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Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

PRIMERA PARTE (continued 3)

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Los diputados decían sucesiva y enfáticamente una docena de sandeces, que entonces me parecían rasgos de elocuencia, tal es el prestigio del poder. Eligieron la mesa y comenzaron á discutir las actas de las elecciones, por mera fórmula, según me dijera misia Gertrudis: bien se veía que todos se habían puesto de acuerdo antes de entrar en sesión. Mi diploma era uno de los pocos que parecían peligrar, porque las elecciones de Los Sunchos habían sido, como de costumbre, protestadas por la oposición abstinente. Cuando me tocó el turno fuí invitado á entrar en el recinto para defenderlo. Como todos mis eminentes colegas habían sido electos más ó menos en la misma forma que yo, y habían pasado sobre iguales protestas, no les fué difícil convencerse de la legalidad de mi mandato, y de que:

«La impotencia hipocondríaca y perversa de cuatro ciudadanos egoístas y malos patriotas, hez de la sociedad, alejados de la opinión pública y desdeñados y aborrecidos por ella, como se hace con una víbora venenosa, los obliga á adoptar el único medio de fingirse vivientes, firmes y numerosos, de mostrarse engañosamente al pueblo como una fuerza respetable: la cínica protesta de una elección legal, en que se ha respetado la inmaculada pureza del sufragio, protesta que lleva al pie el nombre de cuatro individuos insignificantes, que quizá no sean ni siquiera electores, y la falsa afirmación de «siguen las firmas», testimoniada por un escribano sin fe, sin carácter, sin probidad. ¡No hay firmas, no hay hombres, no hay ciudadanos, señor Presidente!...

—¡Las firmas están!—gritó una voz desde la barra.

—«Habrá... habrá nombres inventados, nombres supuestos que no figuran en el padrón. ¡No, no hay ciudadanos, señor Presidente! Sólo hay ambiciones inconfesables, y, como ya dije, la rabia feroz de la impotencia. (Muy bien en las bancas). Vengo á apoyar decididamente al Gobierno que nos rige con general aplauso. Esto es sabido, y esto despierta contra mí el odio de los que quisieran substituirse á él. Esos cuatro fomentadores de anarquía son, pues, mis enemigos naturales. Entretanto, el Gobierno actual cuenta con la inmensa mayoría del pueblo, y ésa es la que me ha elegido por mis opiniones. No declarar legítimo mi mandato sería sospechar de impopularidad al mismo poder ejecutivo que aclaman las muchedumbres entusiastas y del que quiero ser modesto, pero abnegado colaborador.»

Esto lo copio de la versión taquigráfica, corrigiendo apenas el estilo, no por presunción, sino porque me gustan las buenas formas, lo que podría llamarse el aseo en la ropita oratoria. El fondo era así, vago, indeterminado é insultante para los adversarios. De más está decir que, como en mi célebre examen de ingreso, allí también pasé por unanimidad. Presté juramento y me senté por fin en «mi banca». Era, definitivamente, un personaje.

Escuché desde entonces los discursos con menos respeto, y comencé á comprender como por vaga intuición, que aquello no valía nada, que yo podría hacerlo mejor sin mucho esfuerzo, sin todo ese trabajo de años á que Vázquez se refería. Y resolví ponerme á leer discursos parlamentarios. La indigente biblioteca de la Legislatura, compuesta de unos pocos centenares de volúmenes, me proporcionó los diarios de sesiones del Congreso: devoré á Sarmiento, Avellaneda, Rawson, Mitre, Vélez Sarsfield; leí docenas y docenas de discursos, reteniendo más las frases que la doctrina y creándome un repertorio de lugares comunes que pudieran no parecer tales. Compré también algunos libros de Castelar, una traducción de Cicerón, otra de Mirabeau, y me puse á leer la Historia de la Revolución Francesa, que entonces me entretenía como antes las novelas de aventuras. Los discursos de la Convención me enriquecieron notablemente, y traté de imitar su vehemente entusiasmo, su heroica entereza, en la forma de los míos. Siempre que hablaba en la Cámara era como si la patria estuviese en peligro; los otros «buenos oradores», escasos entre mis colegas, hacían, por otra parte lo mismo, de modo que, á propósito de la construcción de un camino ó de cualquier otro detalle, las sesiones de nuestra humilde Legislatura, alcanzaban el diapasón de las más vibrantes y memorables de la historia.

Un discurso que pronuncié sobre el estado de las escuelas primarias en la provincia, mereció que algunos corresponsales escribieran á Buenos Aires, y dos ó tres diarios me dedicaran palabras elogiosas en los sueltos. Éste fué el mayor espolazo que haya recibido mi ambición, desde entonces pronta á desbocarse. Me propuse conocer la capital, los hombres de gobierno, el presidente de la República, ciudadano de gran talento, elocuentísimo orador él también, y ¡quién sabe! quizás abrir una brecha que me permitiese lanzarme á la conquista de aquel emporio, y triunfar, y ser allí lo que había sido en Los Sunchos, lo que era en mi ciudad provinciana, si no el primero, uno de los primeros, con un porvenir de gloria y de grandeza.

Vivía exclusivamente para la política; sólo en ella pensaba, estuviese donde estuviese, trabajando ó divirtiéndome, amando ó durmiendo, porque hasta mis sueños eran políticos, y mis amoríos buscaban mayor influencia y más poder para mí. Ningún detalle me parecía nimio, y todo, hombres, cosas, hechos iban almacenándose en mi memoria, que tengo magnífica. Ahora mismo podría contar la vida y milagros de centenares de personas, tanto altamente colocadas cuanto modestas y aun insignificantes. Formaba mi arsenal, con avidez y con paciencia, y comenzaba á utilizarlo para avezarme á su manejo.

Como aprendizaje del uso de mis armas, escribía en «Los Tiempos», diario que era una reproducción agrandada de «La Época» de Los Sunchos, y mis sueltos incisivos, mordaces, casi siempre animados con una anécdota verdadera ó imaginada, se destacaban del resto de aquella prosa indigesta y burda, lana de colchón con que se rellenaban las columnas del periodicucho. Mi fama comenzó á cundir, y ya muchos me consideraban como una personalidad naciente, mientras que otros me tenían como á un muchacho mal educado é insolente, capaz de las mayores desvergüenzas.

Entretanto, mamita, Teresa, don Higinio, Los Sunchos quedaban muy lejos, allá atrás, allá abajo, como perdidos en la bruma para siempre. Sólo, de tiempo en tiempo, una carta de Teresa venía á sobresaltarme, á turbarme un momento: su secreto, nuestro secreto, iba á dejar de serlo; la verdad se impondría dentro de muy poco, y, desesperada, me suplicaba que fuera, que arreglara las cosas, que la salvara de toda una inminente tragedia...

¿Para qué me habría yo metido en semejante atolladero?

XVII

Me pareció oportuno realizar el proyectado viaje á Buenos Aires, antes de decidir lo que había de hacer. Pedí licencia á la Cámara y algunas cartas de presentación de mis amigos del Gobierno para los «ases» de la gran capital. Con esto, mi diploma de diputado, mi calidad de periodista y mi apellido patricio, salí, seguro del éxito, en busca de mis primeras aventuras bonaerenses. Las puertas del mundo oficial y las de muchos salones provincianos, abriéronse de par en par ante mí. Visité á varios miembros notables de mi familia, que ni siquiera tenían noticia de mí, pero que me recibieron deferentemente, poniéndose á mi disposición y dando por cumplidos todos sus deberes con esta manifestación de cortesía.

Buenos Aires estaba, desgraciadamente, muy agitado. Respirábase allí una atmósfera candente, nuncio de una tempestad. Los ciudadanos se adiestraban en el uso de las armas y en el ejercicio militar, á vista y paciencia del Gobierno de la nación, contra quien iban, impotente para reprimirlos sino con una medida de fuerza que hubiera sido señal de la revolución, quizá de la guerra civil. Las antiguas desavenencias mezcladas de celos entre Buenos Aires y las provincias hacían crisis, y esta crisis era amenazadora. En la doble capital no cabían los dos grandes poderes, el nacional y el porteño, que se disputaban la hegemonía, y el drama político empezado desde los albores de la independencia, corría rápidamente á su desenlace. ¿Cuál sería éste? ¿Triunfaría la altiva Buenos Aires sobre todo el resto del país, imponiéndose como la cabeza pensante á los demás miembros del cuerpo? ¿Lograríamos los provincianos abatir su orgullo y hacerla entrar en razón? ¡Arduo problema cuya solución parecía exigir sangre!

Fuí á saludar, entretanto, al Presidente de la República, hombre encantador, de maneras algo afectadas, muy fino, muy amable, tanto que, á primera vista podría creérsele débil, femenil. Me parece estarlo viendo, pequeñito, menudo, bien proporcionado, sin embargo, con la frente ancha, coronada por cabellos largos, negros y ensortijados, ojos llenos de inteligente viveza, bigote y perilla, negros también. Hablaba con mesura, escogiendo las palabras, y sus frases tenían siempre un ritmo cantante. Así, cuando hablaba en público, era una delicia escucharle, porque se hubiera dicho que su oratoria era musical, persuasiva y tranquilizadora como una caricia.

Me habló de mi provincia, de la suya, de la desgracia de nuestro país, siempre agitado por disensiones intestinas y ofreciendo un espectáculo de anarquía y violencia al mundo, que consideraba á las nuevas naciones de la América del Sur, y, sobre todo, á la nuestra, como grupos de chiquillos revoltosos, si no como tribus semiprimitivas, incapaces de comprender la libertad, y, por lo tanto, de gozar de ella. Y, sin duda, para no penetrar más en el fondo de las cosas y no hacer confidencias intempestivas á un jovenzuelo que era, al fin y al cabo, desconocido, se levantó, dando por terminada la audiencia. Nunca lo volví á ver, pero conservo clara y viva la impresión que me produjo.

Poco duró mi permanencia en Buenos Aires, porque algunos dirigentes del partido me aconsejaron que volviera á mi provincia, donde podía hacer falta: la inminente rebelión de la capital porteña repercutiría, quizás en alguna otra parte, y aunque mi provincia estuviera al abrigo de todo temor y toda sospecha, como defensora decidida de la causa nacional—eran sus palabras,—nunca es malo estar prevenido, y en épocas de disturbios cada soldado debe ocupar su puesto. Me fuí, pues, y véase cómo asocia uno egoísticamente á sus pequeñas necesidades, los más grandes intereses colectivos: me fuí haciendo votos porque estallara no una revolución, sino toda una guerra civil, convencido de que en esta tragedia me sería más fácil desenlazar mi dramita íntimo, de acuerdo con mis deseos, es decir, quedando libre de todo compromiso.

En la ciudad me esperaba una carta de don Higinio, todavía ignorante de la desgracia que lo amenazaba. La abrí, no sin recelo. Se refería al negocio de la chacra, que marchaba muy bien, gracias á su «muñequeo». Había conseguido que la misma oposición clamara por la apertura de las calles, creyendo hacerme daño al desmembrar «una posesión feudal, que, como los castillos medioevales, dominaba al pueblo de Los Sunchos, aunque sin protegerlo ni servirle, sino á modo de dique contra su desarrollo natural». La Municipalidad fingía indignarse mucho contra aquella pretensión; pero estaba, naturalmente, pronta á ceder en cuanto él lo indicara. No era oportuno todavía, si se quería obtener una buena indemnización.

Contingencia feliz é ingrata á la vez, que me dejó perplejo. Agregábase un elemento más á mis vacilaciones que ya eran sobradas, aunque, en el fondo, mi resolución fuera inmutable. Don Higinio, de cuya influencia política necesitaba todavía, don Higinio, que, como buen criollo, era muy capaz de vengarse sangrientamente de mí, preparando este brillante negocio, me obligaba aún más á contemporizar con él. ¿Cómo salvarme del compromiso, cómo ganar tiempo, al menos?... Á fuerza de buscar, se me ocurrió una idea luminosa, y escribí á la muchacha, en una forma ambigua, sólo clara para ella, diciéndole que más que nunca guardara su secreto, y á don Higinio preguntándole si iría pronto á la ciudad, pues me urgía hablarle de un asunto muy importante que no podía tratarse por cartas, pero que tampoco era cuestión de días más ó menos. Un «se trata de mi felicidad», debía sugerirle el tema probable de la entrevista.

Me precipitaba hacia el escándalo, precisamente para contrarrestarlo, y elegía la ciudad, donde las cosas más graves, las que serían catástrofes en una aldea, pueden pasar inadvertidas, y donde toda defensa es más fácil. En aquel teatro se equilibraban mejor nuestro poder y nuestras armas.

Como lo había supuesto, el viejo se precipitó á la cita. Creo que estaba más contento que la misma Teresa, pues creía realizar un sueño de muchos años y crear para sus nietos toda una aristocracia, dándoles al propio tiempo gran fortuna, elevada posición y un nombre envidiable, un apellido patricio.

—¡Don Higinio!—exclamé al verlo.—Mi asunto no corría tanta prisa.

—No—dijo ladinamente.—Si he venido por otras muchas cosas; y de paso es natural que te pregunte lo que querés.

—Yo hubiera debido ir á Los Sunchos; pero ya comprende usted que mis ocupaciones de la Cámara me lo impiden.

No había ido, temiendo, además de lo que ya he dicho, las escenas con Teresa, y su posible indiscreción... ¡Oh! las mujeres saben callar, pero de repente, cuando no hay peligro ó á ellas les parece que no lo hay, se les va la lengua y arman un enredo, sin querer.

—Se trata de Teresa—agregué.—Usted bien sabe que nos queremos desde hace mucho, desde que éramos muchachos. ¿Nos dará usted su consentimiento para casarnos?

—¡Pero, hijito, cómo no! ¡Si es mi mayor deseo, y cuanto antes!

Me abrazó conmovido.

—Cuanto antes, me parece mucho decir. Yo creo que será mejor esperar hasta el año que viene. Mis asuntos no están bien claros y los recursos no son muchos, mientras no se arregle lo de la chacra.

—Se arreglará. Y, además, yo soy bastante rico para que no les falte nada.

—Otra cosa: tengo que preocuparme de mi posición y no puedo descuidar ni un momento la política, si he de hacer camino. Debo frecuentar asiduamente la sociedad, los comités, el club, la casa de gobierno, la Legislatura. Todo pinta muy bien; pero, con la desgraciada perspectiva de una revolución en Buenos Aires, quizá de una guerra civil, si me casara ahora, tendría que abandonar á mi mujercita ó no cumplir con los deberes que me imponen mi puesto y mi partido...

—¿Y cuándo, entonces?

—¡Oh! el año que viene, á más tardar. El año que viene estará completamente despejada la situación del país y la mía...

Un relámpago de recelo atravesó por los ojos de don Higinio. Le parecía extraño—y me lo dijo,—que una vez resuelto á casarme, lo dejara para más tarde, sin ardor juvenil de inmediata realización. Que antes vacilara, sí, es comprensible; pero, decidido ya, la demora resultaba menos natural. ¡En fin! que él no hubiera obrado así, y en su tiempo la gente se casaba sin preocuparse de las revoluciones. ¡Pero, sobre gustos no hay nada escrito!

—Será, pues, para el año que viene. Escríbele á Teresa. Yo mismo le llevaré la carta para ver la cara que pone.

¡Escribirle! Siempre he tenido miedo de escribir cosas comprometedoras, y la carta anterior me había costado prodigios de ingenio. Salí del paso lo mejor que pude.

—Ella ya sabe—dije.—Lo sabe desde antes de venirme á la ciudad.

—¡Ah, picarones!... ¡y qué calladito lo tenían!

Se quedó todo el día conmigo, haciendo proyectos, castillos en el aire, como si él fuera el novio. Seríamos reyes en Los Sunchos, y en la ciudad, y en el mismo Buenos Aires, donde Teresa brillaría un día como una reina.

Aquí se me escapó una réplica, que tuvo más tarde consecuencias trascendentales.

—Déjese de eso, viejo—le dije.—Teresa es demasiado modesta para que se pueda lucir en Buenos Aires. De allí vengo, y debo prevenirle que las mujeres tienen una educación muy distinta, son grandes señoras, no muchachas ignorantes, como las de nuestros pueblitos de provincia.

Se quedó mirándome, sin replicar palabra, como si mi frase le hubiera producido la más honda impresión, y nuestra charla terminó con esto.

Cuatro días después, una carta de Teresa me daba noticia de lo ocurrido en Los Sunchos, á la llegada de don Higinio. Éste, loco de alegría, le había dicho que yo acababa de pedir su mano. Ella, cuando el viejo agregó que el casamiento se celebraría el año siguiente, no pudo reprimir un grito:

—¡Cómo el año que viene! ¡Es imposible, imposible! ¡Si mucho antes!...

El viejo, alarmado, aunque sin dar toda su significación á estas palabras, preguntó, suplicó, amenazó, y al fin lo supo todo. Su cólera fué indescriptible. Quería montar á caballo y correr á la ciudad á llevarme «de una oreja» para hacerme casar inmediatamente ó matarme como á un perro si me resistía. Y lo hubiera hecho como lo decía, si no le hubiera dado un ataque á la cabeza, que lo dejó tendido en medio del patio, mientras apretaba la cincha á su alazán. ¿No digo que las mujeres, tan reservadas siempre, siempre son indiscretas cuando sufren una gran emoción? Pero, en fin, el mal trago había que pasarlo, tarde ó temprano. Por fortuna, el bendito ataque vino á cambiar completamente el rumbo de las cosas, porque don Higinio me casa, como hay Dios que me casa ó me mata, si no pierde el sentido y no tiene que guardar cama después, muchos días, con ventosas, cáusticos, sangrías y toda la terapéutica provinciana de aquel entonces.

Otras cartas de Teresa me tranquilizaron. Haciendo de enfermera del viejo había logrado enternecerlo, impedirle que provocara un conflicto, gracias á su debilidad momentánea, á su cariño de padre y á la confianza que tenía en mi caballerosidad. Lo hecho, hecho estaba. Había que ocultar la falta, lo mejor posible; cuando nos casáramos, que debía ser inmediatamente, iríamos á hacer un largo viaje á Chile, á Europa, al Paraguay, á cualquier parte, y volveríamos con nuestro hijo, sin que nadie tuviera nada que decir. Pero el viejo «quería, tenía que hablar conmigo, cantarme la cartilla, exigirme seguridades de que cumpliría mi palabra, si no me obligaba á casarme en seguida. ¡Esto sería lo mejor!» La idea de venganza, la de sangre, había pasado por el momento; pero el peligro cambiaba de aspecto: el casamiento sería ineludible, si yo no quería sentir la pesada mano de don Higinio, ó, por el contrario, hacerle sentir la mía y provocar con ello un terrible escándalo que haría fijarse todas las miradas en nosotros y que necesariamente sería muy perjudicial para mi porvenir, porque, si bien las faltas y aun los delitos pueden perdonarse y hasta olvidarse en provincias, si no trascienden mucho y se ha sabido guardar las formas, la condenación general, implacable, persigue á los que violentamente perturban el buen orden social.

XVIII

La situación política se hacía más tirante cada vez, el interior estaba agitado y receloso, Buenos Aires con las armas en la mano, dispuesta á romper las hostilidades contra el Gobierno nacional, contando con la ayuda más ó menos ilusoria de dos ó tres provincias. Nosotros, en realidad, no teníamos nada grave que temer, pues nuestro pueblo es tradicionalmente adversario del porteño; pero en épocas tan revueltas, nunca faltan ambiciosos que aprovechan las circunstancias, y la oposición local era muy capaz de servirse de ellas para provocar un cambio de Gobierno que la llevara al poder. Así lo comprendíamos los que pulsábamos la situación con alguna perspicacia. Era fácil ver que los opositores se movían disimuladamente, preparando algo, un golpe de mano ó una revolucioncita de las que tanto abundaban por aquellos tiempos. No tenían, sin duda alguna, la menor intención de ayudar á Buenos Aires, pero desde hacía mucho soñaban con derribar al Gobernador, don Carlos Camino, de quien hablaban pestes, quitándole al diablo para ponerle á él. No administraba Camino peor que otros, pero no podían perdonársele sus costumbres disolutas, y, especialmente, su afición al bello sexo de baja estofa, que lo lanzaba á inconfesables aventuras en las que sólo le seguía su asistente, Gaspar Cruz, paisano retobado, valiente como las armas, fiel como un perro, para quien el mundo estaba exclusivamente cifrado en el Gobernador, persona excepcional, casi divina, según su cerebro obtuso y fetichista. Marido de una matrona ejemplar, casta y piadosa, padre de dos lindas muchachas candorosas é inteligentes, Camino era considerado realmente como un criminal, en los círculos austeros, y aparente y utilitariamente en los que no lo eran tanto, pero podían aprovecharse de su desprestigio. En suma, muchos le tenían por una especie de tirano corrompido, y, si no contribuían á derrocarlo, no harían nada por sostenerlo, tampoco.

Vi muy claras las ventajas que me ofrecía aquella situación, y no tardé en utilizarlas. Una noche que, con otros personajes, estaba de visita en casa del Gobernador, llevé la conversación á las agitaciones populares, declarando que, á mi juicio, eran mucho más graves de lo que se creía. Varias personas, con ese espíritu de torpe adulación que hace negar hasta la evidencia, si ésta puede ser desagradable al que quieren lisonjear, y aunque con ello le expongan á los mayores peligros, me replicaron entre risas que estaba viendo visiones, y que me asustaba de fantasmas.

—¡No! ¡no hablo á tontas y á locas!—exclamé.—Tengo datos, y si el Gobernador quiere escucharme y seguir mi consejo, no durmiéndose en las pajas, podrá evitarse un mal rato. Más tarde, ya no sería tiempo.

Camino quedó un tanto preocupado, pero supo disimular, y, al cabo de un momento, me llamó aparte para que le contara lo que sabía. Exageré un poco, creyéndolo necesario para mis fines. La oposición se armaba secretamente—lo que era cierto,—tenía en la ciudad verdaderos arsenales, mucha gente comprometida, paisanos que entrarían en campaña á la primera señal, una especie de logia revolucionaria que funcionaba todas las noches, y hasta inteligencias en la misma policía, muchos de cuyos agentes estaban complotados.

—¡Pero qué hace don Mariano!—exclamó el Gobernador, alarmado, refiriéndose al viejo Villoldo, jefe de policía.

—Don Mariano no ve más allá de sus narices, está medio chocho y toda la vida ha sido débil—contesté.—Y en estos momentos lo que se necesita es un hombre resuelto, que no se preocupe de «legalidades» ni se ande con paños calientes...

—¿Dónde encontrar ese hombre?

—¡Vamos, Gobernador! ¿No lo tiene delante?

—¿Usted? ¿Usted se considera capaz?...

—¿De sofocar ó de impedir una revolución? ¡Sí, Gobernador, muy capaz! Si usted me da la jefatura de policía y me deja completa libertad de acción, le aseguro que antes de quince días todo estará más tranquilo que nunca. Pero, ¡eso sí! ¡nada de escrúpulos tontos y carta blanca para mí! Habrá que meter bastante gente en la cárcel.

—Pero, la opinión...

—¡Bah! En las circunstancias actuales hay que hacer la pata ancha; además, no pueden ser más favorables, porque con la agitación completa del país, un detalle más uno menos, viene á ser la misma cosa. ¡Déjeme hacer, Gobernador, y verá como todo sale bien!

—¡Bueno... lo pensaré!—murmuró, perplejo.

—No. No es cuestión de perder tiempo. Hay que decidirse. Nómbreme ó no me nombre á mí, don Mariano Villoldo no puede quedar en su puesto si usted quiere seguir en el gobierno. Es cuestión de días, quizá de horas, y puede que en este mismo momento se esté preparando la ratonera.

—¡Bien! ¡Está dicho!... Voy á llamar á don Mariano, y mañana será usted jefe de policía.

—Entendido que conservaré mi banca en la Legislatura...

—¿Cómo? ¿Y la Constitución?

—Es un librito, decía el viejo Vélez. La Constitución no dice que un diputado no puede ser jefe de policía. Y aunque lo dijera, en circunstancias tan excepcionales... Me interesa conservar el puesto por si algún día dejo la policía... ó á usted se le antoja quitármela...

—En fin, la Cámara decidirá.

—No. Si ahora mismo voy á pedir licencia por tiempo indeterminado. ¡Y carta blanca, eh! ¡Necesito poder obrar resueltamente, como un rayo, en el momento oportuno!...

Don Mariano Villoldo renunció aquella noche, á pedido del Gobernador, y al día siguiente comencé á ejercer mis nuevas funciones de jefe político de la provincia, con gran sorpresa de todo el mundo, porque nadie se explicaba tan enorme salto. Abundaron las críticas, porque «un mocozuelo» al frente de la policía no podía hacer más que barrabasadas. Pero dejé hablar y me dediqué á reorganizar mi gente, valiéndome de los comisarios y oficiales en quienes se podía tener confianza. La tarea era ardua, tanto más cuanto que debía llevar de frente al propio tiempo, las averiguaciones de lo que tramaba la oposición, y hallar ó inventar una buena oportunidad para poner presos á los cabecillas, secuestrarles las armas y quitarles las ganas, por un tiempo, de meterse á revoltosos. Día y noche pasaba en el despacho, dando órdenes, escuchando partes y confidencias, recibiendo espías, amonestando á subalternos dudosos, pero de quienes todavía se podía esperar algo. Hasta dormía en mi despacho, para estar «al pie del cañón». Los opositores se reunían unas veces en una parte, otras en otra, nunca dos días en el mismo sitio, pero no me sería difícil sorprenderlos en cuanto quisiera, pues no me faltaban indicaciones oportunas del local elegido. Sin embargo, no precipité las cosas, para no dar golpe en vago ni provocar demasiada crítica.

En esto, sobrevino el rompimiento entre el Gobierno Nacional y el de Buenos Aires, como si quisieran servirme exclusivamente á mí, tanto en los asuntos privados cuanto en los políticos. Llegóme, aun antes que al Gobernador, noticia de los sucesos: el Presidente de la República, sus ministros y gran parte del Congreso habían abandonado la ciudad rebelde que se fortificaba, y á la que ponía sitio el ejército de línea. La lucha iba á ser terrible, pues los porteños parecían dispuestos á no cejar y tenían numerosas fuerzas de guardias nacionales, de voluntarios criollos y extranjeros, y algunas tropas veteranas. La ciudad estaba rodeada de fosos y trincheras y los puestos avanzados defendidos estratégicamente. Era una revolución en regla, como no la había habido desde muchos años atrás, y como era de temerlo, dados los largos y ostensibles preparativos... El país entero se hallaba bajo el estado de sitio.

En cuanto supe esto y antes de que pudiera hacerse público, renuncié á esperar otra oportunidad, y ya no traté de tomar reunidos á los presuntos revolucionarios. Usando de los plenos poderes que tenía, impartí mis órdenes, y corrí á casa de Camino, para darle cuenta de lo que acababa de hacer.

—En estos momentos—le dije,—sacan de sus casas á todos los jefes de la oposición, y por mi orden los llevan á la policía. Puede V. E. estar tranquilo. Aunque no tema el más ligero disturbio, le mandaré un piquete para su custodia, bajo las órdenes de un hombre de confianza. ¡Todo va bien!

Quiso pedirme mayores datos, pero dejé los detalles para más tarde, limitándome á decir que Buenos Aires acababa de sublevarse, como se temía, y agregando:

—Ya comprende, Gobernador, que con los sucesos de Buenos Aires todo está justificado y nadie tendrá nada que decir. En cuanto secuestre las armas, y después de tenerlos un tiempo á la sombra, para que aprendan á no meterse á sonsos, los pondremos en libertad y ya no volverán á alborotar en muchos años.

—Sí, pero, ¿y los ministros?

—¡Valiente preocupación! Reúnalos y dígales... Están acostumbrados á callarse y aprobar.

Cuando volví á mi despacho comenzaban á llegar á la policía los primeros detenidos, unos protestando enérgicamente contra el «atropello», el allanamiento de su casa sin orden de juez, la violencia contra sus personas, otros asustados y temblando, como criminales, los menos serenos y dignos, diciéndose que desde un principio sabían á lo que se exponían, algunos, por fin, suplicando que los pusieran en libertad, porque ellos «no habían hecho nada», como los muchachos de la escuela. En casos así, los gobiernos de provincia solían no ser muy blandos que digamos, y vejaban á los opositores presos, encerrándolos en calabozos inmundos, maltratándolos, obligándolos á hacer las tareas más viles, como limpiar los excusados ó barrer las aceras y la plaza pública. Esto se explica. Las autoridades, y especialmente la policial, estaban siempre en manos de hombres rudos y toscos que habían ido, á veces desde años enteros, amontonando rencores, y deseaban vengarse de desaires y desprecios no por lo disimulados menos hirientes y sangrientos. Yo no tenía nada que vengar y quise ser buen príncipe. Ordené que se tratara á mis prisioneros con toda consideración, que se les alojara lo mejor posible en las oficinas, que se les permitiera hacerse llevar cama, ropa y comida, todo esto manteniéndolos, sin embargo, incomunicados con el exterior, y hasta me digné hacer que uno de mis subalternos les diera noticia de la revolución bonaerense, y les explicara que el Gobierno se veía obligado á tomar precauciones excepcionales, para la seguridad del país.

Entretanto, valiéndome de lo que habían descubierto mis espías y, sobre todo, de lo que me revelaron algunos conspiradores débiles de carácter, por librarse del castigo, y otros venales, por obtener recompensas, supe dónde estaban ocultas las armas—casi todas,—y las hice recoger. La conspiración quedaba sofocada: teníamos quince ó veinte opositores de significación detenidos, y habíamos secuestrado un centenar de fusiles viejos, casi inservibles, y otras tantas lanzas hechas con cañas tacuaras y tijeras de esquilar.

En medio de toda esta agitación, tuve una sorpresa que en un principio me fué ingratísima, pero que me llegaba, precisamente, en el momento más favorable para mí, como no tardé en comprenderlo. Mi despacho estaba lleno de gente, cuando un ordenanza me anunció que don Higinio Rivas deseaba hablar conmigo. Había sonado la hora trágica. Un momento estuve por retardarla, no recibiendo al viejo, pero me pareció demasiada cobardía, y mirando al destino cara á cara, le hice entrar, sin despedir á mis subalternos.

Casi no reconocí á don Higinio. La enfermedad lo había adelgazado y debilitado mucho, y las preocupaciones, los sinsabores, el amor propio herido, después de provocar un paroxismo de rabia, lo habían dejado como inquieto y vacilante. Su cara de león manso, alargada y arrugada, expresaba más bien melancolía que fiereza, y sus ojillos negros, bajo las cejas blancas é hirsutas, no se fijaban ya ni resueltos ni investigadores, sino que vagaban indecisos, de una á otra persona, de uno á otro objeto.

—Quiero que hablemos solos—me dijo después de saludarme desabridamente.

—Un momento, don Higinio, y estoy á su disposición. Tengo que dar algunas órdenes... Pero siéntese... Las circunstancias son tan graves... Afortunadamente, no tengo secretos para usted...

Di, entonces, con exagerada prosopopeya mis últimas instrucciones á comisarios y oficiales, y me pareció conveniente—más por don Higinio que por otra cosa,—extremar las disposiciones guerreras ofensivas y defensivas: dispuse el acuartelamiento de los vigilantes con las armas en la mano, la instalación de cantones en los puntos estratégicos para defender la casa de Gobierno, la Municipalidad, la policía, el Banco, los domicilios del Gobernador y los Ministros. Con esto, entraban y salían empleados, presurosos, con aire importante, y don Higinio, sorprendido, escuchaba con creciente atención, tanto que su rostro comenzó á animarse y á tomar la astuta y resuelta expresión de antes. El «politiquero», el caudillo despertaba en él. No me había equivocado al esperarlo.

—Pero, ¿de qué se trata?—preguntó por fin, sin poderse contener.

—¿Cómo? ¿No sabe?

—Acabo de llegar de un galope de Los Sunchos. He dejado el caballo á la puerta; no he visto á nadie, sino á tu sirviente que me dijo que estabas aquí.

—Pues estamos en momentos muy difíciles. Ha estallado la revolución, terrible, en Buenos Aires, y aquí se iban á sublevar también si no los sorprendemos á tiempo. ¡Por eso me ve usted nada menos que de jefe de policía, don Higinio!

—Jefe de policía... Revolución... ¡Y yo sin saber nada!...

Olvidando por un momento lo que lo llevaba, obedeciendo á sus instintos, quiso saber cuanto ocurría, me pidió datos, aclaraciones, detalles... El primer encuentro, que me hacía temblar, estaba atenuado como por un para-golpes, por la oportunísima revolución, que Dios bendiga. Y aun me era posible atenuarlo más, dificultando para después cualquier choque violento.

—Usted llega como llovido del cielo—le dije en voz baja.—El piquete que hace la guardia en casa del Gobernador, está mandado por un oficial que no me inspira confianza. Usted podría ponerse al frente de él. ¡Es necesario!

—Si crees que puedo servir...

—Voy á redactar la orden de que el piquete se ponga á su disposición. Usted es amigo de Camino, y él estará más tranquilo á su lado.

Juzgué que había llegado el momento de hablar del asunto principal, y mientras escribía, pedí que nos dejaran solos, indicando reservadamente que alguien volviera al poco rato para interrumpir la entrevista.

Al entregarle el pliego, me atreví á tomar al toro por las astas.

—¿Quiere decir que no ha venido por la revolución?

Se levantó, hosco y turbado, dió algunos pasos, como buscando la manera de empezar, y estalló:

—¡No! ¡No vengo por eso! ¡Vengo por una cosa muy grave y muy triste, por una cosa tremenda, Mauricio!... ¡Nunca lo hubiera creído!

Se interrumpió para dominarse, y con voz lenta y sorda, agregó luego:

—Tenés que casarte... inmediatamente.

—Inmediatamente, ¿por qué?

—¡Sí, inmediatamente! Teresa me lo ha confesado todo... No quiero echarte en cara tu conducta, ni decirte lo que pienso de tu decencia. Pero, eso sí, te lo repito: ¡Tenés que casarte inmediatamente!... ¡Estas son vergüenzas que no admiten los Rivas!

Con acento que busqué conmovido y firme al par:

—¡Bien sabe, don Higinio—repliqué,—bien sabe que quiero casarme y que ya lo habría hecho si no fuera por la situación! Quiero á Teresa, y ya que usted está al corriente de lo que pasa, le juro que no la dejaré en mal lugar... ni á ella, ni á usted, que ha sido siempre como mi segundo padre...

Noté en él cierta emoción. Temía, probablemente, encontrarse con la negativa, con el drama, y la falta de resistencia lo hacía vacilar, como después de un golpe en vago, y deslizarse hacia la comedia sentimental.

—¿Te casarás inmediatamente?

—En cuanto sea posible.

—¿Me das tu palabra?

—Sí.

—¡Bueno!—y me estrechó la mano, con lágrimas en los ojos.—Entonces mañana mismo nos iremos á Los Sunchos.

—¡Eso no puede ser, don Higinio! ¿En qué piensa? ¡Sería más que una locura, una verdadera traición! En este puesto y en estas circunstancias, soy militar, soy soldado, y no puedo desertar...

—Sí, pero, ¿y el honor de Teresa, y el mío? Te repito que la cosa urge, que el escándalo va á venir, ¡y que yo eso no lo tolero!

Se había puesto rojo, reconquistando su cabeza de león... Yo acababa de tocar disimuladamente la campanilla eléctrica... El comisario de órdenes entró en el despacho. Le hice seña de que esperase, y dirigiéndome á Rivas:

—Vaya tranquilo, viejo—le dije afectuosamente.—Todo se arreglará á medida de sus deseos; todo. Ahora, á cumplir cada cual con su deber. El Gobernador lo necesita. Defiéndalo, tome todas las medidas que le parezca y téngame al corriente.

Quiso insistir, pero la presencia del comisario lo contuvo. Hizo un ademán de descontento y salió.

Aquella misma noche hice que Camino lo nombrara comandante militar extraordinario de Los Sunchos, con plenos poderes, encomendándole la misión de impedir el paso, por el departamento, de partidas revolucionarias procedentes de otras provincias, para lo cual se le dió un piquete del guardia de cárceles, refuerzo necesario de la escasa policía local. Debía prepararse, también, á movilizar la guardia nacional en cuanto le llegara la orden.

Con esto ganaba tiempo. ¡Tiempo! No me era necesaria otra cosa, porque sabía y sé cuánta es la fuerza de los hechos consumados. En cuanto pasara el momento fisiológico que temíamos, en cuanto se impusiera lo irremediable, en cuanto se comenzara á pensar «peor es meneallo», yo me encontraría fuera ó casi fuera del atolladero. Con un poco de habilidad y un poco de suerte, aquel cuasi drama sería, sólo, historia antigua...

Días después supe que don Higinio había enviado á Teresa á la chacra de unas parientas pobres en quienes tenía plena confianza y que vivían muy lejos de Los Sunchos, entre el pueblo y la ciudad. Comenzaba la complicidad, provocada por el mismo «honor». Un esfuerzo más y me vería libre para siempre. El esfuerzo necesario era toda una hazaña, pero lo realicé. Fuí á ver á Teresa. Entre halagos y ternuras, le pinté mi situación, mi porvenir, el grande ascenso obtenido y los que se me ofrecían aún. Pero era preciso no ponerme piedras en el camino, era preciso no comprometerme con un escándalo, era preciso llegar hasta el sacrificio para ser felices después, como recompensa.

—¿Qué sacrificio?—me preguntó con su candor pronto ya á todas las abnegaciones.

Se imponía retardar nuestro casamiento hasta que yo hubiera consolidado mi posición. Y tuve la crueldad—de que ahora me arrepiento por sus consecuencias,—de decirla que ella no estaba preparada ni por su educación, ni por su saber, ni por su modo de vestir, para ser la digna esposa de todo un personaje. Tenía que modificarse, que estudiar, que ponerse á mi altura, y entonces...

—¿Pero qué pretexto darle á tatita?

—Dile que no tienes confianza en mí, que soy demasiado calavera, que te haría desgraciada, que te mataría á disgustos y ¡que no quieres, en fin!

La dejé llorando como una Magdalena, sin haber querido decirme si accedía ó no á mis pretensiones. Pero me fuí tranquilo. ¡Conozco tanto el corazón humano!

La revolución acabó pacíficamente en mi provincia, no sin sangre y padecimientos en Buenos Aires, sitiada y, al fin, vencida—esta vez para siempre,—por las fuerzas de la nación.

Al propio tiempo, nacía el nieto de don Higinio, sin que lo supiera en un principio demasiada gente, así como después lo supo todo el mundo. El viejo no volvió á verme, á causa, sin duda, de la actitud de Teresa, y, avergonzado, meses más tarde, se fué á Buenos Aires con ella y el niño. Al marcharse, la pobre me escribió recordándome mis «sagradas promesas, más sagradas ahora que tenemos un hijo», y prometiéndome esforzarse por ser toda una señora que me hiciera honor en cualquier parte... ¡Oh, esperanza! ¡oh, candor! ¡oh, ilusiones!

Yo, entretanto, me limitaba á observar la realidad, á utilizarla, con la vía libre, al fin.

NOTAS:

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