JORNADA SEGUNDA (continued 2)
Reading edition
—¡Menguada ciencia, por cierto!
—La ciencia no puede borrar lo que está escrito. Allí donde Dios pone su mano; allí donde el Hacedor dice: «esta vida se acaba,» es inútil el esfuerzo del hombre.
—Luego es inútil la ciencia.
—La ciencia sirve para hacer de un cuerpo inválido un cuerpo vigoroso. Éstos son nuestros grandes consuelos, aunque no alcanzan á compensar las otras amarguras. Pues bien: el que tiene saturada de ellas el alma; el que á combatir sus causas se consagra, sin hora cierta para el reposo ni el sosiego, ¿cómo ha de gozar las dulzuras de la familia propia? ¿No la expondría á cada instante, si la tuviera, al contagio de sus melancolías? Por eso no la tengo yo, amigo mío; es decir, por amarla, por venerarla demasiado; por eso se la recomiendo á usted, que es libre, para hacerla feliz y serlo, á la vez, con ella.
—Pero repare usted, Doctor, que la pintura que usted me ha hecho del interior, llamémoslo así, de una familia, no tiene gran atractivo que digamos.
—¿Y piensa usted que por huir de la familia ha de verse libre de dolores ni de la muerte?
—No; pero entre sentir los míos solos, y cargar con la molestia de los ajenos, hay alguna diferencia.
—No tan grande, seguramente, como la que hay entre verse usted como se ha visto anoche, aun sin grave dolencia, y asistido y consolado como, según usted mismo me ha dicho, se creyó, por un instante, en su delirio.
—Delirio al cabo, Doctor.
—Delirio que yo veo todos los días convertido en realidad.
—¿En dónde?
—Á la cabecera de mis enfermos; allí, por cada vez que hallo el vacío y el desamparo, como los he hallado en este cuarto, hallo mil todas las virtudes de que es susceptible el corazón humano, formado á tiempo por el santo calor de la familia cristiana, á cuyo abrigo tuvimos usted y yo la dicha de nacer; allí, entre la prosa, como ustedes dicen, de los jaropes y de los ayes, es donde yo veo el amor desinteresado, la abnegación y el heroísmo, lucir como las estrellas en el cielo, brotar como las flores en la primavera. Allí, en presencia de aquellos modelos, es como debieran escribirse las fisiologías del matrimonio; no á las puertas del gran mundo, ni en los bailes de la Ópera, ni en las carreras de Long-champs; en esos libros debieran buscar los hombres como usted la resolución de sus dudas, y no en las páginas de los libelos, ni en el dictamen de tres egoístas de la peor especie.
—¿Conoce usted á Balzac, Doctor?
—Conozco á Balzac y á cuantos han llevado su contingente de burlas á ese cúmulo de dislates sobre la familia, que le han extraviado á usted el criterio.
—¡Dislates Balzac!
—Precisamente han sido los grandes hombres quienes han dicho los mayores desatinos.
—¡Doctor!...
—No se fije usted en mi pequeñez para desautorizar el aserto. Otro grande hombre, más viejo que Balzac, y aun de más talla, Cicerón, lo ha dicho: Nihil tan absurdum quod...
—Perdone usted, Doctor; estoy algo flojillo en esa lengua.
—Pues quiere decir, en romance, que no hay absurdo corriente, por enorme que sea, que no proceda de algún filósofo.
—Pues con la venia de Cicerón, ya que quiere usted que no acepte yo sus palabras como un dicho más, paréceme á mí que tratándose de hechos como los que analizan esos grandes pensadores, no tiene mucho valor ese dictamen.
—¿Á qué hechos se refiere usted?
—Al matrimonio, por ejemplo.
—¿Y le analiza alguno de ellos?
—Con pinzas y microscopio... Pero ¿no me ha dicho usted que conoce á Balzac?
—Y lo repito; y por eso declaro que yo no he visto jamás en los libros de ese autor cosa que se parezca al matrimonio.
—¡Pues me gusta, hombre!... ¡Cuando no tratan de otro asunto sus dos obras más famosas!... Á millares danzan allí los maridos y las mujeres... y lo demás.
—Efectivamente, se habla mucho en esos libros de matrimonios que, después de arañarse por resentimientos apenas verosímiles en imberbe enamorado, se reconcilian con un vestido de baile, con una comida au Rocher de Cancal, ó con una cena en el Café Inglés; hay allí mujeres que «se aterran» porque dice la modista, al probarles un corsé, que les ha crecido el perímetro de la cintura media pulgada; maridos que se amoscan porque sus mujeres aluden con demasiada frecuencia al reciente desarrollo de sus estómagos; esposas que se arrepienten de serlo porque sus maridos tienen un diente postizo, pero que, al cabo, se consuelan sabiendo que hay esposos de sus amigas que toman rapé. Á todas estas cosas y otras infinitas no tan transcendentales, pero sí inherentes al matrimonio, se les llama miserias de la vida conyugal, y se discurre largamente sobre ellas, en palabras de doble sentido, y dando á todas las frases un aire de «¡pobres predestinados!;» se dice, bajo el rótulo de axioma, y como un aviso en bien de la paz de un matrimonio, «que se guarde mucho el marido de dormirse antes y de despertarse después que su mujer;» porque ¡figúrense ustedes lo que sucedería oyéndole ésta roncar, ó contemplándole en posición poco elegante!; se diserta con este motivo sobre las condiciones que debe reunir la cámara nupcial, y se califica de imbécil al marido que se atreve á colarse en el tocador de su esposa... Aquello, amigo mío, de punta á cabo, no es más que una pura decepción de los sentidos, y una ociosa gimnasia del raciocinio para indicar el modo de que duren algo más las ilusiones; lo propio que si se tratara de un acaudalado sensual y de una cortesana corrompida, que se ajustasen para vivir matrimonialmente una temporada.
¿Le parece á usted que es esto analizar el matrimonio? ¿Le parece á usted que éste no tiene otros fines que cumplir ni otros aspectos por los cuales deba estudiársele? ¿No es un desatino, más que desatino, sandez, excitar al lector á que crea que la esposa que se arroja de su lecho para salvar de las llamas á su hijo, sin reparar en que su marido la está viendo descalza y en camisa, es una mujer prosáica, cuyo ejemplo debe presentarse para escarmiento de los hombres de buen gusto aspirantes á casarse?
—Amigo mío, llevando las conjeturas al extremo á que usted las lleva...
—No hay tal extremo; son deducciones lógicas de los principios manoseados por Balzac. Y yo pregunto ahora: ¿qué se propone este sediciente fisiólogo? ¿Demostrarnos que la ilusión del novio desaparece en breve dentro del matrimonio? Pues para semejante vulgaridad no había para qué emborronar tantos papeles. El marido más ramplón de los míos sabe que todo lo que en la vida conyugal se refiere á los sentidos, apenas resiste la segunda prueba. ¿Quiere decirnos también que el matrimonio más enamorado al formarse, tiene que deshacerse pronto por la fuerza incontrastable de las miserias de sus propios desencantos? Pues á esto puede preguntar el mismo pobre marido á ese grande hombre: «¿Qué haces tú de los cónyuges de tus libros cuando pierden las ilusiones ó se las quitan los años con la prosa de las arrugas y del histérico? ¿Se devoran unos á otros? ¿Los recoge la caridad pública? ¿Ó hay algún infierno especial adonde van estos seres, aun en vida, á purgar el delito de haberse casado, ó la afrenta de haber envejecido? ¿Y son esos los matrimonios que han de producir hombres útiles á la patria, y mujeres que lleguen á ser madres honradas, como la mía? Pues yo, que peino canas y tengo á mi lado una esposa con arrugas, no trocara por aquellas ilusiones que duraron un día, como todo lo carnal y voluptuoso, el inefable placer que siente mi alma desde el instante en que se fundió en la de mi compañera, como la de ésta se fundió en la mía; el sublime consuelo de venir atravesando juntos el desierto de la vida, prestándole yo mis fuerzas y ella auxiliándome con las suyas; y, por último, la dicha de verme revivir en mis hijos, de verlos crecer y de dirigir sus corazones para que sus virtudes puedan llegar á ser un día corona de mis canas, y acaso, más allá, la gloria de mi nombre ó de su patria, con el cual fin les pongo, como perenne juez de sus actos, á Dios de quien proceden y á quien irán, si á su ley no faltan mientras acá abajo lidian, que á eso venimos á este campo de batalla, contra las propias pasiones y el rudo acometer de las ajenas. Así pensando y así sintiendo, ni yo veo sus arrugas, ni ella en mis canas repara; y cuanto más el cuerpo se encorva hacia la tierra que le llama, más risueño y más ufano se eleva mi espíritu hacia Dios, que es su dueño y su destino.»
Esto le diría á Balzac, dándole en ello bien resuelto su mal planteado problema, el último de los maridos que no han aprendido á serlo en los gabinetes reservados de los restaurants de París, ni en el foyer de sus teatros, ni en las aceras de sus boulevards, ni en las exposiciones de sus loretas y cocodés. ¿Se dice algo parecido á ello en los matrimonios á que aluden esos libros?
—Pero, Doctor, el que Balzac hable de lo que sucede en sus matrimonios, no quiere decir que se burle de los de usted.
—Precisamente es á propósito de eso cuando la desfachatez del grande hombre, francés y todo, raya en lo inimitable. Recuerdo que subiéndose, como de costumbre, á la trípode (y por esa modestia me gustan á mí todos los escritores de su tierra), lanza á los cuatro vientos este axioma... entre dos anchos espacios, como aconseja Beaumarchais que se haga para que un dicho huela á sentencia de sabio: «Para ser feliz en el matrimonio, se necesita que los cónyuges sean hombre de superior talento él, y tierna y sublime ella, ó los dos rematadamente bestias.»
—¡Pues cátalo ahí!
—¿Cuál?
—Un caso... dos casos.
—¿De qué?
—De matrimonios posibles.
—Cabalmente son de los pocos que tacha el sentido común.
—¡Qué demonio de Doctor éste! ¿Pues cuáles son los que el sentido común acepta?
—Todos los que excomulga Balzac en el axioma: todos los que caben entre sus dos extremos: todos aquéllos á quienes el vulgo llama, en su lenguaje expresivo y adecuado, «matrimonios como Dios manda;» es decir, las mujeres que cosen, los hombres que trabajan, las madres que viven para sus hijos, los padres que cumplen con sus deberes. Para todo esto y mucho más que es la moneda corriente en todas las familias honradas y en toda sociedad bien regida, son un estorbo serio la sublimidad del ingenio y la sensiblería pedantesca ó la falta de sentido común en los esposos... Conque ¡vaya usted admirando la competencia ó la buena fe de su grande hombre para entender en achaques matrimoniales!
Entre tanto, y prescindiendo yo de estas razones que tantas ventajas me dan en la cuestión que ventilamos, tómola en el punto en que usted me la puso hace un momento, y concedo que Balzac, al burlarse de sus matrimonios, respeta los míos. En tal caso, ¿por qué acepta usted todo lo que él dice, como razones contra todos los matrimonios?
—Porque está de acuerdo con mi manera de pensar y de sentir.
—¡Y con esa ligereza se resuelven asuntos tan graves para la vida!... Porque todavía comprendo yo que Balzac, por lucir su ingenio, se entretenga en escribir esas lindezas contra el matrimonio; pero que haya hombres que se las traguen como artículo de fe, y las acepten por regla de conducta, sacrificando á ellas hasta los impulsos de su corazón, le juro á usted que no me lo explico.
—Pues yo sí, Doctor, y muy fácilmente.
—¿Conoce usted los otros matrimonios?
—Nada más que por lo que usted me ha dicho de ellos.
—De manera, que tiene usted, de una parte, los matrimonios á la francesa, llamémoslos así, ridiculizados por algunos escritores de chispa y por la grosería de tres solterones impudentes; y de la otra, los matrimonios á la buena de Dios, que le son desconocidos; y cuando su corazón le grita que es ya llegada la hora de decidirse, renuncia usted á casarse por lo que ha leído y le han contado de los malos, sin tomarse la molestia de ver lo que hay oculto entre los buenos. Concédame usted que esto es discurrir con poca lógica, y conspirar contra sus propios intereses.
—Pero ¿de qué deduce usted que yo he sentido esos impulsos del corazón hacia el matrimonio?
—De sus tristezas pasadas y de sus soledades de hoy; de todo cuanto usted me ha referido, y de lo demás que voy traduciendo yo.
—De modo que insiste usted en prescribirme por remedio...
—Justamente: que se deje usted llevar de esos impulsos hasta donde ellos le conduzcan... Y creo que, dicho esto, basta de amonestaciones por hoy. ¿No es cierto?
—Le aseguro á usted, Doctor, que estoy oyéndole con grandísima complacencia.
—¿Por lo que le distraigo, ó por lo que le ilumino á usted?
—Por ambas cosas.
—Permítame usted que le diga que no habla mucho en pro de la segunda el laconismo de sus réplicas.
—Cortedad de alcances, Doctor.
—Ó impenitencia obcecada, señor modesto... De todas maneras, no olvide usted, para perdonarme, que cuanto le he dicho ha sido como médico en combate con su enfermedad, para lo cual me ha llamado usted á la cabecera de su cama. La misma salvedad hago para cuanto pueda decirle en adelante.
—Y á propósito, ¿qué me dispone usted?
—Ya he dispuesto lo esencial.
—Digo para el momento.
—Para el momento, es decir, para cuando pueda usted salir á la calle, y con el fin de estimular un poco esos impulsos, pensaba disponerle á usted, y le dispongo, la misma casa que abandonó por dar demasiada importancia á las cosas de la señora Braulia. No tome usted criada joven y guapa.
—Procuraré, precavido Doctor, cumplir la prescripción en todas sus partes.
—No crea usted que es la segunda menos importante que la primera, si el efecto del remedio ha de corresponder al carácter de la enfermedad.
—Conformes; pero es el caso que al pedirle á usted algo para este momento, no me acordaba del espíritu, sino del cuerpo.
—Su cuerpo de usted, que ya no tiene dolores, no necesita más que salir de este agujero cuanto antes, y tener en la convalecencia mejor compañía que la que tuvo durante la enfermedad. De lo primero cuidará usted; de lo segundo me encargo yo.
—Es usted la bondad misma, Doctor.
—Cumplo con un deber sagrado, amigo mío. Y pues nada me queda que hacer á su lado en esta primera visita, deme usted su permiso para despedirme hasta la segunda... si usted la desea.
—Pensaba rogarle á usted que no la retardara muchas horas. ¡Estoy tan solo!
—Entonces, hasta la vista.
—Hasta luego, Doctor.
Pero al decir esto Gedeón, deja leer en su cara algo como apremiante deseo.
El Doctor lo conoce, sonríe y pregunta:
—¿Qué más tiene usted que decirme?
—Si en ello no cometiera una indiscreción...
—Hable usted sin ese recelo.
—Pues, con su permiso, declaro que me deja usted muy sorprendido.
—¿De qué?
—De su modo de pensar... tan...
—Adelante.
—Tan... inverosímil en un médico.
—Es decir, que para la profesión que ejerzo, no me halla usted bastante espíritu fuerte: ó más claro, no me encuentra usted parecido á los médicos que la fama pregona en comedias y gacetillas.
—Cabales.
—Esperaba ese reparo; y para contestar á él guardo un argumento irrebatible, que no quise emplear en nuestra porfía. Sepa usted, amigo mío, que después de todo lo dicho, Balzac y yo somos, en cuanto al matrimonio, del mismo parecer.
—¡Cáspita!... Luego no me ha dicho usted lo que siente, ó se pasa usted á su bando.
—Nada de eso: se pasa él al mío.
—¡Oiga!
—Así como suena. Veinte años después de escribir el grande hombre su famosa Fisiología, decía, textualmente, al comienzo de otro libro suyo: «Quizá no ha trazado mi pluma cuadro que evidencie como éste «cuán indispensable es el matrimonio indisoluble en las sociedades europeas.»
—¡Canastos!
—Y después de lamentarse de que se rigiera el mundo civilizado por un sistema, hijo del egoísmo de los hombres, que deificaba el buen éxito y aceptaba por lícitos todos los medios conducentes á lograrle, exclamaba: «¡Quiera Dios que se acoja pronto (la sociedad) al catolicismo, para purificar las masas por medio del sentimiento religioso y de una educación muy distinta de la que hoy reciben (¡asómbrese usted!) en las universidades láicas!»
—¡Demonio!... ¿Eso dice Balzac?
—Eso mismo; y sin el recelo de que me engañe la memoria, pues conservo en ella bien grabada esta preciosa confesión.
—¡Pero eso es ultramontano puro!
—Lo que usted quiera: el caso es que al lado de su ídolo de usted, soy un niño de teta en punto á preocupaciones rancias.
—De modo que si tomamos los dichos al pie de la letra... Pero Balzac diría eso en broma, ó cuando ya chocheaba.
—Ni lo uno ni lo otro. Díjolo, muy serio, dedicando á su amigo Carlos Nodier, famoso escritor, una de sus mejores novelas, cuyo título es Un ménage de garçon. Al frente de ella puede usted verlo cuando guste; y de paso, léala usted, pues es la refutación más elocuente que existe de la Fisiología del matrimonio, y de las Pequeñas miserias de la vida conyugal; sin contar con que el autor de La Comedia humana acabó por casarse también, como el más simple mortal.
—¿Y cómo se ajustan esas medidas?
—Eso pregúnteselo usted á Balzac y á cuantos han tenido la debilidad, en alguna época de su vida, de sacrificar á la tentación de decir un chiste, el buen sentido y las eternas leyes de la moral y de la justicia.
Dicho esto, sale el Doctor de la estancia, y quédase en ella Gedeón, en la situación de ánimo que puede suponer el pío lector que ya le conoce; es decir, creyendo que no se le da una higa por todo lo que el médico le ha predicado, y al mismo tiempo deseando que le predique más.
Verdad es que el Doctor le ha parecido tan cariñoso como discreto.


XIII
OTRO CAMBIO DE POSTURA

Gedeón está ya en su propia casa.
Nada más que dos días necesitó para convalecer. ¡Tal era el afán que sentía de salir de aquel mezquino pudridero, y, por sí solo, mortal enfermedad!
Durante dos días le visitó el Doctor muchas veces, y otras tantas le embelesó con sus vehementes y sinceras condenaciones del estado celibatario.
Le embelesó digo, y no lo borro. Gedeón oía al médico echar pestes contra los egoístas y contra los célibes, y hasta aplaudía sus chistes y sus razones, como el usurero ó la adúltera, asistiendo á la representación de un drama en que se condena la usura ó el adulterio, aplauden con frenesí un período retumbante en que se pulveriza á los del oficio, y hasta lloran enternecidos con la víctima esquilmada, ó con el marido ultrajado.
—Eso no va conmigo,—dicen, á lo sumo, mientras se limpian las lágrimas, si por casualidad ellos son cetrino el uno y rubia la otra, y los de telón adentro morena la pecadora y bermejo el de la usura; ó, cuando más:
—Razón tiene ese poeta; pero mientras no acabe de redondear este negocillo que traigo entre manos; ínterin Adolfo no me dé un motivo serio para ello, yo no puedo abandonar mi honrado tráfico, yo no debo pensar en volver á la senda de mis deberes conyugales.
El corazón humano es así algunas veces.
Gedeón oía á su consejero, y acaso decía para sus adentros:
—¡Qué razón tienes!—Y sólo contestaba, cuando contestación se le pedía:
—Ya es tarde, Doctor.
Y si por este flaco se le atacaba, deslizábase de la cuestión con un «allá veremos,» frío y desanimado, como el invierno de los pobres. Y es que Gedeón era presa de sus vicios y resabios; y sus resabios y sus vicios contaban con el auxilio de aquel corpazo, fuerte todavía y regalón, para defenderse contra los asaltos del alma desesperada.
No fué necesario, ciertamente, que el Doctor insistiera en la necesidad que tenía el convaleciente de volver á su hogar abandonado, porque jamás se le dió consejo que mejor se acomodase al rumbo de sus pensamientos.
En cuanto le pone en práctica, parece niño con zapatos nuevos. Todo lo mira, todo lo soba y con todo se sonríe.
—Yo puedo salir de este gabinete—dice para sí,—y pasearme en esta sala... y sentarme en este sillón... y, si me acomoda, tirar este otro á la calle... y poner los candelabros donde está el reló, y el reló donde está la escupidera... y abrir esta alcoba... y tumbarme en esta cama... y correr por este pasadizo... y entrar en el comedor... y ver qué se guisa en la cocina... y pedir lo que me acomode... y comer á la hora que me plazca... y beber agua, cuando lo pida; y, si oigo ruido, mandar que cese, y despedir á quien me desobedezca... Porque todo esto es mío, y yo soy aquí el amo y hago lo que se me antoja. ¿Hay algún fondista inhumano, ó alguna pupilera casquilucia que lo niegue?
Y según lo va pensando, va haciendo todo cuanto de ello es factible sin que pueda tomársele por loco.
Á la memoria se le vienen casos y cosas ocurridos bajo aquellas mismas paredes, que no son el más elocuente testimonio de la absoluta soberanía de que se ufana; pero ¿qué valen esos casos ni esas cosas, puestos enfrente de las angustias que él ha pasado viviendo fuera de allí?
Después de las soledades y las tristezas en que se ha visto, parécele cuanto le rodea un paraíso; y cada mueble y cada objeto de los suyos, tiene una fisonomía y un lenguaje; y con la una le sonríen y con el otro le saludan cada vez que pasa por delante de ellos.
En éstas y otras puerilidades entretenido, deja correr muchos días, encomendando el avío de su ajuar y de su mesa á servidores temporeros, mientras provee el importante cargo definitivo en persona de su gusto. Y lo logra al cabo.
Como precaución muy cuerda contra rencillas y desavenencias mujeriles, ha resuelto acumular todas las atribuciones de su servidumbre en una sola persona. Que ésta, si las necesita, busque las demás á su antojo, ó que se arregle sin ayuda de nadie, si así lo prefiere. El sólo aspira á vivir en paz en su casa.
La mujer que escoge para tan delicado cargo, entre las varias que le pretenden, es, á primera vista, el tipo de lo insignificante. Tiene regular estatura, color regular, regulares carnes, regular fisonomía, regular edad; y viste, habla y se presenta, regularmente. Para que todo sea regular en ella, se llama Regla, sin más aditamentos ni afinaduras en su nombre.
No se agita, ni se desazona, ni hace ruido, ni se mancha; y, sin embargo, todo lo gobierna pronto y bien.
Aquella casa es el oro por lo limpia, y un reló por lo arreglada.
Gedeón no sabe todavía quién le prepara sus comidas, tan sazonadas como servidas á punto, ni piensa preguntarlo. Lo importante para él es que nada le falta ni nada le molesta, porque Regla tiene la gracia, entre otras, de saber ser atenta, y aun afectuosa, sin pecar de impertinente.
Una noche observa Gedeón que andan ratones por su gabinete; y almorzando, al otro día, se lo dice á Regla. Aquella misma tarde le proporciona ésta un perro ratonero, feo como casi todos los de su oficio, corto de patas, tan grande la cabeza como todo el cuerpo, y para cubrirle de cabo á rabo y con muchas sobras, una melena de color de esparto sucio.
—¡Qué horrible animal!—exclama Gedeón al verle.
Y, en son de escarnio, le pone Adonis por nombre. Pues vean ustedes lo que son debilidades humanas: á los pocos días de esta exclamación, tiene Adonis, para su descanso, un colchoncito muy mullido en el mismo gabinete de su amo, y éste se pasa las horas muertas atusándole las greñas y hasta matándole las pulgas; no almuerza ni come sin tener á su lado el ratonero, ni de casa sale ni á ella vuelve sin hacerle una caricia.
—¡Que pueda un hombre de mis años y de mi temple hallar un verdadero placer en manosear una bestia semejante y de tan bajo oficio, no lo creyera jamás á no palparlo!—piensa Gedeón algunas veces; y suele concluir diciendo en voz alta algo por el estilo:
—¡Chucho... hermosura de la casa! Esta mañana no fuiste á darme los buenos días á mi cama. Si vuelve á sucederte, te quedas sin postre al mediodía. ¿Lo entiendes? ¡Cuidado con que me seas ingrato! ¡Mira que la ingratitud es un vicio muy feo en todo perro que se estime en algo!
Á lo cual contesta Adonis atusándose los bigotes con la lengua, piafando sobre las rodillas de su amo, y enviándole dos centellas de sus ojuelos por debajo de los mechones de sus greñas.
Volviendo á Regla, digo que hasta su condición de viuda es una garantía de arraigo en casa de Gedeón. Por lo común, en la esfera social de esta sirvienta no se reincide en el pecado de casarse.
Y cuidado que Regla, de quien dije que, á primera vista, es una mujer insignificante, después de bien mirada y observada, todavía es muy digna de aspirar á los requiebros de un buen mozo.
Según Gedeón va notando de día en día, tiene hermosos ojos, dientes blanquísimos y menudos, manos rollizas, cuello redondo, y pelo tan negro como fino y abundante, á juzgar por lo que asoma por debajo de una graciosa toquilla con que cubre la mitad de su cabeza.
—¡Lástima—piensa Gedeón fijándose en ello,—que tan hermosa cabellera esté siempre tapada!
Y como si Regla le adivinara los pensamientos, al otro día se presenta á servir la mesa sin toquilla en el pelo, y éste graciosamente peinado.
Entonces observa Gedeón que han ganado mucho los demás atractivos visibles de Regla, y que el conjunto de su cabeza es en alto grado interesante.
—¡Lástima de anguarina—dice para sí,—que le envuelve el torso! Esa cabeza merece mejor pedestal.
Y hete aquí que, por otra casualidad bien rara, al día siguiente aparece la cabeza de Regla sobre un tronco vigorosamente delineado por valientes curvas, adornado con un leve y jacarandoso pañuelo de espumilla gris, prendido apenas sobre el robusto seno, y dejando ver hasta los arranques de un cuello blanco y mórbido.
Gedeón tiene la boca abierta para decir á su sirvienta «muchas gracias,» ni más ni menos que si él hubiera manifestado algún deseo y ella se lo hubiera cumplido; pero como una amarga experiencia le ha enseñado los peligros á que arrastran esas demasías del temperamento, suspira y calla, en la muy firme creencia de que Regla es mujer de bizarra arquitectura, y condoliéndose de que otra coincidencia como las que le han dado á conocer lo que ya conoce, no pueda demostrarle que no se equivoca en sus presunciones sobre lo que le es desconocido.
No es de omitir la noticia de que Gedeón sale muy poco de casa desde que la habita nuevamente, y que, so pretexto de que son suyos y pueden necesitar reparaciones, visita á menudo los demás pisos, y habla con sus inquilinos, y ya los conoce á todos, desde el portal á las buhardillas. Jamás hizo otro tanto.
Si son la causa primordial de éste y otros fenómenos los dictámenes psicológicos del doctor, ó lo es el bienestar relativo que disfruta en su casa, yo no lo sé; pero es indudable que en el carácter de nuestro personaje se ha operado una reacción (así se dice ahora) saludable y benéfica. No parece sino que ha puesto su planta en la senda por la cual se llega, andando mucho y con prudencia, á la prometida tierra donde se llenan los vacíos del corazón, como el que sigue notando él en el suyo.
Alguien creyera que lleno le tiene ya, ó que le va llenando poco á poco, al ver cómo se le pasan hasta días enteros sin salir á la calle, y noches que comparte entre conversar con Adonis, hojear á Balzac, no sé con qué objeto, y revolver los cachivaches de su gabinete. Pero ¡ay! creer tanto como esto, sería tomar el efecto por la causa, las hojas por el rábano.
¡No se curan tan fácilmente dolencias tan arraigadas y añejas como las de Gedeón!
Ya nos ha dicho una vez que no puede descansar teniendo pulgas en la cama; y yo le aseguro al lector que todavía no ha logrado sacudírselas; que aún le quedan algunas que, cuando le muerden, le levantan en vilo; y que á ellas alude al decir para sus adentros, precisamente cuando más risueño se le muestra el hogar:
—Estoy establecido casi á mi gusto, y me hallo en camino de llenar este vacío sempiterno... Yo podía ser ahora punto menos que feliz. Y ¿por qué no lo soy?... Por este condenado temperamento que ha de ser mi perdición. ¡No me saca de una, sin que me deje metido en otra hasta el cogote!... ¡Por vida de las fragilidades humanas!...
Por lo que se ve, Gedeón no ha conseguido con su última mudanza más que volcar la tortilla de sus contrariedades.
Antes buscaba en la calle el alivio de sus males domésticos.
Ahora se agazapa en su gabinete, para que no le cojan las pesadumbres que le acechan desde la calle.


XIV
LAS PULGAS DE GEDEÓN

Por ella adelante camina una noche, con la cabeza caída sobre el pecho y las manos metidas en los bolsillos, como quien anda de mala gana, ó teme llegar demasiado pronto. Dobla una esquina, y otra más adelante, y penetra en una callejuela, y sale por ésta á un callejón, y tuerce á la derecha, y anda cincuenta pasos, y vuelve hacia la izquierda, y desemboca en un crucero de calles medio á obscuras, y entra, por fin, en el portal de una casa de angosta fachada, aunque limpia; sube dos tramos de la escalera; abre la puerta del primer piso con un llavín que saca de su bolsillo; atraviesa después un corredor, escasamente alumbrado por un reverbero de aceite, y se detiene en una salita, no muy adornada, pero sí muy pulcra. Y esto se ve, porque, á la vez que él por la puerta del pasadizo, entra por la del gabinete en la sala otra persona con una luz en la mano.
—¡Hola!—dice Gedeón por todo saludo, dejándose caer en una butaca.
—Buenas noches,—contesta la persona de la luz, poniéndola sobre un velador y sentándose en la butaca de enfrente, separada de la de Gedeón por toda la longitud de un sofá...
¿Se sorprenderá el lector si le digo, así, de pronto, que esta persona que sale del gabinete con la luz en la mano, es Solita?
Pues Solita es, aunque, en verdad, no lo parece; y no por lo que ha ascendido en categoría, á juzgar por el corte presuntuoso de su vestido, sino porque ya no tiene aquella redondez de formas, aquel provocativo contoneo y aquella viveza de fisonomía con que la conocimos. Ahora está ojerosa, descarnada, pálida y como decaída de ánimo.
Minutos pasan sin que se cruce una palabra entre ella y Gedeón; minutos que éste invierte en carraspear, en poner una pierna sobre la otra y viceversa, en ver cómo se eleva el humo de su cigarro, por lo cual tiene el cogote apoyado en el respaldo de la butaca y la vista enfilada al techo; y, por último, en silbar el himno de Riego.
Solita, entre tanto, parece la imagen de la melancolía, con los brazos cruzados sobre la cintura y mirándose las puntas de los pies, que maquinalmente llevan el compás de la sonata de Gedeón.
—Conque... ¿qué me cuentas?—pregunta éste cuando ya no tiene colilla que apurar y ha repetido setenta veces el aire patriotero.
—Que hace seis días hoy que no he tenido el gusto de verte.
—¿Seis, dices?... Acaso tengas razón; pero los condenados negocios...
—Te vas cargando mucho de ellos.
—Como siempre.
—No por cierto. Al principio te permitían venir á verme todos los días; después, cuatro ó cinco cada semana; más tarde, dos, y, por último, de seis en seis; por lo que yo presumo que, andando un poco el tiempo, cobraré tus visitas por mensualidades, como pago la renta de la casa.
—¿También zumbona, Solita?
—¡Ojalá pudiera serlo!
—Pues cualquiera lo diría.
—No quien, como tú, debe saber lo que padezco.
—¿Ya empezamos?
—Al contrario: por mi desgracia, va ya muy larga la historia.
—¿La historia de qué?
—De mis pesadumbres.
—¡De tus pesadumbres!... ¿De qué demonios te quejas? ¿Qué te falta?
—¡Qué me falta!... Tienes razón: no me falta nada. Yo era una pobre sirvienta, hija de un miserable remendón... hoy vivo en una casa bonita; tengo criada á quien mandar, vestidos regulares que ponerme... todo lo tengo, menos libertad y la estimación de las personas honradas.
—También me has cantado esa letanía más de cien veces.
—Señal de que no te corriges.
—Yo no tengo de qué corregirme, Solita. Te hice una proposición y la aceptaste. En buena justicia, no puedes reclamarme nada.
—Es verdad: nada me debes... ni siquiera compasión.
Aquí, como presumirá el lector, hay unos cuantos sollozos de Solita, y otros tantos bufidos y revolcones de Gedeón en la butaca.
—Cuando presté oídos en mal hora á tus palabras—continúa Solita limpiándose los ojos,—no podía yo esperar que llegara un día en que tu abandono me hiciera arrepentirme de aquella debilidad.
—(Melodrama puro.) Adelante.
—Me propusiste que me estableciera en este barrio apartado, donde no se me conocería; y que, para mayor disimulo, admitiera algunos trabajos de costura.
—Proposición muy cuerda, Solita.
—Por tal la tuve yo, y por eso la acepté; pero yo no podía contar con que el disfraz no me bastaría, ni con que la farsa no había de tener fin.
—Y, á propósito de farsas: supongo que tu augusto padre seguirá creyendo que estás en Puerto Rico, sirviendo á unos señores á quienes conociste en la posada aquélla, y recibiendo tus socorros por el mismo conducto.
—Nada se ha descubierto en ese punto todavía; pero en el otro, Gedeón, ¡si vieras qué caras me ponen estos vecinos cuando los hallo en la escalera! ¡Si vieras qué vestidos me cortan! ¡Si vieras cómo anda en sus bocas mi honra... y la tuya!
—¡La mía!
—¿Piensas que no te han visto entrar y salir?
—Pero como no me conocen...
—¿Y eso te tranquiliza?
—De todas maneras, este inconveniente tiene facilísimo remedio.
—¿Cuál es?
—Mudarte de casa y de barrio.
—¡Conque ese remedio es el único que se te ocurre para salvar nuestra situación!
—La tuya, Solita, que la mía sin cuidado me tiene.
—¡Sin cuidado!... ¡Egoísta!
—¿Volvemos á las lagrimitas!
—¿Y qué quieres que suceda al oirte esas palabras de hielo?
—¿Por qué me pones tú en semejantes apreturas?
—¡Y qué he de hacer, si ya no puedo más!... Porque tú no sabes, Gedeón, qué tristes y qué largas se me hacen las horas en este barrio, donde no conozco á nadie y del que no salgo nunca, para que no me conozcan á mí fuera de él.
—(¡Pobrecilla!) Ya me hago cargo de todo, Solita; pero las cosas han de ir por sus pasos contados.
—¡Si te parece que yo las llevo de prisa!... ¡Si te parece que esto es vivir! Tú andas por el mundo, y te diviertes ¡sabe Dios cómo! y gozas y olvidas; pero yo, que sólo con tu presencia podría olvidarme de esta cruz que arrastro, y aun arrastrarla con gusto, ¿qué he de hacer si hasta de tu presencia me privas ya?
—Te he dicho que los negocios...
—¡Los negocios!... ¿Crees que no leo yo en tu cara, Gedeón? ¿piensas que no sé dar á tus palabras el sentido que merecen?
—¿Y qué te dicen, vamos á ver, mi semblante y mis palabras?
—Que si alguna vez me quisiste... ó me deseaste, lo que mejor te parezca, hoy acaso soy para tí... una carga pesada.
—¡Solita!
—¿Crees que me equivoco?
—¿No he de creerlo?
—Pues dame pruebas de ello.
—Ya te las estoy dando.
—Alejándote cada vez más.
—¿No me tienes ahora á tu lado?
—Después de seis días de ausencia.
—Mira, Solita, no se acredita mucho el bien querer con los mimos y los arrumacos del primer día: esos son el huracán que pasa en breves horas; lo otro es el... el... vamos, el... ambiente que dura, y se respira y conforta.
—¿Y cuál es lo otro?
—Lo otro es... esto que yo hago: venir á verte de vez en cuando, interesarme por tí... y créelo, Solita, muchas cosas más que yo haría si me dejaras en paz y en gracia de Dios, libre de refunfuños y sermones; si tuvieras fe en mí; si jamás te acordaras de preguntarme dónde he estado, de dónde vengo y adónde vamos; porque soy de un temperamento tan especial, que los mejores propósitos se me evaporan si me preguntan por ellos antes de realizarlos; y en fin, Solita, porque mucha de la estimación en que tenemos á una persona, consiste en el buen concepto que ella forma de nosotros.
—No se pueden formar buenos conceptos sobre malas obras.
—Lo cual es decir que yo no las hago buenas.
—Ya me has oído.
—También tú á mí lo que acabo de decirte; pero, según las trazas, como quien oye llover.
—Palabras, Gedeón.
—Pues mira, Solita, por tí lo deploro.
—Sobre que el mismo pago me has de dar, ¿por qué no he de decirte lo que siento?
—¿De modo que me engañaras si mejor pago te diera?
—Evitarte un disgusto nunca sería engañarte.
—Noto, Solita, que te vas elevando hasta en estilo.
—¡Ay, Gedeón... los desengaños son grandes maestros!
—Lo dicho; y te declaro que, si bien te tuve siempre por discreta, jamás soñé que tan pronto pudieras hacerte culta.
—Pues hasta eso te debo á tí... ¡Mira si te voy debiendo!
—Pues á ser zumbona no te he enseñado yo.
—¿Tampoco á ser desgraciada?
—¡Solita!... Con doscientos mil de á caballo, ¿quieres decirme de una vez, y claro, qué es lo que deseas, qué es lo que pretendes?
—Que pongas fin, y pronto, á esta situación en que me consumo.
—Pero ¿cómo he de ponerle?
—¿Cómo?... Haciendo que yo pueda salir de este presidio; pero con la cara descubierta, como la llevan las mujeres honradas... al lado de su marido.
—¡Solita!
—¡Gedeón!
—¡Esas tenemos!
—Pues ¿qué pensabas, desalmado?
—¡Canastos!... Conque... Pues hombre, ¡me gusta la salida!... ¡Y yo que venía esta noche más tierno que unas mantequillas!
—¡Bien se te conoce!
—¡Tales caricias me haces tú!
—¿Dónde están mis agravios?
—¡Pues digo!...
—¿Lo son, acaso, el quejarme de tus desvíos y pedirte la reparación del daño que me has hecho?... ¿Te parece poco la hija del remendón para señora de un hombre como tú?... Entonces, ¿por qué la encontraste buena para manceba?
—Lo que á mí me parece, Solita, es que esas distinciones no cuadran aquí enteramente.
—Pero cuadran mucho, y has de oirme; que por altos que vayan tus humos, valía tanto la honra de la hija del zapatero, como la tuya, cuando se la robaste con engaños.
—Yo nunca te prometí...
—¡Ni siquiera tienes la delicadeza de disimular un poco!
—En eso, casi tienes razón.
—Y tú, en cambio, no la tienes en nada... ¡porque eres un egoísta sin entrañas!
—¡Zambomba! digo yo; y que te aguante la madre que ha de volver á parirte.
Imagínese aquí el pío lector un hombre que se cala el sombrero hasta las narices y sale echando centellas de la sala á la calle; y una mujer que, anegada en llanto, se desploma sobre una cama, y tendrá una idea completa del final del diálogo referido.
Pero no acaba aquí el lance, ni debe acabar; porque es muy lógico que Gedeón, después de considerar lo que hay de chusco en que la hija de un remendón miserable y borracho se crea con títulos bastantes para reclamar la mitad del lecho de un hombre á quien asusta el matrimonio, aun contraído con todas las ventajas imaginables, y lo que hay de prosáico y digno de las burlas de un fisiólogo como el de marras, en la escena en que acaba él de figurar con el papel de galán, y aun después de ocurrírsele tomar por motivo aquellas indignidades para cortar por lo sano y sacudirse de una vez las pulgas que le incomodan mucho tiempo há, considere asimismo que, en parte, no le falta razón á Solita para quejarse del destierro en que vive y él la ha puesto; lógico es también que, andando, andando, la compadezca; lógico, por ende, que disculpe sus declamaciones y sus quejas; y siendo lógico todo esto, y cierto que en la refriega fué Solita quien más tuvo que decir, y no menos evidente que Gedeón conserva siempre cierta inclinación á Solita, por más que le duela verse cogido por ella por tan arriba, lógico y natural es que Gedeón retroceda desde medio camino para hacer las paces con Solita, dándole las debidas satisfacciones.
Con lo cual consigue Gedeón dos cosas: que Solita, por buscada, gane, por esta vez, no poco ascendiente sobre él; y que él, al advertirlo, hechas ya las paces, salga de casa de Solita arrepentido y melancólico... es decir, rascándose las pulgas y sin fuerzas para sacudírselas.


XV
EL DIABLO, EL FUEGO Y LA ESTOPA

Ponga el lector entre este cuadro y el que antecede todo el tiempo que más le plazca, que por mucho que sea, holgado le viene el sitio; y llénele de tristezas, cansancios, desalientos y fastidios para Gedeón, agobiado ya por el peso de Solita, huyendo de su presencia como el diablo de la cruz, y sin hallar dentro de su casa ocupación que le distraiga, ni fuera de ella espectáculo que le seduzca.
Cuando un hombre cualquiera pierde una afición racional, adquiere otra que le entretiene lo mismo, eligiendo, conforme á su gusto, en el inmenso campo de las cosas lícitas y honradas; pero cuando un egoísta solitario se harta de lo único que apetece, es hombre perdido; es la bestia que se tumba á dirigir lo devorado, ó que brama á la puerta del establo ajeno porque en él olfatea lo que no hay en el suyo. Fuera de aquello, nada desea ni le distrae... Y tenga el lector muy en cuenta esta condición esencial de carácter, para lo que queda dicho y lo que falta decir de nuestro personaje.
Para los hombres como Gedeón, el arte no tiene bellezas, ni la naturaleza aromas, luz, ecos, armonías ni colores; la misma impresión les causa el nubarrón que obscurece el horizonte, que los arreboles de una aurora; lo mismo hiere sus oídos la inspirada melodía, que el chirrido de las carretas; la propia aversión tienen á la prosa de Cervantes, que á las coplas de Calainos. Pasear en el campo no es para ellos recrear la vista y el olfato, ni sumir el alma en plácidas contemplaciones: es simplemente estirar las piernas, bracear á su antojo, eructar recio, aflojar la corbata, remangar la pernera y soltar la liga para cazar la pulga debajo de la media... porque estos hombres gastan medias altas todavía.
Por eso no hay términos hábiles de levantar un espíritu semejante, esclavo de un corpanchón atiborrado del único manjar que le sustenta, hasta que la hartura pase y el apetito vuelva.
En un estado idéntico de espíritu y de cuerpo retorna Gedeón á su casa, cabizbajo y perezoso, á las altas horas de una noche.
Á sus pesadumbres de carácter, hay que añadir que le duele bastante el destacamento de la rodilla; que al peinarse en la barbería, donde también le afeitaron, le ha hecho notar el peluquero que se le va corriendo la calva hasta la frente; que las canas le invaden el poco pelo que le queda, como el pan de cuco las heredades; y, por último (esto no se lo dijo el peluquero), que se le menean, desde por la mañana, tres dientes incisivos, de los seis que le quedan en la boca, aunque negros y desconcertados.
Que toda esta carga le pese y le preocupe, se concibe sin dificultad.
Lo que no se concibe fácilmente es por qué Gedeón, en el momento de pisar los umbrales de su puerta, se pone á meditar sobre las fragilidades humanas, sobre lo pequeñas que suelen ser las causas que producen los más descomunales efectos, y sobre lo fatal de la disposición en que vienen preparadas las cosas cuando el demonio está resuelto á meter la pata entre ellas.
Tan absorto está en estas meditaciones, que al llegar á su gabinete ni siquiera se fija en que Regla, después de colocar una luz sobre la mesa, le pregunta qué se le ofrece y le da las buenas noches de despedida.
Y como no tiene sueño, quiere dedicar una hora, antes de acostarse, á despachar algunos asuntos económicos que tiene desarreglados. Así se distraerá un poco.
Al dar por terminada su tarea, oye á su lado quejidos lastimeros. Vuélvese, y ve á Adonis que se revuelca en su colchón, y tan pronto se pone panza arriba como cabeza abajo. Es indudable que el pobre animal siente dolores agudos: Gedeón tira del cordón de la campanilla, casi con tanta fuerza como en la fonda de triste recuerdo; pero, más afortunado el perro que él, al segundo campanillazo tiene el socorro á la puerta.
Regla aparece en ella, aunque sin dejarse ver por entero.
—Perdone el señor—dice recatándose mucho;—creyéndole acostado, me acosté yo también y me dormí.
—¿Qué he de perdonar?—responde Gedeón mientras fija su mirada devoradora en lo que se ve de su criada.
—Que no haya acudido á la primera llamada que oí entre sueños... y que me presente así... Porque como el señor no acostumbra á llamar á estas horas, he creído que estuviera malo... De modo que, si no hay urgencia, iré á vestirme...
—¡De ninguna manera!—exclama Gedeón, condolido sin duda de la situación angustiosa del perro, pero sin apartar su vista de la criada.—Llamaba porque Adonis está muy malo... Vea usted...
Entonces avanza Regla un paso, haciendo heróicos esfuerzos para cubrir el busto rollizo con un menguado chal tirado sobre los hombros.
Toma la luz que Gedeón pone en su mano, y los dos se acercan al rincón en que se halla Adonis dando volteretas y exhalando gritos lastimeros.
—Es un cólico—dice Regla.—¡Pobrecito!
Y extiende el brazo libre y desnudo hacia la bestia. Pero la casualidad, la taimada casualidad que ha infundido el mismo pensamiento en Gedeón, guía la mano de éste con igual rumbo; y como el camino es estrecho, la mano choca con el brazo, y el brazo, temeroso ó deferente, por ser de quien es, se repliega y retrocede; en virtud del cual movimiento, el mezquino chal de la azorada Regla se desliza por los hombros abajo.
—¡Lo mismo que yo me había figurado!—exclama entonces Gedeón, con el entusiasmo de un doctor que ve cumplidos sus pronósticos, aludiendo seguramente á la enfermedad del perro, mientras la criada, lanzando un ¡ay! entre risueña y ruborosa, quédase en la actitud de la bíblica Susana al verse sorprendida en el baño por los viejos.
—¡Alumbre usted más!—dícela anheloso Gedeón, quizás creyendo que no ve bastante todavía.
Pero, como si en concepto de Regla se viera hasta demasiado, sopla en la bujía y deja el cuarto á obscuras para desesperación de Adonis, cuyos lamentos crecen desde aquel instante, y son los únicos ruidos que turban el silencio de la casa,
mientras el mundo sin cesar navega por el piélago inmenso del vacío,
como dijo el poeta y han repetido otros mil que quieren serlo, y repito yo ahora, sin saber por qué ni para qué.


XVI
UN INTRUSO

Al siguiente, ó pocos días después, Regla le dice á Gedeón, mientras le sirve el almuerzo:
—Yo quisiera pedirle á usted un favor... digo, si no molesto.
—¡Ya empezamos!—piensa Gedeón; y en voz alta añade:—¿Nada más que uno?
—Por ahora...
—Y ¿de qué se trata?
—Ya sabe usted que yo soy viuda hace siete años.
—Así me lo ha dicho usted.
—Porque es la verdad. Y es el caso que mi difunto me dejó un hijo.
—¿De él solo?
—De los dos, señor.
—Bien, ¿y qué?
—Que cuando la necesidad me obligó á ponerme á servir, tuve que dejar ese niño en casa de unos parientes, que por un tanto me le cuidan.
—Nada más natural.
—Pero, á decir verdad, no me gusta la educación que están dándole; y con ése cuidado, no vivo tranquila.
—Se comprende.
—Y me he dicho á mis solas muy á menudo: «si yo pudiera tener á mi lado á ese inocente, ¡con qué facilidad le educaría como es debido, y con cuánto más gusto cumpliría yo todas mis obligaciones!» Porque, créalo usted, señor, si á esa edad dan en torcerse las criaturas, luégo que crecen ya no las endereza una estaca.
—También es cierto.
—¡Hay tantos ejemplos de ello!
—No dejan de abundar, según dicen.
—Muchísimo, créalo usted. Decía mi madre, que en paz descanse, que todos los hombres malos han sido niños mal educados.
—Tampoco lo niego, Regla.
—Pues eso es lo que no quisiera yo que se dijera mañana de mi hijo, por culpa de su madre.
—Muy bien pensado; pero ¿qué tengo yo que ver en todo eso?
—Bastante, señor.
—Pues usted dirá...
—Digo, con su venia, y si en ello no ofendo, que si usted, que es tan bueno y tan generoso...
—Muchas gracias.
—Me permitiera traerle á mi lado...
—¿Á quién?
—Al hijo.
—¿Sabe usted que por verme libre de ellos no me he casado yo?
—Eso no quita; porque yo me comprometo á que el mío no le moleste á usted... ni le vea siquiera.
—¿Qué edad tiene?
—Cumplirá siete años por San Juan.
—¿Es guapo?
—Ya sabe usted que á ninguna madre le parecen feos sus hijos. Por lo demás, es el vivo retrato de su padre.
—No tuve el gusto de conocerte.
—Un real mozo, sin agravio de lo presente.
—Muchas gracias. ¿Es limpio?
—Como los mismos oros de la Arabia.
—¿Tiene mal genio?
—Un borregote á la buena de Dios. Basta mirarle para que se le ponga la cara como un tomate.
—En fin... que venga.
—Tantísimas gracias, señor... aunque no esperaba yo menos de su buen corazón.
—Ni de mis fragilidades,—concluye Gedeón para sus adentros.
Pocas horas después viene el niño al lado de su madre, y ésta se le presenta á su amo inmediatamente, acaso porque en ello cree cumplir un deber de respeto y cortesía; acaso porque intenta que los ojos de aquél le acrediten los elogios que ella le hizo de su hijo: intento, si tal la mueve, mal ideado; pues el niño, con perdón de su madre, es feo subido, zaino, y tiene mocos, ó huellas, debajo de la nariz, de tenerlos colgando muy á menudo.
—¿Cómo te llamas, hombre?—le pregunta Gedeón.
—Respóndele, hijo,—le dice su madre al ver cómo el rapaz, medio oculto entre sus faldas, se chupa un dedo, baja la cabeza y se balancea sobre un pie. Al cabo de un rato se oye como un gruñido intraducibie.
—¿Cómo has dicho?—pregunta Gedeón.
—Mmmeeeeto,—gruñe otra vez el chico.
—Dice que Merto—añade su madre.—Le llamamos así, porque su nombre es Mamerto.
—¿Cuántos años tienes?—vuelve á preguntarle Gedeón.
El chico sigue balanceándose, sin dejar de chuparse el dedo, y no contesta.
—Que cuántos años tienes... ¿No oyes lo que te pregunta este señor?... Pero saca esos dedos de la boca, inocente, y ponte derecho... ¡Así!
Y Merto, puesto como su madre desea, ó mejor dicho, como su madre le pone, al quedarse mirando á Gedeón, que también le mira á él, frunce la jeta y échase á llorar.
Adonis (y aprovecho la ocasión para decir al lector que la alimaña ratonera no murió aquella noche, sin duda porque también hay una providencia que vela por los perros, cuyas desdichas no hallan compasión en el egoísmo de los hombres); Adonis, repito, que roncaba en un colchón tranquila y descuidadamente, al oir los berridos de Merto despiértase despavorido y lánzase sobre el intruso, como pudiera hacerlo sobre un rival que le disputara los mimos de cierta perra carlina de la calle.
Envuélvese el acometido en la saya de su madre, sobrecogido de espanto; crecen sus gritos y lamentos, y ni unos ni otros cesan hasta que, á instancias de Gedeón, sale Merto del gabinete y se vuelve Adonis á su lecho murmurando no sé qué perrerías y enseñando los afilados dientes.


XVII
LOS SOBRINOS DEL DEMONIO

Poco á poco va perdiendo el hijo de Regla el miedo y el encogimiento que la casa y su amo le infundieron al entrar en ella.
Regla cuida de que Merto abra la puerta siempre que Gedeón sale ó entra, y también le permite que haga algunas excursiones por salas y pasadizos. Así familiariza á su hijo con la cara de su amo, y á éste con la catadura del rapaz.
Después, ya llega Merto alguna vez hasta el gabinete para recoger botas que hay que limpiar, ó poner al alcance de Gedeón las que ya están limpias.
Cuando esto sucede, Gedeón cuida de que Adonis no se mueva ni Merto le provoque aunque no alcanza á impedir que el uno gruña y el otro, á la disimulada, le haga una mueca.
Más adelante, el chico se atreve á sonreírse siempre que se encara con el amo de su madre, y entonces es de rigor que éste le dé un coquetazo, ó le tire de las orejas, en son de caricia, con lo cual Merto adquiere otras tantas alas con que aprender á volar á su gusto en aquel espacio.
Días y meses andando, si mientras Gedeón está comiendo pasa el chico cerca de la mesa, le llama; y por el gusto de ver qué cara pone cuando la muerde, le da una aceituna; y por el placer de contemplar cómo se relame saboreándole, le regala un dulce.
De este modo el carácter de Merto se va desenvolviendo por completo; y como ya nunca se halla bajo la impresión del miedo ni del sobresalto, llega á haber en su fisonomía esa expresión de sinceridad atractiva, tan propia de los niños, por feos que sean, como á Merto le sucede. Además es algo bizco, torpe de lengua, y, en cuanto se enfada un poco, echa cada terno que saca lumbres.
Todas estas cualidades hacen suma gracia á Gedeón, que no oculta el placer que tiene en que muy á menudo, y cuando ya está él aburrido de atusar las greñas al ratonero, entre el chico en el gabinete mandándole que le enseñe los santos, ó la máquina del reló.
—Pues límpiate los mocos—le dice Gedeón.
—Puez amalda tú el peldo,—le contesta Merto.
Porque Merto y Adonis, para entonces, ya no se pueden ver.
Empezando por darle algunas golosinas de la mesa, acaba por sentarle á ella casi todos los días, mientras á Adonis, acurrucado en el suelo entre los dos, se le indigestan los mendrugos que le regala su amo, considerando la altura á que ha elevado su privanza aquel intruso. Algunas veces tiene Gedeón el capricho de tirar á Merto, que ocupa el extremo opuesto de la mesa, una rosquilla; y entonces Adonis, creyendo que es para él, ó fingiendo que lo cree, da un salto increíble; y después de atrapar en el aire la rosquilla, cae sobre la mesa, metiendo las patas en una dulcera, cuando no el rabo y algo más en el plato del intruso, ó en el de su amo. En estos casos, no siempre que Merto quiere castigar el atrevimiento de Adonis tirándole con un panecillo ó con el tenedor, lo consigue sin que Gedeón reciba el proyectil de rebote en el estómago, ó en las narices; lances que (¡vean ustedes lo que son algunos ogros!) hacen desternillarse de risa al solterón.
Es lo más curioso que éste cree todavía que Merto es un chiquillo antipático é insoportable, por feo, por díscolo y por mal educado; y no bien oye un porrazo hacia la cocina, ya sale despavorido á preguntar quién se cayó, recordando casualmente, en aquel instante, que el hijo de su criada es travieso y aficionado á encaramarse en sillas y vasares.
Un día toma Merto una indigestión de bizcochos y agua de limón, y se pone á morir; y casualmente en ese día no tiene Gedeón ganas de salir de casa; y por no aburrirse en ella, entra doscientas veces en el cuarto del enfermo; y porque no diga su madre que se le ha desatendido la asistencia, obliga al médico á hacer diez visitas más de las precisas; y ¡cosa más rara aún! en el momento en que el chico sale del peligro, se encuentra él más animado y hasta con ganas de salir á la calle; y ¡coincidencia todavía más extraña! hasta se le ocurre, al pararse, por casualidad, delante de una tienda de juguetes, comprar para el convaleciente un tren de artillería, por lo mismo que nunca le ha regalado cosa que valga media peseta.
Otra vez rompe Merto una chuchería de las varias que tiene Gedeón sobre la mesa; y al volver éste de la calle y coger al rapaz con el delito entre las manos, reniega de él y hasta de la hora en que le permitió entrar en su casa. Óyelo su madre, y parte furiosa á castigar á su hijo. Mas apenas le ha sacudido el primer soplamocos, ya está Gedeón amparando al delincuente.
—¿Á qué vienen esas violencias?—dice con mal gesto á Regla, mientras coloca á Merto detrás de él.
—Á enseñarle lo que no sabe; á quitarle los condenados resabios que trajo de la otra casa. ¡Te he de desollar vivo, tunante!
—Pues no lo conseguirá usted dándole golpes. Bueno que se le reprenda y se le amoneste; pero...
—Como si predicara usted en desierto...
—Si los niños tuvieran la reflexión de los hombres...
—¡El loco con la pena es cuerdo!
—Pues por hoy se acabó el castigo, porque yo, que soy el agraviado, perdono el agravio por esta vez... Por esta vez no más... ¿lo oyes, Merto?
Pero Merto, con gran sorpresa de Gedeón que le creía llorando arrepentido, está haciendo gestos provocativos á Adonis, que, á su vez, le enseña los dientes; después alumbra un pisotón al ratonero, y se oyen á un tiempo un aullido terrible y un terno feroz, mientras Adonis enrosca el rabo dolorido y Merto se lleva ambas manos á una pantorrilla.
—¡Ve usted lo que es interceder por el demonio?—exclama Regla, buscando iracunda á su hijo entre los faldones de la levita de su amo y las patas de la mesa.
—Déjele usted, que el pisotón ha sido casual...
—¿Y también lo otro?—grita Regla.—¿Eso te han enseñado en esa casa, groserote? No aprenderás los consejos que yo te doy, tan bien como esas indecencias, ¡Satanás!
Y atrapando al fin á su hijo, arrástrale hasta la cocina, administrándole por el camino media docena de sopapos.
—No estoy yo por el sistema de los cachetes para educar á los chicos,—murmura Gedeón en tanto, como si en su vida se hubiera ocupado muchas veces en cuestión tan transcendental.
Y para comprobar la teoría, arrima dos castañetazos al pobre perro, por la parte que ha tenido en la media docena de ellos de que Merto va rascándose.
Al verse tratado así, no el dolor, el asombro parece pintarse en la hirsuta faz del ratonero. ¿Qué castañetazos son aquéllos? ¿Desde cuándo y por qué su amo se permite hacerle tales ultrajes? ¿Es por el mordisco que él dió á Merto en la pantorrilla? Pues Merto le pisó á él primero el rabo, después de haberle provocado con gestos y ademanes injuriosos. ¿Es que le han dolido á su amo los cachetes de su criada, más que á Merto que los recibió, y busca un inicuo desahogo en el inocente Adonis? Esto es lo más triste para él, porque es lo más verosímil.
Todas estas consideraciones, ó algo por el estilo, se leen en la cara del compungido Adonis; y esto que se le ocurre á un miserable ratonero, no se le alcanza á Gedeón, que todavía insiste en que le es antipático Merto por feo, por sucio, por díscolo y por hijo de su madre.
Pero ésta, que caza, por lo menos, tan largo como el perro, no ignora que, á cierta edad, la naturaleza humana siente la necesidad de amar, y que cuando no puede amar á sus propios frutos, porque no los ha dado, ama á lo primero que le ponen por delante; y que no es otra la causa de que ame Gedeón á su retoño, como antes de conocerle amaba al perro ratonero.
Que esto iba á suceder, lo sabía ella antes de traer á Merto á su lado, aunque no aseguraré que por eso, y no más que para eso, le trajera.
Pero ya que sus presunciones se han cumplido, nada se pierde con dejar que rueden los acontecimientos, ni con trabajar para prepararlos del mejor modo posible. Gedeón es rico; ya no ha de casarse, y no tiene herederos forzosos: ¿qué mal hay, ni á quién se ofende, en que un pobre le conquiste una parte de su corazón, y con ella un pedazo de su caudal?
Digo todo esto porque no se tome á comedia la ira que le causan á Regla los desafueros de su hijo, cuando más cerca le ve de conquistar el corazón de su amo.


XVIII
LA GRAN BATALLA

Así las cosas, va rodando el tiempo.
Merto sigue haciendo barbaridades; su madre reprendiéndolas; Gedeón disculpándolas, y Adonis, con un ojo al rapaz y con el otro á su amo, temiendo las asechanzas de aquél y estudiando los grados que él va perdiendo en el cariño de éste.
Adonis odia á Merto como se odia á un rival que es además un tirano.
Merto sólo discurre para inventar modos de atormentar á Adonis. Á ello le inclinan su instinto de muchacho revoltoso, y el recuerdo de la dentellada que le dejó cicatrices en la pantorrilla.
Pero Gedeón, cuando está en casa, no se separa del ratonero; y cuando sale de ella, queda Regla que no pierde de vista un momento á la alimaña.
Por lo demás, ya sabe él que hay en el cuarto de la ropa sucia una vara de fresno, muy larga, que usa su madre para despolvorear los colchones. Aquella vara es toda su ambición. Con aquella vara se le puede dar al ratonero una mano de leña, como no la ha llevado en el mundo perro alguno; y se le puede dar desde lejos, es decir, impunemente, ó, lo que es lo mismo, sin el riesgo de que devuelva dentellada por varazo.
Saboreando tales propósitos, aguarda el rapaz, con una perseverancia impropia de sus años, á que se le meta por los ojos una ocasión á su gusto.
Y la ocasión, al fin, se le presenta.
Gedeón no volverá á casa en toda la tarde, y Regla ha salido á la calle por largo rato, sin poder llevarse consigo á Merto, porque éste tiene los zapatos á componer. Temiendo que durante su ausencia haga su hijo alguna barbaridad, le ha amenazado con todos los castigos imaginables si se mueve del sitio en que ella le deja, entretenido en pegar con engrudo varios remiendos á una cometa. Merto ha prometido no menearse de allí.
Pero al quedarse solo, la sangre le hierve, los brazos le bailan, sus piernas brincan solas; y, para colmo de tentaciones, está enfrente de él, y abierto, el cuarto de la vara, y la vara delante de sus ojos cimbreándose sola, como diciéndole: «empúñame, y ¡á él!»
Además, hay en la casa muchísimos objetos que Merto no ha visto todavía por dentro, y tiene que verlos alguna vez; y esa vez no puede ser otra que aquélla, por lo mismo que, á la sazón, no hay nadie que le impida desarmar lo que le acomode y meter los dedos donde más le convenga.
Si sabe distribuir bien el tiempo, tiénele sobrado para hacer estas investigaciones y dar á Adonis la tremenda paliza.
¡La paliza sobre todo!
En la sala hay un reló de sobremesa, cuya péndola figura un niño columpiándose en una cuerda. Este columpio es la curiosidad que más preocupa á Merto desde que le vió por primera vez. ¿Por qué se mueve así? ¿Quién le da el empuje necesario? ¿Por qué se bambolea de atrás á adelante, y no de un lado á otro, como todas las péndolas que él ha visto?
Hay que aclarar este misterio á todo trance.
Y después de empuñar la vara y de cerciorarse de que no se oye ruido de pasos en la escalera, y de ver, con mucho sigilo, que Adonis tiene para rato con el sueño que está echando en su colchón del gabinete, acércase al reló, dejando para después de la batalla, si el estado de las cosas lo permite, el desarmar el barómetro y el filtro del comedor, la maquinilla del café, un calendario mecánico, una caja de música y otras maravillas que hay en el gabinete.
El temor de que su madre se vuelva á casa antes de lo que debe, obliga á Merto á hacer sus pesquisiciones sin el reposo que él desea; por lo cual le falta el tino que, en otro caso, tendría para manejarse con desembarazo.
Por de pronto, hay que quitar el fanal al reló; y brega de aquí, brega de allá para conseguirlo, hácele tres pedazos. Contrariedad es ésta que le desconcierta y desanima; pero uno de los pedazos es muy grande, y acaso pueda servir todavía: esto le consuela bastante y le devuelve el ánimo para continuar la tarea.
Ya está descubierto el reló. En el espejo que refleja su parte posterior, se ven cosas que se mueven, amarillas y relucientes como el oro. Allí está el misterio. Invierte la posición del aparato. Hay otro cristal delante de las ruedas... ¡Por vida de los inconvenientes! Pero el cristal tiene un resorte. La casualidad guía el dedo de Merto hasta el punto conveniente para que, apretando allí, el resorte cumpla su cometido. El cristal se separa, de un brinco, por sí solo. ¡Oh delicia! allá dentro hay una como hebillita que se menea á un lado y á otro. Es preciso ver qué resistencia opone á su mano... ¡Rich! Algo se ha roto, y el columpio cae sobre la consola. El tictac, que antes se oía lento y acompasado, ahora es un redoble continuo; las agujas vuelan sobre la esfera, y el timbre parece que toca á rebato. Merto jurara que hay en aquella máquina algún demonio oculto que quiere denunciar su fechoría con tanto ruido y campaneo; y presa de esta idea, tapa aquí, oprime allá y mete sus dedos y la punta de la vara donde quiera que sus ojos ven movimiento y sus oídos perciben sones. Al cabo oye Merto un chasquido metálico; luego un rischssss interminable, como ruido de puchero que se va sobre las brasas; y después, nada: todo ruido calla y todo movimiento cesa; parece que se ha muerto el reló, y que su mal espíritu se ha hundido en el averno. Merto se tranquiliza por lo que respecta al estrépito acusador que antes le asustaba; pero, en cambio, siente delante de aquel aparato algo del miedo que infunden siempre los cadáveres.
Con ánimo, sin duda, de borrar las huellas de su crimen, vuelve el reló á su primera postura; arrima el columpio á la pared, á fin de que se vea desde enfrente cual si estuviera colgado en su sitio, aunque inmóvil; amontona los pedazos del fanal como su ingenio y su zozobra se lo permiten; y después de echar al conjunto una mirada desde la puerta, como supone él que podrán echarla su madre ó su amo cuando vuelvan, y de tranquilizarse no poco con la prueba, empuña de nuevo la verdasca, y se acerca de puntillas al gabinete.
Gedeón, hombre de poco gusto artístico, pero muy aficionado á rodearse de cosas que le recreen la vista y le deleiten los sentidos, tiene su cuarto atestado de esos objetos mal llamados de arte, que la industria ha derramado por el mundo.
Así se ven allí, en brillantes colores sobre variedad de pastas, todas las desnudeces más estimulantes de la mitología griega, en ménsulas y rinconeras, sin que les falten, como salsa ó acompañamiento, los estuches de carey, el barquito, ó junco filipino, de especias ensartadas; los caracoles de China y la tabaquera de coco. Sobre la mesa de escribir hay un tintero de cristal esmerilado, que es una maravilla, y una salvadera de porcelana, prodigio de transparencia y de color; y presidiéndolo todo, como santo en botica vieja, el busto de Balzac, de tamaño natural, encima de una elegante papelera y entre dos candelabros de alabastro y metal dorado.
Cuando á este vedado recinto se acerca Merto, abre con mucho pulso la puerta, y mira por la rendijilla resultante. Adonis sigue durmiendo. Puede, impunemente, partirle de un varazo.
Entra y cierra la vidriera.
El ratonero no se mueve.
El tirano elige el sitio que más conviene á sus propósitos, y toma sus medidas para que la vara, antes de caer zumbando sobre el perro, pueda describir sin tropiezo el arco necesario.
La empuña por un extremo con las dos manos, después de escupírselas; afírmase á su gusto sobre los pies; levanta los brazos hasta más atrás del cogote, y... ¡zás!
Pero el ansia misma que tiene el granuja de deslomar al perro, le hace perder el tino, y sólo le alcanza con la vara en la punta del rabo.
Al recibir el golpe, lanza Adonis un aullido de angustia, de furor y de sorpresa juntamente, y da un salto nervioso é inconsciente que le eleva dos codos sobre el lecho en que acaso soñaba con la perra de sus pensamientos; después se encara con Merto, encorvado el lomo, la mirada ardiente y rechinantes los colmillos.
Merto, que no contaba con errar el golpe, ni, por consiguiente, con aquella actitud amenazante de su enemigo, desconciértase no poco, y comienza á sacudir palos de ciego; es decir, veinte en la alfombra y uno en Adonis.
Cuando éste parece convencido de que no puede meterse por debajo de la vara y hacer presa en las pantorrillas de Merto, porque la vara no cesa un punto de cimbrearse, acude al recurso de ocultarse debajo de cada mueble; pero allí le punzan y acribillan, si afuera le vapuleaban; y no sabe cuál es peor. Después salta sobre las sillas y sobre la cama; y la vara siempre detrás, ó encima de él; pero la vara nunca pierde viaje, pues cuando no alcanza á Adonis, tumba cuanto halla al paso en rincones y paredes. Desde la cama, y no de un salto ni sin llevar más de un varazo en el camino, huye el desventurado perro á refugiarse en la mesa de escribir; pero allá va también la vara, con la cual parte Merto la salvadera, creyendo partir á Adonis, que, á su vez, tumba el tintero, que se despedaza en el suelo, y pringa la alfombra después de haber pringado arriba libros y papeles.
Este estropicio aplaca un instante las iras del muchacho, y le hace prorrumpir en una interjección brutal.
Adonis, aprovechando aquel respiro, quiere estudiar con algún sosiego un plan de defensa; y desde la mesa en que se halla abroquelado con un montón de libros, dirige en derredor miradas angustiosas, como preguntándose: «¿En dónde mil demonios me guareceré cuando este bárbaro me eche de aquí?» Pero no ha habido tiempo ni para pensar la respuesta que se pide, cuando ya tiene encima otro varazo. Entonces, desatentado, arrójase á la papelera, y se encarama en ella, delante de Balzac, porque detrás no cabe, cual si buscara el sagrado del arte y del ingenio por refugio. Pero aquel genízaro que le persigue, no se para en sensiblerías semejantes; y viéndole tan perfectamente destacado, le larga un verdascazo á la media vuelta, que no solamente alcanza á Adonis á todo lo largo, sino que todavía le sobra otro tanto para Balzac y para los candelabros, que vienen al suelo con el perro, aquél desnucándose, y los candelabros haciéndose añicos.
El estrépito es horrible, y el desastre arranca al cerril muchacho, no ya una interjección, sino una blasfemia.
Entonces parece fijarse por primera vez en las ruínas de que está cubierto aquel campo de batalla; apodérase de pronto el susto de su ánimo, y, soltando la vara, abre la puerta y huye á esconderse en su cuarto; en el cual, después de larga meditación, no se le ocurre otra salida para el conflicto en que se halla, que meterse en la cama, hacerse el enfermo y echar la culpa de todo lo sucedido á Adonis, que, entre tanto, se rasca las contusiones, se relame los hocicos y gime tembloroso, como niño después de una azotina.


XIX
POST NÚBILA PHŒBUS

Qué le sucede á Regla cuando vuelve á casa, y después de hallar en la cama á su hijo y de verle temblar en su presencia, y de deducir de sus desatinadas respuestas parte de la catástrofe, llega á conocer el resto por los cascos del gabinete, por la vara olvidada en él y hasta por los quejidos de Adonis, puede el lector presumirlo; y también suponer, y no errará en el supuesto, que después de comparar á Merto con todos y cada uno de los demonios más conocidos y de llamar sobre su cabeza todas las maldiciones imaginables, le contunde el cuerpo con la vara misma, que nunca trabajó tanto como aquel día, y le acribilla á pellizcos, y le jaspea la cara á bofetones, y le estira medio palmo las orejas, entre varazo y denuesto.
Puede igualmente alcanzársele al propio lector, que Regla, tras este desahogo feroz, echa á Merto de casa, antes de que á ella torne su amo y la acuse, con el diablejo delante, de haber correspondido indignamente á sus condescendencias; pero lo que no se le alcanzará si yo no se lo digo, es que Regla, al proceder así, ha calculado que se anticipa á cumplir los propósitos que le manifestaría Gedeón, si al conocer la catástrofe estuviera aún á su lado el autor de ella; que su amo ha de agradecerle este rasgo de previsión; que el olvido del pecado será tanto más pronto cuanto más lejos se halle del ofendido el pecador, y que hasta puede llegar el día en que el mismo Gedeón solicite la vuelta del hijo revoltoso al lado de su madre.
Merto, pues, sin tiempo para secarse las lágrimas ni limpiarse los mocos, vuelve á casa de los parientes con quienes antes vivió; y vuelve á escape y á empellones de su madre, que no quiere encontrarse con su amo en el camino, por las calles más extraviadas.
Regla deja á Merto entre sus parientes, hasta nueva orden, no sin exigirles la promesa de que en los primeros quince días le han de quitar el hambre á palos; y sin perder un solo instante en ociosas amonestaciones á su hijo, vuela, más bien que corre, hacia su casa.
Pero su amo llega antes que ella.
Atónito se queda al entrar en su cuarto y contemplar los despedazados cachivaches que apenas le dejan sitio donde poner la planta; y más se sorprende todavía cuando, al llamar á Regla para que le dé explicaciones sobre aquel desastre, no halla quien le responda, si no es Adonis que gime y llora á su modo, y le abraza las piernas, y le lame las manos, y hace como si quisiera enseñarle las cordilleras de ronchas que le abruman el cuerpo debajo de las lanas.
—¡Merto!... ¿no es verdad?—exclama al fin Gedeón, entre iracundo y triste, fijando su vista en la de Adonis.
Y Adonis, cual si comprendiera la pregunta, alza más la cabeza; muévela arriba y abajo, ladrando al mismo compás, como si quisiera decir:
—Sí, señor; ¡ese bribonazo ha sido quien me dió la paliza y rompió todo esto!
—¡Preciso es convenir—exclama Gedeón, dándose por enterado,—en que no se habrían atrevido á tanto mis propios hijos, si yo los tuviera!
En esto entra Regla en el gabinete, desencajada y compungida. Refiere á su amo lo que sabe del caso y lo que ha hecho con el causante, llorando cuando debe llorar y lamentándose cuando debe y como debe lamentarse; y como todo lo dice ella, y cuanto hay que hacer con el delincuente está ya hecho, Gedeón sólo despliega los labios para implorar un poco de misericordia para Merto, y reducir á su madre á que renuncie á sus manifestados propósitos de marcharse de la casa, en castigo que ella misma se impone, de su mala correspondencia á los favores recibidos de un amo tan generoso y tan bueno.
Y con esto, y no sé si con algo más, pariente de ello, se da por terminado un incidente (como dicen en los Parlamentos), que, en buena lógica, debía tumbar de espaldas á un hombre como Gedeón, que se pone malo solamente con acordarse de los desafueros y tropelías que cometen en las casas los hijos de familia, cuando son de la edad de Merto.
Al otro día cuida mucho el complaciente amo de no apurar las fuerzas ni el espíritu de su criada con órdenes excesivas ó con palabras secas. ¡Demasiado acongojada está la pobre mujer con lo que le ha sucedido! ¡Ella que es tan atenta! ¡Ella que es tan delicada!... ¡y tan comedida!
Y como, al cabo, es madre de Merto, y por malo que éste sea debe de quererle mucho, también le pregunta por Merto.
Y como nada sabe Regla de él en los tres primeros días, al cuarto la ruega Gedeón que trate de saberlo, porque cabe en lo posible que el chico haya tomado sentimiento por lo que se le ha castigado, y llegue á adquirir una enfermedad peligrosa. Después de todo, ¡qué diablo! por malo que sea un chico, vale su vida... para su madre, se entiende, bastante más que los cuatro monigotes destrozados en su gabinete.
Merto, entre tanto, se halla en casa de sus parientes tan sereno y despreocupado como si jamás hubiera roto una cazuela; pero su madre se guarda mucho de contárselo á su amo; antes le dice, por toda noticia de su hijo, que sigue éste llorando el bien que ha perdido por su culpa, y cumpliendo la pena merecida que ella le ha impuesto.
—Pues si está arrepentido—dice Gedeón á Regla, antes de la semana,—perdonémosle, con mil santos, y que se vuelva otra vez acá. ¿Quién sabe si con lo que ha pasado y algo que yo le diga, poniéndome serio, acabará de hacerse un modelo de chicos agradecidos y juiciosos?
Pero Regla sigue implacable.
—Nadie sabe como yo—responde, con todas las necesarias salvedades de respeto,—lo que á ese chico le conviene.
Probablemente estará Regla en lo cierto.
Todas estas conversaciones tienen lugar durante la comida ó el almuerzo de Gedeón, y, por consiguiente, á las barbas de Adonis. ¡Y es de ver qué gestos hace el ratonero cada vez que el nombre del aborrecido rival llega á sus orejas! ¡Y es de admirar cómo gime y se abate cuando la cara de su dueño no se frunce ni amontona al hablar del pícaro que á él le deslomó!
Cualquiera pensaría que Adonis va leyendo en la fisonomía de Gedeón sus propósitos de perdonar al atrevido y sus deseos de volver á traerle á su lado.
—¡La morcilla antes que eso!—debe de pensar el ratonero, si tal lee.


XX
UN INCIDENTE

La escena representa otra vez el gabinete de Gedeón.
Éste se halla repantigado en la butaca contigua á la mesa de escribir, y atusa las greñas de Adonis; el cual parece dormirse, de gusto que le da el suave manoseo de su amo.
Si es lícito meternos donde no hacemos falta, conste también que Gedeón está pensando en la cada vez más obstinada insistencia de su criada en no traer todavía á Merto á su lado.
Transcurre largo rato así.
Entra Regla con una carta en la mano; pónela en las de Gedeón; dícele que la ha subido la portera, y se va.
Gedeón se fija en el sobre; frunce el entrecejo; apea de un revés á Adonis, que exhala un débil gemido de sentimiento, como diría un novelista elegante; abre la carta, y lee para sí lo siguiente, pero con la más desastrosa ortografía, que yo no quiero copiar:
«Querido Gedeón: Como hace semana y media que no te veo, te escribo para decirte que en cuanto recibas ésta, vengas á verme, pues hay dos casos muy graves de que tengo que enterarte.
Tuya de corazón, más que nunca,
Solita.»
Graves deben de ser, en efecto, los casos á que la firmante se refiere, cuando se atreve á molestarle con aquella misiva. Por largas que hayan sido sus ausencias, jamás se ha permitido Solita quebrantar las prevenciones que Gedeón la tiene hechas de no buscarle en su casa con esquelas ni con avisos, y mucho menos con su persona.
Y entre lo de «¿qué será?» y lo de «¿qué no será?» vuelve á entrar Regla diciendo á su amo que hay á la puerta un hombre que desea hablarle.
Mas no bien lo ha dicho, ya está el hombre detrás de ella haciendo reverencias á Gedeón.
Es el tal un andrajoso, en chancletas; con las barbas á medio crecer, y las greñas, rudas y entrecanas, desgajándose de la cabeza, como si quisieran enredarse con las barbas que, en demostración de que no huyen del enemigo invasor, crecen rígidas cara arriba.
No es alto ni bajo, ni adusto ni risueño: tiene el cuerpo y la fisonomía y hasta el olor que tienen siempre los vicios inveterados y la falta absoluta de vergüenza.
En el momento de encararse con Gedeón guarda en un agujero, de los mil de su chaleco, una punta de cigarro que retira de sus labios cárdenos, mientras derriba de su cabeza con la otra mano algo como gorra ó cosa que lo parece después de haber sido sombrero.
—¿Qué busca usted aquí?—le pregunta Gedeón en tono duro y ademán airado.
—Entendí que esta señora al abrirme la puerta me mandaba pasar adelante; y eso he hecho,—responde el hombre con voz cavernosa.
Siguen algunas réplicas y contrarréplicas entre los dos hombres, y algunas disculpas y protestas de la mujer, de escasa importancia para el lector y de mucha para mí si tuviera que escribirlas y comentarlas, por lo cual las suprimo con su venia; retírase al fin Regla, y quédanse frente á frente los otros dos personajes de esta escena.
—¡Conque es usted don Gedeón?—pregunta el haraposo.
—Lo soy, ¿y qué?—responde el preguntado, con voz y gesto de repugnancia.
—¡Pues vengan esos cinco!—exclama el hombre de los andrajos. Y avanza resuelto hacia Gedeón; y, que quieras que no, le coge una mano y se la estruja y resoba entre las dos suyas; y arrima á su cara, contraída por el asco, todo el bardal de su cabeza y todas las cavernas hediondas ocultas por el bardal.
Gedeón consigue, á duras penas, librar su mano de aquella tenaza sucia; y huye luego dos varas atrás con la butaca en que está sentado.
El hombre, al mismo tiempo, toma una silla, la arrima á la butaca y se sienta también.
—Pues yo soy, para lo que usted guste mandarme, Judas Cerote,—dice al sentarse. Y mientras aguarda la respuesta, escupe en la alfombra y se limpia los hocicos con un pingajo que saca de otro pingajo de su chaqueta.
—¡Como si fuera usted Pentapolín de los Garamantas!—grita Gedeón hecho una lumbre y poniéndose de pie.—¿Qué es lo que viene usted buscando aquí? ¡Pronto!
—¡Calma, amigo mío, calma!—replica el otro con mucha sorna,—que no es oro todo lo que reluce, ni en mi corporalidad son remiendos solamente lo que hay que ver. El asunto que me aproxima á esta casa, no se manipula ni especifica echándome á mí á la calle sin oirme... Hágame usted la cortesía de tomar asiento otra vez, con toda franqueza... y permítame usted que amargure, digásmolo así, este primer detrimento de las honradas hidalguías de mi corazón que aquí me traen.
Y el llamado Judas, al decir esto, hace como si se conmoviera.
—Mire usted, hombre—replica Gedeón dejándose caer en la butaca:—si me promete usted concluir pronto lo que tiene que comunicarme, soy capaz hasta de escucharle sentado.
—De usted dependerá que yo finiquite en dos minutos.
—Pues vaya usted cumpliendo su promesa.
—Con tal que no sea usted el que desee que se alargue la platicación.
—Fácil es eso.
—Pues ha de saber usted, don Gedeón, que yo soy un artista verdaderamente desgraciado; porque desgracia es para mí haber venido á luz en unos tiempos, digásmolo así, de menosprecio para el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años!...
—Siga usted, pero sin comentarios.
—No pude seguir, mi señor don Gedeón, por lo mismo que yo era un verdadero artista: no se me correspondía al tenor de mi trabajo; y antes que consentir yo en humillar el arte... ¡el arte que yo cultivaba con el entusiasmo de los juveniles años! á la tiranía de los iznorantes y pusilámines, envolví la venerable herramienta de mis glorias en el honrado mandil, para que no la menospreciara el siglo, y me dediqué á la contemplación, digásmolo así, de la Naturaleza en sus manificencias y esplendores, único trabajo á que podía dedicarme, fuera del arte... ¡del arte que yo cultivaba con el entusiasmo!...
—«De mis juveniles años.» Adelante.
—Esa es la palabra. ¡Cómo nos entendemos y hasta nos adivinamos los pensamientos! Estaba escrito, don Gedeón.
—¿Cuál?
—Lo que pasa. Nacimos el uno para el otro. ¡Tenía que suceder!
—¿Quiere usted proseguir, señor... artista?
—Gracias, mi respetable don Gedeón, por ese sufragio, digásmolo así, conmovedor, que rinde usted á mis sentimientos. Prosigo. Este amor descomensurable que guardo en mi pecho á la patria Naturaleza, llévame á menudo á plazas y paseos para contemplar séase el firmamento estrellado, séase las estrellas del firmamento, séase el sol del mediodía, séase el amanecer de la mañana. ¡Qué quiere usted! parece que el alma se me congratula en estas contemplaciones, maísimen si me hallo en la amena y dilatada compañía de otros artistas infortunados, que también renunciaron al arte... ¡al arte que cultivaban!...
—«Con el entusiasmo de sus juveniles años.» ¿No es esto?
—Cabalmente, señor don Gedeón, cabalmente... ¡Es admirable cómo se corresponden nuestras concomitancias respectivas!
—Menos en un punto, señor Judas.
—¿En qué punto, mi adorado don Gedeón?
—En que mi... «concomitancia» está deseando que acabe usted de hablar, y la de usted se empeña en todo lo contrario.
—Es el carácter, don Gedeón, y este sentimiento de mis entrañas, que parece desgarrarse de alegría cuando se halla en la ilustre sociedad de un hombre tan campechano como usted. Y ahora prosigo. Días hace que contemplaba yo la estrella polar desde un rincón de una plazuela, fuera de lo que podemos llamar casco de la ciudad... porque la ciudad, amigo mío, de por sí no es quién para que en ella se explaye un espíritu, contemplando séase el firmamento estrellado...
—«Séase las estrellas del firmamento...»
—Séase el sol del mediodía.
—«Ó séase el amanecer de la mañana.»
—Pero, señor don Gedeón, me deslumbra ya tanta concupiscencia de pensamientos, digásmolo así, entre los dos.
—Es para ayudarle á usted á llegar pronto al fin de su discurso. Conque no me desaire usted en tan humanitarios propósitos, señor Judas.
—Muy señor mío y dueño: rendido á ese sentimiento, especifico así lo que me falta. Y digo, que hallándome en la contemplación de la estrella polar hace dos noches, porque de noche era cuando yo la contemplaba embriagado, digásmolo así, de ansias naturales del alma, y, á la misma vez, presuimpuestando el tiempo en que, á un buen volar por los aires, podría yo avecindarme con el astro, y aun, si á mano viene, preguntándome por qué esa luz recalcitrante se apaga por el día y se enciende no más que por la noche, cuando sépase usted, mi querido don Gedeón, que pasa ella por delante de mí.
—¿La estrella polar?
—No, señor... aunque bien pudiera serlo, y lo ha sido ya para algún navegante desafligido. Por una parte era su misma personalidad; por otra no lo parecía. Pero ¡dónde verá el corazón paterno un pedazo de sus propias entrañas, que no clame por él y le abra su pecho enternecido? Entre si es no es ella, invoco su nombre con ese acento, digásmolo así, de la eternidad de una ausencia contada por años y determinada por la profundidad de los mares caudalosos. Entonces volvió su fisonomía la inocente paloma; y al conocer á su tierno padre... huyó con la mujer que la acompañaba. Pero yo la había conocido bien. Era ella; el pedazo de mi corazón; el sostén de mi ancianidad y el amparo de mis necesidades... ¡mi idolatrada Solita!
Al oir este nombre, da Gedeón un salto en la butaca. Ni remotamente había sospechado, el muy bolonio, que semejante fin tuviera el laberíntico discurso del artista Judas.
Desconcertado como niño goloso á quien su madre sorprende robando los bizcochos, no sabe qué cara poner al zapatero para disimular mejor la violencia en que se halla su ánimo.
—De manera que usted es...—dice, sin saber lo que se dice, pero con la cara muy hosca, creyendo que con aquello sale mejor del compromiso.
—¡El padre de Solita!... es decir, tu padre político, que te abre sus tiernos brazos para estrecharte en ellos.
Y el elocuente artista, al responder así, se levanta de la silla, y presenta á Gedeón todo el fardo de sus andrajos para que se arroje en ellos.
Pero Gedeón huye aterrado hasta la pared.
Entre tanto, añade el remendón, sin bajar sus brazos entreabiertos:
—Y perdóname, hijo mío, si he estado llamándote hasta aquí con la circunflexión de usted. Yo te conocía; pero tú no tenías el honor de conocerme. No podía comportarse de otra manera mi natural, digásmolo así, respetivo y atento.
Gedeón ya no oye, ni ve, ni entiende. Sobresaltado al saber que tenía delante al padre de Solita, cuando oye á éste llamarle hijo, cree que le muerden ratones y que le besan sapos y cucarachas. Aquello es un asco, y además una ignominia. ¿Quién habrá puesto en manos del remendón el pico de la manta para que, tirando de él, haya llegado á descubrir el miserable lo que estaba oculto, y, sobre todo, lo que no estaba? Hay que averiguar eso á todo trance.
Á este fin, refrena Gedeón sus iras; y, con un esfuerzo supremo de la voluntad, disimula también sus repugnancias; finge que toma á risa los extremos afectuosos del zapatero; ruégale que se siente, y le pregunta qué es lo que le ha inducido á creer en el parentesco á que se refiere.
El remendón se sienta y continúa hablando así:
—Viendo que Solita me negaba la paternidad, ó que no la conocía, seguí sus pasos, determinado á que no se escapara ya de mis visuales. Creyéndola yo en Puerto Rico, ¡cómo había de negar á mi corazón aquella voluntad de contemplarla de cerca? No sé las calles que corrí siguiéndola; y como sospeché que no quería declararme su domicilio, hice, digásmolo así, de vez en cuando, recatación de mi persona: de este modo descubrí casa y piso. Llamé á la puerta. Clamar en desierto, Gedeón. Pero yo no podía, paternalmente, volver atrás. Y repetí el llamamiento. Ya los vecinos de la escalera me habían oído todos, y hasta se apiadaban de mí, rogándome que callara, y todavía á la infeliz no había llegado el amoroso machaqueo de su padre. Pero ¡qué hija es sorda á la voz enternecida del anciano que la ha dado el sér corporal?... Solita me recibió en sus brazos á la media hora de llamarla yo á los míos. Pero la había dejado sirvienta puramente, y me la encontraba dueña y señora de su casa. Era esto ¿no es verdad, Gedeón? motivo de una plática, digásmolo así, aclaratoria y explicativa. En esa plática supe de sus tiernos labios que había contraído nupcias mayores en Puerto Rico, pero que había prometido á su adorado esposo guardar el secreto de ellas hasta que fuera día de clarificarse á la luz del sol. Cumplió después con su anciano padre en cuanto á finezas generosas de presente; pero su padre no cumplía con su augusto deber sólo con eso. Ocurrióseme ir á tomar luces de todo á la casa en que conoció á la familia que la llevó á Puerto Rico... ¡Ay, qué señora aquélla, Gedeón! ¡Qué virtud la suya tan boyante, digásmolo así, y tan concluyente! ¡Y qué claridez la de su sentido! Media palabra no más la declaró mi fineza, y en el acto me plantó sobre la pista... Y como yo tampoco menosprecio las buenas protecciones que se me dan, siguiendo los apuntes de tan refulgente señora, he llegado hasta aquí sin tropiezo...
—Y ¿qué más?—pregunta Gedeón, á punto ya de estallar como una bomba.
—Que no contrincándose el dictamen de esa señora más que en lo del viaje á Puerto Rico, viaje que resulta, digásmolo así, fracasado, con lo dicho por Solita, sucede que tú eres el enlazado en secreto con ella, y que yo soy vuestro padre que os bendice, y viene á estrecharte entre sus brazos...
—¡Y qué más?
—Y al mismo tiempo, á decirte: Gedeón, el brillo y el buen ver entra por mucho en la longanimidad de las familias; mira tú, hombre opíparo, á tu padre político ultrajado por los años y las ingratitudes del siglo; si has de regocijarte en él y en sus ancianos cabellos, vístele y agasájale con qué se alimente y dé á sus arrugas venerables el resplandor, digásmolo así, de los hombres acomodados y eminentes.
—¿Nada más? Con franqueza... ¡dígamelo usted!
—¡Oh, hijo descomunal y esplendoroso! ¡Bien decía yo que se adivinaban nuestras concupiscencias! Pues ya que no se harta tu corazón de desocuparse en el mío, sábete que no me vendría mal otro auxilio para finiquitar algunas deudas que hoy me cierran las puertas del sustento corporal, y hasta las del necesario descanso.
—Y ¿nada más?
—Por ahora...
—Pues escucha, ¡zapatero vil, remendón indecente!—grita Gedeón con los ojos fuera de sus órbitas y los puños crispados;—ni yo te he parido, ni conozco á tu hija, ni quiero conocer á esa otra bribona que aquí te envía; ni me he casado nunca, ni me casaré en mi vida; ni tengo obligación de escucharte lo que me has contado, ni paciencia para oirte otra palabra más.
—Pues si usted no me conoce, ni conoce á Solita—dice Judas entre admirado y malicioso,—¿de qué sabe usted que yo soy zapatero, si yo no se lo he dicho?
—Lo sé—replica Gedeón algo desconcertado, pero no menos furioso,—porque... ¡porque lo huelo! ¡porque tú no puedes ser otra cosa!
Al mismo tiempo saca de su bolsillo unas monedas de plata, y, arrojándolas sobre la mesa, añade:
—Si es eso lo que venías buscando para emborracharte, tómalo, con tal que te largues; y cuida de no probar en otra parte este sistema de sacar dinero, pues no todos tendrán la paciencia que he tenido yo.
El zapatero se abalanza con mal disimulada avidez á las monedas; y mientras las hunde en uno de los abismos de su chaleco, dice fingiéndose conmovido: