VIDA DE JUAN MILTON (continued 3)
Cayetano Rosell translation
»¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, ultrajados de esta suerte y condenados a destierro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande, pues el hado y sus decretos irrevocables nos someten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que para obrar; la ley que lo ha ordenado así, no es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el principio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso, y cuando su resultado era tan incierto.
»Ríome de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando esta les falta, se amilanan, y temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, lograríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan lejos de su presencia e inofensivos, se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no le incita, se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este vapor mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y naturaleza, de tal manera se identificará con él que no experimente dolor alguno, convirtiéndose los tormentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza, pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, y si infeliz, no llegará al extremo con tal de que no nos hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»
Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconsejaba un proceder indigno, una vil inacción, pero no la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte:
«Moveremos guerra, si la guerra es el mejor consejo, o para destronar al Rey del cielo, o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarle no lo esperemos, mientras el eterno Destino no ceda al inconstante Acaso y sea el Caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué espacio quedará en este para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo, perdone a todos: ¿con qué ojos le contemplaremos, cuando humillados en su presencia hayamos de recibir sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo ¡aleluya! mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará perfumes de ambrosía y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales nuestros placeres. ¡Oh! ¡cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!
»Rechacemos pues ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería afrentoso, por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por nosotros y para nosotros, libres en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor si sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si, do quiera luchando con el mal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.
»¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre negras y espesas nubes sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas de que, encendido en furor, se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia: ¿qué tenemos pues que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nuestro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más eficaces sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, renunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»
No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las cóncavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar toda una noche, adormecen con su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su barca en una bahía pedregosa, pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando finalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más espanto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos; deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían hasta hacerle competir con el de los cielos.
Esto observado por Belzebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto, levantose con gravedad, y al levantarse, mostraba bien que era una columna de aquel Estado. Grabada llevaba en su frente la meditación que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por más que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el peso de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como la noche, o en la estación estival el viento del mediodía. Y arengoles de esta suerte:
«¡Tronos y Potestades imperiales, Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos títulos, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que permanezcamos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez, aunque alejados de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque habéis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de los cielos que en la profundidad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su soberanía; pero asentará su imperio en el infierno, y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con cetro de oro.
»¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por esta, y fuimos vencidos con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los esclavos, más que una dura prisión, y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz hemos de ofrecer sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión y tardía venganza, conspirando siempre para hacer menos glorioso su triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfacción que en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos, y no necesitaremos emprender peligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen asedios, ni asaltos, ni celada alguna de nuestra parte.
»Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y profética tradición del cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser creado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo. Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar en torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan ese mundo, cuál es su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos hemos de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí su excelso Árbitro en la seguridad de su propia fuerza; pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con fruto un repentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos de todos como de cosa propia, y expulsando a los débiles que los ocupan, como se nos expulsó a nosotros; y cuando no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus queridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las tinieblas, y forjándonos a nuestro gusto quiméricas soberanías.»
Tal fue el diabólico consejo de Belzebú, imaginado primeramente y en parte propuesto por Satanás; pues ¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer propósito tan malvado, y la idea de pervertir en su raíz a la raza humana, confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este mismo odio había de servir para más realzar su gloria.
Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz proyecto; y aprobado que fue por su voto unánime, brillando en los ojos de todos la alegría, renovó Belzebú su discurso en estos términos:
«¡Bien habéis calculado, prudentes dioses; digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es vuestra resolución, la cual nos sublimará al más alto punto, acercándonos de nuevo, y a despecho de los hados, a nuestras antiguas sedes, desde estos profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regiones, no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o cuando menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del fúlgido oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y pura, cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en busca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables sombras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas, sostendrá el vuelo aéreo en los ilimitados espacios del vacío hasta llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará de gran prudencia, y no menos nosotros para elegirle, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito de nuestras últimas esperanzas.»
Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos, esperan se presente alguno para secundar, contradecir o emprender la peligrosa aventura: todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la profundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el semblante de los demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno bastante osado que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso renombre encumbraba sobre todos sus compañeros, con la altivez de monarca y el convencimiento de su gran superioridad, reposadamente les habló así:
«¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón guardamos silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino que desde el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego violento y destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir de aquí. Salvadas una vez estas, se da en el profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra por fin en otro mundo cualquiera, o en una región desconocida ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono, ¡oh espíritus! ni de esta imperial soberanía, ornada de tanto esplendor y armada de tal poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga importante a todos, pudieran retraerme de emprenderlo. ¿Por qué asumir la dignidad regia y no rehusar el cetro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que reina con tanta mayor razón cuanto que ocupa más alto grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que aunque caídos, seguís siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos reducidos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe algún arbitrio o algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión. No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entre tanto, lejos de vosotros, y atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta empresa no me acompañará nadie.»
Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su sagacidad le sugería el temor de que animados otros jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo que antes los arredraba, pues de este modo llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos. Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz que se lo prohibía; abandonaron, como él, su asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináronse ante Satán con respetuosa veneración, y le ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dejaron de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba la suya propia, pues aunque espíritus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud, como los malvados que en la tierra se jactan de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de celo.
Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les infundía caudillo tan incomparable; al modo que adormecidos los vientos del Norte, al extenderse desde la cima de las montañas las nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman estas sobre los oscuros campos nieve o torrentes de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida, reviven los campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las ovejas en alegres balidos que resuenan por valles y colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Únese el demonio en inalterable concordia con su infernal compañero, y entre todos los seres racionales solo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza que debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el odio y la enemistad y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión, sobrados enemigos en el infierno que día y noche conspiran para su ruina.
Disuelto así el consejo, retiráronse ordenadamente los magnates infernales. Iba en medio el altivo soberano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo de la de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que le conducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las trompetas reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines, acercan a sus labios los sonoros tubos[52], a cuyas voces responden las de los heraldos. Resuenan unas y otras por los más lejanos ámbitos del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fervientes aclamaciones.
Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz como presuntuosa, disuélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su melancólica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados pensamientos, o donde entretener las enojosas horas hasta el regreso de su caudillo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros elevándose en sus alas por los aires, compiten entre sí como en los juegos Olímpicos[53] o en los campos Píticos; otros refrenando sus fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones. Tal, para escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión del cielo, creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, lanza en ristre, caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones y, al choque de sus armas, parece arder de uno a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo[54], arrancan peñascos y montañas, y se lanzan por los aires cual torbellinos: apenas puede el infierno resistir tan violento ímpetu. No de otro modo Alcides[55], al volver de Ecalia[56], coronado por la victoria, y al sentir la envenenada túnica, desarraigaba a impulsos de su dolor los pinos de Tesalia y de la cima del Ete[57], arrojando a Licas[58] al mar de Eubea[59]. Más pacíficos otros, retirados a un valle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos angelicales, su heroica lid y la desgracia a que les trajo la suerte de las armas, lamentando que el destino triunfe del ánimo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se mostraban en sus loores; pero su armonía (¿cómo no, si al fin era de espíritus inmortales?) tenía embebecido al infierno, y extática a la muchedumbre que la escuchaba.
Con discursos más dulces todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música los sentidos, retraídos algunos otros en un monte solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre la providencia, la presciencia, la voluntad y el destino; por qué es inmutable este, y libre la voluntad y absoluta la presciencia; mas no hallaban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca del bien y del mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía, la gloria y la abyección: todo ciencia vana, todo falsa filosofía; y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque pasajero, a su dolor y angustia, infundíanles engañosas esperanzas, o fortificaban con pertinaz paciencia, como con acerada cota, sus corazones endurecidos.
Hay asimismo algunos que congregados en numerosas bandas, se atreven a explorar la dilatada extensión de aquel siniestro mundo, en busca de otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a este fin su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los cuatro ríos infernales que vierten sus lúgubres aguas en el inflamado lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el negro y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los lamentos que se oyen en lo interior de sus doloridas ondas, y el feroz Flegetón, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga distancia de estos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido, que arrastra su tortuosa corriente, y al que bebe de sus aguas hace olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar, los placeres y los dolores.
Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y temeroso, combatido de perpetuas tempestades, huracanes y asolador granizo, que no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí, cubierta de nieve y hielo, se abre una profunda sima parecida al lago Serbonio, entre Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros, donde la crudeza del aire abrasa, y el frío produce igual efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las harpías, arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente experimentan la dura transición de crudelísimos contrastes, tanto más sensibles, cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz fuego en que yacen, son transportados a una atmósfera glacial, en que se extingue su dulce calor etéreo, y en la que permanecen algún tiempo inmóviles, ateridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo y abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo, y cada vez se aumenta más su suplicio y son mayores sus ansias; anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola gota les daría instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan cerca! Pero el destino no lo consiente, y para imposibilitar su deseo, les sale al paso Medusa, con su terrible aspecto de Gorgona. El agua huye por sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los sedientos labios de Tántalo.
Divagando así perdidas entre mil y mil confusiones, con mortal sobresalto y los ojos desencajados, veían por vez primera las desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo alguno. Salvan oscuros y desiertos valles, regiones donde el dolor impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, lagos, pantanos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción, que Dios, maldiciéndole, creó malo, y únicamente bueno para el mal; mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que la perversa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigiosos, abominables, indefinibles, más repugnantes que los que la fábula inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.
Entre tanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extiende su raudo vuelo, y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en lontananza, surcando el mar, y suspendida al parecer de las nubes, una flota que, a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a la vela en Bengala o en las islas de Ternate y de Tidor[60], de donde los mercaderes extraen sus drogas, y por el rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso océano desde Etiopía hasta el Cabo[61], enderezando las proas al polo a pesar de las marejadas y de la noche; tal, contemplado de lejos, parecía el alígero explorador.

Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos...

Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas...
Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus horribles bóvedas, y las tres triplicadas puertas, formadas por tres planchas de bronce, tres de hierro y tres de diamantina roca, todas impenetrables, todas rodeadas de un valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban sentadas dos formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura tenía apariencia de mujer, y mujer bellísima, pero su asqueroso cuerpo era el de una serpiente armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y escamosos pliegues. Rodeábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que, despidiendo de sus anchas fauces de Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si alguna vez se veían obligados a ocultarse, iban introduciéndose sin dificultad en las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invisibles allí, proseguían ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras se bañaba en el mar que separa al calabrés de las mugientes costas de Trinacria[62]; ni ofrecía tan horrible aspecto el séquito que acompañaba a la nocturna maga, cuando, cabalgando por los aires, y atraída por el secreto olor de la sangre de algún niño, acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el resplandor de la Luna con la fuerza de sus encantos[63].
La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma distinta de miembros, ni articulaciones, o si puede llamarse sustancia a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como la noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía un terrible dardo, y en lo que aparentaba cabeza, tenía algo que representaba como una corona real. Al ir a acercársela Satán, levantose el monstruo de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno retembló con sus pasos. Contemplole con asombro el impávido Enemigo, y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni respetaba ni temía a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se anticipó a hablar, diciendo:
«¿De dónde vienes tú? ¿Quién eres, monstruo execrable, que temerario y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas puertas? Resuelto estoy a franquearlas, y ten por seguro que no te pediré permiso; retírate, o pagarás cara tu insensatez, hijo del infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus celestiales.»
A lo que replicó el espectro encendido en cólera:
«¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la tercera parte de los espíritus celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no estáis condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te cuentas tú entre los espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde, para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey? ¡Atrás, fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que con un látigo de escorpiones avive tu lentitud, o que al menor impulso de este dardo te sientas sobrecogido de extraño horror, y de angustias que todavía no has experimentado.»
Dijo así el pálido Terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez veces más repulsivo y espantoso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a un ardiente cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórrida cabellera pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente a frente, hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate. Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el infierno; que tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más temible[64]. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de serpiente, que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los combatientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre! exclamó, ¿qué intentan tus manos contra tu único hijo? ¿Qué furor ¡oh hijo! te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién obedeces? A Aquel que sentado en su supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecutarás débilmente cuanto te ordene en su cólera, que él llama justicia; su cólera, que algún día os destruirá a los dos.»
Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu extraño grito y tus palabras no menos extrañas, te has interpuesto aquí de manera, que al suspender su repentino golpe mi brazo, no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que reúnes esas dos formas, y por qué al encontrarme por vez primera en este valle infernal, me has llamado padre, y dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto jamás seres tan detestables como sois ambos.»
«Luego ¿ya me has olvidado? replicó ella. ¿Tan horrible parezco ahora a tus ojos, cuando en el cielo me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su atrevida rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos, se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas llamas, se abrió profundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermosura, salí de ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus, y me llamaron Pecado, considerándome como un presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, les prendé de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú, que contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo gozaste los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatiose en los campos del cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de acontecer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde las alturas del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue entregada esta llave poderosa, con orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí: durome poco el sosiego, pues fecundado por ti mi vientre, y cercano ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores insoportables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente, desgarró mis entrañas, y retorciéndose estas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de mi cuerpo desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo: y yo hui gritando: ¡Muerte! Estremeciose el infierno al oír este horrible nombre, y en lo mas hondo de sus cavernas se oyó un suspiro que repetía: ¡Muerte! Y yo seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al parecer no tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos monstruos ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a todas horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi seno cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto, y me causan tan profundo terror, que no hallo un instante de tregua ni reposo.
»Sentada ante mis ojos, y siempre en frente de mí, mi hija y enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos perros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha dispuesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees de que te haga invulnerable esa brillante armadura, por más que sea de etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá arriba, puede despuntar arma tan mortífera.»
Así dijo; y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia, blanda y pausadamente repuso:
«Hija querida, pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos allá en el cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel desventura en que impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como enemigo, sino para libertaros de esta sombría y horrible mansión de dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas pretensiones quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable abismo; en mi errante peregrinación a través del espacio inmenso, voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión deleitosa, situada en los confines del cielo, y donde habitan seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si esta es la causa, u otra más oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para trasladaros, a ti y a la Muerte, a una morada donde viviréis entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y respirando los suavísimos vapores de embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa vuestro apetito, todo será presa vuestra.»
Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la Muerte gesticuló con espantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba; y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo:
«Guardo la llave de este abismo infernal, porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir estas puertas de diamante. La Muerte está determinada a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por ningún poder viviente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo, condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién pues debo obedecer y seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de ventura, donde en compañía de dioses que gozan tan dulce vida, en voluptuosa paz, y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y favorita, reine por toda una eternidad.»
Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando su monstruoso cuerpo hasta la puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que solo ella podía levantar, y que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas guardas de la llave, y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de dura piedra. Ábrense de improviso las puertas con impetuosa violencia y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron un bronco trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.
Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas, y quedaron abiertas para siempre. Eran tan anchas, que desplegadas sus alas y banderas, con sus caballos y carros en buen orden, hubiera podido pasar holgadamente todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno encendido, vomitaban rojizas llamas y espeso humo.
De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del antiguo abismo, sombrío e inmenso océano, sin límites ni dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el espacio; donde la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza, viven en eterna discordia, entre el rumor de perpetuas guerras, y sostenidos solo por sus perturbaciones. El calor, el frío, la humedad y la sequía, terribles campeones, se disputan la preferencia, lanzan al combate sus átomos embrionarios los cuales agrupados en diversas tribus alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados, agudos, redondos, rápidos o lentos, pululan en número infinito como las arenas de Barca o del ardiente suelo de Cirene[65], y van arrebatados a tomar parte en la lucha de los vientos; o a servir de contrapeso a sus raudas alas. El que lleva en pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a falta de él lo gobierna todo el Acaso como ministro supremo.
En aquel hórrido abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba, que no es ni mar, ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos estos elementos, los cuales confundidos en sus fecundos gérmenes deben luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine sus impuros materiales a la formación de nuevos mundos; en aquel hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso Satán, y le contempló algún tiempo, reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el que tenía que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no menos violentos, comparando cosas grandes con pequeñas, que los de las tempestades de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas para arrasar una ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y los elementos desencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil. Satán despliega por fin sus alas, semejantes a dos anchas velas, para emprender su vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.

Y con cabeza, manos, alas y pies, se sumerge, fluctúa y se arrastra.
Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio de muchas leguas, pero faltándole de pronto el apoyo, encuentra un inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una desgraciada casualidad no le hubiera lanzado a otras tantas millas de altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada de fuego y nitro. Apagose su furor en una sirte esponjosa que no era ni mar ni tierra, y Satán, casi sumergido, atravesó el movedizo promontorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear remos y velas; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por desiertos, montañas y valles al arimaspo[66], que ha sustraído sutilmente el oro confiado a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino a través de pantanos, precipicios y estrechos, de vapores densos o enrarecidos; y con cabeza, manos, alas y pies, nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra y vuela.
Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y universal clamoreo de sordos sonidos y confusas voces, pero igualmente intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu del profundo abismo que resida allí, y preguntarle en qué punto se halla el límite de las tinieblas más próximo a la luz. De repente aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón sobre un despeñadero de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se ve asimismo sentada en su trono al lado del Caos; y como anterior a todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y Ades, y Demogorgón[67], de terrible renombre; después el Rumor y el Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la Discordia con sus mil bocas distintas. Satán se dirige osado al Caos, y le dice:
«Potestades y espíritus de este profundo abismo, Caos y antigua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar o sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío desierto, a través de vuestro vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades allí intentaré llegar. Dirigid mis pasos, que bien encaminados, no será escasa la recompensa que logréis en beneficio de vuestros intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el estandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; ¡yo me contento solo con vengarme!»
Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el viejo Anarca: «Te conozco, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo, y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del aterrado abismo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión, mientras las puertas del cielo daban paso a millones de sus huestes victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, donde todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí vuestras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la Noche; además de que por una parte el infierno, donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otra, ese Paraíso, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia ese lado, no estáis distante; más cerca os hallaréis del peligro. Id, pues; apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son mi alimento.»
No dijo más, ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel océano, lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugnando con los desencadenados elementos que le rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho, más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar por un lado a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.
Así avanzaba Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.
Pero ya, por fin, comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las murallas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos límites de la naturaleza; retrocede al Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos estrépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto, aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío, contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido[68], igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.
LIBRO TERCERO
ARGUMENTO
Sentado Dios en su trono, ve a Satán, que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquel pervertir al género humano. Pone a salvo de toda imputación su justicia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a las tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de su propia perversidad, como Satán, sino de la seducción de este. El Hijo glorifica al Padre por su bondad, pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el castigo de ella. El Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra. Manda luego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas, entonan himnos de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del globo terráqueo, y divagando por uno y otro punto, llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la Vanidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del firmamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado, y al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y Satán dirige a ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Nifates.
¡Salve, sagrada luz, hija primogénita del cielo[69] o destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal del éter, ¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas ondas, arrancado al vacío informe e inconmensurable?
Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y menos sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial, osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo, arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti, siento tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos, que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo. Mas alentado por el amor que me inspira sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios frecuentados por las Musas, las claras fuentes, los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo ¡oh Sión! a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo, me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mí en desgracia (¡así los igualara en gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides[70], ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo[71], deleitándome entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje, hace oír sus nocturnos trinos.
Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los rebaños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inmensa página en blanco, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría.
Brilla, pues, dentro de mí con más esplendor ¡oh celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella; purifica y presérvala de las sombras que la envuelven, para que pueda ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.
Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono, domina sobre las mayores eminencias, inclinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas. Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban en su vista con indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante imagen de su gloria. Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana, que colocados en un jardín delicioso, saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno, y al abismo que le separa del mundo, y vio a Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo, y hacia la región de la Noche, inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano u aire aquel espacio; y observándole Dios con la profunda mirada que penetra en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas palabras:
«¿Ves, Hijo mío, el furor de que está poseído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla, ni las barreras del infierno, ni las cadenas de que está cargado, ni aún el vacío inmenso del abismo bastan para contenerle: tanto le ciega la desesperación de una venganza que recaerá sobre su rebelde cabeza. Rotos ahora los lazos que le oprimían, se acerca al cielo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo nuevamente creado, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre que mora allí, o lo que es peor, pervertirle con algún artificioso engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a sus falaces lisonjas, y quebrantado fácilmente mi único mandato, la única prueba que exijo de su obediencia, caerá no solo él, sino toda su infiel progenie.
»¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto podía anhelar; le inspiré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del propio modo creé a todas las potestades y espíritus etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron, pues libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubieran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni de amor, obrando solo por necesidad, no voluntariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme semejante obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana la una como la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas, cedieran a la necesidad, no a mi precepto?
»Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su naturaleza, ni a su destino, cual si este avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, mas semejante previsión no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiera sido menos segura. Así pues, sin que los impulse nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación inmutable por parte mía, ellos son los que pecan, ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse, pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos solo son la causa de su caída.
»Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su propia depravación: el Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la misericordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en la tierra: mas la misericordia, desde el principio al fin, será la que resplandezca más.»
Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada ambrosía que comunicaba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el hijo de Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su plenitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una inefable gracia, que le movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así:
«¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que como supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra tus alabanzas en innumerables himnos y sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono, para siempre te bendigan. Pero ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el más joven de tus hijos, sea víctima de un engaño, aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de cuanto has hecho. ¿Conseguirá así sus fines nuestro adversario, frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia, a tus bondades? ¿Verá satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y logrará saciar su venganza, arrastrando consigo al infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu creación, y deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu grandeza, y se negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»
«¡Oh hijo mío, en quien tanto se goza mi alma, le replicó el Sumo Hacedor, Hijo de mi seno, mi único Verbo, mi sabiduría, mi más eficaz poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo que mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvarase el que lo desee, mas no por su voluntad propia, sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada condición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos, y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado de degradación, y para que a mí, exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.
»Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal ha sido mi voluntad: los demás oirán mi llamamiento, y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad, se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto sea necesario la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar, arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando procedan de un ánimo sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro la conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin, tendrán segura su salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para que tropiecen y caigan en mayor abismo; y solo a estos excluiré de mi misericordia.
»Resta todavía que hacer: desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su fe, y pecado contra la alta majestad del cielo; ha aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno capaz de dar completa satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar semejante abnegación? ¿Quién de vosotros, para redimir el crimen del hombre, se hará mortal? ¿Qué justo salvará al injusto? ¿Existe en todo el cielo tan sublime amor?»
A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en silencio. No se presentó en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero castigo, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin tener quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien reside la plenitud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:
«Ya, Padre mío, has pronunciado tu sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas este perdón en que está cifrada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea, ni implore, ni solicite, ¿ha de haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza, pero que una vez perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por sí holocausto ni expiación alguna!
»Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga sobre mí tu cólera; mírame como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de perecedero.
»Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del sepulcro, ni consentirás que mi alma inmaculada esté para siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el dilatado espacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las potestades de las tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una mirada, y sonreirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu reino de inefable júbilo.»
Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una expresión de dulzura tal, que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor que solo era comparable a su obediencia filial. Ofrecido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo de asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando el Omnipotente exclamó así:
«¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el género humano, bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas mis obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por él te separaré de mi seno y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú solo puedes redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la tierra; hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente. Sé padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de este; y ya que en él perecen todos los hombres, de ti, como de una segunda raíz, renacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito, que les será traspasado, quedarán absueltos los que renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo, satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado, morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus hermanos, redimidos con su preciosa sangre. Así el amor celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que destruirá todavía en aquellos que, aun pudiendo, no acepten la gracia con que se les brinda.
»Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la tuya; porque sentado en el trono de Dios, igualándole en grandeza y gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado para preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más bien que tu divino origen, te ha hecho doblemente digno de ser el Hijo de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en ti abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime humillación, elevarás contigo hasta este trono tu humanidad, y aquí encarnado, reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder te concedo: reina perpetuamente, y goza de tu virtud. Imperarás como señor supremo, sobre tronos, principados, potestades y dominaciones; y todos se prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades del infierno. Cuando asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote los arcángeles de heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal terrible, y acudan a su voz los vivientes de todas las partes del mundo, y los muertos de todas las pasadas edades, y al estrépito producido por la ruina de la naturaleza, despierten de su sueño, y corran presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en presencia de los santos todos, a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad, se humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multitud llenará el infierno, que quedará para siempre cerrado desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas, pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva tierra, que será morada de los justos; los cuales, tras largas tribulaciones, conocerán una edad de oro, fecunda en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la hermosura de la verdad. Entonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios será todo para todos. Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se cumplan todas estas maravillas; adorad a mi Hijo, y honradle como a mí propio.»
Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles prorrumpieron en ruidosas aclamaciones, cuya armonía, como producida por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de los himnos y hosannas que resonaban por las eternas regiones del Empíreo, inclinábanse reverentemente los ángeles ante ambos tronos, y en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas de amaranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que luego, por el pecado del hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y florece aún, prestando dulce sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se deslizan por entre las flores del Elíseo.
Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan y sostienen los espíritus bienaventurados sus resplandecientes cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre el luciente pavimento, que brilla como un mar de jaspe, matizado de celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo; prepara cada cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a su costado; y preludiando una suavísima sinfonía, entonan sagrado cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz allí que permanezca silenciosa; no hay voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve todo en el cielo.

Al compás de los himnos y hossanas que resonaban...
Cantáronte a ti primero ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal, infinito, que has de reinar por siempre! A ti, creador de todas las cosas, fuente de luz, invisible entre los gloriosos fulgores del altísimo trono donde te sientas, que aun templando la fuerza de tus rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabernáculo te rodea, dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo. El cielo entre tanto aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines no se acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas alas.
Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo engendrado, Divina Imagen, en cuya hermosa faz resplandece el Padre Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las demás criaturas. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso; y transfundido en ti se anima su inmenso espíritu. Por ti creó el cielo de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti precipitó en el abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste las ruedas de tu flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar sobre los debelados ángeles rebeldes. Tornaste triunfante de aquella lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones, a ti, Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible venganza que tomaba en sus enemigos. No así con el Hombre: vencido por la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que le miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu amado y único Hijo de que no era tu propósito castigar la fragilidad del Hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar tu cólera, poniendo término a la lucha entre la misericordia y la justicia, que revelaba tu semblante, ofreciose Él mismo al sacrificio para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a ti gozaba. ¡Oh amor sin ejemplo, amor que no podía nacer sino en el espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Humanidad! ¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto: mi cítara celebrará sin cesar tus alabanzas, al par de las de tu Padre!
En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los ángeles que pueblan la región de las estrellas; mientras Satán, descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba a recorrer la primera convexidad que, envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa del Caos y del dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un globo aquella convexidad; de cerca un continente sin límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una noche sin estrellas, y expuesto a las tempestades siempre amenazadoras del Caos, que muge a su alrededor: cielo inclemente, excepto por la parte de los muros del Empíreo, que aunque lejanos, reflejaban un destello de claridad en medio de las tinieblas procelosas.
Recorría el Enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo, semejante al buitre que nacido en el Imaus[72], cuya nevada cima cubre el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en la carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y dirige después su vuelo hacia las corrientes del Ganges o el Idaspes, ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enemigo por aquel mar de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa; marchaba solo, porque en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las vanidades de los mortales, las almas de los que cifran en ellas sus quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así en esta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran al fruto de una lastimosa superstición o de un desmedido celo, y no ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí recompensa proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras. Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos y monstruos, que salen extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en aquella región desde la tierra, en que se evaporan y vagan inútilmente por ella hasta la disolución del mundo; y no residen en la vecina luna, como algunos han soñado[73]; pues los argentados campos de este astro sirven más bien de morada a otras almas justas, a espíritus que participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.

Revolotea todo ello por los espacios ilimitados.
Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones los hijos de fementidos enlaces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas; posteriormente los que edificaron a Babel en la llanura de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo nuevas torres, si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego muchos más, entre ellos Empédocles, que para ser tenido por Dios se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleómbroto[74], que para gozar del Elíseo de Platón se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros, hipócritas o dementes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises[75], con todos sus embelecos. Por allí vagabundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el cielo; y los que para ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que este disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina, cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento antes que ninguna otra[76]. En la puerta del cielo, parece aguardarles San Pedro con sus llaves: tocan ya en el umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso viento que en encontradas direcciones los combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de cogullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado después Paraíso de los locos, que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase despoblado entonces y nadie penetraba en él.
Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo recorriéndolo largo tiempo, hasta que el resplandor de una escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar aquella, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un frontispicio de diamante y oro. Brillantes perlas orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni modelo alguno acertarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir y bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de Esaú, camino de Padan-Aram, y entregado de noche al sueño en los campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar: «¡Esa es la puerta del cielo!»
Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí fija la escala, que a veces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro por corceles de raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para alucinar al Enemigo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la mansión bienaventurada.
En frente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del Paraíso, abríase un camino que conducía a la tierra, camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso que llegaba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo dirigía miradas bondadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial de las aguas del Jordán, hasta Bersabé, donde la Tierra Santa confina con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino, que sus límites se perdían en las tinieblas, como las profundidades del océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior de las gradas de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista, y quedó maravillado al descubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche por peligrosos y desiertos sitios, llega por fin, al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada altura, y ve de pronto la agradable perspectiva de tierra extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli famosa, embellecida con pirámides y brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol naciente; así el espíritu maligno quedó embargado de asombro, aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del cielo; mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.
Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con la vista desde el punto oriental de la Libra hasta el signo que toma el nombre del animal que condujo a Andrómeda más allá del horizonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención, dirigió el raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros, pero que de cerca parecían otros tantos mundos; y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles floridos, islas tres veces felices, ¿quién tenía la dicha de habitaros? Satán no se detuvo a averiguarlo.
Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y hacia él dirige su vuelo atravesando el sereno firmamento; pero en qué dirección y hasta qué punto se apartó más o menos del centro, difícil es discurrirlo: encaminose a la región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares constelaciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución regulan el cómputo de los días, los meses y los años, ya acercándose en sus varios movimientos al astro vivificante, ya suspendiéndolos en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y, aunque invisibles, penetran con benigna eficacia en todas partes, hasta en lo más profundo de los abismos: tan maravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el auxilio de su cristal óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.
Pareciole aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a cuanto como metal o piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por igual una luz radiante, como penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales, una parte parecía oro, y la otra plata finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisólitos, rubíes o topacios, semejantes a las doce que brillaban en el pecho de Aarón, o a aquella, más imaginada que conocida, que los filósofos de este mundo han buscado tanto tiempo inútilmente, aunque con su arte poderoso hayan sujetado al volátil Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirle por medio del alambique a la primitiva.
¿Cómo pues maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan puro, y de que corra el oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto produce el sol, incomparable alquimista, en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias terrestres, riquezas tales, de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?
Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno está fuera del alcance de su vista, que como no se opone obstáculo ni sombra alguna, el sol lo esclarece todo. Así, cuando al medio día lanza este sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente, en ningún punto de alrededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire, puro cual ningún otro, contribuía a que la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos, y así descubrió claramente un hermoso ángel que estaba en pie, y era el mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas, no se ocultaba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los rayos de aquel astro, y su cabellera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave cargo, o sumido en meditación profunda, pero el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre, donde debía terminar su viaje y principiar nuestra desventura.
Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse, tomando la forma de un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal juventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes. Sujetaba una diadema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro; sus alas compuestas de plumas de varios colores, estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le cubría daba mayor desembarazo a sus movimientos, y parecía medir sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.
No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos, volvió el Ángel su radiante rostro. Reconoció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como más próximos a su trono, son los ejecutores de sus mandatos; son sus ojos, que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre, llevando instantáneamente su palabra así a las regiones acuosas como a las secas, así a las tierras como a los mares. Acércase Satán a Uriel, y le dice:
«Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema, trasmitiéndola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que sus soberanos decretos te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con frecuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores, por quien todas esas obras tan maravillosas ha creado, me ha inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios. Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia fija, o si no la tiene, y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré hallar, dónde contemplar con mudo asombro, o mostrando francamente mi admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos, no solo por el hombre, sino por todas las demás cosas, glorificar al universal Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del infierno a sus rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta dichosa raza. En todo es sabia su providencia.»
Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hipocresía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios, que lo consiente; que aun cuando la Sabiduría vigila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno donde claramente no se descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director del sol, era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que con natural sinceridad contestó así al pérfido impostor:
«Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues desde su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos de lo que quizá en el cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus creados podrá calcular su número o comprender la infinita sabiduría que las produjo, aunque sin manifestar lo recóndito de sus causas?
»Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese mundo: oyola el caos; la revuelta confusión adquirió forma, y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden, y al punto se repartieron según su gravedad respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la región aérea la quinta esencia del cielo, y animándose según sus diferentes disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió en esas innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su movimiento; cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el Universo.
»¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues aquella es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo terrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel hermoso planeta que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado, vuelve a recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose su triforme faz con el resplandor que recibe y que a su vez comunica a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que enmedio de él se dilata, su vivienda. No puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.»
Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente ante aquel espíritu superior, como es costumbre en el cielo, donde nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose de Uriel, se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza de obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda, atravesando la región del Éter, y no se detiene hasta llegar a la cima del Nifates[77].

Se lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica...
LIBRO CUARTO
ARGUMENTO
A la vista ya del Edén, y cercano al lugar en que se propone llevar por sí solo a efecto su atrevida resolución contra Dios y el Hombre, comienza a dudar Satán, fluctuando entre sus temores, su envidia y desesperación. Por último triunfa en él la perversidad, y se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se describe; penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de la vida, que es el más elevado de cuantos se ven allí, y contempla detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso estado producen en Satán, no le retrae de su mal propósito; antes al oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so pena de muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado piensa tentarlos, induciéndolos a la desobediencia; y poco después se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto a su situación. Entre tanto desciende Uriel en un rayo de sol, y previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso, que un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo, y cruzando a mediodía por su esfera hacia el Paraíso en figura de ángel bueno, acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña. Gabriel promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la noche, tratan Adán y Eva de retirarse a descansar. Descripción de su gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes para que ronden en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno intentase hacer algún daño a los dos esposos mientras dormían; y con efecto le hallan puesto junto al oído de Eva, a quien sugiere su tentación durante el sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interrógale este; él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del cielo, huye del Paraíso.
¡Oh! ¡que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis, cuando derribado segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdichados habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado prevenidos contra su oculto enemigo, cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizás de sus mortíferas asechanzas; no así ahora, que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder después acusarle, baja Satán por vez primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que sostuvo, y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su implacable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mismo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior el infierno todo, porque en sí y alrededor de sí, lleva el infierno. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; despierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo que será, cuando con mayor malicia incurra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño se le manifiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía; y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando:
«¡Oh tú, que coronado de suprema gloria, contemplas al igual de Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio, tú, ante quien palidecen todos los demás astros, a ti te invoco, mas no con voz lisonjera, que si pronuncio tu nombre ¡oh Sol! es para decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que gocé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme el orgullo y la más inicua ambición, al mover en el cielo guerra contra el monarca sin par que domina en él. ¡Ah! ¿por qué fui tan insensato? ¿Debía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus beneficios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas, siendo tan merecidas, y mostrarle una gratitud que tan justa era?
»¡Ah, que todas estas bondades fueron en daño mío, y no sirvieron más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía, creíme exento de sumisión; creí que dando un paso más, de tal manera me sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante libre de la inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada es la obligación que aún pagada, nunca se satisface; pero yo olvidaba cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un pecho agradecido no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la vez que contrae la obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues, tenía que soportar?
»¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima condición! No habría aún dejado de ser feliz, porque no me hubieran desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. Y ¿por qué no? Cualquiera otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía, y arrastrádome a mí por humilde tras su partido. Sin embargo, ninguno de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tentación, armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad, el mismo poder para resistir? Sí que tenías. ¿De quién, pues, te quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los cielos, que arde igualmente en todos los corazones?

¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin?
»¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como otro, dado que es eterna mi desventura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah, miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de esta también infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el infierno soy yo! ¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de mí otro más horrible, más implacable, que a todas horas me amenaza con devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.
»¡Ah! demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse, medio de ser perdonado? Lo hay en la sumisión; mas ¿cómo consentirá mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de los mismos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme jamás, subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de mí! ¡Cuán ajenos están de figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad, y los tormentos que interiormente me aquejan, mientras ellos adoran mi infernal trono! Esta diadema, este cetro que tanto me han encumbrado, solo sirven para hacer más ignominiosa mi caída; solo en ser más miserable consistirá mi supremacía; que no otro será el triunfo de mi ambición.
»Y aún cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya, pudiera recobrar mi primer estado, ¡qué de elevados designios no volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué poco tardaría mi hipócrita humildad en faltar a sus juramentos, contemplándolos nulos, como impuestos por el dolor y arrancados por la violencia! Ni ¿qué sincera reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda herida? La reincidencia, por el contrario, me precipitaría en mayor abismo; pagaría cara esta breve tregua, a costa de redoblar mis tormentos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos está él de perdonarme, cuanto yo de solicitar su misericordia. Así que ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y para el Hombre este mundo. Renuncio, pues, a la esperanza, y con ella al temor, al remordimiento. No hay ya para mí bien posible; tú ¡oh mal! serás todo mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré juntamente con el Señor del Cielo, y quizás me quepa por reino la mitad del Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo experimentarán en breve.»
Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron la cólera, la envidia y la desesperación, que sucesivamente le fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se disfrazaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de los bienaventurados. Pero él, que se observó al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y como tan diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con que preparaba su venganza, aunque no lo bastante para engañar a Uriel, que estaba ya prevenido. Había el Arcángel seguido atentamente todos sus pasos; le había visto en el monte Asirio poseído de una inquietud poco propia de los espíritus celestiales, pues creyendo que nadie le veía ni vigilaba, en sus furiosas demostraciones y en sus descompuestos ademanes había claramente mostrado la exaltación que dominaba su ánimo.
Siguió, pues, su camino, acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con que, a semejanza de cerca campestre, corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una escabrosa colina, y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inaccesible. Sobre su cumbre se elevan a desmesurada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras, vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anfiteatro. Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las esmaltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las bellas nubes del ocaso o en el arco que nace de la lluvia, enviada por Dios a refrigerar la tierra.