Capítulo XXIV
Enrique de Mesa y Rosales translation
PERO esté en los toros o en el teatro, sea clérigo o seglar, todo español que tiene medios para ello se consuela constantemente con un cigarro, exceptuando solamente las horas de sueño, no de cama. Este es su placer soporífico, que como el Souchong, calma pero no embriaga; es para él su: Te veniente die et te decedente.
La fabricación de cigarros es lo que mejor se lleva en la Península. Los edificios dedicados a ella son palacios; ejemplo los de Sevilla, Málaga y Valencia. Como quiera que el cigarro es una cosa sin la cual no se concibe la boca de un español, pues de otro modo se parecería a una casa o a un vapor sin chimenea, es preciso dedicarle algunas páginas en todo libro que trate de España, pues como uno de los más ilustrados autores del país decía: «Quizá se me trate de pesado en mis detalles sobre el tabaco, pero estoy seguro de que a la gran mayoría de los lectores les satisfará más esto que si les hiciera una descripción de las mejores pinturas del mundo». Todos ellos opinan que un buen cigarro (cosa difícil de encontrar en este país de la contradicción) proporciona a un hidalgo cristiano más fresco en verano y más calor en invierno que su mujer y su capa; y en todos los tiempos y estaciones ahuyenta las penas y duplica las alegrías, como en la Gran Bretaña ocurre a los hombres con sus medias naranjas».
«El hecho es, señor—dice Sam Slick—, que en el momento en que un hombre coge su pipa se convierte en filósofo; es el amigo del pobre; calma la imaginación, suaviza los nervios y hace a un hombre paciente ante la adversidad». ¿Puede extrañarnos que los pueblos orientales y el español se acojan a este consuelo de los desprecios y azotes que sufren de sus malos gobiernos, o que ahoguen en dulce y somnoliento olvido su miseria excitada e irritada por el espectáculo de sus vacías despensas, sus viciosas instituciones políticas y un clima demasiado cálido? Piensan que el tabaco amortigua su sobreexcitada imaginación y aplaca su demasiado exquisita sensibilidad nerviosa; están de acuerdo con Molière, aun cuando no le hayan leído nunca: Quoi que l’on puisse dire, Aristote et toute la philosophie, il n’y a rien d’égal au tabac. El divino Isaac Barrow acudía a esta panacea cuando quería recoger sus pensamientos; sir Walter Raleigh, el defensor de Virginia, fumó una pipa momentos antes de dirigirse al suplicio, de lo cual mucha gente sensata se escandalizó; «pero—añade Aubrey—yo creo que lo hizo precisamente para levantar el espíritu». El pedante Jacobo, que condenaba a Raleigh y al tabaco, decía que la lista de los platos que daría en un banquete a su Satánica Majestad, sería: «un cerdo, una cabeza de bacalao y mostaza, más una pipa de tabaco para ayudar la digestión.» Tan cierto es que «lo que a un hombre le alimenta al otro le envenena»; pero en todo caso, en la hambrienta España es a la vez comida y bebida, y la mayor parte del humo relacionado con las cosas de la bucólica, puede asegurarse que sale de las chimeneas de los labios, y no de las de las casas.
El tabaco, que es un anodino para la irritabilidad de la razón humana, está gravado, como las bebidas espirituosas que la ponen enferma, con grandes derechos en toda la sociedad civilizada. En España, la dinastía de Borbón (como en otras partes), es la estanquera general hereditaria, y el privilegio de venta se arrienda generalmente a algún contratista; así es que la ganga de tener un buen cigarro casero es difícil de conseguir, ni por amor ni por dinero, en la Península. Más fácil le sería a Diógenes encontrar un hombre honrado en cualquiera de los ministerios. Como no hay camino real para la ciencia de hacer los cigarros, el artículo está mal elaborado, con malos materiales, y, para colmo de desdichas, se vende a precios exorbitantes. Con objeto de beneficiar a la isla de Cuba, está prohibido en la Península el cultivo del tabaco, que se da muy bien, sobre todo en la provincia de Málaga; pues el experimento se hizo, y habiendo salido perfectamente, el cultivo fué prohibido inmediatamente. La maldad y carestía del tabaco real hace la fortuna del bien intencionado contrabandista, que siendo aquí, como en todas partes, el gran enmendador de los desatinados ministros de Hacienda, proporciona tabaco mejor y más barato de Gibraltar.
La mejor prueba de la extensión de los negocios de contrabando se dió en 1828, cuando hubo que aumentar en muchos miles de obreros las fábricas de Sevilla y de Granada, para responder al aumento de demanda ocasionado por la imposibilidad de proveerse de Gibraltar, a consecuencia de la fiebre amarilla que se desarrollaba intensamente allí. No hay delito que se castigue más terriblemente en España que el contrabando de tabaco, que ataca al bolsillo de la reina. A los demás robos no se les da importancia, pues sólo sufren de ellos sus vasallos.
El estímulo que se preste a la manufactura y contrabando de cigarros en Gibraltar es inagotable manantial de encono y ojeriza entre los gobiernos españoles e ingleses. Este serio daño es contrario a todos los tratados igualmente injuriosos para España e Inglaterra y sólo beneficia a extranjeros de la peor especie, que son la verdadera plaga y úlcera de Gibraltar. Los americanos y otras naciones importan su tabaco, bueno, malo y regular, en la fortaleza libre de aduanas, sin comprar en cambio productos ingleses. Lo convierten en cigarros los genoveses, lo pasan de contrabando a España los extranjeros, en barcos que llevan el pabellón británico, al que se afrenta con ese tráfico y se le expone a ser insultado por los guardacostas españoles, sin que en justicia se pueda pedir satisfacción. Los españoles hubiesen hecho la vista gorda para la introducción de ferretería y algodones ingleses, objetos necesarios y que no tienen relación alguna con ésta, que es su principal manufactura y uno de los más productivos monopolios reales. Hay una gran diferencia entre fomentar el verdadero comercio británico y este contrabando de cigarros extranjeros, y no se pretenderá que España observe los tratados que con nosotros tiene, cuando nosotros los infringimos tan escandalosa e inútilmente por nuestra parte.
Muchos epicúreos del tabaco, que fuman regularmente su docena o dos de puros, colocan el daño suficiente para el día entre hojas frescas de lechuga que humedecen la hoja externa del artículo y corrige sus efectos narcóticos; nota: el interior, las tripas, como lo llaman los españoles, debe conservarse completamente seco. El desordenado interior de los reales cigarros está disfrazado por una buena hoja que le sirve de envoltura, del mismo modo que los harapos españoles van cubiertos de una decente capa, pero l’habit ne fait pas le cigare. Salvo los ricos, muy pocos pueden permitirse el lujo de fumar buenos cigarros. Fernando VII, a diferencia de su antecesor Luis XIV, qui—dice La Beaumelle—haïssoit le tabac singulièrement, quoiqu’un de ses meilleurs revenus, no sólo era un gran productor, sino también consumidor. Se permitía el real derroche de fumar unos enormes cigarros hechos expresamente en la Habana para su gracioso uso, pues era demasiado perito en la materia para fumarlos de su propia manufactura. Y aún de éstos, rara vez se fumaba más de la mitad; las colillas eran un gran gaje, como las bujías de nuestros palacios[44]. El cigarro era una de las señales de su amor u odio: cuando estaba de buenhumor daba alguno a sus favoritos; y, a menudo, cuando meditaba un golpe traicionero, despedía a su inconsciente víctima dándole un regio puro; y cuando el feliz mortal llegaba a su casa para fumárselo, era recibido por un alguacil que le intimaba la orden de salir de Madrid en veinticuatro horas. La «inocente» Isabel, que no fuma, los sustituye por confites; le ofreció a Olózaga ese dulce regalo, cuando le estaba «rematando», por mandato de la camarilla cristina. Parece como si los Borbones españoles, cuando no son idiotas, son criaturas hechas de astucia y de cobardía. Pero «los que no pueden disimular no sirven para reinar», era el axioma de su ilustre antecesor Luis XI.
En España, la mayoría de sus infelices súbditos, no pueden soportar, o el gasto de tabaco, que les cuesta caro, o la ganancia de tiempo, que es muy barato, fumándose el cigarro entero de una vez, y hacen que uno les produzca ocupación y recreo durante media hora. Aunque hay pocos españoles que se arruinen en las librerías, no hay uno que no tenga cierto librito de papel no impreso, que se fabrica en Alcoy, Valencia. En un momento cualquiera de parada todos dicen a la vez: ¡Vamos, señores; echaremos un cigarrito!, y todos se ponen seriamente a la obra. Cada uno, además de ese librito, va armado de una cajita con un pedernal, un eslabón y un trozo de yesca. El hacer un cigarrillo de papel, lo mismo que el ponerse la capa, es una operación mucho más difícil de lo que parece, aunque todos los españoles, que apenas si han hecho otra cosa desde su niñez, realicen las dos con extremada limpieza y facilidad. Se hace de esta manera: se saca la petaca (del árabe butak, o pequeño estuche finamente trabajado con la teñida fibra de la pita, en donde se guarda la provisión de cigarros), arranca del librillo una hoja, que se coge con los labios o colgando del reverso de la mano, entre el dedo índice y el medio de la mano izquierda; se pica una tercera parte del cigarro y se estrega lentamente en la palma de la mano hasta reducirla a polvo; se echa entonces en la hojita de papel, que se arrolla en forma de tubito, doblándole las puntas, una de las cuales se muerde y se escupe, y la otra se enciende. El cigarrillo se fuma lentamente; la última chupada es la bonne bouche, la pechuga. Las colillas se tiran, y son verdaderamente pequeñas, porque el pulgar e índice de los españoles están requemados e insensibles, aunque algunos refinados exquisitos usan argénteas tenacillas; esas colillas son recogidas por los golfos, que transforman en nuevos cigarros las sobras de miles de bocas. No falta el fuego en España; por todas partes, los que nosotros llamaríamos «hacheros» andan de un lado para otro con una cuerda que arde lentamente para beneficio del público. En muchos de los cobertizos donde se vende agua y limonada, una de las cuerdas, enroscada alrededor de un poste como una serpiente, y encendida, está puesta como la mecha de un artillero sitiado; mientras que en las casas opulentas hay, generalmente, sobre una mesa, un pequeño anafe de plata con carbón de leña encendido. Mr. Henningsen cuenta que disponiéndose Zumalacárregui a fusilar a algunos cristinos en Villafranca observó que uno de ellos (un maestro de escuela) miraba a su alrededor, como Raleigh, buscando lumbre para su última chupada en esta vida, y entonces el general se quitó el cigarro de la boca y se lo alargó al prisionero. El maestro encendió su cigarro, devolvió el otro con respetuosa reverencia y se alejó fumando y reconciliado con su suerte. Esta urgente necesidad nivela todos los rangos, y es cosa permitida parar a cualquier persona para pedirle fuego; lo cual prueba la práctica igualdad de todas las clases, y el democrático despotismo que existe en la fumadora España como en el tórrido Oriente. El cigarro es un lazo de unión, un istmo de comunicación entre los más heterogéneos contrastes. Es el habeas corpus de las libertades españolas. El soldado toma fuego en la boca del cañón y la obscura faz del humilde labrador se emblanquece por el reflejo del cigarro del holgazán noble. Las clases más bajas tienen un tosco rollo o cuerda de tabaco, con el que consuelan sus penas, y que es su calumet de paz. Se dice que algunas personas del bello sexo se permiten fumar a escondidas un cigarrillo, una pajita, una reina, pero el recurrir a estos placeres prohibidos no está bien visto en una señora o en una persona de costumbres impecables, pues, como dice el proverbio, quien hace un cesto hace ciento.
Nada crea mayores dificultades a un viajero que el llevar mucho tabaco en su equipaje; pero todos deben recordar que nunca deben ir sin algunos cigarros, y mientras mejores sean, tanto mejor. Es un gasto insignificante, pues aun cuando cualquier cigarro es aceptable, uno que sea verdaderamente bueno es un regalo regio. Cuanto mayor sea el placer del fumador, mayor será su respeto por el donante; un cigarro debe ofrecerse a todo el mundo, sea alto o bajo; así la petaca se ofrece, del mismo que un pulido francés de La Vieille Cour (una raza ¡ay! perdida) ofrecía su caja de rapé, a manera de preludio para la conversación y la intimidad. Es un acto de urbanidad que no implica superioridad alguna y no hay la menor humillación en aceptarlo; y es dos veces bendito, pues «bendice al que lo da y al que lo toma». Es el hechizo con que se encanta a los naturales, que son sus prontos y obedientes esclavos, y como una palabrita amable dicha a tiempo, opera milagros. No hay país en el mundo donde el extranjero y viajero pueda comprar por medio duro la mitad del afecto y buena voluntad que su inversión en tabaco le asegurará, y por tanto, el hombre que escatima o descuida eso no es ni filántropo ni filósofo.
Los que gusten de las matemáticas (que nosotros aborrecemos) podrán hacer un cálculo de la pérdida de tiempo y de dinero que representa para los pobres españoles este prodigioso consumo de tabaco. Esta importación, que según se dice hizo Raleigh del tabaco, es un beneficio para la Península, aun más dudoso que el de las patatas para nuestra parienta Irlanda, donde fomenta la pobreza y la población. Supongamos que un español respetable fuma sólo durante cincuenta años; concédasele la moderada asignación de seis cigarros diarios (se dice que el Regente consumía cuarenta al día); calcúlese en dos perras el coste de cada cigarro, precio muy barato en cualquier sitio para un cigarro decente, y admítase que de la mitad de ellos se hacen cigarros de papel, lo cual requiere doble tiempo: ¿cuánto tiempo y cuántas rentas se gastan en España en humo? Esa es la pregunta que nosotros nos declaramos incapaces para responder.
Y aquí ¡ay! tenemos que colgar nuestra pluma porque un propio de Albemarle-Street[45] nos comunica que este pliego tiene que entrar en máquina la próxima semana, en que los aprendices de la imprenta celebran Nochebuena con la más religiosa abstinencia de trabajo. Hay, pues, que dejar muchas cosas de España en el tintero, rebosante de buenas intenciones. Tuvimos la esperanza, al arrancar, de haber esbozado retratos del carácter regional y general de los españoles, y haber tratado de los soldados y hombres de Estado españoles; del periodismo y de la empleomanía; de los mendigos, ministros y mosquitos; de las cartas fundamentales, fraudes y constituciones; de las Bellas Artes; de la política francesa e inglesa; de las leyendas, reliquias y religión; de los frailes y los modales; y por último (y no lo último o de menos valor, sino reservado al contrario, como la bonne bouche), de los ojos, los amores, los vestidos y otros pormenores sobre las damas españolas. Pero no puede ser; es más, aun como está, (pues las historias se alargan un poco cuando se empiezan, especialmente si están tejidas con hilo español, que da para largo), aun así debemos haber ya agotado la indulgencia de nuestras bellas lectoras con esta muestra de las Cosas de España. Como quiera que sea, podemos asegurar que la más ligera sombra, tan halagadora para nosotros, del deseo contrario, que se dignen expresar, será obedecido como una orden por su agradecido y humilde servidor el autor de este libro, que (como todo buen hidalgo español, concluye correctamente en ocasión similar a ésta o en otra cualquiera) «besa sus pies».
Postdata.—En el primer tomo de estas Cosas de España (véase capítulo IV), se daban algunos detalles de los valores españoles, tomados, así se creía, de las más oficiales y auténticas fuentes. La misma noche que se publicó el volumen, demasiado tarde por tanto para hacer en él correcciones, recibimos la siguiente y atenta carta de un anónimo corresponsal, la cual transcribimos al pie de la letra:
«Londres, 30 de Noviembre de 1846.
Sr. D. Ricardo Ford. Muy señor mío:
Acabo de leer su estimable y divertido libro Cosas de España; pero debo confesar que me ha molestado algo el ver tan gran tergiversación en el informe que usted da de la deuda nacional de aquel país. Dice usted que ha aumentado a 279.083.089 libras esterlinas, y es demasiado. Daré a usted la cifra exacta. El cinco por ciento sólo sube a 40.000.000 de libras; los cupones sobre esa suma, a 12.000.000 de libras, y el actual tres por ciento, a 6.000.000 de libras; en total, 58.000.000 de libras, más su deuda interior, lo que es insignificante. Todo lo cual difiere bastante de sus datos, y además perjudica usted mucho a su libro hablando tan mal de los valores españoles, tanto más cuanto que no hay duda de que se hará una liquidación final antes de que aparezca su segundo tomo [?]. El país está muy lejos de encontrarse, como usted dice: en bancarrota. Es muy rico y completamente capaz de cumplir sus compromisos, que son insignificantes; en cambio, si usted hablase mal de nuestros ferrocarriles, le tendría por hombre sensato, pues son la mayor engañifa después de la del mar del sur. Pero los valores españoles son una riqueza para el afortunado mortal que los posea ahora. Tengo y he tenido durante algunos años muchos de ellos y ahora espero ver la realización de todos mis planes con el actual ministro de Hacienda, señor Mon, y la subida de esos valores a su verdadero precio, que es aproximadamente 60 ó 70.
Le aconsejo amistosamente que corrija su libro antes de tirar más ejemplares, si desea venderlo como una verdadera exposición del presente estado del país. Su libro podía haber pasado hace diez años, pero a la gente no le gusta ahora que la engañen; demasiado sabemos que casi todos nuestros diarios están sobornados (y quizás los libros) para hablar mal de las finanzas españolas, recogiendo toda clase de historias: de partidas carlistas apareciendo por todas partes, etc., etc., lo cual no puede ser más absurdo, porque la causa carlista está muerta.
Espero, señor, que no le ofenderán estos renglones, sino que más bien los tomará como una amistosa advertencia, puesto que admiro mucho su libro; y espero que usted mismo verá la falsedad de lo que ha dicho en un libro de recreo, y que lo rectificará en seguida.
Quedo de usted atento y seguro servidor,
Un amigo de la verdad.»
Es un poquito molesto el verse así acusado por nuestro cortés corresponsal de haber inventado estos alarmantes hechos, números y «falacias», puesto que los verdaderos, completos y exactos detalles pueden encontrarse en las páginas 85 y 89 de las Tarifas comerciales de España, de Mr. Macgregor, presentadas ante las dos Cámaras legislativas en 1844 por orden de Su Majestad. Y como había alguna discordancia en las cantidades, el autor citó las sumas hechas por otros, y habló dudosamente y por aproximación, poco deseoso de tener que ver ni que cargar con nada relacionado con deudas españolas. No tiene el menor interés en estos asuntos, pues no tiene la fortuna de poseer ni un céntimo ni de fondos españoles ni de ferrocarriles ingleses. Tan amigo de la verdad como su amable amonestador, solamente deseaba prevenir a sus bellas lectoras, que pudieran de otro modo invertir de mala manera (erróneamente, al parecer, él se lo figuraba) los ahorros de su dinerillo para alfileres. Si sin querer ha declarado lo que no es, sólo puede renunciar a sus citas, sentirlo muchísimo y administrar el antídoto de sus errores. Desea sinceramente que todas y cada una de las bellas fantasías de su anónimo amigo se realicen. Si él mismo, ¡lo que el Cielo no permita!, hubiese sido enviado a descubrir si los ministros madrileños estaban o no fabricados de materiales concusionarios, considerando que Astrea aun no ha devuelto a España, con los buenos Gobiernos, la edad de oro, ni aún un arancel, su primer paso hubiera sido engrasar las ruedas con ungüento de peluconas; y con objeto de que los ministros y cajeros no le dijeran que volviese mañana, abriría el negocio ofreciendo a cualquiera el veinte por ciento de cada duro efectivo que se pagase; así es posible que se economizasen esfuerzo y tiempo, y que se evitasen algunos pequeños contratiempos.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO
A D V E R T E N C I A D E L E D I T O R
EL editor de esta traducción viene sintiéndose inclinado a dar a conocer al público de lengua española los relatos que los extranjeros distinguidos han escrito sobre España. Asistido desde el primer momento (al editar La Biblia en España, de Borrow) por el favor del público, se anima a publicar nuevas narraciones, que ya tiene anunciadas en sus catálogos.
Busca en ellas no sólo lo que alaba, sino lo que vitupera, y aun aquellos conceptos equivocados, clave de ciertas preocupaciones del autor, que llevan a éste a errar en sus juicios; así, creyéndolo más ejemplar e instructivo, no omite frase ni palabra, por duras u ofensivas que puedan sonar en oídos españoles. Sin contar con que siempre debe esto exigirse de la probidad del editor.
El de este libro recuerda unas palabras (discretísimas, como suyas) escritas por Azorín tratando de la famosa Guía o Manual para viajeros en España, de Ricardo Ford—de la que, como es sabido, están entresacados los temas de que trata Cosas de España—, y se honra haciéndolas suyas:
«No ha sido escrito en el extranjero un libro más minucioso, más exacto, más sagaz, más analizador sobre España; pero tampoco más acre, más tremendo... No protestemos. El verdadero patriotismo debe desear estos libros.»