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Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

SEGUNDA PARTE

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I

Pasó tiempo, no sé cuánto, aunque á mí me pareciera bien largo en aquella edad privilegiada en que no se toman en cuenta las horas, ni los días, pero en que los años parecen tener el privilegio de no acabarse jamás. Y aunque, terminado el período de Camino, tuviéramos entonces otro gobernador—don Lucas Benavides,—éste se mostraba mi amigo y yo seguía desempeñando mis puestos, no diré con brillo, pero sí con cierta discreción que hizo acallar muchas de las malevolencias suscitadas en un principio por mi inesperado encumbramiento. Se me agradecía, sin decirlo, la cortesía y la blandura que había demostrado para con los presos políticos, en la hora tragi-cómica de la revolución, contra todas las tradiciones y los precedentes provincianos. Aunque lo comprendiera muy bien, quien me confirmó en este pensamiento fué Vázquez, al volver con su título de doctor, recién conquistado en la Facultad de la provincia vecina. Alabó mi conducta, demostrándome que yo había dado un paso hacia las mejores costumbres políticas y sociales que los buenos ciudadanos soñaban para nuestro país.

—Empiezas bien—me dijo,—y no esperaba tanto de ti. Esas demostraciones de cultura son más eficaces que las barrabasadas de antaño, y elevan el nivel moral del país.

—¡Bah! ¡No seas exagerado!—repliqué.—He hecho lo que cualquiera.

—No. Has hecho más que otros: has dado un buen ejemplo.

Contribuía, sin duda, á su juicio benévolo, que á mí, en realidad, me importaba bien poco, el estado beatífico en que se hallaba, con un título respetable para la mayoría, recursos suficientes que su padre le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posición social—María Blanco.—Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque María Blanco, la patricia por antonomasia, no hacía, en realidad, más que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que llegaría probablemente á ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma alguna, según él mismo me lo confió en un momento de expansión. Con todo, la posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era brillante.

Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y según creo haberlo dicho ya, no se me ofrecía otra diversión en aquella ciudad amodorrada y taciturna. Y así como había jugado había perdido, casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era posible, por el momento, echar mano de mi fortuna, grande ó pequeña, porque estaba indivisa con mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en la calle.

Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido, cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso, pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de mis apuros.

—Quiero instalarme bien—le dije,—poner una casa decorosamente amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...

—Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo—me contestó.—Habría que esperar...

—¡Es que el caso es urgente, muy urgente!

—Entonces, no se trata sólo de instalarte.

—Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.

—¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?

No vacilé, entonces, en decirle la verdad.

—Es cierto—exclamé.—Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce perdidas?

—Sí. Acompáñame, y los tendrás.

Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores, quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni siquiera un recibo...

Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba «en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana, era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice, también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera. Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que—aspirando á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,—me había pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.

Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado de nuestra fortuna.

Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra, obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural, aunque—debo decirlo en honor suyo,—sin destruir, la obra con vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe servirse de él.

Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse alrededor del tapete verde.

Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la infaltable banda de música.

Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad, pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el director de La Época.

—¡Eres un ingrato!

—¿Por qué?—inquirí, sorprendido.

—Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me estoy malgastando!

—Pero, ¿qué harías allí?

—¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y búscame algo por allá!

—¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa se me cae encima!...

—¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud, Mauricio!

Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que estaría aguardándome ansiosa.

Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!» como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así, tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.

—¿Te quedarás ahora?—me preguntó.

—Sí. Unos cuantos días...

—¡Otra vez separarnos!

—Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad... Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...

—¿Nada?—y había como un reproche en su voz, al decirlo.—¡Es cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo sí, tengo que hacer... Yo no me puedo ir á la ciudad... Esperaré que vengas á verme... Pero, «vení» más á menudo... Yo no puedo ir...

Después supe la razón de esta insistencia en quedarse: rendía á la memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus antiguas tendencias místicas, visitando todos los días el sepulcro que había convertido en un jardín, y que llenaba, sin embargo, de flores cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva característica de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que murió tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especie de tibieza para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir voluntariamente separada de mí? ¿Por amor á Los Sunchos? ¿Por temor á otro abandono, análogo al de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que sentía correspondido desde la tumba?...

Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé de estudiar en sus detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse producido algunos cambios, profundos á primera vista: Don Sócrates Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temístocles Guerra presidente de la Municipalidad. Pero, ¡no haya miedo! El trastorno no había sido tan radical, porque don Temístocles ejercía la intendencia y don Sócrates la presidencia, gracias á una serie de hábiles permutas iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente, habían hallado este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin tener ya, siquiera, la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban á las «dos esquinas». Hallábame, pues, en terreno amigo, y podía tentar la realización del negocio.

—¡La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposición!—exclamó Casajuana, cuando los llamé á conferenciar.

—¡Ahora no lo dejan á uno dar ni siquiera un paso, esos indinos!—exclamó Guerra.

—¡Vaya, don Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates!—dije, riendo irónicamente.—¡Si la oposición pide á gritos la apertura de las calles! ¿Ó es que me quieren tomar de ahijado?

Casajuana, el más ladino, se apresuró á contestar, teniendo ya, sin duda, preparada la objeción... y un rosario de objeciones más, si no veía claro su provecho:

—¡Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.

—¿Cómo así? ¡Qué disparate!—protesté.

—No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo, que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su extensión.

—Ni aunque así fuera—objeté.—Siempre faltaría saber si el derecho de propiedad no es anterior á ese plano.

—La escritura es posterior—dijo don Sócrates.—Yo mismo he comparado las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de terrenos vendidos por la misma Municipalidad.

—¿Con obligación de abrir las calles?

—Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.

—Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los archivos... Allí no hace falta.

Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro, comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo, cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían, precisamente, el valor de mis solares.

Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda modificación le parecía un crimen.

—¡Pero si todo es tuyo!—exclamaba.—Espérate á que me muera, y lo tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la chacra!...

—¡Si le convenía, sí, mamita; no lo dude!

Sólo después de discusiones interminables, conseguí que consintiera en pedir la división judicial de condominio. De otra manera, siempre me hubiera sido imposible realizar el negocio tan hábilmente planteado. El sentimiento es mal consejero en países así, como el nuestro, donde los grandes patrimonios no pueden pasar íntegros de generación en generación como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.

En fin, terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos no sin tener que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les hacía efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazañas de pillete imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como había salido de la ciudad en viaje de inspección á las policías de los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula, la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo don Sandalio Suárez, el más asiduo de los concurrentes á todas las manifestaciones de simpatía que se me habían hecho.

Á la primera ojeada, comprendí que don Sandalio se «comía» veinte vigilantes, es decir, que sólo tenía la mitad del personal señalado en el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad servía para aumentar decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pasé revista, me divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas observaciones:

—¡Pero, don Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un departamento tan grande como Los Sunchos. Habrá que aumentar el personal. ¿Cuántos hombres tiene?

—Oh, no es necesario aumentarlos—contestó apresuradamente, rehuyendo la cifra acusadora.—Estos son bastantes.

—Pero, ¿usted me «garante» la situación de Los Sunchos con estos cuatro gatos, don Sandalio?—insistí.—¡Mire que ésta es una de las policías más pobres!...

—¿Que si la garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo. Aquí no se ha de mover una mosca. ¡No faltaba más! ¡Antes que eso resucitaría el «contingente»!...

—¡Qué don Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más comilones!...—dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.

Me miró como á un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad... mientras continuara de jefe de policía.

II

El asunto marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo desapareció de los archivos de la Municipalidad. La indemnización se votó, generosa y contante. Pocos meses después las nuevas calles estaban abiertas al tráfico público, con gran contentamiento de la población, y mientras los opositores, caídos por fin de su burro, gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de la Espada halló manera de dar en La Época un bombo colosal á la progresista Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés de Mauricio Gómez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de policía de la provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magníficamente pensado, era á larga data, y por aquel entonces sólo en parte resultaba realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes, y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo «riñón» de Los Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el porvenir, y á imitación de algunos atrevidos hombres de negocios, saqué dinero del Banco y edifiqué algunas casas en los puntos más cercanos á la plaza pública, cercando de adobes ó con cina-cina lo demás, á la espera de época más propicia. Como me quedara algún dinero disponible, poco á decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y fuí á verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.

—¡No seas tonto!—me dijo.—Yo, por ahora, no necesito esa platita. Ya le pagué á mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la necesite, te la pediré, y me la pagarás toda junta. Ahora, mientras no arreglas tus negocios, á ti te hace más falta que á mí. Lo único que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he prestado.

—¡Oh, de eso podés estar seguro!—exclamé.—¡Aunque tuviera que quitarme el pan de la boca!

Resueltas las cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme unas vacaciones, tanto más cuanto que el país estaba tranquilo, tascando un freno que á las veces le parecía duro, pero sin poder sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como hubiera dicho don Higinio.

Y fuí á divertirme en Buenos Aires, á donde afluía entonces, más que nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre, como fortuna ó como posición política.

Como la primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo á teatros y otras diversiones menos inocentes, visité á mis amigos y parentela, y, por último fuí á reanudar mis útiles relaciones oficiales, y á anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la República. Tratábase esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y socarrón epigramático, que guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo, y que, gran conocedor del corazón humano y sus flaquezas, no dejaba ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio ó si estaba «gozando» á su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez ó veinte años más tarde, pero entonces era, no sé si instintiva ó rebuscadamente, el tipo del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su procedencia, que apenas se revelaba—pero se revelaba al fin,—entre otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas, así como sus antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de propósito, para demostrar más á los porteños su carácter genuino de «hijo del país», y hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió que me conociera de nombre—sin caer en la cuenta de que todos estos personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una nueva pero anunciada visita,—de que supiera lo poco que había hecho yo hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo con quien había hecho no sé qué campaña, creo que la del Paraguay, cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de satisfacción: no me había recibido como á un cualquiera, sino demostrándome un grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome toda suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y que lo mismo hubiera tratado á su peor enemigo. No lo quise creer. ¿Cómo, entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en un país que, si ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha heredado ó ha aprendido también, de los indios, la sagrada fórmula de «dando, hermano, dando», traducción bárbara del latino «do ut des»?

—¡En fin, señor Presidente!—pensé,—lo que sea, sonará. Y no he de bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue á seguir detrás de la banda y á marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo primero que yo respeto es la autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también, autoridad!...

Al terminar la entrevista, que fué agradable y sin ceremonia, le pedí que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y amigo.

—Venga á visitarme á menudo, Gómez Herrera—me contestó.—Yo tengo siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus opiniones.

Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,—las reuniones no podían ser más amenas,—resolví regresar, dejando, sin embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que se podía contar en cualquier emergencia.

—¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien—fueron las últimas palabras del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que esperar de mí.

¡Hacer que teman, hacer que esperen!—sésamo del éxito en política. Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...

Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente—yo había cuidado de dar publicidad á mis visitas,—y las evidentes vinculaciones con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos, más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante», como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos, nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado, más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»? Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre, hasta una virtud—por ejemplo, la discreción,—me la hubieran convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan; y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba el triunfo—error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,—y habían dado con el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez. Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una representación virtualmente vacante.

Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío, hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.

Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa, sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez, cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de otras cosas, sobre todo, de María Blanco.

—¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?—le pregunté una tarde, mientras comíamos en el Club, solitario.

—¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y que lo tomaste bastante á mal.

—Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión... Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo valía cuando me hicieron diputado.

—Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...

—En ese caso, ¿aceptarías una diputación?

—¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.

—Y es el caso.

—¿Cómo?

—Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!—repetí, recalcando cada sílaba.

—¡Déjate de bromas!

—No son tales.

Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.

—En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...

—Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja: que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.

Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes. Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:

—Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo demasiado ambiciosa!

—¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?

—No; pero lo será. Todo pinta muy bien.

—De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio—dije, en broma.

Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás, también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía, buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa, sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de salir de Los Sunchos, escribía versos—malos á decir verdad,—pero no renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa, sino—aseguraba él,—porque «el verso le obligaba á abandonar una parte de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado». Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia». Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.» Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular discurso:

—Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro—cómplice, dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina de las cosas,—eres miembro de una oligarquía que prepara la gran república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil, hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente, harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada, es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar, es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú, nuestro país sería otra cosa—quién sabe cuál,—pero dejaría de ser lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás! ¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha sido nada—somos los reguladores,—y verás cómo, gracias á nosotros y á ellos,—poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos, aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie, sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella, puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable, y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros, en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?

III

Aquellas antiguas aficiones despertadas en La Época de Los Sunchos, y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad, revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito la dirección y redacción de Los Tiempos, el diario oficial, siempre necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio, y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo atinente á la diputación de Vázquez.

Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.

—Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno elegir á Vázquez en mi lugar?

—¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.

Volviendo á mis artículos de Los Tiempos, agregaré á lo ya dicho que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie» solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también, con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol. Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras, que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de Los Tiempos, que concertaran el encuentro fuera de la provincia—de retractación no quise ni oir hablar,—y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de policía.

—Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo—me dijo Benavides:

—¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer un papelón.

—Entonces, no veo otro camino que la renuncia.

—¡Gobernador!—exclamé;—usted me necesita, usted me necesita más que á nadie, dado su carácter bondadoso, porque no tiene otro hombre en quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo seguir sirviéndole como hasta ahora.

—Yo también lo deseo; pero no encuentro la manera.

Recapacité un momento, y luego dije:

—Hagamos una cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia, y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se realice el duelo... Después, si la opinión digna de tenerse en cuenta no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se toma demasiado á mal, vuelvo á mi puesto y se acabó. ¿No le parece?

Hizo algunas objeciones, pero aceptó, por fin, el arreglo. No arriesgaba nada, y así quizá le fuera posible seguir utilizando mis servicios.

El duelo se realizó fuera del territorio de la provincia (aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus resultados fueron lo más halagüeños que pudieran darse. Contra lo que yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté herido en una pierna.

Allí mismo me reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno mis convicciones de ciudadano».

Era yo, pues, un mártir de nuestro credo partidista, porque desde el primer momento habíamos cuidado de dar á la cuestión un alcance altamente político, y mi reconciliación lo demostraba, en realidad. Además, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había, pues, que temer á los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban de capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y, además, cuidé de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de los Zapata, para confesarme con él y reconciliarme con la iglesia.

—Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito, porque he cometido un pecado muy grande.

Aquella confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque Fray Pedro tenía grande influencia en su partido...

Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba—como decía de la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único, gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco, la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.

Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella. Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al viejo!

En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta, rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación, según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más tarde, con igual ó mayor intensidad.

—¿Si será ésta la mujer que me está destinada?—llegué á preguntarme entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su amabilidad—su bondad, sin duda,—y de su nombre, uno de los más preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel, pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme, porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera—ella con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,—crearían todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro. Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.

La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader» de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes. Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión, para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria, y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío, el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política. Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar feudo mío, y reclamarle en un momento dado—sin temor de que se negase á restituírmelo,—no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco, un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que, cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».

Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno. Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección, que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.

—Contigo—me dijo,—soy como el perro danés que se crió con un cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un día de hambre ó de fiebre, el tigre devoró al danés. Tú me devorarás, también, si llega el caso... Y puede que llegue...

Bien sabe Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca. Dar una dentellada ó un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si se quiere, pero no devorar.

IV

Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa, ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.

El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública, emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin, la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera. Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero, para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo, vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras tertulias.

Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de paseo ó de visita—sobre todo á casa de Blanco,—y así dejaba correr los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo, como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.

El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada. Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño, á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me llevaba alguna urgencia.

Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase, conocida por una indiscreción, se hizo famosa.

Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio, el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería necesariamente, el personero de su antecesor.

—¡No está mal! ¡no está mal!—me dije.— Pero hay que preparar la combinación. Después veremos.

Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible. Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad. Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su diputación al gobierno.

—Ni una ni otra cosa me obligan á nada—replicó.—El Presidente hace mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.

—Con su aprobación, y él era el que podía...

—Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.

—Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.

—Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi diría obligatoria, de todos los ciudadanos...

—¿Sólo en éstos? ¡No embromés!

La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto». Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca. No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por maldad.

Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos, que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa, como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante, que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».

—¡Paso á los jóvenes!—comenzamos á gritar, como gritara de la Espada en otro tiempo, en Los Sunchos.

Buenos Aires—la provincia,—celosa de su hegemonía política, aunque ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha podido verse después.

Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita, vice,—con casi todas las actas protestadas, es cierto,—casi sin oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio. En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á perpetuar en el mármol su memoria.

¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó triunfante?

No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener buenas relaciones»—decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban las épocas de trabajo—las electorales,—y las de descanso—la modorra provinciana en las épocas de normalidad.

Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo, y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.

Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:

—¿Cuándo «acaba» Vázquez?

—Creo que dentro de cuatro meses.

—Hay que ir pensando en eso.

—¿En qué?

—En la elección. Hay que ver á quien se elige.

—¡Al mismo Vázquez, pues!

Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna, y dijo:

—No... No lo quieren en Los Sunchos.

V

Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino; desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.

El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero. Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á silencio—como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera «ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»

Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin, su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los «oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás—no sé si por mi inspiración,—y el cuerpo de vigilantes y bomberos—éstos sí, organizados y disciplinados por mí,—los criollos nacemos militares,—constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía, casi exclusivamente mía!

Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.

Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí, insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación. Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de mis amigos, diputado y ex redactor de Los Tiempos, Ulises Cabral, mi padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.

Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya «persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción. Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha, que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable, porque Camino no abandonaría el puesto así como así.

Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de «entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de un cuatrero sorprendido infraganti.

—Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía—le dije con gravedad.

—Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».

—No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y sería lo mismo.

—Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.

—¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es un tigre! Nos haría falta en un momento dado.

—Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta gritería.

Me encogí de hombros.

—Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!

No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios, algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino me buscaba reemplazante.

—¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!—me dije.

Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación, al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado, glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno, y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado papel.

—Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le pondrá remedio, no lo dude, Correa.

—¿Pero cómo?—preguntó Correa, para verme venir.

—Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...

—¡Es cierto!—interrumpió.—Ahora, la cuestión es que el Presidente lo sepa.

—Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es que ya no está al tanto de todo...

Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar conmigo.

—Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.

No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que «si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo, haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de «pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no estaba ya en predicamento.

Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de posesionarse del mando.

Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme. Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad presidencial.

No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.

—Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará—le dijo Vázquez.

—¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el vicegobernador.

—Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...

—¡Usted está loco!...—exclamó Camino.—¡Licenciar el Guardia de Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.

—Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras condiciones...

—¡Con esa basta!—interrumpió el Gobernador.—Prefiero la sospecha de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted está, decididamente, loco, amigo Vázquez!

Este agregaba, al contármelo:

—Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza, sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como están.

Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...

VI

La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por mí y tímidamente por Correa, iba á dar sus frutos, pues el Presidente estaba más que nunca resuelto á dejar de mano á un Gobernador que no era incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de tal manera que, aunque no hubiéramos hecho nada, el resultado hubiera sido el mismo. Sólo que este triunfo, provocado por el destino, sin nuestra intervención, hubo de costarnos moralmente mucho más que el que habíamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qué contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hábil y suele cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero vamos al caso.

Hallábame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entró en la sala, y se me acercó, pálido y agitado. Llamóme aparte y me dió la noticia de que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplegía, y que, según todas las apariencias había muerto ó estaba agonizando. El doctor Orlandi, llamado á toda prisa, no daba esperanzas: según él, la muerte había sido fulminante.

—¿Dónde está? ¿en su casa?

—¡No! ¡Y eso es lo «pior»!

Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora en un sitio inconfesable.

Sin decir una palabra á mis compañeros, salí, dando orden al asistente de que callara como un muerto y dijera al comisario de órdenes que se reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa á donde me dirigía. Corrí á una cochería, mandé atar un gran landó, y al galope de los caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas había muerto el Gobernador. Era la una de la mañana, cuando llegué: la ciudad dormía, y, afortunadamente, no había un alma en las calles. Dos agentes policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz, hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la discreta precaución del asistente, porque en las circunstancias había que obrar con mucho tacto.

En la casa no había más hombre que el doctor Orlandi, sentado junto á una cama revuelta en que yacía el Gobernador. Estaba muerto.

—¿Qué vamos á hacer?—me preguntó el italiano, atolondrado por aquella inesperada catástrofe, producida con tan poca nobleza.

—Llevárnoslo á su casa lo más sigilosamente que sea posible, en cuanto lleguen Cruz y el comisario de órdenes.

—¡Ma! ¡Es una responsabilidad terrible!

—¡Qué quiere, doctor! nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que podemos hacer es disimular las cosas.

Momentos después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el cadáver y lo metimos en el carruaje. El cochero fué amenazado con los más contundentes castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa á la policía y estaba bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al Comisario de órdenes: debía hacer acuartelar las policías y el Guardia de Cárceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el más ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pública la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era cosa de perderla ni de comprometerla siquiera...

Cruz abrió la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el asistente y el cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo metimos en la cama.

Ahora, ¿cómo avisar á la familia? Inmediatamente concertamos lo que íbamos á decir: «Camino, sintiéndose mal, había llamado á su asistente, prohibiéndole que alarmara á los suyos y ordenándole que llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entró á ver si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome, juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar á Orlandi con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos al doctor, los tres acudimos en un coche á casa de Camino... Pero, desgraciadamente, cuando llegamos había muerto.» Así se dijo.

Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila, los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas, las exclamaciones, los ayes. Una hora después, los parientes, los amigos, acudían desolados. ¡Figúrense ustedes! ¡no moría sólo un pariente, un amigo, sino un gobernador!...

Nuestra versión fué perfectamente admitida en los primeros momentos, y nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado así.

Yo me ocupé de avisar al vicegobernador Correa, que dormía profundamente, sin sospechar lo que pasaba.

—¡Ya es gobernador, amigo!—le dije.

—¡Qué! ¿Ha habido revolución?

—¡No, hombre!—contesté riéndome.

—¿Ha renunciado, entonces?

—¡Sí, en casa de Maritski!

—¿No me diga?

Le conté el suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante. Vistió en un segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo para correr á la casa mortuoria.

—Diga, don Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?

—¡Claro! ¡Vaya una pregunta!

—¿Y tendré la primera diputación?

—Si depende de mí...

—No. Conteste categóricamente, sí ó no. De otro modo... Usted sabe que tengo la provincia en la mano.

—¡Vaya hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado nacional!—y me tuteaba, camarada hasta la muerte.

—¿Palabra?

—¡Palabra de honor!

—¿En la primera elección?

—¡En la primera! ¡No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.

Amaneció aquel día sin que hubiésemos dormido. En la sala de Camino había, más que nunca, olor á encerramiento, á humedad, atmósfera á la que se mezclaba el humo capitoso del benjuí, del incienso, y del «cachimbo» como decía mamita hablando del cigarro.

Correa firmó su primer decreto—como provisional todavía,—determinando los honores que debían rendirse al ex gobernador en sus funerales: la bandera á media asta en todos los establecimientos provinciales, la escolta del Guardia de Cárceles, la presencia del Poder Ejecutivo que encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oración fúnebre... La Legislatura resolvió asistir en masa á las exequias, lo mismo que el poder judicial. Preparábase una manifestación de duelo como nunca se había visto, tanto más cuanto que Camino, vinculado por el parentesco á casi todas las familias representativas de la provincia, arrastraría tras de su féretro á buena parte de la oposición, acalladas las pasiones ante el silencio del sepulcro.

De aquella magnífica ceremonia sólo quiero recordar un detalle: El ministro de Gobierno, González Medina, terminó su oración fúnebre diciendo no sé si con ingenuidad ó con malicia provinciana:

—Ha caído en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus convicciones. ¡Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos!

No sé lo que Cruz, si estaba presente, comprendió en estas palabras. En cuanto á mí, es la primera y última vez que he tenido que hacer esfuerzos para no reirme en un cementerio.

VII

Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.

—Mirá—me dijo.—He pensado mucho en la situación, y he resuelto cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?

—¡No friegue, don!—exclamé.—Usted me ha prometido otra cosa.

—Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...

—¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.

—Eran hombres de Camino.

—Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan como Pedro, con tal de que ellos figuren.

—Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna satisfacción.

—Llame á Vázquez, entonces.

—Puede que no sea mala idea.

—Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto mal con el Presidente... Conque...

—Conque... se puede ir al diablo.

Sonreí, y le di el último golpe:

—Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le perdonaría sus lirismos.

Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad, y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando inopinadamente mi prestigio.

La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas, precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga, y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:

«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»

Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema, un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi—italiano al fin,—era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah, canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que, como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las costumbres políticas de nuestro país!

Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos, que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían caballerosamente en duda, el pueblo decía:

—Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.

Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como Correa.

Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en extremo: María.

La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña. Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:

—¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!

Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas. Y terminé diciendo:

—Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y él le contará las cosas tal como pasaron.

Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo su mano sobre la mía, me interrumpió así:

—Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...

No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le hubiese parecido excesiva.

¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando) robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella; conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.

María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente de todo lo ocurrido.

Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás. La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía! ¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era, con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»... Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me contenté con escribir un largo artículo necrológico para Los Tiempos que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi amigo el galleguito Miguel de la Espada.

¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes, es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón. Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.

De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los autores dramáticos acotan «con intención»:

—Bien se lo ha ganado, el pobre.

Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía, preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi vida, cuando recibí esta carta:

«Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón. ¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo—y son sus últimas palabras:—Cuídalo bien.—¿Para qué te escribo esta carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya, ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un hombrecito!»...

Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía? Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio, al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?

Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no contestarla.

Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio. No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el camino del medio: Escribí sin contestar.

Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:

«Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio, á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado pueblo de Los Sunchos.

«Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.

«Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:—No pasarás de aquí.

«¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no tiene más que mandar.

«Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»

Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos—entonces creía que comenzaba á amar á María Blanco,—estaban en juego mi afecto y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también, todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con tu amigo, y sígueme.»

Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!... ¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía, fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve escrúpulo.

Mauricio Rivas había nacido rico.

VIII

Más me preocupaba María Blanco, á quien seguía cortejando con asiduidad. Teresa había pasado á la categoría de los recuerdos indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía mayor cada vez? No sé si era éste ú otro el orden de sus pensamientos; lo cierto es que no volví á oir hablar de ella en mucho tiempo, y que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré. Entonces—lo repito,—me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres y cosas vinculadas á una travesura de la niñez, como de un paisaje lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la tienda en el tránsito de la vida.

Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía vengar al sexo, afectando, si no desdén—que esto yo nunca lo hubiera admitido,—una especie de despego prometedor y cautivador, pero engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en modo alguno su propósito de venganza, ó cualquier otro que tuviera. Yo «me le fuí á los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en aclarar la situación con entera franqueza.

Una tarde, que nos paseábamos en la huerta, á poca distancia de don Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta libertad, la hablé resueltamente.

—Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?

—¿Á mí? No, que yo sepa. Pero, ¿á qué viene esa pregunta? ¿No somos tan amigos como siempre?

—Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás, enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré? desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros días, que me cautivó tanto...

—¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será usted el que ha cambiado.

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