STEVEN T. BYINGTON (continued 4)
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—Vamos, hombre, sosiégate—dijo doña Perfecta con bondad.—Te has sofocado como aquellos oradores republicanos que venían a predicar aquí la religión libre, el amor libre y no sé cuántas cosas libres.... Que te traigan un vaso de agua.5
Caballuco hizo con el pañuelo una especie de rodilla, apretado envoltorio o más bien pelota, y se lo pasó por la ancha frente y cogote para limpiarse ambas partes, cubiertas de sudor. Trajéronle un vaso de agua, y el señor canónigo, con una mansedumbre que cuadraba perfectamente a10 su carácter sacerdotal, lo tomó de manos de la criada para presentárselo y sostener el plato mientras bebía. El agua se escurría por el gaznate de Caballuco, produciendo un claqueteo sonoro.
—Ahora tráigame usted otro a mí, señora Librada—dijo15 D. Inocencio.—También tengo un poco de fuego dentro.
XXII.
¡Desperta!
—Respecto a lo de las partidas—dijo doña Perfecta cuando concluyeron de beber,—sólo te digo que hagas lo que tu conciencia te dicte.
—Yo no entiendo de ditados—gritó Ramos.—Haré lo20 que sea del gusto de la señora.
—Pues yo no te aconsejaré nada en asunto tan grave—repuso ella con la circunspección y comedimiento que tan bien le sentaban.—Eso es muy grave, gravísimo, y yo no puedo aconsejarte nada.25
—Pero el parecer de usted....
—Mi parecer es que abras los ojos y veas, que abras los oídos y oigas.... Consulta tu corazón... yo te concedo que tienes un gran corazón.... Consulta a ese juez, a ese consejero que tanto sabe, y haz lo que él te mande.30
Caballuco meditó, pensó todo lo que puede pensar una espada.
—Los de Naharilla Alta—dijo Vejarruco,—nos contamos ayer y éramos trece, propios para cualquier cosita mayor.... Pero como temíamos que la señora se5 enfadara, no hicimos nada. Es tiempo ya de trasquilar.
—No te preocupes de la trasquila—dijo la señora.—Tiempo hay. No se dejará de hacer por eso.
—Mis dos muchachos—manifestó Licurgo—riñeron ayer el uno con el otro, porque uno quería irse con Francisco10 Acero y el otro no. Yo les dije: "Despacio, hijos míos, que todo se andará. Esperad, que tan buen pan hacen aquí como en Francia."
—Anoche me dijo Roque Pelosmalos—manifestó el tío Pasolargo,—que en cuanto el Sr. Ramos dijera tanto así,15 ya estaban todos con las armas en la mano. ¡Qué lástima que los dos hermanos Burguillos se hayan ido a labrar las tierras de Lugarnoble!
—Vaya usted a buscarlos—dijo el ama vivamente.—Sr. Lucas, proporciónele usted un caballo al tío Pasolargo.20
—Yo, si la señora me lo manda, y el señor Ramos también—dijo Frasquito González,—iré a Villahorrenda a ver si Robustiano, el guarda de montes y su hermano Pedro quieren también....
—Me parece buena idea. Robustiano no se atreve a25 venir a Orbajosa, porque me debe un piquillo. Puedes decirle que le perdono los seis duros y medio.... Esta pobre gente, que tan generosamente sabe sacrificarse por una buena idea, se contenta con tan poco.... ¿No es verdad, Sr. D. Inocencio?30
—Aquí nuestro buen Ramos—repuso el canónigo,—me dice que sus amigos están descontentos con él por su tibieza; pero que en cuanto le vean determinado se pondrán todos la canana al cinto.
—Pero qué, ¿estás determinado a echarte a la calle?—dijo la señora.—No te he aconsejado yo tal cosa, y si lo haces es por tu voluntad. Tampoco el Sr. D. Inocencio te habrá dicho una palabra en este sentido. Pero cuando tú lo decides así, razones muy poderosas tendrás.... Dime,5 Cristóbal, ¿quieres cenar? ¿quieres tomar algo?... con franqueza....
—En cuanto a que yo aconseje al Sr. Ramos que se eche al campo—dijo D. Inocencio, mirando por encima de los cristales de sus anteojos,—razón tiene la señora. Yo,10 como sacerdote, no puedo aconsejar tal cosa. Sé que algunos lo hacen; y aun toman las armas; pero esto me parece impropio, muy impropio, y no seré yo quien los imite. Llevo mi escrupulosidad hasta el extremo de no decir una palabra al Sr. Ramos sobre la peliaguda cuestión de su15 levantamiento en armas. Yo sé que Orbajosa lo desea; sé que le bendecirán todos los habitantes de esta noble ciudad; sé que vamos a tener aquí hazañas dignas de pasar a la historia; pero, sin embargo, permítaseme un discreto silencio.20
—Está muy bien dicho—añadió doña Perfecta.—No me gusta que los sacerdotes se mezclen en tales asuntos. Un clérigo ilustrado debe conducirse de este modo. Bien sabemos que en circunstancias solemnes y graves, por ejemplo, cuando peligran la patria y la fe, están los25 sacerdotes en su terreno incitando a los hombres a la lucha y aun figurando en ella. Pues que Dios mismo ha tomado parte en célebres batallas, bajo la forma de ángeles o santos, bien pueden sus ministros hacerlo. Durante la guerra contra los infieles, ¿cuántos obispos acaudillaron las tropas30 castellanas?
—Muchos, y algunos fueron insignes guerreros. Pero estos tiempos no son como aquellos, señora. Verdad es que si vamos a mirar atentamente las cosas, la fe peligra ahora más que antes.... ¿Pues qué representan esos ejércitos que ocupan nuestra ciudad y pueblos inmediatos? ¿qué representan? ¿Son otra cosa más que el infame instrumento de que se valen para sus pérfidas conquistas y el exterminio de las creencias, los ateos y protestantes de5 que está infestado Madrid?... Bien lo sabemos todos. En aquel centro de corrupción, de escándalo, de irreligiosidad y descreimiento, unos cuantos hombres malignos, comprados por el oro extranjero, se emplean en destruir en nuestra España la semilla de la fe.... ¿Pues qué creen10 ustedes? Nos dejan a nosotros decir misa y a ustedes oírla por un resto de consideración, por vergüenza... pero el mejor día.... Por mi parte, estoy tranquilo. Soy un hombre que no se apura por ningún interés temporal y mundano. Bien lo sabe la señora doña Perfecta, bien lo15 saben todos los que me conocen. Estoy tranquilo y no me asusta el triunfo de los malvados. Sé muy bien que nos aguardan días terribles; que cuantos vestimos el hábito sacerdotal tenemos la vida pendiente de un cabello, porque España, no lo duden ustedes, presenciará escenas como20 aquellas de la revolución francesa, en que perecieron miles de sacerdotes piadosísimos en un mismo día.... Mas no me apuro. Cuando toquen a degollar presentaré mi cuello; ya he vivido bastante. ¿Para qué sirvo yo? Para nada, para nada.25
—Comido de perros me vea yo—exclamó Vejarruco, mostrando el puño, no menos duro y fuerte que un martillo,—si no acabamos pronto con toda esa canalla ladrona.
—Dicen que la semana que viene comienza el derribo de la catedral—indicó Frasquito.30
—Supongo que la derribarán con picos y martillos—dijo el canónigo sonriendo.—Hay artífices que no tienen esas herramientas, y sin embargo adelantan más edificando. Bien saben ustedes que, según tradición piadosa, nuestra hermosa capilla del Sagrario fué derribada por los moros en un mes y reedificada en seguida por los ángeles en una sola noche.... Dejarles, dejarles que derriben.
—En Madrid, según nos contó la otra noche el cura de Naharilla—dijo Vejarruco,—ya quedan tan pocas iglesias,5 que algunos curas dicen misa en medio de la calle, y como les aporrean y les dicen injurias y también les escupen, muchos no la quieren decir.
—Felizmente aquí, hijos míos—manifestó D. Inocencio,—no hemos tenido aún escenas de esa naturaleza. ¿Por10 qué? Porque saben qué clase de gente sois; porque tienen noticia de vuestra piedad ardiente y de vuestro valor.... No les arriendo la ganancia a los primeros que pongan la mano en nuestros sacerdotes y en nuestro culto.... Por supuesto, dicho se está que si no se les ataja a tiempo,15 harán diabluras. ¡Pobre España, tan santa y tan humilde y tan buena! ¡Quién había de decir que llegarían a estos apurados extremos!... Pero yo sostengo que la impiedad no triunfará, no señor. Todavía hay gente valerosa, todavía hay gente de aquella de antaño, ¿no es verdad, Sr.20 Ramos?
—Todavía la hay, sí señor—repuso éste.
—Yo tengo una fe ciega en el triunfo de la ley de Dios. Alguno ha de salir en defensa de ella. Si no son unos, serán otros. La palma de la victoria, y con ella la gloria25 eterna, alguien se la ha de llevar. Los malvados perecerán, si no hoy mañana. Aquél que va contra la ley de Dios caerá, no hay remedio. Sea de esta manera, sea de la otra, ello es que ha de caer. No le salvan ni sus argucias, ni sus escondites, ni sus artimañas. La mano de Dios está30 alzada sobre él y le herirá sin falta. Tengámosle compasión y deseemos su arrepentimiento... en cuanto a vosotros, hijos míos, no esperéis que os diga una palabra sobre el paso que seguramente vais a dar. Sé que sois buenos, sé que vuestra determinación generosa y el noble fin que os guía lavan toda mancha pecaminosa por causa del derramamiento de sangre que pudierais recibir; sé que Dios os bendice, que vuestra victoria, lo mismo que vuestra muerte, os sublimarán a los ojos de los hombres y a los de Dios; sé5 que se os deben palmas y alabanzas y toda suerte de honores; pero a pesar de esto, hijos míos, mi labio no os incitará a la pelea. No lo ha hecho nunca ni lo hará ahora. Obrad con arreglo al ímpetu de vuestro noble corazón. Si él os manda que os estéis en vuestras casas, estáos en ellas;10 si él os manda que salgáis, salid en buen hora. Me resigno a ser mártir y a inclinar mi cuello ante el verdugo, si esa miserable tropa continúa aquí. Pero si un impulso hidalgo y ardiente y pío de los hijos de Orbajosa contribuye a la grande obra de la extirpación de las desventuras patrias,15 me tendré por el más dichoso de los hombres sólo con ser paisano vuestro; y toda mi vida de estudios, de penitencia, de resignación, no me parecerá tan meritoria para aspirar al cielo, como un día solo de vuestro heroísmo.
—¡No se puede decir más y mejor!—exclamó doña20 Perfecta arrebatada de entusiasmo.
Caballuco se había inclinado hacia adelante en su asiento, poniendo los codos sobre las rodillas. Cuando el canónigo acabó de hablar, tomóle la mano y se la besó con fervor.
—Hombre mejor no ha nacido de madre—dijo el tío25 Licurgo enjugando o haciendo que enjugaba una lágrima.
—¡Que viva el señor Penitenciario!—gritó Frasquito González poniéndose en pie y arrojando hacia el techo su gorra.
—Silencio—dijo doña Perfecta.—Siéntate, Frasquito.30 Tú eres de los de mucho ruido y pocas nueces.
—¡Bendito sea Dios, que le dió a usted ese pico de oro!—exclamó Cristóbal inflamado de admiración.—¡Qué dos personas tengo delante! Mientras vivan las dos, ¿para qué se quiere más mundo?... Toda la gente de España debiera ser así... pero ¡cómo ha de ser así si no hay más que pillería! En Madrid, que es la corte de donde vienen leyes y mandarines, todo es latrocinio y farsa. ¡Pobre religión, cómo la han puesto!... No se ven más5 que pecados.... Señora doña Perfecta, señor D. Inocencio, por el alma de mi padre, por el alma de mi abuelo, por la salvación de la mía, juro que deseo morir.
—¡Morir!
—Que me maten esos perros tunantes, y digo que me10 maten, porque yo no puedo descuartizarlos a ellos. Soy muy chico.
—Ramos, eres grande—dijo solemnemente la señora.
—¿Grande, grande?... Grandísimo por el corazón; pero ¿tengo yo plazas fuertes, tengo caballería, tengo15 artillería?
—Esa es una cosa, Ramos—dijo doña Perfecta sonriendo,—de que yo no me ocuparía. ¿No tiene el enemigo lo que a ti te hace falta?
—Sí.20
—Pues quítaselo....
—Se lo quitaremos, sí, señora. Cuando digo que se lo quitaremos....
—Querido Ramos—exclamó D. Inocencio.—Envidiable posición es la de usted.... ¡Destacarse, elevarse sobre25 la vil muchedumbre, ponerse al igual de los mayores héroes del mundo... poder decir que la mano de Dios guía su mano.... ¡Oh, qué grandeza y honor! Amigo mío, no es lisonja. ¡Qué apostura, qué gentileza, qué gallardía!... No; hombres de tal temple no pueden morir. El Señor30 va con ellos y la bala y hierro enemigos detiénense... no se atreven... ¿qué se han de atrever viniendo de cañón y de manos de herejes?... Querido Caballuco, al ver a usted, al ver su bizarría y caballerosidad, vienen a mi memoria, sin poderlo remediar, los versos de aquel romance de la conquista del imperio de Trapisonda:
Llegó el valiente Roldán de todas armas armado, en el fuerte Briador,5 su poderoso caballo, y la fuerte Durlindana muy bien ceñida a su lado, la lanza como una entena, el fuerte escudo embrazado....10 Por la visera del yelmo fuego venía lanzando; retemblando con la lanza como un junco muy delgado, y a toda la hueste junta15 fieramente amenazando.
—Muy bien—exclamó Licurgo batiendo palmas.—Y yo digo como D. Renialdos:
¡Nadie en don Renialdos toque si quiere ser bien librado!20 Quien otra cosa quisiere él será tan bien pagado, que todo el resto del mundo no se escape de mi mano sin quedar pedazos hecho25 o muy bien escarmentado.
—Ramos, tú querrás cenar; tú querrás tomar algo, ¿no es verdad?—dijo la señora.
—Nada, nada—repuso el Centauro,—denme si acaso un plato de pólvora.30
Diciendo esto, soltó estrepitosa carcajada, dió varios paseos por la habitación, observado atentamente por todos, y deteniéndose junto al grupo, fijó los ojos en doña Perfecta, y con atronadora voz profirió estas palabras:
—Digo que no hay más que decir. ¡Viva Orbajosa,35 muera Madrid!
Descargó la mano sobre la mesa, con tal fuerza que retembló el piso de la casa.
—¡Qué poderoso brío!—dijo D. Inocencio.
—Vaya que tienes unos puños....
Todos contemplaban la mesa que se había partido en dos5 pedazos.
Fijaban luego los ojos en el nunca bastante admirado Renialdos o Caballuco. Indudablemente había en su semblante hermoso, en sus ojos verdes, animados por extraño resplandor felino, en su negra cabellera, en su cuerpo10 hercúleo, cierta expresión y aire de grandeza, un resabio o más bien recuerdo de las grandes razas que dominaron al mundo. Pero su aspecto general era el de una degeneración lastimosa, y costaba trabajo encontrar la filiación noble y heroica en la brutalidad presente. Se parecía a los grandes15 hombres de D. Cayetano, como se parece el mulo al caballo.
XXIII
Misterio
Después de lo que hemos referido, duró mucho la conferencia; pero omitimos lo restante por no ser indispensable para la buena inteligencia de esta relación. Retiráronse al fin, quedando para lo último, como de costumbre, el Sr. D.20 Inocencio. No habían tenido tiempo aún la señora y el canónigo para cambiar dos palabras, cuando entró en el comedor una criada de edad y mucha confianza, que era el brazo derecho de doña Perfecta, y como ésta la viera inquieta y turbada, llenóse también de turbación, sospechando25 que algo malo en la casa ocurría.
—No encuentro a la señorita por ninguna parte—dijo la criada, respondiendo a las preguntas de la señora.
—¡Jesús! ¡Rosario!... ¿dónde está mi hija?
—¡Válgame la Virgen del Socorro!—gritó el Penitenciario, tomando el sombrero y disponiéndose a correr tras la señora.
—Buscadla bien.... ¿Pero no estaba contigo en su cuarto?5
—Sí, señora—repuso temblando la criada vieja;—pero el demonio me tentó y me quedé dormida.
—¡Maldito sea tu sueño!... ¡Jesús mío!... ¿qué es esto? ¡Rosario, Rosario.... Librada!
Subieron, bajaron, tornaron a bajar y a subir, llevando10 luz y registrando todas las piezas. Por último oyóse la voz del Penitenciario en la escalera, que decía con júbilo:
—Aquí está, aquí está. Ya pareció.
Un instante después madre e hija se encontraban la una frente a la otra en la galería.15
—¿Dónde estabas?—preguntó con severo acento doña Perfecta, examinando el rostro de su hija.
—En la huerta—repuso la niña más muerta que viva.
—¿En la huerta a estas horas? ¡Rosario!...
—Tenía calor, me asomé a la ventana, se me cayó el20 pañuelo y bajé a buscarlo.
—¿Por qué no dijiste a Librada que te lo alcanzase?... ¡Librada!... ¿Dónde está esa muchacha? ¿Se ha dormido también?
Librada apareció al fin. Su semblante pálido indicaba25 la consternación y el recelo del delincuente.
—¿Qué es esto? ¿Dónde estabas?—preguntó con terrible enojo la dama.
—Pues, señora... bajé a buscar la ropa que está en el cuarto de la calle... y me quedé dormida.30
—Todas duermen aquí esta noche. Me parece que alguna no dormirá en mi casa mañana. Rosario, puedes retirarte.
Comprendiendo que era indispensable proceder con prontitud y energía, la señora y el canónigo emprendieron sin tardanza sus investigaciones. Preguntas, amenazas, ruegos, promesas, fueron empleadas con habilidad suma para inquirir la verdad de lo acontecido. No resultó ni sombra de culpabilidad en la criada anciana; pero Librada confesó de plano entre lloros y suspiros todas sus bellaquerías, que5 sintetizaremos del modo siguiente:
Poco después de alojarse en la casa, el señor Pinzón empezó a hacer cocos a la señorita Rosario. Dió dinero a Librada, según ésta dice, para tenerla por mensajera de recados y amorosas esquelas. La señorita no se mostró10 enojada, sino antes bien gozosa, y pasaron algunos días de esta manera. Por último, la sirvienta declara que aquella noche Rosario y el Sr. Pinzón habían concertado verse y hablarse en la ventana de la habitación de este último, que da a la huerta. Confiaron su pensamiento a la doncella,15 quien ofreció protegerlo mediante una cantidad que se le entregara en el acto. Según lo convenido, el Pinzón debía salir de la casa a la hora de costumbre y volver ocultamente a las nueve, y entrar en su cuarto, del cual y de la casa saldría también clandestinamente más tarde, para volver sin20 tapujos a la hora avanzada de costumbre. De este modo no podría sospecharse de él. La Librada aguardó al Pinzón, el cual entró muy envuelto en su capote sin hablar palabra. Metióse en su cuarto a punto que la señorita bajaba a la huerta. La Librada, mientras duró la entrevista,25 que no presenció, estuvo de centinela en la galería para avisar a Pinzón cualquier peligro que ocurriese; y al cabo de una hora salió éste como antes, muy bien cubierto con su capote y sin hablar una palabra. Concluída la confesión, D. Inocencio preguntó a la desdichada:30
—¿Estás segura de que el que entró y salió era el Sr. Pinzón?
La reo no contestó nada, y sus facciones indicaban gran perplejidad.
La señora se puso verde de ira.
—¿Tú le viste la cara?
—¿Pero quién podría ser sino él?—repuso la doncella.—Yo tengo la seguridad de que era él. Fué derecho a su cuarto... conocía muy bien el camino.5
—Es raro—dijo el canónigo.—Viviendo en la casa no necesitaba emplear tales tapujos.... Podía haber pretextado una enfermedad y quedarse.... ¿No es verdad, señora?
—Librada—exclamó ésta con exaltación de ira,—te10 juro por Dios que irás a presidio.
Después cruzó las manos, clavándose los dedos de la una en la otra con tanta fuerza, que casi se hizo sangre.
—Sr. D. Inocencio—exclamó.—Muramos... no hay más remedio que morir.15
Después rompió a llorar desconsolada.
—Valor, señora mía—dijo el clérigo con acento patético.—Mucho valor.... Ahora es preciso tenerlo grande. Esto requiere serenidad y gran corazón.
—El mío es inmenso—dijo entre sollozos la de20 Polentinos.
—El mío es pequeñito...—dijo el canónigo;—pero allá veremos.
XXIV
La confesión
Entre tanto Rosario, con el corazón hecho pedazos, sin poder llorar, sin poder tener calma ni sosiego, traspasada25 por el frío acero de un dolor inmenso, con la mente pasando en veloz carrera del mundo a Dios y de Dios al mundo, aturdida y media loca, estaba a altas horas de la noche en su cuarto, puesta de hinojos, cruzadas las manos, con los pies desnudos sobre el suelo, la ardiente sien apoyada en el30 borde del lecho, a obscuras, a solas, en silencio. Cuidaba de no hacer el menor ruido, para no llamar la atención de su mamá, que dormía o aparentaba dormir en la habitación inmediata. Elevó al cielo su exaltado pensamiento en esta forma:5
—Señor, Dios mío, ¿por qué antes no sabía mentir y ahora sé? ¿Por qué antes no sabía disimular y ahora disimulo? ¿Soy una mujer infame?... Esto que siento y que a mí me pasa es la caída de las que no vuelven a levantarse. ¿He dejado de ser buena y honrada?...10 Yo no me conozco. ¿Soy yo misma, o es otra la que está en este sitio?... ¡Qué de terribles cosas en tan pocos días! ¡Cuántas sensaciones diversas! ¡Mi corazón está consumido de tanto sentir!... Señor, Dios mío, ¿oyes mi voz, o estoy condenada a rezar eternamente sin ser oída?...15 Yo soy buena, nadie me convencerá de que no soy buena. Amar, amar muchísimo, ¿es acaso maldad?... Pero no... esto no es una ilusión, un engaño. Soy más mala que las peores mujeres de la tierra. Dentro de mí una gran culebra me muerde y me envenena el corazón....20 ¿Qué es esto que siento? ¿Por qué no me matas, Dios mío? ¿Por qué no me hundes para siempre en el Infierno?... Es espantoso, pero lo confieso, lo confieso a solas a Dios, que me oye, y lo confesaré ante el sacerdote. Aborrezco a mi madre. ¿En qué consiste esto? No puedo25 explicármelo. Él no me ha dicho una palabra en contra de mi madre. Yo no sé cómo ha venido esto.... ¡Qué mala soy! Los demonios se han apoderado de mí. Señor, ven en mi auxilio, porque no puedo con mis propias fuerzas vencerme.... Un impulso terrible me arroja de esta casa.30 Quiero huir, quiero correr fuera de aquí. Si él no me lleva, me iré tras él arrastrándome por los caminos.... ¿Qué divina alegría es ésta que dentro de mi pecho se confunde con tan amarga pena?... Señor, Dios padre mío, ilumíname. Quiero amar tan sólo. Yo no nací para este rencor que me está devorando. Yo no nací para disimular, ni para mentir, ni para engañar. Mañana saldré a la calle, gritaré en medio de ella, y a todo el que pase le diré: amo, aborrezco.... Mi corazón se desahogará de esta manera....5 ¿Qué dicha sería poder conciliario todo, amar y respetar a todo el mundo! La Virgen Santísima me favorezca.... Otra vez la idea terrible. No lo quiero pensar, y lo pienso. No lo quiero sentir, y lo siento. ¡Ah! no puedo engañarme sobre este particular. No puedo ni10 destruirlo ni atenuarlo... pero puedo confesarlo y lo confieso, diciéndote: ¡Señor, que aborrezco a mi madre!
Al fin se aletargó. En su inseguro sueño, la imaginación le reproducía todo lo que había hecho aquella noche, desfigurándolo, sin alterarlo en su esencia. Oía el reloj de la15 catedral dando las nueve; veía con júbilo a la criada anciana, durmiendo con beatífico sueño, y salía del cuarto muy despacito para no hacer ruido; bajaba la escalera suavemente, que no movía un pie hasta no estar segura de poder evitar el más ligero ruido. Salía a la huerta, dando20 una vuelta por el cuarto de las criadas y la cocina; en la huerta deteníase un momento para mirar al cielo, que estaba negro y tachonado de estrellas. El viento callaba. Ningún viento interrumpía el hondo sosiego de la noche. Parecía existir en ella una atención fija y silenciosa, propia25 de ojos que miran sin pestañear y oídos que acechan en la expectativa de un gran suceso.... La noche observaba.
Acercábase después a la puerta vidriera del comedor, y miraba con cautela a cierta distancia, temiendo que la vieran los de dentro. A la luz de la lámpara del comedor veía30 a su madre de espaldas. El Penitenciario estaba a la derecha y su perfil se descomponía de un modo extraño; crecíale la nariz, asemejándose al pico de un ave inverosímil, y toda su figura se tornaba en una recortada sombra, negra y espesa, con ángulos aquí y allí, irrisoria, escueta y delgada. Enfrente estaba Caballuco, más semejante a un dragón que a un hombre. Rosario veía sus ojos verdes, como dos grandes linternas de convexos cristales. Aquel fulgor y la imponente figura del animal le infundían miedo. El tío5 Licurgo y los otros tres se le presentaban como figuritas grotescas. Ella había visto, en alguna parte, sin duda en los muñecos de barro de las ferias, aquel reír estúpido, aquellos semblantes toscos y aquel mirar lelo. El dragón agitaba sus brazos, que en vez de accionar, daban vueltas10 como aspas de molino, y revolvía los globos verdes, tan semejantes a los fanales de una farmacia, de un lado para otro. Su mirar cegaba.... La conversación parecía interesante. El Penitenciario agitaba las alas. Era una presumida avecilla que quería volar y no podía. Su pico se15 alargaba y se retorcía. Erizábansele las plumas con síntomas de furor, y después, recogiéndose y aplacándose, escondía la pelada cabeza bajo el ala. Luego las figurillas de barro se agitaban queriendo ser personas, y Frasquito González se empeñaba en pasar por hombre.20
Rosario sentía un pavor inexplicable en presencia de aquel amistoso concurso. Alejábase de la vidriera y seguía adelante paso a paso, mirando a todos lados por ver si era observada. Sin ver a nadie, creía que un millón de ojos se fijaban en ella.... Pero sus temores y su vergüenza25 disipábanse de improviso. En la ventana del cuarto donde habitaba el Sr. Pinzón aparecía un hombre azul; brillaban en su cuerpo los botones como sartas de lucecillas. Ella se acercaba. En el mismo instante sentía que unos brazos con galones la suspendían como una pluma, metiéndola con30 rápido movimiento dentro de la pieza. Todo cambiaba. De súbito sonó un estampido, un golpe seco que estremeció la casa en sus cimientos. Ni uno ni otro supieron la causa de tal estrépito. Temblaban y callaban.
Era el momento en que el dragón había roto la mesa del comedor.
XXV
Sucesos imprevistos.—Pasajero desconcierto
La escena cambia. Ved una estancia hermosa, clara, humilde, alegre, cómoda y de un aseo sorprendente. Fina estera de junco cubre el piso, y las blancas paredes se5 adornan con hermosas estampas de santos y algunas esculturas de dudoso valor artístico. La antigua caoba de los muebles brilla lustrada por los frotamientos del sábado, y el altar, donde una pomposa Virgen, de azul y plata vestida, recibe doméstico culto, se cubre de mil graciosas chucherías, mitad10 sacras, mitad profanas. Hay además cuadritos de mostacilla, pilas de agua bendita, una relojera con Agnus Dei, una rizada palma de Domingo de Ramos y no pocos floreros de inodoras flores de trapo. Enorme estante de roble contiene una rica y escogida biblioteca, y allí está Horacio el15 epicúreo y sibarita junto con el tierno Virgilio, en cuyos versos se ve palpitar y derretirse el corazón de la inflamada Dido; Ovidio el narigudo, tan sublime como obsceno y adulador, junto con Marcial, el tunante lenguaraz y conceptista; Tibulo el apasionado con Cicerón el grande; el severo20 Tito Livio con el terrible Tácito, verdugo de los Césares; Lucrecio el panteísta; Juvenal, que con la pluma desollaba; Plauto, el que imaginó las mejores comedias de la antigüedad dando vueltas a la rueda de un molino; Séneca el filósofo, de quien se dijo que el mejor acto de su vida fué la25 muerte; Quintiliano el retórico; Salustio el pícaro, que tan bien habla de la virtud; ambos Plinios, Suetonio y Varrón, en una palabra, todas las letras latinas, desde que balbucieron su primera palabra con Livio Andronico, hasta que exhalaron su postrer suspiro con Rutilio.30
Pero haciendo esta inútil, aunque rápida enumeración, no hemos observado que dos mujeres han entrado en el cuarto. Es muy temprano, pero en Orbajosa se madruga mucho. Los pajaritos cantan que se las pelan en sus jaulas; tocan a misa las campanas de las iglesias, y hacen sonar sus5 alegres esquilas las cabras que van a dejarse ordeñar a las puertas de las casas.
Las dos señoras que vemos en la habitación descrita vienen de oír misa. Visten de negro, y cada cual trae en la mano derecha su librito de devoción y el rosario envuelto10 en los dedos.
—Tu tío no puede tardar ya—dijo una de ellas,—le dejamos empezando la misa; pero él despacha pronto, y a estas horas estará en la sacristía quitándose la casulla. Yo me hubiera quedado a oírle la misa, pero hoy es día de15 mucha fatiga para mí.
—Yo no he oído hoy más que la del señor magistral—dijo la otra;—la del señor magistral que las dice en un suspiro, y creo que no me ha sido de provecho, porque estaba muy preocupada, sin poder apartar el entendimiento20 de estas cosas terribles que nos pasan.
—¡Cómo ha de ser!... Es preciso tener paciencia... Veremos lo que nos aconseja tu tío.
—¡Ay!—exclamó la segunda exhalando un hondo y patético suspiro.—Yo tengo la sangre abrasada.25
—Dios nos amparará.
—¡Pensar que una persona como usted, una señora como usted se ve amenazada por un!... Y él sigue en sus trece... Anoche, señora doña Perfecta, conforme usted me lo mandó, volví a la posada de la viuda del Cuzco, y he30 pedido nuevos informes. El don Pepito y el brigadier Batalla están siempre juntos conferenciando... ¡ay Jesús, Dios y Señor mío!... conferenciando sobre sus infernales planes y despachando botellas de vino. Son dos perdidos, dos borrachos. Sin duda discurren alguna maldad muy grande. Como me intereso tanto por usted, anoche, estando yo en la posada, vi salir al D. Pepito y le seguí....
—¿Y a dónde fué?
—Al Casino, sí, señora, al Casino—repuso la otra turbándose5 ligeramente.—Después volvió a su casa. ¡Ay! cuánto me reprendió mi tío por haber estado hasta muy tarde ocupada en este espionaje... pero no lo puedo remediar... ¡Jesús divino, ampárame! No lo puedo remediar, y mirando a una persona como usted en trances10 tan peligrosos, me vuelvo loca... Nada, nada, señora, estoy viendo que a lo mejor esos tunantes asaltan la casa y nos llevan a Rosarito....
Doña Perfecta, pues era ella, fijando la vista en el suelo, meditó largo rato. Estaba pálida y ceñuda. Por fin15 exclamó:
—Pues no veo el modo de impedirlo.
—Yo sí lo veo—dijo vivamente la otra, que era la sobrina del Penitenciario y madre de Jacinto.—Veo un medio muy sencillo, el que he manifestado a usted y no le20 gusta. ¡Ah! señora mía, usted es demasiado buena. En ocasiones como esta conviene ser un poco menos perfecta ... dejar a un ladito los escrúpulos. Pues qué, ¿se va a ofender Dios por eso?
—María Remedios—dijo la señora con altanería,—no25 digas desatinos.
—¡Desatinos!... Usted, con sus sabidurías, no podrá ponerle las peras a cuarto al sobrinejo. ¿Qué cosa más sencilla que la que yo propongo? Puesto que ahora no hay justicia que nos ampare, hagamos nosotros la gran justiciada.30 ¿No hay en casa de usted hombres que sirvan para cualquier cosa? Pues llamarles y decirles: "Mira, Caballuco, Pasolargo o quien sea, esta misma noche te tapujas bien, de modo que no seas conocido; llevas contigo a un amiguito de confianza, y te pones detrás de la esquina de la calle de Santa Faz. Aguardáis un rato, y cuando D. José Rey pase por la calle de la Tripería para ir al Casino, porque de seguro irá al Casino, ¿entendéis bien? cuando pase le salís al encuentro y le dais un susto"...5
—María Remedios, no seas tonta—indicó con magistral dignidad la señora.
—Nada más que un susto, señora: atienda usted bien a lo que digo, un susto. Pues qué, ¿había yo de aconsejar un crimen?... ¡Jesús, Padre y Redentor mío! Sólo la10 idea me llena de horror, y parece que veo señales de sangre y fuego delante de mis ojos. Nada de eso, señora mía... Un susto, y nada más que un susto, por lo cual comprenda ese bergante que estamos bien defendidas. Él va solo al Casino, señora, enteramente solo, y allí se junta con sus15 amigotes, los del sable y morrioncete. Figúrese usted que recibe el susto y que además le quedan algunos huesos quebrantados, sin nada de heridas graves se entiende... pues en tal caso, o se acobarda y huye de Orbajosa, o se tiene que meter en la cama por quince días. Eso sí, hay20 que recomendarles que el susto sea bueno. Nada de matar ... cuidadito con eso, pero sentar bien la mano.
—María—dijo doña Perfecta con altanería,—tú eres incapaz de una idea elevada, de una resolución grande y salvadora. Eso que me aconsejas es una indignidad25 cobarde.
—Bueno, pues me callo... ¡Ay de mí, qué tonta soy!—exclamó con humildad la sobrina del Penitenciario.—Me guardaré mis tonterías para consolarla a usted después que haya perdido a su hija.30
—¡Mi hija!... ¡perder a mi hija!...—exclamó la señora con súbito arrebato de ira.—- Sólo oírlo me vuelve loca. No, no me la quitarán. Si Rosario no aborrece a ese perdido, como yo deseo, le aborrecerá. De algo sirve la autoridad de una madre... Le arrancaremos su pasión, mejor dicho, su capricho, como se arranca una yerba tierna que aún no ha tenido tiempo de echar raíces... No, esto no puede ser, Remedios. ¡Pase lo que pase, no será! No le valen a ese loco ni los medios más infames. Antes5 que verla esposa de mi sobrino, acepto cuanto de malo pueda pasarle, incluso la muerte.
—Antes muerta, antes enterrada y hecha alimento de gusanos—afirmó Remedios cruzando las manos como quien dice una plegaria,—que verla en poder de... ¡Ay!10 señora, no se ofenda usted si le digo una cosa, y es que sería gran debilidad ceder porque Rosarito haya tenido algunas entrevistas secretas con ese atrevido. El caso de anteanoche, según lo contó mi tío, me parece una treta infame de D. José para conseguir su objeto por medio del15 escándalo. Muchos hacen esto... ¡Ay, Jesús Divino, no sé cómo hay quien le mire la cara a un hombre no siendo sacerdote!
—Calla, calla—dijo doña Perfecta con vehemencia,—no me nombres lo de anteanoche. ¡Qué horrible suceso!20 María Remedios... comprendo que la ira puede perder un alma para siempre. Yo me abraso... ¡Desdichada de mí, ver estas cosas y no ser hombre!... Pero si he de decir la verdad sobre lo de anteanoche, aún tengo mis dudas. Librada jura y perjura que fue Pinzón el que entró.25 ¡Mi hija niega todo, mi hija nunca ha mentido!... Yo insisto en mi sospecha. Creo que Pinzón es un bribón encubridor; pero nada más....
—Volvemos a lo de siempre, a que el autor de todos los males es el dichoso matemático... ¡Ay! No me engañó30 el corazón cuando le vi por primera vez... Pues, señora mía, resígnese usted a presenciar algo más terrible todavía, si no se decide a llamar a Caballuco y decirle: "Caballuco, espero que"...
—Vuelta a lo mismo; pero tú eres simple....
—¡Oh! Si yo soy muy simplota, lo conozco; pero si no alcanzo más, ¿qué puedo hacer? Digo lo que se me ocurre, sin sabidurías.
—Lo que tú imaginas, esa vulgaridad tonta de la paliza5 y del susto se le ocurre a cualquiera. Tú no tienes dos dedos de frente, Remedios; cuando quieres resolver un problema grave, sales con tales patochadas. Yo imagino un recurso más digno de personas nobles y bien nacidas. ¡Apalear! ¡qué estupidez! Además, no quiero que mi10 sobrino reciba un rasguño por orden mía: eso de ninguna manera. Dios le enviará su castigo por cualquiera de los admirables caminos que Él sabe elegir. Sólo nos corresponde trabajar porque los designios de Dios no hallen obstáculo, María Remedios: es preciso en estos asuntos ir15 directamente a las causas de las cosas. Pero tú no entiendes de causas... tú no ves más que pequeñeces.
—Será así—dijo humildemente la sobrina del cura.—¡Para qué me hará Dios tan necia, que nada de esas sublimidades entiendo!20
—Es preciso ir al fondo, al fondo, Remedios. ¿Tampoco entiendes ahora?
—Tampoco.
—Mi sobrino, no es mi sobrino, mujer: es la blasfemia, el sacrilegio, el ateísmo, la demagogia... ¿Sabes lo que25 es la demagogia?
—Algo de esa gente que quemó a París con petróleo, y los que derriban las iglesias y fusilan las imágenes... Hasta ahí vamos bien.
—Pues mi sobrino es todo eso... ¡Ah! ¡si él estuviera30 solo en Orbajosa!... Pero no, hija mía. Mi sobrino, por una serie de fatalidades, que son otras tantas pruebas de los males pasajeros que a veces permite Dios para nuestro castigo, equivale a un ejército, equivale a la autoridad del Gobierno, equivale al alcalde, equivale al juez; mi sobrino no es mi sobrino; es la nación oficial, Remedios; es esa segunda nación, compuesta de los perdidos que gobiernan en Madrid, y que se ha hecho dueña de la fuerza material; de esa nación aparente, porque la real5 es la que calla, paga y sufre; de esa nación ficticia que firma al pie de los decretos y pronuncia discursos y hace una farsa de gobierno y una farsa de autoridad y una farsa de todo. Eso es hoy mi sobrino; es preciso que te acostumbres a ver lo interno de las cosas. Mi sobrino es el Gobierno, el brigadier, el alcalde nuevo, el juez nuevo, porque todos le favorecen a causa de la unanimidad de sus ideas; porque son uña y carne, lobos de la misma manada... Entiéndelo bien; hay que defenderse de todos ellos, porque todos son uno, y uno es todos; hay que atacarles de15 común, y no con palizas al volver de una esquina, sino como atacaban nuestros abuelos a los moros, a los moros, Remedios!... Hija mía, comprende bien esto; abre tu entendimiento y deja entrar en él una idea que no sea vulgar... remóntate; piensa en alto, Remedios....20
La sobrina de D. Inocencio estaba atónita ante tanta grandeza. Abrió la boca para decir algo en consonancia con tan maravilloso pensamiento; pero sólo exhaló un suspiro.
—Como a los moros—repitió doña Perfecta.—Es cuestión25 de moros y cristianos. ¡Y creías tú que con asustar a mi sobrino se concluía todo!... ¡Qué necia eres! ¿No ves que le apoyan sus amigos? ¿No ves que estamos a merced de esa canalla? ¿No ves que cualquier tenientejo es capaz de pegar fuego a mi casa si se le antoja?...30 ¿Pero tú no alcanzas esto? ¿No comprendes que es necesario ir al fondo? ¿No comprendes la inmensa grandeza, la terrible extensión de mi enemigo, que no es un hombre, sino una secta?... ¿No comprendes que mi sobrino, tal como está hoy enfrente de mí, no es una calamidad sino una plaga?... Contra ella, querida Remedios, tendremos aquí un batallón de Dios que aniquile la infernal milicia de Madrid. Te digo que esto va a ser grande y glorioso....
—Si al fin fuera....5
—¿Pero tú lo dudas? Hoy hemos de ver aquí cosas terribles...—dijo con gran impaciencia la señora.—Hoy, hoy. ¿Qué hora es? Las siete. ¡Tan tarde y no ocurre nada!...
—Quizás sepa algo mi tío, que está aquí ya. Le siento10 subir la escalera.
—Gracias a Dios...—dijo doña Perfecta levantándose para salir al encuentro del Penitenciario.—Él nos dirá algo bueno.
Don Inocencio entró apresurado. Su demudado rostro15 indicaba que aquella alma, consagrada a la piedad y a los estudios latinos, no estaba tan tranquila como de ordinario.
—Malas noticias—dijo poniendo sobre una silla el sombrero y desatando los cordones del manteo.
Doña Perfecta palideció.20
—Están prendiendo gente—añadid D. Inocencio, bajando la voz, cual si debajo de cada silla estuviera un soldado.-Sospechan, sin duda, que los de aquí no les aguantarían sus pesadas bromas y han ido de casa en casa echando mano a todos los que tenían fama de valientes....25
La señora se arrojó en un sillón y apretó fuertemente los dedos contra la madera de los brazos del mueble.
—Falta que se hayan dejado prender—- indicó Remedios.
—Muchos de ellos... pero muchos—dijo D. Inocencio30 con ademanes encomiados, dirigiéndose a la señora,—han tenido tiempo de huir y se han ido con armas y caballos a Villahorrenda.
—¿Y Ramos?
—En la catedral me dijeron que es el que buscan con más empeño... ¡Oh, Dios mío! prender así a unos infelices que nada han hecho todavía... Vamos, no sé cómo los buenos españoles tienen paciencia. Señora mía doña Perfecta, refiriendo esto de las prisiones, me he olvidado5 decir a usted que debe marcharse a su casa al momento.
—Sí, al momento... ¿Registrarán mi casa esos bandidos?
—Quizás. Señora, estamos en un día nefasto—dijo D. Inocencio con solemne y conmovido acento.—¡Dios se10 apiade de nosotros!
—En mi casa tengo media docena de hombres muy bien armados—repuso la dama, vivamente alterada. ¡Qué iniquidad! ¿Serán capaces de querer llevárselos también?...
—De seguro el Sr. Pinzón no se habrá descuidado en15 denunciarlos. Señora, repito que estamos en un día nefasto. Pero Dios amparará la inocencia.
—Me voy. No deje usted de pasar por allá.
—Señora, en cuanto despache la clase... y me figuro que con la alarma que hay en el pueblo, todos los chicos20 harán novillos hoy; pero haya o no clase, iré después por allá... No quiero que salga usted sola, señora. Andan por las calles esos zánganos de soldados con unos humos... ¡Jacinto, Jacinto!
—No es preciso. Me marcharé sola.25
—Que vaya Jacinto—dijo la madre de éste.—Ya debe estar levantado.
Sintiéronse los precipitados pasos del doctorcillo que bajaba a toda prisa la escalera del piso alto. Venía con el rostro encendido, fatigado el aliento.30
—¿Qué hay?—le preguntó su tío.
—En casa de las Troyas—dijo el jovenzuelo,—en casa de esas... pues....
—Acaba de una vez.
—Está Caballuco.
—¿Allá arriba?... ¿En casa de las Troyas?
—Sí, señor... Me ha hablado desde el terrado, y me ha dicho que está temiendo le vayan a coger allí.
—¡Oh, qué bestia!... Ese majadero se va a dejar5 prender—exclamó doña Perfecta, hiriendo el suelo con el inquieto pie.
—Quiere bajar aquí y que le escondamos en casa.
—¿Aquí?
Canónigo y sobrina se miraron.10
—¡Que baje!—dijo doña Perfecta con vehemente frase.
—¿Aquí?—repitió D. Inocencio poniendo cara de mal humor.
—Aquí—contestó la señora.—No conozco casa donde15 pueda estar más seguro.
—Puede saltar fácilmente por la ventana de mi cuarto—dijo Jacinto.
—Pues si es indispensable....
—María Remedios—dijo la señora.—Si nos cogen a20 este hombre, todo se ha perdido.
—Tonta y simple soy—repuso la sobrina del canónigo, poniéndose la mano en el pecho y ahogando el suspiro que sin duda iba a salir al público;—pero no le cogerán.
La señora salió rápidamente, y poco después el Centauro25 se arrellanaba en la butaca donde el Sr. D. Inocencio solía sentarse a escribir sus sermones.
No sabemos cómo llegó a oídos del brigadier Batalla; pero es indudable que este diligente militar tenía noticia de que los orbajosenses habían variado de intenciones, y en la30 mañana de aquel día dispuso la prisión de los que en nuestro rico lenguaje insurreccional solemos llamar caracterizados. Salvóse por milagro el gran Caballuco, refugiándose en casa de las Troyas; pero no creyéndose allí seguro, bajó, 185 como se ha visto, a la santa y no sospechosa mansión del buen canónigo.
Por la noche la tropa, establecida en diversos puntos del pueblo, ejercía la mayor vigilancia con los que entraban y salían; pero Ramos logró evadirse burlando o quizás sin5 burlar las precauciones militares. Esto acabó de encender los ánimos, y multitud de gente se conjuraba en los caseríos cercanos a Villahorrenda, juntándose de noche para dispersarse de día y preparar así el arduo negocio de su levantamiento. Ramos recorrió las cercanías allegando gente y10 armas, y como las columnas volantes andaban tras los Aceros en tierra de Villajuán de Nahara, nuestro héroe caballeresco adelantó mucho en poco tiempo.
Por las noches arriesgábase con audacia suma a entrar en Orbajosa; valiéndose de medios de astucia o tal vez de15 sobornos. Su popularidad y la protección que recibía dentro del pueblo servíanle hasta cierto punto de salvaguardia, y no será aventurado decir que la tropa no desplegaba ante aquel osado campeón el mismo rigor que ante los hombres insignificantes de la localidad. En España, y principalmente20 en tiempo de guerras, que son siempre aquí desmoralizadoras, suelen verse esas condescendencias infames con los grandes, mientras se persigue sin piedad a los pequeñuelos. Valido, pues, de su audacia, del soborno, o no sabemos de qué, Caballuco entraba en Orbajosa, reclutaba más gente,25 reunía armas y acopiaba dinero. Para mayor seguridad de su persona, o para cubrir el expediente, no ponía los pies en su casa, apenas entraba en la de doña Perfecta para tratar de asuntos importantes, y solía cenar en casa de este o del otro amigo, prefiriendo siempre el respetado domicilio de30 algún sacerdote, y principalmente el de don Inocencio, donde recibiera asilo en la mañana funesta de las prisiones.
En tanto Batalla había telegrafiado al Gobierno diciéndole que, descubierta una conspiración facciosa, estaban presos sus autores, y los pocos que lograron escapar andaban dispersos y fugitivos, activamente perseguidos por nuestras columnas.
XXVI
María Remedios
Nada más entretenido que buscar el origen de los sucesos interesantes que nos asombran o perturban, ni nada más5 grato que encontrarlo. Cuando vemos arrebatadas pasiones en lucha encubierta o manifiesta, llevados del natural impulso inductivo que acompaña siempre a la observación humana, logramos descubrir la oculta fuente de donde aquel revuelto río ha traído sus aguas, experimentamos sensación muy10 parecida al gozo de los geógrafos y buscadores de tierras.
Este gozo nos lo ha concedido Dios ahora, porque explorando los escondrijos de los corazones que laten en esta historia, hemos descubierto un hecho que seguramente es el engendrador de los hechos más importantes que hemos15 narrado; una pasión que es la primera gota de agua de esta alborotada corriente, cuya marcha estamos observando.
Continuemos, pues, la narración. Para ello dejemos a la señora de Polentinos, sin cuidarnos de lo que pudo ocurrirle en la mañana de su diálogo con María Remedios. Penetra20 llena de zozobra en su vivienda, donde se ve obligada a soportar las excusas y cortesanías del Sr. Pinzón, quien asegura que mientras él existiera, la casa de la señora no sería registrada. Le responde doña Perfecta de un modo altanero, sin dignarse fijar en él los ojos, por cuya razón él25 pide urbanamente explicaciones de tal desvío, a lo cual ella contesta rogando al Sr, Pinzón abandone su casa, sin perjuicio de dar oportunamente cuenta de su alevosa conducta dentro de ella. Llega D. Cayetano y se cruzan palabras de caballero a caballero; pero como ahora nos interesa más30 otro asunto, dejemos a los Polentinos y al teniente coronel que se las compongan como puedan, y pasemos a examinar aquello de los manantiales arriba mencionados.
Fijemos la atención en María Remedios, mujer estimable, a la cual es urgente consagrar algunas líneas. Era una5 señora, una verdadera señora, pues a pesar de su origen humildísimo, las virtudes de su tío carnal el Sr. D. Inocencio, también de bajo origen, mas sublimado por el Sacramento así como por su saber y respetabilidad, habían derramado extraordinario esplendor sobre toda la10 familia.
El amor de Remedios a Jacinto era una de las más vehementes pasiones que en el corazón maternal pueden caber. Le amaba con delirio; ponía el bienestar de su hijo sobre todas las cosas humanas; creíale el más perfecto tipo de la15 belleza y del talento, creados por Dios, y diera por verle feliz y grande y poderoso, todos los días de su vida y aun parte de la eterna gloria. El sentimiento materno es el único que, por lo muy santo y noble, admite la exageración; el único que no se bastardea con el delirio. Sin embargo,20 ocurre un fenómeno singular que no deja de ser común en la vida, y es que si esta exaltación del afecto materno no coincide con la absoluta pureza del corazón y con la honradez perfecta, suele extraviarse y convertirse en frenesí lamentable, que puede contribuir como otra cualquiera25 pasión desbordada, a grandes faltas y catástrofes.
En Orbajosa, María Remedios pasaba por un modelo de virtud y de sobrinas: quizás lo era en efecto. Servía cariñosamente a cuantos la necesitaban; jamás dió motivo a hablillas y murmuraciones de mal género; jamás se mezcló30 en intrigas. Era piadosa, no sin dejarse llevar a extremos de mojigatería chocante; practicaba la caridad; gobernaba la casa de su tío con habilidad suprema; era bien recibida, admirada y obsequiada en todas partes, a pesar del sofoco casi intolerable que producía su continuo afán de suspirar y expresarse siempre en tono quejumbroso.
Pero en casa de doña Perfecta, aquella excelente señora sufría una especie de capitis diminutio. En tiempos remotos y muy aciagos para la familia del buen Penitenciario, María5 Remedios (si es verdad, ¿por qué no se ha de decir?) había sido lavandera en la casa de Polentinos. Y no se crea por esto que doña Perfecta la miraba con altanería: nada de eso. Tratábala sin orgullo: sentía hacia ella un cariño verdaderamente fraternal; comían juntas; rezaban juntas;10 referíanse sus cuitas; ayudábanse mutuamente en sus caridades y en sus devociones, así como en los negocios de la casa... ¡pero fuerza es decirlo! siempre había algo, siempre había una raya invisible, pero infranqueable, entre la señora improvisada y la señora antigua. Doña Perfecta15 tuteaba a María, y ésta jamás pudo prescindir de ciertas fórmulas. Sentíase tan pequeña la sobrina de D. Inocencio en presencia de la amiga de éste, que su humildad nativa tomaba un tinte extraño de tristeza. Veía que el buen canónigo era en la casa una especie de consejero áulico inamovible;20 veía a su idolatrado Jacintillo en familiaridad casi amorosa con la señorita, y sin embargo, la pobre madre y sobrina frecuentaba la casa lo menos posible. Es preciso indicar que María Remedios se deseñoraba bastante (pase la palabra) en casa de doña Perfecta, y esto le era desagradable,25 porque también en aquel espíritu suspirón había, como en todo lo que vive, un poco de orgullo... ¡Ver a su hijo casado con Rosarito; verle rico y poderoso; verle emparentado con doña Perfecta, con la señora!... ¡Ay! esto era para María Remedios la tierra y el cielo, esta vida30 y la otra, el presente y el más allá, la totalidad suprema de la existencia. Hacía años que su pensamiento y su corazón se llenaban de aquella dulce luz de esperanza. Por esto era buena y mala, por esto era religiosa y humilde o terrible y osada, por esto era todo cuanto hay que ser, porque sin tal idea, María, que era la encarnación de su proyecto, no existiría.
En su físico, María Remedios no podía ser más insignificante. Distinguíase por una lozanía sorprendente que aminoraba5 en apariencia el valor numérico de sus años, y vestía siempre de luto, a pesar de que su viudez era ya cuenta muy larga.
Habían pasado cinco días desde la entrada de Caballuco en casa del señor Penitenciario. Principiaba la noche.10 Remedios entró con la lámpara encendida en el cuarto de su tío, y después de dejarla sobre la mesa, se sentó frente al anciano, que desde media tarde permanecía inmóvil y meditabundo en su sillón, cual si le hubieran clavado en él. Sus dedos sostenían la barba, arrugando la morena piel no15 rapada en tres días.
—¿Caballuco dijo que vendría a cenar aquí esta noche?—preguntó a su sobrina.
—Sí, señor, vendrá. En estas casas respetables es donde el pobrecito está más seguro.20
—Pues yo no las tengo todas conmigo a pesar de la respetabilidad de mi casa—repuso el Penitenciario.—¡Cómo se expone el valiente Ramos!... Y me han dicho que en Villahorrenda y su campiña hay mucha gente... qué sé yo cuánta gente... ¿Qué has oído tú?25
—Que la tropa está haciendo unas barbaridades....
—¡Es milagro que esos caribes no hayan registrado mi casa! Te juro que si veo entrar uno de los de pantalón encarnado, me caigo sin habla.
—¡Buenos, buenos estamos!—dijo Remedios, echando30 en un suspiro la mitad de su alma.—No puedo apartar de mi mente la tribulación en que se encuentra la señora doña Perfecta... ¡Ay, tío! debe usted ir allá.
—¿Allá esta noche?... Andan las tropas por las calles. Figúrate que a un soldadote se le antoja... La señora está bien defendida. El otro día registraron la casa y se llevaron los seis hombres armados que allí tenía; pero después se los han devuelto. Nosotros no tenemos quien nos defienda en caso de un atropello.5
—Yo he mandado a Jacinto a casa de la señora para que la acompañe un ratito. Si Caballuco viene le diremos que pase también por allá... Nadie me quita de la cabeza que alguna gran fechoría preparan esos pillos contra nuestra amiga. ¡Pobre señora, pobre Rosarito!... Cuando uno10 piensa que esto podía haberse evitado con lo que propuse a doña Perfecta hace dos días....
—Querida sobrina—dijo flemáticamente el Penitenciario,—hemos hecho todo cuanto en lo humano cabía para realizar nuestro santo propósito... Ya no se puede más.15 Hemos fracasado, Remedios. Convéncete de ello, y no seas terca: Rosarito no puede ser la mujer de nuestro idolatrado Jacintillo. Tu sueño dorado, tu ideal dichoso que un tiempo nos pareció realizable, y al cual consagré yo las fuerzas todas de mi entendimiento, como buen tío, se ha20 trocado ya en una quimera, se ha disipado como el humo. Entorpecimientos graves, la maldad de un hombre, la pasión indudable de la niña y otras cosas que callo, han vuelto las cosas del revés. Ibamos venciendo, y de pronto somos vencidos. ¡Ay, sobrina mía! Convéncete de una cosa.25 Hoy por hoy, Jacinto merece mucho más que esa niña loca.
—Caprichos y terquedades—repuso María con displicencia bastante irrespetuosa.—Vaya con lo que sale usted ahora, tío. Pues las grandes cabezas se están luciendo... Doña Perfecta con sus sublimidades y usted con sus cavilaciones,30 sirven para cualquier cosa. Es lástima que Dios me haya hecho a mí tan tonta, y dádome este entendimiento de ladrillo y argamasa, como dice la señora, porque si así no fuera, yo resolvería la cuestión.
—¿Tú?
—Si ella y usted me hubieran dejado, resuelta estaría ya.
—¿Con los palos?
—No asustarse, ni abrir tanto los ojos, porque no se trata de matar a nadie... ¡vaya!5
—Eso de los palos—dijo el canónigo sonriendo,—es como el rascar... ya sabes.
—¡Bah!... diga usted también que soy cruel y sanguinaria... me falta valor para matar un gusanito; bien lo sabe usted... Ya se comprende que no había yo de10 querer la muerte de un hombre.
—En resumen, hija mía, por más vueltas que le des, el Sr. D. Pepe Rey se lleva la niña. Ya no es posible evitarlo. Él está dispuesto a emplear todos los medios, incluso la deshonra. Si la Rosarito... cómo nos engañaba con15 aquella carita circunspecta y aquellos ojos celestiales, ¿eh? ... si la Rosarito, digo, no le quisiera... vamos ... todo podría arreglarse; pero ¡ay! le ama como ama el pecador al demonio; está abrasada en criminal fuego; cayó, sobrina mía, cayó en la infernal trampa libidinosa. Seamos20 honrados y justos; volvamos la vista de la innoble pareja, y no pensemos más en el uno ni en la otra.
—Usted no entiende de mujeres, tío—dijo Remedios con lisonjera hipocresía;—usted es un santo varón; usted no comprende que lo de Rosarito no es más que un caprichillo25 de esos que pasan, de esos que se curan con un par de refregones en los morros o media docena de azotes.
—Sobrina—dijo D. Inocencio grave y sentenciosamente,—cuando ha habido cosas mayores, los caprichillos no se llaman caprichillos, sino de otra manera.30
—Tío, usted no sabe lo que dice—repuso la sobrina, cuyo rostro se inflamó súbitamente.—Pues qué, ¿será usted capaz de suponer en Rosarito?... ¡qué atrocidad! Yo la defiendo, sí, la defiendo... Es pura como un ángel.... Vamos, tío, con esas cosas se me suben los colores a la cara y me pone usted soberbia.
Al decir esto, el semblante del buen clérigo se cubría de una sombra de tristeza, que en apariencia le envejecía diez años.5
—Querida Remedios—añadió.—Hemos hecho todo lo humanamente posible y todo lo que en conciencia podía y debía hacerse. Nada más natural que nuestro deseo de ver a Jacintillo emparentado con esa gran familia, la primera de Orbajosa; nada más natural que nuestro deseo de verle10 dueño de las siete casas del pueblo, de la dehesa de Mundogrande, de las tres huertas del cortijo de Arriba, de la Encomienda, y demás predios urbanos y rústicos que posee esa niña. Tu hijo vale mucho, bien lo saben todos. Rosarito gustaba de él y él de Rosarito. Parecía cosa hecha. La15 misma señora, sin entusiasmarse mucho, a causa sin duda de nuestro origen, parecía bien dispuesta a ello, a causa de lo mucho que me estima y venera, como a confesor y amigo... Pero de repente se presenta ese malhadado joven. La señora me dice que tiene un compromiso con su hermano20 y que no se atreve a rechazar la proposición por éste hecha. ¡Conflicto grave! Pero ¿qué hago yo en vista de esto? ¡Ay! no lo sabes tú bien. Yo te soy franco: si hubiera visto en el Sr. de Rey un hombre de buenos principios, capaz de hacer feliz a Rosario, no habría intervenido en el25 asunto; pero el tal joven me pareció una calamidad, y como director espiritual de la casa debí tomar cartas en el asunto y las tomé. Ya sabes que le puse la proa, como vulgarmente se dice. Desenmascaré sus vicios; descubrí su ateísmo; puse a la vista de todo el mundo la podredumbre de30 aquel corazón materializado, y la señora se convenció de que entregaba a su hija al vicio... ¡Ay! qué afanes pasé. La señora vacilaba; yo fortalecía su ánimo indeciso; aconsejábale los medios lícitos que debía emplear contra el sobrinejo para alejarle sin escándalo; sugeríale ideas ingeniosas, y como ella me mostraba a menudo su pura conciencia llena de alarmas, yo la tranquilizaba demarcando hasta qué punto eran lícitas las batallas que librábamos contra aquel fiero enemigo. Jamás aconsejé medios violentos5 ni sanguinarios, ni atrocidades de mal género, sino sutiles trazas que no contenían pecado. Estoy tranquilo, querida sobrina. Pero bien sabes tú que he luchado, que he trabajado como un negro. ¡Ay! cuando volvía a casa por las noches y decía: "Mariquilla, vamos bien, vamos muy bien,"10 tú te volvías loca de contento y me besabas las manos cien veces, y decías que era yo el hombre mejor del mundo. ¿Por qué te enfureces ahora, desfigurando tu noble carácter y pacífica condición? ¿Por qué me riñes? ¿Por qué dices que estás soberbia y me llamas en buenas palabras Juan15 Lanas?
—Porque usted—dijo la mujer sin cejar en su irritación,—se ha acobardado de repente.
—Es que todo se nos vuelve en contra, mujer. El maldito ingeniero, favorecido por la tropa, está resuelto a todo.20 La chiquilla le ama, la chiquilla... no quiero decir más. No puede ser, te digo que no puede ser.
—¡La tropa! Pero usted cree como doña Perfecta que va a haber una guerra, y que para echar de aquí a D. Pepe, se necesita que media nación se levante contra la otra media...25 La señora se ha vuelto loca, y usted allá se le va.
—Creo lo mismo que ella. Dada la íntima conexión de Rey con los militares, la cuestión personal se agranda... Pero ¡ay! sobrina mía, si hace dos días tuve esperanza de que nuestros valientes echaran de aquí a puntapiés a la30 tropa, desde que he visto el giro que han tomado las cosas; desde que he visto que la mayor parte son sorprendidos antes de pelear, y que Caballuco se esconde y que esto se lo lleva la trampa, desconfío de todo. Los buenos principios no tienen aún bastante fuerza material para hacer pedazos a los ministros y emisarios del error... ¡Ay! sobrina mía, resignación, resignación.
Apropiándose entonces D. Inocencio el medio de expresión que caracterizaba a su sobrina, suspiró dos o tres veces5 ruidosamente. María, contra todo lo que podía esperarse, guardó profundo silencio. No había en ella, al menos aparentemente, ni cólera, ni tampoco el sentimentalismo superficial de su ordinaria vida; no había sino una aflicción profunda y modesta. Poco después de que el buen tío concluyera10 su perorata, dos lágrimas rodaron por las sonrosadas mejillas de la sobrina: no tardaron en oírse algunos sollozos mal comprimidos, y poco a poco, así como van creciendo en ruido y forma la hinchazón y tumulto de un mar que empieza a alborotarse, así fué encrespándose aquel oleaje del15 dolor de María Remedios, hasta que rompió en deshecho llanto.
XXVII
El tormento de un canónigo
—¡Resignación, resignación!—volvió a decir D. Inocencio.
—¡Resignación, resignación!—repitió ella, enjugando20 sus lágrimas.—Puesto que mi querido hijo ha de ser siempre un pelagatos, séalo en buen hora. Los pleitos escasean; bien pronto llegará el día en que lo mismo será la abogacía que nada. ¿De qué vale el talento? ¿De qué valen tanto estudio y romperse la cabeza? ¡Ay! Somos pobres.25 Llegará un día, Sr. D. Inocencio, en que mi pobre hijo no tendrá una almohada sobre que reclinar la cabeza.
—¡Mujer!
—¡Hombre!... Y si no, dígame: ¿qué herencia piensa usted dejarle cuando cierre el ojo? Cuatro cuartos, seis30 libruchos, miseria y nada más... Van a venir unos tiempos... ¡qué tiempos, señor tío!... ¡Mi pobre hijo, que se está poniendo muy delicado de salud, no podrá trabajar ... ya se le marea la cabeza desde que lee un libro; ya le dan bascas y jaqueca siempre que trabaja de noche!...5 tendrá que mendigar un destinejo; tendré yo que ponerme a la costura, y quién sabe, quién sabe... como no tengamos que pedir limosna.
—¡Mujer!
—Bien sé lo que digo... Buenos tiempos van a venir—añadió10 la excelente mujer, forzando más el sonsonete llorón con que hablaba.—¡Dios mío! ¿Qué va a ser de nosotros? ¡Ah! Sólo el corazón de una madre siente estas cosas... Sólo las madres son capaces de sufrir tantas penas por el bienestar de un hijo. Usted, ¿cómo lo ha de15 comprender? No: una cosa es tener hijos y pasar amarguras por ellos, y otra cosa es cantar el gori gori en la catedral y enseñar latín en el Instituto... Vea usted de qué le vale a mi hijo el ser sobrino de usted y el haber sacado tantas notas de sobresaliente, y ser el primor y la gala de20 Orbajosa... Se morirá de hambre, porque ya sabemos lo que da la abogacía, o tendrá que pedir a los diputados un destino en la Habana, donde le matará la fiebre amarilla....
—¡Pero mujer!
—No, si no me apuro, si ya callo, si no le molesto a usted25 más. Soy muy impertinente, muy llorona, muy suspirona, y no se me puede aguantar, porque soy madre cariñosa y miro por el bien de mi amado hijo. Yo me moriré, sí señor, me moriré en silencio y ahogaré mi dolor, me beberé mis lágrimas para no mortificar al señor canónigo... Pero30 mi idolatrado hijo me comprenderá, y no se tapará los oídos como usted hace en este momento... ¡ay de mí! El pobre Jacinto sabe que me dejaría matar por él, y que le proporcionaría la felicidad a costa de mi vida. ¡Pobrecito niño de mis entrañas! Tener tanto mérito, y vivir condenado a un pasar mediano, a una condición humilde, porque no, señor tío, no se ensoberbezca usted... Por más que echemos humos, siempre será usted el hijo del tío Tinieblas, el sacristán de San Bernardo... y yo no seré nunca más5 que la hija de Ildefonso Tinieblas, su hermano de usted, el que vendía pucheros, y mi hijo será el nieto de los Tinieblas ... que tenemos un tenebrario en nuestra casta, y nunca saldremos de la obscuridad, ni poseeremos un pedazo de terruño donde decir: "esto es mío," ni trasquilaremos10 una oveja propia, ni ordeñaremos jamás una cabra propia, ni meteré mis manos hasta el codo en un saco de trigo trillado y aventado en nuestras eras... todo esto a causa de su poco ánimo de usted, de su bobería y corazón amerengado....
—¡Pero... pero mujer!15
Subía más de tono el canónigo cada vez que repetía esta frase, y puestas las manos en los oídos, sacudía a un lado y otro la cabeza con doloroso ademán de desesperación. La chillona cantinela de María Remedios era cada vez más aguda, y penetraba en el cerebro del infeliz y ya aturdido20 clérigo como una saeta. Pero de repente transformóse el rostro de aquella mujer, mudáronse los plañideros sollozos en una voz bronca y dura, palideció su rostro, temblaron sus labios, cerráronse sus puños, cayéronle sobre la frente algunas guedejas del desordenado cabello, secáronse por completo25 sus ojos al calor de la ira que bramaba en su pecho, levantóse del asiento, y no como una mujer, sino como una harpía, gritó de este modo:
—¡Yo me voy de aquí, yo me voy con mi hijo!... Nos iremos a Madrid; no quiero que mi hijo se pudra en30 este poblachón. Estoy cansada de ver que mi hijo, al amparo de la sotana, no es ni será nunca nada. ¿Lo oye usted, señor tío? ¡Mi hijo y yo nos vamos! Usted no nos verá nunca más; pero nunca más.
Don Inocencio había cruzado las manos y recibía los furibundos rayos de su sobrina con la consternación de un reo a quien la presencia del verdugo quita ya toda esperanza.
—Por Dios, Remedios—murmuró con voz dolorida,—por la Virgen Santísima....5
Aquellas crisis y horribles erupciones del manso carácter de la sobrina eran tan fuertes como raras, y se pasaban a veces cinco o seis años sin que D. Inocencio viera a Remedios convertirse en una furia.
—¡Soy madre!... ¡Soy madre!... y puesto que10 nadie mira por mi hijo, miraré yo, yo misma—rugió la improvisada leona.
—Por María Santísima, mujer, no te arrebates... Mira que estás pecando... Recemos un Padre nuestro y un Ave María, y verás cómo se te pasa eso.15
Diciendo esto, el Penitenciario temblaba y sudaba. ¡Pobre pollo en las garras del buitre! La mujer transformada acabó de estrujarle con estas palabras:
—Usted no sirve para nada; usted es un mandria... Mi hijo y yo nos marcharemos de aquí para siempre, para20 siempre. Yo le conseguiré una posición a mi hijo, yo le buscaré una buena conveniencia, ¿entiende usted? Así como estoy dispuesta a barrer las calles con la lengua, si de este modo fuera preciso ganarle la comida, así también revolveré la tierra para buscar una posición a mi hijo, para25 que suba, y sea rico, y personaje, y caballero, y propietario, y señor, y grande, y todo cuanto hay que ser, todo, todo.
—¡Dios me favorezca!—exclamó D. Inocencio dejándose caer en el sillón e inclinando la cabeza sobre el pecho.
Hubo una pausa, durante la cual se oía el agitado resuello30 de la mujer furiosa.
—Mujer—dijo al fin D. Inocencio,—me has quitado diez años de vida; me has abrasado la sangre; me has vuelto loco... ¡Dios me dé la serenidad que para aguantarte necesito! Señor, paciencia, paciencia es lo que quiero; y tú, sobrina, hazme el favor de llorar y lagrimear y estar suspirando a moco y baba diez años, pues tu maldita maña de los pucheros, que tanto me enfada, es preferible a esas locas iras. Si no supiera que en el fondo eres buena...5 Vaya, que para haber confesado y recibido a Dios esta mañana, te estás portando.
—Sí, pero es por usted, por usted.
—¿Porque en el asunto de Rosario y de Jacinto te digo "resignación"?10
—Porque cuando todo marcha bien, usted se vuelve atrás y permite que el Sr. Rey se apodere de Rosarito.
—¿Y cómo lo voy a evitar? Bien dice la señora que tienes entendimiento de ladrillo. ¿Quieres que salga por ahí con una espada, y en un quítame allá esas pajas haga15 picadillo a toda la tropa, y después me encare con Rey y le diga: "o usted me deja en paz a la niña o le corto el pescuezo"?
—No, pero cuando aconsejé a la señora que diera un susto a su sobrino, usted se ha opuesto, en vez de aconsejarle20 lo mismo que yo.
—Tú estás loca con eso del susto.
—Porque "muerto el perro se acabó la rabia."
—Yo no puedo aconsejar eso que llamas susto y que puede ser una cosa tremenda.25
—Sí, porque soy una matona, ¿no es verdad, tío?
—Ya sabes que los juegos de manos son juegos de villanos. Además, ¿crees que ese hombre se dejará asustar? ¿Y sus amigos?
—De noche sale solo.30
—¿Tú qué sabes?
—Lo sé todo, y no da un paso sin que yo me entere, ¿estamos? La viuda del Cuzco me tiene al tanto de todo.
—Vamos, no me vuelvas loco. ¿Y quién le va a dar ese susto?... Sepámoslo.
—Caballuco.
—¿De modo qué él está dispuesto?...
—No, pero lo estará si usted se lo manda.5
—Vamos, mujer, déjame en paz. Yo no puedo mandar tal atrocidad. ¡Un susto! ¿Y qué es eso? ¿Tú le has hablado ya?
—Sí, señor; pero no me ha hecho caso, mejor dicho, se niega a ello. En Orbajosa no hay más que dos personas que10 puedan decidirle con una simple orden: usted o doña Perfecta.
—Pues que se lo mande la señora si quiere. Jamás aconsejaré que se empleen medios violentos y brutales. ¿Querrás creer que cuando Caballuco y algunos de los suyos15 estaban tratando de levantarse en armas, no pudieron sacarme una sola palabra incitándoles a derramar sangre? No, eso no... Si doña Perfecta quiere hacerlo....
—Tampoco quiere. Esta tarde he estado hablando con ella dos horas, y dice que predicará la guerra favoreciéndola20 por todos los medios; pero que no mandará a un hombre que hiera por la espalda a otro. Tendría razón en oponerse si se tratara de cosa mayor... pero no quiero que haya heridas; yo no quiero más que un susto.
—Pues si doña Perfecta no quiere ordenar que se dé25 sustos al ingeniero, yo tampoco, ¿entiendes? Antes que nada es mi conciencia.
—Bueno—repuso la sobrina.—Dígale usted a Caballuco que me acompañe esta noche... no le diga usted más que eso.30
—¿Vas a salir tarde?
—Voy a salir, sí señor. Pues qué, ¿no salí también anoche?
—¿Anoche? No lo supe; si lo hubiera sabido, me hubiera enfadado, sí señora.
—No le diga usted a Caballuco sino lo siguiente: "Querido Ramos, le estimaré mucho que acompañe a mi sobrina a cierta diligencia que tiene que hacer esta noche, y que la defienda si acaso se ve en algún peligro."
—Eso sí lo puedo hacer. Que te acompañe... que te5 defienda. ¡Ah, picarona! tú quieres engañarme, haciéndome cómplice de alguna majadería.
—Ya... ¿qué cree usted?—dijo irónicamente María Remedios.—Entre Ramos y yo vamos a degollar mucha gente esta noche.10
—No bromees. Te repito que no le aconsejaré a Ramos nada que tenga visos de maldad. Me parece que está ahí....
Oyóse ruido en la puerta de la calle. Luego sonó la voz de Caballuco que hablaba con el criado, y poco después el15 héroe de Orbajosa penetró en la estancia.
—Noticias, vengan noticias, Sr. Ramos—dijo el clérigo.—Vaya, que si no nos da usted alguna esperanza en cambio de la cena y de la hospitalidad... ¿Qué hay en Villahorrenda?20
—Alguna cosa—repuso el valentón sentándose con muestras de cansancio.—Pronto verá usted si servimos para algo.
Como todas las personas que tienen importancia o quieren dársela, Caballuco mostraba gran reserva.
—Esta noche, amigo mío, se llevará usted, si quiere, el25 dinero que me han dado para....
—Buena falta hace... Como lo huelan los de tropa no me dejarán pasar—dijo Ramos riendo brutalmente.
—Calle usted, hombre... Ya sabemos que usted pasa siempre que se le antoja. Pues no faltaba más. Los militares30 son gente de manga ancha... y si se pusieran pesados, con un par de duros, ¿eh? Vamos, veo que no viene usted mal armado... No le falta más que un cañón de a ocho. Pistolitas, ¿eh?... También navaja.
—Por lo que pueda suceder—dijo Caballuco, sacando el arma del cinto y mostrando su horrible hoja.
—¡Por Dios y la Virgen!—exclamó María Remedios, cerrando los ojos y apartando con miedo el rostro.—Guarde usted ese chisme. Me horrorizo sólo de verlo.5
—Si ustedes no lo llevan a mal—dijo Ramos cerrando el arma,—cenaremos.
María Remedios dispuso todo con precipitación, para que el héroe no se impacientase.
—Oiga usted una cosa, Sr. Ramos—dijo D. Inocencio10 a su huésped cuando se pusieron a cenar.—¿Tiene usted muchas ocupaciones esta noche?
—Algo hay que hacer—repuso el bravo.—Ésta es la última noche que vengo a Orbajosa, la ultima. Tengo que recoger algunos muchachos que quedan por aquí, y vamos a15 ver cómo sacamos el salitre y el azufre que está en casa de Cirujeda.
—Lo decía—añadió bondadosamente el cura, llenando el plato de su amigo,—porque mi sobrina quiere que la acompañe usted un momento. Tiene que hacer no sé qué20 diligencia y es algo tarde para ir sola.
—¿Va a casa de doña Perfecta?—preguntó Ramos.—Allí he estado hace un momento; no quise detenerme.
—¿Cómo está la señora?
—Miedosilla. Esta noche he sacado los seis mozos que25 tenía en la casa.
—Hombre: ¿cree usted que no hacen falta allí?—dijo Remedios con zozobra.
—Más falta hacen en Villahorrenda. Dentro de las casas se pudre la gente valerosa, ¿no es verdad, señor30 canónigo?
—Señor Ramos, aquella casa no debe estar nunca sola—dijo el Penitenciario.
—Con los criados basta y sobra. ¿Pero usted cree, Sr.
D. Inocencio, que el brigadier se ocupa de asaltar casas ajenas?
—Sí; pero bien sabe usted que ese ingeniero de tres mil docenas de demonios....
—Para eso... en la casa no faltan escobas—manifestó5 Cristóbal jovialmente.—Si al fin y al cabo no tendrán más remedio que casarlos... Después de lo que ha pasado....
—Señor Ramos—dijo Remedios súbitamente enojada,—se me figura que no entiende usted gran cosa en esto de10 casar a la gente.
—Dígolo porque esta noche, hace un momento, vi que la señora y la niña estaban haciendo al modo de una reconciliación. Doña Perfecta besuqueaba a Rosarito, y todo era echarse palabrillas tiernas y mimos.15
—¡Reconciliación! usted con eso de los armamentos ha perdido la chaveta... Pero en fin, ¿me acompaña usted o no?
—No es a la casa de la señora donde quiere ir—dijo el clérigo,—sino a la posada de la viuda de Cuzco. Estaba20 diciendo que no se atreve a ir sola, porque teme ser insultada....
—¿Por quién?
—Bien se comprende. Por ese ingeniero de tres mil o cuatro mil docenas de demonios. Anoche mi sobrina le vió25 allí y le dijo cuatro frescas, por cuya razón no las tiene todas consigo esta noche. El mocito es vengativo y procaz.
—No sé si podré ir...—indicó Caballuco,—como ando ahora escondido, no puedo desafiar al D. José Poquita Cosa. Si yo no estuviera como estoy, con media cara tapada30 y la otra medio descubierta, ya le había roto treinta veces el espinazo. ¿Pero qué sucede si caigo sobre él? Que me descubro; caen sobre mí los soldados, y adiós Caballuco. En cuanto a darle un golpe a traición, es cosa que no sé hacer, ni está en mi natural, ni la señora lo consiente tampoco. Para solfas con alevosía no sirve Cristóbal Ramos.
—Pero hombre, ¿estamos locos?... ¿qué está usted hablando?—dijo el Penitenciario con innegables muestras5 de asombro.—Ni por pienso le aconsejo yo a usted que maltrate a ese caballero. Antes me dejaré cortar la lengua que aconsejar una bellaquería. Los malos caerán, es verdad; pero Dios es quien debe fijar el momento, no yo. No se trata tampoco de dar palos. Antes recibiré yo diez docenas10 de ellos que recomendar a un cristiano la administración de tales medicinas. Sólo digo a usted una cosa (añadió, mirando al bravo por encima de los espejuelos), y es, que como mi sobrina va allá, como es probable, muy probable, ¿no es eso, Remedios?... que tenga que decir15 algunas palabrejas a ese hombre, recomiendo a usted que no la desampare en caso de que se vea insultada....
—Esta noche tengo que hacer—repuso lacónica y secamente Caballuco.
—Ya lo oyes, Remedios. Deja tu diligencia para20 mañana.
—Eso sí que no puede ser. Iré sola.
—No, no irás, sobrina mía. Tengamos la fiesta en paz. El Sr. Ramos tiene que hacer y no puede acompañarte. Figúrate que eres injuriada por ese hombre grosero....25
—¡Insultada... insultada una señora por ese!...—exclamó Caballuco.—Vamos, no puede ser.
—Si usted no tuviera ocupaciones... ¡bah, bah! ya estaría yo tranquilo.
—Ocupaciones tengo—dijo el Centauro levantándose30 de la mesa;—pero si es empeño de usted....
Hubo una pausa. El Penitenciario había cerrado los ojos y meditaba.
—Empeño mío es, Sr. Ramos—dijo al fin.
—Pues no hay más que hablar. Iremos, señora doña María.
—Ahora, querida sobrina—- dijo D. Inocencio entre serio y jovial,—puesto que hemos concluído de cenar, tráeme la jofaina.
Dirigió a su sobrina una mirada penetrante, y acompañándolas5 de la acción correspondiente, profirió estas palabras:
—Yo me lavo las manos.
XXVIII
De Pepe Rey a D. Juan Rey
Orbajosa 12 de Abril.
"Querido padre: perdóneme usted si por primera vez le desobedezco no saliendo de aquí, ni renunciando a mi propósito. El consejo y ruego de usted son propios de un10 padre bondadoso y honrado: mi terquedad es propia de un hijo insensato; pero en mí pasa una cosa singular; terquedad y honor se han juntado y confundido de tal modo, que la idea de disuadirme y ceder me causa vergüenza. He cambiado mucho. Yo no conocía estos furores que me15 abrasan. Antes me reía de toda obra violenta, de las exageraciones de los hombres impetuosos, como de las brutalidades de los malvados. Ya nada de esto me asombra, porque en mí mismo encuentro a todas horas cierta capacidad terrible para la perversidad. A usted puedo hablarle como20 se habla a solas con Dios y con la conciencia; a usted puedo decirle que soy un miserable, porque es un miserable quien carece de aquella poderosa fuerza moral contra sí mismo, que castiga las pasiones y somete la vida al duro régimen de la conciencia. He carecido de la entereza cristiana25 que contiene el espíritu del hombre ofendido en un hermoso estado de elevación sobre las ofensas que recibe y los enemigos que se las hacen; he tenido la debilidad de abandonarme a una ira loca, poniéndome al bajo nivel de mis detractores, devolviéndoles golpes iguales a los suyos, y tratando de confundirles por medios aprendidos en su propia indigna escuela. ¡Cuánto siento que no estuviera usted a mi lado para apartarme de este camino! Ya es tarde.5 Las pasiones no tienen espera. Son impacientes, y piden su presa a gritos y con la convulsión de una espantosa sed moral. He sucumbido. No puedo olvidar lo que tantas veces me ha dicho usted, y es que la ira puede llamarse la peor de las pasiones, porque transformando de improviso10 nuestro carácter, engendra todas las demás maldades, y a todas les presta su infernal llamarada.
"Pero no ha sido sola la ira, sino un fuerte sentimiento expansivo lo que me ha traído a tal estado, el amor profundo y entrañable que profeso a mi prima, única circunstancia15 que me absuelve. Y si el amor no, la compasión me habría impulsado a desafiar el furor y las intrigas de su terrible hermana de usted, porque la pobre Rosario, colocada entre su afecto irresistible y su madre, es hoy uno de los seres más desgraciados que existen sobre la tierra. El amor que20 me tiene y que corresponde al mío, ¿no me da derecho a abrir, como pueda, las puertas de su casa y sacarla de allí, empleando la ley hasta donde la ley alcance, y usando la fuerza desde el punto en que la ley me desampare? Creo que la rigurosísima escrupulosidad moral de usted no dará25 una respuesta afirmativa a esta proposición; pero yo he dejado de ser aquel carácter metódico y puro, conformado en su conciencia con la exactitud de un tratado. Yo no soy aquel a quien una educación casi perfecta dió pasmosa irregularidad en sus sentimientos; ahora soy un hombre como30 otro cualquiera; de un solo paso he entrado en el terreno común de lo injusto y de lo malo. Prepárese usted a oír cualquier barbaridad, que será obra mía. Yo cuidaré de notificar a usted las que vaya cometiendo.
"Pero ni la confesión de mis culpas me quitará la responsabilidad de los sucesos graves que han ocurrido y ocurrirán; ni ésta, por mucho que argumente, recaerá toda entera sobre su hermana de usted. La responsabilidad de doña Perfecta es inmensa, seguramente. ¿Cuál será la extensión5 de la mía? ¡Ah, querido padre! No crea usted nada de lo que oiga respecto a mí, y aténgase tan sólo a lo que yo le revele. Si le dicen que he cometido una villanía deliberada, responda que es mentira. Difícil, muy difícil me es juzgarme a mí mismo en el estado de turbación en que me hallo; pero10 me atrevo a asegurar que no he producido deliberadamente el escándalo. Bien sabe usted a dónde puede llegar la pasión favorecida en su horrible crecimiento invasor por las circunstancias.
"Lo que más amarga mi vida es haber empleado la ficción,15 el engaño y bajos disimulos. ¡Yo que era la verdad misma! He perdido mi propia hechura.... Pero, ¿es esto la perversidad mayor en que puede incurrir el alma? ¿Empiezo ahora o acabo? Nada sé. Si Rosario con su mano celeste no me saca de este infierno de mi conciencia,20 deseo que venga usted a sacarme. Mi prima es un ángel, y padeciendo por mí, me ha enseñado muchas cosas que antes no sabía.
"No extrañe usted la incoherencia de lo que escribo. Diversos sentimientos me inflaman. Me asaltan a ratos25 ideas dignas verdaderamente de mi alma inmortal; pero a ratos caigo también en un desfallecimiento lamentable, y pienso en los hombres débiles y menguados, cuya bajeza me ha pintado usted con vivos colores para que los aborrezca. Tal como hoy me hallo, estoy dispuesto al mal y al bien.30 Dios tenga piedad de mí. Ya sé lo que es la oración, una suplica grave y reflexiva, tan personal que no se aviene con fórmulas aprendidas de memoria; una expansión del alma que se atreve a extenderse hasta buscar su origen; lo contrario del remordimiento, que es una contradicción de la misma alma, envolviéndose y ocultándose con la ridicula pretensión de que nadie la vea. Usted me ha enseñado muy buenas cosas; pero ahora estoy en prácticas, como decimos los ingenieros; hago estudios sobre el terreno, y5 con esto mis conocimientos se ensanchan y fijan.... Se me está figurando ahora que no soy tan malo como yo mismo creo. ¿Será así?
"Concluyo esta carta a toda prisa. Tengo que enviarla con unos soldados que van hacia la estación de Villahorrenda,10 porque no hay que fiarse del correo de esta gente.
14 de Abril.
"Le divertiría a usted, querido padre, si pudiera hacerle comprender cómo piensa la gente de este poblachón. Ya sabrá usted que casi todo este país se ha levantado en armas. Era cosa prevista, y los políticos se equivocan si15 creen que es cosa de un par de días. La hostilidad contra nosotros y contra el Gobierno la tienen los orbajosenses en su espíritu, formando parte de él como la fe religiosa. Concretándome a la cuestión particular con mi tía, diré a usted una cosa singular, y es que la pobre señora, que tiene el20 feudalismo en la médula de los huesos, ha imaginado que yo voy a atacar su casa para robarle su hija, como los señores de la Edad Media atacaban un castillo enemigo para consumar cualquier desafuero. No se ría usted, que es verdad: tales son las ideas de esta gente. Excuso decir a25 usted que me tiene por un monstruo, por una especie de rey moro herejote; y los militares con quienes he hecho amistad aquí no merecen mejor concepto. En casa de doña Perfecta es cosa corriente que la tropa y yo formamos una coalición diabólica y antireligiosa para quitarle a Orbajosa30 sus tesoros, su fe y sus muchachas. Me consta que su hermana de usted cree a pie juntillas que yo le voy a tomar por asalto la casa, y no es dudoso que detrás de la puerta habrá alguna barricada.
"Pero no puede ser de otra manera. Aquí tienen las ideas más anticuadas acerca de la sociedad, de la religión,5 del Estado, de la propiedad. La exaltación religiosa que les impulsa a emplear la fuerza contra el Gobierno, por defender una fe que nadie ha atacado y que ellos no tienen tampoco, despierta en su ánimo resabios feudales, y como resolverían sus cuestiones por la fuerza bruta y a sangre y10 fuego, degollando a todo el que no piense como ellos, creen que no hay en el mundo quien emplee otros medios.
"Lejos de ser mi intento hacer quijotadas en la casa de esa señora, he procurado evitarle algunas molestias, de que no se libraron los demás vecinos. Por mi amistad con el15 brigadier no les han obligado a presentar, como se mandó, una lista de todos los hombres de su servidumbre que se han marchado con la facción; y si se le registró la casa, me consta que fue por fórmula; y si le desarmaron los seis hombres que allí tenía, después ha puesto otros tantos y20 nada se le ha hecho. Vea usted a lo que está reducida mi hostilidad a la señora.
"Verdad es que yo tengo el apoyo de los jefes militares; pero lo utilizo tan sólo para no ser insultado o maltratado por esta gente implacable. Mis probabilidades de éxito25 consisten en que las autoridades recientemente puestas por el jefe militar son todas amigas. Tomo de ellas mi fuerza moral y les intimido. No sé si me veré en el caso de cometer alguna acción violenta; pero no se asuste usted, que el asalto y toma de la casa es una pura y loca preocupación30 feudal de su hermana de usted. La casualidad me ha puesto en situación ventajosa. La ira, la pasión que arde en mí, me impulsarán a aprovecharla. No sé hasta dónde iré.
17 de Abril.
"La carta de usted me ha dado un gran consuelo. Sí; puedo conseguir mi objeto, usando tan sólo los recursos de la ley, eficaces completamente para esto. He consultado a las autoridades de aquí, y todas me confirman en lo que usted me indica. Estoy contento. Ya que he inculcado en5 el ánimo de mi prima la idea de la desobediencia, que sea al menos al amparo de las leyes sociales. Haré lo que usted me manda, es decir, renunciaré a la colaboración un poco fea de Pinzón; destruiré la solidaridad aterradora que establecí con los militares; dejaré de envanecerme con el10 poder de ellos; pondré fin a las aventuras, y en el momento oportuno procederé con calma, prudencia y toda la benignidad posible. Mejor es así. Mi coalición, mitad seria, mitad burlesca, con el ejército, ha tenido por objeto ponerme al amparo de las brutalidades de los orbajosenses y de los15 criados y deudos de mi tía. Por lo demás, siempre he rechazado la idea de lo que llamamos la intervención armada.
"El amigo que me favorecía ha tenido que salir de la casa; pero no estoy en completa incomunicación con mi prima. La pobrecita demuestra un valor heroico en medio20 de sus penas, y me obedecerá ciegamente.
"Esté usted sin cuidado respecto a mi seguridad personal. Por mi parte nada temo y estoy muy tranquilo.
20 de Abril.
"Hoy no puedo escribir más que dos líneas. Tengo mucho que hacer. Todo concluirá dentro de unos días.25 No me escriba usted más a este lugarón. Pronto tendrá el gusto de abrazarle su hijo.
PEPE."
XXIX
De Pepe Rey a Rosarito Polentinos
"Dale a Estebanillo la llave de la huerta y encárgale que cuide del perro. El muchacho está vendido a mí en cuerpo y alma. No temas nada. Sentiré mucho que no puedas bajar, como la otra noche. Haz todo lo posible por conseguirlo. Yo estaré allí después de media noche. Te diré5 lo que he resuelto, y lo que debes hacer. Tranquilízate, niña mía, porque he abandonado todo recurso imprudente y brutal. Ya te contaré. Esto es largo y debe ser hablado. Me parece que veo tu susto y congoja al considerarme tan cerca de ti. Pero hace ocho días que no te he visto. He10 jurado que esta ausencia de ti concluirá pronto, y concluirá. El corazón me dice que te veré. Maldito sea yo si no te veo."
XXX
El ojeo
Una mujer y un hombre penetraron después de las diez en la posada de la viuda de Cuzco, y salieron de ella dadas15 las once y media.
—Ahora, señora doña María—dijo el hombre,—la llevaré a usted a su casa, porque tengo que hacer.
—Aguarde usted, Sr. Ramos, por amor de Dios—repuso ella.—¿Por qué no nos llegamos al Casino a ver si sale?20 Ya ha oído usted.... Esta tarde estuvo hablando con él Estebanillo, el chico de la huerta.
—¿Pero usted busca a D. José?—preguntó el Centauro de muy mal humor.—¿Qué nos importa? El noviazgo con doña Rosario paró donde debía parar, y ahora no hay más25 remedio sino que la señora tiene que casarlos. Ésa es mi opinión.
—Usted es un animal—dijo Remedios con enfado.
—Señora, yo me voy.
—Pues qué, hombre grosero, ¿me va usted a dejar sola en medio de la calle?
—Si usted no se va pronto a su casa, sí señora.5
—Eso es... me deja usted sola, expuesta a ser insultada.... Oiga usted, Sr. Ramos. Don José saldrá ahora del Casino, como de costumbre. Quiero saber si entra en su casa o sigue adelante. Es un capricho, nada más que un capricho.10
—Yo lo que sé es que tengo que hacer, y van a dar las doce.
—Silencio—dijo Remedios,—ocultémonos detrás de la esquina.... Un hombre viene por la calle de la Tripería Alta. Es él.15
—Don José.... Le conozco en el modo de andar. Se ocultaron y el hombre pasó.
—Sigámosle—dijo María Remedios con zozobra.— Sigámosle a corta distancia, Ramos.
—Señora....20
—Nada más sino hasta ver si entra en su casa.
—Un minutillo nada más, doña Remedios. Después me marcharé.
Anduvieron como treinta pasos, a regular distancia del hombre que observaban. La sobrina del Penitenciario se25 detuvo al fin, y pronunció estas palabras:
—No entra en su casa.
—Irá a casa del brigadier.
—El brigadier vive hacia arriba, y D. Pepe va hacia abajo, hacia casa de la señora.30
—¡De la señora!—exclamó Caballuco andando a prisa. Pero se engañaban; el espiado pasó por delante de la casa de Polentinos, y siguió adelante.
—¿Ve usted cómo no?
—Señor Ramos, sigámosle—dijo Remedios, oprimiendo convulsamente la mano del Centauro.—Tengo una corazonada.
—Pronto hemos de saberlo, porque el pueblo se acaba.
—No vayamos tan de prisa... puede vernos.... Lo5 que yo pensé, Sr. Ramos; va a entrar por la puerta condenada de la huerta.
—¡Señora, usted se ha vuelto loca!
—Adelante, y lo veremos.
La noche era obscura y no pudieron los observadores precisar10 dónde había entrado el Sr. de Rey; pero cierto ruido de visagras mohosas que oyeron, y la circunstancia de no encontrar al joven en todo lo largo de la tapia, les convencieron de que se había metido dentro de la huerta. Caballuco miró a su interlocutora con estupor. Parecía lelo.15
—¿En qué piensa usted?... ¿Todavía duda?
—¿Qué debo hacer?—preguntó el bravo lleno de confusión.— ¿Le daremos un susto?... No sé lo que pensará la señora. Dígolo, porque esta noche estuve a verla, y me pareció que la madre y la hija se reconciliaban.20
—No sea usted bruto.... ¿Por qué no entra?
—Ahora me acuerdo de que los mozos armados ya no están ahí, porque yo les mandé salir esta noche.
—Y aún duda este marmolejo lo que ha de hacer. Ramos, no sea usted cobarde y entre en la huerta.25
—¿Por dónde, si han cerrado la puertecilla?
—Salte usted por encima de la tapia.... ¡Qué pelmazo! Si yo fuera hombre....
—Pues arriba.... Aquí hay unos ladrillos gastados por donde suben los chicos a robar fruta.30
—Arriba pronto. Yo voy a llamar a la puerta principal para que despierte la señora, si es que duerme.
El Centauro subió, no sin dificultad. Montó a caballo breve instante sobre el muro, y después desapareció entre la negra espesura de los árboles. María Remedios corrió desalada hacia la calle del Condestable, y cogiendo el aldabón de la puerta principal, llamó... llamó tres veces con toda el alma y la vida.
XXXI
Doña Perfecta
Ved con cuánta tranquilidad se consagra a la escritura la5 señora doña Perfecta. Penetrad en su cuarto, a pesar de lo avanzado de la hora, y la sorprenderéis en grave tarea, compartido su espíritu entre la meditación y unas largas y concienzudas cartas que traza a ratos con segura pluma y correctos perfiles. Dale de lleno en el rostro y busto y manos10 la luz del quinqué, cuya pantalla deja en dulce penumbra el resto de la persona y la pieza casi toda. Parece una figura luminosa evocada por la imaginación en medio de las vagas sombras del miedo.
Es extraño que hasta ahora no hayamos hecho una afirmación15 muy importante, y es que doña Perfecta era hermosa, mejor dicho, era todavía hermosa, conservando en su semblante rasgos de acabada belleza. La vida del campo, la falta absoluta de presunción, el no vestirse, el no acicalarse, el odio a las modas, el desprecio de las vanidades cortesanas20 eran causa de que su nativa hermosura no brillase o brillase muy poco. También la desmejoraba la intensa amarillez que tenía su rostro, indicando una fuerte constitución biliosa.
Negros y rasgados los ojos, fina y delicada la nariz, ancha y despejada la frente, todo observador la consideraba como25 acabado tipo de la humana figura; pero había en aquellas facciones cierta expresión de dureza y soberbia que era causa de antipatía. Así como otras personas, aun siendo feas, llaman, doña Perfecta despedía. Su mirar, aun acompañado de bondadosas palabras, ponía entre ella y las personas30 extrañas la infranqueable distancia de un respeto receloso; mas para las de casa, es decir, para sus deudos, parciales y allegados, tenía una singular atracción. Era maestra en dominar, y nadie la igualó en el arte de hablar el lenguaje que mejor cuadraba a cada oreja.5
Su hechura biliosa, y el comercio excesivo con personas y cosas devotas, que exaltaban sin fruto ni objeto su imaginación, la habían envejecido prematuramente, y siendo joven no lo parecía. Podría decirse de ella que con sus hábitos y su sistema de vida se había labrado una corteza, un forro10 pétreo, insensible, encerrándose dentro como el caracol en su casa portátil. Doña Perfecta salía pocas veces de su concha.
Sus costumbres intachables, y aquella bondad pública que hemos observado en ella desde el momento de su aparición15 en nuestro relato, eran causa de su gran prestigio en Orbajosa. Sostenía además relaciones con excelentes damas de Madrid, y por este medio consiguió la destitución de su sobrino. Ahora, en el momento presente de nuestra historia, la hallamos sentada junto al pupitre, que es el confidente20 único de sus planes y el depositario de sus cuentas numéricas con los aldeanos, y de sus cuentas morales con Dios y la sociedad. Allí escribió las cartas que trimestralmente recibía su hermano; allí redactaba las esquelitas para incitar al juez y al escribano a que embrollaran los25 pleitos de Pepe Rey; allí armó el lazo en que éste perdiera la confianza del Gobierno; allí conferenciaba largamente con D. Inocencio. Para conocer el escenario de otras acciones cuyos efectos hemos visto, sería preciso seguirla al palacio episcopal y a varias casas de familias amigas.30
No sabemos cómo hubiera sido doña Perfecta amando. Aborreciendo tenía la inflamada vehemencia de un ángel tutelar del odio y de la discordia entre los hombres. Tal es el resultado producido en un carácter duro y sin bondad nativa por la exaltación religiosa, cuando ésta, en vez de nutrirse de la conciencia y de la verdad revelada en principios tan sencillos como hermosos, busca su savia en fórmulas estrechas que sólo obedecen a intereses eclesiásticos. Para que la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones5 muy puros. Es verdad que aun en este caso es infecunda para el bien. Pero los corazones que han nacido sin la seráfica limpieza que establece en la tierra un Limbo prematuro, cuidan bien de no inflamarse mucho con lo que ven en los retablos, en los coros, en los locutorios y en las sacristías,10 si antes no han elevado en su propia conciencia un altar, un pulpito y un confesonario.
La señora, dejando a ratos la escritura, pasaba a la pieza inmediata donde estaba su hija. A Rosarito se le había mandado que durmiera; pero ella, precipitada ya por el15 despeñadero de la desobediencia, velaba.
—¿Por qué no duermes?—le preguntó su madre.—Yo no pienso acostarme en toda la noche. Ya sabes que Caballuco se ha llevado los hombres que teníamos aquí. Puede suceder cualquier cosa, y yo vigilo.... Si yo no vigilara,20 ¿qué sería de ti y de mí?...