WÁSHINGTON ÍRVING (continued 2)
Carmen Torres Calderón de Pinillos translation
Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr Van Tássel, encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca adyacente. Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza, vistiendo calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus gorros plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo, enaguas de tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza colgando al exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan anticuada como las mamás, salvo uno que otro sombrero de paja, alguna linda cinta y a veces algún vestido blanco que revelaba síntomas de ciertas innovaciones de la ciudad. Mozos llevando chaquetas de faldones cuadrados, hileras de estupendos botones de metal y el pelo largo por lo común y dispuesto en coleta según la moda de aquel tiempo—especialmente si habían podido conseguir una piel de anguila, que se consideraba en todo el país como el tónico más poderoso y eficaz para el cabello.
Brom Bones era, sin embargo, el héroe de la jornada, habiéndose presentado a la fiesta montando su caballo favorito Daredevil (Temerario), que poseía a la par que su amo grandes bríos y coraje, y al cual nadie sino Bones habría podido dominar. Distinguíase, en efecto, por su afición a esos animales reacios y espantadizos, acostumbrados a toda clase de mañas y que ponen al jinete en continuo riesgo de romperse la crisma; pues sostenía que un caballo tratable y bien domeñado era cabalgadura indigna de un mozo de hígados.
De buena gana me detendría a describir el mundo deleitoso que brotó ante las miradas de mi héroe al penetrar en la sala de recibo de la morada de Van Tássel. No se trataba por cierto de los encantos del grupo de muchachas campesinas con su ostentoso despliegue de blanco y rojo, sino de los innumerables atractivos de una mesa de te campestre y genuinamente holandesa en la abundante estación del otoño. ¡Qué aglomeración de fuentes de pastas de diversas clases, casi indescriptibles, y cuyo secreto guardaban las hacendosas amas de casa holandesas! Veíase allí el ilustre doughnut,[25] el tierno oly koek,[26] y el frágil y dorado cruller;[26] bizcochos y bollos, pasteles de jengibre y pastas de miel; en fin, todas las familias de pastas y bollos. Y había además pasteles de manzana, de melocotón y de calabaza, codeándose con rebanadas de jamón y carne ahumada y con deliciosas fuentes de conservas de ciruelas, melocotones, peras y membrillos; sin hacer mención de los pescados a la parrilla y gallinas asadas, ni de los tazones de leche y crema, todo amontonado tan confusamente como lo he enumerado, ni de la maternal tetera lanzando desde el centro nubes de vapor. ¡Dios bendiga la marca! Necesitaría aliento y tiempo de que disponer para describir como se merece este banquete, y tengo demasiada prisa para terminar mi historia. Afortunadamente, Íchabod Crane no estaba tan apurado como su historiador, y dispensó grandes honores a todas estas golosinas.
Era una bondadosa y agradecida criatura, cuyo corazón se dilataba en proporción al buen alimento que recibía su estómago y cuyo espíritu se abrillantaba con la comida como acontece a otros con la bebida. Tampoco podía evitar que sus grandes ojos rodaran por todas partes mientras comía, ni regocijarse interiormente ante la posibilidad de llegar algún día a ser el dueño de este lujo y esplendidez casi incomparables. Pensaba cuán pronto volvería entonces la espalda a la vieja escuela, cómo chasquearía sus dedos en las narices de Hans Van Rípper o cualquier otro de sus tacaños patrones, y enviaría a rodar al ambulante pedagogo que se atreviera a llamarle camarada.
El viejo Baltus Van Tássel discurría entre sus invitados con rostro dilatado por la alegría y buen humor, tan redondo y jovial como el plenilunio de otoño. Sus hospitalarias atenciones eran breves pero expresivas, limitándose a un apretón de manos, alguna palmada en el hombro, una risotada y la apremiante invitación para “embestir a las cosas, y atenderse cada uno por sí mismo.”
Pronto el sonido de la música en la sala o aposento general invitaba a danzar. El ejecutante era un negro viejo de pelo gris, que por más de medio siglo había sido la orquesta ambulante de todo el vecindario. Su instrumento aparecía tan viejo y maltratado como el dueño. La mayor parte del tiempo rascaba el violinista sólo dos o tres cuerdas acompañando con la cabeza cada movimiento del arco; inclinándose casi hasta el suelo y dando un golpe con el pie siempre que iba a comenzar una nueva copla.
Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de danzarín como de su poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en movimiento y chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San Vito en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y tamaños que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario, formaban una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las puertas y ventanas, y miraban la escena con deleite rodando las blancas bolas de sus ojos y mostrando en una mueca de oreja a oreja dos hileras de marfil. ¿Cómo era posible que el azotador de pilluelos no se sintiera animado y satisfecho? La dama de su corazón era su pareja en el baile y sonreía graciosamente a sus amorosos guiños, en tanto que Brom Bones, dolorosamente carcomido por el amor y por los celos, se mantenía todo meditabundo sentado en un rincón.
Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído hacia un grupo de personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel, estaban sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.
En la época de que me ocupo, aquella comarca era uno de los lugares más favorecidos por la crónica y por los grandes hombres. Las tropas inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la guerra; y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos, viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para permitir a cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la hicieran más interesante y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en héroe de todas las hazañas que se relataban.
Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga barba azul que casi llegó a apoderarse de una fragata inglesa con un viejo cañón de hierro de a nueve, colocado en un parapeto de barro, sólo que el cañón estalló a la cuarta descarga. Y había también un viejo caballero a quien no nombraremos por ser un mynheer[27] demasiado poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido de esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete con la punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el silbido de la bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar en cualquier momento el puño un poquito abollado por el choque. Muchos otros se habían distinguido igualmente en el campo de batalla, persuadidos todos de haber ejercido considerable influencia para llevar la guerra a feliz terminación.
Pero esto no era nada en comparación de los cuentos que siguieron sobre espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros legendarios de tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones medran bien en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos apreciados por la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran aliciente en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de echar la primera siesta y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al levantarse para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a quien visitar. Ésta es quizá la razón por la cual tan rara vez oímos hablar de espectros, a no ser en aquellas antiguas comunidades holandesas.
Con todo, la causa inmediata del predominio de las historias maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor parte a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle encantado se encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como de costumbre, repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas. Relatáronse muchos cuentos horrendos acerca de procesiones funerarias, sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos respectivamente, cerca del gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el cual hicieron prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la mujer vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches de invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias tornaba siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado, el jinete sin cabeza, de quien se había oído hablar varias veces últimamente en sus correrías a través de la comarca y que, según decían, maniataba su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio de la iglesia.
La situación aislada de esta iglesia parece haber contribuído siempre a convertirla en el refugio predilecto de los espíritus inquietos. Está edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios olmos y algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos muros blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua bordeada por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules colinas del Hudson. Contemplando el cementerio cubierto de césped, en que los rayos del sol parecen dormir tranquilamente, se pensaría que allí al menos los muertos pueden reposar en paz. A un costado de la iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por donde se precipita un torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles caídos. Sobre la parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, habían arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí conducía y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes estrechamente enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las correrías favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le encontraba con mayor frecuencia.
Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más descreído en materia de aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus excursiones al valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que galoparon por bosques y malezas, por colinas y pantanos, hasta que llegaron al puente donde el jinete se transformó súbitamente en un esqueleto, arrojó al viejo Bróuwer en el torrente y desapareció con ruido de trueno entre las copas de los árboles.
Esta historia encontró inmediatamente una competidora en la tres veces maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba haberse burlado del galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne. Según él, volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por el nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de ponche; y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo duende en todo el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de la iglesia, el fantasma dió un salto repentino y desapareció en una llamarada.
Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso medio tono con que se habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan sólo de cuando en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa, produjeron honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con largos extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el valle encantado.
La fiesta terminaba gradualmente. Los viejos granjeros reunían a su familia en sus carros, oyéndose por algún tiempo el tintineo de los cascabeles que se alejaba por las carreteras de la hondonada y por las distantes colinas. Algunas damiselas iban sentadas en albardas a la grupa de su galán favorito, y su risa alegre, mezclada al rumor de las pisadas y repetida por el eco a través de las selvas silenciosas, resonaba más y más débil hasta extinguirse gradualmente por completo, quedando mudo y desierto el lugar poco ha lleno de ruido y de alegría.
Sólo Íchabod había quedado, siguiendo la costumbre de los galanes del país, para tener un tête-à-tête con la heredera, plenamente convencido de hallarse en vísperas del triunfo. No pretendo decir lo que pasó en aquella entrevista, porque lo ignoro en realidad. Temo, sin embargo, que algo anduvo mal porque Íchabod salió tras corto intervalo con las orejas caídas y el aire todo desolado. ¡Oh, mujeres! ¡mujeres! ¿Era posible que esta chica hubiese estado representando con él una de sus acostumbradas comedias de coquetería? ¿Alentar las esperanzas del pobre pedagogo había sido una simple farsa para asegurar la conquista de su rival? ¡Sólo Dios lo sabe, no yo! Baste decir que Íchabod escapó con el aspecto de un salteador de gallinero más bien que del corazón de una linda dama. Sin mirar a la derecha ni a la izquierda para observar la opulencia agrícola que tan a menudo había ambicionado, fué directamente al pesebre y a puñetazos y patadas levantó con gran descortesía a su corcel del cómodo alojamiento donde dormía a pierna suelta soñando con montes de maíz y avena y valles enteros de forraje y trébol.
Era precisamente la hora nocturna de las brujerías[28] aquella en que Íchabod, alicaído y descorazonado, seguía el camino de su casa por el flanco de las elevadas colinas que dominan Tarry Town y que con tanta alegría recorrió esa misma tarde. La hora estaba tan melancólica como él. Lejos, allá abajo, extendía el Tappan Zee la obscura e incierta inmensidad de sus aguas, sobre las que se divisaba aquí y allí el alto mástil de un barco meciéndose tranquilamente al ancla. En el mortal silencio de la media noche podía Íchabod percibir el ladrido del perro del guarda, débil y vago, como para dar solamente idea de la distancia a que se encontraba este fiel compañero del hombre. De vez en cuando escuchaba también resonar con eco fantástico en sus oídos el largo y arrastrado canto de algún gallo incidentalmente despierto, lejos, muy lejos, en alguna granja entre las apartadas colinas. Ninguna señal de vida mostrábase a su alrededor, fuera del melancólico chirrido del grillo o el grito gutural de las ranas desde el pantano vecino como si, sintiéndose incómodas durante el sueño, se revolvieran súbitamente en su lecho.
Todas las historias de duendes y espectros que había oído al crepúsculo, acudían ahora en tropel a su memoria. La noche se ponía más y más obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en el firmamento, y nubes errantes las ocultaban por momentos a sus ojos. Jamás se había sentido tan triste y abandonado. Aproximábase, de otro lado, al sitio donde se radicaban muchas historias de aparecidos. En medio de la carretera elevábase un enorme tulipán que dominaba como un gigante a todos los árboles de la vecindad y servía como una especie de mojón. Sus ramas, tan grandes como troncos de otros árboles, afectaban formas nudosas y fantásticas retorciéndose casi hasta llegar al suelo y elevándose de nuevo por los aires. Se le relacionaba con la trágica historia del infortunado André, hecho prisionero en las cercanías, y era universalmente conocido por el nombre de “árbol del mayor André.” El pueblo le miraba con cierta mezcla de respeto y superstición, nacida en parte de la simpatía por la suerte de su malaventurado tocayo, y en parte de los cuentos de extrañas apariciones y lamentaciones dolorosas que circulaban a su respecto.
Conforme se aproximaba Íchabod al temido árbol comenzó a silbar, creyendo luego que alguien había respondido a su silbo; pero era solamente una ráfaga sutil cortando las secas ramas. Al acercarse un poco más, pensó que veía algo blanco colgando del centro del árbol; detúvose y dejó de silbar; pero mirando con más cuidado advirtió que el árbol había sido herido por el rayo y en cierto sitio aparecía desnuda la madera blanca. Repentinamente oyó un gemido; sus dientes se entrechocaron y sus rodillas golpearon la silla: era solamente el roce de una gran rama contra otra, movidas por la brisa. Transpuso el árbol con felicidad, pero nuevos peligros levantábanse contra él.
A doscientas yardas del árbol un pequeño arroyo cruzaba la carretera y corría hacia un valle cenagoso y montuoso llamado el pantano de Wíley. Algunos ásperos maderos colocados uno junto a otro servían de puente para pasar al riachuelo. Al lado opuesto del camino, donde el arroyo se internaba en el bosque, un grupo de castaños y robles espesamente entrelazados con vid silvestre arrojaba sombras cavernosas sobre la vía. Atravesar el puente era la prueba más difícil. En idéntico sitio fué capturado el desventurado André y bajo aquellos castaños y vides se ocultaron los inflexibles labriegos que le sorprendieron. Desde aquel entonces se consideraba encantado el arroyo y se llenaban de terror los muchachos de la escuela que se veían obligados a atravesar el puente después de anochecido.
A medida que se acercaba al arroyo, el corazón de Íchabod comenzó a dar pesados golpes en su pecho; invocó en su ayuda, sin embargo, toda su energía, dió a su caballo una veintena de talonazos en las costillas y decidió valerosamente cruzar el puentecillo; pero el viejo y perverso animal, en vez de lanzarse hacia adelante, dió un bote de costado y se arrojó de través contra la estacada. El maestro, cuyos temores aumentaban con la demora, tiró entonces las riendas del lado opuesto y espoleó vigorosamente al jaco con el pie contrario. Todo fué en vano: el caballo arrancó, es verdad, pero sólo para arrojarse al otro lado del camino entre unas matas de zarzas y malezas de toda clase. Íchabod hizo uso entonces del látigo y los talones contra los flancos hambrientos del viejo Gunpowder que se lanzó de frente resoplando y bufando, pero para detenerse justamente delante el puente, tan de súbito, que casi arroja al jinete por las orejas. En este preciso instante el sensible oído de Íchabod percibió un pesado chapoteo hacia el lado del puente. Entre la obscura sombra de la arboleda a orillas del arroyo, vió algo inmenso, informe y de altura desmesurada. No se movía, sino que parecía recogerse en las tinieblas como algún monstruo gigantesco pronto a lanzarse sobre el viajero.
El cabello del despavorido pedagogo se erizaba a impulsos del terror. ¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para volver riendas y además, ¿qué probabilidades tenía de escapar a un duende o aparecido, si tal era, que podría cabalgar en alas de los vientos? Reuniendo su valor, preguntó con voz temblorosa: “¿Quién sois?” No recibió respuesta. Repitió su pregunta con voz aun más agitada. Tampoco obtuvo contestación. Azotó de nuevo los ijares del inflexible Gunpowder y cerrando los ojos rompió a entonar un salmo con involuntario fervor. Precisamente en aquel momento el sombrío objeto de alarma se puso en movimiento y lanzándose de un bote plantóse en medio del camino. Aun cuando la noche era lóbrega y siniestra podía discernirse en cierto grado la figura del desconocido. Aparentaba ser un jinete de grandes dimensiones montado en un caballo negro de aspecto vigoroso. No hacía demostración alguna en pro ni en contra sino que se mantenía a lado de la carretera, zangoloteándose ligeramente por el lado tuerto de Gunpowder que parecía ahora libre de su terror y malas disposiciones.
Íchabod, a quien no agradaba mucho el extraño y nocturno compañero, rememorando la aventura de Brom Bones con el soldado galopante, apresuró entonces el paso con la esperanza de aventajarle; pero el extranjero picó también para mantenerse al mismo nivel. Íchabod acortó riendas entonces y avanzó al paso tratando de quedarse atrás; el otro procedió de igual manera. Su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho; trató de reanudar el canto de la salmodia; pero su lengua apergaminada se pegaba al paladar y le era imposible emitir una sola estrofa. Había algo de misterioso y terrible en el extraño y pertinaz silencio de su obstinado compañero. Pronto pudo darse cuenta de la causa y quedó horrorizado. Al ascender una elevación del terreno que delineó en gigantesco relieve sobre el firmamento la figura de su compañero de viaje embozado en una capa, Íchabod se sintió despavorido al observar que ¡carecía de cabeza! ¡Y su horror llegó al colmo cuando se apercibió de que el espectro llevaba en el pomo de la silla la cabeza que debía descansar sobre sus hombros! Su terror se convirtió en desesperación; descargó una lluvia de puñetazos y patadas sobre Gunpowder, esperando escapar a su compañero a favor de algún salto repentino; pero el espectro partió con igual velocidad. Lanzáronse entonces ambos en fantástica carrera; volaban las piedras y saltaban chispas a cada rebote. Los ligeros vestidos de Íchabod volaban por el aire mientras tendía su largo y seco cuerpo sobre el cuello del caballo en la rapidez de la fuga.
Llegaron así al camino que endereza hacia el valle encantado; pero Gunpowder, que parecía poseído del demonio, en lugar de seguir por esta vía, cambió de dirección y se lanzó imprudentemente por la pendiente de la colina hacia la izquierda. Este sendero llevaba a una arenosa hondonada sombreada de árboles por más de un cuarto de milla, cruzando luego el puente famoso en las historias de aparecidos, precisamente detrás del cual se eleva el verde montecillo donde estaba edificada la pequeña iglesia de muros blanqueados.
Hasta aquí el pánico de su cabalgadura había dado aparente ventaja en la cacería al jinete menos diestro; pero al llegar a la mitad del camino del valle, aflojáronse los cordones de la cincha y sintió el maestro que la montura resbalaba bajo sus piernas. La sujetó por el pomo tratando de afirmarla, pero en vano; y tuvo apenas tiempo de salvarse de la caída colgándose del cuello del viejo Gunpowder mientras la silla rodaba por el suelo, pudiendo oír cómo la atropellaban las pisadas de su perseguidor. Por un momento le acometió el temor de la ira de Hans Van Rípper por tratarse de su montura de los días de fiesta, pero no había tiempo de pensar en menudos terrores; el aparecido se precipitaba sobre sus talones y, jinete inhábil como era, encontraba gran dificultad para mantener su posición: unas veces se escurría por un lado, otras por el otro, cayendo algunas con tal violencia sobre el huesudo lomo del animal que temía verdaderamente quedar partido en dos mitades.
Un claro entre los árboles reanimó su valor infundiéndole la esperanza de que el puente de la iglesia se hallara cercano. El reflejo vacilante de una plateada estrella en el fondo del arroyo le hizo ver que no se había engañado. Pudo divisar los muros de la iglesia brillando confusamente en lontananza entre los árboles. Recordando el sitio donde desapareció el espectro competidor de Brom Bones: “Si logro alcanzar el puente estoy en salvo,”[29] pensó Íchabod. Justamente en aquel momento oyó muy cerca tras de sí al negro corcel resoplando y jadeante; hasta se figuró sentir su aliento ardoroso. Otro talonazo convulsivo en las costillas y el viejo Gunpowder se lanzó sobre el puente; pasó como un torbellino sobre las tablas resonantes; llegó al lado opuesto; y entonces Íchabod se atrevió a mirar hacia atrás para corroborar si, de acuerdo con la regla, su perseguidor se había desvanecido en una llamarada de fuego y azufre.
En este preciso instante vió que el aparecido, levantándose sobre los estribos, se disponía a arrojar su cabeza contra él. Íchabod trató de evadir el siniestro proyectil, pero demasiado tarde. Tropezó con su cráneo en tremendo estallido; dió un vuelco el maestro de cabeza contra el polvo, y Gunpowder, el negro corcel y el jinete duende pasaron como una exhalación.
A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo sin silla y con la brida a los pies, pastando juiciosamente el césped a las puertas de su amo. Íchabod no se presentó al desayuno; llegó la hora del almuerzo, pero Íchabod no llegó. Los muchachos se reunieron en la escuela y vagaron indolentemente por las márgenes del arroyo sin que nada se supiera del maestro. Hans Van Rípper comenzaba ya a sentir alguna inquietud por la suerte del pobre pedagogo y por su silla de montar. Hiciéronse investigaciones y tras diligente pesquisa halláronse sus huellas. A un lado del camino que conducía a la iglesia encontraron la montura hundida en el polvo; las señales de los cascos de dos caballos en vertiginosa carrera al parecer, y profundamente marcadas en la carretera, llevaban al puente, pasado el cual, en las orillas de la parte más ancha del arroyo, donde corre el agua negra y profunda, se encontró el sombrero del infortunado Íchabod, y muy cerca de allí una calabaza rota.
Sondearon el arroyo sin llegar a descubrir el cuerpo del maestro. Hans Van Rípper, a fuer de ejecutor testamentario, examinó el paquete que contenía todos los tesoros que poseía Íchabod en el mundo. Consistían en dos camisas y media; dos corbatines; uno o dos pares de medias de estambre; un viejo par de calzones cortos de pana; una navaja mohosa; un libro de salmodia con las puntas llenas de dobleces; y un diapasón roto. Los libros y muebles de la escuela pertenecían a la comunidad, con excepción de la History of Witchcraft, de Cotton Máther, un New England Almanac, y un libro de los sueños y de la buena ventura; en el último había una hoja de papel ministro llena de tachaduras y borrones a consecuencia de varias tentativas infructuosas para preparar el borrador de unos versos en honor de la heredera de Van Tássel. Los libros de magia y el ensayo poético fueron destinados a las llamas por Hans Van Rípper, quien desde entonces determinó no enviar en adelante sus chicos a la escuela, observando que nada bueno se saca de la lectura ni escritura. Si el maestro tenía algún dinero—y había recibido su paga justamente uno o dos días antes—lo llevaba todo consigo probablemente en el momento de su desaparición.
El misterioso acontecimiento causó mucha expectación el domingo siguiente en la iglesia. Grupos de mirones y comentadores se dieron cita en el cementerio, en el puente y en el sitio en que se encontraron el sombrero y la calabaza. Las historias de Brom Bones y toda una sarta por el mismo estilo fueron el tema de conversación general; y después de considerarlas con la debida atención y de compararlas con los síntomas del caso actual, los vecinos sacudieron la cabeza arribando a la conclusión de que Íchabod había sido arrebatado por el ginete sin cabeza. Como era soltero y no tenía deudores, nadie se rompió más la cabeza a este respecto; la escuela se mudó a otro barrio de la hondonada y otro pedagogo vino a reinar en su trono.
A decir verdad, un viejo granjero que estuvo de paso en Nueva York algunos años después, y de quien se recogió el relato de la aventura del aparecido, llevó a su pueblo la inteligencia de que Íchabod estaba vivo todavía; que dejó el valle, parte por temor del espectro y de Hans Van Rípper, y parte por la mortificación de haber sido desdeñado inopinadamente por la heredera; que había transladado sus lares a otra parte lejana del país; había regentado una escuela y estudiado derecho al mismo tiempo; había sido admitido en el foro; había hecho política; fué elector, y se le mencionó en los periódicos; y por último, fué nombrado juez del tribunal de diez libras.[30] Brom Bones, que poco después de la desaparición de su rival llevó triunfalmente al altar a la encantadora Katrina, parecía también estar demasiado al corriente de la historia de Íchabod y rompía en una alegre carcajada cada vez que se hacía mención de la calabaza; lo cual llevó a algunos a sospechar que sabía más de lo que le agradaba decir sobre este asunto.
Sin embargo, las viejas del pueblo, que son los mejores jueces en la materia, aseguran hasta hoy que Íchabod fué arrebatado por medios sobrenaturales; y ésta es una de las historias favoritas del vecindario que se relata a menudo al lado del fuego en el invierno. El puente llegó a ser más que nunca el objeto de supersticioso terror; y puede muy bien haber sido ésta la razón por qué se desvió el camino en los últimos años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de labranza, al volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de verano, imaginan a menudo escuchar su voz a la distancia entonando un melancólico salmo en las apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.
POST SCRIPTUM DE LA PROPIA MANO DE MR. KNÍCKERBOCKER
El Cuento que antecede está escrito casi con las mismas palabras que lo oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la antigua ciudad de Manháttoes[31] en que estuvieron presentes muchos de los vecinos más notables e ilustres del lugar. El narrador era un viejecito agradable y cortés, de mísero aspecto con sus vestidos raídos y su rostro tristemente festivo: sujeto que daba a sospechar fuertemente su indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser entretenido. Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras de aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los oyentes un viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que paseaba por todas partes su faz grave y casi severa; de vez en cuando cruzaba los brazos inclinando la cabeza y miraba al suelo como abrumado por el peso de alguna duda. Era uno de aquellos hombres circunspectos que sólo se arriesgan a reír en terreno firme, cuando tienen de su lado la razón y la ley.
Cuando se apaciguó el regocijo de la compañía y se restableció el silencio, apoyó un brazo en el descanso de la silla y colocando el otro en jarras, preguntó con cierto movimiento ligero pero extremadamente hábil de la cabeza y contracción de las cejas, cuál era la moral del cuento y qué era lo que se intentaba probar.
El narrador que llevaba justamente un vaso de vino a sus labios como refresco después de la labor, detúvose por un momento, miró al preguntón con aire de infinita deferencia, y bajando suavemente el vaso hasta la mesa observó que la historia trataba de probar con toda lógica:
“Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres a condición de que sepamos coger la ocasión al pelo;
“Que, en consecuencia, el que apuesta carreras con jinetes duendes tendrá verosímilmente una carrera accidentada;
“Ergo, que en cierto modo sirve de escalón para altos merecimientos del estado el que a un maestro de escuela le sea denegada la mano de una heredera holandesa.”
El cauto y viejo caballero frunció las cejas en diez dobleces al escuchar estas premisas, dolorosamente impresionado por la fuerza del silogismo; mientras el de los vestidos raídos le miraba triunfalmente de reojo, a mi parecer. Al fin hizo observar que todo aquello estaba muy bien, pero que, sin embargo, él juzgaba la historia un poquillo extravagante; uno o dos puntos quedaban todavía por dilucidar.
—Palabra, señor,—replicó el narrador,—en cuanto a eso, yo no creo ni siquiera la mitad.
D. K.