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El paraíso perdido

VIDA DE JUAN MILTON (continued 2)

Cayetano Rosell translation

Ocho años pasaron, y nada más volvió a oírse de la polémica con Salmasio; mas no era creíble que la Defensa del pueblo de Inglaterra, tan celebrada de un extremo a otro de Europa, quedase sin respuesta alguna. Varias se dieron, y no excitaron interés; una que se publicó anónima, la atribuyó Milton al obispo Bramhall; sin embargo, su autor fue un clérigo desconocido llamado Rowland; contra la cual escribió Juan Philips, sobrino de Milton, una réplica que revisó el mismo poeta antes de publicarse.

Hemos visto que en 1649 se mudó Milton de Barbican a Holborn. Al hacerse cargo de su secretaría, pasó a ocupar la habitación que le estaba destinada en Whitehall, mas no sabemos por qué motivo, se le mandó desalojarla algún tiempo después; y en junio de 1651, tomó una linda casa en Petty France, en Westminster, contigua al palacio de lord Scudamore, que daba a St. James Park. Aquí siguió viviendo ocho años, hasta que vino la Restauración.

Como la pérdida de la vista le sobrevino poco a poco, no es fácil determinar con exactitud la época fija en que quedó totalmente ciego. Uno de sus adversarios le supone ya en este estado en 1652. No basta esto para asegurarlo; pero en la réplica que Milton le dirigió, dice lo bastante para dar por acaecida aquella desgracia en el mencionado año.

En una carta escrita a un amigo en setiembre de 1654, cuenta que por espacio de diez años había ido su vista «debilitándose y enturbiándose,» y añade cómo fue perdiéndola, hasta que la luz «se trocó en una oscuridad completa, como la que queda al apagarse una vela.» «Cuando por la mañana, dice, me ponía a leer, según mi costumbre, padecía mucho de los ojos, que me molestaban terriblemente, hasta que con el ejercicio corporal adquirían alguna fuerza. Si miraba a una luz encendida, la veía cercada de un disco luminoso. Una pequeña sombra que me cubría la parte izquierda del ojo izquierdo también, el cual comenzó a resentírseme algunos años antes que el otro, me impedía ver todo lo que había en aquella dirección. Hasta los objetos que tenía enfrente parecían oscurecerse cuando cerraba el ojo derecho, y este fue también durante tres años acabándose lentamente, y pocos meses antes de perder la vista del todo, no sentí novedad alguna; ahora siento como unos densos vapores en la frente y las sienes, que me oprimen y pesan sobre los párpados, sobre todo después de comer, a la caída de la tarde. Ni debo omitir tampoco que antes de quedar totalmente privado de la vista, cuando estaba en la cama y me volvía de uno y otro lado, al cerrar los ojos, me salían de ellos ráfagas lucientes; más adelante, cuando poco a poco fui dejando de distinguir los objetos, parecía que los colores, proporcionalmente turbios y oscuros, saltaban con cierto ímpetu y con una especie de zumbido interior.» Pero después de 1652, estas postreras llamaradas de la luz que se le apagaba, no volvieron a aparecer más.

La única obra en respuesta a su Defensa del pueblo de Inglaterra, sobre la que Milton decidió al fin no guardar silencio, fue una publicación titulada Regii sanguinis clamor ad Cœlum adversus Parricidas Anglicanos (Grito que la sangre real levanta al cielo contra los parricidas ingleses). El autor de esta obra era un tal Pedro Du Moulin, residente en Inglaterra, pero francés de nacimiento. Por él mismo sabemos que el manuscrito fue enviado a Salmasio, y que este encargó la impresión a uno llamado Moore, en latin «Morus,» escocés, que era el director del colegio protestante de Castres, en Languedoc. El libro no lleva más nombre que el del impresor, pero la dedicatoria a Carlos II está firmada por Moro. Milton llegó a entender que Moro había tenido alguna parte en esta obra, y contra él esgrimió la pluma, considerándole su autor; y como el escrito en cuestión estaba lleno de las más duras apreciaciones sobre su carácter privado, Milton aprovechó la ocasión para justificarse de semejantes diatribas, y al propio tiempo para decir al mundo cuál era su juicio respecto al carácter de los hombres que más participación tenían en el origen y conservación de la república inglesa. La importancia biográfica de esta segunda Defensa es muy grande; de modo que en este concepto tenemos mucho que agradecer a la cándida malignidad de los enemigos de nuestro autor. Moro intentó replicar; Milton contestó; a la contra-réplica añadió un suplemento; pero la controversia estaba ya agotada.

En 1653 quedó Milton viudo. Dícese que su esposa murió en su último destierro. Durante los últimos años, cuando estaba engolfado en cuestiones de tanto interés público y atrayéndose la atención de Europa, hay motivos para creer que su situación doméstica no era muy envidiable. Su esposa le había dejado ciego y con tres hijas, la más pequeña de dos años, y la mayor de ocho. Él mismo nos dice que a pesar de los servicios que había hecho a la República, había estado muy lejos de enriquecerse. Sus rentas consistían en el sueldo de secretario, que no llegaba a trescientas libras al año, y en sus recursos propios. En 1655 cuando, ciego ya, tuvo que echar mano de un auxiliar para su cargo, se le dejó reducido el sueldo a ciento cincuenta libras anuales, que se le asignaron como vitalicio. Poco después se nombró a su buen amigo Andrés Marvell como sustituto en su empleo oficial, nombramiento que parece haberse hecho a indicación suya.

Tales eran sus circunstancias personales cuando contrajo segundo matrimonio, y la persona con quien se enlazó fue miss Woodcock, hija del capitán Woodcock, de Hackney. Cómo se condujeron los negocios domésticos de Milton durante los tres últimos años, no está averiguado; pero que quedaron abandonadas las tres hijas, lo cual no hubiera sucedido a tener una madre de no más que regular inteligencia, es muy verosímil. Con Catalina Woodcock vivió Milton tan feliz como no lo había sido hasta entonces, y sus hijas suponemos que empezaron a dar señales de aprovechamiento bajo su dirección; pero este rayo de luz que entró en casa del poeta debía durar muy poco: quince meses después de su matrimonio murió su esposa embarazada, y la criatura no se logró. El sentimiento que tuvo siempre Milton por la pérdida de esta virtuosa señora, la expresó en un bellísimo soneto.

Ocho años fecundos en acontecimientos habían de pasar, antes de que Milton volviera a casarse. El alivio de trabajo que tenía en su cargo de secretario, le dejaba algún tiempo más de que disponer; seguía ocupándose en la Historia de Inglaterra, y ahora dio principio a los apuntes preparatorios para un diccionario latino reformado, y a la reunión de materiales para una obra de Teología; mas poco después de haber enviudado segunda vez, comenzó a pensar en el asunto de la Caída del Hombre para el poema épico que de tiempo atrás meditaba. Según su amigo Aubrey, empezó esta grande obra en 1658, mas en esta época todavía no se consagraba a ella del todo, sino a ratos. En 1658 publicó el manuscrito de la obra de Sir Gualterio Raleigh titulada el Consejo del Gabinete. En 1659 dio su importante tratado de la Potestad civil de los casos eclesiásticos, y un vigoroso opúsculo sobre los medios de suprimir los Jornaleros de la Iglesia. En el mismo año escribió también una carta a un amigo, tocante a los trastornos de la República, y otra al general Monk en favor de una República libre, exponiendo los medios que debían emplearse para asegurarla; pero eran cartas confidenciales y breves que no llegaron a imprimirse. El folleto dado a luz algunos meses después bajo el título de Breve y fácil camino para establecer una República libre, era de más importancia y estaba dirigido a la nación. En este opúsculo recomendaba con mucho empeño la excelencia de una República libre «comparada con los inconvenientes y peligros de la restauración monárquica en aquel país.» Otro fragmento publicó por entonces en contestación a un sermón altamente realista, predicado por un doctor Mateo Griffith, que se decía «Capellán del último Rey.» En estos dos escritos protesta Milton con toda su energía contra el restablecimiento del gobierno de los Estuardos, y en el mismo sentido seguía clamando, cuando los cañones de Dover Castle anunciaban el desembarque de Su Majestad Carlos II; pero la nación no le oía, y la corte y el pueblo se apresuraban a realizar las fatídicas predicciones tantas veces anunciadas por Cromwell, reproducidas por Milton al presente. La parte sensata del país estaba cansada de una guerra de facciones, del desorden que cada vez introducía más profunda perturbación, y anhelaba se realizasen sus esperanzas, fundadas en las prudentes y patrióticas intenciones del Rey proscrito. Aquellas esperanzas iban a salir fallidas; pero la experiencia vino demasiado tarde, y lo hecho ya no podía menos de realizarse.

En los ocho años que precedieron a la Restauración, vivió Milton en su aislado domicilio de Petty France, cerca del centro en que se agitaban todos aquellos años las ruidosas cuestiones suscitadas entre la Iglesia y el Estado. En aquel solía recibir a sus amigos, entre los que nos figuramos oír a Ciriaco Skinner discurrir libremente sobre los últimos debates del Parlamento o del club, y sobre la marcha de los negocios públicos. En el mismo sentido resonaba allí la honrada voz de Andrés Marvell, que a veces hacía también ingeniosas y profundas observaciones críticas acerca de la poesía y de la literatura en general. Allí es de suponer que Roberto Boyle hablase a su ciego amigo de los nuevos experimentos filosóficos, pasando de los misterios de la naturaleza a las religiosas consideraciones que le inspiraba su supremo Autor. Los escritos de Milton prueban las relaciones personales que tenía con los hombres más distinguidos del ejército y del Estado, y que estos acudían de vez en cuando a visitarle. La admiración que causaba su genio, lo mismo que el de Bacon, era mayor entre los extranjeros que entre sus compatriotas, y en esa época, después de Cromwell, el inglés que más llamaba la atención de los primeros, y a quien manifestaban más deseos de conocer, era nuestro autor; por lo que muchos emprendían un viaje y se dirigían a su modesta vivienda solo con este objeto.

Pero todo cambió con la Restauración. Milton debió comprender que su vida no estaba segura; había terminado su carrera política, y no bastaba en lo sucesivo su silencio para preservarle de las consecuencias de lo pasado. Abandonó entonces a Petty France y halló en Bartolomé Close un asilo y un amigo. A la proclamación se siguió su encarcelamiento; pero tenía amigos de influencia deseosos de favorecerle, como su cuñado Sir Tomás Clarges, Morrice, secretario de Estado y primo del general Monk, Andrés Marvell, que era individuo del Parlamento, dos distinguidos realistas, regidores de York, y sobre todo Sir Guillermo Davenant. Aun entre sus enemigos había algunos que consideraban su pérdida de vista con lástima, y su genio con respeto. Hay quien dice que algunos de sus amigos le dieron por muerto, y fingieron hacerle exequias fúnebres para frustrar la persecución del gobierno que andaba en busca suya; pero semejante recurso hubiera parecido sobrado cándido además de no ser creíble que Milton se hubiera prestado a semejante farsa. A ser cierta esta especie, los ingenios de la corte de Carlos no la hubieran dejado dormir tanto tiempo después del suceso.

En junio de 1660 resolvieron los Comunes que los Iconoclastas y su Defensa del Pueblo de Inglaterra se quemasen por mano del verdugo, y así se verificó en el mes de agosto; pero al mismo tiempo se pronunció sentencia de indemnidad, absolviendo de la pena de muerte al autor, aunque algunos meses después, no sabemos por qué causa, le hallamos bajo la vigilancia del macero del Rey. Sin embargo, en breve fue puesto en libertad, castigándole solo a pagar sus alimentos; pago a que resistió con su carácter independiente y resuelto, fundándose en que era excesivo, y se modificó el tanto antes prefijado.

Al dejar la casa de Bartolomé Close, tomó otra en Holborn, cerca de Red Lion Square, de donde a poco se trasladó de nuevo a Jewin Street. Aquí publicó una obra sobre los Accidentes y Gramática de la Lengua Latina, y además los Aforismos del Estado de un manuscrito que dejó Sir Gualterio Raleigh. Debemos añadir que en esta casa de Jewin Street contrajo Milton su tercer matrimonio, mas no parece que fuese con mucha anterioridad a 1664. Su amigo el doctor Paget le recomendó a Isabel, hija de Mr. Roberto Minshull de Wistaston, cerca de Nantwich, en Cheshire, como mujer que podría contribuir a su felicidad, y se verificó este enlace. Tenía entonces Milton cincuenta y seis años, y treinta menos su esposa. Su hija mayor contaba diez y ocho, y la segunda diez y seis.

Permaneció Milton tanto tiempo sin casarse con la esperanza al parecer de que sus hijas adquirieran afición y capacidad para el arreglo de la casa, pero estas esperanzas debieron frustrársele. Milton incurrió al parecer en la falta de haberse conducido con sus hijas no tan dignamente como era de esperar de él; conducta que por una y otra parte dejamos al juicio de los lectores.

A mistress Foster, nieta de Milton, se atribuye la declaración de que su abuelo, además de la aspereza con que trataba a sus hijas, miraba con tal indiferencia su educación, que no quiso que aprendiesen a escribir. La mayor no podía leer por cierto impedimento que tenía en la lengua, pero las otras dos, y Débora la más joven lo dice así, sabían leer en ocho idiomas, entre ellos el griego y el hebreo; pero la ocupación de verse obligadas a leer mucho en estas lenguas, o por lo menos en una que no sabían traducir, debía ser tan desagradable como inútil. El sobrino del poeta, Philips, refiere que luego que las jóvenes concluían esta ocupación, iban todas tres fuera de casa «a aprender algunas labores curiosas y entretenidas, propias de mujeres, especialmente el bordado en plata y oro.» El hecho de que Milton al morir dejó cuanto poseía a su esposa, excepto lo que podían reclamar sus hijas por la parte de su madre, de la familia de los Powells, ha venido a confirmar los desfavorables informes que se tienen en el particular.

En cambio debe recordarse que mistress Foster, la nieta del poeta, no es enteramente digna de crédito, pues la aserción de que Milton no quiso enseñar a sus hijas a escribir, es positivamente falsa, dado que Aubrey afirma ser Débora, la más joven, la amanuense de su padre, y que aprendió latin y a leer griego, es decir, a traducir una lengua y leer otra. Débora además asegura que aunque no fueron a colegio, «aprendían en casa con una maestra que se tomó a este fin.» Esto significa que estaban bajo la dirección de un aya. A este gasto hay que añadir el del aprendizaje del bordado, y la asignación que tuvieron los cuatro o cinco años antes de morir su padre, en que dejaron de formar parte de la casa. Al fin de ese tiempo, dice él que había «gastado la mayor parte de su fortuna en esta atención,» y al mismo tiempo que habían sido «descuidadas y poco afectuosas con él;» que «no le cuidaban estando ciego, ni hacían nada en obsequio suyo;» que «en lugar de servirle de apoyo, que tanto necesitaba, se confabulaban con la criada para sisarle en la compra;» que habían inutilizado algunos de sus libros, y vendido los demás a las prenderas; y que María, la segunda, sabiendo que su padre estaba para casarse, decía que la mejor noticia que podrían darle de él era que había muerto.

La nueva mujer de Milton tenía veinte y seis años de edad cuando se casó, y Aubrey, que la conoció, la pinta como «una bella persona, de carácter bondadoso y dulce.» Por lo que de ella se dice, debemos en efecto presumir que se distinguía por sus atractivos personales. Sábese que profesó a su marido gran respeto; que los versos que se le ocurrían a él de noche, los escribía ella al dictado al siguiente día; que procuraba complacerle en todo, y que de hecho probó ser una excelente señora. Milton mismo confiesa que era una «amante esposa», y su hermano Cristóbal asegura que así como él «se quejaba, aunque sin acritud, de que sus hijas le habían tratado con poco cariño, de su esposa decía que había sido amable y cuidadosa.» Al dejar para ella la propiedad de que podía disponer, que, sin embargo, no le proporcionaba más que los medios de una regular subsistencia, daba a entender que satisfacía una deuda de gratitud. En el convenio últimamente hecho cuando se litigó la herencia, las hijas se contentaron con recibir cien libras cada una por su parte; y al mismo tiempo las mil libras que seguía debiendo la familia de Powell, reconocidas por personas que se obligaban a pagarlas como una deuda legítima, quedaban a las hijas como objeto de reclamación. «Philips cuenta» dice Johnson, «que mistress Milton persiguió a las hijastras en vida de su marido, y las despojó de lo suyo después de muerto;» pero baste decir que Philips nunca dijo semejante cosa, ni es la primera vez que la ojeriza de Johnson le lleva a incurrir en difamaciones de esta naturaleza. La mejora hecha en favor de la viuda, probablemente sugerida por ella misma, es el único cargo que puede hacérsele; y por lo que hace a la persecución que se le atribuye, Débora bien podía dejar su casa, aun recibiendo buen trato, para ser adoptada, como de hecho lo fue, por mistress Merien, mientras sus dos hermanas difícilmente hubieran vivido cinco o seis años al lado de su madrastra, si tan mal se hubiera conducido con ellas. En todo esto, en lo que se dice del proceder de Milton para con sus hijas y su primera mujer, no es fácil asegurar en quién estuvo la falta, pero no creemos aventurar mucho al decir que si él fue culpable con los demás, estos lo fueron en mucho mayor grado para con él.

No siguió viviendo mucho tiempo en Jewin Street; de allí se trasladó, por último, a una casa situada en Artillery Walk, que entonces era una hermosa calle que salía a Bunhill Fields; pero no había residido mucho tiempo en su nueva vivienda, cuando le lanzó de ella la peste, que tan terriblemente invadió la metrópoli en 1655; hubo de refugiarse por algún tiempo en una casa cualquiera de Chalfont, en Buckinghamshire, que había alquilado para él su joven amigo Wood, el Cuáquero. En este tiempo concluyó o dejó casi concluido su Paraíso perdido.

Las primeras noticias que tenemos de que Milton intentase escribir un poema épico, se refieren a la época de su viaje al continente. Los elogios que le tributaron en Florencia, indican que algo de este propósito manifestó a sus amigos de aquella ciudad. En los versos que dirigió a Manso en Nápoles, pocos meses después, explícitamente declara su intención, pero el asunto que entonces le ocupaba, era el Rey Arturo y el espíritu caballeresco de aquellos tiempos. En su tratado del Gobierno de la Iglesia, publicado en 1641, vuelve a hablar de su proyecto, pero es con referencia también al Rey Arturo. No sabemos cuándo o por qué dejó el asunto británico por el bíblico; pero es lo cierto que en 1658 había ya variado de resolución, pues algunos años antes, Philips y otros amigos habían visto fragmentos del poema, especialmente el Apóstrofe de Satán al Sol, que apareció después en el Paraíso perdido. Es por consiguiente de suponer que ocho o diez años antes se ocupaba el poeta en este asunto y estaba más o menos resuelto a escribirlo, y que unos siete años antes de su publicación, era obra que resueltamente traía entre sus manos. La primera forma que pensó dar a su obra, sabido es que era la de un drama; los manuscritos de Milton en Cambridge, nos dan por anteriores dos planes dramáticos sobre la Caída del Hombre, trazados de un modo semejante al de los antiguos misterios; mas por fortuna abandonó aquella idea, en la cual parece que insistió muy poco.

La causa más poderosa que le sugirió tan sublime asunto es probable que dependa de los nuevos pensamientos a que se entregó al regresar a Inglaterra en 1639. Estando aún en Cambridge, el disgusto con que veía el giro dado a los sucesos de la Iglesia anglicana, le apartó del propósito de hacerse clérigo. Su Lycidas manifiesta que pensaba así cuando estaba escribiendo aquel poema; pero su residencia en Horton y su viaje continental comprenden el intervalo que puede decirse más brillante de su vida, y si esta le hubiera sonreído después del mismo modo, es probable que el poema épico hubiera sido el caballeresco. La lucha entre Carlos y el Parlamento, que engendró la guerra civil y las graves cuestiones de la libertad civil y religiosa, absorbieron su atención, y no solo avivaron el espíritu religioso que descubrió en sus primeros años, sino que le arraigaron más en él, y por decirlo así, constituyeron sus ulteriores hábitos.

En otra parte hemos dicho que Milton entregó el manuscrito del Paraíso perdido a Wood en Chalfont, y mencionado también la observación del Cuáquero, amigo del poeta, que quien había escrito el Paraíso perdido, bien podía escribir el Paraíso recobrado, en lo cual alude al poema conocido después con este nombre. Milton volvió a Londres en 1666, probablemente a principios de año. El retraso que experimentó la publicación en 1665 por la peste, continuó en setiembre de 1666 por el gran incendio de Londres, que paralizó, como no podía menos de suceder, toda empresa por parte de los autores y libreros. Pero Milton había escrito la mayor parte, si no todo su Paraíso recobrado, falto de libros en su humilde habitación de Chalfont, así como su gran poema entre las incesantes distracciones producidas por la agitación y los peligros que combatieron a la República los cinco primeros años de su existencia, y entre los temerosos acontecimientos que acompañaron a la Restauración; pero desplegando toda su energía y aliento, se introdujo en la ciudad donde la peste acababa de hacer tantos estragos sin perdonar morada alguna, y donde a consecuencia del incendio, estaban sembradas las calles de ruinas y confusión, con el fin de hallar un librero bastante animoso para emprender la publicación de un poema épico en diez libros.

Halló, sin embargo, Milton el hombre que buscaba en la persona de Samuel Simmons; y todo el mundo sabe los términos del convenio que se realizó entre el poeta y este editor. Al firmarse el contrato recibió el autor cinco libras, y si se vendían los mil trescientos ejemplares de la primera edición, recibiría otras cinco. Si de la segunda edición se despachaba igual número, percibiría la misma suma, y otro tanto de la tercera, en el supuesto de que ninguna edición había de pasar de mil quinientos ejemplares; de manera que la venta de más de cuatro mil ejemplares no produjo al autor más que veinte libras. La primera edición se anunció perfectamente encuadernada y al precio de tres chelines. Milton firmó su convenio con Simmons el 27 de abril de 1667; el 26 de abril de 1669 recibió las segundas cinco libras, habiéndose agotado los mil quinientos ejemplares estipulados de la obra en aquellos dos años. La segunda edición no se imprimió hasta 1674, en que, como ya Milton no vivía, nada pudo recibir; así que todo lo que llegó a sus manos por producto del Paraíso perdido fueron diez libras. La segunda edición se vendió en el espacio de cuatro años, y al imprimir la tercera en 1681, Simmons entregó a la viuda de Milton ocho libras, importe del derecho de autor. Simmons vendió la propiedad al librero Brabazon Aylmer en veinticinco libras, y en 1683, pasó de Aylmer a Jacobo Tonson en precio mucho mayor. En el transcurso de veinte años se publicaron seis ediciones, y se vendieron de siete a ocho mil ejemplares. En 1688 apareció una hermosa edición en folio, bajo los auspicios del gran jurisconsulto whig, lord Somers, y con una lista que excedía de quinientos suscriptores, entre los cuales figuraban los hombres más distinguidos por su posición y su fama literaria: hechos que hacían más honor al público de aquel tiempo que al comercio de librería.

La Historia de Inglaterra de Milton, que tanto le había dado que pensar en ocasiones, no se publicó hasta 1670, pero muy mutilada por el censor, y, según dicen algunos, con intercalaciones posteriores, so pretexto de restablecer los pasajes suprimidos. En 1671 apareció el Paraíso Recobrado, juntamente con el Hércules Sansón. En 1673 el poeta dio a luz su tratado de la Verdadera religión, la herejía, el cisma, la tolerancia, y que medios adecuados debían emplearse contra la preponderancia del Papado. Por aquel tiempo, el país estaba cada vez más alarmado, y no sin razón, por temor de que ascendiese al trono un papista, y por el nuevo ascendiente con que amenazaba el romanismo. Milton excitó a todos los protestantes para hacer causa común contra el enemigo; en el mismo año reimprimió sus primeras poesías con algunas adiciones y correcciones, y su Tratado sobre educación; pero en la puntuación y en algunos otros pormenores, fue esta edición menos esmerada que la primitiva. En 1674, último de su vida, el venerable vate publicó sus Cartas familiares en latin; y una traducción, también en latin, de la Declaración de Poles en favor de Juan III, que se dio en el mismo año, se le atribuyó asimismo.

Durante sus últimos años, Milton sufría mucho de la gota, de cuyas resultas se dice que murió. El 8 de noviembre, a los sesenta y seis años de edad y en su casa de Bunhill Fields, pasó su espíritu a mejor vida. Parece que su muerte tuvo lugar sin que la precediesen grandes síntomas, pero él hacía mucho que tenía el presentimiento de que no estaba lejana y hablaba de ella a su familia con la mayor entereza y serenidad, y sin muestra alguna de temor. Sus restos fueron sepultados al lado de los de su padre, en el presbiterio de San Gil, de Cripplegate. Toland dice que a sus funerales concurrieron «todos los hombres ilustrados y todos sus amigos de Londres, además de una gran concurrencia del vulgo.»

Era Milton de estatura más bien pequeña que alta. La afeminada belleza que le distinguía en su juventud, se convirtió en una regularidad varonil de facciones cuando creció en años. Sus retratos manifiestan que llevaba partido el pelo en mitad de la frente, con melenas que le caían por encima de los hombros; era de color moreno claro, y sus ojos pardos, conservándose naturalmente abiertos aun después de haber quedado ciego. En la flor de su edad tenía el cuerpo erguido y cierto aire de intrepidez. Un clérigo de edad, que le vio en sus últimos años, le pinta en una pequeña habitación, sentado en una silla de brazos, vestido de negro, pálido aunque no cadavérico, con las manos y los dedos hinchados de la gota y untados de greda. Dícese que acostumbraba también a estar sentado con un levitón gris de abrigo a la puerta de su casa, cerca de Bunhill Fields, en los días de gran calor para tomar el fresco, y que allí lo mismo que en la sala, recibía las visitas de las personas distinguidas que iban a verle. No contrajo la gota por entregarse a una vida regalada, dado que una de sus costumbres invariables era la sobriedad. Bebía muy poco vino, y era muy parco en la comida. En sus primeros años abusaba mucho de la vista y de la salud con el trabajo nocturno; en lo sucesivo empleaba la noche de otro modo, acostándose a las nueve y levantándose, en verano a las cuatro, y en el invierno a las cinco. Si no podía levantarse a esta hora, hacía que alguno le leyese, y así que se levantaba, prestaba atención a la lectura de un capítulo de su Biblia hebraica. Seguía estudiando hasta el mediodía; después de dar un corto paseo, comía, tocaba un rato el órgano, y cantaba, o rogaba a su esposa, que tenía muy buena voz, que le acompañase. Volvía luego a sus quehaceres mentales hasta las seis; de las seis a las ocho recibía a las visitas; entre ocho y nueve tomaba una sopa de aceite y un corto alimento, fumaba una pipa, se bebía un vaso de agua, y se retiraba a descansar. Uno de sus biógrafos dice «que era de carácter grave, no melancólico, no lo fue por lo menos hasta la última parte de su vida, ni displicente, ni moroso, ni atrabiliario, sino de ánimo sereno, de ánimo que no descendía a cosas pequeñas.» Aubrey, aunque asegura que era satírico, lo cual no puede dudarse que lo fue en ocasiones oportunas, más adelante añade «que aun durante sus ataques de gota estaba alegre y cantaba.» Por su hija menor sabemos también que «su padre era de un trato delicioso, de una conversación llena de vida, no solo por lo interesante de los asuntos, sino por su natural gracia y finura.» Su vida, que era sencilla y virtuosa, siguió siéndolo hasta el fin.

La mayor parte de los biógrafos de Milton se lamentan de que distrajera su genio por espacio de veinte años de la poesía, y lo dedicara a la política; pero la política que profesaba no era la común; había llegado el tiempo crítico en que era preciso resolver si Inglaterra había de ser libre o no serlo, patria de una enérgica libertad, o triste imitadora de las serviles monarquías del continente. Había allí hombres nacidos, no para servirse a sí propios, sino para servir a su país y a la humanidad. Semejantes hombres pueden arrostrar mil penalidades, y hallar, sin embargo, gusto en la esperanza de que cumplen con un deber; pero estos forman comparativamente un número muy exiguo, y Milton entre estos pocos, figuraba en primera línea. Su poesía hace honor a su genio, y sus servicios como patriota no son menos gloriosos a su dignidad moral. Él mismo nos dice que para proceder de manera que no tuviera que avergonzarse perpetuamente de sí, era indispensable subordinar su amor por la poesía al amor de su país y de la libertad. Para usar de su propio concepto, en aquella contienda secular únicamente ponía la mano izquierda; la derecha, que era por su naturaleza más diestra y vigorosa, hallaba su verdadero empleo en cosas más sublimes. Sin embargo, sus escritos políticos, que podían considerarse como una excepción, constituían un poderoso impulso bajo el aspecto de la libertad general, impulso, que como otros muchos no feneció, según comúnmente se cree, al asomar la Restauración. Sin la revolución de 1640, difícilmente sabríamos lo que había acontecido desde 1688.

Pero nuestro insigne poeta, como se ve en hombres más a propósito que él para las cuestiones de estado, mostraba mayor aptitud para destruir lo malo, que para producir lo bueno que había de sustituirlo. Según la opinión general, Milton era un fervoroso republicano, pero de hecho se inclinaba al gobierno ejercido por los más ilustrados y virtuosos; y la cuestión de si los más sabios y virtuosos se hallan con preferencia en una república, en una oligarquía, en una monarquía, o en todos estos sistemas combinados, era cuestión secundaria que solo concernía a la relación en que se hallan los medios con los fines. Juzgando de la monarquía por lo que casi siempre había sido, o más bien por lo que había sido recientemente en su país, no abrigaba esperanza alguna de salvación por aquel camino. De aquí la gran dificultad que se originaba para averiguar cómo construir la máquina de un gobierno democrático de manera, que ofreciese las mayores ventajas posibles y los menores inconvenientes anejos a esa misma utilidad.

Nada más distante de su pensamiento que la persuasión de que el mejor gobierno fuese el de la muchedumbre. Deseaba que cada pueblo fuese una ciudad, y cada ciudad como Florencia o Venecia, dotada de grandes poderes legislativos y administrativos; sobre estos hubiera establecido, no una cámara de los comunes, sino un gran consejo, de carácter permanente y revestido de la autoridad suprema, y para dar consistencia a este consejo, dice, hubiera «sido bien reformar y perfeccionar las elecciones, no entregándolo todo al tumulto y clamoreo de una multitud ignorante, sino concediendo a los más justamente notables el nombrar a los que quisieran, y además de este número, otros de más selecta procedencia que eligiesen un número menor más rigurosamente; hasta que después de purificar y mejorar por tercera y cuarta vez la elección, quedasen solamente nombrados los que constituyesen el número debido, y resultasen los más dignos por el mayor número de votos.»

Inútil es decir que Milton no conocía la naturaleza humana, pero de estos principios se deduce que le faltó poco para acertar con las tendencias más arraigadas y características del pueblo inglés. Sus instituciones, como todas las de carácter natural y propio, se habían deducido de su vida social. De ninguna de ellas se había echado mano porque únicamente se recomendase por la abstracción de sus teorías o porque en el papel parecieran muy acertadas. Todo dimana de las exigencias, y todo se adopta con tal que se acomode a estas; pero para acomodarlas a la república de Milton, necesitaba la nación olvidarse de casi todas las tradiciones, formas y sentimientos de lo pasado, y reemplazarlos con un orden de cosas que habían de hacerse, mas no con un orden de cosas ya hechas. Exigir una combinación de esta naturaleza de un hombre inteligente, era demasiado; mas exigirlo de un pueblo tan fiel a sus antiguas costumbres como el inglés, no era en manera alguna razonable. Como político, el gran vate proclamaba altas verdades, pero la aplicación de estas verdades a las actuales circunstancias, pedía un pensamiento y un temperamento más flexible que el que Milton podía llevar a la ciencia de la política. Cromwell comprendió que la mayoría de la nación, bajo una u otra forma, era realista, y que dejar la futura suerte del gobierno al sufragio de la nación, equivalía a votar la destrucción de la República. Milton equivocó el concepto de lo que la nación podía hacer y lo que debía ejecutar. Cromwell, que tenía un gran instinto político, vio lo que la nación quería hacer abandonada a sí misma, y procedió con arreglo a este principio.

Por lo que hace a sus creencias religiosas, Milton en lo sustancial no se apartaba de las de su tiempo y su país. La fe de su juventud era la de un puritano, y aunque su piedad participaba de cierta índole libre, resultado natural de su especial inteligencia y modo de ver, nunca dejó de participar, en lo importante al menos, del espíritu y del carácter puritanos. A su muerte dejó dos obras manuscritas, una Historia de Moscovia, publicada poco después, y un Tratado completo de Doctrina Cristiana, que permaneció ignorado hasta que se dio a luz, traducido del latin, en el primer tercio del presente siglo. Verdad es que hasta los cuarenta años próximamente de edad, Milton fue trinitario y calvinista. En punto a la Trinidad, su opinión admitía algunas modificaciones, pero no hay seguridad de esta circunstancia hasta que apareció el Paraíso perdido, es decir, cuando se acercaba a los sesenta años. En este poema hay algunas expresiones oscuras y desusadas sobre las personas que comúnmente se consideran como indistintas, y formando una sola en la Divinidad; en la Doctrina Cristiana, el Hijo se representa como la suprema naturaleza creada, pero creada al fin, y el Espíritu Santo, cuando está representado como una persona, se supone que es el ser más inmediato al Hijo. Debe, sin embargo, advertirse que semejante concepto no afecta en manera alguna a las opiniones de Milton sobre otros puntos teológicos; modificó en esto sus creencias, pero en todo lo demás las conservó inalterables: siguió creyendo en la caída del hombre y en las consecuencias que tuvo respecto al género humano; en la Redención de Cristo, en el perdón por medio de su sacrificio, en la justificación por su Justicia y en el poder regenerador del Espíritu Santo. La Redención, según él, fue concebida por una Trinidad de personas, aunque no iguales entre sí, y por una Trinidad de actos, bien que estos no se produjeran por personas de la misma naturaleza y autoridad.

Los críticos de Milton suelen admirarse de que un drama tan maravilloso como el Paraíso perdido estuviese fundado en datos tan incompletos como los que ofrecen los primeros capítulos del Génesis; pero la verdad es que el poeta no halló los materiales de su obra dentro de aquella pauta: creía, como muchos aventajados críticos creen aún, que la primera parte de la revelación está formalmente expuesta en la última; que el Paraíso perdido no se funda en el Génesis, sino que como la teología del siglo XVII, está únicamente cimentado en la Escritura. Hasta algún tiempo después del en que floreció Milton, casi todos los cristianos, sinceros creyentes, procedían bajo el mismo espíritu.

Se ha alegado como un grave cargo contra Milton que en sus últimos años no se sabe que formase parte de Iglesia alguna, ni profesase una forma dada de culto público; pero los que esta acusación propalan parece que se olvidan de que Milton sostuvo sus controversias eclesiásticas con el gran partido presbiteriano, casi tanto como con la Iglesia de Inglaterra; que en sus últimos años la única Iglesia permitida era esta última; que el haberse afiliado en un culto cualquiera distinto del de esa Iglesia, hubiera equivalido a una violación de la ley y a incurrir en la pena de multa y encarcelamiento. Ciertamente que si se hubiera concedido libertad de cultos, apenas habría hallado Milton iglesia cuyo credo estuviese conforme con el suyo; que concedida semejante libertad, dudamos que hubiera aprovechado la ocasión para valerse de ella. Hombres religiosos hay que convienen en un culto sin estar afiliados en ninguno.

Ya hemos hablado bastante de la crítica del doctor Johnson con respecto a Milton. El autor que no tiene escrúpulo en decir a sus lectores que cree a Milton capaz de forjar una oración para el Eikon Basilike, con el objeto de poder, fundado en ella, acriminar mejor al Rey, se priva de toda autoridad en cuanto se relaciona con la reputación del autor del Paraíso perdido. Mr. De Quincey, aun siendo tory y nada afecto al puritanismo, ha calificado la conducta de Johnson respecto a Milton con frases muy severas, pero que no por eso dejan de ser exactas. «Por lo que hace al doctor Johnson, dice, ¿he de perdonarle yo por la trivial consideración del perjuicio que le irrogue? El doctor Johnson, cuando juzgaba a Milton, obraba con malicia, con falsedad y sin pudor alguno. Era hombre muy tentado de la falsedad, y no tenía la virtud de resistir a la tentación. Lo que hay es que Johnson ni capaz era de comprender a Milton. Johnson tenía su paraíso en las calles de Londres, y no tenía para qué hacer caso del que Milton había creado: para Milton, la religión y el gobierno eran los grandes intereses de la humanidad; para Johnson la religión no tenía más influencia que intimidar y rebajar el alma en lugar de sublimarla e infundir en ella nobilísimas aspiraciones; y en cuanto a gobierno, los hombres debían darse por contentos del que Jorge III tenía la dignación de darles. La naturaleza humana pintada por Johnson es una pobre naturaleza, pobre para este mundo y pobre para el otro; pintada por Milton tiene facultades divinas, y la perfección de que es capaz, y que él reconoce, es la profecía de su destino. Muy bien puede el poeta haberse remontado tanto a las regiones de lo ideal, que se olvidara de cuanto le rodea; pero el moralista que rebaja tanto la actualidad, se priva de la fuerza que puede elevarle hasta lo ideal. Johnson puede analizar y considerar los seres humanos en su vida mundana como ninguno otro hombre, pero seres humanos que puedan alternar con los ángeles, estaba muy lejos de concebirlos. Preferible, infinitamente preferible, es soñar con Milton, a no tener esperanza alguna como Johnson. Pero ¿qué decimos soñar? La fama del poeta es toda una realidad; el mundo celestial en que su espíritu penetró, una realidad todavía más grande, y los principios que de sus labios oímos son los más nobles que han salido jamás del pensamiento humano, y seguirán siéndolo siempre.»

EL PARAÍSO PERDIDO

LIBRO PRIMERO

ARGUMENTO

Este primer libro contiene en breves palabras la exposición o asunto de todo el Poema: la desobediencia del hombre, y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el primer móvil de su caída fue la Serpiente, o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles, fue por disposición divina arrojado del cielo y precipitado con toda su hueste en el profundo abismo. Terminada esta exposición, el poema prescinde de los demás antecedentes, y representa a Satanás con sus ángeles, sumidos ya en el infierno, que se describe aquí, no como si estuviese situado en el centro del mundo (porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún, y por lo tanto, no podían ser mansión de réprobos), sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí Satanás, con todos los suyos, en medio de un lago ardiente, herido del rayo y anonadado, vuelve por fin en sí como al despertar de un sueño, llama al que yace junto a él y es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él. Levántanse a su voz unas tras otras: su número, su orden de batallar y sus principales jefes, cuyos nombres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de un nuevo mundo y de un nuevo ser, conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo, pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo visible. Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a los principales. Resolución que adoptan. El Pandemonium, palacio de Satanás, construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su consejo los próceres infernales.

Canta, celeste Musa, la primera desobediencia del hombre, y el fruto de aquel árbol prohibido, cuyo funesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males, con la pérdida del Edén[5], hasta que un Hombre más grande reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del Sinaí[6], tú inspiraste a aquel pastor[7] que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé[8], que se deslizaba rápido junto al oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo pretendo remontarme sobre el monte Aonio[9], al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.

Y tú singularmente ¡oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente desde el principio, y desplegando como una paloma tus poderosas alas, cubriste el vasto abismo, haciéndole fecundo. Ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza, para que desde la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna, justificando las miras de Dios para con los hombres.

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso, siendo señores del mundo todo. ¿Quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión? La infernal Serpiente. Ella con su malicia, animada por la envidia y el deseo de venganza, engañó a la Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes, y con el auxilio de estos, no bastándole eclipsar la gloria de sus próceres, confiaba en igualarse al Altísimo, si el Altísimo se le oponía. Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una guerra impía, una lucha temeraria, que le fue inútil. El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda, envuelto en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo, cayó en el abismo de perdición, para vivir entre diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

Nueve veces habían recorrido el día y la noche el espacio que miden entre los hombres, desde que fue vencido con su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo, aunque conservando su inmortalidad. Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la felicidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas, que revelan inmensa pena y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a los ojos de los ángeles es posible, contempla aquel lugar desierto y sombrío, aquel antro horrible, cerrado por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz, y las tinieblas ofrecen cuanta es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aun la esperanza, que donde quiera existe. Allí no hay más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

Grabado
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El Todopoderoso le arrojó de la etérea bóveda...

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cayeron!

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina, envueltos entre las olas y torbellinos de una tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él, conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belzebú[10]. El gran Enemigo, que así era llamado Satán[11] en el cielo, rompiendo el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

«Si tú eres aquel... pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que, adornado de brillo deslumbrador en los felices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes!... Si tú eres aquel a quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa empresa, unieron en otro tiempo conmigo, como nos une ahora una misma ruina... mira desde qué altura y en qué abismo hemos caído por ser Él mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quién había conocido hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas, a pesar de cuanto el Vencedor en su potente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo, propios del que ve su mérito vilipendiado, y que me impulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron, oponiendo a su poder supremo otro contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

»¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible, este deseo de venganza, mi odio inmortal, y un valor que no ha de someterse ni cede jamás, ¿cómo he de tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir gracia, doblada la rodilla, y acatar un poder, cuyo ascendiente ha puesto en duda poco ha mi terrible brazo, sería una bajeza, una ignominia, más vergonzosa aún que nuestra caída. Y pues, según ley del destino, no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la experiencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza, una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, mas poseído de una desesperación profunda; y de este modo le contestó en seguida su arrogante compañero:

«¡Oh príncipe! ¡oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su soberano poder, débase este a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pensamiento y el espíritu permanecen invencibles, y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada nuestra gloria, y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero ¿y si el vencedor (forzoso me es ahora creerle todopoderoso, pues a no serlo, no habría conseguido avasallarnos), si el vencedor nos conserva todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo, esclavos del derecho y de la guerra, y donde más pueda convenirle, aquí, en el corazón del infierno, trabajando en medio del fuego, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos servirá entonces conocer que no ha disminuido nuestra fuerza ni menoscabádose la eternidad de nuestro ser para sufrir un castigo eterno?»

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo:

«Humillado Querubín, vileza es mostrarse débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la suprema voluntad a que resistimos. Si de nuestro mal procura su providencia sacar el bien, debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna vez le enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen. Pero mira. Irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persecución y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encrespada ola que desde el precipicio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y con su impetuosa furia ha agotado quizás sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No dejemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella árida llanura, abandonada y agreste, cercada de desolación, sin más luz que la que debe al pálido y medroso resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si le es dado ofrecernos algún reposo; y reuniendo nuestras afligidas huestes, veamos cómo será posible hostigar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida, sobreponiéndonos a tan espantosa calamidad, y qué ayuda podremos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes. De desmesurada anchura y longitud las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un espacio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se designa en las fábulas con el nombre de Titán[12], o hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de Briareo[13] o Tifón[14], cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso[15]; tan grande como el Leviatán[16], monstruo marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que nadan en las corrientes del océano. Duerme tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el piloto de alguna barca perdida le toma por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel y amarra a su costado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador; y nunca hubiera podido levantar su cabeza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de llevar a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia solo había servido para que brillase más en el hombre, a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia, y en él resaltasen al par su confusión, sus iras y su venganza.

Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas, que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y desplegando entonces las alas, dirige a lo alto su vuelo, y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Peloro[17] o de los costados del mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en humo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. Síguele Belzebú, su compañero, y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de dioses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

Grabado
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Enderézase de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo...

«¿Es esta la región, dijo entonces el precito Arcángel, este el país, el clima y la morada que debemos cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, solo lo que puede disponer y ordenar es lo que contempla justo; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortunados, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo ni en lugar alguno. El espíritu vivo en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo. ¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros esta triste mansión, o a intentar una vez más con nuestras fuerzas reunidas si hay todavía algo que recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

Así hablaba Satán; y Belzebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal indudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de extrañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo de etéreo temple, macizo, ancho y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima del Fiésole[18] o en el valle del Arno, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La lanza de Satán, junto a la cual parecería una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de fuego, le martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado mar.

Detiénese allí, y llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa[19], donde los bosques de Etruria forman elevados arcos de ramaje; o como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión[20], armado de impetuosos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris[21] y a la caballería de Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores de Goshen[22], los cuales vieron desde la segura orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalentadas y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones, asombradas al contemplar su horrible transformación.

Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno:

«¡Príncipes, potentados, guerreros, esplendor del cielo, que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Que tal estupor se haya apoderado de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla, para dar reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? Él os contempla ahora, querubines y serafines, revolcándoos en el lago con las armas y banderas destrozadas, hasta que sus alados ministros observen desde las puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confundirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos, o permaneced para siempre envilecidos!»

Oyéronle, y avergonzados, se levantaron, apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas innumerables falanges obedecen al punto a la voz de su general.

Grabado
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Oyéronle, y avergonzados, se levantaron.

Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram[23], en días aciagos para Egipto, atrajo en alas del viento de oriente la negra nube de langostas que, cayendo como la noche sobre el reino del impío Faraón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes, hasta que, levantando su lanza el gran caudillo como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, precipitáronse con movimiento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud tan grande de entre los hielos del populoso Norte, para cruzar el Rin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros hijos como un diluvio sobre el mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de la Libia.

De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes adonde se hallaba su supremo jefe. Asemejábanse a los dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales, potestades que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún denominación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, induciéndole a que abandonara a su Criador, a que venerase a los demonios como deidades, y a transformar con frecuencia la gloria invisible de Aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto, para tributarle brillantes cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres, y en el mundo pagano bajo las formas de varios ídolos.

Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, quién el último, que sacudió el sueño en aquel lago de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron presentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

Los principales eran aquellos que, saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa, tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios, y sus altares junto al suyo; dioses adorados entre las naciones vecinas, que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las fiestas más solemnes, y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

Adelántase primero Moloc, rey horrible[24], manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas paternales, aunque con el estrépito de tambores y timbales no fueran oídos los gritos de los hijos arrojados al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas le adoraron en la húmeda llanura de Rabba, en Argob y en Basán, hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imperio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el monte del Oprobio[25], consagrándose luego un bosque en el risueño valle de Hinnón[26], llamado desde entonces Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.

A Moloc seguía Chamós[27], obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón, allende el floreciente valle de Sibma, tapizado de frondosas vides, y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del homicida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Éufrates hasta la corriente que separa a Egipto de las siriacas tierras, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Astarot[28], varón el primero y la segunda hembra, pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos, como nuestra pesada carne, sino que toma la forma que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se debió que rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más despreciable.

Tras esta turba de divinidades apareció Astoret[29], a quien los Fenicios llaman Astarté, reina del cielo, con una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la iniquidad, templo que edificó el afeminado rey[30], cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.

En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes sirias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amorosas, mientras el río Adonis, deslizándose mansamente de su nativa roca, lleva al mar su purpúrea linfa, que se supone enrojecida con la sangre de Tamuz[31], a consecuencia de su anual herida: amorosa fábula, que comunicó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórtico, al descubrir en una de sus visiones las negras idolatrías de la infiel Judá.

Veíase en pos al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado, cortadas cabeza y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con mengua de sus adoradores[32]. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en toda la costa de Palestina, en Gat, en Ascalón y Ascarón, y hasta en los límites de la frontera de Gaza.

Seguíase Rimmón, cuya deliciosa morada era la bella Damasco, en las fértiles orillas del Abbana y del Farfar, apacibles y cristalinos ríos. También este fue osado contra la casa de Dios: por el leproso que perdió una vez[33], se ganó un rey, a Acaz[34], su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes había vencido.

Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres un día famosos, Osiris, Isis, Orus[35] y su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales más bien que de humanas.

Ni se libró Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un rey rebelde en Betel y en Dan[36], presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová, que al pasar una noche por Egipto, aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.

El último fue Belial[37]. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero ¿quién se halla con más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en las cortes y en las corrompidas ciudades, donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se eleva sobre las más altas torres; y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa[38], cuando fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odioso.

Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos, aunque muy célebres en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales[39], pero reconocidos como posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos. Titán, primer hijo del cielo, con su numerosa prole y su derecho de primogenitura, usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a este se lo arrebató el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rea, que fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses, conocidos primero en Creta y en el monte Ida, y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la región media del aire, su más elevado cielo, o en las rocas de Delfos, o en Dodona, y en toda la extensión de la tierra dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los celtas arribó a las más remotas islas.

Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque, a vueltas de su sombrío ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado, ni ellos se contemplaban aniquilados, en medio de toda aquella destrucción. Comunicose su esperanza al dudoso gesto de Satán, y recobrando de pronto su acostumbrado orgullo, prorrumpió en recias voces, con entereza más simulada que verdadera, y poco a poco reanimó el desfallecido aliento de los suyos, disipando sus temores.

De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su poderoso estandarte: Azazel, gran querubín, reclama de derecho tan envidiable honor y desenvuelve de la luciente asta la bandera imperial que, enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro con las perlas y preciosos metales que realzan las armas y trofeos de los serafines. Entre tanto resuenan los ecos marciales del sonoro bronce, a los que responde el ejército todo con un grito atronador, que retumbando en las concavidades del infierno, lleva el espanto más allá del imperio del caos y la antigua noche.

De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires ostentando sus orientales colores, y en derredor de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. Oprímense los escudos en una línea de impenetrable espesor, y a poco comienzan a moverse los guerreros, formando una perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. Tales eran los acentos que inspiraban a los antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada; concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del corazón así en los hombres como en los dioses.

Unidas así sus fuerzas, y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los ángeles caídos al son de los dulces instrumentos, que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de espantosa longitud. Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros, y alineados con sus escudos y lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el soberano.

Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses, y calcula por último su número. Dilátase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloría al verse tan poderoso, pues desde que fue creado el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan despreciable como los pigmeos de la India que guerrean con las grullas, aun cuando se agregase la raza gigantesca de Flegra[40] con la heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión[41], donde por una y otra parte se mezclaban dioses auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero[42], rodeado de caballeros de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o infieles, lidiaron en Aspromonte o Montauban, en Damasco, Marruecos o Trapisonda, o los que Bizerta envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía[43].

Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre. No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente, cuando sus rayos atraviesan con dificultad la niebla, o cuando, situado a espaldas de la luna, en los sombríos eclipses, difunde un crepúsculo funesto, y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido, brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rostro profundas cicatrices causadas por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su intrepidez e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre a ser partícipes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por permanecerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abrasada tierra.

Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar, y otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles; pero al fin se abren paso las palabras por enmedio de sus suspiros.

«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente! No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. Pero ¿qué espíritu, por previsor que fuera, y por más que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente, habría temido que la fuerza unida de tantos dioses, y dioses como estos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría creer, aun después de nuestra derrota, que todas estas poderosas legiones, cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volvieran en sí, levantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin podamos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnipotente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de los hijos del cielo. Contra ese mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de ensayo; contra ese o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los espíritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos, sin embargo, deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de paz, porque, ¿quién pensaría en someterse? ¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»

Dijo, y en muestra de aprobación, levantáronse en alto millones de flamígeras espadas, que desenvainaron los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo, mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipita una numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que, armados de picos y azadas, se esparcen por los reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón[44] es quien la conduce; Mammón, el menos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aun en este sus miradas y pensamientos se dirigían siempre hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica. Por él primero, y guiados por sus indicaciones, saquearon los hombres el centro de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por qué hemos de admirarnos de que se produzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a propósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago, y separa cada especie, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros, en fin, forman con igual prontitud en la tierra diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano, un solo soplo de viento, repartido entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

De repente, al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un edificio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro cincelado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia, para honrar a sus dioses, Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes, cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en riquezas y ostentación.

Queda fija por fin la ascendente mole, ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio, y toda la extensión de su pavimento terso y pulimentado. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y esplendorosos fanales que, alimentados por la nafta y el asfalto, difunden la luz como los astros de un firmamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la obra, y otros al arquitecto. Diose a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres, donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los elevó a tal poder, encargándoles que gobernasen las celestiales milicias, cada cual conforme a su jerarquía.

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia: los hombres de Ausonia[45] le llamaron Múlciber[46]. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al medio día y desde el medio día hasta la noche; y al ponerse el sol cayó del zénit, como una estrella volante, en Lemnos, isla del mar Egeo. Referíanlo así los hombres y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste, tuvo lugar mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo, ni se salvó a pesar de todas sus máquinas, siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

Entre tanto, los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de trompetas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne, que debe reunirse inmediatamente en el Pandemonium, capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaciosos pórticos del templo, y sobre todo el inmenso salón, semejante a un campo cerrado, donde los bravos campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del Sultán, retando a la caballería pagana a un combate a muerte o a romper lanzas[47]. Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como en la primavera, cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a su populosa prole, y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío, o sobre la plancha unida, que forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar, y allí discuten y acuerdan sobre sus negocios de Estado; así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el momento de darse la voz de alerta.

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Intiman el llamamiento a los más dignos por su clase...

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Así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda del infierno.

Pero ¡oh maravilla! los que antes semejaban superar en altura a los gigantes, hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los duendes que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de media noche, junto al lindero de un bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercándose más a la tierra, y los locuaces espíritus, entregados a sus danzas y juegos, halagan el oído del aldeano, cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo[48].

De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones, y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro, constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria, comenzó la solemne deliberación.

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Sobre un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez...

LIBRO SEGUNDO

ARGUMENTO

Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deberá aventurarse otra batalla para recobrar el cielo: algunos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán, que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. Dudan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y prorrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el consejo, retíranse los espíritus por diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar tiempo a que vuelva Satanás. Llega este entre tanto a las puertas del infierno, que encuentra cerradas. Refiérese quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo, abriéndoselas al fin, le muestran el gran abismo que hay entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar, hasta que llega a la vista del nuevo mundo que buscaba.

En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India[49], y de las regiones en que el suntuoso oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y oro[50], encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación le ha puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra contra los cielos, no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación:

«¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora, no doy por perdido el cielo. Después de esta humillación, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi derecho y las leyes constantes del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha reparado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado, y cedido con pleno consentimiento. En el cielo, el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la envidia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla más expuesto, por ser vuestro antemural, a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alguna, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena actual, para codiciar, por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea el medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos: hable quien se sienta capaz de dar consejo.»

Calló Satán, y hallándose inmediato Moloc, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denodado y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno y, antes que reputarse inferior prefería dejar de existir, porque sin este cuidado nada tenía que le intimidase. Menospreciaba a Dios, y el infierno y cuanto hubiese más horroroso que este; y así prorrumpió en los siguientes términos:

«¡Guerra abierta! este es mi parecer. No soy experto en ardides, ni me glorío de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario, no ahora. ¡Pues qué!, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas, ¿han de permanecer en pie y armados millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más morada que esta sombría caverna, destierro infame, y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No; prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez, sobre las elevadas torres del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Parecerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso; pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olvido, que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son contra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retaguardia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo, ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.

»Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero ¿qué mal más grande que existir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras, y a merced del látigo inexorable cuando llega la hora de los tormentos[51]? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos. Pues ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos consumirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente. Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con incesantes asaltos aquel trono fatal, aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será venganza.»

No dijo más; y frunciendo el ceño, brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid peligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gracioso y menos fiero.

Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura: parecía estar predestinado a las dignidades y los grandes hechos, pero todo era en él ficción y vanidad, por más que destilase maná su lengua, y diera apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados. Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía halagar los oídos, y con persuasivo acento comenzó así:

«Desde luego ¡oh príncipes! estaría yo por la guerra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolvernos a una guerra inmediata, no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agüero. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y su propia fuerza, funda todo su valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo ¿cómo nos vengaremos? Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por do quiera los reinos de la noche, sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el infierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia etérea, libre de toda mancha, rechazaría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.

»Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y ¿hemos de excitar al poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente, este pensamiento que abarca toda la eternidad, para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas de perpetua noche, insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y ¿quién sabe, dado que esto nos conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dudoso; que no lo consentirá jamás, es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean, o aniquilar en su cólera a aquellos a quienes preserva su cólera misma a fin de castigarlos eternamente?

»¿Por qué, pues, vacilamos? dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destinados a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos, ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá mayor que este? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah! cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hallábamos encadenados en el hirviente lago ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se reanimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera, y si el firmamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas, y cuantos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos, y clavados sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de cadenas en este abrasado océano. A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua, ni reposo, ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, ¡cuánto mayor será nuestra desventura! Debo, pues, disuadiros de la guerra así franca como encubierta; porque ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza en semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquel cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada? Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas, como para destruir todas nuestras tramas y conatos.

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Note 1 · Quiere decir del Paraíso, que como veremos más adelante, formaba parte del Edén.Note 2 · El Oreb y el Sinaí formaban una sola montaña con dos eminencias distintas, de las cuales la más alta era el Sinaí.Note 3 · Moisés, que guardaba los ganados de su cuñado Jethro.Note 4 · Era un riachuelo que pasaba cerca del templo de Jerusalén.Note 5 · Monte de Beocia, que como todos los demás de este país, estaba consagrado a Apolo y las Musas.Note 6 · Beelzebub, el príncipe de los demonios, inmediato en dignidad a Satanás o Satán, que era el soberano.Note 7 · Satán quiere decir enemigo, el Enemigo por antonomasia, así de Dios como de los hombres.Note 8 · Hijo del Cielo y de la Tierra, hermano de Saturno, padre de los Titanes o Gigantes que hicieron guerra a los dioses.Note 9 · Llamado también Egeón; dícese que tenía cien brazos.Note 10 · Tifón o Tifeo, que nació de Titán y de la Tierra.Note 11 · Ciudad de Cilicia, de la cual hablan Píndaro y Pomponio Mela.Note 12 · Este Leviatán, según Job, era el cocodrilo, y Milton parece que lo confirma después atribuyéndole escamas; pero por lo que añade, y porque eNote 13 · El Peloro era uno de los tres grandes promontorios de Sicilia, que ahora se llama Cabo del Faro (Capo di Faro) y está poco distante del montNote 14 · Pueblo de Toscana, próximo a Florencia.Note 15 · Es este un valle muy celebrado por su antiguo monasterio y por su pintoresca situación, y se halla situado a unas diez y ocho millas de FlorNote 16 · Constelación que se representa bajo la figura de un hombre armado, y que se supone ser anuncio de tempestades.Note 17 · Algunos escritores dan este nombre a Faraón.Note 18 · Región de Egipto, próxima a la Palestina, donde habitaban los israelitas.Note 19 · Moisés. V. Exodus, X, 13, 14, 15.Note 20 · Moloc era el inmediato en dignidad a Satán y Belzebú. Su nombre quiere decir rey, y a este se añadía la calificación de horrible, por los saNote 21 · Así se llamaba el monte de las Olivas (I Regum, XI, 7).Note 22 · Jeremías, VIII, 31. Hinnón o Tophet, del hebreo Toph, tambor o atabal, por los instrumentos ruidosos que tocaban para que no se oyesen los gNote 23 · Moloc y Chamós solían figurar juntos, como una transición natural del dios de los ammonitas al de los moabitas. San Jerónimo y otros expositNote 24 · La Escritura los cita juntos con frecuencia. Con estos nombres se conocían generalmente los dioses y diosas de Siria y Palestina. Parece queNote 25 · La Luna, a quien los fenicios tributaban culto, y llamaban reina del cielo.Note 26 · Salomón.Note 27 · Tamuz, como si dijera Adonis, dios de los sirios, el cual suponían que moría y resucitaba todos los años.Note 28 · I. Sam. V, 4.Note 29 · El siriaco Naaman, que fue curado de la lepra por Eliseo, y que en agradecimiento se propuso no ofrecer en adelante ni incienso ni sacrificiNote 30 · Acaz o Ahaz, habiéndose hecho dueño de Damasco, ayudado por el rey de Asiria, vio un altar del que envió un modelo o copia a Jerusalén para Note 31 · Osiris e Isis se cree probable que fuesen en su origen representaciones del Sol y de la Luna. Orus se decía hijo de ambos. Estos y otros dioNote 32 · Jeroboam, a quien hicieron rey los israelitas rebelados contra Roboam.Note 33 · Como el primero era Moloc, este por su fiereza, y Belial por lo torpe y por lo medroso.Note 34 · Judices, XIX, 25.Note 35 · Supónese que Javán, cuarto hijo de Jafet, se estableció en la parte sudoeste del Asia menor; que sus descendientes fueron los jonios y griegNote 36 · Valle de Tesalia en que los Gigantes pelearon contra los Dioses.Note 37 · En la guerra entre los hijos de Edipo en Tebas, y entre los griegos y troyanos en Ilión (Troya) se vieron los héroes ayudados por los diosesNote 38 · El rey Arturo, cuyas proezas intentó alguna vez celebrar Milton en un poema épico.Note 39 · Nombres y alusiones tomadas de los romances y libros caballerescos, a que fue el mismo Milton muy aficionado en su juventud.Note 40 · Nombre al parecer siriaco, que significa riquezas; y en efecto, algunos suponen dios de ellas a Mammón, como los gentiles a su Pluto.Note 41 · Italia.Note 42 · Era conocido también con los nombres de Hefestos y Vulcano.Note 43 · Aquí indica el autor las dos especies de combates que se verificaban en las antiguas estacadas o campos cerrados de la Edad media, la justa Note 44 · Alusión a las supersticiosas creencias en duendes y brujas que tan comunes eran en todas partes, y a quienes se atribuía grande influencia sNote 45 · Se refiere a las piedras preciosas procedentes de la India, y cuyo principal emporio se hallaba en Ormuz, isla del golfo Pérsico.Note 46 · Era costumbre y ceremonia en Oriente, cuando se coronaban sus reyes, echar polvos de oro y perlas sobre sus cabezas.Note 47 · Supone aquí Milton que los tormentos de los condenados no son continuos, sino que tienen algunas intermisiones.
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