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Cuentos de Fray Mocho

INTRODUCCIÓN FRAY MOCHO

Reading edition

Un día, en París, hace algunos años, recibí un pequeño libro, malamente impreso y firmado con un pseudónimo que había visto algunas veces al pie de artículos que, en general, no había leído. Era el Viaje al país de los matreros, mal título también, que ocultaba una de las pinturas más deliciosas y exactas que existen de un pedazo de suelo argentino, precisamente del más característico: tal vez de aquél formado y sin cesar modificado, por el aluvión formidable del padre de los ríos nacionales. Comuniqué mi impresión a su autor en una carta entusiasta, cuyo borrador siento no poseer en estos momentos, para darla de nuevo a luz, como el más cumplido homenaje al talento literario del hombre que nuestro mundo intelectual acaba de perder.

Más tarde, Fray Mocho, publicó su Viaje Austral que, como fuerza descriptiva vale quizás su primer ensayo, pero que le es superior en sus elementos de drama. Esa dura vida del lobero, en la intrincada red de canales entre los que va disolviéndose la más austral de las tierras habitadas, está pintada con una verdad y una intensidad tales, que parece increíble haya podido dibujarse el cuadro y darle color, sin haber visitado minuciosamente el teatro de la acción. Y sin embargo, según tengo entendido, Álvarez nunca visitó el Estrecho.

Más tarde, con motivo de la fundación de este semanario, de Caras y Caretas, para el que se me pide estas líneas de admiración y de pena, Álvarez cayó en la huella normal de su espíritu—y abordó el género para el que le habían preparado, no sólo las condiciones peculiares de su inteligencia viva, sagaz, observadora, de una sensibilidad de placa para retener la impresión de los ridículos más fugaces, sino también su vida azarosa, difícil, un tanto bohemia, en la que había tomado contacto material con todos los bajos fondos sociales—y contacto moral con todos los dolores y amarguras de la miseria. No pocos de sus cuentos, o más bien dicho, de sus escenas, porque se preocupaba muy poco de confabular, si bien mucho de pintar, ocultan, tras la forma retozona e irresistible que le es habitual, un fondo de profunda simpatía por el desheredado cuya ignorancia o mala suerte le sirve de tema. Poco antes de embarcarse para el Paraguay, tuve ocasión de verle y escribirle. Le hice ver que había llegado para él la hora de pedir a su espíritu lo que nos había prometido y le conjuré para que, a su regreso, se entregara al trabajo con método y plan.

No soy un entusiasta delirante por el criollismo en nuestra literatura. La razón fundamental es que siempre, o casi siempre, las producciones criollas no son, a mis ojos, sino reproducción de viejos temas, viejas pasiones, viejas intrigas, sin ubicación necesaria, pero revestidos de un lenguaje vulgar, trivial y de una repetición de símiles, lugares comunes y otros recursos, realmente agobiadora. Brieux, si hubiera visto una pieza criolla, que se está dando con éxito, habría podido hacer de ella Blanchette, con sólo cambiar el sexo del protagonista.

Álvarez no entendía así el criollismo; mejor dicho, no se preocupaba de ninguna manera de entenderlo o comentarlo. Como todos los artistas verdaderos, se ocupaba sólo en producir y esto de la única manera que podía hacerlo, mirando y pintando. Sus personajes no sólo hablaban como estamos habituados a oir hablar en nuestros campos, calles y casas, sino que sentían y concebían las cosas, como las sienten y las conciben necesariamente, por educación, por herencia y por influencia del medio, los diversos tipos sociales de nuestro país. Yo le decía a Fray Mocho: “Usted está destinado a escribir la primera comedia criolla de nuestro futuro teatro. Deje al gaucho tan esquilmado, al compadrito que sólo debe ser un personaje episódico y plante su escena, como sólo usted sabe hacerlo, en una casa modesta, de barrio lejano. Traiga usted allí a la mamá y a las niñas, al papá, nacido allá por 1840, al pariente, a las vecinas y haga usted hablar a toda esa gente. No se preocupe usted de la acción; hágale usted hablar, sentir y pensar como usted sabe que en ese mundo hablan, sienten y piensan, y le auguro a usted un éxito de primer orden”. Álvarez sonreía, pero allá en el fondo acariciaba la idea con la conciencia de poder realizarla de incomparable manera.

Brutalmente, la muerte se lo lleva cuando la vida empezaba a serle menos rigurosa. Él reposa, pero va a faltarnos, en esta monotonía seria y en esta expectativa casi angustiosa en que vivimos, la alegre nota semanal de Fray Mocho, en la que poniendo de relieve uno de los aspectos de nuestro ridículo, nos hacía gozar por la admirable penetración del artista, y por la verdad del tipo estudiado.

Todos esos bocetos van a ser reunidos en volumen. Ahí deberán ir a estudiar todos los que quieran interpretar nuestro microcosmos social, como en las horas largas y tristes allí se deberá buscar el reactivo contra las sombras del espíritu.

Hemos perdido un verdadero temperamento artístico y el día de ayer, que fué el último de un hombre que tomó muy poco a lo serio la vida y el arte, ha sido un día de duelo para las letras argentinas.

Miguel Cané

Agosto 24 de 1903.

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN Pág.

Fray Mocho, por Miguel Cané 9

CUENTOS DE FRAY MOCHO

El lechero 15

Pascalino 16

Instantánea 19

Monologando 20

Me mudo al norte 21

Más vale maña que fuerza.—Leyendas entrerrianas 22

Tierna despedida 26

El marchante más antiguo.—En la comisaría 29

Entre dos mates 30

El ahijado del comisario 32

Cada cual se agarra con las uñas que tiene 35

Filosofando 36

Entre amigos 38

Cuartelera 40

¿Y a mí, quién me agarra? 42

Instantánea 44

Entre el recado y la silla 46

En familia 48

A la hora del té 51

Como víbora que ha perdido la ponzoña 54

Escuela de campaña 57

Ni con cuarta 59

Confidencias 61

Al vuelo 63

Conspirando 65

En las antesalas del Congreso 67

Del natural 70

¿No es verdá, nena? 72

Reminiscencia 74

Saudades 75

Paisajes 78

Donde las dan las toman 80

Centenarios de hojalata 83

Cada cual come en su plato 86

Pechadores 88

Cazando al vuelo 91

Cosas de negros 93

Cuentos de caza 96

Notas de viaje 98

¿A mí?... ¡con la piolita! 104

Del mismo pelo 106

¡Qué suerte pa las de Miguens! 108

Siempre amigo 111

¡El pobre amigo! 115

Entre dos copas 119

Flirt 121

Los tiempos de aura 124

Tirando al aire 127

La caza del cóndor 129

Como en familia 133

Desertor 135

La junta de la cuchilla 138

En el bañado 141

De raza 144

Patriotismo... y caldo gordo 149

Divorçons... en criollo 153

¡Cuatrerismo vivito! 155

Entre yo y mi perro 158

Carnavalesca 162

De vuelta del Paraguay 165

Frente a frente 168

Entre gentes de confianza 171

¡Robadita! 174

De baquet'a sacatrapo 176

Sin revancha 178

¡Ojo por ojo! 181

El hijo de doñ'Amalia 184

Después del recibo 188

¡Viva Chile... y siga el baile! 192

El cazador de tigres 195

Diplomático en botón 199

Nobleza del pago 203

Una cura por el agua 206

Entre rentistas 209

Política casera 211

Confidencias 213

La economía es la madre de la riqueza 215

La despedida 219

Mi primo Sebastián 222

En familia 226

Callejera 229

El café de la Recova 231

En confianza 233

Callejera 237

Milico viejo 239

Robustiano Miñones 243

La bienvenida 246

Haciendo lobos de mar 243

Regalos de boda 251

Bordoneo 255

“Entidá Judicial” 258

“Las etcéteras” 262

CUENTOS DE FRAY MOCHO

EL LECHERO

Siendo la leche el primer alimento que se da a los recién nacidos, necesario era que mi primer artículo para Caras y Caretas tuviese sabor lácteo, para lo cual ningún tipo de los que me obligaron a presentar se acomodaba tanto a mi propósito, como el del lechero.

Ya se fué el marchante de los buenos tiempos viejos, que los niños esperábamos ansiosos por la yapa de la leche, exigua y por ello sabrosa, y los más grandecitos y traviesos, por el mancarrón cargado con los tarros, sobre cuyas tapas envueltas en trapos, se extendía el cuero de carnero que le servía de trono y sobre el cual, arrodillado y erguido el busto, marchaba a trote de lechero, como se decía, el viejo vasco cantor y alegre.

¡Qué famosos galopes hasta la bocacalle, con corridas de todos los perros vecinos!

Se fué el marchante y con él se ha ido una nota típica de Buenos Aires y también el arreador usado como cetro; la boina terciada sobre la oreja; el chiripá de granos de oro cayendo apenas sobre la bota de becerro chueca y embarrada; el tirador que era una especie de cafarnaún en que se hallaban botones desertores, cartas de mucamas aventureras que comenzaban con el invariable “cerido, marchante digamé ci es cierto que me dará el haniyito ci le doy el veso”, pesos chicos con carnerito, cabellos mezclados con flores secas, horquillas para la novia preferida—la paisana—que le esperaba entre sus patos y gallinas, allá por Morón o San Justo, y a veces el papelito en que “la patrona gorda”, “la flaca de Maypú”, “la vieja del Socorro”, como él designaba a su clientela, le encargaban manteca fresca o huevos caseros para la niña y también las milongas en vascuence, entonadas al bordear un charco suburbano, y la original “fonda de vascos”, donde entre copa y copa de vino se comentaba a gritos toda la vida porteña, mirada desde la cocina.

A otros tiempos otros tipos.

Ahora tenemos el carrito con vasijas de latón, lustrosas de puro limpias; el lechero de delantal y gorro blanco, serio, grave, que no canta ni ríe, ni dice chicoleos; la manteca en panes de ilusión y la harina y el agua y la sofisticación reinando omnipotentes con sellos, patentes, certificados químicos y tapas higiénicas!

Y ahí va la vida, siguiendo su tortuoso camino, cada día menos pintoresca, menos nacional, diremos, pero más arreglada a las leyes y ordenanzas, por más que el viejo marchante desalojado, diga melancólicamente, al ver pasar uno de los carritos triunfadores:

—¡Arodá no más... masón condenao, que ya te allegará tu hora!...

PASCALINO

Es uno de nuestros calabreses más distinguidos y al mismo tiempo el verdulero más popular del barrio de la Piedad, cuyas calles recorre diariamente con su carrito de mano, desempeñando alternativamente el papel de caballo de tiro y el de comerciante al menudeo.

Es una especie de guión tirado desde la elegante casa de familia hasta el modesto cuarto de conventillo, y él nivela, tuteándolas, a la empongorotada dama a quien le falta de repente algún ingrediente para preparar un plato improvisado, con la cocinera sin trabajo, que para no perder la costumbre y asentar la mano, se sisa a sí misma cinco centavos en el clásico puchero.

Con su galerita terciada sobre la oreja, sus pantalones y su saco deshermanados, que de puro cortos ya casi ni se saludan, va de puerta en puerta, asomando su cara de doble sentido,—pues desde la boca para arriba parece ser de un flaco melancólico, y desde el mismo punto para abajo, de un gordo divertido—y, gritando con doliente voz de falsete, que filtra como en chorritos como a través de una mascada cosmopolita, verdadera asamblea de puchos callejeros:

—¡Se me caen los pantalones!... ¡ay!... ¡se me caen los pantalones!

La frase pregonera, que más parece anunciadora de catástrofe escandalosa, ya no llama, sin embargo, la atención de la clientela: todo el barrio la conoce y sabe que traducida al criollo quiere decir simplemente:

—¡Señora!... ¡Aquí está Pascalino!

Y convocadas por ella salen las compradoras a la puerta, quienes francamente y quienes con un gracioso recato, revelador de escrúpulos sociales muy recomendables, mientras otras entablan su negociación desde el descanso de la escalera, obligándole a viajes frecuentes, hasta el carrito, que le permiten desplegar las gracias de su porte.

—¿Tiene longaniza, marchante?

—¡Nun e buona per náida!

—¿Por qué?

—¡Mó!... ¡Yandangarando periti li canachi dil monichipio!

—¿Qué me dice?

Aquí Pascalino, que se siente importante con su noticia, exclama en tono sentencioso al par que discretamente petulante:

—¡Domandalo al tuo maritos!... Li canachi, vendono li periti a cuelo qui fanno cholchicho... ¡Guandío ti lo dicos e berqué lo só!

Y extrayendo del carrito un envoltorio de papeles y de éste una yunta de chorizos que para lucirlos mejor hace cabalgar sobre su índice:

—¡Berá!... Roba fina cuesta... ¡Bó!... ¡Li chorichi non si fanno gun artigoli di pero!... ¡Cuesto si po mangiare comi-ti-lo-dico!

—¡Pero marchante ... yo lo que necesito son longanizas!

—¡Ti prechisa chorichi!... ¡Lo só bene!... ¡L'altra ruba non e buona, te l'ho deto!

—Pero vea, marchante...

Pascalino se siente arrebatado; las venas del cuello se le inflan, los ojos se le inyectan: le revuelve la bilis, evidentemente la terquedad de una cliente que quiere longaniza cuando él no tiene y se encamina apresuradamente a su carro como para marcharse, pero vuelve con la misma rapidez, se encara con ella, desocupa la boca de la mascada que le dificulta la palabra, y le dice con tono despreciativo, aunque casi lloriqueante de puro meloso y derretido:

—¡Mó!... ¿Berqué nun parlate guiaro allora?... Voy volete artigoli fati gon gose di pero... ¡Ebene!... Andati al meregato si volete... ¡Pascalino non dimentigará di la sua fama!

Y ante semejante indignación la compradora que necesitaba longanizas, se somete a la tiranía del marchante que, de casa en casa y de puerta en puerta, urde mentiras en su media lengua e impone su voluntad soberana.

INSTANTÁNEA

Bajo el azote de la lluvia que caía silenciosa, tenaz y como acompasada, llegó el jinete frente al rancho desmantelado que ocupaba la china hospitalaria, famosa en el pago; maneó el petizo maceta y panzón, cinchado casi en los sobacos, dobló el cuero de carnero que le servía de cojinillo, a fin de evitar la mojadura de la lana, y notando un caballito de cola recortada y atusado con coquetería, que dormitaba con una pata encogida bajo la diminuta enramada—refugio de una pava viuda y de media docena de gallinas, usufructuarias de un gallo cegatón—movió la cabeza como con desagrado y silbando entre dientes una mazurka mestiza de tarantela, se acercó a la puerta enclenque e indiscreta; golpeó con los nudillos suavemente y esperó la respuesta con aires de desgano y desconfianza.

—¿Quién es?...—respondió una voz varonil y bien timbrada, que no era por cierto la ronca y casi gangosa de la buena amiga.

—Sono io... Angelo... ¡il discarriadore de la estancia!

—¡Ah!... ¡Bueno!... ¡Aquí no precisamos descarriadores por aura!

—¡Ma!... ¡Llove com'in cane e non ho piú cavallo!... ¡Il petizo l'he riventado!... ¡Ho fatto ina galopiada dila gran siete!

—¡Bueno!... Vayasé a la pulpería, entonces... ¡Está ahí!... ¡atrás del cardal!...

—¡Non poso!... Dichetele a la patrona... que sonno io... ¡Angelo!

—¡Dice la patrona que se deje de... embromar y que si es ángel por qué no vuela!

—¡Corpo di Dio!... Dichetele que non posso... ¡perque sono pechone!

Y mientras de adentro se contestaba con una carcajada su salida espiritual, él se enhorquetaba en su petizo y estimulándole con el chicoteo de sus piernas, se perdía al trotecito entre el cardal verdegueante, donde cantaba la lluvia su eterna canción monótona.

MONOLOGANDO

—Mirá Juaquín, vos no me conocés tuavía; vos no sabés la liendre qu'es Justo Pérez... Aquí ande me ves con mi sombrerito requintao y mi pañuelito en el pescuezo, soy hombre que lo mesmo me siento en el pescante de un coche particular, de ésos que tienen caballos como los de aura—que estiran en cuanto se paran y levantan la cabeza con orgullo, como si jueran dotores—que entre el molinete de una chata, con cola... Yo nací en la calle Maipú, ¿sabés?... en la casa e los Garcías y h'estao acostumbrao a darme con gente y no con basura... ¡Bueno!... Y si no lo sabés, sabelo... a mí me cristianaron en la Mercé y jué mi padrino un italiano que tenía almacén al lao de casa y que se murió pa la fiebre grande... Ile tomando el peso!... ¡Bueno!... Y cuando era vendedor de diarios siempre lo veía a don Bartolo, ¿sabés?... ¡Bueno!... Y por eso me da rabia que un alfayate como el pardo González, dentre a ser cabo nada más que porque la mujer es planchadora del comisario... Mirá, che, a mí no me des hombre que se priende de polleras pa subir... ¿sabés? De asco pedí la baja y no vuelvo a la policía si no es que me llevan preso... ¡Juna perra!... Si yo juera como González, no me hubiesen faltao protecciones ni cadeneros... Tamién he tenido mi pior es nada, aunque sea feo decirlo... pero, mirá... cuando dejé de ser floristo y dentré a la cuarta, tenía una mujer italiana que había sido ama e leche de don Marquito Avellaneda... ¿sabés?... ¡Bueno!... Y ella me decía siempre que m'iba a hacer ascender... y... ¿sabés? lo qu'hice?... ¡Bueno!... Le pegué una patada a la suerte, pedí la baja y me juí con otra,—una corista e Raffeto—y m'hice correntino e Morel... ¿te acordás?... ¡Bueno!... Y ¿qué querés?... yo soy así... lo mesmo trabajo e zanagoria en cualquier circo, que me priendo el machete u agarro el látigo y las riendas y salgo por esas calles vendiendo almanaques... ¡Bueno!... Y aura ya sabés: pa mí s'hizo la milonga e Morales

Mi madre se llama Clara Y mi hermana Claridá; Yo me llamo Francamente... ¡Miren qué casualidá!

ME MUDO AL NORTE

Siempre lo dije: si las cosas siguen como van hasta hoy, yo tendré que abandonar estos barrios... ¿Quién diablo puede vivir hoy en el sur, a menos que no sea algún payucá de esos que se mantienen con churrasco y le hacen cara fea a un caracol?... Si esto está cada día más imposible... Antes siquiera tenía uno los rezagos del Mercao Viejo o la sopa e San Francisco, ¡pero aura!... ¿Y del río, qué me dicen?... Siempre era un recurso... Lo tenía uno “ahicito no más”, como decía ño Pantalión, y siempre se hallaba entre la resaca un sábalo asonsao, una boga con la jeta rota o un bagre atorao con el anzuelo... ¿Y aura?... ¡Vaya uno a dar con el río!... ¡Lo han ido reculando, reculando... hasta el diablo!... ¡No!... Eso sí... pa vivir bien, el norte; ésa es gente que sabe... ¡y después, la municipalidad ayuda siquiera!... ¡Se acuerda del vecindario!... Uno va por la vedera y camina trompezando con la comida... ¡un caracú aquí, un espinazo allá!... Los basureros siquiera son allí hombres de sociedá y a veces por un compromiso u por otro, se les pegan las sábanas... ¡y dan un calce!... ¿Y qué me dicen de las diversiones?... ¡Se sienta uno en una puerta y aquello es un veinticinco e mayo!... Coches llenos de muchachas alegres, bicicletas, casas en que tocan el piano, carreros satisfechos con las propinas y que hasta pagan una copa... almaceneros que tiran cachos de salchichón... ¡No!... ¡Aquello es otra cosa: no se puede negar! Y después Palermo, la Recoleta, las quintas llenas de flores... ¡No, no!... ¡He sido un bárbaro... ¡Me mudo al norte!

LEYENDAS ENTRERRIANAS MÁS VALE MAÑA QUE FUERZA

Fué alrededor de los fogones camperos de Entre Ríos, donde oí por vez primera los fragmentos del poema simbólico—de que forma parte mínima esta leyenda sencilla—destinado a perpetuar por la tradición oral el conocimiento que los hombres adquirían de la vida y costumbres de los animales, ya en las cuchillas enhiestas en que el sol fecundante reverbera, como en las cuestas alegres donde verdean los pastizales tutelares y negrean los montes rumorosos o en los juncales movedizos que tienden su manto pintarrajeado sobre las aguas dormidas de los arroyos y de las lagunas.

Cuando el hombre no reinaba todavía sobre todos los animales que pueblan la tierra, era el avestruz el rey de ésta, pues con su velocidad y su oído fino escapaba a las acechanzas del tigre—su rival, que le aguardaba oculto entre los pastizales hirsutos,—dominándole con su vuelo poderoso, que le permitía penetrar al monte enmarañado e ir a sorprender sus crías—arrebatándolas al celo de la madre—para elevarlas en los aires y estrellarlas sobre los raros pedregales del llano o de las abras medrosas.

El avestruz volaba entonces como un gavilán y nadaba como un pez; perdió estas facultades cuando, orgulloso de su dominio en los aires, en la tierra y en las aguas, quiso llegar hasta las nubes para verlas por detrás. Un rayo le quemó las alas y con ello le quitó no solamente el dominio de los aires, sino también el de las aguas, pues apenas le quedó la propiedad de nadar en línea recta—recurso extremo en caso de persecución excepcional—sin poder manejarse a voluntad.

En cada región tenía un rival temible: en la tierra el tigre, en el agua el sapo y en los aires el águila negra, habitadora silenciosa de la copa de los molles y coronillos. El sapo—que en el poema personifica la astucia—era el más grande calavera de la región, y como cantor, guitarrero y divertido, su fama era tan universal como su suerte en lides amorosas.

Ya no eran sólo las ranas y renacuajos su prole conocida, sino que, sorprendiendo una siesta a la vieja del agua, libando las flores de un camalote, engendró en ella el bagre negro, que habita entre los charcos y lagunas, ufano de su origen; en una tararira, que jugueteaba entre un juncal naciente tuvo al moncholo inquieto, y en la anguila, que vive en el cauce de los riachos sin corriente, la raya venenosa y agresiva.

Una noche sorprendió dormida una víbora de la cruz junto a un cañaveral donde acostumbraba a ocultar su ponzoña para bañarse y dió vida al escuerzo repugnante, y en otras víboras inofensivas engendró el lagarto y la lagartija, y en la de dos cabezas el camaleón de veneno letal.

Sus amores y sus riñas con hermanos y maridos ofendidos, forman en el poema un largo capítulo interesante, y cuando el avestruz conoció las perturbaciones que en el agua y en la tierra introducía su conducta desordenada, le declaró franca guerra de exterminio.

Apercibido el sapo de la merma que sufría su prole, buscó al avestruz y lo retó a duelo, mereciendo de éste una sonrisa de desprecio que le alcanzó al alma, si acaso la tenía.

—¿No quiere pelear?... ¡Pues le corro una carrera, entonces!

Nueva sonrisa del avestruz le valió la petulancia.

No obstante, tanto insistió y tanta propaganda hizo contra el rey de la tierra, que éste, como por ironía, le aceptó su desafío.

Correrían, en el primer día de la próxima primavera, un tiro de una legua en cierta llanura donde el avestruz acostumbraba ejercitarse de continuo: en la raya se pondría un mortero, en cuya parte hueca se sentaría el ganador bien que esto último no fuera condición obligatoria para el sapo, y como precio, arreglaron que si el avestruz triunfaba, el sapo sería su esclavo y le salvaría sus nidadas del latrocinio de los ratones que las perseguían, y si el sapo era el ganador, el avestruz no mataría ni comería jamás a ningún ser que llevara su sangre, pudiendo, no obstante, matar a cualquiera de los que admitieran sus requiebros y amoríos.

El sapo, llegando el día y lugar de la cita fué a los pajonales, reunió un centenar de los suyos y dándoles sus instrucciones secretas, salió con ellos ocultamente, algunas noches antes del día fijado para la carrera que iba a decidir de su porvenir y del de su raza.

Llegó éste, hermoso y alegre como son en Entre Ríos los días primaverales, sorprendiendo ya en el punto de partida al sapo—ventrudo y pesado—que parecía contra su natural, ansioso y anhelante, contrastando con su esbelto rival, que con aire zumbón gambeteaba sobre el llano, luciendo la agilidad de sus músculos y la sutileza de su espíritu, inagotable para suministrarle formas de engaño con qué burlar la expectativa de sus perseguidores o adversarios.

Dada la señal de que los rayeros—el peludo, símbolo de la justicia, por lo lento probablemente, y la tortuga, personificación de la perspicacia y la reflexión—estaban en su puesto así como el mortero que serviría de asiento al ganador, se largó la carrera, constatando el avestruz, con sorpresa creciente, que por más que acelerara su marcha, siempre saltaba adelante suyo y a poca distancia, su ventrudo adversario.

Cuando llegó al mortero y se dejó caer pesadamente en el hueco que le servía de asiento y a cuya forma se adaptaba admirablemente su cuerpo, oyó que el sapo le gritaba desde el fondo:

—¡Cuidado, amigo... mire que hay gente!

Con pesar reconoció el avestruz petulante su increíble derrota y nunca sospechó que su adversario le había ganado con más ingenio que celeridad, pues había escalonado a lo largo del camino muchos de sus congéneres, que tenían por misión saltar delante del ágil adversario, a medida que éste avanzara, ocultando dentro del mortero un su hermano, que más que sapo alguno se le parecía, y que era habilísimo en parlamentos y discusiones.

El avestruz vencido juró respetar la prole de su vencedor y hacerla respetar de los suyos, y éste a su vez, por caballerosidad, ya que el contrario no le obligaba, prometió al avestruz cuidar sus nidadas, que el ratón—por otra parte su enemigo personal por cuestión de mujeres—perseguía encarnizado.

Desde entonces el avestruz no mata ni come sapos ni alimaña alguna que con éste tenga parentesco, ya sea legal o ilegal, y el sapo se hizo el guardián de las nidadas de aquél, y por esto, y no por glotonería ni por amor a las moscas,—que atraídas por el huevo que con el fin de reunirlas, para alimento de los recientes polluelos, reserva siempre sin empollar el avestruz clueco—como algunos maliciosos suponen—fué que el sapo tomó sobre sí la odiosa comisión que ha cumplido tan fielmente.

Este odio tradicional, del cual el hombre se apoderó más tarde por la indiscreción de una araña charlatana, es el que ha servido al agricultor para defender sus trojes de la voracidad del astuto roedor: local donde se encierran sapos queda libre de ratones aun cuando contenga montañas de maíz fragante y tentador.

TIERNA DESPEDIDA

—Ya te lo he dicho, Natalia, y no me obligués a que te lo repita... Vos estabas güeña pa mujer de cuartiador, no digo que no, pero pa mujer de vigilante te falta laya... Suponé que te tenga que presentar al sargento e mi cuarto, u al oficial, u a alguno de los compañeros... ¡Ponéte en el caso y contestame! ¿Qué pensarían de un agente que trompezaba tan fiero?... Tal vez lo tomarían por zanagoria de algún circo e pruebas u por organista e la calle... ¡No, no!... ¡Convencete!... ¡Devolveme mis pilchas y hoy u mañana si necesitás protección no te olvidés de que Pedro Gorosito supo quererte y de que no se marea ni aunque lo hagan cabo primero!

—¡Mire el discurso!... ¿Quién había e figurarse, roñoso, que llegarías a creerte gente?...

—Mirá, Natalia... respetá a la polecía... ¿sabés? y no subás la prima porque la vas a embarrar...

—¿Yo?... ¡Vaya!... Mirá... te lo digo con franqueza, ¿entendés?... Podés dirte cuando se te antoje y llevarte tus murriñas... Cuidao no me vayás a dejar en lo oscuro... Veanlón al roñoso que porque se priende un machete y se pone guantes los domingos, ya se cre igual a don Bartolo... ¡Miren qué traza!...

—¡Che, che!... ¡Pará el carro y no arrugués, que no hay quien planche! No te olvidés que estás hablando conmigo, ¿eh?...

—¡Buena tripa pa chorizo!... Mirá llevate tus cosas de una vez y mandate mudar: a'hi al lao de la tina están tus chancletas y abajo e la cama tu chapona y la única camisa que tenés...

-¡Ah! ¡Ah!... Aura salimos con ésas... ¿eh? ¿Conque no tenés prendas mías, no?... Mirá, Natalia, no seas chiflada y atendé la razón... No me tomes pa cadenero; ya sabés que yo soy de esos que no se estiran; ¡no me hagás que dentre ande no quiero dentrar!... Devolveme mis pilchas y sigamos de amigos, ¡qué diablos!... ¡Tal vez, m'hija, toavía te sirva de algo... ser amiga de un agente, che, no es cosa de tragar así no más... sin mascar!

—¿Y qué prendas tenés aquí ni en ninguna parte...? ¿Si estarás soñando que sos tendero?... Atendéme y entendé: en este cuarto ni tus puchos pa recuerdo... ni tu sombra!... Y no creas que no me alegro, porque al fin pa tener pulgas y no sentir comezón, vale más sacudirse la pollera... ¡Conque así, mi hijito, andá, acercá tu miseria a otra más necesitada!...

—¿Y mi pañuelo e seda?

—¿Pañuelo e seda tuyo? ¿Diánde vas a sacar? Ése que usabas era mío ¿no te acordás?... ¡Bueno! ¡era mío!... ¿Y sabés quien me lo dió?... ¡Bueno!... Uno que vale más que vos, ¿sabés?... don Santiago el botellero, que anda como pichicho por mí!

—¡Güen gringo, chancho!... Mirá, ni me nombrés a ese gringo, Natalia, si no querés que haga una barbaridá... Y aura escuchame lo que viá decirte, ¿sabés?... Yo me voy de tu lao, pero si llego a saber que el botellero dentra a llevarte el apunte, vengo un día y ni aunque me den de baja...

—¡Qué vas a venir, roñoso!... Aura cuando salgás de aquí, te tragás el machete y comenzás a caminar solo como el elétrico... Hasta Roca te va a parecer enano... ¡cuanti más el botellero!...

EN LA COMISARÍA EL MARCHANTE MÁS ANTIGUO

—¡Ah! ¡Ah!... ¿Otra vez?... ¡Pero hombre!... ¿para qué andás con cumplimientos?... ¿Por qué no te alquilás un calabocito?... Te lo daremos barato...

—Ya veo... ¡hum!... por lo diablo ha de ser el comisario el que habla... ¡hum! Yo ni aunque esté más chupao que caramelo, conozco al gobierno!... ¡Mirá!... Pa ser bicho y tener dentrada hasta en las confiterías, basta ser autoridá... Y los comisarios cómo se ponen de vivos en cuanto les cuelgan la medalla!

—¡Che! ¡Che!... ¡Mirá!... No te pasés de pato a ganso y aunque estés borracho, acordate de que tenés madre, ¿no?

—¡Orst!... ¡Y si es verdá! ¡Vea!... Yo me llamo Agapito Giménez y me criao frente a lo del coronel Dantas... ¿Sabe?... En la parroquia de la Concesión y al lado de casa vivía un muchacho que se llamaba Aniceto, que era brutísimo y sonso y comilón de manises y además ahijado del coronel... Todos decían en el barrio qu'iba ser de los de la Convalecencia porque era golpiau de la cuna... ¡y les pegó un chasco de órdago!... Se metió en política y ¡qué se yo! y un redepente, ¡zás! lo nombraron comisario del Tuyú... ¡Y viera lo diablo que se puso!... Lo que tenía güen sueldo, le brotaban las gracias como granos... sin hacer ruido... ¡Pucha con el Agapito!... Me sabía contar mi compadre don Ruperto, que se jué de cabo con él, que daba gusto ver las travesuras qu'idiaba todos los días y cómo hacía perecer de risa a los empliaos y de rabia a los vigilantes, pues con tres hacía el servicio de veinticinco y se guardaba los sueldos!... ¡Era diablísimo!

—¡A ver... a ver! Metan adentro al loco este... que si no lo vamos a tener que convidar.

—Gracias, comisario... ¡Yo tomo sin soda!... Así no más... ¡hum! giñebrita pelada... ¡Orst! No arrempuje, vigilante... ¡espere!... ¿Qué?... ¿no ve que estamos conversando con su jefe?... Aprienda a respetar... ¡Caramba con la gentesita esta!

—¡Bueno... Siga pa dentro!

—¡Qué bárbaro!... ¿Te crés viá dir pa'juera?... Mirá; por esta cruz, ¿ves?... no te vas a dejar dar de baja... vos estás destinao pa manate... Vea, comisario... ¿y cuándo me va a largar? Yo estoy conchavao con un pianista pa arrempujarle el istrumento y si me dejan aquí voy a perder el acomodo...

—Luego... si pagás la multa.

—¡Cómo no... si fían!... No tengo más que cinco pesos... ¿Por qué no me hace una rebajita, comisario?

—¡Bueno!... ¡Siga pa dentro!

—¡Esperate, hombre!... ¡Permita Dios que por apurao se te caigan los dientes... de comer queso!... Mire, comisario, ya sabe que soy chupador pero güen hombre... Tenga consideración... ¿l'oye?... Piense que soy el marchante más viejo e la sesión!...

ENTRE DOS MATES

Y el viejo capataz, que ha andado a campo toda la mañana, acompañando al patrón en una de las raras recorridas que suele pegarle a su estancia, a la entrada de cada estación, para ver cómo vienen los pastos y pesar con sus ojos de ganadero práctico los kilogramos de gordura que tiene la hacienda, aprovecha la oportunidad de una parada en las casas para reconfortarse el estómago con un par de amargos, cebados por la mano primorosa de doña Petrona, la cocinera de la familia propietaria y su amiga vieja, con quien le gusta de vez en cuando echar un párrafo sabroso, haciéndola platicar sobre sus desventuras matrimoniales, que son de pública notoriedad, y que él se permite echar a la chacota, como estimulando su verba maliciosa y picante, que lo mismo se ensaña en doña Graciana, la mujer del arrendatario, que en los melindres de la patrona.

Y ha llegado en buen momento, a juzgar por la cara avinagrada de su amiga, que si bien le alcanza el mate, entre sonriente y grave, muestra en su ceño adusto y en el relampagueo de sus ojitos negros y lucientes, que una tormenta ruge en su espíritu próxima a estallar.

El gaucho, socarrón y malicioso, saborea en silencio el primer mate, observando como al descuido la cara de la cebadora y piensa para sí en que quizás la visita matinal de la señora a cacerolas y fogones habrá valido a su guardiana lo que le valieron él, a la misma hora y de parte de su patrón, unos alambres flojos hallados allá en la linde del campo o unos corderos muertos hallados a la salida del cardal, y que eran prueba manifiesta de desidia y abandono.

La verdad es que hay días que parecen consagrados al diablo y que, en ese caso, lo mejor es echarse el alma a la espalda y buscarse diversión barata a costa de cualquiera que esté dispuesto a tomarse a lo serio las contrariedades de la vida.

Y al recibir el segundo mate, no pudo menos que sonreír, mirando el aire preocupado de la cebadora y quedarse mirándola con aire bonachón...

—¡Orst!... ¿Qué me mira?... ¿Se cree que soy figurita?

—¡Qué ña Petrona, ésta!... ¿Con que al fin la dejó mi compadre?

—¿La dejó?... Seré hilacha, acaso, pa que me deje cualisquier rotoso...

—No digo tanto... cuanti más que sé de alguno que anda perdiendo el poncho por usté... Y así le decía siempre a mi compadre cada vez que la vía con su pollerita cortita, de aquí p'allá en los trajines de la cocina: “!Mire, compadre... conserve esa prenda, que es un tesoro!...”. Y mi compadre se reía no más, y moviendo aquel dedo mocho que tenía en la zurda, me decía que no sabía por qué lo quería tanto usté, y que cráia que juera por el olor a caña que siempre le tomaba...

—¿Qui arrastrao!... ¿Conque eso le decía?... Mire, compadre... lo que me está hablando, estoy recordando a doña Eloya, la puestera de la costa, que supo ser su consentida... aquélla que se le juyó al marido dejandolé todos los hijos... ¿se acuerda?... La pobre me decía siempre, pensando en lo que usté la quería: “!Qué hombre, ña Petrona, es su compadre!... Por lo querenciao, parece que se hubiere criao guacho... De aquí de casa no sale mientras hay yerba o un churrasco colgao en la ramada...”.

EL AHIJADO DEL COMISARIO

—¡No, che; eso sí que no! Ni como agente, ¿sabés?, ni como amigo, puedo encontrarte a bien que seas ingrato con el comisario... ¡Como quiera que sea, él te ha criao ¿sabés?, y te ha hecho gente!

—¡Si te mamás... con soda!... ¡Ti ha criao!... ¿Diánde... me hablás que no te oigo?... Yo, ¿sabés?, dentré ya grande a su casa... muchachito e servicio... que ya se ganaba su bifecito... Y me han sacao el jugo con el cuento de que era ahijao de confirmación... ¡Pucha con la crianza cara!... Le he servido de mucamo, de cocinero, de caballerizo y del diablo, quince años... y aura salimos conque tuavía estoy enditao... ¡Estás loco, hermano... y tu mama no sabe nada!

—Mirá, Mamerto, vos tenés mucha letra menuda, ¿sabés?... pero conmigo es al ñudo... Ni a'nque te lambás el cogote me vas a hacer crer que sos pruebista... ¿Quién te ha enseñao lo que sabés, vamos a ver?

—¡Lo que sabés!... ¿Y te crés que si yo toco la guitarra u mi hago ver en el redoblante se lo debo a él ni a naides?... Es de óido m'hijito y de afición y más bien se lo debo al sargento Nemesio que m'hizo dentrar en “Los caminantes de Balvanera”. Yo, ¿sabés?, ¿querés que lo confiese? no les tengo rabia ni al comisario ni a la señora... pero a la suegra, ¡que Dios permita que la reviente un tránway!; no la puedo aguantar, che... Si me tenía todo el día como mascada e loco, de un lao para otro, buscándole tul de cinco centavos la vara pa remendar la pamela u fresadas di a peso u carreteles d'hilo di a vainte la docena.

—¡Bueno!... Pero ésas son cosas no más, hermano... En ninguna parte vas a estar como en lo del comisario... cremeló.

—¡No, che!... ¿qué querés?... aura vi'aver si puedo vivir solo un tiempito, enseñándole a mi loro a cantar el hino nacional y después veremos si me hago nombrar ispetor d'impuestos internos como lo han nombrao al hijo e Bachichín...

—¡Bah, bah, bah!... Mamerto, mirá, te lo digo endeveras, ¿l'ois?, por esta cruz, ¿ves?... Vas a dir a parar a la casa e locos... ¡Che, che! ¡Mirá, como el hijo de Bachichín!... Bien decía el comisario que a vos te daba por hablar solo y espantarte las moscas en l'oscuro...

—¿El hijo de Bachichín?... ¡Gran cosa!... ¡Un animal que no sabe ni acompañar un paso doble!... ¡No embromés, hombre!... Dejá que yo dentre a la orquesta e la Ópera y vas a saber cuántas son cinco... Hasta me van a sacar en los diarios y tuavía lo vi'a dejar al comisario con la boca abierta...

—Tu mama vendía alfajores... ¡Qué bárbaro...!

—¿Bárbaro?... Y qué más que yo han sido muchos de ésos que figuran?... Vamos a ver... ¿Quí ha sido el mismo comisario?... O te crés que yo no lo conozco al gringo tuerto que lo tenía e pión en los Corrales? Mirá, hermano, vos nunca has de ser nada, ¿sabés?... sos de los que se contentan con pitar un cigarro negro y se sienten orgullosos porque los saluda el oficial.

—¡Che, che!... ¡Mirenlón!... Y vos sos de los que corcovean con el chorro en el hospicio a juerza de ser diablos y advertidos... Bueno, pues, ya sabés mi opinión, hermano... Acordate de que el comisario es tu padrino y de que mal que mal él te crió...

—Pucha con la crianza, más cantada que la milonga!... Cualquiera crería que el comisario al criarme a mí lo hubiese criao a Liandro Alén!...

—¡Oigalé!... ¡Pise juerte y no tenga asco!... ¡Pucha con el Mamerto!... ¡Pa pegarte no t'iguala ni la mugre!

CADA CUAL SE AGARRA CON LAS UÑAS QUE TIENE

La lechuza, agorera de la muerte para nosotros los de la edad presente, era para los de la edad remota,—que zurcieron el poema en que a los animales se atribuyen las prerrogativas de los hombres—, mensajera de amores y de enredos y quien preparó con sus hábiles manejos la extraña boda de la nutria y el jabalí, progenitores del carpincho, en unión con su comadre la vizcacha, personificación de la avaricia que proporciona la comodidad de sus barracas subterráneas a todos aquéllos que pertenecieran a este mundo, pues desde la noche el agua en que se revolvía había sufrido una merma considerable,—vió de repente acercarse con cautela a su amigo el gato, que andaba a la pesca de un bocado apetitoso:

—¡Hola, compañero!... ¡Acerquesé!... ¡Mire cómo está su amigo!

—¡Hombre, hombre,—dijo el gato, atusándose el bigote—; ¡cómo lo encuentro, compañero!... ¿Y qué tal la señora?

—¡Vea!... No estoy para informes ahora... ¿Quiere hacerme el favor de arrastrarme hasta por ahí donde haya agua?... ¡Me estoy ahogando en seco!

—¡Cómo no, bagre amigo... ya lo creo!... Vea: monte a caballo sobre mi y lo llevaré hasta allí, frente aquel barranco donde hay un pozo profundo.

Y pronto comenzó el gato a trotar con su jinete, que se agarraba con las aletas y echaba el alma tosiendo:

—¡No tan ligero, por vida suya!... ¡Espérese que me caigo!

Y de repente el gato, dando un brinco, exclamó encolerizado.

—¿Qué es eso, compadre?... ¡Me está taladrando las costillas!

—¡No, compadre; es que me agarro!

—¿Que se agarra? ... ¿A ver si larga?... ¡Orts!... ¡Esto sí que está bueno!... ¡Largue, compadre, o lo estrello!

Y el bagre, en silencio, aguantaba los brincos de su cabalgadura, exclamando entre dos golpes de tos:

—¡Si no es nada!... ¡Me he afirmado con la espina no más!... ¡Siga un poquito que ya llegamos!

—¡Bueno!... ¡Saque, amigo!... Que me aujerea el costillar!

—¡Pero hombre, usted me desolló el lomo la vez pasada y yo no grité tanto!

—¡Fué con las uñas amigo, que es distinto!

—¡Hombre!... ¡Yo me afirmo con la espina no más!

Y como en ese momento llegaran a la orilla, el bagre pegó un salto y cayó al agua, exclamando mientras el gato se revolcaba en la arena desesperado:

—Amigo, en este mundo cada cual se agarra con las uñas que tiene... y no hay vuelta... Ya lo sabe para otra vez, como lo sé yo.

FILOSOFANDO

¡Yo no he visto en mi vida, caballos más animales que los míos! Había'estar yo en su lugar y me habían de sacar del pértigo ni aunque juera pa un resuellito y ya vería el carrero cuántas eran treinta y tres en un revite apurao... ¡Ni a bola me agarraba naides, sino con la panza llena!... ¡Y esos condenaos, naca!... ¡Los largo y ahí se quedan con la jeta caída y sin ganas ni de mosquiar... ¡Juna perra!... No es por decir, pero parece que jueran jueces de paz o comisarios y que el carro les debiera la patente... No; pero a mí no me pita ningún ñato por más narices que tenga... O estos mancarrones comen aura que no me cuesta nada o luego revientan de hambre!... ¡No hay vuelta!... ¡Ellos podrán ser todo lo trompeta que quieran y me ganarán a pillo y a condenao... pero lo que es a bruto, ni aunque se mamen la oreja!... ¡Mirá con quién se han metido!... Yo les vi'a enseñar lo que no les enseñó la madre y les he'probar como le probé a mi compadre ño Grabiel, que yo puedo ser carrero y pobre aperiao, pero que soy hombre de carácter y que si no he llegao al gobierno no ha sido por falta de ganas... ¡Caramba!... Parece increíble pero es verdá... ¡Lo que no se ve en este mundo no se ve en ninguna parte!... ¿Y qué vi'a decir de los mancarrones porque no quieren comer aura que tienen pasto?... ¡Si yo soy igualito!... ¿No la tengo ahí abandonada, como rancho viejo, a Petrona mi mujer... una criolla linda y en unas carnes que li hacen hacer agua la boca a cualquiera y ando al trote atrás de ña Marica la puestera, que es una garra e cuero y que de yapa no me quiere?... Si uno es ansí no más... ¡canalla y mal enseñao!... ¡Juna perra!... La verdá es también si uno deja que hasta los caballos hagan su gusto ¿ande vamos a parar?... ¿Quién diantres le va a hacer entonces el gusto a uno?... ¡No, no!... ¡Dejemosnós de pavadas!... Al fin los mancarrones son mancarrones y uno es gente... Que pastéen no más aunque no tengan ganas, que no están los tiempos como p'andar tirando la plata al ñudo en mantención de sotretas!

ENTRE AMIGOS

—¿Qué... me decís, che?

—Como l'ois... ¡Si h'andao ajuera!... por Lincon!... ¡M'e pasao una semana di arriba, acompañando a Mauro, mi primo, que se casaba!... ¿No ti acordás de Mauro... aquel muchacho achinao, grandote, que siempre m'iba a esperar a la salida del trabajo?

—¡Ah!... ¿Un picao de vigüela, medio poeta, que cantaba fierísimo y siempre andaba componiedo milongas?

—Ése es... ¡Bueno, ese muchacho se fué al campo y ganó platita, che... y aura se casaba... ¡Si vieras cómo m'he ráido!... ¡Que cosa bárbara!... Ti aseguro que ha sido mejor qu'el circo aquello... La novia era un bagrecito... pero rellenito ¿sabés?... hija única di un napolitano petizo que junta güesos en el campo y tiene una tropitas e carros... No sé cómo diablos l'hizo caso a Mauro que es brutísimo y le da por hacerse el dotor... el hecho es que se casaban y que cuando vino a comprar la ropa para ella y para él, me convidó y nos fuimos... Si vieras las fiestas qu'hicieron en la chacra... ¡Qué carnaval ni qué demonios!... Hubo baile con alfombra y chocolate y estuvieron varios mozos del pueblito, medios cortos de genio, que se llevaron un chasco bárbaro. Creyeron que habría muchachas y no hallaron sino cuatro napolitanas viejonas y jediendo a asáite y una viudita criolla, pasadita e la raya, pero siempre mejor que nada.

—Y... ¿claro?... Vos te le habrías pegao ya...

—¿Y sinó?... ¡Mirá quién!... Como pa dormirse estaba la cosa... ¡Natural! ¡éramos los que bailábamos!... A las tarantelas ¿sabés? les pegábamos con carrerita y medio tirando a mazurca y las viejas le daban a uso e su tierra, con unos paisanos suyos que cantaban medio apretaos de gañote pero fuerte ¿sabés? y bastante entonaos... Pero eso no fué nada comparao con lo de la iglesia... ¡Hermanito!... Si hasta se me saltó la presilla del pantalón, de ráirme. Figuráte que estábamos junto al altar, los del casorio, la gente e la chacra, todos, menos el gringo viejo que se había quedao en la calle quemando cuetes chicos a riejo de hacer disparar los carros en que habíamos venido, y salió el cura, un italiano gordo, con unos ojos chiquitos, y comenzó a meterle en latín, ligerito no más...

—Ya sé... ¡Como pa pobre!... En una ocasión vi casarse a un mozo amigo... ¡Hombre!... Vos lo has de conocer... Es un tal Tomás que supo ser cabo de bomberos y que aura tiene a su cargo una manguera e las aguas corrientes, allá pasao el Once ¿sabé? cerca e lo doña Ramona, la madrina e Canuto... ¡Si vieras qué trote!... El cura s'iba no más en bicicleta y en cuanto quisimos toser y medio se sosegó la conversación y nos acomodamos... ¡ya estuvo!

—¡Eso es!... Y un redepente llegó a lo lindo: “Fulano ¿querés a Fulana por esposa y mujer?...”. Y lo veo a Mauro que se estira, medio se cuadra y pestañiando ligerísimo, dice en lugar de “sí, padre” y con tonito como de largar un discurso... “No sólo la quiero, padre, y la amo, sino tamién que la idolatro!...”. ¡Hermano!... ¡Si creo que hasta los santos s'están riendo toavía!

CUARTELERA

—¡No, mi cabo Machuca, no!... Hay que distinguir... ¡No me confunda fajina con alto el fuego!... En un tiempo, el soldao y el perro corrían carreras... ¡Acuérdese!... ¡no se olvide de las cepiadas y del plantón y del famoso ¡“hacé lomo” pa el planchao de las costillas!

—¿No me confunda?... Mirá charaboncito ni aunque me dieras diez pesos, te confundía las cosas di antes con las di aura..., Si ustedes ya no son milicos, m'hijito... ¡milicos di aquí, se entiende! ¿Las cepiadas, el plantón y la leña en las costillas?... ¡Gran cosa!... ¡Salíamos de una y ya estábamos en otra!... ¡Los milicos teníamos cuero, che!... ¿Vos te crés, qui aura, cuando yo miro un soldao con pantalón de bombilla y blusa cortada por modista como bata e mujer, mi acuerdo siquiera, e los compañeros que dejaron la osamenta en las cuchillas de Entre Ríos u en los médanos de la frontera? ¡Bah! Más bien mi acuerdo e los particulares de la preveduría u de los amigos del máistro de banda...

—¿Y qué quiere... Que andemos desnudos pa que usté se acuerde e los veteranos?... Mire, cabo Machuca, aura tamién se es soldado aunque uno ande con chaquetilla y en vez de tirar con fusil de chispa tire con máuser... Cada uno tiene su entripao y pasa sus malos ratos... y sus buenos... ¿Compriende?

—¡Música!... ¡Los milicos criollos se acabaron m'hijito, como los pasteles del sargento Ledesma—una china vieja que se crió en la frontera y que la hicieron clase porque una vez pelió a los indios en un fortín y salvó la caballada y qui amasaba en las caronas mejor que cualquier panadero! ¡Si queda alguno, anda como yo, dando güeltas alrededor de los cuarteles, muerto di hambre y hecho un andrajo, esperando que le tiren un güeso... si hay por casualidá, porque hasta los güesos se están acabando! Ustedes, no tienen ni juerza pa mascar la carne, che... Un churrasco o un puchero de aujas les da indigestión con sólo verlos, cuantimás una picana de avestruz medio chamuscada o un costillar de mula... En las cocinas de los cuarteles ya no se toma olor a comida sino a botica... ¿Me vas a decir que es rancho lo que le dan a ustedes?... ¡No embromés, hombre!...

—Cambie el paso, mi cabo, y dígame qué culpa tenemos nosotros que nos alimenten con mixto e fósforo en vez de darnos comida... ¿Cre que nos han consultao acaso?... ¿Los consultaban a ustedes en la frontera cuando les secaban los caracuces de frío o los hacían crujir en las estacas porque un alfayate se había levantado con la luna o se le había dormido al porrón?...

—A nosotros no nos consultaban che... ¡pero marcaban el paso los de arriba...! ¡Pucha... Ti apuesto a qui a nosotros no nos enfundaban en esos quepises de aura, que les dan a los milicos ese aire de abombaos o de pasaos de las doce... ¡Mirá...! Nosotros usábamos unos quepisitos petizones, que les quebrábamos la visera con el barbijo ¿sabés? y que nos quedaban como pintaus y después con la bombacha y las polainas y la paradita criolla, che... Eso era tropa... ¡Créme!... ¡Cada criollo lo que se sentía entre el uniforme, crecía y se ponía orgulloso!... ¡Mirá!... Ustedes no le tienen ni amor al número!... ¡lo mismo son del tres que del once!... Antes, ¡hum! El número, che, era el soldao. Vos decías yo soy del seis, ¿sabés? y el alma te temblaba e gusto y lo mismo era con las clases y los oficiales y los jefes y hasta con las chinas del batallón... ¡El cuerpo era tan sagrau como la bandera!

—¡Y aura es lo mismo!... ¡Lo qui hay es que no cacariamos!

—¡Di ande!... Si aura ni chinas tienen... ¡Habías de verlas en aquel tiempo! Cuando se nos venían los indios, las echábamos al medio el cuadro y mientras le metíamos fierro, ellas servían p'alcanzar la munición o pa'uxiliar los heridos... ¿Las di aura pa qué sirven?... ¡Si andan de pamelita y ya de puro finas ni mate toman... ¡Mirá charabón, a mí no me vengás con dianas, porque m'he criao de tambor!

¿Y A MÍ, QUIÉN ME AGARRA?

El sol—aquel sol de mi tierra, cuyo recuerdo guardo con cariño—filtrándose por entre la hojarasca de la parra que sombreaba el patio, echaba su tapiz de lunarcitos brillantes y movibles sobre el suelo recién regado.

Los morados racimos, cayendo aquí y allá—ora sostenidos por el tronquito nudoso y retorcido, ora cabalgando sobre un gajo rugoso y sirviendo de reparo a las vistosas arañas diminutas, que tienden de hoja en hoja los plateados hilos de su tela—traen saliva a la boca y se llevan tras de sí los ojos de los muchachos, tres rapaces desaliñados, que jugando al trompo espían con disimulo un descuido de la madre—guardián celoso de la fruta codiciada, que entra y sale, ocupada en las faenas de la casa—para dar un malón que les desquite de aquella prohibición que sólo sirve para aguijonear los deseos contenidos.

Zumbaban los trompos a concierto—para llevar a botes a la “troya” al viejo “servidor” que, sin cabeza y luciendo las cicatrices de las púas, estaba por ahí, a medio camino mientras las mariposas voltejeando, se perseguían por el jardín y las abejas y mangangaes parecían imitar el zumbido de los trompos, ya parándose en la corola de una rosa fragante, ya descendiendo a las profundidades de un lirio perfumado o ya deteniéndose, como en éxtasis, ante una mata de resedá, sobre el tallo carnoso de una azucena o esmaltando con su color tornasolado la nieve nítida de las flores del naranjo protector de violetas y de alhelíes y tutor de madreselvas y glicinas.

De repente cesa el zumbido de los trompos coincidiendo con ello el alejamiento momentáneo de la madre afanosa: el parral está librado al deseo de sus enemigos.

Una piedra vuela y estrella un racimo que se desmenuza en gotas brillantes que los muchachos, de rodillas, persiguen en el suelo con diligencia, pero no con tanta que hayan desaparecido todas antes que el celoso vigilante esté de vuelta.

Se oye el grito preventivo. Como movidos por un resorte los del malón están de pie, dispersándose a la carrera. La madre hesita, busca al culpable, a aquel que fuga hacia la calle impulsado por su fechoría y como con alas en los talones.

Le sigue hasta el umbral del ancho portón ruinoso y allí se detiene, temerosa del escándalo que provocará en el barrio y de asustar demasiado a su muchacho, que parado en media calle se come una a una las uvas recogidas, reponiéndose poco a poco de la agitación de la carrera.

Es un cínico el pillete: la madre se indigna; busca con los ojos un auxiliar que ponga entre sus manos el pequeño bandido, y, con placer, ve por sobre el cerco de la casa vecina a otro bandolero que ella cree juicioso “porque no es de esa bandada que le saca canas verdes”.

Ahí está, cerca del brocal del pozo, parado con aire de acechar algo, que será su salvación.

—¡Pchit!... ¡Pchit!... ¡Fulanito!... ¿ Quieres agarrarme ese pillo que se me ha escapado?

—¿Sí?... ¿Y a mí quién me agarra?

Y tras la frase, aparece la madre del juicioso, que le persigue de cerca hace media hora, afanada por vengar algo que ya pasa de castaño obscuro: un robo de dulce, hecho con efracción y con violencia.

Y mientras las madres, de casa en casa, se comunican sus rabietas y desazones, aun cuando teniendo en el corazón todo un tesoro de cariño por “esos bandidos”, éstos se reúnen, allá, en el fleco de sombra que da una pared medio ruinosa, a cambiar el producto de su rapiña y a espiar a las inquietas tacuaritas, que vuelan de palo en palo, llevando en el pico las pajas con que harán su nido, ayer deshecho por la mano impía de los piratas de la calle.

INSTANTÁNEA

—¡Mire que es terca y caprichuda usté!...

—Ma... dícame un poco... ¿Cosa li parece in amuramientos tras ina lavandiera e in bombero?... E anche... tra ina cringa comé me e ono criollo comi osté... que e propio in chino...

—Vea con la que salimos aura... ¡No digo...! ¡La gran perra con las mujeres para pensar fiero!... ¿Y qué tiene de raro?—¡vamos a ver!—que un bombero como yo, achinado, ¿sabe? guste de una mujer com'usté, que lo anda tentando dende que vivían juntos en la calle e Mateo, aura dos meses?... ¡Vamos a ver! Y qué va a sacar usté con querer a alguno de sus paisanos... tal vez con mujer en Uropa como le pasó a una conocida mía... ¡ucha que se va a armar!... Ésos no quieren más que la guadañanza y le van a hacer echar los bofes trabajando, mientras que yo ¡qué diablos! seré bombero y pobre y todo lo que se le antoje, pero con la manguera en la mano soy un tigre y en eso que le comienzo a tomar gusto al juego mi hago ver y nunca falta un danificao que me largue un vainte y yo no me llamo plata ni ninguno e mi familia... Mire: ¡pienseló! Yo soy mozo e juicio y ya he dejao de pasiar—le pongo por testigo al coronel Calaza que me tiene fe y siempre dice: “el día que se nos vaya el chino Perayra se acabaron los bomberos”—y la quiero a usté como no he sabido querer a naides... Vea: la noche estaba en uno de esos incendios de floriarse y me tocó de tener el macho ¿sabe?... la manguera gruesa... ¡bueno!... y había puesto el chorro derechito y le estaba pegando cuando un redepente se me viene usté a la memoria y me dentra a temblar la mano... ¿Ve?... Causa de eso lo sacaron medio chamuscao al cabo García y yo me chupé un plantón... Mire, creamé lo que le digo... su crueldá conmigo les va a costar cara a más de cuatro... si no hace por mí, hagaló por ellos siquiera...

—¡Non dico di no, dun Perayra... ma prima bisoña...! ¡Cueste cose non si danno com'il savone... cosí, cosí e cosí!...

—¿Y será capaz de decirme que tuavía no ha pensao en mí, después de dos meses que me tiene sin saliva?... ¿Ya no si acuerda e lo que me dijo la noche que nos conocimos en el velorio de don Miguelín, ánima bendita?... ¡Parece mentira que haya en el mundo una lavandera, capaz de jugar con un bombero acreditao, como lo hace usté conmigo!... ¿Digamé ¿usted no cre en Dios?... ¿No tiene miedo que la castigue por cruel y la deje sin lavaos?

—Ma, dum Perayra... ¡pense que si te dago del sí... osté haberá una donna pobre... pobre!

—¿Pobre?... La gran perra, que había sido avarienta!... ¿Y tuavía querés ser más rica de lo que sos, mi vida?... ¡Pucha!... ¡si al pensar que me vi'a juntar con vos, me parece que me junto con el Banco e Londres!...

ENTRE EL RECADO Y LA SILLA

¡Sí, con ustedes che, no se puede...! Son refractarios a todo progreso y viven casi como los indios. Vos, por ejemplo, que sos uno de los menos atrasadones, de criador no tenés más que las vacas y las ovejas en el campo, pero se t'importa tanto de la calidá ni las condiciones del ganao como a mí del primer cigarrillo que pité... ¿Pa qué ocuparse de mejorar los pastos, ni de hacer aguadas sanas, ni de refinar las crías, si todo eso no es más que charla e los gringos?... ¡Y mirá, convencete, hoy el que quiera vender bien tiene que producir bueno y... no hay vuelta...! ¿Vos te crés qu'en Uropa andan preguntando los compradores de qu'estancia es el producto que compran y si el dueño es criollo viejo o si es picao de viruelas?... ¡No, m'hijito! ¡Se compra lo mejor y nada más!

—¿Vea, no?... ¡Qué novedá!... ¿Ves? Esto es lo que me revient'a mí... ¡Un criollo como vos, inorante como cualquiera e nosotros, pero medio chiflao, que oye cantar el gallo y ya comienza a creerse de la familia...! ¡Te distes una vueltita por París hablando por señas como los mudos y te volvistes aburrido aunque vestido e francés y ya te crés un sabio, un'especie d'estanciero fenómeno que no cre que sean criadores sino los que tienen importaos de tres mil pesos y chalés y molino p'al agua...! No m'embromés, che, con tus inovaciones... ¡Demasiao sé lo qu'es un'estancia de los progresistas de tu laya!

—¿No ve?... El maldito espíritu aldiano los mata a ustedes y la envidia no le deja ni rascarse... Bien me decía Curcuá, el célebre bacteriólogo...

—¿Envidia?... ¿Y de qué, che, querés decirme?... ¡Mirá! Yo soy estanciero a l'antigua, ¿sabés?, de los que recorren su campito a caballo y conocen sus pastitos mata por mata, y sus animalitos, y que no necesitan capataces de polaina y tenedores de libro con saquito e seda, pero que tienen novillitos gordos todo el año y una lana que no la esquila la sarna...

—¡Claro!... Y serás de los que se cuentan por tarja en la vaina del cuchillo y duermen sobre'l recao, comiendo en la cocina con los piones...

—¡Justamente!... Pero no soy de los que tienen pionada que se levanta con el sol alto, ni de los que hacen telegramas al mayordomo, diciéndoles “mañana voy, espéreme en la estación”, dando la señal pa qu'el jardinero salga con l'azada a medio carpir apurao, alrededor de las casas y a cada quisque le comience a sacudir a su tarea pa que la estancia no parezca tapera y vaya a notar el patrón que los pesebres de los finos de tres mil pesos no se lavan sino cuando él viene, o que los tales finos han estado durmiendo a la intemperie como cualquier mortal y a veces ataos al palo veinticuatro horas, sin comer ni beber y eso cuando no les han sacao la frisa en la vecindá...

—¡Che... che... qu'imaginación!... ¡La gran perra!... ¡Cualquiera crería qu'esos palos son pa casa!

—No... ¡si han de ser pa la del papa!

—Eso sería antes, che. Aura va todas las semanas Enrique, m'hijo...

—¡Otra!... ¿Y te crés que tu hijo v'a ver nada, o te has olvidao en Francia de qu'en el campo no v'el que quiere sino el que sabe?... Mirá qué tigre el que les vas a echar... Tu hijo hará como todos los hijos de los estancieros de tu laya... Llegará al chalé medio ahogao por la poca tierra del camino y renegando porque no es adoquinao de madera como l'Avenida, oirá el crujido de los herrajes del molino p'al agua y después agarrará el campo con los amigos que lo han acompañao, a desocar mancarrones, a gastar balas en tirarles a los terneros pa probar la puntería o a refistoliar las muchachas de los puestos... Atendéme che y créme, los estancieros de tu laya no sirven, sino pa daño... y p'andar sonsiando en coche... ¿sabés?... porque p'andar a caballo son demasiado jailai y pa jailai no les da el cuero...

EN FAMILIA

—¡Pero, Eleuterio, ya con Susanita va a ser la quinta de tus hijas que casas y todavía andás con cosquillas!... ¡Bendito sea Dios!... ¡Y cuidado que a terco y a disconforme no te va a ganar cualquiera!... Habías de estar en lugar de García, que no ha podido salir de ninguna de las muchachas y veríamos... ¿Qué más querés todavía?

—¿Cómo qué más querés, Ramona, por Dios?... ¿Y crés que yo, más criollo que la Conceción, vi'astar conforme con que las muchachas se m'estén casando así?... ¡Caramba!... Ya mi casa, che, no es casa... más parece coche e trangüay o pasadizo de hotel... ¡Mirá!... Por esta cruz, ¿ves?... yo cada vez que tengo que hablar con alguno e mis yernos, le juego señas no más y pura arrugada e cara, pa que vean que no estoy enojao... pero no les entiendo ni un pito... No, che, ¡convencete!... lo'pior que le puede pasar a una familia, es lo que nos pasa a nosotros... La primera que comenzó fué Tulia con su alemancito, y de áhi siguieron no más como lienzo de alambrao. Petrona con su italiano. Antonia con su portugués. Eulogia con su inglesito y aura se nos viene Susana con un francés... ¡No, che, no... a no embromar vamos!... ¡No faltaba más!

—Tené entendido para tu gobierno, que la otra tarde, en lo de Martinita, que aura recibe los jueves porque María le ha tomado los miércoles por causa de las lecciones de la Chona, estuvieron ponderando la suerte de Susanita y diciendo que el francesito era una gran cosa y de lo más educado.

—¡Que gran cosa ni qué demonios!... ¡Un chuchumeco e media pulgada de alto, con el pelo echadito para adelante y una carita de asustao o de hombre que buscase algo que hubiera perdido!... ¡Y con un modito e dar la mano que parece sacao del codo!... ¡Che, mirá, el hombre será todo lo que quieran pero a mí no m'entra!... ¡Amigo, con la Susanita, que había sido lerda!... ¡Mire que dejarlo escapar al Chicho, el hijo de Juanita, un muchacho que da gusto por lo juicioso y aprovechadito...!

—¡Salí, Eleuterio... no seás infeliz...! ¿Qué no sabés que el Chicho es un pajuate... un verdadero hijo e vieja...? ¡Así me decía Susanita una vez que hablábamos d'eso: “Mire, mi tía, el Chicho sabe demasiado catecismo para poder ser mi novio...!”.

—¡Y ponerte a hacerle caso vos a semejante macaneadora!... Si ha de ser mejor el francesito éste con su paradita de chingolo maniao... Mirá, Ramona, te juro que si yhu'biese siquiera sospechao lo que m'iba pasar en la familia, no soy yo el que crío las muchachas aquí... ¡No, che, me las dejo en la estancia no más y cuando mucho, allá pa semana santa o el veinticinco e mayo, las hacía dar una vueltita por el Pergamino, y después a casa!... ¡Se mi hubiesen casao con algunos muchachos del pago, ya que son tan buscaditas, y yo, siquiera, che... caramba!... ¡podría saber las fiestas de la familia y no como aura que un derrepente me mandan llamar de lo de Eulogia, voy... y ¡záz! fiesta... ¡santo e la reina Victoria!... Una noche me cuelo a lo de Antonia, así, de sopetón, y me encuentro la casa llena e portugueses bailando... festejaban no sé qué cosa de Portugal... Si ya casi ni hermanas son mis hijas, che... si todo es un titeo.

—Pero mirá que sos, Eleuterio... ¡Bendito sea Dios!... Y yo, fijate... mi gloria hubiese sido que mis dos hijas, las pobrecitas, se hubieran casado con extranjeros, che... ¡Gente tan fina, tan correcta!... Y después ¡ya ves!... hasta cuando se mueren los yernos es mejor, se sufre menos... A mí, cuando se murió Gómez, que era criollo y que, como sabés, fué un cachafaz, lo lloré que era una barbaridá, sin pensar ni en lo que la había hecho sufrir a m'hijita, y cuando se murió Tonelli, que había sido tan bueno con Ernestina y me la había hecho tan dichosa, apenas lo sentí, che... Tal vez, como el pobre era extranjero, me dolía menos...

—¡Bueno!... Yo... ¡eso sí!... no tengo de qué quejarme, los hombres son buenos, trabajadores y me tienen las muchachas en palmas de mano... pero, ¿qué querés? me revienta la mescolanza y el titeo e la familia, y lo que es más, no poderles entender su media lengua, che, y ni siquiera oirme llamar derecho viejo...! ¡Figuráte que al italiano todavía no le puedo hacer agarrar el paso... Me dice don Cementerio, y se queda muy suelto e cuerpo!

A LA HORA DEL TÉ

—¡No me digás, che!... Éstos de ahora ya no son mozos... ¡Los muchachos parece que nacieran viejos y de las muchachas no te digo nada!... ¡Vos las ves reunidas y es un cotorreo y una charla y una risas, que crés por lo menos está desfilando todo Buenos Aires ridículo por delante del grupo y te ponés a escuchar... ¡Hijita!... ¡Qué insulsez!... Tod'ese barullo es para hablar de baratillos y de pichincheo con las costureras o ponderaciones de lo tiradas, que eran en París, según les contó fulanita, las puntillas que aquí cuestan un sentido... Parece que fueran dependientes de tienda... ¡Mirá, cuando nosotras!... ¿Te acordás!... El día nos era corto para nuestras cosas y nuestros tijereteos... ¡Íbamos a perder el tiempo en discutir centavitos!... ¡cómo no!

—¿Qué me vas a decir, Feliciana, si ésa es mi guerra de todos los días? ¿Vos las ves a mis hijas que gastan un platal todos los días? Vos las ves a mis hijas que gastan un platal en monadas y en adornos y eso que no puedo acusarlas de que sean ahorradas... ¿Y para qué?... ¡Para irse en el coche como estatuas!... ¿Te crés que siquiera se dicen algo de la gente que ven?... Pues, no, che... ¡No faltaba más! ¡Van como si estuviesen en misa, porque no hay importancia sin formalidá!

—Pero si no se usa hablar, che... a lo menos en castilla... ¡Parece que es muy ordinario, muy guarango!...

—Vez pasada me dijo a mi una amiga que acababa de venir de Europa y que me vió en Palermo con Federico, charlando a más y mejor, que en París, che, cuando se veía en un paseo una señora y un caballero que iban conversando y riendosé, se podía asegurar que no eran casados... ¡Figuráte!

—A propósito de los que vienen de París, hijita, te voy a contar lo que me sucedió el otro día en lo de Mariquita, mi sobrina, que como sabrás, recién ha venido... ¡Voy a visitarla y si vieras qué comedia!... Llego a la casa y lo primero con que me topo, es un francés todo afeitado y vestido de fraque que no entendía ni jota; de balde le decía, desgañitandomé: “Vaya, digalé que está su tía Feliciana”... ¡Nada!... Al fin busco en la cartera y le doy una tarjeta, pero en vez de darle una mía, con el apuro y la agitación, hijita, le doy una de Pepita Aguirre, que tenía guardada y lo oigo que gritaba desde la puerta cancel a otro sirviente que estaba en el descanso de la escalera... ¡Madame Vassilicós!... ¡y oigo que el otro repetía la cosa y que el grito seguía!... Entonces me subo ligerita para decirles a aquellos condenados mi equivocación y tomo para el lado del comedor, donde siempre acostumbraba a recibirme Mariquita; pero me ataja el sirviente y me mete a la sala, que a las tres de la tarde estaba ya con luz encendida y con todas las ventanas cerradas... ¿Creerás?... Tuve miedo del cú de charol, che, y estaba pensando en escaparme de algún modo, cuando se aparece Mariquita en una de las puertas, de gran cola y me hace una cortesía a uso de minué... ¡Claro!... Corrí a abrazarla diciéndole: “si soy yo, m'hijita”, pero ella con una sonrisa seria en que solamente me mostraba el colmillo de un lado, me estiró la mano en silencio y con una frialdad que me heló, che, a pesar del calor... Nos sentamos y naturalmente le pregunté por su esposo, por González, que era, como sabrás, antes de sacarse la lotería que se sacó, uno de los escribientes del ministerio que nombró tatita... Apenas me dijo que estaba bien preguntandomé de paso por Mamerto... ¡Si vieras la cara que puso cuando le dije que todavía seguía con sus pobres pies y que lo atendía Federico, tu esposo!... Y después de esto, se estiró bien en el sofá y no me habló una palabra más...

—Así es la moda de ahora, Feliciana de mi alma... ¿Que no ves los bailes que se usan?... ¿Acaso son como aquéllos de nuestros tiempos en que las muchachas y los mozos podían bailar y conversar?... Ahora para bailar se necesita ser casi un ingeniero para estar contando los pasitos y golpecitos con el pie...

—Mirá, m'hijita, ¿sabés una cosa?... Yo no creo que en París la gente sea como ésta que va y vuelve... ¿Qué querés?... A mí me parece que éstos toman por franceses a los manequís de alguna tienda... ¡Mirá!... ¡En esto ha de estar sucediendo alguna gran barbaridá!

COMO VÍBORA QUE HA PERDIDO LA PONZOÑA

Zumbaban las chicharras en el talar vecino y pasaban hacia el monte, silenciosas, las bandadas de cardenales y jilgueros, que el sol ahuyentaba de la llanura, cuando la vieja guaycurú, que decía recordar al cacique Picairué—el primer indio de su tribu que vió un hombre blanco, razón por la cual los entendidos en edad de indígena le atribuían por lo menos siglo y cuarto—comenzó el extraño relato que me tuvo encantado hasta la hora en que las sombras vinieron con su cortejo de jejenes y de mosquitos.

—Yo no entiendo el lenguaje de los animales, pero la finada mamita lo entendía y me enseñó muchas cosas que no he olvidado nunca. Los pájaros y los bichos del campo conversaban como nosotros según ella, y se contaban las cosas que les sucedían, por lo general tan extraordinarias como divertidas.

—¡Soy curioso, viejita!... Cuénteme algo de lo que sepa.

—Mire, señor... no tenga curiosidad y será feliz. Esto se lo repite siempre la tijereta a su prima la golondrina, que hasta se mete en los ranchos para averiguar lo que no le importa... pero es sermón perdido, porque en esta vida cada uno hace lo que el cuerpo le pide y no lo que debe hacer.

Y luego entró a relatarme el extraño poema indígena de que es apenas una estrofa la presente narración.

Hallándose una siesta con su mamita, ocultas entre las ramas flexibles de un sarandí que se mojaba en el arroyo, esperando el paso de alguna tararira dormilona que llevara remolcando la corriente, vino un ocó a posarse en un albardón, al lado de una garza mora que miraba el agua como encantada.

—Mire, hija, dijo la madre, ¿ve ese ocó?... ¡Bueno! Atienda cómo habla con su amiga la garza—porque ha de saber que esos dos pájaros aborrecen a la víbora, que habita entre el malezal costero y que viajando de mata en mata devora las nidadas de las aves del agua y que el odio liga tanto como el cariño... ¿Oye los rezongos del ocó?... Le reprocha a la garza que esté con el buche vacío habiendo a mano tanto caracolito lindo, y ella le responde que las penas que le afligen le quitan el apetito.

Además del conocido y comentado robo de su fortuna por el martín-pescador y el biguá, escondida, según su opinión, debajo del agua, motivo por lo cual ella recorre las orillas de los arroyos y lagunas, tratando de recuperarla, una víbora le ha comido la nidada defraudando todas sus esperanzas.

—¿Quién sabe si habrá sido la víbora, comadre? La otra tarde al irme para casa, hallé dos zorros jovencitos que venían saltando de albardón en albardón y como usted anda siempre como dormida, tal vez anidó en lo seco y la han aprovechado...

—Vea, amigo ocó, yo seré todo lo que quiera, pero como buena madre no le tengo envidia a nadie... Mi nido está casi boyando y además los zorros rompen los huevos para comerlos, mientras que esa canalla deja las cáscaras enteras y apenas picaditas.

—¡Chit!... ¡Silencio!... Siento un ruidito sospechoso... ¿no oye?... Mire, allí está junto a aquella mata de rama negra y se está aprontando para bañarse... ¡Es un coral, comadre!... Vea. ¡En cuanto deje el veneno, yo se la asusto y si cae al agua usted la levanta!

Y a poco vimos nosotras una hermosa víbora, manchada de rojo y blanco que, envolviéndose de rama en rama, avanzaba cautelosamente hacia el agua, alzando de vez en cuando su cabeza chata como una plancha vista de punta.

La garza se alzó penosamente en el aire y luego que sus alas vencieron la pereza orgánica lanzó el ocó su grito de guerra,—que hace encerrar a los caracoles en su casas movibles y temblar a las mojarras huyendo seguida de su muchachada inquieta hacia las aguas profundas—y simultáneamente oímos el chicotazo de la víbora al caer al arroyo.

La garza, luego de divisar a su enemiga, que haciendo un zig zag con su cuerpo flexible, intentaba ocultarse diligente en un remanso donde se amacaban nenúfares y achiras, describió un gran círculo y, rápida como el pensamiento, cayó sobre ella haciendo presa en el fino cuello tornasolado, inmovilizando la cabeza agresiva y tendió el vuelo majestuoso llevando en el pico acerado, como un trofeo, al mísero reptil, que se retorcía impotente y envolvía entre sus anillos multicolores, que brillaban como si fueran de fuego, el largo pescuezo del ave cazadora.

Y no quedó mata de paja, albardón ni arbolito de donde no asomaran cabezas azoradas a contemplar la lucha interesante y, hasta los ratones y los sapos, asomados a las puertas de sus cuevas, siguieron emocionados las peripecias de la larga agonía del ofidio, que, luego de asfixiado, pasó al buche del implacable vencedor.

—Y diga mamita, ¿no la picará a la pobre garza?

—No, hija, dijo la madre: la víbora nunca entra al agua llevando su veneno que es una bolsita blanca que tiene entre los colmillos. Cuando se va a bañar busca una alguna hoja de camalote o alguna flor de paja y la cuelga en ella. Los guerreros buscan esas bolsitas y mojan en una agüita que tienen, las puntas de sus flechas de combate. Cuando la víbora sale del agua, comienza a buscar su veneno y al no encontrarlo corre de un lado para otro desesperada y al fin se mata a golpes al verse inerme. Por esto es que se dice de la persona que anda inquieta y atribulada, ¡que parece víbora que ha perdido la ponzoña!

ESCUELA DE CAMPAÑA

—Velay, señor máistro, le traigo m'hijo, como quien dice pa qu'estudée y no pa que me le haga perder tiempo en macaneo de puesía y de güeltas a la derecha y a la izquierda. A los pobres inorantes, como un servidor de usté, que vivimos de la cuarta al pértigo y sudando el naco, maldita la gracia que nos hace que los muchachos se pasen el día aprendiendo puánde sale el sol y puánde se pone y cómo se llaman los pastos, sin que naides enseñe la letura ni de poner su nombre u de sacar las cuentas más necesarias... ¿sabe?... Yo no quiero qu'el muchacho aprienda pa cura ni pa dotor, sino pa trabajar con más alivio que su padre y que sepa defenderse de los ladrones ni anqu'inore cómo se nombra el gobierno. Ya lo aprenderá cuando vea que los manates se pasan el mate entr'ellos, sin esperar a que se lo brinden!... Eso no sirve pa los pobres que tienen que romper tierra con el arau y cuidar vacas y trasquilar ovejas... Los otros días agarré el muchacho y lo llevé a la escuela de esa moza rubia que está pasando la pulpería e Menegildo y fí y le dije a la moza esto mesmo que le digo a usté, ¡Si viera!... La rubia se me alzó como leche hervida y me dijo que yo era un atrasao y un indino hasta de ser padre...

—Ta bien, niña, le dije, almiro su cencia, pero me llevo el muchacho pa otra escuela... Con floreos y con puesías no vamos a comprar alpargatas ni él ni yo... Y es por esto, señor máistro, que vengo a trairle el muchacho pa dejarselo, si es que usté, que parece hombre de juicio, se compromete a enseñármelo a ler en libro y a pintar la firma aunque no sea muy derecho...

—Pero vea, señor... nosotros tenemos que enseñar como manda la ley... El concejo ordena...

—Ya le digo, señor máistro que la lay dirá todo lo que quieran que digan... yo no me opongo... pero no cejo en cuanto al muchacho... ¡Eso sí que no!... Un hijo e Liberio Pacheco ha e saber cosas e hombre... ¡y nada más!... ¡Vea!... La cencia ésa que andan enseñando aura, yo no l'hallo conveniente!... M'hijo no ha de ser gobierno sino estanciero como su padre y cuando tenga que dar un baile, pongo por caso, él no tendrá necesidá e tocar la música, sino que buscará algún pianisto que esté dando güelta a la manija y lambiéndosé por hacer lo qu'están haciendo los que pagan...

—Bien, mi amigo: yo haré lo que pueda... pero le prevengo que estoy obligado a enseñarle lo mismo que la señorita... Hay un programa...

—¿Y también le va a enseñar la costura como en la escuela de la rubia?

—Si señor... ¡El reglamento lo manda!

—Lo mandará... pero yo no dejo el muchacho... ¡Mirá con auja y dedal nada menos que un hijo e Liborio Pacheco!... ¡Pues no faltaba más... ¡Dejemé que me raiga, ni aunque se me añude una tripa!... Aura ya no faltaba más sino que a las muchachas les enseñen a que muenten a caballo y salgan hechas varón a boliar avestruces, mientras los machos planchan, cosen y crían la cachorrada... Tendría que ver a un criollo con tamañas barbas dándoles de comer a los muchachos o zurciéndoles los calzones. ¿Y qué hace la mujer en el inter, vamos a ver? ¡No señor! Yo estoy porque mis hijos se críen como me crió mi madre a mí, que apriendan a trabajar y a cumplir con su deber creyendo en Dios y que se dejen de macaneos... ¡La gran perra con la gente istruida!... ¿Qué quiere, señor máistro? prefiero que m'hijo ¿sabe? ¡el hijo e Liborio Pacheco, sea tan bruto como su padre, pero que siquiera sea hombre!... ¡Qué se ráigan d'él por bárbaro, pero no por mujerengo...

NI CON CUARTA

—No me tire con la tapa e la tinaja... y la vaya a ver el cabo González... Ya sabe qu'el hombre a'nque sea suertudo, no aguanta pulgas... ¡La gran perra!... Y cómo anda por'él todo el mucamerío del barrio... ¡ni que juera caramelo el cabo!... ¡And'él se para, no hay que hacerle!... Hasta los cuartiadores somos gusanos... ¡Vea!... No es por contarle ¿sabe? sino pa que sepa cómo le codicean su prenda... si es de usté. Las otras tardes estaba yo parau allí en l'esquina y el cabo venía al tranquito por junto a la vedera, haciéndose el distraido, cuando un derrepente aparece en el balcón la rubiecita de allí e los altos...

—¿Cuál?... ¿Una pecosa, más seca que mango e cacerola?

—¡Justo! Y diánde va y saca un ramito e flores que tenía en el pecho y se lo tira al cabo, que ahí no más lo abarajó y lo metió entre el kepís... ¡Claro! Yo me quedé lambiendo, porque al fin aunque uno sea cuartiador, si ve comer masitas y que no lo convidan, se le hace agua la boca como a cualisquiera, y cuando pasó por mi lao me la rai y le cerré un ojo, haciendolé seña pa su casa...

—¿Y él que hizo?

—¿Y qu'iba hacer?... se riyó no más y medio s'encogió de hombros como diciendo: “!...que sos sonso pa rumbiar, che!” Y en cuanto volvió de la recorrida me le acerqué y recostandomé en el caballo, como aura'estoy, le dije redepente que usté había pasao del centro y que venía paquetísima... ¡Ni s'encogió siquiera!

—¡Claro!... ¿Y qué s'iba a encoger, si ha de andar como pichicho por la garra ésa e los altos?

—No digo tanto... ¡pero el hombre anda por cáir!... ¡Así le dije yo!... ¿Y qué pensará de su conduta cabo, la cocinerita de allí e la cuadra? ¡Cuidao, me dijo, no me vayás a desvelar!... Será la cuarenta y cuatro, pues... y nada más... ¡Lo que son éstos de la policía ¿no?... Porque tienen pito ya se cren dueños del mundo... ¡Habían de ser curtidores, pa ver si eran tan entonaos cuando viesen que aunque quisieran como quiero yo por ejemplo, a una que a mí ni me mira, los condenara la suerte a andarse guasquiando solos!

—El cabo es un canalla e patente... pero conmigo la torta le ha e salir pan... ¡pierda cuidado!

—¿No ha de?... ¿No oye que él ya le llama la cuarenta y cuatro?... No solamente la desprecea, sino que hasta le pone la marca y la larga pa que corra.

—Permita Dios que reviente el muy trompeta a'nque sea sin confisión... ¡Bah!... pa lo que a mí se m'importa... ¡Vea!... Luego lo espero pa que demos una vueltita...

—¡Cómo no, mi vida!...

—Hasta luego...

—...¡Juna perra!... ¡Qué tipiada m'está viniendo encima!... Hasta ví'a tener que pedir relevo en la parada... ¡Pero... la verdá es que la hembra vale!... ¡Juna perra!... ¡Y lo que es d'ésta el cabo González peludea!... ¡No lo sacan ni con cuarta!

CONFIDENCIAS

—Si vos no parás en los conchavos, che... Parecés zapato cambiao... ¡No hay pata en que calcés bien!

—¿Y qué quiere que haiga, mi tía, si me tocan unas?... ¡La gran perra!... ¡Vea la última que me cayó!... Mucho firulete y máistros de francés y de pintura pa las niñas, pero en punto a pago... ¡ninte!

—Eso no lo puedo crer, che, ni a'nque me lo jurés por tu mama... ¡Tu patrón es hombre rico!...

—¡Gran cosa el patrón!... Usté lo ve metido en su levitón y no sabe la clase e'liendre qu'es con ese aire de abombao... Vea; a mí me tomó pa mucamo'el escritorio; en cuanto me descuidé, era desd'eso hasta pión de patio y en los ratos desocupaos hasta niñero... Al fin del mes le cobré el sueldo y me salió con consejos y me peg'un reto diciendo que tóitos eramos ansí y que me juera'costumbrando al ahorro y... ¿sabe?... al segundo mes m'echó sin pagarme ni fósforos, a pretesto de que le quebré un plato e loza que dijo qu'era recuerdo e Garibalde... ¡La gran perra con el hombre, chancho!... ¿Y usté está tuavía en lo e doña Dolorcitas?

—¿Pero te has cáído de algún nido, Indalecio? ¿Qué no sabés lo que hubo con el patrón, por causa de un guiso e patitas con zanagorias? ¡Si fué tremenda y yo ya se la tenía anunciad'a la señora, qu'es terquísima! Figuráte qu'él le daba p'al mercao un diario regular, pero como a ella le gusta el tiatro, ahí tenés que sacaba d'eso pa las entradas, y las lunetas y el diablo... Y conforme se'iba'acabando la platita, ya empezab'ella con las recomendaciones de que trajiese patitas o mondongo pa guisar con zanagorias, y si él reclamaba, se le quejaba de que las cocineras la robaban y de que todo estaba carísimo y de qu'era un escándalo y que no sabía qué hacer y ahí me tenías a mí, mientras duraba la temporada e la Ópera, sindicada e ladrona y aguantándome cada reto'el patrón que daba miedo... ¡Claro!... ¡Tanto s'estiró la cuerda que un día se reventó...!

—Caramba, con la gente, ¿no?... Y quien diría al verlas tan paquetas, oyendo la ópera, que tienen la barriga chiflando...

—¡Y cualquiera que conozca el mundo m'hijo! Pior era tuavía en lo e las González, donde la señora en cuanto que veía llegar con la fuente e carbonada, ya decía arrastrando la lengua y con una vocesita e'caramelo: “Ya stá otra vez el obsequio e Magdalena a su patrón... ¿Cuándo se v'a cansar mujer de hacerl'el gusto a este rutinero...?” Y el pavo se lo craía, che, y se llenaba la panza sin chistar.

AL VUELO

—Vea, señor comisario, yo venía a verlo pa un asunto que talvez no sea de cosa e justicia ¿sabe?... pero qu'es de humanidá y así le dije a mi sobrina Paulita, la mujer de don Chicho, ese almacenero italiano qu'está aquí a la vuelta e la cuadra... “No, m'hijita... yo me vi'a ver ese comisario, que ha e ser cristiano a'nque sea e las provincias y recién haiga venido a la sesión”; y aquí me tiene, señor, que vengo a tráirle una consulta, sin conocerlo, confiada no más qu'en su buen corazón...

—Hizo bien, señora...

—Rosaura Pico, pa servirle, señor... De las Pico del Once, que han sido bastante mentadas en sus buenos tiempos, cuando vivía su tatita don Nemesio Pico, que tal vez habrá conocido... uno de esos criollos que ya se acabaron, señor, de los que cráian en don Bartolo como en Dios, y compadre e don Pedro Berné que sacó e la pila a uno e mis hermanos, ya finao...

—¡Perfectamente!... ¿Y qué deseaba, señora?

—Pues, a eso voy señor comisario, si me permite... Es el caso, que vez pasada, hará d'esto como tres años, hubo en casa una inquilina que se murió dejando un chiquito que apenas caminaba y que nosotros recogimos de lástima y criamos con nuestras pobrezas... y aura, señor, con estos tiempos tan malos que corren, nosotras vamos pa pior cada día y más con la muerte de algunas señoras de relación que solían favorecernos y que han dejao unas hijas que da vergüenza... Gentes d'esas que pesito que les sobra se lo echan en trapos y en gorras, como creyendo que el señorío y la categoría se alquieren en las tiendas... ¡Bueno!... Naturalmente, el chico, que al fin, no es de nuestra sangre, nos pesa y quedríamos aliviarnos, aunque buscandolé su felicidá, porque al fin nosotras no podemos olvidar que somos de las Picos del Once y que nos hemos criado en la calle Piedá, en unas casitas que había and'está el Pasaje, frente por frente con las de Vela... las cuñadas del capitán Amarillo, qu'es viudo de la finada Mariquita.

—Bueno, señora... ¿y yo en qué puedo servirla?...

—Usté puede ser nuestra salvación, comisario... En los tiempos de aura, lo que no puede la policía no lo puede nadies... Mire... Yo he andado más de un año por meterlo en los güérfanos, pero no he podido porque diz que no hay lugar... En cambio, vea lo que son las cosas... una señora conocida, ha conseguido meter dos de sus hijos, a pretesto que su marido, qu'es estanciero, vive en el campo y ella tiene qu'irse a acompañarlo... ¿Qué le parece?

—Que hace bien la señora en no dejar solo a su esposo... Le puede suceder cualquier cosa...

—¡Si no es eso!... Le preguntaba su parecer sobre el chico... Pa un güérfano verdadero no hay lugar y los falsificados caben en todas partes... Si así es nuestra tierra, señor... ¿Y qué le vamos a hacer?... Hay que armarse e paciencia y jugarle risa ¿no le parece?... Eso mismo le decía yo a mi hermana vez pasada por motivo e dos chinitas que había criao una amiga y qu'eran perseguidísimas por un mozo panadero que al fin se quedó con la más pior... ¡Pareció cosa del diablo, señor! ¡El condenao aquél se casó con la china más demonio y más indina que puede figurarse y dejó la otra que era una monada verdadera!...

—Bueno, señora... ¿y yo en qué puedo serle útil?

—A eso voy, comisario... Pues, mire usté, yo lo único que deseo es que me dé una nota p'al Asilo, diciendo que el chico es güérfano ¿sabe?, que lo han encontrao en la calle y que como la policía no tiene ande poner los güérfanos verdaderos, lo manda pa que lo pongan ande debe estar...

—Perfectamente, señora... pero yo no puedo mentir...

—Mire, comisario, hagaló por vida suya y no se ocupe de la verdá, que al fin ella no se ocupa de nosotros... Y vea, le voy a dar un consejo de amiga, pa su bien... ¡Si quiere hacer camino en esta tierra, mienta grande, y cuando halle la verdá en alguna parte, dele de hacha y no perdone... que de atrás vienen pegando!...

CONSPIRANDO

—¡Eh!... ¡So bene que la mochacha e linda... ma cuela furba di vequia e propio in cane...!

—¡Peru tú se la pidiste y te enojás porque te la negó!

—¡Corpo!... Ha fato in bechincho di la gran siete e ha deto tanti porqueríe... tanti bestialitá, come oggi la fatto co l'amico viquilante... ¡Ma! ¡Dico io!... ¿Cosa ha la mochacha, que tutti noialtri andiamo propio come lo pero...?

—¡No, che... pare el carro... y no igualemos!... A usté la vieja lo echó por roñoso y porque era gringo...

—¿E perque t'ha fato a té la medésima chanchería... vediamo?... ¿Cose t'ha detto...?

—¡Sí, hombre!... Cuéntanos lu que te pasó... ¡Entre amijos, comu decía Castelar, no debés tener verjuenza...!

—¿Y qué vergüenza v'iá tener de ustedes que, al fin, también han salido en el asunto como perros con tramojo...? ¡Bah!... Estaba parao allí en la esquina del mercao, cuando la veo venir a la vieja pujando con la canasta y me le acerco, ansina, de golpe, como pa no darle ni lugar a resollar y le digo: “Mire doña Robustiana, es mejor que hablemos claro, qué diablos, ¿no le parece?...”. Me miró con unos ojos que hast'aura me dan miedo, dejó la canasta en el suelo y no abrió el pico... Yo seguí “Vea... usté aunque sea una triste cocinera, alguna vez haberá sido joven y si se acuerda me comprenderá... Yo, confiao justamente en que usté como persona de juicio saberá lo que son ciertas cosas de la joventú, es que m'he animao a'cerle esta dentradita y com'uste's madre y al fin no ha de querer su hija pa tenerla prendidita e la pollera, ni pa reliquia es que...”. Ahí no más pegó un bufido e rabia y me gritó... “Acabá, condenao... que no sé cómo no te arranco algo en plena calle... ¡Acabá!...”. No se m'enoje, doña Robustiana, le contesté, mire que va'ser pa pior... Al respeto de su hija, yo no tengo sino motivos pa quererla y si vengo a decirseló, es porque usté's su mama... ¡Buena vieja mala había sido la cocinera! Ahí no más me retrucó: “!Y vos sos un arrastrao y antes que darte la muchacha me has de ver en un cajón con cuatro velas!...”.

—Cristu con la viega que había sidu más mala que Anchurena... ¿Y tú, que le diguiste?...

—Pa qué me va a'cer llorar, doña Robustiana, con ese canto tan triste... ¡Cambie el tono y nos hemos d'entender!... ¡La vieran cómo se desató!... ¡La gran perra! Parecía que tuviese una bicicleta en lugar de lengua y gritaba... “¿Mirá quién pa pretenderme la muchacha? Si crerás que la h'estao criando como si juera una raina pa que se fijase en vos u en otros de tu calaña... ¡Es atrevimiento!... ¡Casarse con un vigilante nada menos que una hija de Robustiana Paredes!... ¿Vos sabés quién es Petrona pa fijarte en ella?... ¿Lo has averiguao?... ¡Bueno!... Petrona es ahijada e don Antonio Gandulla, el dueño del almacén del Resuello, en la barranca e Balvanera, y su madre, que soy yo, nació en la casa del finao Rodríguez, en la parroquia e Monserrate, frente a la plaza... ¡Y nosotras no somos de la laya que te pensás... provinciano aguachao, mantenido con patay!”. Y aquí me tienen ustedes aura, sin saber qué hacer y hasta medio maltratao.

—¡Perú qué importa de la viega si la muchacha sigue la prucesión!... ¡Yu creu que este, ajora, nu se debe de andar con chicas y si ya ha sonadu la campana, que haja la humbrada y se alce cun la prenda!... ¡Al que nu entiende razones, que dicen en mi tierra, las custuras le hacen llajas!

EN LAS ANTESALAS DEL CONGRESO

—¿Mirá quién en la casa de las leyes?... De seguro viene tormenta...

—El tisne le dijo a la olla... ¡agarrate Catalina!... ¿Y cómo te va?...

—¡La pregunta!... ¡Lindo no más, pues!... ¿Qué no sabés que le pedí la'ija a tu comadre?...

—Las muchachas leyeron la cosa en la crónica social de La Clase... pero no había detalles.

—¿Y qué detalles me has dau a guardar?... La pedí y me la dieron y aquí paz y después gloria como decía el finau Aneiros.

—Hombre, que sea pa tiempos y pa güeno... Bien te lo merecés, ¡qué diablos!... Porque vos l'has peliao a tu posición atual com'un tigre...

—Bueno... un poco yo y otro la suerte...

—¡Qué suerte ni qué demonios!... Cuántos como vos han sido mucamos o citadores de jujao y no han llegao al congreso u los ministerios... ¡No che, lo qu'es justo es justo!... Y de la muchacha no te digo nada porque todo sería poco... Mirá... ahí te llama aquel diputao...

—¿Cuál?

—Ese grandote... picau de virgüelas...

—¡Ah! ¡No importa!... ¡Qu'espere!... Ése's de los que van al muere... ¿Y que andás queriendo?

—Es que ando de pobre... que no ladro de miedo de que me tomen por perro y me cobren la patente ¿sabés? y m'he metido a corredor...

—¿A corredor?... ¿Con esas patas?...

—¡Escuchá con formalidá, que vale la pena... Quiero que le hablés a García y lo interesés pa que busqu'en la carpeta e su ministro, una solicitú e doña Jesusa Paredes!... Mirá... Ahí te llama aquel diputao, che...

—¿Cuál?

—Ese flaquito e galera...

—¡Ah! Mosca mansa... Ése's tamién de los que se van pa no volver... Que lo atienda otro... ¡Seguí no más!!...

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