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Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

Carmen Torres Calderón de Pinillos translation

Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem, Massachusetts. Nació el 6 de julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire, el 19 de mayo de 1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825. Fué empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el objeto de llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación; y fijó su residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado inspector del puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de tres años. Prestó servicios como cónsul de los Estados Unidos en Líverpool desde 1853 hasta 1857. Regresó a la patria en 1861. Fanshawe, su primer cuento, ahora muy difícil de conseguir, fué publicado a su propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en el orden siguiente: Twice Told Tales (1837; segunda serie, 1842); Mosses from an Old Manse (1846); The Scarlet Letter (1850); The House of the Seven Gables (1851); The Wonder-Book (1851); The Blithedale Romance (1852); Snow Image and Other Twice Told Tales (1852); Life of Franklin Pierce (1852); Tanglewood Tales (1853); The Marble Faun (1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título de Transformation, or the Romance of Monte Beni); Our Old Home (1863); Pansie (1864, llamada también The Dolliver Romance); Note Books (1868-1872); Septimius Felton (1872); Tales of the White Hills (1877); Dr. Grimshawe’s Secret (fragmento, 1888).

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

NATHÁNIEL HÁWTHORNE
NATHÁNIEL HÁWTHORNE

EL ANCIANO CAMPEÓN

HUBO una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de injusticias más graves que todas las que amenazara traer la revolución. Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había abolido los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y sin principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes que se fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata del pueblo o de sus representantes; los derechos de los ciudadanos violados, y los títulos de propiedad anulados; las quejas amordazadas por la censura de la prensa; y finalmente, el descontento sojuzgado por una banda de tropas mercenarias que por primera vez hollaba nuestro suelo. Durante dos años continuaron nuestros antecesores en taciturna sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre su lealtad a la madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un protector o por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin embargo, nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.

Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra. Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir a lo lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera señal estuviera pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente abatimiento. Advirtiendo el peligro, los gobernantes trataron de evitarlo por medio de un imponente despliegue de fuerza, confirmando su despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de abril de 1689, Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el licor, reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso cuando comenzó el desfile.

El sonido del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de crisis y agitación, parecía, más bien que la música marcial de los soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que afluía por diversas avenidas se reunió en King Street, lugar destinado, casi una centuria más tarde, a ser el escenario de otro encuentro entre las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su tiranía. Aun cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de los primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más notables quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices. Notábase el rostro grave, el porte generalmente severo, la expresión firme aunque melancólica, la bíblica forma de elocución y la confianza en las bendiciones del cielo por la justicia de su causa, que distinguía a cualquier grupo de los primitivos puritanos cuando se veían amenazados de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no era tiempo aún de que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se encontraban aquel día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en los bosques al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir un edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados del parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus antiguas armas fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de los Estuardos. Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe, de aquellos que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con ferocidad religiosa mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban con sus plegarias. Varios ministros veíanse esparcidos entre la muchedumbre, que les miraba, a diferencia de otras agrupaciones, con tanta reverencia que parecía que sus vestiduras debieran encarnar la santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para tranquilizar al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era motivo de comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera conmoción podía provocar un estallido en todo el país.

—Satanás dará ahora su golpe maestro,—exclamaban algunos,—porque él sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de Smíthfield[32] de King Street!—

A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33] para reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.

—¡El Papa ha ordenado una nueva San Bartolomé!—gritaban otros.—¡Nos asesinarán a todos, a los hombres y a los niños!—

Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la clase más prudente juzgaba el objeto del gobernador algo menos atroz. Sabíase que Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución y compañero venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el terror por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción enemiga apoderándose de su jefe.

—¡Firme con los antiguos privilegios, gobernador!—rugía la multitud, apoderándose de la idea.—¡Buen gobernador, anciano Brádstreet!—

Cuando más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la aparición de la figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet, un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en lo alto de las gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la multitud para que se sometiera a la autoridad constituída.

—Hijos míos,—concluyó el venerable personaje,—no hagáis nada inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea servido de hacer algo por nosotros.—

Los acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los militares. Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la vía, con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de fuego en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el progreso de una máquina arrollando con irresistible empuje todo lo que se encontrara en su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido confuso de cascos en el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que se destacaba la figura central de Sir Édmund Andros, el más anciano de ellos, pero erguido y de aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros favoritos, los enemigos más acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su derecha montaba Édward Rándolph, nuestro principal adversario, aquel “mezquino demoledor,” como le llama Cotton Máther, que llevó a cabo la ruina de nuestra antigua administración, mereciendo el anatema que le persiguió obstinadamente durante su vida y más allá de la tumba. Al otro lado iba Búllivant, lanzando burlas y escarnio a su paso. Venía atrás Dúdley, con los ojos bajos y continente temeroso, como si no se atreviera a afrontar las miradas indignadas del pueblo que le contemplaba a él, su único compatriota, entre los opresores de su país natal. El capitán de una fragata fondeada en el puerto y dos o tres oficiales civiles se veían también en el grupo. Pero la figura que atraía más las miradas del público y despertaba más vibrantes sentimientos, era el clérigo episcopal de King’s Chapel, con sus vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre los magistrados, y encarnando admirablemente la prelacía y la persecución, la unión de la iglesia y el estado y todas aquellas abominaciones que habían llevado al destierro a los puritanos. Una doble hilera de soldados cerraba la marcha.

Toda la escena pintaba la condición de la Nueva Inglaterra: desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que no nace de la naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un lado, la multitud religiosa, con su semblante triste y su obscura vestimenta; y del otro, el grupo de gobernantes despóticos, ostentando acá y allá algún crucifijo sobre el pecho, con el alto personaje eclesiástico al centro, magníficamente ataviados, encendidos por el licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose del murmullo universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una palabra para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el cual podía asegurarse la sumisión.

—¡Oh, Dios de los ejércitos!—clamó una voz entre la multitud,—¡envía un salvador a tu pueblo!—

Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del heraldo para introducir un notable personaje. La multitud había retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera parte de su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la calzada libre entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo hacia el centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba el antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa a la moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al costado; pero llevaba además un bastón en la mano para sostener el trémulo temblor de los años.

Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su pecho. Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta, prosiguió su camino en línea recta hacia adelante.

—¿Quién es este anciano patriarca?—preguntaron los jóvenes a sus padres.—

—¿Quién es este hermano venerable?—se preguntaron los viejos unos a otros.—

Nadie pudo responder. Los patriarcas del pueblo, que contaban ochenta años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los viejos consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de este blanco patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?

—¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este hombre?—susurraba la admirada multitud.

Entretanto el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de la edad caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando el compás de la música militar. De esta manera avanzaron, la antigua aparición de un lado y toda la parada de soldados y magistrados por el otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia en medio de ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:

—¡Deteneos!—

La mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria, fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido, calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo. Un temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta aparición, en que se combinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan vagamente entrevista, con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado de su tumba por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva Inglaterra.

El gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su inesperada detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca aparición. El anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con mirada austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que les acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no tenían más recurso que obedecer.

—¿Qué hace aquí este viejo?—gritó Édward Rándolph ferozmente.—¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no dejéis a este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la nación: ¡hacerse a un lado o ser pisoteados!

—Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca,—dijo riendo Búllivant.—¿No veis que es algún antiguo dignatario que ha estado durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos? ¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo Noll![34]

—¿Estáis loco, anciano?—preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e incisivo.—¿Cómo os atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey Jaime?

—Habría detenido en estos momentos aun la marcha del mismo rey,—replicó el respetable personaje con severa compostura.—Me encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime? No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás! ¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos que desees que te pronostique el cadalso!—

El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que no estuviera acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de años atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en instrumentos de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos duros y crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil de ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni enemigos se habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus pensamientos, no pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos. Mas, sea que estuviese dominado por la mirada del blanco adalid, sea que adivinara el peligro en la actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta y a la defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado, Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.

Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se retiraban las tropas de King Street y el pueblo se amotinaba tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más edad que él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo hasta que quedó solamente el espacio vacío. Pero todos convenían en que la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en las horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron cuándo se celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra tumularia.

¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en los anales de aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa para el tiempo, pero gloriosa en la eternidad por su lección humillante para los monarcas, y altamente ejemplarizados para los vasallos. He oído decir que dondequiera que los puritanos necesitan mostrar el espíritu de sus ascendientes, aparece de nuevo el anciano. Transcurridos ochenta años, se presentó otra vez en King Street. Cinco años después, en la aurora de cierta mañana de abril, apareció en la pradera frente a la capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta ahora el obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caída de la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los alrededores. ¡Mucho, mucho tiempo puede transcurrir antes de que se presente otra vez! Su hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de peligro. Mas, si la tiranía nacional nos oprimiera alguna vez o el paso de los invasores violara nuestro suelo, volvería de nuevo el anciano campeón, porque encarna el espíritu genuino de la Nueva Inglaterra; y su aparición simbólica en la hora del peligro representará siempre la promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán corresponder a su alcurnia.

EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT[35]

Tema admirable para una novela filosófica es la historia de los primeros colonos en Mount Wóllarton o Merry Mount. En el ligero bosquejo a continuación, los hechos consignados en las severas páginas de nuestros cronistas de la Nueva Inglaterra hanse cambiado casi espontáneamente en una especie de alegoría. Las mascaradas, mojigangas y costumbres festivas descritas en el texto, están de acuerdo con los usos de aquel tiempo. Puede tomarse como autoridad en esta materia el Book of English Sports and Pastimes de Strutt.

HERMOSOS días los de Merry Mount, cuando el May-pole era el estandarte de aquella alegre colonia! Los que lo erigían como triunfante bandera hacían brotar claridad y alegría sobre las agrestes colinas de la Nueva Inglaterra, y esparcían semillas de flores en todo el país circunvecino. El regocijo y la melancolía se disputaban entonces el imperio. La víspera de San Juan había llegado, aportando a los bosques verdor más intenso y llevando en su regazo rosas de color más vivido que los tiernos pimpollos de la primavera. Pero Mayo, o su espíritu gozoso, habitaba el año entero en Merry Mount, divirtiéndose en los meses de verano, alborotando en el otoño y calentándose en torno del fuego durante las brumas del invierno. Revoloteaba con sonrisa soñadora a través del mundo lleno de pesares y preocupaciones hasta que vino a establecer sus lares entre los espíritus risueños de Merry Mount.

Jamás se había visto el May-pole tan galanamente ataviado como en aquella tarde víspera de San Juan. El venerado emblema era un pino que había conservado la flexible gracia de la juventud aunque igualaba en altura a los monarcas más potentes de la antigua selva. En su cima flotaba una bandera de seda que ostentaba los colores del arco iris. Abajo, cerca del suelo, el tronco estaba revestido de ramas de abedul y varias otras del verde más lleno de vida, entre las que se mezclaban algunas de hojas argentadas, sujetas con cintas flotantes en fantásticos nudos de veinte colores distintos, a cual más encendidos. Flores cultivadas y flores silvestres reían alegremente entre el verdor, tan fresco y húmedo, que parecía haber brotado por arte de magia en este regocijado pino. Hacia donde terminaba este verde y florido esplendor, veíase pintado el May-pole con los siete brillantes colores de la bandera que ostentaba al tope. De las ramas verdes más bajas pendía una frondosa guirnalda de rosas, cogidas algunas en los parajes más soleados del bosque, y otras, de colorido aun más rico, nacidas de las semillas inglesas que los colonos habían cultivado. ¡Oh, pueblo de la edad de oro, cuya principal ocupación era cultivar flores!

Mas ¿qué significaba la extraña multitud que cogida de las manos veíase el torno del May-pole? No podía suponerse seguramente que los faunos y ninfas de las antiguas fábulas, arrojados de sus clásicas grutas, hubieran buscado refugio en los frescos bosques del oeste, como lo habían hecho los demás perseguidos. Éstos parecían monstruos góticos, aunque quizá de descendencia griega. En los hombros de un hermoso mancebo erguíanse la cabeza y las astas ramosas de un ciervo; otro, humano en todo lo demás, tenía un rostro horrible de lobo; un tercero, con el tronco y las piernas de hombre, mostraba la barba y los cuernos de un venerable macho cabrío. Por allá se destacaba la figura erguida de un oso, fiera en todos sus detalles, salvo en sus piernas traseras, cubiertas de medias de seda color de rosa. Y allí otra vez, casi portentoso, aparecía un verdadero oso de las profundidades de la selva, extendiendo sus garras delanteras prontas a estrechar manos humanas, y tan dispuesto al parecer como los demás de la rueda a desempeñar su parte en la danza. Su figura inferior levantóse a medias para llegar a la altura de sus compañeros cuando éstos se detuvieron. Otros rostros tenían la apariencia de hombres o mujeres, pero disformes y extravagantes, con rojas narices colgando delante de las bocas que mostraban horribles profundidades, distendiéndose de oreja a oreja en una perpetua carcajada. Podía verse allí al hombre primitivo, bien conocido en la heráldica, peludo como un cinocéfalo y con su cinturón de hojas verdes. A su lado se discernía una figura más noble quizá, pero siempre contrahecha, un cazador indio con penacho de plumas y cinturón de conchas. Muchos personajes de esta bizarra compañía llevaban gorros de bufones y pequeños cascabeles pendientes de su atavío, que vibraban con sones argentinos en armonía con la música inaudita de su espíritu jovial. Algunos mancebos y doncellas ofrecían aspecto más serio, pero mantenían bien su puesto, sin embargo, en medio de la heterogénea multitud, por el arrobamiento exaltado que se revelaba en sus facciones. Todos estos personajes eran los colonos de Merry Mount solazándose en la vasta sonrisa del sol poniente alrededor de su venerado May-pole.

Si algún paseante extraviado en la melancólica selva hubiera oído este regocijo y lanzado una furtiva y quizá medrosa mirada al espectáculo, habría juzgado que era el séquito de Como, convertidos ya en brutos algunos de sus personajes, otros a media transformación entre el hombre y la bestia, y embriagados otros en el torrente de enloquecedora alegría que precedía al cambio. Entretanto, una banda de puritanos, que, invisible, espiaba la escena, asimilaba la mascarada a los espíritus diabólicos y corrompidos con los cuales poblaba su superstición el negro caos.

Dentro del círculo de monstruos se destacaban dos figuras tan aéreas que hacían pensar que jamás hubieran hollado piso más sólido que nubes de púrpura y doradas. La una era un mancebo de resplandecientes vestiduras, con una banda semejando el arco iris que le cruzaba sobre el pecho. Su mano derecha sostenía un cetro dorado, emblema de alta dignidad entre los alegres adoradores del May-pole; mientras oprimía con la izquierda los gráciles dedos de una hermosa doncella, no menos brillantemente ataviada que su compañero. Vívidas rosas contrastaban, en su esplendente colorido, con los obscuros y sedosos rizos de sus cabelleras, y veíanse esparcidas a sus pies, donde quizá brotaron espontáneamente. Detrás de la luminosa pareja y tan próximo al May-pole que las ramas más bajas sombreaban su semblante jovial, había un sacerdote inglés adornado de sus vestiduras canónicas, pero cubiertas de flores a la moda del paganismo, y llevando una corona de vid natural. Por el extravío de sus ojos movibles y la decoración pagana de su continente parecía el monstruo más selvático y el verdadero. Como de la reunión.

—¡Adoradores del May-pole!—exclamó el florido oficiante,—alegremente han resonado los bosques todo el día con vuestro regocijo. Pero ésta debe ser vuestra hora más feliz, corazones míos. Sí; aquí están el rey y la reina de Mayo, a quienes yo, un clérigo de Oxford y gran sacerdote de Merry Mount, voy a unir en este instante con los santos lazos de Himeneo. ¡Levantad vuestro espíritu ligero, vosotros, bailarines moriscos, hombres de las selvas y risueñas doncellas, osos, lobos y cornudos caballeros! Venid, entonad un coro ahora, vibrante con el antiguo júbilo de la alegre Inglaterra, y con el entusiasmo más exaltado de esta fresca selva; y luego, una danza para mostrar a esta joven pareja para qué se ha hecho la vida y cuán ligeramente habrán de atravesarla! ¡Vosotros todos que amáis el May-pole, prestad vuestras voces para entonar el canto nupcial del rey y la reina de Mayo!—

Este himeneo era acontecimiento más serio de los que tenían lugar de ordinario en Merry Mount, donde la broma y la farsa, la travesura y la fantasía fomentaban un continuo carnaval. El rey y la reina de Mayo, aun cuando debieran perder su título al ocaso, iban a ser real y verdaderamente compañeros en la danza de la vida, comenzando el compás aquella misma hermosa tarde. La guirnalda de rosas que pendía de las verdes ramas bajas del May-pole había sido trenzada para ellos y se arrojaría sobre sus cabezas unidas como símbolo de su florida unión. Así, tan luego que el sacerdote concluyó, una exclamación tumultuosa brotó del grupo de figuras monstruosas.

—¡Comenzad la estrofa, reverendo padre,—gritaron todos;—y jamás habrán coreado los bosques ecos tan regocijados como los que lanzaremos al aire los adoradores del May-pole!—

Inmediatamente se dejó oír un preludio de flautas, cítaras y violas, tocado por hábiles ministriles desde el fondo de una arboleda vecina, con tan alegre cadencia que hasta las ramas del May-pole se estremecieron a sus sones. Pero el rey de Mayo, el del cetro dorado, buscando los ojos de su reina, sorprendióse de la mirada casi melancólica que tropezó con la suya.

—Édith, mi dulce reina de Mayo,—murmuró en tono de reproche,—¿esta guirnalda de rosas pende acaso sobre nuestras tumbas que tan triste apareces? ¡Oh, Édith! ¡Ésta es nuestra época de oro! No la opaques con sombras de melancolía; porque nada nos traerá el futuro más hermoso que el recuerdo de lo que en estos momentos está pasando.

—¡Esto es precisamente lo que me entristece! ¿Cómo ha venido también a tu mente?—dijo Édith en tono aun más bajo que el suyo; pues era delito de alta traición estar triste en Merry Mount.—Por esto suspiro en medio del festival y de la música. Y además, querido Édgar, me parece debatirme en un sueño, y pienso que las figuras de nuestros joviales amigos son visiones; que su alegría es imaginaria; y que no somos nosotros en realidad el rey y la reina de Mayo. ¿Qué misterio es éste que oprime mi corazón?—

Precisamente en aquel instante, como al influjo de algún conjuro, cayó una ligera lluvia de hojas de rosa ya marchitas del May-pole. ¡Ay de los pobres amantes! Tan pronto como ardieron sus corazones en la verdadera pasión, sintieron algo vago y perecedero en sus anteriores placeres y les acometió un medroso presentimiento de cambios inevitables. Desde el momento en que amaron profundamente, cayeron bajo la ley terrenal de pesar y preocupaciones, de alegrías turbadas, y se encontraron ya extraños en Merry Mount. Éste era el misterio del corazón de Édith. Dejemos ahora que el sacerdote los una, y que las máscaras se diviertan en torno del May-pole, hasta que el último rayo del sol se refleje en su cima, y las sombras de la selva pongan su melancolía en medio de las danzas. Veamos, entretanto, quiénes eran estos alegres personajes.

Hace doscientos años, quizá más, que el mundo antiguo y sus habitantes se fatigaron mutuamente de sus sempiternas relaciones. Los hombres emigraron por millares hacia el oeste; unos, para trocar cuentas de vidrio y baratijas de joyería por las pieles de los cazadores indios; otros, para conquistar terrenos vírgenes; y otros, más austeros, para orar. Pero ninguno de estos motivos había sido el aliciente para los colonizadores de Merry Mount. Sus jefes fueron hombres que habían gozado tanto de la vida, que cuando se presentaron los enfadosos huéspedes, Pensamiento y Sabiduría, se encontraron arrollados por la turba de pompas y vanidades a las cuales debían haber puesto en fuga. Obligaron al errante Pensamiento y a la Sabiduría pervertida a endosar una máscara y representar la farsa de la Locura. Los hombres de quienes nos ocupamos, habiendo perdido la fresca alegría del corazón, imaginaron una filosofía de placer desenfrenado y vinieron a estos lugares para realizar sus fantasías. Reunieron adeptos en aquella aturdida raza cuya vida entera transcurre como los días festivos de los hombres graves. Había en su séquito ministriles no del todo desconocidos en las calles de Londres; cómicos ambulantes, cuyo teatro fueran los salones de los gentileshombres; bufones, juglares y saltimbanquis, cuya ausencia se dejaría sentir por largo tiempo en las romerías, fiestas conmemorativas y ferias; en una palabra, forjadores de alegría en todo sentido, que abundaban en aquella época, pero que comenzaron a desaparecer con el desarrollo del puritanismo. Ligeros habían sido sus pasos sobre la tierra y ligeramente cruzaron ellos el océano. Muchos habían sido arrojados por sus sufrimientos en desesperada locura de placer; otros eran tan locamente festivos por la fuerza de su juventud, como el rey y la reina de Mayo; mas, cualquiera que fuese la causa de su regocijo, jóvenes y viejos estaban alegres en Merry Mount. Los jóvenes se creían felices. Los de más edad, aun cuando supieran que el regocijo es solamente una falsa felicidad, seguían, sin embargo, obstinadamente la engañosa sombra pues que siquiera llevaba brillante atavío. Frívolos impenitentes durante toda su vida, no se atrevían a aventurarse en las austeras verdades de la existencia, ni aun con la esperanza de encontrar los goces verdaderos.

Todos los pasatiempos clásicos de la vieja Inglaterra habíanse transplantado allí. El rey de Christmas ostentaba su corona y el monarca de Misrule (Desconcierto) llevaba un cetro poderoso. La víspera de San Juan cortaban varios acres de bosque para hacer hogueras y danzaban a su lumbre toda la noche coronados de guirnaldas y arrojando flores a las llamas. En tiempo de cosecha, aun cuando su campo fuese el más pequeño, hacían una imagen con las gavillas de maíz, la decoraban con guirnaldas de otoño y llevábanla en triunfo al hogar. Pero lo que caracterizaba especialmente a los colonos de Merry Mount era su veneración por el May-pole, que ha convertido su historia en un cuento lleno de poesía. La primavera cubría de botones y de frescos y verdes vástagos el venerado emblema; el verano le traía rosas del más vivo colorido y el follaje perfecto de los bosques; el otoño le enriquecía con su pompa roja y amarilla que convertía cada hoja silvestre del bosque en una pintada flor; y el invierno le plateaba con su escarcha, adornándole de estalactitas hasta que resplandecía a la luz semejando todo él un rayo helado del sol. Así alternaban las estaciones su homenaje al May-pole pagándole el tributo de su más rico esplendor. Sus adeptos bailaban en torno del árbol por lo menos una vez al mes; denominábanle a veces su religión o su altar; pero en toda ocasión representaba el estandarte de Merry Mount.

Desgraciadamente, había en el Nuevo Mundo ciertos hombres que alardeaban de una fe más austera que la de aquellos alegres adoradores del May-pole. No muy lejos de Merry Mount había una colonia de puritanos, hombres los más infelices, que recitaban sus plegarias antes del amanecer y trabajaban luego en los bosques o en las sementeras hasta que la noche les llamaba de nuevo a la oración. Tenían siempre sus armas apercibidas para atacar a los salvajes extraviados. Cuando se reunían en cónclave, jamás era para sostener el clásico regocijo inglés, sino para escuchar sermones que se prolongaban tres horas, o proclamar premios por cabezas de lobos o cabelleras de indios. Sus fiestas eran días de vigilia y su distracción principal el canto de los salmos. ¡Desgraciado del mozo o doncella que siquiera soñara con la danza! Los hombres eminentes hacían un signo al condestable; y ponían en el cepo a los réprobos de pies ligeros; o de haber danza, era en derredor del poste de los azotes, que podía llamarse el May-pole de los puritanos.

Una partida de estos feroces puritanos, abriéndose paso penosamente a través de las dificultades de la selva y revestido cada uno de una armadura de hierro pesadísima para embarazar su marcha, llegaba a veces hasta el risueño recinto de Merry Mount. Allí estaban los suaves colonos, regocijándose en torno del May-pole; quizá enseñando la danza a algún oso, o tratando de comunicar su alegría a los graves indios; o disfrazándose con las pieles de los ciervos y los lobos que habían cazado con este objeto. A menudo la colonia entera, y los magistrados como todos los demás, jugaba un juego semejante a la gallina ciega, en el cual perseguían los gozosos pecadores, con los ojos vendados, a uno de ellos sin vendar que hacía de chivo y a quien debían descubrir por el ruido de los cascabeles que llevaba en sus vestidos. Se dice que una vez vióseles escoltando hasta su tumba un cadáver cubierto de flores, en medio de músicas festivas y gran regocijo. ¿Reiría el difunto? En sus momentos de tranquilidad cantaban baladas y recitaban historias para edificación de sus piadosos visitantes; o llenábanles de perplejidad con sus juegos de prestidigitación; o les hacían muecas desde el centro de collarines de caballo; y cuando se fatigaban de diversión, hacían broma de su mismo cansancio y comenzaban a apostar a los bostezos. Presenciando todas estas enormidades, los hombres de hierro sacudían la cabeza y fruncían las cejas de manera tan sombría que los alegres alborotadores levantaban los ojos al cielo para observar la momentánea nube que había opacado el resplandor del sol que, estaba sobrentendido, debía brillar constantemente en aquellos parajes. De otro lado, afirmaban los puritanos que cuando elevaban un salmo en sus lugares consagrados, el eco que devolvían las selvas semejaba muchas veces el estribillo de un alegre coro que terminaba en una carcajada. ¿Quién sino el demonio y sus fieles secuaces, los habitantes de Merry Mount, había de molestarles? Con el tiempo levantóse una enemistad, amarga y sombría de un lado, y tan seria como podía serlo, por el otro, entre los puritanos y los espíritus ligeros que habían jurado pleito homenaje al May-pole. El carácter futuro de la Nueva Inglaterra hallábase en juego en esta insoportable querella. Si los feroces santos llegaban a establecer su jurisdicción sobre los joviales pecadores, su espíritu obscurecería el ambiente y convertiría el país en una tierra de rostros nublados, de ardua labor, de sermones y salmos por toda la eternidad. Pero si el estandarte de Merry Mount alcanzaba la primacía, brillaría el sol sobre las colinas, las flores embellecerían la floresta, y toda la posteridad rendiría homenaje al May-pole.

Después de estos detalles auténticos de la historia, volvamos a las nupcias del rey y la reina de Mayo. ¡Ah! hemos demorado demasiado y nos vemos obligados a ensombrecer nuestra historia repentinamente. Lanzando una ojeada al May-pole, encontramos que un solitario rayo de sol se desvanece en su cima dejando solamente un débil matiz dorado fundiéndose entre los tonos irisados de la bandera. Aun esta dudosa luz comienza a desaparecer, abandonando el dominio entero de Merry Mount a las brumas del atardecer, que tan instantáneamente han surgido de los negros bosques circunvecinos. Mas algunas de estas obscuras sombras asumen figura humana.

Sí; con el sol poniente, ha pasado para Merry Mount su último día de regocijo. El círculo de alegres máscaras estaba roto y en desorden; el ciervo bajaba sus astas tristemente; el lobo se volvía más débil que un cordero; los cascabeles de los danzantes moriscos repiqueteaban con trémulos sones de terror. Los puritanos habían tomado una parte característica en la mascarada del May-pole. Sus sombrías figuras mezclábanse a las bizarras formas de sus enemigos, convirtiendo la escena en un cuadro de actualidad semejante al despertar de la mente en medio de las fantasías desparpajadas de un sueño. El jefe del bando hostil erguíase en el centro del círculo, mientras el séquito de monstruos se inclinaba en torno suyo semejando espíritus del mal en presencia de un mago temido. Ninguna farsa fantástica podía continuarse en su presencia. Tan indomable se revelaba la energía de su continente, que la figura entera, rostro cuerpo y ánima, parecía forjada en hierro, toda de una pieza con el casco y la armadura, aunque dotada de vida y pensamiento. ¡Era el puritano de los puritanos; era Éndicott en persona!

—¡Detente, sacerdote de Baal!—dijo con torvo ceño y colocando su mano irreverente en la sobrepelliz.—¡Te conozco, Bláckstone![36] Eres el hombre que jamás pudo soportar disciplina alguna, ni siquiera la de tu corrompida religión, y has venido aquí a predicar la iniquidad de que diste el ejemplo con tu propia vida. Mas ahora se verá que el Señor ha santificado estos lugares por medio de su pueblo escogido. ¡Anatema sobre los profanadores! ¡Y ante todo, sobre esta abominación cubierta de flores, el altar de tu religión!—

Y con su cortante espada asaltó Éndicott el venerado May-pole. No resistió el árbol por largo tiempo su poderoso brazo. Gimió con tristes ecos; llovieron hojas y capullos sobre el cruel exaltado; y cayó por último el estandarte de Merry Mount arrastrando sus verdes ramas, cintas y flores, símbolo de placeres desvanecidos. A su caída, cuenta la tradición, se puso el cielo más obscuro y enviaron los bosques sombras más tétricas sobre aquellos lugares.

—¡Allí,—gritó Éndicott, mirando su obra con aire triunfador,—allí yace el único May-pole de la Nueva Inglaterra! Tengo la firme convicción de que su caída decidirá la suerte de los livianos e indolentes sectarios de la alegría durante nuestros días y los de toda nuestra posteridad. ¡Amén, dice John Éndicott!

—¡Amén!—coreó su séquito.

Los adoradores del May-pole lanzaron un gemido por su ídolo. A esta manifestación, el jefe puritano dirigió una mirada a la cuadrilla de Como, en que cada figura, representación de la más franca alegría llevaba en aquel momento la expresión de hondo abatimiento y tristeza.

—Valiente capitán,—inquirió Péter Pálfrey, el más anciano de la banda,—¿qué disposiciones se tomarán con respecto de los prisioneros?

—No pensaba arrepentirme jamás de haber echado abajo un May-pole y, no obstante encuentro ahora en mi corazón que le plantaría de nuevo para procurar a todos estos paganos otra danza en torno de su ídolo. ¡Hubiera servido perfectamente como poste de azotes!

—Hay bastantes pinos, sin embargo,—sugirió el lugarteniente.

—Es verdad, buen anciano,—replicó el jefe.—De consiguiente, atad a la condenada banda y procurad a cada uno de ellos una pequeña ración de cardenales como adelanto de nuestra futura justicia. Colocad luego en el cepo a algunos de esos villanos para que descansen hasta que la Providencia los conduzca a una de nuestras bien organizadas colonias donde podremos encontrar acomodo para todos. Después pensaremos en otros castigos, como marcas de hierro candente o corte de las orejas.

—¿Cuántos azotes para el sacerdote?—preguntó el anciano Pálfrey.

—Ninguno todavía,—respondió Éndicott, dirigiendo su inflexible ceño hacia el reo.—El gran tribunal general determinará si los azotes y larga prisión, acompañados de otras severas penas, serán expiación suficiente por sus culpas. ¡Dejadle mirar dentro de sí mismo! Por violaciones de orden civil podríamos sentir piedad, mas ¡ay de aquel que ataca nuestra religión!

—Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes de sus compañeros?—preguntó el oficial.

—¡Disparad vuestras armas en su cabeza!—exclamó el enérgico puritano.—¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!

—Aquí hay una resplandeciente pareja,—continuó Péter Pálfrey, señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.—Parecen ser de alto rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo menos doble ración de azotes.—

Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró atentamente el atavío y el continente de la desventurada pareja. Estaban pálidos, temerosos y abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo sostén y pura afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que eran marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la reina de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle sentir ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la adversidad. Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la torva faz del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras los vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos puritanos. Mas nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y tan pura como cuando su esplendor se abrillantaba con el infortunio.

—¡Joven,—dijo Éndicott,—te encuentras en momentos difíciles, tanto tú como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque imagino que tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!

—¡Hombre inflexible!—exclamó el rey de Mayo,—¿cómo podré conmoverte? Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero encontrándome impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras, pero deja marchar ilesa a Édith!

—De ningún modo,—replicó el cruel fanático.—No hemos de mostrar, ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más estricta disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de penas además de la suya propia?

—¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi cabeza!—exclamó Édith.

En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los pobres amantes en terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos estaban prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba y un destino riguroso encarnado en el jefe puritano, era todo lo que tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que avanzaba pudo disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al dulce espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de sus bellas esperanzas.

—Las penas de la vida han venido muy temprano para esta joven pareja—observó Endicott.—Veremos cómo se manejan en su desgracia actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis encontrar en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey de Mayo y a su dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de ello, algunos de vosotros.

—Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?—preguntó Péter Pálfrey, dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y sedosos bucles del mancebo.

—Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en el verdadero estilo calabaza,—replicó el capitán.—Traedlos luego con nosotros, pero con más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el mancebo que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha sido. ¡No imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra perecedera existencia, son aquellos que la malgastan danzando en torno de un May-pole!—

Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que fundaron los pétreos cimientos de la Nueva Inglaterra, levantó la guirnalda de rosas del abatido May-pole y la arrojó con su propia mano cubierta del guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y la reina de Mayo. Fué un acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral del universo destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión de apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido entretejida con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que les unía representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía del cielo, sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote atravesar, y jamás dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas desvanecidas de Merry Mount.

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER

EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo. El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma. El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días; mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.

—Mis antiguos y queridos amigos,—dijo el doctor Héidegger, haciéndoles tomar asiento,—Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.—

Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del doctor Héidegger era un sitio de los más curiosos: una obscura cámara, amueblada a la antigua, festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde tiempo inmemorial. Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble, cuyos anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños libros en duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central había un busto de Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas, acostumbraba sostener consultas el doctor Héidegger en todos los casos difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había un armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta puerta se divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido entre dos estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada superficie dentro de un deslustrado marco dorado. Entre muchas otras historias maravillosas que se relataban acerca de este espejo, decíase que las almas de todos los pacientes difuntos del doctor habitaban dentro de su vera, y se encaraban con él siempre que miraba en aquella dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado con el retrato de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y brocado en descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su atavío. Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una de las recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda aún por mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme infolio, encuadernado en cuero negro y cerrado con pesados broches de plata. No llevaba letras en el lomo y nadie podía decir el título de la obra. Pero sabíase perfectamente que era un libro de magia, y una vez que lo cogió una camarera, simplemente con la idea de quitarle el polvo, el esqueleto se removió en su armario, el retrato de la dama colocó un pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron en el espejo; en tanto que la bronceada cabeza de Hipócrates fruncía el ceño y decía: “¡Detente!”

Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la tarde de estío a que se refiere nuestra historia, había una pequeña mesa redonda, negra como el ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un ánfora de cristal cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol penetraban a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas de damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera que un suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los cinco viejos reunidos en torno. También había cuatro copas de champaña sobre la mesa.

—Mis antiguos y queridos amigos,—repitió el doctor Héidegger,—¿puedo confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento extremadamente singular?—

Hay que advertir que el doctor Héidegger era un viejo caballero muy original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la base de mil fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones, dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y verídica persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan con la credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de novelero.

Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al doctor de su famoso experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de un ratón por medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier basura en el microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que tenía el hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel enorme infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general declaraba ser un libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras, abrió el volumen y sacó de entre sus góticas páginas una rosa o lo que fué alguna vez una rosa, pues que entonces las verdes hojas y pétalos de púrpura habían adquirido un tono parduzco, y la flor entera parecía a punto de convertirse en polvo entre las manos del doctor.

—Esta rosa,—explicó suspirando el doctor Héidegger,—esta misma rosa que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció hace cincuenta y cinco años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y yo pensaba llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco años la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro. Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera revivir alguna vez?

—¡Qué ocurrencia!—exclamó la viuda Wycherly con un impertinente movimiento de cabeza.—¡Podríais preguntar igualmente si un rostro arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!

—¡Mirad!—respondió el doctor Héidegger.

Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua que allí había. Al principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber nada de humedad, al parecer. Pronto, sin embargo, pudo notarse un cambio singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron, adquiriendo un tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún sueño mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes; y por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca como cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía completamente abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas apretábanse todavía modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban dos o tres gotas de rocío.

—Es ciertamente una linda ilusión óptica—dijeron descuidadamente los amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros en espectáculos de prestidigitación;—haced el favor de mostrarnos de qué manera se realiza.

—¿Habéis oído hablar alguna vez de la Fuente de la Juventud?—preguntó el doctor Héidegger,—aquélla que fué a buscar Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?

—Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?—preguntó la viuda Wycherly.

—No,—respondió el doctor Héidegger,—porque nunca la buscó en su verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado, se encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias magnolias gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se conservan tan frescas como violetas por la virtud de esta agua maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de estudios, me ha enviado la que veis en aquel vaso.

—¡Ejem!—murmuró el coronel Kílligrew, que no creía una palabra de la historia del doctor;—y ¿cuál sería el efecto de este líquido en la naturaleza humana?

—Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido coronel—replicó el doctor Héidegger,—y vosotros todos, mis respetados amigos, sois los bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad necesaria para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del experimento.—

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las cuatro copas de champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía impregnada de algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas burbujas desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos personajes no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y reconfortantes y, aun cuando escépticos con respecto a su poder rejuvenecedor, sentíanse inclinados a beberlo inmediatamente. Pero el doctor Héidegger les detuvo por un momento.

—Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos amigos,—dijo,—sería conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido durante vuestra vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar, no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de vuestra edad!—

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la idea de que, conociendo cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de extraviarse nuevamente.

—Bebed entonces,—dijo el doctor inclinándose.—Me regocijo de haber elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.—

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más lastimosamente.

Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni placeres, que hubieran sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las mismas criaturas grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor de la mesa del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de nuevo los vasos sobre la mesa.

Indudablemente pudo notarse al punto cierta animación en el aspecto de los invitados; algo así como el efecto producido por un vaso de vino generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba en los cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas, reemplazando la palidez terrosa que les hacía asemejarse a un cadáver. Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico poder principiaba a borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo había grabado desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su capota, casi sintiéndose mujer de nuevo.

—¡Dadnos un poco más de esta agua maravillosa!—exclamaron ansiosamente.—Hemos comenzado a rejuvenecer, pero estamos todavía demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!

—¡Paciencia, paciencia!—dijo el doctor Héidegger que, sentado, observaba los efectos del experimento con filosófica frialdad.—Habéis puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os contentaréis con rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra disposición!—

Llenó las copas nuevamente con el licor de la juventud, del cual quedaba lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes como sus nietos a la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún las burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de los vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso? No bien acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció presentarse un cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros y brillantes; una sombra obscura se extendió sobre sus plateados rizos; y se encontraron reunidos en torno de la mesa del doctor Héidegger tres caballeros de mediana edad y una dama salida apenas de la primera juventud.

—¡Mi querida viuda, estáis encantadora!—exclamó el coronel Kílligrew que había conservado la mirada fija sobre el rostro de la señora, mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante la aurora de un nuevo día.

La hermosa viuda sabía desde largo tiempo atrás que los elogios del coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad; así, saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus miradas tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto los tres caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer que el agua de la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades espirituosas; a menos que la exaltación de sus ideas fuera simplemente el alegre desvanecimiento producido por la súbita desaparición del peso de los años. La imaginación del señor Gascoigne parecía encaminarse a tópicos políticos; mas no era fácil determinar si sus elucubraciones se referían al pasado, al presente o al futuro, pues que las mismas ideas e idénticas frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes atrevidos en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni siquiera su propia conciencia llegara a apoderarse del secreto; o expresábase de nuevo con acento mesurado y docta entonación de orador, como si oídos reales escucharan los bien redondeados períodos de su arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo tiempo una alegre canción báquica, tamborileando en su vaso el compás del coro, mientras sus ojos vagaban sobre el risueño semblante de la viuda Wycherly. Al otro lado de la mesa el señor Médbourne sumíase en profundos cálculos de dólares y centavos, que tenían que ver particularmente con un proyecto para proveer de hielo a las Indias Orientales o equipar un tiro de ballenas para los témpanos polares.

En cuanto a la viuda Wycherly, permanecía frente al espejo haciendo monadas y cortesías a su propia imagen y saludándola como al amigo más amado que existía en el mundo para ella. Acercó su rostro muy junto al espejo para observar si la pata de gallo y las importunas arrugas marcadas largo tiempo atrás habían desaparecido verdaderamente. Examinó si la nieve de sus cabellos habíase fundido por completo y si podría echar atrás su capota con entera seguridad. Al fin, volviéndose alegremente, avanzó hacia la mesa en una especie de paso de baile.

—¡Mi viejo y querido doctor!—exclamó,—¡por favor, brindadme otro vaso!

—¡Ciertamente, mi querida señora, ciertamente!—replicó el complaciente doctor.—¡Mirad! Ya tenía los vasos llenos.—

En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta el borde de aquella agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la superficie, semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un resplandor suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran ánfora, reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto respaldar y primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que habría podido caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido discutido, salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de que bebían ansiosamente en aquel momento la tercera copa del licor de la fuente de la juventud, sintiéronse casi atemorizados por la misteriosa expresión de la fisonomía del doctor Héidegger.

Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió por sus venas. Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la vejez, con su séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades, tan sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar alegremente. La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual las escenas sucesivas de la vida eran únicamente una colección de cuadros descoloridos, prestaba otra vez su encanto al porvenir. Sintiéronse como seres nuevos creados en un universo nuevo.

—¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!—exclamaban en su éxtasis.

La juventud, al igual que la vejez, borraba los caracteres fuertemente marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a todos aquellos personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos con el regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su alegría era el impulso de mofarse de las enfermedades y la decrepitud de que habían sido víctimas hasta hacía pocos instantes. Reían locamente de su extravagante atavío, de las chaquetas de amplios faldones y los chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a cojear alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de magia; el tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba imitar la venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban regocijadamente, saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly (si una damisela tan fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando ágilmente hasta la silla del doctor, con el sonrosado rostro brillando de maliciosa alegría.

—¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y danzad conmigo!—exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría el pobre viejo doctor.

—Os ruego dispensarme,—respondió el doctor tranquilamente.—Estoy viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos años ha. Pero cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda pareja.

—¡Bailad conmigo, Clara!—gritó el coronel Kílligrew.

—¡No, no; yo seré su compañero!—profirió el señor Gascoigne.

—¡Fuí su prometido hace cincuenta años!—exclamó el señor Médbourne.

Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus dos manos con impulso apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle; el tercero hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la capota de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los pretendientes, hacía ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a librarse del triple abrazo. Nunca se había presenciado cuadro más vivo de rivalidad juvenil con hermosura tan hechicera como galardón. Sin embargo, por extraña ilusión, debida a la obscuridad de la cámara y a los antiguos vestidos que aun llevaban los invitados, se dice que el gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos, canosos y ajados abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja encogida y arrugada.

Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo demostraban. Inflamados hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda que no otorgaba ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales comenzaron a cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor. Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en mil fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante arroyo sobre el pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa, envejecida al declinar del verano y que había venido a morir allí. El insecto voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en la nevada cabeza del doctor Héidegger.

—¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly,—exclamó el doctor.—Tengo que protestar seriamente de este tumulto.—

Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger, quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo, a pesar de la juventud de que creían disfrutar.

—¡Mi pobre rosa de Silvia!—exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a la luz de las nubes del poniente;—parece que se marchita otra vez.—

Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun pendían de sus pétalos.

—La amo tanto ahora como en su húmeda frescura,—observó el doctor, oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba, la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.

Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no sabían si atribuir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de ellos gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el doctor Héidegger?

—¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?—exclamaron dolorosamente.

Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que demostraba que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que no podía volver a ser hermosa.

—Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,—dijo el doctor Héidegger:—y ¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la lección que me habéis enseñado!—

Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon para sí la lección. Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y beber mañana, tarde y noche de la Fuente de la Juventud.

LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL

I LA MASCARADA DE HOWE

VAGANDO por la calle de Wáshington una tarde del verano pasado, atrajo mis miradas una muestra de hotel que asomaba de un estrecho zaguán abovedado casi en frente de la antigua iglesia del Sur. La muestra representaba la fachada de un soberbio edificio designado con el nombre de “Antigua Casa Provincial, al cuidado de Thomas Waite.” Me sentí satisfecho de recordar así el propósito, que abrigaba largo tiempo, de visitar y recorrer la mansión de los antiguos gobernadores reales de Massachusetts; y penetrando en el pasillo abovedado que se extendía en medio de una hilera de tiendas de ladrillo, unos cuantos pasos me transportaron desde el bullicioso centro del moderno Boston hasta un patiocillo pequeño y silencioso. Un lado de este espacio estaba ocupado por la fachada cuadrada de la casa provincial, de tres pisos, y coronada de una cúpula en cuya cima podía distinguirse un indio dorado, con su arco tendido y una flecha en la cuerda, apuntando al gallo de la veleta colocada en el chapitel de la Iglesia del Sur. Esta figura conservaba la misma actitud hacía setenta años o quizá más, desde el tiempo en que el buen decano Drowne, un diestro escultor en maderas, la colocó por primera vez en su larga vigilia de centinela sobre la ciudad.

La casa provincial es una construcción de ladrillo que parece haber recibido últimamente una capa de pintura de color claro. Una escalinata de rojos peldaños de piedra blanda y arenosa, y ornada de una balaustrada de hierro curiosamente cincelada, asciende desde el patio hasta el hermoso vestíbulo alrededor del cual se extiende una galería con barandilla de hierro de idéntico modelo y labor a la que se encuentra abajo. Entre los dibujos de hierro de la galería se ven forjadas las siguientes letras y cifras: “16 P. S. 79,” que indican probablemente la fecha en que se construyó el edificio y las iniciales del nombre de su fundador. Una ancha puerta de dos hojas me franqueó la entrada al vestíbulo o salón, a la derecha del cual se encuentra la entrada al despacho de licores.

En este salón, presumo, es donde los antiguos gobernadores celebraban sus recepciones con pompa casi regia, rodeados de los militares, consejeros, jueces y otros oficiales de la corona, mientras todos los leales de la provincia se reunían en honor suyo. Pero esta habitación no puede presumir siquiera de antigua magnificencia en sus condiciones actuales. Los artesones de la ensambladura están cubiertos de barniz obscuro, adquiriendo tonos aun más opacos por la sombra profunda que arrojan sobre la casa provincial las construcciones de ladrillo de la calle de Wáshington que la circundan. Jamás un rayo de sol ilumina esta mansión, donde tampoco luce ya el resplandor de las antorchas de los saraos, extinguidas desde la época de la revolución. El objeto más antiguo y decorativo que allí se encuentra es una chimenea formada de placas de porcelana azul holandesa, con figuras representando escenas de la Escritura; y por cuanto yo me sé, las damas de Pównall o Bérnard debían ocupar allí su sitio junto al fuego, mientras referían a sus hijos la historia de cada una de las azules placas de porcelana. Una cantina de estilo moderno, bien surtida de recipientes, botellas, cajas de cigarros y bolsas de malla para los limones, y provista de un receptáculo de cerveza y de una fuente de soda, se extiende en toda la longitud de uno de los costados de la habitación. Cuando entré, un viejo personaje chasqueaba los labios en forma tal que me hizo comprender que los salones de la Casa Provincial contienen todavía buenos licores, aun cuando indudablemente de distintos viñedos de los que acostumbraban surtirse los antiguos gobernadores. Después de saborear un vaso de sangría preparado por las diestras manos de Mr. Thomas Waite, traté de que el digno sucesor y representante de tantos personajes históricos me guiara a través de la mansión, tan venerada en otro tiempo.

Satisfizo mis deseos prontamente; mas, a decir verdad, tuve que poner en juego enérgicamente mi imaginación para encontrar algo de interesante en una casa que, despojada de sus recuerdos históricos, tiene solamente el aspecto de una taberna favorecida de ordinario por la clientela de los habitantes acomodados de la ciudad, y de los gentilhombres rurales de la antigua escuela. Las habitaciones, vastas probablemente en otro tiempo, están divididas en secciones que se subdividen en pequeños cuartuchos, que ofrecen apenas el espacio necesario para el angosto lecho, silla y mesa tocador de un solo ocupante. A pesar de todo, la gran escalera puede calificarse sin hipérbole una ostentación de grandeza y magnificencia. Sube en espiral por el centro de la casa, en series de anchos peldaños, que terminan en un vestíbulo cuadrado, desde donde continúa la ascensión hasta la cúpula. Una barandilla cincelada, pintada de nuevo en los pisos inferiores, pero que va volviéndose más sucia y desteñida conforme se asciende, bordea la escalinata de arriba abajo con lindas columnas primorosamente labradas y entrelazadas. Las botas militares y quizá los anchos zapatones de algunos gobernadores gotosos hollaron esta escalera cuando los habitantes de la casa subían a la cúpula, que tan vasto panorama ofrecía sobre su metrópoli y sobre toda la comarca circunvecina. La cúpula es un recinto octógono con varias ventanas y una puerta que abre sobre el techo. Desde este mismo sitio, según me complacía yo en imaginar, pudo Gage contemplar, a menos que alguna de las tres montañas se lo impidiese, su desastrosa batalla de Búnker Hill; y Howe apercibió quizá la aproximación del ejército sitiador de Wáshington, aunque los edificios construídos después en los alrededores han ocultado casi todo el paisaje, salvo el campanario de la Iglesia del Sur, que parece estar dentro del alcance de los brazos. Descendiendo de la cúpula, detúveme en los desvanes para observar la ponderosa armazón de roble blanco mucho más pesada que la de los edificios modernos y semejando un antiguo esqueleto. Los muros de ladrillo, material importado de Holanda, y el maderaje de la casa se conservan tan enteros como antes; pero, debido a los arruinados pavimentos y a otras partes destruidas del interior, se piensa aprovechar el conjunto y construir un nuevo edificio dentro del molde de la antigua estructura y obra de albañilería. Entre otros inconvenientes de la actual construcción, mi hostelero hizo mención de que cualquier choque o sacudimiento podía echar abajo el polvo de las edades desde el techo de una habitación hasta el pavimento de la que se encontraba debajo.

Desde la gran ventana de la fachada nos dirigimos a los balcones donde los representantes del rey acostumbraban sin duda en otro tiempo presentarse al pueblo leal, requiriendo los aplausos y el ondular de los sombreros, con majestuosas venias de su magnífica persona. En aquellos días la fachada de la casa provincial daba sobre la calle; y todo el sitio ocupado ahora por la hilera de tiendas de ladrillo y por el patio se encontraba entonces dividido en cuadros de césped, sombreados de árboles y bordeados de un cerco de hierro cincelado. Ahora, el antiguo edificio aristocrático oculta su faz roída por el tiempo detrás de una advenediza construcción moderna; hasta pude observar en una ventana del fondo algunas lindas obreras cosiendo, charlando y riendo mientras lanzaban de vez en cuando alguna indolente mirada a los balcones. Descendiendo de allí, entramos nuevamente en la cantina, donde el viejo caballero arriba mencionado, cuyo chasquido de labios decía tan favorablemente de los buenos licores de Mr. Waite, continuaba todavía regodeándose en su sillón. Aparentaba ser algún huésped o visitante ordinario de la casa, que tenía cuenta abierta en la cantina, su silla de verano cerca de la ventana abierta y su conocido rincón de invierno al lado del fuego. Como era de aspecto sociable, me aventuré a dirigirme a él con una observación calculada para despertar reminiscencias históricas, si por acaso existían en su mente; y complacióme mucho descubrir que, entre recuerdos propios y tradiciones, el viejo caballero conocía en realidad historias muy divertidas acerca de la casa provincial. La parte más interesante de su conversación esbozó las líneas principales de la siguiente leyenda. Aseguraba tenerla por referencias de un testigo ocular; pero la derivación natural, unida al lapso de tiempo transcurrido, debe haber dejado gran oportunidad para diferencias en la narración; de manera que, desesperando de obtener verdad literal y absoluta, no he tenido escrúpulo alguno en hacer los cambios más conducentes para delectación y beneficio del lector.

En una de las recepciones dadas en la casa provincial, durante el último período del sitio de Boston, tuvo lugar un incidente que jamás ha podido explicarse satisfactoriamente. Los oficiales del ejército inglés y los leales habitantes de la provincia, elegidos en su mayor parte entre los bloqueados de la ciudad, habían sido invitados a un baile de máscaras; pues la diplomacia de Sir Wílliam Howe consistía en ocultar lo angustioso y expuesto de aquellos momentos y la condición desesperada del sitio, bajo la pompa desplegada en los saraos. El espectáculo de aquella noche, si ha de creerse a los miembros más ancianos del círculo de la corte provincial, era la fiesta más alegre y fastuosa que se registraba en los anales del gobierno. Los salones, brillantemente iluminados, estaban llenos de figuras que parecían desprendidas del obscuro lienzo de los retratos históricos, brotadas de las mágicas páginas del romance o escapadas, por lo menos, de algún teatro de Londres, sin tiempo para haber cambiado su atavío. Caballeros de la conquista, cubiertos de acero; barbados estadistas de la reina Elízabeth y damas de su corte con vestidos de altos volantes alternaban con personajes de comedia, como algún pintarrajado Merry Ándrew removiendo su gorro y cascabeles; algún Fálstaff casi tan cómico como su prototipo; o algún Don Quijote con una rama de judías en vez de lanza y una cobertera de olla en lugar de escudo.

Pero el mayor regocijo provenía de un grupo de figuras ridículamente vestidas de uniformes viejos, que parecían comprados en alguna feria de andrajos militares o hurtados de algún receptáculo de desechos del ejército tanto inglés como francés. Ciertas prendas de aquella vestimenta habríanse llevado con toda probabilidad en el sitio de Loúisburg, mientras las chaquetas de corte más moderno podían suponerse desgarradas y hechas jirones por las espadas, balas y bayonetas usadas en la época de la victoria de Wolfe. Uno de aquellos héroes, de figura alta y escuálida, blandiendo una mohosa espada de enorme longitud, pretendía ser nada menos que el general George Wáshington; y los demás altos oficiales del ejército americano, como Gates, Lee, Pútnam, Schúyler, Ward y Heath, aparecían representados por espantajos semejantes. Una entrevista entre los guerreros rebeldes y el general en jefe inglés, forjada en el mismo estilo burlesco, fué recibida con inmenso aplauso, más estrepitoso aún de parte de los leales de la colonia. Uno de los invitados, sin embargo, manteníase aparte mirando estas bufonerías con austero desdén y frunciendo de vez en cuando el ceño con amarga sonrisa.

Era un anciano de gran reputación y alta clase en otro tiempo en la provincia, y que había sido soldado famoso en sus días. Se demostraba cierta sorpresa de que una persona como el coronel Jóliffe, cuyos principios conservadores eran bien conocidos, aunque demasiado viejo entonces para tomar parte activa en la lucha, hubiera permanecido en Boston durante el sitio, y particularmente hubiera consentido en presentarse en la morada de Sir Wílliam Howe. Pero había venido, sin embargo, trayendo del brazo a una hermosa joven nieta suya; y erguía allí su austera figura entre el regocijo y la bufonería, caracterizando su tipo mejor que ningún otro en la mascarada, pues que encarnaba admirablemente el antiguo espíritu de su tierra natal. Los demás invitados afirmaban que el torvo ceño puritano del coronel Jóliffe arrojaba sombras a su alrededor; aun cuando, a despecho de esta nefasta influencia, la alegría rayaba cada vez más alto, semejando (¡siniestra comparación!) el brillo falaz de una lámpara que arroja sus últimos destellos. Haría más de media hora que el reloj de la Iglesia del Sur había dado once campanadas, cuando comenzó a circular entre la sociedad el rumor de que iba a ofrecerse un nuevo espectáculo o exhibición que cerraría de manera digna el espléndido festival de aquella noche.

—¿Qué nueva y jocosa invención trae vuecencia entre manos?—interrogó el reverendo Máther Byles, cuyos escrúpulos de ministro no habían sido suficientes para mantenerle alejado de la fiesta.—Creedme, señor, he reído ya más de lo que conviene a mi traje con vuestra homérica plática con el harapiento general de los rebeldes. Otro acceso de alegría semejante, y me veré obligado a despojarme de mi peluca y mi banda de clérigo.

—No tal, mi buen doctor Byles,—repuso Sir Wílliam Howe;—si el regocijo fuera un crimen, nunca habríais alcanzado el grado de doctor en teología. En cuanto a la nueva bufonada, no estoy más adelantado que vos mismo; quizá ni siquiera al mismo grado. Vamos, doctor, confesadlo, ¿no habéis incitado la austera imaginación de algunos de vuestros compatriotas para producir una escena de nuestra mascarada?

—Quizá,—hizo observar maliciosamente la nieta del coronel Jóliffe, cuyo elevado espíritu sentíase indignado por tantas burlas contra la Nueva Inglaterra;—quizá si tendremos una cuadrilla de figuras alegóricas. La Victoria, con los trofeos de Léxington y Búnker Hill; la Prosperidad, con su cuerno superabundante, para representar el actual bienestar de nuestra buena ciudad; y la Gloria, brindando una corona para las sienes de vuecencia.—

Sir Wílliam Howe sonrió a estas palabras, a las cuales habría respondido con su ceño más sombrío, a ser pronunciadas por labios bigotudos. Vióse libre de la necesidad de replicar por una singular interrupción. Escucháronse ecos de música fuera de la casa, como si procedieran de alguna banda militar completa, estacionada en la calle y tocando una lenta marcha fúnebre, en vez de los alegres sones requeridos por las circunstancias. Parecía que los tambores estuvieran ensordecidos y que las trompetas exhalaran gemidos, de manera que tales ecos apagaron inmediatamente el regocijo del auditorio, llenando a todos de sorpresa y a muchos de aprensión. Ocurrió a varios de los circunstantes la idea de que el cortejo de las exequias de algún elevado personaje se había detenido a las puertas de la casa provincial, o también que algún suntuoso ataúd, cubierto de terciopelo y lujosamente decorado, estaba a punto de ser sacado por el portal. Después de escuchar por un momento, llamó Sir Wílliam Howe con áspera entonación al director de orquesta que antes había animado la fiesta con alegres y risueñas melodías. Era tambor mayor de un regimiento inglés.

—Dighton,—interrogó el general,—¿qué significa esta farsa? ¡Haced callar inmediatamente a vuestra banda con su marcha funeraria, o palabra que tendrán motivo suficiente para su lúgubre vena! ¡Hacedlos callar, bribón!

—Con el perdón de vuestro honor—respondió el tambor mayor, cuyo rubicundo rostro había perdido por completo el color,—la culpa no es mía. Yo y mi banda estamos aquí todos reunidos; y dudo que ninguno de nosotros pudiera tocar esa marcha de memoria. Sólo la he oído una vez, en ocasión de los funerales del difunto rey su majestad George II.

—¡Bien, bien!—dijo Sir Wílliam Howe, recobrando su compostura.—Éste es el preludio de alguna extravagante mascarada. Dejadlo pasar.—

Una nueva figura apareció en aquel momento; mas, entre todas las máscaras fantásticas dispersas en los salones, ninguno pudo decir con certeza de dónde venía. Era un hombre con traje de sarga negra de moda antigua, y que tenía la apariencia de mayordomo o criado principal de la casa de algún noble o rico propietario rural inglés. Avanzó hacia la puerta exterior de la mansión y, abriendo por completo ambas hojas, se hizo a un lado y miró hacia atrás en dirección de la gran escalera, como si aguardase que alguien descendiera por allí. Al mismo tiempo, la música de la calle ejecutaba altas y dolientes llamadas. Sir Wílliam Howe y sus invitados dirigieron sus miradas a la escalera, donde aparecían, en el descanso más alto que podía distinguirse desde abajo, varios personajes que descendían hacia la puerta. El primero era un hombre de rostro austero, que llevaba sombrero de alta copa cubriendo un casquete; capa obscura, y grandes botas arrugadas que subían hasta el muslo. Traía bajo el brazo una bandera arrollada, que parecía ser la de Inglaterra, pero singularmente desgarrada y hecha jirones; y llevaba una espada en la mano derecha mientras sostenía una Biblia con la izquierda. La figura siguiente era de aspecto más suave aunque lleno de dignidad, y lucía cuello alechugado sobre el cual caía la barba, toga de terciopelo labrado y justillo y bragas de raso negro. Llevaba en la mano un rollo de manuscritos. Muy de cerca seguía a estos dos un joven de rostro y continente que atraían la atención, con frente profundamente pensadora y contemplativa y tal vez cierto rayo de entusiasmo en la mirada. Su atavío era antiguo, como el de sus predecesores, y tenía una mancha de sangre en su cuello alechugado. En el mismo grupo con los tres de que hemos hablado venían otros cuatro personajes, todos de aspecto majestuoso y habituado al mando, y ademanes de gente acostumbrada a las miradas de la multitud. Los circunstantes imaginaban que estos personajes iban a reunirse con el misterioso funeral que se había detenido frente a la casa provincial; sin embargo, esta suposición parecía desmentida por el aire de triunfo con que agitaban las manos al atravesar el dintel y desaparecer por el portal.

—¡Por el nombre del diablo! ¿qué significa esto?—murmuró Sir Wílliam Howe, dirigiéndose a un caballero que se encontraba a su lado;—¿es acaso una procesión de los regicidas jueces de Carlos el Mártir?

—Éstos,—dijo el coronel Jóliffe, rompiendo el silencio casi por primera vez aquella noche,—éstos, si interpreto bien, son los gobernadores puritanos, los jefes de la antigua y primitiva democracia de Massachusetts. Éndicott, con la bandera de la cual ha arrancado el símbolo de sumisión, y Wínthrop y Sir Henry Vane y Dúdley, Haynes, Béllingham y Léverett.

—¿Por qué tenía aquel joven una mancha de sangre en su gorguera?—preguntó Miss Jóliffe.

—Porque, años después,—respondió su abuelo,—separaba el tajo de su tronco la cabeza más hábil de toda Inglaterra, en aras de la causa de la libertad.

—¿No desea vuecencia ordenar la guardia?—musitó Lord Percy, que se había reunido con otros oficiales ingleses en torno del general.—Puede haber alguna conspiración bajo toda esta mojiganga.

—¡Psh! No tenemos nada que temer,—replicó indolentemente Sir Wílliam Howe.—No puede haber traición en este asunto, sino una simple farsa, y ésta es de las más insulsas. Y aun cuando fuera hiriente y amarga, reírnos de ella sería la mejor diplomacia. Mirad, aquí viene un poco más de esta gentuza.—

Otro grupo de personajes había descendido en parte la escalera. Venía primero un venerable patriarca de barba blanca, que tentaba cuidadosamente su camino con una vara. Siguiendo sus huellas con premura y extendiendo su mano cubierta del guantelete como para coger el hombro del anciano, adelantábase una figura alta y de aspecto marcial, con casco de acero empenachado de plumas, brillante escudo y larga espada cinto, que resonaba contra los peldaños. El que venía en seguida era un hombre robusto, ataviado con traje rico y de corte, pero dejando notar al instante, sin embargo, que no era un cortesano; su marcha tenía el movimiento oscilatorio que distingue a los marinos; y habiendo tropezado por azar en la escalera, púsose iracundo súbitamente y se le oyó mascullar un juramento. Inmediatamente detrás aparecía un personaje de noble continente, con peluca rizada como la que se ve en los retratos del tiempo de la reina Anne y en otros anteriores a aquella época; y ostentando una estrella bordada en la pechera de su casaca. Mientras avanzaba hacia la puerta, saludaba a derecha e izquierda de manera muy graciosa e insinuante; pero, a diferencia de los primeros gobernadores puritanos, llegando al dintel, pareció agitar las manos con pesar.

—Mi buen doctor Byles, haced la parte del coro, os ruego,—dijo Sir Wílliam Howe.—¿Quiénes son estos ilustres varones?

—Con el permiso de vuecencia,—respondió el doctor,—éstos florecieron un poco antes de mis días; pero, sin duda, nuestro amigo el coronel ha sido uña y carne con algunos de ellos.

—Nunca vi sus rostros en vida,—dijo gravemente el coronel Jóliffe; sin embargo de que he hablado frente a frente con muchos jefes de este país, y espero aun congratular a otro antes de morir con la bendición de un anciano. Mas ahora se trata de estos personajes. Supongo que el venerable patriarca represente a Brádstreet, el último de los puritanos, gobernador allá por el año noventa, más o menos. El otro es Sir Édmund Andros, un tirano, como os lo dirá cualquier chiquillo de escuela; y de consiguiente, el pueblo le precipitó de su alto puesto para encerrarle en una prisión. Luego viene Sir Wílliam Phipps, pastor, tonelero, capitán de marina y luego gobernador. ¡Ojalá muchos de sus compatriotas se elevaran a tanta altura desde tan modesto origen! Y el último que visteis era el benigno Earl de Béllamont, que nos gobernó bajo el reinado del rey Wílliam.

—Pero ¿qué significa todo esto?—interrogó Lord Percy.

—Si fuera yo un rebelde,—dijo Miss Jóliffe a media voz,—imaginaría que se ha citado a los espectros de los antiguos gobernadores para asistir a los funerales de la autoridad real en la Nueva Inglaterra.—

Varios otros personajes aparecían en la escalera. El que venía a la cabeza del grupo tenía cierta expresión preocupada, ansiosa y casi taimada; y, a despecho de su altanería, producida indudablemente por la ambición de su espíritu y por el desempeño continuado de altos puestos, no parecía incapaz de adular a los que se encontraban superiores a él. Algunos pasos más atrás veíase un oficial de rojo y bordado uniforme, de corte tan antiguo que perfectamente podía haberse llevado en tiempo del duque de Márlborough. Su nariz tenía un tinte rubicundo que, unido al trémulo parpadeo de uno de sus ojos, bastaba para sindicarle como adorador del vino y de la alegre compañía; a pesar de lo cual se mostraba inquieto y arrojaba frecuentes miradas en derredor, como temeroso de algún peligro oculto. Venía en seguida un rollizo caballero, con casaca de paño afelpado, forrada en sedoso terciopelo; mostraba inteligencia, astucia y buen humor en su semblante y llevaba un infolio bajo el brazo; pero su aspecto era el de un hombre vejado y atormentado más allá de su paciencia y acosado de fatiga mortal. Bajó las escaleras precipitadamente, seguido por un majestuoso personaje ataviado con traje de terciopelo púrpura ricamente bordado; su porte habría sido imponente, si un penoso ataque de gota no le hubiera obligado a cojear de peldaño en peldaño con contorsiones del cuerpo y del semblante. Cuando el doctor Byles pudo contemplar esta figura en la escalera, se estremeció febrilmente; pero siguió observándole con persistencia hasta que el gotoso caballero llegó al umbral, hizo un ademán de angustia y desesperación y se desvaneció entre la obscuridad exterior, desde donde le llamaba la música funeraria.

—¡Mirad! ¡El gobernador Bélcher! ¡mi antiguo jefe, en su misma figura y vestido!—profirió jadeante el doctor Byles.—¡Esto es una burla horrible!

—Una broma enfadosa, nada más,—dijo Sir Wílliam Howe, con aire de indiferencia. Mas ¿quiénes eran los tres que le precedían?

—El gobernador Dúdley, un astuto diplomático, pero a quien sus artificios llevaron a prisión,—replicó el coronel Jóliffe.—El gobernador Shute, antiguo coronel bajo Márlborough, y a quien obligó el pueblo a salir de la provincia; y el sabio gobernador Búrnet, a quien produjo su legislatura una fiebre mortal.

—Imagino que eran unos desgraciados estos gobernadores reales de Massachusetts,—observó Miss Jóliffe.—¡Cielos! ¡Cómo se obscurece la luz!

Era un hecho ciertamente que la luz de la gran lámpara que iluminaba la escalera tornábase ahora opaca y sombría; a tal punto que varias figuras, que bajaron rápidamente y atravesaron el pórtico, más parecían sombras que personas de carne y hueso. Sir Wílliam Howe y sus invitados se mantenían en la puerta de los salones contiguos observando el progreso de este espectáculo singular, con diversas emociones de ira, desdén y terror disimulado; pero, sin embargo, con ansiosa curiosidad. Las sombras, que parecían apresurarse ahora para unirse a la misteriosa procesión, demostraban su identidad por las notables peculiaridades de su atavío o por rasgos marcados de su manera de ser, más que por la semejanza de facciones con sus prototipos. Casi invariablemente, en verdad, conservaban sus rostros ocultos en profunda sombra. Pero oíase murmurar al doctor Byles y a algunos otros caballeros, que habían conocido por largo tiempo a los gobernadores sucesivos de la provincia, los nombres de Shírley, Pównall, de Sir Francés Bérnard, y el recordado Hútchinson; confesando de aquella manera que los actores, quienesquiera que fuesen, habían conseguido representar los rasgos característicos de los verdaderos personajes en su procesión de fantasmas de gobernadores. Al desaparecer por el portal, extendían sus brazos aquellas sombras hacia la obscuridad de la noche con formidable expresión de dolor. Tras de la forma que personificaba a Hútchinson aparecía una figura marcial sosteniendo delante de su rostro un sombrero de tres picos que había retirado de su empolvada cabeza; pero las charreteras y demás insignias de su clase eran las de un oficial general; y algo en su porte recordaba a los presentes la figura de un personaje que había sido recientemente el amo de la casa provincial y de toda la comarca.

—¡La figura de Gage, tan exacta como en un espejo!—exclamó Lord Percy, palideciendo.

—¡No, por cierto!—profirió Miss Jóliffe, riendo nerviosamente;—no puede ser Gage, puesto que Sir Wílliam habría saludado en este caso a su antiguo compañero de armas. ¡Quizá no dejará pasar al próximo sin desafiarle!

—Podéis estar segura de ello, señorita mía,—respondió Sir Wílliam Howe, fijando la mirada con marcada expresión en el semblante impasible de su abuelo.—He tardado demasiado en hacer los honores a los invitados que nos abandonan. El próximo que se retire recibirá la cortesía debida.—

Un salvaje e imponente estallido de la música dejóse escuchar en este momento a través de la puerta abierta. Parecía que la procesión, que había llenado sus filas gradualmente, estuviera a punto de proseguir, y que aquel vibrante alarido de las sollozantes trompetas y el resonar de los ensordecidos a tambores fuera la señal de apresurarse para algún rezagado. Las miradas se volvieron por irresistible impulso hacia Sir Wílliam, como si fuera él a quien convocaba la imponente música para asistir a los funerales de su poder desvanecido.

—¡Mirad! ¡aquí viene el último!—murmuró Miss Jóliffe, señalando con trémulo dedo la escalera.

Presentóse una figura a las miradas, conforme iba descendiendo la escalera; aunque tan sombrío estaba el lugar de donde emergió, que algunos de los espectadores imaginaron que la misma obscuridad se había moldeado súbitamente en forma humana. Descendió la figura con paso marcial e imponente; y al llegar a los peldaños inferiores, pudo verse que era la de un hombre alto, con botas, y embozado en una capa militar que cubría su rostro hasta reunirse con el ondulante borde de un sombrero galoneado. Las facciones, de consiguiente, quedaban ocultas por completo. Pero los oficiales ingleses imaginaban haber visto antes esta capa militar y hasta reconocían el desgastado bordado del cuello, así como la dorada vaina de una espada que asomaba entre los pliegues de la capa, reflejando vívidos destellos luminosos. Además de estos pequeños detalles, había ciertos rasgos del porte y de las maneras, que incitaron a los maravillados contertulios a separar sus miradas de la embozada figura para buscar a Sir Wílliam Howe, con el propósito de verificar si no había desaparecido de improviso de en medio de ellos. Vieron entonces al general tirar de su espada, con el rostro lleno de ira sombría, y avanzar hacia la figura encapada, antes de que ésta hubiera podido avanzar un solo paso.

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