JORNADA SEGUNDA (continued 3)
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—Las recojo, no por lo que valen en su prosapia metálica, sino por la mano generosa que me las ofrece como prenda de un fino genial de estimación. Pero créeme, hijo de mis entrañas, llevo clavado en ellas, como un puñal inclemente, la rigurosidad de tus palabras á un padre tierno que, al darte sus brazos amorosos, quería decirte: «arrójate en ellos con la frente muy alta, que son el apoyo de una familia ilustre, perseguida, digásmolo así, por la hediondez de la miseria...»
Mientras el zapatero se enreda en estas nuevas declamaciones, Gedeón llama á Regla; y cuando la tiene delante, la dice en tono firme y con ademán resuelto:
—Enseñe usted la puerta á este hombre.
—¡Son cuentas de familia, señora!—dice Judas á Regla cuando la ve á su lado, y mirándola con cierto desdén.
En seguida se vuelve á Gedeón y le dice á media voz, pero trémulo é iracundo:
—¡Te perdono, hijo ingrato... y nos veremos!
Después sale detrás de Regla, chancleteando con los pies y requiriendo los pingajos de su vestido.
Cuando Regla cierra la puerta de la escalera, Gedeón, que se ha colocado á dos pasos de ella, la dice:
—¿Has visto á ese hombre?... ¿Le recuerdas bien?... Pues el día en que él vuelva á entrar por ahí, sales tú por el balcón.
En seguida se encierra en su gabinete, y bufa y patea.
En su concepto, la historia contada por el zapatero ha sido compuesta por su hija, ó de acuerdo con ella.
Quiere amenazarle con aquella afrenta constante, para reducirle mejor á los propósitos que ha tenido el atrevimiento de manifestarle muchas veces. ¡Insensata! ¡Y á tanto se atreve cuando ya no le queda un solo atractivo con qué justificar el oprobio que se le quiere imponer! ¡Cuando está deseando él una disculpa para deshacerse de ese grillete que le amarra y le desuella! Pero, bien mirado, ¿qué mejor ocasión que ésta para sacudirse las pulgas? Ahora ó nunca... No la dejará en la calle abandonada: cumplirá, en tan grave trance, como quien es; pero romperá toda conexión con ella, y quedará tan libre de su peso como estaba antes de conocerla.
Y así pensando, vístese acelerado y sale hacia la calle, abotonándose el chaleco en la escalera y haciendo en el portal el nudo de la corbata.


XXI
DE ESCALERA ABAJO

No habrá dado muchos pasos Gedeón fuera de su casa, cuando Regla está bajando al portal.
Tiénela muy sobresaltada algo que pasa bien cerca de ella, desde que tomó de manos de la portera la carta que puso en las de Gedeón. Aunque no es gran pendolista, sóbranla ojos para distinguir á una mujer en la letra de un sobrescrito; y mujer es, en su concepto, quien trazó los garabatos de aquel sobre.
En cuanto al hombre que se coló tras ella en el gabinete, también le parece que es bastante más que un andrajoso vulgar que se mete por la primera puerta que halla á medio cerrar. Á éstos se les da una limosna ó un bufido, y se les planta en la escalera, acto continuo; pero el andrajoso que acaba de salir es cosa muy distinta. Hablaba recio al despedirse, después de haber hablado largo rato con su amo; y el furor de éste, al arrojarle del gabinete, no se parece en nada al que produce en una persona decente un hombre entremetido y sin educación. Qué hay en la carta y qué en el haraposo, no lo sabe ella; pero hay algo grave; tan grave, que ha sido causa de que su amo salga á la calle hecho un basilisco. Y ¿quién trajo la carta y se la entregó á la portera? ¿Por qué ésta, ó su marido, dejó subir al haraposo? ¿Qué les dijo para conseguirlo? Hay que averiguar todo esto, por de pronto.
Con tal intento baja la escalera, aunque quizá se figura que no le mueve otro que endosar al portero la amenaza que le dirigió á ella su amo al despedir al hombre de los andrajos.
El portero es otro remendón, pero que no se llama artista; y por eso saca del oficio un mendrugo cada día. No es muy hablador, porque en nada es vehemente; y lo prueba que menea la herramienta al compás del ¡Triste Chactas! desde que se ciñe el mandil hasta que se le quita; lo cual es tanto como decir que de sol á sol dura la sonata.
Pero, en cambio, su mujer, aguadora y recadista de toda la vecindad, es un argadillo y una cotorra.
Como los unos bracea y como las otras charla delante de su marido cuando llega Regla al portal.
—¡Ay, señora Regla—la dice encarándose con ella,—qué hombres tan dejados de la mano de Dios y tan comprometedores de las familias de bien!
—¿Qué pasa, señora Rita?
—Las iniquidades del alma, como quien dice.
—Pues ¡cómo ha de ser!
—De otra manera muy diferente, señora Regla... Por algo los dedos de la mano no son iguales. El hombre de bien, á sus quehaceres; el malhechor, á la cárcel. Cada uno en su casa y Dios en la de todos.
—Y así debiera ser, señora Rita; pero si no lo es, ¿qué vamos á hacerle?
—Pues al tenor de ello hablaba yo ahora mismo con este bendito de Simón, que es un palomo sin hiel y no se escandaliza de nada.
—Pues más vale así, señora Rita.
—Pero con su cuenta y razón, señora Regla... No me digan á mí que cuando las osadías andan por el mundo sin trabas ni bozal, deben los hombres honrados ponerlas puente de plata y cubierto á la mesa... ¿No fuera mejor echarlas solimán de lo fino?
—También es verdad eso... ¿no le parece á usted así, tío Simón?
—¡Cuán raaa... apida ha sido!...—canturrea éste al oir la pregunta, mientras da los dos últimos estirones de cabo á una puntada. Y no dice más.
—Este bendito de Dios—añade su mujer,—con la sinfonía de siempre. Ni Cristo pasó de la cruz, ni él pasará de la sonata en los días de la vida... Bien que mejor quiero verle emperrado en ella, que dado á Barrabás, como el otro desalmado que acaba de salir.
—Pues de ese hombre venía yo á hablar con ustedes.
—Hable usted, señora Regla, hable usted, que todo será poco para lo que merece, por lo que echa por aquella boca de Satanás.
—Yo, señora Rita, sólo tengo que decir que por ningún motivo le dejen ustedes entrar por esa puerta. Así me lo ha encargado el señor.
—Y será medida su palabra. Bien sabe Dios que si una vez pisó esas escaleras, no fué sin que yo se lo reprendiera á mi marido. «¡Mira, Simón, que ese hombre es un puro embrollo y una pura desvergüenza! Mira que te va á comprometer... bien conocido le tienes ya...» Porque Simón le conoce, señora Regla... ¡como que aprendieron juntos el oficio! Pero Simón, en buena hora lo diga, es un hombre trabajador y de su casa, y al otro no tiene el diablo por dónde desecharle.
Á todo esto, el tío Simón continúa refunfuñando su canción sempiterna, y bregando con la bigotera que está echando á un borceguí.
—Pero ¿qué pasó con ese hombre, al fin y al cabo?—pregunta Regla.
—Primeramente—responde la señora Rita,—ese hombre es un borracho que mató á su infeliz mujer á palos y á pesadumbres, y dejó el oficio para vivir... yo no sé de qué... Él dice que de lo que le pasa una hija que huyó de su casa siendo una criatura... ¡vaya usted á saberlo, señora Regla! El caso es que hace una hora se presentó aquí con su poca vergüenza, y preguntó por el amo, con un aquel y un qué sé yo, como si toda la vida hubieran comido juntos. Dijímosle que no estaba en casa, y que, aunque estuviera, sería lo mismo para él, porque no le recibiría... ¡Ay, señora Regla, en mala hora yo tal dije! ¡Qué ponerme de cosazas y menosprecios el deslenguado!... Como que yo estaba viendo cuándo era el instante en que Simón se quitaba el tirapié... Porque, aquí donde usted lo ve, señora Regla, cuando se enfada hay que conjurarle como á las tormentas... Pues ¡no se atrevió, el sinvergüenza, á decirme que mirara mucho lo que hablaba con él, porque podía hacerme y acontecerme, motivado á que don Gedeón era... (¡el Señor no se ofenda de lo que voy á decir!)... pariente, señora Regla, pariente muy cercano suyo? ¡ha visto usted!... y que le había mandado llamar por persona que podía hacerlo; y que por eso venía, y que si lo dudábamos le acompañaría quién que mandaba aquí más que todos nosotros, y... ¡san Crispín unigénito no me oiga!... más que el amo, señora Regla... más que el amo?... Y, amiga de Dios, tanto dijo y fachendeó, y tanto nos rompió la cabeza con fanfarrias, que Simón dijo «allá te arregles y con él te veas...» Y entre que «esto no me parece bien,» y lo otro de «puede que tenga razón,» y yo que «no puede tenerla nunca un hombre como ese,» y este otro que «más gordas se han visto,» el pícaro fué subiendo; y cuando quisimos reparar en él, ya estaba arriba, si es que no adentro... ¡Pero al bajar fué ella! ¿No es verdad, Simón? ¡Qué humos, qué pomposidades y qué sonar dinero en las faltriqueras! ¡Qué querer convidar á este inocente nada menos que á la fonda, y ofrecerme á mí un mantón de ocho puntas y una cofia con encajes!... Mire usted, señora Regla, esto me incomodó mucho, porque parecía burla... Luégo bajó el amo, hace un instante, y se descubrió el pastel. ¡Qué cara traía el bendito señor, y con qué rejo nos encargó que perniquebráramos al insolente antes que dejarle entrar aquí! Para mi cuenta, y Dios me lo perdone si me equivoco, aquel dinero que sonaba lo robó en el piso...
Regla, que de todo este fárrago no pierde palabra que sea utilizable á sus propósitos, interrumpe á la señora Rita para preguntarla:
—¿Y dice usted que tiene una hija?
—¿Quién... el amo?
—No, mujer, ese perdido.
—¡Ah! sí... Lo decía antes de darse tanto lustre. Ahora, Dios sabe lo que dirá.
—¿Luego usted no la conoce?
—Como al día en que me he de morir.
—¿Ni usted tampoco, tío Simón?
—¡... de mi diiiii... cha!
—¡Digo si conoce usted á la hija de ese hombre!
—Yo no conozco más que mi obligación, señora Regla.
—Antes que él—continúa ésta,—creo que vino una carta...
—Pues por eso decía yo á Simón—replica la señora Rita,—antes de bajar usted, que hay días que ni buscados con un candil... Vino una carta, sí, señora.
—¿Quién la trajo?
—Una jovenzuela. «¿Vive aquí don Gedeón?» preguntó muy relamida. «Aquí vive, en el primero,» la respondí muy atenta. «¿Se le ofrece á usted algo?» «Dele usted esta carta,» me replicó con el hocico muy plegado, como si fuéramos aquí gente de chanfaina. «¿Tiene contestación?» volví á preguntar al tomarla... porque me parece á mí que esto es de cortesía, para, si acaso, decirla: «Pase usted adelante, tome usted asiento mientras bajo.» Pues nada, señora Regla: me volvió la espalda sin decir «por ahí te pudras,» y se largó, la muy descortés.
—Y esa joven—pregunta Regla con evidente curiosidad,—¿qué aire tenía? ¿Era, como quien dice, persona decente?
—¡Calle usted, por el amor de Dios! una atropella-platos como otra cualquiera.
—¿Y nada más la dijo á usted?
—¡Y qué más había de decirme? ¡Podía haberse atrevido á mayores, la muy remilgada! ¡No, por vida mía! Pobre sí; pero á saber guardar mi puesto, me ganan pocas.
—De manera, señora Rita, que, como usted dice, el día ha sido aprovechado: primero, una joven con una carta para el amo, y después, un andrajoso que dice que es pariente de él; que sube á hablarle, y que baja de la visita sonando mucho dinero en el bolsillo.
—Cabales.
—Pues eso se ve todos los días, señora Rita.
—No en los míos, señora Regla; y eso que los arrastro bien por el mundo y sobre buenas alfombras, aunque me esté mal el decirlo; que para eso sirvo á muchos... Pero aunque se viera, yo digo que no debía verse nunca de eso.
—Pues para que no se vea aquí más, he dado yo á ustedes el encargo que también acaba de darles el amo, según me dicen... Y con esto, me vuelvo arriba...
—Vuélvase usted, señora Regla, y vuélvase usted en la cuenta de que ese hombre no pisará más este portal... Y diga usted, si viene otra carta ¿tampoco la recibo?
—Esa sí—contesta Regla con vehemencia.—Reciba usted cuantas vengan, y entréguemelas á mí.
—¿Aunque sean para el amo?
—Para dárselas yo á él, alma de Dios.
—Eso es otra cosa.
—Adiós, señora Rita.
—Adiós, señora Regla.
Cuando ésta pone el pie sobre el primer escalón, llámala el filarmónico zapatero.
—Señora Regla—la dice con mucha parsimonia, quitándose las gafas y volviendo la cara hacia ella.—Yo hablo poco, ¿está usted?... y cuando con lo poco que hablo no me entiende ¿está usted?... el que se empeña en meterse ¿está usted?... donde no le llaman... y contra mi gusto, agarro el tirapié ¿estamos?... y en seguida me hago respetar ¿está usted?... De modo que pisar ese hombre las escaleras que usted pisa ahora ¿está usted?... es tanto como decir que Simón ha muerto ¿está usted?... Pues no digo más.
—Y es bastante, tío Simón.
—Y como lo dice lo hace el inocente, créalo usted.
—Hasta luégo, señora Rita.
—Hasta luégo, señora Regla.
Volando sube ésta al piso, y de dos voleos se echa el manto sobre la cabeza.
—¡Se me va de entre las manos!—murmura mientras se le arregla y anda.—Hay que atarle con cuanto esté al alcance de las mías.
Y echa escalera abajo.
Deja á los porteros la llave del piso, como acostumbra en ausencias de su amo, por si éste vuelve antes que ella; y sale del portal sin hacer caso de la señora Rita, que quiere detenerla para hablar un rato.


XXII
OTRO INCIDENTE MÁS GRAVE

Solita no cesa de mirar á la calle por las vidrieras del balcón, como hace quien espera con ansia á una persona, ó quien teme que llegue otra que no debe llegar.
No puede ser de las últimas la que, al cabo, columbra, según la prisa que se da á salir á la sala, tumbarse con languidez en una butaca y dar á los pliegues de su falda y á cuanto cuelga en su doméstico arreo, la caída y el aire que corresponden á la palidez de su semblante... porque es de advertir que su semblante está mucho más pálido y ojeroso que de costumbre.
Cuando oye abrir la puerta de la escalera, deja caer la cabeza sobre una mano, y el otro brazo fuera del correspondiente de la butaca.
En esta guisa la halla Gedeón, que era, á no dudar, la persona esperada y vista por Solita.
Pero lo que Solita no esperaba y ve ahora por las rendijas de su mano, es que Gedeón viene echando lumbre y veneno por todos los agujeros de su cara.
Aquel hombre es una botica que arde.
No se sienta, se derrumba delante de Solita; y al derrumbarse, rechina la butaca y cruje el pavimento; el sombrero que se arranca de la cabeza, no le coloca, le estrella en el sofá; y al cruzar sus piernas, parece que trata de romper la una contra la otra.
—¿Recibiste mi carta?—le pregunta Solita, sin levantar la cabeza, con voz lánguida, muy lánguida, después que observa que el recién venido, aunque bufa mucho, no rompe á hablar.
—¡Sí!—responde Gedeón con un bramido huracanado.—Recibí tu carta... ¡y algo más que tu carta!
—Me atreví á escribirte porque hace tres semanas que no te veo; y el caso era urgente.
Después de decir esto con la misma voz lánguida y apagada, llévase una mano á la garganta, como si se le atravesara allí algo que le produjera bascas; mira á Gedeón con ojos tiernos, y reclina todo su busto en el respaldo de la butaca.
—¿Conque es urgente el caso?—exclama Gedeón con la sorna de un mastín cuando enseña los dientes.—Y ¿cuál es el caso?
—Uno de ellos, el que yo me temía, Gedeón. Anteanoche, saliendo á tomar el aire, porque ahora necesito tomar el aire muy á menudo, me encontré con... mi padre.
—¡Adelante!
—Me extraña la poca sorpresa que te causa la noticia...
—¡Adelante!
—¡Jesús., qué suave te vas volviendo!
—¡Adelante, Solita! ¡Adelante, y déjame á mí en paz!
—Como tú quieras... Híceme la desconocida cuando me llamó por mi nombre, y hasta quise desorientarle metiéndome por las calles más extraviadas; pero debió de seguirme los pasos, porque cuando me creía libre de él en mi casa, comenzó á llamar á la puerta, y con tanta furia al ver que no le respondían, que los vecinos salieron asustados á la escalera. Entonces, por evitar un escándalo, abrí. Entró; y como no le podía decir que estaba yo sirviendo en esta casa, pues desde mi vestido hasta la soledad que reina en ella le probaban todo lo contrario, ocurrióseme decir que me había casado en Puerto Rico, pero en secreto, y que había venido á España en el último vapor á esperar á mi marido, que llegaría tan pronto como las cosas le permitieran publicar el casamiento... ¡qué sé yo lo que inventé por el estilo! y á mayor abundamiento, le dí cuanto dinero podía darle en aquel instante. Parecióle bien la dádiva, pero no la historia; y prometiéndome enterarse de ella más á fondo y hacerme otras visitas, se marchó. No he vuelto á verle, y esto quería decirte para tu gobierno.
—¿Has concluído?—pregúntala Gedeón, enronquecido por la ira y el despecho.
—No tengo más que decirte sobre este asunto,—responde Solita, cada vez más lánguida y sentimental.
—Pues bien—exclama el otro como estallan los pellejos muy inflados, á poco que se los apriete,—yo, en cambio, tengo que contarte á tí que el zapatero inmundo, que el remendón miserable, que el sinvergüenza de tu padre, ha estado en mi casa... ¡y ha querido abrazarme! ¡y me ha llamado hijo suyo!... ¿lo oyes bien? ¡hijo suyo!... ¡y me ha tuteado!... ¡y he tenido también que darle dinero para taparle la boca, ya que no podía taparle el resuello con pólvora y solimán!
—¡Mi padre en tu casa! Pero, ¿quién le guió allá?—dijo Solita dejando los dengues y dando á su voz y á su fisonomía tal aire de sinceridad, que el mismo Gedeón no se atreve á dudar de ella.
—Por lo visto, la víbora de doña Ambrosia, á quien el condenado fué, con infeliz ocurrencia para mí, á pedir antecedentes del caso. ¡Figúrate si se habrá regodeado la pícara buscándonos las huellas!
—¡Pero es una infamia eso!
—Será lo que tú quieras... De cualquier modo, hay que tomar sobre ello una resolución heróica. ¡Yo no puedo quedar ligado á la ignominia de ese hombre!...
—Ciérrale la puerta... hazte el desconocido.
—Me he hecho el desconocido y le he cerrado la puerta; pero volverá á llamar á ella, y me perseguirá, y será mi sombra de día y mi pesadilla de noche. ¡Qué horror!
—¡No es para tanto, hombre! ¡En qué poca agua te ahogas!
—¡Poca... cuando me cubre con más de un palmo, no el agua, sino la pringue de la zapatería!
—¡Y vuelta al zapatero! Pues, qué caramba, ya sabías que lo era cuando te acercaste á su hija.
—¡Sólo falta ya que tú le defiendas!
—No le defiendo; pero al cabo es mi padre...
—Es decir, que siendo yo el descalabrado, tratas de ponerte tú la venda.
—Yo trato de poner las cosas en su punto, y nada más.
—Pues precisamente vengo yo á eso: á poner las cosas en su punto, y á ponerlas en seguida.
—Pues tú dirás...
—Antes tienes tú que decirme, por si también es de las partidas que deben figurar en la liquidación, cuál es el otro caso grave de que tienes que hablarme.
Aquí languidece de nuevo Solita; y como si de pronto olvidara todos los puntillos que tiene pendientes con Gedeón, mírale con los ojos casi en blanco; sonríele medio ruborosa, y exclama, á vueltas de algunos toques de mímica sentimental:
—¡Ay, Gedeón! ¡qué ocasión más providencial para dar al olvido resentimientos de vicio y quejas de tres al cuarto!
—Pues qué, ¿nos ha tocado la lotería?
—¡Sí, amado Gedeón; y el premio gordo!...
—¿Quieres hacer el favor de no bromearte, Solita, y acabar pronto de responderme?
—¿Tan de prisa estás?
—¡Muy de prisa!
—¡Ingrato!
—¡Solita!... déjame de sensiblerías ridículas, y piensa que es de muy distinto género lo que tienes que oir, después que me respondas á lo que te he preguntado.
—No temo la amenaza, Gedeón; porque después que yo te diga dos palabras, trocaránse en mieles tus amarguras, y en mansedumbre tus furores.
—Ya tardas en decírmelas; pero dímelas en crudo y sin esos jarabes que me empalagan.
—Voy á decírtelas, ¡ingrato!... pero al oído: quiero que ni el aire se entere de ellas antes que tu corazón.
Dicho esto, se levanta Solita hecha un caramelo, pero un caramelo blando que se cimbrea y se escurre; acércase á Gedeón, enlázale con sus brazos, arrima á su oído la boca, y permanece así dos segundos.
De repente da Gedeón un salto y lanza un rugido espantoso; y al caer en el suelo, después de haber tenido cerca del techo la cabeza, oprímesela con las manos crispadas, y comienza á exclamar con voz rabiosa:
—¡Ábrete, tierra, y trágame... una vez!... ¡dos veces!... ¡diez veces!... ¡mil veces!... ¡y vuelve á escupirme á la luz!... ¡y vuelve á tragarme!... ¡por sandio!... ¡por estúpido!... ¡por ridículo!... ¡Yo debí preverlo!... ¡y no lo he previsto!... ¡yo debí... no haber nacido, para no verme en estos trances afrentosos!
Y esto dicho, y algo más que no copio, y mientras Solita lo oye con la boca abierta después de haber estado á pique de caer de espaldas al saltar de la butaca Gedeón, toma éste el sombrero; hunde en él casi toda la cabeza, y sale, ó más bien, huye de la casa como si llevara un incendio debajo de la levita.


XXIII
EL TERCER INCIDENTE

Cuando baja la escalera, parece un peñón que se desgaja y rueda al abismo: tal salta de tres en tres los peldaños; y aquí tropieza, y allí vacila, y más allá resbala; y á sus golpes crujen los tablones y tiembla la balaustrada.
Así llega al portal; y, sin pisarle más que una vez, quiere avanzar hasta la acera; y para conseguirlo, ha sacado ya la pierna fuera del batiente; pero otro hombre va á meter la suya al mismo tiempo y por el mismo lado de la puerta, de modo que el que entra y el que sale chocan como dos carneros; y con tal ímpetu, que el uno retrocede hasta la escalera, y el otro hasta el medio de la calle.
—¡Bruto!—ruge el de adentro.
—¡Animal!—exclama el de afuera.
Y cada uno se tapa y oprime la cara con las manos para mitigar un poco el dolor del testerazo que le ha correspondido.
El primero que se descubre es Gedeón, que, al fijar su vista en el de la calle, todavía tanteándose cabizbajo los chichones, conoce en él á su amigo Herodes.
—¡Conque eras tú!—exclama admirado.
—¡Gedeón!—responde Herodes al oir la voz de su camarada, mirándole á hurtadillas y con señales de sobresalto, á causa, sin duda, de la impresión que hace la luz en sus ojos, aún doloridos por el golpe.—¿De dónde diablos bajabas tan de prisa?
—¡De arriba!—contesta Gedeón, palpándose la frente.—Y á tí, ¿qué demonios se te pierde en esta casa? ¿Qué casualidad nos reúne aquí?
—Iba á subir.
—¡Ya! pero ¿á qué?
—Á... hacer una visita.
—¡Visitas tú, y en una casa tan extraviada!
—¿No las haces tú también en ella?
—Es verdad, hombre.
—¡Menudo coscorrón me has dado!
—¡No le recibí yo más flojo!... Ya habrás notado, por el que te dí, que voy algo de prisa.
—En efecto.
—Pues excúsame de cumplimientos; alíviate, y adiós.
—Lo mismo digo. Hasta la vista.
Y Gedeón echa calle abajo, como alma que lleva el diablo, y acaso no sea exagerada la comparación.
Herodes, después de permanecer unos instantes en el portal, saca con cautela su cabeza fuera de la puerta, y sigue con la vista al que se aleja: y ¡extraña curiosidad! cuando éste ha doblado la esquina, llega hasta ella el otro, y con las mismas precauciones de antes, mírale desde allí cómo se interna en otra callejuela; y ¡capricho más pueril todavía! se va tras él, como si quisiera contarle los pasos. Así le escolta hasta verle salir del barrio, y sólo entonces se resuelve á volver atrás. Llega de nuevo al portal de Solita; y como si ya no se acordara del testerazo, arréglase un poco la corbata y echa escalera arriba con aire tranquilo y reposado.
Entre tanto, Gedeón llega también á su casa; se encierra en su gabinete y comienza á dar vueltas en él, como tigre en jaula.
Su cabeza es un volcán en que hierven, y se oprimen, y se mezclan y se revuelven las ideas; ideas que le escaldan y le confunden el cerebro; porque, á la vez que lava abrasadora, son marea que avanza y retrocede, y muge y aporrea.
Lo que Solita ha confiado á su oído no son palabras, es una cadena de presidiario que le amarra á él, por toda la vida, á la hija del remendón... Ya no es libre; ya no puede tener ni la esperanza de serlo, como la tenía pocas horas antes, cuando iba resuelto á liquidar las cuentas de sus debilidades con Solita. ¡Qué adelantaría ya con realizar estos propósitos... si le quedaba lo otro por liquidar? Y lo otro es todo lo más abominable que puede proceder de Solita, y además, Solita entera y verdadera, y además, el zapatero con más hondas raíces á la puerta de su casa, amenazándole con sus harapos y su parentesco. Y de esto puede alejarse, pero no desprenderse; porque ¿adónde irá que no lo vea, ó que no lo oiga, á lo menos? Y verlo ú oirlo, ¿no es estar ligado á ello? Será la cadena más ó menos larga; pero siempre será cadena, á cuyo extremo estará amarrado él, girando, como bestia en hipódromo, alrededor de un centro de mamarrachos y de ignominias.
Cuando éstas y otras y otras ideas, no más risueñas ni sosegadas, han batido con furia todos los rincones de su cráneo; después que de aquella tempestad bravía sólo queda la espuma de sus amarguras sobrenadando, señal de que las ideas han vuelto á su nivel acostumbrado, la razón comienza á ver alguna claridad por las rendijas de la bruma que se rasga y va desapareciendo en jirones por el horizonte. Entonces, y sólo entonces, advierte que en el encuentro que tuvo con Herodes puede haber de curioso algo más que el mutuo coscorrón que ambos se dieron. ¿Qué buscaba allí aquel hombre, precisamente á la hora en que Gedeón nunca había entrado en aquella casa hasta ese día? ¿Y qué buscaba en un barrio tan extraviado, y en una casa cuyos vecinos todos, según confesión de Solita, la miran á ella con menosprecio, señal evidente de que todos son honrados? Y siendo todos honrados, ¿cómo puede tratarse con ninguno de ellos un hombre que no comunica con la humanidad más que por el lado de las mujeres que sean livianas y corrompidas? ¿Y en qué mujer de las de aquella vecindad se pueden sospechar, con algún fundamento, conexiones con el impudente solterón?... ¡Será posible que el hombre que más esfuerzos ha hecho para separarle á él de la buena senda, se atreva á tanto?... Y ¿por qué no? Quien se burla de los afectos más puros y de los sentimientos más honrados, ¿por qué no ha de burlarse de un camarada de vicios y liviandades?... Pero aunque él llegara á intentarlo, Solita le rechazaría... Y ¿por qué ha de rechazarle Solita? Si la mujer propia, si la mujer unida á un hombre ante los altares de Dios, según las doctrinas del mismo Gedeón, falta á sus juramentos, y quebranta sus deberes, y mancilla el honor de su marido, ¿por qué no ha de sucumbir la obra de las tinieblas y del vicio? Quien ha sucumbido á las ofertas de un amante, ¿por qué ha de resistirse á las dádivas de otro? ¿Qué más da Gedeón que cualquiera de sus amigos? Además, Solita se queja, no sin fundamento, de que Gedeón la tiene medio abandonada; pues así como él busca lejos de ella remedio para el hastío que le mata, lejos de él buscará ella el consuelo para la soledad en que vive. Cierto es que Solita debe á Gedeón lo que le cuesta, en dinero, su vida de «señora de su casa;» pero ¿no le debe nada Gedeón á Solita? ¿Nada valen en el mercado del mundo la honra y la libertad de una mujer, única hacienda que Solita poseía y ha sacrificado á Gedeón? Por este lado pagados están ambos también. ¡Pero por el otro!... ¡Vamos, eso sería inicuo!... ¡En semejantes circunstancias!... ¡Hacerle á él cargar con!... ¡Horror, mil veces!...
Pero, después de todo, ¿qué ha sucedido para tales imaginaciones?... Nada, ó poco menos: un encuentro de dos hombres en el portal de una casa. ¿No se ve esto cada día y en cada calle?...
Mas aunque se vea y nada grave haya que temer con fundamento, ¿no es bastante lo que ya está sucediendo? ¿No es hasta demasiado que él, un hombre como él, libre como él, emancipado como él de todas las «miserias del hogar,» de todas las «inmundicias del matrimonio,» esté en aquel instante... celoso... ¡sí, señor, celoso!... y por una fregatriz, hija de un remendón borracho y sin vergüenza; por una mujer á quien no ama y de cuya compañía huye delante de la gente, como se huye de lo que mancha y desdora?
¡Oh, qué razón tenía el médico! No basta romper los lazos de la familia para verse un hombre exento de los pesares que teme en ella, y de otros muchos más.
Y así batallando, quiere volver á casa de Solita por si aún está en ella el inicuo amigo; pero luégo reflexiona que no será éste tan necio que habiéndole hallado á él en el portal, permanezca al lado de la infame tan largo rato.
Después torna á encontrar descabellados sus recelos, y se tranquiliza encomendando al tiempo y á una prudente vigilancia la solución de sus dudas...
—Porque ¡tendría que ver—concluye,—que un hombre como yo diera una campanada de esas, y la diera en falso!


XXIV
LO QUE ERA DE ESPERAR

En esto se despierta Adonis, que dormía en su rincón acostumbrado, y comienza á husmear el aire y á exhalar gruñidos, y á revolverse sobre el colchón, como si le amenazara una invasión de pulgas.
Un momento después aparece á la puerta del gabinete Regla con el manto sobre los hombros, recién destocada su cabeza, y detrás de Regla, Merto, asido de las faldas de su madre y tapándose con ellas. Al sentirle Adonis tan cerca, deja de gruñir y comienza á entonar una salmodia entre lúgubre y desesperada.
Gedeón, con la frente entre las manos y los codos sobre la mesa, ni advierte la presencia de los recién llegados, ni la inquietud del perro.
Regla avanza dos pasos más; Merto la sigue, y Adonis, al verse á tres varas de su odiado enemigo, concluye la salmodia con un trino convulsivo, y de un salto se coloca junto á su amo.
Entonces se fija éste en lo que sucede.
—¿Qué hay?—pregunta á Regla, alzando la cabeza.
—Pues hay, señorito—contesta Regla, torciendo y estirando entre los dedos un pico de su manto,—que he ido á buscarle y que... aquí está.
—¿Quién?
—Merto.
—¡Merto?
Al oir este nombre execrado, vuelve á trinar Adonis, pero muy recio.
—¡Calla, condenado animal!—exclama Gedeón con gesto avinagrado y largando un castañetazo al ratonero.
—¡Guaaayyy!—late el infeliz. Y se esconde debajo de la butaca de su amo, como si ya tuviera encima los varazos que huele en lo porvenir.
Á Merto se le hinca en el alma aquel ladrido. ¡Cuántos como él y del mismo gaznate escuchó insensible el día de la batalla, mientras caían en pedazos, de muebles y paredes, los más preciados adornos de aquel recinto! Este recuerdo le hace temblar; pero no le impide lanzar una mirada con el ojo más bizco, y bien cubierto de las de su amo con el vestido de su madre, á cuanto le rodea. Parécele, en número, menos de lo que él vió allí mismo en el funesto día; pero no halla escombros ni derrengaduras al alcance de su ojo, y esto le tranquiliza bastante.
¡Y el reló?... ¿Estará descubierto y perdonado este delito, ó podrán pedirle cuentas de él el día menos pensado?
Mientras en esto se entretiene el chico, su madre, respondiendo á Gedeón, dice:
—Merto, sí, señor. Yo no pensaba traerle todavía; pero de pronto cavilé que podía usted tomar á mal el empeño mío en castigarle más... ¡Como usted le tiene tan grande en que le perdone!
—¡Yo!—exclama Gedeón, cual si en su vida se hubiera acordado de semejante criatura.
—Me parece...
—Tienes razón... Estaba distraído... ¿Y dices que vas á traerle?
—Le he traído ya.
—¡Hola!... ¿De modo que ya está en casa?
—Eso he querido decir á usted.
—Ya me hago cargo... Pues nada, si está en casa ¿qué le hemos de hacer?... Prevenle que á la menor diablura que cometa le rompo la crisma, como Dios está en los cielos... y nada más.
—¿Lo oyes?—dice Regla, volviendo su cara ceñuda atrás, y poniendo á su hijo enfrente de Gedeón.
Merto aparece tiritando, con una mano en el bolsillo correspondiente de sus bombachos recosidos, y con la otra hundida en la boca hasta cerca de las fauces.
—¡Conque estabas tan cerca?—dícele Gedeón con sequedad al verle.—Pues me alegro: así excuso repetirte lo que le he dicho á tu madre.
—Se escondía—replica ésta,—porque está muy avergonzado de lo que ha hecho...
Y en vano espera que Gedeón se manifieste complacido de ver á Merto á su lado, con el cual propósito tantas instancias le ha hecho hasta aquel día. Ni una palabra, ni un gesto de halago tiene para el rapaz que antes le dominaba y entretenía. Más bien parece contrariado con su vuelta. Al ver tanta frialdad en su amo,
—¡Largo de aquí!—dice con desgarro, dirigiéndose á Merto y dándole un empellón hacia la puerta, como pudiera dársele á quien tiene la culpa de aquel cambio tan súbito en el corazón de su amo y en el porvenir de su hijo.
Y empujando á éste sin cesar, sale del gabinete, donde queda Gedeón revolviendo con los dedos el poco pelo de su cabeza, y Adonis refunfuñando, aunque no tan afligido como á la llegada de Merto.
—¡Habrá destino más perro que el mío?—exclama de repente Gedeón, levantándose y dando un furibundo puñetazo sobre la mesa.—¿No es una burla de la suerte obligar á un hombre á recoger en su casa los hijos ajenos, cuando está pensando si echará... los propios á la Inclusa? ¡Esto es insufrible, y además infame, y además ridículo!
Y no cabiéndole en casa la desazón, toma el sombrero, y sale de ella vomitando maldiciones.
Al llegar al portal, le dice la portera que ha vuelto el remendón y que ha costado un triunfo impedirle que suba.
—¡Haberle roto el bautismo!—ruge Gedeón marchando hacia la calle.
Mas apenas la ha pisado, retrocede como si se le hubiera puesto delante un toro de Colmenar. Es que ha visto, en el hueco de la puerta inmediata á la suya, muy tranquilamente recostado, al execrado zapatero. ¿Por dónde tomará la calle que el andrajoso no le vea y no le siga? Apuradamente, con las zancadas que dió por la mañana, se le ha resentido la rodilla y no puede correr.
Vuélvese á casa renegando de la hora en que el diablo le hizo conocer á Solita, y de nuevo se encierra en su cuarto.
Pero los pensamientos abrumadores le asaltan en la soledad y en el silencio; y no pudiendo buscar la distracción en la calle ni resistir el asalto de aquel enemigo formidable que ya le va escalando las murallas del cerebro, pide la comida aunque no son las cuatro de la tarde. Sírvesela Regla; pero mal sazonada, no por falta de tiempo, sino de cuidado. Lo cocido es engrudo; lo frito, carbón; frío y amargo lo que debiera ser caliente y dulce. Desde que está Regla en casa no ha sucedido otro tanto. Mírala á la cara, y observa que está como la comida. La dulzura de sus ojos se ha trocado en acíbar, y la suavidad de su sonrisa en aspereza y rigor.
Gedeón empieza á pensar en los motivos que podrá tener su criada para estar así y portarse como se porta. ¡No le faltaba ya más desdicha que perder el relativo bienestar que Regla le proporciona en su casa!
Esto le lleva á pensar en el zapatero, causa de la dureza con que él la trató al despedirle; del zapatero va con sus pensamientos á su hija; de ésta, á lo otro; de lo otro, á Herodes; de Herodes, á él; de él, á lo de más allá; y de esto, otra vez á Herodes; y si será, y si no será, zúmbale de nuevo la mollera, asáltanle las sospechas con todo el aparato de la verdad; antójasele que tal vez en aquel instante pudiera él, por lo mismo que es hora en que no se le espera, caer como una bomba entre Venus y Marte, ya que no tiene la red de Vulcano; y con esta preocupación, atragántase por acabar primero; tarda, por lo mismo, algo más que si comiera despacio, y resuelto á ahogar al zapatero, si se halla con él á la puerta todavía, lánzase á la calle.
Felizmente no está en ella el remendón.
¡Hala! ¡hala! renqueando y como su reumatismo se lo permite, llega, por calles excusadas, á casa de Solita, y casi se arrepiente de su empresa al meter el llavín en la cerradura de la puerta. Pero su alucinación puede más que el horror que le causa la idea de tener que hablar con Solita de lo otro, y hasta la del riesgo que corre de dar una campanada en falso, temor que ya le ha hecho refrenar sus ímpetus pocas horas há; y entra.
Toma por asalto el gabinete, por la puerta de escape, y nadie en él; en la sala, tampoco; en el comedor, la misma soledad. Entonces, acometido de las más estrafalarias aprensiones, llama con voz de trueno, y aparece Solita con una jícara en la mano.
—¿Dónde estabas?—la pregunta azorado.
—Sacando los garbanzos para mañana,—responde Solita muy serena.
—¿Á ver?—añade Gedeón, como si dudara, avanzando hasta la despensa.
Allí está la criada con un plato en la mano, arrimada á un cajón abierto y á medio llenar de aquella patriarcal legumbre.
Y como si todavía no estuviera tranquilo, mira detrás de la puerta, y da un vistazo á la cocina, y hasta mete la cabeza en el inmediato departamento.
—Pero ¿qué diablos buscas?—le pregunta Solita, que va siguiendo todos sus pasos.
—Busco—responde el preguntado, algo arrepentido ya,—la... petaca que se me perdió esta mañana.
—¿En la despensa?... ¿y en la cocina?... ¿y en?...
—¡En el infierno!
Y sin decir más, vuélvese á la calle, dejando á Solita en la duda de si aquello es la continuación del arrebato que le dió horas antes, ó el efecto de alguna sospecha que se le ha metido entre los cascos.
De todas maneras, no le parece mal síntoma el que haya vuelto y se haya conformado con tan poco ruido. Los relámpagos de la mañana prometían mucho más.


XXV
EL ALMA DE JUDAS

¡Al fin, dí la campanada!—exclama en la calle.—Fortuna que Solita no me ha visto desde el otro estampido, y acaso crea que aún está ardiendo la pólvora... Pero si no está arriba el infame, puede que ronde por las inmediaciones. Rondemos también: al cabo, tanto me da pasear por estas calles como por las de mi barrio.
Y pónese á recorrerlas una tras otra, haciendo de vez en cuando salidas rápidas á la confluencia de las principales, donde está la casa de Solita, como si intentara jugar la vuelta á algún descuidado.
Así se le va pasando la fiebre poco á poco. En cuanto se ve libre de ella se arrepiente de lo que ha hecho y se avergüenza de lo que está haciendo.
—Esto es—dice para sí,—ni más ni menos que una explosión de celos, pero celos de marido, y de marido grotesco... Y ¿á tal extremo has venido á parar, Gedeón, después de tantas precauciones y miramientos!... Y es lo más curioso que cuanto menos me fío de Solita, más amarrado me siento á ella; no porque sus gracias pasadas hayan renacido para seducirme, ni porque me seduzca tal cual está, sino porque ahora quisiera yo verla esclava hasta de mis pensamientos. Así no me costaría trabajo desprenderme de ella, ni viéndola después loca por otro, me apuraría... De todo lo cual deduzco yo que cuanto se dice de la pasión de los celos queda reducido á una simple cuestión de amor propio. No nos duele la pérdida de la mujer poseída; nos duele que se vaya con otro; es decir, que se le haya preferido á nosotros, en señal de que valemos menos que él. ¡Estas sí que son verdaderas miserias, no de la vida conyugal, sino de toda clase de vidas, incluso la muy arrastrada que yo traigo!
Y así pensando, toma el rumbo de su casa á paso no muy largo, porque la rodilla le va doliendo cada vez más.
Al atravesar una bocacalle siente en las narices un huracán de aguardiente, y casi está á punto de sucederle con un transeunte lo que por la mañana con Herodes en el portal de Solita.
El transeunte es el sempiterno tío Judas.
Gedeón se estremece al conocerle.
—¡Hijo de mis entrañas!—exclama el zapatero al encontrarse con él.
—¡Mal rayo te parta!—contesta el otro.
—Iba á ver á tu oculta esposa, y cátate que doy, digásmolo así, de bóbilis bóbilis, con su marido... ¿Adónde vas, cachorrote?...
—¡Al infierno, remendón infame!
Y tras esto, Gedeón trata de apretar el paso; pero, como si estuviera de acuerdo con el zapatero, su pierna se niega obstinadamente á complacerle.
El zapatero se le pone al costado.
Gedeón diera la mitad de su vida porque en la calle no hubiera más gente que ellos dos, ó el sol alumbrara ya á los antípodas. En cualquiera de estos casos, cogería al remendón por las barbas, le metería en un portal, y allí le molería los huesos á bastonazos; pero aún es de día, y el tránsito, lejos de disminuir, va aumentando, porque la gente de la ciudad tiene del murciélago y la lechuza la propiedad de revolotear de noche y arrimarse mucho á la luz de los reverberos. No hay modo de apalear al pegajoso artista sin armar un escándalo, con gravísimo riesgo para el apaleador.
El zapatero, como si oliera estas dificultades ó las leyera en la cara de su pariente, que reluce de ira, muéstrase muy ufano y risotón, y continúa diciéndole:
—Aporté segunda vez á tu casa, mi muy amado hijo político, porque dos razones me lo aconsejaron. Primera y finalmente, que no me quisieron pasar una moneda de las que me dió tu esplendoroso corazón. No pensé pedirte otra mejor, porque no soy de esos mozambiques sin educación de principios, digásmolo así; pero justo es que el hombre sepa ¿eh? lo que vale aquello con que buenamente agasaja á otro... digo, me parece á mí... Segunda y en principalidad... ¿Sudas, mi tierno hijo?... Daréte ventilación... ¿Quieres descanso? Párate con toda confianza: yo no llevo prisa...
Y suda en efecto, Gedeón, y hasta le duelen callos que jamás ha tenido. Aquel hombre le asfixia. Malo si le responde, peor si le contradice... malo también si calla; huir, no le es dado; buscar travesías y callejones por más solitarios, es prolongar el camino, y él no puede andar mucho. Tiene que optar por el que sigue, que es el más recto; pero, en cambio, el más concurrido. ¿Qué dirá la gente si él se enfada y denuesta al zapatero, y éste insiste en publicar el parentesco? Muchos habrá que no lo crean; pero ¡cuántos lo creerán! De todas maneras, es un escándalo en medio de la calle. ¡Qué horror! No hay otro remedio que oir, devorando la ira; callar, y, poco á poco, acercarse á casa; y allí ¡oh! allí hacer jigote al infame zapatero; embutirle en la pared á mojicones, y arrancarle las barbas y freirle en aceite.
Así medita Gedeón, y calla y anda, mientras el padre de Solita, contoneándose mucho á su lado, prosigue diciendo:
—Segundamente, fui á tu casa porque en la primera barrunté que no te dejaba muy contrito del parentesco. Dudabas, ¿no es cierto, amado hijo? Es natural, hombre; el sabio dudó seis veces, ¡qué diablo!... Pues en contingencia de esta reflexión, iba yo á manipularte el caso, digásmolo así, hasta que cayeras en mis brazos amorosos, para llegar á ser lo que debemos: el uno para el otro... y en una sola mesa y sin «lo tuyo» ni «lo mío,» como los pajaritos del aire. ¡Qué vida, Gedeón! ¡Qué vida la que nos esperaba!
En esto, acierta á pasar un camarada del zapatero.
—¡Adiós!—le dice éste á gritos.—Dispensa que no te acompañe... voy con mi hijo político.
El aludido jurara, cuando tal oye, que le meten un espadín por el estómago.
Algunos transeuntes le miran, y el desvergonzado continúa:
—Tú y Solita, los emperadores de aquellas ínfulas; yo, el rey consorte; quiero decir, el padre putativo que os dió el sér... Pero dime algo, hijo adorado; muéstrame tu hermosa voz, aunque sea en una desvergüenza...
Gedeón carraspea y quiere silbar y reirse, y hasta que le trague la tierra; y anda calle adelante, volviendo la cara á todas partes y tanteando actitudes que mejor expresen su intención de decir al público:—«Nada de esto va conmigo; es un borracho que se me ha pegado, como pudo pegarse á ustedes.»
Pero el tal no se despega, y sigue apostrofándole, ora tierno, ora vehemente, ora chancero, y alzando la voz á medida que el silencio del atribulado se prolonga.
En un sitio en que la calle está libre de transeuntes, Gedeón se atreve á decir á media voz al zapatero:
—¡He de verte las entrañas, miserable!
—¡Echa aunque sea las hieles, hijo del alma; échalas, con tal que te desahogues en tu desgraciado padre! ¡Angel de Dios, y cómo te consolarán esas desaguaduras!
Luégo, cambiando de tono, y entre compungido é iracundo, añade á gritos:
—¡Éstos son los hijos políticos de las clases más opíparas de la sociedad! Deles usted la hija de sus entrañas; y porque usted es artista menesteroso y desgraciado, ya no le conocen; y le niegan tres veces, como Sansón negó á Pedro; y le cierran la puerta; y sus indomésticos le menosprecian... ¡Esto es astringente y deshumano!
Gedeón suda escarchas y respira cohetes. La gente le mira ya, y no faltan curiosos que se detienen para oir al zapatero. El infeliz perseguido no sabe qué partido adoptar, privado como se halla del único recurso que podía, si no salvarle, abreviar su martirio: las piernas para correr. En aquel angustioso trance y mientras camina con la velocidad mayor que le es permitido, quisiera ser guardia civil ó polizonte, para meter en la cárcel al escandaloso; mejor que esto, rayo que le tendiera sin vida; y mucho mejor, huracán que le barriera de allí sin dejar ni siquiera huellas del inicuo. Pero no es guardia civil, ni rayo, ni huracán; es un desdichado que arrastra una cadena y sufre azotes y bofetadas: aquello es una agonía sin el descanso de la muerte.
Meteríase en un portal y hasta llamaría á la puerta de un vecino; pero el perseguidor iría detrás y llamaría también, y el escándalo de la calle se repetiría en las escaleras. ¡No tiene más recursos que llegar á la suya cuanto antes, si es que la explosión de su paciencia no le mata en el camino!
En tanto, continúa vociferando el otro:
—¿Qué ves en tu padre que te avergüence, don fanfarrias? ¿Qué afrentas te hizo? ¿qué reales te pidió? ¿qué casa te ha quemado?... Artista soy, sí, y á soflama y requilorio debieras tenerlo tú... ¡Pero soy insánime de dinero, y eso te abichorna, similón pomposo!... Pues al tomar la hija de mi corazón en consorcio oculto, ya lo sabías, ¡tunante!
Á esto, no sólo se detiene la gente y mira, sino que frunce el entrecejo encarándose con Gedeón. Para que un andrajoso se atreva en público con un señor de levita, motivos gordos debe de tener para ello. Esto se lee en aquellas caras; y con esa lógica se han barrido las calles con más de cuatro inocentes.
Gedeón no teme que las barran con su cogote, pero padece más que si tal sucediera.
Arrastrando sus piernas, como se arrastran soñando que nos persigue un toro, llega á columbrar su casa; pero aún le falta medir, paso á paso, aquel sendero, adoquinado y reluciente para otros, para él espinoso y áspero, y sobre el cual hormiguea la gente, que le conocerá de vista, porque es la gente de su barrio.
Cierra los ojos y avanza en él cuanto le permiten sus dolores y su desesperación.
El zapatero no calla, y la gente sigue mirándole. Parécele que son verdes y amarillas y tornasoladas las caras de los transeuntes; que las piedras echan chispas bajo sus pies, y que le ha invadido las manos y el rostro un hormiguero que ya le asalta la boca, los oídos y las narices. Tose, estornuda, se limpia el sudor con el pañuelo y da fuertes golpes en la acera con el bastón, creyendo que así se oirán menos los apostrofes y bufonadas del zapatero; pero sólo consigue poner más en evidencia sus angustias.
Algunos de los que pasan se ríen de ellas; no faltan pilluelos que se arriman al insolente y le aplauden para que diga más, y silban cuando lo ha dicho. La indignación y la vergüenza, comprimidas hasta allí por un heroico esfuerzo de la voluntad, van á estallar y á matarle; las piernas se niegan á arrastrar aquel cuerpo tan derrengado por las angustias del espíritu. No importa: preferible le parece morir de un estampido, á vivir un instante más en semejante tortura.
Felizmente, el zapatero va quedándose rezagado á medida que Gedeón se aproxima á su casa. Esto le envalentona un poco; y cuando al fin llega al portal; cuando ya puede soltar todas las válvulas de sus pulmones y todos los frenos de su lengua, sus nervios le parecen cables, y sus manos, tenazas. Se siente capaz de convertir entre ellas en jigote al mismo exterminador de los filisteos.
Desde el umbral de la puerta mira calle arriba, y ve al zapatero detenido en ella y rodeado de granujas y holgazanes.
—¡Vamos, hombre!—le vocea trémulo y como si tratara de animarle con una sonrisa que más parece gesto de agonizante,—¿por qué te quedas ahí?... Ven acá... acércate y hablaremos.
—¡Nequanquis!—responde el zapatero, haciendo un ademán picaresco, señal de que huele la madera desde allí.
—¡Con franqueza!
—Ya lo supongo, hijo mío... para eso soy tu padre; pero otro día será... ¡Hemos de codearnos tantas veces en la calle!... Se conoce que te gustó la platicación.
—¡Mucho!
—Pues la repetiremos, amado hijo, la repetiremos; que yo soy muy agradecido... ¡Conque hasta la primera, hermosote!
—¡Hasta un rayo que te parta, inmundo zapatero!... ¡borracho infame!... ¡holgazán inicuo!... ¡ladrón!
Y dicho esto, blandiendo el bastón y echando espumarajos por la boca, vuélvese Gedeón rugiendo al ver que el zapatero se larga calle arriba, y comienza á subir la escalera con tantas dificultades como deseos de vencerlas.
Al llegar á la puerta de su habitación, se encuentra con el médico de marras, que baja. Hace mucho que no se han visto.
—¡Feliz hallazgo!
—¡Calle!... ¡Mi buen Doctor!
—El mismo, amigo mío... Y ¿cómo va con esa vida?
—¡Tan guapamente!
—¡Cuánto lo celebro!... ¿Es decir, que se divierte usted mucho?
—¡Muchísimo, Doctor!... ¡No puede usted imaginárselo!
—Ni lo intento, amigo mío... Basta verle á usted la cara.
—¿Tan risueña la traigo?
—Como unas castañuelas.
—Yo soy así.
—De modo que va usted llenando aquel vacío...
—Hasta los bordes, Doctor.
—Luego no hay que temer vacilaciones ya, ni arrepentimientos...
—¡Eso, jamás!
—¡Bravo, amigo mío!... y adelante con la cruz, que poco debe de pesar la de usted, según lo ufano que la lleva.
—Mucho que sí.
—Adiós, amigo mío.
—Agur, mi buen Doctor.
Y mientras éste continúa bajando, el otro se mete en casa, donde le esperan Merto á la puerta y Adonis en el gabinete: el uno mirándole torcido, y el otro barriendo el suelo con el rabo.
Sin fijarse en el uno ni en el otro, déjase caer en su poltrona; llama á Regla, que se presenta hosca y desabrida; mándala que le prepare la cama, unas unturas para la rodilla y una taza de tila; y mientras las dos últimas órdenes se cumplen, vase desnudando poco á poco.
—¡Y dicen que el buey suelto bien se lame!—exclama después que ha hecho en la mente un brevísimo resumen de sus tribulaciones de soltero.—¡Lo que se lame son las ronchas de las palizas que le cuesta su libertad!... ¡El tesón condenado me impedirá decirlo donde me oigan; pero la verdad es, pese á quien pese, que no me viera en estos trances ignominiosos y otro gallo me cantara, si yo me hubiera casado á tiempo!
