INTRODUCCIÓN FRAY MOCHO (continued 3)
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—¡Bueno!... ¿Ve?... ¡Eso es amor!... Al fin me ha confesao la partida!... Como lo ha dicho muy bien, usté no es todavía un formón mellao y así le decía yo a la muchacha: “no te aflijás, m'hijita, el hombre es extranjero, pero te ha'e saber entender”...; y ya ve cómo no me había equivocao... ¡Una muchacha como ésa no es de desperdiciar, don Antonio!... ¡Buena como el pan, hacendosa, ahorrada... y linda com'una bendición!
—¡Ma... vedi... tuto cuesto mi guasta l'anima, per Baco!... ¡Cuesto e l'afare!
—¡Pero y si ella no le es indiferente y usté'stá seguro de que lo quiere, como que por usté dejó al escribiente aquél de la comisaría que le andaba arrastrando l'ala!... ¡Casesé!... ¿Pa qué andar con vueltas?
—Ma... cuesto e l'affare, mía siñora... io sono amollato da chincue ani in Italia...
—¿Casao en Italia?... ¡Gringo pillo!... ¡Mirá con la que venís a salirnos aura!... ¡Esto sí que se llama llevarse un chasco!... ¿Y por qué no hablaste antes, gringo condenao?
—Io voleva vedere... cosa facheva l'amore miracoloso... Ma... tute le donne hanno la estesa maniera di pensare... l'amore e il matrimonio... e niente altro...
—¿Y qué más querrá este condenao?... ¡Se necesita ser un gringo afilador pa crer que una muchacha como mi sobrina sea capaz de fijarse en él si no es pa casarse!... ¿Pa qué estarán los criollos?... ¡Aura mismo le voy avisar al escribiente que no habías sido lo que parecés... ¡condenao!... ¡Si hasta facha e'criminal en tu tierra te estoy encontrando... verás con quién te has metido a tirar tiros al aire!...
LA CAZA DEL CÓNDOR
Una hora hacía por lo menos que callaban nuestros fusiles y, sin embargo, los cóndores, desconfiados como coyas, revoloteaban todavía alarmados. Los pocos que se habían asentado en la falda del lejano cerro frontero se paseaban parsimoniosos y serenos, aunque evidentemente inquietos, a juzgar por el movimiento de sus calvas cabezas rojas y por la presteza con que ensayaban tender el vuelo cuando un ruido insólito llegaba a sus oídos o un detalle sospechoso velaba la nítida visión de sus ojos claros y penetrantes, que atisbaban, sin parpadear, la entrada de las grutas misteriosas y la sombra traidora de los peñascos o del medroso malezal. Recogida sólo a medias el ala diligente, caminaban ceremoniosos y graves, erguida la cabeza descubierta, como enlutados caballeros medievales, que en justa de apostura, lucieran su garbo y su donaire. Cada vez que se detenían, estirando el cuello, como ansiosos de recoger en el oído, para descifrarlo, el enigmático lenguaje con que les hablaba el monte y la llanura, parecía que tal no hicieran, sino mutuas cortesías reverentes: la tizona obediente a la presión de la mano sobre el pomo, alzaba en la contera la extremidad del manto caballero, las golas ondulaban con coquetería y las espuelas chirriaban acompasadas. Y desde el ras del suelo hasta donde el ojo alcanzaba en el infinito azul, se les veía: ya escoltaban rápidos y nerviosos la blanca nube pasajera que impulsaba el viento, o ya, sin batir el ala, describían un círculo fantástico sobre la masa obscura de las sierras, cruzando juguetones las anchas fajas luminosas en que el sol reía placentero.
—¿Usté cré que sólo le malicea a la oscuridá, señor?...—dijo con su acento característico el viejo gaucho cordobés que nos acompañaba.—¡No crea!... El cóndor es un pájaro muy astuto... Desconfía más del sol que de la sombra y a'nque puede mirarlo sin pestañar, se le hace que a contra luz s'escuende un enemigo y por eso pega la vuelta pa ver de todos laos... Sabe qu'el hombre es artero y que se lo ha de madrugar si le da un cabe...
—Pues si todos dan el cabe que han dado éstos, los cóndores morirán sólo de viejos.
—¿Ha visto cómo le matrerean al plomo, señor? Y eso que las balas son p'al cuero d'ellos como son p'al mío estas espinas de amor seco... Lo que les dentra lindo es el cuchillo...
—¡Cómo no!... Y el dedo en el pico les ha de entrar mejor... quizá.
Y convenimos, después de mucho conversar y sostenerme el viejo que “pa cazar el cóndor más valían las mañas que los fusiles”, en que al día siguiente cazaría para mí un cóndor vivo y que si ello sucedía, yo cambiaría su posesión contra cincuenta pesos.
—Cácelo ahora... ¿Para qué esperar hasta mañana?...
—Hay que hacer aprontes, señor... y además, el cóndor en ayunas no es tan fortacho... Al finao mi padre, qu'era de la gente de antes, cuando no había aquí en las sierras rifles de largo alcance como hay aura, le gustaba cazar los cóndores a mano... a lo indio... y sabía obligarlos a suicidarse...
—¿Y usted no le aprendió la receta?...
—¡Vaya!... ¿Y cómo no?... ¡Si es facilísimo!... No hay más que decirles una palabra en la oreja y ya'stá... Mañana de mañanita lo verá...
Y al día siguiente tuve ocasión de presenciar asombrado, el extraño espectáculo de una lucha singular entre la astucia y la fuerza, en aquel vasto escenario de las sierras, que alumbraba el sol naciente.
Llegamos a una quebrada pintoresca y dimos con un viejo mancarrón que pastaba tranquilo, discurriendo goloso entre el perfumado pastizal serrano.
—¿Ve?... Ese mancarrón, señor, me v'a servir pa carnada... ¡Ya verá cómo cain los cóndores al olor de la sangre y cómo los asonsa la gasusa e la madrugada, castigada por la vista e la grasita!
Entre el viejo y sus dos hijos degollaron el mancarrón inservible, le abrieron el cuerpo, extrayendo las vísceras, para dejar una buena cavidad, y le quitaron a medias la piel, tapando con ella, arrollada, la entrada de aquélla, entre la cual se deslizó el cazador, diciéndonos mientras se acomodaba, disimulando su presencia:
—Aura, vayansén pa la cueva, que los muchachos conocen y abra el ojo, señor, ¡pa ver una cosa linda!... ¡Escuendansén bien, che?... ¡Ya saben lo linces que son estos condenaos... y apurensén pa'yudarme conforme me vean parao!... ¡Voy a cazar el más grande!
Apenas estábamos instalados en nuestro escondite, cuando, apareció en el cielo un enjambre de puntos negros que a medida que avanzaba iba aumentando en volumen y en cantidad: parecía que los cerros enteros, desmenuzados, andaban en el aire. Los cóndores, majestuosos, volaban en círculo. Ya venían apresurados, batiendo el ala con presteza, o ya, serenos y como inmóviles, se detenían sobre el punto donde yacía el mancarrón y descendían rápidos a posar la garra acerada sobre el desmedrado costillar, o peleaban dos rivales, rezongando, por adueñarse de la cabeza, que parece ser bocado suculento, mientras otros hacían presa en las vísceras sangrientas y se las repartían a tirones. De repente un ruido formidable apagó los roncos graznidos entrecortados, se oyó un soplo de huracán, y al correr hacia la res vimos el enjambre gigantesco aletear desesperado para alzar el vuelo, impulsando el cuerpo remolón, mientras, allá, sobre el costillar casi pelado ya, forcejeaba por escapar a las manos hercúleas que sostenían sus patas negruzcas, un cóndor enorme, que el viejo cordobés sujetaba, sin salir de su escondite, temeroso a las injurias del pico sanguinario.
Pronto los mocetones hicieron presa en el cuello y en las alas, y con grave escándalo del enjambre que voltejeaba graznando sobre nuestras cabezas, quedó el cóndor como estaqueado. Era un magnífico ejemplar, que hedía a carroña y cuyos ojos fulguraban iracundos...
—Ya ve, señor, cómo más valen las mañas que los fusiles... Y es grande el condenao... Con razón por poco no me levantaba...
—¿Sabe que esto se llama hazaña, viejo?...
—No tanto, señor... pero los muchachos no hacen esto todavía... Y aura lo hagamos suicidarse a este roñoso... ¿no le parece?
Sacó el viejo una lesna del bolsillo de su tirador y al propio tiempo que traspasaba con ella ambos ojos del enorme pájaro de presa, los mocetones lo largaron...
Corrió un trecho, graznando de dolor y luego se remontó casi recto, siguiéndolo nuestra vista entre el enjambre de sus compañeros, que revoloteando en círculo lo rodeaban curiosos, pero que él no atendía y así se perdió en el infinito azul...
—No crea que v'a dir lejos... Aura, lo que se vea ciego, se descuelga desde las nubes a cuerpo muerto y se destroza sobre las piedras...
Y así fué. De repente lo vimos caer pesadamente, allá, en la lejanía brumosa de los cerros desiertos.
COMO EN FAMILIA
—Dígame, che... ¿usté tiene compromiso pa carnaval?
—¡Cómo no... señor!... Soy suplente quinto de la comparsa e Los Artesanos Florecidos y tengo un solo en el valse... ¡que da calor!
—¡No, hombre...! Le digo con el carro... Yo se lo contrataría pa los tres días y el entierro... ¿sabe?
—¿Pa dir al corso?... Vea, señor, pa que lo v'y a engañar... solamente muy bien pago dentraría por el aro... Al patrón no le gusta que los carros trabajen d'estraordinario... y después los caballos ¿sabe?... ¡sufren mucho!...
—Dejate de historias, che, y cantá claro... ¿Cuánto querés?
—Fíjese qué carro, señor... ¡Parece un coche!... ¡Y si viese qué yunta!... Ese malacarita, así como lo ve, con ese airecito e'dormilón, tiene un pecho y un arranque tremendo... ¿Conoce la barranca e'Santa Lucía?... ¡Bueno!... Aquello de qu'él para la cola y amoja las orejas es como p'acerles pito a los cuartiadores... A ese caballito lo quiso comprar vez pasada un amigo e'don Bartolo pa regalarseló p'al coche, pero no nos arreglamos... Esa gent'el gobierno, amigo, cuando es pa comprar con su plata, tiene más maña que gringo verdulero...
—¡Bueno!... ¡perfectamente!... ¿Pero cuánto querés?... Ten'en cuenta'ntes de pedir, che... qu'el malacarita parece qu'stá refriao y fijate qu'el de las varas tiene cara de aburrido.
—¿Refriao el malacara?... ¡No embrome, amigo!... El caballo es sano de pies y manos y eso que usté le'stá tomando por tos, es pura compadrada... Se compon'el pecho como avisándole al otro de que no le gusta lo que hablamos... ¿Quiere dar ochenta pesos?
—¿Ochenta pesos?... ¡Vos te han cáido de la luna, che, no te quepa duda!... ¡La gran perra!... ¡Si tenés novia no le arriendo las ganancias con ese modo e pedir!
—Pero, mire, señor... saque la cuenta! Es a vainte por noche... y no le pong'ora pa'acabar... ¿Que más quiere?... Fijesé qué pingos y no se olvide de que yo v'y a tener que privarm'e la comparsa y de qu'es casi'a la fija que me v'acer disfrazar...
—¿Querés sesenta?...
—¿Van a dir hombres solos en el carro?
—¿Y te crés que pa llevar machos v'y a gastar yo ese montón de plata?... Es pa la comparsa e “Las Moscas de San Cristóbal”...
—¡Ah!... ¡No señor!... ¡Qu'esperanza!... No rebajo ni un peso... ¡Mirá, llevar moscas nada menos qu'en el carro! Me van a volver loco los conocidos gritandomé zafadurías... ¡y eso no lo aguanto de upa!...
—No hablemos más, entonces... Yo, amigo, ofrezco lo que puedo y si no conviene... ¡paciencia!
—Vea... deme setenta y cerramos el trato... V'y a quedar con los Artesanos más pior que mantel de fonda...
—¡Pero vas a quedar con Las Moscas como vidriera e confitería!... ¡Si vieras qué gente la que forma la comparsa, che!... Tu carro v'a ser un cielo y lo vamos a'dornar como si fuese un altar... ¡Ah!... ¡Mirá! No te vayás a olvidar de darle pasto a la yunta... ¡Hacelo por la comparsa!
—¡Ni me hable!... ¡Ya verá quién es Molina sentandosé'n el pescante!...
—Y ya verás las muchachas... diablitas, ¿sabés?... ¡pero de aquéllas que no erran!... ¡Ya oirás los tiros!...
—Pues amigo... digalés que no apunten pa este lao, sino quieren que venga la policía... ¡La gran perra! Si se me hace que hasta el mismo malacara s'está riyendo e contento, pensando que ya me ve trenzao con el mosquerío!
DESERTOR
—¡A ver!... No me vengás con sonatas, che... ¡mirá que yo conozco a los rengos hast'en el modo e toser!... Y aura... contestá derechamente si sos vos o no sos el tal Antonio Rodríguez, alias La Catanga Chica...
—¿Pa qué se lo v'y a negar?... Yo soy Antonio Rodríguez... pero en cuanto a lo a Catanga no sé que me conozca naides por apodo semejante... a'no ser el gringo Tavolara, qu'es el que me ha denunciao, mostrandosé com'un chancho... ¿Pero a mí que se m'importa si no somos ni parientes?... ¿No le parece, señor?
—¡Bueno!... Piden tu captura desde Barracas y dicen que te han de hallar con pantalón de arpillera, muy ajustao... vestido de dominó y tocando l'acordión...
—¿Tocando l'acordión, no?... ¿Y con pantalón de arpillera?... ¡Perfetamente!... ¡Y así me han hallao!... ¿Y qué gana con eso Tavolara, vamos a ver?
—En el pedido de captura no figura Tavolara...
—¿Y qué v'a figurar, si él no es naides?... ¡Si es apenas un miserable zanahoria!... El que ha e pedir la catura ha e ser un tal Natalín... un gringuito colchonero, bajito y medio cecioso... qu'es el dueño e la comparsa de que yo me deserté...
-¡Ah!... Es por asunto e comparsas...
—¿Y si no?... De qué otra cosa v'a ser, siendo, como es, Carnaval... Yo'estaba los otros días en el caf'e doñ'Anita, cuando dentró Tavolara pa proponerme un negocio... Mirá, Rodríguez, me dijo... porque lo qu'es de Catanga no me trata ni mamao... tengo encargue de buscar, pa que haga yunta conmigo, un mozo, así, de tu altor... Es pa formar un camello, ¿sabés?... en esa comparsa e fieras que saca todos los años don Natalio Pestagali... ¡Claro!... Le rechacé la propuesta casi sin esaminarla, dijera el manco Centeno... pero él siguió machacando... ¡No se puede figurar lo qu'es el tal Tavolara de terco y de tesonero!... Mirá, hermano... no sabés lo que perdés, me decía ... Natalín es generoso y si hacemos buena yunta pa formar el animal, nos v'a largar vainte pesos... sin contar las convidadas... Y, fijate... Vamos a poder dentrar hasta en él al de La Prensa.
—¡Ah! ¡Ah!... ¿ Vos eras, entonces, uno d'esos animales qu'iban llevaos por un persa?...
—No... Yo no era un animal entero sino apenas la mitá y la otra era Tavolara, que formaba cuestión... porque como yo soy más alto, tenía que caminar con el pescuezo encogido y cuando no perdía el paso, me olvidaba de un meneo pa la cola, la cabeza y las patas delanteras... D'eso nació la que me habían recomendado y ya sentía los bufidos que pegaba Tavolara y el palo de Natalín que me marcaba el compás, golpiandomé las canillas... Redepente me paré y no quise seguir más y ya se armó el batifondo... Tavolara, en la vedera, formaba un medio camello que parecía sentao y qu'estirara el pescuezo pa verse l'anca vacía, hablando con Natalín, desde abajo e l'armazón, mientras la gente se raia y aplaudía hasta rajarse... ¡Aquello era una comedia!... Al fin cay'un conocido y con él me reemplazaron, pero no s'hizo la cosa por causa e los pantalones, qu'eran d'esos de vidriero... hechos de género azul y con corte de bombacha... ¡Claro!... Les resultaba un camello qu'era una barbaridá... A ver,—dijo Natalín,—dele a éste los pantalones!... ¿Yo?...—le contesé secamente pa aguantar mejor la risa...—¡cómo no!... Aurita me v'y a quedar con las canillas al aire nada menos qu'en el corso... Me ofrecieron cinco pesos y allí no más sobre el pucho, se los rechacé indinao, declarando francamente que si no me daban diez yo no largaba la prenda... La gran perra... ¡qué alegamos!... Pero el gringo no largaba... Al fin cay'un vigilante y yo me les deserté e miedo que me agarrasen pa'cerme algun'echuría sin pagarme ni un centavo...
—¡Bueno!... ¿Y cómo siguió el camello?
—¿Y yo cómo v'y'asaber?... ¡S'iría de patas azules y tranquiando despacito, como quería Tavolara pa lucir su habilidá!...
LA YUNTA DE LA CUCHILLA
A medida que el galope de mi caballo me acercaba al rancho que ocupaba la comisaría, desmantelado y miserable a pesar de su carácter oficial, mis pensamientos se modificaban.
—¡Malo!... ¡Malo! Rancho en que no se ve ni un arbolito y donde los postes del guarda-patio y del palenque los han rajado en pie para quemarlos, no puede ser cosa buena... Mejor sería quizás que pregunte por alguna pulpería del pago y me vaya a alojar en ella... Aquel tape barrigón que está debajo del corredor chupando su mate y mirando como le rasquetean el caballo, ha de ser el comisario...
—Buenos días le dé Dios, señor...
—¡Buenos!... Apéese si gusta, amigo...
—Mil gracias, señor... Vengo únicamente para preguntarle si no hay por aquí alguna pulpería donde poder hacer noche...
—¡Cómo no!... ¡Che!... ¿Rodríguez?—exclamó dirigiéndose el que rasqueteaba el caballo, que con su atuce en redondo, su cola al garrón y sus uñas recortadas con coquetería, estaba indicando a las claras que era parejero de comisario, o lo que es lo mismo, pingo que no perdía carrera a no ser que al dueño afortunado le conviniese.—No t'he dicho que no me lo rasquetiés así ¡con mil demonios! ¿o tenés ganas de dir a parar al cepo?... ¡Avisá si te anda pidiendo el lomo!... ¡Sí, señor!... Allisito en aquella cuchilla, hay una pulpería de unos gringos... pero es una yunta de desconfiarle... Ya se ha'blao de pasajeros desaparecidos y son cuatrerísimos y como zorros pa las gallinas ajenas... ¡Así tamién v'a ser la cepiada si yo los agarro en una!... ¡Che... Rodríguez!... ¿Cuál de los dos gringos de la pulpería es el que dicen que se comió una familia en Italia?
—¡Parece que fué el grandote... comisario!... Del otro, del peticito, tamién se dice qu'está condenao a muerte... pero nosotros no tenemos requisitoria de ninguno...
—¿No ve, señor? És'es el escribient'e' la comisaría y conoce el pago mejor que yo, que recién he dentrao a este servicio... ¡Che! ¿Rodríguez?... Ese caballo está entumido, me parece... ¿A ver?... ¡Hacelo andar!... Afloja una pata, che... ¿o es ilusión mía?... ¡Ah! ¡No es nada!... ¡P'cha que le tengo miedo a un calambr'en esta carrera!... ¡Che!... ¿Rodríguez?... ¿Querés un mate?
—¿Y podré encontrar alojamiento en la pulpería... señor?
—¡Che!... ¿Rodríguez?... Este señor pregunta si podr'hallar alojamiento en la pulpería... ¿Qué te parece?
—¡Cómo no!... Los gringos, saben tener catres pero están hirviendo en chinches... Que haga que le tiendan cama en la carretilla e manos... En cuanto les pida eso, ya van a ver que v'alecionao y conociendo la casa u que, por lo menos, yo sé que allí pernotó...
Las noticias no eran halagadoras y al despedirme del comisario y de su adlátere y seguir al trote por la sendita que cruzaba el cardal naciente, iba pensando en la espeluznante biografía de la yunta. No me asustaba por cierto, el dato relativo a las gallinas ajenas, que me imaginaba asadas con maestría campesina, pero sí lo otro y procedí como me habían indicado.
—No tenga miedo, siñor, de las chinchas... Sun macana d'esu Rodrique del comesario... que ne debe tante cope e ne hace la purquería...
Y la verdad es que el italiano—que era el grandote, pues el peticito parece que se había ido al pueblo—se esforzó en instalarme con comodidad y en distraerme, conversando, hasta que vino un cliente de la pulpería con quien se puso a departir junto al mostrador, mientras yo, que había cenado bien, me estiraba en el catre tratando de dormirme, a la luz amarillenta del quinqué, que alumbraba escasamente el testero de la pieza correspondiente al boliche, dejando en la penumbra la parte trasera, dormitorio de la yunta y de los huéspedes, cuando los había.
Parece que el visitante era un viejo conocido que iba de paso y no había querido cruzar sin saludar a la yunta:
—Allá, en el pago viejo, los extrañaban mucho los vecinos pues los estancieros no hallaban comodidad con los nuevos pulperos y no se explicaban por qué abandonaron ellos el negocio...
—¿Ma... qué queré, dun Casintu?... Tovimo que andar vía... per sunsería de la vita... ¿sabé?... Me sociu Pepín, le dió la garanzia a so compadre l'arcarde García... ¡e le vino mal la cosa!...
—¡Ah!... ¡Ah!.. ¡Sí!... Se dijo en el pago... pero añadieron que usté iba a seguir solo con el negocio.
—¿Solu?... ¡Ma esu sun macane!... Me sociu liquidó so parte e pagó, e dopo me dico que s'iba a changar de pión pa deschalar maíz... ¡Merá un poco eso pión!... On hombre como él, que no e porque sea me sociu, pero que e coracudo come on toro... Yo le dique antonce... ¿Ma qué v'a'cer... hombre? Decasé de macana cun la deschalada de maíz... e vaya drintro a'rreglar la botillas... Osté sabe que Pepín e propio un animale, perdonando la cumparación... Me dico que se ne iba e yo le dique que antonce yo le rompiba arguno güeso, pa que se ne acordara dil socio vequiu... ¡Afigoresé se n'andarse así!...
—¿Y se quedó de socio no más?
—¿E sinó?... Hemo'stau sociu cuande no teníbamo ne un chentavo e allora que yo tengu argún se ne íbamo a separar?... Yo le rompo un güeso se me hace esa purquería... ¡Porque era propio ina purquería!...
—¿Y por qué no se quedaron allá... no más?
—¡Ma... osté se afica! Pepín iba a sofrir on pocu con la pregunta curiosa de lo conocidos... e ne hemo venido aquí.
Y al mirar la enérgica cabeza noble del hombre que hablaba, tuve envidia de su fuerza, pareciéndome que la luz del quinqué alumbraba en esos momentos no la miserable pulpería en que me hallaba, sino un templo suntuoso, levantado al amor y a la amistad, por la inmensa piedad de los pequeños que un día serán grandes...
EN EL BAÑADO
Al paso de nuestras cabalgaduras seguíamos la tortuosa senda que cruzaba el bañado en los días de seca, chapaleando aquí y allá el agua cristalina, conservada como un tesoro por el pajonal, que le cubría celoso con su manto verdinegro, orlado de nenúfares y camalotes.
—¿Sabe que es lindo el bañado, don Pascasio?
—¡Y cómo no, amigo!... Por eso el que cae a estos aguazales no los deja sino con pena, y los que nacieron en ellos y se ausentan, jamás lo hacen para siempre... Volvedor como pato'e la laguna, dicen los criollos... ¡y es verdad!
Tendí la vista sobre el pajonal que ondulaba movido por la brisa y seguí complacido las bandadas de siriríes que se alzaban en montón, dando el alerta con el rumor de sus rápidas alas a las gallaretas y a las grullas y a los pesados ocós que dormitaban a orillas de los juncales, esperando el paso de las mojarras, inquietas y perspicaces...
—¡Mire que tendrá cuentos el bañado, don Pascasio!... Si yo pudiese, me quedaba un tiempo... ¡Ha de ser divertido estudiar las costumbres de tanto pájaro y de tanto bicharraco como hay!...
—No crea que son muchas las clases... Pronto las conocería a todas y después le sucedería lo que a mí, que no distingo los pájaros ni los bichos sino cuando tengo que comerlos... ¡y eso por el olor y la necesidad, porque como decimos aquí “pa boc'hambrienta no hay carn'hedionda!”
—Mire cómo hierven los patos en aquel charco... Fíjese qué colores más lindos... ¡Si parecen bruñidos los cuerpitos y hechos con mosaicos de rubíes, de esmeralda y de brillantes!
—Ésos no son patos sino gallinetas... como quien dijera las perdices del bañado... Comen lombrices y por eso hay algunos que no las quieren aunque sean riquísimas... ¡Vea!... No admiten en su sociedad sino a los cucharones que con sus picos chatos les revuelven el barro del fondo y les descubren la comida... Se dice que son compadres, pero que no se tutean para no darse confianza y tener después que pelearse... La gallineta es ligerísima para comer, pero no abusa de la lentitud de su amigo y le da lugar y tiempo...
—¡Qué precioso aquel charquito de la derecha!... Mire... Parece esmaltado.
—Ése no es un charquito sino un charco muy hondo... Si fuese playo, no andarían en él los cisnes y los patos picazos, que revuelven las aguas profundas persiguiendo los pescaditos... Éstos vienen en cardumen a guarecerse, asustados, entre las malezas de la orilla y por eso están en ella las garzas blancas y los flamencos rosados esperándolos atentos. Todos esos canilludos son haraganes y se aprovechan del barullo que arman en el agua los grandes nadadores o de los ruidosos zambullones de los carpinchos y de las nutrias... En el bañado, amigo, es como en tierra firme... ¡El vivo vive del sonso y el sonso de su trabajo!
Y don Pascasio mirando a lo lejos y señalándome un punto lejano, prosiguió:
—Mire, allá, junto a aquel sauce quebrado que está como cayéndose al agua... ¿No lo ve cubierto por una bandada de biguáes, que son las aves negras del aguazal?... Obsérvelos... Saltan, zambullen, dan volidos cortitos y vuelven a su puesto a sacudir sus plumas, que parecen de azabache y a tragarse cualquier animalejo que haya robado su pico. Fíjese bien y verá, casi entre ellos, pero discretamente apartada... una garza-mora que se tiene sobre una pata, quizás para no cansar las dos, mirando el agua con ojos de codicia...
Según un cuento de aquí, la garza-mora era una viuda muy rica cuya confianza ganó al dandy de los bañados, el Martín-pescador, mozo pobre y haragán, fastuoso en el vestir y cargado de alhajas falsas como un buen jugador sonso, quien inició la testamentaría, repartiendo cargos y comisiones entre sus parientes los biguáes... ¡Claro! Muy pronto desaparecieron los tesoros y la viuda se vió obligada a pleitear con su apoderado, que es un maestro en la chicana.
El juez es el tuyuyú, personaje grave y sesudo que dicta buenas sentencias, pero que no tiene a sus órdenes ni un miserable gendarme que lleve las citaciones... Y ahí la tiene usted a la viuda, persiguiendo en los bañados a todos sus defraudadores para entregarles las cédulas... Todas las mañanas viene la garza a buscarlos y sale con las bandadas con rumbo hacia las cuchillas donde vive el tuyuyú, pero cuando pica el sol, los biguáes se asientan en las lagunas y no quieren seguir viaje a pretexto de que el calor los enferma. La garza desconfiada, se queda entre ellos y observa el malezal con atención para ver si en las corrientes ve pasar los rubíes y los brillantes que formaban su tesoro aunque en realidad espere los animalejos que los biguáes desprecian... porque no pueden con ellos. No tiene ni amigos en el bañado: ¡ellos son ellos y nada más!... Si formasen gobierno, alguna vez serían los representantes del más completo nepotismo... Se visten igualitos, no conversan sino unos con otros ni se les ve reunirse con nadie que no sea de su familia... Son envidiosos, egoístas y rapaces hasta darles con un palo y de ellos no se saca sino perjuicio... La carne es hedionda como la pluma y no se alimentan sino de bichos inofensivos, porque son flojísimos y no se le animan a la sabandija!
—¿Y el Martín-pescador?
—Adonde anda la garza-mora no se le ve a ese canalla... Ella recorre los ribazos que alumbra el sol, porque a ellos concurren las lombrices y las víboras de que se alimenta y que los biguáes desprecian y él vive entre las malezas sombrías o entre el ramaje tupido de las arboledas costaneras, buscando las plateadas mojarritas que vienen curiosas a contemplar las pedrerías de su ropaje reflejado en el cristal de las corrientes.
DE RAZA
Había concluido el ligero aseo de mi persona que permitían las comodidades de la fonda y me disponía a darle un vistazo a mi caballo, largado en lo que llaman “el potrero” los dueños de la casa, y que era un pequeño corral de alambre, en el cual los animales debían encontrar su comida, pero que no la encontraban sino condicionalmente, cuando golpeó alguien la puerta entrecerrada del cuarto que ocupaba.
Era el patrón, que venía cargado con una pila de guascas y cojinillos y con una maleta de lienzo, por entre cuya abertura se veían los cantos rojizos de varios quesos, curados con pimentón:
—¡Es que viene otro güespe, señor!...
—¿Por qué no le pone en otra pieza, che?... Yo tengo mal dormir... y con ese olor a queso va a ser tremendo...
—¡Si no hay más cuarto qu'éste, señor!... Por eso'stán las camas...
Interrumpió nuestro diálogo la llegada del tal huésped, que venía jadeante. Ni saludó por mirar los efectos que el patrón había descargado en medio de la pieza y cuyo inventario hizo rápidamente con una sola mirada:
—¡Están todos!... ¡Ah!... ¡No!... Me faltan el sobrepuesto de cuero de gato y el cinchón... ¡Ah!... ¡No!... ¡También están!... ¿Y los quesos?... ¡Son ocho!... ¡Ah!... ¡Sí!... ¡No se ha estropeado ninguno?... ¡Bueno!... ¡Perfectamente!... Hay uno que viene bufando, pero todavía está entero...
A esta altura de sus investigaciones recién notó mi presencia, pues me hizo una especie de mueca y movió la cabeza.
—¡Vea... fondero!... ¿Es seguro el cuarto?... Mire que traigo buenas pilchas, que no son mías y además esos quesos... Ya ve que el asunto es serio...
Comprendí que mi catadura no le inspiraba confianza y que me tomaba por hombre capaz de hacerle un tirito...
—¡Puede cerrar la puerta si gusta, señor! Yo no tengo nada que hacer en el cuarto sino a la hora de dormir...
—¡Ah!... ¡Bueno!... Así estaré tranquilo... Mil gracias, señor... Yo soy don Aurelio—quizás me conozca de nombre—el nuevo maestro nombrado para la escuela cinco... Me he formado con Canete en el distrito tres y soy de los que ya se van aburriendo, amigo, con estas cosas... ¡Che... fondero!... Tenga cuidado con mi caballo, ¿eh?... Mire que si me quedo a pie el responsable es usted... ¿no?
Y encarándose conmigo y tomándome familiarmente por un botón del saco, como para asegurarme, prosiguió:
—No crea que la recomendación es infundada... En estos fondines de campo, dejan escapar los caballos para obligarlo a uno a quedarse dos o tres días de huésped, hasta que se procura otro... La mejor manera que hay para defenderse es decir que uno no tiene plata para pagar la pensión. Entonces se apresuran a sacarlo del atolladero estos vampiros...
El hombre era locuaz y pronto me mostró todo su bagaje, formado por palabras sin sentido positivo y por ideas ajenas, recogidas en el correr de la vida, ya sea en los comentarios de pequeños círculos, como en las columnas de los diarios, cajones de turco en que encuentran baratijas lucientes, para adornarse a poco costo todos los perezosos petulantes que gustan de las galas del pensamiento, pero que no quieren trabajar para obtenerlas, contentándose con los facsímiles de ellas. Se quejó del estado financiero del país y me dijo que si él fuera ministro de Hacienda ya vería yo lo que era prosperidad:
—¡Pero no lo seré nunca, compañero!... Roca no busca sus ministros entre los hombres como yo, sino entre sus paniaguados... ¡Y es justo!... Un suertudo como él, que no sabe nada de nada, les teme a las personas ilustradas... Se siente chiquito ante un libro, aunque sea una anagnosia... ¡Vea!... Aquí, entre nosotros, no más, suceden cosas que lo pintan... Tenemos un auxiliar de la subinspección escolar a un tipo picado de viruelas, ñato, peticito... que es de los que dicen setiembre por septiembre... ¿Y sabe por qué lo nombraron?... Porque le escribió una carta llamándole ¡Conquistador del Desierto!... Y del maestro de la escuela rural del segundo distrito ¿qué le diré?... Bástele este dato... Ha sido guitarrero y es hijo de un francés boticario...
Estirado en mi catre, poco a poco me iba adormeciendo, mecido por la voz monótona de mi interlocutor que parecía un arrorró...
—Perdone, amigo... pero tengo que madrugar y voy a ver si me duermo...
—¡Hombre!... feliz de usted que tiene sueño... Yo soy tremendo para pescarlo... Dígame, ¿le incomoda dormir con luz?... Le pregunto, porque yo, en lo obscuro, no pego los ojos ni a garrote... Cada ruidito que siento me pone nervioso y despierta mi curiosidad... Me pongo a rezar... ¡y nada!... ¡No viene!... Me pongo a contar a media voz... ¡y nada!... ¡Tampoco viene! ¡Es una desesperación!... ¿Sabe lo que me suele dar sueño a veces?... ¡La conversación!... ¡Cuando tengo la suerte de toparme con algún solista suelo ser dichoso!...
No le contesté y me quedé inmóvil. El hombre se revolvió en la cama, y luego que vió la inutilidad de sus esfuerzos para tener un oyente, sentí que empezaba a murmurar un padre nuestro, que repitió hasta que me dormí.
De repente oí entre sueños una voz que clamaba:
—¡Amigo!... ¡Eh, amigo!... ¡La gran perra con el ronquidito embromador que había tenido!... ¡Amigo!...
—¿Qué hay?...
—¡Nada!... Es que usted es tremendo cuando duerme... ¿Cree que he podido pegar los ojos?... ¡Voy a contar!... Quizás logre algo si usted me da tiempo y suspende un poco el soplidito... ¿Sabe que si no es asmático le pasa raspando?... ¿O duerme con la boca abierta?
Sentí que el hombre decía a media voz... ¡uno!... ¡dos!... ¡tres!... acompasadamente.
Lo seguí hasta que dijo “treinta”, y de ahí para adelante no sé lo que sucedió, pero el hombre debe haberse entregado a excesos terribles a fin de despertarme, porque en algunos momentos llegaron a mis oídos ruidos diversos y hasta una alegación con el fondero, quien desde la pieza vecina reprochó a mi compañero su imprudencia, recibiendo de éste una andanada de insultos y maldiciones...
A la madrugada abrí mis ojos y lo primero que oyeron mis oídos fué la voz del nuevo maestro de la escuela cinco, que agotaba la aritmética, poniéndola de carnada para su sueño rebelde.
—¡Setenta y tres mil novecientos noventa y cuatro!... ¡Setenta y tres mil novecientos noventa y cinco!...
—¡Buenos días, amigo!... ¿Qué tal la noche?
—¡Como la mona, amigo!... En mi vida he pasado otra igual!... ¡Qué desvelo bárbaro!... Decididamente la conversación es para mí como un veneno...
—Tal vez se marea...
—No sé, amigo... pero en adelante no admito cuarto con gente... Preferiré quedarme en el patio... ¡La gran perra... con los roncadores!... Si yo fuera gobierno los condenaba a la muerte o les ponía una campanilla que no la pudieran dejar ni para comer...
—Los roncadores y los solistas, debían nacer con un cascabelito como las víboras venenosas...
Se quedó callado un momento y luego, incorporándose para comenzar a vestirse, me dijo confidencialmente:
—El mundo, che, iba a parecer una pandereta y a ser más aburrido que baile entre la familia... ¡Mire!... Es mejor que las cosas sigan como están no más, pues si el no dormir es feo, el no hablar será peor. ¡Se lo afirma uno que entiende el asunto!...
PATRIOTISMO... Y CALDO GORDO
—¡Mirá, hermano... yo sé lo que te digo!... Si la historia y el patriotismo, manejaos con cierta malicia, no te pueden abrir cancha, es porqu'estás destinao a vivir de tu trabajo... ¡Pero es bueno que tentés!... La historia...
—Como para historia'ndo yo... que de pobre me voy quedando hasta miope.
—Pior andaba Taquito... ¿te acordás?... ¡Bueno!... Y ya lo ves aura... ¡Juntó platita para casarse, se da corte hasta con Roca y es hombre que ha'segurao su pucherito y su catre!... ¡Mirá! P'hacer vivir a las gentes no vas a'llar protector que lo iguale a San Martín... ¡Ésa es muñeca, che!... Si aprendés a manejar la vida e nuestros guerreros, reít'e todos los jueces con sus listas de remates y nombramiento de oficios... ¡No hay caldo más sustancioso que el que toman los patriotas!
—Sí, che... pero hay que tener coraje... ¿sabés?... y cierto barniz de loco...
—¡Gran cosa el barniz!... Lo que hay que tener es ganas y sentir necesidá...
—La perra con el Taquito que habí'entendido la biblia... ¿Quién ib'a crer, viendoló en la facultá, que llegase a pesonaje y se codiara algún día con Carranza y con Mantilla, con Biedma y Leguizamón?...
—¡Ésos son los pichoncitos!... ¡Pensá en los otros más grandes!... Mirá. Cuando hizo el descubrimiento de aquella hija natural del trompa de San Martín, recién estaba estudiando y sin embargo se hizo de relación con López y don Bartolo, terciando una polémica entre Groussac y Zeballos... ¡Ya lo ves!... ¿Qué no podrías ser vos, que al fin sos tod'un dotor, si te metieras en una?...
-Yo, hermano, no tengo cuero pa semejantes correas...
—Porque sos sonso y te da por lo romántico, cosa que Taquito no tenía... ¡Fijate!... Una mañana me lo hallo en plena calle Florida y lo convido a'lmorzar... Estaba contentísimo. Hasta llegó a interesarse por mis trabajos d'estancia... Nos sentamos y como era natural vo'y le paso el menú... ¡Pucha qué cambio, che!... No bien l'ech'una mirada, se paró temblando e rabia y me gritó como loco... A ver, che, vamonós d'este fondin!... ¡Esto es un crimen!... ¡Es un delito!... ¡Al gringo qu'es dueño de este tugurio, deberían secarlo en la cárcel por bandido y facineroso! ¡Claro!... A los gritos, corrió el dueño de la casa y todos los concurrentes, y él, saltando sobre una mesa, pidió a los argentinos que s'encontrasen presentes que abandonasen la sala... ¡No se puede comer, decía, en la casa de un canalla, que ha tenido el atrevimiento de poner entre los platos del día nada menos que bacalao a la española, siendo el aniversario del sorteo de Matucana, en que los más preclaros patriotas, pagaron con su vida su amor a la libertá!... ¡Qué cosa bárbara, che!... ¡Claro!... Fuimos a dar a la comisaría... ¡Per'hubieras visto los diarios a la mañana siguiente!... Taquito fué casi un héroe y el gobierno le tuvo que dar un puesto pa medio desagraviarlo y apaciguar la opinión...
—¡Bueno! ¡Perfectamente!... Yo lo comprendo todo... pero cuand'uno no puede hermano... ¡no puede y no hay que hacerle!
—¡Hay que poder no más!... Taquito es consecuente con sus locuras y es lógico con su conducta... ¡por eso ha subido!... Un día, lo hallo parao en la calle, grave y serio como debe ser todo hombre que sabe qu'es importante y lo convidé a seguir. “No puedo, hermano... Estoy esperand'un tránway... ¡el único d'esta línea en qu'es mayoral un criollo!... No hay nada que me reviente como pagarle a un gallego para poder circular en las calles de mi patria... ¡d'esta patria, agregó con voz de trueno, qu'es cuna de tanto prócer!” ¡Ya ves!... Cualquiera crería que Taquito ib'a dar al manicomio y ha ido a dar al Congreso y es caudillo y hombre de porvenir... Será ministro en el extranjero, senador y si me apurás mucho hasta president'e la república... Con la historia y el patriotismo, che, se lleg'a todo en esta tierra...
—Si yo soy un convencido, hermano... pero le temo al ridículo... ¿Soy sonso, me dirás?... ¡Y bueno!... Yo lo sé, pero con eso no me voy a remediar y es por lo que t'he pedido que me recomendés a tu primo... ¡Los jueces pueden hacer mucho por los sonsos, cuando quieren!...
—Pucha que sos pavo... ¡En fin!... No hay pior sordo qu'el que no quier'escuchar...
—Decime... ¿Y vos sabés por qué se mudó Taquito de la casa e la suegra, produciend'un bochinche de familia?... ¡Fué porque la señora permitió que visitas'en la casa un catamarqueñito que se llamaba Goyeneche!... No podía oir el nombre, según decía, sin recordar Vilcapugio y los versos del himno nacional: “!Y cual lloran bañados en sangre, Potosí, Cochabamba y La Paz!...”
—¿Qué loco lindo, no?... Yo, a la verdad, me alegro de que le vaya bien y lo sigo con placer, aunque se'a la distancia... Vez pasada la fuí a ver a la hermana, con quien tengo relación y atend'este dialoguito que lo pinta de mano máistra:
—¿Y Taquito?... ¿Dónde vive?... ¡Hace mucho que no lo veo!
—Vive aquí... Ocupa, la planta baja...
—¡Mirá... qué suerte para usted!...
—¡Cómo no!... Sin embargo, ahor'andamos medio mal, por causa e mi chiquilina qu'está'prendiendo el piano...
—¡Ah!... ¿Lo molesta en sus estudios?...
—¡No! Es que la otra mañana vino el máistro y l'empezó a enseñar la introdución del himno nacional, qu'es tan bonita... En eso estábamos, cuando de repente l'oigo que gritaba de abajo... ¡Che!... ¿Querés decirle a la chiquilina que se deje d'embromar?... ¿Vos no sabés que yo n'oigo nunca el himno aplastao en una silla? ¡Desde hace dos horas me tiene de pie!
—¡Si no es nada, che, le contesté, es la niña qu'está con el máistro!... ¡Más bien no me hubiera óido!... ¡Vino a casa y lo puso al pobre don Domingo pior que si fuese un trapo e cocina, diciendo qu'era una indignidad andar manoseando la música de la patria y enseñando al pueblo a no tenerle respeto y que lo debían quemar por hereje y mal entretenido!
—¡Bueno, che... todo eso te prueba qu'es un desequilibrao!
—¿Y qué ganás vos ni yo con el equilibrio que tenemos?... ¿Vamos a ver?... ¿De qué nos sirve?... Él, con sus locuras, vive y engorda, y nosotros con nuestro juicio nos morimos de hambre... ¡Mirá, hermano... convencete!... ¡La gent'e juicio va siendo la cola'el mundo y hay que castigar pa ponerse a la cabeza, si es que se quiere andar limpio!...
DIVORÇONS... EN CRIOLLO
—¡Claro!... ¡Pa vos es de lo más sencillo que agarremos cada una pa nuestro lao, porque no pasás de ser una mujer inorante, que ni sabés valorar el marido que tenés, cuantimás guardarle las consideraciones y los respetos debidos!... Convencete, che... sos de lo más ordinario...
—¡Tan fino que sos vos... que no respetás ni el kerosene de la lámpara!...
—¡Tu madre... usab'alpargatas pa curarse de las muelas!... ¡La gran perra... con el destino que tienen algunos hombres...! ¡Cada vez que pienso que yo he sido medio pueta y que si no llegué a nada fué por haberte querido... me dan unos ímpetos y una rabia...! ¡P'cha qu'he sido animal...! Bien me lo sabía decir la madre de mi padrino... ¡Disparale al conventillo Manolo y vivirás en palacio!... ¡Y en lugar de dispararle m'encajé hasta las orejas...!
—¡Mejor sería que trabajaras a'nque fuera de changador... en vez de pasarte el día cargando monas al hombro, sin que te paguen un cobre!... Debías de tener vergüenza y dejarte de puesías...
—¡Callate... besti'e carga!... ¿Qu'entendés vos de la vida ni de los goces del mundo...? Vos sos feliz teniendo un pedazo e carne y dos hojas de repollo... ¿No ve, aura... no más? ¿No me atropellás, furiosa porque no he venido anoche y en lugar de preguntarme, como mujer cariñosa, si h'estao ocupao en algo, me amenazás a una limpia, queriendo echarme del cuarto diciendo qu'estoy mamao...? ¿Cres qu'eso será cariño?... ¡Lé los diarios, che... instruite un poco y tratá de ser más fina, siquiera pa diferenciar...!
—¡Es claro...! ¿Y por qué no me aconsejás de que me siente en el piano y abandone los planchaos...?
—¡No seas macaniadara, che... hacem'el favor y seguí, a'nque sea de lejos el movimiento social pa que no te sorprendan los sucesos y te lleven por delante...! Dejá de ser planchadora ni a'nque sea por diez minutos y sé un poco mujer... ¿sabés?... Eso es lo que buscamos nosotros, como dic'el diputá'Olivera... ¿ves?... que las mujeres sean menos animales de trabajo y apriendan a no desperdiciar la felicidá... P'cha si l'hubieses escuchao como yo lo escuché anoche, hablandonós del divorcio y pidiendonós ayuda pa'cer triunfar sus principios...
—¿Ustedes...? ¡Bueno...! Solamente a un extranjero se le puede perdonar que s'equivoque tan feo...
—¿Extranjero...? ¡Si es más criollo qu'el chiripá, y usa unos lentes gruesísimos y pantalones finitos...! Y qué pico el que tiene, che, y qué cáidas las que les hizo a las criollas, que no saben sino trabajar y llenarse de familia, olvidando que sus maridos son también hijos de Dios y que si no los atienden ha de llegar un momento en que se cansen de ellas y se salgan a la calle en busca de una puesía que no encuentran en su casa... ¿Sabés cuáles son los enemigos de los pobres y de los trabajadores...? ¡La vulgaridá aplastadora de las mujeres que no piensan sino en enllenarse el buche y enllenar el de sus hijos...! Hay que tener puesía ¿sabés?... idiales grandes y ler much'historia, pa saber lo que hacían los romanos, que fueron los dueños del mundo cuando toavía no se conocían los ingleses... ¡Ésa era gente, che!... Todo el día no la veías sino pasiando en las calles, tomando el sol en las plazas, pintando, haciendo versos y discursos o sin'ocupando sus horas en banquetes y comilonas que no se acababan nunca!... Se compriende que las mujeres de semejantes maridos no anduviesen com'ustedes prendiendo velas a los santos pa salir de un atolladero...
—Claro!... ¡Ellas harían como vos... que salís de los pantanos prendiendolé a la giñebra... si encontrás quien te la pague... a'nque sea una planchadora, como lo es tu mujer...!
—No, che, vos lo crerás si querés y sino no lo crerás, pero aquí donde me ves soy una de las columnas que sostendrán el divorcio... Tenemos que reacionar y a'nque no vamos ganando ni un centavo en la parada, es preciso no'lvidarse que no todo ha de ser pan...
—¡Claro!... ¡También ha de haber galleta y ésa no te v'a faltar!
¡CUATRERISMO VIVITO!
—Pero si hasta parec'incréible, che, que un hombre como vos, joven, rico, ilustrao, que ha viajao por toda Europa y que se tiene por miembro de l'alta vida porteña, pueda ser tan lleno e preocupaciones y de sonseras... T'estoy mirando y t'encuentro igualito a mi tía Segunda, que cuando te quiere ponderar la distinción de alguna persona, te dice, frunciendo la boca y abriendo los ojos “habl'en francés, che, como si fues'en castilla...” Esas ideas, hijito, eran como pa tu abuelo y a vos te quedan en el tiempo de aura como te quedarían los calzones de alzapón o la galera peluda.
—¿Pero, qu'es lo que querés, entonces?... Que yo piense como la cocinera o como los piones de l'estancia...? ¡Pues no me faltaban más!... Y después, che, no te olvidés, que por algo tengo un título de abogado y que yo no puedo considerar las cuestiones, así, pedestremente, como vos las considerás... Ustedes aquí... y al decir ustedes me refiero a todos los como vos ¿sabés? que son un'especi'e gauchos de levita, que no respetan nada y para quienes la vida intelectual es como la pampa de antes, cuando no había alambraos, que se podí'atravesar por donde quiera, teniendo caballos y asentaderas... ¡No tienen idea de las responsabilidades, ni se dan cuenta de lo que son las bases fundamentales de la sociedá y atropellan no más a ojos cerraos...! ¡Al pensamiento no le reconocen más límite que la fuerz'e la lengua y le pegan al razonamiento en criollo como sus antecesores le pegaban al parejero en las boleadas de avestruces... hasta reventarlo!... ¿Vamos a ver...? Quienes son los congresales de aura pa corregirle la plana nada menos que a Vélez Sársfield, que cuando les dió a las mujeres los derechos que les dió, lo hizo para que fuesen socialmente lo que son los árboles que el ingeniero Luiggi plant'aura en los médanos de Patagonia... una especie de reparo pa evitar que los vientos se lleven otro lao las arenas que nos trajeron de todas partes del mundo.
—Mirá, hermano... dejá la sociología y vamos a lo qu'es razón... Aquí no estamos en Francia, ni en Inglaterra, ni en los Estados Unidos... ¿sabés?... sino en Buenos Aires, y entonces no tenemos pa qué pensar en francés ni en yanqui, sino en criollo viejo... d'ese que al pan le llama pan y al vino, vino.
—¡Qué le v'a llamar, che... si es pura falsificación y cuatrerismo vivito...! ¡Se cuatrea en moral, en ilustración, en finanzas, en ideas... en el diablo!... ¡Se vive carniando ajeno y maquinando recursos pa desfigurar las marcas y poder vender los cueros! ¡Mirá! Fijate, no más, en lo que pas'en el tiatro con las damas distinguidas del alto mundo social y te convencerás de que todo es faramalla... No van a sus localidades de la Ópera cuando “Iris” sube a escena, porque se ha dado en decir qu'es una obra zafada... pero van a la cazuela...
—¡Che...! ¡Aura que hablás de tiatro... sabés lo que le ha pasao al dandy doctor Pitanga...? ¡Hermanito...! ¡Si es una cosa divina!... Habiendo leído a “Afrodita”, que recién llegó a sus manos cuando Berutti la puso en música, le pareció distinguidísimo aquel bello Demetrios, conquistador de todas las mujeres de su tiempo, como se cre que lo es él con su fach'e tenedor para comer caracoles, y para imitarlo a conciencia llamó su barbero y se hizo dar un'afeitada de la que sólo escaparon, y eso por casualidá, la melena opulenta y el bigote aventurero... A los dos días estaba con una fiebre que volaba, che, y han tenido que acostarlo y envolverlo en algodones...
—¡Claro...! Pitanga es otro que tal, como los cuatreros del congreso y del ejército y de la política, solamente que él, inocente y petulante, lo es de la historia griega y nos llama l'atención porque rebalsa la medida y es un sonso que anda guacho... pero ya verás de aquí a unos días, cuando se junte con los Bismarck y con los Edison y los Spencer, como hasta vos lo aplaudís y t'encrespás indignao si me sentís un chiflido.
—¡Bueno, che, perfectamente...! Convengo en que tengás razón, ¿pero serás capaz de decirme qu'en Europa las cosas son de otro modo...? ¿Y qué gauchos hay allí, pa que hayan enseñao a cuatrerear a todos los habitantes?
—¡No creas lo que te cuentan, hermano...! Las gentes allí tienen conciencia y respetan de verdad todo lo qu'es respetable... ¡Te crés que vas a encontrar hombres de tu condición o de tu clase social, que sean lo que sos vos... un'especie de anarquista... en ideas, porque lo qu'es con los pesos más fe le tengo al mastuerzo...!
—¡Esto sí qu'es lindo, che!... ¡yo creía y así se lo dije a éste, que t'iba a encontrar dispuesto pa cáirle a la Europa entera, porque llegastes a ella y ni siquiera mosquió...!
—¿Y vos crés que mosquió más al verlo llegar a Roca, o al alegre Pellegrini...? ¡Mirá!... Allí la gente de aquí no sirve sino para dar propina y para comprar remedios y vestidos de señora... baratitos, pero que parezcan caros.
ENTRE YO Y MI PERRO
Con la primera luz de aquella espléndida mañana de primavera y con el primer mate que me alcanzaba a la cama la vieja sirvienta calabresa, que sabía cebarlo como poquísimas criollas, teniendo la tradición de los grandes maestros en arte tan difícil en realidad como simple en apariencia, llegó a mis oídos la noticia desagradable.
—¡Siñore...! Lu pochocho s'isscapó... S'antretenib'a la porta e se n'andó.
—No importa, le repliqué con fingida seguridad. Estamos en primavera ¿sabe?... y al pobre perrito se lo habrán arrastrado sus instintos perversos, Dios sabe adónde... Ya volverá...
—Ma no te olvidés, padrono, de li asasin monichipali... Prendono i perriti a la matina, e due ore dopo ne ti resta ne la memoria...!
—¡No...! Ahora ha de volver...
Y a pesar de mi seguridad, una extraña desazón se apoderó de mí, obligándome a salir de la cama y llevándome hasta el balcón, ansioso de inquirir algún dato tranquilizador. Pasaban por mi mente, en confuso tropel, ideas terroríficas y cuentos de perritos desaparecidos sin remedio, máxime cuando los protagonistas, como el mío, eran deudores morosos de la municipalidad por el impuesto de patentes y estaban expuestos por ello a una ejecución perentoria como defraudadores del fisco. Miré a lo largo de la calle, escruté la vecindad, aparentemente tranquilo, y no encontré ni sombras de una huella. Seguramente iría ya camino del depósito de perros vagabundos o de la grasería en que dejan su beneficio a la humanidad de su tiempo, ya en forma de manteca o de botas, carteras o cinturones, aquél cuya existencia me preocupaba.
De repente se abrió la puerta del conventillo frontero y salió pacíficamente a la vereda el viejo perro sarnoso del remendón que me atormentaba diariamente con su incesante martilleo y su canto destemplado. Dió algunas vueltas tosiendo, pues además de viejo y sarnoso y cascarriento, era asmático, y se sentó gravemente con el muñón de su cola extendido sobre las piedras. Yo lo observaba comparándolo con mi foxterrier, blanco como un copo de nieve y me decía:
—¡Lo que es la vida, amigo!... ¿De cuántas aventuras peligrosas habrá escapado esta inmundicia de perro de zapatero, que ya no será charquiado por nadie?... ¡Sin embargo... para haber llegado a tener la facha que tiene, más le valiese que lo hubieran ahorcado hace algunos años!... ¿Qué placeres puede guardarles la vida a perros de semejante catadura?... Y como en ese momento lo mirara, vi que se ponía de pie, paraba las orejas y trataba de ver algo que sus ojos no veían, seguramente, pero que su instinto le anunciaba, y siguiendo la dirección de sus miradas, apercibí, allá a lo lejos, una cuadrilla de ocho o diez perros de todo pelaje y alzada, que corrían jadeantes detrás de una perrilla calavera; que, haciéndose la temerosa y la esquiva, los excitaba en sus empeños.
Por la vereda venía mi perrito, apartado de la cuadrilla, pero corriendo a su lado con verdadero entusiasmo. Con su cola en alto, su lengua fuera de la boca y el cuello y el lomo salpicados de pintas rojas, reveladoras de los combates que había librado con sus rivales, pasó por frente al balcón como una flecha, no sin lanzarme una mirada de soslayo, como diciéndome:
—¡Espérese!... ¡Vuelvo!... ¡Esto no es cosa de perder tiempo!... Usted sabe lo que son necesidades...
Y pasó como un torbellino la perrada jadeante, mientras el pobre viejo tosía en la vereda y se lamía los rígidos bigotes, como diciendo ante aquella visión de lejanas épocas pasadas, pero queridas:
—¡Ah... mis tiempos...! ¡Si no fuese esta tos del diablo, ya les enseñaría yo cuántas son cuarenta y cinco a todos esos macacos...!
De repente, la perrilla, volviendo sobre sus pasos, desembocó en la cuadra y tomando por la vereda donde se hallaba el asmático protestador, siguió su carrera desenfrenada habiendo dejado muy atrás a la turba de sus adoradores.
El viejo la vió venir y permaneció impasible en apariencia, engañándome a mí mismo que lo observaba, pero cuando la tuvo a su alcance se transformó: se le concluyó la tos, le brillaron los ojos entre las tupidas cejas, y sus manos tuvieron fuerzas todavía para sujetar a la incauta y empujarla hacia el zaguán de la casa, previendo la cólera irreflexiva de la juventud que la seguía, y que ya doblaba la bocacalle prosiguiendo la persecución interrumpida.
Llegaron los perros en tropel y se arremoliñaron ladrando furiosos y arremetiendo contra el viejo camandulero y atrevido, con intenciones de despedazarlo, mientras yo gritaba al zapatero, deseoso de defenderlo, movido por una instantánea simpatía:
—¡Che!... ¡Zapatero...! ¡Defienda a su perro, que es un tigre...!
Y terminado el ruidoso suceso callejero, el fugitivo volvió al hogar y nuestra vida siguió su curso de siempre, borrándose de mi memoria el incidente hasta una mañana en que un hecho en apariencia insignificante me lo recordó, probándome con la elocuencia de los hechos que hasta los perros conservan memoria de los sucesos desgraciados de su vida.
Entraba el invierno y tomábamos el sol, mi perro y yo, en el balcón de la casa, cuando de repente aparece en la vereda de enfrente el viejo del remendón. Verlo mi perro, erizarse y echarse a ladrar furoso fué todo uno: quería salir del balcón y atropellarlo. El viejo vencedor lo miraba impasible e indiferente:
—Callesé, le dije yo a mi perro... ¡Joven petulante y rencoroso!... ¿No tiene vergüenza de querer vengarse de un pobre viejo que le enseñó a vivir...? ¡agradezca y aprenda para algún día... que también le ha de llegar, si no se muere... que más vale una aguja a tiempo que una máquina de coser!
CARNAVALESCA
—Así me dijo Parrita, mirándome con aquellos ojazos negros que tiene... Vayasé mañana, comadre, hasta la call'e Perú y trat'e convidarmel'a esa galleguita ingrata... ¿quiere?... Y aquí me tenés m'hijita cumpliendo la comisión pa tranquilidá d'ese pobr'e mi compadre, que anda como asonsao de puro pensar en vos... Aura sí que no le faltaría más sino que lo desairases... ¡Un mozo tan bueno y tan caballero...! No es por ofender a naides ¿sabés? pero en toda la segunda, no hay agente que se le compare y esto lo ha reconocido hast'el mismo comisario... ¡Y mirá quién te lo dice... ¡Nada menos que la novia del cabo Pancho Rosales, president'e los Macacos...
—Bueno... pero... es que yo no puedo salir porque la señora es enemiga del carnaval...
—¿Y todavía tenés coraje de llamarle señor'a semejante espantajo...? ¿Y quién es ella pa ser enemiga del carnaval, con ese pescuezo que tiene y ese tall'e budinera?
—¡Sí...! Es así... ¿Pero qué quieres hacerle?...
—¡Dejat'e firuletes, mujer... y no seas pava...! ¿Vas a cambiar tu novio y un baile, nada menos qu'en los Macacos Ambulantes, por una cucaracha vieja, que al fin se aprovecha de que sos d'España pa sacarte el jugo por unos cuantos centavos...?
—¡Yo no cambio... pero es menester pensar en que no tengo ni ropa!... Tendría que hacerme algún traje... y aprontar alguna cosa...
—Mirenlán a la princesa... T'estás creyendo, quizás, que te van a retratar pa que salgás en los diarios... ¡Fijate...! Con esa pollerita que tenés, que a'nqu'es de volao en forma, le cairán bien unos moños prendidos en el costao y una bata figurada con un metro e sedalina puesta a modo e corselete... vas a ser un figurín pues, como dice Parrita, tenés uno d'esos cuerpos que no precisan de ropa pa pegar un sofocón... Y, después, como sos rubia y la bata ha'e ser celeste pa que haga con la pollera los colores de la patria...
—¿Pero los colores de la patria no son rojo y gualda?...
—¡No seas pava, haceme el favor!... Como representamos la confraternidá, vos que sos española, tenés que ir de argentina y yo que soy argentina tengo que ir d'española... ¡Ligadas por una cinta formad'e las dos banderas y llevando una pantalla y un pañuelito bordao con pinitos o laureles... vamos a ser dos princesas para esos pobres Macacos!...
—¿Sabés?... ¡A mí lo único que me escuece es la señora!... ¿Cómo me podré arreglar si me niega su permiso?...
—¡Gran cosa lo que v'a negar ese barrilete!... ¡Le tenés un miedo que no parece sino que fuera tu mama!...
—¡Sí!... ¿Pero cómo hago... si me lo niega?
—Enfermatelé o decile que tenés una tía qu'está malísima y que querés ir a verla...
—¡Si ella sabe que no tengo más pariente que mi hermano, que es corista en el Apolo!... ¿Y si le avisa a éste?...
—¡Bueno, che!... Si empezás a sacar dificultades te vas a quedar sin baile y de paso me embromás, porque contando con vos yo me arreglé mi disfraz y aura me v'a resultar que fué crudo y no coció... Acordate que este baile es el baile del entierro y que ha'e ser mucho mejor que los que hubo en carnaval, con ser que fueron de aquéllos que no se olvidan jamás... ¡Figuráte aquel salón con alfombras y cortinados com'una casa e familia y después con una mesa qu'era una confitería! ¡Los helaos y las masitas eran una tentación... A mi me sirvió Rosales con esa gracia que tiene y no sé si fué porqu'eran de manos suyas, pero jamás he probao un bocao más delicioso!... ¡Mirá, si t'encontrás con Parrita que anda tan enamorao... qué rato irás a pasar... sin contar con los festejos de toda aquella mozada que v'a ser de lo mejor!... ¡Con decirte que v'a estar hasta'el hermano del auxiliar, creo que te digo todo!...
—¿Y si le avis'a mi hermano?...
—¡Gran cosa!... ¿Y qué v'acer?... ¿Les v'a escribir a Galicia qu'estuvistes en un baile?... ¡No seas pava, mujer!... Si tu hermano se lleg'a meter a sonso, lo hacemos agarrar con los muchachos diciendo qu'está borracho y necesita dormir pa que no vay'acer daño...
—¡Es que mi hermano es muy bruto!...
—¿Y los Macacos?... ¡Se v'a armar si se mete a sonso!... ¡Mirá!... Refalale un par de pesos pa que se vay'a pasiar y reite de lo demás... ¡Los hombres hay qu'entenderlos, che!... ¡Claro!... Si te lo largás en seco y vos te vas a farriar arriejando el conchabito... sin darle ni pa cigarros... el hombre se ha de enojar y le ha de dar la razón al mamarracho e'la vieja... Pero si vos te hacés ver... ¡ha e'prender en otra hornalla!...
—El miedo que tengo es que vaya a la sociedad y que me saque del baile...
—¡Mirá!... Salite a las dos y andate derecho a casa pa'acabar con los arreglo del vestido y de la bata y llevá la sedalina y unos tres metros de cinta... ¡De l'otro ni te ocupés!... Si tu hermano es caprichoso, ya verá quién es Parrita y aprender'a respetar la vos de la autoridá... ¡Diez horas de calabozo, me decía una vez Rosales cuando empezó a festejarme y tata quiso privarnos, valen más que cien discursos!... Y tenía razón mi negro... Tata quedó como un guante...
—Yo lo conozco a mi hermano y sé que a bruto y a terco no le han de ganar muy fácil...
—¡Y yo sé quién es Parrita, y sobre todo Rosales, p'hablar de confraternidá!...
—¡Porca vita de un cane!... La maliñitá di le donne innamorata e proprio cume la sarna, que non rispeta ne figlio, ne fratello, ne babo... e a'nque ne archivescovo... ¡Mirá in po li pobero gallego, come l'e vichino da la cumesaria per ubriaco... ¡e per sunsu!...
DE VUELTA DEL PARAGUAY
Aunque los diarios no lo hayan anunciado en sus crónicas sociales, yo he regresado a Buenos Aires y por desdicha mía ha coincidido la vuelta con las pascuas de Navidad y los festejos de Año Nuevo, lo cual equivale a decir que también me han ligado felicitaciones y saludos, no por mi llegada, así, sin noticias previas, sino por haber presenciado, como cualquiera, la agonía y la muerte del 1902 y el trabajoso nacimiento de su sucesor, al cual tendremos que vivirnos todavía, sabe Dios en qué forma ni de qué manera. En fin, sea como sea, el hecho es que yo estoy de vuelta, cargado de recuerdos y de impresiones y que como corresponde al carácter de un periódico moderno, el director de éste se ha demostrado tan adelantado, que llegado el caso de veranear, lo ha hecho antes de comenzar la estación.
¡Cuán provechosos son los viajes para la juventud y cómo desarrollan la observación, el tacto social y el instinto de conservación!
Esto lo pensaba durante una tibia mañana tropical en la estación central del ferrocarril del Paraguay, mientras esperábamos con mi compañera la partida de un tren que debía conducirnos de la Asunción a San Bernardino y que estaba anunciada de esta manera: salida de 6 a 8 a. m.
Sin embargo, como hubiesen sonado las ocho y media y no viéramos ninguno de esos signos característicos, precursores de la salida de un tren en cualquier parte del mundo, resolví iniciar una pequeña investigación antes de formular un juicio definitivo a propósito de la exactitud en idioma guaraní.
—¡Señor!...—le dije al jefe de la estación, que quizá para dilapidar un poco la abundante riqueza del país—el sueño,—se paseaba lentamente en el andén...—El tren para San Bernardino saldrá más tarde... ¿todavía?
—Sí, señor... ¡Ahora no más va a salir!... me contestó con el dulcísimo acento regional, y agregó bondadosamente a guisa de disculpa por el retardo... Estamos esperando a mi compadre don Bautista—ese boticario gordo de la calle de Palmas, frente al mercado—que va a su quinta de Paraguarí... Es un hombre buenísimo, señor... Yo soy el padrino de óleos de la menor de sus hijitas y él me sacó de la pila al mayorcito de mis nenes...
La llegada del aludido fué punto final de la instructiva relación amistosa y pronto respiramos las frescas brisas del balneario paraguayo—la laguna Ipacarahy—cuyo manso oleaje parece adormecer a los yacarés y estimular con el calorcito de sus aguas la sed insaciable de los colonos alemanes establecidos en sus orillas, haciéndoles consumir con entusiasmo la cerveza de su propia fabricación, que, a no ser así, tendría que consumirse a sí misma.
—Vea, señor hotelero... No podemos bañarnos en esa casilla que nos ha dado...
—¿No?... ¿Y por qué?... me respondió el buen hombre, un poco sorprendido de que halláramos una dificultad, nada menos que en el mejor balneario de la República del Paraguay.
—Primero... porque se ha instalado un yacaré precisamente a la entrada del baño.
—¡Bueno!... No le hagás caso... Ése se ha criado ahí desde pichón...
—Y luego porque se nos ha metido en la casilla un hombre borracho y se quiere desnudar junto con nosotros...
—¡Ah!... ¡Bueno!... ¡No le hagás caso tampoco!... Es el capataz de la cervecería... Ése está acostumbrado a bañarse hasta con la familia del presidente...
¡Claro!... No paramos hasta Montevideo, y me parece sentir todavía sobre los labios el escozor de la brisa marina, cuando sopla del este y en los ojos la cosquilla deliciosa que producen las uruguayas... sea cual sea el viento dominante.
¡Aquello sí que es vida y no esto de aquí, en que uno, atosigado por los versos y las felicitaciones, no encuentra punto de reposo!
En la tierra vecina, la existencia no es una carga, sino el día en que hay extracción de lotería, pues todos los habitantes sin distinción de sexo ni de edad, ofrecen ceremoniosamente a los extranjeros “el último numerito que les queda”.
Un comerciante holandés con quien departía una tarde, me informó de que hasta el presidente Cuestas era billetero en sus ratos de ocio y que ya había repartido varias grandes entre el sacerdocio y la milicia, clases en las cuales tenía mayor número de amigos.
¡Y quién me diría ahora, al verme en mi oficina pegando sobres y escribiendo tarjetas, que soy yo aquel mismo mortal que pasó tan lindas horas haraganeando y escapó con vida de un viaje de recreo porque Dios, tal vez, no lo alcanzó a ver bien a la distancia!
¿Por qué no me sucederá algo así como lo que le sucede al candidato oficial a la presidencia uruguaya?
Tiene dos personalidades, una escrita—Mac-Eacenh—y otra hablada—Maquica—y gracias a esa particularidad desorienta a los orientales más rumbeadores... aunque dudo que ni con eso fuera capaz de escapar, entre nosotros, a las asechanzas de la propina y al goce inefable de la felicitación...
FRENTE A FRENTE
—Si es con dinero, che, que buscás ser ayudado, haceme el favor de ni siquiera pensar en Enrique... ¡Se te va a enojar de veras y ya sabés el geniecito que tiene... ¡A mí misma me desconocería!...
—¡Basta, che!... ¡Basta!... decile que no se enoje y que cuide su salud!... Su cuñado Raúl lo conoce demasiado, para ser capaz de acercarselé con propósitos hostiles... Y haga patria uno con semejante familia... Los cuñados, conforme se para uno en el zaguán, empiezan a echarle los perros, y las hermanas no te digo nada...
—¡Vos son injusto, Raúl!... Acordate de lo que ha sido Enrique con vos y que aura te desconfía, sus buenas razones tiene...
—¡Historia antigua, che!... ¡Macanas!... A una simple calaverada de muchacho le da una importancia y un retintín... ¡Psch!... Decile que no embrome, che... ¡que el jueguito es conocido!
—No te digo que no... ¡pero la culpa la tenés vos, que sos un tarambana y un ocioso!...
—¡Bueno!... ¡Mirá!... Dejemonós de filosofía y vamos al grano... Escuchame con atención, que la cosa es seria, Edelmira!... Lo que yo ando buscando, ¿sabés lo que es?... ¡Bueno!... ¡Hacerme una plataforma para ver si me caso como la gente!
—¡Vaya!... ¿Y contra quién... dirigís tus tiros?
—¡Todavía no he apuntado, che!... Ando con el arma cargada no más y tengo la intención de no tirar sino sobre algo seguro y que medio valga la pena... Por lo pronto, necesito darle cierto relieve a la persona, comenzando a figurar en el mundo social con visos de personaje... ¿sabés? y es para eso que lo vengo a ver a Enrique... Quiero que los amigos me obsequien con un banquete, con motivo de mi llegada de Europa.
—¿Cómo de tu llegada de Europa?...
—Es figurado no más,¿sabés?... Es un pretexto para dar la noticia en todos los diarios, como hacen muchos... No me voy nada, pero llego... ¿Comprendes?... ¡Bueno!... El banquete no tengo interés de que se realice tampoco, pero sí de que se diga que me lo dieron... Ya tengo cinco o seis firmas de lo mejor, para iniciar el movimiento y conforme cuente con que él no se meterá a andar con rectificaciones y con sonceras... ¡Zas!... Largo la noticia de que subscriben la invitación los señores tales y tales y comienzo a festejar a la muchacha a la que le haya echao el ojo... Así hizo Fermincito Covarrubias y la cosa le salió como de molde. ¡Fijate qué bolada para una muchacha que no halla quién la afile, toparse con una simpatía que es nada menos que un mozo recién llegado de Europa y a quien le dan un banquete!... ¡Claro!... ¡La cosa pega como con goma y se viene derechito!
—¡Sí!... Pero vos sabés que Enrique es enemigo de farsas y que no se va a prestar...
—¡Ya sé y es por eso que lo busco!... Además es necesario que figure algún pariente, por el efecto moral... Lo que es para acompañar tengo firmas de primera... Don Mariano Unzué, el doctor Pellegrini, el general Capdevila, el ministro González, el doctor Benjamín Victorica...
—¿Y quién te ha proporcionado esas relaciones? ¿Cómo has hecho para tener su consentimiento?
—Ahí verás, che... ¡que tu hermano no es tan lerdo!... Los he ido sacando de todos los banquetes en que figuran y he descubierto que les agarran el nombre ¡y se los ponen no más!... ¿Qué se van ocupar ellos en andar rectificando, si ya están acostumbrados?... Cuando más dirán: ¿quién diablos será este Raúl?... y después se olvidarán de la cosa...
—¡Enrique no va a querer, che!... Yo lo conozco y sé que le va a dar una rabia grandísima...
—¡Bueno!... Mirá... Eso a mí no me importa un pito, ¿sabés?... Lo único que yo te pido es que no lo dejés que haga rectificaciones, si llegase a ver su nombre al pie de la invitación... Decile que se haga de una vez hombre de mundo... que se temple a la moderna y que se deje de todas esas ideas rancias y de esas macanas que le dan estructura de loco... Yo soy un buen muchacho, che... que lo único que necesita es campo para volar... ¡Pedile que no me corte las alas!
—¡Bueno... che!... ¡Perfetamente! Pero, ¿y si me dice que no?
—Lo meto en la lista no más... y me hago el sonso!... Con decirle que no he sido yo el que lo puse... ya está... Aquí hay que hacer como Roca, ¡y no hay vuelta... che...! ¡Al que le gusta, que se ría, y al que no, que tome quina y piense que es chocolate!
ENTRE GENTES DE CONFIANZA
“Mi querida Ernestina: Te escribo apurada para hacerte saver que recién acavamos de yegar de Lomas y que estamos muy buenas de salud. Mamá a perdido completamente aquellos mareos que le daban y tuvo que achicar la bata como tres sentímetros porque con los aires del campo perdio como medio kilo. Yo no puedo salir todavía porque acabo de bagar del tren y estoy desnuda. Nos vinimos con lo puesto porque el equipage se lo dejamos a mi tio para que él nos lo mande despacio. Si vieras como he pasado estos quince días que no nos bemos. Encontré una cimpatía que es bastante buen mozo y, después te contaré. Es un mozo de ogos asules, que está muy bien empliao en el jujao de pas y dice mi tio que es de porbenir y muy serio. No te escribo más porque el muchacho está esperando y no quiero demorarlo. Ernestina, dise mamá que te pide como un cerbisio que le digás por el teléfono a ese amigo tuyo que puso el otro día la noticia de que nos íbamos, que lla emos buelto y estamos aquí y que este año pensamos dar algunos resibos a las relaciones festegando la entrada del inbierno. No te vallas a olvidar y decile el nombre de nosotros bien, para que no ponga en la noticia que somos la familia de Mogarrita, que es el apellido de papá, que es tan feo, sino de Lagos, que es más conocido y es el de mama. Dice mama que le digás tanvien que hemos sido muy osequiadas por lo megor de Lomas y que nos visitaron mucho, porque mi tío es allí muy querido y que el gobierno le dibia de dar algún empleo bueno, bisto lo bien que se a portado. El corría con las luces del corso y nadies tubo nada que decir. El pobre es mui bueno y nie va a yudar para que me bisite el mozo de que te hable mas arriba. Se disfrazo de Juan Moreira y otra noche de Cocoliche y nos hiso reir con las ocurrencias que nos digo. A mí me digo que desde que me había visto, le paresia que tenia un hormijero en la naris, en italiano arebesao le salió muy gracioso. Yo creo que me quiere, porque se paso las tres noche con nosotros. Es afisionao a la bisicleta y sacó a Juan Moreira y a Cocoliche montado en bisicleta por lo que todo lo aplaudían. A mí me digo un berso muy lindo. Cuando nos veamos te contare de otra cosas. En Lomas estaban las de García que dijieron los diarios que se iban a Mar del Plata. Bibian en una casita de las orilla alquilaban una piesa para todos y decían que eran sobrinas del presidente y que no podían quedarse sino hasta el gueves después del entiero, porque tenian que ir a resibir a Marselo de Albiar. Que te parece lo que son la notisia de los diarios, ya no se puede crer las notisias que dan sobre la bida social con las mentiras que disen. A mí me encontraron en la plasa y se icieron la que no me conocían, pero yo me les acerqué no más y entonces no sabían qué hacer con nosotras. Nos digieron que estaban con un enfermo que creían era tifos para que no las bisitaramos y supiéramos como bibían amontonadas. Juanita trago un bestido rosa de bolado en forma y manga de farol y María Ester un sombrero muy lebantado de atras y bago de adelante.
Parese que a Juanita la festega un provinsiano y que se casa. Ay algunas que tienen suerte y saben mariar los moso así que no es estraño. Dice mama que te pide que no te olbidés de la notisia de la yegada de nosotras y que hagás costar que somo las de Lagos y no de Mogarrita como digieron. Si tenés algún ratito venite a conbersar. Ya me contaron que el ofisialito aquel de los bomberos, andaba pasando siempre y que te había escrito. Me conto Laurita en la estación Costitucion cuando yegamo y ella iba para Adrogue. No le vas a contestar, acordate de lo que me paso a mi con aquel dependiente por aberle contestado, que después les mostro a todos los amigos y tata mimo lelló mi carta en el café, enseñada por el y se la tubo que quitar y romperla dándome un reto grandísimo...”.
—¡Niña!... Si no v'acabar, v'y a espumar el puchero... y a retirar la olla'sta que vuelva... ¡si acaso me v'a mandar!
—¿Y recién te acordás... condenado?... Vas a ver luego con mama... ¡Ya verás lo que cobrás!... Llevale'esta carta a Ernestina y si te pregunta cuándo llegamos, decile que recién entramos...
—¿Y quién espuma el puchero?... Mire que la niña vive lejos... ¡y no v'y a venir a tiempo!...
—¡Andá no más... y apurate... Mirá... Si te pregunta qu'estoy haciendo, no le digás que cocinando... decile qu'estaba en el piano... ¡No te vayás a olvidar!... ¿eh?... Y fijate, así de paso, a ver lo qu'está'ciendo ella...
—¡La pucha que tiene vueltas el oficio e cocinero... en estas casas de ricos!... ¡Uno es casi com'un estuche!
¡ROBADITA!...
¿Per'usté cre qu'es por verla, mi vida, que me paso todo el día plantao en la bocacalle, llamandolé l'atención a la misma policía?... ¡No crea!... Ya pronto v'acer un mes que la tengo retratada en lo profundo del alma y pa mirarm'en sus ojos y recriarme con la gracia de ese cuerpito tan lindo, miro un poquito p'adentro y ya se me representa como si fuera verdá... hasta con ese gestito de cruel, de mala y d'ingrata, qu'está diciendo “alto el fuego... no se pasen de la raya”, mientras da unos tironcitos que se lo llevan a uno como si fuese a la rastra... Mire, mi alma... y perdone la confianza... Ya que usté sabe muy bien qu'inoro como se llama, m'he visto en la obligación de tener que darle un nombre pa poder hasta tutiarla!... Si acaso no le gustase, digameló con franqueza, porque ya que nadie sabe, puedo cambiarlo por otro de los tantos que me brotan de lo más hondo del alma... Entre “ricura” y “mi vida”, pasé dos noches pensando...
—Se le conoce'n la cara...
—Y así no más ha de ser, a'nque usté le juegue risa!... ¡Bueno!... ¡Mire, mi alma! Si yo me paso las horas como sabe que las paso, quizá arriejando que crean que soy un aplana-calles y que no sé respetar lo qu'es dino de respeto, es sólo porque se me hace qu'el aire que aquí respiro me trai como una esperanza...
—No diga... que aura es de noche... porque v'y a creer qu'es verdá y que soñando dispierta, escuché como llovía...
—¡Mayhaya que soy sin suerte!... Bien me decía la otra tarde el agente Caña-dulce, oservando que mi vista estaba como clavada en cierto balcón dichoso...
—El agente Caña-dulce... Mejor qu'en andar hablando, bien se podía ocupar de ser menos sinvergüenza... Ya no hay muchacha en el barrio que ni siquiera lo mire, por caluñero y guarango... ¿Y qué le dijo su lengua con respeto a mi persona?...
—De malo no dijo nada... porqu'estando yo presente, no hay quien capaz d'echar sombra ni siquiera en la paré de la casa en qu'ella vive... pero sí me declaró qu'éramos más de quinientos atacaos del mismo mal y que no había ninguno que hallara el menor alivio!... Me habló de un joven francés de pantalón de cuadritos, que sabía pasarse días...
—¿No ve si será canalla?... A nadie mejor que a él le costa que ése afiló lo mismo qu'él afilaba y por causa de los dos abandonó su conchavo una muchacha tan buena como Paca Miraflor... Es pa que no suceda lo que a ella le pasó, que le pido que me deje...
—¿La patrona es delicada?...
—¿Delicada?... ¡Cómo no!... Lo que hay es qu'es una vieja separada del marido...
—¡Y se le hace la boca agua si ve comer caramelos!... ¡Bueno, mi alma! ¡Vea!... Yo le v'y a'blar con franqueza y le v'y a probar con hechos que sé lo qu'es respetar lo que merece respeto... ¿Usté sale los domingos?
—¿Y pa qué quiere saberlo?...
—Pa tener un'esperanza y pasarme la semana siquiera con la ilusión de que v'a llegar la hora de poder mirar sus ojos, así, de cerquita, mi alma... ¡como aura la estoy mirando!...
—No se pase... tan seguido, por la vereda de casa... y apriend'a tener pacencia... ¡siquiera hasta otra ocasión!...
—¡La perra... con Caña-dulce y la vieja sin marido! ¡Lo qu'es al criollo Morales no le van a cantar flor sin que uno de estos domingos conteste con una contra... ¡que parezca como dos!...
DE BAQUET'A SACATRAPO
—¡Lo siento... caramba!... Lo siento en l'alma, ¡pero no va'ber más remedio!... ¡Yo v'y tener que dejar de ler los diarios si no quiero reventar de un sofocón el día menos pensao!... ¡Sí, señor!... Nada menos que yo, Juan Antonio González, el hombre más letor que ha'bido en Buenos Aires, v'a tener que privarse de hacer su gusto si no quiere desertar del pellejo en que lo retobó su mama, ¡como decía el finao Apolinario!... ¡No!... Lo qú'es este número, me lo guardo ni a'nque me queme el bolsillo y no paro hasta que no se lo muestre a medio mundo y le pueda decir qu'este señor don Ruperto Cortabarría que ha dao un baile en su casa, al que han asistido todos los copetudos de la ciudá, es aquél mismo Ruperto qu'el infrasquito supo tener de pión en la call'e La Piedá y que se formó a su lao... Mire qu'es chancho el mundo y que pega vue'tas y trompezones!... ¿Quién le diría a la misia Rosario Llavero de Cortabarría, que aura le ponen Ll. de Cortabarría,—pa'cer crer a los abombaos qu'es alguna Llavallol.—qu'iba'ndar pisando alfombras, ella, que sabia chapaliar l'agua con que lavaba las pilas de frascos vacíos p'al anís falsificao?... ¿Y a mí?... ¡Quién me diría cuando salía pa la Bolsa en mi coche propio, hech'un brazo e mar, o cuando jugaba mis truquitos en el Progrueso, qu'iba'llegar un día en que recostao en una pila'e cajones me pasaría las horas renegando y tomando el sol!... ¡Bah!... ¡Y Rosario ha'e tener hijitas lindas y diablas, porqu'ella a'nque'ra lavadora'e frascos tenía unos ojitos y un gestito y un modito'e caminar cuando s'empaquetaba los domingos, que hast'a mí, con ser qu'era el patrón de su marido, me sabía envidar hasta la falta!... ¡Yo no agarraba, porque nunca me gustó revolcarme en la ceniza... pero tuve tentaciones... ¡caramba si las tuve!... ¿Y pa qué lo v'y a negar?... Si me quedé con el punto no fué por irme a la pesca, sino por no traicionarme. ¡Como pa escuchar chillidos andaba yo en ese entonces con aquella campanita que hast'aura me toca a fuego!... ¡Amigo con la Enriqueta, que me supo cortar grande!... Bueno; pero también hay que convenir en qu'era d'esas mujeres que no conocen el yelo, no digo ya ni pintao, sino vivito y coliando!... ¡Qué ojos y qué boquita y qué cuerpo!... ¡Si era un verso caminando y creo que hasta difunto me ha de seguir su cadencia... a'unque ella l'aiga olvidao!... ¡Y es cochino el Ruperto hasta darle con un palo!... Nunca me olvidaré de la mañana en que fuí a verlo después de mi quiebra y cuando ya'bía puesto su Ropería del Carretel... Ni bien le hablé de mi estao, me comenzó a sermoniar y conforme me descuidé me largó como por un tubo, pataliando y sin darme calce... ¡Bueno!... ¿Y a mí qué me va ni qué me viene con que Ruperto dé bailes o dé velorios?... ¿Qué m'importa, vamos a ver?... ¿Acaso yo m'indino por mí, tampoco?... ¡Si me da rabia es que soy argentino, criollo d'esta ciudá y que me revientan las confusiones y las mescolanzas!... Aura'ndamos aquí como cajón de turco y ya la gente ni se conoce... Hombres como yo, que son hijos de buena familia y qu'en su tiempo han sabido dragoniar a lo mejorcito que pisaba la cancha, andan rajuñando en las veredas pa ver si agarran un pan y si se descuidan los revienta el coche de alguno que fué su pión... ¿A mí? ¡Sí!... ¡Lindo lo va'poner la suerte al que me quiera empardar!... Yo no soy d'esos mansitos que los ensilla cualquiera y ya salen al galope... Yo'e corcobiar el día que muerda el freno, como se lo dije ayer a mi compadre García en su misma oficina... ¿Ve?... Ahí está otro pa'yuntarlo con Ruperto... Un cualquiera, nieto de un gringo zapatero que ganó unos pesos pa que los bambolleros de los hijos se metieran a gente, ¡sin fijarse que'andan jediendo a cerote!
SIN REVANCHA...
—¿Quién dice que yo no he tenido miedo?...—preguntó a sus interlocutores el viejo caudillo.
—Es la voz que corre de fogón en fogón!... Todos dicen qu'el comandante, Mosquera, que hoy tropea pa saladero, le supo parar rodeo hast'el ejército e liña...
—Gran caudal con diez centavos, che... Los que hablan han de ser del terneraje, que no ha sentido una lanza culebriando en las costillas en medio de un entrevero... ¡Que yo no he tenido miedo!... ¡Qué bárbaros!...
—¿Y cuál es la vez en que corrió más peligro?...
—¿Peligro de qué?
—Dejuro que ha'e ser de muerte... ¿qu'es el más grand'en que puede hallarse un hombre?...
—¡Asigún, che... asigún!... Pa mí, la vez que la vi más cerca y en que le tuve más miedo... ¡Peligra la verdá, pero es cierto!... fué p'al setenta y cuatro en la liña'e Santa Fe... ¿Pa qué v'y a'blar d'estas cosas?... Dentran mujeres y no quiero que se diga de que no sé respetar lo que merece respeto...
—¡P'cha, qu'es lindo!... ¿Y nos v'a dejar lambiendo?... ¡No diga!...
—No, che... es que hay cosas que mejor es no meñarlas... Eso de comenzar a revolver la memoria, es toriar un avispero... ¡La gran perra!... Fu'en una d'esas cruzadas que se hacían medio escondidas y m'encontr'en una fiesta de aquéllas que ya no se hacen... Er'a la entrada'el verano y yo caí con el sol alto, montao en un parejero que lo traia de tapao, pa ver si le daban calce y les hacía repuluz... ¡Qué flete, che!... Si parece que lo veo... ¡Er'alazán... requemao y pico blanco y yo lo tení'a lo gringo... sin tuzar y con la co'lal garrón... ¡Claro!... Llegué, lo puse a a la sombra y me perdí entre el gauchaje que andaba remolineando alrededor de un fogón como p'asar un rodeo... Ya se puede figurar si me agarrarían con ganas, sabiendo qu'era forastero y que andaba medio alzao... Desd'el locro a los pasteles les corrí sin castigar y en cuanto pa'sé la raya, qu'era un pipón de francés, recogí los cojinillos y pa que no me tentaran ni con taba ni con naipes, labrando mi perdición, enderecé pa un sauzal que costeaba el tajamar... Siempr'he sido sestiador, pero esa vez, el almuerzo y tal vez el calorcito, que ya empezab'a picar, m'estaban gritando vamos... Elegí un tronco grandote, atrás de un cañaveral y ahí no más ya me ovillé, deleitao con las chicharras, que le hacían colita al sueño y a las nubes de jilgueros que caían al desplayao en silencio y apuradas... ¡P'cha que estaba lindo!... A la tarde ib'a salir como quien sale del cielo y los pesos a ponchadas me pasaban por delante conforme clavaba el pico, acariciao por el fresco y aquella tranquilidá del sauzal como dormido... Redepente sient'un ruido y apareció una muchacha con un atadito e ropa... ¡A la cuenta la pioncita!... ¡La perra con el destino que sabe ser chacotón y tiene bromas pesadas!... Era una flor en botón la mocita lavandera... ¿y de'ande va y se me ocurre de comenzarl'a observar?... Si el diablo sabe andar suelto se me hace que es a la siesta y que le ha'e gustar perderse a la orilla'e los arroyos y cerca'e los lavaderos... Me pareció qu'el solcito estaba cayendo a plomo y me dió gan'e pararme y de mandarme a mudar...
—¡Jesús... que barbaridá!...
—¡Y no lo hice, che... y esa fué mi perdición!... Acabao el lavadito, se paró como sin ganas, miró l'agua, se desperezó y comenzó despacito a soltarse la pollera y a desprenderse la bata... Qu'irá a'cer esta chinita? pensé... y algo como una inquietú me dejó paralisao... ¡Amigo con la pioncita que había sabido ser linda, mirada, así, en camisita... y sobre todo después... al dentrar al tajamar!... ¡Conform'iba caminando y se'iba metiendo al hondo ella alzaba la ropita y yo la veia erizarse lo que l'agua la tocaba, apartándose encrespada como no queriendo dirse!... Tuve hasta la tentación de decirle... “hijita... tenga cuidao”... pero no le dije nada, porque en ese mismo instante vi que se zumbullía...
—¿Y usté... qué hizo?
—¿Y qué iba'cer?... ¡Aproveché la ocasión pa medio cerrar los ojos que m'estaban lagrimiando a fuerza e no pestanear, y cuando volvió a salir y enderezó pa la ropa, la miré pa n'olvidarla ni aunque pasaran los años y aquí me tenés tuavía... sin haber tomao venganza de quien me tuvo tan mal y que quizás me'cha al hoyo si le llego a cabrestiar...
¡OJO POR OJO!...
Nosotros, en la tertulia íntima, le escuchábamos con veneración y con respeto, deleitándonos con el relato de sus aventuras romancescas o con el chispear brillantísimo de su espíritu cáustico y mordiente.
—¡Buena cría la suya, che!... ¡Como si no supiéramos aquí lo qu'eran los entrerrianos! ¡Ustedes, en su tierra, nacen chairando el cuchillo!
—¡Miren el nene, se asusta porque tocan a degüello!
—¿Yo?... ¡Ya lo creo!... No me acuerdo haber derramao jamás ni una gota'e sangre inocente... ¡Y cuidao qu'he visto trifulcas!...
—¡Así decían los diarios de su tiempo! Todavía recuerd'un artículo...
—¡Vean! ¡Una cosa son los diarios, che y otra cosa es la verdá!... ¡A no embromar vamos!... Les v'y a contar el único caso en qu'hice degollar un inocente... y quien sabe si lo era tampoco... D'esto no se ocuparon los diarios les aseguro y sin embargo fué tremendo!
—Cruzaba una tardecita por esas sierras de Córdoba, que son com'una pintura, en derecera a los llanos... Iba'apurao y llevaba como escolta un escuadrón de puntanos qu'eran todos como cuadro... Ya casi al anochecer caímos en un rancho serrano, d'esos que ya parece que van a venirse al suelo, pero que se aguantan, dejando pasar los huracanes como si no fuera nada. No hallamos a la llegada más que dos chinas viejas y una chinita obsequiosa, que me convidó con mate y qu'encontré tan donosa, así, a la luz del fogón... Parecía que las llamitas l'alumbraban con cariño, como queriendo besarla... ¡La gran perra!... Era linda con usura y tenía unos ojitos y un modito pa sonreír, que hacían como cosquillas y después era graciosita en el andar... y picarita... Ni sé cómo ni por qué, se me metió en la cabeza que había d'estar resfriada y comencé a recordar una famosa receta que me dieron una vez para curar los resfríos... era una palabra en turco que había que decirle a l'óido a la persona atacada, sin que lo oyera ni el aire...
—¿Ust'está resfriada, hijita?
—No, señor...
—Que no, hijita... si eso se le ve en los ojos... Tal vez usté no lo sepa... viviendo aquí, tan solita...
—Tal vez, señor...
—¿No quiere que yo la cure?...
Y como me mirase sonriendo y me pareciera verle así con una expresión de travesura infinita en sus ojitos tan lindos y hast'en unos dos pocitos que se le hacían en la cara, me saqué un pañuelo'e seda que llevaba en el pescuezo y se lo puse en el d'ella, que me agradeció el regalo... sin decirme ni palabra, pero con más elocuencia que si hubiese hablao en verso...
—¿Y adónde duermes, hijita, en esta casa tan chica?...
—Aquí no más, señor... Allí, en aquel rincón, tienden mi madre y mi tía y yo en aquel otro... en que hay un catre'e guasca...
Y me señaló pa un rincón que quedaba allá en lo oscuro... y que yo vi'luminao como la plaza Vitoria... En ese momento, che, me llegaba de la sierra como a modo de un vientito con fragancia a flor del aire mesturada con poleo, con menta y con piquillín...
—Va a estar fresquita la noche... señor coronel, me dijo la madre de la muchacha que venía a cocinar y empezó a'tizar el fuego...
—¡Así parece, hija!... Y ustedes, cómo viven tan solitas aquí... sin hombres!... ¿No tienen miedo?
—¡Si hay hombres, señor! Lo que tiene es que fueron a meliar... pero tal vez caigan pa la salid'el lucero... Es mi marido, un hijo d'él y tres sobrinos... gente buena, señor... mejorando lo presente.
Comimos como se com'en los ranchos, medio en l'oscuro y yo hice trair mi catr'e campaña. Las viejas me tendieron una cama qu'estaba llamando al sueño con sus sábanas de bramante, almidonadas al estilo'el pago...
—¿Y ya no le llegaba el olorcito a la menta mesturao con flor del aire?...
—¡Qué sé yo, che, si estaba durmiéndome como cuzco en la ceniza!... Derrepente me despertaron las viejas que soplaban a compás y hasta me pareció que la chinita tosía... ¡Claro!... Me acordé de la promesa y quise salir del catre... ¡La perra con las sabanitas!... Empezaron a'cer ruido como si fuesen papeles y como para el remedio tenía que no ser sentido, me comencé a refalar y en eso que fuí a pararme, oigo balar un chivito y siento que me topaba las piernas, mientras una de las viejas le decía a media voz:
—¡Sosegate capitán... que lo vas a despertar al señor coronel!
En la vida le han echao maldiciones más tremendas a ningún chivito guacho, que las que l'eché yo al condenao... ¡Tres veces tenté bajarme y tres veces el chivito me dispertaba a la vieja, mientras oía a la chinita que hacía crujir su catr'entre dormida y dispierta!
—¿Y por qué no se levantaba no más? ¡P'cha qu'era mulita!
—¿No ve?... ¡Así son las cosas!... ¿Y el respeto, amigo, que se tiene que tener por la madr'e las enfermas, cuand'uno anda'ciendo'e médico sin estar autorizao?... De repente se oy'un tropel y cayeron al rancho los meliadores, cargaos de carne y con unas fachas de forajidos... ¡Claro! Eran cuatreros mestizos de saltiadores.
—¿Y se quedó sin decirle a la chinita aquella palabra en turco?
—¿Y sinó? Ya nos levantamos todos y empezó la churrasquiada, pero cuando al aclarar les quise decir adiós, me dijo el dueño'e la casa:
—¿Por qué no se lleva un asao, señor?
—¿Pa qué?... Hemos de hallar poblaciones...
En eso miré p'al rancho y vi al maldito chivito qu'estaba pelando un maíz, brotao por casualidá junto a un cardón medio seco:
—Más bien me llevo ese chivo.
Y antes que me arrepintiera ya'stuvo atao a los tientos y en camino pa los llanos... ¿Ven?... ¡Ésta es la única vez que yo hice derramar sangre... y... caray! ¡creo que fué con razón si se me juzga como hombre!
EL HIJO DE DOÑ'AMALIA
Alertearon los chajáes y los teros, cuando aparecimos en la orilla del baño y a medida que su voz rodaba de mata en mata, perdiéndose en la lejanía velada por las sombras de la noche, tendieron el vuelo rumoroso las gallaretas y los patos, seguidos por la turba anónima, habitadora perenne del pajonal, y por las garzas silenciosas, que se alzaban como con pereza, recogiendo, ceremoniosas y coquetas, sus largas zancas, despedidas por el gruñido de los carpinchos y de las nutrias al azotarse en alarma.
El bañado entero pareció levantarse hacia las nubes, volando desmenuzado, y las víboras y los sapos amedrentados, suspendieron sus monótonos dúos y miraron con sus ojos inquietos el revolar insólito,—signo evidente de próximo peligro.
Y guiados por ese instinto peculiar de los hombres de campo para tomar su rumbo, que mi compañero poseía en alto grado, alcanzamos al rancho entrevisto desde la linde del monte y en el cual pensábamos encontrar quien nos indicara el camino para salir al llano.
—Ave María Purísima...
—¡Sin pecado!... Dentren... que no hay perros.
—¡Mil gracias...! Más miedo les tenemos a las pulgas... refunfuñó mi compañero, mientras yo, estirando el pescuezo por la rendija que servía de puerta a la miserable vivienda, descubría una china vieja que, sentada en cuclillas al lado del fogón, revolvía lentamente una olla vocinglera.
—Ustedes perdonarán... pero estoy friyendo una grasita y no la puedo dejar...
—Siga no más, señora... Esperaremos aquí afuera...
—¡Como gusten...! Los bancos están junto al moginete u sinó aquí, del lao de adentro, cerca e la puerta.
Luego que nos sentamos y encendimos nuestro cigarro, dejando que el espíritu y el cuerpo armonizaran con la quietud apacible que, nos rodeaba, exclamó mi compañero:
—Diga, señora... ¿Nos podría dar un matecito?
—¡Cómo no, señor!... Aura, lo que venga doñ'Amalia, los convidaré, si es que trai yerba.
—¿La cosa no es segura, entonces?
—¡Y qué va a ser, señor!... ¡Si el pulpero de la cuchilla le da un fiao que fué a pedirle a cuenta de una pajita que tenemos cortada, haberá conque y sinó, no!