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Cosas de España; tomo 2

Capítulo XVII

Enrique de Mesa y Rosales translation

DESPUÉS de tratar de los venteros españoles, nos fué cosa fácil hablar de los ladrones, y no es más difícil pasar de este tema al de los médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario, mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el Sangrado, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente en Castilla. ¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir, tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa. Probablemente, por conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la Infanta, con la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente» Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas—una bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras advertencias de este eminente toxicólogo, o investigador de materias venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos sociales, carecen de la santidad de los intereses privados, que todo el mundo defiende. De aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación, apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las Casas de Misericordia están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente, dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.

Los bajos, brutales y feroces Sangrados de España han sido objeto de las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus clientes es decir mueren como chinches. Esta indiferencia por la vida, esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en general, haya salido de Este a Oeste, la Medicina y la Cirugía no tienen ese origen. En Oriente, como en España, han sido ciencias de segundo orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior, pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo que ir a Córdoba en busca de asistencia. Y todavía en España, como en Oriente, todos aquellos cuya profesión es condenar a muerte a seres vivientes, están casi excomulgados socialmente: el carnicero, el torero, el verdugo, por ejemplo. El soldado, que acuchilla, ocupa puesto preeminente en aquella sociedad; el médico, que cura, el más bajo. El doctor en Medicina, a quien el infalible Papa consulta y el Rey autócrata obedece, sólo tiene entrada en las buenas casas en caso de enfermedad, y vuelven a cerrársele las puertas en el momento en que la salud se recupera; pero él sabe vengarse de los que le desprecian; y si todos los españoles son temibles con el cuchillo, el cirujano lo es muy especialmente. Madrid puede llamarse con razón la Corte de la Muerte, y el Escorial es muestra palmaria de ello con la prematura muerte de las personas reales, y eso que es de suponer que ellas congreguen en torno suyo la más refinada y escrupulosa asistencia, tanto médica como teológico-terapéutica, que la capital puede proporcionar; pero el tránsito de la realeza es breve, especialmente en el caso de las mujeres e infantes, y el resultado es innegable en estas estadísticas de la muerte; la causa de ello está en el clima y en el doctor, que, como se ayudan mutuamente, puede honradamente dejárseles que decidan entre sí la cuestión de la relativa excelencia de cada uno.

El médico español es rehuído no solamente por prejuicios antiguos, y porque es considerado peligroso como una serpiente de cascabel, sino también por los celos que la gente de iglesia siente hacia una profesión rival, creyendo que, si fuesen bien mirados, podrían tener que partir con ellos los legados y secretos que tan fácilmente se obtienen en el lecho de muerte, cuando el cuerpo y la inteligencia han perdido su vigor. Además, un médico y un confesor españoles miran al enfermo desde diferentes puntos de vista: el médico sólo piensa o debería pensar en salvarle en este mundo; el confesor trata de librarle de los tormentos del otro; ambos emplean todos los medios a su alcance para conseguir su objeto, aun cuando, en muchos casos, no es aventurado asegurar que ni uno ni otro tienen mucha fe en ellos: la práctica espiritual no cambia, porque la misma novedad, que es una herejía en religión, no se cree sea favorable en ninguna otra cosa. Así, las Universidades, gobernadas por eclesiásticos, convencieron al pobre fanático de Felipe III para que dictara una ley prohibiendo el estudio de todo sistema nuevo de medicina y exigiendo los textos de Galeno, Hipócrates y Avicena. Letrados y hombres para quienes el sol había detenido su carrera, rechazaron las ciencias exactas y la filosofía experimental como peligrosas innovaciones que, según ellos, hacían de cada médico un Tiberio que, por ser aficionado al estudio de las matemáticas, en donde todo necesita demostración, era poco respetuoso con los dioses y diosas del Panteón; y así, en 1830, atemorizaron al tímido Fernando VII (cuya semejanza con Tiberio nada tenía que ver con Euclides), diciéndole que las escuelas de Medicina formaban materialistas, herejes, ciudadanos reyes, liberales, insurrectos y revolucionarios. Convencido el amado monarca, cerró las Universidades, si bien, en cambio, y como compensación, fundó una escuela de tauromaquia: los hombres pueden ser destrozados impunemente, pero es muy conveniente que los toros mueran con todas las reglas del arte y los honores de la ciencia.

La poca consideración social al médico es muy clásica: en Roma eran esclavos libertos, y sólo fueron elevados a la categoría de ciudadanos en tiempo de César, que quiso atraerse a estos ministros de las terribles Parcas cuando la población de la capital era muy reducida a causa de la excesiva emigración: acto de favor que puede tener dos fines, pues Adriano VI (maestro del español Carlos V) aprobó que hubiese en la Ciudad Eterna quinientos individuos que practicasen la Medicina, pues, de lo contrario, «la multitud de seres vivientes se hubiera devorado entre sí». Con todo, cuando le llegó a él su turno de ser eliminado, el pueblo, agradecido, obsequió con una serenata a su cirujano, llamándole el «salvador de la patria». En nuestros días sólo un médico era admitido en Sevilla entre la gente de sangre azul, o buena sociedad, cuando gozaban de salud fuerte y antiflebotómica; y a todos los extraños les informaba a manera de excusa el exclusivista anfitrión, de que el doctor era de casa conocida, dándole así entrada en el mundo su persona y no su profesión. Y mientras hay una porción de aventureros que ostentan un título, ni al más liberal dispensador de mercedes se le ocurre dar un título a su médico, honor que es algo más que el de par de Francia y menos que una baronía médica de Inglaterra. Estos prejuicios de casta hacen que los médicos no frecuenten más sociedad que la suya, que, como no se recetan unos a otros, no es ni desagradable ni peligrosa. En Sevilla se reunía una tertulia de ellos en la botica de Campelos, y puede decirse que era una bandada de aves de mal agüero que graznaban sobre la salud general que afligía a la ciudad y que rogaban a Dios, como Sangrado en Gil Blas, que por favor divino sobreviniesen pronto muchas enfermedades. El que este nido de cornejas estuviese atestado o vacío era el mejor barómetro para conocer la salubridad de la bella capital de Bética; y mientras nosotros vivimos allí lo consultamos a menudo con ansiedad, pues por mucho que la gente se burle de los médicos cuando están rebosantes de salud, cuando la enfermedad trae al médico se acaban todas las bromas, y entonces todo el mundo les hace mucho caso, aun en España, por preferir ese mal a otros y por miedo al confesor y al sepulturero.

En ningún país son los pobres muy aficionados al hospital, y en España, además del orgullo natural, que hace retraerse en todas partes a muchos enfermos de establecimientos admirablemente montados, aquí un fundado temor aleja al paciente, que prefiere morir de muerte natural. Además, por el hecho de ser pobres, es menos evidente para los directores que para los pacientes la necesidad que en absoluto tengan éstos de vivir, pues, como dicen los maltusianos, no hay en la mesa de la naturaleza sitio vacante para los que no pueden pagar; y así ocurre que los directores del hospital no se apresuran a ofrecer mesa y cama a los solicitantes; la muerte de un paciente es ahorro de dinero y trabajo, cosa muy digna de tener en cuenta en un país en donde el primero escasea y el segundo tiene muy pocos partidarios, y en donde un hombre sano vale poco y uno enfermo, aun menos. Por otra parte, los médicos no siempre adquieren fama por obrar curas, como podríamos demostrar con varios casos de mujeres y herederos en general; así, si en los hospitales de la Península sólo mueren la mitad de los enfermos, se piensa que es una gran suerte; además, los muertos no abren el pico, y los vivos cantan grandes alabanzas por haber escapado milagrosamente: El médico lleva la plata, pero Dios es el que sana. Los sepultureros, en cambio, viven atareados y satisfechos, como los de Hamlet y como, en general, lo están todos los enterradores cuando tienen entre manos un trabajo que les producirá ganancia. Cavan profundamente en la silenciosa tierra la profunda fosa, de la cual no volverá a salir el viajero. Cantan y bromean mientras echan polvo sobre el polvo y entierran el corpus delicti, y con él los desatinos del médico. En este momento todos quedan satisfechos, excepto el difunto: el hombre de la lanceta queda contento, porque la desagradable prueba del delito desaparece de la vista; los obreros de la pala y el azadón, porque aquello les proporciona el sustento, y, una vez terminado el entierro, unos y otros ponen en práctica el proverbio español: Los muertos a la huesa y los vivos a la mesa.

En ninguna época han dado los españoles gran importancia a su vida, y mucho menos a la de los demás, pues no es pueblo de buenas entrañas. La familiaridad con el dolor hace insensibles aun a las personas empleadas en nuestros hospitales, porque todo el que vive por la muerte sólo siente por los vivos cariño de sepulturero, y le importa tanto la poesía de la salud inocente como a míster Giblet un cordero domesticado. Y son cosas estas muy difíciles de mejorar en España, donde todo contribuye a educar a hombres y mujeres en una gran indiferencia hacia la sangre: las heridas, la sangre y la carnicería de los toros, los gritos de muera de las multitudes y de pásele por las armas, los decretos draconianos y mil otras prácticas de los poderes públicos; por esta razón, el bisturí o puñalada fatal del cirujano son mirados como cosas de España. La filosofía de la indiferencia general por la vida en este país, que es casi el fatalismo oriental, en la multitud de ejecuciones y la general resignación ante el derramamiento de sangre, dependen en gran parte de que para muchos la vida no es en el mejor caso sino una lucha por la existencia, y así, al jugársela, sólo arriesgan moneda pequeña, y cuando uno desaparece, los demás viven mejor en cierto modo; de aquí el que cada uno mire sólo por sí y por el día presente, y après moi le déluge: el último mono se ahoga; o como decimos nosotros: que el diablo cargue con el último.

El abandono de los hospitales que habían estado bien dirigidos y administrados, ha repercutido en los españoles. Los que se dedican a la carrera de Medicina carecen de las ventajas de estudiar clínica y observar los casos difíciles resueltos por maestros expertos. Recientemente se ha procurado en algunas ciudades de importancia, sobre todo en las costas, introducir reformas y mejoras; pero la socaliña oficial y la rutina ignorante figuran aún entre los males que no tienen cura en España. En 1811, cuando el ejército inglés estaba en Cádiz, un médico llamado Villarino, empujado por algunos de nuestros indignados cirujanos, llevó a las Cortes el asunto del mal estado de los hospitales españoles. Se nombró una comisión, y ésta redactó un lastimoso informe, aún existente, en el que se puso de manifiesto que los fondos destinados a sostenimiento y asistencia de los enfermos se quedaban entre las manos de los administradores y demás empleados. El resultado de ello fué el que podía esperarse: que las autoridades se unieron y persiguieron a Villarino, tachándole de revolucionario, consiguiendo que no se hiciere caso de sus palabras. El superintendente de ese establecimiento era el famoso Lozano de Torres, que mató de hambre al ejército inglés después de Talavera, y que, según las palabras del duque de Wéllington, era «un ladrón y un mentiroso». Después de este escándalo la regencia le nombró gobernador de Castilla la Vieja, y Fernando VII, en 1817, le hizo ministro de Justicia.

Como edificios, los hospitales son, por lo general, muy grandes, pero el espacio está en ellos tan poco habitado como en las vastas llanuras de Castilla. En Inglaterra se necesitan salas para los enfermos; en España, enfermos para las salas. Los nombres de algunos de los hospitales mayores están muy bien elegidos; el de Sevilla, por ejemplo, se llama de La Sangre y de Las cinco llagas, que están esculpidas en el arco de entrada como racimos de uvas. Sangre es un nombre fatal para este reino del Sangrado, cuya lanceta, lo mismo que la navaja española, no da cuartel. En materia de vida o de muerte, este establecimiento se parece a los arsenales de España, en donde en el momento preciso siempre falta de todo. Su dispensario presentaba, como la tienda del boticario de Shakespeare, una colección de cajas de píldoras vacías.

El gran hospital de Madrid se llama el general, y la asistencia médica en él corre parejas con la ayuda de algunos generales españoles, tales como Lapeña y Venegas, que en el momento preciso abandonaron en absoluto a Graham en Barrosa, y al Duque en Talavera. Por supuesto que en ello no hay nada nuevo, pues, como el viejo proverbio dice, socorros de España, o tarde o nunca. En casos de batallas y muertes repentinas, en paz y en guerra, los españoles profesionales, militares y médicos, son muy buenos para asistir a ellas, dando a esta palabra únicamente la acepción de estar presentes, sin mezclarse para nada en su marcha. Y esto ocurre cuando se reparten golpes, no sólo con los médicos, sino con toda la nación española: si un hombre cae herido en la calle, se desangrará seguramente, a menos que las autoridades lleguen a tiempo de levantar el cuerpo y curar las heridas; los demás—excepción hecha de los ingleses, y hablamos por experiencia—pasarán de largo, y no ciertamente por miedo a la sangre ni odio al asesinato, sino por el horror que el español siente a la sola idea de verse mezclado en las redes de La Justicia, cuyos funcionarios detienen a todo el que interviene o está presente, como sospechoso o como testigo; y cuando uno cae en las garras de la justicia española puede estar seguro que no saldrá de ellas hasta dejarse el último céntimo.

Las escuelas y los hospitales, especialmente en las ciudades del interior, carecen de toda clase de adelantos mecánicos y modernos descubrimientos, y los pocos que los tienen, son de manufactura francesa y de segundo orden. Cosa parecida ocurre con los libros de medicina y las obras técnicas: todo lo que hay es copiado y malo; se ha visto que es mucho más fácil traducir y copiar que inventar, y por eso en la medicina española, lo mismo que en arte y literatura, hay muy poca originalidad: todo es adaptación de las ideas de otros, o una adaptación de la ciencia antigua y de la ciencia árabe. Muchos de sus términos médicos, así como muchas de sus drogas, son puramente árabes (jalea, elixir, jarabe, rob, sorbete, julepe, etc.) y denuncian el origen de los conocimientos, pues no hay nada tan seguro para averiguar las fuentes de donde se ha tomado una ciencia como estudiar su lenguaje y fraseología. Cuando los españoles se apartan del camino seguido por sus antepasados es para adoptar un tímido velo francés. Las pocas publicaciones modernas de medicina son traducciones de sus vecinos, y la escasa existencia de medicamentos de sus boticas se ha hecho más peligrosa e inútil con los productos de los cúralotodo de París. Es una verdadera desgracia para la Península que todo lo que se conoce de los trabajos que hace la pensadora y escrupulosa Alemania y la decidida y práctica Inglaterra haya de pasar por el alambique de la traducción francesa, y el original queda así doblemente estropeado, y la sagrada causa de la verdad y de los hechos es demasiado frecuentemente sacrificada a la gálica manía de suprimir los dos por el honor de su propio país. No es de extrañar, pues, que los médicos españoles desconozcan casi en absoluto las obras, las operaciones y los inventos modernos, y que sus textos de consulta se limiten a Galeno, Celso, Hipócrates y Boerhaave. Los nombres de Hunter, Harvey y Astley Cooper les son tan desconocidos como los últimos descubrimientos de Herschel: la luz de estos planetas tan distantes no ha podido aún llegar hasta ellos.

Ahora, el Colegio de San Carlos, o sea la Escuela de Medicina de Madrid, confía mucho en poder enseñar la obstetricia por medio de figuras de cera: bien es verdad que aprender una ciencia práctica sobre el papel no es exclusivo en España de la clase médica. La gran escuela naval de Sevilla está dedicada a San Telmo, el cual, reuniendo en sí los atributos de Cástor y Pólux, aparece en las tormentas en el palo maestro en forma de luces para socorro de los marineros, y en cuanto empieza a sentirse el viento, sople de donde quiera, ya están las tripulaciones de rodillas rogando a este Hércules marino, en vez de recoger las velas y empuñar los remos. Nuestros marineros, que sienten afición al mar con todas sus consecuencias, como no tienen ningún San Telmo que les socorra en el mal tiempo (aun cuando aquel artillero algo irreverente del Victoria llamara al héroe de Trafalgar San Nelson), arriman el hombro y realizan el milagro por sí mismos: aide toi, et le ciel t’aidera. En nuestros tiempos, los guardiamarinas aprendían el arte de la navegación en una sala con un modelo de navío de tres puentes que estaba sobre una mesa, con lo cual tenían la gran ventaja de no estar expuestos al mareo. El infante don Antonio, almirante de la Marina española, estaba paseando en el Retiro, junto al estanque, cuando alguien le propuso embarcarse en una lancha, y él respondió excusándose: «Desde que vine de Nápoles a España no me he arriesgado nunca a embarcarme». Por contado que en esto, como en otras muchas cosas, hay un criterio distinto a orillas del Támesis y a las del Betis; y así ocurre que junto al Hospital de Greenwich, una gran fragata flotante, grande como la vida, es la escuela de la que salen los que a diario recuerdan que los veteranos del Cabo de San Vicente y de Trafalgar supieron «cumplir con su deber», siendo la evidencia de las victorias de ayer una garantía para la realización de sus esperanzas, basándose el futuro en el pasado.

Con los cuarteles, cárceles, arsenales y fortalezas, los establecimientos dedicados a las miserias corporales, son poco dignos de verse, y el extranjero que pueda hará bien en evitarlos, pues, seguramente, encontrará en su país ejemplares mejores. Para dar más fuerza a esta afirmación, presentaremos una ligera descripción de alguno que tuvimos ocasión de ver hace unos pocos años. Los manicomios en España se llaman casas de locos, palabra que se deriva del árabe locao; y, como sus congéneres del Cairo, estaban tan mal dirigidos, que no parecía sino que los directores hacían méritos para ingresar en ellos. La locura, indudablemente, trastornaba al mismo tiempo la inteligencia de los enfermos y endurecía las entrañas de los que les cuidaban, y la inversión absurda de los escasos fondos producía un resultado verdaderamente desastroso. No había ni asomo de clasificación, cosa por cierto nada corriente en España. El maniático, el loco furioso y el tranquilo estaban revueltos en confusión de suciedad y miseria: allí gritaban dirigiéndose insultos los unos a los otros, se les encadenaba como a fieras y se les trataba peor que a criminales, pues las pasiones de los más furiosos eran exacerbadas con el salvaje látigo. Ni siquiera había una cortina para excusar las necesidades de aquellos seres humanos reducidos a la condición de animales: todo era público, hasta el trance de la muerte, dándose el caso de que el último suspiro de algún sin ventura se mezclase con la risa histérica de los espectadores. En casos especialísimos, el cuerpo de alguno de aquellos cuya inteligencia estaba perdida, se encerraba en una celda aislada, sin más compañía que su aflicción. Algunos de éstos, al entrar allí, llevados por sus parientes para quitarlos de enmedio, no estaban locos; pero tardaban poco en estarlo, pues la soledad, la pesadumbre y el hierro acaban con los cerebros. Estos establecimientos, que los naturales del país deberían ocultar por vergüenza, eran los que primeramente enseñaban a los extranjeros, en particular a los ingleses, pues como nos consideran a todos como locos, creen que es una cosa muy natural que nos encontremos a gusto entre nuestros iguales.

Los españoles, de acuerdo en esto con muchos otros habitantes del continente, tienen la creencia de que a todo inglés intrépido le falta un sentido, y fundan esta creencia en varias observaciones, alguna de las cuales no deja de ser razonable. Ven que en todo caso prefieren los usos, dichos y hechos ingleses a los suyos, y esto, ante los ojos de un español y de un francés, es señal evidente de chifladura. Además, nuestros compatriotas dicen la verdad en sus boletines, usan toallas y rasuran a diario los pelos superfluos. Y aparte detalles de excentricidad de menos importancia, ¿no son los naturales de Inglaterra, Escocia e Irlanda los reos de tres actos, que cualquiera de ellos les calificaría como locos de atar, si el ministro de Justicia diese un decreto de lunatico inquirendo? ¿No se han desangrado en dinero y hombres por España en el campo de batalla, en la Bolsa y en los ferrocarriles?

«¡Oh Anticyris tribus caput insanabile!»[11]

Pero volvamos a los locos españoles y a los manicomios. Su aspecto era tristísimo y desagradable para el cuerdo, y degradante para el loco. Los locos furiosos imploraban una «limosna» de los extranjeros, pues sus compatriotas no les daban más que piedras. No deja ciertamente de haber una especie de locura en la furiosa energía y el intenso anhelo de todos los mendigos españoles; y en los que están en los manicomios, aun cuando hayan perdido todas sus facultades, queda viva y despierta la natural propensión a pedir, sin duda alguna porque es la más indestructible y como el «sentido común» del país.

Por lo general, en los manicomios había algún enfermo cuyo estado de miseria agravada le hacía objeto de una curiosidad malsana. En Toledo, en 1843, los guardianes (palabra que también se usa para los que guardan fieras), siempre llevaban a los extranjeros a la jaula o cubil de la mujer de un célebre capitán general de Cataluña, categoría superior a la de Lord-Lieutenant de Irlanda. Se le permitía revolcarse desnuda en lodo, y aquello se enseñaba como un caso raro. Los moros, por lo menos, no encierran a sus inofensivas locas, que pasean desnudas por las calles, y a los locos los encierran como santos cuya inteligencia ha volado al cielo. Los antiguos médicos iberos, de acuerdo con Plinio, creían que la locura se curaba con la hierba vettonica, y la hidrofobia, con un cocimiento de cynorrhodon o escaramujo, por ser inadecuado al paladar canino. Los españoles modernos parece como que sólo desean, por ignorancia, obscurecer todo momento de lucidez en un delirio uniforme.

Los hospicios estaban, en la época en que los vimos últimamente, tan mal dirigidos como los manicomios. Se les llama Casas de expósitos o la Cuna, como si fuera la cuna y no el sepulcro de los pobrecitos niños. En casi todas las capitales de provincia hay uno de estos asilos; los principales se asientan en las ciudades levíticas, pues ellos son el resultado natural del celibato del clero rico, tanto regular como secular. La Cuna en nuestros tiempos podría definirse como un lugar donde los inocentes son martirizados y al que los padres desnaturalizados llevan a sus hijos para que los vayan matando de hambre lentamente. El primer hospicio lo fundó en Milán, en 787, un sacerdote llamado Dateo. El de Sevilla, que vamos a describir, fué fundado por el clero de la catedral, y lo dirigían y administraban doce individuos, seis clérigos y seis seglares, de los cuales pocos se ocupaban de él como no fuera para aumentar el número de sus asilados. El hospicio está situado en la calle de la Cuna; junto a una ranura, preparada para los donativos de la caridad, hay un mármol con una inscripción en latín, que dice este verso de los Salmos: «Cuando mi padre y mi madre me abandonen, me recogerá el Señor».

Hay un pequeño postigo en el muro que se abre cuando llaman a él para admitir a los inocentes hijos del pecado, y, durante la noche, vela siempre un ama para encargarse de los niños cuyos padres ocultan su culpa en la obscuridad.

«Toi que l’amour fit par un crime, et que l’amour défait par un crime à son tour, funeste ouvrage de l’amour, de l’amour funeste victime».

Muchos de los niños que llevan están moribundos, y los dejan allí para evitarse los gastos del entierro; otros van casi desnudos, y muy pocos son los que llegan vestidos con todo lo necesario. Estos últimos suelen ser vástagos de gente de clase alta que quieren ocultarlos por algún tiempo. Con ellos suelen llegar cartas rogando al ama que tenga cuidado con un niño que seguramente será recogido en su día, y también acompañan algún distintivo o señal por el que pueda ser reconocido e identificado, siguiendo en esto las costumbres de la antigüedad. Todos los detalles referentes a los niños expósitos se consignan en un libro que es un triste recordatorio de los crímenes y remordimientos humanos.

Aquellos niños que son reclamados pagan unos seis peniques por cada día que han estado en el hospicio; pero no se presta mucha atención a las recomendaciones de cuidado, ni a la promesa de reclamación, porque los españoles no se fían mucho unos de otros. Como no lleve el niño la indicación del nombre que ha de ponérsele, se le bautiza generalmente con el del santo del día en que fué admitido. El número de expósitos en este hospicio era muy grande, aumentando a medida que la pobreza se extendía, mientras que los fondos destinados a su sostenimiento disminuían por la misma razón. La Semana Santa y la Navidad tienen un gran influjo en la población de estos establecimientos, pues nueve meses después de estas fiestas, en que la gente se pasa la noche arrodillándose ante reliquias e imágenes, es decir, en enero y en noviembre, el número diario de entradas aumenta en una proporción de quince a veinte.

Siempre hay un exceso de amas de cría en la Cuna, pero, por lo general, son las de malas condiciones, que no pueden encontrar colocación en casas particulares; usualmente cada una tiene a su cargo tres niños. Algunas veces, cuando una mujer decente quiere ponerse a criar y, por lo tanto, tiene interés en que no se le retire la leche, se va a la Cuna; el pobre niño a quien amamanta engorda un poco; pero luego, cuando le falta aquel plus de alimento, vuelve a estropearse y se muere. Las amas que hay fijas alimentan a los niños, no con arreglo a las necesidades de éstos, sino teniendo en cuenta el número. Algunos niños son enviados a madres que han perdido sus hijos, para que los críen, y cobran unas diez pesetas al mes; los niños así criados son los que tienen más probabilidades de vida, pues ninguna mujer que ha sido madre y ha dado el pecho a su hijo, sería capaz de dejar morir de hambre a un niño que tuviera a su cargo. Las amas de la Cuna conocen el hambre muy de cerca, y aun cuando no se quedaran sin leche, o ésta no se les volviera de malas condiciones con la alimentación que reciben, nunca podrían satisfacer a los hambrientos pequeñines. La proporción de los muertos era terrible: parecía aquello un sistema organizado de infanticidio. La muerte es un bien para el niño y un ahorro para el establecimiento; y si la vida de un hombre no tiene mucho valor en España, menos la ha de tener la de un niño abandonado. La manera que tenían los griegos y los romanos de exponer a los niños a una muerte inmediata, era menos cruel que la muerte lenta de estos osarios españoles. Esta Cuna, cuando la visitamos por última vez, estaba dirigida por un sacerdote vulgar, que, como buen español, era un mal administrador y malversaba los fondos. Se hizo rico, como el visitador de Gil Blas, en Valladolid, mirando por la hacienda de los pobres y huérfanos. Sus departamentos bien alhajados y su rollizo aspecto, hacían un triste contraste con la condición de sus consumidos administrados. Éstos estaban en grupos, separados los enfermos de los sanos; aquéllos colocados en una gran estancia, en un tiempo salón de actos, cuyo techo dorado y de hermosas proporciones contrastaba con la presente miseria. Los niños estaban echados en filas en sucios colchones, a lo largo del suelo, sin asistencia y sin cuidado alguno. Sus cabezas grandes, sus cuellecitos flacos, sus ojos hundidos y sus caritas amarillas, tenían el tinte de la muerte. Traídos al mundo sin culpa ni deseo por su parte, su vida se extinguía apenas empezada, mientras su madre estaba lejos pensando: «Cuando haya llorado bastante por su nacimiento lloraré por su muerte».

Los de alguna más salud estaban en cunas, apareados a lo largo de una gran habitación, con el hambre retratada en sus mejillas y en sus ojos. Al penetrar en aquel recinto hería los oídos el grito agudo de las infelices criaturas, que, como estaban mal alimentadas, lloraban siempre y no tenían un momento de tranquilidad. Su existencia empieza con el primer sollozo de la cuna, como dice Rioja; pero todos lloran al venir al mundo y muchos se marchan de él sonriendo. Algunos, los que acababan de ingresar y no habían mamado de sus madres lo suficiente, estaban alegres y de buen color y dormían tranquilos, inconscientes de su suerte y de lo que les reservara el porvenir.

De doce, uno solía sobrevivir para holgazanear por el hospicio, mal vestido, mal alimentado y peor enseñado. Los chicos eran destinados al ejército; las chicas, al servicio doméstico, o a algo peor si la voz pública no calumniaba al cura director. Se criaban egoístamente y sin ningún afecto; sin noción de lo que es amabilidad y cariño, sus jóvenes corazones se cierran apenas abiertos: «el mundo no les protege, ni las leyes tampoco». En sus cabezas aprendía el barbero a afeitar, y todos eran visitados por los pecados de sus padres. No teniendo a nadie que los quiera y que se ocupe de ellos, se vengan de su abandono odiando a la humanidad. Su única preocupación consistía en pensar quién pudiera ser su padre y en si serían reclamados algún día y llegarían a ser ricos. Algunos, por excepción, eran adoptados por personas cariñosas que no tenían hijos, y que se interesaban por uno de los desgraciados cuneros; pero si uno de estos niños adoptados era reclamado por sus padres, tenían que entregarlo. Townshend cita una costumbre completamente oriental que se conserva en Barcelona: cuando las muchachas están en edad de casarse se pasean en procesión por las calles, y todo el que desee elegir a alguna de ellas para su mujer puede hacerlo «tirándola su pañuelo». Esta costumbre española se conserva todavía en Nápoles.

Así era la Cuna de Sevilla cuando la visitamos la última vez. Ahora, según hemos oído decir, con gran placer por nuestra parte, está admirablemente dirigida bajo un patronato de señoras que, aquí como en todas partes, son las mejores guardianas del hombre en su primera o segunda infancia, por no decir nada de todas las edades intermedias.

Nuestros lectores tendrán que convenir con nosotros en compadecer a los desgraciados que se ponen enfermos en España, pues la dolencia que tengan irá seguida de peores síntomas en la persona del médico del país, y si la opinión que de éstos tienen sus compatriotas es cierta, no les salvará ni el mismo Esculapio. Los facultativos de Madrid llevan poca ventaja a sus colegas de provincias, y aun son a veces más dañinos que ellos, puesto que siendo médicos de la mismísima corte, el paraíso en la tierra, son, según corresponde, superiores a los médicos del resto del mundo, de los que, como es natural, no tienen que aprender nada. Están, pues, un siglo atrasados, por lo menos, con respecto a sus congéneres de Inglaterra. En las naciones y en los individuos suele haber una idea falsa de las excelencias propias cuando no se tiene suficiente conocimiento de los méritos de los demás y, por lo tanto, se carece de términos de comparación; y esto es tanto más fuerte entre los menos informados y los que menos salen de su rincón. Así ocurre que, a pesar de todas las deficiencias de que iremos hablando, la presunción de la clase médica española es aún mayor que la de la militar, si es que esto es posible; unos y otros han matado a millares. Se consideran los mejores espadachines, médicos y cirujanos del mundo y los más indicados para manejar las tijeras de las Parcas. Sería una pérdida de tiempo el tratar de disipar esta fatal ilusión, y seguramente al consejero mejor intencionado se le tomaría por envidioso, malévolo e imbécil, porque ellos creen que su ignorancia es la suma perfección. Los extranjeros tienen muy pocas probabilidades de éxito entre ellos, y ni aun los mismos del país que han hecho fuera sus estudios encuentran facilidades para implantar sistemas nuevos. Sus compañeros formarían liga contra ellos por considerarles innovadores perjudiciales, no los llamarían nunca en consulta (la rama más lucrativa de la profesión), y entretanto, los confesores envenenarían los oídos de mujeres (que son las que gobiernan a los hombres), previniéndolas del peligro que correrían sus almas si sus cuerpos eran curados por un judío, o hereje, o extranjero; términos sinónimos para ellos.

Esto no obsta para que, como en los tribunales de justicia y otras muchas cosas en España, todo resulte admirablemente en el papel, pues las formas, reglas y sistema son perfectos en teoría. Los colegios de médicos y cirujanos dirigen la vida científica; los profesores son miembros de infinitas academias y sociedades; se dan conferencias, se sufren exámenes y se expiden certificados de suficiencia debidamente sellados y firmados. El Galeno de nuevo cuño sale provisto de una licencia para matar; pero lo que falta desde el comienzo hasta el fin, al paciente y al médico, es la vida. El médico sabe, no obstante, de memoria todos los aforismos antiguos, y discursea tan elocuente y plausiblemente sobre cualquier caso como los ministros puedan hacerlo en las Cortes. Ambos improvisan magníficas teorías y opiniones, para las que su espléndida lengua les proporciona palabras que parecen llenas de pensamiento. Pero lo que es deficiente es la educación clínica, en que el caso se trae ante el estudiante aplicando el tratamiento conveniente, y, como consecuencia, las muertes casuales son más frecuentes que las curas.

La disección es repulsiva y contraria a sus prejuicios, totalmente orientales, y, por tanto, los alumnos, en vez de hacer experiencias en individuos, estudian con grabados, diagramas, preparaciones y esqueletos. En España, lo mismo que en todos los pueblos de la antigüedad, y hoy en Oriente, está muy generalizada la creencia de que el tocar un cuerpo muerto contamina; y, además aun no está vencida la objeción levantada por el clero de que huele a impiedad el mutilar un cuerpo hecho a imagen y semejanza de Dios. Si me lee algún médico podrá recordar que Vesalius, el padre de la anatomía moderna, fué condenado por la Inquisición, a la hoguera, en tiempo de Felipe II, por haber hecho una operación. El rey lo envió en peregrinación a los Santos Lugares para que expiase su pecado; en el camino naufragó y murió de hambre en Zante.

No es de extrañar, pues, que con una educación semejante, la práctica de la medicina esté anticuada y conserve todos los prejuicios clásicos y orientales y sea necesariamente muy limitada. En casos de fracturas graves, heridas de bala, los médicos suelen desahuciar al paciente casi al momento, aun cuando sigan visitándole y cobrando honorarios, hasta que la muerte le libra de sus muchos sufrimientos. En los males crónicos y de menos importancia, son menos peligrosos; porque como los remedios no hacen daño ni provecho, la naturaleza obra sola y en muchos casos cura. En enfermedades e inflamaciones agudas rara vez tienen éxito, pues aun cuando son aficionados al empleo de la lanceta, la utilizan con miedo y se asombran de la decisión de los ingleses en ciertos casos en que a ellos sólo se les ocurre encogerse de hombros, invocar a los santos y pronunciar un pedantesco discurso sobre la imposibilidad de emplear en la Católica España, donde el sol es brillante y el aire templado, el mismo sistema que en la fría, húmeda, brumosa y herética Inglaterra.

La mayor parte de los españoles acomodados que pueden permitirse ese lujo, tienen su médico de cabecera y su confesor, pareja que cuida de los cuerpos y de las almas de todos los de la casa, les dan conversación y comparten con ellos el puchero, la bolsa y el tabaco. Ellos dominan al marido por medio de la mujer y los hijos, no permitiendo que sean infringidos sus privilegios exclusivos. La etiqueta es la vida de los españoles, y algunas veces su muerte, como todos sabemos (aunque los españoles juren que todo es una mentira de los franceses) después de haber oído decir de Felipe III que se dejó morir antes que alterar la etiqueta de la Corte. Cuentan que una vez estaba sentado muy cerca del fuego, y aun cuando se quemaba materialmente, no se le ocurrió ni por un momento cometer la inconveniencia de que el rey de España se moviese sólo de su sitio, y al rogar a los que estaban presentes que le separaran el asiento, ninguno se permitió la libertad de hacerlo hasta que llegó el encargado de este servicio. En el caso de una enfermedad repentina en cualquier familia, a menos que el médico de cabecera se halle presente, ningún otro se atreverá, aun cuando haya sido llamado, a tomar iniciativa alguna hasta que el Esculapio de la casa llegue. Un médico inglés, amigo nuestro, tuvo ocasión de salvar la vida de un señor, por llegar en el momento en que sufría un ataque de apoplejía, con la boca llena de espuma y luchando con la muerte, con la particularidad de que en el cuarto inmediato estaba otro médico sentado tranquilamente en la camilla fumando al lado del brasero y charlando con las señoras de la casa, pero sin asistir al enfermo, porque no era el médico de la familia. Nuestro amigo sacó instantáneamente 30 onzas de sangre del brazo del paciente, sin que ninguno de los presentes se moviese de su sitio. ¡Apolo le salvó la vida! El mismo médico fué llamado casualmente para ver a una persona que tenía una inflamación en la córnea; preguntando, supo que el individuo había consultado a varios médicos y que por todo remedio le habían recetado baños de mar, leche de burras y caldo de culebra de Chiclana. Nuestro amigo, el hereje, trató la enfermedad con cáusticos, y cuando en la consulta que se celebró dió cuenta de su sistema, los médicos indígenas se horrorizaron y asombraron, y más aun creció su asombro cuando vieron que el enfermo se puso bueno en una semana.

Es regla general que, al ser llamados por primera vez para ver a un enfermo, le miren con mucha atención, muevan la cabeza delante de las mujeres y aumenten la importancia del mal; procedimiento muy acertado para todo el mundo, pues, como todos los médicos, si no curan, matan al enfermo; si se da el primer caso, su mérito es tanto mayor cuanto más grave sea la enfermedad, y en el segundo, su responsabilidad es menor, pues el mal se considera superior a la ciencia humana. Los médicos prolongan con la mayor naturalidad la asistencia, y, como cosa rara, puede observarse que sienten la necesidad de obrar unidos; así que, en cuanto el de cabecera considera la dolencia un poco grave, pide una junta. Todos sabemos lo que es una junta española en asuntos de paz o de guerra, y una de esta clase no tiene por qué ser mejor ni peor que las demás: en ellas no se hace nada, y si se hace algo se hace mal. En estas juntas, en las que se suelen reunir de tres a siete médicos, según el bolsillo del paciente, cada uno de ellos ve al enfermo, le toma el pulso, le dirige algunas preguntas y luego se retira al cuarto inmediato, donde se reúnen todos para discutir el caso, proporcionando en muchas ocasiones al enfermo la satisfacción de oír lo que dicen. El Protomédico preside; y mientras todos encienden los cigarros, el médico de cabecera explica la enfermedad, comenzando su relato por la historia del enfermo, su constitución, la dolencia y las medicinas que se le han propinado. Después, cada uno de los presentes, por orden de edades, expresa su opinión, hablando a menudo durante media hora, y, por último, el que preside hace un resumen y algunos comentarios a lo dicho por todos. El final suele ser que se sigue con el mismo tratamiento, o se introducen ligeras modificaciones; pero lo seguro es que al día siguiente se celebre una nueva junta, en la que los honorarios son caros, pues cada uno de los que acuden en consulta cobran de tres a cinco duros. A menudo la consulta dura muchas horas, convirtiéndose al fin en una enfermedad crónica.

Debemos decir, para hacer justicia a estos hábiles doctores, que, como cuerpo, son muy cuidadosos en el vestir: el aspecto exterior, por no decir la elegancia en el vestir, encumbra a los ojos de muchos una profesión que es de crédito moral muy incierto. Y por la misma razón, ¡qué cuidado en el traje, qué brillante la botonadura de la camisa de los violinistas extranjeros cuando vienen a Inglaterra! El digno doctor andaluz de nuestra familia española, hombre de mucha ciencia, como podrían atestiguarlo dos de sus pacientes que ahora descansan en paz, no hacía visitas si no iba vestido de punta en blanco. También el matador, cuando sale a la plaza, se atavía con su mejor traje de majo. Este cuidado especial de la persona se debe en parte a la moro-ibera afición a la ostentación, y en parte, a profundos principios de Galeno y a un alto concepto de los deberes de su cargo. Las autoridades de la antigüedad recomendaban a los doctores que se presentaran ante los enfermos rodeados de todo aquello que pudiese hacer buena impresión para ser recibidos a la cabecera del enfermo como mensajeros de buenas nuevas y como ministros de la salud, no de la muerte, pues consideraban que un atavío solemne despertaba ideas tristes en el enfermo. Un traje color de ala de cuervo, unido a un aspecto académico y lúgubre, son nuncios de tristeza y luto que nadie, ni en plena salud, gusta de contemplar, y el efecto que tales facies hippocratica produce en un desgraciado enfermo cuyo estado es desesperado, puede ser fatal.

Las recetas de estos elegantes caballeros suelen ser más anticuadas que sus levitas, siendo la más corriente de todas no hacer nada, sino devengar honorarios, y que la naturaleza obre por sí sola; y así, los que son jóvenes y fuertes y no sufren dolencias muy graves, son mimados por la Naturaleza y se curan por su vis medicatrix, que, cuando no se la estorba, suele producir curas maravillosas.

El Sangrado puede atestiguar que un español, de cualquier sexo que sea, está mejor hecho que un reloj, puesto que su maquinaria tiene dentro fuerza y condiciones para regular sus propios movimientos y reparar los accidentes; y por esta causa, el relojero no tiene necesidad de desarmarlo, bastándole en la mayoría de los casos con ponerle un poco de grasa o limpiarlo para que marche perfectamente. Los remedios que se suelen emplear, cuando llega el caso, son sencillos, y son buscados más bien entre los vegetales de la superficie de la tierra que entre los minerales en sus entrañas. Las recetas externas se reducen a cataplasmas en el vientre, sinapismos en los pies, fomentos de agua de malvavisco y de manzanilla, y el cura. Los internos, tisanas, leche de almendras o de burras, cocimientos de arroz, etc., etc., se siguen unos a otros con tanta regularidad, que el novato no tiene más que repetir los pasajes médicos de las sátiras de Horacio. En ningún país, sin embargo, se puede esperar mejor que se curen las enfermedades, por aquello de que todo tiene remedio menos la muerte. Si, por desgracia, el enfermo muere, se culpa a la enfermedad y al médico. Es posible que la costumbre de los antiguos iberos fuese, después de todo, la más atinada: sacaban al enfermo a la puerta de la calle, y a todo el que acertaba a pasar le preguntaban su parecer, y las recetas que daban podían surtir tanto efecto como los santos, las reliquias, el caldo de lagarto o la leche de burras:

And, doctor, do you really think that asses’ milk I ought to drink? It cured yourself, I grant, is true but then’t was mothers’s milk to you[12].

Además, aun cuando los médicos sepan y quieran recetar con arreglo a los adelantos de la ciencia, es casi imposible que encuentren los medicamentos, como no sea en las ciudades más grandes, pues las boticas suelen estar como la famosa de Romeo, con los estantes llenos de frascos vacíos. El comercio de drogas no es libre, y no puede haber más que un número limitado de farmacéuticos, examinados, por supuesto, y con su licencia, aun cuando ésta puede obtenerse por dinero. Ninguno de ellos expenderá una medicina fuerte sin una receta firmada por un médico local; todo es un monopolio. Las drogas corrientes están adulteradas en la mayoría de los casos, o no las hay; pero, como ocurre con sus arsenales y su despensa, nunca lo confesará el boticario, pues en su casa hay de todo, y si no tiene lo necesario para componer la receta que se desea, finamente lo substituye por otra cosa, y, como las indicadas son inofensivas en el noventa por ciento de los casos, no pueden producir grandes trastornos.

Esto no es cosa nueva: Quevedo, en las Zahurdas de Plutón, presenta a un juez de faz amarillenta que azotaba a los boticarios españoles por hacer exactamente lo mismo. Porque «sus tiendas—decía el juez amarillento, sermoneando al mismo tiempo que les zurraba—, no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores, el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo». Pero éstas y otras cosas parecidas se han hecho siempre impunemente, pues, como Plinio dice, ningún médico ha sido nunca ahorcado por asesino. Una ventaja del poco crédito de médicos y boticarios, es que la masa general de la gente no se preocupa mucho de sí ni de sus dolencias, y así, escapan a las puramente imaginarias, que son las que más atormentan y las más difíciles de curar; porque ¿quién puede dar con la medicina apropiada para un mal que no existe? De esta poca fe en los remedios resulta el que se toman poquísimos, y, por lo tanto, las boticas son tan escasas en España como las librerías. No se ven por las noches globos encarnados, verdes o azules, que iluminen los escaparates, pudiendo asegurarse que en una ciudad poco importante de Inglaterra se encontrarían más farmacias que en la capital de España. Bien es cierto que en Madrid no es corriente el comer plum pudding, diluído con sidra agria y crema coagulada.

Muchas de las recetas de España se refieren a cosas de la localidad, como un manantial, una hierba, un animal, los aires de determinada comarca, los baños éstos o aquéllos; todo lo cual, sin embargo, se dice que es muy peligroso, si no se consulta previamente al médico del lugar en que radica el remedio. Baste con un ejemplo entre mil: cerca de Cádiz está Chiclana, donde invariablemente envían los médicos a todos los enfermos que no pueden curar, es decir, al noventa y cinco por ciento de ellos, para que tomen los baños de mar, que es la gran receta después de una tanda de días de leche de burras; y si esto falta, entonces se le da al enfermo un caldo hecho con una larga e inofensiva culebra, que abunda en los aromáticos desiertos cercanos a Barrosa. Hemos olvidado el nombre genérico de estos valiosos reptiles de Esculapio, uno de los cuales debería coger vivo uno de nuestros naturalistas y criarlo en el Regent’s Park, o por lo menos, comparar su anatomía con la de las exquisitas víboras que contribuyen, como ya dijimos, a que sean tan sabrosos los cerdos de Montánchez.

No podemos abstenernos de hablar de otra prescripción. Muchos de los asesinatos que se cometen en España, pueden llamarse más propiamente homicidios, pues rara vez son premeditados, y dependen muy especialmente de la facilidad que tienen las gentes para sacar la navaja, que las clases bajas siempre llevan consigo, como las avispas su aguijón. Siempre la tienen a mano cuando la sangre se calienta y antes de que empiece ningún proceso refrigeratorio. Así, en los casos en que un inglés desarmado cierra el puño, un español abre su navaja. Este instrumento ruin es fatal en pendencias de celos, cuando las clases bajas encienden su cólera en la antorcha de las Furias, y no atienden a más razón que la navaja. Y entonces la puñalada va a su sitio, pues así como los Sangrados son torpes y desconocen casi en absoluto la anatomía y el modo de manejar el escalpelo, el común de las gentes sabe a la perfección maniobrar con la navaja y el sitio en que debe asestar el golpe; y no suelen errar, pues la herida, aunque no sea tan profunda como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, «lleva lo suyo». Generalmente, las dan a la manera traicionera de sus antepasados los iberos y orientales; y si es posible un navajazo «por bajo de la quinta costilla», es lo suficiente. La hoja, como su congénere el cuchillo de Arkansas o de Bowie de los yanquis, puede perfectamente sacar las tripas de un hombre, o atravesarlo de parte a parte, de modo que se pueda mirar a través de su cuerpo. El número de muertos en romerías y ferias excede, seguramente, del que arroja la mayor parte de las batallas españolas, aunque no se suela decir una palabra en los periódicos, porque son considerados como cosa corriente, y aun los crímenes, que harían que se publicara hoja doble en nuestros diarios, en el continente apenas se mencionan, pues los extranjeros ocultan lo que nosotros publicamos sin rebozo.

En casos menores de flirteo en los que el culpable no quiere hacer un castigo ejemplar, sino solamente dejar un recuerdo, suelen dar un navajazo en la cara del contrario, diciendo al mismo tiempo, ya estás señalao. Esto recuerda el winkel quarte, la herida en la cara, que es la única salida de un estudiante alemán para salvar su honor cuando le llaman ein dummer junge, un pollo estúpido:

«Und ist die quart gesessen So ist der touche vergessen»[13].

Las expresiones: Mira que te pego, mira que te mato, son bromitas cariñosas de las que dice una maja a su majo, y, cuando sólo amenazan con la señal en la cara, dicen en Sevilla: Mira que te pinto un jabeque (que es también el nombre del afilado falucho mediterráneo). «Se burla de las cicatrices el que nunca sintió una herida»[14], pero aquellos o aquellas que han recibido un jabeque, avergonzados del estigma y no atreviéndose a mostrarse en público, sienten la natural ansiedad por recobrar la fama y la piel, cosa que sólo puede lograrse con un cosmético, panacea universal. En tiempos de Felipe IV se decía que lo mejor para hacer desaparecer esas superfluas señales era la grasa de gato, y Don Quijote afirmaba que solamente se curaban los arañazos hechos por las mujeres o los felinos con aceite de Apariccio.

Con los adelantos de las ciencias se sustituyeron aquellos medios por el unto del hombre o grasa humana. Nuestro amigo don Nicolás Molero, cirujano muy práctico de Sevilla, nos decía que antes de la invasión francesa preparaba él este específico, vendiéndolo a peso de oro; pero que habiendo sido después adulterado por empíricos sin conciencia, se había desacreditado. La receta del bálsamo de Fierabrás ha hecho romperse la cabeza a los comentaristas del Quijote, pero a nosotros nos ahorró trabajo la amabilidad de don Nicolás que puso a nuestra disposición la fórmula de esta pommade divine o, mejor dicho, mortal. «Cójase a un hombre de buena salud que haya sido muerto violentamente (cuanto más reciente la muerte, mejor), quítesele el sebo que envuelve el corazón, el cual se derritirá después a fuego lento, y clarificándolo se le coloca en un sitio fresco hasta el momento de usarlo. Los numerosos días de fiesta y ceremonias religiosas de España, que reunen a multitud de personas, combinados con el sol, el vino y las mujeres, han asegurado siempre una provisión de sujetos escogidos.

En España, como en otras partes, la manía del médico es una diversión muy cara, que las clases pobres y más numerosas, de los distritos rurales especialmente, se permiten con rareza. Las gentes, lo mismo que las mulas, están rara vez enfermas y sólo se meten en la cama para morirse. Claro está que en el partido hay un médico con el que están igualados, y cuando muere, su vacante se anuncia en los periódicos oficiales y va otro a reemplazarle. Sus modestísimos honorarios les son pagados en dinero y en especie, tanto en trigo, y tanto en metálico; el principio a que se atiende es al de la baratura y, como en nuestra nueva ley de pobres, es preferido el que contrate al mayor número de personas por la cantidad más pequeña. Sus igualados declinan a veces el prestar entera confianza en su ciencia o en su maña y consultan con más frecuencia al barbero o curandero, porque en la ortodoxa España siempre hay algún charlatán donde quiera que se trate de manejar la espada, la pluma, la lanceta o el rosario. Los hechizos, conjuros, reliquias, encantamientos, etcétera, etc., a que se recurre, son si no medievales, por lo menos muy poco cristianos. Pero la farmacopea espiritual de esta patria de Fígaro es demasiado interesante para que vaya a la cola de ningún capítulo.

Notes in this chapter

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