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El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón

JORNADA SEGUNDA

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I

EL PRIMER PASO

Y
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Ya sabe el lector de quién se trata, de dónde viene, de qué madera es y adónde se propone ir el héroe de esta historia que, en rigor, empieza en esta página, y dice así:

Libre Gedeón de malas tentaciones, es decir, exento de los cuidados en que á las veces le ponían, sólo tiene ya que pensar en orientarse y en establecerse.

Por orientarse entiende él hacer con la memoria una excursión por lo pasado, y otra con la fantasía por lo porvenir. Precisamente se halla tomando un respiro en la cumbre del sendero de su vida, y desde ese punto domina lo recorrido con igual facilidad que columbra lo que le queda por andar. Gedeón, en suma, quiere y cree que necesita entrar en cuentas consigo, antes de dar el primer paso conforme al derrotero inalterable que se ha trazado.

Volviendo la vista al dilatado panorama que va dejando atrás, y marcando con la mente los sitios en que ha puesto su planta, ¡qué pobre, qué mezquino le parece lo explorado, comparándolo con lo que tiene sin explorar!... Bien mirado todo, ¿qué ha hecho él hasta entonces más que retozar en mies abierta; herborizar, como si dijéramos, en campo libre?... Si alguna vez saltó cercado ajeno, no pecó el seto de espinoso ni de elevado. Verdad es que las altas cercas que guardaban el regalado fruto, aunque aguzaron su apetito, jamás le movieron el intento del asalto, pues era caballo de buena boca, y todo lo hallaba sabroso siempre que fuera asequible y abundante, y todo le sentaba bien, porque era el hijo de familia, holgado y disoluto y sin pizca de responsabilidad.

¡Pero ahora!... Ahora no le es lícito ni siquiera el pensamiento de que corran los años de su vida, como antes corrieron, en la obscuridad de los portales y en la lobreguez de los callejones extraviados: porque ahora es el amo de su casa, el hombre formal, independiente, rico, y hasta de buen solar, que no solamente puede, sino que debe dar á sus empresas largo vuelo, tan largo como se lo permite el inmenso horizonte que tiene á la vista; y con este fin exornará sus actos con cierta solemnidad y compostura atractivas y de buen tono... ¡Qué vida le espera!

Por lo visto, Gedeón es de los que creen, no sin fundamento, que á los hombres no los hacen los años, sino las circunstancias. Desde el grado de doctor hasta el primer paso que da el doctorado en el ejercicio de su profesión, pueden mediar muy pocas horas; y sin embargo, ¿quién es capaz de conocer, bajo el luengo gabán, el estirado chaleco y las rígidas tirillas del médico ó del jurisconsulto de hoy, al aturdido y desaliñado estudiante de ayer?

La misma razón social que á tanto obliga, impone á Gedeón, que ya se juzga doctorado en la Universidad en que por tantos años cursó la vida airada, el deber de adoptar hábitos de carácter, como otro doctor cualquiera, para ejercer su profesión con fruto y en toda regla... cuando la ejerza; pues, por de pronto, y en atención á que el luto riguroso que viste, si bien le permite divertirse según sus inclinaciones naturales, le prohibe acercarse á los ruidos y á los grandes espectáculos del mundo, tiene que limitarse á un sencillo merodeo alrededor de su casa, como quien dice, y dejar para más adelante las campañas de prueba.

Así se cumple con otro de los deberes que son anejos al derecho de vivir entre gentes civilizadas.

Y hay que convenir en que el tal deber está bien fundado. Bueno que los lutos se arrastren por todas las deshonestidades sociales, porque con ellos no puede uno ir á ninguna parte; pero exponerlos en teatros y tertulias, donde la gente guarda compostura y decoro... ¡no faltaba más! ¡Bonita cara pondría esa señora que se llama sociedad culta, y marca lo que se ha de sentir y lo que se ha de llorar, con centímetros de crespón en el sombrero, ó con varas de velillo delante de los ojos!

Volviendo á Gedeón, digo que discurre, al tenor de lo indicado, larga y detenidamente, acerca de lo que ha sido antes y lo que puede y le toca ser en lo sucesivo, libre de toda vacilación y resuelto á pasar la vida con la mayor suma posible de comodidades y deleites... porque es indudable que eso que él sigue notando todavía dentro de sí y en cuanto le rodea, y que algún inocente predestinado se atrevería á llamar nostalgia de la familia, es un efecto lógico de su nueva situación, y desaparecerá tan pronto como el huérfano se establezca á su gusto, metodice su vida y llene el desierto hogar.

Esta es, por consiguiente, su tarea más perentoria. Afortunadamente, no es difícil.

Por de pronto, y á reserva de cambiar de sistema cuando las circunstancias se lo reclamen, necesita una persona que se encargue de las menudencias domésticas; una mujer de edad, en quien el juicio corra parejas con los años. Pero esta mujer, cuyo destino exclusivo ha de ser el de administradora, no puede ni debe, hasta por razones de estética, estar á su servicio inmediato. Con este último objeto tomará una joven de buen ver y adecuada al caso. En cuanto al prosáico cargo de cocinera, está provisto muchos años há, y no mal del todo, en una buena mujer que continuará desempeñándole.

No hay plazas más solicitadas ni apetecidas que las de sirvientes de un solterón. Las amas de llaves todo lo esperan de él; las jóvenes todo lo creen posible; y ni las unas ni las otras tienen que lidiar con la fiscalización intransigente de la señora de la casa.

Así es que Gedeón recibe las solicitudes á puñados y las recomendaciones por docenas. Puede elegir á su gusto, y así lo hace.

Desde aquel instante, una mujer que ya no ha de cumplir el medio siglo, aseada, enjuta de carnes, á medio encanecer y empezándose á arrugar, y muy hacendosa y previsora, según informes, se encarga de las llaves y recibe con ellas una cantidad de dinero para el gasto menudo durante quince días, concluído lo cual recibirá otro tanto; porque Gedeón no quiere, ni debe, ni sabe ocuparse en todas esas prosáicas menudencias.

El nombre no es enteramente simpático: se llama la señora Braulia; pero ¿qué más da? En cambio, al nacer, fué envuelta en finos pañales: su padre era mayordomo del marqués de las Pesadumbres. Las que le dieron (al mayordomo) una naturaleza enfermiza y una familia demasiado numerosa, trajéronle á menos; y á la muerte del marqués, habiendo suprimido aquella plaza sus herederos, acabóse la vida del mayordomo con esta última pesadumbre. Braulia, entonces, como cada uno de sus hermanos, tuvo que buscarse la vida como mejor pudo: hoy zagaleando criaturas, mañana fregando vasijas y arrimando pucheros á la lumbre, y otro día ascendiendo á doncella de labor y camarera de confianza; pasando, en fin, por todas las fases de la servidumbre doméstica, pero siempre muy honrada y muy querida de sus amos. Túvolos de alto coturno; y al ingresar en casa de Gedeón, desdeñó las ofertas de un banquero de nota. Cree que todas estas vicisitudes le han dado á conocer el mundo palmo á palmo, y á los hombres pelo á pelo.

Aunque á él no venga nunca, así refiere su historia la buena de la señora Braulia.

Menos puntos calza en prosapia, pero nombre más bonito lleva la otra sirvienta. Llámase Solita, y es hija de un remendón con quien no ha vivido desde que supo andar lo bastante para escaparse de casa, en la cual no era posible la existencia con aquel hombre que concluía con todo: con la familia, á palos, y con lo que ganaban, él remendando y su mujer cosiendo, en la taberna.

Huérfana de madre á los pocos años de ponerse á servir, sólo ha logrado verse libre de la tiranía del zapatero, dándole las tres cuartas partes de lo que gana. Á pesar de estos contratiempos, ha llegado á ser una de las doncellas militantes, ó sirvientes, de mejores informes.

Es menudita, limpia como el oro, picaresca de sonrisa, algo remangada de nariz y gruesa de labios; muy negros el pelo y los ojos, aquél abundante y éstos no muy grandes ni rasgados; pequeños los pies, los dientes, las manos y las orejas, y rollizos los brazos, el cuello y las inmediaciones.

En todas estas menudencias repara Gedeón, mientas Solita le cuenta las otras referentes á su historia; porque es natural que un señor bien educado, al recibir en su casa á una muchacha, le pregunte por las generales de la ley, siquiera por preguntar algo; y como Solita es ingenua casualmente, responde cuanto sabe y no la deshonra, porque no la hay en decir la verdad; sobre todo, como ella la dice, fruncidos los ojuelos, entreabiertos los labios, como si quisieran sonreir y enseñar los dientes á un mismo tiempo, una mano en la cintura, la otra doblando y desdoblando un pico del delantal, y la mitad del pie derecho fuera de los pliegues de la falda, llevando el compás del suave balanceo de las redondas caderas.

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II

LA PRIMERA CATÁSTROFE

Y
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Ya tiene Gedeón cuanto necesita: es decir, quien le administre, quien le sirva y quien le aderece el ordinario sustento.

Ya no reina el vacío en su casa; ya hay ruido y movimiento en ella.

La señora Braulia, como mujer precavida, estudia sin cesar la manera de que en su jurisdicción ande todo conforme con los gustos y deseos de su amo; la cocinera trata de cumplir las órdenes de la señora Braulia, en lo que respecta á su importante ministerio; y en cuanto á Solita, arregla el gabinete como si tuviera hadas en las manos, y es una mariposa alrededor de la mesa: lo mismo maneja platos y cristalería, que un prestidigitador los cubiletes... Alguna vez tropieza con el codo al «señorito,» al mudarle el cubierto, ó le retira el plato sin estar desocupado; pero ¿quién diablos ha de atreverse á reprender tales descuidos, al ver cómo la delincuente ofrece sus disculpas en memoriales de sonrisas que, aun á los ojos del más diestro en semejantes lecturas, tanto picaran en malicia como en rubor?

Es tal el esmero con que se le sirve y se le adivinan los deseos, que en ocasiones creería que algún genio invisible cuida de su casa. No bien hace por ella una breve excursión, ya está arreglado cuanto él desarregló al moverse, sin que se vea la mano que colocó la silla en su sitio, el gabán en el ropero ó el libro en el estante.

Cuando por la noche se retira á descansar, encuentra la luz en su cuarto, el vaso de agua sobre la mesa, y abierta y preparada la cama... Ni un motivo siquiera para romper la monotonía de aquel ordenado silencio con un campanillazo; silencio sólo alterado por la voz de la señora Braulia que, antes de cerrar él la puerta del gabinete, asoma por ella la cabeza para pedirle sus órdenes para el día siguiente y darle las buenas noches.

Por un lado no le desagrada el sistema; pero ¡tiene tanto de uniforme y de misterioso!... Parece que se le ceba, no que se le sirve.

Un hombre como él, que por no poder ir todavía á ninguna parte, vuelve á casa, las más de las noches, hastiado, rendido y de muy mal humor, recibiría como un consuelo media palabra discretamente afectuosa, y un par de sonrisas elocuentes al llegar á su cuarto... Pues no, señor: nadie á la puerta de la escalera, que, al abrirse, cubre á quien le alumbra; nadie en el pasadizo; nadie en el gabinete, y un poco después, menos que nadie, la señora Braulia con su jaculatoria de costumbre. Así es que se acuesta bufando, y sueña con la voz, y con la cara, y con las arrugas de su ama de gobierno.

Y arrancando de aquí el motivo, llega un día en que ésta le parece gazmoña, fisgona y antipática en esencia y presencia.

Entre tanto, apenas conoce el metal de voz de Solita, ni sabe qué color tiene á la luz artificial la única cara decente que hay en la casa.

Así pensando una noche, después de haber despachado con un bufido á la señora Braulia, exclama de repente:

—Y ¿por qué no ha de venir Solita? ¿No mando yo aquí? ¿No ha de tenerse en cuenta mi gusto para todo?

Y cediendo á los ímpetus de su carácter irreflexivo, sacude furioso el cordón de la campanilla, que repiquetea junto á la cocina con estrépito desusado.

—¿Llamaba el señorito?—dice al instante la voz de la señora Braulia, cuya silueta se dibuja confusamente en el angosto hueco de la entreabierta vidriera.

Con lo que Gedeón cae en la cuenta de que ha cometido una majadería; la cual trata de disculpar con otra mayor, mal zurcida y peor hablada.

Al quedarse solo otra vez, reniega de la vieja impertinente, y desea con ansia que llegue el nuevo día para que Solita le sirva el almuerzo: no porque el hambre le atormente ni Solita le preocupe, sino por contemplar otra cara que no sea la sempiterna de la señora Braulia...

Y precisamente ese almuerzo es el elegido por el ama de llaves para acompañar á «su señorito,» puesta de pie á respetable distancia de la mesa, con los brazos cruzados y la vista escudriñadora, tan pronto en los platos, tan pronto en Gedeón, tan pronto en Solita, y cumplir, en la siguiente forma, con lo que ella cree un deber de su cargo de inspectora de la casa, y fiel intérprete de los deseos de su amo:

—¿Le gusta esa salsa al señorito?... Se le puede rebajar un poco la cebolla... ¿Le parece mejor la merluza que el rodaballo?... Esta semana se le ha puesto tres veces lengua estofada, porque ¡hay tan poco en qué elegir!... El solomillo le parecerá á usted algo duro á la vista, pero está tierno como un requesón... Ya le tengo prevenido á la cocinera cómo ha de ponerlo para que se penetre bien... porque no se las puede dejar de la mano... ¡Nada se les ocurre!... ¿Quién le dirá á usted que unos casquitos de porcelana, echados á tiempo en la tartera, reblandecen la misma suela de un zapato?... Ese postre se quemó un poco por debajo, pero no tiene la culpa la cocinera; la tengo yo que le hice y no cargué bastante de manteca las paredes del molde... y puede dispensar el señorito por esta vez... Solita, mude usted ese plato...

Gedeón, que no solamente no se ve libre de la presencia de la abominada dueña, sino que la halla más pegajosa y más impertinente que nunca, cuando no responde con un gruñido á cada uno de estos períodos, da una orden ó hace una pregunta, ó lanza una blandísima mirada á Solita.

En el cual proceder hay para la señora Braulia dos motivos gravísimos de despecho: el desaire notorio que se le hace delante de una inferior jerárquica, y la confirmación de las sospechas que há tiempo la vienen inquietando.

No duda ya que hay en la casa quien priva más que ella con su amo, y que es la razón de la privanza algo físico que la señora Braulia no posee desde muchos años atrás; algo que no se adquiere esmerándose en el cumplimiento del cargo que se desempeña, sino con las gracias que da la naturaleza y roban los tiempos, como á ella se lo robaron para nunca más devolvérselo. Y á la edad de la enjuta ama de llaves se perdona hasta el martirio en cruz, y el tormento de la sed y del frío; pero no se perdona á otra mujer el crimen de que nos venza y nos derrote, y nos desautorice con armas como las de Solita.

Y no perdonar, en tales casos, es pensar en la venganza, si vengarse puede la ofendida, como puede vengarse la señora Braulia.

Es el jefe de la servidumbre de Gedeón, y puede y quiere hacer sentir á «la canalla» todo el peso de su autoridad irritada.

Desde aquel instante ya no vive para servir bien á su amo, sino para desahogar el despecho que la ciega.

Solita, que no ignora el motivo de las flamantes destemplanzas del ama de llaves, sufre las que le alcanzan á ella, hasta con delectación; pues tan grande como el tormento de la derrota en tales lides, es la satisfacción del vencimiento. Pero la aparente insensibilidad, ó el notorio desdén de la doncella, encienden más el fuego de la ira en el pecho de la señora Braulia, que á todo trance quiere víctimas; por lo cual entra con sus huracanes haciendo raccia en la cocina.

De este modo, aquella casa, antes tan tranquila y sosegada, no bien la abandona cada día Gedeón, es una perrera.

—¡Hoy no se han limpiado los polvos!...—¡Esta butaca no está en su sitio!...—Son las once, y falta media casa por arreglar; pero ¡ya se ve! levantándose á las ocho y tardando hora y media en emperijilar un moño postizo y cuatro pingos de moco... ¡Válgame Dios!... ¡Como si fuéramos unas señoras de copete y lo trajéramos desde las envolturas!... ¡Pero no tiene usted la culpa, sino quien alas presta á ciertas mariposas para que tan alto vuelen!... ¡Pues, anda! el gabán del señorito sin cepillar, y las camisolas empolvándose sobre la cama... Deles usted el pie, que ellas se tomarán la mano...—También por este otro lado van las cosas en su punto, gracias á Dios: media hora hace que me está dando la ternera en la nariz. ¿Por qué ha batido usted los huevos antes de que esté hervida la leche?... ¿No ve usted, alma de Lucifer, cómo se está pegando esta compota?... ¡Claro está! como no son ustedes quienes pagan todos estos pecados... ¡Pero desde mañana ha de cumplir en esta casa cada uno con su obligación, ó he de faltar yo á la mía!

Y así por el estilo, zumba y gime la voz de la señora Braulia en salas, pasillos y cocina, como cierzo regañón en casa mal cerrada, sin que le falten por acompañamiento y armonía las cáusticas respuestas de la doncella, ni los descargos irrespetuosos de la cocinera.

Con la cual música los ánimos se enconan de veras, las respectivas obligaciones se descuidan; y al cabo halla Gedeón un día requemada la sopa, cruda la carne, y los postres en salmuera.

Nada dice á Solita, que le sirve; pero llama á la señora Braulia, que no está presente la única vez que debiera estarlo.

—¡Señora—exclama con mal gesto y áspera voz al tenerla delante,—esto no se puede comer!

—Pues crea el señorito que no es culpa mía,—responde el ama de llaves, temblándole la barbilla puntiaguda, pálido el marchito rostro y mirando á Solita con ojos de basilisco.

—Ni yo trato de averiguarlo—replica Gedeón:—lo que me importa es señalar la falta para que la corrija quien debe corregirla.

—¡No es eso tan fácil como al señorito se le figura!

—¡Cómo que no! ¿No basta un poco de vigilancia?

—Ya esperaba yo que el señorito había de echar sobre mí todas las culpas; porque ¡ya se ve!... una no es onza de oro, al paso que otras, con menos méritos... ¡Virgen Santísima!

Y la señora Braulia, después de hacer unos cuantos pucheros, rompe á llorar como si el alma se le escapara por la boca.

Solita entonces, habiéndola contemplado un instante con la boca entreabierta y las cejas fruncidas, suelta los platos que tiene en la mano, llévase á los ojos la servilleta que, á modo de banda, tiene cruzada sobre el pecho, y sale del comedor como un cohete, lanzando el sollozo que pudiera oirse desde la calle.

Momentos después aparece en escena la cocinera con el mandil recogido sobre la cintura, los brazos descubiertos, encendido y reluciente el rostro, como solomillo á medio asar.

—El señorito me hará el favor de decir si en catorce años que llevo en la casa se me ha oído una queja, ni he dejado yo de cumplir con mi deber.

Gedeón está como paleto en comedia de magia, al ver aquellos aspavientos y aquellas apariciones y desapariciones.

—Pero ¿qué es esto?—exclama al fin.

—Que me haga usted el favor de dar la cuenta,—dice la cocinera, rompiendo también á llorar, y arrojando el mandil sobre una silla, como rey que depone su corona.

—Que aquí todas son señoras, y que todas mandan en la casa, menos el amo y yo,—añade la señora Braulia, dejando caer sus huesos sobre la silla inmediata, y llorando á más y mejor.

—Lo que pasa aquí—dice Solita entrando en escena, en ademán airado,—es que no se pueden aguantar los humos de esta señora; y como yo no he venido para servirla á ella, ni para que me quite la salud...

—¡Quéjese usted de mí, relamida! ¡casquivana!

—¿Lo oye usted, señorito? ¡Pues eso no es nada en comparación de lo que suele decirme cuando usted no está delante!

—¡Ni de lo que me dice á mí cada vez que entra en la cocina! ¡No se la puede aguantar!

—¡Mienten ustedes como quienes son, impostoras, mal nacidas!

—¡La mal nacida y la deslenguada será ella!

—¡Y la muy retevieja, desesperada y envidiosa!

—¡Silencio!—grita Gedeón asiendo una ensaladera, dispuesto á estrellarla sobre la más próxima de sus sirvientas.

Pero sólo después de haberse desahogado á sus anchas las tres mujeres, y estado á pique de tirarse de las greñas, y cuando ya el escándalo debe de haberse oído desde el ayuntamiento, logra Gedeón restablecer el silencio en su casa, y la promesa de que, por aquella vez, que es la primera, se olvidarán los mutuos agravios, y volverá cada mochuelo á su olivo, siquiera en obsequio á él, que no tiene otro destino en el mundo que estudiar la manera de pasar la vida sin contrariedades ni desazones.

Pero alea jacta est: aquellas mujeres que se resolvieron á pasar una vez los límites del respeto con sus pertrechos de odios y de antipatías, no pueden retroceder ya; y si no al día siguiente, al otro ó á los pocos más, dan la gran batalla, á cuyo fragor quiébranse cristales y vasijas, y renquean los muebles, y salen asustados á la escalera los vecinos de la casa; y cuando á ella vuelve Gedeón, no tiene otro remedio que licenciar aquella tropa que, como los pretorianos de Roma, ha tomado por oficio la sedición y la indisciplina, y puede, como éstos, llegar á atreverse con el César mismo.

En el alma le duele tener que privarse también de los buenos oficios de Solita; pero Solita no cabe á las órdenes de ninguna quintañona; y, sin esta pantalla, son sus atractivos demasiado peligrosos para un hombre que no quiere sacrificar su independencia á nada ni por nadie.

Lo que fuera de su casa puede ser hasta una ganga para él, dentro de ella sería un enemigo terrible.

Por eso, al pagar con rumbo á su doncella, ni por cumplido la dice que no se marche; lo único á que se atreve es á despedirse de ella «hasta la vista.»

—El mal está—dice al quedarse solo,—en que estas cosas me sucedan ahora; es decir, cuando podía dar comienzo á mis tareas, si estuviera yo establecido á mi gusto. ¡Por vida de las casualidades!...

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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III

UNA HOMBRADA

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Pero las casualidades se repiten tanto como las combinaciones; y las combinaciones que hace Gedeón con su servidumbre no tienen número.

Que ponga arriba lo más viejo, y abajo lo más joven, ó al revés; que todo sea rozagante, ó todo marchito y arrugado; que dé sus preferencias á la más quisquillosa, aunque las merezca menos; que no se las muestre á ninguna; que no se queje aunque halle tachuelas en la sopa y cables en el estofado; que en pro de la paz, en fin, renuncie á todos sus derechos de amo y señor, y dome los naturales ímpetus de su carácter... lo mismo adelanta: más tarde ó más temprano, la guerra civil estalla en su casa, y vuelan los cacharros en la cocina y los pelos en cada rincón; primero en sus ausencias, después á sus propias barbas; porque demostrado está por la experiencia, y al buen sentido se le alcanza sin esfuerzo, que no hay criada de solterón que aguante con paciencia á su lado otra sirvienta.

Lo que á Gedeón sacan de quicio tantas y tan parecidas casualidades, presúmalo el lector.

¡Cómo él, idólatra de la holganza y del regalo, pudo imaginarse, ni en sueños, que tendría que habérselas mano á mano con dueñas y fregatrices á cada hora, ni que habían de correr tiempos en que sólo le dieran, por salsa de su pesebre, alaridos y repelones?

Pero sabrá cortar por lo sano y poner remedio á la plaga, que para eso es libre y soltero.

Bien examinado todo, ¡qué necesidad tiene él de llenar su casa de mujerzuelas frívolas y quisquillosas? ¡Cómo no se le ha ocurrido hasta entonces hacer una hombrada, es decir, barrer de faldas su cocina, y buscar en el otro sexo quien le sirva en paz y bien?

Apuradamente lo que él desea es harto fácil de conseguirse: orden, puntualidad y respeto á su persona. Ya transige con los manjares mal sazonados, con la cama á medio hacer y con las botas deslustradas; pero que se lo tengan todo á punto; que no se invierta en ventilar rencillas miserables el tiempo destinado á servirle, y sobre todo, que no se le complique á él en escandalosas griterías de plazuela. ¡Á qué menos ha de aspirar una persona decente, «libre como el ave en el espacio, como el pez en el agua;» una persona que huye del matrimonio para hacer en todo su gusto y vivir como le dé la gana?

Con tan santos propósitos, échase Gedeón un cocinero y un ayuda de cámara, mozo listo y bien adiestrado en el oficio.

Pero el cocinero, por casualidad, es borracho y goloso y nada limpio, y no conoce cuenta ni razón; roba si le dan mucho dinero; y si se lo tasan, también; compra lo que á él le gusta, y lo guisa como más le agrada: los gustos de su amo no se tienen en cuenta para nada en aquella cocina.

Así y todo, Gedeón come, no cuando tiene ganas, sino cuando ya no las tiene su cocinero.

El cual cobra por mensualidades adelantadas, que es tanto como decir que ahoga toda reprensión en los labios de su amo con anunciarle que se marcha.

El ayuda de cámara no es tan borracho como el cocinero; pero, en cambio, tiene moza, y necesita dos horas cada noche para visitarla, por lo cual hay ocasiones en que se retira á casa más tarde que su amo; y se dan también en las cuales tiene éste que abrirle la puerta, porque el cocinero está roncando ya, ó no quiere levantarse; y gracias si en esos casos no aparece el criado envuelto en la capa ó en el gabán de Gedeón, pues para ambos sirven sus trajes y su calzado.

Lo que sólo sirve para el criado es el dinero que halla en los bolsillos del chaleco de su amo cuando le cepilla la ropa, y los cigarros sobrantes de la petaca olvidada en una levita ó encima de la mesa.

De vez en cuando, tienen mozo y cocinero sus francachelas mientras Gedeón anda soñando con las suyas fuera de casa; pues la verdad es que desde que tales contrariedades domésticas le persiguen, no tiene instante de sosiego ni punto de reposo, y todo lo aplaza para cuando se vea establecido á su gusto.

Entre tanto, si á media noche necesita una taza de te, se la llevan á las dos de la mañana, y el te le sabe á caldo frío, y la taza huele á basura.

Si de caldo la pide al mediodía, el caldo le sabe á aguardiente, y la cuchara á tabaco.

Toda su ropa está sin botones y con los forros descosidos; le faltan las mejores corbatas, y no sabe qué vientos le llevan los pañuelos de batista.

Si por joven despide al ayuda de cámara y toma hombre de más edad, éste tendrá de huraño ó de sucio ó de perezoso lo que el otro tenía de presumido ó de mocero, si es que no peca por esto y por aquello. Y lo que digo del criado digo del cocinero.

De todas maneras, llega un día en que Gedeón, después de haber perdido la paciencia, y con ella el paladar y el estómago y mucho más que no se gusta ni se digiere, pero que se pone ó se vende; después de ver su casa saqueada, y lo que en ella queda sucio, desconcertado y descolorido; después de convencerse de que los últimos criados que toma son los peores y los que más caros le salen, plántalos en la calle y lánzase él más tarde á la misma, dándose á todos los demonios y maldiciendo de la suerte que le hace elegir, en uno y otro sexo, lo más malo que existe en el ramo de sirvientes.

Y así se le va pasando lo mejor de aquel tiempo, que él tenía á sabrosos empeños destinado, como hacienda que se echa á los perros.

¡Qué empresas ha de acometer con bríos ni con gusto, si los unos y el otro se le gastan y corrompen entre las inesperadas miserias de su vida doméstica?

Asómbrase de que tan mezquinas causas le produzcan tan desastrosos efectos; no acierta á explicarse cómo ese poco de roña puede entorpecer todos los ejes de la máquina de sus ideas; y con el ansia febril de conjurar el cúmulo de casualidades que le persigue, para llegar alguna vez á establecerse á su gusto, medita, calcula, y todo lo supone menos que puede ser él uno de los infinitos hombres de quienes dijo La Bruyère que emplean la mayor parte de la vida en hacer miserable el resto de ella.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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IV

EL DEMONIO CONSEJERO

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Aspirando con ansia bocanadas de aire, cual si con ellas quisiera aventar sus pesadumbres, y caminando á largos pasos, encuéntrase en una de estas ocasiones con su camarada, aquel acicalado solterón de quien tanto hemos hablado, y á quien no ha visto mucho tiempo hace; y como si Gedeón llevara letreros en la cara, que revelasen las desazones de su espíritu,

—¿Cómo vas con tu nueva vida?—le pregunta en crudo el recién hallado.

—Pues, así, así,—responde Gedeón haciendo rechinar sus dientes.

—Al principio se extraña un poco.

—Efectivamente, algo se extraña.

—Pero ya habrás palpado ciertas ventajas...

—He sido poco afortunado en mi casa, si he de decirte la verdad.

Aquí resume en breves, pero pintorescas palabras, cuanto el lector sabe de sus amarguras domésticas.

—Mal anda, en efecto, ese ramo—dice el otro;—pero todo consiste en acostumbrarse.

—Ya.

—En cambio, irás llenando aquel romántico vacío y aquellas... ¿eh? de que tanto nos hablaste en la ocasión de marras...

—Pshe...

—Vamos, sé franco.

—Pues con franqueza, amigo: cuantos más criados meto en mi casa y más alboroto me arman en ella, más vacía la encuentro. ¡Yo no sé qué demonios me escarabajea aquí adentro y me dice, á cada innovación que hago en mi vida, «no es eso,» como si yo deseara algo que no encuentro!

—Vamos, eres incorregible, y has de morirte al fin creyendo en brujas. Porque unas fregatrices te hayan dado tal cual disgustillo, de esos que tiene á cada momento cualquiera mujerzuela casada, ya te ahogas.

—Pero recuerda que por huir de ese y otros disgustillos semejantes, estamos tú y yo fuera de la ley, en el estado honesto á perpetuidad, como las sepulturas de los ricos.

—No exageres, Gedeón, y no lleves tus profanaciones hasta el extremo de hacer comparable, ni aun en esa pequeñez, nuestra noble independencia con la ignominiosa servidumbre de los casados. ¡Por Dios que es cosa chusca ver á un hombre que va á matar leones, detenerse porque halla en medio del camino una sabandija! ¿Para qué demonios quieres esa fachada que tienes?... Lo primero que has de hacer, Gedeón, es echarte el alma á la espalda.

—Me parece que más echada...

—Y después, dar cierto ensanche á tus empresas. ¿Á que no lo has hecho?

—Efectivamente.

—De modo que vives, como quien dice, de los huesos de aquellas pechugas...

—Esa es la verdad... ¡y gracias si tengo, en un apuro, esos huesos que roer!

—¡Tú á huesos, Gedeón?

—Fíjate en mis circunstancias de hoy, en mis disgustos...

—¡Tú á huesos, con la carne que hay por el mundo, y las ventajas que tienes para aspirar á la más delicada!

—Hombre, no te diré que esté eso fuera de mis propósitos; pero tampoco he de ocultarte que no fío mucho en mi destreza de cazador; porque después que llega uno á cierta edad, fatigan mucho las cuestas arriba: parece que cada día que pasa es un año de otros tiempos, y la picara razón se hace una charlatana inaguantable. Dice unas cosas tan á punto y tan bien dichas, que no hay modo de que la fantasía meta su cuchara en la conversación.

—Es decir que te vas haciendo filósofo.

—No; pero sospecho que me voy haciendo viejo.

—De todos modos, rindes las armas.

—Tampoco; las cuelgo, mientras estudio el campo y me establezco á mi gusto en él.

—Por lo visto, esa es tu manía.

—¿Cuál?

—Establecerte á tu gusto.

—Exigencia de carácter: no sé dormir ni descansar con pulgas en la cama.

—Pues, amigo, yo soy tan viejo como tú, y nada me dice la razón que se oponga á mis inclinaciones, ni dejo de entregarme á ellas por molestia más ó menos.

—No las tendrás.

—¿Quién está sin alguna? «El saberlas vencer es ser valiente.»

—Pues cree que te admiro y te envidio.

—Resueltamente te ahogas en poca agua.

—Podrá ser.

—Y de todas las contrariedades de que te quejas tienes tú la culpa.

—No te diré que no.

—¿Serás también capaz de arrepentirte de no haber entrado en el gremio cuando el diablo te tentó?

—No por cierto; nada veo en esa región que me la haga desear; pero no he de ocultarte que voy concibiendo recelos de que tampoco en la nuestra he de hallar lo que años há me imaginaba.

—Y ¿cómo has de hallarlo sin la fe que te falta y con esos resabios de sensiblería patriarcal, que te enervan? ¡Ay, Gedeón! siento decírtelo; pero si has de salvarte, necesitas tutela por algún tiempo.

—¿Para qué?

—Para librarte del mayor enemigo que te persigue.

—¿Y cuál es?

—La manía del hogar doméstico.

—¡Bah!

—Créeme; es más fuerte que tú.

—¿Y qué debo hacer, en tu opinión?

—Si admites mi tutela por un instante...

—Si con ella me das paz y sosiego...

—Te lo prometo.

—Ya te escucho.

—Huye del enemigo.

—¿De mi casa, en la cual nací?...

—De tu casa, en la cual naciste y de la que, si no me engaño, eres propietario.

—Razón de más para que la mire con tanto cariño.

—Razón de más, digo yo, para que te animes á abandonarla. Ponla á renta, como los demás pisos; sácale el jugo.

—¿Y mis recuerdos?

—También á ellos, por lo mismo que son tu enemigo. Eso te consolará de la pena de no haber podido vencerle cara á cara. Desengáñate, Gedeón: ni tú ni yo hemos nacido para lidiar con la prosa de la vida doméstica, ni tenemos necesidad de intentarlo siquiera.

—¿Qué crees que debo hacer?

—Una cosa muy sencilla: ponte á pupilo con cuantas ventajas y comodidades puedas hallar, y deja á tu patrona el cuidado de lidiar con dueñas y fregatrices. Si tal hicieres, pronto me darás las gracias; y si desechas mi consejo, allá te las hayas con tus desventuras; pero no te quejes de ellas... ¿Dudas?

—De dudar es el caso.

—Medítalo bien.

—Pienso hacerlo.

—Pues adiós te queda, ya que estás advertido.

Y se va, dejando á Gedeón muy pensativo y no del todo desconsolado.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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V

NO ES CASA DE HUÉSPEDES

E
E

El consejo de su amigo prevalece, al cabo, en el ánimo de Gedeón. Doloroso es para éste abandonar aquella casa en la que nació y ha vivido siempre; pero no hay otro remedio que cortar por lo sano.

Levanta la casa, ó la cierra, temiendo un arrepentimiento el día menos pensado; pero el hecho es que se pone á pupilo; lo cual le ha dado bastante que hacer, porque el gremio tiene mucho que explorar si se ha de elegir lo menos malo.

En sus pesquisiciones para hallar un albergue, como el otro una posición social, ha recorrido medio pueblo y ha oído con paciencia el completo catálogo de las humanas vicisitudes, de boca de las innumerables pupileras que le han solicitado para huésped. Ninguna de ellas ejercía la industria por ascenso: todas habían bajado hasta ella desde los puestos más encumbrados en armas, en nobleza y en dinero: siendo de notar que cuantos más humos revelaba una señora de esta clase, menos fuego calentaba su cocina.

Al fin se establece en la casa que más se aproxima á sus deseos.

Su dueña, doña Ambrosia de nombre, se conforma con blasonar de rígida en los más severos principios de moral, y de haber dado golpe, en los albores de su juventud, en calles y paseos. Dos veces viuda, no se ha puesto en peligro de serlo la tercera, porque no ha querido, no por falta de pretendientes, pues á pares los ha tenido que aspiraban al honor de sacarla de pupilera, y á la dicha de poseer los conservados restos de sus juveniles encantos.

Á creerla, tiene casa de huéspedes porque, acostumbrada en vida de sus papás, y más tarde de sus maridos, á un trato escogido y ameno, la soledad la mata. Para ella, son familia sus pupilos; por lo cual admite pocos, y esos de arraigo, de formalidad y de educación: á Dios gracias, no necesita el tráfico para comer.

Gedeón ocupa un gabinete con puerta falsa al corredor, y otra de vidrieras con cortinillas á una sala que, según advertencia de doña Ambrosia, es para recreo de los huéspedes, ó para que éstos tengan donde recibir decorosamente sus visitas, En la sala hay una alcoba con cama de respeto, también al decir de la pupilera.

Como los huéspedes son pocos y buenos, si ha de creer á doña Ambrosia, Gedeón consiente en comer á la mesa con ellos, ínterin llega una doncella que se espera y podrá servirle la comida en su cuarto con la puntualidad y esmero que ahora le faltarían, por estar incompleta «la servidumbre de la casa.»

Durante los primeros días tiene por compañeros de mesa á un señor muy flaco y muy nervioso, que no habla una palabra, del cual ha dicho la pupilera que es un marqués muy rico, que viene á tomar aires; cuya marquesa es la señora oronda y colorada que se sienta á su izquierda, y le trincha la carne, le parte el pan en bocaditos y le escancia el vino.—Tampoco despliega los labios.—Ni el marqués ni la marquesa tienen el pelaje ni el aire de tales: pero ¡hay tantos marqueses que no lo parecen! Gedeón tomara á éstos por ex-tenderos de refino, que se retiran al pueblo natal á comerse las ganancias de treinta años de mostrador.

Sigue por la derecha un hombrecillo de crespo y recortado bigote, de frente angosta y cabeza plana, con gabán de ropería, que sorbe las salsas en el plato y bebe con la boca llena, sin dejar de hablar, por eso, de la influencia que ejercen los cuartos de luna en el corte de las uñas y del pelo, y de las recetas infalibles que él tiene para exterminar las chinches y las cucarachas.—En opinión de doña Ambrosia, este huésped es un ingeniero sapientísimo que estudia, por recreo, dos años hace, el suelo de la provincia para establecer en sitio conveniente, y á sus expensas, una fábrica de patatas artificiales para los pobres.—Gedeón le clasifica, en su padrón particular, como escribanillo de aldea.

Llévale la contraria en sus asertos científicos, una señora muy peripuesta y retocada, con voz de bajo cantante. Habla mucho de la antigua Grecia y de las sales áticas, lo cual no sorprende tanto oyéndola decir á cada triquitraque que es viuda de un oidor de Filipinas, que dejó setenta volúmenes de comentarios á la Casandra de Licofrón, y otros cinco de notas á las Dionisiacas de Nonno Pannopolitano. El gobierno ofrece á la viuda cuarenta y ocho mil duros por la propiedad de estas luminosas obras; pero ella quiere el millón cabal, y tras él anda con la esperanza de conseguirle. Cree Gedeón que con que la pagaran sin descuento la viudedad que debe corresponderle desde la muerte del mayor de plaza (pues no otra cosa pudo tener por marido), se diera la erudita matrona por satisfecha.

Algunos días después aparecen en la mesa dos huéspedes más: un gigantón, hosco de mirada, cerdoso de bigotes, rasgado y muy abierto de boca, purpúreo de color y muy largo de brazos; y su señora, el tipo opuesto: aguileña, oscilante, lánguida y sentimental. Malambruno, como desde luégo llama Gedeón al gigante, se queja del fuego herpético que le devora; por lo cual anda recorriendo climas hasta dar con uno que le apague el incendio.

Por lo demás, cuando no habla de su dolencia, echando candelas por los ojos, brasas por las mejillas y rociadas de saliva por entre las cerdas de sus bigotes, aturde á los circunstantes con la estadística de sus caudales. En la Mancha, porque la erudita citó á don Quijote, tiene él tres haciendas que le produjeron el año pasado, y sólo en renta, doce mil fanegas de trigo. Porque se habla de dormir la siesta, ó de si es sana ó dañosa esta costumbre, niega él, sin que nadie lo haya afirmado en la mesa, que los extremeños hagan siete comidas y duerman cinco siestas al día. Precisamente conoce á palmos la provincia de Extremadura... ¡como que tiene en ella seis dehesas y más de veinte mil cerdos!

Por análogos procedimientos trae á colación sus cortijos de Jerez y sus posesiones de Salamanca, siendo de notar que en cada dehesa, y en cada cortijo, y en cada hacienda, tiene, no solamente palacio con la necesaria servidumbre de criados para él y de doncellas para su señora, sino hasta templo, pues capilla se la permite cualquier zarramplín de aldea.

Porque se cita el escamoteo de un reló ó el de los calzoncillos que llevaba puestos el vecino de al lado, cualquiera ratería de esas tan usuales, impunes y corrientes en la hidalga patria de Candelas y José María, cuenta él que en una ocasión le robaron su casa de Madrid, estando con su señora recibiendo á los duques de Montpensier en su palacio de la Serranía de Ronda; siendo lo admirable del caso, en su concepto, que los ladrones abrieron la puerta del gabinete de raso azul, del cual pasaron á la galería de esculturas; de ésta á la sala de los tapices flamencos, y de aquí á su despacho, cuajado de primores de arte y de objetos de lujo. Sin señales de titubear para encontrarla, abrieron una puerta oculta detrás de una librería de palo santo con columnitas de oro macizo, y entraron en un retrete, en el cual había hasta tres cofres llenos de alhajas de incalculable valor; pero no pudiendo abrirlos, á causa del secreto de sus cerraduras, ni cargar con ellos, por lo mucho que pesaban, se conformaron con robar unas botitas usadas de su señora, dos libros de genealogías, y como tres cuarterones de azucarillos.

Mientras Malambruno cuenta estas cosas y otras tan estupendas como ellas, con voz estentórea y lento diapasón, su señora no deja oir la suya más que para rectificar algún error de cantidad en que haya incurrido su esposo.

—Eran trece mil—dice, verbigracia, al asegurar éste que eran doce mil solamente las fanegas de trigo cosechadas por rentas en la Mancha; ó—creo que eran cuatro,—aludiendo á los cofres llenos de alhajas.

Entre tanto, Malambruno está vestido de paño de Munilla, y parte por la mitad los trabucos del estanco, para fumarlos en dos veces; su señora viste con más aparato que riqueza; no trae consigo una sola doncella de tantas como deja holgando en cada palacio, y todo el equipaje del pomposo matrimonio viene metido en un baúl de tres celemines.

Fáltame decir que doña Ambrosia asiste á casi todas las exhibiciones retumbantes del caudal de Malambruno, y que á cada rociada de millones que éste suelta, mira ella á sus huéspedes y parece decirles con los ojos, mientras se revuelve nerviosa en su silla:

—¿Qué tal, caballeros y señoras? ¿Tengo yo pelones en mi casa?

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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VI

ENTRE VENUS Y MARTE

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Durante la primera semana, halla Gedeón hasta cierto deleite en las originalidades de sus compañeros de mesa; pero á la segunda ya no puede con ellas. Asústale el temor de que aquello dure indefinidamente; y comparándolos con tan grotesco cuadro, le parecen de color de rosa los que á él le echaron de su casa.

Felizmente, no tarda la pupilera en anunciarle que desde el día siguiente comerá en su gabinete; porque para entonces habrá llegado la doncella que esperaba.

Y como lo ofrece lo cumple. Gedeón come en su cuarto al otro día; y ¡oh sorpresa embriagadora y confortativa! la doncella que ya vino, y le cubre la mesa, y después le sirve los manjares, es Solita; Solita, que le saluda regocijada y más sandunguera que nunca; Solita, que le cuenta lo poco afortunada que ha sido en amos desde que, bien á su pesar, tuvo que salir de casa de su señorito; Solita, que cuando ya no tiene nada que referir á éste con la lengua, parece decirle con los incitantes ojos, á cada plato que le sirve:—«Vamos, hombre, atrévete conmigo, que aquí no corres los riesgos que en tu casa; aquí soy la criada de tu pupilera; somos dos transeuntes que hacemos juntos un alto y nos arreglamos con lo que tenemos; ahora todo te es lícito sin desautorizarte... ¡Mira que de estas gangas no las encuentra cada día, ni tan á mano, un solterón medio aburrido y desalentado como tú, y que sólo vive, como perro achacoso, de lo que le cae en la boca!»

No es fácil calcular con exactitud si es Solita quien tal dice con los ojos, ó si es Gedeón quien se lo imagina, ex abundantia cordis; pero es indudable que éste lo lee así; y como es hombre que no desperdicia las buenas ocasiones, sin que lleguen los principios de su comida ya ha puesto sus voluptuosos fines en evidencia. Mas no es Solita juez que sentencia en arduos litigios sin maduras reflexiones. Antes da muestras de sutil ingenio y experta travesura; y resistencias hace, aunque sin enojos, que ponen á Gedeón fuera de quicio.

De todas maneras, esta peripecia viene á interrumpir sabrosísimamente la abrumadora monotonía de la vida de nuestro solterón, y á hacerle llevadera la existencia en aquella posada que empezaba ya á parecerle presidio. En adelante, verá llegar con alegría las horas de comer y todas las de volver á su albergue...

Una advertencia, por lo que valga, y suponiendo que alguien que esto lea piense que el encuentro de Gedeón con Solita no es rigorosamente necesario: no he conocido un Gedeón tamaño, sin una Solita semejante. El de mi cuento se encuentra con ella en una posada, después de haberla conocido en su propia casa, como otros las vuelven á ver en medio de la calle, ó en sitio peor, después de haberlas tratado sabe Dios en qué parajes.

Mas no por esto que digo de la necesidad de las Solitas para determinados solitarios, y de su mancomunidad de debilidades, se hagan juicios temerarios sobre la fortaleza de la Solita en cuestión; pues en Dios y en mi ánima aseguro, á más de lo que ya tengo dicho, que va poniendo á Gedeón de muy mal temple el obstinado crecer de los obstáculos.

Y cuidado que no pierde ripio el solicitante. Sus comidas se eternizan; sus vueltas á casa no tienen número, y no le tienen tampoco las veces que se le ocurre ponerse malo á las altas horas de la noche, para que Solita le lleve el vaso de agua ó la taza de te.

Y tan obcecado está en menudear todo lo posible sus entrevistas con la doncella fuerte; hasta tal punto le preocupa esta heróica tarea, que no se fija en que doña Ambrosia está ya en autos, y anda por alcobas y pasillos murmurando no sé qué letanías en que todo se canta menos alabanzas á su huésped, cuando él está departiendo con la doncella.

La cual, sufre después, y no lo cuenta, los refunfuños y desabrimientos de su ama, como en otro tiempo sufrió los de la señora Braulia por idénticos, aunque no tan notorios motivos.

—¡Si piensan algunos que mi casa es un cuartel, chasco se llevan!—grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)

Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la parte de allá de las vidrieras del gabinete:

—En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es, propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que á usted le envía.

La misma ó parecida relación que le hizo á él.

—Pues mire usted, patrona—contesta en la sala una voz sonora y retumbante,—la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.

—En cuanto á eso, caballero militar—replica doña Ambrosia notoriamente sulfurada,—entienda usted que esta casa ni es posada ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación de hospedarle á usted á su lado.

—¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya á la empinada la hija de su madre!

—¡Caballero!

—Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.

—Ni yo le he faltado á usted...

—Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene usted, señora? ¿Sí ó no?

—¡Eso es injuriarme!

—¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?

—¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está tratando?

—Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.

—¡Es que tiene usted unas cosas!...

—¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!

—¡Y unas demasías!...

—En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.

Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse la voz del hombre de la sala, que grita:

—¡Ruiz!... ¡Ruiz!

—¡Presente, mi capitán!—responde desde el pasadizo otra voz de hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de sable, indican que acude al llamamiento.

—¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?

—Ahí quedan, mi capitán.

—Traételos.

Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:

—Aquí está el maletín.

—¿Y lo demás?

—¿Lo demás, mi capitán?...

—¡Lo demás, sí!

—Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...

—¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en la cocina?

—No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?

—Ahí, en el arzón trasero de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo lejos de las monturas.

—Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los bastos tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por encima!...

—¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...

—Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á mi capitán...

—Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!

—Siempre á la orden, mi capitán.

Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en la cama de respeto de la sala de recreo de los huéspedes de doña Ambrosia.

Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.

Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta cuartelera que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba enderezada, como lo va sospechando.

Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el segundo á zagalear las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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VII

VARIAS CATÁSTROFES

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Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.

¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y comiendo y almorzando.

Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho y le suena á cuartel.

Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se disculpa con Gedeón.

—Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios sentimientos...

Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.

Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa del gabinete.

En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los hombres que pasan por la calle.

De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se hunde la tierra.

Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto de establecerse á su gusto, suspira por el capitán, que le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.

Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más tolerable.

Dos horas le dura la arrancada, como dicen los marinos, ó la velocidad inicial, según la culta jerga científica; dos horas que invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.

Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.

En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.

—¡Ay, señorito!—le dice entre sollozos,—¡qué mala estrella es usted para mí!

—Pues ¿qué sucede, hija mía?—pregúntala Gedeón hecho unas mieles.

—Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.

—¡Por mí, alma de Dios!

—Sí, señor, por usted.

—¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.

—Ya usted me comprende.

—Pues no comprendo una palabra.

—¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?

—Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar, créalo usted.

—Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.

—¿De mí?

—Y de mí: de los dos.

—¡Ah, grosera, incivil y menguada!

—¡También usted!

—Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la cultura, la suavidad y la...!

—Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo salía del gabinete, de servirle á usted.

—¡Y no me ha dicho usted nada!

—¿Para qué?

—Para que yo estrangulara á esa tarasca.

—Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído y á despedirme en seguida.

—¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?

Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:

—Por de pronto... á casa de una amiga.

—¿Y después?

—Después... adonde me quieran.

—Entonces, no se mueva usted de aquí.

—Ya sabe usted en qué sentido hablo.

—También usted en el que yo la replico.

—La necesidad me obliga á servir.

—Porque usted quiere.

—¡Qué bromas gasta usted!

—No en este momento.

—Me parece que más claras...

—Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...

—¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?

—¡Muchísimo más!

—¡Pues tendrá que oir!

—¡Cosa buena, Solita!

—Como de usted.

—Ya se ve que sí.

—Pues si usted lo asegura...

—Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.

—¿Ahora, de repente?

—Hace días.

—¿Y qué?

—Que si quisiera usted conocerle...

—Si me interesa en algo...

—De punta á cabo.

—Pues usted dirá.

—Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?

—Bastante.

—En ese caso, andando hablaremos.

—Como usted guste.

—Pues vamos andando.

Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como la f sobre la i.

. . . . . . . . . . . . . . .

Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!

Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como juego, cargo, me retiro, entrés, etc., etc.

—Vamos—piensa Gedeón,—lo que faltaba.

Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la sala un vocerío tremendo; y sobre si muerto ó si vivo; sobre si el salto ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y cincuenta blasfemias.

Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de cordel.

Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.

—¡Señora!—le dice.—¡Ésta es la casa de Tócame-Roque!

—¡Más honrada y más decente que la que merece el muy descortés!—respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos inyectados de sangre.

—¡Esto es un burdel!—añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una firmeza que la desesperan más.

—¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no velar, como velo, por la buena moral!

—Que lo digan los de la sala.

—¡Yo no puedo preverlo todo!

—Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.

—¡Cómo!...

—Negándome que aquí se admite al primero que llega.

—¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!

—En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.

—¡Caballero!

—Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.

—Cuando usted guste.

—Ahora mismo.

—Naturalmente. Como se largó ella...

—¡Señora!...

—Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de acuerdo.

Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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VIII

DE MAL EN PEOR

A
A

¿Adónde vamos con esto?—le preguntan.

—Á la fonda.

—¿Á cuál de ellas?

—Á la más cara,—responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en dinero.

Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído por baúles amontonados y camareros sin educación.

—¿Adónde vamos?—pregunta á éstos la acémila delantera.

—Adentro se lo dirán á ustedes,—responde el menos soez de los preguntados.

Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y les dice:

—Aquí.

Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de una bujía colocada entre uno y otro.

—Perdón,—exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra media cubierta de jabón.

Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra puerta:

—Aquí es.

Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el fondo de aquel misterio inexplorado.

Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que han llegado los cuatro:

—¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!

—¡Boum!—le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.

—¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está desocupado?

—¡El dusiantos trantiunoooo!...—vuelve á responderle la voz.

—Es en el otro piso, caballero—dice el hombre gordo á Gedeón.—Es enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.

Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y la pared con lamparones.

Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.

Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.

Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar, dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche (cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de los huéspedes.

De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»

No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre pasar por ellas, como él ha pasado algunas veces, y vivir en ellas, como ahora vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.

Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.

Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación, aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.

Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, en su afán de mejorar de vivienda y de establecerse á su gusto.

Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.

Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da bastante que hacer.

Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos como de la peste.

En cuanto á lo demás, tanto le cansa como le deleita, si es que algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos de las sobras de otros tiempos, ó á similores del presente, que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su libertad.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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IX

POR LAS NUBES

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Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.

Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.

Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.

Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición con flemas y pata de gallo, y de poseer algún atractivo especial para las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.

¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se dice, después que se muestre en semejantes alturas:

—Pues es un señor que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y que tiene horror al matrimonio.

No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado de figura.

Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre, en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por ninguna parte que se le mire.

Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos colocado?

Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para marido, aun cuando él se prestara á serlo; y las demás, suponiendo que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya que el diablo las lleve, que las lleve en coche.

Tentará á probar fortuna, eso sí, que para eso fué allá, y además es terco; y no se dirigirá á la más fea ni á la menos joven, que para eso es solterón y frisa en viejo; y se meterá en floreos de lenguaje y en retóricas trasnochadas; y preguntará por la gavota y el baile inglés, y por la música del Tancredo, cuando hace setenta años que ni aquéllos se bailan ni ésta se canta; y por sandio que sea, caerá en la cuenta de que cuanto más sublime se hace, se pone más en ridículo.

Y recordará entonces que en las capas inferiores, como ahora se dice, de la sociedad, entre modistillas y gentes de medio pelo, está él como el pez en el agua; recuerdo que, enfrente de las dificultades que traban su lengua y turban sus ideas, le excitará el deseo de vencerlas, y tal vez sus manos se atrevan á cometer demasías de tacto, ó su lengua se desborde, ó sus piernas desmazaladas, y á la sazón revueltas entre vecinas faldas de sedas y crespones, hagan una barbaridad que escandalice al concurso.

De todas maneras, Gedeón perderá el tiempo; porque aun concediéndole algún fruto en sus exploraciones, bien apreciado no valdrá la violencia en que le pondrían los medios para alcanzarle. Violencia digo, porque sin ella no puede él vivir en un terreno tan extraño á sus hábitos é inclinaciones.

Y si le frecuentara más para hacerle placentero, acabaría por salir de él marido de la mujer más pobre y fea; y no convertido, sino domado como una bestia; en el cual caso sería una variedad vulgarísima entre los célibes remolones, y no un perfecto modelo de la especie solterona impenitente, como el lector y yo hemos convenido en que sea Gedeón.

En substancia, este capítulo es pura y simplemente una respuesta anticipada al candoroso lector que, olvidado de la naturaleza especial de nuestro personaje, me salga al encuentro con esta observación, que, en su concepto, lo resolvería todo, y hasta me excusara el trabajo de escribir lo que me falta de este libro.

—Pues, hombre, si Gedeón se aburre, ¿por qué no se divierte como yo?

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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X

LO QUE NO HABÍA PREVISTO GEDEÓN

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Pero lo verosímil es que, á pesar de sus propósitos, si los tiene todavía, no se resuelva á salir de sus merodeos de escalera abajo; porque lo que entra con el capillo, sale con la mortaja.

Á la edad en que Gedeón ha pensado en elevar su vuelo hasta las águilas rapaces, ya pesa mucho el cuerpo; y si, aunque con trabajos, se sube, faltan los ojos para resistir el sol mirándole cara á cara. La tierra llama á lo suyo; y aunque sueñe ser águila, se queda el atrevido tan milano como sus hábitos le han hecho ó su madre le parió.

Lo innegable, por de pronto, es que una noche se retira á su albergue triste y dolorido; que la cama, aunque fementida, le llama á sí, y que él se arroja en ella sediento y quebrantado.

Como el sueño no acude á sus párpados, entretiénese en apreciar la cantidad y la calidad de la dolencia que le postra; pero cuanto más se examina, menos comprende si sus dolores proceden del cuerpo ó del espíritu.

Le asaltan serios temores de que la enfermedad pueda complicarse, y se estremece al pensar en la asistencia que le aguarda.

Entonces cae en la cuenta de que jamás ha entrado en sus previsiones un contratiempo semejante.

—He aquí un caso—se dice,—en que la familia no es tan abominable como nos la pintan. La más mala de las mujeres, el más ingrato de los hijos, pudieran prestarme ahora un auxilio, aunque sólo fuera el de su presencia, que para mí no ha de haber, ni pagándole. Mas yo no tengo esposa, ni hijos... ni siquiera un amigo, ni un allegado... Me faltará el consuelo de que no carecerá el último zapatero que se muera de hambre en un desván... Pero esto tenía que suceder; es lógico tal desamparo... Es una de las quiebras de mi oficio.

Después se va con la imaginación adonde le llevan los objetos que le rodean y los rumores que perciben sus oídos; y así, por esta senda, llega á antojársele que en toda fonda bien montada hay algo de manicomio, de cárcel y hasta de hospital: de todo, menos de casa y hogar.—Aquellas celdas en fila, con los números sobre la puerta; aquella uniformidad de camas, de colchas, de sillas y jergones; aquel hormigueo de gentes en los interminables corredores, gentes de todas edades, procedencias y cataduras; gentes que no se conocen ni se hablan; aquellos camareros brutales, impasibles, con el eterno mandil ceñido y el sucio lienzo en la mano, como verdasca de loquero ó tohalla de practicante; aquel gemir en un cuarto, reir en el otro y cantar en el de más allá; ó hablar aquí en francés, en griego allí, y en un rincón de negocios, en otro de literatura, y de amor en el más obscuro; aquella campana que recorre patios y pasadizos, llamando á comer cosas que el huésped no ha pedido y no sabe si le gustarán, en una mesa muy larga y entre gentes que se enfilan en ella como mulos en pesebrera, y como éstos, sin chistar ni sonreir, engullen; el rechinar de las cerraduras por la noche al meterse cada cual en su madriguera; el ruido acompasado del huésped que se va, ó del que llega á las dos de la mañana, como el ruido de los pasos del centinela en el patio de un presidio, ó de los hombres que sacan un cadáver de la cama de un hospital para llevarle al cementerio; y, por último, el marcharse uno sin despedirse como entró sin saludar, porque el amo es allí una entidad, como el Municipio ó el Estado en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles, detalles son, con otros muchos más, en concepto de Gedeón, tan aplicables á la fisonomía de una fonda como á las de esos lugares aborrecibles y aborrecidos.

Lo único en que no se parecen la una y los otros es que en los hospitales, en los manicomios y en las cárceles tiene la caridad socorros y consuelos para los acogidos, para los locos y para los criminales enfermos, al paso que los huéspedes de las fondas pueden, como Gedeón mismo, irse al otro mundo sin que lo sepa nadie más que Dios que se los lleva.

En éstas y otras visiones, la noche avanza, el sueño no viene y la sed le atormenta. Como se ha bebido ya el agua de la botella, ase el cordón de la campanilla, tira de él con ansia, y espera.

Los minutos corren y nadie viene.

Al fin oye pasos en el corredor.

—¡Ese es!—piensa.

Pero el ruido se aleja. Oye otra vez rumor de pisadas junto á su cuarto, y vuelve á llamar creyendo que le oirá el que pasa; mas no reflexiona que la campanilla á la cual corresponde el cordón de que él tira, quizá esté zarandeándose en el otro piso, y que se necesita que se halle cerca de ella una persona para que pueda saberse que número es el que llama.

Convencido de que tirar de aquel cordón es clamar en desierto, se arroja de la cama y apaga su sed con el agua de la jarra de latón. No es fresca ni está limpia; pero es abundante.

Vuelve á acostarse, y tampoco puede dormir; y van pasando las horas y mermándose los ruidos, por calmarse el movimiento; y cuando sólo se oye, de vez en cuando, el roncar de los que duermen á los lados, ó el lento taconeo del que trasnocha ó se va, ó el lastimero mayar del gato enamorado, en el desván cercano ó en el tejado vecino, el cansancio le rinde y le proporciona un sueño reparador, durante el cual se imagina que vela á su lado una esposa solícita y amante que le toca la frente y se la refresca con besos amorosos y con paños de nieve, no más blanca que sus manos, mientras un niño de angelical sonrisa le acaricia el enardecido rostro con sus rizos de querube.

¡Cómo le consuela todo esto! Pero en seguida se le ponen delante sus tres camaradas y consejeros, furibundas las miradas y mostrando en sus espumantes bocas víboras por lenguas; ante el cual aspecto, repulsivo é infernal, la visión consoladora desaparece, quedando en su lugar un hombre de blanco mandil, que le pide por cada gota de agua una moneda.

Después no sueña nada; se queda como un tronco. Al despertar por la mañana, se encuentra sin fiebre, pero muy abatido y con horror á la soledad.

No se cansa en reñir al mozo que le sirve, cuando, cerca del mediodía, entra en su cuarto: perdería el tiempo y las palabras; pero le suplica que mande venir un médico.

Á todo trance quiere comunicar con alguno; y no teniendo amigos ni parientes, ha calculado que nadie como un hombre de aquella profesión puede ayudarle á pelear contra el enemigo que le asedia.

Hará que le visite á cada hora, si tanto se necesita; le costará el auxilio caro, pero tendrá, á lo menos, quien le ayude á morirse en toda regla, si decretada está su muerte, ó le tienda una mano para salir del lecho.

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XI

LO QUE LE DUELE Á GEDEÓN, Y POR QUÉ LE DUELE

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Al cabo de dos horas se presenta el médico. Se ha necesitado una para que el camarero, después de olvidar el encargo, le recuerde, y cerca de otra para decidirse á llevarle á su destino.

Es el Doctor hombre de medio siglo, de rostro sereno y de mirada firme, pero sin dureza; pulcro en el vestir y culto en sus maneras.

Gedeón, en cuanto le tiene al lado, le hace una pintura de sus recientes dolores.

El Doctor le mira, como si sus ojos leyeran mucho más adentro de la fisonomía; le toma el pulso, sin dejar de mirarle, y no dice una palabra.

El enfermo, tras una corta pausa, continúa enumerando detalles y acumulando fenómenos, sin ocultar lo que soñó por la noche.

El médico palpa, observa y no despliega sus labios.

El paciente cierra los suyos, mira á los ojos del médico, y parece pedirle su dictamen.

—¿Quiere usted darme algunos antecedentes?—dice al cabo el Doctor, dejando de palpar, pero no de mirar á Gedeón, como si le pareciera poco la enfermedad explicada para causa de tanto y tan visible decaimiento.

Gedeón, que siempre tuvo una salud de bronce, no halla medio de satisfacer la pregunta del Doctor.

—No se fije usted solamente en los dolores del cuerpo—añade éste al notar la perplejidad del enfermo;—examine usted también las vicisitudes del espíritu; pues con frecuencia es éste la causa mediata de muchas dolencias de aquél.

Gedeón narra sus últimas desazones, aunque achacándolas á las prosáicas contrariedades que el lector conoce.

—Un poco más atrás...—replica el médico, como si hubiera dado con el rastro de lo que busca.

Gedeón retrocede con su relato hasta la catástrofe de la señora Braulia.

—¡Más atrás todavía!—insiste el Doctor, animando al enfermo con expresiva mímica.

Gedeón se atreve á contar hasta por qué se decidió á establecerse como mozo de casa abierta; apunta algunas consideraciones sobre su aversión al matrimonio; algo también sobre los consejos que le dieron, y no poco sobre el carácter de los consejeros; y así, apuntando el uno y excitándole el otro á revolver más los fondos de la historia, llega el Doctor á conocerla casi tan al pormenor como nosotros, siendo de notar que Gedeón la desenvuelve con tanta complacencia, como si fuera lienzo ceñido á sus carnes, y buscara quien estirase las arrugas que se las desuellan.

Cuando concluye, le dice el Doctor, con rostro afable:

—Lo que usted me ha referido no es otra cosa que la confirmación de una sospecha que adquirí desde que comparé su estado actual con las, según usted creía, causas inmediatas de él.

—¿Luego no son esas las que?...

—El mal que, en apariencia, le ha postrado á usted en el lecho, se cura con dos cuartos de ungüento; pero no le diría á usted la verdad el médico que le dijera que estaba usted curado porque ya no le dolía la rodilla.

—¿Cree usted que podrá repetirse el dolor, según eso?

—Creo que no es ese el mal que usted padece.

—¿Otro más grave, acaso?

—¿Me autoriza usted para decirle todo mi leal sentir?

—No sólo le autorizo á usted, Doctor; se lo ruego.

—Pues haciendo uso de esa licencia, empiezo por decir que le ha hecho usted muy malo de su vida.

—¿Por qué?

—Porque ha mirado usted del revés todas sus conveniencias.

—¡Vea usted: yo creía todo lo contrario!

—No me sorprende. Viéndose usted joven, robusto, mimado y consentido, dejóse arrastrar de los estímulos de todas esas aparentes ventajas, sin tener en cuenta que son muy efímeras, ni, lo que más importa, aunque el corazón debió advertírselo, que el hombre necesita, en cada edad, hacer (si es lícita la metáfora) sus provisiones para la inmediata; porque sabido es que en lo moral, y á las veces en lo físico, lo que en las unas nutre, en las otras envenena.

—Por ejemplo...

—Por ejemplo: la absoluta emancipación de las pasiones, la ruptura de todos los vínculos divinos y humanos...

—¿Y eso nutre alguna vez?

—Eso, durante el hervor de la juventud, es el fuego que más le sostiene; el huracán que le empuja; el imán que la atrae.

—¿Y después?

—Después es el hielo de los páramos en el invierno de la vida.

—Es muy bonito eso... para dicho, Doctor; pero...

—¿Duda usted que sea cierto?

—Acaso.

—Pues de que lo es, tengo un ejemplo delante.

—¡Yo!

—Me ha confesado usted hace poco que la soledad le mata.

—Es verdad.

—Luego no me equivoco.

—Pero eso le sucede á cualquiera.

—Lo niego: de esa clase de soledades únicamente se quejan los que han vivido divorciados de todo afecto generoso; los que han hollado en la juventud las leyes de Dios y las de la naturaleza; los que han llegado á las puertas de la vejez sin un abrigo para el corazón, sin un consuelo para el alma.

—Hombre, en eso de consuelos, cada uno puede tenerlos á su manera.

—No el alma, que los tiene bien determinados; el alma, como de origen divino, no puede satisfacerse con los goces brutales de la materia. Su destino en el mundo es mucho más elevado.

—¿Cuál es, según usted, ese destino sublime?

—El amor.

—Entonces estamos de acuerdo.

—El amor, sí; pero no ese amor carnal que sólo dura lo que la pasión grosera que le enciende; el amor del padre al hijo, del hijo al padre, del hermano al hermano, del hombre á su prójimo; el amor que infunde en una criatura el heroísmo de arrojarse al fuego por sacar de él á su enemigo; el placer inefable de aliviar los dolores que padece otro sér; el ansia de ser útil á sus semejantes... Este es el amor sublime; éste es el amor del alma, si el alma ha de ser digna de Dios.

—Y ¿cuál es, en opinión de usted también, la fuente en que se bebe ese néctar?

—La familia.

—Y ¿por qué no ha de beberse fuera de ella?

—Fuera de ella puede también sentirse ese amor; sólo que quien así le sienta, no odiará, como usted, el matrimonio, base y fundamento de la familia.

—Y ¿por qué odiando el matrimonio no he de poder yo amar de esa manera?

—¿Por qué no brotan flores en el Sahara?

—Porque es un desierto.

—¿Y cree usted que es otra cosa el corazón de un egoísta? ¿Cómo ha de ser capaz de partir su capa con el pobre quien renuncia á los hijos por el temor de que le turben el sueño con sus juegos? ¿Qué ha de ser el corazón que sólo palpita al impulso de los groseros deleites, más que una víscera, como el de una bestia?... y digo mucho, porque las bestias tienen el instinto de asociarse y de amar á sus semejantes, cumpliendo de este modo la ley que Dios les impuso; ley contra la que nada ni nadie se rebela en la tierra, más que el hombre egoísta.

—¡Ja, ja, ja!... ¡qué Doctor éste!

—¿Se ríe usted?

—¿Pues no he de reirme?

—¿Por qué no se reía usted anoche?

—Hombre... porque estaba enfermo.

—Y ¿por qué lo estaba usted?

—¡Toma!... Porque... porque no estaba sano.

—Eso es responder de mala fe: usted me ha confesado que lo que más le dolía entonces era... el desamparo.

—Llámelo usted hache.

—Precisamente hay que llamarlo equis, porque es la incógnita de este problema.

—Pues concedido que lo sea. ¿No podía yo estar acompañado y asistido... hasta con amor, y sin embargo?...

—Y sin embargo, pensar usted como piensa, y ser usted lo que es. ¿No es esto lo que usted quería decir?

—Cabalmente.

—Y ¿á título de qué, señor mío, había de gozar usted ese privilegio? ¿Quién le ha dicho á usted que el amor del prójimo se enciende como una pajuela cuando necesitamos su luz, y se apaga cuando nos estorba? ¿Qué da usted al prójimo en cambio de eso que le pide?... Ó ¿cree usted que el mundo es un mueble de lujo para recreo de cuatro solterones aburridos, ó de otros tantos egoístas desalmados?

—Está usted cruel conmigo, Doctor.

—Como lo estoy siempre que trato de salvar una vida extirpando el cáncer que la compromete. Cumplo con mi deber.

—Es verdad.

—Y no dude usted que le hablo con ella en los labios.

—No lo dudo, y hasta agradezco la intención. Pero pongámonos en todos los casos. Suponga usted que esas teorías me parecen muy saludables, y que las aplaudo; pero suponga usted también que mi corazón se resiste á aceptarlas. ¿Cómo he de adoptar yo un partido que, sin poder remediarlo, me repugna?

—El corazón se educa como la inteligencia, señor mío; y la prueba es que el corazón de usted está dando hoy el fruto de la educación que recibió ayer.

—Árbol, como dicen los moralistas, que se torció de joven.

—Cabalmente.

—Luego debo renunciar á enderezarle, hoy que es ya viejo.

—Esa segunda parte es la que no se ajusta rigurosamente al caso actual.

—¿Por qué?

—Hay en la enfermedad que usted padece, un síntoma del cual huye usted tomándole por enemigo de su reposo. Pues precisamente ese síntoma es el que á mí me revela que el árbol, aunque robusto, puede enderezarse todavía. Aludo á esa ansia de algo que usted busca y no halla, desde que se vió solo en el hogar doméstico.

—Y ¿qué viene á ser ese síntoma?

—El grito de la naturaleza que reclama sus derechos; el ¡ay! de un alma solitaria.

—Y ¿cómo he de responder yo á esos gritos y á esos ayes?

—Dándole al alma su natural refugio.

—¿Dónde existe ese refugio? ¿Cómo se llama?

—Existe en todas partes; se llama familia.

—¡Familia! Olvida usted que no la tengo.

—Sé que no trató usted de adquirirla cuando perdió la que tenía; y á esa falta de previsión aludí al principio.

—Pues, amigo Doctor, ya es tarde para reparar esa falta.

—Yo insisto en que aún es tiempo.

—¿Y así, de repente, como quien cambia de vestido, quiere usted que cambie yo de sistema, ó de estado?

—De ningún modo. Quiero que, ya que hasta hoy ha venido usted envenenándose el alma con quimeras de la imaginación, empiece usted á tomar el antídoto, estimulando un poco el sentimiento, ó lo que es lo mismo, dejándose llevar de esa ansia que le persigue, hasta donde esa ansia le lleve. El punto de parada será el puerto de salvación.

Dicho esto, cállase el médico y Gedeón no replica, y quédanse los dos mirándose mutuamente; pero la mirada del Doctor es la que ataca, por decirlo así; la del enfermo la que se defiende, y no con mucho valor.

Illustration from El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
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XII

OPINIÓN DE UN MÉDICO SOBRE UN FISIÓLOGO Y OTRAS MISERIAS

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Transcurridos así breves momentos, Gedeón pregunta, en crudo, al Doctor:

—¿Es usted casado?

—No, por desgracia.

—¿Luego no me predica usted con el ejemplo?

—Le predico á usted con el sentido común, y además con la experiencia.

—¿Con qué experiencia?

—¿Le parece á usted poca la de mi profesión? Todas las de mis enfermos son otras tantas familias con quienes comparto sus penas y sus alegrías. ¡Y si viera usted cuánto se aprende en esos libros tan viejos como el mundo!

—No lo dudo; pero mientras en su lectura no se interese el corazón...

—¿Luego cree usted que el mío no se interesa en ella? ¿Luego es usted de los que piensan que la condición de médico excluye toda sensibilidad moral?

—No tanto como eso; pero creo que la costumbre de ver padecer á otros, embota, hasta cierto punto, esa sensibilidad.

—La costumbre, amigo mío, enseña á sufrir, pero no á matar el sentimiento; la costumbre enseña á cortar un miembro sin que la mano vacile, pero no á que el corazón deje de sentir el ¡ay! que el dolor arranca al amputado; la costumbre enseña á penetrar en el hogar ajeno, donde todo es lágrimas y desconsuelo, sin que las nuestras broten de los párpados, pero no evita que el alma se anegue en ellas... Créame usted, no hay nada más terrible que la situación de un médico á la cabecera de un moribundo. Á los ojos de la madre, de la esposa, de los hijos, asomadas sus almas, y esas almas mirando á nuestros ojos para leer en ellos un consuelo y pedir á nuestra ciencia una esperanza; y, entre tanto, nuestra ciencia no sabe calmar uno solo de los dolores que van matando poco á poco al desgraciado, que acaso es nuestro mejor amigo ó nuestro hermano.

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