INTRODUCCIÓN FRAY MOCHO (continued 2)
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—¡Bueno! Doña Jesusa me ha ofrecido doscientos pesos por ese despacho y yo, che, como el melón tiene muchas tajadas t'invito a que lo partás... Mirá... ahí te llama ese señor de sobretodo... Ha e ser otro...
—No... Ése's de los que quedan... Esperate que aura vengo... ¡Ah!... ¡Lo atendió González!... Seguí...
—¿Y cómo partimos el queso?...
—¡Entre vos y yo y García... igualitos!
—Perfectamente. Mirá... ahí te llama otro señor... aquél de sombrerito...
—Que reviente... Ése's también de los mortales...
—Pero che... Estoy viendo que ustedes aquí no sirven a naides...
—¿No servimos?... ¡Demonio! Lo que hay es que a estos payucaces que acaban el período y no van a ser reletos, no tenemos pa qué atenderlos... ¿Qué van a hacer esos desgraciaos, si no pueden ni con la figura?... Son parientes de gobernadores que han caído u miembros de poderes caducaos.
—Sí, perfectamente... pero ¿y si se quejan de que ustedes no los sirven?
—¿Y quién les va'cer caso, che? Aquí, diputao que pierde la releción no se para ni con muletas... Nosotros ¿sabés? conocemos bien a nuestra gente y servimos a la gente que puede servirnos... ¡El sabalaje que se las campané como pueda! Hombre qu'estando arriba se va barranc'abajo no tiene alce, che, y jiede a muerto.
—¿Lo qu'es la política, no?
—¿Y qué más querés que sea... Éstos han tramitao su vida cuatro años y se les cierra el debate... No les queda más remedio que levantar la sesión y seguir viaje...
—¿Pero y si vuelven?
—Y si vuelven los agasajamos y con la alegría de dentrar al recinto ni se acuerdan de antes... Mirá... Vos pa saber si un diputao o senador d'éstos de a vainte la docena, s'entiende, anda en la güena con Roca, no tenés más que venirte aquí y si ves que los empliaos lo miramos como a público, le podés echar fallo sin miedo.
—¿Qué me contás?...
—¿Ves ése que va dentrando?... Bueno... Ése v'a ser diputao el año que viene... Fijate cómo le mueven la cola y oservales las sonrisas...
—Bueno, hermano, ¿y lo hablarás a García?
—¿Y cómo no?... Mañana lo ves en el despacho pa darle los datos... Sacale garantía a la interesada... No te vayás a olvidar... Ya sabés que seguro... no caí preso y el que traga gana el cielo.
DEL NATURAL
—Buenos días, doña Francisca... Le manda decir mi mama que si quiere pasar un rato, vaya luego a la noche por casa, que la espera, y que si le puede emprestar la lámpara y dos sillas, que se las mande con don Bautista en alguna pasadita...
—¿Y qué hay? ¿Baile?...
—Yo no sé... Parece que van a dar unas vueltitas y que va'star Pérez, el meritorio e la comisaría y la hija de doña Inés... Es pa darle las gracias por lo que los hizo poner en libertá a los muchachos...
—¿A tus hermanos?... ¿Y qu'estuvieron presos?... No sabía.
—Sí señora... Guasintón y Julio César estaban bailando en la vereda y derrepente vino Gútember y les hizo una zancadilla y se agarraron... En el bochinche lo voltiaron a Mirabó y a Lucrecia y le quebraron un brazo a Napolioncito...
—¿Qué me decís, muchacho?
—Fué un bochinche grandísimo y los enderezaron a todos a la comisaría, menos a mí y a Colón que habíamos ido a llevar una carta e tata a la imprenta en que trabaja...
—¡Bendito sea Dios...! ¿Y quién es la hija e doña Inés?
—Es ésa que vive junto a las piezas nuestras. El padre es un napolitano tuerto que sabe andar por aquí buscando sillas pa componer...
—¡Ah!... Sí... ¿Y ésa es la novia del meritorio?...
—Yo no sé... pero ella fué la que lo habló por mi mama y a más siempre que voy pa la escuela la suelo ver conversando con él en la esquina o si no en la puerta de La Cotorra, que es la mercería de la vuelta...
—Mirá... ¿Y quiénes más estarán?
—Yo no sé... pero han de'star también las hijas de un compañero de tata que aura saben ir a casa, y doña Nicolasa la lavandera y esa otra señora que siempre anda con ella, la madre d'ese muchacho que le dicen Chinchulín.
—¡Ah! ¡Ah!... L'adivina... ¿Y, esas hijas del compañero de tu tata cuántas son?
—Son dos... La más grande la'stuvo ayudando a mama pa la enfermedad, cuando recién nos mudamos aquí... ¿se acuerda?
—¿Una rubia, pecosa, que dicen qu'es modista?
—La misma ha de ser, porque ella le v'a prestar a mi mama una pollera, que Guasintón tiene que ir a buscar lo que salgamos de clase...
—Bueno... m'hijito, dale las gracias a tu mama y decile que aunque a la lámpara se le ha roto el tubo, se la v'ia mandar lo mismo que las sillas, y que yo he de ir a'nque sea un ratito y de parada no más...
—Bueno, ¡adiós!...
—Mirá, largar mi tubo pa qu'entre en danza!... ¡Cómo no!... ¡Qué baile en l'oscuro el meritorio si quiere... y tal vez me dé las gracias!... ¿Pa qué quiere más luz que la hija de doña Inés?
¿NO ES VERDÁ, NENA?
—¿Eh?... Ya lo creo qu'es así... ¡L'oficio no es tanto bueno como se cren y tiene sus contras!... Preguntelé si no a su tía, doña Marcelina quién le abrió la lana a la hija cuando se fué a casar con el sobrino de don Chicho... Que diga cuánto me pagó... Estuve dos días machacando y después me salieron con historias... ¿Y a la sobrina de Bachicha, quién l'abrió la lana? ¿No fué también este pobre colchonero? ¿Y se acordaron, acaso, de decirle “venga, don Antonio, aquí tiene un vaso de vino”...? ¡Mañana!... La política es mientras uno se las abre; pero después se acaba hasta la relación.
—Mire, marchante, con nosotros no v'a ser así... No es la primera vez que usté trabaja en casa.
—¡Ya lo creo que no es...! Yo la he conocido a usté cuando era com'esta chiculina, una vez que vine a cambiarle los forros a su mama después de la muerte de su abuelita...
—¿Usté fué el que se los cambió?
—¿Y si no?... Me acuerdo que su tata me decía que se los pusiera fuertes para que no se le rompieran en las mudanzas.
—¿Entonces usté la conoció a mi mama cuando todavía vivía mi abuela?... ¡Mirá!... Vea, marchante, demelé otra pasadita a este montón... ¿No le parece qu'está sucito?...
—Bueno... ¡Aura la daremos... hay tiempo!... La noche que se morió la viejita, yo fuí de los qu'estuvieron en el velorio... Nos pasamos la noche comiendo canilla de muerto, de unas que hacían en la confitería de Pedrín y chupando vino barbera... ¡La gran perra!... Al otro día me silbaba la cabeza como si tuviera un vigilante y no pude andar al entierro que estuvo lindísimo.
—Qué cosa, no... Vea... comience la otra pasadita... sino se va'montonar mucha y va'ser pa pior.
—¡Cristo!... ¿Sabe qu'es cabezuda usté?... ¡Aura le daremos!... ¿Que no ve que esta lana tiene más tierra que maíz frito y que hay que sacarla?
—Sí, pero es que si no nos apuramos v'a llegar la noche y no voy a tener colchón; ¿no es verdá, nena?
—¡Y qué sabe la nena, hombre!... A las tres estamos listos... Yo tengo que andar también de doña Catalina, la mercera, que me mandó decir que fuese a reglarle unas sillas y si no ando temprano no lo hago.
—Bueno... pero yo no quiero frangollos, marchante... Si no puede ir a las tres a lo de doña Catalina, va a las cuatro...
—¿Sí? ¿Y quién me calienta la cola?... ¿No ve que se necesita tiempo?...
—¿Y a mí qué me importa de la cola... Yo lo que quiero es que mi colchón quede bien, ¿no es verdad, nena?
—Oh!... y aunque no le parezca a la nena, a mí no se me importa tampoco... Al fin el colchonero soy yo, aquí... ¡qué diablos!
—Vea, marchante... no sea así... ¡Mire que parece loco... disgustao con la familia!... Bueno... ¿Comienza la pasadita o no?
—¡Caramba, ya lo creo que la comienzo!... Si no lo hiciera, usté me hace devenir loco endeveras... ¿No es verdá, nena?
REMINISCENCIA
El viejo don Pantaleón detiene su cabalgadura y busca en la inmensidad de la desierta pampa la majada diminuta confiada a su cuidado. Las ovejas, en pelotones, avanzan lentamente, pastando despreocupadas en dirección a la laguna que blanquea a lo lejos y a cuya orilla, en tiempos que pasaron, llegó él cierta tarde luciendo sus jinetas de sargento y guiando una partida que del próximo fortín saliera en la mañana a batir la indiada triunfadora que volvía de adentro con pesado arreo de haciendas y cautivos.
Ahí mismo, donde está ahora la majada, estaba el campamento, y las largas lanzas clavadas en el suelo llameaban al quebrarse la luz en las moharras.
¡Qué entrevero!
Los caballos rodaban, tropezando en los muertos, y los sables, cada vez que caían volteaban un jinete, y ayes y alaridos se alzaban del revuelto campo, coreados por los teros en alarma.
Y el viejo, rejuvenecido, yergue el busto hercúleo, da frente al pampero y suelta la rienda a la mal pergeñada cabalgadura, que no sintiéndose estimulada por recuerdo alguno, dormita pacientemente espiando de reojo a los perros camperos, que viendo a su amo detener la marcha y ajenos a las preocupaciones que le embargan, husmean provechosas aventuras cinegéticas y se acercan curiosos a esperar la señal apetecida.
Allá va la indiada en dispersión, perdiéndose a lo lejos, y luego vienen a su mente los cuadros sucesivos de su vida pasada: el viejo fortín que ya no existe, la estancia que fundó su capitán en aquel campo que supo conquistar y los suyos se apresuraron a vender apenas muerto, y luego, más acá, su odisea en busca de trabajo y su eterno rodar sobre esa pampa que él conoció desierta y pobre, contribuyendo con su esfuerzo a enriquecerla.
—Amigo... ¡qu'he rodao!... Y pa qué... P'andar cuidando ovejas a mis años. ¡Suerte chancha!... ¡A'nque bien visto, caray, es mejor que la d'estos charabones de hoy, que no tendrán después ni siquiera de qué acordarse!
SAUDADES
—¿Pero, tenés valor, che, de andar enamorao d'esa manera, llamandoté Cipriano y teniendo esa cara'emal comido u de dependient'e tienda a'nde dentran muchas marchantas...?
—¿Y qué tiene que ver mi nombre ni mi cara, che, con lo que yo te digo?... Mirá, Aguilera... vos te crés qu'es juguete, ¿sabés? porque no entendés... pero fíjáte... Antes yo era un mozo alegre y divertido, ¿sabés?... que agarraba mi guitarra y dentrab'a un baile, pinto el caso, u a cualquier parte a'nde se pudiera tocar algo y aquello de que cruzaba la pierna y miraba p'arriba che, y ya se m'empezaban a venir los versos como a su casa y d'eai no más ya puertiaban... a veces hasta de a dos... ¿Y aura?... ¡Ya ves, es al ñudo!... La otra noche fí con unos amigos a lo'e la Silva, ¿sabés? p'acacito de Almagro y m'encontré con una muchacha que hace com'un año la llevo clavada en l'alma y qu'es lind'hasta por lujo y con unos ojos y una boca y un modito más dentrador, che... ¿Y querrás crer que fué verla y agarrarme como a modo de una cortedá o de una tristeza grandísima y ya se m'hizo com'un ñudo en la garganta, che, y no me animé a decirte nada?... A la cuenta me habrá tomao por sonso, pero, ¿qué querés?... Me parecía que si le decía'lguna cosa, se m'ib'enojar por mentiroso esta imagen que llevo en las entrañas desde hace un mes y que me tiene a mal trair!
—¡Che, che!... ¡Qué peludo tan negro!... ¡Parece pintao con tinta!
—¿Peludo?... ¡Ah malaya!... Mirá... Feliz de vos, ¿l'ois? y de otros como vos, que no saben de ciertas cosas y que se morirán de viejos, contentos porque han comido bien o porque han bebido cuando tenían sé, u porque han sido dichosos con su familia... pero, créme, che, lo que te v'ia decir... Si alguna vez llegaran a tomarle el gustito a'lgún amor imposible, a querer una mujer hasta sin esperanza de poder verla ni de lejos, si a mano viene, cuantimás de respirar ese aire perfumao que deja cuando pasa y que sólo güele aquél que l'anda queriendo, o que siquiera los mire distraida así como se mir'a un perro'e la calle, se morirían de rabia por más brutos que fueran, lamentando haber perdido su vid'al divino botón... Yo, antes, me sabía rair de'sos que cantan en seco... pero, aura...
—Mirá, Cipriano... ¡a vos te v'a perder el gusanito ése de la puesía que te ha dentrao a picar...!
—¿Puesía?... Atendéme hermano y convencete de lo que te digo... Vos sos uno de'sos desgraciaos que se mueren sin haber mirao p'arriba en una noche estrellada y más bien hay que tenerles lástima que dejárseles cair por sonsos... ¡Probá una noche y verás lo qu'es la luna mirada como al descuido!... No hay hombre que no teng'adentro una guitarrita, ¿sabés?... y feliz de vos cuando la tiempla quien debe, porqu'entonces aunque sufrás un tormento, hermano, es un tormento con gusto y que aficiona! ¿Aquí no me ves a mí? Vengo todas las mañanas y me apelotono contra esta puerta y soy capaz de pasarme un siglo, mirando la casa d'ella... Y eso de que la veo venir vestidita e punzón como la vi la primera vez y picando la vedera con un pasito cantor, che, que parece acompañamiento a una música que n'oye naides pero que oigo yo, porque se me hace tenerla'dentro, abro las narices pa respirar porque me augo y cierro los ojos pa no mirar los d'ella, que son como violetas francesas que tuviesen una luz en las hojitas... La gran perra, hermano... Te aseguro que yo sé qu'es un imposible y que nunca m'he tenido más rabia al verme tan sonso... pero, ¿qué querés... la tierra va pa ese lao y no hay qué hacerle...
—¡Ah! ¡Ah!... ¿Conque la moza es del barrio?... ¿Y a'ande vive, che?...
—¡Pero'ai en ese caserón grandote de la media cuadra!... Es una rubia bizarrota, che, con un cuerpito que da comezón en l'alma... ¡Si vos l'has de conocer, Aguilera!... Si es com'una figura y aquello de que pasa por junto a uno es como si viniera chicotiando con una vara de azucenas...
—¡Beno, hermano!... ¡Vas a dir de patitas pa loco!... ¡Ya te veo con las pilchas al hombro trotiando pa l'ambulancia!... Sabete qu'esa moza es la hija de un dotor y que ya es prenda con dueño...
—¿Y te crés que se m'importa, pa quererla? Ya t'he dicho, Aguilera, que vos no entendés la vida... ni nunca la entenderás... No tenés la guitarrita de que te hablé, ¿sabés? y en amor sos como un sordo... A mí se m'importa un diablo que ella sea como sea, ¿entendés?... Yo la quiero porque es ella y nada más, y ella no lo ha'e saber nunca, tampoco, porque no hay necesidá... ¿No te digo que cada vez que la veo, hasta cierro los ojos cuando pasa, y que me dentra como a modo de un respeto, y que quisiera desaparecer sin que me viera, pero seguirla como un humito o com'una luz, envolviendolá todita pero sin qu'ella me sintiera?... ¿Te crés que la vi'a querer como a una de nuestra clase, che?... Pa soñar con gusto hasta el aire paletea y yo prefiero morir antes que causarle pena... Si ella no sabe mi amor, se lo h'esconder hast'a Dios.
—Che, che... ya me parece que te ajusto la cadena... ¡Vos vas marchanto pa loco... oservate y lo verás!
—Mir'Aguilera, vos no pasás de un triste vigilante, ¿sabés?... pero si tuvieras adentro algo d'esto que yo tengo, hasta Bizle se te haría un gorgojo... Pero... ¡de ande vas a soñar despierto, m'hijito, si t'estás cayendo e sueño...!
PAISAJES
Era en una de aquellas tardes de los veranos de mi tierra, que al ser recordadas, traen a la memoria los naranjos oscuros salpicados de estrellas blancas, con su cortejo obligado de abejas zumbadoras y de tornasolados picaflores, el rasguido de la guitarra que preludia como ensayo el gemido anhelante que se exhalará en la noche al pie de la reja amohosada—guardadora aparente del honor mujeril confiado a sus barrotes por la candidez de algún olvidadizo de la vida—el melancólico chistar de las tacuaras y chingolos y los últimos rayos de aquel sol que hizo las delicias del lagarto y que al irse, va tiñendo de violeta el cielo azul y la tersa superficie del arroyo que surcan veloces los patos en hilera buscando el boscaje de la orilla.
El calor había pasado: ráfagas de frescura venían a mí, trayéndome el aroma inimitable de los cercos florecidos y aquel perfume de los patios recién regados, donde tienden su manto luminoso las hojas de las parras.
Cerca del viejo brocal del pozo, que el verdín manchaba a su capricho, estaba el mozo y a su lado aquélla cuyos ojos negros y rasgados eran entonces, para él, su único encanto.
Ambos, sentados en pequeñas sillas de junco, de armazón casi rústica, tomaban su mate de la tarde, sazonado con la sabrosa plática cuyo fondo no iba más allá, seguramente, de los acontecimientos del barrio, no por cierto abundantes ni socorridos.
Yo los miraba de lejos y vivía la vida de los recuerdos dulces y apacibles. Ella, morena y joven, vestida de blanco, con su busto cubierto por un pañuelo celeste que contrastaba con el rojo de los labios, con el níveo relampagueo de los dientes al esbozarse una sonrisa y con el manojo de claveles, colocado como al descuido entre el pelo reunido en rodete, que parecía el azabache, se mantenía erguida, chupando el mate, sostenido por su mano regordeta a la altura del pecho, mientras la otra erraba sobre sus faldas jugando con el fleco del pañuelo.
Su oído y sus ojos estaban embargados por aquél que en esos momentos no veía picaflores ni azahares, ni escuchaba el canto de la brisa entre el cordaje de las madreselvas florecidas, ni miraba claveles ni sonrisas, ocupado en estirar las mangas de su saco y en alzarse el pantalón para salvarlo de ajaduras y dobleses. Era un tipito insignificante y pretensioso, con aires de dependiente de confianza, de perita, con una onda sobre la frente estrecha y deprimida y vestido con su traje dominguero que conservaba aún el sello del baúl en que dormía sueños de una semana, rara vez interrumpidos.
Aquella nota discordante en el concierto de la luz y de las flores me ponía nervioso, me exasperaba, y recuerdo que pensé hasta en la manera mejor de eliminarla y filosofé con rabia sobre la resignación y la paciencia de las mujeres lindas, que soportan a su lado, los miran y aun les sonríen complacidas, a seres cuya presencia es un contraste chocante, como lo sería la de una oruga, de ésas que cuelgan su cesto allá en las ramas flexibles de los duraznos envueltos en la gasa rosada de su florescencia inimitable, sobre la curva graciosa de su pecho palpitante.
—¡Bah!... Y siempre que este cuadro ha venido a mi memoria, a través del tiempo, he tenido sobre mi labio, lo confieso, una palabra dura, expresión de un pensamiento dañino, para aquel dependiente endomingado que tuve la desgracia de ver en el cuarto de hora más dichoso de su vida y que me persigue hasta el extremo de haberse hecho retratar en el más bonito cuadro que adorna el taller del pintor más colorista de Buenos Aires.
DONDE LAS DAN LAS TOMAN
Don Mauricio recogió las piernas, que había estirado a ambos lados del fogón, y luego de atizar su cigarrillo con la uña del pulgar, parsimoniosamente, exclamó, mirándome asombrado:
—¡Ah! ¡Ah!... Usted no sabe la historia de la víbora y el tigre, y, sin embargo, es dotor... ¿Qué será lo que sabe, entonces?... Dejuro qu'es de libros no más...
—¡Justamente, don Mauricio... de libros! ¿Y sabe una cosa?... Cada día me convenzo más de que no sé nada...
—¡Dejuro! Si pa enseñar cosas no hay mejor escuela que la vida... ¡Oiga la historia y la verá!
Y el viejo me refirió la extraña fábula, que él, a su vez, había oído de otros labios, allá en su mocedad.
Diz que un día una tormenta espantosa asoló la tierra. Volaron los ranchos de los hombres, los arroyos y los ríos, se derramaron sobre el llano, inundando las cuevas más profundas, derribando los árboles más vigorosos y destruyendo los nidos inaccesibles.
Los animales, aterrorizados, chapaleaban el barro líquido y trepaban sobre los troncos caídos, guareciéndose entre la hojarasca en promiscuidad con los reptiles y los pájaros, a quienes los peces burlaban, vengándose de las bromas de otros días, cuando la seca prolongada había hecho peligrar sus vidas en los arenales sedientos que crecían a medida que disminuían las probabilidades de salvación.
Cuando la tierra quedó transitable, el tigre, que se tenía por fuerte, echóse al campo a socorrer necesitados y a aliviar desgracias.
Cruzaba una isleta centenaria, que había sido descuajada casi en masa, cuando de repente hirió su oído una angustiada voz:
—¡Socorro!... ¡Auxilio!... ¡Una pobre señora está en peligro de muerte!
Apresuró su paso, y bajo el pesado tronco de una palma caranday encontró un curiyú que con tono quejumbroso, le refirió su desventura:
—Como sabe, compadre tigre, yo soy señora sola y muy temerosa de los truenos, hasta el punto de que todo es descomponerse el tiempo y ya me siento mala... En esta tormenta he sufrido lo que no puede imaginarse... Conforme paró el agua, salí a dar una vueltita, y de repente me sorprendió este árbol que se caía y que me apretó... ¡Yo creo que me ha roto algo!
Y la serpiente se retorcía desesperada, lamentándose de carecer de fuerzas para librarse, debido a su estado de extrema debilidad:
—¡También, no es para menos, compadre, tres días sin probar bocado!
El tigre, compadecido, alzó el pesado tronco, y la serpiente escapando de su prisión, se estiró para probar la integridad de su persona y cuando se hubo cerciorado de no haber sufrido detrimento, se enroscó en el cuerpo de su compadre y trató de ahogarlo con sus anillos.
El tigre, sorprendido, rugía de rabia, declarando, que su comadre era una perfecta canalla, que en vez de darle las gracias por el servicio que le había prestado, trataba de sacrificarlo:
—¿Y sinó?... ¡Ya lo creo!... ¡Donde hay hambre no hay poesía!
Un zorro que pasaba oyó la controversia y se acercó con curiosidad.
—Venga, amigo zorro—dijo la serpiente.—¿Si usted estuviese dos días sin comer y pasara a su alcance un buen bocado, usted lo desperdiciaría por consideraciones filosóficas más o menos discutibles?
—¿Yo?... ¡Cómo no!
—¡Pero amigo zorro... oiga y verá! Esta señora estaba apretada por ese palo y pedía socorro, desesperada. Yo la oí y la ayudé y el pago que me da es el que usted está viendo.
—¡Claro!... ¿Y cuál otro quiere que sea?... Los servicios se hacen completos, amigo, o no se hacen.
—Eso es lo que yo digo—replicó la serpiente,—o se hacen completos o no se hacen: eso es hablar.
—¡Es una canallada—rugió el tigre,—pagar un favor con un mordisco!
—No tanto, no tanto... Yo se lo probaré. Vea, distinguida amiga, volvamos a poner las cosas como estaban a fin de juzgar mejor.
Y la serpiente, que era animada, evidentemente por un espíritu discutidor, se dejó arrebatar por la persuasiva palabra del zorro, abandonó su presa y se dejó colocar encima el pesado tronco.
Cuando el zorro estuvo seguro de tenerla aprisionada, se colocó gravemente al lado del tigre, y exclamó:
—Vamos compadre... y sepa que no conviene meterse a salvador de víboras... Cuando encuentre alguna en un aprieto, déjela donde está. ¡Se ahorrará muchos disgustos!
CENTENARIOS DE HOJALATA
—No te aflijás por los años, che... ni porqu'esté puertiando otro siglo... afligite más bien por los pobres güesos que, amojosaos y todo, no se quieren despedir.
—¿Yo?... ¡No, che!... Yo no me aflijo ni por los años ni por los güesos, que al fin de cuentas y bien mirao, les he sacao más jugo del que tenían, sabiendo qu'eran prestaos... ¿Sabés l'único que a mí me'mbroma?... ¡No lo creerás!... ¡Es verlo al tigre sin dientes y mirando la carniada! Eso de que veo pasar junto a nosotros el tropel de la vida y escucho el taloneo de los que bailan y me llega a la nariz el olorcito'el churrasco... ya se m'empieza a'cer agua la boca, che, y me dentra como a modo de una rabia grandísima y aborrezco la humanidá... ¡Ah, tiempos los de nosotros, hermanito!... ¿no?
—¡Ah! ¡Ah!... ¿Conque sos viejo angurriento?... ¡Juna perra!... ¿Te has comido tu ración y querés seguir picando?...
—¡No embromés, che, con tus ascos!... ¿Y vos?... Mirá: yo he visto ¿sabés? los primeros vapores que trajieron y vi hacer el ferrocarril y el telégrafo y el alumbrao a kerosén y el tranguai y el gas y las aguas corrientes y las cloacas y el teléfono, y todo lo he disfrutao y estoy contento... Pero eso'e la bicicleta, que te hace volar como alma que lleva el diablo y te dej'acercarte a cualesquiera, sin que te sienta ni el aire y que no puedo gozar... me revienta, che... Adivino ¿sabés?... y se me ñublan los ojos... Hay dos cosas que yo quisiera ser antes de morirme... por Dios ¿ves? te lo juro... biciclista y guerrero'e la independencia.
—¿Biciclista?... Pero si eso es una corrución, che, que ya va ganando hasta los negros... Yo ya no me muero sin ver un moreno en bicicleta, pero, pagaría cualesquier cosa por verte a vos, que has sabido ser tan de a caballo ¿te acordás?... sin bigote, montao sobre un fierrito y pataliando en el aire...
—¿Y la otra cosa e negro, tampoco te gusta?
—¿Ser guerrero?... ¿Ve?... Eso siquiera vale la pena por la pensión y pa que te paseen en coche los veinticinco. ¿Ahí no lo tenés a mi primo Tomás, que nunca pelió sino con la suegra y con la mujer y de'ande va y le da aquel ataque e perlesía que lo atrasó y tiene la suert'e que tropiecen con él Carranza y Santacoloma y comiencen a decir que había sido trompa e San Martín, porque tenía un labio hinchao... y ya lo tenés con fortuna al hombre... y parao.
—Mirá, hermano... ¡Bueno!... ¿Sabés? Ya que no podemos hacernos biciclistas hagámosnos guerreros... ¡Fijate qué bolada la entrada'el siglo! En cuanto apunte ya lo recibimos con una tosesita sospechosa y en el primer invierno castigamos hasta los noventa y nos plantamos haciéndonos los sonsos... ¿sabés?... Pa que no nos pillen, tenemos que perder el oído y la memoria y mezclar de todo en la conversación, agarrando de un lao para otro como gringo que anda en pelos... Mirá, hermano, ya se me hace que la cosa cuaja y dudo hasta de que haiga viejos... ¡La gran perra!... ¡Si me apurás no le creo ni al almanaque!
—¿Y te crés que yo pito d'esa marca, che?... ¡No embromés!... los qu'hemos castigao hasta est'altura no rodamos and'equiera...
—Esperate hermano... qu'el tiro no es pa'sustar... Si hoy cualesquier muchacho va rayando en los setenta y conforme vean el juego, nos van a cair como avispas... Mirá... atendeme y tené formalidá ¿sabés?... No creas en los viejos sino en las mañas y conforme veás alguno que se te viene atracando... ladiatelé y mandale recuerdos a la familia...
—Pero decime, Fausto, y si nos pillan... ¿qué dirán?
—¿Y qué van a decir, che...? ¡Dirán que somos dos viejitos mentirosos...! ¿Y de'ai...? ¡Gran cosa!... ¡Lo raro sería que no mintiéramos, siendo criollos d'esta tierra!
CADA CUAL COME EN SU PLATO...
—Si soy muy bárbaro, che... y cualesquiera cosa que me suceda me caí como anillo al dedo... Figuráte qu'estábamos en el incendio la otra noche, casi entre el fuego... Yo ib'adelante con el macho ¿sabés? y por poco me augaban las llamas, que a cada vez qu'el vientito las empujaba o a mí me temblaba el puso, se me venían en bocanadas... pero el loco Pérez, qu'estaba a retaguardia le pegaba al chorro y a cada toqu'e la corneta que seguía cantando avancen, ganábamos un chiquito... ¡Te garanto, hermano, que hast'el recuerdo de aquélla que vos sabés y que me tiene penando, se me fué de la memoria y que hubo instante en que ya me vi en San Roque aguardando cuero nuevo y a que me salieran pelos!... Y un redepente, che, en momentos que una llamarada se venía como a lamberme, sentí una comezón en la barriga y ahí no más largué una carcajada y ya seguí riyéndome como loco...
—¿No digás?... ¿Y de qué ráibas d'ese modo?
—¡Aurita lo verás!... Cuando se vinieron abajo los tirantes y se cayó la paré y comenzó el botellerío a reventar como pororó, m'envolvió com'una nube, y ya ni vi a'nd'estaba, pero mantuve firme la coluna, che, y me seguí riyendo como si m'hicieran cosquillas... ¡La gran perra!... ¡Y en eso siento al teniente que me hablaba de atrás, y en lugar de contestarle no pude aguantar la risa y me seguí riyendo no más!... ¡Qué cosa bárbara!
—¿Pero de qué diablos te ráibas d'ese modo?... Es preciso ser loco y medio...
—¿Qué querés?... Me acordaba, hermano, de que al venir en el carrito y pasar por junto a vos, que estabas de fación, volqué l'antorcha pa'lumbrarte y te vi tan raro con tu casco blanco, siendo tan negro, que me dieron ganas de gritarle a tu comisario “cuide esa olla, señor, que se le v'a quemar la leche... mire qu'está alzando espuma...”.
—¡Tu mama era sorda... y la pisó una bicicleta! ¿Por qué no te conchavás pa gracioso en algún tiatro, che...? La gran perra...! ¡Se te redama la gracia y será lástima que acabés en chicharrón... sin dejar siquiera un hijo!
—No te m'enojés, hermano, que ya sé que andás en la güena...! ¡Mirá...! Vos serás negro de casco blanco ¿sabés? y yo blanco de casco negro... pero vos sos suertudo como gringo y yo sin suerte como criollo, y ando más abollao que tarro e lechero suelto...
—¡Te veo... bicho!... ¿Conque ya te llegó la cosa...? ¡Fijate cómo es la gente, che!
—¡Si me han dicho que vivís en un palacio y que chupás un coñaque y unos vinos que dan calor y que hasta dormís en una cama que parece un altar...!
—Y es cierto, che... ¡No te han engañao!... ¡El negro Peralta no se muere ya sin saber lo qu'es vivir a lo rico!... ¿Te acordás de la parda Isidora, aquella ñata farfantona, medio tartamuda, que supo ser planchadora del finao Molina?... ¡Bueno!... Está de casera de una familia que ha salido a veranear y que l'ha dejao como raina... y, ¡claro! ¡yo soy el rai!
—¡No vas a crer que es casa de cualquier cosa, che! Allí no ves sino el espejero por todas partes y tenés unos cuartos de baño que tan sólo con mirarlos te ponen com'una lechuga... Si me vieses en la bañadera e la niña, qu'es pintada e color rosa, tal vez ni me conocías, y no te digo a Isidora en eso de que se sienta en el vestíbulo cuando van a visitarla las amigas... ¡Si aquello es una comedia, hermano!
—¡Juna perra!... A eso le llamo suerte yo... ¿ves?
—¡Claro!... ¡Porque no contás con la contra!... Mirá... Yo vivo en un palacio, ¿sabés? y duermo en cama grandota y me siento en sillones de terciopelo... pero ando en compañía de Isidora, qu'es un mono con polleras... mientras que vos, tal vez dormirás en catre y comerás en la fonda, pero si vas por la calle con la mujer que te quiere, vas rodiao de claridades y ande quiera ves jardines y tomás olor a flores... ¡Créme, che, en esta vida, cada cual come en su plato y se debe contentar!
PECHADORES
Ensartada
—¡Oiga, niño... y perdone!... Soy un soldao viejo ¿sabe?... de los que han defendido la patria y aquí me ve más arrastrao que la basura... ¿No tiene ni a'nque sea un váinte pa'l pobre milico?... ¡Hagaló por su novia... si la tiene!
—Si yo también soy... ¿sabés?... de los que tiran al pecho y acabo de salir de casa...
—¿No diga... ¿Quién lo había 'e pensar al verlo?... ¿Lo qu'es jujar por apariencias, no?
—¡Ahí tenés!...
—¡Bueno, hijo!... ¿Perdone, no?... Y yo que cuando lo vi que venía, cráia qu'era lo menos el hijo e Roca... P'cha... qu'es sonso el hombre ¿no?... ¿Y como lo engatusa la parada?... ¡Esto si qu'es ensartarse!
Capataz y muerto de hambre
—¡Vea, señor... y perdone el atrevimiento!... Yo soy un mozo bueno, que acabo de llegar de Tucumán, nombrao de capataz para la Aduana... ¡Hay que trabajar, señor, para vivir y no hay que hacerle! ¡Es la ley...! Bueno... y ¿quiere creerme lo que le voy a decir?... ¡Aquí me tiene en Buenos Aires, de capataz y sin un centavo!... ¡Parece cosa del diablo pero es así!... Estoy seguro que ninguno de mis parientes se ha visto nunca como yo... porque soy de los Bastos.
—¡Mal palo, che!... Se va a embromar... Si fuera Copas se le apuntaría cualquiera... pero así... se va a quedar de capataz y muerto de hambre...
—¿Le parece?... Entonces, me cambio el nombre...
—¡Es lo mejor!... ¡Ah!... ¡Y cambiá de cuento también porque el que usás tiene canas!
Borracho el hombre... pero buen padre
—¿Dígame, señor... usted no es hermano del finado Antonio González, que supo tener un bar en la Boca?
—¿Un bar en la Boca?... Mire, amigo... usted está delirando con la bebida, así, como quien dice por mayor y me confunde.
—Bueno; es lo mismo. Vea... Quiere hacerle un servicio a un hombre, que es borracho y canalla y degradado ¿sabe?... Todo lo que usted quiera es el hombre ahora... pero ha sido educado y persona de fortuna en otro tiempo... ¿Quiere no juzgarlo mal al hombre, aunque lo vea en el suelo, hecho un andrajo y pensar que es un padre de familia cargado de hijos y que los pobrecitos no tienen la culpa de que el hombre sea lo que es?...
—¡Oiga, che!...
—Ya sé lo que me va a decir... No importa... Cualquier cosa, lo que pueda, el hombre no se abochorna y agradece la voluntad... ¡Vea!... El hambre es borracho y sinvergüenza ¿sabe?... pero es padre de familia...
—Esto mismo, che... te lo vengo oyendo hace un año...
—¡Claro!... ¡Eso le prueba que el hombre será un canalla y borracho y padre de familia y todo lo que usted quiera... pero que no sabe mentir!
La caridad... que empieza por casa
—Señor, usted disculpará... pero el Colegio del Niño Descuartizado, que sostenemos Las Hermanas del Sombrero de la Virgen, está pasando por momentos terribles y las sostenedoras hemos resuelto levantar una subscripción solamente entre la gente bien y de fortuna, para la cual cien pesos son como una sonrisa...
—Escuchemé...
—A mí me dijo Dolorcitas Garramuño, que es la tesorera, una morochita de cerca de su casa, “mire, misia Clorinda, vayasé al escritorio del señor Martínez y vealó a él, estoy segura que no sale desairada...”
—¿Dolorcita Garramuño?... No conozco...
—Pero ella lo conoce a usted y ya ve, su simpatía es la que me ha hecho venir a verlo... Si no fuera eso, no me hubiese atrevido jamás...
—¡Bueno, señora!... Yo no puedo hacer nada por el Niño Descuartizado... casi lo soy también...
—¡Pero algo... hará!... Dolorcitas no puede...
—Bien, bien!... ¡Mire!... Llévese esos veinte centavos, pero no me hable de mujeres ¿quiere?... ¡Estoy hasta aquí de niños! ¡Dígalé así a Dolorcitas... y que se cuide!
—Bien, señor... Si puedo traer a Dolorcitas un día de éstos, tendré el placer... ¡La pobrecita quizás sea más suertuda, como que es tan joven!
CAZANDO AL VUELO
—Usté no puede decir eso, don Francisco... Acuerdesé de qu'es un hombre casao...
—P'cha que modo'e decir casao... Te gozás pronunciando la palabra, como si le hallase alguna música rara y hacés sonar y la saboriás como si fuera dulce, olvidando que pa mí, que al fin no he cometido otro delito que quererte, ha de ser más amarga que la yel... Oíme con l'alma, che, y no te olvidés de qu'el que te habla es un compadr'e tu mama que nunc'ha sabido mentir ni a'nque sea padr'e familia...
—Vea, don Francisco, yo no l'he dicho eso pa que s'enoje, sino porqu'es la verdá... ¡Piens'en lo que diría doña Petrona...!
—¡Aurita me v'y a ocupar, teniéndote junto a mí...! Decime lo que querás, que si es viniendo de vos ha de ser com'un sahumerio, pero no te me hagás la inocente pa herirme con más crueldá, ni me saqués la familia... Demasiado sé que a tu amor le voy jugando mi dicha y quizás hasta mi vida...
—¿Y si lo sabe, entonces, pa qué sigue'n su capricho don Francisco, por Dios?
—¿Capricho?... ¿Pero por qué sos tan cruel con quien no se lo merece, y cómo tenés valor pa llamarle capricho a est'ansia que me devora? ¡La gran perra!... Se me hace que hasta gozás sabiendo que ando penando, y no tan sólo m'herís, sino que to'avía te ráis, revolviéndome'l cuchillo... ¡Mirá! Yo t'he visto criar ¿sabés? y siempre t'he codiciao... Vos no lo crerás, tal vez, porque como soy casao, pensarás que soy de palo... pero pa que no alegués inorancia, te juro por l'alma de la finada mi madre, a quien Dios condene pa toda la siega si no es verdá lo que digo, que yo no vivo sino pa vos y pa pensar en tus ojos y pa soñar con tu boca y p'andar como abombao llevándote adentro mío, oyendo tu voz que me habla hasta en el viento que pasa... Y aura que ya lo sabés, hacé lo que se te antoje, pero no echés en olvido que hay un hombre que te quiere, a'nque sea sin esperanza y que ha de peliar tu cariño como si fuera su vida... ¿Por qué no me querés crer? ¿Le has óido decir a naides que yo haya jugao jamás lo que a vos te voy jugando?... ¿No sabés que al hablarte como te hablo, me olvido del mundo entero y que t'he de querer muy mucho pa no acordarm'e mis hijos y de la pobre Petrona, que naides mejor que vos conoce lo que la quiero?... ¿Y qué jusjaría tu mama al saber que su compadre se había salido'e la güeya...? No, che, pensá que en esta parada no va más que plata mía, porque, al fin, vos sos solita y no debés cuenta'a naides si te querés dar un gusto...
—¡Pero esto es una locura, don Francisco...! Yo no le puedo acetar...
—¿Qué no podés acetar?... ¿Querés decirm'el por qué...? ¡Mirá!... ¡Si no me lo decís, v'y'a crer qu'es cierta una sospecha que tengo, y qu'es la que me ha hecho hablarte...!
—¿Sospecha de mí...? ¡Esto sí qu'es lindo...!
—¡Ah! ¡Ah!... ¿Te parece lindo?... ¡Bueno!... Conforme pase por casa el hijo de tu madrina, me lo paro como a un mono, y ahí no más le cuento todo...
—¿Todo?... ¿Todo qué?...
—¡Ya verás!... Van a salir muchas cosas, y entr'ellas un peluquero trenzao con un vigilante...
—¿Y será capaz, don Francisco, de levantarme algún falso?... ¿Dond'está este cariño que me tiene?...
—¡Mirá, m'hijita, no vengás pidiendolé agua al que se muere de sé! ¡Bien sabés vos qu'es verdá!
—¿Acaso yo tengo nada con Eduardo ni con nadies... ni sé de lo que me habla?...
—Ya sé que no... pero puede!... ¡Atendéme!... Este asunto merece ser conversao con más secreto que aquí... ¿Querés que t'espere luego?...
—¡Mire, don Francisco... por Dios!
—Dejat'e meter a Dios en lo que no se l'importa...
—Vea... Le ruego por lo que más quiera, que no se acuerde con nadies d'esas cosas que me ha'blao... ¿quiere?... ¡Piense en mí, don Francisco... se lo pido!
—¡P'cha con la recomendación!... ¿Te crés que hay algún minuto en que yo no piens'en vos, u qu'el amor de'sos sonsos, que te andan comprometiendo, se v'a poder comparar con uno de fundamento?... ¿Qué van a enseñarle al zorro lo que son pollos y guascas?...
COSAS DE NEGROS
—Vea... No sé cómo decirle, ¿sabe?... Tengo miedo e que me vay'a tomar por algún chichón suelto... ¡Atiendamé!... ¿Usté's moreno endeveras o es difrasao como yo, no más?
—Sofrenesé, che, y no juegue con armas que no conoce... ¡Mire qu'el diablo las carga!
—¿No ve? Ya se m'enojó... P'cha que soy sin suerte...
—¡No, che... qué sin suerte ni qué macanas! Es que usté se me viene montando a la vedera...
—¡Bueno, compañero, perdonemé... por favor! Mire que si yo l'he hablao así, sin conocerlo, ha sido por pura simpatía y porque siendo forastero d'estos barrios, no conozco a nadies y es tan sin gracia andar de máscara cortao... ¡Vea! Yo m'he disfrasao de negro... ¿sabe por qué...? ¡Bueno! ¡Le v'y 'a contar!... ¡Porque ando enamorado, amigo, y he querido ver si de negro tengo más suerte...! ¿Qué le parece?
—Pero, ¿qué me v'a parecer, che...? ¡Qué usté ha'e ser algún chiflao de otros barrios!... ¡Mire que se necesita pecho pa crer que un negro puede ser suertudo en algo y cuantimás en amores!... ¡Si no hay bicho más disgraciao qu'el negro, compañero, y másime si como yo es medio hoyoso e virgüelas!
—¡No diga!
—¿No diga?... ¡Mire!... Las mujeres cren que los negros y los picao de virgüelas podemos mirar al sol sin que nos lloren los ojos... ¡Vea!... Aquí, adonde usté me ve, yo soy un negro cargao, que a gatas cruza la vida, agobiao con el peso e lo que lleva... ¡Juna gran perra, che! Si usté conociera a Juanita...
—Digamé... ¿no es una pardita de ojos grandes que cuando lo miran a uno, parece que l'hiciesen cosquillas?...
—¡Qué pardita ni qué demonches, compañero!... ¡Juanita es la hija del confitero e la esquina, che, una rubiecita como de quince años que da las doce antes de hora!... ¡Si la viera en eso de que se pone su pollerita celeste y sale a pasiar el hermanito!...
—¡Bueno!... Pero también es un atrevimiento, compañero, pensar que un confitito d'esa laya pueda cáirle entre los dientes... Yo no me hallo en ese caso, ¿sabe?... A mí, la que me tiene penando es una pardita bizarrota, che, carnudita com'una ciruela y con su modito y un aire que parece de raina...
—¿Y cré que siendo pardita lo va'querer si lo ve vestido e negro?... ¡P'cha qu'es inocente!... ¡Si aura pa las pardas no valemos ni fóforo!... Ellas lo que quieren son italianos ú ingleses y a los negros ni nos miran...
—¡No diga!...
—¡Mire!... Crealé a un hombre que sabe... Quand'un negro se pesca aura una morena o alguna parda, le lleva el apunte... ¡hay que desconfiarle, che!... Los negros tomamos borra y ni olemos el café... Me conchavé vez pasaba en casa de unos franceses y les caí a la cuenta en gracia porque m'empezaron a'cer colita pa que formara familia... ¡Si viese cómo busqué fogón en que churrasquiar!... Allá, pa'quellos laos de la Recoleta m'indicaron una morena que buscaba un pior es nada y me le fuí con coraje... ¡La gran perra!... ¡Hast'aura me duelen los garrones de la sentada que pegué!... ¡Vea! con ese disfraz l'único que v'a sacar es la lengua... ¡de tanto trotiar al ñudo!
CUENTOS DE CAZA
Como en ese momento una nube de humo amenazara ahogarlo, mi tío Martín se echó para atrás a fin de dejarla pasar, luego de dar vuelta sobre las brasas el pedazo de carne que chamuscaba, dijo con firmeza:
—¡Miren, che... yo me he criado en los pajonales y sé lo que son tigres. Bueno sería que hubiese estado esperando, para aprenderlo, a que ustedes vinieran del pueblo!
—¡Yo no le digo eso!... Lo que le he dicho es que ni el tigre, ni el perro cimarrón, ni ningún animal salvaje ataca al hombre si éste no lo ataca a él. El instinto de la fiera es huir.
—¿Ve?... Eso es lo que en buen criollo se llama macana.
Y como nosotros insistiéramos en negar a las fieras un espíritu agresivo, deseosos de oirle contar algunas de sus aventuras,—que era bastante reacio para referir,—él, para probarnos su tesis, desplegó ante nuestros ojos los cuadros de la vida salvaje en que había actuado, y la verdad es que, impresionados por su relato o sugestionados por las circunstancias que nos rodeaban, comenzamos a mirar con respeto el pajonal que atravesábamos creyendo ver a la muerte que avanzaba hacia el campamento, ya en forma de una serpiente de cascabel que desarrollaba sus anillos brillantes al pie de un algodonillo florecido, ya de una yarará que dormitaba sobre las ramas de un ceibo, acechando la vuelta de la torcaz propietaria que andaba por las cuchillas lamentando sus penas, o de un yacaré que emergía de entre las aguas fangosas y nos miraba con sus ojos sin párpados, o de una nube de cimarrones que nos seguían hambrientos y nos asaltaban furiosos, o de tigres sentados al borde de los arroyos, entretenidos en echar espumarajos sobre las aguas, a fin de atraer peces para sacarlos con un manotón certero y que al vernos se ponían de pie y batiendo los flancos con sus colas inquietas bramaban enfurecidos.
Y, no sé si serían iguales a las mías las impresiones de todos los que rodeábamos el modesto fogón campero donde preparábamos nuestra comida y que poco a poco se había ido apagando, pero en esos momentos envidiaba a las bandadas de siriríes que pasaban por sobre nosotros en viaje hacia la costa del bañado.
—Sí, che, con el tigre no se juega, sobre todo cuando es cebado. Entonces es feroz y más audaz que el mismo yacaré, que es capaz de venirse sobre uno hasta fuera del agua, buscando llevarle aunque sea una mano. Siempre me acordaré de un suceso que me impresionó en cierta excursión que hice al Mocoretá, como quien dice a la patria de los guazuviráes y de los ciervos. Almorzaba en el rancho de una familia correntina, cuando de repente oigo unos quejidos y unos sollozos que me alarmaron.
—¿Qué es eso?
—No te asustés, que no es nada—me dijo una de las muchachas, con esa familiaridad guaraní que no conoce el usted y con esa tonadita que da a la frase suavidades de terciopelo.
—¿Cómo que no es nada...?
—Es un gringo que está llorando a su compañero... Eran dos que pidieron hacer noche en la ramada y vino un tigre cebado y se llevó a uno...
Y como en ese momento se oyera un ruido sordo, que venía del pajonal, mi tío se interrumpió y exclamó con toda naturalidad, tanta quizás como la de la joven correntina de su relato:
—Es una banda de chanchos del monte que marcha en retirada... Seguro que atrás viene algún tigre cebado... ¿Quieren que lo veamos?
Confieso que en mi vida me he puesto de pie con mayor celeridad ni con más gusto.
NOTAS DE VIAJE
En mi pueblo
Recostados en la borda del vapor mirábamos las barrancas de Fray Bentos, y el ilustrado conferencista italiano, que era mi compañero de viaje y que conmigo volvía del Alto Uruguay entusiasmado con los cuadros inimitables con que la naturaleza había deslumbrado nuestros ojos, ensayaba por la quinta vez una conversación que no prosperaba:
—¿Qué mira?...
—Nada... ¿ve, allá lejos, adonde parece que se juntan aquellas dos líneas oscuras que cierran el horizonte?... ¡Bueno!... Pues sabrá que esas líneas no se juntan y que ahí, frente a ese gran manchón de luz que reverbera sobre el agua, peleando con la sombra costanera, se abre cancha entre ceibos y espinillos, festoneado de juncos y de achiras, un arroyo pintoresco y que a orillas de él en un recodo precioso celebrado por prosadores como Sarmiento y poetas como Andrade y Gervasio Méndez, se halla el pueblo donde nací...
Y el ilustrado extranjero, templándose en mi tono, repuso:
—¡Hombre!... Yo nunca he pasado cerca de mi aldea sin emocionarme... La veo chiquita, con su caserío despintado y con sus calles tortuosas y polvorientas, pero me parece tan grande y tan linda... A uno le sucede con la aldea como con la novia... ¿Cómo se llama su pueblo?
—Gualeguaychú...
—¡Salute!... ¿Y es grande?
—¡Tante grazie!... Un puñadito de casas, pero los de allí creemos que son un puñado y cuando fechamos una carta en el pueblo ponemos solamente Gchú, que es una abreviatura del nombre, pues sabiendo que es una ciudad importante nos parece que no debe haber nadie que no la conozca... Mi pueblo es un pueblo raro, che, y hasta podría decirle que es una curiosidad. Las casas parece que brotaran del bañado que lo circunda, pero no brotan; el arroyo es caudaloso y parece que fuera navegable, pero no lo es, porque un banco de arena le cierra la boca con gran desesperación del vecindario; los habitantes parece que fueran serios y graves, pero la risa les hace cosquillas, y el espíritu bromista que les anima lo encontrará usted traducido en las enseñas del comercio, que son verdaderas joyas de contrasentido, y en las veletas que coronan las casas, pues hay tantas, que constituyen otra peculiaridad, llegando a hacer creer que es allí preocupación del público saber todos los días de qué lado sopla el viento... ¡Vea! Allí hasta el nombre chasquea; acabo de pronunciarlo y usted creyó que le había atado un estornudo a la cola...
—Pero... qué, ¿no estornudó?
—¡No me embrome, che! Yo no sé jugar con las cosas de mi pueblo...
—¡Gua-le-guay-chú!... Parece un rompecabezas el nombre.
—¡Parece... pero no lo es! Su paisano Mantegazza cita a mi pueblo en su Fisiología del Amor, diciendo que en sus alrededores observó una escena entre dos caranchos, que lo conmovió por su ternura y sepa, sin embargo, que esos pájaros son el símbolo de la crueldad y del egoísmo, y que son golosos de los ojos lindos y que en Gualeguaychú abundan éstos como las aromas y las mosquetas... Pero, no toquemos este asunto porque “es pa pior”, como decía Jesucristo, según el cuento salteño.
Y allá nos fuimos ambos río arriba y cuando nos encontramos en mi caserío nativo, el día nos fué corto—a él, para comprobar mis aserciones por propia observación, y a mí para rememorar la lejana niñez y evocar aquélla mi vida de muchacho callejero y mataperros, o de adolescente soñador y pretencioso.
En una callejuela suburbana, frente a un viejo cicutal que rodeaba dos higueras arruinadas,—un tiempo mi gimnasio y hoy seguramente el de otros desarrapados de mi estofa,—esperaba la hora de su derrumbe la azotea centenaria donde estaba la escuela.
Y sin quererlo me colé por la puerta desvencijada y eché la vista adentro.
Allí estaba el maestro con su cara grave y seria como la de un personaje con proyecciones en la historia, con el brazo armado con la tiza, y más allá, la muchachada desgreñada, descalza y cara sucia, como en mi tiempo, con los calzones a medio sostener por un tirante y con la bolsa de cotín suspendida a un flanco y que a la vez que arma de guerra era continente de cuadernos borroneados, de gramáticas y catecismos desencuadernados y de pizarras de bordes carcomidos por las contingencias de la vida.
En ese momento repetía su eterno problema: “Diez cajones de velas, a un peso cada cajón, ¿cuánto importan?”. Y arrastrado por mis recuerdos escolares, contesté maquinalmente como en mi tiempo lo hacía, y hasta con el tonito conque deben contestarse esas preguntas: “Diez cajones de velas, a un peso cada cajón, importan diez pesos...”. Oigo todavía la risa de la muchachada y veo la cara de asombro del viejo maestro, que no reconociéndome como a uno de los calculistas de su fabricación, me tomó por un bromista callejero y me señaló la puerta con ademán colérico, mientras llamaba al orden a sus discípulos dando palmadas sobre la mesa.
Al pasar por un rancho sin revocar, flanqueando por el cerco de palo a pique, cuyos intersticios rellenaban jazmines y mosquetas, y ver la ruinosa ventana del mojinete, que aún luchaba por no abandonar el muro agrietado, algo como una brisa perfumada me acarició: y allí estaba mi novia de los quince años, y la veía en la alta noche luminosa mirándome por el postigo entreabierto, mientras yo, pisando en un ladrillo saliente, que aún persiste, pulsaba mi guitarra decidor. Busqué con las vista a la chinita que tan cruel fuera conmigo y con ella misma y la encontré, como siempre, sentada bajo el naranjo secular que sombrea su patio, rodeada de claveles y alelíes que desbordaban de los mohosos tiestos alineados; pero no era ya aquel botón de rosa que tanto codicié... Jugaba distraída con su pichicho favorito y me miró, al pasar, indiferente... la pobre china gorda y olvidadiza.
Caía la tarde—la poética tarde de mi pueblo, que nunca he de olvidar—y fuí a visitar en su despacho al señor jefe político, y como es natural, no lo encontré.
Sentéme en un viejo sillón de damasco punzó, que conocía desde la infancia como perteneciente a un mueblaje regalado por Urquiza en tiempos casi históricos, y lo hallé a él y a sus coetáneos, que adornaban la sala, gozando de salud precaria, pero viviendo todavía. Por la ventana entreabierta miré hacia la plaza y vi en su lugar aquellos bancos tan viejos como el pueblo, el paisaje y las casas que la rodeaban: todo parecía petrificado. Mi imaginación retrocedió treinta años y evocó la figura de los vecinos más respetables. Ninguno faltó a la lista y todos estaban en sus asientos preferidos, hasta sin cambiar de ropas. De repente, una música que parecía venir desde muy lejos llegó hasta mis oídos, y al mirar por la ventana, vi alineada en la vereda tocando la retreta, aquella banda que hizo mis delicias durante las serenatas callejeras: allí estaba el negro Lechuza con su redoblante legendario, el bombardín Pascualetti, el pistón Andresito y los cobres abollados que gemían de memoria el “Sueño de un Jazmín”, mestizado con algo de “La Ganga”... Y sentí frío ante aquellos vecinos y aquellos músicos que, según mis cuentas, debían ser difuntos, y, sin esperar al funcionario policial—que temí fuera otro trasgo,—me encaminé al hotel en busca de mi compañero.
—¡Hombre!... ¿Sabe que tenía razón?... Su pueblo es el pueblo más raro que he conocido. Me he encantado recorriendo las calles y mirando las enseñas del comercio y las veletas que adornan los edificios... Éste es el país de los simbolistas y de los contrastes estupendos, y cada una de esas figuras de lata que sirven de enseña es un poema humorístico de sabor original. Sobre una sombrerería hay una gran chancha pintada de azul y debajo, con letras amarillas, dice: “A la cotorra calavera. Se planchan sombreros de felpa y se achican”. Le pregunté a un señor que se detuvo a mirarme cuando yo copiaba el letrero y lo gozaba a mis anchas, el significado de la palabra “achicar” y me contestó con aire de asombro que quería decir “empequeñecer el diámetro de los sombreros de felpa”, para que pudieran usarlos los herederos cuando habían sido más grandes que su cabeza la de los causantes; y agregó, como por vía de ilustración, que “en Gualeguaychú se conservaban con respetuoso cuidado algunos sombreros de felpa que habían brillado con el sol que alumbró a los libertadores”. En frente de esta enseña se ve otra formada por un vasco fumando su pipa y calzado con alpargatas: señala una “Peluquería del Gran Napoleón” y mira a un indio en la actitud de disparar su flecha, a cuyos pies se lee: “En esta botica se despacha también de noche”. En una cajonería fúnebre hay un avestruz de lata que tiene una expresión risueña y, en un almacén de comestibles, un indio descansando en su maza y con las piernas cruzadas, contempla a una mujer que, soplando en un largo clarín, brota de! techo de una carbonería... He visto también un ciervo sobre una tienda titulada “La Joven Italia”, una tortuga roja sobre una empresa de mensajería llamada “La Rápida”, un gallo sobre un almacén de música y una estrella arriba de una zapatería, como diciendo que el que se calza allí ve la marca de fábrica en todas partes y a todas horas; y este hotel en que estamos se llama “del Vapor” y su enseña es un cazador disparando su escopeta y mirado con estupefacción por un perrito rengo... y por un puñado de angelitos que salen de entre una bota.
—Mire, amigo... este pueblo es un canto a la risa y sus hijos deben impedir que el espíritu modernista le quite su cómica expresión risueña... Vea el letrero que he copiado en el gran almacén de “El Pobre Diablo”: “Se venden clavos, tachuelas y otros comestibles”.
—Eso no es nada, che. Mire hacia el oeste, por esta calle en que nos hallamos ¿qué ve?
—Un paseo público... ¡Qué lindo efecto! Parece una decoración de teatro imitando un paisaje de montaña...
—Bueno. Otro chasco. Parece un paseo público, pero no es: ahí está el cementerio, donde debían descansar los habitantes muertos.
—¡Ah!... Que no lo usan...
—Sí... lo usan para enterrar a los niños que mueren o alguno que otro extranjero que no se ha aclimatado todavía... Mire. Usted lo creerá o no lo creerá, pero es cierto: persona que llega a cumplir cincuenta años en esta localidad no muere más. La gran curiosidad local es esa islita que hay frente al muelle: es el lugar obligado desde 1848 en que la estrenó Urquiza para celebrar los banquetes de resonancia, aquéllos raros que se dan a algún personaje de campanillas que llega y del cual esperan algún beneficio los del pueblo, aunque sepan que si el tal es conterráneo les prometerá el oro y el moro mientras come y después no les dará ni las gracias—y desde entonces es tradición en Gualeguaychú que el honor más grande que se puede discernir a un mortal en el mundo es darle “un banquete en la isla”.
—¿Y a usted le han dado alguno?
—¿A mí?... ¡No faltaba más! Ni siquiera me'han convidado para asistir a los pocos que se han dado desde que yo tengo memoria. ¿Qué cree usted, che, que son los banquetes en la isla?...
¿A MÍ?... ¡CON LA PIOLITA!
—¡La gran perra con el agente que había sido desvergonzao y ligero p'al cuchillo! ¡Caray! Se necesita ser corajudo pa'tajar así una sirvienta, en plena calle, haciéndola olvidar a la pobrecita de que tal vez su patrona l'haiga mandao apurada... u de que puede verla el patrón!... ¡Y mírenlén el modito a la indina y cómo le juega sonrisitas y parpadeos al vigilante! ¡P'cha con las mujeres, amigo, que s'están poniendo peligrosas pa los particulares! ¡Dentro e poco se me hace que va ser cosa e cerrar los ojos y ni mirar p'atrás, cada vez que una tentación comience a quitarle el sueño!... ¡Lo que es a mí no me han de agarrar ni a bola, cuantimás con miga e pan!... Sin dir más lejos y en buena hora lo digo, ¿no le tengo echao el ojo a una negrita d'esas que son com'una cosquilla y con ser que me lleva l'apunte, no le ando juyendo al calse, sin animarmelé?... ¿Y qué me le v'y animar con esto que uno está viendo?... ¿Ve?... ¡Si Roca fuera otr'hombre y entendiera su deber, se ocuparía de los pobres y no dejaría qu'estos locos, que por ser autoridá no respetan prenda'jena, metan pierna adonde quiera!... ¡Y vea a la sirvientita, cómo l'echa leña al fuego con esa paradita como de quien dice adiós, pero que se va quedando y con ese meneíto de las polleras y ese jueguito convidador!... ¿Pero quién diablos les enseñará a estas diantres a orejiar su naipe de semejante manera? ¿A'nde aprienden a frairle l'alma a un cristiano sin pedirle ni permiso?... Y el pobre vigilante, veanló cómo s'encoge y s'estira creyendosé hombre suertudo, mientras la chinita inocente lo maneja como quiere... ¡Juna perra que es sonso el hombre cuando uno lo ve de cerca!... ¡Y decir que todos somos ansina y que al más toro lo hace cabrestiar una mocosa cuando le muestra los dientes...! ¿Y a qué patiar contra el carro ni meterse a corcobiar, si todo a de ser pa pior y le han de ganar el lao? ¡Bah!... ¿Y pa qué ser vigilante, ni comisario, ni presidente, si a todos nos cabe el lazo y todos clavamos l'aspa, cuando nos llega el momento?... ¡No!... Lo qu'es a mí, con la piolita... y el que corte de mi asao que guarde muy bien la mano si la quiere conservar... ¡Yo seré un triste carrero, pero e'morir en mi lay!
DEL MISMO PELO
—¿Ves?... Eso es lo que a mí me revienta y así se lo dije a Julio el otro día: si no quieren que a este país se lo llev'el diablo, eviten las mescolanzas, che...
—¿A qué Julio?
—¿Cómo a qué Julio... A Roca... ¡Si hemos llegado al extremo, che, de que ya no se respeta nada aquí! Ya ni hay antecedentes, ni nombre, ni posición que no sirva d'estropajo a los advenedizos y hasta la misma crónica social de los diarios se ve invadida por el canallismo más depravado... Todo está hecho un revoltijo... Derrepente ponen de concurrente a una fiesta o al tiatro—¡en pleno mes de abril!—y te colocan entre unos apellidos que'están oliendo a cebolla o a liencillo, cuando no te dan como presente en unos casamientos o funerales vergonzosos.
—¡Qué me vas a decir d'eso, che!... Figuráte que aquí donde me ves, h'estado anoche, según los diarios, nada menos qu'en el casamiento de una hija de cierto inglés que nos compró la estancia l'año pasado... Un verdadero cualquiera que casi ni sé cómo se llama! Imaginate qu'es un hombre de andar en trangüay!...
—¿Qué me decís?... Esta jugada es como para juntarla con la que le hicieron a mi tía... Querés creer que la metieron entre las concurrentes al Politeama... ¡Figuráte el madrugón!
—¿Y vos todavía no te has hecho ver en el tiatro?
—¿Yo?... ¡No faltaba más!... Para mí las veladas comienzan con la Ópera, che, y soy fiel a la tradición... Yo no tranzo... ya saben todos que si no se me ve allí es porque no estoy...
—A mí me pasa igual... ¿Sabés qu'este año va'seguir la moda del pasado, tan cómoda y tan chic?... No será elegante entrar al tiatro sino en los entreactos...
—¡Es natural! La sala es para los músicos y la gente para la cual el espectáculo es una novedá... Yo, che, te lo digo con franqueza, no pienso abonarme... Buscaré algún amigo con quien turnarnos para la entrada, ¿sabés? y con mostrarse uno un poco y después estar para la salida... ¡se hace la noche!... ¡Quién se aguanta tres horas de función!
—¡Es una barbaridá!... Yo también ando buscando con quien hacer patota, y conforme'encuentre me ligo y con una soncera hago mi noche...
—¡Ésa es otra, che!... ¡Esta gente nos está desollando con los precios!
—¡Qué bárbaros, no!... ¡Y decir que a uno en su misma patria, como quien en su casa, lo están esquilmando!... ¿Ves? Eso le debías decir a Roca... ¡ya que sos tan amigo!...
—Si se lo he dicho mil veces, che!... Pero parece qu'el hombre vivies'en las nubes... ¿Vos te crés que hace caso de consejos?... ¡Preguntale a cualquiera e los ministros y verás!... ¿Y?... ¿Che?... ¿Nos asociamos p'al jueguito'e las entradas?
—¿Y si no?... ¡Pa qué somos de los que no nos cortamos, aunque nos acollaren con un pelo!
¡QUÉ SUERTE PA LAS DE MIGUENS!...
—No, mi tía... no juzgue así las cosas del corazón, ni califique de capricho pasajero el sentimiento que me domina... Mire qu'es cosa seria...
—No me hagás réir, Pituco... ¡que tengo el labio partido!... ¿Vos, con cosas serias?... ¿Pero sabés lo qu'estás diciendo?
—Haga el favor de atender, mi tía y dejemé que la hable al alma, ¿quiere?... ¿Nunca le han hablao al alma a usted?
—¡No, che!... Tu tío no habló jamás sino en criollo y esta lengua parece que no se presta...
—¿Qué no?... Vea... Ust'está diciendo a gritos que hast'ha óido hablar los mudos... Si aura mismo y con ser que soy su sobrino, l'estoy tomand'un olorcito que casi casi no es de tía sino de moza garrida.
—¿Sabés que sos adulón, Pituco, y que m'están dando ganas de crer que te se't'está quemando algo?... ¡Mirá si fuese verdad! ¡Qué suerte pa las de Miguens!
—¿Cómo pa las de Miguens, tan luego?... ¿Y por qué?...
—¡Es un refrán, hijito!... No hagás caso... ni creas qu'es por lavarte la cara!... Es un refrán de familia, ¿sabés?
—¡Bueno!... ¡Vea!... Yo sé que le ha llegao el run-run y no tengo por qué ocultarle qu'es cierto... Me tienen mal, mi tía, y es por eso que busco el calorcito'e la familia...
—¡Se conoce!... ¿Será por eso que has volado de tu casa?...
—¡Atienda!... Yo sé que me v'a dar la razón... ¿Sabe por qué me separ'é la familia y me salí a vivir solo, armando el bochinch'el siglo?... ¡Bueno!... Todo fué por esta cosa que me tiene trastornao. En casa me augaba, estando tan lejos d'ella... Piens'en lo qu'es la distancia, mi tía y tengamé lástima y no pegue de hacha... Me parecía que hast'el aire me faltaba en aquel barrio tan triste... como son todos los barrios que no son el barrio d'ella... y aquí me tiene buscando acercarmelé...
—Pero ésas son muchachadas, Pituco... ¡Eso no es amor!...
—¿Y cree que yo sé lo'qués, ni m'he puesto a'veriguar?... Yo lo que sé, mi tía, es que no vivo tranquilo cuando no la estoy mirando y que d'el lado qu'ella vive, hast'hallo más lindo el cielo y me parece qu'el aire que ha pasao por su casa tiene un cierto no sé qué... que no tienen otros aires... ¿Usted no ha querido nunca, mi tía?
—Mirá, Pituco... No seas atrevido...
—No me diga Pituco, ¿quiere?... Llamemé por mi nombre... Mire qu'estamos hablando de cosas serias... ¡No se olvide!...
—¿De cosas serias?... ¡Qué suerte pa las de Miguens!
—¿Pa las de Miguens?... ¿Y por qué?...
—Ya t'he dicho que no hagás caso... Es un refrán de mi tiempo ¿sabés?... como aquél del mate de las Morales que nunca llegó a cebarse... ¿No sabés quiénes eran las de Miguens?... Cuando lo sepás te v'a gustar el cuentito... ya que te gusta hasta el aire que te viene desde ella... Las de Miguens eran las tías del tesoro con que soñás... unas muchachas que tenían talón de fierro y llegaron a ser famosas por su afán de divertirse. Ya se sabía en Buenos Aires, che, que no había velorio, casamiento, bautizo, comida, entierro, misa ni el diablo... en que no estuvieran las de Miguens... ¡Era una cosa bárbara! ¿Había un enfermo en una casa?... Las de Miguens iban de visita a indagar cómo se hallaba. ¿Había una misa en el sur y otra en el norte y un baile en el oeste y una comida en el puerto, a bordo de algún barco y un bautismo en Flores?... Pues, hijito... las de Miguens se hallaban en todas partes alegres, contentas, comiendo bombones y sándwiches a dos carrillos, tomando chocolate y comiendo naranjas o sandías o tomando leche... Jamás ni nunca se supo que a ellas les hiciese daño nada, ni les doliera alguna cosa, ni discutieran un menú, ni tuviesen una pena y de repente nació entre la gente, así, de sopetón, como te ha nacido a vos ese amor por la sobrina, el refrancito embromador... ¡Qué suerte pa las de Miguens! Quería decir qué motivos para jaleo, qué ocasión para salir a la calle, para jarana o para lloriqueo o para almuerzo o para baile o para rezo... Y corrió tanto, que una tarde estaba yo en la mercería alemana y derrepente se le cay'una pieza de puntilla a la dependienta y el dueño, al ver que l'abarajaba antes de tocar el suelo, dijo con su media lengua: “qué suerte pa las de Miguens” significando qu'el hecho podía ser motivo para que vinieran a la tienda... ¿Y quién te dice, hijito, qu'en eso las veo entrar a Panchita y a Celestina—qu'eran las mayores—con aquel aire de inocencia que tenían?...
—¡Bueno! El cuentito es lindo, mi tía, como todo lo de usted... pero yo no he venido a visitarla para que me enseñe historia—para eso me hubiese ido a lo de don Bartolo o a lo de don Vicente López,—sino pa pedirle que me ayude'n esta empresa en que se juega mi vida... Invitelás a comer cualquiera d'estos...
—¿A quién? ¿A las de Miguens?... ¡Pues no faltaba más! ¡Mirá si lo sabe tu mama!... ¿Cómo te imaginás, Pituco, que yo pueda contribuir a qu'entrés en el refrán, vos... el hijo, nada menos que de mi hermana, que—¡Dios me perdone si m'equivoco!—hasta creo que fué la inventora del refrán?...
—¿Y qué tiene?... Yo, que soy el hijo y usted qu'es mi tía, le agregaremos la cola y la cosa quedará en familia... La vieja podrá decir con justísima razón: “!Qué suerte pa las de Miguens... y para mh'ijo Pituco!”
SIEMPRE AMIGO
Haz a otros lo que desees que los otros hagan contigo.
Nos conocimos en Ranchos, antes de que este pueblo se modernizara cambiando su nombre, lo que equivale a decir que, por lo menos, una decena de años nos separa del tiempo aquél en que yo, que solía visitar a unos parientes avencindados frente a la plaza, y él, modesto perro del cura, simpatizamos cambiando nuestro primer saludo.
Era la casa de mis parientes, un viejo edificio, de dos departamentos que se abrían a un patio común. El de la derecha lo ocupaban éstos, y el de la izquierda, un viejo sastre con su esposa.
—¿Por qué tienen cerrada la puerta, de calle, comadre? Esto huele a convento...
—Es por unos días no más, compadre... Los vecinos tienen una perrita que adoran, como que es monísima y muy fina, y temen que se les vaya a la plaza de enfrente, a mataperriar con el perro del cura, que es de lo más bandido que hay en el pueblo...
—Ave María Purísima, mujer... Y por eso...
—¡Qué querés, che!... ¡Son tan buenos los vecinos, que con placer le hacemos el gusto, a'nque nos importe un sacrificio!
Y la bondadosa de mi comadre, que era tronco de una numerosísima familia, se fué a sus quehaceres y yo quedeme holgando en el ancho patio, hasta que las sombras de la noche me llamaron al descanso. La primera claridad del día hallóme ya despierto, como todos dormían aún, me encaminé a la puerta de calle para recrearme con el espectáculo curioso del despertar de una población, que es agradable contemplar cuando uno no tiene otra cosa con qué matar el tiempo.
Las calles comenzaron a animarse. Allá a lo lejos, cruzaba algún carrito de chacarero que con el chirrido de sus ruedas desengrasadas despertaba los ecos, o la jardinera del panadero, deslustrada por las lluvias y de repente, como emergiendo de la llanura verde en que a no mucha distancia de mí se perdía la calle, vi aparecer un perro de lindo porte y buena talla, que con la cola en alto y trotando ágil, aunque reposado, se dirigía hacia mí.
—Ése ha de ser el perro del cura que tanto los preocupa a mis parientes y a sus vecinos, pensé; y seguí mirando, distraído, su aire de calavera, que contrastaba singularmente con el que debía tener si era él quien yo creía.
El perro continuaba avanzando y veía ya las manchas de su cuero, el brillo de sus ojos que me miraban maliciosos y hasta me pareció escucharle los comentarios que rezongaba:—¿Qué hará ése, nada menos que en casa de mi novia?... ¡Ah! ¡Es gente nueva!...
Me fué simpático. Cuando llegó a unos veinte pasos se bajó prudentemente de la vereda, como para evitar una sorpresa de parte de sus enemigos o de mí, a quien lógicamente me suponía un aliado de ellos, por lo menos, y tomando el medio de la calle con disimulada serenidad, siguió su camino, mirándome de soslayo.
—¡Pichicho!... ¡Pichicho!...
Le pareció una burla y se hizo el desentendido, aun cuando yo le había sorprendido una tiernísima mirada hacia el interior de la casa en el momento de enfrentar a ella.
—¡Seguramente! ¡Éste es el perro del cura... el famoso perro del cura... esa miradita lo traiciona... ¡Pichicho!
Se detuvo asombrado como diciendo:
—¿Pichicho a mí? ¿De la casa de mi novia?... ¡Hum!... ¿Se tratará de un loco, de alguna alma compasiva o de un traidor?
—¡Pichicho!... ¡Pichicho!
Me miró a la cara y comprendió con su finísimo instinto, que yo, aunque era de la familia de mis parientes y vecino de los viejitos, patrones de su novia, era un hombre honrado, que no me metía a contrariar los amores de nadie.
—¡Pichicho!... ¡Pichicho!...
Lamió mis manos con zalamería, me golpeó las piernas con la cola y metiendo el hocico por la rendija de la puerta aspiró con fruición el aire que le llegaba del interior de la casa y le traía quizá el aliento de su amada.
Conmovido por su ternura, abrí la hoja de la puerta, invitándole a entrar. No podía creer en dicha semejante y me miraba como preguntándomé si aquello no era un sueño o una infame traición. Me acarició, me observó bien y cuando se cercioró de mis buenas intenciones a su respecto, se coló con presteza, lanzándome una última mirada en que leí clarito:
—Por su madre, compañero... ¡no me vaya a reventar!... ¡Mire que la aventura es peligrosa!
No habían transcurrido dos minutos, cuando oí un tropel en el interior de la casa y al viejito que gritaba:
—¡El perro del cura! ¿Pero quién diablos le ha abierto la puerta?
Como un relámpago pasó por delante de mis ojos el galán audaz, seguido por su amada, que haciéndose la temerosa se encaminaba con él hacia el alto yuyal de la plaza:
—¡Corré, mi vida, que el viejito es muy bruto y nos va a pegar!... Yo, entre que me pegue él y pegués vos... aunque sea un mordiscón que me sepa a beso... ¡te elijo a vos!
Y en la carrera se perdieron entre el tupido pastizal, mientras el viejito y la viejita, a medio vestir, llegaron a la puerta azorados y encontránse conmigo, exclamaron como en un sollozo:
—¿No vió?... El perro se llevó la perrita...
—¡Ah!... ¡Sí!... ¡Ahí en esa plaza los vi perderse!...
Y ambos miraban el alto yuyal, que en ese momento iluminaban los rayos del sol naciente y agitaba mansamente la brisa matutina, con ojos de verdadera angustia.
Solíamos después hallarnos en las calles del pueblo con el perro del cura y jamás pasaba por mi lado sin detenerse a mirarme, meneando el rabo:
—¡El buen amigo!... ¡Qué dicha volverlo a ver!... ¿Y qué tal? ¿Cómo andan las cosas por allá... por la sastrería?
Y ayer me ha reconocido, aquí en las calles, malgrado las injurias de los años, cuando yo ya no le conocía y había hasta olvidado la galante empresa en que le ayudara, arrastrado por la clarividencia del futuro condensada en la máxima que me sirve de epígrafe.
¡Pobre perro agradecido!... Quizá ni la perrita, que tanto amó, existe ya más ni en su memoria, y, sin embargo, persiste todavía el recuerdo del amigo, conocido al pasar, pero siempre querido e inolvidable!
¡EL POBRE AMIGO!
I
—¡Pobre Comaleras,—dijo el rubio González;—muere con él la espuma de los jugadores del truco del barrio de la Concepción, y los que vamos acompañándole, podemos decir con orgullo que llevamos a enterrar, no solamente al mejor de los comisarios jubilados de la policía antigua, sino también a un hombre que jamás le disparó a un real envido, teniendo las treinta y tres de mano!
—¡Hum!... No solamente era toro Comaleras—exclamó un viejito que iba acurrucado en un rincón del coche y a quien no conocíamos ni de vista ninguno de los otros tres acompañantes, que éramos, además del rubio González, el tuerto Cabira y yo,—¡sino un gran corazón! Gustavo S. Bordenave, servidor de ustedes, no ha concurrido ni concurrirá jamás a otro entierro con un gusto mayor que el que experimenta en estos momentos. ¡Pobre Comaleras!
—¿Me permite, señor Bordenave?...—replicó Cabira, sonriendo de la extraña manera que le permite hacerlo la parálisis facial que lo caracteriza, pero con un tono que no dejaba dudas respecto a su intención de protestar con toda formalidad.
—¡Ahórrese los reproches, señor... Mis palabras hacen justicia a las virtudes de nuestro amigo, aun cuando se presten tal vez a una interpretación aparentemente desfavorable...
—¡No!... Es que con gusto no se concurre al entierro de nadie...
—Así es, señor mío... generalmente; pero en el caso sub-júdice de Gustavo S. Bordenave, concurren circunstancias que lo hacen excepcional, como lo verán ustedes.
II
Aunque les parezca extraño, dados los rasgos de mi personalidad actual, yo he sido un funcionario municipal de cierta categoría, a los efectos del sueldo, condición única que puede establecer diferencias entre los empleados públicos. En ese entonces tuve la suerte de conocer a fondo a mi amigo Comaleras y la desgracia de que apareciese en mí el asma que me acompaña, ayudándome a formar la molesta entidad del Gustavo S. Bordenave de la actualidad. Los médicos ni yo, la conocimos al principio, y se creyó que era una notificación de la muerte, que me dijera con tan extraño lenguaje: “Gustavo S. Bordenave, a usted me lo llevaré tironeándole del corazón”. Una tarde pasaba de mi despacho a la tesorería, cuando me topé de manos a boca con Nicanor.
—¡Hola!... ¿Tú, por acá?...
—Sí, mi querido amigo. Acabo de ser jubilado en la policía, y como no puedo acumular dos sueldos nacionales y he menester de aumentar mis entradas porque me he quedado viudo y sin hijos y mis necesidades han crecido por consiguiente, tenderé mis líneas aquí, en la municipalidad... El intedente, que es amigo, correligionario y pariente, me quiere ayudar... ¿No sabes de alguna vacante a producirse o que sea fácil producir?... Con placer sería tu compañero.
—No lo serías por mucho tiempo... exclamé imprudentemente.
—¿Por qué?
—¿Pero, qué, no ves?... ¡Si me estoy muriendo del corazón! Los médicos ya me han sentenciado, che!
—¿Qué me dices?... ¡Pero si parece mentira! ¿Y tienes buen sueldo?
—¡Cómo no!
Y le declaré todas las peculiaridades de mi empleo, confiándole hasta ciertas facilidades que tenía para aumentar mis entraditas, con sólo crear pequeñas dificultades en las tramitaciones. ¡Pobre Nicanor!... ¡Cuánto y cómo se contristó y hasta dónde llevó su interés por el viejo amigo que les habla en estos momentos verdaderamente solemnes! Dos días después, el intendente se dignó llamarme a su despacho y con esa seguridad envidiable que da la superioridad jerárquica, me dijo, casi tuteándome:
—Vea, Bordenave... Me han dicho que usted está muy enfermo del corazón y deseo conocer la verdad... Tengo un amigo a quien quisiera servir y no me gustaría defraudar sus esperanzas, prometiéndole algo que no le cumpliera... Se trata de un amigo suyo... de Nicanor Comaleras, ¿sabe?... Me ha informado de que usted es casi un cadáver y me ha pedido que en caso de quedar vacante su empleo, él desearía que se lo acordara y como el pobre es tan bueno y tan amigo, quiero servirlo... Vamos a ver, ¿qué le han dicho los médicos?
—Dicen, señor, que parece haber algo cardíaco y me han recomendado resignación...
—¡Ah, bueno!... ¡Entonces no hay vuelta, Bordenave! ¡Mire! Voy a decirle a Nicanor que espere el desenlace y que esté seguro... ¿no le parece?... Así conciliamos todo...
Y con esa oficiosidad que tan bien sienta en un subalterno, sea cual sea el ítem del presupuesto que llene con su modesto nombre, le pedí disculpara si obstaculizaba en cierta manera sus deseos.
Desde ese día, Nicanor concurría asiduamente a mi despacho y yo conocía en su voz y en su actitud el interés que le inspiraba mi salud, apresurándome a informarle sobre ella, sin exagerar su gravedad, como podría pensarse que pudiera hacerlo, a haber temido que el candidato, viendo que la muerte no se apresuraba a coadyuvar a sus fines, hiciera fuerza para que su pariente y correligionario lo auxiliase por uno cualquiera de los tantos medios a su alcance.
Tuve que ser muy discreto para no hacerme sospechoso a sus ojos de amigo celoso, y recién cuando su pariente y correligionario dejó de ser mi superior, me atreví a irle informando poco a poco de mi mejoría, así como también de que los médicos habían descubierto que yo no era un cardíaco sino un asmático.
—Es igual, ahora... me contestó con aquel tonito dulce que era una de sus peculiaridades, ¡es igual!... El nuevo intendente que ha entrado es mi adversario.
No le volví a ver sino de tarde en tarde, pues se ocupó en otra clase de asuntos y poco a poco fuimos dejando hasta de saludarnos, a medida que yo iba recuperándome...
Ha muerto, el pobre, sin que yo pueda saber, a ciencia cierta, si allá, en el fondo de su espíritu, floreció alguna vez alguna sospecha respecto a mi sinceridad cuando le informaba sobre mi salud y poder vindicarme a sus ojos y es por ello que he venido con gusto a su entierro, buscando la oportunidad de declarar, como declaro ante sus amigos, ya que no puedo hacerlo ante él, que Gustavo S. Bordenave fué leal y honrado en sus informaciones y que por ser cristiano y acatar la voluntad de Dios, no lamenta haber defraudado las esperanzas que él abrigara a su respecto...
—Agradecemos, señor, dijo Cabira, sus amables y espontáneas declaraciones, y yo, le manifiesto, sin temor de ser desmentido, que reconocemos en el procedimiento que usted nos ha descripto la caballerosidad y delicadeza de aquél que ya no es más ¡sino un recuerdo!
ENTRE DOS COPAS
—¿Y me van a mandar nada más que por ebriedad... ¡Bueno!... ¡Perfetamente! ¡No m'importa!... Yo no soy el primer criollo que se mama el veinticinco y tampoco'e ser el último y no tengo vergüenza de haber solenisao el día de la patria, no señor, no la tengo... porque gracia's'a Dios no soy hijo e gringo y me acuerdo de qu'esta tierra es la mía...
—Mirá, che, bajá la prima... y si no es otra cosa lo que tenés que decir, podés ir aprontando tu linyera... ¡Estás despachao!
—¿Despachao?... ¡Perfetamente! Para eso tenemos patria, caray!... Pa que uno no pueda festejar los aniversarios gloriosos sin permiso'e la autoridá... Había e bajar San Martín a ver lo qu'están haciendo... ¡Junaperra!... Le quisiera ver la cara al viejo cuando dentrase a una comisaría—como yo aura, pinto el caso—y se topara con que ya ni siquiera se respeta al nieto e su asistente Martínez!...
—¡Loco lindo!... ¡Así me gusta un criollo!... ¡que muera borracho, pero cantando el himno nacional!... ¿Sabés qu'estoy por largarte?
—¿Largarte?... ¿No ve... En esa costubre'e tutiar a cualisquiera por desconocido que sea, s'está viendo que usté's de casta estranjera!... P'cha ¡qu'es confianzudo el gringo y entonao, másime si tiene mando, ¿no?... ¡Mire!... Así a'nde me ve a mí, así, medio mal pergeñao y hasta tirando p'al Veinticuatro'e Noviembre, por haber solenisao la fiesta'el veinticinco en mi patria, siendo como soy decendient'e prócer... sepasé que lo h'echo con la plata'e don Bartolo y que cuando él nos la dió para que tomáramos una copa era porque quería que los de La Diana'e la patria, l'hiciéramos un honor a la bandera!... ¿A que usté con ser quien es y hasta tutiarlo a Roca si se le pone a tiro, no ha tenido nunca semejante voz de mando ni lo han obedecido con mayor satisfacción!... ¡Convenzasé, señor, pa mandar como se debe... ¡Don Bartolo!
—¿Sabés, che, qu'en medio e tus locuras te dejás cair despacito, pero con cierta elegancia y que m'estás interesando?... ¿Y luego qué es eso La Diana'e la Patria?
—¿Qué, no sabe?... Es una sociedad que tenemos pa saludar a los patriotas de la seción. ¡Si hemos andao toda la mañana meniandolé al tambor y a los clarines!... Somos tres... Peraira, que cuenta cuentos pa los fonógrafos y se queda ronco de hablar sobre unos cilindros, imitando a Juan Moraira; el ñato Gutiérrez, más conocido que la ruda y yo, qu'he sido tambor del tres... Hoy, conforme aclaró, nos metimos en la casa e don Bartolo y l'echamos un redoble qu'era como pa bailarlo y áhi no más ya salió uno de adentro y alcanzandonós un diez nos dijo qu'el general nos lo mandaba pa la copa... ¡a la cuenta tomandonós por veteranos!... ¡Qué veinticinco ha sido éste, señor!... ¡Como pa que no l'olvidemos! De orgullo y de satifación me pasé de pato a ganso... ¡y aura tengo que pagarla!
—Pero, pa vos, che, todo el año es fiesta patria... ¿Sabés cuántas entradas tenés?...
—¿Y usté sabe, señor... cuántos días gloriosos tenemos los argentinos?... ¿Inora la historia d'esta patria?... ¡Hay que cumplir con los mártires y el entusiasmo arrastra, señor! Yo he sido empliao como guardián en el Museo Histórico, ¿sabe?... Allí, en Lezama... ¡Bueno!... ¡En ese oficio alquirí este vicio'e los festejos a los que murieron por nosotros, y ya ve ande me lleva la historia!
FLIRT
—¡Y así no más ha sido, pues!... ¡Te has chasqueado, prima, porque sos todavía inocente a pesar de ser tan viva... Mirá...
—¡No me digás, che!... ¡Si los hombres se han puesto muy canallas en esta ciudá y ya no respetan nada!... ¡No me digás!
—¡No creas!... Aquí, como en todas partes, los hombres respetan lo que deben respetar y nada más... ¡Mirá!... Las mujeres, a tu edad, pocas veces saben contener su coquetería en los justos límites de la prudencia. Descienden del trono en que son reinas, gustan arrastrar su vestido en la vereda plebeya y cuando ésta, que no es la impecable alfombra de tu sala, se los ensucia, se indignan... ¡Esto sí qu'es lindo, che!
—¿Te parece?
—¡La pregunta!... ¡O sos muy ingenua, prima, o me tomás por pipiolo... ¡a pesar de mis pesares!
—¡Pero si ha sido un atrevido conmigo el tal García, que parecía un hombre decente... un caballero!... Figuráte que salgo para casa de mamá y en cuanto doblo la esquina, se me pone al lado como si yo fuese una mucamita o una cocinera e intenta emprender conversación... Es un indigno, un changador, un cualquiera...
—Convenido... ¡Un cualquiera!... Ése es el término... ¿Y para qué lo mirabas cada vez que pasabas por delante de su tienda, desperdiciando en ese insignificante la incomparable luz de tus ojos?... ¿Es posible que halague tu vanidad de mujer linda y elegante la babosa admiración de un tenorio de trastienda? Vaya aprendiendo, prima, vaya aprendiendo... y sufra las decepciones consiguientes y aguante que el almacenero de la esquina, el lechero, el carbonero y tutti cuanti, crean que ella, la reina de las flores, es la consentida del tendero... y de envidia por la suerte de éste, pretendan deshojarla y repartirse entre todos sus despojos!... Y no te admire que hasta el mismo barrendero haya soñado alguna vez, mirándote al pasar, ¡que su escoba pudiera transformarse'n abanico!
—Decí todo lo que quieras, che... pero yo te aseguro que los hombres son muy cochinos... Bien decía la otra tarde mi tía Petrona: “!Querés crer, m'hijita, que hasta'mí me dicen cosas todavía...!”. “Al pasar una bocacalle, un pillastre me ha echado una miradita qu'era un chorro de agua caliente y me ha dicho que las flores más lindas eran las violetas... ¡que nacían solamente en el invierno!”.
—¡Otra que bien baila, nuestra, tía!... ¿Qué me contás? ¡Con que a pesar de su medio siglo y de su tos, todavía se queda en la cancha!... Oye, prima... ¡no seas mujer como las demás! Abrí tus ojos encantadores a esta hermosa luz de nuestra tierra, madre de mujeres tan lindas y tan... ¿cómo te diré?... tan criollamente orgullosas y tan suavemente picantes...
—Mirá, primo... ¡estoy hecha una tigra!... Este canalla de atrevido me ha puesto nerviosa y no sé por qué me parece que me ha ofendido... ¡Siento como una quemadura!... Me parece que me hubiesen rebajado y que fuera una de las enanas del San Martín, y tengo asco, y rabia... y hasta ganas de encerrarme y no pisar más la calle... El mundo, che, s'está poniendo como para dispararle!... Ya no se puede ni mirar sin que alguno se crea adorado...
—No te pasés, che, no te pasés y no des crédito al piropo que l'echaron a tu tía... la modesta flor fragante que la escarcha esmalta en el rincón olvidado del jardín... No pensés en la tumba ni el convento, por que un tendero enamorado tendió bajo tus pasos su capa de tenorio... Pisala y... adelante con los faroles y si t'he visto no me acuerdo... Abrí bien los ojos y mirá a tu alrededor y ve aprendiendo a conocer los instrumentos que suenan para ti la marcha triunfal de la vida... y no los confundas a unos con otros, tomándolos a todos por bombardines plebeyos...
—¡Qué mi primo... éste! Decime, che... ¿darán pronto en algún teatro el “Cyrano de Bergerac”?...
—Tal vez... ¡A mí no me interesa!...
—¿No?... ¿y por qué? ¡Es un drama tan lindo!...
—¡Qué me vas a decir lo qu'es Cyrano, prima? ¡Si casi lo he'scrito yo!
LOS TIEMPOS DE AURA
—Decime, che... ¿No tenés vergüenza de venir a tu casa a las diez de la mañana, después de haberte pasao la noche perdido quién sabe en dónde?
—Mirá, Diolinda... ¡tené cuidao, hijita!... Ya sabés que la lengua rompe güesos... Y aura, permitime que t'esplique en lo qu'he andao pa que veás que Juan Antonio Gutiérrez sabe lo qu'es matrimonio y respeta los mandamientos...
—Lo que sos vos no morís ahorcao si te dejan hablar... pero esta vez no me vas a venir con las mentiras de siempre... ¡Ya me tenés hasta los ojos!
—¡Diolinda! Oí la voz de tu marido y dejat'e macaniar... ¿Sabés en lo qu'he andao?... Es un secreto, ¿sabés?... Cosa e la política...
—¡Bueno!... ¿En qué has andao?... ¡Vamos a ver!
—¿A ver?... No, che, ¡que ver ni ver...! Apenas que te haga relumbrar de que tal vez seás mujer d'empliao cuando menos lo pensés... He pasao la noche en casa e Simón Ravena, ¿sabés?... el qu'era cochero e Pellegrini y hemos charlao de todo...
—¿Vos charlando con Pellegrini?... ¡Borracho!... ¡Canalla!
—Mira, Diolinda, no te olvidés de tu caráter, haceme el favor... Yo no t'he dicho que haiga pasao la noche con el dotor sino con Ravena. ¡Entendé!...
—Y ¿quién pagó las copas?...
—¿Ve?... ¡Éstas son las mujeres, caray!... ¡Una piedra que uno lleva atada en las patas!... ¡Y suba usté con semejante tramojo!... ¡Mirá! No me quemés la sangre, che, y andá arregláme la cama... ¡Es mejor!
—¿Que te arregle la cama?... ¡No te la'reglás vos con toda tu alma, perdido, embustero!...
—¡Bueno! ¡Mirá! ¡Calmate!... Te v'y a contar, pa que no se te reviente la yel con la curiosidá... Estamos formando un clú, ¿sabés?... un clú de hacha y tiza, p'agarrar empleos y p'armarnos como caiga... No te creas que yo he dentrao, llevao como mono e gringo, ni porque tenga cara linda, sino por mis cabales... ¡Soy del grupo, diretivo ¿sabés? de los que van en la punta, de los que tallan, m'hijita!... ¿Y a qué no adivinás a quién le debo mi suerte?... ¡Qué vas a adivinar!... ¡Se la debo a la lengua, che, y a naide más! Figuráte que dentro ayer al caf'e Manolín y conversando con un amigo me cuenta qu'en el gobierno andaban dando empleos a todo el que hablaba mal de la autoridá, porque querían prestigiarla... ¡Claro!... ¡Ahí no más ya l'empecé a sacudir cada chaguarazo desde Roc'abajo a todo el que caía a tiro!... ¡Pa mí no había congreso, ni ministros ni nada y vivíamos como entre los indios, pensando solamente en la barriga!... Habías de ver el efeto, che, ¡fué bárbaro!
—¡Claro!... ¡Te pegaron alguna patiadura!
—¿A mí?... Pero, che, ¡avisá si estás durmiendo y no tentés si querés morir de antojo!... Ni bien me oyó Ravena se me acercó y le comenzó a sacudir a Pellegrini porque lo había despedido... Y ya seguimos como bicicleta, che... y de áhi ya salimos pa l'Aduana y pa los corrales y pa todos laos... Y aquí me tenés de vuelta y con la garganta seca!
—¡Bueno!... ¿Pero dónde'stá el empleo?
—Pero, ¿no has entendido entonces?... ¡Hemos formao el clú pa'blar mal del que caiga y ya somos once juramentaos! Hay uno que dice qu'él no se calla si no lo hacen por lo menos diputao y que va'blar de Roca hasta que l'oigan los sordos y yo... ¡no te digo nada!... Yo v'y a ser el vengador de mi generación, che, que a causa'e Roca y de sus paniaguados, se ha tenido que refugiar en las confiterías pa'cer algo, porque en el gobierno no le daban calce... ¡Y aquí me tenés aura, encajao en la política y dispuesto a salir de pobre!... ¡Mirá, yo, de cortar e'cortar grande!... Si Roca quiere que nos callemos Ravena y yo, o nos hace guardacostas o diputaos y si no, lo desprestigiamos ante la sociedá y lo hundimos... no te quepa duda, Diolinda... Hoy, como decía el pardo Ramírez, pa subir hay que hacer escalera de la lengua y nosotros no seremos los primeros, ni los inventores del sistema, pero no hemos de ser los últimos... ¡No te murás, Diolinda, y verás dónde llegaremos los que aura crés vagamundo!...
—¿Vas a seguir todavía?... ¡Mirá, mejor es que te callés y te vas a dormir la mona!... ¡Sinvergüenza!
—¿Que me calle? El día'el juicio... ¡y a la tarde!... ¡Dejá correr el tiempo y verás adónde llego, che!... Aquí el tiempo no es de los mudos como en Uropa, Diolinda, y al que charla le hacen rai!...
TIRANDO AL AIRE
—Mire, don Antonio, que la muchacha lo quiere... Yo sé lo que le digo... ¿No ve que yo m'he fijao en lo que hace y que ya no soy una nena que se chupa el dedo?... Cuand'una muchacha como ella, tan señorita—porque no es porque sea sobrina de mi marido, pero es muy señorita—dentra a no encontrar nada que le venga bien y hasta echa p'al diario la pollerita'e dominguiar, no le quepa duda de qu'es porqueanda interesando...
—¡Así sará!... Ma... ¿qué quiere que le dica?... Io ho pavura de tute le donne dil paese!... ¡Ho visto tante purqueríe!... E dopo... ¿cosa saco io con tuto cuesto de l'inamoramiento?... ¡Macana!
—¿Cómo qué saco?... ¿Y qué quiere sacar? ¿Cre qu'el amor es alguna lotería?... ¡Mirenlón al hombre!... Gringo había'ser para ser interesao... ¡Si quedrá que le paguen también por tomarle el pulso!... ¡Habráse visto insolente igual!
—Ma... dícame un poco!... ¿Io me ha metido con la muchacha?... ¿Non e propriamente lei qui si venga in garpone e me fa di cuele murisquetite con il vestito... cosí e cosí... sorridendo e guardándome con cueli oquione safao e fachéndome ina cusquillería de la gran siete, proprio como si io fose di leño?... ¡Mira!... ¡Ho pasato con cuela donna la piú dificoltá de tute le ore di la mía vita!... ¡Bisogna habere ina forza dil diávolo per esere sicuro con cuela birbanta di mochacha qui fa bruchare il sangüe in cuel garpone maledetto!... E no e cuesto tuto l'affare, ¿sapete?... Dopo ha incominchato ina conversaziones con cuela maniera cosí simpática e cosí calda qui ha de parlare... e ma'fatto venire in cane di filo tremendo!... Propriamente, io, non sono ancora un vequio formone mellato e tanta afiladura m'ha fato diventar capace di farle la barba a lo stesso archivescovo... Io vi dico que cuesto non e vita, mía cara siñora!... Io non so buono per sofrire tuta cuesta bruchatura in corpo e restarmi cosí trancuilo. ¿Sapete bene?... Dun Antonio e dun Antonio, ma per cuesto non e il santo di suo nome!