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El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón

ÚLTIMA JORNADA (continued 2)

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—¡Ya!—replica el médico sonriéndose, acaso sin malicia.

—Y ahora que está usted impuesto de todo, Doctor amigo; ahora que de mis labios ha oído usted lo que á nadie en el mundo he confesado; ahora que conoce usted el infierno en que me abraso, no me niegue usted su auxilio para salir de él, si salir puedo, ó para tomar una postura compatible con el descanso.

—Ante todo, amigo don Gedeón, ¿qué opina sobre el caso su conciencia de usted?

—Mi conciencia, Doctor... mi conciencia no sabe á qué atenerse. En ocasiones concede derecho á esa mujer para quejarse; otras veces se le niega, puesto que sin violencia aceptó la situación en que se puso.

—Y sobre los vínculos posteriores á esa primera situación, ¿cómo piensa?

—Piensa cuando se fija en los indicios aquéllos, que yo tengo perfecto derecho para romper esos vínculos; y cuando no, que éstos son un castigo palpable de mi insensatez.

—¿Y qué aconseja, por fin, esa señora?

—Nada, Doctor: quimeras, delirios que me deslumbran y me aturden y me martirizan.

—¿Está usted seguro de que es la conciencia de usted la que así piensa y la que así aconseja?

—¿Y qué otra cosa puede ser?

—La vanidad, la soberbia...

—¿Es posible?

—Se trata de un hombre que ha hecho del celibato una bandera, y de una mujer de obscuro linaje que quiere obligarle á caer, en las peores condiciones imaginables, en el extremo de que él huía, aun considerándole con todas las ventajas posibles. Concédame usted que esta prueba es de las más terribles á que puede someterse el amor propio.

—Concedido.

—Es, por tanto, muy fácil que lo que usted toma por dictámenes de la conciencia, no pasen de ser rebeliones del despecho.

—Sea lo que fuere, Doctor, yo necesito que usted no me abandone en tan horrible trance; que me defienda contra esta conjuración que me amenaza.

—¡Defenderle! ¡Ahí está el egoísmo otra vez! ¿Y si, en buena justicia, no es defendible su causa de usted?...

—¡Que no!

—Me parece que cuando su propia conciencia duda, bien puedo yo dudar.

—¡Es decir que usted me abandona; que me deja entregado á la inclemencia de estas mujeres, para que me asesinen?

—Tanto como eso, no; pero distinga usted entre el médico y el moralista. Con el primero cuente usted siempre, porque eso soy, y nada más, aunque alguna vez me haya metido á filósofo de afición. En cuanto al segundo... busque usted y hallará.

—¿En dónde, si estoy solo en el mundo!... ¡Solo, Doctor, y agonizando!

—Llame usted á todas las puertas que su razón le muestre.

—Todas están cerradas para mí.

—Lo creo; pero hay una que no se cierra para nadie. Llame usted á esa.

—¿Qué puerta es?

—La de Dios.

—¡Luego me cree usted en peligro inmediato de muerte?

—No por cierto; antes me atrevo á prometerle á usted que hemos de saludarnos en la calle dentro de pocos días. La intensidad del mal ha cedido mucho; los accesos van siendo cada vez más benignos, ó menos crueles.

—Entonces ¿por qué ese consejo?

—Venía dispuesto á dársele á usted hoy, en la persuasión de que si le aceptaba en cuanto vale, me debería el mayor beneficio que puede hacérsele á un hombre. Con doble motivo se le doy ahora que conozco la historia que acaba usted de confiarme.

—Y ¿dónde está esa puerta, Doctor?

—¿Es usted tan desventurado que no la ve?

—He olvidado el camino. ¡Hace tantos años que no le frecuento!

—¿Se ha olvidado usted también de que existe ese camino?

—Creo que no.

—Algo es eso.

—Pero estoy á obscuras para volver á hallarle.

—No importa, si queda fuego con qué hacer luz.

—Chispas entre cenizas, Doctor; nada más.

—¿Está usted seguro de ello?... Examínese usted bien.

—Seguro estoy.

—Pues con esas chispas se puede producir un incendio. ¡Ay de la fe cuyas cenizas se enfriaron! Reúna usted esas chispas; agréguelas usted combustibles, y la luz se hará y verá usted la puerta. Cuando usted la vea, llame.

—¿Y después?

—Después... no necesitará usted preguntarme á mí qué debe hacer en el conflicto que me ha confiado, ni cómo se lucha y se vence contra las miserias del mundo: la conciencia, iluminada por la religión, le dirá á usted todas esas cosas y otras muchas.

—¿Lo cree usted como me lo dice, Doctor?

—¡He visto tantos milagros de esa especie! Acuérdese usted de Herodes.

—¡Herodes!...

—¿Qué le admira?

—En verdad que milagro fuera en mí semejante resurrección... Si usted me ayudara á dar los primeros pasos...

—Desde hoy mismo, si usted quiere.

—Precisamente hoy... Pero mañana... mañana, sí.

—Mal síntoma es ese «mañana,» amigo mío; pero, en fin, también mañana estaré á sus órdenes.

—Gracias, Doctor; y por de pronto, eche usted una buena reprimenda á esa pícara criada, á fin de que me cuide mejor. Á mí ya no me hace caso... me conceptúa muerto. ¡Muerto, créalo usted!

Y tras éstas y otras palabras por el estilo, cumple el Doctor, como puede y como debe, el encargo del enfermo, y vase dudando mucho que aquella alma acongojada salga de las tinieblas en que yace.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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VIII

LOS PARIENTES DE GEDEÓN

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Los pronósticos del médico se cumplen en todas sus partes. El enfermo sale de las apreturas en que le hemos visto; y á medida que va adquiriendo fuerzas y esperanzas, va dejando, no ya «para mañana,» sino «para otra ocasión,» el proyecto de llamar á la puerta consabida.

Ya puede gritar y revolverse, y hasta sacudir un bastonazo á la atrevida que le provocase al alcance de su brazo. ¿Para qué necesita apelar á ciertos extremos alarmantes? Hasta se arrepiente de haber sido tan explícito con el Doctor. Tal es la condición humana, aun sin tratarse de egoístas como Gedeón. Las muletas que suplen el miembro entumecido, se arrojan al fuego tan pronto como aquél recobra sus fuerzas y movimiento.

Al cabo de los días, el convaleciente se encuentra en aptitud de salir á la calle á tomar el sol. Ya tiene el sombrero puesto, y se afirma en su cachava para mover sus pies entrapajados y embutidos en sendos zapatones de paño, cuando Regla le anuncia la visita de un caballero y de una señora.

Tratándose de un hombre cualquiera, un anuncio semejante y en semejante ocasión, nunca se recibe sin contestar con mal gesto: «No estoy en casa; que vuelvan otro día.»

Mas para Gedeón, que no se trata con nadie, fuera de las personas que conocemos, el anuncio de una visita es un acontecimiento extraordinario que excita en gran manera su curiosidad; y así, movido de ella,

—Que pasen adelante,—dice.

Y los anunciados pasan á la sala.

Dos son, como dijo Regla.

El caballero es hombre maduro, con buena ropa, pero mal hecha y peor colocada. Sus ademanes y su aire corresponden á la ropa. Luce en sus manos holgados guantes de color de ladrillo, y con una de ellas ase barnizado bastón por más abajo del puño, que es de oro, ó lo remeda.

La señora parece cortada por el mismo patrón que su acompañante, así en el modo de ser como en el de vestir.

Los dos personajes son á cual más risueño y expresivo.

—¿El señor don Gedeón?—pregunta desde la puerta de la sala el caballero descoyuntándose á cortesías, encarado ya con aquél.

—Servidor de ustedes,—responde Gedeón haciendo su poco de encorvadura en los riñones, por no permitirle más fuerzas de gimnasia sus miembros doloridos.

—Beso á usted su mano,—dice por su parte la señora, abanicándose el rostro y retorciéndose mucho.

—Pues yo tengo grande honor en conocer á usted y ofrecerle mis respetos,—añade el visitante, avanzando hasta Gedeón y tendiéndole la diestra.

—Lo mismo digo, caballero,—responde Gedeón, dejándose estrechar la mano.

—Mi señora...—continúa el otro, señalando á la que le acompaña y mirando á Gedeón.

—Mi marido...—dice la señora haciendo una exagerada cortesía á Gedeón, y apuntando á su acompañante.

En otros tiempos Gedeón se hubiera dado á todos los demonios al verse figurar como actor en una escena semejante; pero ahora, y merced á la apatía en que le han hecho caer sus dolencias y sus pesadumbres, casi se riera de lo que tiene delante, si de reir no se hubiera olvidado en tantos años como ha pasado sin reirse.

Así es que con una calma y una serenidad de rostro que parecen reñidas con sus antecedentes, brinda á los visitantes con el sofá, y sentándose él en la butaca contigua, ruégales que le expongan la razón de su visita.

—Va usted á saberla—responde el caballero, estirando las manoplas y colocando el bastón entre las piernas.—Pues, señor, yo soy, para cuanto usted guste mandarme, Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca, pueblo á muy pocas leguas de esta ciudad, y en el cual tiene usted una hacienda morrocotuda.

—Muy señor mío...

—Para servir á usted... Soy hombre de algunos posibles, aunque no muchos, y allí casé con ésta mi señora...

—Beso á usted su mano,—vuelve á decir la aludida.

—Diónos el cielo un heredero—continúa su marido,—uno no más, don Gedeón; el cual, al ser muchacho, cursó latinidades con el párroco del pueblo (hombre docto, eso sí, y virtuoso también), con ánimo de que, ya mozo, se elevara á facultad mayor. No pudo ser esto por razones largas de exponer; y al cumplir los veinte años casó con una joven de su elección particular, aunque no de su linaje, ni, en verdad hablando, de nuestro gusto. Hoy vive también en Cascaruca con cinco de familia y al amparo nuestro y de un destino de secretario del Ayuntamiento, que pudimos obtener para él. Por lo demás, es mozo trabajador y honrado. Y dicho esto, hágase usted cuenta, mi señor Don Gedeón, de que conoce usted á toda la familia de mi casa.

—Sin contar—añade la señora, mirando muy de cerca el paisaje de su abanico,—seis alumbramientos desgraciados que tuvo una servidora de usted.

—Cierto es eso—repone su marido;—pero como dijo el otro, «con agua pasada no muele el molino; oveja muerta no hace rebaño.» ¿No es verdad, don Gedeón? Aquí se trata de los que somos, no de los que pudimos ser; pues sin eso y sin lo otro y sin lo de más allá, sabe Dios los que nos sentaríamos hoy á la mesa en nuestra casa de Cascaruca. ¿No es verdad, don Gedeón?

—Cierto es, en efecto,—responde éste mirando al uno y á la otra, como pidiendo á cualquiera de ellos la prometida razón de la visita, que aún no sospecha entre el fárrago de aquel prólogo estrafalario.

—Pero vamos al asunto—continúa el don Ruperto, volviendo á estirarse las manoplas;—y el asunto es, señor don Gedeón, que nosotros somos parientes, y que habiendo sabido mi señora y yo, por el colono de usted, que ha estado usted enfermo de alguna gravedad, por si otra vez ocurre, lo que Dios no quiera, hemos venido á ofrecerle nuestros cariñosos y desinteresados servicios, de los que puede usted disponer también en sana salud.

Algo como sospecha de mal género cruza por las mientes del visitado; pero resuelto como está á seguir hasta donde le sea posible el humor de aquellos originales, sonríese y contesta:

—¿Parientes míos dice usted?

—Sí, señor... y bastante cercanos.

—¿Por qué parte?

—Por los Gazapones.

—Ahora lo entiendo menos. ¿No me ha dicho usted que se llama Gazapín?

—Sí, señor; pero el tercer apellido de su abuelo materno de usted era Gazapón.

—Luego no somos parientes.

—Déjeme usted concluir. Los Gazapones son primos carnales de los Gazapines por la tercera rama: así es que mi padre se llamaba Gazapón, de segundo apellido.

—Podrá ser, cuando usted lo asegura.

—Como que es la verdad... Y es tal el entronque y enlace que hay de unos con otros, que yo no pude casarme con ésta sin dispensa.

—¿También es Gazapín?

—No, señor: ésta es de los Gazaperas.

—¡Demonio!

—Sí, señor; familia que viene á ser, por lo que entonces se supo, el tronco de los Gazapones y de los Gazapines, que son las ramas.

—Hombre, es muy interesante todo eso.

—Yo lo creo... Puede usted gloriarse de pertenecer á una familia de las más ilustres, dilatadas, y, al mismo tiempo, unidas; quiero decir, sin mezclas extrañas. Tan unida, que las tres ramas tienen el mismo escudo en la ejecutoria.

—¡También eso! ¡Conque tenemos ejecutoria y armas!

—¡Yo lo creo!... ¡y bien bonitas! ¿No las conoce usted?

—No por cierto; y ahora me pesa.

—Pues yo le diré á usted: representan dos gazapos, uno grande y otro chico, en campo de legumbres tiernas; y á lo lejos la gazapera con un farol á la entrada, y un letrero, por luz, que dice: «Os alumbro el camino;» como si dijéramos, «no acelerarse, y firmes con ello, que yo os muestro la retirada, si viene el amo.»

—Es curioso el lema...

—Así explican el escudo los que lo entienden. La verdad es que la nuestra fué siempre familia muy aprovechada.

—Ya se conoce.

—Y atento á ello, yo no sé qué rey de la antigüedad le dió esas armas, por no sé qué préstamo que le hizo.

—No era rana Su Majestad, á juzgar por la muestra.

—Pues sí, señor, todo eso hay.

—Y no es poco.

—Y hablando de otra cosa, ¡Vaya una finca que tiene usted en Cascaruca!

—No es mala.

—¡Y qué partido podía sacarse de ella, bien administrada!

—¿Tan mal lo está?

—Tan mal, tan mal... no digamos; pero ya lo sabe usted, «hacienda, tu amo te vea,» y yo jurara que usted no la ha visto en su vida.

—Verdad es.

—Naturalmente. ¡Tendrá usted tantas cosas que valdrán más! Á Radegundis se lo he dicho yo muchas veces: «He aquí una finca que es una alhaja para un hombre hacendoso; y el diablo me lleve si su amo, nuestro pariente, se acuerda de ella; y para no acordarse de ella, ¡cuánto no tendrá ese hombre!»

—Y ¿por qué se tomaba usted esa molestia?

—Pues ¡qué sé yo! porque caía la pesa, como dicen, y porque también el interés de familia mueve mucho, ¿está usted? Y cuando no hay ofensa para nadie... Por eso, cuando me respondía Radegundis que ya daría para un buen rato el contar lo que usted tiene, no podía yo menos de decir: «¡Válgame Dios! ahí está nuestro pariente lleno de caudales y sin un hijo que se los herede, ni una obligación que tenga derecho para arrancárselos, ni un triste allegado á su vera, para que mañana ú otro día le cierre los ojos, ó le asista en sus desconsuelos. ¿Adónde irá á parar ese dinero el día en que don Gedeón fallezca, porque mortales somos todos?» Y entonces me decía Radegundis: «¿Quién sabe lo que pensará nuestro pariente?... Si tiene un millón, como dicen, entre rústicas y urbanas (yo creo que ha de ser bastante más), ya habrá él echado sus cuentas, y tomado sus disposiciones para que cada uno lleve su merecido... ó para tirarlo por el balcón... Nosotros, quietecitos en nuestra casa y atenidos á nuestra medianía, que á la fortuna no hay que salir á buscarla: ella sola se mete por la puerta, si de Dios está que han de alcanzarle á uno sus favores.» Me parece que esto es hablar en ley y sin ofensa de nadie, ¿no es verdad, don Gedeón?

—Mucho que sí; y es una lástima que mi señora doña Radegundis, que tan cuerda es en hablar, no lo sea tanto en sus obras.

—¡Ay, don Gedeón! por la espina de Santa Lucía—exclama aquí la señora de don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera,—¿á qué obra mía le falta la cordura? ¿En qué he faltado á las conveniencias de mi educación y de nuestro parentesco?

—Justo—añade su marido,—¿en qué ha podido esta infeliz faltar á todo eso?

—En dejarle á usted venir... á lo que ha venido á esta casa, y en acompañarle á ella.

—¡En eso, mi buen pariente!—exclama don Ruperto.—¡Es posible que una persona cometa una falta en ofrecer sus respetos á otra persona?... Porque á eso, y sólo á eso, hemos venido: créanos usted. ¿No es cierto, Radegundis?

—Señor don Ruperto Bonifacio Gazapín de la Gotera, natural y vecino de Cascaruca; señora doña Radegundis Gazapín... de no sé cuántos: cumplí ya los sesenta y cinco, y apenas me quedan en la boca otros dientes que los colmillos; ¡figúrense ustedes si los tendré retorcidos!

—No comprendo...

—No caigo...

—Ni hay para qué comprendan ni caigan; en cambio, yo les comprendí á ustedes á poco de haberlos oído, y esto baste. Conque estimando la visita en cuanto vale, denla por terminada; procuren ser en otra que les ocurra, no en mi casa, menos explícitos y más afortunados, y déjenme ir á tomar el sol, que para tiempo perdido basta el que les he consagrado.

—¡Pero don Gedeón!...

—¡Pero pariente!...

—¡Ni una palabra más!

—Para explicarle á usted...

—Para que no crea...

—¡Zambomba, que se me acaba la paciencia! ¿Les parece poca la que he tenido?

—Pues saludo á usted, caballero, que, después de todo, de hombre á hombre no va un palmo... Vamos, Radegundis, que, por lo visto, estorbamos aquí.

—Bien te dije yo, Ruperto, que te miraras mucho antes de venir... Beso á usted su mano...

Y el apreciable matrimonio, hecha esta despedida, vuélvese por donde vino, entre mustio é indignado. El lance no es para menos, tómense sus propósitos por donde al lector pluguiere.

En tanto, Gedeón, no poco amostazado, recibe de mano de Regla una carta que acaba de llegar por el correo, caso también de los más raros en aquel hogar.

Ábrela sin tardanza. Está fechada en Taconucos, pueblo de aquella provincia, y no lejano, y dice así:

«Muy respetable señor: Sé que los Gazapines de Cascaruca han ido ha ofrecerle á usted sus respetos, bajo pretexto de que son sus parientes cercanos. No los crea usted, y sírvale de gobierno que acostumbraban á hacer lo mismo con todos los pudientes de la provincia que están á pique de morir sin herederos forzosos. Dichos Gazapines son gente de mucha bambolla y de poco trigo; y en cuanto al vástago de que le habrán hablado á usted, es un perdido que ya ha estado seis veces en la cárcel.

»En punto á parentesco, yo no sé que tenga usted en este lado de la provincia, otros que con mi familia, por parte de los Lupianes, que casaron con los Lupinos, provenientes en línea recta de los Loberas primitivos, y por eso el quinto apellido de su señor bisabuelo paterno es Lupián, igual al tercero de mi señora madre (que en paz descanse), como puede verse en nuestras ejecutorias; por lo cual en las armas de esta casa hay, entre otros animales dañinos, un lobato que también debe de hallarse en las de usted.

»No saco á plaza esto del parentesco por llamarme, como el otro que dice, á la parte en cosa alguna de usted, ni hacer méritos de ninguna clase; sino para que se vea la diferencia que va de parientes á parientes, ó séase de los Lupianes de Taconucos á los Gazapines de Cascaruca.

»Por lo demás, testigo es el arrendador de su hacienda en este pueblo, de lo que yo respondí al darme él la noticia de que se hallaba usted á las puertas de la muerte, y sin un sér de su propia sangre á su lado á quien dejar sus caudales opulentos.—«Pobre soy (esto dije); cargado de familia y de necesidades me hallo; pero así me iré á la sepultura antes que darle á sospechar que le visito con miras interesadas. Si él quiere acordarse de mí, aquí estoy dispuesto á servirle en cuanto yo pueda, y agradecerle los beneficios que tenga á bien dispensarme.»

»Tal dije entonces y tal repito ahora, aprovechando tan favorable oportunidad.

»Y pues ya lo sabe usted, vea en qué puedo serle útil, y mande con franqueza á éste su atento servidor y pariente cercano,

Lupercio Lupián de la Lobera.»

—Todo esto que hoy me sucede con mis parientes—piensa Gedeón en cuanto acaba de leer la carta,—me haría muchísima gracia si no lo viera yo más que por la superficie; pero es el caso que tiene un fondo endemoniado. Por lo visto, huelo ya á carne muerta, y éstos mis parientes vienen á ser los buitres que revolotean á mi lado esperando el regodeo que van á darse. Éste es el hecho innegable.

En cuanto á los comentarios que pudiera hacer sobre él un hombre como yo, que en su juventud no se casó por no verse en el riesgo de que sus hijos y su esposa desearan heredarle... vale más no hacerlos. ¡Qué gran libro es la vejez! ¡Lástima que el hombre tenga que morirse cuando empieza á leerle con provecho!

Luego rasga la carta en cien pedazos; requiere su bastón y sus gabanes, y rompe á andar hacia la escalera paso á paso, con la cerviz caída y marcando el lento compás de su andadura con quejidos y carraspeos.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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IX

IN ARTÍCULO MORTIS

E
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Estamos otra vez en el gabinete de nuestro personaje. Los entornados postigos del balcón apenas dejan entrar la necesaria luz para que ojos acostumbrados á ella puedan distinguir lo que es sombra y lo que es cuerpo.

Así puede verse el de Gedeón sobre la cama, no tendido, sino recostado en un rimero de almohadas, alta la cabeza, abierta la boca, desencajados los ojos, y aspirando, jadeante y anheloso, el aire infecto de aquella triste habitación.

Un poco de humedad en los pies, un rayo de sol demasiado fuerte en la cabeza, si no se prefiere creer que así estaba decretado por quien es dueño y señor de vidas y almas, bastó para derribar de nuevo aquella balumba de humores y desengaños, y hacerla rodar hasta el borde del sepulcro.

En esta recaída no se detuvo la invasión del mal en los límites del estómago, como en el ataque anterior: á la primera embestida rebasó de la línea, y sitió al corazón por todas partes.

Harto claro lo vió el médico en las ansias del paciente, y sin andarse en remilgos ni en contemplaciones, díjole:

—Amigo mío, esto es muy grave; y es preciso que sean heróicos los esfuerzos que hagamos para combatir, siquiera con gloria, contra enemigos de tanto empuje.

—Pues ¿cuántos son los enemigos?—preguntó Gedeón ahogándose.

—Los temibles, dos: la gota que ataca á la vida, y el desconsuelo que la embravece atacando al espíritu. Yo me encargo de lidiar contra la una hasta donde mis fuerzas alcancen; pero es preciso que alguien se encargue de lidiar con el otro al mismo tiempo: dividir es vencer, decía el guerrero. ¡Quién sabe si venceremos nosotros con esa táctica?

—Haga usted cuanto guste—respondió Gedeón,—y tenga entendido, para su gobierno, que en este instante sólo aspiro á morir con la menor suma posible de tormentos.

Dos horas después entraba en el gabinete, acompañado del Doctor, el mismo sacerdote que había asistido á Herodes en su enfermedad.

No era Gedeón un hombre combatido por las dudas ni fatigado por el examen: era simplemente un haragán de la fe; no había perdido sus creencias: se había olvidado de ellas por desuso. Mientras anduvo por el mundo, esclavo de todas las concupiscencias de la carne, maldito si se le ocurrió una vez siquiera pensar en que poseía un alma, cuanto más en el destino que ésta tendría cuando dejara la cárcel de su cuerpo.

No le costó, pues, mucho trabajo al piadoso varón reunir las chispas esparcidas, y producir con ellas, si no un incendio, por lo menos una luz á cuyos resplandores no tardó Gedeón en ver todos los senos y repliegues de su conciencia como en la palma de la mano.

En uno de ellos encontró á Solita agazapada y llorosa. No le pareció la hija del zapatero tan fea ni tan antipática como antes, ni halló fuera de toda justicia la demanda que en otros tiempos le expuso; mas en cuanto á los vínculos nuevos con que pretendía amarrarle, sólo los aceptaba, como razón de derecho, secundum quid.

—Pero bien mirado—exclamó á poco rato, y después de oir las piadosas y discretas reflexiones de su confesor,—¿qué más me da ya? ¿De qué me sirve ese derecho, ni otros como él, ni cuantos bienes poseo, si todo ello junto no me arrancará de las garras de la muerte, ni siquiera me aliviará uno solo de los tormentos que ahora me empujan hacia ella?... Dice usted muy bien, santo hombre: en lo falible de la justicia humana, preferible es la duda de beneficiar á un extraño al recelo de perjudicar al propio. Esos vínculos, aunque no tan santos como yo quisiera, son, al cabo, el único derecho que dejaré en el mundo para vivir en la memoria de los hombres. Quédese con ellos cuanto en el mundo me ha pertenecido, y esa pesadumbre menos impedirá á mi alma elevarse á la región de la Verdad y de la Misericordia.

En esta situación de ánimo se halla Gedeón cuando aparece á la vista del lector al principio de este cuadro.

Regla entra y sale y se aproxima á la cabecera del lecho, ora con un medicamento, ora para arreglar las almohadas ó la ropa.

El enfermo ya no riñe ni vocea: su único deseo parece limitado á salir cuanto antes de aquellas ansias que le ahogan. Esto le pide á Dios á cada instante, resignado y contrito, desde que el sacerdote le volvió á la santa Ley y le absolvió en su nombre.

Aún le falta llenar en el mundo otro deber, y está dispuesto á llenarle sin tardanza; y á eso espera impaciente.

Regla lo sabe, y no deja asomar á su semblante ni el más tenue reflejo del estado de su espíritu. Acaso la impone la tremenda solemnidad de aquella agonía terrible; acaso la luz que penetró en la conciencia de su amo la ha hecho pensar en las obscuridades de la suya; quizá la fuerza misma de la astucia la sostiene impávida en aquel trance de prueba. Lo cierto es que asiste al enfermo con más diligencia que nunca, y que al verla quien la vió días atrás á la cabecera de la misma cama y enfrente de Solita, jurara que el moribundo ha saldado todas sus cuentas con ella, derramando sobre la falda de su vestido el bolsón de sus caudales.

Para que ningún detalle de carácter se nos olvide al inventariar por última vez la estancia en que tantas veces nos hemos hallado con la fantasía el lector y yo, sépase que Adonis sigue en su rincón acostumbrado, gastando los menguados restos que le quedan de vida en buscar una postura que no halla, para que la fatiga no le ahogue. Parece que se ha propuesto estirar el hilo de su existencia hasta donde alcance el de la de su amo. Ni un punto más, ni un punto menos.

—¿Acaba de llegar esa gente?—pregunta Gedeón á Regla con voz apagada y fatigosa.

—No puede tardar mucho ya,—responde Regla.

—Es que si no se dan prisa, témome que sea excusado su viaje. Y el otro recado ¿han vuelto á hacerle?

—Como usted mandó; pero tampoco estaba en casa... esa señora.

Un momento después de oir Gedeón estas palabras, entra en el gabinete Solita, jadeante y acompañada de dos gaznápiros, como de doce años el uno y de diez el otro, feos, toscos de ademanes, burdos sus vestidos, crespos de pelo, angostos de frente, y como curtidas sus caras por la intemperie; de todo se asombran, y casi á empellones de Solita entran en el cuarto.

Ésta, que ignora que se la anda buscando para lo mismo que ella viene á pretender, arroja contra la cama aquel par de memoriales agrestes, diciendo con desgarro al propio tiempo:

—Ahí los tienes. ¡Niega ahora tu sangre!

Y acercándose en seguida á los motilones, encáralos con el enfermo, y les dice en tono melodramático:

—¡Hijos míos: ese es vuestro padre!

Á lo cual los rapaces, después de mirar al aludido por Solita, míranse uno á otro, como preguntándose mutuamente «¿qué te parece de esto que nos cuentan?» y acaban por echarse á reir, tapándose la boca y las narices con las manos, por todo disimulo.

Mientras Solita y sus hijos representan esta escena grotesca, el sacerdote, el Doctor, un escribano y dos personas más, ayudantes de éste, han llegado al gabinete y detenídose á la entrada por respeto á lo que ocurría junto al lecho. Para los dos primeros, que estaban impuestos en ciertos pormenores, las últimas palabras de Solita no tienen desperdicio.

En cuanto á Regla, desapareció de la escena tan pronto como en ella apareció la otra.

—Señor cura, Doctor...—exclama el enfermo al distinguirlos en la estancia.—Ustedes han visto y oído todo esto... ¿no es verdad?... Pues bien—continúa después de obtener sus respuestas afirmativas,—así y todo, no vacilo siquiera en mis propósitos... Señor cura, no hay tiempo que perder, y yo estoy pronto á cumplir lo prometido. ¡Que Dios me lo tome en descargo de mis culpas!

Prepárase el sacerdote; hácese salir de la estancia á los cerriles muchachos; requiérese en debida forma á Solita; asómbrase ésta al conocer los nuevos propósitos del moribundo; acúsase de la ligereza con que ha procedido con él escudándose con la pasada resistencia, y disimulando mal el gozo que le causa la noticia, colócase, por mandato del sacerdote, á la cabecera de la cama... Y allí Gedeón in artículo mortis, y con la bendición de Dios, la recibe por esposa y reconoce á todo trance, por hijos suyos, á los nietos del zapatero Judas, con encargo expreso de que su madre los eduque un poco mejor de lo que están.

—Ahora usted, señor notario—dice á éste, terminada la otra ceremonia,—y pronto, porque esta luz se apaga.

En efecto: sus ansias crecen por instantes, y el Doctor halla en el pulso del enfermo síntomas de mal agüero.

Quédanse solos el notario y Gedeón; y testa éste en muy pocas cláusulas, legando á Regla, por una de ellas, y como en pago de antiguos y buenos servicios, mucho más de lo que la ambiciosa sirviente pudo prometerse nunca; á menos que alguna vez no le pasara por las mientes alzarse con el santo y la limosna, punto que, á mi entender, jamás se pondrá en claro.

Por otra, separa del cuerpo de bienes una suma de importancia para premiar el mejor libro que se escriba en el plazo de dos años, á contar desde aquel día, sobre las Miserias de la vida del solterón, siendo los jueces del certamen que se abra al efecto, el Doctor y el señor cura allí presentes, y en caso de empate, el célibe más viejo que haya en la población.

También es su voluntad que se doble la recompensa si la obra llega á ser declarada de texto en las escuelas de la nación.

El resto de sus bienes, deducidas algunas mandas piadosas, queda en beneficio de su viuda.

Mientras se lee el testamento y le firman los testigos, Solita frunce en vano la afilada jeta, y en vano tira de sus párpados para arrancar de la fuente de sus ojos una lágrima siquiera: pesan más en su fantasía los risueños cuadros de lo porvenir, que se forja, y en su memoria el recuerdo de tantos años de esclavitud y de aislamiento, que en su corazón la pena que le causa la agonía de su antiguo amante.

Regla, entre tanto, impasible y con el ceño ligeramente fruncido, parece la estatua de Némesis inexorable. Sólo le falta la espada en su diestra, y para bien de Solita, vale más que le falte.

Los dos gaznápiros, metiéndose los dedos en las narices, atisban la escena desde la puerta del gabinete.

Terminada la ceremonia, el enfermo ruega al Doctor que se acerque á él. Su rostro tiene la palidez del lirio, su vista una fijeza imponente.

—Me muero, Doctor—le dice con voz lenta y apagada.—La poca vida que tenía la he gastado en el cumplimiento de estos últimos deberes...

El Doctor le pulsa, le observa, y llama con una seña al sacerdote para que se aproxime. El médico del cuerpo no tiene nada que hacer allí ya.

El del alma le administra el último Sacramento, y de nuevo le bendice y le consuela.

—Acercaos todos—dice luégo el moribundo,—ya que Dios ha permitido que yo no muera solo y desesperado, y recoged mi último pensamiento... fruto sazonado de mis desengaños... ¡Qué patentes los ven ahora mis ojos... á la luz de la Verdad... que alumbra el tránsito de mi espíritu!... Pasé lo mejor de la existencia huyendo de los soñados males del matrimonio... y muero abrumado... por cuantas pesadumbres caben... en la peor de las familias... sin haber gustado una sola de las ventajas... de la vida conyugal... ¡Castigo justo de mi egoísmo grosero!... Locura es digna de la soberbia humana... buscar un camino sin cruz... en el Calvario de la vida... Elegir la de Cristo... para que pese menos... es lo cuerdo y lo acertado... Yo tomé la de Barrabás... y quebrantóme su peso... No está la dicha en eludir la ley, sino en el bien que reporta el trabajo... de cumplir con sus preceptos... Por huir de ellos, me alejé de Dios y de los hombres... y merecí, como otros muchos insensatos, hundirme en las sombras de la muerte... como el ave triste de los páramos... entre el frío de la soledad... y sin huellas de mi paso por el mundo.

Por la bondad de Dios... le hallé á usted en mi camino, Doctor... Á usted debo la dicha de espirar... reconciliado con los hombres... fortalecido con la fe, y alentado por la esperanza... ¡Cuántos desgraciados le deberán... el mismo beneficio!... ¡Admirable destino!... Consolar al triste... redimir al esclavo... Para usted... toda la gratitud... de mi corazón... Mi alma inmortal... ¡Dios mío!... tuya es... y te la entrego... si no limpia... de culpa, lavada... en el arrepentimiento... ¡Ampárela... tu infinita... misericordia!...

Dice, besa un Crucifijo, y espira.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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X

CABOS SUELTOS

E
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Este libro debiera concluir en la última palabra del capítulo anterior; pero hay lectores nimios que quieren apurar la materia hasta las heces.

Por complacerlos añado estos renglones.

Para que todos los cálculos que Gedeón hizo en vida fuesen errados, su muerte arrancó lágrimas á cuantas personas la presenciaron... excepto á Regla, á Solita y á sus hijos; es decir, á todos menos á los que tenían obligación de llorar en aquel trance.

No deben despreciar este dato los ingenios que aspiren á merecer el premio legado por Gedeón.

Al exhalar éste el último aliento, oyóse un quejido angustioso hacia el rincón en que yacía el ratonero. La honrada bestezuela acababa de morir también; y á juzgar por la actitud airada en que quedó su cadáver, creeríase que la visión de Merto, esgrimiendo la verdasca, le atormentó en los últimos instantes de su vida.

Tan pronto como el sacerdote cubrió con la sábana la faz del que entre los vivos se llamó Gedeón, Regla, que había estado contemplando su agonía con rostro impasible y los brazos cruzados, salió del gabinete y se puso á hacer su equipaje.

Concluída su tarea, entregó al Doctor, como testamentario, las llaves de que por tantos años había sido depositaría; y sin querer dar explicaciones acerca de su conducta, despidióse de aquél y del sacerdote, sacó el baúl á la escalera, y llamó á la señora Rita para que se le condujera á donde ella le diría.

—¡Qué le parece á usted, señora Regla!—díjole la incorregible portera.—No le faltaba del todo la razón al desalmado tío Judas, cuando nos decía que había quién que mandaba en esta casa más que nosotros y que el amo. ¡Vivir para ver, señora Regla!... Y todo bien mirado, buen provecho les haga; que á tanto precio, sale muy caro el señorío... La mujer honrada, la pierna quebrada; y zapatero, á tus zapatos...

Y así charlando la señora Rita, y callada como un muerto Regla, llegaron al portal en que, por respeto al triste acontecimiento, se paseaba el tío Simón con la ropa de los domingos.

—Quédese usted con Dios, tío Simón,—díjóle Regla al pasar por delante de él.

—Vaya usted muy enhorabuena, señora Regla—respondió el zapatero, sin preguntarla siquiera si se marchaba para no volver.

—¿Usted tan satisfecho siempre?

—Siempre cumpliendo con mi deber, señora Regla.

—Bueno es eso; pero sírvale de gobierno que en ocasiones no alcanza, y hasta perjudica.

—Vivir para ver, como dice Rita.

—Pues por lo que he vivido y llevo visto lo digo yo, tío Simón.

Al poner Regla los pies en la calle, un cuerpo pesado y negruzco cayó, como llovido, delante de ella, envuelto en un retal de manta sucia. Era el cadáver de Adonis, arrojado por Solita.

Detúvose Regla un instante, sorprendida por el suceso; y como si conociera la mano inclemente que tal había hecho, no pudo menos de murmurar entre dientes, contemplando los restos del ratonero:

—Entre algodón cardado te metieron los propios por la puerta, y ahora te arrojan los extraños en cueros por la ventana... No te duela el mal pago, que no es mucho mejor el que á mí me dan, siendo mayores mis servicios.

Solita no volvió á dejar la casa, de que ya era dueña; y tan pronto como salió de ella el cadáver de Gedeón, echóse con avidez á registrar alacenas y cajones, en tanto sus hijos, atracados ya de cuanto rapiñaron en los estantes de la despensa, metían la cabeza en los armarios, hojeaban los libros que tenían láminas, y olían y manoseaban todos los cachivaches de la casa.

El resto se adivina.

De Anás y Caifás, tengo pocas noticias.

Sé que el primero, después de estar medio desplumado por la familia de la carabinera, se casó con ésta tan pronto como falleció el sargento licenciado, y que, poco más allá, desplumado por entero, no hallaba en casa quien quisiera darle de comer.

Sé que Caifás tuvo que publicar su casamiento para ver si conseguía domar á su mujer, quitando el motivo á sus amenazas; sé que no logró su objeto, pues los parientes que, oculto el casamiento, se limitaban á sentarse á la mesa uno á uno, después de publicado acudían por docenas á casa de Caifás para comerle el pan y hacerle la tertulia por la noche; y aun me consta que, por complacer en ello á su mujer, muchas veces alumbraba hasta la puerta de la calle á los que entraban y salían.

Sé, por último, que llegadas las cosas á estos extremos, Anás y Caifás volvieron á encontrarse tope á tope en una acera; y que, sobre si pasas tú por la derecha ó paso yo, se dieron otra mano de leña como la de marras, hasta que los separó la gente y los rechiflaron los granujas.

Y no sé más, lector. Por tanto, aquí lo dejo si me das licencia; pues en Dios y en mi ánima te juro que, al llegar á este punto con la historia, me duele ya la mano, de escribirla de corrido y sin vacantes.

Polanco, Septiembre de 1877.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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