CAPÍTULO XXII
Enrique de Mesa y Rosales translation
CUANDO la fijada y tan deseada hora llega, la Reina o el corregidor ocupan el puesto de honor en un espléndido palco central, después de haber expulsado previamente a la chusma del redondel, operación que se llama el despejo y que resulta muy divertida, por la resistencia que el populacho ofrece a ser sacado de allí. Luego, a una señal convenida, comienza el espectáculo con un desfile de lidiadores, precedidos por alguaciles, o sea policías vestidos a la antigua usanza española y que son los encargados de detener a cualquiera que trate de infringir las severas leyes porque se rige el espectáculo. Detrás van los picadores, a caballo, con las picas. Sus originales sombreros de ala ancha van adornados con cintas de colores, y la chaquetilla, de seda con bordados, contrasta por su ligereza con la pesada protección de las piernas, forradas de hierro y cuero, que les da el desgarbado aspecto de un postillón francés; pero esa precaución es necesaria para defenderlas de los cuernos del toro. Siguen luego los chulos, ataviados como Fígaro en la ópera, y llevan además capas de seda de alegres colores. Los matadores van detrás de ellos, y, cerrando el cortejo, un tiro de mulas, ricamente enjaezadas, destinado a arrastrar a los toros muertos fuera del redondel. En cuanto a los toreros, al que muere en la plaza, si no puede confesarse, se le niega el entierro en sagrado. Como suelen proceder del populacho, son muy supersticiosos, y van cargados de reliquias, talismanes y otros amuletos papales. Un cura, sin embargo, está de guardia con los sacramentos, para el caso de que haya que dar Su Majestad a un torero herido mortalmente.
Después de saludar a las autoridades, se retiran todos y suena el clarín fatal; entonces el presidente echa la llave de la puerta por donde ha de entrar el toro, a uno de los alguaciles, que debe recogerla en el sombrero. Cuando la puerta se abre, el digno funcionario galopa todo lo que puede, entre los silbidos y gritos de la multitud, no porque monte como un ministril, sino por la instintiva enemistad con que la chusma distingue al servidor de la ley, igual que los pajarillos gustan de chillarle a un halcón; y más de mil amables corazones le desean que el toro le alcance y le cornee. Mientrastanto, el brillante ejército de lidiadores se derrama como una granada que revienta, y ocupa sus respectivos sitios, con la misma regularidad con que los hacen nuestros jugadores de cricket.
Y en este punto comienza el verdadero espectáculo, que consta de tres actos. Cuando se levanta el telón es un momento muy emocionante; todos los ojos están pendientes de la primera aparición del toro en este escenario, porque nadie puede decir cómo ha de comportarse. Al darle salida de su negra celda parece al principio pasmado de la novedad de su situación; arrancado de sus pastos, prisionero y expuesto al público, atolondrado por el ruido, mira un instante alrededor, a la muchedumbre, al resplandor y a los pañuelos que se agitan, ignorante del destino que inevitablemente le aguarda. En el morrillo lleva clavada una cinta, la divisa, que es la marca del ganadero, y el picador trata de arrancársela para ofrecérsela como trofeo a su novia. El toro está condenado a muerte sin remisión, ya se porte bien, ya se resista desesperadamente; toda la tragedia tiende y se precipita a este desenlace, que aunque obscuramente bosquejado de antemano, como en una tragedia griega, no disminuye el interés, puesto que todos los cambios y suertes intermedios son inciertos; de ahí la excitación sostenida porque la acción puede pasar, en un instante, de lo sublime a lo ridículo, de la tragedia a la farsa.
Apenas el toro recobra sus sentidos, cuando su furia espléndida, semejante a la de Aquiles, enciende todos sus miembros, y con cerrados ojos y abatidos cuernos se precipita contra el primero de los tres picadores, que están colocados a la izquierda, junto a las tablas, o sea, la barrera de madera que rodea el anillo. El jinete se mantiene sobre su tembloroso Rocinante, con la pica bajo el brazo derecho, tan firme y valiente como Don Quijote. Si el animal no es muy bravo, la afilada punta detiene su acometida, porque recuerda bien esta garrocha con que le han educado e impuesto disciplina los vaqueros, y un picador hábil aprovecha este momento para volver el caballo a la izquierda y librarse del bruto. Los toros, aun cuando irracionales, saben al momento si sus enemigos son valientes y diestros, y les disgustan particularmente las picas. Si huyen y no dan cara al picador, se les grita como a viles malhechores que quieren defraudar al público, y se les insulta llamándoles «cabras» o «vacas», cosa al parecer muy ofensiva para ellos; estos criminales son, además, fuertemente apaleados cuando pasan cerca de la barrera por bosques de palos que el populacho lleva ya a prevención; el que usan los majos para ir a los toros es especialmente típico y se llama la chivata; tiene de cuatro a cinco pies de largo y termina en un bulto o porra; la empuñadura es ahorquillaba, y en ella se mete el pulgar; va pelado o pintado, en anillos alternados, negros y blancos o rojos y amarillos. La gente baja se conforma con un vulgar garrote, pero prefiriendo siempre los que tienen un nudo al final, para que el golpe que con él se dé sea más eficaz. Este instrumento se llama porro, por ser pesado y grueso.
Y en verdad que esta paliza no parece inmerecida, pues las cualidades que ennoblecen la tauromaquia son el valor, la destreza y la energía, y, cuando faltan, la carnicería con todos sus incidentes repugnantes resulta repulsiva para el extranjero; pero para él sólo, pues las emociones más suaves de piedad y compasión, que rara vez mitigan ningún asunto de la dura Iberia, están aquí completamente desterradas del corazón de los naturales; entonces sólo tienen ojos para las manifestaciones de destreza y de valor, y apenas si advierten esos crueles incidentes que embargan y horrorizan al extranjero, el cual, por su parte, también está ciego para aquellas excelencias que redimen el espectáculo y en las que sólo está puesta la atención de los espectadores. Ahora se ha vuelto la tortilla para el extranjero, cuya imaginación estética puede ver la poesía y belleza de los pintorescos harapos y las derruídas aldeas españolas, y está ciego para la pobreza, miseria y falta de civilización, que es lo único a que atiende el español de las clases cultas, en cuya alma exaltada resplandecen los futuros bienestares que le proporcionará el algodón.
Cuando el toro sale de la acometida del primer picador, pasa por los otros dos, que le reciben con la misma cordialidad. Si el animal es dominado por la destreza y valor de los picadores, se celebra la victoria del hombre con atronadores aplausos, y si, por el contrario, vence al jinete y al caballo, entonces—pues la distribución de elogios y censuras se hace con la más perfecta justicia—las aclamaciones son para el fiero señor de la arena y se grita con entusiasmo: ¡Bravo toro! ¡viva el toro!, deseándole una larga vida los miles de espectadores, que saben que ha de morir antes de veinte minutos.
Un animal valiente no se acobarda por una herida de una pulgada, sino que, acorneando al caballo en el flanco, se anima y cobra coraje con el «bautismo de sangre», progresando en su carrera de honor, de sangre y de gloria. Los picadores están muy mal montados por lo general, pues los caballos los proporciona al más bajo precio posible un contratista, el cual corre el riesgo, sean muchos o pocos los que se matan. Son, en realidad, la única cosa que se economiza en este lujoso espectáculo, y son unos pencos propios solamente para la perrera de un señor inglés o para el carruaje de un pair extranjero. Esta circunstancia aumenta el riesgo en que se halla el jinete, pues en los combates antiguos se utilizaban caballos sumamente ligeros y vivos que, rápidos como el relámpago, al menor contacto escapaban a la mortal acometida. Los pobres caballejos, que no verían tranquilos acercarse la muerte, llevan los ojos vendados como los criminales al dirigirse al lugar de la ejecución y no pueden ver la fatal acometida del cuerno que ha de acabar con su vida de miseria.
Los picadores sufren tremendas caídas: el toro, muchas veces, da en el suelo con caballo y jinete juntos, y cuando sus víctimas caen con estrépito al suelo, sacia su furia en sus postrados enemigos. El picador, siempre que puede, procura caer del lado contrario al en que esté el toro, y de este modo el caballo le sirve de barrera y de muralla entre él y el toro. Cuando ocurren estas mortales luchas en que la vida pende de un hilo, en todas las cabezas que pueblan el anfiteatro pueden verse reflejados la ansiedad, la impaciencia, el miedo, el horror y la satisfacción en los agresivos rostros: si la felicidad consiste en la cualidad, intensidad y concentración de sentimientos más que en la duración de ellos, y así es en efecto, estos momentos de excitación son mucho más preciosos que años enteros de plácido, insípido y uniforme estancamiento. Estos sentimientos alcanzan un grado máximo de excitación cuando el caballo, enloquecido por las heridas y el terror, sumergido en la lucha mortal, con sus rojas cicatrices veteando su cuerpo cubierto de espuma y de blancuzco sudor, huye del furioso toro, que sin cesar le persigue y acornea; en este punto es cuando se pone de relieve el valor, la presencia de ánimo y la maestría del diestro y sereno picador. Es realmente un lastimoso espectáculo el ver a los pobres y lacerados caballos pisoteándose las entrañas, y, sin embargo, sacando valientemente ilesos a sus jinetes. Pero, así como en los sacrificios paganos, los palpitantes intestinos, temblorosos de vida, eran los presagios más propicios (¿con qué no nos familiarizará un hábito precoz?), del mismo modo a los españoles no les afecta más la realidad que a los italianos el abstracto tanti palpiti, de Rossini.
Cuando el miserable caballo está muerto, es sacado a rastras, marcando su paso con un reguero de sangre en la arena, como los lechos de los ríos en las llanuras áridas de Berbería se señalan por una roja franja de floridas adelfas. En estos terribles momentos, todas las simpatías están de parte del picador: los hombres se ponen en pie, las mujeres gritan; pero pronto se tranquiliza todo; y el picador, si está herido, se le saca fuera y se le olvida, porque a muertos y a idos, no hay amigos; nadie le echa de menos; otro le reemplaza, la batalla sigue con encarnizamiento, las heridas y la muerte están a la orden del día, y como surgen nuevos incidentes, no hay lugar para la lástima ni para la reflexión. Recordamos haber visto en Granada a un matador terriblemente acorneado por un toro; le sacaron de la plaza como muerto e inmediatamente ocupó su puesto su hijo, con la misma sangre fría con que un vizconde hereda los estados y el título del conde, su padre. Carnerero, el músico, murió tocando el violín en un baile, en Madrid, el año 1838, y ni los demás músicos ni los bailarines se detuvieron un momento. El valor de los picadores es grande. Francisco Sevilla, en una ocasión, había sido derribado por el toro y se hallaba caído debajo de su caballo agonizante, y cuando el toro le embistió, agarró al bicho por las orejas, y volviéndose al público, se echó a reír; pero, en realidad, los largos cuernos del toro no le permiten fácilmente acornear a un hombre que está en el suelo; generalmente le olfatea y no permanece largo tiempo ocupado con su víctima, porque su atención es desviada por los brillantes capotes de los chulos, que acuden instantáneamente al quite. Con todo, puede asegurarse que pocos picadores, aunque sean de bronce, tiene una costilla sana en su cuerpo. Cuando uno es retirado aparentemente muerto, pero vuelve inmediatamente montado en un nuevo caballo, la atronadora ovación del público domina el mugido de mil toros. Pero si se diera el caso de que el herido no volviese, n’importe, pues por muy cortejado que esté fuera de la plaza, ahora se le considera como al gladiador entre los romanos, poco menos que a una bestia, o algo así como a un esclavo bajo la perfecta igualdad y derechos del hombre de la república modelo.
Al pobre caballo se le aprecia aún menos y es de todos los actores el que más vivo interés despierta a los ingleses, verdaderos aficionados y criadores del noble animal, y por mucho que esté habituado a las corridas de toros, nunca podrán reconciliarse con sus sufrimientos y malos tratos. Los corazones de los picadores están tan desprovistos de sentimiento como sus piernas forradas de hierro; sólo piensan en sí mismos y tienen un tacto exquisito para conocer cuándo es o no mortal una herida. Por consiguiente, si la cornada ha herido algún órgano vital, apenas el enemigo se dirige contra una nueva víctima, el picador experimentado desmonta tranquilamente, recoge la silla y las bridas, y, andando torpemente, se retira pidiendo como Ricardo otro caballo[35]. Cuando se despoja de estos avíos al pobre animal, tiene un aspecto de lo más derrotado, tambaleándose de aquí para allá como un borracho hasta que el toro le acomete de nuevo y le tumba; entonces queda moribundo e ignorado en la arena, o si se le presta atención, es sólo para servir de mofa al populacho; y al estremecerse su cola en las agonías de la muerte, se oye decir en tono de guasa: ¡Mira, mira qué cola! Estas palabras y esta escena las tenemos aún grabadas profundamente por ser las primeras que impresionaron nuestros inexperimentados ojos y oídos en la primera embestida del primer toro de nuestra primera corrida. Cuando estábamos contemplando la escena, totalmente abstraídos del mundo, sentimos que nos tiraban de los faldones de la levita, como un sollo voraz cuando pica en el anzuelo, y era que había pescado, o más bien me había pescado una venerable bruja cuya rápida percepción había adivinado en mí a un novato, a quien su benevolencia impulsaba a aleccionar, pues aun en las cenizas viven los fuegos habituales; un brillante y fiero ojo fulguraba lleno de vida en una cara arrugada y muerta, a la que las malas pasiones habían surcado como a las laderas agostadas por la lava de un volcán apagado, y desecada, como gato emparedado muerto de hambre, en huesos cubiertos de pellejo de la que, con perdón sea dicho, el sexo había desaparecido. Si la herida recibida por el caballo no es instantáneamente mortal, el sangriento boquete es taponado con estopa y la fuente de la vida atascada por unos minutos. Si la ijada sólo está parcialmente rota, se empujan para dentro los salientes intestinos—no hay operación de hernia que se realice la mitad de bien por los cirujanos españoles—y se cose la raja con una aguja y bramante. Así se prolonga la existencia para que sufra nuevas torturas y se ahorran unos cuantos duros para el contratista; pero ni la muerte ni las laceraciones excitan la menor piedad, al contrario, cuanto más sangriento y fatal es el espectáculo se le considera más brillante. Y es inútil protestar, o preguntar por qué los heridos pacientes no son piadosamente matados en seguida; el utilitario español no gusta de ver interrumpido el orden del espectáculo y estropeado por lo que considera como remilgos extranjeros y como simplezas. ¡Qué, eso no vale ná!; eso en el caso de que condescienda a responder a vuestros disparates con algo que no sea un encogimiento de cortés menosprecio. Pero los gustos nacionales son diferentes. «Señor—decía un regidor al doctor Johnson—, por pretender escuchar vuestros largos discursos y daros una breve respuesta me he tragado dos pedazos de tocino crudo sin tomarles el gusto. Os ruego, pues, que me dejéis gozar de mi actual felicidad en paz y en gracia de Dios.»
El toro es el héroe del espectáculo, pero como Satán en el Paraíso perdido, está predestinado: nada puede salvarle del destino que le aguarda, sea bravo o sea cobarde. Los pobres bichos tratan en vano algunas veces de escapar, y tienen refugios favoritos a los que escapan, o bien saltan la barrera, entre los espectadores, originando una gran guasa y alboroto, derribando a aguadores y elegantes, poniendo en fuga a guardias y a viejas y proporcionando un infinito deleite a los que se sientan tranquilamente en los palcos, porque, como dice Bacon: «es un placer estar en la ventana de un castillo y ver una batalla y sus riesgos allá abajo». Los toros que demuestran esta cobarde actividad son insultados: suenan gritos de fuego y perros, y son condenados a que les lancen los perros. Como los perros españoles no son ni con mucho tan denodados como los agresores ingleses de toros, tardan más en su cometido y muchos de ellos son destrozados.
«Up to the stars the growling mastiffs fly And add new monsters to the frighted sky[36].»
Cuando, por fin, el pobre bruto es vencido se le hiere en el espinazo, como si sólo fuera bueno para el matadero, por ser un buey paisano y no un toro militar. Todos estos procedimientos son considerados como mortales insultos; y cuando más de un toro muestra esta condición cobarde, frustrando más altas expectativas, se levanta entonces al grito de: ¡Cabestros a la plaza!, lo cual es una mortal afrenta para la empresa, pues supone que ha presentado animales más propios del arado que del circo. La indignación del populacho es terrible, pues si queda defraudado en su deseo de ver correr la sangre de los toros, querrá lamer la de los hombres.
Algunas veces el toro es molestado con figurones rellenos de paja con los pies emplomados, que se levantan cada vez que los derriba. Un autor antiguo dice que en tiempo de Felipe IV «algunas veces se montaba a un villano sobre un penco exponiéndole así a la muerte». Otras veces, para divertir al populacho, se saca al ruedo un mono atado a una pértiga. Este arte de atormentar ingeniosamente es considerado por ciertos enérgicos filosimios extranjeros como un homicidio injustificable; y lo cierto es que todos estos episodios son despreciados como irregulares hors d’œuvres por la verdadera afición.
Al cabo termina el primer acto, cuya duración varía mucho. Algunas veces es de lo más brillante, pues ha salido toro que ha matado una docena de caballos y ha limpiado la plaza. Entonces se le adora, y conforme anda de un lado para otro, dando resoplidos, dueño y señor por donde quiera que pisa, es el único objeto de adoración de diez mil aficionados. A la señal del presidente y sonido de una trompeta, comienza el segundo acto con las habilidades del chulo, palabra que en árabe significa un chaval, un tíovivo, como en nuestras ferias. El deber de esta división ligera, de estos guerrilleros, es apartar al toro del picador cuando estos están en peligro, cosa que hacen con sus capotes de colores; su destreza y agilidad son sorprendentes, pues se deslizan sobre la arena como relucientes colibríes, sin tocar apenas la tierra. Van vestidos con calzón corto y sin polainas, como Fígaro en la ópera del Barbero de Sevilla. Llevan el cabello recogido por detrás en un moño y metido en la antiguamente universal redecilla—el mismo reticulum—de que tantos ejemplos se ven en los viejos vasos etruscos. Ningún torero llega al final de su carrera sin haber antes sobresalido en su aprendizaje; entonces aprenden cómo atraerse al toro, la manera cómo éste embiste y cómo se dan los quites. El momento más peligroso es cuando los chulos se aventuran hasta el medio de la plaza y el toro les persigue hasta la barrera. Tiene ésta un pequeño estribo sobre el cual apoyan el pie para saltar al otro lado, y ya dentro de la barrera hay una estrecha abertura por la que se escurren. Es maravilloso cómo escapan y se libran por un pelo; a veces van seguidos tan de cerca por el toro, que parece verdaderamente como si los cuernos de éste le ayudasen a saltar la barrera. En la segunda parte, los chulos son los únicos actores; su papel consiste en colocar a cada lado del cuello del animal unos dardos puntiagudos que se llaman banderillas, y están adornados con papel cortado de diferentes colores; alegre ornato que oculta su crueldad. Los banderilleros van derechos al toro cogiendo las flechas por el mango y dirigiendo las puntas al toro; y justamente cuando el animal se agacha para cornear a sus enemigos se las clavan en el cuello y se escapan a un lado. Esta suerte parece más peligrosa de lo que es en realidad, pero requiere mucha vista y pies y manos muy ligeros. Las banderillas deben ponerse justamente en el mismo sitio a cada lado del cuello. Cuando están bien puestas dicen los españoles que son buenos pares, y los franceses con su instinto peluquero llaman a esto coiffer le taureau.
Algunas veces los dardos van provistos de petardos, que, merced a una pólvora detonante, explotan en el momento que se clavan en el cuello; por eso se les llama banderillas de fuego. El sufrimiento del tostado y torturado animal le hace saltar y brincar como un cordero juguetón, con gran alegría del populacho, mientras que el fuego, el olor del pelo chamuscado y de la carne asada, que nuestros gastronómicos vecinos llamarían un bifsteck à l’espagnole, les recuerda débilmente a muchos morenos y ceñudos curas las altas atracciones de su antiguo anfiteatro, el auto de fe.
Por fin suena la última trompeta, la plaza se despeja y el matador, el ejecutor, el hombre de la muerte, queda solo con su víctima: al aparecer dirige un discurso al presidente y tira la montera al suelo. En la mano derecha lleva un estoque toledano; en la izquierda flamea la muleta o engaño, que no debe ser (así se lo oímos decir a Romero) ni tan grande como el estandarte de una hermandad, ni tan pequeño como el pañuelo de una señora, sino que debe tener, aproximadamente, una vara en cuadro. Es siempre encarnada, porque es el color que más excita al toro y disimula la sangre. Siempre hay un matador de reserva, para caso de accidente, cosa que puede suceder en la corrida de toros mejor organizada.
Al quedarse solo el matador concentra sobre sí toda la atención de la multitud, que antes compartía con los demás combatientes, como ocurría con los antiguos espectáculos de gladiadores en Roma. Se adelanta hacia el toro con objeto de atraerle hacia él o, hablando en buenos términos técnicos, para citarlo a la jurisdicción del engaño; en buen inglés, emplazarlo, o, como en nuestros partidos se diría, «meter la cabeza en el Supremo»[37]. Y este juicio es casi tan horrible, pues el matador está en careo con su enemigo, en presencia de testigos inexorables, curia y jueces, que preferirían ver al toro matarle dos veces, que no que él matase al toro contrariamente a las reglas y prácticas de los precedentes judiciales y taurómacos. En estos breves, pero penosos momentos, el matador aparece generalmente pálido y ansioso, y no es para menos, pues su vida pende de un hilo, pero presenta una fina imagen de firme voluntad y de concentración de energía moral. Séneca dijo muy bien que el mundo ha visto tantos ejemplos de valor en los gladiadores como en los Catones y Escipiones.
El matador procura darse cuenta rápidamente del carácter del animal, y examina con ojo más perspicaz que Spurzheim sus protuberancias de combatividad, destructividad y otros órganos amables, y no tiene mucho tiempo que perder en esta investigación, en la cual un error sería fatal, pues uno de los dos ha de morir, y puede suceder que ambos. Aquí, como dice Falstaff, no hay azotes, excepto en la cabeza. A menudo, aun el bruto parece comprender que ha llegado el último momento, y se detiene al verse cara a cara en mortal duelo con un solo adversario. Como quiera que sea, el contraste es sorprendente. El matador va vestido con un traje propio para un baile, sin más escudo que su habilidad, y como si aquello fuera un entretenimiento. En él todo es sangre fría; en el animal, todo furia; y hay que aprovechar el tiempo, porque entonces el conocimiento es poder, y si el bruto pudiera razonar, el hombre escaparía difícilmente. Mientras tanto, los espectadores se hallan poseídos de más furor aún que el pobre toro, que ha sufrido una larga tortura y se ha visto excitado continuamente. En este instante, es un magnífico modelo para Paul Potter; los ojos echando fuego, las hinchadas narices rugiendo furiosamente, el cuerpo cubierto de sudor y de espuma o cubierto de un sangriento barniz que brota de sus abiertas heridas. ¡Mira qué hermoso cuerpo lleno de sangre!—exclamaba la digna vieja, que, como antes dijimos, era lo bastante amable para hacer resaltar ante nuestra vista inexperta los más escogidos trozos del festín, las perlas de mayor precio.
Hay varias clases de toros, cuyo carácter varía casi tanto como el de los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados; otros, recelosos y cobardes. El matador juega y entretiene al toro hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto mayor es el peligro.
Aun cuando no es corriente que ocurran desgracias (nosotros no hemos visto matar a ningún torero a pesar de haber presenciado la muerte de varios centenares de toros), la cosa no es imposible. En Tudela, un toro que había matado diez y siete caballos, a un picador llamado Blanco y a un banderillero, saltó la barrera y allí mató a un campesino e hirió a varios. Los periódicos encabezaban sencillamente la noticia: «Ocurrieron accidentes». Pepe Hillo, que había sufrido treinta y ocho cogidas, murió, como Nelson, una muerte heroica. Le mataron el 11 de mayo de 1801. Tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, pero dijo que tenía que cumplir con su deber.
El matador tiene que ser decidido y ágil. No debe dejar que el toro vaya al trapo más de dos o tres veces: la tensión moral de la multitud es demasiado fuerte para soportar una faena larga; y demuestra su impaciencia con exclamaciones y ruidos, tratando por todos los medios posibles de irritarle, haciéndole perder la presencia de ánimo y quizá la vida. En circunstancias parecidas, a Manuel Romero, que había asesinado a un hombre, le gritaban: ¡A la plaza de la Cebada!, pues el populacho aborrece a todo el que da la más pequeña muestra de miedo y no afronta la muerte con serenidad.
Hay muchos modos de matar un toro: el mejor de todos es cuando se le mata recibiendo, y la espada, que se mantiene quieta y sin avanzarla, entra justamente en la cruz; para ello son esenciales una mano firme, vista y nervio, pues para nada es la verdadera afición tan exigente como para la exactitud y primor de la colocación de esta herida mortal. No siempre cae el toro a la primera estocada, pues si no está bien puesta, da en hueso y es lanzada al aire al sacudir el bicho el testuz. Cuando el golpe es certero, la muerte es instantánea, y el toro, vomitando sangre, cae a los pies de su vencedor. Es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta; todo lo que era fuego, furia, pasión y vida, cae en un instante, inmóvil para siempre. Entonces aparece el alegre tiro de mulas, vistosamente enjaezado con banderitas y resonante de cascabeles, y el toro muerto es arrastrado a un rápido galope, que siempre hace las delicias del populacho. El matador limpia entonces la sangre caliente del estoque y con admirable sangre fría saluda al público, que le arroja los sombreros (generalmente bastante viejos) a la plaza, cumplido a que contesta devolviéndolos. Cuando España era rica, caía a la plaza una lluvia de oro o a lo menos de plata, pero ces beaux jours là sont passés, gracias a sus amables vecinos. Sin embargo, el indigente español da todo lo que puede y deja al torero añorar el resto. Como los sombreros en España representan la grandeza, estos castoreños, carne y hueso de ellos, se arrojan como símbolos de sus generosas almas y corazones; y nadie que no sea un mercachifle se fija en menudos detalles de valor o de condición.
Cuando un toro no acude al trapo fatal, o implora perdón, se le condena a una muerte infamante, pues ningún verdadero español ruega por su vida ni perdona la de su enemigo, cuando está en su poder; entonces se pide a gritos la media luna, y la petición implica un insulto; su uso es equivalente al de fusilar a los traidores por la espalda. Esta media luna es exactamente el antiguo y cruel instrumento oriental para desjarretar al ganado; además, es el mismo y viejo bidente ibérico, o sea, una afilada media luna de acero colocada en un largo palo. El cobarde golpe se asesta por detrás, y cuando el pobre animal queda lisiado por rotura de los tendones, de las piernas y se arrastra agonizante, un asistente le clava la aguda puntilla en la médula espinal, que es la manera corriente que tiene el carnicero de matar el ganado en España. Todas estas viles operaciones están consideradas como inferiores a la dignidad de un matador, algunos, sin embargo, matan al toro clavándole la punta de la espada en la vértebra, y como la difícil operación es cosa peligrosa, no resulta degradante.
Tal es la lidia de un toro, que se repite ocho veces con otros tantos, aumentando la excitación del público con cada concesión; después de un corto lapso, el nuevo toro despierta nuevos deseos y el fiero deporte se renueva y sólo la noche puede terminarlo. Es más, a menudo cuando la realeza está presente, se pide a gritos un noveno toro, que siempre es graciosamente concedido por el signo de concesión del monarca, que es un tirón de su real oreja; en realidad, el populacho es aquí el autócrata, y su majestad la multitud no sufriría una negativa. La corrida termina cuando el día muere, como un delfín, y la cortina del cielo colgada sobre el sangriento espectáculo está color de carne y teñida de carmesí; este glorioso final se ve en toda su perfección en Sevilla, cuya plaza, por no estar terminada, queda abierta del lado de la catedral, lo cual proporciona un fondo moro al pintoresco primer término. En ciertas ocasiones se decora este lado con banderas. Cuando el flameante sol se pone sobre la roja torre de la Giralda, enciende sus bellas proporciones como si fuera una columna de fuego, la fresca brisa vespertina se levanta y las lánguidas banderas ondean triunfalmente sobre el fenecido espectáculo; entonces, cuando todo ha terminado, como con todas las cosas humanas ocurre, la congregación parte, con algún menor decoro que al salir de la iglesia; y todos se apresuran a sacrificar el resto de la noche a Baco y a Venus, rindiendo un pasajero homenaje al cuchillo, si los críticos difieren demasiado calurosamente respecto al mérito de alguna suerte de la corrida.
Para concluír: las opiniones de los hombres, como la Cámara de los Comunes en 1802, están divididas acerca de los méritos de las corridas de toros: los Wilberforces[38] aseguran (especialmente los extranjeros, que, no obstante, rara vez dejan de autorizar la plaza con su presencia) que se embotan los mejores sentimientos; que la pereza, el desorden, la crueldad y la ferocidad se fomentan a expensas de una gran cantidad de vida humana y animal con esos pasatiempos; los Windhams sostienen que la lealtad, el valor, la presencia de ánimo, la resistencia al dolor y el desprecio a la muerte se inculcan en esta fiesta, y mientras que en el teatro es todo ficticio y en la ópera todo afeminamiento, el espectáculo nacional es varonil y todo verdad, y repitiendo las palabras de un panegirista indígena, «eleva el alma a aquellos grandiosos actos de valor y heroísmo que durante muchos siglos han hecho de los españoles la nación mejor y más valiente del mundo».
La eficacia de tales deportes para mantener el espíritu marcial queda negada por la degeneración de los romanos, precisamente en los momentos en que los espectáculos sangrientos estaban más en boga. Y tampoco puede decirse que sean la valentía y la humanidad las características colectivas de los aficionados españoles, sin que por esto queramos nosotros decir que las riñas y homicidios, y las palizas y muertes de mujeres puedan achacarse a las corridas, cuya influencia moral ha sido exagerada y mal interpretada. No puede negarse que sea una cosa cruel y perfectamente de acuerdo con la inherente e inveterada ferocidad del carácter ibero, pero ello es más bien efecto que causa, aunque indudablemente con cierta acción recíproca; y es muy discutible si la corrida de toros original no tenía más tendencia a humanizarse que los juegos olímpicos. Ciertamente la Fiesta real de las edades feudales, combinaba las ideas de religión y lealtad, y los combates caballerescos, llevaban en sí un fino sentimiento de honor personal y de respetuosa galantería para la mujer, que eran desconocidos de los refinados griegos y los guerreros romanos; y muchos de los rasgos más hermosos del carácter español han degenerado desde la cesación de la lucha original, que era mucho más sangrienta y fatal que lo es hoy.
Cuando se critican las corridas de toros, los españoles siempre sacan a relucir nuestro boxeo como justificación de aquéllas, como si el tu quoque fuera una razón; pero bueno será decir en descargo nuestro que las luchas de boxeadores están desaprobadas por las gentes buenas y respetables, y anatematizadas legalmente como perturbadoras del orden público; aun cuando degradadas por la bestial borrachera, la brutal vulgaridad, el ruinoso juego y las apuestas, de que la plaza española está libre, pues a nadie se le ha ocurrido aún apostar si un toro matará o no tantos caballos; nuestras luchas, sin embargo, están basadas en un espíritu de juego limpio, que no suele ser el principio fundamental de la política púnica, la guerra o los toros en España. En este país, la plaza está protegida por la Iglesia y el Estado, sobre quienes en justicia debe recaer la responsabilidad de las malas consecuencias que pueda traer consigo. La representación es dirigida con gran ceremonial, combinando muchos elementos poéticos, bellos y sublimes, tanto que un autor español dice con gran orgullo: «Cuando la innúmera asamblea está honrada por la presencia de nuestros augustos monarcas, queda el mundo pasmado de admiración ante el majestuoso espectáculo que ofrece el pueblo más feliz de la tierra, gozando con arrobamiento de un espectáculo peculiar suyo, y rindiendo a sus idolatrados soberanos el debido homenaje de la más verdadera y más acrisolada lealtad»; y es imposible negar el magnífico coup d’œil que presenta la plaza, y en tan difíciles circunstancias hay que apartar la mirada para no ver ciertos penosos detalles que se pierden en la poética ferocidad del conjunto, porque el interés de la tragedia de la muerte real es innegable, irresistible y completamente absorbente.
Los españoles parece que no se dan cuenta de la crueldad de los detalles que resultan más molestos para el extranjero. Están acostumbrados a ellos, ni más ni menos que nosotros a las sangrientas carnicerías que desfiguran nuestras alegres calles, y que producirían indecible desagrado si se las viese por primera vez. En la plaza reina el mismo espíritu que en las cacerías, ese residuo del salvaje, y la humanidad nunca ha sido muy amable ni tierna de corazón para los sufrimientos de los animales, cuando está bajo la influencia de los instintos destructores. En Inglaterra no se siente ninguna compasión por la caza: ave, pescado o carne; ni por los bichos: armiño, milano o cazador furtivo. El objeto del deporte es la muerte; la diversión está en que dé juego, en que sea una buena batida, como se llama a la prolongación de los sufrimientos del animal en el tierno vocabulario de los Nemrodes; los sufrimientos de la agonía no se miden por el tamaño de la víctima, y además al toro se le liberta pronto de sus padecimientos, sin exponerle nunca a los miles de muertes lentas de la pobre liebre herida; no debemos, pues, ver el toro en el ojo ajeno y no ver la zorra en el propio, ni
Compound for vices we’re inclined to By damning those we have no mind to[39].
No parece claro que tomados en conjunto los sufrimientos del animal predominen sobre su felicidad. El toro vaga por amplios pastos, pasando una juventud y una madurez libres de trabajos, y al morir en la plaza sólo anticipa en pocos meses la suerte del prisionero, ultracansado y mutilado buey.
En España, donde no abundan los capitales y la persona y la propiedad no tienen seguridades (males que no están completamente corregidos por las últimas reformas democráticas), nadie quiere aventurarse a la especulación de la cría de ganado en gran escala, pues la retribución es muy remota, sin la segura demanda y la venta que las corridas proporcionan; y como sólo una pequeña parte de los animales que se crían reúnen las condiciones necesarias, el resto y las hembras se destinan al arado o al matadero y pueden venderse más baratos por el beneficio que proporcionan los toros. Algunos hacendistas españoles demostraron que en la plaza se estropeaban muchos animales buenos; pero su teoría cayó por la base al verse que, cuando las corridas de toros se suprimieron, disminuyó notablemente el abasto de ganado. Una cosa semejante ocurre con la cría del caballo, aun cuando en menor escala; sin embargo, los que se venden para la plaza no habría quien los comprase para ningún otro uso. Con respecto a la pérdida de vidas humanas, en ninguna parte vale menos un hombre que en España, y más regidores ingleses resultan muertos indirectamente por las tortugas, que picadores andaluces directamente por los toros; y en cuanto al tiempo, estos espectáculos son casi siempre en día de fiesta, en que aun los industriosos britanos se embriagan de vez en cuando en tabernas, y los perezosos españoles se dedican invariablemente a fumar al sol en dolce far niente. La concurrencia, además, de espectadores ociosos, previene la ociosidad de las numerosas clases empleadas directa o indirectamente en preparar y realizar este costoso espectáculo.
Es una filosofía pobre y falta de lógica el juzgar las costumbres extranjeras por los propios hábitos, prejuicios y opiniones convencionales; un extranjero frío, sin preparación y calculador llega libre de los lazos de asociaciones anteriores y critica y se fija en minucias que pasan inadvertidas para los naturales del país en su entusiasmo por el conjunto. Se horroriza con detalles a que los españoles han llegado a acostumbrarse tanto como las enfermeras de hospital, cuyas más finas y simpáticas emociones de piedad han quedado embotadas con la repetición.
Es cosa dificilísima el cambiar antiguos usos y costumbres a los que estamos habituados desde nuestros primeros años y que han llegado a nosotros unidos a recuerdos queridos. Tardamos en convencernos de que pueda haber algo malo o que pueda causar daño en tales prácticas; nos molesta mirar cara a cara los hechos evidentes y nos aterra una deducción que requeriría el abandono de una diversión que hemos mirado como inocente, y que nosotros, así como antes nuestros padres, no hemos tenido escrúpulo en permitirnos. Los niños, l’age sans pitié, no paran mientes en la crueldad, ya sea de echar perros a los toros o de coger nidos, y los españoles son llevados a las corridas desde su infancia, cuando son demasiado ingenuos para especular sobre cuestiones abstractas, sino que asocian con la plaza todas sus ideas de galardón por su buena conducta, de gala y de día de fiesta. En un país donde las diversiones son pocas, sienten el contagio del placer, y, guiándose por el instinto de imitación, aprueban lo que ven aprobado por sus padres. Después de la fiesta vuelven a sus casas lo mismo que salieran de ellas, juguetones, tímidos o serios, sin que sus sentimientos sociales y cariñosos hayan sufrido lo más mínimo: ¿dónde son los lazos filiales o paternos más afectuosamente alimentados que en España? ¿Y dónde están las nobles cortesías de la vida, el amable, considerado y digno comportamiento tan manifiestos como en la sociedad española?
Las sucesivas sensaciones que experimentan la mayoría de los extranjeros son admiración, compasión y cansancio físico. Lo primero se comprende fácilmente, como también que los novicios no pueden contemplar los sufrimientos de los caballos sin sentir compasión: «En realidad, era más una lástima que un entretenimiento», escribía el heraldo de Lord Nottingham. Pero estos sentimientos los provocan los animales que se ven obligados a sufrir heridas y muerte; los hombres rara vez interesan tanto, pues como se exponen voluntariamente al peligro, no tienen derecho a quejarse. Estos héroes de clase modesta son aplaudidos, están bien pagados y el riesgo que corren es más aparente que real; nuestros sentimientos británicos de juego limpio nos hace más bien estar del lado del toro que lucha desigualmente, pues respetamos la valentía de su inferioridad. Ese debe de ser siempre el efecto que se nota en los que no están educados y habituados a tales escenas.
Así Tito Livio cuenta que, cuando el espectáculo de los gladiadores fué introducido en Asia por los romanos, produjo más bien susto que agrado, pero que pasándoles de los simulacros a las luchas reales, llegaron a gustar tanto de ellas como los mismos romanos. La sensación predominante en nosotros fué de aburrimiento al ser la misma cosa repetida y repetida, y ya excesivamente. Pero eso ocurre con todo en España, donde las procesiones y las profesiones son interminables. Plinio, el joven, que no era un aficionado, se quejaba de la monotonía de lo que bastaba con verlo una vez; justamente como el doctor Johnson, después de presenciar una carrera de caballos, observaba que no había una prueba más evidente de la escasez de los placeres humanos que la popularidad de tal espectáculo. Pero la vida de los españoles es uniforme, y sus sensaciones, como no están embotadas por la saciedad, son intensas. Para ellos las corridas de toros son siempre nuevas y excitantes, pues cuanto más se cultiva la afición, mayor es la capacidad adquirida para gozar de sus encantos; ven mil detalles de belleza en el carácter y en la conducta de los combatientes, que escapa a la mirada superficial e indocta de los no iniciados.
Las mujeres españolas, contra las que se desatan en invectivas los emborronadores de cuartillas, se sustraen al aburrimiento por el constante y siempre despierto afán de ser admiradas. No van a esas fiestas por predilección abstracta ni pasifaica; las llevan a los toros antes de que aprendan a leer, ni sepan lo que es amor. No sabemos que esto las haya hecho especialmente crueles, salvo algunas viejas y malvadas hembras de la clase baja. Las más jóvenes y sentimentales gritan y se afectan extraordinariamente en todos los verdaderos momentos de peligro, a pesar de su larga familiaridad. Su principal objeto al ir a la plaza no es, después de todo, ver los toros, sino dejarse ver ellas y sus trajes. Las de clases más finas se tapan la cara con el abanico para no ver los incidentes más penosos, y no demuestran falta de sensibilidad. Las de la clase baja, por lo general, permanecen tan serenas como las de otros países en las ejecuciones u otras escenas semejantes, donde acuden en tropel con los chicos en brazos. Las mujeres inglesas son un caso aparte. Han oído condenar las corridas de toros desde su infancia, y van a ellas, ya mayores, llevadas principalmente por curiosidad a un espectáculo del que tienen la confusa idea de que el placer se mezcla en él al dolor. La primera impresión es agradable; sus mejillas encendidas traicionan una satisfacción que casi se avergüenzan de confesar; pero en cuanto la sangrienta tragedia comienza, se echan a temblar, molestas y desencantadas. Pocas pueden presenciar más de un toro y menos aún son las que vuelven a acudir a la plaza:
The heart that is soonest awake to the flower Is always the first to be touched by the thorn.[40]
Es muy probable que una mujer española puesta en las mismas circunstancias, obrase de manera semejante y que si presenciase por primera vez una lucha de boxeo, recibiera también una impresión desagradable. Pero sea de ello lo que quiera, está lejos de nosotros y de nuestros amigos esa fingida filosofía, que sacaría la consecuencia de que en sus bellos ojos, que disparan los dardos de Cupido, brillaría una sonrisa menos por haber visto esas más piadosas banderillas.