamente el advenimiento del gran Mesías.

Le pedirán que les manifieste su voluntad por boca de Moisés.
»Establecidos estos ritos y estas leyes, de tal manera se mostrará Dios complaciente con los hombres dóciles a su voluntad, que se dignará de poner su tabernáculo en medio de ellos para que el Único Santo habite entre los mortales. Al tenor de lo que ha prescrito, se fabrica un santuario de cedro, cubierto de oro, y dentro de él un arca en que se conservan los testimonios y recuerdos de su alianza; encima se eleva el trono de la misericordia, resguardado por las alas de dos fulgentes querubines. Arden delante de este trono siete lámparas que, como en un zodíaco, representan las antorchas celestiales; y sobre la tienda permanecerá de día una nube, de noche un flamígero destello, excepto los días en que las tribus estén caminando; las cuales conducidas por el Ángel del Señor, llegarán por fin a la tierra prometida a Abraham y su descendencia.
»Sería muy prolijo referirte todo lo demás, el número de batallas empeñadas, de reyes destronados, de reinos que han de conquistarse; cómo el Sol quedará inmóvil todo un día en el cielo, retrasándose el acostumbrado curso de la noche, y esto a la voz de un hombre que gritará: “¡Oh Sol! Párate sobre el Gibeón, y tú, Luna, en el valle de Ajalón hasta que Israel haya vencido”; que así se llamará el tercer hijo de Abraham, hijo de Isaac, nombre que se trasmitirá a su posteridad vencedora de los pueblos de Canaán.»
Al llegar aquí le interrumpió Adán diciendo: «¡Oh mensajero del cielo, luz de mis tinieblas! ¡Qué de cosas favorables me has revelado, sobre todo en lo que concierne a Abraham y su descendencia! Por primera vez siento ahora verdaderamente abiertos mis ojos, y menos angustiado mi corazón: hasta el presente todos mis pensamientos eran vacilaciones respecto a la suerte que me estaba reservada, y no solo a mí, sino a todo el género humano; pero ya veo el día en que serán bendecidas todas las naciones; merced que yo no merezco por haber buscado la ciencia prohibida por medios también ilícitos. No acabo de comprender, sin embargo, por qué se imponen tantas y tan diversas leyes a aquellos entre quienes se dignará Dios de residir en la tierra. Esta multitud de leyes supone igual multitud de culpas. ¿Cómo Dios puede habitar entre tales hombres?»
Respondiole Miguel: «No dudes que entre ellos reinará el pecado, que has engendrado tú. La ley se les impone únicamente para evidenciar su natural perversidad, que sin cesar está incitando al pecado a rebelarse contra aquella; y cuando vean que dicha ley puede poner de manifiesto el pecado, y no borrarlo, excepto por débiles apariencias de expiación, como la sangre de toro o de macho cabrío, deducirán que para satisfacer la deuda del Hombre es menester sangre más preciosa, la del justo por el injusto, a fin de que en esta justicia que ha de imputárseles por la fe, puedan hallar su justificación para con Dios y la paz de su conciencia, que no bastarían a procurar todas las ceremonias de la ley, cuya parte moral no puede cumplir el Hombre, y no cumpliéndola, no puede vivir. La ley pues parece imperfecta y únicamente dictada con el objeto de someter a los hombres en la plenitud de los tiempos a una alianza más íntima, y disciplinados ya, hacerlos pasar de las figuras aparentes a la realidad, de la carne al espíritu, de la imposición de una ley estrecha a que libremente acepten una amplia gracia, del temor servil al respeto filial, y de las obras de la ley a las obras de la fe. Así que no será Moisés, aunque tan amado del Señor, pero solo ministro de la ley, quien conduzca a su pueblo a Canaán[149], sino Josué, llamado Jesús por los gentiles[150] y encargado con este nombre de ser quien debele a la Serpiente y conduzca con toda seguridad al Hombre, completamente perdido en los desiertos del mundo, al eterno descanso del Paraíso.
»Entre tanto, establecidos aquellos en el Canaán terrestre morarán y prosperarán allí por largo tiempo; mas cuando sus pecados lleguen a perturbar el sosiego público, provocarán a Dios a que les suscite nuevos enemigos, de los cuales se verán libres luego que den muestras de arrepentimiento; y esta libertad les procurarán primero los jueces, y después los reyes. El segundo de estos, célebre por su piedad y sus gloriosos hechos, obtendrá la irrevocable promesa de que su regio trono ha de subsistir perpetuamente; todas las profecías referirán también que del real tronco de David, nombre propio de este rey, procederá un Hijo, nacido de la Mujer, el mismo que se te ha predicho, predicho igualmente a Abraham, como aquel en quien tendrán su esperanza todas las naciones, predicho a los reyes y que será el postrero de estos, porque su reino no tendrá fin.
»Pero a Él ha de preceder una larga sucesión de reyes. El primero, hijo de David, famoso por sus riquezas y sabiduría, colocará en un suntuoso templo, rodeada de una nube, el arca del Señor, que hasta entonces habrá andado vagando con sus tiendas. De los demás que han de seguirle, unos se contarán en el número de los buenos, otros en el de los malos reyes. Los malos formarán más larga serie, y sus torpes idolatrías y todos sus otros crímenes, añadidos a la perversidad del pueblo, de tal manera irritarán a Dios, que se apartará de ellos, y abandonará su tierra, sus habitaciones, su templo, su santa arca y sus reliquias más sagradas a la befa y rapacidad de la ciudad cuyos muros has visto[151] entregados a la confusión, de donde le vino el nombre de Babilonia. Allí los dejará en cautiverio por espacio de sesenta años, y por fin los sacará de él, recordando su misericordia y la alianza jurada a David, inalterable como los días del cielo. Vueltos de Babilonia por disposición de los reyes sus señores, que Dios les inspirará, reedificarán ante todo la casa del mismo Dios, y vivirán algún tiempo moderada y regularmente, hasta que creciendo en opulencia y número degeneren en facciosos. Las primeras discordias nacerán de los sacerdotes, hombres que consagrados a los altares, deberían no pensar más que en la paz; sus rencillas llegarán hasta profanar el mismo templo, acabando por arrebatar el cetro, sin hacer caso de ninguno de los hijos de David, y por último lo perderán, y pasará a manos de extranjeros, para que el verdadero ungido, el Mesías, nazca privado de sus derechos.
»Nace este rey, sin embargo, y una estrella hasta entonces oculta en los cielos, anuncia su venida y sirve de guía a los sabios de Oriente que le buscan para ofrecerle incienso, mirra y oro. Un ángel, nuncio de paz, enseña el lugar de su nacimiento a unos sencillos pastores que velaban durante la noche, los cuales acuden transportados de júbilo, y oyen los coros de innumerables ángeles que entonan cantos al recién nacido. Su madre es una Virgen; su padre el Altísimo Omnipotente. Subirá al trono hereditario, y se extenderá su reino a los confines más apartados de la tierra, como su gloria a todos los ámbitos de los cielos.»
Calló Miguel, al notar en el semblante de Adán una alegría tan viva, que asemejándose al dolor, le hacía verter abundoso llanto y no poder proferir una palabra; mas al fin pronunció las siguientes:
«¡Oh profeta de faustas nuevas! Has colmado mis mayores esperanzas. Claramente comprendo ahora lo que en mis más profundas meditaciones buscaba en vano: por qué el que con tanta ansia esperamos, debe llamarse fruto de la Mujer. ¡Salve, virgen Madre, que tan encumbrada estás en el amor del cielo! Sin embargo, de mi carne nacerás, y de tu vientre nacerá el Hijo de Dios Altísimo. Así se unirá Dios con el Hombre. Forzoso es que la Serpiente aguarde con mortal angustia el quebrantamiento de su cabeza. Mas dime: ¿dónde y cuándo será el combate? ¿qué golpe herirá la planta del vencedor?»
«No te figures, respondió Miguel, que el combate vaya a ser un duelo, ni que se produzcan realmente las heridas en la planta o en la cabeza: el Hijo no une la humanidad a la divinidad para postrar con más fuerza a tu enemigo; ni quedará así aniquilado Satán, cuando un escarmiento más terrible, su caída del cielo, no le imposibilitó para hacerte a ti una mortal herida. El Mesías, tu Salvador, no te curará destruyendo a Satán, sino destruyendo en ti y en tu raza las obras de este, lo cual no puede efectuarse sino perfeccionando lo que a ti te falta, la obediencia a la ley de Dios, impuesta bajo pena de muerte y padeciendo esta muerte que ha merecido tu desobediencia y la de aquellos que de ti desciendan. Solo así puede satisfacerse la Suprema Justicia. Él cumplirá exactamente la ley de Dios por obediencia y por amor, aunque solo el amor baste al cumplimiento de esta ley. Sufrirá tu castigo exponiéndose en la carne a una vida perseguida y a una abominable muerte. Prometerá la vida a los que crean en su redención y en que por medio de la fe se les imputará su obediencia y los méritos para salvarse, no por sus propias obras, aunque se ajusten a la ley. Vivirá en la tierra odiado, blasfemado, prendido por fuerza, juzgado y condenado a muerte, infamado, maldito, enclavado en la cruz por su propia nación, y muerto por haber dispensado la vida. Pero en su cruz quedarán clavados tus enemigos; con Él serán crucificados el castigo que se te ha impuesto, y los pecados de todo el género humano, y ningún daño experimentarán después los que confien plenamente en su satisfacción. Así morirá, pero resucitando en breve. La muerte no tendrá sobre Él poder muy duradero, pues antes de que vuelva a lucir la tercera aurora, le verán los astros de la mañana alzarse de su sepulcro, puro como la naciente luz; y entonces quedará satisfecho el rescate que redime al Hombre de la muerte, y su muerte salvará al Hombre, siempre que no menosprecie una vida así ofrecida, y que contraiga el mérito de la fe acompañada de buenas obras. Este divino acto anula tu sentencia, la muerte que hubieras debido sufrir, envuelto como estabas en el pecado y eliminado para siempre de la vida; este acto quebrantará la cabeza de Satán y rendirá su fuerza, una vez derrotados el pecado y la muerte, sus dos principales armas, cuyo aguijón se clavará más hondamente en su cabeza que la herida que haga la muerte temporal en la planta del vencedor o de sus rescatados; porque esta muerte es como un sueño de que dulcemente se despierta para pasar a la vida de la inmortalidad.
»Después de su resurrección solo se detendrá en la tierra el tiempo preciso para aparecerse alguna vez a sus discípulos, hombres que durante su vida le siguieron siempre; y a ellos les encargará que anuncien a las naciones lo que de Él y de la salvación humana han aprendido, bautizando en agua corriente a los que crean, señal que purgándolos de la mancha del pecado para la pureza de su vida, los preparará también en espíritu, si fuere menester, para una muerte semejante a la del Redentor. Enseñarán por consiguiente a todas las naciones, porque desde aquel día predicarán la salvación no solo a los hijos nacidos del seno de Abraham, sino a los que profesen la fe de Abraham, cualquiera que sea el lugar del mundo donde se hallen; y así en su raza serán bendecidas todas las naciones.
»En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los cielos, llevando en pos la victoria, triunfante de sus enemigos y de los tuyos; en su ascensión sorprenderá a la Serpiente, como príncipe que es del aire, y arrastrándola encadenada por todo su imperio, la dejará por último confundida. Entrará luego en su gloria, y recobrará su trono a la derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las dignidades del cielo; desde donde, cuando ese mundo esté preparado para su disolución, volverá en toda su gloria y majestad a juzgar a los vivos y a los muertos; juzgará a los muertos apartados de la fe, y recompensará a los fieles, recibiéndolos en su bienaventuranza, así en el cielo como en la tierra, porque toda la tierra será entonces Paraíso, lugar más bienhadado que este Edén, y días aquellos venturosísimos.»
Así habló el arcángel Miguel; suspendió su discurso, como si sobreviniera el gran período del mundo; y nuestro primer padre, lleno de júbilo y admiración, exclamó: «¡Oh bondad infinita, bondad inmensa, que hasta del mal haces nacer todo este bien, trocando en bienes los males, maravilla más grande que la de la creación, al salir la luz de las tinieblas! Cercado me veo ahora de incertidumbres: no sé si arrepentirme del pecado en que he incurrido y a que he dado ocasión, o si más bien regocijarme, porque de él ha resultado mayor bien, gloria más grande a Dios, a los hombres más benévola protección del cielo, y que a la cólera haya sustituido la gracia. Pero dime: si nuestro Libertador torna a los cielos, ¿qué será de ese escaso número de fieles, abandonados en medio de ese rebaño impío, de tantos enemigos de la verdad? ¿Quién guiará a su pueblo, quién le defenderá? ¿No serán sus discípulos víctimas de más sañudo rigor que el que con Él han empleado?»
«Seguro puedes estar, replicó el Ángel, de que así ha de suceder; pero desde el cielo enviará a los suyos un consolador, el prometido de su Padre, su espíritu, que residirá en ellos y grabará en sus corazones la ley de la fe por medio del amor para guiarlos con toda verdad; y les infundirá amor espiritual con que puedan resistir las tentaciones de Satán y despuntar sus envenenados dardos. Nada de lo que pueda intentar el hombre contra ellos los intimidará, ni aún la misma muerte, pues recibirán en sus interiores consuelos la compensación de todas sus crueldades. Su inquebrantable firmeza desarmará a menudo a sus más tenaces perseguidores, porque el Espíritu comunicado primero a los apóstoles que han de predicar a las naciones el Evangelio, y después a cuantos reciban la gracia del bautismo, infundirá en aquellos el portentoso don de hablar todas las lenguas y de renovar todos los milagros que antes de ellos hizo su Maestro; y así en cada nación persuadirán a una inmensa muchedumbre a oír embelesada las nuevas venidas del cielo; y finalmente cumplido su ministerio y terminada gloriosamente su carrera, morirán dejando escritas su historia y su doctrina.
»Pero, según lo habían predicho, en lugar de ellos, sucederán los lobos a los pastores; lobos crueles, que emplearán los sagrados misterios del cielo en saciar su vil ansia de ambición y lucro, y que corromperán con supersticiones y falsas tradiciones la verdad, que solo se conserva en las puras palabras de la Escritura, y solo es comprensible para el espíritu. Entonces procurarán valerse de nombres, dignidades y títulos, y unir el poder secular a estos, aunque fingiendo que únicamente aspiran al espiritual, con lo que se apropiarán el espíritu de Dios, prometido y otorgado por igual a todos los creyentes. A favor de tal ficción impondrán leyes espirituales por medio del poder humano a cada conciencia; leyes que nadie hallará escritas en los libros santos, ni entre las que el Espíritu grabó tan profundamente en los corazones. ¿Qué pretenden, pues, más que violentar el espíritu de la Gracia, y esclavizar a su compañera la libertad? ¿Qué otra cosa que destruir los templos vivos edificados por la fe, por su propia fe, y no por ninguna extraña? Porque ¿quién puede ser infalible en la tierra, obrando contra la fe y contra la conciencia? Muchos se gloriarán de serlo, y de esta variedad nacerá una rigurosa persecución contra los perseverantes adoradores en espíritu y en verdad. El resto, que será el mayor número, creerán cumplir con la religión apelando a demostraciones exteriores y a especiosas formalidades. Hostigada por los dardos de la calumnia, huirá la verdad, y se hallará rara vez la práctica de la fe. De esta suerte el mundo llegará a ser funesto para los buenos, halagüeño para los malos, y se sentirá abrumado bajo su propia pesadumbre, hasta que luzca el día de descanso para el justo, de venganza para el malvado, que será el del advenimiento del Defensor que recientemente se te ha prometido, fruto de una Mujer, vagamente anunciado, y a quien no puedes ya menos de conocer como tu Salvador y tu Soberano. Cercado de brillantes nubes, se revelará, por fin, en el cielo, partícipe de la gloria de su Padre, y vendrá a aniquilar a Satán con todo su perverso mundo; y de esta masa candente, purificada por el fuego, sacará nuevos cielos, una nueva tierra, y creará siglos interminables, fundados en la justicia, en la paz y en el amor, que darán frutos de colmado bien y perpetua felicidad.»
Terminó con estas palabras, y Adán también, añadiendo: «¡Cuán pronto celestial profeta, has recorrido este mundo transitorio y la serie de los tiempos hasta que lleguen a fijarse estables! Más allá todo es un abismo, todo una eternidad, cuyo fin no puede alcanzar la vista. Saldré de aquí perfectamente instruido y en paz con mis pensamientos; llevo cuanto puede contener este pequeño vaso, y mi locura fue aspirar a llenarlo más. Sé para en adelante que lo mejor es obedecer solamente a Dios; amarle y temerle a un tiempo; proceder cual si estuviese siempre delante de Él; no desconfiar jamás de su Providencia; entregarse del todo a Él, que misericordioso en todas sus obras, hace que el bien triunfe del mal, y convierte las cosas más pequeñas, en las más grandes, y anonada con el impulso que se cree más ineficaz los mayores poderes de la tierra, y toda la ciencia mundana con la más humilde sencillez. Sé que el que padece por la verdad adquiere valor bastante para lograr el supremo triunfo, y que para el fiel, la muerte no es más que la puerta de la vida. Esto he aprendido con el ejemplo de Aquel a quien reconozco ya como mi Redentor siempre mi bendito.»
Y el Ángel por última vez repuso: «Pues sabiendo esto has llegado a la cumbre de la sabiduría, y no esperes alcanzarla mayor, aunque conocieses todas las estrellas por su nombre, y todos los poderes etéreos, y los secretos del abismo, y las obras todas de la Naturaleza, y las de Dios en el cielo, en el aire, en la tierra y en los mares; aunque disfrutases de todas las riquezas de este mundo y lo redujeses todo a tu solo imperio. Añade a tu saber acciones que sean dignas de él; añade la fe, la virtud, la paciencia y la templanza; añade el amor, que algún día será llamado caridad, y que es el alma de todo lo demás; y entonces sentirás menos abandonar este Paraíso, porque dentro de ti hallarás otro mucho más venturoso y bello.
»Pero bajemos ya de esta altura de contemplación, que ha llegado la hora precisa en que es fuerza partir de aquí, y esos vigilantes que ves, colocados por mí en aquel collado, aguardan para marcharse. Flamígera espada, signo de proscripción, vibra furiosamente delante de ellos: no podemos permanecer más tiempo. Ve: despierta a Eva: también la he tranquilizado a ella con agradables sueños, nuncios consoladores, y predispuesto su ánimo a una sumisa resignación. En ocasión oportuna, tú la harás partícipe de cuanto has oído, y principalmente de lo que le conviene a su fe saber, de la gran redención que su descendencia, la descendencia de la Mujer, traerá a todo el género humano, para que podáis vivir, ya que serán largos vuestros días, unidos en una sola fe, bien que tristes, y no sin causa, al recordar los males pasados, pero contentos, sin embargo, considerando vuestro dichoso fin.»
Dijo, y bajaron ambos de la colina; y apenas se vio al pie de ella, corrió Adán al lecho en que había dejado a Eva durmiendo, y la encontró despierta, y oyó que le recibía con estas palabras, nada melancólicas por cierto:
«Ya sé de dónde vienes y adónde has ido, porque Dios también nos asiste cuando estamos dormidos, y en los sueños se aprende algo, y los que me ha sugerido han sido muy agradables y predíchome grandes bienes, apenas abrumada de pesar y con el corazón tan angustiado, cerré los ojos. Sé tú ahora mi guía; no me detendré un momento: ir contigo, vale tanto como permanecer aquí; quedarme sin ti, sería alejarme contra mi voluntad, porque tú eres para mí cuanto existe bajo el cielo, y contigo estaré en todos los lugares, contigo, a quien mi crimen voluntario expulsa de esta mansión. Al salir de aquí llevo, sin embargo, el consuelo que más puede tranquilizarme: que aunque por mí se ha perdido todo, y aunque no merezco favor tan grande, de mí nacerá la prometida estirpe por quien todo ha de restaurarse.»

Arrasáronseles en lágrimas los ojos.
Así habló nuestra madre Eva; Adán la escuchaba complacido, pero nada le respondió, porque a su lado estaba el Arcángel. De la otra colina, donde estaban colocados, con paso majestuoso descendían los querubines; deslizábanse al andar como fúlgidos meteoros, cual la niebla de la tarde, que levantándose del río, pasa rozando la superficie de los pantanos, y avanza presurosa hurtando el suelo a las pisadas del labrador, que regresa a su alquería. Levantada delante de ellos, fulguraba la espada del Señor, despidiendo airados resplandores, como un cometa, y su ardiente fuego y los vapores que exhalaba iban acalorando el templado clima del Paraíso, cual el adusto aire de la Libia. El Ángel entonces, asiendo de las manos a nuestros padres, y apresurando sus lentos pasos, los condujo directamente a la puerta oriental, y desde ella con la misma prontitud hasta el pie de la roca, donde se extendía la llanura inferior, y desapareció.
Volvieron ellos la vista atrás, y descubrieron toda la parte oriental del Paraíso, venturosa morada suya en otro tiempo, que ondulaba al trémulo movimiento de la fulminante espada, y agrupadas a la puerta figuras de terrible aspecto y relumbrantes armas. Como era natural, arrasáronseles en lágrimas los ojos, que se enjugaron pronto. Delante tenían todo un mundo, donde podían elegir el lugar que más les pluguiera para su reposo, y por guía la Providencia; y estrechándose uno a otro la mano, prosiguieron por enmedio del Edén su solitario camino con lentos e inciertos pasos.
JUICIOS CRÍTICOS
SOBRE EL
PARAÍSO PERDIDO
DE
MILTON
DE RICHARDSON
Si algún libro ha habido jamás verdaderamente poético, es decir, lleno de poesía, es el Paraíso perdido. ¡Qué afluencia de hechos deducidos de una fuente histórica tan escasa! ¡Qué de mundos inventados! ¡Qué naturaleza tan bella nos presenta ante los sentidos! En ningún otro poema se pintan las cosas divinas más sublime ni divinamente; en ninguno se da tan grandiosa idea de la naturaleza, tal como salió de las manos de Dios, con todo su encanto virginal, su gloria y su pureza; y en cuanto a la raza humana, ¿qué Homero hay que la presente más gigantesca, más robusta ni más valiente? ¿Qué pinturas o estatuas de los grandes maestros pueden sugerirnos un concepto tan exacto de su gentileza y superioridad? Todas estas grandezas brillan en aquel poema de la manera más perfecta e interesante. El ánimo del lector se siente predispuesto a gozar, y embargado por el placer, admira, y se embelesa, y cede a cuantas impresiones quiere el poeta producir en él. En este poema se halla la fuente de todo conocimiento, de toda religión y de toda virtud, dado que infunde en el alma una paz inefable, un dulce consuelo y una alegría íntima luego que se penetra uno del verdadero sentido del escritor, y presta dócil atención a sus armoniosos cantos.
Al leer la Ilíada o la Eneida hallamos una colección de bellísimos cuadros, lo mismo que al leer el Paraíso perdido; pero para ejecutar los primeros hay, hablando en el lenguaje profesional, muchos Rafaeles, Corregios, Guidos, etc., al paso que las pinturas de Milton son más grandes y sublimes, más divinas e interesantes que las de Homero y Virgilio y cualquier otro poeta, o para decirlo de una vez, muy superiores a las de todos los poetas antiguos y modernos.
DE NEWTON
No hay página del Paraíso perdido en que el autor no dé muestras de ser un crítico eminente y un apasionado admirador de la Sagrada Escritura. De esta ha tomado infinitamente más que de Homero, de Virgilio y de todos los demás libros. En la Escritura tiene su fundamento no solo la acción principal, sino todos los episodios. La Escritura, no solo le ha suministrado los más nobles conceptos, sino engrandecido sus pensamientos y sublimado su imaginación; y al propio tiempo ha enriquecido sobremanera su lenguaje, dando a la dicción cierta majestad solemne, y sugiriéndole las más apropiadas y felices expresiones. Aprendan pues los lectores con este ejemplo a leer devotamente las Sagradas Escrituras. Si alguno hay que se atreva a ridiculizarlas o mirarlas con indiferencia, lo menos que puede decirse de él es que dista mucho de comprender el gusto y el genio de Milton; porque el que verdaderamente tenga uno y otro, estamos seguros de que estimará este poema como la más excelente de todas las composiciones modernas, y la Escritura como el mejor de todos los libros antiguos.
DE JOHNSON
Voy ahora a examinar el Paraíso perdido, poema que con relación a su objeto bien puede ocupar el lugar más preferente, y con respecto a la ejecución, el segundo entre las producciones del ingenio humano.
Es opinión común a todos los críticos que el autor de un poema épico debe considerarse como el genio más privilegiado, porque requiere un conjunto de facultades de las cuales basta solamente alguna para otras composiciones. La poesía es el arte de unir lo agradable y lo verdadero, excitando a la imaginación como un poderoso auxiliar de la inteligencia. La poesía épica aspira a enseñar las verdades más importantes por medio de preceptos agradables, y para ello refiere los grandes hechos del modo que más interés produzcan. La historia debe suministrar al escritor los datos de la narración, datos que aprovecha y realza con arte superior, que vivifica con dramática energía y que reviste con útiles recuerdos y reflexiones; la moral le prescribe límites exactos, considerando bajo diferentes puntos de vista la virtud y el vicio; de la política y la práctica de la vida aprende a discernir los caracteres y a describir las pasiones, cada una de por sí o combinadas unas con otras; y la fisiología le ayuda a su vez con mil recursos e imágenes. Para levantar con todos estos materiales un edificio poético, se requiere una imaginación capaz de pintar a la naturaleza y de inventar lo que no existe; y nadie puede llamarse poeta si no posee todas las riquezas del lenguaje y distingue todos los primores de la frase o el colorido que resulta de ella, y sabe acordar los diferentes sonidos con las infinitas variedades de la modulación métrica.
Bossu es de opinión que el primer propósito del poeta debe ser hallar una moral que ilustre y realice después por medio de su fábula. Este parece haber sido el único fin de Milton, pues así como en otros poemas la moral es una consecuencia o un mero incidente, solo en Milton es una cosa esencial e intrínseca. Su objeto fue el más útil y el más difícil de todos, justificar los designios de Dios respecto al hombre; mostrar lo razonable de la religión y la necesidad de obedecer los preceptos divinos.
Para cumplir con este objeto era menester una fábula, una narración dispuesta con tal arte, que excitase el más vivo interés y la más grata sorpresa en el ánimo de los demás, y en esta parte de su obra preciso es confesar que Milton ha llegado a donde cualquier otro poeta. En su historia de la caída del hombre ha comprendido los sucesos que precedieron a este acontecimiento y los que sobrevinieron posteriormente; y con tal oportunidad introdujo todo el sistema de la teología, que no hay parte alguna de su obra que no aparezca necesaria en tal concepto. Apenas hay pasaje ni digresión alguna que no contribuya al desarrollo y progreso de la acción principal.
El asunto de un poema épico naturalmente tiene que ser un hecho de grande importancia: pues bien; Milton no trata de la destrucción de una ciudad, del establecimiento de una colonia, ni de la fundación de un imperio; su asunto es la suerte del mundo, las revoluciones del cielo y de la tierra, la rebelión contra el Ser Supremo suscitada por las criaturas más sublimes entre todos los seres creados; la derrota de sus huestes y el castigo de su crimen; la creación de una nueva raza de criaturas racionales; su ventura e inocencia original; la pérdida de su inmortalidad y la restauración de su paz y de su esperanza.
En la realización de los grandes sucesos solo pueden intervenir personas de elevada dignidad. Ante la grandeza desplegada en el poema de Milton, cualquiera otra desaparece; sus más débiles agentes son los seres humanos más dignos y más nobles, los primitivos padres de la humanidad, con cuyas acciones coincide la acción hasta de los mismos elementos, de cuya rectitud o de cuya extraviada voluntad dependen el estado de la naturaleza terrestre y la condición de todos los futuros habitantes del globo.
De los demás agentes del poema, los principales son tales que sería irreverente nombrarlos en ocasión menos importante; poderes de ínfima condición a quienes solo el freno del Omnipotente puede impedir la facultad de crear y de envolver los vastos límites del espacio en ruina y en confusión. Explicar los motivos y acciones de seres tan superiores de manera que la razón humana pueda comprenderlo y la humana imaginación representárselo es la empresa que este eminente poeta se propuso y que llevó a cabo.
En el examen de un poema épico entra por mucho el estudio de los caracteres que en él se emplean, y los que en el Paraíso perdido admiten este examen son los ángeles y el hombre, los ángeles buenos, y más, el hombre en su estado de inocencia y en su pecado.
Respecto a los ángeles, la virtud de Rafael es afable y benigna, condescendiente y francamente comunicativa; la de Miguel es majestuosa y sublime, y como es de suponer, celosa en cuanto corresponde a la dignidad de su propia naturaleza. Abdiel y Gabriel aparecen solo casualmente y obran como lo requiere su respectiva situación; la fidelidad solitaria de Abdiel está pintada afectuosamente.
Los caracteres de los ángeles malos son muy diversos. A Satán, como observa Addison, se atribuyen sentimientos propios del ser más sublime y más perverso. Clarke ha censurado a Milton por las impías blasfemias que a veces pone en boca de Satán; «porque hay pensamientos, dice con mucha razón, que no puede justificar ninguna índole ni carácter, dado que no se atrevería a expresarlos ningún hombre virtuoso, aun cuando se le pasasen por la imaginación.» Hacer hablar a Satán como un rebelde sin usar de expresiones que pudieran ofender la delicadeza del lector, era una de las mayores dificultades con que tenía que luchar Milton, y no puedo menos de añadir que supo salir perfectamente airoso de ella. En las arengas de Satán hay pocas cosas que puedan ofender los oídos del hombre más timorato. El lenguaje de la rebelión no puede ser nunca el mismo que el de la obediencia. La malignidad de Satán se deja llevar siempre de su altanería y obstinación, pero sus expresiones, por lo común, son generales y ofensivas en cuanto nacen de un corazón perverso.
Los demás caudillos de la rebelión celeste están diestramente dados a conocer en los libros 1.º y 2.º, y el feroz carácter de Moloc es siempre consecuente, lo mismo batallando que aconsejando.
Adán y Eva están durante su inocencia dotados de sentimientos que solo las almas puras pueden comprender y expresar; su amor es pura benevolencia y mutua veneración; se procuran el alimento sin ansia alguna y se muestran diligentes sin fatigarse. En sus oraciones al Criador apenas hay más que la efusión del asombro y de la gratitud. Disfrutan y no se les ocurre averiguar más; son inocentes y no abrigan temor alguno.
Pero con el pecado empiezan la desconfianza y las desavenencias, las acusaciones recíprocas y el empeño de disculparse; se miran ya uno a otro con prevención y temen que el Criador vengue la injuria que le han hecho; pero por fin vuelven en sí para implorar su perdón, va labrando en ellos el arrepentimiento y acaban postrándose en ademán de súplica. Adán, sin embargo, aparece siempre superior antes y después de la caída.
Acerca de lo verosímil y maravilloso, dos condiciones del poema épico vulgar que sugieren a los críticos profundas consideraciones, el Paraíso perdido no da lugar a muchas. Contiene la historia de un milagro, el de la creación y la redención; ensalza el poder y la misericordia del Ser Supremo, y así lo verosímil resulta maravilloso y lo maravilloso verosímil. Lo esencial en una narración es que sea verdadera, y como en la verdad no hay elección posible, supuesto que es necesaria, está sobre todos los cánones y reglas. En las partes accesorias y eventuales, puede, como en todo lo humano, hacerse algunas excepciones. Mas lo verdaderamente importante se apoya en inmóviles fundamentos.
Ha observado muy oportunamente Addison, que este poema por la naturaleza de su asunto lleva a todos los demás la ventaja de interesar universal y perpetuamente: todo el género humano de todos tiempos ha de tener la misma conexión con Adán y Eva, y cada hombre ha de participar del bien y el mal que se hace extensivo a todos.
En lo tocante a la máquina con que se da a entender la oportuna intervención de un poder sobrenatural, otro asunto inagotable de observaciones críticas, nada hay que hablar aquí porque cuanto sucede es bajo la inmediata y visible dirección del cielo; pero de todas suertes, de tal manera está observada esta regla, que no hay acción ni parte de ella que llegue a realizarse por otros medios.
En punto a episodios hallo únicamente dos, la relación de Rafael sobre la guerra del cielo y el discurso profético de Miguel sobre las vicisitudes que ha de experimentar el mundo. Ambos están estrechamente unidos con la acción principal; el uno era necesario para la instrucción de Adán, y el otro para su consuelo.
Tampoco puede hacerse objeción alguna tocante a complemento o integridad del plan, pues cumple distinta y claramente con lo que Aristóteles exige, el principio, el medio y el fin. Quizá no hay poema de la extensión de este de que pueda suprimirse menos sin que resulte una verdadera mutilación. No hay en él juegos, funerales, ni la prolija descripción de ningún escudo; de las breves digresiones que se hallan al principio de los libros tercero, séptimo y noveno pudiera indudablemente prescindirse; pero ¿quién se atrevería a suprimir tan bellas superfluidades? ¿quién no desearía que el autor de la Ilíada hubiese deleitado a los siglos venideros con un tanto de conocimiento de sí mismo? Tal vez no habrá pasaje alguno leído tan frecuentemente y con tanta atención como estos trozos que pudieran llamarse extrínsecos; y si el fin de la poesía es deleitar, lo que tanto embelesa a todos no puede tenerse por antipoético.
Las cuestiones de si la acción del poema es estrictamente una, de si el mismo poema merece propiamente llamarse heroico, y de quién por último es el héroe, solo pueden ocurrirse a lectores que deducen el fundamento de su criterio más bien de los libros que de la razón. Verdad es que Milton califica solamente de Poema el Paraíso perdido, pero también le llama en otra parte Canto heroico. Indigna la petulancia e inconveniencia de Dryden que niega el heroísmo de Adán porque al fin resulta vencido; pero no hay razón alguna para suponer que el héroe no pueda ser desgraciado, y eso aún con la práctica establecida, desde que muy bien pueden no andar juntos el triunfo y el merecimiento. Catón es el héroe de Lucano; pero la autoridad de Lucano no bastaría a Quintiliano a darle la razón; y sin embargo, aún dada la necesidad del triunfo, puede decirse que el seductor de Adán al cabo se vio humillado, y Adán reintegrado en la gracia de su Hacedor, y por tanto, seguro de recobrar su dignidad humana.
Después del plan y artificio del poema, deben considerarse como partes que lo componen los afectos y la dicción.
Los afectos, como expresión de las acciones o pintura de los caracteres, en su mayor parte guardan siempre la precisión más rigurosa.
Rara vez se tropieza con trozos brillantes que contengan lecciones morales o reglas de prudencia, pues es tan original la forma de este poema, que así como nada humano admite hasta que ocurre la catástrofe, tampoco puede tratarse en él del procedimiento humano. Su fin es elevar el pensamiento sobre los cuidados o entretenimientos terrestres. El elogio de la fortaleza con que Abdiel mantuvo su valerosa y singular virtud contra el menosprecio que de él hacía su enemiga muchedumbre, a todos los tiempos puede acomodarse; y la severidad con que Rafael reprende a Adán cuando quiere enterarse de los movimientos de los planetas y la respuesta que da el mismo Adán, seguramente pueden oponerse a cuantas reglas prácticas han dado hasta ahora todos los poetas.
Los pensamientos que van sucesivamente eslabonándose son tales, que únicamente pueden ocurrirse a una imaginación en el más alto grado de entusiasmo y energía, excitada además por un estudio incesante y un inmenso espíritu de investigación. El ardoroso vigor de Milton puede decirse que sublima su gran saber y que impregna su obra en el espíritu de la ciencia que se sobrepone a todo lo que es terreno y vulgar.
Consideraba la creación en cuanto ella abarca, y así sus descripciones son siempre magníficas y propias de un hombre sabio. Había acostumbrado su imaginación a salvar cuantos obstáculos se le opusiesen, y sus conceptos por lo tanto son siempre grandiosos. Lo sublime es la cualidad característica de su poema. Desciende a veces a la elegancia; su elemento, sin embargo, es la grandeza. Puede a veces revestirse de alguna forma graciosa, pero su natural actitud es la elevación gigantesca. Agrada cuando es menester agradar, aunque su recurso favorito es producir admiración.
Parece saber acomodarse bien a la índole de su genio y conocer las cualidades de que la naturaleza le había pródigamente dotado más que a otro cualquiera; la facultad de abarcar la inmensidad, de realzar la esplendidez, de acrecentar lo terrible, de oscurecer más lo sombrío y aumentar lo que de suyo es pavoroso; y así eligió un asunto sobre el que no era posible extenderse mucho y en que podía darse vuelo a la imaginación sin incurrir en la extravagancia.
Ni los fenómenos de la naturaleza, ni los acaecimientos de la vida satisfacían bastantemente el anhelo con que buscaba cuanto era grande. El pintar las cosas como son en sí requiere una atención minuciosa y es propio de la memoria más bien que de la fantasía. Milton se complacía en explayarse por las vastas regiones de lo posible, porque la realidad era campo sobrado estrecho para su inteligencia. Empleó sus facultades en nuevos descubrimientos dentro de mundos en que solo puede campear la imaginación, embelesándose en hallar nuevos modos de existencia, en atribuir sentimientos y acciones a los seres superiores, en referir las discusiones que se tenían en la asamblea del infierno o en acompañar a los coros celestiales.
Pero no podía permanecer siempre en extraños mundos: tenía a lo mejor que descender a la tierra y hablar de cosas visibles y conocidas; y cuando no podía remontarse a lo maravilloso en alas de su talento, se complacía en dar muestras de su asombrosa fecundidad.
Cualquiera que sea el asunto de que trate no deja de poner en él su imaginación; pero sus imágenes y las descripciones de las escenas o fenómenos de la naturaleza no las toma siempre de formas originales, ni las presenta con la naturalidad, fuerza y energía de la observación inmediata; veía la naturaleza, según la expresión de Dryden, a través de la perspectiva de los libros y en muchas ocasiones tenía que llamar a la erudición en su ayuda. El jardín del Edén le trae a la memoria el valle del Enna donde Proserpina se entretenía en coger flores. Satán se abre camino por entre procelosos elementos, como Argos por entre las rocas Cianeas, o como Ulises entre los dos vagíos sicilianos cuando huía de Caribdis sesgando su nave. Con razón se le han criticado las alusiones mitológicas de que se vale y cuya inutilidad no siempre llega a comprender; pero es indudable que contribuyen a amenizar la narración y a excitar alternativamente la memoria y la imaginación.
Sus símiles son en más número y más varios que los de todos sus predecesores, y no se reduce a los límites de una comparación rigurosa, pues precisamente su gran recurso es la amplificación, dando una gran extensión, cuando la oportunidad lo requiere así, a la imagen más secundaria. Así, al comparar el escudo de Satán con el disco de la luna, lleva su imaginación hasta el descubrimiento del telescopio que dio lugar a tan maravillosas revelaciones.
En cuanto a los sentimientos morales no es mucho encarecer su elogio asegurando que deja muy atrás en ellos a todos los demás poetas, porque esta superioridad la debía a lo familiarizado que estaba con la Sagrada Escritura. Los antiguos poetas épicos, como no conocían la luz de la revelación, eran poco hábiles en la enseñanza de la virtud; sus principales caracteres tenían grandeza pero no eran simpáticos; el lector puede deducir de ellos los más grandes ejemplos de fortaleza activa y pasiva, y a veces hasta de prudencia, pero rara vez podrá aprender principios de justicia y mucho menos máximas de piedad.
Para los escritores italianos puede decirse que son vanas todas las ventajas del espíritu cristiano. Conocida es la depravación de Ariosto; y aunque la Jerusalén libertada puede considerarse como un asunto sagrado, el poeta ha escatimado más de lo justo la instrucción moral.
En Milton, por el contrario, cada verso revela la santidad del pensamiento y la pureza de las costumbres, menos en aquellos casos en que el transcurso de la narración exige la introducción de los espíritus rebeldes; y aún estos se ven obligados a confesar su sumisión a Dios de tal manera que inspiran reverencia y dan pábulo al sentimiento religioso.
En los seres humanos hay dos diferentes, pero ambos son padres de toda la especie, venerables antes de perder su dignidad e inocencia, e interesantes aun después de perdida por su sumisión y arrepentimiento. En su primitivo estado se ven animados de un afecto tierno sin debilidad y de una piedad sublime sin presunción. Caen en el pecado y manifiestan desde luego lo desigual que es su fragilidad y cuán presto se rompe su armonía, cuánto debilita el pecado su confianza en el favor divino, y que solo por la penitencia y la oración pueden esperar la remisión de su culpa. El estado de perfecta inocencia solo puede llegar a concebirse, si es posible no obstante concebirlo dada nuestra actual miseria; pero los sentimientos y culto propios de un ser abyecto y culpable, todos podemos profesarlos, porque podemos practicarlos todos.
Nuestro poeta es siempre grande en cualquiera ocasión que se le contemple. En su primitivo estado nuestros progenitores conversaban con los ángeles; aún envilecidos por su insensatez y por el pecado, no se ofrecían en su humillación bajo el aspecto de meros suplicantes, y cuando vemos que sus ruegos han sido oídos, volvemos a contemplarlos con el mismo respeto que antes.
Como hasta que incurrieron Adán y Eva en su culpa no entraron en el mundo las pasiones humanas, el poeta tenía pocas ocasiones de mostrarse patético, pero aun de esas pocas supo aprovecharse bien. Describe con exactitud y expresa con energía un afecto peculiar de la naturaleza racional, el sobresalto que se apodera de la conciencia después del delito, y el horror con que el culpable espera los efectos de la indignación divina. Mas para ponerse en juego las pasiones, solo una ocasión se ofrece, y la cualidad que más sobresale en este poema es el sublime, el sublime empleado con ingeniosa variedad, unas veces en las descripciones, otras en los razonamientos.
De errores y defectos adolece, como toda obra humana, el Paraíso perdido: la crítica imparcial no puede prescindir de ellos; sin embargo, así como para encarecer el mérito de Milton, no hemos prodigado mucho las citas, que si fuéramos a enumerar sus bellezas serían interminables, tampoco debemos detenernos en recargar demasiado las censuras; porque ¿qué inglés llevaría a bien la reproducción de uno y otro pasaje que, al propio tiempo que rebajasen el crédito de Milton, amenguarían hasta cierto punto la gloria de su nación?
Renunciemos, por consiguiente, al sistema de notar la frecuente impropiedad de las voces, como lo ha hecho Bentley, más competente acaso en la gramática que en la poesía, aunque atribuyendo a veces aquella a la intervención de un corrector en quien hubo de fiarse el autor a causa de su falta de vista; suposición temeraria y vana, si la creía verdadera, y pérfida y vergonzosa, si, como se asegura, él mismo confesaba privadamente que la tenía por falsa.
El asunto del Paraíso perdido tiene el inconveniente de no referirse a acciones ni a vicisitudes humanas. El Hombre y la Mujer se ven allí en un estado enteramente desconocido para los individuos de su especie; el lector no encuentra situación alguna análoga a las de su vida, ni condición comparable con la suya por más que esfuerce su imaginación para colocarse en ella: de modo que ni una ni otra pueden excitar su natural curiosidad ni su simpatía.
Todos sentimos los efectos de la desobediencia de Adán; pecamos como Adán todos, y como él lamentamos nuestras culpas; en los ángeles caídos tenemos otros tantos enemigos encubiertos e infatigables, y en los espíritus bienaventurados celosos amigos y protectores: esperamos llegar a participar de la redención del género humano, y estamos tan interesados en la descripción del cielo y del infierno, como que nuestra morada futura ha de ser la mansión de las penas o de la bienaventuranza.
Pero estas verdades son demasiado importantes para que nos parezcan nuevas: se nos han enseñado desde la infancia; ocupan cuando estamos a solas nuestro pensamiento; dan asunto a nuestras conversaciones familiares, y habitualmente tienen grande influencia en los actos de nuestra vida; pero no siendo nuevas, no pueden ejercer emoción alguna extraordinaria en nuestro espíritu, porque lo que de antemano sabemos, no es menester estudiarlo, ni lo que no es inesperado para nosotros, puede en manera alguna sorprendernos.
Así que de las ideas que nos sugieren estas imponentes escenas, unas veces nos abstraemos con respeto, excepto cuando se nos ocurren por medio de la asociación, y otras nos alejamos con horror o únicamente las admitimos como saludable escarmiento, como contrapeso de nuestros intereses y pasiones; y semejantes imágenes más bien entorpecen que avivan el vuelo de nuestra imaginación.
El deleite y el terror son sin duda las verdaderas fuentes de la poesía, mas el deleite poético ha de ser tal que la imaginación humana por lo menos lo conciba, y el terror poético no ha de llegar a tal punto, que la fuerza y la fortaleza humanas sean incapaces de dominarlo. El bien y el mal de la Eternidad son cosas demasiado graves para la sutileza del entendimiento; este necesita considerarlos con cierta frialdad pasiva, dado que se contenta con una fe tranquila y una adoración humilde.
Y, sin embargo, las verdades conocidas pueden tomar diferente aspecto y llegar al ánimo por una nueva representación de imágenes intermedias. Esto lo intentó Milton, y lo consiguió por la fecundidad y vigor que tan peculiares eran de su ingenio; y el que considere los pocos recursos fundamentales que la Escritura le suministraba, seguramente se maravillará de la inmensa extensión a que los llevó y de la variedad con que supo utilizarlos, teniendo que renunciar a ciertas licencias de ficción por el religioso respeto que se debía.
Nadie ha sabido valerse mejor de las fuerzas unidas del estudio y del genio, de la claridad de juicio necesaria para no verse embarazado entre tal cúmulo de materiales, ni de imaginación más a propósito para disponerlos y combinarlos. Era además incomparable su acierto en sacar recursos de la naturaleza, de la historia, de las fábulas antiguas y de las ciencias modernas, siempre que por alguno de estos medios podía ilustrar o embellecer sus pensamientos, que a su mucho caudal de erudición añadía los tesoros del estudio y la prodigalidad con que los ostentaba su fantasía.
Por esto ha dicho alguno de sus admiradores, empleando una hipérbole extravagante, que en el Paraíso perdido tenemos un libro de ciencia universal. Y sin embargo, no es esto cierto: no hay medio de suplir a lo que de suyo es insuficiente, y siempre hallaremos un vacío en la falta de interés humano. El Paraíso perdido es uno de esos libros que asombran al lector, pero que una vez cerrados, no suelen volverse a abrir. Se cree uno obligado a conocerlo, mas no halla deleite en él; leemos a Milton para instruirnos; le cerramos fatigados y como rendidos, y volvemos la vista a otra parte para distraernos; nos alejamos del maestro, y vamos en busca de nuestros amigos.
Otro inconveniente del asunto elegido por Milton es que requiere la descripción de cosas que no pueden describirse, los actos de los espíritus. No se le ocultaba que lo inmaterial no es susceptible de imágenes, y que no podía presentar a los ángeles sino como instrumentos de acción, por lo cual les atribuyó forma y materia. Esto, como necesidad al cabo, era defendible, y hubiera ganado mucho su plan no poniendo lo inmaterial a la vista del lector, sino interesándole más con el artificio de ocultárselo y obligarle a que lo dedujese él mismo de sus pensamientos. Pero desgraciadamente confundió lo poético con lo filosófico: sus personajes infernales y celestiales unas veces son espíritus puros, y cuerpos animados otras. Cuando Satán, armado con su lanza, recorre la abrasada tierra, es figura corporal; cuando al tender su vuelo entre el infierno y el nuevo mundo, se ve en peligro de perderse en el vacío, y halla un apoyo en los vapores que se desprenden de la profundidad, tampoco puede dudarse de que es corpóreo; cuando anima el cuerpo del reptil, parece ser un espíritu que se infiltra según le place en la materia; cuando se levanta erguido como un coloso, tiene por lo menos una forma determinada; y cuando es conducido a la presencia de Gabriel con su espada y con su escudo, bien hubiera podido ocultar estas armas dentro de la serpiente, por más que fuesen materiales las de que para combatir se servían los ángeles.
Los vulgares habitantes del Pandemonium, que eran espíritus incorpóreos, a pesar de ocupar tan vasta extensión y de su infinito número, se veían reducidos a un limitado espacio; y en la batalla, cuando quedan aplastados por las montañas, las armas se les introducen por los cuerpos, y sus padecimientos son mayores porque con el pecado su sustancia se ha dilatado más y héchose más sensible. Esto acontecía a ángeles incorruptibles, cuyas armas contribuían a su mayor derrota, pues sin ellas, como espíritus que eran, hubieran salido ilesos, contrayéndose o desapareciendo; y aun como espíritus, serían espirituales a medias, porque la contracción y el movimiento son propiedades de la materia; pero sin el embarazo de la armadura nada hubiera quedado de ellos, y hubiera recibido los golpes la materia que los cubría. Cuando Uriel desciende en un rayo de Sol, es corpóreo, y corpóreo también Satán cuando teme que Adán pruebe en él su esforzado aliento.
La mezcla de espíritu y materia que resulta en la narración de la guerra celeste es una verdadera incongruencia, y el libro que a ella se refiere, es a mi juicio el favorito de los estudiantes, y el que más pronto olvidan según van adquiriendo gusto y conocimientos.
Después de la intervención de los agentes inmateriales, sobre que no debe insistirse más, entra la de los personajes alegóricos, que no tienen existencia real. El poner en relieve las causas por medio de estos otros agentes, el atribuir una forma dada a las ideas abstractas y comunicarles animación y vida, ha sido siempre privilegio de la poesía; pero la mayor parte de esos seres ideales luego que representan su papel natural, no vuelven a figurar. Así la Fama cuenta proezas, y la Victoria corona a un general o sigue tal estandarte, pero ni una ni otra pueden hacer más: darles una existencia real o atribuirles una intervención material, es despojarlos de su carácter alegórico, o atormentar al entendimiento para que suponga efectos irrealizables. En el Prometeo de Esquilo vemos la Violencia y la Fuerza y en el Alcestes de Eurípides la Muerte que se presentan en la escena y toman parte en la acción como personas del drama; pero no hay ejemplo alguno que pueda justificar un absurdo.
La Muerte y el Pecado, alegorías de Milton, seguramente son personificaciones falsas. El Pecado es la madre de la Muerte y puede muy bien ser portero del Infierno; pero cuando detienen en su viaje a Satán, viaje que se describe como verdadero, y cuando la Muerte le provoca a combate, no es ya posible la alegoría. Que el Pecado y la Muerte hubiesen mostrado el camino del Infierno, nada tenía de extraño; lo inverosímil es que allanen el camino construyendo un puente, porque los obstáculos que encuentra Satán se pintan como reales y materiales, y el puente no puede ser más que imaginado. El Infierno, morada de los espíritus rebeldes, se localiza tan puntualmente como la mansión del Hombre. Está situado en cierta región lejana del espacio, separado de aquellas donde reinan la armonía y el orden por medio del inmenso vacío que llena el Caos; pero el Pecado y la Muerte levantan una enorme mole de rocas amasadas con asfalto; obra demasiado sólida para arquitectos tan ideales.
Esta desmañada alegoría es, a mi juicio, uno de los mayores defectos del poema, defecto que no tiene disculpa, porque consiste en la opinión que el autor se había formado de la belleza de su obra.
También en cuanto a la narración en sí, hay algo en qué reparar. Satán es conducido en el Paraíso con sobrada lentitud a la presencia de Gabriel, y se le deja ir muy tranquilamente. La creación del Hombre se supone una consecuencia del vacío que había quedado en el Cielo por la expulsión de los ángeles rebeldes, y Satán hace mención de ella como de un rumor que corría por el cielo antes de su caída.
Difícil era en verdad hallar sentimientos que correspondiesen al estado de la inocencia, y sin embargo, de vez en cuando algunos suelen anticiparse. El discurso que Adán se forja entre sueños no parece muy propio de un ser nuevamente creado. Tampoco hallo gran propiedad en su respuesta al Ángel cuando este le reprende por la curiosidad que muestra: es el razonamiento de un hombre que conversa con otros hombres. Hubieran podido omitirse algunas nociones filosóficas, y sobre todo de falsa filosofía; así como que en una comparación hable, el Ángel del tímido ciervo, cuando el ciervo no era todavía tímido, y antes de que Adán pudiera comprender la comparación.
Observa Dryden que en medio de su sublimidad, Milton peca de hinchado a veces; lo cual quiere decir que adolece de desigualdad. En toda obra hay una parte que necesariamente depende de las demás: un palacio no puede estar sin galerías, ni se da un poema sin transiciones. Por demás sería exigir que el ingenio esté siempre a la misma altura, como si pretendiéramos que el sol se mantenga constantemente en el mediodía. En las grandes obras hay cierta alternativa de partes luminosas y opacas, como en el mundo se suceden el día y la noche. Después de recorrer los ámbitos del cielo, no debe parecer mal que descienda Milton a contemplar la tierra; porque ¿qué otro autor se ha remontado nunca a tanta altura, ni ha sabido sostener su vuelo por tanto tiempo?
Tan empapado estaba en los poetas italianos, que con mucha frecuencia se valía de ellos; y como todos aprendemos algo de los demás, su afán por imitar la ligereza de Ariosto le sugirió la malhadada imitación del Paraíso de los Locos; invención que no carece en sí de mérito, pero demasiado ridícula para ingerida donde se halla.
Sus juegos de palabras, de que abusa en demasía, sus equivocaciones, que Bentley procura disculpar con el ejemplo de los antiguos; y el empleo innecesario que con tan poco gusto hace del tecnicismo artístico, no hay para qué detenerse a mencionarlos, porque fácilmente se advierten y han sido generalmente censurados, además de que guardan tan pequeña proporción con el conjunto, que apenas llaman la atención de los críticos.
Tales son los defectos del admirable poema del Paraíso perdido. El que pretenda valerse de ellos para que sirvan de contrapeso a sus innumerables bellezas, no mostrará tanta imparcialidad ni celo, como ruindad y escasez de juicio, y merecerá, no que se le censure por su cándida intención, sino que se le compadezca por su falta de sensibilidad.