INTRODUCCIÓN FRAY MOCHO (continued 4)
Reading edition
La declaración no podía ser más categórica y guardamos silencio hasta que, terminada la fritura, salió del rancho, limpiándose las manos en la pollera, nuestra desconocida informante, que luego de saludarnos comenzó a armar un fogoncito en el patio, confesándonos de paso que el pulguerío del rancho era una cosa bárbara y que daba miedo, sobre todo a la nochecita.
—¿Y tardará mucho su compañera con la yerba...?
—No ha de... Ahí siento el escarceo del petizo... Es un patrio viejísimo que mandó hace como cinco años el hijo de doñ'Amalia... el mayor González, que le llaman Conejito por mal nombre...
—¿Qué me dice?... ¿Aquí vive la madre de Conejito...? dijo mi compañero con acento de asombro.
—¡Sí, señor! Aquí vive y es mi compañera... ¿Quién lo diría, no? ¡Un hombre así, que tenga a su mama d'este modo!
Y mi compañero, mirándome de soslayo, agregó como por vía de explicación endilgada a mí:
—Es el caudillo del pueblo y... candidato para el Congreso...
Como llegara doña Amalia y trajera en una pequeña maleta las provisiones esperadas y el agua estuviese hirviendo, nos colocamos al lado del fuego, que chisporroteaba alegre.
—¿Conque usted había sido la madre del mayor González?
—Sí, señor... para servirle.
La cara angulosa de la vieja china se transfiguró:
—¿Lo conocen a m'ijito?... ¡Pobre!... En el pueblo todos lo quieren y aurita no más me decía el bachicha de la pulpería que tal vez lo hagan gobierno...
—No ha tráido sal, doñ'Amalia, ¿sabe?... ¡Lindo vamos a estar!
—¿Y qué quiere ña Martina... El hombre no quiso dar...
—¡Mirá qué bolada...! Otra semana de guiso e bagre o de lagarto asao sin pisca e sabor...
—¿Comen lagarto ustedes?
—¿Y sinó...? Si es riquísimo según dice doñ'Amalia, y nosotras cuando agarramos alguno estamos de fiesta... Aquí la carne es como la sal... ¡Cosa e lujo!
—¿Y hace mucho que no lo ve al mayor González, señora?
—¡Cómo no!... ¡Mucho!... El pobre casi no se puede mover del pueblo, y yo, ya ve, acostumbrada a esta vida del bañao, tengo hasta pereza d'ir...
—Cómo no, doñ'Amalia, dijo ña Martina indignada... ¡Ust'es una mujer sonsaza con el muchacho ése...! S'está muriendo de hambre aquí, metida en l'agua pa cortar la paja y teniendo que vivir de bichos del bañao y él... ni se acuerda de su mama... ¡Y toavía viene a defenderlo!... ¡No diga!... ¡Ése no tiene perdón de Dios!... ¿Quieren creer que vez pasada la pic'un coral y que cuando vi que la contravíbora parecía que no hacía efeto, le mandé decir que se moría y ni siquiera contestó?
—Callesé, ña Martina, es mejor... dijo doñ'Amalia, irguiéndose enojada... ¡Cómo se conoce que no es madre!... Caramba con la compañera que tiene una lengua de rastrillo ¡Mirá decir que m'hijito no se acuerda de mí, cuando hasta me mandó el petizo ése que muento, qu'es una alhaja, señor!
Una noche, meses más tarde, nos hallábamos en la Ópera con el compañero de caza, y como me constaba que no conocía a nadie en el mundo brillante que nos rodeaba, y notara la insistencia conque fijaba el anteojo en uno de los palcos bajos, le dije:
—¿Halla'lgo aquí que le guste más que'lmonte, compañero?
—Ya lo creo... Pero aura miraba'l Conejito, qu'es el nuevo diputado de nuestra provincia y qu'está allí en un palco con varios amigos... Es el hijo'e doñ'Amalia, ¿se acuerda?... Aquella china del bañao que nos sacó cuando nos perdimos...
Miré hacia el palco y vi, lustroso y rozagante, un tape de edad mediana que miraba como distraído la sala resplandeciente, y me acordé del modesto fogón campero a cuya orilla una pobre china vieja chamuscaba la carne de un lagarto que sazonaría, a falta de sal, con buena voluntad y con cariño de madre.
DESPUÉS DEL RECIBO...
—¡Dejam'hijita...! exclamaba doña Prudencia, de pie en los últimos peldaños de los treinta que forman la escalera de la casa de su sobrina.—¡No me hablés... que vengo con la garganta seca y n'oigo ni una palabra...! Dios me libr'y me guarde de volver a semejante visita... ¡Se fueron báules, che, y han vuelto petacas...! ¡Con eso te digo todo!
—¡Pero mi tía... si yo no sé ni de dónde viene...! Esperesé...! Saquesé la gorra...
—¡No, hijita, dejáme así no más...! Mirá... ¡Hacéme servir más bien una tacit'e caldo, si tenés a mano... o mejor un matecito, che!... ¡Qué cosa bárbara las tales Pitiguascas...! ¿Pa qué me habré metido a visitarlas...? ¡Aura, m'hijita, después de lo que me ha pasao, les hago una cruz a todas las que vuelven de Uropa, ni an'que les pongan noticias en los diarios y digan que han visitao a las reinas y a las princesas...! Querés crer que Ramona me acompañó hasta la puert'e la sala y allí m'hizo una reverencia como si yo fuese alguna condesa qu'iba a visitarla y me largó a pata... con este romatismo y sin decirme ni siquiera el trangüe que tenía que tomar...?
—Bueno, mi tía... pero usted ha hecho mal también en irse a meter de visita en lo de Misia Ramona...
—¿Mal?... ¿Y por qué...? ¿No las he visitao siempre hasta que se fueron pa Uropa y no me trataban antes como me correspondía no solamente por mis años sino por ser la viuda del hermano de su marido...? ¡Bastantes tortas de tape nos hemos comido con mate, sentadas frente a la puert'e la cocina!... ¿A'n'de se ha visto que porque haigan estao dos meses en París, ya se van a olvidar hast'e la parentela...? ¡Mirá que antes m'iba'a dejar salir Ramona sin darme siquiera p'al trangüe y sin convidarme a'n'que fuese con un matecito...! ¡Éstas de aura, son cosas de las muchachas, que l'han trastornao con sus lujos y con sus modas, che...! ¡Mocosas atrevidas...! La muert'el padre no les ha servido sino pa que agarren al destajo los pesitos que les juntó y todavía las he de ver arriand'ovejas en algún puesto e mala muerte, como la he visto tantas veces a su madre... porque Ramona, m'hijita, a'nque la veás aura con tanto ringorrango, montaba hecha hombre en cualquier mancarrón y se largaba por esos campos con la pollera como chiripá... ¡Y aura quien la ve metida a pelo colorao, cuando tiene las cerdas como cepillo... y con el pescuezo, qu'era una cola'sada por lo negro y por lo seco, pintao de blanco y hasta con venas azules...!
—¿Pero que le han hecho, mi tía... qu'está tan enojada?
—¡Enojada no, che...! Lo qu'estoy es resentida como argentina, con todas esas mamarrachas que siempre se han llenao la barriga con galleta y mate amargo... y eso cuando tenían... y que aura no toman sino té con bizcochitos de ala e mosca... ¡Fijate...! Llego a la casa y m'entro sin golpiar, como siempr'he tenido por costumbre, pero cuando subo, me topo arriba e la escalera con un gringuito todo afeitao, qu'estaba e centinela y que pela una bandejita de oro y me la mete por las narices pa qu'eche la tarjeta... ¡Mirá yo con tarjetas, che...! ¿An'de estaremos...? Le dije despacito, porque noté que había gent'en la sala y no quería hacer ruido, que yo ib'a pasar al comedor y que cuando saliese Ramona le avisara... ¡Si vieses la cara que puso y los ojos conque me miró...! ¡Parecía que le hubiese propuesto ir a robar el Cristo e la Catedral, che...! ¡En eso veo que se levantan dos paquetonas de las qu'estaban de visita y qu'eran nada menos que las hijas de don Pepín, aquel verdulero del mercao Comercio que m'hizo que le sacase un hijo e la pila, allá p'al tiempo en que mi marido era ispetor y que son unas gringuitas conocidísimas...! ¡Claro!... Quise saludarlas, pero no tuve tiempo porque parándose frente a la escalera, se hicieron unas cortesías con Ramona y las hijas, dando como unas sentaditas sobre los garrones y largandosé la cola pa lucirla, haciéndose las que la dejaban p'agarrarse de la baranda, salieron muy orondas... Ni me miraron, che, y pasaron por junto a mí embebidas en los trapos... La saludo a Ramona y a las muchachas, que me recibieron, no como antes, con aquellas esclamaciones y aquellos agasajos de la gente criolla, sino con una sonrisa con mostrada e colmillo y un apretón de manos con el brazo tieso como pa ensartarte si acaso querías besarlas... y ya me dió un sofocón, che... ¡No sabiendo qué decirles después de los saludos, me acordé de las gringuitas de don Pepín que aura andan tan alcotanas y que yo había conocido roñosas, comiendo los desperdicios del mercao... y no me contestaron ni una palabra, che!... Aquello no era visita sino baño helao y me salí ligerito no fuera que me agarrasen a escobazos...
—¡Hizo mal, mi tía, en ir a decirles esas cosas, también!... ¿Para que andar así... recordando la vida pasada...?
—¡De gusto...! ¡P'hacerlas rabiar y morderse la cola, por mamarrachas y por sonsas...! ¡Quisiera que levantase la cabeza mi cuñao, pa que viera en un recibo la familia'e su apellido... él qu'era tan criollazo...! Nunca me olvidaré del reto que le pegó a Ramona, una vez, por meterse a'ndar hablando con dicionario y queriéndolo'bligar a qu'hiciera lo mismo... Estábamos en rueda y él contaba que por no haber pagao un compadre suyo la sepultura e la mujer, cuando se le venció el plazo, echaron los güesos al osario... ¡Si vieras la cara e Ramona cuando le oyó decir osario con toda aquella boca que le había dao Dios al pobre... y la de él, cuando ella, con su vocesita e flauta, le dijo haciéndosé la fina: “No es osario, Miguel... sino Osorio...! ¡Tené cuidao... pa no pasar por lo que no sos...!”.
¡VIVA CHILE... Y SIGA EL BAILE!
—¡Pa chancha y pa puerca, che, la suerte mía...! ¡Mire qu'irsemé los chilenos nada menos que cuando se vienen los fríos y dejándomé a la intemperie...! ¡Si parece maldición, amigo...!
—¡Per'hombre...! ¡Esto si qu'es lindo...! ¿Si quedrás que los güéspedes se quedaran hast'el día'el juicio final?
—¿Y cómo no...? ¡Gente tan buena y tan simpática...! Yo ya'bía'prendido a decir “puj'hombre”, “al tiro” y “donde Concha”... como si fuese oriundo de las orillas del Mapocho y les había entrao, hast'el estremo de que Vergara me decía las otras noches “vengasé conmigo, cabaiero Rodríguez Ese”—pues yo para'chilenarme mejor me agregué la inicial de Salchicha, qu'es el apellido e mi madre—“Y haremos una visit'a la tierra”... ¡Es una verdadera lástima que nos hay'abandonao esta gente y no m'explico porque no se le ha pedido a la delegación que se quede siquiera un mes...! ¡Qué banquetones, che, todas las noches...! ¡Y después los habanos y los licores y la charla...! ¡Te aseguro que yo he'ngordao... y del ñato Tripita no te digo nada!
—¿Qué me contás...? Con razón me dijeron que no se te veía por el jujao hacía como diez días y que a tu cuarto ni pisabas...
—¡Pues hubies'estado lindo que me costeara hast'allá, teniend'un espléndido alojamiento en el Royal... hasta con ropa para mudarme! ¡Y después no nos daban alce los güéspedes, che!... ¿No ves que dragoniábamos de periodistas, d'estancieros, de rentistas y teníamos que andar por allí no más?
—¿Y ustedes de qué dragoniaban?
—Yo de chileno criao aquí y Tripita de redator político... pero había muchísimos otros...
—¿Y cómo fueron a colarse en la comitiva, che...? ¡La gran perra, si yo l'hubiese sabido...!
—¡Ahí tenés...! ¡Fuimos a la intendencia a pedir dos entradas p'al puerto el día de la receción y uno de los empliaos oyendo a Tripita qu'es medio gangoso p'hablar, lo tomó por chileno y le preguntó si éramos recién llegaos. ¡Fijate que bolada, che!... ¡Claro! ¡Ahí no más nos dieron un palco de honor haciendo arriar a la policía por mistificadores a dos chilenos verdaderos...! ¡Si era de perecer de risa, lo mismo que cuando en el baile del Jockey, el senador Cané, pa mostrarme su viveza e criollo diablo, hizo echar a la calle a un pobre reporter qu'iba con invitación de su diario a ganarse la vida y a mí me acompañó hast'el comedor, diciéndome con su vocesita e nervioso. ¡Mire, la facha del periodista... sin frac. ¡Es un escándalo lo que sucede con los colados, chileno amigo!”.
—¡Eso es invento tuyo, che!... ¿Cómo no v'ha saber Cané que los periodistas de verdá, los pobres bichos que honradamente cambian su salú por el mendrugo miserable, no tienen el aspecto rozagante y florecido de los que viven del cuento...? ¡Eso es macana!
—¿Qué v'a saber hombre...? ¡Si él a fuerza de cernirs'en las nubes ya no se acuerda de lo qu'es la tierra! ¡Mirá...! ¡No hay bicho más cruel con sus semejantes qu'el hombre que l'ha calzao!... Nosotros éramos como treinta, que andábamos con fraques alquilados y si vieras cómo nos trataban nada más que por la colita e pato! Todos se desvivían por agasajarnos y a pesar de sospechar qu'éramos casi zanagorias, nos obsequiaban y convidaban a cuerpo e rey... Cuando entrábamos a una mesa e lunch hacíamos repeluz de lo que caía y si vieras como nos trataban los mozos y los capataces porque rompíamos copas con el apuro y tirábamos al suelo hasta las fuentes de masas... ¡Por poco no nos abrazaban de contentos lo que le agrandábamos las cuentas y les dábamos ocasión para salarlas!... ¡P'andar bien con ellos, hay que hacer eso y ni escupir en los restaurantes donde se banquetea en detalle... ¡Tan sonsos que son los empresarios!
—Y entonces toda esa gente que se veía en los teatros, siguiendo a los chilenos, ¿eran puritos com'ustedes?...
—Y si no... ¡Habí'algunos del sonsaje, que caían a visitarlos por curiosidá, pero no podían con nosotros que ya éramos de confianza... y los sacábamos peinando...! Una tarde llegaron unos cuantos periodistas de verdá y nosotros apenas los saludamos con la cabeza... así... como a inferiores. ¡Cuando se fueron Tripita tuvo la osadía de decirles a unos chilenos qu'eran pinches de los diarios que venían quizás a ver si les hacían algún regalito...! ¡Mirá, hermano! ¿Sabés que me he convencido de que aquí no hay nadie que pueda más de lo que puede un cola e pato? ¡Yo conforme tenga unos pesos, me le afirmo a uno de moda y dejo e ser ave negra...! ¡Quién sabe si todavía no me ves de personaje...!
—¡Sí, che...! Pero si lo lográs, no vayás a'cer conmigo alguna barbaridá porque me veás de saquito...
—¿Conque te gusta ser gente, no?... ¡Bueno! Entonces transformate, hermano... y seguí la corriente... Si no servís para otra cosa, servirás para comparsa... Comprate un frá y unos guantes y ponete en condiciones...
—Lo que dudo, che... es que vuel'va presentarse otra bolada como ésta...
—¡Ah! Tenelo por seguro... Ya como ésta, ni pintada... pero el asunto e la confraternitá es cosa que v'a durar. ¿No ves que el comercio y los empliaos ya le han tomao el gustito y an'que las otras naciones no se comparen con Chile, las tenemos que osequiar?... ¡Lo qu'es yo, v'y a'prender para oriental y un poco pa paraguayo y vas a ver qué papel cuando llegue la ocasión!
EL CAZADOR DE TIGRES
Me lo habían señalado como tipo digno de estudio, pero diversas circunstancias habían obstaculizado una entrevista durante el verano y al llegar el invierno se ausentó de la ciudad, quizás a alguna cacería de tigres, de aquéllas que formaban su especialidad. Una tarde me avisaron su regreso y fuí a buscarlo en la confitería que frecuentaba con regularidad casi cronométrica.
—Buenos días, amigo...
—Buenos... dijo el hombre, alzando la cabeza más cómicamente calva que he visto en mi vida, y mostrándome el chirlo rojo que le cruzaba la frente y del cual me había hablado mi informante, diciéndome que era el zarpazo de un felino.
—Me dijo mi amigo Gutiérrez que usted era cazador de tigres...
—¡Perfectamente!... ¿Y qué hay con eso?... Y se sonrió sin la menor vanidad por su belleza personal pues de haberla tenido, no hubiese exhibido con tanta franqueza una dentadura asaz maltratada por el uso.
—¡Nada!... ¡Quería conocerlo... hablar con usted!... ¿Quiere que tomemos alguna cosa?
—¡Permítame, señor!... ¿Usted se llama García?
—¿Yo? No, señor... a menos que no lo sepa... ¡Yo soy Pérez... el periodista Pérez!
Y nos sentamos en un rincón, echando al medio una botella de vermouth, pues el hombre, aunque cazador de tigres, era temeroso del cognac y de la ginebra. Supe de sus labios curiosísimos detalles a propósito de su especialidad y, entre otros, que las autoridades de la comarca que acababa de recorrer, le habían prohibido el ejercicio de su habilidad, porque no le había querido regalar al comisario de policía del partido el caballito que montaba.
—¿Pero eso no ha de ser así, amigo?...
—¿Y por qué no ha de ser, señor? ¿Acaso no sucede siempre lo mismo?... Nombran un comisario nuevo para cualquier partido y cuando más pobre llega, más pronto sale a hacer su recorrida para conocer el pago... Va de estancia en estancia y de rancho en rancho y aquí le gusta un caballito por la parada de las orejas cuando ladran los perros, allí una yunta de bueyes por el modo de mugir o porque tienen las astas blancas y más allá un carnero o unas ovejitas o un gallo, según la pinta de la gente con quien tiene que tratar... Ya ve, pues, que de esto, a tener un plantelito de estancia no hay ni media pulgada.
—Y usted sabía que había tigres por allí...
—¿Qué iba saber, amigo? ¿No le digo que era la primera vez que pisaba el partido?... ¡Andaba buscando no más!... La gran perra con el tal comisario... ¡Me ha hecho perder la bolada de probar ante propios y extraños, como lo he sostenido siempre, que el tigre le dispara al hombre en lugar de atropellarlo... ¡Vea...! ¡Al tigre, que es flojo pero atrevido, no hay como ganarle el tirón!...
—¡Lo creo... pero el miedo no es sonso... ni convida a bailes, amigo!
—¡Qué me va a decir a mí, señor Pérez, sobre el miedo, cuando lo tengo más estudiado que la cartilla!... ¡Mire! Eso de los hombres que no tienen miedo, es una macana vivita... El miedo no necesita que lo llamen para venirse sobre uno en los momentos de peligro y lo mismo le cae a un blanco que a un negro... ¿Sabe la única diferencia que hay entre los flojos y los guapos?... ¡Que los primeros no se saben tragar su miedo como los segundos!... Si yo no hubiese tenido la desgracia de que el tal comisario se llamara García, a esta hora andaría mi nombre volando por toda la República en alas de un hecho incontrovertible, probatorio de este aserto atrevido...
—¡Hombre!... ¿Sabe que no veo bien la concomitancia que puede haber entre su cacería de tigres y el hecho de que el comisario se llamara García?...
—¡Claro!... ¿Qué va a ver?... Para ser ciego y sordo con perfección, en este país, no hay como ser periodista... ¡Mire! A mí los Garcías me tienen reventado y cada vez que me topo con uno, es casi a la fija que me ocurre una desgracia: por dolorosa experiencia sé que es inútil que les haga la cruz ni que toque fierro... Dígame... ¿Ha pensado usted alguna vez en contar los Garcías que hay en Buenos Aires? ¡Bueno! Yo lo he hecho, porque ellos son mi desventura y he querido conocerla en toda su extensión... ¡Tome nota!... Hay nueve mil veintitrés García y de éstos son hombres cinco mil doscientos once, contando como entero a un sastre cojo y manco, que vive en la calle Balcarce al llegar a Brasil, de cuya exigua persona no quedan sino retazos y que se completa con un hijo que tiene seis dedos, y tres mil ochocientas doce mujeres. Setecientos veintidós son almaceneros, doscientos cincuenta y un corredores, ciento tres abogados, cuarenta y tres médicos, doscientos cincuenta y un militares, entre los cuales hay un general; un comodoro y doce coroneles, veintiocho clérigos y el resto pertenecen a profesiones varias, teniendo teléfono solamente diecinueve, pues es la gente más refractaria al progreso y al gasto de dinero en superfluidades.
—¡Demonio...! ¿Sabe que es curiosa su estadística?
—¡Ya lo creo!... La he hecho como un cálculo de probabilidades contra la desgracia, pero no me ha servido de un comino y por lo que le he contado del maldito comisario, ya puede ver de lo que son capaces los García cuando se le atraviesan a un hombre... ¡Puede tener la seguridad absoluta de que la sola presencia del más insignificante de ellos, basta para desbaratar el proyecto mejor elaborado...!
—¡Bueno! ¡Perfectamente...! ¿Pero cuántos tigres lleva usted despachurrados hasta la fecha, a pesar de la siniestra influencia de los García?
—¿Yo?... ¡Pero ni uno, amigo...! ¿No le he dicho que lo que ando buscando todavía, sin poder conseguirlo, es tener la ocasión de probar que el miedo es común a todos los hombres y que los más guapos son todavía los que se lo tragan mejor?
—¿Pero, entonces, cómo tiene usted tanta fama de cazador de tigres...?
—¡Ahí verá lo que son las famas...!
—¿Sabe que es curioso el asunto? ¿Y el chirlo ése que tiene en la frente no es un zarpazo de felino, entonces?
—¡No, hombre... qué va a ser! Éste es un arañón que me pegué con unos vidrios de botella cuando era chico.
—Me ha embromado Gutiérrez con sus informes... ¡La gran perra que es mentirosa la gente...!
—¡No crea...! Es que la vida es así no más, mi querido señor Pérez, y que en este país como es nuevo, tenemos que inventarnos todo para poder vivir a la europea... ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos historiadores, militares, artistas, políticos clarividentes, periodistas, comerciantes, literatos, autores dramáticos, cantores y hasta cazadores de tigres...? Una miserable toldería con indios de levita.
DIPLOMÁTICO EN BOTÓN
—¡No che...! Apuntá para otro lao... Lo qu'es a mí, ni pintao volvés a verme n'un atrio.
—¡Perfetamente...! ¡Sos dueño'e tu voluntá...! ¡Pero no vengás, después, diciendo que sos patriota y maldiciendo al partido porque no sacaste nada...! Bien me decía vez pasada el padre'e los Amarillos.
—¿De mí...? ¿Y qué te pudo decir el padre'e los Amarillos, que apenas si me conocía de haberle pagao la copa en algunas ocasiones...?
—No sé si te conocía, hermano... pero p'al caso es lo mismo, desde que va saliendo verdá todita su información... ¡Hombre!... Fué cuando te sostuve pa citador del jujao... ¿te acordás?... ¡Bueno! Entonces me sabía decir con aquel tonito gangoso que nos hacía tanta gracia: “No se fíe d'ese mozo, amigo... porque no ha'e ser de firmeza y el día menos pensao la sangre lo ha'e tiroñar... ¡El padre usaba un escapulario con retrato'e don Bartolo... y la cabra tir'al monte!”.
—¡Buen viejo chancho y embustero...! Permita Dios qu'esté ardiendo en el tacho más caliente que tengan en el infierno... ¿Conqu'él conoció a mi padre, no?... Mirá... Andá y decil'e mi parte que se rasque si le pica... ¿Querés?
—¡Cómo no! ¡Aurita voy conforme pas'el calor!
—¡La pucha con el viejito...! ¡Con razón tuv'unos hijos que son tan calamidá y unas hijas que pa bagres no les falta ni collar...! ¡Conque mi mama, qu'era una mujer tan seria y que sabía tanta cosa, me supo dar ningún dato respeto el particular... y los ib'a tener él que al fin ni parecía de aquí... al menos por la tonada...!
—¿Y qué querés, hermano?... Hasta se l'oí repetir en el mismo comité...
—¿En el comité...? P'cha que siento, che, qu'ese viejo se haiga muerto... L'hubiera hecho confesar lo que siempre sospeché, ¿sabés?... ¡que hasta él mismo era toda una matufia que caminaba com'hombre!... ¡Fijate sinó...! Se llamab'Agapito ¿te acordás? y nunca hizo ni morisquetas, porque no sabía ni rairse y de apelativo Amarillo y era aindiao tirando a negro.
—¡Bueno, hermano, así sería... pero ya ves...!
—¿Ya ves?... ¡Yo no veo nada, che!... Lo que sé's que no m'iscribo, ni voto ni m'enrolo, ni me meto en política ni en nada...
—¡Pero, che...! Vas a quedar pior que gringo, porque un criollo sin boleta no sirve ni pa charlar... ¿Ve? ¡Así son todos ustedes!... Se les viene la ocasión de hacerse valer com'hombres y empiezan a hinchar el lomo y la dejan escapar...
—Yo no encumbro más manates, que después ni me saludan...
—¡Veanlón al mozo vivo...! ¿Ve?... ¿Pero te crés, infeliz, que ni vos, ni yo, ni nadie servimos para otra cosa que pa'muchar el montón de los pobres zanagorias...? ¡Y no encumbro más manates...! ¡Dejat'e cantar, chicharra, que todavía pued'elar!... ¡Atendé...! Vos no tenés porqu'estar desencantao... Si no cuajastes de citador, no fué porque tus amigos no te hubiesen sostenido; sino porqu'el acuerdo t'esigió ese sacrificio... El empleo se le dió al pardo González, candidato e los mitristas, qu'hicieron, como se dice, hasta cuestión de gabinete...
—¡Dejat'e macaniar, hermano...! ¿Cres que si yo m'enojao, ha sido por tal pavada, ni qu'he dentrao en política llevao por la mamadera?... ¡No, che...! A mí me pasó algo pior que sufrir una redota... Fuí tratao como alversario y me pegaron de atrás los mismos que yo servía... ¿Te acordás de Catalina, la hijita de aquella parda que tenía un taller de plancha casi pegao a mi cuarto...? ¡Bueno!... Yo le tuve a esa muchacha una lai y un'afición, que si mucho me apurás no se me ha'cabao tuavía... qu'era linda, che y como me l'iba metiendo en l'alma, despacito y poco a poco... porque de miedo e perderla no me animaba ni a'blarla y dejaba que los hechos fuesen hablando por mí, como dice la milonga... Se me hacía que s'iba desvanecer aquel encanto tan grande que me venía desd'ella, el día que descubriese qu'era toda mi codicia... ¿Y sabés lo que pasó?...
—¿Cómo no?... ¿No fué una que se alzó con el sargento Ferraira?
—¡Qué se v'alzar, che...! El sargento aprovechó la ocasión de que yo estaba ocupao con las cuestiones del clú y el domingo'e la elección, mientras yo'staba en el atrio cumpliendo con mi deber y la mam'abía salido a entregar una ropita, vino y nos la rató... ¡Mire que caminamos pa ver de quitarselá, antes de que fuera tarde!... ¡Lo vimos al comisario, al juez de paz y hast'al mismo dotor Vigüela, que tanto se me ofreció cuando le di mi boleta... y nada! ¡Todo fué al ñudo...! A los dos meses se apareció la muchacha diciendo que venía'e Belgrano, la pobrecita... y yo, che, de miedo que me convenciera ¿sabés? por que la quería pa bien, alc'el vuelo y juré no dentrar más en política pa sostener a canallas de la clase de Ferraira, qu'en vez d'esponer el cuero cuando llega la ocasión le ratan a uno la novia y se la largan doblada pa que si uno es medio sonso cargue con la responsabilidad...
—Bueno, hermano... pero no porque un sargento le haiga hech'una porquería, v'a renegar de su patria. Yo siento que haigás pensao d'este modo tan luego en esta ocasión, porque tengo la seguridá de qu'en el comité se v'a crer lo que te dije... que te has pasao a mitrista.
—¿Y por qué se ha'e crer en macana semejante, dina de un viejo hablador como era el Amarillo?
—¡Ahí tenés...! Como aura la política de los mitristas es de que no haiga iscrición y vos con tu conduta vas a tirar pa ese lao...
—¡Maldita sea la casta del tal Amarillo y la hora en que reventó sin que yo supiera esto...! ¡Trompeta!... Pa que no se diga que la baba d'ese viejo me ha llegao a salpicar... te v'y'acompañar... pero, ya sabés, por esta, por esta cruz ¿ves? ésta es la última ocasión en que yo pis'en un atrio...
—¡No jurés, hermano... no jurés...! Mirá que aquí, en esta tierra, no se puede hacer programa en materia eletoral y arriejás ser zanagoria pensando ser verdulero...
NOBLEZA DEL PAGO
—Lo encontré al tío viejo en su rancho y comenzamos así la conferencia... ¡Atendé!
—¿Usté no lé la vida social de los diarios, mi tío?
—¿Yo?... ¡Poco sé ler, che!... Nunca he sido aficionao a la letura y aura, con los años, mucho menos... Lo que me gustaba'antes ¿sabés?... cuando recién me pobl'en La Colorada, era ver las figuras del Correo de Ultramar, que solía trair cosas lindas. Entonces me conocí casi todos los reyes y sus familias y también vi unas cabras que diz que servían pa lecheras y unos yuyos rarísimos, que comían carne...
—¡Bueno... mire!... Como aura los diarios han puesto de moda que las familias bien, desciendan de condes o de marqueses o de personas de quienes se haig'hablao en la antigüedá, nosotros necesitamos en casa saber algo de los viejos... Y yo venía por eso... A preguntarle lo que usté supiese d'ellos...
—¡Ah!... ¡D'eso sé bastante, che!...
—¡Qué suerte!... Bien decía yo a Mauricia qu'era imposible que usté no supiese alguna cosa...
—Pues bueno fuera que no... ¡Si ha'bido gente de quien se haig'hablao es de la nuestra...! Mucho habrá sido calumnia... Pero algo ha de haber habido de verdá... ¿no te parece?
—¡Ya lo creo!... Y después... tenga en cuenta lo qu'es la envidia de la plebe contra los nobles...
—Yo no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caian y que con algunos hasta tuvo que ver l'autoridá, como le pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el finao mi padre de puestero y que lo pilló cerdiandolé las yeguas a medias con el juez de paz...
—¡Bueno!... ¿Pero de dónd'era nuestro abuelo paterno...? El que nos dió el apellido de García...
—És'era santiagueñ'o cordobés... Hombre bueno y de acción, según decía mi padre...
—¿Y nuestra'buela de dónd'era...?
—¡Vay'a saber uno...! De por ahí... del campo no más...
—¿Pero no dicen qu'era vasca española...?
—¡Tal vez... pero lo dudo! ¡Más bien tirab'a pampa o a correntina por l'habla... Si era bosalísima!... El viejo parece que se juntó con ella cuando andaba'e picador de carros, p'allá, pa la cost'el Salao, que fué de an'de comenzó a internarse pa l'Azul...
—¿Y de dónde sacó su apellido de Barroso, entonces?
—¿Y qué se yo...? Quizás del charc'o del jagüel en que lavaba sus pilchas... A ella, antes, la conocían en el pago por doña Pepa la mocha, porqu'era del rancho e Los Mochos, como le llamaban a la estancia'el viejo, que casi nadie sabía que fuese tal García...
—¿Los Mochos?... Parece algo así como los Medichi... Sería lindo que resultásemos también como los Demarchi.
—¡Y me contó lo siguiente, qu'es toda nuestra ejecutoria, Mauricia!
—Cuando el finao mi padre, qu'era hombre gaucho pero bien intencionao, se alzó con mama, qu'era jovencita y codiciada en el pago, ganó campo afuera y fué a levantar su rancho casi entre los mismos toldos de un indio capitanejo, que decían las malas lenguas que venía a ser su cuñao... Y ahí vinieron, medio a lo cimarrón, hasta que un buen día los indios se fueron, corridos por los cristianos que empezaban a poblarse y cayó a Los Mochos un señor de Buenos Aires, que diz que había comprao los campos y venía a recorrerlos... ¡Claro!... Habló con mi padre una noche que se quedó en el rancho y a la cuenta le gustó la gente, porque antes de despedirse le dijo:
—¿Quiere quedarse aquí mi amigo...? Yo le doy mil vacas pa que las cuide al tercio... y pa que corra con el campo...
—¡Cómo no, señor...! ¡Ya lo creo!
—¡Bueno!... Entonces... ¡vea!... Le v'y a dar dos mil vacas al tercio y los mochos a medias...
—¿Los mochos a medias...? ¡No diga, señor!
—¡Sí, señor! Los mochos no serán muchos... pero pa empezar...
—¡Qué no han de ser, señor...! ¡Si es una fortuna...! Vea señor... ¿ust'es amigo'el gobierno...?
—¡Cómo no...! ¡El gobernador es mi primo y el ministro es mi cuñao... conque, figuresé!
—¡Qué me dice!... ¿Y el comandante militar de aquí no será también pariente?...
—No... pero es amigo y además lo puedo hacer recomendar por la gente de arriba...
Y así pasaron tres años hasta que un día el patrón volvió a su campo y se halló con una fortuna... Dicen que estaban sentaos cerca del rancho para ver desfilar los rodeos con toda comodidá:
—¡Amigo! ¿Sabe qu'esto ha'ndao lindo?... Novillada flor... ¡Y qué torada!
—¡Y, cómo no, señor!... Éstas son las cuatro mil del tercio...
—¿Cuatro mil, eh? ¿Y aquella polvareda que se ve allá?
—Son los mochos, señor...
—¿Los mochos?... ¡No puede ser, hombre!
—Sí, señor... Parecen muchos pero no son tantos... Apenas habrá unos catorce mil...
—¿Catorce mil?... Pero no puede ser, che... ¡Has d'estar borracho!... ¡Si estoy viend'un mont'e guampas!...
—As' es, señor... Gracias a su recomendación el comandante ha cerrao los ojos y yo no he dejao ternero en el vecindario que no haiga llevao la marca...
—¡Jesús!... ¡Dios mío!... ¿Pero qu'es esto?...
Y el hombre se persignaba viendo desfilar el vacaje y mirando la guampería'e los mochos, que relumbraban. ¡Claro!... Liquidaron la sociedá, pero el viejo se quedó con ocho mil vaquitas, compró campo y s'hizo hombre... ¿Ves?... Ése's el origen de la fortuna e los García tan mentada y la gente'l pago, sabiendo la historia y d'envidiosa... le chantó el apodo al viejo...
—¡Ave María, mi tío!... ¿Es decir que de nobles no nos quedan ni las ganas?...
—¡Yo no he dicho eso!... ¡Conform'el viejo le cerró el lazo al terneraje orejano... cierrenselón ustedes al primer apellido que les guste y... hagansén los chanchos rengos... como tantos!
UNA CURA POR EL AGUA
—La familia ha pedido su detención, porque dice que anda con intención de suicidarse... Lo agarré junto a la parada catorce y s'hizo el que compraba unos duraznos cuando me vió aparecer acompañao de su hijito, que me lo enseñó...
—¡Son macanas de familia, hombre!... Se necesita no tener qué hacer y no conocer a mi gente... pa ocuparse en hacerle caso...
—¡Bueno!... ¿Cómo se llama y a dónde vive?
—¿Y pa qué quiere saberlo...? No le digo que todo es una macana...
—Yo tengo que llevarlo, amigo... como quiera que sea no más... y no lo v'y a llevar así... en seco... pa qu'el comisario me pregunte si h'estao dormido u si lo h'encontrao en la vereda como perro que ha perdido el domicilio...
—Y a mi qué m'importa... Lo que yo no quiero es que los diarios me agarren pa la chacota y más por una cuestión qu'en realidá no es cuestión... Yo soy persona conocida, che... y a'nque me vea con gorra e vasco, sepansén que me saludo con hombres de galera y que a veces sé ser suplente en l'aduana e Catalinas...
—¡Perfectamente, amigo...! ¡Le almito todo lo que quiera...! Per'usté comprende que me tiene que dar su nombre pa no cair a la comisaría como cualquier ene ene...
—¡Bueno...! Ponga Antonio Delgadillo...
—¿Delgadillo y con esa panza...? ¡Mire que v'a resultar una barbaridá, che... y se le van a rair en la oficina...! ¡No sabe lo que son los escribientes...! ¡En fin... allá se las haiga!... ¿No le parece, compañero?
—¡Claro...! Diga en la comisaría, siquiera par'ayudarlo... qu'el hombre no se resistió y que parece decente...
—¡Hij'una gran perra con la vieja chancha e doña Rosa...! ¡Vean! ¡si alguna vez esa vieja me agarr'atravesao y con una copa de más, tengan seguro que la cazo e la cabeza y de los pies y la convierto en acordeón...! ¡Saben lo qu'hizp anoche...! ¡Le dijo a mi mujer, qu'es sobrina d'ella y que anda con sangr'en el ojo porque no encuentro trabajo, que me había visto en la calle acompañao de una inglesa...! ¡Claro...! Una palabra saca a la otra y nos trenzamos de un modo que yo tuve que salirme a media noche con la ropa dentrecasa y enderezar pa los diques... ¿Ve?... Y d'eso es que ha resultao lo que aura m'está pasando y de que tengo seguro que mi mujer se arrepiente...
—Yo, conforme lo vi, ya pensé que usted no era hombre de suicidarse y que todo había de ser por cuestiones de familia...
—¿Qué no soy hombre de suicidarme...? ¡No crea!... ¡En un momento e rabia, soy capaz de cualquier cosa...? Anoche no más... cuando me senté sobr'el malecón y me puse a reflesionar sobre las chanchadas de la vida, pensé que quizás sería mejor que acabase de una vez y cuando más cavilaba me sentía más tentao... Conform'empezó a clariar me comencé a desvestir... pucha con la mañana linda... dije y me quedé mirando el sol que comenzaba a'somar pa'quel lao de la Colonia... Mi mujer se acordará d'este día mientras le dure la vida y cuando sepa que toditas son mentiras de la canalla e su tía, tal vez l'arrastre e las mechas y yo me vea vengao... Y ahí no más me zambullí...
—¡Entonces era verdá que salió pa suicidarse...!
—¡No crea...! El decir adiós no es dirse... Conforme me tocó l'agua, se me aplacaron los nervios y en vez de querer augarme me pegué uno d'esos baños que lo dejan como nuevo al hombre más aporriao... Y la verdá, amigo, lo que nadé un poco, se me despejó la cabeza y dentré a considerar que yo no tenía derecho p'abandonar a mis hijos en este trance tan fiero del vivir en la pobreza y m'empecé a tomar rabia, pensando qu'era más justo qu'en vez de matarme yo, que al fin le soy necesario a toda mi cachorrada, viera de darle un dijusto a la vieja doña Rosa por enredista... y por chancha!
—¡Ya lo creo...! Pero tenga cuidao amigo y que no se le vay'adir la mano... Mire qu'engolosinao puede hacer una barbaridá...
—¡No crea...! ¡L'he dar lo que necesita sin almitirle rebaja... y si puedo hasta un bañito en el dique... con venia e l'autoridá!
ENTRE RENTISTAS...
Yo no alquilo, che, sino muy ligadito... Tres meses adelantaos y garantía personal a satisfacción y no hay tutía... Eso de gente bien y personas distinguidas... ¡pa los pavos! No se hace puchero con pergaminos... ¿no te parece?
—Si yo hago igual, che... pero a veces se atraviesan cosas qu'embroman y no tenés más que dejarte cinchar... Fijate sinó lo que me pasó con la propiedá'e la calle Lavalle, en que se metió el dotor Fritanga y me partió como a queso... ¿quién lo iba a decir?...
—¡Pero cualquiera... che!... Si la cosa s'estaba cayendo'e madura... ¿Creés que nadies t'iba'lquilar semejante atorradero por doscientos pesos con intención de pagarlos?... Es preciso ne dejars'enceguecer por la codicia, y saber con claridá lo que vale cada finca... ¿Pa qué cargar la romana sabiendo que se ha'e romper? El rentista ha'e ser como el hombre'e mundo cuando trata con mujeres... ¡No ha'e pedir sino lo que pueden darle...! No te debés olvidar, hijo, me solía decir mi padre, que la codicia en negocios es como la glotonería... El día menos pensao te deja mostrando el sebo!...
—¡Pues yo caí com'un chorlito!... Y... a propósito... ¿vos conocés un italiano corredor que se llama Bellagamba?... Uno bajito, medio tuerto, que siempre anda como estornudando pero que no estornuda nada.
—¡Buena persona!... Es amigo mío... Si vieras qué modo'e tocar la flauta el de ese corredor, che!... Mirá... Es agarrar su instrumento y comenzar a sentir vos como que te alzan del pelo...
—No digo d'eso, che... digo p'al pago... Me anda por alquilar...
—¡Ah!... D'eso no sé... pero atento a que somos como chanchos te haré un cuentito ¿sabés? y vos sacá la consecuencia si conseguís atar cabos... A mí no me gusta desacreditar y menos a Bellagamba qu'es persona de mi aprecio... Ya sabés que yo no soy sino hombre de afetos y que poco me ha gustado andar metiéndome en canalladas ni difamando a la gente...
—Dejat'e bordoneos, hermano... Ya sabés que secreto qu'echás en mí es como si se cayese al río... ¡No lo pescás ni con ré!...
—El hombr'es bueno ¿sabés? pero juega y a veces la falt'alpiste y d'eso es que le dimana...
—¡Ah! ¡Ah!... ¿Conque juega, no?... ¡Mirá qué ganga!... ¡Bueno!... ¿Y cuál es el cuento?
—Vez pasada vivía con su familia en la call'e Chile y me llevó pa mostrarme su colección de orquídeas—porqu'es coleccionista—y cuando pasamos por junto d'unas gallinas que andaban en el fondo, noté que los animalitos conforme me miraban se tiraban al suelo y juntaban las patitas... ¡Claro!... Me llamó l'atención la cosa y se lo hice notar, contestándome con la mayor frescura... ¿A qué no sabés qué?...—Mire, me dijo, es que lo han tomao por empresario'e mudanzas y como están acostumbradas a que las aten pa trasportarlas, cada vez que cambiamos de casa, ya se l'echan no más... Por el hilo podés sacar el ovillo, si la cosa t'interesa... pero, ya sabés... yo no desacredito a nadies y menos a mis amigos...
POLÍTICA CASERA
—Y ¿quién es tu padre, che... pa venir a jujar de mi conduta nada menos qu'en asuntos de política?... ¡Mirá!... Te v'y a dar un consejo pa que se lo trasmitás... ¡pero como cosa tuya!...
—¡Si tata, che, no tiene opinión!... Me ha dicho solamente lo que oyó en el almacén...
—Mejor sería qu'estuvies'en su trabajo, pa tener siquiera vainte pesos cuando su hija se los pide... Tu padre, que al fin no es más que un triste remendero media lengua, s'enllena la boca con sus paisanos, diciendo que su hija Catalina es nada menos que la mujer de don Calisto Viñales, pero conforme te refalás con un pedido cualquiera te saca el cuerpo y te deja que te rompás el bautismo... ¡Y vení a contarme a mí del cariño de tu padre!
—Pero, mirá, Calisto... Tata tiene muchos gastos... Los muchachos se le han alzao y no quieren trabajar...
—¡Música!... Yo no soy gringo como él ¿sabés? pero así, en criollo no más, le adivino los albitrios y no es quién pa ganarmelá cortao... ¿Por qué no te dió los pesitos en vez de venirte con l'agachada de si m'iba pa La Plata o de si m'ib'a quedar?... Convencete, che... Tu padr'es más chancho e lo que parece y gasta jarabe'e pico, como qu'es cosa barata...
—¡Pobre tata!... Se asustó cuando le dijeron que cambiabas de partido y ya está la explicación...
—¡Cómo no!... ¡Clarita!... Y quién lo puede haber dicho que cambeo de partido, vamos a ver, si no son otros como él? ¿Y quiénes son ellos pa venir con dinidá y con firmeza e caráter cuando por cinco centavos te bailan la tarantela y lo hacen hasta con yapa?... ¡Qué no embromen!... ¡Mirá! ¿Sabés lo que hay en todo esto?... Te lo v'y a decir en secreto, pa que lo desparramés más pronto con ayuda de tu familia qu'es toda tan inocente... P'allá p'al mes de setiembre, m'hizo llamar un amigo y me pidió mi concurso p'al partido casarista, diciendomé, entre otras cosas, que yo no había de andar solo, pues estaba por el hombre la gente de más valer de todita la provincia... ¡Figuráte la bolada, che!... ¡Claro! Mordí el freno... ¿Te acordás de unos cien pesos nuevitos conque te alumbré una tarde?... ¡Bueno! Eran d'eso... Y después no hubo más cera y nos pedían el concurso, así no más, por vergüenza... diciendo de que seríamos el dique p'atajar la corrución y de que algún día la historia se ocuparía de nosotros... Como pa historias y diques andaba la muchachada, che... ¡Claro!... ¡Ni pisamos los atrios, y los ugartistas agarraron el soquete y salieron como alma que lleva el diablo!... ¿Te crés que los casaristas nos quedamos a esperar que nos llovies'el puchero?... ¡Pues no!... Comenzaron a'garrar p'al lao de los vencedores y a meterse bajo l'ala de los amigos probaos y como yo me topé con Ciríaco el santiagueño, con quien siempre fuimos yunta, le conté mi desventura y él me dijo que yo no era sino víctima de mi propia fe y me largó cinco pesos...
—¡Eso es amigo!... ¿Lo ves?...
—¡Ya lo creo qu'es amigo! Es'es de los que no se despintan, che... y saben lo qu'es andar en la mala... ¡Bueno! Y aquí me tenés, comprometido con él p'acompañarlo al infierno... si es que allí le dan un calce... Y aura comparame esta conduta con la que oservá mi suegro y decime con franqueza si tiene perdón de Dios...
—¿Y dónde están esos cinco... con que tanto cacariás?
—Querés que te dé los cinco... y no has sido ni capaz d'encontrar en tu familia quien nos dé ni un vaso de agua... ¡Afilate!... Ustedes son gringos, che... y entiendansén como puedan, porque lo qu'es con mi plata no se van a dir a Italia... ¡Y ya lo sabés!... Si querés ver estos cincos y tomarle el olor... andá enseñale a tu padre cómo deben ser los suegros... y convidalo a un acuerdo sobre la bas'e los vainte... ¡Que afloje si quiere hablar... como hacen los ugartistas!
CONFIDENCIAS
—Tu padre no cre nada, che, sinó que sos sonso... ¡Y la gracia es que hasta yo me voy convenciendo de lo mismo!... ¡Mire que se necesita ser pavo pa preferir andar de atorrante a estar en la estancia cómodamente, trabajando en tus cosas y dandolé gusto al viejo, que lo que quiere es tu bien y nada más... ¡qué diablos!... A qué demonios te has ido a meter en puebladas, exponiéndote a que te dejen seco de un palo?... ¿Qué te va ni qué te viene en que Roca lo achure a Pellegrini ayudao por don Bartolo, o en que don Bartolo lo estire a Roca, o en que los tres se hagan tiras dejando güérfano al país, aunque sea por diez minutos?... ¿Acaso vos vas a ser el tutor?...
—Dejat'e macanas Santiago y no te metás en lo que no entendés ni entenderá mi padre tampoco... ¿Qué saben ustedes, pobres bichos, de ciertas cosas que ni sospechan que existen?... Ustedes han nacido pa comer a gusto, che, pa trabajar a sus anchas, pa vivir sin pensar ni sentir, esperando que los negocios vayan delante y que Dios les dé salud... Los dos son viejísimos, che, aunque no lo echen de ver y yo sería un loco si me metiese a convencerlos... Decime... ¿Vos jugarías plat'a mis manos si me vieras trair un mancarrón de la estancia, cuidarlo como a potrillo y anotarlo p'al premio grande?...
—¡Che... che... che! ¡Al fin veo la pata de que rengueás!... Vos estás enamorao com'un pichicho y sos romántico y te has llegao a convencer de que sos el único en el mundo que sabe lo qu'es querer... ¿Pa qué te ponés colorao?... No seas pipiolo, hombre, y cantá claro... ¡Mirá!... Yo soy tu tío, pero soy muy macho, che... y aunque vos lo dudés tengo más música en l'alma de la que tal vez necesito... con alguna semillita que se te ha de hacer carozo... ¡A ver, desembuchá!... Te has de estar atorando.
—¡No arrugués que no hay quien planche!... P'cha que sos diablo... ¿Por qué no te metés a divino?...
—Mirá, chiquilín... Esto va en serio... Es una macana lo que hacés de alzarte contra tu padre y resistir su mandao... ¿Cres que por eso va a ser más grande tu amor ni tampoco el que te tengan?...
—¡Pero si todo es una locura, Santiago!... Si yo mismo ni sé lo que ando queriendo!... Figuráte que estoy enamorao.... así... como se dice... de un sueño... Si ella no sabe nada...
—¿Pero por qué no se lo decís?... ¡Mirá!... En estas cosas hay que ser prácticos, che, y lo primero es lo primero...
—¡La facilidá!... Si yo lo único que hago es irme frente a su casa para verla cuando sale y no me animo ni a seguirla! ¡Si cuando la veo, che, hasta las piernas me flaquean y... ¡que me caiga muerto si miento!... hasta me dan ganas de irme por miedo de que vaya a conocerme el juego y se me ría en las narices...
—¿No digas?... ¿Pero vos no sos sonso, entonces, sino sonso y medio?... ¿De qué nido te habrás caído, sobrino?...
—¿Y qué querés, Santiago?... Así es la cosa... Y por eso no me animaba a decirte... ¿Ves?... Aura resulta que no m'entendés y que te burlás de mí y me vas a echar al medio...
—¡No, hombre!... Dejat'e macanas... Si yo sé lo qué es cantar sin tener quien acompañe... Mirá... A tus años se le perdona a cualquiera que pegue un tropezón y se rompa cualquier cosa... pero a la mía... ¿qué me decís? ¡Y si vieras cómo ando yo, che!... Ni veo, ni oigo, y el día menos pensao hago una barbaridá... ¡Te garanto que vos estás a dos dedos de hallarte con una tía qu'es una divinidá!... ¡Casi, casi, estoy por decirte que serás sobrino'el cielo, che!... Bueno, pues... y aura que ya nos hemos entendido, escuchá lo que te digo... ¡No te metás en política y adelante con los faroles!...
—¡Qué política ni qué diablos, che!... Pero... te crés que teniendo como tengo un jardín dentro'el alma, me v'y a ocupar en ir a cavar sepulturas... y... decime... ¿le ves aura que me puedo ir a la estancia y dejar así, mis asuntos, para atender los del viejo?...
—Mirá, m'hijito... Entr'el corazón y el bolsillo cabe una conciliación... ¡No muñequiés!... El sistema ya está viejo y no hay que hacerse boliar cuando uno anda en libertá!
LA ECONOMÍA ES LA MADRE DE LA RIQUEZA
Era en aquellos tiempos del Buenos Aires pendenciero y levantisco, en que crudos y cocidos y pandilleros y chupandinos ensagrentaban las calles a cada triquitraque y en que no había ciudadano por modesto que fuese, que no creyera que los destinos de la patria los llevaba cada cual en la punta de su cuchillo.
Los hombres vivían más en la plaza pública que en su propio hogar, y como su existencia transcurría de club en club y de manifestación en manifestación y los servicios de fondas y restaurants andaban tan escasos como caros, abundaban los negros pasteleros, que eran la providencia de los estómagos famélicos, así como la confección de los pasteles que vendían, lo era también de más de una casa de familia, que no solamente costeaba con su producto los gastos ordinarios de su presupuesto, sino que aun proyectaba en el futuro siluetas de millonarios y potentados. Los días de agitación política, las fiestas patrias, el carnaval durante el cual no era prudente aventurarse así no más en busca de provisiones, y, sobre todo la Semana Santa, en cuyos términos no se hacía matanza en los corrales ni se expendía carne en los mercados, eran los grandes días de la industria casera.
Fué al aproximarse uno de esos períodos y en época de gran carestía de provisiones en la ciudad, por hallarse ésta bajo sitio y con todas sus comunicaciones interrumpidas, que hicieron su aparición en las plazas y en las calles los pasteles de Misia Paca, que vendidos a precios increíbles por su baratura y rellenados con generosa liberalidad, desalojaron a sus rivales en el comercio menudo y mataron toda competencia, produciendo una crisis espantosa en la antes boyante industria pastelera.
Y las aceradas lenguas criollas, que cortan como tijeras de sastre, y las mentes activas y cavilosas, se echaron a buscar, desesperadas, el secreto profesional de la victoriosa pastelera Misia Paca:
—¡Si nunca hizo ni tortas fritas, che!... Y, después, eso se ve clarito... ¡Los pasteles son de morondanga y sólo sirven pa los que caían de pobres!...
—Yo... lo que no me explico, ¿saben?... ¡es el precio!... ¡Si es una barbaridá con los artículos como están!...
Y las comadres llegaron a propalar que los pasteles de Misia Paca se hacían con carne, no de mula ni de caballo, que al fin hubiera sido una nimiedad, sino con carne humana. Hasta se habló de varios ingleses sin familia que habían desaparecido y se afirmó que un carrero de la Aduana se había atorado con un huesito el cual examinado, había resultado ser un pedazo de dedo chico... hasta con uña.
—¡Ya veremos!... Dejen que venga Semana Santa... ¡Entonces será la buena!... El pescado no tiene más que un precio... ¡y no es inglés sin familia!
Y vino la esperada semana y Misia Paca vendió sus pasteles como siempre, baratos y tan bien rellenos, que su jugo “chorreaba por los enemigos”, como decía la clientela, aludiendo a que al primer mordisco cuando estaban calientes, saltaba la salsa apetitosa mojando los carrillos...
Entretanto, Misia Paca estaba radiante y su triunfo la embriagaba, quitando de sus labios hasta las palabras de piedad, que otrora supo reclamar para los desheredados...
—Se han fundido porque son haraganas y ambiciosas, y quieren ganar platales como Anchorena... Que trabajen y se contenten con poco, como yo... y ya verán.
Y el reinado de Misia Paca fué real y positivo, extendiéndose su influencia por toda la ciudad, llegando sus pasteles a todos los estómagos, pues no quedó negro vendedor que quisiera otra factura que aquélla sin rival.
Ya no había competencia. Descartada la insidiosa calumnia de la carne de inglés y la malévola especie de que los tales pasteles no podían encontrarlos buenos sino las personas sin estómago, se acallaron las protestas y los labios enmudecieron, confundidas las mentes cavilosas por la evidencia de los hechos, siendo aclamada Misia Paca e inscripto su nombre en la lista de oro de las grandes damas caritativas de la ciudad y disputándoselo las asociaciones de beneficencia para encabezar los consejos directivos... Hasta su esposo, que era un triste capitán, ascendió en el ejército, llegando a jefe de batallón, debido al influjo de los pasteles, que siempre en esta tierra se vieron cosas de tal jaez y ya no llaman la atención de nadie: los poetas no ganan posiciones escribiendo versos, sino enseñando matemáticas; los abogados curando enfermos o proyectando ferrocarriles; los médicos tramitando testamentarías; los ingenieros pleiteando en los estrados y los militares... hasta vendiendo pasteles de confección casera, escribiendo artículos de diario o mezclándose a las turbias corrientes de la política.
Una noche había reunión en una noble sociedad caritativa, presidida por la radiante Misia Paca y se atendía el pedido de una pobre mujer cargada de hijos, viuda reciente de un viejo soldado.
—¡Bueno!—decía Misia Paca, dirigiéndose a la pobre o postulante y manteniendo una atención aduladora, de parte de sus consocias,—ust'es pobre porque quiere... Trabaje y economice... La economía es la madre de la riqueza.
—Sí, señora.
—Yo también soy esposa de soldado y... ¡ya ve! adónde he llegado haciendo pasteles...
—¡Cómo no, señora!... Pero para eso ya'stoy vieja y muy llena d'hijos...
—Eso qu'importa... ¡No se'haragana!
—Si no es por haraganería... Sino que yo no voy a'llar sino alguno de tropa que me quiera... Y casarme, así... ¡usté ve!
—¿Acaso yo le aconsejo eso?...
—Ya sé que no... pero si no me caso con un oficial que me mande las economías del batallón... la leña, la carne, la grasa, la harina... ¡que son tan caras!... ¿cómo voy a fabricar pasteles baratos, señora?...
El argumento fué contundente y al explicarse de manera tan sencilla como inesperada el secreto profesional de Misia Paca, acabó su reinado, basado solamente en la economía... del cuerpo que mandaba su esposo y que resultaba ser la madre de la riqueza, como ella lo pregonaba...
LA DESPEDIDA
A ña Simona Peraira, como ella solía decirlo, no la agarraban sin perros ni los más madrugadores y en cuanto a su Carmencita, tal vez cayese en las uñas de algún gavilán artero, pues no hay muchacha en el mundo de quien se puede decir que sabe seguir consejos, pero antes que desgraciada, habían de verla sus ojos en el mismo cementerio. Y al mirarme ña Simona, por entre un monte de cejas, juntadas sobre sus ojos para darle a sus palabras un tinte de más firmeza, halló que me estaba riendo, al verlos cerca del pozo al aparcero Francisco y a la linda Carmencita, diciéndose sus ternezas como si nadie los viese en esa hora postrera, pues él dejaba sus pagos para irse de pialador a trabajar en las yerras...
—No crea que me la ganan y que yo me mamo el dedo...
—¡Qué ocurrencia, ña Simona...!
—Déjese de cumplimientos y de hacerse el socarrón, que usté no nació par'eso, como no nació Francisco, a quien si yo le doy lao pa que hable con Carmencita y le diga lo que quiera, es porqu'el mozo me gusta y no porque m'echen tierra, como ustedes se lo piensan.
—¡Pero, mire!... Atiéndame con paciencia y verá...
—¿Y paqué quiere que vea... si viendo he llegado a vieja?... Sepa sólo de una vez y pa que no alegue inorancia, que a ña Simona Peraira no es quién usté pa pitarla, por más narices que tenga y que a'nqu'hijo del patrón, no me ha'e boliar el caballo ni me ha'e gritar “bijulé” cuando salga d'este rancho... Son muy cachorros los dos p'hacer semejante hazaña y a usté, a'nque no le guste, se lo'e decir francamente... ¡pa gancho no le veo laya!
—Pero atienda, ña Simona, y no agarre campo afuera... mire que voy a pensar que es cierto lo que se corre, de que usted ve piernas en todas partes cuando no ve interesados en alzarle las tamberas y que no tiene más vida qu'estar chumbando los perros a cualquiera que se allega...
—¡Mirenmelón al dotor, afanao por hacer renga a Simona la puestera!... Vaya, pregunte a su padre, que con ser lo que él ha sido, nunca pudo en este rancho venir a soliar sus jergas sin permiso de la dueña o al menos... ¡sin que lo viera!... Fijesén la parejita que hace m'hija con Francisco, paradita junto al pozo, oyéndolé las mentiras con que trata de envolverla!... Lo mismo que a ella le pasa me pasó a mí con Mamentro, a quien Dios tenga en su gloria, el día que vino a'blarme antes de dirse a la guerra... Era un mozo bizarrote, así como Carmen su hija, y sabía decir las cosas con una gracia y un modo, que a'nque uno ya las supiese, gustaba escuchárselas, pues parecían siempre nuevas... Cayó a casa esa mañana montado en un redomón que recién mascaba el yerro y mientras mama'cababa de llenar un zarzo e quesos, trujo el caballo e la rienda, así como hizo Francisco y m'empezó a decir cosas, qu'eran todas cosas viejas, porque no encontré ninguna que yo ya no la supiera... Y habiendo estao en el trance, quiere usté que yo no sepa lo que le dice Francisco a la pobre de m'hijita, que hacen ya como dos meses que lo anda llevando en e'alma como él la llev'a ella?... ¡No crea en eso que corre de que yo chumbo los perros a todos los que se allegan!... Son dichos de pulpería, circulaos por cuanto vago sale a campearse un churrasc'o una cebadura e yerba pegandolé a la sin güeso p'hacer crer que no'stá seca... Francisco es un mozo bueno, como lo era mi Mamerto, y ya me ha dicho el patrón que lo v'hacer capataz cuando haga l'estancia nueva y entonces mi Carmencita y también mis cuatro riales, han de pasar a sus manos, si acaso Dios me permite...
—Y se lo ha de permitir, porque Carmen y Francisco...
—¡No me hable d'esos canallas que cren que m'están pitando!... No les diga que yo sé, mejor que lo qu'ellos saben, ese secreto que guardan... Hay flores que sólo güelen en el misterio e la noche, pues parece que el olor con la sombra se casara...
MI PRIMO SEBASTIÁN
Las personas que no tengan entre sus parientes un ejemplar como mi primo Sebastián, no mirarán seguramente, los tramways eléctricos ni los automóviles, con la fruición que yo los miro, ni leerán las noticias referentes a choques y colisiones, con mi impaciencia golosa, sobre todo al recorrer anhelante la lista de las desgraciadas víctimas. Anteayer acababa de desayunarme en el club y leía los periódicos, cuando se me presentó mi pariente:
—¡No salgás todavía, che! Tengo que hablarte seriamente de un asunto importante, que te interesa como primo y como argentino...
Y tomando asiento, con ese desparpajo fanfarrón, propio solamente de los hombres necesitados de entereza y que ocupados en fingirla no ven el ridículo que les hace señas, llamó al mozo encargándole uno de sus tantos brebajes favoritos, y encarándose conmigo, me dijo a quemarropa:
—Decime che... ¿vos ya te has afiliao a alguno de los partidos en lucha?... ¿Qué sos en l'atualidá?...—Y mi primo Sebastián revolvía nerviosamente su vaso, sin mirarme.
—¿Yo?... ¿Y qué quieres que sea, Sebastián?
—¿Cómo que quiero que seas?... ¡Yo no quiero nada!... El que debe querer sos vos, que no podés permanecer indiferente cuando ya están hirviendo las parroquias, olvidándote de que tenés un nombre tradicional en nuestras luchas electorales y parientes, como yo, ¡que solamente esperan tu palabra pa pararse!... Anoche, no más, les decía a los muchachos de casa, que comentaban tu indiferencia: “!Vean!... ¡A ese dejenmelón a mí, que yo lo v'y a templar!...” ¡Y aquí me tenés a tu lao, dispuesto a todo!... Vos sabés que yo soy el último Ferro que queda en la familia y que tengo de mi padre, entre muchas cosas buenas, la condición de ser desinteresado y decidido, como era él, que aunque hijo de italiano, no tuvo nunca nadie que decirle que no fuese un criollo cuadrao!... Yo, ¿sabés?, ¡estoy dispuesto a transigir con todo, menos con verte alejao del puesto que te corresponde y he tenido mucha rabia al no hallarte entre los notables que forman la convención!... ¿Qué se piensa Roca de nosotros, che?... Ya sería tiempo'e saberlo pa tomar un rumbo fijo y enseñarle a respetar... ¿Qué te ha dicho Pellegrini?...
—¿A mí?... ¡Nada!
—¿Aura salimos con ésa?... ¡El gringo ha de estar creyendo que se la lleva de arriba!... ¡Bueno: ¡Mirá!... Lo primero que hay que hacer, es cambiar de táctica y formar un clusito independiente pero maniobrero, algo así livianito, que podamos manejarlo como queramos... Sería una vergüenza pa vos y pa todos los amigos, che... que dejaran a un hombre como yo que dentrara a transar por el puchero, nada menos que con esos usurpadores envalentonaos... ¿Entonces quedamos en que vos lo que querés es dentrar entre los notables?...
—¿Yo?...
—¡Perfetamente!... ¡No hay ni que hablar!... Che!... ¡Mozo!... ¡Oiga! Traiga una botellita e coñaque del mejor que tenga... que vamos a festejar una alianza que será famosa... ¡Este hombre tiene una suerte...!
—¡Sebastián!... ¡Yo no te he dicho nada ni quiero nada!... ¡No me mezclo en política, ni quiero saber de notables ni de convencionales!
—¿Qué no vas a querer, hipócrita del demonio?... ¡Lo que hay es que ya estás creyendo que yo te me voy a dejar cair con un par de a quinientos y m'estás sacando el cuerpo!... ¡No creas, hermano!... Aura, desde que dejé mis viejos vicios, o mejor dicho, desde que ellos me dejaron a mí, se acabó el Sebastián de antes, aquél pasiandero y divertido que tanto les dió que hacer...
—Yo no te digo nada, Sebastián... pero no me meto en política ni quiero oir hablar de asuntos semejantes!...
—¿Qué no te metés?... ¡Eso será lo que tase un sastre!... ¿Y con qué derecho me querés cortar mi carrera, arrancándome de las manos nada menos que la bandera de la regeneración? ¡No, che!... ¡Vos tenés una tradición de familia que no es de tu sola propiedá y yo no v'y a consentir que te den una bofetada y te quedés como si tal cosa!... ¡No, m'hijito!... El honor y la dinidá no se valoran con plata, entendelo bien... y pensá que si vos sos rico en cambio te falta sangre en las venas y que yo tengo pa los dos...
—Bebete tu copa, Sebastián, dejémonos de zonceras...
—¿Zonceras la dinidá?... ¿Zonceras el orgullo y la altivez?... Es decir, que porque a vos se te antoje dejarte aporriar con Roca y con Pellegrini, nosotros nos tenemos que aguantar... ¡Hombre!... ¡Ni que fueras don Bartolo, pa disponer así de nuestra voluntá!... No, che, vos no te pertenecés y perdoná que te lo diga, ni tenés derecho pa condenarte a vivir como estoy viviendo yo, por conservar con honor el apellido...
—¿Y qué sé yo de lo que vives, ni lo que haces?...
—Ah!... ¿No sabés de lo que vivo?... ¡Bueno!... Vas a saberlo y entonces comprenderás de lo qu'es capaz el último de los Ferro de la familia, pa no desmentir la cría... ¡Asombrate! Yo exploto el apellido, haciéndoló servir pa encabezar banquetes en los hoteles y restaurants, pues soy nada menos que promotor de despedidas de la vida de soltero y felicitaciones por haber concluido la carrera!... ¿Y sabés cuál es mi suerte?... ¡Bueno!... ¡El llamarme Ferro!... ¡Si me llamase Martínez, Velázquez, Álvarez o Fernández no tendría ni siquiera ese miserable recurso de la comisión que me pagan los hoteleros como promotor!... ¿Quién diablo s'iba a dejar promover nada, con un individuo llamado así? ¿Quién iba a crer que un criollo o un gallego podían andar pagando banquetes a cada triquitraque ni festejando estudiantes?... ¿Y aura que conocés el misterio, decime si crés que yo puedo mirar con indiferencia tu alejamiento egoísta de la política, que me quita hasta la posibilidad de poder lograrme un calce?
—¡Qué Sebastián éste!... ¿Entonces creés de veras que yo tengo la obligación de meterme en lo que no quiero, nada más que por solidaridad de familia?
—¡Claro! ¡Los antecedentes atan, che, y obligan!... ¡Vos jujandomé por las historias de mi juventud de antes, te negás a ponerte en condiciones de ayudarme y preferís tu tranquilidá al honor, y yo, ni la familia, te lo podemos consentir!... Vos sos un personaje y tenés obligación de proceder como tal, con altura y dinidá... Yo, te lo confieso con franqueza, me veré obligao a hacerte dentrar entre los notables y a ponerte en condiciones, proclamando tu nombre en todos los banquetes que promuevo, porque me faltan unos doscientos pesos pa plantear mi clusito man'obrero...
—¡Y yo te digo redondamente, Sebastián, que no te doy ni un centavo y que te prohíbo hasta acordarte de mí!
—¡Cómo no!... Esta misma noche comienzo la proclamación y mañana vuela tu candidatura presidencial de boca en boca... Pues estaría lindo que rehusaras a ser nada menos que personaje en estos momentos solenes... ¡Ya verás de lo que yo soy capaz por honor de la familia y por no dejar un güeco nada menos qu'en la historia electoral de nuestra patria!
EN FAMILIA...
—Mirá mamá querida... todas esas cosas que me decís, yo las sé, pero no me sirven de nada, porque con ellas no adelanto ni pizca... ¡Mi situación es d'empantanamiento clavao y no tiene vuelta!... ¡Fijensé!... No he podido n'ingresar en el nuevo partido, pa ver si siendo de los primeros me liga alguna cosita, porque ustedes me tienen en una categoría que... ¡francamente!... da vergüenza.
—¿Y'acaso yo te privo?... ¿No es verdá, Mari'Elenita que yo no le privo nada?
—¿Y qué le vas a privar?... ¡Mirá semejante nene para'cer caso de lo que le digan!...
—Yo sé que no me privan... pero... ¿y con qué hago la parada?... ¡Aquí no caí pesito que vos no te lo tragués con tus modas y a mí me tenés reventao!... No tengo ni ranglar siquiera y le sacudo al over-coat hasta de tarde... arriejo de que me tomen por cobrador... Está bueno, che... que uno vaya pasando a fuerza de hacerse el loco y el mozo diablo... ¡pero no hay que ser tan calvo que se vean hasta los sesos!
—¿Y por qué no lo ves a tu sastre? ¿Qué nos venís a nosotras con semejantes historias... pedazo de sonso?
—¿Ves a tu sastre?... ¿Y te crés que yo tengo eso, che... ni que porque yo lo vea ya me v'alargar un ranglar?... No seas pava... hijita... Tengo que llevarle veinte pesos y sinó no hay tutía.
—¿Y cómo tenés para llevarlas a palco y nada menos que al Odeón... a las lombrices de Misia Pepa?...
—¡Mirá Marí'Elenita... no me saqués los cueros al sol, porque no se van a'soliar solos, eh?
—¡Bueno!... Dejensé d'eso... y vamos a ver cómo arreglamos para que te hagás un sobretodo...
—Acordate, mamá, qu'este mes hay que pagar los réditos y que se precisan los cincuenta pesos para el bordador de tu capa... Vos no podés seguir con la que tenés... ¡Es un verdadero asesinato!
—Dejal'a mamá, che... qu'ella sabrá lo que v'a'cer... No la mariés con tus esageraciones...
—¿Vos crés que son esageraciones?... ¡A este paso nos vamos a quedar en la calle! Mejor sería qu'en lugar de andar de tiatro en tiatro, te ocupases de alguna cosa...
—¿Pero vos crés que yo gasto un centavo en tiatros?... ¿Y de dónde v'y a sacar?... ¿No sos vos la que la metés a mamá en los gastos de dar recibos, para que no venga, nadie... pues no lo quiero contar al desgraciao de Pambazo?...
—¡Bueno!... sosieguensén y vamos a reglar el asunto...
—Si yo no hago más que contestarle a esta... mamá... ¡Figuráte que yo tengo que tomar mi café con el Dientudo chico que me lo paga pa que lo acompañe a pasar por una casa de la calle de Artes...
—¡Eso no es el tiatro... che!... ¡Yo te hablaba de las lombrices de Misia Pepa... no te hagás el sonso...!
—¿Y sabés por qué voy con ellas?... Porque son portuguesas... y yo las acompaño...
—¿Que Pepa es portuguesa, decís? ¿Pero estás loco?... Si hemos andao juntas en l'escuela'e Misia Pamela y nos conocemos desde chicas... El padre'ra un chino gordo...
—No, mamá... Si no es portuguesa de nacionalidá sino de oficio... En los tiatros les llaman así ¿sabés? a las familias que sirven p'al relleno e las salas no más... Cuando se da una función y no va gente, la empresa comienza a mandar los palcos y las lunetas, conforme nota que no se van a vender, a las casas que ya se tienen en lista... Todas esas familias qu'entran tarde a la función son generalmente del gremio...
—¿Qué nos contás, hijito?
—¡Como lo oyen! Misia Pepa es muy amiga del empresario y es la segund'e la lista... A las ocho, ya se visten las muchachas y se ponen los sombreros y esperamos, jugando a la baraja, hasta que llega el zanagoria con las localidades... Ves... vos, che... És'es el secreto que tengo para ir casi todas las noches y si no fueses tan criticona yo ya te hubiese convidao, porque las muchachas...
—¿A mí?... ¡No faltaba más!... ¡Mirá quién, che... para andar de portuguesa en ninguna parte!... ¡Y yo que creía que esas que llegan tarde a la función lo hacían por darse corte!...
—¡Portuguesismo corrido, m'hijita!... Nosotros ya conocemos todo eso y no nos llama l'atención... ¡Bueno!... Vaya, hermanita querida, en cambio de la lección que l´he dao eche una manita a ver si arreglamos lo del ranglar... ¿Cómo hago?...
—Mi consejo es que hagás como hacen muchos... ¡Que veás si también hay portugueses en las sastrerías y te hagás poner en lista!
CALLEJERA
—¿Conque resulta entonces que vos no sos coya sino una miserable falsificación?... ¡La gran perra!... Y pague uno impuestos y sacrifiquesé trabajando, pa que le suceda estas cosas nada menos qu'en una ciudá civilizada... ¿Querés ver de que llamo al vigilante...?
—Orst... ¿Y sabe que es ocurrencia?... ¿Acaso yo l´he dicho que soy coya ni que no soy?... Usté me ha llamao pa que le venda polvitos p'al amor y l´he dicho que no tengo sino bálsamo católico, habas tongas y pepitas de quina-quina... ¿Qué más quiere?
—¡Hijo'e perra...! ¿Aura me venís con ésas, no?... Esperate... Ya te v'y a'cer ver que aquí no'stás entre gringos...
—Pero, digamé, señor...
—¡Nada!... ¿A ver?... ¿A'nde tenés la patente...?
—Patente'e coya... Esto sí qu'es lindo... ¡Mirá... en la que m'he metido!... ¡Vea... señor!... ¡Atienda! Yo soy criollo de aquí ¿sabe?... M'he criao en casa'e los Palmarini, en la call'e San José y siempr'he sabido trabajar d'elemento eletoral... así... pa'sistir a las manifestaciones o pa fundar algunos clus... pero aur'ha cambiao la cosa y pa ver de remediarme le pedí el traje a un amigo que ha dentrao al cajoncito y aquí me tiene rodando...
—¿Que ha dentrao al cajoncito, tu amigo?... Y qué diablos es eso, che...? ¿Sabés que m'interesás?
—¿No sabe?... Pucha... ¿ve?... Eso sí que no le creo... ¡Si ustedes son más corsarios los de la municipalidá, que no se les va ni el aire sin que le metan el sello...! ¡Mire...! Mi amigo ha dentrao de turco y anda con el cajoncito vendiendo la merchería...
—¡Ah! ¡Ah!... ¿Es decir que aura hasta los turcos son criollos y que ustedes se le agachan a lo que caiga?
—¿Y sinó, señor...? Antes, siquiera los pobres teníamos algún recurso con el cuento'e las elecciones y a veces hasta nos caian con alguna comilona... pero, aura, Roca no precisa de nadies pa fabricar los pasteles y hasta se chupa los dedos pa no perder la grasita...
—A ver... che... bajá la prima y no te vas a pasar... Mirá que soy del partido...
—¡Orst...! ¿Y yo?... ¿Se cre que a'nque ande de coya no he sabido hacerme ver...? ¡Mire...! Busqu'en la lista'el comercio que le osequió una medalla cuando subió a presidente y, allá así como a la mitá, v'hallar que Antonio Carreño, que soy yo para servirle, figura con cinco pesos...
—Pucha qu'eras entusiasta...
—¿Yo?... ¡Ya lo creo!... Me recuerdo que una noche aquel dotor Igarzábal que formaba el comité, pues yo entonces me ocupaba de ausiliar de zanagoria, me mandó buscar al circo y alcanzándome un pesito, me dijo: “pa que bebás una copa y sepás que figurás en clase de comerciante... Claro... Ya se pued'imaginar el viva que largaría...
—¿Y nunca vas a lo'e Roca?... ¿Por qué no te le acercás?... ¡Mirá!... Si yo no fuese inspector ¿sabés? y me hallas'en tu pellejo... yo le hacía un'atropellada...
—¿Sabe que tiene razón? ¡Mañana me voy a verlo...! Tal vez que si necesita, me haga coya verdadero ¿no le parece, señor?... ¿Quién diablos v'a'cer aquí las cosas qu'él sabe hacer... así... sin rairse y mirando, como quien mira p'al cielo?
EL CAFÉ DE LA RECOVA
—¡Hombre!... Me venís como a un veintiocho un tres, jugando a la treinta y una...—exclamó mi pariente don Emeterio al verme entrar al clásico café de la Recova, en que hacen su tertulia desde 1874 varios criollos amigos, que después de darse una vuelta por la casa de gobierno y por la aduana, en busca de mentiras y de embrollas o por el palacio del congreso, donde se saturan de oratoria parlamentaria, acostumbran echar su truquito, levemente interesado con un modesto coñac...—Casualmente les estaba queriendo probar a éstos, aura que no hay sesión en diputados por la consabida falta de número, que a est'italiano Barzini que nos ha pegao una felpiada desde su tierra, disparandosé de aquí como perro que ha robao sebo, le debíamos levantar un'estatua o mandarle una pensión... ¿Qué te parece a vos... com'hombre del oficio?
—Eso no es argumentar, che... El señor, que puede ser muy buena persona...
—Permitime, che... El señor es sobrino mío... hijo de mi prima Margarita ¿te acordás?... que supo vivir frente a tu casa, en la plaza Monserrá...
—¡Perfetamente...! El señor, como decía, puede ser muy buena persona y más sobrino tuyo que los hijos de tu hermano, pero eso no quiere decir qu'ese gringuito, esté autorizao pa cairnos como a'jenos, cuando ni siquiera nos conoce... ¿No le parece, amigo...? Pues linda estaría la patria, si cada vapor que llegase nos trajese güespes d'esa clase, que sin saber bien ni ande tienen las narices nos agarrasen a guascazo... ¿Qué dirían en Italia si el señor... pinto el caso... llegase una mañana y a la tarde los pusiera mormosos al rey, al papa y a todos los jueces y magistraos?... ¿No dirían en italiano lo que nosotros decimos en criollo?... ¿Es un macaniador que no tiene madre viva...? ¡Oh!... ¡Lo qu'es razón es razón... che... y no tiene vuelta!
—¿Ve...? ¡Por la tuya, cualquiera conoce la figura de todos los criollos, con mil demonios!... ¡Pura espuma como el chajá! ¿Me vas a decir que aquí tenemos justicia, ni administración, ni nada que valga un pito?... No embromés, hombre, y acordate de que todos nos conocemos... ¡Mirá!... La verdá no tiene patria, ¿sabés?... y todo eso que dicen de nosotros es verdá... ¡ni an'que te pique...! Y aura venime con tu divorcio y tus leyes contra el juego... ¡Purito papel pintao!
—¿Y también vas a'tacar el divorcio y el proyeto de Varela...? ¡Bueno...! ¿Sabés?... ¡A'nque seás el tío del señor y todo lo que querás, yo te digo que tenés una lengua viperina, y que si te mordés comiendo, van a cantar las lechuzas sobr'el techo de tu casa!
—¿Y quiénes son esos legisladores, que no han estudiao en ninguna parte, pa meters'en tales honduras, che?... ¡Claro que los v'y a'tacar!... Lo que quieren es nombrarlo tutor de los matrimonios y hasta de los gustos de uno, al president'e la república... ¡La gran perra!... Aura v'a resultar que uno ya no v'ha poder ni peliarse con la mujer si no es del partido e Roca y que pa jugar sus pesos v'haber que sacar permiso quizás en papel sellao y con firma de abogado... ¡La pucha con la libertá, que se nos va enflaqueciendo, che...! ¿Vos crés, tal vez, que las leyes se pueden andar haciendo como se hacen pelotillas... así no más... por afición? ¡Mirá divorcio en esta tierra, a'nde a las doce del día lo agarran a Juan Demetrio Piñero en la misma esquina de Artes y Cangallo y le quitan la cartera y eso con ser qu'es nada menos qu'el hermano del médico e don Bartolo!... ¡No m'embromés, che!... Mejor sería que arreglasen la policía ¿sabés? y qu'hiciesen lo que pudieran por la niña, pa que los patos chilenos no nos limpien el comedero, ni los ladrones se metan a las iglesias a robarse hasta las velas...
—¡Pucha que sos arruinao, che!... ¿Conque aura querés que la policía conozc'a los ladrones de las iglesias, cuando ni los mismos santos han podido conocerlos...? ¿Por qué no pedís también que te nombren senador en lugar de don Bartolo o que te manden a Roma en vez de mandarlo a Wilde p'acerlo rabiar al papa y que Roca se tenga por mozo diablo...? Vea, amigo, su parient'es como las butifarras, que cuanti más viejas son van siendo más indigestas... ¡Cuidenlón si lo quieren conservar y digalé a la familia que y'ha perdido la fuerza hasta pa envidar el resto y que lo encierren porque tal vez le haga daño salir con tanta humedá!
EN CONFIANZA
—Estuve a visitarl'a mi sobrina Sofía que acab'e llegar d'Europa y de allí me vine a verte, aunque sabía que recibís los viernes y corría el riejo de chasquiarme...
—Los viernes no son pa vos, che... que sos de confianza... sino par'esas relaciones de compromiso ¿sabés?... como las de Rodríguez, que son las del compañero de oficina que tiene Pedro o Misia Robustiana, la señora de su jefe... ¿Y cómo llegó tu sobrina?
—¡Lo más bien, che!... Han andao por todo y trai unos cuentos, la pobrecita, qu'es tan diabla, que son de perecers'e risa... Una se pasa las horas oyendolé los apuros en que anduvieron con la lengua... Así le decía yo: “Bien hecho... porque no estudiastes cuando andabas en la escuela...”.
—Es lo mismo que yo le repito a mi Rosita, todos los días... ¡Lé tus libros... Estudiá... que uno no sabe, sino, después lo que le v'a suceder!...
—¿Me han dicho que se casa Rosita...? Así se acordaron el otro día las de Tripasini en el atrio de San Inacio...
—¡Callate, hija!... Si hemos estao con el Jesús en la boca con semejante casamiento... Figuráte que desde el corso e las flores nos la visita un subteniente de artillería, pero de donde va y se les antoj'a los generales del congreso, presentar una ley prohibiendo a los oficiales que se casen, a pretesto de que si se morían les dejaban una pensión a las mujeres...
—¡Mir'eso...! ¿Y qué querían que les de'asen entonces?
—¡Ahí verás...! ¡Eso mismo decíamos nosotros, pensando en qu'el noviazgo se nos iba'cer piedra quién sabe por cuantos años...! Y, después, ¿qué ventaja hay para una madr'en casar su hija con un militar y verla sufriendo toda la vida con sus ausencias y con ese caráter que saben tener y qu'es del oficio, si no le qued'a una ni siquiera la espe'anza de la pensión...? ¡Claro!... Nos dimos un susto bárbaro, hasta que pasó todo y quedaron las cosas como antes...
—Sin embargo, che... no se fíen y apurensén... Ésos del Congreso cuando empiezan a temar con algo son como los locos y se van de un hilito como lista e poncho... Fijate sinó lo que han hecho con las vírgenes milagrosas. Han sacao la tarantela de no dejar pasar año sin darle un'alguna provinca... Esta vez le ha tocao a Salta...
—Han de ser puros pretestos para llevarles la plata haciendo que les dan limosna... ¡Si esos provincianos son como rastrillos, che...!.
—¡Eso digo yo...! ¿Cómo antes, cuando las iglesias eran pobres, no había más virgen que Nuestra Señora de Luján y aura empiezan a'parecer estas otras...? Dicen que la qu'está de moda, vino acompañada del Señor de los Milagros, entre un cajón que atravesó boyando por todo el mar y que fué a llegar a Salta y se acabaron las secas y los temblores de tierra...
—¿Qué me contás...? ¿Pero tendrán el diablo en el cuerpo esos descomulgaos para inventar semejantes picardías...? ¿Cómo van a'ber llegao nadando a Salta qu'es una ciudá que no tiene ni siquiera río en la orilla, como nos lo ha dicho el suteniente que la festej'a Rosita, qu'es precisamente de allí?
—¡Ah! ¿Es salteño el novio?... ¡Mirá qué suerte!... El marido de mi sobrina Sofía, qu'es un verdadero santo, es también de allí y no se ha visto hombre más bueno... ¡A mí me ha hecho traer un viso de seda, che... que se para solo!... Pues volviendo al asunto de las vírgenes, m'esplicaba un mocito el otro día en casa de Misia Paquita, que como Nuestra Señora de Luján se quedo en el paraje donde se halla el Santuario, negandosé a seguir viaje para Córdoba en el carro en que la llevaban, los cordobeses de puro vengativos le han urdido esta novela.
—¡Con razón la tierra se nos v'a volviendo un bochinche, si ya no se respeta ni a las vírgenes y lo que van a sacar los tales cordobeses es que nos van a trair alguna desgracia tremenda por andar mezclando a los santos en sus intrigas...! ¡Esos envenenamientos de La Plata y esos huracanes horribles que han ocasionado tantas muertes, no pueden ser sino castigo del cielo...!
—¡Ya lo creo...! Y todo es el afán del lujo, che, y del deseo de aparentar y de lucir... El domingo fuí a la calle Florida a la hora del desfile y todavía no vuelvo de mi asombro al ver aquellos millones de coches atestados de muchachas y de señoras qu'eran una luz por los brillantes que llevaban... ¡Y qué vestidos, che!... ¡No veías sino seda y encaje d'Inglaterra...! ¿Sabés, sin ir más lejos, con quienes m'encontré?... Con las de Cantero que y'andan sangoloteandosé por todas partes y desparramando la herencia que les dejó su padre... ¡Si vieras el saludo que m'hicieron...! ¡Apenas fruncieron las narices y ni movieron la cabeza... quizás por no ajar los trapos que llevaban!... ¡Eran un mostrador de mercería!
—Has de haber ido a pie o en algún coche de morondanga... A mí me ha sucedido lo mismo con las de Tableta... aquellas muchachas que vivían antes aquí al lado... ¡Como aura las ponen en la vida social, les parece deshonroso saludar a la plebe y se olvidan de que su padre no salía de la confitería de la bocacalle... a pesar de ser comandante...!
—¡Si lo he conocido mucho, che...! A la hermana le llamaban El Ombú de San Nicolás, porque en su casa se guarecían todos los pájaros de la parroquia... ¡Vos lo has de haber conocido al padre también...! Era un colchonero tuerto de la calle de Artes, que nunca pudo hastiar derecho ningún colchón... ¡No me hablés de él, que hast'aura me duelen las costillas nada más que de recordarlo y si las viese a las nietas metidas a gente, creo que me darían hasta calambres!...
CALLEJERA
—Y bueno, che... Hagan de cuenta no más de que yo me les he muerto y arreglensén como puedan... Yo no las v'y a demandar y pueden vivir tranquilas...
—¡Pero eso es un campanazo, tata... y es lo que mama no quiere!... ¡Lindas nos van a poner todas las que andan con ganas!
—Ojalá que las charquéen, che, pa que apriendan a saber que la gente de copete no viv'en los conventillos como vivimos nosotros, ¿sabés? y que no pega muy bien que yo ande de masitero y ustedes de pura seda y peinado de oreja e perro...
—¿Y por qué s'empeña ust'en seguir de masitero?... ¿Por qué no cambia de oficio, siquiera pa'hacerle honor a su mujer y a su hija?...
—¡Ahí tenés!... ¿ve?... ¡de sonso!... Vez pasada bien pudieron elegirme pa una diputación como a cualquier argentino, pero esos del comité ni se acordaron de mí... ¡Bueno!... ¡Los pobres tenían razón, qué diablos! Como yo no soy amigo e Roca...
—¿Ves? ¡Eso es lo que dice mama!... Que ust'es un hombre cabezudo, que siempre la sacrificó por no dar su brazo a torcer... ¡Un terco y un orgulloso!... ¿Por qué le tiene odio a Roca... Vamos aver?... Digameló a mí, ya que nunca se lo ha querido decir a ella... ¿Qué ofensa puede haberl'hecho?
—¿A mí, che?... ¡Ninguna!... Y sobre todo cualisquiera que me hubiese hecho, estoy dispuesto a olvidarla, con tal de que mi familia pueda realizar su gusto... ¡Mirá! Quedan autorizadas, tanto vos como tu mama, y hasta tu tía doña Aurelia y su esposo don Román, pa que se vayan a verlo alguna d'estas mañanas y me arreglen ese asunto como mejor les parezca... Y la verdá qu'es sonsera andar enojao con Roca, perdiendo el tiempo en pavadas como es la venta e masas, en vez de empliarlo en pasiar, divirtiendo a la familia...
—Vea, tata... Mama me dijo que le dijiese que lo esperab'almorzar y que l'iba a proponer no sé qué cosa de un kiosco en la plaza de Lorea... Creo que d'eso han hablao con la señora González, qu'es la vicepresidenta de las Hijas del Socorro.
—¡Bueno!... ¡Decile a tu mama que no se ocupe de almuerzos hasta que hable con Roca ¿sabés? y qu'en cuanto a lo del kiosco lo deje pa otra ocasión... ya que a ésta la pintan calva... como ella lo supo ser!
—¡Dejesé de bromas, tata!... Mire que la cosa es seria... ¿No v'a ir entonces?
—No, m'hijita, yo no voy...
—¡V'a ser tremendo, tatita!... Todas aquellas brujas que se retuercen d'envidia porque me ven de sombrero, van a bailar de placer... ¿Un bochinche en nuestra casa?... ¡Pues es poco lo del ojo!...
—¡Cómo no!... Mañana no queda diario que no hable del asunto y traiga los comentarios de todita la ciudá... Vamos a dejar chiquito al hombre descuartizao... ¡Bueno!... ¡Vayasé m'hijita y ya sabe... la esquina en qu'está su padre, con sus canastas de masas!
—Mire qu'es cruel y qu'es malo... ¿no? Lo llama uno, le pide perdón, le dice que se deje de niñerías y sale contestando vivezas... ¡Vea!... ¿Qué le ha hecho mama, en resumidas cuentas?... ¿Por qué s'enoja?
—¡Mirá!... Afortunadamente ya sos grande, che, y se te puede hablar sin miedo a que reventés... Tu mama, aura a la vejez, se me ha hinchao com'una breva y no l'aguanta ni el diablo con semejant'importancia... Antes pasaba contenta, remendandomé la ropa y haciendoté vestiditos, pero aura los hace hacer y me lleva refundido, y en vez de dejars'estar atendiendo a su quehacer, no vive sino en la calle, visitando al pobrerío como si ella fuese rica...
—¡Pero, tata... siempre hay quien tenga necesidá!...
—¡Bueno, m'hijita!... A mí eso me revienta, ¿sabés?... porque nadies tiene más necesidá que yo y a'nque pobre masitero, cada vez que viene tu mama oliendo a trapo quemao, por causa d'esos mejunjes conque s'estira el pellejo, me dan ganas de darte un ejemplo malo... y es por eso, porque también me gust'hacer caridá, que me quedo aquí en mi esquina, pegadito a mis canastas, esperando a que lo vean a Roca y lo compongan conmigo...
MILICO VIEJO
—No embrome, amigo, dijo el capitán Churrasco atusándose con aire marcial el canoso bigote... ¡Esto de aura no es kepí, ni es morrión ni es nada! ¡Todito es papel pintao y redoble de tambor...!
—Yo no le digo que no, mi capitán... pero ya se acabaron también aquellos oficialitos de kepí sobre la oreja, jineteando sobre la chasca enaceitada y de botita bordada con las armas de la patria... ¡Eso no puede negarse tampoco, porqu'es claro como la luz...! Los oficiales de hoy parecen europeos y cuand'uno lo ve, no tiembl'a'e que lo rajen de un hachazo o le rebajen las narices de un tiro, como en aquellos tiempos de Maldonado y de Ederra...
—¿Y pa qué se va tan lejos, che...? ¡Acerquesé más al fogón y verá las cosas claras...! ¿Acaso yo le defiendo los milicos del Paraguay ni de la guerra e los indios...? ¡Ésos, che, no necesitan de que les hagan estatuas ni les recuerden el nombre...! ¡No ve qu'eran criollos guasos, que a'nque peliaran como héroes cuando les llegaba el turno, no sabían ni siquiera acetar acensos si no los habían ganao con la espada y la conciencia! ¡No, che...! Ésos ya tienen su pago con los sueldos que les han dao y con la gloria e saber de que agrandaron la patria... ¿Qué bárbaros, no?... ¡A'n'de quiera que cayó una gota de su sangre o quedaron sus güesos blanquiando, ha brotao un pueblito o un'estancia... pero eso lo hacía cualquiera en aquellos tiempos... y lo hacía de yapa no más!... ¡Mirá los de aura qu'iban a'cer semejante barbaridá, ni peliar hasta morir, pa dejar asentao el nombre a'nque fuera entre los indios...! ¡Ellos han aprendido en la escuela materias muy diferentes y a nosotros que fuimos tan inorantes, no nos queda más recurso que mascar el freno con fuerza y retorcernos d'envidia! Vea... ¡Una pirueta del más ruin de los bailarines que haig'aura en un batallón... vale más que diez campañas... y es muy justo! Ellos, los guasos, sabían peliar a bola y lanza, porque no tenían munición y había que defender el cuero en las soledades de la pampa... pero lo hacían así, a la bruta no más... De a'n'de iban a ser capaces de presentarse en un circo pa'cerle competencia a los pruebistas, revoliand'una cañita pintad'e color de fierro...
—¡No me saque la cuestión de su terreno, amigo teniente, hagam'el favor! El soldao era'ntes un animal de carga que no tenía ni derechos ni propiedades y que si le arrimaban una paliza o lo hacían trinar en las estacas, tenía que conformarse y aguantar, porque para eso era tropa... ¡Aura, mire qué soldaos los que tenemos!... ¡Una muchachada linda, culta, conocedora de sus deberes y que sabe que al vestir el uniforme que le da la patria no lo hace para deprimirlo sino para enaltecerlo...! ¡Hoy es un honor ser soldao y antes era una desgracia!
—¡Cómo no! ¡Si en vez de andarles prendiendo luces a los chilenos, tuviéramos que prenderles bala... ya verían la diferencia!... Cada milico de aura sería un general que dispondría batallas montando en pingo con la colita de un dedo y adornao con cintitas como pichicho faldero, y cuando lo mandaran a peliar, sacarían bien la cuenta y vería antes de obedecer si no ib'a ser un sacrificio al ñudo que le metieran un tiro... ¡Vea, amigo...! A mí, a'nque yo sea de los de antes, me gusta ver a los modernos y en el desfile del Campo e Mayo, delant'e los chilenos me apronto pa gozar lo que no puede figurarse... ¡Mirá, qu'en tiempo e nosotros ib'haber ningún ministro e la guerra capaz de hacer hast'e trompa de órdenes pa que se salvara una evolución de los cuerpos...! ¡Cómo no...! ¡El ministro sabi'a'nde estaban los cuarteles, pa mandar a los jefes de arrestaos en tropilla, pero no se ocupaba en enseñarles ni en andarles haciendo su papel...! ¡Hubiera querido verlo a Alsina, a Roca, a Luis María Campos, a Victorica, a Levalle o a Racedo, molineteando con la espada y corriendo como ayudantes pa quedar bien con los mirones haciéndoles gozar de un desfile como tabla... qu'en idioma militar es como decir balurdo!
—¿Y usté cre que no vale la pena dejar a un lao la fachenda y la prosopopeya de un ministro, para hacer qu'el ejército haga una linda figura?
—¡Cómo no...! ¡Pa que se luciese más, hasta se podían formar escuadrones de ministros de la guerra mandaos por presidentes de la república y enseñarles a bailar lanceros en caballos máistros y a cantar el himno nacional pa que de paso se recriaran los aficionados a la música!... Mire, amigo... ¿sabe un cosa?... Si estos chilenos que nos han visitao, son hombres de juicio y que saben lo qu'es ejército y milicia, se deben estar riendo de nosotros a mandíbula batiente... y pensando que como bailarines, nuestros milicos son un desastre y como milicos... no te digo nada por no darte que sentir.
—¡Pero, amigo...! ¿Quiere espectáculo más bonito que el juego del zendado que hizo la caballería en el carrousel organizado por la Sociedad Hípica y cuadros más novedosos que las evoluciones del Campo e Mayo, en que desfilarán con ropa nuevita, escuadrones de coroneles, de comandantes, de mayores, de capitanes, de tenientes, de alféreces y luego de tropa por orden de jerarquía...? ¡Eso es una invención de nosotros que no se le habría ocurrido ni al mismo Napoleón! ¿A qu'eso no lo han visto los chilenos ni en Europa?
—¿Sabe, amigo, lo que a mí me da rabia...? La diferencia que hay entr'el ejército y l'armada... ¡Los marinos no han bailao ni siquiera un schotis con quebrada!... Es una iniquidá mostrar un adelanto tan grande en el ejército y un atraso tan monumental en la marina y m'extraña qu'el presidente no adote alguna medida pa que no vuelva a ocurrir semejante barbaridá... ¡Los marinos debieron por lo menos bailar una mazurquita en algún tiatro como el Politeama pa que los viera más gente y la mejor sociedá!
—¿Pero sabe que son mordaces los milicos del tiempo viejo, aunque no sean bailarines ni pruebistas, amigo capitán?
—¡No crea, amigo...! ¡Lo que hay es que nos duele mirar tan por el suelo la gloria de nuestros tiempos y que no haiga nadie que la salg'a levantar... de miedo e pasar por guaso...!
ROBUSTIANO QUIÑONES
Mi amigo exclamó exasperado mirando las botellas que traía el mozo del café:
—Que se vayan al diablo todos los falsificadores y con ellos el ministro de hacienda y el presidente de la república... oye... ¡Esto se lo dice Robustiano Quiñones, que no tiene pelos en la lengua, y que gracias a Dios se precia de saber hacer un San Martín como la gente y de no beber estos brebajes infames conque ahora se envenena al público a mansalva!
Y luego bajando el tono, como arrepentido de sus excesos oratorios, agregó:
—¡La ginebrita no parece mala... pero mezclada con ese bitter plebeyo, debe resultar una verdadera canallada... una cañifla infame!
—Tómela sola, entonces, compañero...
—¿Yo?... Pues no faltaría más... ¡Nosotros, los de mi casa, no tomamos jamás la ginebra sola, compañero, porque nos han dicho que es mala para el reumatismo...! ¡Vea... che... mozo! Hagamé el San Martín a la portuguesa... ¿sabe?... ¡Bueno!... Yo lo voy a dirigir... ¡Eche la ginebra...! Siga no más... siga sin miedo hasta que se llene el vaso... ¡Bueno! Venga ahora el aperital y echelé despacito cinco gotas chicas y dos más grande... ¡Eso es!