VIDA DE JUAN MILTON (continued 4)
Cayetano Rosell translation
Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a medida que se acercaba a él, hinchéndole el corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tristeza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes que naturalmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las balsámicas esencias que prodigaban; y como el navegante que traspone el cabo de Buena-Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique, siente el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la Arabia feliz desde sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento que sonriendo exhala de lejos el océano; así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba determinado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que le alejó, enamorado y todo, de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a Egipto, para quedar allí rigorosamente aprisionado.

Iba, pues, pensativo y lentamente subiendo Satán...
Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina, sin hallar camino alguno entre los enmarañados zarzales y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual advertido por el príncipe infernal, sin hacer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su mayor altura, y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nueva presa, acecha los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados, creyéndolos seguros, y salta por encima del redil; cayendo en medio del rebaño, o como el ladrón, que para dar con el escondido tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto bajo dobladas puertas, hierros y cerrojos, se desliza furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel malvado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que estaba en medio y sobresalía entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para procurarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de la virtud de aquel árbol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que solo Dios conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas. Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la naturaleza brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto, en aquella tierra, que más bien es abreviado cielo.
Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que se extendía desde Aurán[78] hasta las soberbias torres de la gran Seleucia[79], construidas por los reyes griegos, y hasta Talasar[80], que sirvió mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndole más encantador aún, y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a la vista, al olfato y al paladar, entre los cuales sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos costó, dándonos a conocer el mal.
Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la cumbre, de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el río que salía de su tenebroso cauce, dividíale en cuatro corrientes principales, que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios, de que no es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a los primeros rayos del sol, otras resguardadas en impenetrable sombra, para mejor preservarse del resistero del mediodía.

Mansión campestre y encantadora.
Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto, de bosques cuyos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente oro, y exquisitos por su sabor; que no en otra parte debió existir el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese cierta. A trechos se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la verde yerba, colinas cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las corrientes de agua, flores de todos matices, rosas que no conocían espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura, que ocultaba entre sus pámpanos la risueña vid, cargada de purpúreos racimos y trepando a lo alto para lucir su gentil y fecunda gala; y al propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se desprendían, esparciendo unas veces y juntando otras sus aguas en transparente lago, donde como en un espejo se retrataban, coronadas de mirtos, sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus gorjeos, y las primaverales brisas, difundiendo la fragancia de los campos y los bosques, asociaban sus murmullos al del trémulo ramaje; mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado de las Gracias y las Horas, y seguido de una perpetua primavera. No era tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores, cuando ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y ocasionó a su madre el dolor de buscarla por el mundo todo. Ni era tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba la inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río Tritón, donde el viejo Cam, a quien los gentiles llaman Ammón y los de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño Baco, de la vista de su madrastra Rea. El mismo monte Amara, en que los reyes de Abisinia guardaban a sus hijos, tenido por algunos como el verdadero Paraíso, situado en la Etiopía cabe las fuentes del Nilo, aquel escarpado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía subirse en todo un día, en manera alguna podía compararse con este jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer tantos placeres juntos y tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y desconocidas.
Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto como el de los dioses, ostentando una dignidad natural y una desnudez majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se mostraban dignos de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la santidad pura y severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede la autoridad humana. No eran iguales ambos, ni parecían de un mismo sexo: él nacido para la reflexión y el valor, ella para la dulzura y la gracia seductora; él solo para Dios, ella para Dios y para él. La frente hermosa y ancha del uno y su sublime mirada indican su autoridad suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad, caen en varoniles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la cabellera de la otra, de largas hebras doradas, extendida como un velo, desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud de anillos, como se enredan los de las vides, emblema de dependencia, impuesta con el más tierno ascendiente, otorgada por ella, recibida por él y consagrada con actos de espontánea sumisión, de modesta resistencia y de esquivez tan dulce como amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían el falso pudor, ni la vergüenza que mancilla las obras de la naturaleza. Infame vergüenza, hija del pecado: ¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor ventura de la vida, la sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!
Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin ocultarse de las miradas de Dios, ni las de los ángeles. Iban asidos de las manos, con dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos, y Eva la más hermosa de las mujeres. Sentáronse en el mullido césped, a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca de una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido jardín cuanto bastaba a hacerles después grata la fresca impresión del céfiro y más dulce el reposo, y más refrigerante la satisfacción de la sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos sabrosísimos que doblándose las ramas les ofrecían, y descansaban recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De la corteza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar la sed con el agua del arroyo que rebosaba; y no faltaban en aquel banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos dichosamente unidos por el vínculo nupcial, y que se veían a solas.
Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que por su ferocidad fueron después perseguidos en bosques y desiertos, en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente entre sus garras al corderillo: osos, tigres, panteras y leopardos retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos, desplegaba allí el monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado su flexible trompa; deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente, enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya indicios de su fatal malicia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la yerba, unos que habiendo acabado de pastar fijaban los ojos con mirada inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque ya el sol iba declinando y apresurando el fin de su curso hacia las islas del océano, y los astros precursores de la noche subían por la ascendente escala del cielo; a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro que al principio, y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz, exclamaba así:

De la corteza de los frutos hacían vasos para apagar la sed.
«¡Oh Infierno! ¡Qué triste espectáculo se ofrece ante mis ojos! ¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados sean esos seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus, y sin embargo tan poco se diferencian de los brillantes espíritus celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro, y aun creo que podría amarlos; tan perfecta es su semejanza con la divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la mano de que han salido. ¡Oh bellísimas criaturas! No podéis figuraros el cambio a que estáis ya expuestos, y cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar; desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis ahora. Bienaventurados sois; pero poca defensa tiene vuestra bienaventuranza para que dure mucho; y esa mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita un cielo para resistir al enemigo que ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro, antes bien os compadezco al veros así abandonados, y a pesar de la ninguna compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros, contraer una amistad tan íntima y tan estrecha que en lo sucesivo viva yo con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No os parecerá mi mansión tan agradable como este risueño Paraíso, pero la aceptaréis, porque al fin es obra de vuestro Hacedor: él me la cedió a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno abrirá de par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán también todos sus magnates. No os veréis allí reducidos a tan estrechos límites como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable descendencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me obliga a tomar venganza de sus ofensas en vosotros, que no me habéis ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad, como en efecto me inspira, el público bien, que es preferible, y el honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensanchará sus límites con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra suerte, aun estando condenado, me repugnaría.»
Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los tiranos, sus diabólicos proyectos; y descendiendo de la alta cima del árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba de los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según convenía mejor a sus designios, observa de cerca su presa sin ser notado, y presta atención a sus palabras, y expía sus acciones para averiguar cuanto deseaba saber sobre su estado. Tan pronto, como león de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o como tigre que descubre casualmente orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando, se agacha contra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza del enemigo que busca dónde mejor emboscarse, y por fin se lanza sobre ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el primer hombre, dirigiendo la palabra a Eva, la mujer primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para escuchar aquel lenguaje para él tan nuevo.
«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser, y el más querido de todos cuantos me rodean! ¡Cuán infinitamente bueno es ese nuestro Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y que se muestra tan liberal de sus bondades, como poderoso e infinito en su grandeza! Nos ha sacado del polvo y puesto aquí, en medio de tanta felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada podemos hacer que él necesite; y en cambio solo un precepto nos impone, solo un deber fácil de cumplir: de todos los árboles de este Paraíso, que tan varios y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gustar del árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues, de la vida está la muerte; y que esta sea cosa terrible, no admite duda, pues sabes bien como el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol es la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia, en medio de tantos dones como nos ha otorgado, y de tan gran poder y supremacía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la tierra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa semejante privación, teniendo, cual tenemos, libertad para gozar de todo lo demás, y para escoger entre tantos y tan varios deleites el que prefiramos; y así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades, prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos tiernos árboles y cultivar estas flores, trabajo que aun cuando fuera más penoso, a tu lado sería muy dulce.»
Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he sido formada, carne de tu carne, único objeto de mi existencia, que eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho, pues debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más particularmente, porque gozo de mayor suma de felicidad al gozarte a ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se te iguale. Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando del sueño por primera vez me vi reclinada en una umbría sobre las flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de dónde o cómo había venido. No lejos de allí, de lo interior de una gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su líquida corriente, quedaba después inmóvil, y tan puro como la bóveda del cielo. Dirigime a él con toda la irreflexión de mi inexperiencia, y me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante lago, que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de pronto, enfrente de mí y dentro del agua, aparecía una figura que también se inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió asimismo; plúgome acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente, y dirigirme también sus miradas con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado contemplando, llevada de una vana afición, si no hubiera sonado una voz que me dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres tú misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una sombra el ser que anhela gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el ser cuya imagen eres y de quien gozarás también en inseparable unión. Tú le darás una multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me atraía de aquella suerte? Di algunos pasos y te descubrí, tan bello y esbelto como eres, debajo de un plátano, aunque debo confesarte que no me pareció al pronto tu belleza tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero tú me seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de mí, siendo mía, siendo mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he cedido una parte de mí mismo; de lo más próximo a mi corazón ha salido la sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo mío, mitad de mi alma, te estoy buscando; que sin ti mi ser se vería incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la mía, y cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil excede a la de la belleza, cuán superior es la inteligencia a toda otra hermosura.»
Así habló nuestra primera madre, y con miradas de casta seducción conyugal, y con el más tierno abandono, medio abrazándole se apoyó en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su turgente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea cabellera. Enajenado él a la vista de tal beldad y de tan dóciles encantos, sonreíase henchido de amor, como sonríe Júpiter a Juno cuando fecundiza las nubes que siembran las flores de mayo sobre la tierra; y selló los labios de Eva con un ósculo purísimo. Apartó Satán la vista lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y rencorosa, exclamó interiormente así:
«¿Hay espectáculo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados estos, uno en brazos de otro, de delicias superiores a las del Edén, y han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo sumido en el infierno, donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por cierto el menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumir ni satisfacer tantas penas y martirios? Mas no debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus propios labios: no pueden disponer de todo a su voluntad; hay aquí un árbol fatal, llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estales pues vedada la ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les envía esa ciencia? ¿Si será un delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su existencia se cifrará en su ignorancia, y su dicha en esta prueba de obediencia y de fidelidad? ¡Oh! ¡qué bello descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su ánimo un vivo deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, inventado sin duda para mantener en la humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta gloria, gustarán de ese fruto, y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester examinar muy prolijamente este jardín, y recorrer hasta sus últimos escondrijos. Una casualidad, una dichosa casualidad puede conducirme a sitio donde halle, bien orillas de una fuente, bien al abrigo de una sombría espesura, alguno de esos espíritus celestiales, que me ilustre respecto a lo que me falta averiguar. Vivid pues, felices amantes, mientras podáis: gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a los que sobrevendrán largas desventuras.»
Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso paso, aunque con astuta precaución, recorriendo bosques, colinas, valles y llanuras. Descendía entre tanto lentamente el Sol hacia el punto extremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra, y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, reflejaban en la puerta Oriental del Paraíso. Era esta una roca de alabastro, que se alzaba hasta las nubes y que a larga distancia se descubría, accesible del lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta entrada: el resto lo formaba un escapado risco, imposible de superar. Entre ambas pilastras de la roca se hallaba sentado Gabriel, caudillo de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y alrededor se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia del cielo desarmada, pero conservando a mano sus escudos, yelmos y lanzas, pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus diamantes y oro. De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del crepúsculo, aparece Uriel, rápido como una estrella que se desliza en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados vapores, muestran al navegante el punto desde donde se lanzarán contra él los vientos desencadenados; y apresuradamente empezó a decir:

Con esta promesa, volvió Uriel a su región...
«Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta mansión venturosa, para impedir que nada malo se acerque aquí ni penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día, llegó a mi esfera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más admirables del Omnipotente, y sobre todo al Hombre, última criatura hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor rapidez podía seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verle detenerse en la montaña que cae al norte del Edén, noté que sus miradas eran poco propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Le seguí con la vista, pero le he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno de los espíritus rebeldes, que salido del abismo, venga a suscitar aquí nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»
Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo tú en la brillante esfera del sol, abarques con tu penetrante mirada inmensas distancias y profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía hasta ahora no se ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza, como el que tú has descrito, ha traspasado estos límites terrestres con algún designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos materiales a una sustancia divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que dices, si se ha introducido dentro del recinto de estos muros, le hallaré mañana al rayar el día.»
Con esta promesa volvió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con mayor rapidez al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque a impulso de una increíble velocidad hubiera ya terminado su diario curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y abreviando su curso hacia el oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos y áureos fulgores las nubes que rodean su trono en el ocaso.
Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el mundo con su triste manto. Seguíale el Silencio, y animales y aves se retiraban, ellos a sus guaridas, estas a sus nidos, todos enmudeciendo, menos el vigilante ruiseñor, que empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto tenía el silencio! Poblábase de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero, caudillo de la estrellada hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, ostentó su incomparable brillo, y ahuyentó las tinieblas con su plateada luz.
A este tiempo Adán conversaba así con Eva: «Querida esposa mía: esta hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso, nos brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el trabajo y el descanso, como la alternativa del día y de la noche; y el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce peso a nuestros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás criaturas que durante el día vagan ociosas y sin cuidado, tienen menos necesidad de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo e inteligencia, en lo cual prueba su dignidad, y el galardón con que recompensa el cielo sus acciones, porque los otros animales no ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan. Mañana, antes que la fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agradable trabajo, aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles por donde paseamos al mediodía, pues nos estorba la espesura del ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que requiere más número de manos, si ha de atajarse su desmedida exuberancia; al paso que debemos también limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven para afearla y obstruirla, impidiéndonos caminar con facilidad. Entre tanto, la naturaleza quiere y la noche manda que descansemos.»
A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien procedo: lo que tú mandes, obedeceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así; Dios es mi ley, tú la mía, y en no excederse de ella consiste toda la ciencia, todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el punto de hacerme olvidar el tiempo, sus mudanzas y el transcurso del día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es el ambiente de la mañana, dulces sus albores y los primeros cánticos de las aves; hermoso el sol, cuando en este amenísimo jardín derrama sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos, y las flores esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada por mansas lloviznas, y es encantadora la paz de la tarde, como el silencio de la noche, en que solo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de la luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de la mañana, ni los primeros cantos de las aves, ni el sol que inunda este jardín ameno, ni los céspedes, frutos y flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume que tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible tarde y la deliciosa noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la trémula claridad de las estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú mismo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la noche? ¿Para quién es ese magnífico espectáculo, si tiene cerrado el sueño todos los ojos?»
«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre; esos astros que giran alrededor de la tierra, llevan de una en otra región su luz, que ha de alumbrar aun a naciones que todavía no existen, y que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre su antiguo imperio y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no solo esparcen claridad esos templados astros, sino que con su benigno calor diferentemente graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen todo, o comunican parte de su virtud interior a los demás seres, a todas las producciones de la tierra, disponiéndolas a recibir del sol con mayor eficacia su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche falte quien los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses que aun dado que el hombre no existiera, dejaría ese cielo de tener admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras velamos, mientras dormimos, recorren invisibles la tierra millones de criaturas espirituales, y día y noche alaban sin cesar y contemplan las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora montaña o de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya respondiéndose unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros y nocturnas veladas, y al divino son de los instrumentos que acompañan sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al cielo nuestros pensamientos.»
Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran solos en su deliciosa gruta. Era un sitio elegido por el soberano Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos el Hombre de cuanto pudiera deleitarle. Formaban el laurel y mirto entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas hojas; el acanto y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y otro lado, que adornaban como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín, unidas a sus esbeltos tallos. Los pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que cubriendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores más vivos que los de las piedras más preciosas. Ninguna otra criatura, aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto que inspiraba el Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de templo al dios Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.
Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas yerbas, se desposó Eva embelleciendo su lecho nupcial por primera vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en que su ángel tutelar la entregó a nuestro primer padre, más ataviada, más encantadora en medio de su desnudez que Pandora, en quien los dioses apuraron todos sus dones, cuando (¡oh fatal semejanza en la desventura!) cuando llevada por Hermes al insensato hijo de Jafet, sedujo con sus dulces miradas al género humano para vengarse del que había robado el primitivo fuego de Jove.
Llegado pues que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y volviendo los ojos al firmamento, adoraron al Dios que hizo la tierra, el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de la luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.
«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el día que acaba de expirar y que hemos empleado en el trabajo que nos está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente, colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es sobrado extenso para nosotros, y su abundancia tal, que no hay quien participe de ella, ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú has prometido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la tierra, y glorificar como nosotros tu infinita bondad, lo mismo cuando despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar del sueño.»
Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar otro rito que una pura adoración, que para Dios es el más agradable; y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo uno al lado de otro, Adán estrechó a su hermosa Eva, y esta aceptó los misteriosos deberes que su santo vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas encarezcan las perfecciones de la castidad, el respeto a los lugares sagrados y a la inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que prescribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos multipliquemos, y ¿quién sino el autor de nuestra ruina, el enemigo de Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?
¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida humana, único don propio del Paraíso, en que todas las cosas eran comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los iguala con los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos que el cariño, la fidelidad, la justicia y la pureza establecieron por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano. ¿Cómo he de ver yo en ti nada de criminal ni vituperable, nada que sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua de doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los pasados tiempos, y cuando gozaron de ti los santos y los patriarcas? En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su inextinguible antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas caricias, en la sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en los cortesanos galanteos, festejos, mascaradas, músicas y bailes con que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien es digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros, duermen ambos esposos al compás de los cantos con que les regalan los ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan los primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes, doblemente venturosos si no aspiráis a mayor ventura, ni a saber más de lo que sabéis.
Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono que su sombra forma llegaba a la mayor altura de la anchurosa bóveda celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las armas que acostumbraban, se disponían los querubines a su nocturna ronda, desplegando aparato bélico, cuando dijo Gabriel al que más se acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa legión, y recorre en torno la parte del mediodía con la más cuidadosa vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y dando nosotros la vuelta, nos reuniremos en el occidente.» Divídense con la rapidez de la llama, unos hacia el lado del escudo, otros hacia el de la lanza[81]; y llamando el mismo Gabriel a dos ángeles que estaban a su lado y se distinguían por su denuedo y sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a recorrer el Edén con toda la presteza que os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre todo la mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos momentos están durmiendo, sin recelar de ningún peligro. Esta tarde, al declinar el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un espíritu infernal (¿quién había de sospecharlo?) que escapándose del infierno, se encaminaba a este Paraíso, sin duda con algún propósito siniestro; y así donde quiera que le halléis, apoderaos de él y traedle a mi presencia.»
No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba el resplandor de la luna, mientras los dos ángeles se encaminaban directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en efecto le encontraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica astucia, procuraba insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo mil ilusiones, sueños y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento, inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de la sangre, como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su mente insensatos y desasosegados pensamientos, esperanzas vanas, propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos conceptos, que dan origen a la soberbia.
Al descubrirle así Ituriel, tocole ligeramente con el cabo de su lanza. No puede la impostura resistir el contacto de un arma celestial, y por fuerza tiene que recobrar su propia forma; como le aconteció a Satán, que se estremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a la manera que prende una chispa en el montón de pólvora acopiada para el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el negro grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se levantó el odioso Enemigo en su natural figura. Dieron un paso atrás los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible rey; pero ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el infierno? ¿Cómo te has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente, junto a la cabeza de los que duermen?»
«¡Ah! ¿no me conocéis? replicó Satán con desdeñoso tono. ¿No sabéis quién soy? Pues bien me conocisteis en otro tiempo, cuando en vez de igualaros conmigo, reinaba yo allí, adonde no osabais encumbrar el vuelo. Desconocerme ahora, vale tanto como desconoceros a vosotros mismos, que sois sin duda los últimos de vuestras filas. Y si no ignoráis quién soy ¿a qué preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan inútilmente como habéis de concluirlo?»

Los dos ángeles se encaminaban en busca de su enemigo.
A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgues, espíritu rebelde, que esa forma, en que tan menguado aparece tu esplendor, pueda darte a reconocer, pues no brillas ya en el Cielo inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel: ahora llevas impreso el crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y no dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable y la incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»
De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió invencible gracia a su juvenil belleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible fuese la decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir, dijo, será como superior contra superior, con el que manda, no con el que es mandado, o con todos a la vez; que en esto me cabrá más gloria, o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de que estás poseído nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu impotente debilidad.»
Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como soberbio corcel, que al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el combate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta entonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo, con voz sonora les dijo así: «Por esta parte, amigos, oigo pasos acelerados, y descubro a Ituriel y Zefón en medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia, pero muy decaído de su brillantez, que por su arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no salir de aquí sin empeñar combate. Preparaos, pues: en su hosco ceño trae pintada la provocación.»
No había acabado de decir esto, cuando acercándose los dos ángeles, le refieren sucintamente quién es aquel; dónde le habían hallado, cuál era su ocupación, y en qué forma y actitud había tratado de ocultarse; y dirigiéndole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué, le preguntó, has traspasado los límites a que te ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar de tu detestable ejemplo, y tienen por lo mismo derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos lugares? ¿No hay más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de bendiciones?»
Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel, en el Cielo tenías fama de perspicaz, y como tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a vivir en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con tal de hallar sitio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad, donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto alivio, y los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado males, sino venturas, no acertarías a comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos aprisiona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro, si ha de tenernos sumidos en sus lóbregos calabozos. Esto es cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad te han referido: como esos te han dicho, me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso alguno.»
A estas palabras dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no menos intencionadamente: «¡Oh, qué dechado tan cabal de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado de él por su insensatez; y llega ahora aquí fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o no tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los límites de aquella a que está condenado en el infierno: tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo. Sigue en tu presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en ti siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa provoca. Pero ¿por qué vienes solo? ¿Por qué no te siguen tus huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y por esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caudillo, que has sido el primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»
No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a peligrosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos espacios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta los infiernos. Espero encontrar aquí morada más venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienhadadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.»
Lo cual oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito de la fuga y desempeñar después el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador. ¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidelidad! Y ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de los cielos, sin duda con la esperanza de destronarle así mejor y empuñar su cetro? Pues, oye, y haz lo que te prevengo: sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos sagrados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, y quedarás enclavado allí, de suerte que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»
Amenazole así; pero Satán le oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas: ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. Jamás te abrumó otro tal, ni aún cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como tú, acostumbrados al mismo yugo, tirábais de su carro triunfal, y andábais por los caminos del cielo empedrados de estrellas.»
Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala sus falanges, le rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento; y el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no vengan a convertirse en inútil paja.
Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento, y lleva en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y un escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no solo el Paraíso, sino la celeste bóveda hubiera conmovido en torno, y aun puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan irresistible, si previniendo aquella catástrofe, no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado, la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:
«Conozco, Satán, tus fuerzas, como tú conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no hemos de llegar sino a lo que permita el cielo! Tu poder es el que él consiente; el mío a la sazón doble, para que yazcas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres tener una prueba, mira allá arriba, y leerás tu suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»
Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó, lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras.

No esperó más, y huyó lanzando denuestos.

Incorporose para fijar mejor su mirada en aquella hermosura.
LIBRO QUINTO
ARGUMENTO
Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con disgusto; pero hace por consolarla, y salen ambos a su trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael, que le recuerde su obediencia, que le manifieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es este y cuál la causa de su enemistad, con todo lo demás que a Adán le importa saber. Baja, pues, Rafael al Paraíso; píntase su celestial hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las frutas más sabrosas que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael desempeña su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas, le declara quién sea este y lo que le induce a obrar así, empezando su relato por la primera rebelión de Satán en el cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a rebelarse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel, que contradice sus razones, y se opone a él, y por último le abandona.
Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la tierra de orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño, ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba al menor ruido de las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles. Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el cabello descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño desasosegado; e incorporándose medio apoyado sobre su costado, para mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que, dormida o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa, alma mía, supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya la mañana, que la frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los naranjos, y la mirra destila su licor, y su bálsamo la caña, mientras la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos sus almibarados jugos.»
Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándole entre sus brazos, dice: «¿Eres tú, consuelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a verte y vuelvo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora) he tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti, como pienso siempre, ni en nuestras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta esta penosa noche no había sentido mi ánimo; he tenido un sueño en que me parecía que, introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva? me decía. Esta es la hora del placer, de la frescura y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche, que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; esta es la hora en que la luna completamente redondeada y en la plenitud de su dulce claridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo: inútiles encantos, si la vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a ti, prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de embelesar a cuantos la ven.» Me levanté, creyendo que eras tú el que me hablabas, mas no te vi; eché a andar deseosa de encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta que de repente me hallé junto al árbol de la ciencia prohibida, que se me representó hermosísimo, más hermoso que durante el día. Mirándole estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con alas, como las que a menudo vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol, y exclamó: «¡Oh preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni Dios ni hombre, quiera aliviarte de él, ni gustar de su dulzura! ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de este placer. De otra suerte ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más vacilar, con mano atrevida cogió y gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañaba; pero él, arrebatado de entusiasmo: «¡Oh, divino fruto, siguió diciendo, dulce por extremo, y más dulce todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fueras de los hombres, los convertirías en divinidades. Y ¿por qué no han de aspirar a ser dioses los humanos? ¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nuevas adoraciones. Ven, pues, felicísima criatura, Eva hermosa y angelical: gusta como yo de este fruto, que si hoy eres feliz, llegarás doblemente a serlo; gusta de él, y serás una nueva deidad entre los dioses, y tu imperio no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás remontarte por tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses, y tú vivirás como ellos.» Y hablando de esta suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia excitó de tal modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos ambos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la inmensidad de la tierra, magnífico y variado espectáculo; y admirada de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía, y a mí se me figuró que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado, y visto que todo ha sido la ilusión de un sueño!»
Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, la respondió: «Perfecta imagen y amada mitad de mí mismo: ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras dormías, también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo; pero ¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres, ni sombra de él puede darse; pero oye lo que voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores, sometidas a la Razón como a su soberana. Entre ellas ejerce el principal oficio la Imaginación, que de todos los objetos exteriores, que perciben los sentidos cuando están despiertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, produciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de opinión. Cuando la naturaleza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y acontece con frecuencia que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento, como continuamente está en vela, procura imitarla, forjándose allá mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos, especialmente durante el sueño, solo produce pensamientos inconexos, y confunde los hechos presentes con los pasados y los remotos.
»Así, en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los asuntos de que tratamos en nuestra última conversación, bien que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte sobresalto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo, tanto del hombre como de los espíritus celestiales, indeliberadamente y sin que llegue a contaminarle; y esto me inspira la confianza de que ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice. Aleja, pues de ti toda tristeza: que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena que la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nuestras dulces faenas, nuestros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y exhalan los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»
Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en medio de su silencio se deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus cristalinas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de un remordimiento que se alarmaba con la sola idea de la culpa, sin ser culpable.
Dando pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas traspusieron el umbral de su mansión, a la que servían de techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre, a la luz del día y del sol, que al aparecer en su carro, tocaba con las ruedas la superficie del océano, y cuyos rayos impregnados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y los fértiles llanos del Edén, se postraron humildemente para adorar a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas las mañanas le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de santo entusiasmo, bien fuesen recitados, bien cantados de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de sus labios una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron así principio:
«Estas, Padre del bien, Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de tus manos esta fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se encumbra sobre esos cielos, invisible para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras, en las cuales, sin embargo, se descubre tu bondad, superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradle vosotros, que podéis hacerlo más dignamente, espíritus angélicos, hijos de la luz; vosotros, que le contempláis de cerca, y que en torno de su trono, en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis cánticos de alegría; vosotros, que estáis en el cielo. Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en honor del que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú, la más brillante de las estrellas, última que recorres la vía nocturna, si no perteneces más bien al alba, precursora del día, que con tu fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzale asimismo en tu luminosa esfera, a la hora apacible en que asoma la luz de oriente. Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro proclama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su oriente, y otras te apartas de él, huyendo con las estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco, que al compás de armónicos sonidos os movéis en misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz. Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza: pues vuestra cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo, que vuestro continuo movimiento sirva para tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y más variados. Y vosotras, nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos, negras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar el nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o derraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso proclaméis siempre sus alabanzas. Alabadle también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros, excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, inclinad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadle asimismo al son susurrante de vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las demás vuestras voces, criaturas todas vivientes. Aves, que cantando os remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías y llevada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la noche, y de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las enramadas, que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas, Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta aquí, nos dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo, como la luz ahuyenta las tinieblas en este instante.»
Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual, recobraron sus ánimos la profunda paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre prados cubiertos de rocío y de flores; y llegaron a un plantel de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso ramaje más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su estéril pompa. Acercan también la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como amante esposa, le ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece en dote sus racimos, y embellece con ellos su inútil hojarasca.
Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y llamando a Rafael, el espíritu amigable que se dignó de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete veces casada[82]: «Rafael, le dijo, ya sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la inquietud que ha causado esta noche a los dos humanos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos labrar a la vez la de su descendencia. Ve, pues, allá; emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Le encontrarás en un sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso repara las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le hagas comprender su dichoso estado; que de su voluntad depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo que debe andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de confianza en su seguridad. Háblale asimismo de los riesgos a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que, por haber sido expulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no empleando a este fin la violencia, que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenle, en suma, de cuanto debe hacer, no sea que delinquiendo voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta de consejo y de previsión.»
Esto ordenó el Padre Eterno; con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró un punto al alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que estaba, cubierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento. Apártanse a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con tan divino arte el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se interponen a sus miradas, y ve la tierra, pequeña como en sí es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín de Dios coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así, aunque menos distintamente, contempla el observador durante la noche, por medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de Delos y Samos entre las Cícladas.
Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio aéreo, y surca mundos y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanle todas las aves asombradas como al fénix, único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el fulgente templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas. Descendiendo después sobre la cumbre oriental del Paraíso, recobra su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus anchos hombros le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; los dos de en medio ciñen su talle como una estrellada zona, y orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de oro y tornasoles copiados de los del cielo; y las otras dos resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del color del firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas, llenaba de celestial fragancia el anchuroso espacio que en torno le circuía.
Reconociéronle al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y le recibieron con el honor debido no solo a su dignidad, sino a su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia de la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado campo, atravesando odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de bálsamos, que sobrepujaban en dulzura a todo encarecimiento; porque exuberante allí y risueña como en su primavera, la naturaleza, desplegaba todos sus encantos juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros en medio de aquel silvestre espectáculo, superior a toda perfección artística.
Sentado a la entrada de su fresca gruta, le vio Adán según iba adelantándose por en medio de la aromática floresta. Desde su mayor elevación, lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más profundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que solía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con solo ser gustados, eran deleite del apetito, y al propio tiempo despertaban la sed del néctar que la leche, el jugo de ciertas frutas o los racimos de la vid les suministraban. Llamó, pues, Adán a su Esposa, diciendo:
«Ven, Eva, corre, verás un objeto digno de contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una figura ¡oh, qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en la mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae quizá, y se dignará de ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que guardes; no escasees prodigalidad alguna, y recíbele con todo el honor debido a un mensajero celeste. A nuestros bienhechores debemos corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan liberalmente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»
A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la tierra que animó Él mismo: el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se encargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su humedad superflua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada sabroso fruto lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical huésped, el cual se convencerá de que Dios ha derramado sus beneficios en la tierra como en el cielo.»

A la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección...
Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a desempeñar sus quehaceres hospitalarios, pensando en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su agrado. Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal, produce en la India oriental y en la de occidente, en las orillas del Ponto, en las costas de África, o en el país en que reinó Alcínoo[83]; frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos hace largo acopio, que amontona con mano pródiga; exprime los dorados racimos, que le dan un licor inofensivo y grato, y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros que contengan una y otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos, que para serlo no habían menester de luego.
Entre tanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin más séquito que sus cabales perfecciones, que constituían toda su grandeza, incomparablemente mayor que la enojosa pompa que arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros cuajados de oro, que deslumbran a la multitud, dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y no embarazado de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente inclinándose, le dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más que del cielo: ya que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones venturosas para honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Soberano del mundo ha otorgado la posesión de morada tan espaciosa, haznos la merced de reposar en este umbrío albergue, tomando asiento, y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor del mediodía, y más benigno el sol, vaya declinando.»
Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido, Adán. Tal como has sido creado, y dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que con frecuencia te visiten. Llévame, pues, a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo desde esta hora del mediodía hasta que comience la noche.» Y se encaminaron ambos a la campestre vivienda, que como el asilo de Pomona, se cobijaba entre fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni adorno que ella propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para servir al divino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro alterase la calma de su semblante. «¡Salve!» le dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se dirigió a la benditísima María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo seno dará al mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y espeso césped, cercado de asientos de muelle musgo, y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano. Entablaron los comensales su plática reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y nuestro padre empezó diciendo: «Plázcate, divino extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida procede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro alimento y nuestro placer; manjares insípidos quizá para naturalezas espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celestial alimenta a todos.»
A esto replicó el Ángel: «Pues lo que Él (alabado sea perpetuamente), lo que Él da al Hombre, que en parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia de estos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de los espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura, digiere y asimila las sustancias, convirtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es indudable que todo lo creado ha menester de alimento con que sostenerse y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la tierra al agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina a la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas, que son vapores todavía impuros que no se han transformado en sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los astros, recibe de ellos sus acuosas exhalaciones y absorbe durante la noche el licor del océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos melifluo rocío de entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el cielo; y así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

Y el divino mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente...»
Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni figuradamente, como es común opinión de los teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la espiritual por medio de la traspiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente trueca, o cree posible trocar, el empírico alquimista la escoria más vil en el oro más puro, cual si saliese de la mina. Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente, y apuradas las copas, las coronaba de nuevo con licores a cual más gratos. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico, ni se comprendían los celos, infierno de los amantes ofendidos.
Una vez satisfecha, mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la necesidad de la naturaleza, concibió de pronto Adán el deseo de no perder la ocasión con que tan importante conferencia le brindaba para saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo, cuya excelencia tanto sobre la suya se distinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad, y cuyo envidiable poder en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa prudencia se insinuó así:
«Veo, conciudadano de Dios, hasta dónde llega tu bondad, por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los ángeles; mas los has aceptado de tal modo, que no parece puedas mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial banquete; y sin embargo, ¡qué comparación cabe!»
Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser omnipotente de quien proceden todas las cosas, y en quien refluye todo aquello que no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen con variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y espiritualiza y depura a medida que más se aproxima a Él o a aquella esfera de acción que a cada cosa está designada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de una planta nace esbelto su verde tallo, y de este las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor primorosamente esmaltada, que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al Hombre, siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o animales o intelectuales, que armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación y la inteligencia, de donde el alma adquiere la razón: la razón, que constituye su esencia, ya proceda discursivamente, ya por medio de la intuición. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros, los celestiales; diferimos en el grado de razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires, pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti, porque, como tú en la tuya, los convierto yo en mi sustancia propia. Tiempo vendrá quizá en que los hombres lleguen a participar de la dignidad angélica, y en que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es espiritual, y se remonten alados a la región etérea, como nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais entonces muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis al que os ha hecho progenie suya. Entre tanto gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en vano aspiraríais a más.»
«¡Cuán bien, generoso espíritu y benigno huésped, repuso el patriarca de la raza humana, cuán bien nos has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de las cosas creadas basta para elevarnos de una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de si dais muestras de ser obedientes? ¿Es posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos ha sacado del polvo, establecídonos aquí y colmádonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el anhelo humano?»
Y el Ángel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor de toda tu felicidad, pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia, en la cual debes mantenerte fiel, porque es la prenda de tu ventura: tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha hecho bueno, pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un albedrío libre por su naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es voluntario, y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza, ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un corazón esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el destino, carece de toda elección posible? Nosotros también, y cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios, ciframos nuestro estado de bienaventuranza, como vosotros el vuestro, en la obediencia; que no tenemos otra seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y en ella por consiguiente estriba nuestra elevación o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia, cayeron algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh! ¡y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué gloria tan sublime!»
A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado tus palabras, divino maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos de los vecinos montes cuando repiten por la noche los cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres tanto para querer como para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo persuade y ha persuadido siempre mi reflexión. Pero lo que dices que ha ocurrido en el cielo me hace dudar de mí mismo, y me inspira el deseo de oír, si te dignas de referirlo, la relación completa del caso, que debe de ser muy extraño y digno de escucharse con religioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha llegado el Sol a la mitad de su carrera, y comenzado la otra mitad en el ancho círculo del cielo.»
A este ruego de Adán condescendió Rafael después de una breve pausa, diciendo: «En arduo empeño me pones, padre de los hombres, arduo y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las invisibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y tan perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin, revelar los secretos de un mundo que quizá no es lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré al alcance de tu comprensión lo que es superior a ella, dando a lo espiritual formas corpóreas, por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una sombra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las celestiales?
»No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego Caos donde hoy giran las célicas esferas, donde la tierra se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante la eternidad, aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración por medio de lo presente, lo pasado y lo futuro), cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo convocadas todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más apartados ámbitos del Empíreo, rodearon el trono del Omnipotente, presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas, banderas y estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las diferentes jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados recuerdos y memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensurable extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de su bienaventuranza, cual desde una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva claridad que luce en ella, pronunció estas palabras:
«Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto, que ha de ser para siempre irrevocable. En este día he engendrado al que declaro mi único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarle. A mi diestra le tengo; vedle. Desde hoy será vuestro superior, pues por mí mismo he jurado que todas las rodillas se doblarán en el cielo ante él, y que le reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma, bajo el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que le desobedezca, me desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de su visión beatífica, caerá en las más hondas tinieblas, en el profundo abismo, donde tiene reservado un lugar que ocupará sin fin y sin esperanza de redención.»
»Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus palabras, aunque en realidad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares, sin embargo, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de sus movimientos procede armonía tan divina y tan dulce en sus mágicos acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.
»Acercábase entre tanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde, no porque nos sean necesarias, sino porque su variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regalarnos con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de angélicos alimentos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando en vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y bebían, y en dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque la plenitud es allí el límite del exceso, hallándose en presencia del bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos dones a manos llenas toma parte en su regocijo. Entre tanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre nubes desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba adormeciendo todos los ojos, excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejércitos angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si aplanase su superficie, que tales son los divinos atrios, se dispersaron en legiones y curias, acampando orillas de arroyos cristalinos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados pabellones, como en otros tantos tabernáculos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban del sueño todos, menos los que durante el transcurso de la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor del trono del Señor.
»Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su primitivo nombre no se oye ya en el cielo; Satán, uno de los primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su favor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, proclamándole por Mesías y ungiéndole por Rey, no podía reprimir su orgullo, indignado de que así se le postergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que la oscuridad era mayor y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó alejarse con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la supremacía de Dios, de cuyo culto y obediencia se separaba desde aquel momento; y despertando al que le seguía en autoridad, llevole aparte, y le dijo así:
«¿Tú también, compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño cerrar tus párpados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, del decreto que hace tan poco pronunciaron los labios del Señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro yo a confiarte también los míos. Y si despiertos tú y yo somos uno mismo ¿por qué el sueño ha de hacer que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes: dictadas estas por un poder soberano, pueden producir en nosotros sus vasallos nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a los jefes de los millares de huestes que acaudillamos; diles que por superior mandato, antes que la oscura noche haya retirado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis órdenes, encaminarme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para recibir dignamente a nuestro rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve aparecerá triunfante en medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.»
»Mientras el pérfido Arcángel hablaba así, iba inspirando malignas prevenciones en el incauto ánimo de su compañero, que, conforme le había prescrito, llamó a la vez, o unos tras otros, a los principales a quienes mandaba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro punto el gran pendón que los distinguía, antes de que la sombría noche abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó el motivo de aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias, propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron todos, como lo tenían de costumbre, la señal y superior mandato de su grande adalid, que bien merecía el nombre de grande, siendo tanta en el cielo su dignidad; seducíales su esplendor, como seduce a los astros que le siguen el de la estrella de la mañana, y la impostura de que se había valido arrastró en pos de sí a la tercera parte de las celestiales huestes.
»Entre tanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más recónditos designios, descubrieron desde la cima del santo monte, alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia, pero sin necesitar de su luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo iba cundiendo entre aquellas lucidas cohortes, y la resistencia que su innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y sonriendo, dirigió a su único Hijo estas palabras:
«¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria, heredero de mi omnipotencia! Pues se va a atentar contra esta, impórtanos pensar cómo defenderla, y con qué armas hemos de sostener el eterno derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo lo creado. Un enemigo se alza que pretende erigir un trono igual al nuestro, allá en las vastas regiones del septentrión; y no contento con esto, medita cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y nuestro derecho. Preparémonos pues, y en tan temeroso riesgo armémonos prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, empleándolas en defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime altura, de nuestro santuario, de la cima de nuestro monte.»
»A lo que con reposado, puro, inefable, y sereno aspecto, radiante de divinidad, respondió el Hijo: «Omnipotente Padre, que con razón haces desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de sus vanos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia: con esto acrecentarán mi gloria; su odio redundará en loor mío, cuando vean que el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo, y experimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se rebelan; y entonces dirán si debo ser considerado como el último de los cielos.»
»Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con sus secuaces; ejército más innumerable que las estrellas de la noche o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas, engasta el sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra región, los poderosos reinos de los serafines, de las potestades y de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán, con aquellas regiones, serían lo que tu jardín con respecto a toda la tierra, a los mares todos, al globo entero, desplegado en toda su longitud. De esta suerte llegan por fin a las extremas partes del Norte, y Satán a su mansión regia fabricada en lo más alto de un monte, que se divisaba a lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y torres hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que tal era el palacio del célebre Lucifer, según en su lenguaje llaman los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar mayor igualdad con Dios, imitando el nombre de la montaña en que acababa de proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la suya Montaña de la Alianza. Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que así se le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibimiento que habían de hacer a su Soberano luego que se presentase, y valiéndose del arte con que sabía fingir el acento de la verdad, cautivó su atención, diciéndoles:
«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos magníficos, si no son vanos desde el momento en que por un decreto se ha concedido a otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser consagrado por rey supremo. Él es la causa de la atropellada marcha que esta noche hemos traído: él la de que aquí estemos congregados de improviso, con el único objeto de acordar cómo más dignamente hemos de recibir, y qué honores nuevos hemos de rendir al que viene a imponernos un tributo de genuflexión, una humillación servil, que hasta ahora no se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro no debe sernos este doble culto ofrecido no solo al que es superior, sino al que se nos dice ahora que es su imagen! Y ¿qué acontecería si despertasen nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y doblaréis temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y asimismo os reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes no ha poseído nadie; y si no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres, porque la diferencia de clases y dignidades no se opone a la libertad, que, por el contrario, se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable ni justamente podrá alzarse con la monarquía sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en poder y esplendor, al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni mandamientos, cuando por estar exentos de crimen, no necesitamos de ley alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro soberano ni exigir que le adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en virtud de la cual estamos destinados a gobernar, y no a ser siervos.»