NATHÁNIEL HÁWTHORNE (continued 2)
Carmen Torres Calderón de Pinillos translation
—¡Descubríos, villano!—gritó.—¡No pasaréis más allá!—
La figura, sin retroceder un pelo ante la espada que amenazaba su pecho, hizo una pausa solemne y bajó en seguida la capa de su rostro, pero no lo bastante para que los espectadores alcanzaran a discernirlo. Mas indudablemente Sir Wílliam Howe había visto lo suficiente. La dureza de su continente se trocó en un aire de horror, mientras retrocedía varios pasos ante la aparición, dejando caer al suelo su espada. La figura de aspecto marcial cubrió de nuevo sus facciones con la capa y prosiguió su camino; pero al llegar al umbral, y de espaldas a los espectadores, se notó que golpeaba el suelo con el pie y sacudía sus crispadas manos en el aire. Asegurábase después que Sir Wílliam Howe había repetido el mismo desesperado ademán de rabia y de pesar cuando por última vez, y como el último de los gobernadores reales, atravesó el dintel del pórtico de la casa provincial.
—¡Mirad! El cortejo avanza,—dijo Miss Jóliffe.
La música moría en la calle, y sus tristes sones vinieron mezclados con el resonar de media noche en el campanario de la antigua Iglesia del Sur, y con el estruendo de la artillería que anunciaba que el ejército sitiador de Wáshington se había atrincherado en una colina más cercana. Cuando el sonido retumbante del cañón hirió sus oídos, irguióse el anciano coronel Jóliffe en toda su altura y sonrió austeramente al general inglés.
—¿Querría vuecencia investigar algo más acerca de este misterioso espectáculo?—preguntó.
—¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado demasiado tiempo sobre los hombros de un traidor!—exclamó ferozmente Sir Wílliam Howe, aunque sus labios temblaban.
—¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,—replicó tranquilamente el coronel;—porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir Wílliam Howe y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno solo de estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando esta noche sus últimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y pienso que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado para el funeral!—
A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en la capa y cogiendo el brazo de su nieta, abandonó los salones donde se había celebrado el último festival que gobernadores británicos ofrecieran en la antigua provincia de la bahía de Massachusetts. Se cree que el coronel y la joven dama poseían alguna secreta inteligencia respecto del misterioso espectáculo de aquella noche. Sea como quiera, este conocimiento jamás se hizo general. Los actores de esta escena se desvanecieron en sombras más profundas aún que aquella banda de indios salvajes que arrojó a las olas la carga de los buques de te, mereciendo así ocupar un puesto en la historia, aunque sus nombres quedaran ignorados. Mas refiere la superstición, entre otras leyendas respecto de esta morada, el maravilloso concepto de que en la noche del aniversario de la derrota inglesa, los espectros de los antiguos gobernadores de Massachusetts se deslizan aun a través del pórtico de la casa provincial, y que la última de las sombras, embozada en una capa militar, pasa levantando al aire sus manos crispadas e hiriendo con sus ferradas botas los anchos peldaños de piedra con ademán febril de desesperación, y sin que se deje percibir en lo menor el ruido de sus pasos.
Cuando dejaron de oírse los verídicos acentos de la narración del anciano caballero, respiré largamente y miré en torno de la habitación, tratando de arrojar con mente enérgica un tinte de romance y de grandeza histórica sobre las realidades de la escena. Pero mi olfato percibía la fragancia del humo del cigarro que el narrador había emitido en grandes nubes, visible emblema, me figuro, de la nebulosa obscuridad de su relato. Además, mi exuberante fantasía se distrajo con el repiqueteo de la cuchara en un vaso de ponche de whisky que Mr. Thomas Waite preparaba para un consumidor. Tampoco contribuía en mucho a la apariencia pintoresca de los muros ensamblados, la pizarra de la diligencia de Bróokline que pendía allí en vez del escudo armorial de algún gobernador de antiguo linaje. Un mayoral, sentado cerca de una de las ventanas y leyendo un diario de a centavo, el Times de Boston, ofrecía también un aspecto muy poco adecuado para reproducirse entre fotografías de “tiempos de Boston,” de setenta o cien años ha. En el hueco de la ventana había un paquete muy bien envuelto en papel obscuro, cuya dirección tuve la trivial curiosidad de leer: “Miss Susan Huggins, Province House.” Alguna linda camarera, indudablemente. En verdad, es labor terriblemente ardua querer arrojar el encanto de la pátina de antigüedad sobre localidades con las cuales tenga algo que ver el mundo viviente y los días que se deslizan apresuradamente sobre nuestras cabezas. Sin embargo, al contemplar la magnificente escalera, por la cual descendió la procesión de viejos gobernadores, y atravesar el venerable portal en el que su fantasma me había precedido, me llenó de gozo la conciencia de sentir un estremecimiento de pavor. Entonces, lanzándome por el estrecho pasillo abovedado, unos cuantos pasos me transportaron de nuevo en medio de la densa multitud de la calle de Wáshington.
II EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH
El antiguo y tradicional contertulio de la Casa Provincial estuvo presente en mis recuerdos desde la mitad del verano hasta el mes de enero. Una tarde desocupada de invierno resolví hacerle otra visita, confiando en que le encontraría como de costumbre en el rincón más cómodo de la cantina, y creyendo, de otro lado, hacer obra meritoria para mi país al sacar del olvido cualquier otro hecho desconocido de la historia. La noche era cruda y fría, y volvíase casi borrascosa por efecto de una ráfaga de viento que soplaba a lo largo de la calle de Wáshington, haciendo que las luces de gas flotaran y vacilaran dentro de los faroles. Apresurábame en mi camino, mientras mi fantasía se ocupaba de comparar el aspecto presente de la calle con el que asumía probablemente cuando los gobernadores ingleses habitaban la mansión hacia la cual me dirigía. Los edificios de ladrillo eran escasos en aquellos tiempos, hasta que estalló una sucesión de incendios destructores, barriendo una y otra vez las casas y depósitos de madera de uno de los barrios más populosos de la ciudad. Las construcciones se hacían entonces aisladas e independientes, sin encerrar como ahora su existencia particular en hileras seguidas, con fachada de similitud fatigante; sino ostentando cada una, por el contrario, ciertos rasgos originales, como si el gusto individual de su propietario las hubiera delineado, y ofreciendo un conjunto de pintoresca irregularidad: pérdida que no puede compensarse con ninguno de los atractivos de nuestra arquitectura moderna. Este espectáculo, revelándose confusamente acá y allá a las miradas, a los rayos de alguna vela de sebo, que se filtraban bajo las pequeñas hojas de las diseminadas ventanas, formaba sombrío contraste con la calle tal como aparecía en aquel momento, con las luces de gas brillando de esquina a esquina, y con sus tiendas resplandecientes que arrojaban claridad diurna a través de las grandes vidrieras de cristal.
Mas volviendo hacia arriba las miradas, encontraba el mismo cielo obscuro y nebuloso que mostraba en otros tiempos su faz ceñuda a los habitantes de la época colonial. Las ráfagas invernales tenían el mismo silbido familiar a sus oídos. La antigua Iglesia del Sur lanzaba igualmente al espacio su viejo chapitel, que se perdía en la obscuridad entre el cielo y la tierra; y en tanto que yo pasaba, el mismo reloj que había advertido a tantas generaciones lo transitorio de esta existencia, me habló también pausada y sonoramente de esta misma filosofía tan olvidada. “Las siete solamente,” pensé. “Las leyendas de mi viejo amigo matarán apenas el tiempo entre esta hora y la de acostarse.”
Atravesando el estrecho pasillo, crucé el patio cuyo cercado recinto era visible a merced de una linterna colocada sobre el pórtico de la Casa Provincial. Entrando en la cantina, encontré como esperaba al viejo escudriñador de tradiciones, sentado ante un magnífico fuego de antracita, y lanzando nubes de humo de un enorme cigarro. Me reconoció con evidente satisfacción, debido a las raras cualidades de oyente atento que me hacen invariablemente el favorito de las damas y caballeros de edad, con propensiones narrativas. Acercando una silla al lado del fuego, pedí al hostelero que nos favoreciera a cada cual con un vaso de ponche de whisky, que fué prontamente servido, y se nos trajo arrojando su caliente vaho, con una raja de limón al fondo, una capa de oporto rojo obscuro en la superficie y su correspondiente polvillo de nuez moscada espolvoreado sobre el conjunto. Cuando levantamos nuestros vasos al mismo tiempo, mi amigo, el de las leyendas, se presentó como el señor Bela Tíffany; siendo para mí motivo de regocijo su exótico nombre, pues que daba a su figura y carácter cierta especie de individualidad, a mi entender. La bebida actuó como un disolvente en la memoria del viejo caballero, que fluyó innumerables cuentos y tradiciones, anécdotas de famosos personajes ya difuntos, y rasgos de costumbres antiguas, tan infantiles algunas como cantinela de nodrizas, y dignas otras de la pluma de un grave historiador. Nada me hizo más impresión que la historia de un cuadro negro y misterioso que pendía en aquellos tiempos en una de las habitaciones de la Casa Provincial, justamente sobre la pieza en que nos encontrábamos. La siguiente versión del hecho es tan correcta como la que verosímilmente podría obtener el lector de cualquiera otra fuente; aunque posee además, en verdad, cierto tinte novelesco que se acerca a lo maravilloso.
En uno de los salones de la casa provincial conservábase desde largo tiempo atrás un antiguo cuadro, de marco tan negro como el ébano, y cuya tela estaba tan obscura, por efecto de los años, el humo y la humedad, que no era posible distinguir una sola pincelada del artista. El tiempo había arrojado su velo impenetrable sobre aquel cuadro, dejando a la fábula, las conjeturas y la tradición, el trabajo de decir lo que alguna vez reflejó su lienzo. Durante la administración sucesiva de muchos gobernadores había colgado, por derecho propio e indiscutible, sobre la chimenea de la misma habitación; y continuaba todavía allí cuando el teniente gobernador Hútchinson asumió el mando de la provincia, a la separación de Sir Francis Bérnard.
El teniente gobernador hallábase una tarde sentado en su majestuoso sillón, descansando la cabeza en el tallado espaldar y mirando pensativo la vacua obscuridad del cuadro. No era tiempo oportuno, sin embargo, para esta inactiva contemplación, ya que asuntos de importancia trascendental requerían la decisión del gobernador; pues acababan de recibirse nuevas del arribo de una flota inglesa conduciendo tres regimientos de Hálifax para dominar la insubordinación del pueblo, y dicha tropa aguardaba la venia del gobernador para ocupar la fortaleza y la torre de Castle Wílliam. Mas, en lugar de estampar su firma en la orden oficial, permanecía sentado el teniente gobernador, examinando tan intensamente la negra vacuidad de la tela, que su continente atrajo la atención de dos jóvenes que le acompañaban. Uno de ellos, que vestía uniforme militar de ante, era su pariente, Francis Lincoln, capitán provincial de Castle Wílliam; la otra, sentada a su lado en un taburete bajo, era Alice Vane, su sobrina predilecta.
Vestía completamente de blanco; era una pálida y etérea criatura que, aun cuando nacida en la Nueva Inglaterra, se había educado fuera del país, y parecía no sólo una extranjera de lejanas tierras sino un ser de un mundo diferente. Varios años, hasta que quedó huérfana, había habitado con su padre la risueña Italia y adquirido allí un gusto delicado y una afición por la escultura y la pintura, que encontraba muy pocas satisfacciones en las moradas poco elegantes de la burguesía colonial. Decíase que las producciones de su lápiz manifestaban un talento superior, aunque la ruda atmósfera de la Nueva Inglaterra hubiera tal vez coartado sus impulsos, obscureciendo los brillantes tonos de su fantasía. Observando la persistente mirada de su tío clavada en el cuadro y tratando de descubrir a través de la bruma de los años el argumento desarrollado en el lienzo, su curiosidad se sintió excitada.
—¿Se sabe, querido tío—interrogó la joven,—lo que representaba este cuadro en otro tiempo? Quizá si pudiera restaurarse, encontraríamos que es la obra maestra de algún gran artista. ¿Por qué, si no, habría ocupado tanto tiempo este sitio preferente?
Como no contestó de pronto el tío, contra su costumbre, porque siempre se mostraba tan complaciente a los caprichos y fantasías de Alice como si hubiera sido su propia hija bien amada, el joven capitán tomó a su cargo la respuesta.
—Este negro y viejo cuadrado de lienzo, mi bella prima,—dijo,—ha venido heredándose en la casa provincial desde tiempo inmemorial. En cuanto al artista, nada sé decir; pero si ha de creerse la mitad de las historias que circulan acerca de este cuadro, ninguno de los grandes maestros italianos ha producido jamás obra de arte tan maravillosa como la que tenéis delante.—
Y el capitán Lincoln comenzó a relatar algunas de las extrañas fábulas y fantasías que se contaban respecto del viejo cuadro, las mismas que, vista la imposibilidad de refutarlas con demostraciones positivas, se habían convertido en populares artículos de fe. Una de las más extravagantes y, a la vez, más acreditadas versiones, aseguraba que el cuadro era el retrato auténtico y original de Satanás en persona, tomado en una reunión de brujos y brujas, que fueron juzgados en pleno tribunal. Afirmábase igualmente que un espíritu o demonio familiar habitaba tras de la negrura del cuadro y había aparecido en momentos de calamidad pública a más de uno de los gobernadores reales. Shírley, por ejemplo, había sido testigo de esta ominosa aparición la víspera de la vergonzosa y sangrienta derrota al pie de los muros de Ticonderoga. Muchos domésticos de la casa provincial habían percibido una torva faz que les observaba, en el crepúsculo matutino o vespertino o en la obscuridad de la noche, mientras avivaban el fuego que chisporroteaba abajo en el hogar; pero, si alguno era suficientemente intrépido para acercar una antorcha al lienzo, aparecía éste tan negro e indescifrable como siempre. El habitante más anciano de Boston recordaba que su padre—en cuyos días el retrato no se había borrado aún del todo—consiguió mirarlo una vez; pero nunca permitió que le interrogaran acerca del rostro que estaba allí representado. En relación con estas historias era curioso observar que sobre la parte superior del marco había algunos pedazos destrozados de seda negra, indicando que un velo había cubierto el retrato hasta que la pátina de los años lo ocultó por completo a las miradas. Pero, después de todo, la parte más original del asunto consistía en que tantos pomposos gobernadores de Massachusetts, hubieran permitido que el ennegrecido cuadro permaneciera en el salón de estado de la casa provincial.
—Algunas de estas historias son terribles en realidad,—observó Alice Vane, que se había estremecido a veces y sonreído otras, mientras su primo las relataba.—Casi sería mejor arrancar el negro lienzo, puesto que la pintura original nunca será tan formidable como aquellas que forja la fantasía.
—Pero, ¿sería posible—preguntó su primo,—devolver a esta obscura tela sus prístinos colores?
—Ese arte se conoce en Italia,—dijo Álice.—
El teniente gobernador había vuelto de su abstracción y escuchaba sonriendo la conversación de sus jóvenes parientes. Sin embargo, su voz tenía un timbre peculiar cuando hizo la explicación del misterio.
—Siento mucho, Álice, destruir tu fe en las leyendas a que eres tan aficionada,—observó;—pero mis investigaciones de anticuario me han hecho conocer hace largo tiempo el tema de este cuadro, si cuadro hemos de llamarle; el cual no es ya visible, ni lo será jamás, como jamás ha de verse de nuevo el rostro del hombre a quien representaba, enterrado largos años ha. Era el retrato de Édward Rándolph, fundador de esta casa, y personaje famoso en la historia de la Nueva Inglaterra.
—¿De aquel Édward Rándolph,—exclamó el capitán Lincoln,—que obtuvo la revocación de la primera carta constitucional de la provincia, bajo la cual nuestros antecesores habían gozado privilegios casi democráticos?
—Era el mismo Rándolph,—respondió Hútchinson, removiéndose inquieto en su silla.—¡Fué su destino saborear la amargura del odio popular!
—Nuestros anales refieren,—continuó el capitán de Castle Wílliam,—que las maldiciones del pueblo siguieron dondequiera a ese Rándolph, causándole daño en todos los acontecimientos posteriores de su vida, y mostrándose aún en cierta manera estos mismos efectos en las circunstancias de su muerte. Dicen también que la oculta pesadumbre de esta maldición hizo mella igualmente en su exterior, y podía percibirse en el semblante, horrible de mirar, de este hombre infortunado. Si esto era verdad, y el cuadro representaba verdaderamente su aspecto, es obra misericordiosa esta negra nube que se ha aglomerado sobre el retrato.
—Estas tradiciones son absurdas para quien, como yo, ha experimentado el escaso fondo de verdad que existe en todas ellas,—dijo el teniente gobernador.—Con respecto a la vida y carácter de Édward Rándolph, se ha dado implícita fe al doctor Cotton Máther, quien (debo decirlo, aunque algo de su sangre corra por mis venas) ha llenado nuestra historia primitiva de cuentos de viejas, tan fantásticos y extravagantes como los de Grecia o los de Roma.
—Y sin embargo,—murmuró Álice Vane—¿no tienen acaso su moral aquellas fábulas? Imagino que si era tan espantoso el rostro de este retrato, habría alguna razón para que permaneciera tan largo tiempo colocado en una habitación de la casa provincial. Cuando los gobernadores olvidan sus responsabilidades, sería bien que algo les recordara el horrible peso de la maldición de todo un pueblo.—
El teniente gobernador se estremeció y miró por un momento a su sobrina, como si las juveniles fantasías de Álice respondieran a algún sentimiento oculto en su pecho, que toda su política y sus principios no habían podido dominar completamente. Sabía, es verdad, que la joven, a despecho de su educación extranjera, alimentaba las simpatías de raza de cualquier muchacha de la Nueva Inglaterra.
—¡Silencio, necia chiquilla!—profirió al fin, más ásperamente de lo que jamás se dirigiera a la gentil Álice.—La censura de un rey es más terrible que el clamor de una salvaje y descarriada muchedumbre. Capitán Lincoln, está decidido. Las tropas reales ocuparán la fortaleza de Castle Wílliam. Los dos regimientos restantes se alojarán en la ciudad o acamparán en terrenos comunales. Es tiempo ya, después de tantos años turbulentos y casi de rebelión, que el gobierno de su majestad tenga un muro de fuerza para resguardarlo.
—¡Confiad, señor, confiad todavía un poco más en la lealtad del pueblo,—repuso el capitán.—No le enseñéis que puede estar con los soldados ingleses en otros términos que en los de la fraternidad más cordial, como cuando peleaban juntos en la guerra francesa. No convirtáis en campamento las calles de vuestra ciudad natal. ¡Pensadlo dos veces, antes de entregar a otras manos, que no sean las de los verdaderos naturales de la Nueva Inglaterra, el viejo Castle Wílliam, llave de la provincia!
—Joven, está decidido,—repitió Hútchinson, levantándose de su silla.—Un oficial estará de servicio esta noche para recibir las instrucciones necesarias para el acuartelamiento de las tropas. Vuestra presencia será también necesaria. ¡Hasta entonces, adiós!—
A estas palabras el teniente gobernador abandonó precipitadamente la habitación, mientras Álice y su primo seguían lentamente, conversando bajito y deteniéndose de vez en cuando para lanzar una ojeada al misterioso cuadro. El capitán de Castle Wílliam pensaba que el aire y continente de la joven podía compararse al que se atribuye a uno de aquellos espíritus fabulosos, hadas o personajes de la mitología antigua, que intervienen a veces en los asuntos de los mortales, mitad por capricho, mitad por un sentimiento de simpatía hacia la desgracia o la felicidad humana. Mientras sostenía el capitán la puerta abierta para que pasara Álice, hizo ella un signo con la cabeza al cuadro y sonrió.
—¡Preséntate, sombría y diabólica figura!—exclamó.—¡Tu hora ha llegado!—
Aquella noche se hallaba el teniente gobernador Hútchinson en la misma habitación donde tuvo lugar la escena que hemos narrado, rodeado de varias personas a quienes reunían diversos intereses. Encontrábanse allí los consejeros municipales de Boston, sencillos patriarcas, padres del pueblo y personificaciones admirables de los antiguos colonos puritanos, cuya energía austera imprimió tan hondo sello al carácter de la Nueva Inglaterra. Contrastando con ellos, veíase uno o dos miembros del consejo, ricamente ataviados con las blancas pelucas, las casacas bordadas y otras magnificencias de aquella época, y haciendo en cierto modo ostentación del ceremonial cortesano. Un mayor del ejército inglés, aparentemente de guardia, esperaba las órdenes del teniente gobernador para el desembarque de las tropas, que aun permanecían a bordo de los transportes. El capitán de Castle Wílliam se mantenía junto a la silla de Hútchinson, con los brazos cruzados y mirando con altanería al oficial inglés que pronto iba a reemplazarle en su puesto. Sobre una mesa colocada en el centro de la habitación había un candelabro de plata, cuyas seis bujías arrojaban su resplandor sobre un papel listo aparentemente para la firma del teniente gobernador.
Disimulada en parte entre los voluminosos pliegues de las cortinas de una de las ventanas, podía percibirse la blanca drapería de un vestido de mujer. Parecerá extraño que Álice Vane se encontrara allí en tales momentos; pero había algo tan infantil y caprichoso en su carácter original que siempre se apartaba de las reglas acostumbradas, que su presencia no sorprendió a los pocos que llegaron a notarla. En aquel momento, el presidente del municipio dirigía al teniente gobernador una larga y solemne arenga, protestando contra la introducción de tropas inglesas en la ciudad.
—Y si vuestro honor,—concluyó este excelente aunque enojoso anciano,—estima conveniente insistir en que espadachines y mosqueteros mercenarios sienten sus reales en nuestros barrios tranquilos, ¡que la responsabilidad de esta decisión no caiga sobre nuestras cabezas! ¡Pensad, señor, mientras es tiempo todavía, que si llega a derramarse una sola gota de sangre, será una mancha eterna sobre la memoria de vuestro honor! Habéis escrito, señor, con hábil pluma las hazañas de nuestros abuelos. De consiguiente, sería muy de desear que merezcáis a vuestro turno honrosa mención como verdadero patriota y recto gobernador cuando vuestros hechos sean consignados en la historia.
—No soy insensible, mi buen señor, al deseo natural de ocupar un alto puesto en los anales de mi país,—replicó Hútchinson, dominando su impaciencia hasta convertirla en cortesía;—ni conozco método mejor para alcanzar este fin que contrarrestar el pasajero espíritu de malevolencia que, con perdón vuestro, parece haber atacado a hombres aun más ancianos que yo. ¿Me aconsejaríais que aguarde hasta que la multitud asalte la casa provincial, como lo hicieron con mi casa particular? ¡Creedme, señor, puede llegar el tiempo en que os sintáis felices de buscar refugio bajo la bandera real, que tanto disgusto os causa ahora ver izar!
—Sí;—agregó el mayor inglés que aguardaba con impaciencia las órdenes del teniente gobernador.—Los demagogos de esta provincia han evocado al diablo y no pueden ahora deshacerse de él. Nosotros los exorcizaremos en el nombre de Dios y en el del rey.
—Si mezcláis al diablo en el asunto, ¡cuidado con sus garras!—replicó el capitán de Castle Wílliam, molesto por la burla que se hacía de sus compatriotas.
—Con perdón vuestro, mi joven señor,—dijo el venerable consejero,—no permitáis que un espíritu pernicioso inspire vuestras palabras. Lucharemos contra el opresor con ayunos y oraciones, como hubieran hecho nuestros antecesores. Pero también como ellos nos someteremos a la suerte que a la sabia Providencia plazca enviarnos, después de haber agotado nuestros mayores esfuerzos para remediarla.
—¡Ya asoman las garras del diablo!—murmuró Hútchinson, que comprendió perfectamente la naturaleza de esta puritana sumisión.—Este asunto se resolverá inmediatamente. Cuando haya un centinela en cada esquina y una guardia de corte delante de la casa consistorial, cualquier gentilhombre leal podrá aventurarse a salir. ¿Qué puede importarme el vocerío del populacho de esta remota provincia del reino? ¡El rey es mi señor y la Inglaterra es mi patria! Sostenido por la fuerza armada, sentaré el pie sobre la canalla, y la desafiaré!—
Cogió una pluma y estaba a punto de estampar su firma en el papel que yacía sobre la mesa cuando el capitán de Castle Wílliam colocó una mano en su hombro. La libertad de aquel acto, tan contrario al ceremonioso respeto que se consideraba entonces debido a la categoría y a la dignidad, despertó sorpresa general, mucho mayor en el mismo gobernador que en cualquier otro de los circunstantes. Al levantar la vista encolerizado, observó que su joven pariente señalaba con el dedo el muro opuesto. La mirada de Hútchinson siguió la dirección indicada, y vio algo que había pasado antes inadvertido a sus ojos: una cortina de seda negra suspendida sobre el misterioso cuadro, al que ocultaba por completo. Su pensamiento voló inmediatamente a la escena de la tarde precedente; y en su sorpresa y en el tumulto de emociones indefinidas que se apoderaban de su espíritu, entre las cuales adivinaba que su sobrina tenía alguna parte en tal fenómeno, llamóla en alta voz:
—¡Álice! ¡Ven acá, Álice!—
Apenas había pronunciado estas palabras cuando Álice, deslizándose de su sitio con rapidez y cubriéndose los ojos con una mano, descorrió con la otra la obscura cortina que ocultaba el retrato. Una exclamación de sorpresa brotó de los labios de los espectadores; mientras la voz del teniente gobernador tenía un timbre de horror.
—¡Por el cielo!—murmuró con voz baja y reconcentrada, hablando más bien consigo mismo que con los que le rodeaban;—si el espíritu de Édward Rándolph apareciera entre nosotros desde la región del tormento no llevaría seguramente más visibles en su rostro los terrores del infierno!
—Con algún fin especial,—dijo solemnemente el anciano consejero,—ha hecho desaparecer la Providencia el velo que ocultaba tanto tiempo esta espantosa efigie. ¡Hasta este momento nadie había podido ver lo que nosotros contemplamos!—
Dentro del antiguo cuadro, que hacía tan poco tiempo encerraba solamente una tela negra y vacua, aparecía ahora una figura, todavía obscura es verdad, en sus sombras y matices, pero destacándose en poderoso relieve. Era el retrato de un caballero con barba, vistiendo rico traje antiguo de terciopelo bordado, con ancha gorguera, y llevando un sombrero cuyo ancho borde sombreaba su frente. Bajo esta sombra los ojos tenían un brillo peculiar, casi de persona viviente.
Resaltaba la figura tan distintamente sobre el fondo, que hacía el efecto de una persona mirando desde el muro a los atónitos y despavoridos espectadores. A ser posible describir con palabras la expresión del rostro, diríase que era la de algún desgraciado, sorprendido en algún crimen repugnante y expuesto al odio acerbo, a la burla y al vergonzoso escarnio de una multitud que le rodease. Veíase la lucha de la altanería, vencida y subyugada por el peso opresor de la ignominia. La tortura del alma se revelaba plenamente en el semblante. Parecía que el retrato, oculto tras la nube de los años, hubiera ido adquiriendo expresión más lúgubre e intensa hasta dejarse ver de nuevo, arrojando su fatídico augurio sobre la hora presente. Tal era, si hemos de dar crédito a la leyenda, el retrato de Édward Rándolph cuando la maldición popular había impreso su nefasto sello en la personalidad del gobernador.
—¡Este espantoso rostro me enloquecerá!—dijo Hútchinson que parecía fascinado por aquella contemplación.
—¡Tened cuidado entonces!—murmuró Álice.—Él atropelló los derechos del pueblo. ¡Mirad su castigo, y evitaos un crimen semejante!—
El teniente gobernador tembló por un instante; mas apelando a toda su energía, que no era, sin embargo, uno de sus caracteres predominantes, consiguió librarse del hechizo que se desprendía del semblante de Rándolph.
—¡Niña!—exclamó riendo acerbamente y volviéndose hacia Álice,—¿has hecho uso de tu talento en la pintura, de tu intrigante espíritu italiano, de tus golpes de efecto escénicos, pretendiendo ejercer alguna influencia con artificios tan triviales sobre el consejo del gobernador y tratándose del interés de las naciones? ¡Mira!
—¡Deteneos un instante más,—dijo el consejero, mientras Hútchinson cogía de nuevo la pluma;—pues si algún mortal recibió jamás una advertencia de parte de un alma atormentada, vuestro honor es ese hombre!
—¡Basta!—repuso Hútchinson ferozmente.—Aun cuando aquella misma figura insensible me gritara, “¡deténte!,” no me conmovería.—
Y arrojando una torva mirada de desafío al retrato, que parecía expresar en aquel momento con mayor intensidad que nunca todo el horror de su miseria, rasgueó sobre el papel, con caracteres que demostraban hallarse empujado por la desesperación, el nombre de Thomas Hútchinson. En seguida se estremeció, dicen, como si esta firma hubiera sido su condenación eterna.
—¡Está hecho!—dijo; y colocó una mano delante de sus ojos.
—¡Quiera Dios perdonar este acto!—dijo Álice Vane, con voz suave y triste, como la de un espíritu bueno al huir muy lejos.
Al día siguiente circulaba entre la servidumbre de la casa un rumor persistente que se extendió por toda la ciudad, asegurando que el negro y misterioso retrato se había desprendido del muro y hablado frente a frente con el teniente gobernador Hútchinson. Si tal milagro se verificó, no quedaron trazas del suceso; pues nada pudo percibirse dentro del negro marco sino la nube impenetrable que le cubría desde el tiempo que era posible recordar. Si verdaderamente apareció la figura, había huído luego como un espíritu, al romper el día, ocultándose tras un siglo de tinieblas. Lo más probable es que el secreto de Álice para restaurar los colores del cuadro, había tenido solamente resultados pasajeros. Pero todos aquellos que pudieron contemplar en ese breve intervalo el espantoso rostro de Édward Rándolph, no deseaban repetición del espectáculo, y siempre temblaban más tarde al recordar aquella escena, como si hubiera sido el mismo espíritu del mal quien apareció ante sus miradas. En cuanto a Hútchinson, cuando llegó su última hora, allá lejos, sobre el océano, jadeante y sin respiración, quejábase de que se ahogaba en la sangre de los asesinatos de Boston; mientras Francis Lincoln, el antiguo capitán de Castle Wílliam, que se encontraba junto a su lecho de muerte, podía notar en el extravío de su mirada cierta expresión semejante a la de Édward Rándolph. ¿Sintió acaso su destrozado espíritu, en aquella hora suprema, el tremendo peso de la maldición de un pueblo?
A la terminación de esta milagrosa leyenda, pregunté a mi huésped si el cuadro se conservaba todavía en la habitación que estaba encima de nuestras cabezas; pero Mr. Tíffany me informó de que había sido retirado de allí hacía largo tiempo, y se suponía que estaba disimulado en cualquier rincón extraviado del Museo de la Nueva Inglaterra. Quizá si algún curioso anticuario pueda dar alguna luz sobre el asunto y, ayudado Mr. Hóworth, el reparador de cuadros, llegue a producir una prueba no del todo innecesaria con respecto a la autenticidad de los hechos arriba relatados. Durante el curso de esta historia, se había preparado una tempestad, que estalló con tanto estrépito y violencia tal, en la parte alta de la casa provincial, que parecía que todos los antiguos gobernadores y grandes hombres estuvieran alborotando arriba, mientras el señor Bela Tíffany murmuraba de ellos abajo. En el transcurso de las generaciones, cuando mucha gente ha vivido y muerto en una vieja casa, el silbido del viento colándose a través de sus grietas y el crujido de sus vigas y cabrios, semejan extraordinariamente el tono de la voz humana, o carcajadas, o pasos pesados hollando las desiertas habitaciones. Es como si revivieran los ecos de media centuria. Estos mismos fantásticos sonidos repercutían y murmuraban en nuestros oídos, cuando me despedí del círculo formado en torno del fuego de la casa provincial, y bajando los peldaños del pórtico, me dirigí a mi morada luchando contra una violenta tempestad de nieve.
FEATHERTOP LEYENDA MORAL
DICKON!—gritó Mamá Rigby,—¡fuego para mi pipa!—
La vieja señora tenía la pipa en la boca cuando decía estas palabras. Las había lanzado después de llenarla de tabaco, sin tratar de encenderla en el hogar donde, en realidad, no había huellas de que se hubiera encendido fuego aquella mañana. Sin embargo, tan pronto como hubo dado la orden, brotó un rojo intenso en el hueco de la pipa y una bocanada de humo de los labios de Mamá Rigby. Nunca pude descubrir de dónde vino el fuego, ni qué mano invisible lo hizo encenderse allí.
—¡Bien!—dijo Mamá Rigby, con una inclinación de cabeza.—¡Gracias, Dickon! Ahora hagamos el espantajo. Quedad al alcance de la voz, Dickon, por si os necesito otra vez.—
Apenas amanecía; pero la buena mujer había madrugado aquella mañana con el objeto de hacer un espantajo que quería colocar en su sementera de maíz. Era la última semana de mayo, y ni los cuervos ni los mirlos habían descubierto aún las pequeñas hojas verdes y enrolladas del maíz que comenzaba justamente a brotar de la tierra. Así, había resuelto fabricar un espantajo que pareciera vivo por todos sus lados y terminarlo inmediatamente de pies a cabeza, de manera que comenzara aquella misma mañana sus deberes de centinela. Ahora bien; Mamá Rigby era, como todos sabemos, una de las brujas más hábiles y poderosas de la Nueva Inglaterra y podía hacer, en consecuencia, con muy pequeño esfuerzo, un espantajo suficientemente horrible para aterrorizar al mismísimo ministro de la iglesia protestante. Pero, habiendo despertado aquella mañana con disposición de espíritu extraordinariamente placentera, suavizada todavía más por su pipa de tabaco, resolvió producir algo fino, hermoso y espléndido, de preferencia a lo horrible y espantoso.
“No quiero colocar un duende grosero en mi propio campo de maíz y casi a mis puertas,” díjose a sí misma, lanzando una bocanada de humo; “podría hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de cosas maravillosas y esta vez me quedaré dentro de los límites de la vida ordinaria, en obsequio a la variación. Además, no hay necesidad de espantar a los chiquillos a una milla a la redonda, aunque yo sea, como ellos dicen, bruja de verdad.”
Quedó sentado, de consiguiente, en la mente de Mamá Rigby, que el espantajo representaría un caballero elegante de la época, hasta donde lo permitieran los materiales de que podía disponer. Quizá será oportuno enumerar los principales artículos que entraron en la composición de la figura.
El más importante de todos indudablemente, aunque llegaba a apreciarse muy poco, era cierto palo de escoba en que Mamá Rigby había dado muchos nocturnos paseos aéreos a la media noche, y el cual servía ahora de columna vertebral al espantajo, o de espinazo, hablando en términos vulgares. Uno de los brazos estaba constituído por un mayal, inútil ahora, que acostumbraba manejar el buen Rigby antes de que su esposa le enviara fuera de este pícaro mundo; el otro, si no me equivoco, estaba compuesto del cabo de una escoba el travesaño roto de una silla, atados fuertemente a la altura del codo. En cuanto a las piernas, la derecha era el mango de un azadón y la izquierda un palo cogido en la miscelánea confusa del montón de maderas. Los pulmones, estómago y demás cosas por el estilo eran nada menos que un saco de harina relleno de paja. Tenemos así el esqueleto y la individualidad entera del espantajo, con excepción de la cabeza; la cual se suplió admirablemente con una calabaza seca y arrugada, donde abrió Mamá Rigby dos huecos para los ojos y una abertura para la boca, dejando que cierta azulada prominencia hiciera en el centro las veces de nariz. El conjunto constituía realmente un semblante del todo respetable.
“He visto muchos rostros peores sobre hombros humanos, seguramente,” pensó Mamá Rigby. “Y más de un fino caballero tiene cabeza de calabaza, lo mismo que mi espantajo.”
Pero en este caso los vestidos debían hacer al hombre. Así, la buena anciana cogió de una percha una casaca antigua color ciruela, hecha en Londres, y con restos de bordado en las costuras, puños, solapas de las faltriqueras y ojales; pero lamentablemente usada y descolorida, remendada en los codos, rasgada en los faldones y completamente raída. En la solapa izquierda veíase un agujero redondo, producido quizá por alguna placa nobiliaria arrancada violentamente, o por el corazón ardiente de alguno de los posesores de la prenda que la hubiera chamuscado. Los vecinos aseguraban que esta rica vestimenta pertenecía al guardarropa del Hombre Negro, quien la conservaba en la casa de Mamá Rigby por la comodidad de vestirse allí siempre que quería presentarse de gran parada a la mesa del gobernador. Para completar el atavío había un amplio chaleco de terciopelo, bordado primitivamente con follaje de dorado tan brillante como las hojas de arce en octubre, pero que se había apagado ya casi del todo sobre el terciopelo. Venía en seguida un par de calzas color escarlata, llevadas alguna vez por el gobernador francés de Loúisbourg, y cuyas rodillas habían tocado los escalones inferiores del trono de Louis el Grande. El francés regaló estas calzas a un indio curandero quien las dió a la vieja bruja a cambio de un vaso de aguardiente en una de sus danzas en la selva. Además, sacó Mamá Rigby un par de medias de seda y las calzó en las piernas del espantajo donde aparecían como una fantasía, mostrando la realidad de los palos al dejar percibir dolorosamente la madera a través de los agujeros. Colocó, por último, la peluca de su amado esposo en el pelado cráneo de la calabaza, y completó el conjunto con un empolvado sombrero de tres picos adornado con las más largas plumas de cola de gallo que se pudiera imaginar.
Tan luego que la vieja hubo terminado, colocó esta figura en un rincón de su cabaña, riendo al observar el amarillo rostro del espantajo con la pequeña naricilla picaresca levantada al aire. Tenía un cómico aspecto de satisfacción de sí mismo y parecía decir: “¡Pero, venid a admirarme!”
“¡Y es un hecho que sois digno de que se os admire!” murmuró Mamá Rigby, llena de maravilla ante su obra. “He fabricado muchos muñecos desde que soy bruja, pero se me figura que éste es el mejor de todos. Casi es demasiado magnífico para espantajo. Y ahora, llenaré primero mi pipa con tabaco fresco y lo llevaré en seguida a la sementera de maíz.”
Mientras llenaba su pipa, seguía mirando la anciana con cariño casi maternal al espantajo en su rincón. A decir verdad, sea casualidad o destreza, o quizá sólo hechicería, había algo maravillosamente humano en la ridícula figura acicalada con su harapiento esplendor, y que parecía arrugar su amarillo semblante en una mueca de curiosa expresión entre desdén y regocijo, como si comprendiera que representaba en sí misma una burla a la humanidad. Mientras más la contemplaba Mamá Rigby, más satisfecha se hallaba de su labor.
—¡Dickon!—gritó imperiosamente—¡fuego otra vez para mi pipa!—
Apenas había terminado, cuando apareció como antes una brasa enrojecida sobre el tabaco. Mamá Rigby aspiró una larga bocanada y la exhaló después hacia el rayo de luz matinal que luchaba por atravesar las empolvadas vidrieras de la ventana de su cabaña. Gustábale saborear su pipa con una brasa del fuego de la chimenea de donde había sido arrancado. Pero no puedo decir dónde estaba tal chimenea, ni quien aportaba el fuego, salvo aquel invisible mensajero que parecía responder al nombre de Dickon.
“Este muñeco,” pensaba Mamá Rigby, con los ojos fijos en el espantajo, “es trabajo demasiado artístico para dejarlo todo el verano en un campo de maíz espantando a los cuervos y a los mirlos. Es capaz de algo mejor. ¡Vaya que he danzado muchas veces con figuras más ridículas, cuando escaseaban las parejas en nuestras reuniones de hechicería en los bosques! ¿Qué sucederá si le dejo buscarse la vida entre los demás hombres de paja y gente vacía que andan alborotando por el mundo?”
La vieja bruja aspiró tres o cuatro bocanadas de humo de su pipa y sonrió.
“¡Encontrará una multitud de semejantes en cada esquina!” continuó. “Bien; no intento meterme hoy en brujerías, más allá de lo que dure mi pipa; pero soy maga y lo seré y de nada sirve querer disimularlo. ¡Haré un hombre de mi espantajo, siquiera sea por el placer de pegar un petardo!”
Mientras murmuraba estas palabras, Mamá Rigby retiró la pipa de su boca y la arrojó en la abertura que hacía de tal en el rostro de calabaza del espantajo.
—¡Fuma, querido mío, fuma!—dijo.—¡Fuma, elegante mozo! ¡tu vida depende de ello!—
Era indudablemente una exhortación original, dirigiéndose a un paquete de palos, paja y vestidos viejos, sin nada mejor que una arrugada calabaza por cabeza, como sabemos bien que estaba formado el espantajo. Sin embargo, debemos recordarlo muy especialmente, Mamá Rigby era una bruja de singular habilidad y poder; y teniendo presente este hecho, no habrá nada increíble en los notables incidentes de nuestra historia. A la verdad, la dificultad mayor quedará vencida al punto, si logramos llegar a la creencia de que tan pronto como la vieja le ordenó fumar, brotó una bocanada de humo de la boca del espantajo. Fué seguramente una bocanada muy ligera; pero a ésta siguió otra y otras más, cada una más decidida que las anteriores.
—¡Fuma, ángel mío! ¡fuma, lindo!—siguió diciendo Mamá Rigby con su sonrisa más graciosa.—Es hálito de vida para ti; te doy mi palabra.—
Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada. Debía existir algún conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de las encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura arrojó al fin una nube de humo que se extendió desde el obscuro rincón hasta la faja luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo, pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque el fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del espantajo. La vieja bruja aplaudió golpeando sus flacas manos una contra otra y sonrió a su muñeco de manera alentadora. Veía que el encanto obraba. La faz arrugada y amarilla, que hasta entonces no había ofrecido aspecto vital, comenzaba a mostrar una especie de fantástica y tenue atmósfera humana que parecía fluctuar a su alrededor, desvaneciéndose a veces completamente, y haciéndose otras más perceptible siguiendo las exhalaciones de la pipa. De igual manera asumía toda la figura una semblanza de vida, como la que prestamos a formas mal definidas de las nubes, engañándonos a medias con las divagaciones de nuestra propia fantasía.
Si hubiéremos de ahondar profundamente en la materia, podría dudarse si, después de todo, hubo algún cambio en la sórdida, raída, insignificante y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente alguna ilusión fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la coloreaba y delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los milagros de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo ofrecer otra mejor.
—¡Muy bien, lindo mancebo!—exclamó de nuevo Mamá Rigby.—Vamos, otra buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y violentamente. ¡Fuma, por tu vida, te lo digo! ¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si corazón tienes, y si éste tiene fondo! ¡Bien, ahora! Aspira esta bocanada como si gozaras en hacerlo.—
Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al espantajo, poniendo tal potencia magnética en su gesto que inevitablemente debía éste obedecer, como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.
—¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón, perezoso?—dijo Mamá Rigby.—¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!—
Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta relación en el regazo de mi abuela y no hubiera quedado completamente establecida entre las cosas verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía aún analizar su posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla ahora.
Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el brazo como para coger su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie de sacudimiento o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el equilibrio.
¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada, después de todo; solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas. Pero la enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el espantajo a mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas. Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo de invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia humana, a través de la cual era visible la rígida, desvencijada, incongruente, vieja, harapienta, múltiple e inútil combinación de su esencia, pronta a desplomarse en tierra en un montón de residuos, por la conciencia de su propia indignidad para erguirse. ¿Confesaré la verdad? En este punto de vivificación, el espantajo me hace recordar ciertos caracteres indefinidos y anormales, compuestos de elementos heterogéneos y empleados mil veces, a despecho de su insignificancia, por los escritores de novelas (yo también como los demás) que han poblado con ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.
Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a mostrar los rasgos de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una cabeza de serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento pusilánime de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.
—¡Fuma, miserable!—gritó con ira.—¡Fuma, fuma, fuma, tú, criatura de paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú, cabeza de calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente vil para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con el humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de donde ha venido aquella brasa ardiente!—
Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más remedio que inhalar aquella peligrosa vida. Haciendo de necesidad virtud, aplicóse vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo tan espeso que la pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en los vapores del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y podía apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera de la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo en jarras y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente en medio de la obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando provocaba alguna terrible pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado del lecho para saborear su agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba, trémulo y lleno de terror. Mas es preciso reconocer que sus esfuerzos servían perfectamente para el objeto; pues a cada sucesiva exhalación, perdía la figura visiblemente su aspecto informe y confuso y parecía condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de este mágico cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el bello bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo dirigía hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.
Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado, sacudiéndolo en dirección a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas procedía bajo el principio, falso quizá pero profundo, como todos los que profesara persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas débiles y entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable simulacro en sus primitivos elementos.
—Tienes el aspecto de un hombre,—dijo la bruja severamente.—¿Tienes también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!—
El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la figura y que ésta era la voz que respondía.
—¡Madre,—murmuró la pobre voz ahogada,—no seáis tan cruel conmigo! Yo bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?
—¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?-exclamó Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.—Y ¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de molino, si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy segura!
—A vuestras órdenes, madre,—respondió la figura.
—Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío, respondió Mamá Rigby.—Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes. Encontrarás un centenar de frases hechas y quinientas personas que las aprovechan. Y ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de brujería en todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de cera, de paja, de palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma del mar y humo de las chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así, atiende a lo que voy a decirte.
—¡Sí, bondadosa madre,—dijo la figura;—con todo el corazón!
—¡Con todo el corazón!—exclamó la bruja, dejando caer las manos sobre los costados y riendo estrepitosamente.—Tienes una linda manera de expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!—
De excelente humor por su fantástica invención, Mamá Rigby dijo al espantajo que debía ir a representar su papel en el gran mundo, donde ni un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de esencia más refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy alta la cabeza entre los mejores, dotóle al punto de incalculables riquezas. Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y parte en diez mil acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres de viñedos en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España; agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación asimismo del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual hizo naufragar la hechicera diez años atrás en mitad del océano por medio de sus artes nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y pudiera introducirse en el mercado, permitiría levantar una bonita suma entre los pescadores. Para que no careciera de dinero en efectivo, le dió un cuarto de penique de cobre, sellado en Bírmingham, que era todo lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que al aplicarse sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.
—Con esta clase de moneda solamente,—dijo Mamá Rigby,—puedes hacer carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti lo más que me ha sido posible.—
Además, con el objeto de que tuviera el aventurero todas las ventajas necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente anciana le dió una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado, miembro del consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades que constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de la sociedad en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía murmurar a su vez al oído de mercader.
—Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus oídos,—dijo la vieja bruja.—¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!—
A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la idea de lo que iba a comunicarle.
—El digno magistrado Gookin,—murmuró,—tiene por hija una donosa doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello continente y bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás. Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto, suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y la linda Polly Gookin será tuya.—
Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la vaporosa fragancia de su pipa y parecía ahora continuar en esta ocupación por propio placer y no como condición indispensable para su existencia. Era maravilloso observar cuán extraordinariamente se asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos—que a este tiempo parecía ya tenerlos—estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba siempre la cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus labios las palabras propias para la ocasión: “¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame, se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh! ¡Ah! ¡Jem!” y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención, interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun después de haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el principio al espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el sujeto comprendía perfectamente el alcance de los astutos consejos que la vieja bruja depositaba en su remedo de oído. Mientras aplicaba con mayor entusiasmo sus labios a la pipa, su expresión se volvía más sagaz, sus gestos y ademanes adquirían mayor vida y su voz resonaba de manera más inteligible. Sus vestidos lucían también más y más con ilusoria magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de toda esta obra maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra ennegrecida para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza pintada y boquilla de ámbar.
Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del vapor de la pipa la vida de esta ilusión, hubiera de terminar simultáneamente con la reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja había previsto esta dificultad.—Sostén la pipa, hermoso mío,—dijo,—mientras la lleno de nuevo para ti.—
Era penoso ver cómo el elegante caballero comenzaba a retroceder hasta espantajo mientras Mamá Rigby sacudía las cenizas de la pipa y procedía a llenarla otra vez con el tabaco de su caja.
—¡Dickon!—exclamó con su voz fuerte e imperiosa,—¡más fuego para esta pipa!—
Apenas lo había dicho, cuando la partícula de rojo intenso brillaba dentro de la cabeza de la pipa; y el espantajo, sin aguardar las órdenes de la bruja, aplicando el tubo a sus labios, comenzaba a arrancar cortas y convulsivas bocanadas que pronto, sin embargo, se convirtieron en más iguales y regulares.
—Ahora, chiquillo de mi corazón,—dijo Mamá Rigby,—suceda lo que quiera debes adherirte a tu pipa. Tu vida reside allí; y esto lo sabes bien, aun cuando no sepas mucho más fuera de esto. ¡No te desprendas de tu pipa, te digo! Fuma, aspira, lanza nubes de humo, y si alguien te pregunta, di a la gente que es por salud, que tu médico lo ha recomendado así. Y cuando tu pipa esté concluyéndose, ve, delicia mía, a cualquier rincón y, penetrándote primero bien de humo, exclama con imperio: “¡Dickon! ¡una nueva pipa de tabaco! ¡Dickon! ¡fuego para mi pipa!” y fúmala tan pronto como sea posible. De lo contrario, en lugar de un galano caballero con casaca bordada de oro, te convertirás en un haz de palos y vestidos destrozados, un saco de paja y una arrugada calabaza. ¡Ahora parte, tesoro mío, y la dicha sea contigo!
—¡Nada temáis, madre!—dijo la figura con voz sonora, lanzando una vigorosa bocanada.—¡Yo arribaré, si esto es dado a un caballero y a un hombre honrado!
—¡Oh, tú me harás morir!—exclamó la vieja bruja, en una carcajada convulsiva.—Eso estuvo muy bien dicho. ¡Si es dado a un caballero y a un hombre honrado! Representas tu papel a la perfección. Continúa siendo un elegante caballero; y yo apostaré en tu cabeza como hombre de meollo y de substancia, provisto de talento y de lo que llaman corazón, y de todo aquello que debe poseer un hombre, contra cualquier otro animal de dos pies. Por ti me creo yo ahora hechicera más hábil que antes. ¿No te he formado acaso? ¡Y desafío a hacer cosa parecida a la mejor bruja de la Nueva Inglaterra! ¡Mira, llévate mi vara!—
La vara, que era un simple palo de roble, tomó inmediatamente la apariencia de un bastón con puño de oro.
—Esta cabeza de oro tiene tanto talento como la tuya,—dijo Mamá Rigby,—y te guiará directamente a la casa del digno magistrado Gookin. Ve allá, mi lindo, querido, precioso, tesoro mío; y cuando pregunten tu nombre, di que te llamas Feathertop (Cabeza Emplumada). Llevas plumas en el sombrero, y arrojé todo un manojo en el hueco vacío de tu cabeza; tu peluca es también del estilo llamado Feathertop. ¡Así, Feathertop será tu nombre!—
Saliendo de la cabaña, Feathertop marchó virilmente hacia la ciudad. Mamá Rigby permaneció en el dintel, profundamente complacida de ver los rayos del sol reflejándose en su obra, como si toda aquella magnificencia fuera real; y observando cuán empeñosa y amorosamente fumaba su pipa Feathertop, y con qué elegancia marchaba, a pesar de cierta ligera rigidez en las piernas. Le miró alejarse hasta que se perdió de vista y envió su bendición a su favorito cuando una revuelta del camino le ocultó completamente a sus ojos.
Cerca del mediodía, cuando la calle principal de la vecina ciudad se encontraba en el colmo del bullicio y animación, seguía la acera un extranjero de aspecto muy distinguido. Su porte y sus vestidos estaban llenos de nobleza. Llevaba casaca color ciruela ricamente bordada, chaleco de suntuoso terciopelo magníficamente adornado de hojas doradas, un espléndido par de calzas encarnadas y las más bellas y brillantes medias de seda. Su cabeza estaba cubierta con una peluca tan lindamente arreglada y empolvada que habría sido un sacrilegio desordenarla con el sombrero de encaje dorado y adornado de una pluma nevada, que el caballero llevaba bajo el brazo. En el pecho de la casaca resplandecía una estrella. Manejaba este personaje su bastón de puño dorado con la gracia peculiar de los gentilhombres de aquella época; y, para completar su atavío, llevaba en los puños volantes de encaje de delicadeza etérea, delatando a las claras cuán ociosas y aristocráticas debían ser las manos que ocultaban a medias.
Circunstancia digna de notarse en el continente de este brillante personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa fantástica, con cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a sus labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en graciosos remolinos por la boca y la nariz.
Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba activamente de conocer el nombre del extranjero.
—Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada alcurnia,—decía un vecino de la ciudad.—¿Veis la estrella que lleva sobre el pecho?
—¡No; vaya que es poco brillante para verse!—decía otro.—Sí; debe ser forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta imagináis que su señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del viejo mundo desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra, ¿queréis decirme dónde están sus criados y su equipaje?
—No necesita equipaje para establecer su alcurnia,—hizo observar un tercero.—Así se presentara en harapos, brillaría su nobleza a través de los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante dignidad de aspecto. Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.
—Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre noble,—dijo otro de los ciudadanos.—Los hombres de aquellas regiones tienen siempre la pipa en la boca!
—Así son también los turcos,—respondió su compañero.—Pero, a mi juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y aprendido allí la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se despliegan como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de sacudimiento o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe haberlo adquirido por la observación constante de las maneras del gran monarca. El carácter y profesión del extranjero están bastante evidentes. Es algún embajador francés que ha venido a conferenciar con nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.
—Verosímilmente es un español,—dijo otro,—y de allí viene su tez amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de los dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales se dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del Perú y Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus minas.
—¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó una señora;—¡tan alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido, una nariz tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios me bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!
—Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,—dijo el extranjero, haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en aquel instante.—¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!
—¿Se ha oído alguna vez cumplimiento más exquisito y original?—murmuró la dama, en éxtasis de delectación.
En medio de la admiración general que excitaba el extranjero, sólo se escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de un impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su amo, vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la opinión pública fué un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de sus pulmones, balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de calabazas.
Entretanto Feathertop seguía su camino por la calle. Con excepción de las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una que otra ligera inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de los espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era necesaria mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta ecuanimidad con que se manejaba mientras la admiración de la ciudad crecía hasta convertirse casi en clamor en torno suyo. Con una multitud congregada tras de sus huellas, llegó el extranjero finalmente a la casa del digno juez Gookin, atravesó la reja, subió los peldaños de la escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse que, en el intervalo entre su llamada y la respuesta, sacudía el extranjero las cenizas de su pipa.
—¿Qué dijo con aquella voz tan imperiosa?—preguntó uno de los espectadores.
—No sé, no podría decirlo,—respondió su amigo.—Pero el sol me deslumbra de manera extraña. ¡Qué ajado y descolorido se ha puesto repentinamente su señoría! ¡Dios me bendiga! ¿Qué es lo que me pasa?
—Lo maravilloso es que su pipa, apagada hace un momento, aparece otra vez encendida y con el fuego más intenso que he visto en mi vida. Hay algo misterioso en este extranjero. ¡Qué bocanada de humo más espesa! ¿Decíais que estaba ajado y descolorido? ¡Mirad! Cuando se vuelve, brilla la estrella en su pecho como una llamarada.
—Así es, en verdad,—dijo su compañero;—y deslumbrará probablemente a la linda Polly Gookin a quien veo asomándose a la ventana de aquella habitación.—
Tan luego que se abrió la puerta, volvióse Feathertop hacia la multitud, inclinóse majestuosamente, como un gran hombre que reconociera los homenajes en la forma más estricta, y desapareció en la casa. Brillaba en su semblante una especie de sonrisa misteriosa, una mueca, mejor dicho; pero entre la muchedumbre que le contemplaba, nadie tuvo la penetración suficiente para descubrir su ilusoria personalidad, salvo un chiquillo y un miserable can.
Nuestra leyenda pierde aquí algo de continuidad, y saltando sobre las explicaciones preliminares entre Feathertop y el comerciante, pasa en busca de la linda Polly Gookin. Era ésta una damisela de suaves y redondeadas formas, cabello rubio, ojos azules y bello rostro sonrosado, ni demasiado ingenuo, ni demasiado perspicaz. La joven descubrió por la ventana al brillante extranjero que se encontraba a la puerta y, preparándose para la entrevista, se acicaló inmediatamente con una cofia de encajes, un collar de cuentas, su pañuelo más hermoso y su falda de damasco de la mejor calidad. Mientras se apresuraba a bajar de su aposento al salón, mirábase en los grandes espejos ensayando lindos modales, ya una sonrisa, ya cierta dignidad ceremoniosa, ya una sonrisa más dulce que la primera, mientras besaba su mano, moviendo la cabeza y manejando el abanico; en tanto que, dentro del espejo, una insignificante doncellica repetía todos sus ademanes y gestos ridículos sin lograr que Polly se avergonzara de ellos. En suma, si la linda Polly no llegaba a producir ilusión tan completa como el ilustre Feathertop, era culpa de su poca habilidad y no de su poca voluntad para conseguirlo; de manera que al demostrar así su simplicidad, no era aventurado suponer que el fantasma creado por la hechicera pudiera conquistarla.
Apenas oyó Polly el ruido de los pasos gotosos de su padre, aproximándose a la puerta del salón acompañados del rígido resonar de los zapatos de altos tacones de Feathertop, sentóse recta como una flecha y comenzó inocentemente a entonar una canción.
—¡Polly! ¡Polly, hija mía!—gritó el viejo mercader.—Ven acá, chiquilla.—
El continente del magistrado aparecía turbado e indeciso cuando abrió la puerta.
—Este gentilhombre,—continuó, presentando al extranjero,—es el caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que me trae un recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con su señoría, niña, y honradle como su calidad merece.—
Después de estas pocas palabras de presentación, el magistrado abandonó el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado Polly a su padre en vez de dedicarse por entero a la contemplación del brillante caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando de esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca galvánica, que se convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop hubo vuelto las espaldas; al mismo tiempo que amenazaba con el puño cerrado y golpeaba el suelo con su pie gotoso; falta de cortesía que trajo consigo su inevitable y doloroso resultado. Parece, en verdad, que la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual fuere, actuaba más por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader. Siendo además hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que las figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento. Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras eran una partida de diablillos debidamente provistos de cuernos y cola, y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo diabólico en toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un obscuro pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la estrella que Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas, reflejando trémulos rayos sobre los muros, el techo y el pavimento.
Con tales siniestros pronósticos que se manifestaban de maneras tan diversas, no es sorprendente que el mercader pensara que comprometía a su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el fondo de su alma la elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando este atrayente personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el corazón, inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante; pero había de por medio cierto grave terror que le constreñía.
Este respetable anciano, se había dejado arrastrar algo en mal camino en su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora obligado a redimirlo por el sacrificio de su hija.
La puerta del salón era en parte de cristales cubiertos por una cortina de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al sesgo. Tan vivo interés acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a acontecer entre la bella Polly y el galante Feathertop que, después de abandonar el aposento no pudo impedirse de mirar por la abertura de la cortina.
Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada, fuera de las bagatelas antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que algún peligro sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo; y, de consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe confiar sin la debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El digno magistrado que conocía la humanidad en cualquiera esfera o condición, no podía menos de advertir que todos los gestos y ademanes del distinguido Feathertop respondían en absoluto a las conveniencias del momento: nada de rudeza natural había quedado en él; las convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su naturaleza íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta misma peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en el hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así como si su individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una sombra. Tratándose de Feathertop, esta impresión se confundía en un sentimiento extravagante, fantástico y original, como si su vida y esencia dependieran del humo rizado que se escapaba de su pipa.
Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven; nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh, linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?
De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito, alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto de su composición real, despojada de toda hechicería.
¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión de su propia personalidad.
Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.
“¡Ah!” pensó la vieja bruja, “¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha salido fuera de su tumba?”
Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.
—¿Qué cosa salió mal?—preguntó la bruja.—¿Olfateó el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!
—No, madre,—dijo Feathertop desesperadamente;—no es eso.
—¿La chica desdeñó a mi precioso?—preguntó Mamá Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.—¡Cubriré su rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa! ¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya digna de ti!
—Dejadla tranquila, madre,—respondió el pobre Feathertop;—la doncella estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría hecho sentirme completamente humano. Pero,—añadió tras breve pausa y con un grito de desprecio para sí mismo,—¡me he visto, madre! ¡He visto la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir más!—
Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi humano.
“¡Pobre chico!—exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su desventurada creación.—¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?—
Murmurando estas palabras, había llenado la bruja una nueva pipa de tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre colocarla en sus propios labios o en los de Feathertop.
—¡Pobre Feathertop!—continuó.—Podría darle fácilmente ocasión de ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo. Pero no; es demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene demasiado corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de todo. Es un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si todos sus semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran bien para la humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que él.—
Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus labios.
—¡Dickon!—gritó con su aguda e imperiosa voz,—fuego para mi pipa!
EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN
LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que terminó en la renombrada “batalla de Lóvell,” es uno de los pocos incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la retirada de la “batalla de Lóvell.”
Brillaban alegremente los primeros rayos del sol sobre la copa de los árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas, semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una extensión de varios acres en torno de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía inmediatamente detrás de los viajeros.
Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo; y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste sacudió la cabeza.
—Rubén, hijo mío,—dijo,—esta roca tras de la cual nos encontramos servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo pensaba.
—Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,—replicó el joven,—y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las guarniciones de la frontera.
—No tengo dos días de vida, Rubén,—dijo el otro, serenamente,—y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.
—Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,—dijo Rubén con resolución.
—No, hijo mío, no,—insistió su compañero.—Deja que se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!
—Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad?—exclamó el joven.—No; si vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.
—En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los hombres,—replicó el otro,—se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!—
Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su compañero.
—¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!—exclamó el joven.—Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero aquí...
—Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,—interrumpió Malvin.—Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida. Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.
—¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas?—exclamó Rubén.—¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme obligado a decir esto a Dorcas?
—Dirás a mi hija,—repuso Róger Malvin,—que, a pesar de encontrarte dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera que recorreréis juntos.—
Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad; mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén. Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes. Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con arte generoso a procurar su propio interés.
—Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de vida,—prosiguió.—Es posible que con pronta asistencia llegara a recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?—
Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén. Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.
—Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes,—dijo a media voz.—Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de marcha. Aconsejadme escrupulosamente,—añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio criterio.—Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?
—Hace veinte años,—replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos,—hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro, amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir.
—¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?—preguntó Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio éxito.
—Sí;—respondió el otro.—Llegué al campamento de una partida de cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.—
Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.
—¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!—dijo.—Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.—
Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse abandonado para expirar en la soledad.
Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.
La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.
—Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono—aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén—porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve, Rubén,—añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin,—cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.—
Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el propósito de enterrar a los que habían perecido “en las fauces del desierto.” Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir.
—Es suficiente,—dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de Rubén.—¡Ve, y que Dios te guíe!—
El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.
—¡Rubén, Rubén!—dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose junto al moribundo.
—Levántame y déjame reclinado contra la roca,—fué su última petición.—Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.—
Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura al moribundo, comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin; mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas, retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído, miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había, sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable. Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo, luchó fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a Rubén su juramento.
Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad, muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que, incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol, viéndose obligado a esperar allí la muerte.
En tal situación fue descubierto por una partida despachada en socorro de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.