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Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

PRIMERA PARTE (continued 2)

Reading edition

Con todo, mi ingenio me permitía burlar de cuando en cuando su espionaje, especialmente para fumar y leer novelas que encuadernaba con las tapas de los libros de texto. Pero aquel sistema depresivo daba aparentemente sus frutos que cualquier observador superficial como misia Gertrudis y don Claudio, podía haber juzgado benéficos y duraderos, sin que fueran, en realidad, ni una ni otra cosa: del Mauricio arrebatado, alegre y franco de Los Sunchos, había hecho un muchachón disimulado, avieso y triste, una criatura aislada y arisca, como un perro perseguido. Ocultamente también escribí varias veces á mi madre, quejándome de la horrible sujeción y pidiendo que le pusiese remedio; me contestaba, afligida, diciendo que nada podía contra la voluntad de mi padre, que éste estaba resuelto á «hacerme hombre», y mandándome dulces, tabletas y un poco de dinero, muy poco, porque tatita se lo había prohibido por consejo y exigencia de los Zapata. De vez en cuando, agregaba noticias de Teresa Rivas, que siempre le preguntaba con mucho interés por mí... Estas cartas, lejos de consolarme un tanto, hacían mayor mi desaliento y mi depresión, privándome de mis últimas esperanzas.

Acababa de quitarme toda energía mi situación en el Colegio, donde los condiscípulos me demostraban la mayor antipatía, un poco por mi culpa, sea dicho de paso, y sin que la provocara el favoritismo de mi admisión, ni la estupenda ridiculez de mi examen, aunque á veces recordaran, burlándose, el famoso «Yo no la he visto nunca». Y es que, en un principio, falto de experiencia é iniciando una política inhábil y contraproducente, quise imponerles el mismo respeto y el mismo acatamiento de que gozaba en Los Sunchos, donde «era monitor». Esta pretensión, mezclada quizás á un poco de envidia por mi buena figura, y de celos por cierta condescendencia de algunos profesores, desencadenó la enemistad de los muchachos, y el «monitor-pajuerano», como me decían, fué la víctima de sus camaradas, que no vislumbraban siquiera, tras él, la sombra omnipotente y amenazadora del papá. Esta enemistad, que se traducía en agresiones colectivas, manteos, «ronga-catonga» bailadas en torno mío, no sin puñetazos, puntapiés, escupidas y otras amenidades escolares, de que nunca me quejé á los superiores por caballeresco puntillo, cedió un tanto, casi por completo, después de varios combates con «los más guapos», en los que, por fortuna, resulté casi siempre vencedor. Pero la sorda hostilidad no cesó nunca, porque, envalentonado con mi triunfo, me mostré altivo en demasía, y porque mi forzoso aislamiento, fuera de las horas de clase y de los recreos en los claustros sombríos ó en el gran patio del Colegio, no me permitía cultivar amistad alguna, ni aun la del mismo Pedro Vázquez, alumno de segundo año ya. ¿Cómo hacerme de camaradas íntimos, si don Claudio ahuyentaba en la calle á mis condiscípulos, que de otro modo quizás se hubieran unido á mí?

El estudio me interesaba muy poco; antes que aprender las largas lecciones de memoria, el musa musae, el bonus, bona, bonum, la nomenclatura interminable de los departamentos de provincia, los cuentos insípidos del Compendio de Historia Sagrada, prefería quedarme horas enteras mirando al aire, evocando las risueñas imágenes de Los Sunchos, ó rehaciendo las complicadas intrigas de las novelas. Era el más «burro» de la clase, pero mi insuficiencia no me molestaba en lo más mínimo, ni por mis condiscípulos ni por los profesores, olfateando instintivamente en estos últimos, quizás, una insuficiencia si no mayor, más perniciosa aún. Salvo raras excepciones eran ignorantes, se limitaban á tomar las lecciones con el texto en la mano, «docti cum libro», y contestaban rara vez á las preguntas que se les hacía para aclarar una duda, maestros improvisados, en fin, en una época en que las «cátedras» eran el refugio de los amigos del Gobierno que no tenían profesión ni aptitudes para ganarse el pan.

Mi vida, pues, no era vida. Moríame de hastío en casa de Zapata, que apenas recibía á dos ó tres personas, además del cura Ferreira y de fray Pedro Arosa, franciscano, y que no dió fiesta alguna después de la comida en honor de tatita; sufría y rabiaba en el Colegio, donde lo que aprendí fué de oirlo repetir á los demás; cada día me era más difícil procurarme novelas, porque el dinero escaseaba mucho, pues, como repetía misia Gertrudis:

—Aquí tienes todo cuanto necesitas, y la plata es la perdición de los muchachos, sobre todo en una ciudad como ésta—considerando que la dormida capital provinciana era una Babilonia, si no un París.

¿Qué hacer, entonces? ¡Volverme á Los Sunchos! Esta idea llegó á convertirse en obsesión. Pero, ¿cómo realizarla, sin medios, sin recursos? En último extremo, cansado de quejarme inútilmente á mi madre, había escrito á tatita, pintándole mis padecimientos con los más negros colores, y pidiéndole que me llamara á su lado, ó, por lo menos, me hiciera tratar de un modo más humano; pero él, convencido de que yo exageraba, alentado por los consejos de don Higinio, engañado por las cartas de don Claudio, me contestó diciéndome que aguantara, porque en la vida todo no eran rosas, y que mayores pellejerías había pasado él cuando muchacho para «hacerse hombre». Todavía no me doy cuenta de lo que se proponían doña Gertrudis y su marido tratándome así, y, á lo más que puedo llegar, es á decirme que daban libre curso á su carácter con los que estaban bajo su dependencia—las chinas y yo,—y que era más sabroso para ellos dominarme, engañando á tatita, so color de rigidez de principios. No cejé, sin embargo, y volví al asalto por la parte más débil, escribiendo una y otra carta á mamá, con tantas jeremiadas, revueltas entre repeticiones y faltas de ortografía, que la buena señora se resolvió, por fin, á desobedecer de lleno, y quizá, por primera vez, á su marido, enviándome algunos pesos bolivianos que yo le pedía con el pretexto de suavizar un tanto mis amarguras y comprar libros y otras cosas necesarias.

Una vez dueño de este capital maduré mi proyecto de fuga, no tan fácil como á primera vista podría creerse: me costó días enteros de meditación, pero el plan resultó de una pieza.

La galera para Los Sunchos salía los lunes, miércoles y viernes muy temprano, de una posada céntrica, el Hotel de la Bola de Oro, y después de atravesar la ciudad, se detenía en una pulpería de las afueras—la Esquina del Poste Blanco,—especie de sub-agencia para encomiendas y pasajeros, antes de emprender seriamente el galope, camino real adelante. Allí había que tomarla, no cabe duda, pues atravesando la ciudad alguien entre los acostumbrados espectadores del paso de la galera, había de verme, necesariamente.

Los hábitos recién adquiridos de disimulo me sirvieron en la circunstancia como si sólo para ella me los hubieran inculcado; después tuve ocasión de utilizarlos muchas veces con éxito, probando que los frutos de la buena educación no se pierden nunca. Bueno, pues; con gran sorpresa y mucho gusto de misia Gertrudis, que hasta entonces tenía que despertarme tres y cuatro veces cada mañana, comencé á madrugar por iniciativa propia, y á dar cortos paseos, con el libro en la mano, como quien estudia, primero en la huerta, después en la acera de la calle, casi siempre á la vista de la vigilante centinela, pero cuidando de desaparecer á veces un momento, para que fueran adormeciéndose sus sospechas. Cuidé también de hablar mucho por aquellos días, de un paraje pintoresco, á una legua ó poco más de la ciudad, al otro extremo del Poste Blanco, que habíamos visitado en una excursión con los Zapata, y donde el río, que más cerca era apenas un hilo de agua tendido sobre un inmenso lecho de cantos rodados, ofrecía entonces, gracias á una especie de dique natural, un buen bañadero y un excelente sitio para pescar bagres y dientudos. El «Mojarral» con sus sauces, sus peces y su bañadero no se me caía de la boca, y cualquiera hubiese jurado que yo no pensaba en otro paraíso.

—¡Así me gusta! ¡Estás muy estudioso!—decía misia Gertrudis, no sin sorna, al verme salir de mi cuarto, con el libro en la mano, casi de madrugada.—Si seguís así, un día de estos te vamos á llevar al «Mojarral».

—¡Sí! Pero que sea pronto... ¡Tengo tantísimas ganas!

En fin, un martes por la noche deposité una maletita con parte de mi ropa en el fondo de la huerta, que daba á una calle excusada, y en un rincón de donde podría sacarla fácilmente sin ser visto. Me acosté, en seguida, pero no me fué posible dormir: la fiebre me devoraba, considerábame libre ya, y renacía en mí el muchacho inventivo y resuelto de Los Sunchos, aparentemente domado por el freno terrible de los Zapata, hasta el punto de buscar en mi imaginación cómo vengarme de misia Gertrudis. No encontré, por el momento, castigo alguno digno de su perversidad, y dejé que la ocasión me ofreciera la venganza, jurándome, sin embargo, no abandonar jamás este santo propósito. Como, apenas me amodorraba, despertaba sobresaltado, soñando que me habían descubierto, resolví levantarme, de noche aún. Debí hacer ruido, porque misia Gertrudis gritó de pronto:

—¿Quién anda ahí?

Volví á meterme en cama, medio vestido, y oí que la vieja se levantaba á su vez precipitadamente, encendía luz, se asomaba á mi cuarto y luego salía al patio á hacer una ronda extraordinaria.

—¡Esta es la mía!—me dije, sin reflexionar, inspirado por mi grande amiga, la oportunidad.

Y precipitándome al dormitorio de misia Gertrudis—don Claudio tenía cuarto aparte,—tomé de sobre la cómoda, donde las ponía siempre, sus magníficas trenzas castañas, que sólo se ataba á la cabeza una vez terminadas las faenas matinales. ¿Qué iba á hacer con ellas? No lo sabía ni me importaba por el momento.

Amaneció poco después, sin que misia Gertrudis volviera de su inspección, y yo salí, como de costumbre, con el libro en la mano. La vieja estaba haciendo fuego en la cocina. Corrí á la huerta, tiré en el lodo infecto del comedero de los cerdos las hermosas trenzas que los «cuchis» se encargarían de devorar ó destrozar, por lo menos, como un plato exquisito, saqué la maleta de su escondite, y, por las calles solitarias aún, envueltas en húmeda neblina, me fuí al boliche del Poste Blanco, á esperar la galera de Los Sunchos que ya estaría por llegar. En efecto, la aguardaba hacía dos minutos, cuando se detuvo en la puerta, con gran ruido de hierros y de maderas entrechocados. El mayoral, Isabel Contreras, y los postillones, entraron á tomar su segunda «mañanita», de caña pura, caña con limonada ó ginebra, sorbida ya la primera en la Bola de Oro, y á recoger encomiendas, correspondencia y pasajeros, si los había. Y había uno: yo.

Contreras, que como miembro conspicuo de la población flotante de Los Sunchos, me conocía como á sus manos, y respetaba á tatita, á quien, según ya dije, servía de correo especial y de informante celoso, me hizo la mejor acogida, no se metió en indiscretas averiguaciones á propósito de mi presencia allí, y me dispensó el señalado honor de invitarme á que lo acompañara en el pescante, mientras ponía él mismo mi valija en la imperial. Cuando hice mención de pagar el pasaje, rechazó el dinero.

—Ya me pagará don Fernando.

¡Si yo hubiese sabido! ¡Cuántas semanas antes hubiera desertado de la zapatil mazmorra!

Charlando durante el viaje, y animado por alguna libación en las postas, con la falta de reserva que caracteriza á la petulancia infantil, y que no había corregido del todo, todavía, pese á la inquisitorial fiscalización de misia Gertrudis, conté por lo largo á Contreras mis padecimientos y mi escapatoria, cuando «ya no podía aguantar más». Sobresaltóse el buen paisano en un principio, pensando en sus responsabilidades, y ya iba á arrepentirme de mi desmedida confianza, cuando reaccionó, echóse á reir á carcajadas, y, haciendo restallar su largo látigo, exclamó:

—¡Hijo é tigre, overo has de ser! ¡Éste no desmiente la casta!

Se rió mucho más de la jugarreta del pelo postizo, diciendo que bien se la merecía la «perra vieja» aquella, y después, como hombre ducho, me aconsejó que no me dejase ver por tatita antes de hablar con mi madre, porque las madres son siempre las «mejores tapaderas» para los hijos, y porque «hay que tener mucho ojo con el mal genio de don Fernando». Y, para hacerlo mejor, detuvo la galera en una callecita solitaria, á corta distancia de casa, guardó la maleta para enviármela más tarde, y me estrechó campechanamente la mano con la suya, como papel de lija, diciéndome:

—Y ahora, compadre, bajesé y vaya corriendo á su mamá, que es la única que tendrá lástima de sus penurias... Dígale que aquí, como en cualquiera otra parte puede «hacerse hombre».

¡Hacerse hombre!... Rodó la galera, siguiendo su camino, y yo me quedé inmóvil, alelado, entre alegre y temeroso. Allá, muy lejos, quedaban la ciudad, el Colegio, doña Gertrudis, don Claudio, el latín, el infierno, como una horrible pesadilla. Estaba en Los Sunchos, en «mi» pueblo, en mi teatro, y aunque receloso de lo que iba á ocurrir, me sentía con más valor, con más fuerzas, dueño de mí mismo, en fin!

X

Mi madre me recibió con transportes de alegría, extraordinarios en ella, y después de abrazarme y besarme mil veces, como loca, se echó á llorar de pronto, sin preguntarme nada, mezclando sus besos, sus abrazos, sus risas y sus lágrimas con exclamaciones entrecortadas y frases de cariño. Era un alma amante la de mamita, un alma apasionada que, sin embargo, no pudo tener en la vida más pasión que yo, olvidada como estaba por los hombres y las cosas, y que sólo se desahogaba en una religión muy alta y muy pura, aunque bastante velada por la superstición, ó mejor dicho, por una especie de iconolatría quietista. Sólo después de largo rato me interrogó sobre los motivos de mi regreso—que adivinaba perfectamente,—y se condolió de mis padecimientos hasta las lágrimas. También es verdad que yo los describí con calurosa elocuencia, y que hubiera podido conmover á otra que mi madre, siempre que fuese crédula y blanda de corazón.

—¡Has hecho bien! ¡Has hecho bien, mi hijito, en escaparte! ¡Pobre mi hijo!—exclamaba.—Yo hablaré con tu padre y lo convenceré de que tienes razón.

Y en un rapto de santo egoísmo, reveló el fondo de su pensamiento:

—¡Me hacías tanta falta!

Cuando, á la hora de comer, tatita volvió de sus quehaceres ó diversiones acostumbrados, mamá, que me había hecho quedar en mi cuarto, le habló largo rato á solas. De tiempo en tiempo, llegaban hasta mí la voz irritada de mi padre y la suplicante de mamita. Por fin, hubo un prolongado silencio, que interrumpió una china diciéndome desde la puerta:

—¡Niño! ¡Don Fernando que vaya al comedor!

Mi temerosa incertidumbre desapareció como por encanto: iba á verme frente de los hechos, con la firme voluntad de no doblegarme. Además, auguraba mucho bueno de la forma en que se presentaba aquel choque: si tatita no estuviera pronto á ceder y quisiera castigarme, se precipitaría furioso á mi cuarto, no me llamaría al comedor.

Sin embargo, me recibió con una piedra en cada mano, colérico en apariencia, llenándome de improperios y amenazándome con «darme de lazazos hasta que me corriera la sangre». Me afirmé en mi opinión de que era una tormenta de verano y que ya comenzaba á aclarar, pero no dejé de sobresaltarme un poco cuando me dijo:

—Has hecho mal, pero muy mal, y mereces un buen castigo. Te has portado como un bellaco, y si no fuera por tu madre, verías lo que te pasaba. Porque ella me lo pide y por ser la primera vez, me contento con que te vayas inmediatamente á casa de Zapata, le pidas perdón y no vuelvas á hacer de las tuyas. ¡Mañana sale la galera!...

Yo me encabrité, y con el pecho oprimido, casi á punto de romper á llorar, hice un esfuerzo y dije desgarradoramente:

—¡Pero, tatita!... ¡Si son unos tiranos, unos verdaderos verdugos! ¡Yo no he hecho nada para que me tengan preso!... ¡No, tatita! puede matarme, pero yo no iré... ¡Prefiero que me mate!

—¿Que no irás?—estalló mi padre indignado, esta vez de veras, porque no toleraba la abierta oposición.—¡Eso será lo que tase un sastre! ¡Habráse visto! ¡Cuando yo mando se obedece y se calla la boca! ¡Irás á la ciudad y les pedirás perdón, canejo!

—¡Fernando, por Dios!—clamó mi madre.

—No tengas miedo. No le voy á hacer nada. Pero, en cuanto á lo otro, ¡no hay tu tía! ¡Irá á la ciudad, y más pronto que ligero!

—No iré, no iré. ¡Me tiraré de la galera si es preciso, pero no iré!

Esto no lo dije. No. Hubiera sido demasiado. Lo pensé, tan sólo, y me lo juré á mí mismo. Á decirlo, mi padre me da sin más trámite una zurra de no te muevas, en el arrebato de su impulsividad.

Hubo un largo silencio.

—¡Bueno! ¡Ahora, á comer!—ordenó tatita, por fin, calmado ya.

La comida comenzó lúgubremente. Todos callábamos, y las mismas chinitas que servían la mesa se deslizaban sin ruido, como sombras, asustadas por la tormenta. Hasta la lámpara de petróleo me parecía lanzar una luz trágica sobre el mantel. Por último, al servirse el asado de tira con ensalada de lechuga—aún me parece verlo en la fuente, con las angostas costillas en forma de escalera, cubiertas de morena película, y la gordura dorada chorreando jugos y chirriando todavía,—mi padre me preguntó con tono natural:

—¿Y cómo ha sido eso?

Repetí el relato, primero tímidamente, después con cierta entereza, al final entusiasmado por mis propias palabras, acumulando cargos contra don Claudio, contra misia Gertrudis, descubriéndolos con repentina clarividencia, inventándolos á veces. Y, por último, indignado de veras, exclamé:

—Se vengan en mí de que son unos pelagatos, y me hacen pagar los desaires que les hace todo el mundo. ¡Se alegran de tener como un sirviente, como un esclavo, nada menos que al hijo de Gómez Herrera!...

¿Quién dijo que la lisonja es la mercancía más barata y más productiva? Sea quien sea, dijo una gran verdad.

Tatita se sintió herido en su amor propio ó encontró aquella coyuntura favorable para hacer una diversión y encaminarse á sus verdaderos propósitos. El caso es que vi pasar un relámpago por sus ojos, y juzgué que había tomado el buen rumbo.

—¡No respetan á nadie!—agregué.—Para ellos todo es cuestión de suerte y de favoritismo, y los más ricos y los que pueden más, no son más que unos busca vidas.

—¡Hum, hum!—hizo tatita, receloso.—¿Han hablado de mí?

—¡Dios los hubiera librado! Lo que es estando yo, no han dicho nada. Pero, como hablan pestes de todos los amigos...

—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Ésas son suposiciones y nada más!—interrumpió, mal engestado.

—¿No te parece, Fernando—dijo mamita después de una pausa,—que este muchacho debería irse á acostar? Con el viaje de hoy, y las aflicciones, si tiene que salir mañana temprano, se nos va á enfermar...

—Es posible.

Mamá insistió?. La enfermedad era inevitable. En aquel mismo instante ya tenía fiebre. Y si caía en cama en la ciudad, ¿cómo me cuidarían? ¿No sería mejor dejarme descansar unos días, muy pocos, hasta la vuelta de la galera, por ejemplo?

—Bueno—contestó, por fin, tatita, como quien hace un sacrificio.—Irá en el otro viaje, ¡pero eso, sin remisión!

—¡No iré nunca!—pensé.

—Voy á escribir á don Claudio dándole una satisfacción y pidiendo disculpas á misia Gertrudis de tu parte, para que te perdone.

—¡No me ha de perdonar!—murmuré.

—¿Por qué? Al fin y al cabo, no has hecho más que una muchachada.

No pude menos que sonreirme.

—¿Ó has hecho algo más, que no sabemos todavía?

Conociendo el carácter de tatita, no vacilé en contarle la travesura de las trenzas, pero traté de hacerlo con habilidad y gracia, comenzando por describir las dos figuras de la vieja sin y con sus postizos, la pretensión ridícula de su coquetería senil, tan contraria á la beatería, la rabia que me daba verla presumir de muchacha... Cuando agregué que los cerdos se habían precipitado, en el chiquero, á devorar aquel amasijo de crines engrasadas, como si fuera un plato delicado, y pinté la cara que pondría misia Gertrudis buscando su cabellera, tatita rompió á reir á carcajadas, echándose hacia atrás en su sillón, como si estuviera asistiendo á la escena más cómica de su vida. Estaba derrotado...

Poco rato después, me fuí, en apariencia, á dormir, pero en realidad me quedé atisbando para ver si tatita escribía á los Zapata, con esa incertidumbre de los muchachos que no saben decirse: «esto sucederá y no otra cosa». No escribió, naturalmente, porque no era hombre de pedir disculpas á nadie, por nada de este mundo; en cambio, adiviné que comentaba risueño mis aventuras de la ciudad, primero con mamita, después con don Inginio que, sabedor de mi escapatoria, fué á casa en procura de mayores datos. Al oir entrar al viejo Rivas, me acerqué al comedor para sorprender algo de lo que dijeran. El juicio era, más bien, favorable para mí. Don Higinio estaba pronto á creer que los Zapata habían ido demasiado lejos, tanto más cuanto que los muchachos criollos son amigos de la libertad y no «hijos del rigor», y á mí se me había transplantado violentamente de la independencia casi total á una especie de encarcelamiento.

—Pero, así y todo—terminó,—es preciso que se haga hombre, ¿no es cierto, misia María?...

Sostenido nerviosamente por las mismas emociones, en cuanto los viejos se fueron al club, consideré que cualquier cosa era mejor que meterme como un tonto en cama, y sin pedir permiso á nadie, me escabullí en busca de mis camaradas. La visita de don Higinio me había hecho pensar en Teresa, pero esta evocación quedó muy en segundo término, siendo lo dominante la tentadora «farra» con los amigotes. Sin embargo, al salir muy recatadamente, para evitar las posibles inútiles objeciones de mamita, oí un siseo que partía de su ventana, allí, en la casa de enfrente.

Sabiendo mi llegada, Teresa me aguardaba á la reja, segura de que iría á conversar con ella ó temerosa de que no la recordara—caben ambas interpretaciones en el determinismo femenil.

Al sentirla allí, súbitamente despertados mis instintos novelescos, vuelto á la vida de antes, corrí á la ventana á saludar en ella toda la poesía erótico-sentimental que encarnaba para mí. Á mis transportes, al propio tiempo ingenuos y perversos, respondió la niña con una emoción intensa y contagiosa. Su pobre alma se enajenaba más con los sentimientos que con las pasiones, mientras yo, como un actor, me entusiasmaba con el papel que las circunstancias me distribuían, pronto á ser Otelo ó Marco-Antonio, Don Juan ó Marsilla. La dije—y en aquel momento yo mismo lo creía,—que había vuelto á Los Sunchos, despreciando los esplendores de la ciudad, sólo porque no podía vivir lejos de ella.

Y tanto efecto le produjo este eterno y tonto estribillo, que asomando la carita morena entre dos barrotes de hierro, me tendió como una flor los labios frescos y rojos, para darme el primer beso.

XI

Como mi fiebre de acción no me permitía quedarme allí, platónicamente, observé á Teresa que podrían sorprendernos y que no quería enojar más á tatita, para quien estaba en cama desde hacía mucho. Minutos después entraba en el Café de la Esperanza, buscando á mis amigos, y la casualidad quiso que papá estuviera allí, jugando á la treinta y una ciega. Hizo como que no me veía, y siguió su partida tranquilamente. Este síntoma me pareció mucho más favorable y decisivo que todos los anteriores. ¡Adiós los Zapata!

Salí con mi pandilla, buscando un sitio más libre para reanudar nuestras diversiones. Los camaradas me habían recibido con grandes muestras de alegría y entusiasmo, y como llevaba en el bolsillo los bolivianos que Contreras no quiso recibir, hicimos aquella noche, en el trinquete de la Zorrita, la más memorable de las fiestas, continuada en el mismo diapasón hasta formar una como cuaresma de vida maravillosa, que me parecía un sueño encantado después de mis prisiones en la ciudad.

Pero, ni aun embriagado por estas delicias, descuidé completamente la parte seria de las cosas, y mal seguro todavía de mi elocuencia que podía fallar por causas exteriores y transitorias, escribí á mi padre una larga carta, modelo de diplomacia juvenil, y de la que destilaban las indirectas lecciones zapatiles. Decíale que, dado mi carácter, tan análogo al suyo—cosa de que me enorgullecía,—la corrección de mi conducta dependía precisamente de la mayor ó menor amplitud de mi libertad, pues nunca haría yo lo de otros que, desconociendo su valor, abusan de ella hasta perderla. Á mí, como á él, sin duda, la sujeción me enloquecía. Su afectuosa vigilancia (tan distinta del malévolo espionaje de gente incapaz de interpretar acciones y menos aún pensamientos), había sido hasta entonces más que suficiente para hacerme cumplir con mi deber, y no valía la pena—antes bien era un error,—cambiarla por un despotismo de extraños que me impulsaba necesariamente á la rebelión... Todo esto salvo su mejor parecer...

Ni la sintaxis era clara ni la analogía exacta, pero el fondo resultó así. Además, las cartas de los hijos, por vulgares que sean, resultan para los padres una revelación y un encanto, si no están corroídos por el cáncer de la crítica. Y notable efecto produjo la mía en tatita. Inmediatamente escribió á los Zapata, diciéndoles que «por razones de salud» yo no volvería á la ciudad, que me perdonaran si «acaso» les había faltado en algo, y que me enviaran la ropa y los libros... Pero antes me había arrancado la promesa de estudiar seriamente en casa para presentarme á fin de año como «libre» en los exámenes.

—Tienes los programas, los libros, y con lo que has aprendido ya, podrás pasar fácilmente. Si pasas, el año que viene te mandaré á la ciudad en otras condiciones, sin tutores que te majaderéen, «como un hombre». Pero para eso hay que prometerme que te portarás bien.

—¡Sí, tatita! «¡como un hombre!»—juré, pensando para mis adentros que los hombres suelen no portarse bien.

Llegada la época de los exámenes fuí á alojarme en la casa de huéspedes de la viuda de Calleja, donde vivían varios estudiantes del campo y de otras provincias. Era el prototipo de esas posadas vergonzantes, sin respetabilidad y al propio tiempo sin descaro, en que se explota un nombre de familia á veces venerable, por mercantilismo ó por necesidad—á falta de otro medio de subsistencia,—y que abundan en provincia. No la describiré, pero no olvidaré nunca, tampoco, aquellos manteles inmundos y aquel infernal desorden, en que la patrona, las chinitas, los huéspedes y los visitantes nos burlábamos como á porfía de las reglas más elementales del buen vivir. ¡Qué casa de Tócame-Roque ni qué Auberge du Libre Échange! Para divertirse, allí, en la respetable pensión de la distinguida viuda del señor Calleja, sobrina de un obispo y tía de un diputado. Si yo no hubiera tenido Los Sunchos, me quedo en aquella Capua sórdida si se quiere, pero, en cambio, tan libre, precisamente lo que más había envidiado desde casa de Zapata... ¡Viva la libertad! y pasemos á otra cosa.

¿Á qué decir que me dejaron suspenso en varias materias—creo que cuatro de seis—y que en otras pasé por suerte ó por benevolencia de la mesa examinadora? ¿Para qué contar que el latinista don Prilidiano Méndez, después de otras preguntas, me invitó con alevosía y ensañamiento á que declinara el «quis vel qui», del que yo sólo sabía la aleluya de «todos los burros se quedan aquí»? Todo aquello no me importaba un ardite. Intuitivamente comprendía que ni en colegios ni en facultades se aprende nada, y hoy mismo, si quisiera ser completamente franco... En fin, no lo diré, pero es el caso que en nuestro país, los hombres realmente superiores se han ilustrado casi siempre solos, han sido autodidactas, «self made men», mientras que los rutinarios, los mediocres, han tenido casi siempre un diploma universitario como un pasaporte de complacencia...

Para desquitarme de los malos ratos que me había procurado el examen, ocurrióseme darle uno á misia Gertrudis, antes de volver á la aldea. No tenía que quebrarme mucho la cabeza para inventar una buena broma: abrigaba la seguridad de que mi presencia bastaría para darle un soponcio, y con algunos requiebros como «¡Bicho feo! ¡Vieja mamarracho!» ú otros, estaba seguro de mi venganza, pues rabiaría quince días por lo menos. Pasé por su casa sin verla, dos, tres veces, á la cuarta estaba precisamente en el umbral, con su acostumbrado aspecto de sargentón que llevase la mochila sobre el pecho, y con una nueva cabellera castaña más abundante y más juvenil que nunca.

—¡Bicho feo!—silbé.

Volvió los ojos hacia mí con tal expresión al reconocerme, que el «¡Vieja mamarracho!» no pudo salir de mi boca. ¡Tuve miedo, como hay Dios! ¡Tuve miedo y eché á correr! Es la primera y última vez que he sentido el pánico en mi vida, como Facundo acosado por el tigre...

Volví á Los Sunchos con la santa intención de no poner de nuevo los pies en la ciudad, y ni siquiera fingí prepararme para los misericordiosos exámenes de marzo. No quería, no podía renunciar otra vez, ni por un momento, á mi individualidad, tan señalada en el pueblo y tan desvanecida é insignificante en aquel escenario. «Más vale cabeza de ratón que cola de león», como decía tatita.

Mamá se encargó de arreglar las cosas á medida de mis deseos, para tenerme definitivamente á su lado. Yo «quería trabajar, empezar á ganarme la vida». Era lo más fácil procurarme una ocupación, tarea ó empleo que me preparara prácticamente á la lucha por la existencia, ya que la teoría no era de mi agrado ni «me entraba en la cabeza», como afirmaba yo. Habló varias veces con tatita al respecto, y como me valí de Teresa para conquistar á don Higinio que, decididamente, ejercía gran influencia sobre mi destino, papá accedió sin muchas dificultades y diciéndose quizás que, como me dedicaría á la política que no exige sino «fuerza en los dedos y resolvencia», cualquier camino era bueno, con tal que me permitiera meterme en danza lo más pronto posible. Y el intendente municipal, don Sócrates Casajuana, á la primera insinuación me concedió un empleíto rentado que iría preparándome á más altas funciones.

Pocos días después, á principios de año, tomé posesión de mi empleo, y aquí comenzó mi vida de «aprendiz de hombre...» Como todavía era muy muchacho y poco inclinado á la observación, las oficinas de la Municipalidad, cerebro y corazón del pueblo, sin embargo, me fastidiaban profundamente. Á la media hora de estar en mi puesto, sentado á una mesa llena de papeles inútiles, me moría de hastío y escapaba á divertirme en otra parte. Sin embargo, á la larga, conocí el personal superior y subalterno: don Sócrates, el intendente, paisano astuto y retobado, gordo y de piernas torcidas, por andar á caballo desde niño de teta, gran mercachifle, gran especulador, gran rata del presupuesto; el presidente de la Municipalidad, don Temístocles Guerra, no sé si menos tosco ó más presuntuoso, gran comerciante también; el tesorero, don Ubaldo Miró, que, con un sueldo miserable alcanzaba, sin embargo, á llevar una vida casi suntuosa, gracias á su habilidad para el escamoteo y á la bondad benévola con que adelantaba los sueldos á los empleados y peones, mediante un módico interés; los secretarios, uno de la intendencia—Joaquín Valdez—otro del Concejo—Rodolfo Martirena—que andaban siempre á caza de propinas, y que las provocaban deteniendo los expedientes todo el tiempo que podían y prolongando indefinidamente la tramitación de cualquier asunto que no interesara á los partidarios más caracterizados de la «situación».

Yo estaba adscripto á la Oficina de Guías, como escribiente; pero mi jefe, Antonio Casajuana, hermano de don Sócrates, no me observaba nunca por mis ausencias, antes bien parecía invitarme á continuar aquella nueva especie de «rabona». Después, comprendí el por qué de su conducta: no quería testigos molestos, y yo le estorbaba tanto que se había quejado amargamente á su hermano de mi nombramiento intempestivo. Y es que cobraba de más á los ganaderos que enviaban animales, cueros ó lanas á otros departamentos, se robaba las estampillas que debían quedar obliteradas en el libro de guías, y hasta daba certificados falsos á los encubridores de los cuatreros, ganándose así buena parte de los abigeatos, moneda corriente entonces... Es natural, era hermano del intendente, su otro socio era el tesorero, ni la comuna, ni la misma provincia, tenían fuerzas bastantes para reprimir el cuatrerismo, y es máxima de buen gobierno encauzar todo mal irremediable. Cuando supe esto, más por indiscreciones malévolas de gente envidiosa que por observación personal, no dejé de utilizar el secreto, modestamente, para mis gastos menudos, sin intención de hacer fortuna, como los otros. Siempre he sido imprevisor, y no lo lamento.

En cuanto escapaba de la oficina, divertíame corriendo el pueblo y los alrededores, á pie unas veces, pero, generalmente, á caballo, con algunos camaradas mayores, pero tan zánganos como yo, y persiguiendo á las muchachas de los ranchos y las casuchas de las afueras, con una especie de odio, primera manifestación, todavía desviada, de mi futura inclinación irresistible al bello sexo.

Ya iniciado en las aventuras domésticas, era aún incapaz de cortejar en regla y con perseverancia, pero Marto Contreras, hijo de mi amigo el mayoral, paisanito de diez y siete á diez y ocho años, diablo y atrevido como él sólo, con quien me había ligado estrechamente, me aleccionó, haciéndome adoptar para mis amores un término medio rústico y brutal, cuya fórmula es ésta: «Hay que pastoriarlas».

Estos amores eran, pues, simplistas, sin preparativo alguno, casi animales: un momento de vértigo, una violencia y se acabó. Á veces, continuaban algún tiempo, había hecho una conquista; pero, en la mayoría de los casos, se me huía después como á un enemigo. Teresa quedó relegada al fondo obscuro de la memoria, aunque la viese casi todos los días, al pasar.

Las otras ingenuas diversiones con los camaradas—excepción hecha de Marto,—comenzaron á parecerme, poco después, insulsas, parangonadas con la compañía de los empleados de la Municipalidad, mucho más entretenidos porque, siendo «más hombres», se pasaban el día en peso conversando de carreras, de riñas, de partidos de pelota, diciendo compadradas, contando duelos y otras atrocidades, chismorreando amoríos más ó menos escabrosos, después de lo cual, como intervalo, salían á tomar el vermouth (mermú) á horas de almuerzo, y como final, al caer la tarde, hablando entonces magistralmente de política, y combinando el programa nocturno. Comencé á frecuentarlos, más interesado cada día. Jugábamos al billar, hasta que entraba la noche; comíamos en casa ó en el restaurant, á la disparada, y después nos reuníamos, ora aquí, ora allí, en la «timba» del Manco, en el establecimiento de Ilka, la polaca, donde solía haber descomunales bochinches, y en el que nadie entraba sin que un agente de policía lo registrase para quitarle las armas, ó en algún otro sitio del mismo género. Me sorprendió encontrar, alrededor de un tapete criollo ó bajo un emparrado polaco, no sólo á los camaradas, á los demás contemporáneos, sino también á toda la flor y nata de Los Sunchos, con el mismo don Sócrates á la cabeza. ¡Y dicen que la Grecia antigua no renace en nuestro «páis», con Sócrates y todo!... En fin, á la madrugada nos íbamos á acostar, y yo gozaba de esa hora admirable en que todo lo viviente calla un momento, reconcentrándose, reconstituyéndose en el sueño, para despertar, poco después, más fresco, más ardiente, más vigoroso. Siempre he tenido un flaco por los grandes espectáculos de la Naturaleza, y creo que si la política no me hubiese absorbido por completo, hoy sería el descriptor más notable de las bellezas y la grandiosidad del paisaje argentino.

Pero no es posible repicar y andar en la procesión.

XII

Pocos años más tarde, una diversión de otro orden, que me atraía muchísimo, fué el punto de arranque de una de las manifestaciones más significativas de mi vida.

Solía yo visitar de noche la redacción de «La Época», periódico semi oficial, sostenido por la Municipalidad y redactado por un joven aventurero español, que respondía al sonoro nombre de Miguel de la Espada, mozo capaz de escribir cuanto conviniese á los que le pagaban, y tipo común de todos los pueblos y ciudades de la República. La imprenta era una casucha de tres piezas, sucia y miserable, situada á pocos pasos de la plaza pública, en una calle adyacente. En el primer cuartujo estaba instalada la Redacción, con una mesa larga de pino blanco, llena de diarios y papeles, un pupitre alto para los libros de caja de la Administración, varias sillas de enea, una silla de baqueta, de alto respaldo, piso de ladrillos hechos polvo, paredes blanqueadas, llenas de telarañas y manchas de tinta y de mugre, cieloraso empapelado, del que colgaban lamentablemente varias tiras de papel, despegadas por las goteras... Aquello olía á humedad, á aceite, á petróleo. En la segunda habitación, obscura y mal ventilada, veíanse los burros y las cajas de componer, para los tres operarios; en la tercera estaba la vieja prensa de mano y el catre del peón. Allí reinaba de la Espada, y allí nos reuníamos algunas noches varios jóvenes situacionistas, á comentar la vida doméstica, social y política de Los Sunchos. Eran de oir las habladurías, chismes, críticas, difamaciones y calumnias que formaban el fondo de aquellas amenas charlas, análisis de la vida y milagros del pueblo entero, en que los detalles faltantes eran substituídos con ventaja por otros, fruto de la imaginación de los contertulios. La famosa botica de Paredes, llamada el «mentidero», no aventajaba en nada á la redacción de «La Época». Allí me inicié en todos los misterios de la aldea, conocí la historia de todas las familias, supe las faltas de éstos, los errores de aquéllos, los delitos de los otros, aquilaté la virtud exigida de las mujeres y comencé á ver otro aspecto del mundo, quizás algo exagerado, quizás un poco ennegrecido, pero, en resumen, muy aproximado á la realidad.

De la Espada era hombre de unos treinta años, menudito y móvil, de ojos pequeños, llorosos y casi sin pestañas, cetrino, con un bigotito de cerdas, horrible, en fin, pero tan simpático merced á su gracia madrileña, á su picaresco pesimismo... Solía resumir las conversaciones por medio de sentencias que constituían todo un curso de enseñanza, la síntesis de lo nuevo para mí, en aquel entonces, aunque flaquearan bastante en cuanto á originalidad. Había sido en pocos meses, cuanto se podía ser, desde acomodador de teatro en Buenos Aires, hasta director de periódico en Los Sunchos, y decía (vaya un ejemplo):

—Todas las mujeres tienen su cuarto de hora, y el que acierte á acercárseles en ese momento, puede estar seguro de obtenerlas.

Ó bien:

—Todos los hombres se venden; la cuestión es dar con el precio.

Ó bien:

—Para llamar honrado á un hombre es preciso ponerlo en la mayor necesidad, y, al mismo tiempo, darle ocasión de que robe. Si no roba es honrado. Pero en esas condiciones no hay quien no robe.

Igual cosa digo de la mujer honesta. No hay mujer que no haya engañado á su marido, por lo menos en pensamiento, si ante su vista pasó alguien á su juicio mejor que el marido. Ante su vista ó también ante su imaginación...

Estas doctrinas me seducían, aunque hiciera de vez en cuando algunas reservas, porque, entre otras cosas, no podía admitir que mi madre hubiera faltado, ni aun soñando, á sus deberes. Pero esta excepción no alcanzaba, generalmente, á la madre de los demás, y pecaba por exceso de limitación. La sabiduría de de la Espada, se infiltraba, pues, en mí, y no había de tardar en ensayarla en la práctica de la vida.

Otro entretenimiento que no debo pasar por alto, pues tuvo cierta influencia en mi vida: iba á menudo á tomar mate con el viejo comisario don Sandalio Suárez, en la misma comisaría, interesándome en la organización de la vigilancia y otros servicios, y, sobre todo, en los problemas policiales, aunque Sherlock Holmes no hubiese nacido todavía, ni el genial Poe y el monótono Gaboriau hubiesen llegado á Los Sunchos. Yo interrogaba al viejo paisano acerca de las maravillosas facultades investigadoras de los Rastreadores, y la admirable perspicacia de Facundo, que pinta Sarmiento.

—Todas esas son camamas—contestaba don Sandalio.—Nadie descubre á los criminales, cuando no se entregan ellos mismos, y yo, que te hablo, con todos mis años de policía, no he agarrado á ninguno, sino en fragante, por casualidad, ó porque, de sonso, se me entregó él mismo.

Me contaba sus recuerdos, casi todos político-electorales, y varias veces me invitó á acompañarle en sus pesquisas, en las que yo colaboraba con entusiasmo. Recuerdo, entre otras cosas, el asesinato de una mujer, cuyo autor busqué por el buen método, averiguando á quién podría aprovechar su muerte. Di con el marido, enamorado de otra, joven y bonita, y lo hice prender. Pero, pocas noches después, un borracho se jactó en una trastienda de ser el asesino, y de que nadie sospecharía de él. Detenido é interrogado, supimos que había asesinado á la mujer por «gusto», sin razón ni objeto, sólo porque se le ocurrió, estando muy ebrio, al verla asomada á la puerta de su casa... Este fracaso no me desalentó, y hasta me propuse perseguir y descubrir á los cuatreros que infestaban el departamento.

—¡Déjate de cuatreros!—exclamó don Sandalio, cuando le hablé de mi intención.—Si te metés en eso te va á salir la torta un pan! ¡El chasco que te darías si los descubrieses y supieses que eran don, y don, y otros que tampoco te quiero nombrar!

Pero dejemos la policía para seguir el hilo de mi historia.

Celebrábanse entonces, como ahora, en Los Sunchos, al mediar la primavera, fiestas populares introducidas por los vecinos españoles y adoptadas con entusiasmo por la población criolla: las Romerías. En un gran terreno cercano al pueblo alzábanse tinglados, tiendas de lona, galpones de madera, enramadas, quioscos, improvisándose una aldea volante, una especie de paradero de indios, que se adornaba con banderas, follaje, gallardetes, guirnaldas de telas baratas y churriguerescas, y que habitaban algunos comerciantes establecidos en el pueblo, y muchos de ocasión, ofreciendo baratijas, géneros y ropas ya invendibles, y sobre todo, cosas de comer y de beber, buñuelos, cerveza, tortas fritas, vino carlón, chorizos asados... En la gran «carpa» de la Sociedad Española se instalaba un bazar de caridad, atendido por las niñas más conocidas del pueblo, y en el que se vendían, se remataban ó se rifaban mil «clavos» generosamente regalados por los comerciantes fuertes. La gente menuda tenía, como diversión, palo-jabonado, rompecabezas, calesitas; el populacho, baile al aire libre, al son de gaitas y tamboriles, rara vez substituídos por la banda de música de Los Sunchos, que tocaba, sobre todo, en la «carpa» de la Sociedad, punto de reunión de la gente distinguida. Una atmósfera sensual, intensificada por todos los efluvios de la primavera, una loca necesidad de divertirse, de gritar, de moverse, de rozarse, reinaba en las romerías, y embriagaba á todos, comenzando por la masa popular, para invadir poco á poco las capas superiores. Más capitosas que el carnaval, porque reunían á todo el mundo en un solo sitio, el contagio sexual era en ellas más rápido y avasallador; pero en la ingenuidad de las costumbres, esto no lo advertían sino el cura, que predicaba contra los excesos y pedía moderación, y alguno que otro viejo, cuyas observaciones se tomaban generalmente como una demostración de envidia de los que ya no pueden divertirse.

Aquel año fuí el asiduo cortejante de Teresa, un poco por iniciativa propia, un poco porque ella halló manera de cautivarme con sus monadas, acercándoseme á cada rato, en un principio, con el pretexto de ofrecerme cedulillas de la rifa, ó artículos del bazar de Caridad. Bailamos toda la noche, cuantas veces se organizó el baile para la «gente decente», en un tablado hecho á propósito junto á la «carpa» de la Sociedad; le di el brazo, acompañándola cuando ejercía sus funciones de vendedora á través de la multitud acudida del pueblo y de las aldeas y estancias vecinas, y no desperdicié la ocasión de decirla mil ternezas que la conmovían y la enajenaban, hasta el extremo de sentirla temblar, al apoyarse con abandono en mi brazo.

—¡Pero eres un malo, un perverso!—me decía.—¡No te puedo creer! ¡Si me quisieras de veras no te pasarías los meses enteros sin ir á verme!

¿Era el cuarto de hora de de Espada d'aprés Rabelais? Así lo creí, pues le declaré que si no iba á verla era porque «me daba rabia» hablar con ella, habiendo gente delante, ó con una reja de por medio.

—Si me esperaras en la huerta, donde podemos conversar á gusto, yo iría á verte todas las noches.

—¡Pero eso está muy mal hecho!—exclamó.

¿Por qué? ¿Qué había de malo? ¿No tenía confianza en mí? ¿No estábamos acostumbrados á andar juntos y solos, desde chicos? É insistí:

—No me digas que sí ni que no. Esta noche iré á la huerta. Si quieres, me esperas; si no estás, lo sentiré mucho y me volveré á casa...

Lo dije con un acento de tristeza y terminé con un tono de vaga amenaza, tales que, vencida, me estrechó el brazo y me miró á los ojos con la vista turbia. Iría á la huerta, sin duda alguna.

Don Higinio, como es natural, había notado mis asiduidades y la actitud de Teresa, pero no les dió importancia, ó, más bien dicho, se felicitó, sin duda, de nuestro acuerdo, que debía conducirnos á la ejecución de sus proyectos matrimoniales, de larga data planteados.

—¡Ah, pícaro!—me dijo, golpeándome el hombro.—Ya te he visto de «temporada»... ¡Como ha de ser! Los muchachos se apuran á ocupar nuestro sitio, y no tienen reparo en dejarnos á un lado...

Me reí, sin contestar, pensando en cuán distintos de los suyos eran mis planes, y diciéndome: «Si éste piensa en casarme, ya está fresco. ¡Cualquier día renuncio yo á mi libertad por una cosa que puedo obtener sin semejante sacrificio!» Sin embargo, me prometí, tanto si Teresa acudía á la cita, cuanto si me dejaba plantado, conducirme de allí en adelante con mayor cautela y ocultar en lo posible nuestros amores, para no dar asidero á don Higinio y rehuir sus insinuaciones, que no tardarían en ser exigencias.

Teresa me aguardó cuando, al volver de las romerías, todos se hubieron acostado en su casa. Hablamos largo rato, ella con ternura, yo con diplomacia, sentados bajo un enorme sauce que había en el fondo de la huerta. Un momento creí que estaba completamente á mi discreción, pero á la primera libertad que quise tomarme se levantó sin aspavientos, y separándose un paso de mí, me dijo con serenidad y blandura:

—No, eso no, Mauricio. Me has prometido portarte bien, y por eso estoy aquí. Conversemos cuanto quieras, pero con juicio. Mira que ya no somos criaturas.

¡Sonsa! ¡Más que sonsa!

Había tanta tranquila resolución en su acento, que me quedé cortado, sin acertar á decir palabra. La entrevista perdió para mí todo su encanto. ¿Quién la hacía tan cauta? ¿Cómo, en su inocencia y en su afecto, real y grande, hallaba, sin embargo, fuerzas para resistir? No lo sé, aunque me parece efecto de la educación, no de las lecciones paternas, sino de las charlas íntimas con las amigas que van revelándose mutuamente la vida y sus peligros. Pensé que el «cuarto de hora» no había sonado ó había pasado ya, pero, repuesto de la primera impresión, logré decirla algunas nuevas ternezas, prometiéndola ser más serio en adelante, no importunarla en otra cita que pedí para la siguiente noche.

—Sí, vendré. Pero tienes que jurarme que estarás quietito.

Le estreché la mano, y me fuí, rabiando conmigo mismo. Debía haber sido más audaz, debía... Y me puse á forjar para lo futuro planes de seducción análogos á los leídos en las novelas, recordando al propio tiempo el aforismo de de la Espada: «Para conquistar á una mujer desinteresada, se necesita mucho tiempo y mucha paciencia. Á su tiempo maduran las uvas, y el pobre porfiado saca mendrugo, mientras que el exigente se queda afeitado y sin visita». Pero me parecía que nuestros amores duraban ya tanto, tanto...

—¿Será que no me quiere? ¿Ó tiene la decidida voluntad de que me case con ella, y sabe que para eso es necesario no ceder? ¡Diablo de muchacha!... ¡Bah! consultaré á de la Espada, lo haré mi confidente... ¿Por qué no?... Él sí que tiene experiencia... y no dirá nada á nadie...

XIII

Al día siguiente, revelé á de la Espada todos mis secretos, sin omitir ni aun el fracaso de mi última tentativa. Se echó á reir.

—¡No seas tonto!—dijo.—No te aflijas ni te desalientes. La muchacha está á punto, y sólo te falta la ocasión. ¡No vayas á asustarla! Por el contrario, inspírale la mayor confianza posible, y espera. La casualidad te proporcionará, indudablemente, algún momento de gran emoción para ella. Ése es el bueno, y habrá que aprovecharlo... Pero ¡ten cuidado! Mira que el padre no es de los que aguantan esas cosas, y en cuanto llegue á descubrir tus intenciones, ó su realización, si no te mata es muy capaz de casarte á la fuerza. Tanto más cuanto que es íntimo amigo de tu padre.

—¡Bah!—repliqué.—Ya veremos lo que se hace. No le tengo miedo al viejo, y no es el primero que tiene que jorobarse. ¡Cuántos del pueblo, según tú mismo me has dicho, han tenido que hacerse los sonsos, para evitar que el escándalo fuese más grande!...

La oportunidad de que hablaba «el galleguito», como le decíamos, no tardó, efectivamente, en circunstancias trágicas para mí... Había conversado muchas noches con Teresa, adormeciendo sus recelos, exasperando su amor, y entre nosotros reinaba la más deliciosa intimidad. Hablábamos de casarnos... hacíamos proyectos... Ella quería que viviésemos en casa de su padre, yo fingía exigir que habitásemos en la nuestra, y sólo se arribaba á un acuerdo, cuando nos proponíamos hacer una sola de las dos familias, cosa fácil, dada la amistad que las vinculaba.

—¡Lo malo es que así, nunca estaremos solos!—objetaba yo.—Siempre tendremos á uno de los viejos pisándonos los talones.

—¿Y eso, qué le hace?—replicaba Teresa.—Si no nos quisiéramos sería otra cosa, ¡pero nos queremos tanto!...

Pero, vamos al caso. Una tarde, y como solía desde que yo iba «haciéndome hombre», tatita me invitó á montar á caballo y acompañarlo hasta una chacra, á dos ó más leguas del pueblo, donde tenía un negocio pendiente que era preciso arreglar sin pérdida de tiempo. Su invitación era una orden, y no desagradable, porque nunca he visto más jovial compañero de viaje, y jamás me he aburrido á su lado.

No tardaría mucho en hacerse noche, porque habían dado ya las siete, pero el asunto urgía y ambos estábamos acostumbrados á recorrer el campo á cualquier hora, sin miedo al rayo del sol de mediodía, ni á las «luces malas» de la media noche. Llegamos á la chacra cuando acababa el día, con una puesta de sol admirable que envolvía la pampa entera en un manto de púrpura. Tatita arregló en un cuarto de hora ó veinte minutos lo que tenía que arreglar, apretamos nuevamente la cincha á los caballos y emprendimos el regreso. Era casi completamente de noche. Sólo una línea pálida, al Oeste, señalaba el sitio por donde se había marchado el sol. El crepúsculo, engañoso, nos fingía paisajes desconocidos, contagiándonos con su propia vacilación. Sin dejar de ver, no discerníamos la naturaleza de las cosas vistas, y sólo una larga práctica nos permitía seguir sin desviarnos la cinta descolorida del camino.

—¡Vamos á llegar muy tarde!—exclamó de pronto tatita.—Cortemos campo.

—¡Cortemos!—contesté, poniendo la cabeza del caballo en dirección á Los Sunchos, sin abandonar el galope.

El camino daba un gran rodeo para evitar un bañado intransitable en la época de las lluvias; aquella larga curva podía acortarse en una tercera parte tomando la línea recta, la cuerda, como si dijéramos, pero el trayecto no era muy cómodo, porque el campo, cubierto de grandes matas de cortadera y de hierbas altas, tenía, además, vastos limpiones llenos de viscacheras. Afortunadamente la pálida mancha de estos rompecabezas basta para advertir del peligro á un jinete experimentado, aun en la obscuridad de la noche, sobre todo si monta un caballo «vaqueano», uno de nuestros criollos de tan agudo instinto campero.

Me adelanté, pues, al galope largo, fiándome de mi cabalgadura que evitaba matorrales y viscacheras atento á todos los detalles, moviendo sin descanso las orejas, y habría galopado un cuarto de hora, cuando me pareció oir un grito. Detuve en seco el caballo y escuché. No oí nada más, ni siquiera el galope del zaino de tatita, cuyas herraduras debían resonar, sin embargo, en la tierra del bañado, dura entonces por la sequía como un pavimento de asfalto. ¿Qué significaba aquello? Alarmado volví grupas y corrí hacia atrás á rienda suelta. Nada veía, nada oía. Mi caballo dió de repente una terrible espantada junto á una viscachera, y echó á disparar pesando violentamente sobre el freno. Á duras penas logré contenerlo, y, acariciándolo le obligué á volver al paso hacia la viscachera, contra toda su voluntad... ¡Qué espectáculo! Primero entreví, lleno de susto, la masa del zaino que, con las patas rotas, resollaba y resoplaba lastimeramente. Un poco más lejos estaba tatita, tendido en la tierra petrificada de la viscachera. Me tiré del caballo, corriendo en su auxilio. Una larga herida le cruzaba el cráneo, bañándolo en sangre. No respiraba; el corazón parecía no latir...

Volví la vista á todos lados. El camino estaba lejos, y por el bañado no pasaba nadie, sobre todo á aquellas horas. ¿Qué hacer? ¿Dejar á tatita y correr en busca de socorro, ya que ni agua tenía á mi alcance para tratar de hacerlo volver en sí? No había otro partido que tomar. Lo recosté lo mejor que pude, le hice una almohada con mi blusa y mi poncho, observé de nuevo si respiraba, si se movía, y, convencido de lo contrario, con el corazón en la boca, monté y emprendí la más desesperada de las carreras hacia Los Sunchos, cuyas luces se veían á la distancia.

Azorado y sin poder coordinar bien las ideas, traté, sin embargo, de reconstruir el accidente: preocupado por un asunto que podía significarle la pérdida de una crecida suma de dinero, tatita se había distraído, confiando en el instinto del viejo caballo, que conocía perfectamente el campo en muchas leguas á la redonda. Pero el zaino habría tenido también su momento de distracción, bastante para meter las manos en una cueva de viscacha, «bolearse» y proyectar á su jinete á varios metros de distancia. El pobre tatita debió dar con la cabeza en la tosca dura que rodeaba las viscacheras... ¿Estaría muerto? ¡No! Semejante fin no era el de un hombre como él. Una simple «rodada» no acaba con los gauchos de su temple. ¡No! Cuando mucho, sufriría un largo desmayo y la herida sería fácil de curar... La primera juventud se rebela contra la idea de la muerte.

Volví con gente que, por fortuna, encontré en las afueras del pueblo, mientras un hombre corría á avisar al médico y á buscar un coche. Yo esperaba encontrarlo en su sentido, incorporado y pronto á emprender la marcha; pero seguía inerte, tibio aún, y no fué posible hacerle tragar una gota de la ginebra llevada á prevención. El doctor Merino, que llegó diez minutos después, sólo pudo comprobar el fallecimiento.

No omitiré aquí un episodio que, pese á las circunstancias trágicas, me ocupó un instante, produciéndome honda impresión. Fidel Gomensoro, uno de los paisanos que me habían acompañado, oyendo que el zaino de tatita resollaba y se quejaba casi como una persona, se acercó á examinarlo.

—Tiene las dos patas quebradas—dijo.—Hay que despenarlo.

Y, sacando el facón de la cintura, con ademán resuelto, de un solo tajo lo degolló, consumando así, sin pensarlo, un sacrificio usual en la tumba de los antiguos señores de la pampa...

El cadáver del pobre tatita fué tendido cuidadosamente en el carruaje, y yo lo seguí al paso de mi caballo, sin saber lo que me ocurría, como si yo también hubiese recibido un golpe en la cabeza... Antes de llegar al pueblo, nuestro pequeño grupo había aumentado considerablemente, y al pasar por las calles principales, dirigiéndonos á casa, formábamos ya un imponente cortejo: la noticia había cundido y todo el mundo acudía, los amigos, los indiferentes y los enemigos, atraídos por la pena, la curiosidad ó la disimulada satisfacción. Entretanto, algunas mujeres rodeaban ya á mamita, preparándola para la horrible sorpresa. Al oirnos llegar, se precipitó hacia el carruaje, presintiendo que sólo encontraría un cadáver. La escena fué desgarradora, y entonces comprendí cuánto amaba mi pobre madre á aquel hombre que había vivido con ella treinta años de indiferencia y de abandono.

El velorio y los funerales hicieron época en Los Sunchos. Mamita, incapaz de ocuparse de nada, sino de llorar y rezar junto á su esposo, dió carta blanca á amigos y sirvientes, y la mesa estuvo puesta durante treinta y seis horas largas, alternándose el chocolate con los vinos y licores, los «churrasquitos» con el mate dulce ó amargo, el puchero con la chatasca, las empanadas, la chanfaina y las tortas fritas. Una nube de chinas de las casas amigas había ido «á ayudar» convirtiendo la nuestra en pandemonium, y la sala, el comedor, las habitaciones de respeto, estaban llenas de visitantes, hombres y mujeres que hablaban de política, contaban cuentos, jugaban á las prendas, iniciaban ó continuaban sus intrigas amorosas... Y esta animada tertulia, en que sólo faltó el baile, se prolongó hasta la hora de conducir los restos á su última morada.

Yo estaba aturdido. Tatita había sido tan bondadoso, tan camarada, que lo quería de veras, y su ausencia repentina é irrevocable, producíame, al propio tiempo que dolor, una rara sensación de espanto, como si me encontrara de pronto y por primera vez ante lo desconocido amenazador. Pero todo esto, terror y pena, era vago, indeciso, como si no me diera, como si no pudiera darme cuenta exacta del hecho brutal, como si pasara por una confusa y angustiosa pesadilla...

Hubo discursos junto á la tumba de don Fernando Gómez Herrera, cuyo ataúd acompañó el pueblo en masa hasta el pobre y descuidado cementerio de Los Sunchos, cubierto de pasto y poblado de peludos y de víboras. Don Sócrates Casajuana, el intendente municipal, dijo que era un prohombre á quien la patria y su partido debían sacrificios innumerables. Don Temístocles Guerra declaró que perdíamos en él un vecino progresista y un ciudadano patriota, que no podría ser reemplazado jamás. El doctor Argüello, senador de la provincia, que, con el diputado Quintiliano Paz, había ido expresamente á Los Sunchos, para honrar la memoria de tatita, habló en nombre del poder ejecutivo y de la legislatura, recomendando al pueblo que siguiera las admirables huellas del probo y austero ciudadano, prematuramente desaparecido cuando, en plena madurez, mayores servicios podía prestar á la patria.

Yo oía todas aquellas frases como quien oye un vago y molesto zumbido, y no podría reconstituirlas ahora, si después no las hubiera escuchado cien veces, dichas sobre cien tumbas diferentes, siempre las mismas, siempre triviales, siempre demostrando un desconocimiento casi completo de la personalidad á quien se honraba, siempre sin proporción ni medida, como si todos los hombres, iguales en la muerte, la hubiesen sido también en la existencia.

Á la puerta del cementerio, acompañado por el cura, don Genaro Cecchi, por algunos presuntos parientes de papá ó de mamá, y por don Higinio Rivas, que lagrimeaba sinceramente, estreché una tras otra todas aquellas manos indiferentes, y escuché de aquellas bocas sin emoción las rituales palabras de pésame. Esta larga, esta interminable ceremonia fué para mí una tortura. Por fin, en el mismo carruaje que la antevíspera había recogido el cuerpo inanimado de mi padre, volví á casa, en un estado de estupor, sólo comprensible si me digo que la naturaleza turba y enajena el cerebro del hombre en las grandes catástrofes, anestesiándolo en cierto modo, hasta que empieza á acostumbrarse al dolor. El cura y don Higinio me acompañaban.

En casa, y con otras señoras y niñas, Teresa trataba de consolar á mamita que, encerrada en su cuarto, á obscuras, llorando y rezando, no quería ver á nadie ni dejarse distraer de su pena bajo pretexto alguno. Me tuvo abrazado largo rato, cubriéndome de besos y bañándome en sus lágrimas.

Á la hora de comer, todas las visitas se marcharon, excepto Teresa, que quedó para acompañar á mi madre y manejar la casa, por indicación de don Higinio.

Por la noche, solos, viendo y compartiendo mi honda aflicción, me habló más tiernamente que nunca. Embriagados por el dolor, hubo un instante en que nos abrazamos, perdida la cabeza.

Y este fué el momento de gran emoción de que hablara de la Espada.

XIV

La muerte de tatita dejaba en manos de don Higinio Rivas los destinos políticos de Los Sunchos, que había compartido con él. Era el caudillo único é indiscutible, entre otras cosas porque, conocedor de los secretos del gobierno de la comuna, tenía á todas las autoridades como si dijéramos rendidas á discreción. Convencido de que tarde ó temprano me casaría con Teresa, ignorante del cambio radical introducido en nuestras relaciones, sabiendo que mi padre nos había dejado más deudas que bienes, que mamita era incapaz de salir del atolladero y que yo no sabría manejarme mucho mejor que ella, me propuso encargarse desinteresadamente de arreglar nuestros negocios, de modo que nos dieran satisfacción.

—Yo conseguiré que se queden con la chacra y que puedan pagar á los acreedores por medio de una amortización, arrendando las tres cuartas partes del terreno, que no les hace falta. Para que vivan, para el puchero, la ropa y los gastos menudos, no será difícil que el gobierno de la provincia pase una pensión á la viuda, y yo mismo iré á la ciudad á trabajar hasta conseguirla. Es lástima que Fernando haya muerto sin arreglar sus cosas, y que fuese tan despilfarrado, porque hubiera podido dejarles una fortunita. Pero, ¡no importa! Con todo, la chacra valdrá mucho á la vuelta de pocos años y podrás venderla muy ventajosamente cuando mejoren los tiempos. Tu mamá, entretanto, necesita muy poca cosa, «vos podés» manejarte con el sueldito de la Municipalidad, que ya te han aumentado dos ó tres veces, y lo principal es ir viviendo sin que los usureros les claven las uñas.

Se interrumpió, vaciló un poco, como si le costara lo que iba á decir, y agregó:

—¡Esto, muchacho, es un secreto para nosotros dos y para tu mamá, nada más! Fernando tenía mucha confianza en mí, y con razón, porque siempre fuí muy su amigo... Temiendo que algún día pudieran obligarlo á vender la chacra en malas condiciones, me pidió que se la hipotecara con pacto de retroventa. Naturalmente, esto era «engaña-pichanga». Hicimos en la escribanía el contrato de hipoteca, y yo le di una contracarta sin fecha, declarando que me ha pagado y que la propiedad sigue siendo suya: esto para el caso de que me sucediera una desgracia repentina, porque entre nosotros no había necesidad de semejante garantía. Esa carta debe estar entre los papeles del finado. Tráemela y te daré otra para tu resguardo. La hipoteca vence en estos meses; la renovaremos á tu nombre y al de tu mamá, con las formalidades de la testamentaría, y así nadie podrá nunca meter el diente en lo único que les queda.

Se interrumpió, para añadir después, con una risita entre maliciosa y avergonzada:

—Todo esto no será muy legal; pero, hijito, cada uno se agarra con las uñas que tiene, y á mí me parece que tu tata tenía mucha razón de no querer quedarse en camisa y en el medio de la calle, para pagar á sus acreedores, que son casi todos gente rica, y que no necesita de esos cobres. Vos, por tu parte, como irás pagando, no tenés nada que echarte en cara...

Dimos á don Higinio cuantos poderes necesitaba para regir libremente nuestros asuntos. Arrendó parte de la chacra en buenas condiciones, obtuvo la pensión del gobierno de la provincia y otra del nacional para «la viuda é hijo de un guerrero del Paraguay», arregló con los acreedores exigiéndoles una importante quita y haciéndolos contentarse con una pequeña amortización anual—«del lobo un pelo», decía él,—de manera que, en vez de empeorar, nuestra situación mejoró, porque ya no estaba allí tatita, manirroto á quien ningún dinero daba abasto, y porque yo no me había acostumbrado todavía á tirar la plata, gracias á las pocas ocasiones que Los Sunchos me ofrecían, y gracias, también, á que Teresa tenía aún la facultad de absorberme. En casa reinaba, pues, la abundancia, y hubiera reinado la alegría si mamita, como la enredadera que se encuentra de pronto sin arrimo, aunque sea el rudo y áspero de una tapia, no se hubiera marchitado y abatido, más silenciosa y solitaria que nunca.

—Pocos años de vida le quedan á misia María—murmuraba la gente al verla pasar como un fantasma, sin ser ya ni la sombra de la mujer de antes, que, taciturna y resignada, tenía, sin embargo, manifestaciones simpáticas y amables para todos.

—¿Por qué te afliges tanto, mamita?—me atreví á decirla una vez.—Al fin y al cabo, tatita no te hacía tan feliz...

Me miró espantada, como si acabara de blasfemar, y exclamó:

—¡Mauricio! ¡Era tu padre!

La religión de la familia primaba en ella, sobre cualquier otro sentimiento, sobre todo raciocinio.

Así fué pasando lenta y monótonamente el tiempo, hasta que don Inginio quiso un día complementar con un golpe maestro la magnífica ayuda que nos había prestado, poniendo en marcha de un modo decisivo su proyecto de «hacerme hombre».

Ocurrió que, en la lista de candidatos oficiales por nuestro departamento, figuraban dos ó tres que no eran, ni con mucho, de la devoción de las autoridades sunchalenses. Uno de ellos, sobre todo, Cirilo Gómez, ex vecino de Los Sunchos, y culpable de una grave indiscreción sobre el manejo de los fondos municipales y de la tierra pública, era enemigo personal de Casajuana y de Guerra, que habían contagiado con su odio á don Sandalio Suárez, el comisario de policía. Los tres, saliéndose de madre, protestaron violentamente contra los proyectos electorales de sus jefes (las listas les llegaban siempre hechas de la ciudad, y ellos las hacían votar á ojos cerrados, obedeciendo al Gobernador) y declararon que no votarían jamás aquélla, si no era modificada de acuerdo con sus deseos, eliminando la candidatura ingrata de Cirilo Gómez; y, llegando en su indignación á la amenaza, juraron que, en caso de ver desairada su justísima exigencia, harían abstenerse á «sus amigos», dando el triunfo á la oposición que se envalentonaría enormemente con ese primer éxito que le caería de arriba...

Esto agitó hasta la convulsión al pacífico pueblo de Los Sunchos, desencadenando pasiones y ambiciones. En tan graves circunstancias, don Higinio asumió su papel de caudillo, predicó la moderación, el mantenimiento de la disciplina á todo trance, y se encargó de arreglar personalmente las cosas, de manera que todos quedaran satisfechos—todos menos el candidato que hoy llamaríamos boycoteado.—Iría á la ciudad, se pondría de acuerdo con los jefes del partido oficial, ¡hasta vería al Gobernador si era preciso! Le dieron plenos poderes, y, preparándose para el viaje y la campaña política, aquella misma noche me llamó:

—¡Muchacho!—me dijo.—Tengo tu suerte en la mano. No estaba esperando más que una «bolada» y lo que es ésta no me la quita nadie. Aunque todavía no tengás la edad, te vamos á hacer diputado. Así, como suena, diputado.

Me quedé estupefacto. En mis sueños más ambiciosos no me había atrevido á esperar semejante ganga, sino para muchos años después, y eso vagamente. De simple empleadillo de la Municipalidad—pues aunque el sueldo aumentado ya varias veces era crecido, no se me había dado función alguna, por la sencilla razón de que no la ejercería,—de simple empleadillo de la Municipalidad á diputado á la Legislatura de la provincia ¡era tan grande el salto!...

—¿De veras, don Higinio? ¿No me está «titeando»?—logré preguntar por fin.—¿Con qué títulos?...

—«Sos» hijo de tu padre y un poco hijo mío, si me salgo con la mía... que me he de salir. ¡No! si no soy ciego y no tenés para qué hacer aspavientos. ¡Claro, que si Teresa fuera macho, no te caería la ganga...! Pero viene á ser lo mismo... Yo me entiendo, y cuando llegue el momento... La muchacha y «vos» son muy jóvenes todavía... Bueno, pues, además del nombre de tu tata y de mi protección, tenés tus trabajos: has escrito en «La Época».

En efecto, con el contagio de la redacción, había garabateado uno que otro sueltecito, una que otra diatriba más ó menos calumniosa ó epigramática contra nuestros adversarios.

—De la Espada, como que es gallego, no puede pretender otra cosa que un poco de platita, y se la daremos. Será el primero en cacarear que «sos» el alma del diario, y el mejor elemento del partido. En fin, ésta es cosa mía, y podés estar seguro de que no me la quita nadie.

Yo tenía fiebre. No sabía lo que me pasaba, no podía estarme quieto, ni hablar; hubiera bailado, chillado, corrido. Entretanto, don Higinio me reservaba una sorpresa más importante todavía, si se mira bien.

—Serás diputado—continuó,—y tendrás una fortunita. Vengo pensando en eso desde hace mucho, y creo que, por fin, he dado en el clavo. Apenas te sentés en tu banca de la Legislatura, yo haré que la Municipalidad mande abrir las calles Santo Domingo, Avellaneda, Pampa, Libertad, Funes y Cadillal, que están cortadas por tu chacra. Naturalmente habrá que pagarte el valor del terreno que te quiten, es decir, unas veintitantas mil varas cuadradas, y te las han de pagar bien. Te quedarán, entonces, nada menos, veintiséis manzanas de pueblo, en el mismo riñón, como se dice. Siguiendo mi mal consejo, podés vender dos ó tres de las más afuera para hacer veredas y tapias con esa platita. Lo que quede, á la larga será toda una fortuna, aunque ahora valga poco. Si el país sigue adelantando, de repente vas á ser más rico que Anchorena. Y no te digo más.

Lo abracé, bailando.

—¡Oh, don Higinio, cómo le podré pagar!...

Me apartó, sonriente y meneando su cabeza de león manso, se puso á armar con cachaza un cigarrillo negro. Después, agregó con calma un poquito conmovida:

—Yo no te pido nada. Sé lo que valés y te tengo confianza... Además, también lo hago por Teresa, que te quiere mucho y será una compañera de mi flor... Eso te lo garanto, porque los Rivas somos todos como platita labrada, muy «derecho viejo», más leales que un perro... Y, ahora, muchacho, tené mucha paciencia y estáte muy calladito la boca, no sea cosa que nos conozcan el juego.

Y me mandó que me fuera, sin querer escuchar mis protestas de gratitud.

XV

Teresa me contó aquella noche que la casa era una romería desde que don Higinio se había encargado de arreglar aquel asunto. Sabiéndolo con una diputación en la mano, chicos y grandes iban á pedírsela, y lo colmaban de ofrecimientos, de promesas, de manifestaciones entusiastas. El viejo no soltó prenda. Todos se marchaban creyendo en la posibilidad de resultar agraciados, pero sin ninguna palabra decisiva; enumeraba los méritos de cada uno, en su presencia, alababa los servicios prestados á la causa, decía con aire protector «veremos lo que piensan en la ciudad», y daba sendos apretones de mano. Los pechos de todos los ambiciosos de Los Sunchos palpitaban como el de un solo hombre en vísperas de un gran acontecimiento feliz, y algunos me hicieron confidente de sus esperanzas, y hasta solicitaron mi apoyo, suponiendo que tenía cierta influencia con don Higinio. Este período de satisfacción, de beatitud, pasó pronto, sin embargo, dando lugar á otro de irritabilidad é inquina. Despertáronse de pronto los recelos, y Los Sunchos se convirtió en un semillero de intrigas. Medio pueblo habló pestes del otro medio, porque cada cual quería despejar de competidores el campo de la acción. Sólo yo resultaba indemne en aquella lucha á dentellada limpia, porque nadie me creía con la menor probabilidad de llevarme la presa.

«La Época», inspirada por don Higinio, dijo que los aspirantes, por muy legítimas que fueran sus ambiciones, eran demasiado numerosos, que la ardiente competencia iniciada ponía en peligro la disciplina del partido, dando un pésimo ejemplo de discordia, y que se imponía á todos los pretendientes en general, como una prueba de generosos sentimientos y altas ideas, deponer sus pretensiones en el sagrado altar de la patria. Agregaba que el nuevo candidato sería designado por los jefes del partido, es decir, en la capital de la provincia, porque, dada la disconformidad de las opiniones, algunas egoístas, fuerza es decirlo, las circunstancias imponían una decisión completamente imparcial, que sólo allí podría obtenerse. Y así, nadie tendría, luego, motivo de queja.

En el número siguiente el editorial de de la Espada apareció doctrinario, sin alusiones á persona alguna, según creyeron los lectores. Era indudable que, en la perplejidad de la designación, el diario oficial se daba un compás de espera. Sin embargo, el diario decía, nada menos, que había llegado el instante histórico de dar paso á las nuevas generaciones, de llevar al gobierno del país á los hombres nuevos que habían demostrado amplitud de espíritu, respeto á las instituciones, aptitudes de iniciativa, amor al progreso. Cuando los altos puestos públicos, desde la presidencia abajo, estén refrescados por sangre juvenil, será como si la nación entera recobrase una nueva y vigorosa juventud. En épocas de revueltas y trastornos, la experiencia de los ancianos es el mejor instrumento de Gobierno; en épocas de paz y de prosperidad, el entusiasmo de los jóvenes es lo que conduce á mayor felicidad y á más riqueza. Nadie supuso que aquel articulejo preparaba el lanzamiento de mi candidatura, aunque en Los Sunchos se hilara muy delgado, y fué porque estas generalizaciones no son para sintetizadas por gente primitiva y en el fondo candorosa.

Don Higinio se había marchado á la ciudad y me escribía casi diariamente, enviándome las cartas con el mayoral Contreras, su hombre de confianza, como lo había sido de tatita. En sus cartas me señalaba, punto por punto, lo que debía hacer para complementar sus propios trabajos.

Por indicación suya, los miembros del comité local (vale decir las autoridades del pueblo), organizaron un mitin para determinar públicamente cuál iba á ser la actitud del partido. En él se rechazaría sin apelación la candidatura de Cirilo Gómez, pero, para demostrar que esto no era una rebelión, sino una desobediencia forzosa, que en nada menoscababa la disciplina, se declararía solemnemente, bajo juramento, si se consideraba necesario, que el partido votaría en masa, como un solo hombre, el nuevo candidato—quienquiera que fuese,—designado por el comité central. «Sólo así —escribía don Higinio,—se substituirá fácilmente á Gómez y seguiremos gozando del favor del Gobierno.»

Aquella mañana, en el vasto corralón de Varela, se reunieron unos cuantos centenares de personas—gente del campo y peones municipales, en su mayoría,—capitaneadas por Casajuana, Guerra y Suárez, á quienes servíamos de tenientes Miró, Valdez, Martirena, Antonio Casajuana, el doctor Merino, de la Espada, yo y otros. Se había preparado un asado con cuero—una vaquillona carneada probablemente en la estancia de algún opositor,—y las damajuanas de vino y las «frasqueras» de ginebra prometían un gran entusiasmo popular. En este animado escenario me estrené como orador, repitiendo, palabra más, palabra menos, algunos editoriales de de la Espada:

«Hay que sacrificarlo todo generosamente por el bien del país. Las ambiciones desmedidas de algunos ciudadanos, suelen poner en peligro la marcha de nuestro partido, el más noble, el más puro, el más progresista, el único que se ha mostrado capaz de gobernar... Esas ambiciones deben ser arrancadas de raíz, como la mala hierba. Si los ambiciosos no renuncian voluntariamente á ellas, los verdaderos patriotas deben quebrar sus apetitos en sus propias manos como un arma funesta (frase original, calurosísimamente aplaudida). Además, ya es hora de que se abra paso á los hombres nuevos. En la política, como en la milicia, hay una edad para el retiro, y el Gobierno, como el Ejército, debe completarse con sangre joven. Y, por último, á nada aspiro personalmente, nada deseo, pero mi mismo desinterés me autoriza á recomendar á mis correligionarios la más severa disciplina y la más estricta obediencia á los mandatos de nuestros jefes. ¡Señores! ¡viva el partido provincial! ¡Viva el Gobernador de la provincia!»

No insistiré en la ovación que se me hizo ni en las escenas que siguieron, dignas del mismo Pago Chico, no ya de Los Sunchos. Pero necesito decir que, al otro día, «La Época» proclamó que me había revelado orador brillantísimo, pensador profundo, y uno de los cerebros mejor dotados del país, que de mí debía esperar maravillas. Los demás «discursantes», que los hubo en gran número y á cual más ardoroso, se eclipsaron ante el astro nuevo, y en la «alta sociedad», así como en los modestos corrillos, alguien comenzó á hablar de Mauricio Gómez Herrera, como de un muchacho de gran porvenir, que se estaba malgastando en aquel rincón. Como con esto se tiraba á matar á los «prohombres» de que todo el mundo estaba harto, la apreciación cundió, especialmente desde que los diarios de la ciudad, á instancias del viejo Rivas, transcribieron los artículos y sueltos de «La Época», poniéndome por su cuenta en los cuernos de la luna.

Tomé con esto, involuntariamente, un aire misterioso, y de la noche á la mañana me hice un hombre grave, más grave quizá de lo que conviniese para no dejar traslucir mi secreto. Había adquirido enorme importancia, y una de las manifestaciones exteriores de ello era que las principales familias hallaban modo de invitarme á sus tertulias, á almorzar, á comer, cosa que antes ocurría muy de vez en cuando. Yo no paraba un momento en casa, con gran pena de mamita que, si hasta entonces sólo me veía á las horas de comer, desde entonces ya no me vió á ninguna hora, si no es por las mañanas, mientras dormía... Aprendí con esto los rudimentos de la vida social (¡en Los Sunchos!) que tanto debía cultivar más tarde. Había sido un oso; pero las mujeres son tan amables, cuando quieren, que me sorprendí de no haber frecuentado más la sociedad... No; aventuras no tuve. Me faltaba atrevimiento, y, por otra parte, la bendita chismografía y el santo espionaje de los pueblos pequeños, como una especie de cinturón de honestidad, hacen á las mujeres recatadas y hasta virtuosas, mientras no interviene la verdadera pasión.

En fin, cuando se lanzó mi candidatura, ungida por el mismo Gobierno, pocos días antes de las elecciones, mi designación sorprendió á muy poca gente: estaba en el aire, sembrada esporádicamente por don Higinio, de la Espada y los demás amigos. La única persona que se sorprendió y se asustó fué mamita. En cuanto supo mi proclamación, aceptada sin objeciones, con la mayor disciplina, impulsada por su misticismo iconólatra, empezó á encender velas ante una imagen de Nuestra Señora de los Dolores, pero nunca quiso decirme si lo hacía para que saliera ó no saliera diputado... Sospecho lo último.

La elección fué canónica, porque en Los Sunchos, como en todas partes, las urnas estaban vedadas á los opositores que, desde tiempo inmemorial se limitaban á protestar las elecciones ante escribano público, sin más resultado que dejar un documento para la historia que probablemente no lo utilizará jamás. Mauricio Gómez Herrera resultó diputado, como se proclamó aquella misma noche, calurosa y clara, de un domingo de marzo, entre los estampidos de las bombas de estruendo y los paso-dobles de la charanga municipal. En el comité hubo fiesta que se continuó en el club, donde se destaparon algunas botellas de champaña é innumerables de cerveza. Yo tuve que brindar con todo el mundo y con todos los líquidos.

Muy tarde, casi á la madrugada, me vi por fin libre de las amables impertinencias del triunfo. Muchos me acompañaron hasta la puerta de la casa, pero, adentro ya, no sé por qué se me ocurrió que Teresa estaría en la huerta, pese á la hora intempestiva, como una esposa abnegada que aguarda al marido calavera. Y, en la satisfacción de la victoria, que ablanda los corazones, quise que, en tal caso, la tonta fuera feliz. Esperé á que mis acompañantes, que cantaban entusiasmados, estuvieran lejos, atravesé la calle y entré en la huerta, casi seguro de no encontrar á nadie, aunque esto hubiera lastimado hondamente mi amor propio... Pero allí estaba la muchacha, agitada y nerviosa.

—Ya creí que no vendríaz—me dijo con su voz cantante.—El zeñor diputado ze hace decear... Tenéz razón... ¡Lo único que ziento ez que ahora te me iraz!...

—Me iré... Me iré; pero volveré á cada rato. ¡Estamos tan cerca de la ciudad!

Me había echado los brazos al cuello y se empinaba para, en medio de la obscuridad, ver y hacerme ver, en mis ojos y en los suyos, el reflejo de las estrellas que poblaban el cielo, titilantes é innumerables.

—¿Vendraz á menudo?—preguntó, mimosa.

—Cuantas veces pueda.

—¡Sí! Ez preciso que vengaz—y recalcó exageradamente el «es preciso».—No zé todavía... Pero me parece que tengo que decirte... una coza...

Me dió un calofrío, tanto temor y tanta alegría vibraban á la vez en sus palabras. ¿Sería?...

Pero la insólita entrevista no se prolongó, ni era posible que se prolongara, porque ya comenzaba á amanecer.

Como si se hubiera puesto de acuerdo con Teresa para darme mala espina, de la Espada, en medio de las embriagadoras congratulaciones del día siguiente, en un momento en que nos quedamos solos, me dijo con una cómica solemnidad que era exclusivamente suya:

—Mira, chico, yo no quiero meterme en danza; pero debo decirte una cosa. Se está hablando demasiado de tus relaciones con Teresita. Ya te han visto entrar muchas veces en su casa, entre otras anoche mismo, y el «comadreo» es tremendo y va á ser terrible. Yo no sé, tanto se habla, cómo don Higinio no ha caído en cuenta todavía... será porque es el más interesado. Pero no te fíes. Mira de quién se trata y ándate con tiento, si es que no te propones lo mejor, que sería... santificar las fiestas. Don Higinio no es de los que se llevan de las narices, y puede darte qué sentir.

La misma perplejidad en que me hallaba me permitió contestar en broma al «galleguito», negando toda importancia al problema que, sin embargo, era trascendental y me preocupaba hondamente, hasta imponerme la obsesión de esta pregunta: «¿Será?»...

Era. Noches después, Teresa me reveló el, para ella, terrible y encantador secreto.

—Tenemos que casarnos pronto, muy pronto, queridito—me dijo, acariciándome las mejillas con las palmas de las manos.—Ya no es posible esperar más, de veras... Después, sería un bochorno... ¡Y tatita! ¡Qué diría tatita! Sería capaz de matarme... Y yo... yo me moriría de vergüenza...

Rehuí toda respuesta comprometedora, puse de relieve, como dificultades, precisamente todas las facilidades del momento—tan propicio,—pero sin mala intención, aunque nadie lo crea, sin segunda intención ¡lo juro! sólo por instinto, como un ademán subconsciente que me defendiera de un peligro imprevisto, atávicamente revelado á no sé qué parte de mi ser. Y, dominada ó atontada por mi elocuencia, Teresa se tranquilizó, me abrazó, me besó, me hizo mil caricias, y, en la cesión completa de su cuerpo y de su alma, hasta prometió no decir nada á don Higinio, mientras yo no se lo mandase.

Una vez á solas, me di cuenta del atolladero en que me había metido. ¡Qué á punto venían las insinuaciones de de la Espada! Si hubiera hablado meses atrás... Pero, como dicen las comadres: «Después del niño ahogado... ¡María, tapa el pozo!»... ¡Bah! Todavía nadie se ha muerto de eso. En el peor de los casos, no tendré de qué quejarme. Pero...

La verdad, la verdad es que preferiría no casarme, porque aquella muchacha carecía de atractivos, ó si los tenía eran menores cada vez. Teresa no me interesaba, ó me interesaba poco, ya sin prestigio ni misterio, con sus grandes ojos de ternera conmovida, su cutis de magnolia, su ceceo infantil, su candor de paisanita.

Eso está bueno para pasar un rato ¡pero toda la vida!...

XVI

En la ciudad, alcancé un éxito que no me esperaba. Muchos de los antiguos condiscípulos que me perseguían en el Colegio, y que todavía no habían logrado hacerse una posición, ni terminar una carrera, fueron á visitarme en el Hotel de la Paz, y me colmaron de felicitaciones, lisonjas y bajezas, tras de las cuales solía transparentarse la envidia, una envidia rayana en odio. Éste fué el prefacio de una larga serie de otras visitas y de invitaciones á fiestas, comidas, tertulias, bailes, en que siempre era yo el niño mimado por excelencia. Todo el mundo veía despuntar en mí un astro nuevo, un hombre predestinado por la fortuna para ocupar las más elevadas posiciones, porque nadie quería creer en mi mérito excepcional ni en los servicios que pudiera haber prestado al país, considerándome, sólo, como una criatura nacida de pie. Y una tarde, ¿á quién se dirá que me veo aparecer en el cuarto que me servía de sala de recibo? ¡Pues, á don Claudio Zapata, en cuerpo y alma! Pero esto sería bien poco, si tras él no hubiera asomado la soldadesca figura de misia Gertrudis, con sus alforjas al pecho, y su enorme masa de cabellos castaños que parecía aplastarle y derretirle la cara, llena de grandes arrugas reunidas en la antigua papada, que ya no era sino una especie de vejiga vacía.

—¡Oh! ¡don Claudio! ¡Oh! ¡misia Gertrudis!—exclamé sin poder contener la risa.—¡Cuánto bueno por acá!

—Hemos venido—dijo ceremoniosamente don Claudio, interpretando mi hilaridad como manifestación de cariño,—hemos venido, seguros de que no habrás olvidado á los que te sirvieron de padres, á los que, educándote, algo severamente, es cierto, te prepararon por eso mismo para la posición que hoy ocupas.

—¡Oh, don Claudio! ¡y cómo me he de olvidar!

—Eras un muchacho travieso, muy travieso, pero se veía claro que harías camino—agregó misia Gertrudis.—Siempre se lo he dicho á Claudio y á tu tata, que esté en gloria. ¡Pobre don Fernando! ¡Quién había de decir! Todavía tengo su última carta, y la guardo como oro en paño. ¡Nos afligió tanto su muerte!... Aquí le hemos hecho decir unas misas...

Á pesar de los recuerdos que evocaban estas frases, la risa me retozaba pensando en las trenzas y en la cara que habría puesto al no encontrarlas. Pero, dominándome, dije:

—¡Pues me siento muy honrado con la visita de ustedes! ¡Qué recuerdos, eh!... ¡Vaya con don Claudio! ¡Vaya con misia Gertrudis! ¡Y qué bien están los dos! Pero háganme el favor de sentarse y digan si en algo puedo servirlos... Y ante todo, tomarán un matecito.

El mate comenzó á circular. Yo estaba seguro de que llevaban un propósito interesado, y entre sorbo y sorbo, vencida al parecer por mis reiteradas instancias, doña Gertrudis consintió, al fin, en decirme cómo podía pagarles el honor de aquella visita y la refinada educación que me habían dado: Los tiempos estaban malos; sin sufrir miseria, lo que se llama miseria, no estaban, tampoco, en la abundancia ni mucho menos. Don Claudio había prestado, en diversas ocasiones, grandes servicios al Gobierno, y muchos personajes, entre ellos tatita, le habían prometido hacer algo por él; promesas que se había llevado el viento y que sólo mi padre hubiera cumplido, á no morir de tan trágica manera... Muerto él, á mí, su hijo y el hijo adoptivo, ó poco menos, de los Zapata, me tocaba esa herencia. Don Claudio era muy modesto—¡demasiado modesto, por eso lo dejaban en un rincón!—y se contentaría con una insignificancia cualquiera. Bastaría, por ejemplo, con que yo, diputado influyente á quien el Gobierno no podía negar nada, lo hiciera nombrar juez de paz de su parroquia. El puesto estaba vacante.

—¡Pero, señora!—objeté por hacerla hablar, —en primer lugar, todavía no soy diputado, porque las elecciones no han sido aprobadas.

—¡Oh! ¡eso es una simple formalidad!

—No tan simple... En segundo, no sé si tengo ó no tengo influencia con el Gobierno, porque todavía no lo he tanteado...

—¡Bah! ¡Eso está visto! ¡Un Gómez Herrera!

—Y en tercero, don Claudio no remediaría nada, pero absolutamente nada, con el puesto. Las funciones de juez de paz son gratuitas.

Mísia Gertrudis me miró como si quisiera devorarme, y lentamente, meditando para no decir las atrocidades que pensaba, replicó:

—¡No le hace!... Claro que el puesto en sí no ha de darle un real... Claudio no es de ésos que aprovechan, ¿no es verdad, Claudio? y son capaces de quitarles hasta la camisa á los pobres que tienen una demanda... Pero, como juez de paz tendrá otra espectabilidad, podrá hacer muchos servicios, y esto le facilitará alguno que otro negocio que nos saque de apuros.

La escena me divirtió tanto que prometí darles lo que me pedían en cuanto me fuera posible, si llegaba á tener influencia en el Gobierno. Y, como quien hace una diablura, meses después di á don Claudio el nombramiento de juez de paz para gozar con sus sentencias salomónicas ó sanchescas, y con sus coimas inverosímiles. Adelantaré aquí, aprovechando la oportunidad, que se hacía pagar por todo el mundo, por el demandante y el demandado, por el condenado y por el absuelto, y esta igualdad ante la ley es la mejor prueba posible de su ecuánime imparcialidad.

No fué tan grato mi primer encuentro con Pedro Vázquez, estudiante entonces de derecho en la Facultad de una provincia vecina, y que había ido á la ciudad de paseo. Como todos los demás, me felicitó por mi rápida carrera, pero con cierto aire burlón, que yo tomé por crítica ó protesta muda.

—¿Quisieras verte en mi lugar, eh?—le dije, enfadado, con tono de superioridad hiriente, significándole que debía tener su poco de envidia.

—¿Yo? No creas. ¡Te va á costar tanto trabajo mantenerte á la altura de tu puesto!... Yo no aceptaría por nada, á nuestra edad, un cargo tan lleno de responsabilidades... ¡Hacer buenas leyes y gobernar bien al pueblo! No; es una tarea inmensa, un sacrificio enorme. Solón ha dicho...

—¡No me importa lo que diga Solón, señor estudiante!—interrumpí, rabiando por la solapada y sangrienta ironía que creí ver en sus palabras.—¿Acaso los demás diputados se preocupan de semejantes tonterías? ¡«Sos» un pavo que nunca sabrás vivir, y no te das cuenta de nada! No todos han de proyectar las leyes desde el primer momento, y cualquiera, con un poco de sentido común, puede saber si son buenas ó malas las que se le presenten...

—¡Oh! Ese papel está bueno para los burros que no tienen decoro ni aspiraciones, no para un muchacho como tú, inteligente y de corazón, que puedes ser más tarde muy útil á tu tierra. No, Mauricio, no te envidio, por ahora. Hay que prepararse mucho para tareas así, y yo no estoy preparado; apenas si empiezo á aprender... Dentro de algunos años no digo que no. Pero, ahora, lo principal es estudiar.

—Sí, las cosas viejas de los libros viejos, las antiguallas del tiempo de Mari-Castaña. ¡Vaya una sabiduría!

—De lo viejo ha salido lo nuevo. Lee el Espíritu de las leyes de Montesquieu y verás.

—En fin, Vázquez, no estamos de acuerdo.

Esto lo dije con blandura, convencido de que no llevaba mala intención, esforzándome por ser afectuoso, pero con ganas de darle unos sacudones por burlón si se reía de mí, por tonto si hablaba en serio. Cuando nos separamos me fuí, sin embargo, rumiando lo que había dicho, prometiéndome leer á Montesquieu, y confesándome que sabía muy poco para legislador, aunque no mucho menos que la mayoría de mis colegas.

La ciudad se me presentaba completamente distinta de la otra vez, y mi individualidad no había sufrido las antiguas torturas al verse empequeñecida, suprimida casi. Muy al contrario, mi yo se agigantaba, pues ocupando, relativamente, el mismo lugar que en mi pueblo, el escenario más complejo y vasto me daba mucha mayor significación, para mí mismo y para los demás. El trasplante me favorecía esta vez, enriqueciéndome y vigorizándome. Había ganado en todo, hasta en lo que á sensualismo y diversiones se refiere. Las costumbres eran allí más fáciles que en Los Sunchos—hablo de la gente de cierta posición,—y no dejé de aprovechar esta circunstancia. El éxito es una aureola que deslumbra á muchas mujeres, y mi brillante aparición en la escena política, á una edad en que otros no se han puesto, casi puede decirse, los primeros pantalones largos, me hizo el niño mimado de las damas. Algunas me concedieron amables entrevistas matinales ó á la hora de la siesta, momentos propicios si los hay, porque generalmente los maridos sólo temen la infidelidad nocturna... ¡Cuánto gracioso impudor en algunas que, para el cónyuge serían, sin duda, de una desesperante mojigatería!... Pero no se exagere el alcance de estos párrafos. Más que inmoralidad, más que licencia en las costumbres, debe verse en todo aquello una simple exteriorización de primitiva ingenuidad, una especie de regresión al estado natural, coadyuvada, si no fomentada, por la completa remisión de los pecados, en la que nadie dejaba de creer. Y si lo cuento es, sólo, porque estas aventuras pasajeras ahuyentaban cada día más de mi cerebro la idea del matrimonio, mientras me alejaban, también, de Teresa, un poco por temor, un mucho por desdén que las comparaciones me inspiraban. Sin una pasión que ciegue, el matrimonio es un disparate, sobre todo en la primera juventud; con la pasión que ciega, es una locura en todo tiempo. Se me dirá que los hijos imponen el matrimonio, pero esto, en la actualidad, es un craso error, aunque antiguamente pudiera resultar exacto. Los hijos toman la vida como viene, y suelen tener mejores ejemplos en una unión libre, desligable á la primera falta, que en un hogar legítimo donde, al cabo de algunos años, marido y mujer no pueden aguantarse y tienen que aguantarse aunque se desprecien y se odien, cosa que disimularán á los extraños, á los mismos amigos, pero que resultará siempre evidente para los hijos... Pero no era mi intención meterme en estas honduras, sino sencillamente, decir que cada día me afirmaba más en el propósito de no casarme con Teresa—sobre todo con Teresa,—porque, ¿cómo arrostrar á sabiendas los peligros que veía ejemplarizados á mi alrededor, el infortunio, el ridículo, quizás ambos á la vez, sin una gran compensación?

Entretanto me preocupaba y me urgía la aprobación de mi diploma, pues no creería en mi buena suerte mientras no me viera en mi banca de diputado. É interrogaba á todo el mundo, con aire indiferente, si á su juicio se presentarían ó no dificultades.

—¡Qué se han de presentar! Su diploma es como una carta en un buzón.

No decían en el Correo, porque el correo era entonces una verdadera calamidad.

Asistía como interesado espectador á las sesiones preparatorias de la Legislatura, mucho más divertidas que el resto de la monótona vida provinciana—salvo los amoríos, los bailes y las francachelas,—y me paseaba en antesalas, trabando relación con mis colegas futuros. Allí se tomaba mate interminablemente, y se hablaba de política, de chismografía social, mezclado esto con las viejas anécdotas de que somos tan golosos los provincianos.

El «recinto» de la Cámara era, en una casa vieja de pretencioso frontispicio Renacimiento, un salón cuadrado, disfrazado de anfiteatro mediante unas barandillas de madera que dejaban á disposición de la barra el fondo y los rincones, llenos de largos escaños. Las «bancas» ó asientos de los padres conscriptos eran una especie de pupitres de escuela, colocados en tres filas semicirculares y decrecientes, las mayores á lo largo de la barandilla, las menores, naturalmente, en el centro, dejando en medio un espacio vacío. En el testero del salón, sobre la larga mesa de la presidencia, el gran retrato al óleo de un prócer de la provincia. ¡Qué majestuosa me pareció aquella sala la primera vez que entré en ella, con el pecho algo oprimido, como quien penetra en un antro misterioso! ¡Y con qué religiosa atención escuché lo que se decía, pagando la chapetonada y conquistando así el derecho de no hacerlo más tarde!

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