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Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

SEGUNDA PARTE (continued 2)

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Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.

Estuve por decirla:

—Pero, ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que quizá en este momento la hace alejarse de mí?

No se lo dije. Sólo acerté á esto:

—Me trata de un modo que me da pena, María. Como á un amigo, sí; pero no como á un amigo que puede aspirar á más, sino como á una simple «relación», como á un «conocido» que pasa y se olvida.

—¡No soy de amistad tan fácil!—replicó sonriendo, siempre fría.

—¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí!—exclamé, pensando en Vázquez.

Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.

—Todos—contestó.

—¿En estos días?—inquirí, casi colérico.

—No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un momento, que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!

No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada, nada, ni aún de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen ¿cabe, al propio tiempo, el amor?

Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí desconcertado y molesto.

—No la entiendo, de veras—dije con displicencia.—Ya me ve usted, sujeto á todas sus voluntades, visitándola día á día, no pensando sino en usted.

—Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada á pensar y á juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo, como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... las relaciones.

Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un modo decisivo:

—¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...

Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...

—Pero ¿cómo quiere—agregué, más seguro de mí mismo,—que de la noche á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas diversiones—muy inocentes, por otra parte,—si no veo más ó menos cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro...

—¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?

—Decirme que me quiere.

—Hágase usted querer—dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.

Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado, adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí, y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con variantes «el desdén con el desdén»?

Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente, porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy: cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo» debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda costa. Y jugar conmigo es cosa seria.

Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos, pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil, porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la vida—exageradas por lo unilaterales,—que no ha escrito el más negro de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo, ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía, pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral, esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese.

Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca.

—¿Cómo te va?

—¡Mal!—le repliqué.

—¿Qué te pasa?

—Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo muy mucho...

—¿El Gobernador?

—¡No te hagas el tonto!

Encogióse de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:

—¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas á muchas personas y, lo que es más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes á mí, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como decían nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente, porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés seguro del éxito, é impulsado á ello por las circunstancias. ¡Oh, tú harás siempre lo que quieras!...

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va á la juguetería con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo é indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...

—¿Y tú?—dije, no sin ironía.

—Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...

¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!... Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo, sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello, y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto principal.

—¡Hablemos claro! ¿María Blanco?

—Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...

Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí la mano, y le dije:

—«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.

—¡Ni quiero!—contestó.

Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio, pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua, monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar? ¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...

IX

La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino cazando.

Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador de una filosofía sui generis, empíricamente materialista—pese á mi confesión cuando el duelo,—y en cierto modo antisténica, lo que me permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que, por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando. Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que, desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre desenvuelto y cortado:

—Corren las mentas de que se divierte, Herrera.

—¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.

—¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo... Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente... Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear, como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin, un rato de vida es vida...

—¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?—le pregunté, por tirarle de la lengua.

—¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me convida, entonces?

—¡Cómo no! Cuando usted quiera...

Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia Carmen, quizá.

Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y, á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective, pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario, á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero adopté siempre sistemas menos primitivos...

Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo único»—recuerdo á Ibsen,—me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me iba convenciendo cada vez más—por autosugestión,—de que era falso. Y un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles, tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.

Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos, comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia, todo cuanto se me vino á la boca.

Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró tiernamente y me dijo:

—¿Está tan enojado... de veras?

Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de pronto.

—No estoy enojado—contesté con calma relativa.—Es mi modo de hablar.

—¡Ah!

Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:

—Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero anda demasiado aprisa y me trata mal.

—¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?

—¿Su mujer?

Y después de otra pausa, contestó:

—Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor: La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.

—¿Tantas ha dado?

—Alg...unas...

—¿Con Vázquez?

Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.

—Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde, cuándo, ni cómo, ni por qué?—dijo amargamente.

—¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...

—¿Qué?

—Que nos casáramos... cuando usted quisiera.

—¿Dentro de un año?—preguntó, sonriendo como entre nublados.

—¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de un año?

—Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.

—¡Yo!

—Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!

—Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...

—No, Mauricio—interrumpió.— Éstas son cuestiones más serias de lo que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa esperar, si luego no hay que discutir?...

Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.

De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno, mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras; hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado, tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.

—Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo, y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.

—Sí, sí; ya sé: la de Blanco.

—¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así, en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?

—Sí; eso cambia...

—Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan. Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser electo diputado—agregué, repitiendo un viejo argumento.

—Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...

—¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso, ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más, Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?

Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa sólo podía interpretar la frase de este modo:

—Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...

—Váyase tranquilo—murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...

X

Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite, pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.

Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un principio—cuando el duelo con Vinuesca,—y pude convencerme después de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino? Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión, conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español, y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades! Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más que si pasara inadvertida.

Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas, hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.

Yo los había visitado de vez en cuando para oir, como se sabe, de boca del mismo autor, la narración de alguna de las sentencias notables de Zapata, de modo que, cuando me mostré más asiduo, no llamé la atención de nadie. De este modo estreché relaciones que más tarde habían de serme utilísimas, con el buen padre fray Pedro Arosa, mi antiguo conocido, franciscano regordete y jovial que era entonces el «pico de oro» de la provincia, con el cura Ferreira, largo, flaco, triste y silencioso, y con otros sacerdotes de mayor ó menor cuantía. Reservado en un principio, demostréles el mayor respeto, no exento de dignidad, escuché sus opiniones, se las pedí á veces, y me permití discutirlas con la mayor reverencia, cuidando de darme por vencido y convencido al fin. Esta táctica me conquistó del todo sus voluntades, tanto más cuanto que no veían, ó aparentaban no ver, dónde iba yo á parar. Mi plan era tan sencillo, tan instintivo, que yo mismo no hubiera acertado á explicarlo, sino como una simple tontería. Había visto una fuerza que podía serme útil y me colocaba en situación tal que pudiera servirme en un momento dado. Otros correligionarios no lo pensaron, ¡tanto peor para ellos!

En el curso de mi vida me han llamado «aprovechador de circunstancias». Lo cierto es, por una parte—ya lo saben ustedes,—que no las he desdeñado nunca, y por otra que á veces he solido verlas venir desde muy lejos, y nunca he reñido con ellas antes de tiempo. ¡Aprovechar las circunstancias! ¡Pero si eso es, sólo, saber vivir la vida! ¡Vislumbrar las que han de producirse! ¡Pero si eso es tener talento político! ¿Qué han hecho los «reformadores», los «creadores de circunstancias», en nuestro país y en todas partes, sino ir á la inmolación ó ponerse sencillamente en ridículo?...

Fray Pedro Arosa, el más inteligente de la tertulia, quiso saber á qué atenerse respecto de mí, y un día me sometió á un amable interrogatorio, como si hablara de cosas indiferentes.

—Muchos hay—me dijo,—que no creen ciegamente en los sagrados misterios de nuestra religión, pero que tampoco se atreven á negarlos y les tributan el más profundo respeto. Esperan el «estado de gracia» que, dada su situación, no puede tardar en llegarles. Entretanto, se sienten desgraciados—así debe decirse,—porque les falta la inefable satisfacción de todos los momentos que sólo puede darles la fe.

Pisé el palito, contestando distraído que yo me hallaba precisamente en esa situación, que quería creer, pero que no podía librarme de toda duda. Veneraba la iglesia—había dado pruebas de ello,—pero se me hacía difícil admitir todo su credo, probablemente porque no me hallaba en el susodicho «estado de gracia».

¿Por qué no frecuenta más los sacramentos?—preguntó campechanamente el padre Arosa.

—¿Cómo dice, padre?

—¿Por qué no se confiesa y comulga más á menudo? Cuando se está con un pie dentro y otro fuera de nuestra santa religión, hay que hacer un esfuerzo. El estado de gracia viene de lo alto, repentinamente, como á San Pablo en el camino de Damasco, pero también puede obtenerse, mediante la oración y las prácticas religiosas. La fe, la convicción, se logra con la voluntad de la evidencia, y trae consigo innumerables satisfacciones, morales y materiales. ¿Qué gana usted con su indiferentismo? No servir ni para Dios ni para el diablo, como dicen los paisanos, con este aditamento: que el que no está con Dios está contra él.

—¡Santas palabras!—exclamó misia Gertrudis.—¡Con razón le dicen «pico de oro», padre! Ni fray Marcolino hubiera hablado mejor. Pero este Mauricio ha sido siempre algo hereje, y no se dejará convencer hasta que no vea cerca su última hora.

—¿Por qué dice eso, misia Gertrudis? He hecho como todo el mundo, pero eso no quiere decir que sea un hereje.

—No. No es el caso—repuso fray Pedro.—La herejía es otra cosa muy distinta, como es distinta la incredulidad. Aquí estamos frente á un acabado ejemplo de indiferentismo. Frecuente los sacramentos y ese estado enfermizo de su alma irá cediendo poco á poco ó rápidamente, ¡quién lo sabe! á la celestial medicina.

—Lo haré, padre, y quiero creer que esa medicina, como usted la llama, me traerá la paz y la felicidad.

—Así en la tierra como en el cielo; no lo dude usted, hijo mío. Dios premia á sus servidores, sin contar, como padre generoso y amante.

Pocas noches después fuí á visitarlo al convento, y me confesé con él. París vale bien una misa. Por otra parte, la confesión no me repugnaba, desde que el padre Arosa estaba ya muy al corriente de mi vida. En efecto, nada de lo nuevo que le conté le sorprendió, quizá porque ya lo sabía, quizá porque en su carrera de confesor había oído cosas mucho más gordas que mis travesuras. Temí un momento, como en mi primera confesión, que me ordenara casarme con Teresa, pero no lo hizo, sin duda convencido de que un matrimonio sin amor no sería más que un semillero de pecados mortales. Lo único que me recomendó fué que huyera de las tentaciones, pues la ocasión es el arma por excelencia del demonio...

—Debes frecuentar la iglesia, tener piadosas conversaciones, dedicarte á la oración, leer libros que eleven tu espíritu. No quiero decirte que te hagas un anacoreta, ni un místico, no. También ha habido santos en la sociedad, y la alegría y los placeres lícitos no dañan al buen cristiano. La religión necesita servidores en el mundo, no sólo en la iglesia. Reza el Confiteor y ve en paz. Ego te absolvo, in nómine...

La noticia de mi definitiva conversión se divulgó rápidamente de sacristía en sacristía y de convento en convento, y no tardó en trascender hasta el público. Muchos liberales la creyeron cuento, y no le atribuyeron importancia alguna. Y cuando el hecho se confirmó, ya todo el mundo estaba acostumbrado á él.

Mi temible enemigo era, pues, mi aliado. El camino á la diputación nacional quedaba abierto y sin obstáculos.

XI

Aunque lo esperaba de un momento á otro, no supe sino algo más tarde que el partido católico de la provincia apoyaría indirectamente mi candidatura. Digo indirectamente, y voy á explicar por qué. Desde mucho tiempo atrás, la oposición no se presentaba á las elecciones ó salía afrentosamente derrotada apenas trataba de dar señales de vida. Con las mesas totalmente gobiernistas, la policía nuestra, los jueces nuestros, sin grandes gastos de movilización de gente, el triunfo nos pertenecía sin disputa: bastaba con que los escrutadores copiaran los registros durante un par de horas. Pero si la oposición propiamente dicha no tenía ingerencia alguna en la elección, el partido católico en particular era influyente, sobre todo antes de la elección, es decir, en la designación de candidatos. En el partido del Gobierno, así como en los demás, había muchos de sus miembros, gente por lo general rica y conservadora, de elevada posición social, y cuyos consejos se escuchaban siempre y se seguían á menudo. La opinión de éstos en cuanto á hombres y cosas, se consideraba el exponente de lo que el pueblo podía tolerar. Algo que provocara su violenta desaprobación, sería necesariamente inaguantable para los demás. Podían, pues, hacer con éxito la guerra á mi candidatura, antes de que saliera á luz, ya que no en los comicios. Esto lo temí siempre hasta una conversación que tuve con fray Pedro Arosa.

—¿Ha oído usted hablar—me preguntó una tarde,—de un proyecto de ley de divorcio que va á presentarse al Congreso, y que completaría la iniquidad de la ley de matrimonio civil? ¿Sabe usted si el Presidente está dispuesto á apoyarlo?

—No lo creo—repliqué.—El Presidente debe tener en la actualidad otras preocupaciones. En cuanto al proyecto, existe, pero lo considero un simple tanteo de la opinión, un preparativo para más tarde...

—¡Pues, ni como tanteo!—gritó el padre Arosa.—Los «tanteos» preparan las «realizaciones»... ¡Esos herejes, relapsos, merecerían un terrible castigo! ¡Es necesario que su tentativa fracase ruidosa, totalmente! Están minando el edificio de la Iglesia, el templo del Señor, que aplastará al país con sus ruinas. ¡El día que se acabe la religión, esta República habrá dejado de existir, será un pueblo muerto, abandonado de la mano de Dios! ¡El divorcio! ¿sabe usted lo que es el divorcio? ¡La disolución de la familia, la anarquía de la sociedad, el olvido de todas las tradiciones, el ateísmo en auge! La mujer, sin el freno del matrimonio, no irá á buscar consuelo y confortación en la iglesia, arrastrada como se verá por el torrente de una vida de aventuras, corriendo como irá tras de una felicidad terrena que se le ofrecerá engañosamente, en sustitución de la dicha celestial que es, hoy por hoy, la única que espera... ¡Hay que hacer que ese proyecto caiga de tal modo bajo la condenación general, que nadie se atreva, en muchos años, á volver á presentarlo!... ¡Vaya con el «tanteíto»!...

—Si llego á ir al Congreso, como espero, me dedicaré exclusivamente al triunfo de la buena causa, y el divorcio no tendrá enemigo más resuelto—dije con unción.

—¿Aunque el Presidente lo apoye?

—En cuestiones de conciencia, los partidos no tienen que entrometerse. Yo encontraré el medio de hacer que el Presidente deje á sus partidarios en plena libertad en esta cuestión.

—¡Es tan liberalote! ¡En su provincia se mostró siempre tan enemigo nuestro!

—Eran otros tiempos. Y, además, padre, tenía que propiciarse el pueblo bajo, en vista de la Presidencia... Ahora no querrá mezclar á la cuestión política una especie de guerra de religión, ni enajenarse la voluntad femenina, inclinada á él por el apogeo del lujo y la riqueza, por el brillo de una vida de holgura y diversiones... amén de otras cosas...

—Puede que eso sea verdad. En fin, ya que está usted animado de tan buenas intenciones, es preciso que vaya al Congreso. Allí hacen falta hombres como usted.

No oculté mi satisfacción. Fray Pedro, recobrando su bonhomía y regocijo acostumbrados, agregó, sonriente:

—¿No le parecería bueno hacer un viajecito á Buenos Aires? Yo creo muy útil que se vea con el Presidente y le hable de cómo recibiríamos el proyecto de divorcio. ¡Oh! ¡como simple informe, sin meterse en honduras! Tanto más cuanto que sería magnífico que el Presidente se mostrara favorable á su elección.

¡Gran consejo! Ungido por el Presidente, ni Correa ni nadie sería capaz de ponerse en mi camino.

—Iré esta misma semana—dije.—Cuente conmigo, padre.

—¡Dios te lo pagará!

Entretanto, María no había cambiado de actitud. Amable, afectuosa, me recibía como á un buen amigo, y sólo de vez en cuando pasaba—pronto reprimida,—una promesa por sus ojos. Y aquella misma tarde, cuando fuí á verla como de costumbre, me dijo con cierta gravedad:

—Ayer, incidentalmente, habló papá de que está usted muy religioso, ¿es cierto?

—No tengo por qué ocultarlo: he vuelto al seno de la Iglesia, como dicen los sacerdotes, María—contesté en tono de broma.

—¿No se enojará si le hago algunas preguntas, que han de parecerle indiscretas?

—¡Qué esperanza!

—Dígame, pues: ¿Usted cree, de veras, en todo lo que enseña la religión?

—Sí, creo—dije tanto más resueltamente cuanto que no quería dejarle ver mi vacilación.—¿Por qué me lo pregunta?

—Porque me parece bastante extraño. Muchas veces le he oído hablar con incredulidad y hasta con burla de más de un misterio, de más de un dogma.

—Extravíos de la juventud... Las malas lecturas... Uno vuelve siembre á sus primeras creencias, á lo que le enseñó la madre, cuando niño...

—¡Ah!

—Siempre queda, allá en el fondo, un resto de fe, que florece y fructifica en determinadas circunstancias. Ya sabe usted que quiero hacerme hombre serio, María.

—Sí, sí. Eso debe también ser un motivo... Pero ¿no se puede ser serio sin ser religioso? Papá no cree, por lo menos él lo dice, y, sin embargo, lo considero grave, bueno, honrado y puro... Me afligiría que cambiara de modo de pensar, sin una causa evidente y convincente...

—Lo que quiere decir que le desagradan mis ideas actuales, María. ¿Lo que quiere decir que usted tampoco cree?

—Yo creo... Yo creo... La verdad es que nunca, hasta hoy, me he puesto á examinar esa cuestión. Tomé sin discusión lo que me enseñaron, y todavía no estoy preparada para discutir. Los mandamientos de la Ley de Dios son justos y santos, esto me basta. Los considero la regla de conducirse bien en la vida, y me someto á ellos como á una disciplina salvadora... Pero, si llegara á dudar de los artículos de la fe, me parece tan difícil que volviera á creer en ellos de la noche á la mañana... ¡En fin! Estas cuestiones no son muy entretenidas que digamos. Dejémoslas, Herrera, que nada adelantamos con eso.

Mucho me sorprendió esta conversación, y la expresión de desgano y tristeza que vi en la cara de María. ¿La habría mordido «el demonio implacable de la duda»? ¿Desmerecía yo en su concepto con mi nueva actitud? ¡Imposible! La mujer es creyente en nuestro país, y recuerdo que cuando incidentalmente criticaba yo ó satirizaba la religión en su presencia, María me llamaba al orden, diciendo que no debía hacer burla de las «cosas respetables».

Pero ¿quién entiende á las mujeres? Cualquiera diría que aquella muchacha sospechaba de mi sinceridad, vislumbraba un sentido oculto y utilitario en mi conversión, y abrigaba temores respecto de mi carácter y mi conducta futura para con ella. Quise poner esto en claro y anunciándole mi próximo viaje á Buenos Aires, le dije que, según todas las probabilidades, sería electo diputado al Congreso.

—Ya lo sabía, y lo felicito, Herrera. En el Congreso puede hacer mucho por el país.

—Lo dice usted sin interés ni entusiasmo.

—¡Vaya! No es cosa tan del otro mundo. Ser diputado no significa nada... Es un buen empleo, nada más... Eso si no se halla manera de elevarlo hasta la altura de una misión, y de servirse de él como de una herramienta poderosa para hacer el bien.

—Así lo haría yo, si tuviera quien me confortara é inspirara. ¿Quiere usted ser mi apoyo y mi inspiradora?. ¿Quiere ser mi mujer en cuanto me elijan, y entrar del brazo conmigo en Buenos Aires?

Me miró con fijeza tranquila y severa.

—Ya se lo he dicho, Mauricio. Le contestaré dentro de un año. Quiero... quiero estar segura de mí misma... y de los demás.

—¡Me hace usted desesperar!—dije, tomando el sombrero.—¿Es su última palabra?

—¡No, pues! La última se la diré dentro de un año.

—¿Y será que no?

—Creo, espero lo contrario, Herrera—contestó con blandura, tendiéndome la mano.

¡Curiosa mujer! No me cabía duda de que me quisiera, pero diríase que en ella más podía la reflexión que el sentimiento. Había una lucha ardiente entre su corazón y su cabeza, y ésta era tan encarnizada que repercutía en su físico, adelgazándola, y en su moral, entristeciéndola. Nunca, en mi vida, he hallado otra mujer como aquélla, ni en las que conocí íntimamente, ni en las que pude observar en sus relaciones con los demás. ¡Qué diferencia con Teresa, por ejemplo! Toda confianza, toda ingenuidad, algo tonta, muy ignorante, la otra se daba entera, sin reticencia, sin reflexión, sin condiciones, como un ser primitivo que se deja llevar por los sentimientos, por las circunstancias. María, en cambio, pura y también candorosa á su modo, tenía, sin embargo, la intuición de no dejarse arrastrar por sus sensaciones é impresiones, estaba en guardia contra peligros desconocidos, quizá imaginarios, y me resultaba una criatura artificial, una especie de coqueta terrible, porque filosofaba y ponía en práctica su filosofía.

Sabia coquetería, en caso de serlo. Su actitud me ligaba cada vez más á ella, y mi voluntad iba violentamente á su conquista, por cualquier medio.

Esta situación se complicó, se hizo más vidriosa y desagradable, desde una visita de don Evaristo en mi despacho, análoga, pero, ¡qué diferente! á la del viejo Rivas.

—Mi querido Mauricio—díjome Blanco, afectuosamente,—debo hablarle de un asunto de importancia. Quizá le pueda molestar, pero le ruego que no tome á mal mis palabras, y que se ponga en mi lugar de padre, con imprescriptibles obligaciones.

—¡Hable usted con toda libertad, don Evaristo!—exclamé sin sospechar aún lo que me diría, aunque sabiendo de quién se trataba.

La vida tiene ironías inesperadas, que resultarían cómicas, si uno pudiese considerarlas desde afuera, con ánimo sereno. La escena con Blanco era más que una ironía, un sarcasmo. Iba á decirme que, como mi asiduidad en su casa se prolongaba demasiado y comprometía á su hija, era necesario que explicara mis intenciones, pidiera la mano de la niña ó me retirara, como cuadra á un caballero. Todo el mundo me consideraba novio de María, y algunos pretendientes serios se habían retirado, al verme en tal pie de intimidad. Él no tenía prisa en casar á María ¡muy al contrario! pero deseaba aclarar la situación y no verla en una posición anómala sin que ni él ni ella tuvieran la menor culpa.

Le dejé hablar con su calma sentenciosa de siempre, sabiendo que no le agradaba ser interrumpido. Puntualizó su discurso con esa minuciosidad provinciana y ese acento oratorio que es todavía atributo de algunos viejos chapados á la antigua y olvidados por la muerte. Cuando con una larga pausa y una mirada invitadora señaló que había terminado, repliqué, muy grave:

—Todo eso está muy bien, don Evaristo, tan bien que no vacilaría en pedirle ahora mismo la mano de María, considerándome muy honrado en obtenerla, pero... Pero es el caso que no puedo hacerlo, por ahora.

—¡Cómo así! ¿Por qué?—preguntó sobresaltado.

—Porque ella misma me lo impide. Le he pedido que nos casemos inmediatamente, sin pérdida de tiempo, pero á todas mis súplicas contesta que resolverá dentro de un año. Sin quitarme las esperanzas, no me las quiere confirmar tampoco...

—¡Es posible!... Pues no me doy cuenta de qué locura...

Y se interrumpió en seco, al comprender que iba á hablar mal de su hija, á penetrar con cierto impudor en su fuero interno de mujer, cayendo luego en honda meditación como si el inesperado problema lo dejara perplejo. Convencido, sin duda, de nuestro amor recíproco, no había querido interrogar á María, con ese exceso de pudor de ciertos padres criollos que, no dejando escapar ante sus hijas ni la menor palabra referente al «galanteo», digámoslo así, son más incapaces aún de someterlas á un interrogatorio siempre escabroso, por más tacto que se tenga.

Había respetado, pues, hasta el extremo, su reserva pudorosa, su candor que se imaginaría probablemente integral, cuando la nueva Rosina, lo mismo que su antepasada, manejaba sus asuntos sentimentales como una mujer hecha y derecha, experimentada en amorosas lides. ¡Que tanto puede el misterio!

—En ese caso—dijo por fin el viejo, llegando á una crisis de su meditación,—en ese caso doy por pedida la mano de María. Yo hablaré con ella, haré que me diga sí ó no, ó, por lo menos, sabré qué piensa...

—Creo que su intervención, don Evaristo, será inútil... y perdone. María me ha declarado que está resuelta á no acortar el plazo...

—¡Oh! estas muchachas... ¡Miren en qué situación me ha puesto!... Pero las cosas no pueden seguir así, hay que definirlas de una vez... En cuanto á usted, mi querido Mauricio, le ruego que no complique más el problema con tan frecuentes visitas. Nada se pierde con ello; al contrario, es posible que así se arreglen las cosas mucho más pronto...

Se fué el buen hombre, y yo me quedé riendo de rabia por la irónica comunicación, y ardiendo en deseos de asistir al coloquio revelador que iban á tener padre é hija. En la imposibilidad de escucharlo, traté de encontrarme al día siguiente con Blanco, lo que no era muy difícil, pues todas las tardes salía á caminar. Á mis preguntas, contestó evasivamente, con aparente franqueza:

—Dice que los dos son muy jóvenes todavía. Que tienen tiempo de casarse. Que quiere conocerlo más, para no lamentar después una equivocación...

Hoy me alegro infinito de estas reticencias y dudas de María. La mujer debe entregarse sin condiciones al marido, y no someterlo eternamente á la crítica, porque de otro modo ni él ni ella podrán nunca ser felices. Este debía ser el fondo del pensamiento de Vázquez, al decir que no quería conquistar á una mujer «convenciéndola», sino «enamorándola». Pero entonces, mis sentimientos llegaron á exagerar todos sus caracteres apasionados ya, y me pareció imposible vivir sin María, no vencer ese primer obstáculo opuesto á la realización de mi voluntad, hasta entonces siempre vencedora.

Ajustándome, pues, á los deseos manifestados por don Evaristo, y siguiendo una táctica que aún me parecía eficaz, pese á su fracaso anterior, no fuí á ver á María, sino el día antes de marcharme á Buenos Aires. Estuve pocos minutos y me despedí, diciendo:

—Espero que á mi vuelta de la capital habrá variado de idea; mi vida está devorada por la impaciencia y resulta intolerable.

—¿Por qué impacientarse, Herrera, deseando iniciar una cosa que, si empezara, tendría luego que durar toda la vida? Es usted muy arrebatado.

—Y usted demasiado indiferente. Adiós, María.

XII

La capital me atraía poderosamente, por su vida más amplia y más libre, su movimiento, sus diversiones, su buen humor aparente que contrasta con la amodorrada gravedad provinciana, pero nunca produjo en mí tanto efecto de atracción como aquella vez, sin duda porque ya vislumbraba próxima la hora en que emprendería su conquista. Pisé sus aceras con paso firme, de propietario, y me sentí más familiarizado que nunca con aquel torbellino que en un principio me mareara, desconcertándome. Una nueva vida parecía empezar para mí, excitando mi orgullo, y con la frente alta, miraba la ciudad como cosa mía.

—¿Soy provinciano?—me preguntaba, recorriendo aquellas calles animadas que diez ó veinte años más tarde iban á convertirse en tumultuosas.—¿Y ese epíteto de provinciano significaría que esto no me pertenece como al mejor entre los mejores? ¡Bah! ésas son tonterías que sólo sirven para alimentar la conversación de los fogones y las salas de aldea. Aunque no tuviera antepasados porteños, en cuanto me pasara el primer mareo de la multitud, me encontraría en casa, como todos los del interior que han triunfado, y que sólo utilitariamente mantuvieron el antagonismo tradicional. ¿Qué es lo «porteño», sino la suma de los mejores esfuerzos de todo el país? ¡Vamos! desde el ochenta, más gozan de Buenos Aires los provincianos que los bonaerenses, como gozan menos de París los parisienses que los forasteros. Buenos Aires es una resultancia, y yo la quiero, y todos debemos quererla, hasta por egoísmo, porque todos colaboramos ó hemos colaborado en la tarea de su realización. ¡Una capital con la quinta parte de la población de un país que es un mundo, capital que, sin embargo, vive en la abundancia, en el lujo, en la esplendidez! ¡Qué ciudad, qué país, qué maravilla!... Quererla mal es renegar de la propia obra, es no saber lo que estamos haciendo...

La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el mismo recuerdo de María se esfumaba como algo que comenzara á ser remoto. El grande hombre del interior iba á ser grande hombre de la capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el curso natural de las cosas... Pero ¿y si el Presidente?... ¡No! no había nada que temer: me daría su confirmación, pues le constaba que lo había servido y lo serviría incondicionalmente, mientras ocupara el Poder. Después, no podía forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbaría en cualquier rincón, como él mismo había hecho con su antecesor, como lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes. Lo importante para él era contar durante su período, con hombres probados, y prepararse á volver en las mejores condiciones posibles á la vida privada... Pero, ¿no sería peligroso hablarle de lo que me había encargado fray Pedro? ¿no consideraría aquello como una falta de disciplina? ¿Qué pensaba del divorcio? ¿deseaba implantarlo realmente? ¡Bah! todo es cuestión de tantear el terreno con destreza y no precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una medida tan radical no es de su temperamento...

Fuí á verlo en su casa particular al día siguiente, y en cuanto hice pasar mi tarjeta me recibió. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con cierto dejo provinciano que no carecía de gracia, y accionaba con viveza, cuando decía algo interesante, acentuando entonces más las sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán resuelto y franco, me hizo sentar junto á él en un sofá, y entró inmediatamente en materia, preguntándome—cual si ésta fuera una «Guía de la Conversación» de los presidentes,—cómo andaban las cosas en mi provincia y cómo se presentarían las próximas elecciones nacionales.

Exageré la paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad del pueblo á su Gobierno, la riqueza que fluía de todas partes, la floreciente situación de los bancos, el progreso que avanzaba vertiginosamente. En cuanto á las elecciones, procurarían un nuevo triunfo á nuestro partido, del que él era tan digno jefe, aunque entre los candidatos hubiera alguno ó algunos de escaso mérito.

—¿Por ejemplo, cuál?—me preguntó extrañado.

—Por ejemplo, éste su servidor, Presidente—dije, mirándole al soslayo, para sorprender la impresión que le causaba.

Se echó á reir.

—¡Vaya una modestia, amigo!—me contestó.—Usted hará muy buen papel en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se puede contar.

—¡Oh, en cuanto á eso!...

—Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador Correa?

Inicióse, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole detalles de todo género, haciendo retratos más ó menos parecidos de mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro. Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.

—Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales—exclamó con un ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado.—¡Nunca se ha visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ría de mí.

—¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo, no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del Gobierno...

—Eso es lo que se hará, precisamente... No tengo interés mayor en la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprenderán que sólo yo puedo desvanecerla ó alejarla indefinidamente.

—¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?

—Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo estreno para usted.

Salí radiante de alegría, y corrí al hotel á escribir á Correa, á los amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado. Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había pasado de acuerdo con nuestros deseos, y á de la Espada, pidiéndole que lanzara abiertamente mi candidatura en Los Tiempos, sin esperar á que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!

Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro á una tertulia, de una visita á un paseo, de un club á alguna libre y amena reunión femenina, derrochando el dinero como sólo se ha derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte vino á interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse diez ó quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde que todo el edificio, cimentado en el crédito, pero que se hubiera consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche á la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, á despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.

Cuando volví á mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban día á día, y no tardarían en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, ó, por lo menos, así lo creía yo.

Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado dinero de los bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en el Nacional, unas veces con mi firma—las menos,—otras con las de algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo, no corrían riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello no hacía daño á nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular, aumentar el número y la extensión de mis propiedades...

Vuelto á la ciudad, mi primera visita fué para María, que me recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero, ¿contra qué? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina.

Fray Pedro, á quien fuí á ver en seguida, me abrumó á preguntas, y sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente: amenazarlos para mostrarse después buen príncipe, y atraerlos á su lado, ó, por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaña de oposición que se iniciaba entonces.

¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una vela á Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes.

Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y á quienes Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más importante, uno de los personajes más importantes de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba á votar por mí, y me pedía alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo ó el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana ó la hermana de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesión ó de privilegio, cátedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades, cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerno de Amaltea, ó la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fuí más rodeado que Camino, é incomparablemente más que Correa.

Yo á todos decía que sí.

Cuando se va subiendo en política, hay que acceder á cuanto se nos pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los interesados.

XIII

En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también, incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local. El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo, atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi provincia.

Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada uno de nuestros comprovincianos de significación.

—¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?

—Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le cantábamos para hacerlo rabiar:

La Habana se v'á perder la culpa tiene el dinero: Los negros quieren ser blancos, los mulatos caballeros.

Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos, sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica, patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:

Á la orilla de un barranco dos negros cantando están: ¡Dios mío! ¡quién fuera blanco... aunque fuese catalán!

Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros. Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.

—«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.

Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues, admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio, metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero, aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir—los duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor notoriedad,—cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima, pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un espécimen de aquella literatura, una silueta—no la más hiriente, por cierto,—de un enemigo de significación, el redactor en jefe de El Grito del pueblo, diario el más vehementemente radical que se haya visto en mi provincia:

«Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído, le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso, entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana, cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra cosa, el eructo del porrón.»

No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni insinuar se puede lo que decía.

Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités, sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia. Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta, y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había acudido á oirme.

Pero tanto fué el tolle que armó la prensa local y la bonaerense sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.

Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda. Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional», poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición, desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes, resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.

No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era «forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.

—Y si se han atrevido á servirse de mi compañía—agregó,—estoy seguro de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya hay centenares de fusiles en la provincia.

—Gracias por la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso. Pero, vaya sin cuidado, que no va á suceder nada... Eso sí, averigüe quiénes han recibido las armas, pero sin alborotar á nadie, y hágamelo saber. Lo demás corre de mi cuenta.

Al día siguiente hice citar á los dos jefes opositores, para que concurrieran á la misma hora á mi despacho. En cuanto los tuve en mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos reveladores de sus manejos, exclamé:

—¡Sé todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto á no hacerme el desentendido, y á perseguir cualquier malevolencia, cualquier traición... Así, pues, desde este mismo instante, me darán ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios... Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal, y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo respecto de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.

Varias veces habían tratado de interrumpirme, protestando de su inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:

—Estaré siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios, pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes quedarán completamente secretos...

—Esto tiene que venir de habladurías, de calumnias de Sánchez—insistió uno de ellos, Smithson;—nadie sino él tiene interés en perjudicarnos.

—¿Qué clase de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me ha dicho una palabra?...

—¿Qué clase de interés?—saltó el otro, llamado Peacan.—¡Congraciarse al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de mercancías de su estación central!

—¡Bah! Ese asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda actividad. El culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes creen.

Y mirando á Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara involuntariamente que Smithson y no otro era el soplón, agregué:

—¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.

Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:

—¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las sospechas?

En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo, suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y, en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras, hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.

Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos». Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso; también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras, en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.

Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.

—¡Ah, muchacho!—exclamó.—¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!... ¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de porra!

—¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano—le dije.—El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en «persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...

—¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que «renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!

—Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la renuncia, pero copiando este borrador.

Y le presenté una minuta así concebida:

«Considerando: l.º que el benemérito jefe de policía de la provincia, don Mauricio Gómez Herrera, tiene razones poderosas para renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempeña; 2.º que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia, teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus servicios.

«El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:

«Art. 1.º Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez Herrera;

«Art. 2.º Encárgase al mismo don Mauricio Gómez Herrera, del desempeño de las funciones de jefe de policía de la Provincia, mientras duren las presentes anormales circunstancias.»

—¿Lo firmará?—pregunté.

—¡Pues, está claro!

—¡Viva la República! ¡Cualquier día iba yo á dejar que mi elección se hiciera sin dirigirla personalmente yo!

XIV

Estas sencillas maniobras, que no sé si llamar hábiles, dieron lugar á un hecho agradablemente inesperado. María me escribió un billetito, el primero, pidiéndome que fuera á su casa. Hacía semanas enteras que no iba á visitarla, y recibí su invitación con verdadero regocijo, como una señal evidente de mi triunfo próximo y definitivo. Corrí á casa de Blanco sin perder un minuto, y entré en la sala con aire de conquistador, aunque ligeramente conmovido. Saludé con efusión, pero quedé sorprendido al ver que María me recibía con cierta gravedad.

—Mauricio—dijo, por fin, entrando en materia.—He creído de mi deber atreverme á hacerle una advertencia. Usted comprenderá que, dadas nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga, como si dijéramos, los ojos clavados en usted... Y, perdóneme, su actitud me aflige.

—¡No he hecho el menor daño á nadie!—exclamé estupefacto.—Hasta he salvado á los revolucionarios, negándome á tomarlos presos, como quería el Gobernador.

—No me considere «politiquera». No lo soy. Si me informo de la política, es porque usted es político; me ocuparía, también, de usted, en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de influir decididamente en su vida.

Una luz me iluminó como un relámpago, y después de callar un momento, pregunté con afectada tranquilidad:

—¿Hace mucho que no ve á Pedro Vázquez?

—¿Por qué me lo pregunta?

—Simple curiosidad.

—Vino ayer...

—¿Y hablaron ustedes de mí?

—No.

—Sí, María.

—¡No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos... hablamos del éxito.

—Y Pedro considera que el éxito es caprichoso, siempre ó casi siempre injusto, que se ofrece al más torpe ó al más tonto, y que se niega al mérito, al esfuerzo, al sacrificio... ¡Qué bien veo á Pedro en esto, y cómo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes más certeros!

—No. Vázquez considera, como yo, que el éxito suele ser el salario de los que se doblegan á todas las influencias y se dejan llevar por todas las corrientes, tengan méritos ó no...

—¿Sabe, María, que usted piensa mucho? ¿Sabe que piensa demasiado para poder sentir?

—¿Y eso significa?...

—Que quien tanto analiza, señal es que quiere poco.

—¿Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen?

—¡Bah! Bien admira á Pedrito...

—Analizando, como usted dice.

Yo rabiaba de celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquella, que se abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme! Porque si bien no me había dicho nada concreto aún, yo leía en sus ojos la amonestación preparada... ¿Con qué derecho? ¡Una mujer, que no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No es odiosa esta clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque han leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! todo hubiera concluído allí, si los celos ó el amor propio no me mordieran el corazón. ¡No estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!... Y, con las manos trémulas de ira y la voz entrecortada, dije:

—¡Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, María! Usted condena mi conducta, aunque ésta se ajuste estrictamente á lo que exije la vida real. ¡Bah! usted es una soñadora, una criatura angelical, convengo en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo... Quizá por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dará cuenta de las cosas, y entonces comprenderá. Cuando uno se propone llegar á un punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce á él, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre precipicios... Yo voy donde debo ir por el único camino que tengo, sin mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos humanos ó materiales, pero sin faltar por ello á mis principios de hombre de honor, á mi...

Una risita, entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.

—¿Usted cree, entonces—dijo en voz clara,—que sus sueltos del diario, por ejemplo, no pasan los límites de la gentileza y la corrección, por no decir más?

—¿Mis sueltos? Yo no escribo.

—¡Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente así los consideran muchos, abren todas las puertas á la calumnia y al escándalo. El que hoy es objeto de burlas ó difamaciones, para vengarse, no se detendrá mañana por consideración alguna, y hará, á su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser terribles, y nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.

La miré de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.

—¿Para eso me ha llamado usted?—balbucí, ardiendo en ira.—¿Sólo para eso me ha llamado? ¿No podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien! yo también tengo algo que decirle: ¡Usted no me quiere, usted no me ha querido nunca, María!

Inclinó la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el vestido entre sus dedos:

—Puede ser. Puede ser muy bien.

En su acento había, nuevamente, un poco de ternura y un poco de ironía. Para un frío espectador, hubiera sido evidente que en su alma luchaba la imagen que de mí se había forjado, con la realidad que iba presentándole yo poco á poco. Romanticismo, en fin. Cuando alzó de nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quizá treinta segundos, quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba á ser de mí, si llegaba á compañero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista? Unirme á ella, sería condenarme á una vida de amargos sinsabores, á una tiranía perenne, á una censura continua é inflexible de todos mis actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de subyugarla, de dominarla, de someterla á una incondicional adoración de mi persona. Y obedeciendo á este impulso, traté de serenarme. Cambié de tono y le dije con mimo que cuanto hacía, bueno ó malo—sin saber que pudiera ser malo,—era por ella, por conquistarla, por prepararle también la más elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no ambicionaba nada para mí; para ella nada me parecía suficiente.

—Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen á los grandes hombres. Con usted á mi lado estoy seguro de llegar á donde me proponga, y más lejos aún... Soy rico, seré muy rico. Tengo algún poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá dentro de poco quien pueda competir conmigo...

—Sí, Mauricio.

—¿Quién?

—El que piense mejor.

La sombra de Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado recuperaba poco á poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me desconcertó, porque no acertaba á explicarme la mudanza de María, pese á los síntomas anteriores. Traté, sin embargo, de ahondar más en el alma de la joven, y la pregunté:

—¿Sólo para eso me ha llamado?

—No. Quería, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique su presencia al frente de la policía, mientras se prepara su propia elección. ¿Por qué no deja el puesto y satisface así á amigos y enemigos?

—¡Porque serían capaces de dejarme á pie!—exclamé, sonriendo.—Se necesita ser muy ingenua, María, para preguntarme ó para pedirme semejante cosa.

—Y, sin embargo, yo creía...—murmuró, casi con las lágrimas en los ojos, conmoviéndome á mí también con su tono de queja.

En esto, entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro enternecimiento, creyó dado el gran paso y zanjadas las últimas dificultades.

—¿Se adelanta algo, muchacho?—me preguntó, sonriendo alegremente, en la esperanza de una grata noticia.

—¡Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del Poder—contesté.

Don Evaristo entendió la frase en su sentido más directo, y me sometió á todo un interrogatorio sobre la situación política de la provincia. María escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy abiertos, tan abiertos como cuando uno mira á su interior.

Días más tarde, volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla, un arrebato sólo semejante á la sed de venganza de un ultraje terrible, todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantenía á toda costa la conversación en el terreno de las generalidades, muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me ponía alternativamente rojo y pálido. Á veces, sentía ganas de lanzarme sobre ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia de don Evaristo que nos acompañaba probablemente á indicación suya, impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.

Las elecciones iban á practicarse el domingo, tres días después. Blanco me habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos Aires. Yo le repliqué, con fingida modestia:

—Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y el último ó poco menos en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo mismo no llegue á ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...

—Es posible—murmuró distraídamente María.

Una oleada de sangre me subió á la cabeza, y empecé:

—¡Y se imagina usted que yo!...

Pero me contuve, y salí, trémulo de rabia, casi sin despedirme.

Las elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado el escrutinio, resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé á preparar el viaje á Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas, mientras en el cerebro me trotaba la maldita hipótesis, tan fácilmente aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia luego, á desmerecer en la capital, á ocupar un rango inferior, á no abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el «pago» y después deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección del país que aspira y absorbe la capital.

¡Oh, María, María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires, para avasallarla también á ella, de rechazo, en una apoteosis de mi amor propio!

NOTAS:

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