← Table of contents
Con la Pluma y con el Sable

LIBRO TERCERO ASECHANZAS Y EMBOSCADAS

Reading edition

I. UN OFICIO

Una mañana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer, estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le presentó un correo con un pliego. Aviraneta lo abrió y leyó, no sin cierta sorpresa, este oficio:

«Gobierno político de la provincia de Burgos. Cerciorado de la ardiente adhesión de usted al régimen constitucional, de su celo y amor por el bien público y de que, al mismo tiempo, se halla dotado de actividad y de un carácter enérgico y decidido, creo que podía usted hacer un servicio importante a la provincia y a la patria si se prestara gustoso a una comisión ardua y honorífica que trato de encomendarle.

»Para esto convendría se avistara usted conmigo sin pérdida de tiempo, viniendo provisto de lo necesario para algunos días de expedición. Dios guarde a usted muchos años. Burgos, 12 de julio de 1820.—José Marrón.»

Leyó Aviraneta el oficio detenidamente, lo guardó, y poco después se levantó de la mesa y salió a la calle.

El joven Frutos había seguido con curiosidad todos los movimientos de Aviraneta. Salió también del despacho, y en la puerta del Ayuntamiento se encontró con el alguacil Argucias.

—¿Quién ha venido con la carta para don Eugenio?—le preguntó.

—Dos hombres de Burgos, a caballo.

—¿Qué clase de hombres eran?

—Algunos milicianos, probablemente, aunque no traían uniforme.

—¿Qué habrá de nuevo?—exclamó Frutos.

—Este hombre está comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo—murmuró Argucias—. Debías abandonarlo.

—El caso es...

—No le dejéis hacer lo que quiera.

—¡Yo cómo me voy a oponer!

—Sí. Entre el secretario y tú podéis pararle los pies.

—No es tan fácil.

—Sí. ¡No ha de ser fácil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que tú sepas me lo cuentas a mí, yo se lo advertiré al párroco. Éste me dijo el otro día: «Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que esté al lado de ese hombre». Y yo le contesté: En el fondo, Frutos está con nosotros.

—¿Eso le dijo usted?

—Sí.

El joven Frutos quedó perplejo.

—No, no; yo...—balbuceó.

—¿Por qué no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen a algún lado, y entonces...

—¿Qué?

—Vas con él.

—Sí; y luego, el pueblo creerá...

—No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la Gaceta.

En esto entró Diamante en el portal, miró con desdén a los dos hombres, y preguntó:

—¿Está don Eugenio?

—No; ha salido—contestó Frutos, secamente.

—Es extraño. Me dijo que estaría.

—Ha recibido un oficio y se ha marchado.

—¿Un oficio? Voy a ver lo que es.

—Iré con usted.

Se acercaron ambos a la Casa de la Muerta y vieron a don Eugenio que estaba aparejando dos caballos en compañía de sus criados Jazmín y el Lebrel.

—¿Qué es esto?—preguntó Diamante.

—Nada; que me voy a Burgos.

—Pues... ¿qué sucede?

—Que me llama el gobernador para encargarme de una comisión.

—¿De qué comisión?

—Pues no sé cuál es.

El primer movimiento de Diamante fué de envidia.

¿Por qué le llamaban a Aviraneta y no a él? Aquel hombre había estado en la guerra de la Independencia, se había mezclado en las conspiraciones liberales, había estado en Méjico, en París, y ahora le llamaban..., y a él no.

Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.

—A usted no le molestará que yo le acompañe—dijo Diamante.

—No, hombre.

—Entonces, voy con usted.

—Y si usted quiere—dijo Frutos—, yo iré también.

—Como ustedes quieran. Pero yo no sé si tendrán ustedes que hacer algo.

—Eso allí se verá—replicó Diamante.

—Entonces vayan ustedes al hospital a verle a Valdivieso y a decirle que tenemos una comisión del Gobierno, y que nos substituyan el domingo próximo en el mando de los tercios. Yo, mientrastanto, voy a avisar a mi madre.

Diamante hizo el encargo rápidamente, y una hora después cuatro hombres, jinetes en briosos caballos, marchaban al trote largo por el camino de Lerma.

II. CONFERENCIA CON EL GOBERNADOR

Don José Marrón, brigadier de los ejércitos nacionales, era uno de tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesión no llegaba al entusiasmo firme y constante; y al ver la lentitud de la obra renovadora del liberalismo, se desilusionó en seguida y comenzó a mirar con indiferencia los acontecimientos.

Elegido jefe político de Burgos, había comenzado su tarea con ahinco, y al ver las dificultades presentadas consideró la obra como imposible al poco tiempo.

Don José Marrón se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando le anunciaron que un señor llamado Eugenio de Aviraneta quería hablarle.

Inmediatamente, abandonando el despacho, entró en un cuarto pequeño, contiguo, y dijo al ordenanza:

—Tráigale usted aquí a ese señor.

Aviraneta entró; el gobernador le dió la mano y le hizo sentar frente a él.

—¿De manera que usted es Aviraneta?—le preguntó.

—El mismo.

—¿El regidor de Aranda?

—Sí, señor.

—Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.

—No creí que tuviera fama ninguna.

—Pues sí la tiene usted.

—Me alegro.

—¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?

—No.

—El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.

—No es extraño; Cortázar es muy amigo mío, y es, como yo, masón.

—¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?

—Sí... Es decir, según de lo que se trate.

—Verá usted—y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el cuarto—. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero, preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.

—¡Ya empiezan!—exclamó Aviraneta—. No me choca.

—Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey, don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la República, y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso contaba con el infante don Carlos para influír en Fernando VII; pero no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de Policía Echevarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.

—¿Pero el movimiento sigue?

—Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del Cura Barrio. Usted estará enterado, seguramente, de que hace un mes se levantó el canónigo de la colegiata de San Quirce don Francisco Barrio en la sierra de Quintanar.

—Sí, lo sabía.

—Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido las sierras de Burgos y de Soria, deteniéndose en Covaleda y en Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y municiones y guardándolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo conmigo, el gobernador militar mandó varias columnas en persecución de los facciosos.

—¿Y han conseguido algo?

—Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el país; ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados. Además, yo sospecho que algunos, en el fondo, son absolutistas. Esto, unido a que el espíritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de veinte hombres sea inhallable.

—En Aranda se dijo que se había acabado con ello.

—Sí, eso se ha dicho; pero no es cierto, y Barrio anda campando por ahí con absoluta impunidad. Ahora, al parecer, ya no se trata sólo de la partida del canónigo, sino que se quiere dar al movimiento una gran extensión. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las provincias del Norte; el general Echevarri, Santos Ladrón, Eguía y otros sublevarán las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos se levantará en masa cuando se presente el Cura Merino, que ha salido de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio, que se engrosará con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como no tiene uno medios para hacer nada, me determiné a reunir una junta formada por el comandante general y el juez de Primera Instancia, don Modesto Cortázar. Expuse ante ellos la situación en que me encontraba, desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortázar me habló de usted. Me dijo que había sido usted guerrillero con Merino. ¿Es verdad?

—Sí.

—Es extraño. Me dijo también que conocía usted la sierra a palmos y que tenía usted amistades y relaciones en ella.

—Todo eso es cierto.

—Y concluyó afirmando que si le daban a usted medios, acabaría usted con la facción al momento.

—Tanto como eso, no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el éxito; pero intentaré.

—¿De manera que acepta usted?

—Sí, señor.

—¿Condiciones?

—Para mí, ninguna. Lo hago por amor al arte.

—¿Qué necesita usted?

—Un escuadrón de caballería con buenos caballos y buenos jinetes. Yo mismo escogeré los caballos. Formaré tres pequeñas columnas, que las mandarán dos amigos míos y yo.

—Muy bien.

—¿Qué instrucciones son las mías? Si cojo a los facciosos, ¿qué hago con ellos?

—Prenderlos.

—¿A los jefes también?

—También. ¿Le parece a usted mal?

—Muy mal.

—¿Pues qué cree usted que se debía hacer con ellos?

—Fusilarlos.

—No, no. Tomarán represalias.

—Las tomarán de todas maneras.

—No, no. Nada de fusilar.

—Esta guerra que empieza ha de ser terrible—dijo Aviraneta pensativo—. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo verá usted.

—Aunque así sea. Nada de fusilar.

—Está bien.

Aviraneta salió del despacho del gobernador y fué a encontrarse con Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en la entrevista y les expuso su plan.

Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.

Diamante fué el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre infatigable y enérgico, y había de hacer los imposibles para alcanzar al cabecilla y lograr el éxito.

Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas. Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doña Urraca, y al día siguiente fué a Santo Domingo de Silos.

Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.

Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.

Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles. Inmediatamente dió orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo, con la consigna de no dejar escapar una mosca.

Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.

Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.

La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los irruptores de su casa.

—¿Tomarán ustedes algo?—preguntó.

—Yo, una taza de chocolate—contestó Aviraneta.

—Nosotros veremos si hay alguna cosa más sólida—dijo Frutos.

Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.

—¿Usted es el alcalde del pueblo?—preguntó Aviraneta.

—Sí, señor.

—Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin rodeos.

—Sí, señor.

—¿Dónde está el forastero que vino ayer al pueblo?

—Ayer no vino nadie al pueblo.

—Ayer o anteayer, es igual. ¿Dónde está el que ha venido al pueblo a hablar de parte del Cura?

—Yo no lo he visto.

—¿Pero usted sabía que estaba aquí?

—No, señor.

—Entonces, ¿cómo ha dicho que no lo ha visto?

—Porque no lo he visto.

—Pero sabía usted que estaba, si no, no hubiera usted dicho que no lo había visto.

—No, señor, no sabía que estaba.

—Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engañan.

—Está bien.

—Otro testigo—dijo Aviraneta.

Entró un vecino y comenzó un nuevo interrogatorio.

Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta de la posada atraídos por la patrulla de caballería.

Aviraneta, después de interrogar a varios vecinos, se convenció de que el pájaro había volado.

—No tenemos suerte—le dijo a Frutos—. Almorzaremos y seguiremos adelante.

Al mismo tiempo que se hacían estos interrogatorios en la posada, un bulto negro había intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos soldados de caballería.

—Alto, ¿quién vive?—dijeron los soldados.

—España.

—¿Qué gente?

—Gente de paz.

—¡Adelante!

El hombre dió varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al individuo.

—Dese usted preso—le dijeron—; y cuatro manos le sujetaron.

—Preso, ¿por qué?

—Eso ya se lo explicarán a usted.

Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo, llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante iluminaba la estancia.

—¿Da usted su permiso?—dijeron los soldados.

—¡Adelante! ¿Qué ocurre?

—Que traemos un preso.

—¡Cristo!—exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro—. El Cura Merino.

—El mismo soy, ¿qué me quieren?

—Vigilad la puerta—dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín—; que este hombre no se escape.

Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.

III FRENTE A FRENTE

Quedó la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura Merino, con voz agria, preguntó:

—¿Quién manda aquí? ¿Por qué se me prende?

—El canónigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos montes—repuso Aviraneta.

—Eso ¿quién lo dice?

—Lo digo yo.

—¡Esa voz, ese tipo!—murmuró el Cura extrañado acercándose a Aviraneta—. ¿Eres tú, Pisaverde?

—Soy yo, señor cura.

—¿Tú eres el que manda esta patrulla?

—El mismo.

—¿El que me ha mandado prender?

—Sí, señor.

El Cura cogió una silla y se sentó en ella.

—¿Qué piensas hacer conmigo?—dijo tras un momento de silencio.

—No sé lo que hará el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un poco de poder—añadió con acento duro—, antes de cinco minutos estaría usted fusilado.

El Cura se estremeció, se levantó de la silla y echó una mirada a su alrededor.

—No se canse usted. No puede usted escapar—dijo fríamente Aviraneta.

—¡Echegaray!—exclamó el Cura—. Tú no puedes tener motivo contra mí... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...

—Sí, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.

—No, tonto. ¿Crees que si hubiera querido fusilarte te hubiese encerrado en aquella casa? No. Quería asustarte nada más, hacerte reflexionar, llevarte por el buen camino...

—¿El buen camino del absolutismo?

—El absolutismo y la religión son las únicas cosas que pueden salvar a España.

—Yo creo todo lo contrario, que la Libertad y la Constitución nos han de salvar.

—Pero, Echegaray, España no es de hoy; vive hace muchísimos siglos...

—Sí, vive hace muchísimos siglos mal, entregada a la barbarie, al fanatismo...

—No seas necio... Yo te probaría...

—No me probaría usted nada... Yo sí que le probaría, si tuviera tanto así de fuerza, que le fusilaba sobre la marcha.

—Bueno, fusílame... Fusila a tu antiguo jefe..., a un sacerdote indefenso...

—Nada de comedias, don Jerónimo... Ya le he dicho a usted que no le fusilo porque no tengo fuerza...

—¡Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no quieres...

—Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando eventual. Mis tropas no me conocen; quizá no me obedecieran si les ordenara su fusilamiento. Son además gentes supersticiosas. Saben ya que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que matar a otro hombre.

—¿Y tú, no?

—Yo, no. Yo dejaría los santos huesos del ministro del Señor aquí, revueltos con el estiércol, en esta tierra donde tanta sangre ha derramado usted.

—¡Sacrílego! ¡Bárbaro!

—¿Pero de verdad cree usted, don Jerónimo, que usted es persona sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado..., que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo un pequeño Merino, usted que ha robado...

—¿Yo robar?

—Para el partido, no para usted.

—¡Ah! Eso es otra cosa.

—¿De manera que usted se cree sagrado? ¿Usted cree que son sagrados todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados de bellaco? Extraña idea.

—Para ti, que eres masón e impío muy extraño.

—Y para usted debe serlo también, si alguna vez hace examen de conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.

—Gracias, hijo.

—No, no la tiene usted. Usted es una alimaña, una fiera... Ahora que es usted un gran militar... Eso es cierto.

—Vamos. Veo que me concedes algo.

—¿Por qué no? Por eso precisamente le fusilaría a usted si pudiera, porque sé que ha de hacer usted mucho daño a España, a la Libertad, a la civilización. Sí, le fusilaría a usted, no por venganza, sino como quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviaré a usted con escolta a Burgos; allí el gobernador le soltará un discurso severo. Usted a todo dirá que sí; luego el señor arzobispo, con la superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al año, le dirá que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarán suelto, y dentro de un par de meses estará usted aquí de nuevo sublevando el país. En fin, si me coge usted, don Jerónimo, ya sabe que me puede fusilar sin remordimiento.

—No, no te fusilaré.

—¡Jazmín!—llamó Aviraneta.

—A la orden.

—Llama al sargento.

Entró el sargento en el cuarto.

—Sargento—dijo Aviraneta—, hay que conducir a este señor, que es el Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algún carricoche en el pueblo.

—Sí, hay uno.

—Decomisadlo, y que lo aparejen.

Salió el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmín quedaron en el cuarto.

Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de Aviraneta, y, al recordarlas, la cólera le subía en ráfagas de sangre a la frente.

Aviraneta sonreía, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.

Un cuarto de hora después el sargento entró diciendo que ya estaba preparado el birlocho.

—¿Lo atamos?—dijo, señalando a Merino.

El Cura se levantó furioso y miró al sargento de tal modo que lo intimidó.

—¡Atarme a mí!—exclamó.

—No hay necesidad de atarle—dijo Aviraneta fríamente—. ¿Cuántos hombres van?

—Veinte.

—¿El cochero es del pueblo?

—Sí.

—Sustitúyanlo ustedes por un soldado. ¡Bueno, don Jerónimo, a montar!

El Cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó las escaleras, cruzó el zaguán de la posada y subió en el vehículo.

La escolta, mandada por el sargento, rodeó el coche, que tomó el camino de Lerma. Una hora después Aviraneta y Frutos, con su gente, volvían a Santo Domingo de Silos, y de aquí se encaminaban a Hontoria del Pinar.

IV. LA PARTIDA DE BARRIO

Descansaron Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar. Aviraneta averiguó que Barrio, perseguido por Diamante, había entrado en la provincia de Soria, dirigiéndose a la sierra de Yanguas, y al saberlo envió un parte al jefe político de Soria indicándole la dirección de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de soldados o de milicianos a su paso.

Mandó a un aldeano con el parte, y al día siguiente salieron Frutos y Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanzó hacia San Leonardo, y Aviraneta recorrió Covaleda y Vinuesa.

Tenían como punto de reunión Hinojosa de la Sierra.

Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante seguía persiguiendo al Cura Barrio por Salas y Quintanar; que aquí se habían metido los dos en las sierras de Hormazas y de Santa Inés, y que iban por el momento uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.

La única solución del Cura Barrio para no verse obligado a internarse en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era, o entrar en tierra aragonesa, solución mala, no conociendo el terreno, o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.

Aquí supieron que el Cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba descansar un momento, ni de día ni de noche, se habían rendido y entregado las armas al alcalde de Yanguas.

Diamante no pudo coger el fruto de su persecución, porque al día siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas, se presentó una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.

Diamante, indignado, los reclamó; el jefe de la columna no quiso entregarlos, y se dirigió con ellos hacia la capital. Al encontrarse en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta éste dió al comandante explicaciones de cómo habían salido en persecución de Barrio desde Burgos, y el comandante entregó los prisioneros.

Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus fechorías, y, además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.

Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.

Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclamó entristecido:

—¡Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?

—No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.

—¡Qué lástima!—exclamó Diamante.

Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos; pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo agradecería.

El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado por Aviraneta, y al día siguiente los tres jefes de los tercios de Aranda volvían a esta villa.

V. HOSTILIDAD POPULAR

Todo Aranda se enteró bien pronto de lo que habían hecho Aviraneta y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los absolutistas consideraron que había cometido una violencia y hasta un sacrilegio al prender al Cura Merino.

El charlatán del pueblo, voceador de los absolutistas, la Gaceta, añadió al suceso detalles de su invención para pintar más odiosos a Aviraneta y a Diamante.

Se habló de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del señor Sorihuela, disparó a Aviraneta una carta impresa, con este título:

«Epístola a un Avioncete tirano (pajecillo masónico de Marte).»

La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, año primero de la Libertad de Disparatar, y tenía como lema esta frase en latín:

Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi Paraboli).

El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto a los Tentiritas, que sólo al oír sus voces se llena de pavor; no de otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo, las cartas de los eruditos.

(De las parábolas de Erasmo.)

En su carta, el clérigo derrochaba erudición, pedantería y gracia zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.

La Gaceta llevó la carta dedicada al Avioncete tirano por todas partes; la gente se rió de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta, deseando vengarse, contestó imprimiendo otro escrito, que no tenía la erudición ni la gracia de la del cura, pero sí mayor precisión y brutalidad. Se titulaba:

«Epístola al clérigo Caspa (licenciado en Baco y en Sodoma).»

La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de la Cochambre, año primero de los Malos Usos y Costumbres.

El escrito de Aviraneta indignó a la mayoría de la gente.

—Eso es una grosería, un disparate—dijeron las personas de orden, y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocación había partido del cura.

La réplica quitó las ganas al clérigo de seguir satirizando a don Eugenio.

El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progresó. Aviraneta continuó su vida ordinaria.

Pasaba la mañana en el despacho, y después marchaba a su casa, para la que había traído una buena colección de libros. Luego comía con su madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera, visitaba la confitería de doña Manolita y la relojería del suizo, y por las noches, después de cenar, iba de tertulia a casa del juez, donde hablaba y bromeaba con Rosalía y Teresita.

Los domingos, al amanecer, solía ir a cazar con el Lebrel, y volvía para la hora de comer.

VI. LA VID

A principio de invierno Aviraneta recibió orden del Ministerio de Hacienda para que pasara al próximo convento de La Vid a hacer el inventario de las propiedades monacales.

La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en las márgenes del Duero.

La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tenía varias casas en España, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de Campóo, La Vid, y alguna otra en Cataluña.

Las fundaciones premonstratenses procedían en España de su casa matriz Santa María de Retuerta y habían sido protegidas por Alfonso VII.

La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador hasta el año 1532, en que Clemente VII estableció que este monasterio tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregación.

El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros, asentado a orilla del Duero. Tenía un puente largo y estrecho de piedra, de nueve ojos, sobre el río, y magníficas propiedades, prados, campos, bosques y dehesas.

El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una fachada recargada y barroca y una espadaña de varios pisos.

Por dentro era grande y ofrecía la particularidad de ser un cuerpo de tres naves con el techo sólo de una, como la catedral de Coria.

Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas del cardenal arzobispo de Burgos, don Iñigo López de Mendoza, y de don Francisco de Zúñiga y Alella, conde de Miranda, desde el año 1552 hasta el 1562.

El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco, testamentario del cardenal Mendoza, en unión del conde de Miranda, extendieron en 1.º de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la obra de la capilla a favor de Hierónimo de Quincoces, a condición de que había de residir en el monasterio mientras durase aquélla, tener un libro de cuenta y razón donde constara lo que recibiese y gastase, y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales y peones, asignándole para su salario y acostamiento diez y ocho mil maravedises al año, a contar desde la fecha.

Duró Quincoces en su mayordomía hasta el año 1558, en el cual le sustituyó Diego Daza, que terminó las obras en 10 de junio de 1562.

En el convento, de sólida construcción, lo más notable era el claustro, el coro y las escaleras.

Las antiguas viviendas de los frailes se señalaban por lo grandes, cómodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se veía que había sido lo más trascendental en aquella santa casa.

Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el Lebrel, Diamante y cuatro milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el sargento Lobo.

El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un labrador de Vadocondes.

Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.

El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una paliza hasta pegarle cuatro tiros.

Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.

No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.

Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y bosques.

La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.

La Gaceta apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.

Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta de la cólera de los vecinos.

Todas las maniobras del inventario se hacían por procedimientos militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.

Aviraneta no había querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivían en el monasterio, en la misma sala. Se hacía la comida en la cocina de la portería y se dormía en el archivo, que estaba encima de la biblioteca.

La biblioteca era un salón alto, con el techo abovedado y pintado. La bóveda tenía en medio una gran composición con figuras desconchadas, y en los cuatro ángulos, los evangelistas con sus atributos.

Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo, en la misma bóveda, se abrían en las gruesas paredes unas claraboyas, por las cuales se veía el cielo y las cumbres de los árboles próximos.

Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba un zócalo en la biblioteca. Encima de los armarios se veían algunos lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos terráqueos hechos de madera y hierro.

En medio del salón había una mesa maciza y grande.

El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ángulo de la sala había en la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.

De esta biblioteca se salía a varias habitaciones estrechas y obscuras, y de una de ellas partía una escalera que iba a otro departamento destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y con el piso de madera.

Tenía una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, había armarios de nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos, negros del polvo y de las moscas.

Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente. Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.

Desde él se podía mirar quién venía por el puente.

El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas de paja para los milicianos.

Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de centinela arma al brazo.

VII. AUTO DE FE

Una noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos intentaron encender la chimenea del archivo.

Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que tenían para las camas.

—Pues aquí no nos puede faltar papel—murmuró Aviraneta.

Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.

—Esto no arderá—murmuró Aviraneta—. ¡Eh, muchachos!

—¿Qué manda usted?

—A ver si encontráis por ahí tomos en papel.

Jazmín, el Lebrel y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron cada uno una espuerta de libros.

—Buena remesa—dijo Aviraneta—. Usted, Diamante, que ha sido cura.

—¿Yo cura?—preguntó el aludido con indignación.

—O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí, patrocina la cultura... He dicho.

Diamante cogió el primer volumen al azar.

—Aurelius Augustinus—leyó—. De Civitate Dei. Argumentum operis totius ex-libro retractationum.

—San Agustín—exclamó Aviraneta—. Santo de primera clase. ¿No lo quiere nadie?—preguntó—. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante, licenciado.

—San Jerónimo: Epístolas.

—¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.

—Santo Tomás: Summa contra gentiles.

—Santo Tomás—dijo Aviraneta con solemnidad—, el gran teólogo de... (no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos paganos. ¡A ver esos papeles!

—Carta de Alfonso VII, el Emperador—leyó Diamante—, otorgada en unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos, con la condición de que ibi sub beati augustini regula comniorantes abbatiam constituatis.

—Bueno; eso se puede dejar por si acaso—dijo Aviraneta—. Sigamos.

—Fray Juan Nieto: Manojitos de flores, cuya fragancia descifra los misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos, enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

—Don Eugenio—dijo uno de los milicianos sonriendo.

—¿Qué hay, amigo?

—Que yo me quedaría con ese Manojito.

—Dadle a este ciudadano el Manojito—exclamó Aviraneta.

—¿Para qué quiere esa majadería?—preguntó Diamante.

—Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el Manojito. ¡A ver el Manojito! Necesitamos el Manojito. La patria es bastante rica para regalar a este ciudadano ese Manojito.

Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:

—Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San Anselmo.

—¿No las quiere nadie?—preguntó Aviraneta.

—Tienen buen papel, buenas hojas—advirtió Diamante.

—¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.

—Otra carta de donación otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio de Santa María de La Vid y a su abad Domingo de meam villam que dicitur Guma, con todas sus pertenencias y términos de una y otra parte del Duero, et inter vado de Condes et Sozuar.

—Dejémoslo. Adelante, licenciado.

—Fray Feliciano de Sevilla: Racional campana de fuego, que toca a que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí penan.

—Al fuego inmediatamente.

—Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y marcando los límites de Vadocondes y Guma.

—Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban!—exclamó Aviraneta.

—Otra donación de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuño de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos alfonsinos.

—Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a don Nuño—dijo Aviraneta.

—Augustinus: De prœdestinatione sanctorum.

—Al fuego. Siga usted, licenciado.

—Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de Vadocondes y Guma, hecha «en el anno que don Odoart ffijo primero e heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos. Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de Niebla, y otros vasallos del Rey».

—¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.

—Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta, mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida toledana «e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con él viniesen».

—Siempre comiendo esa gente—dijo Aviraneta.

—Otro censo—leyó Diamante—a los vasallos de la granja llamada de Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.

—Bueno, bueno; basta ya—exclamó Aviraneta—; nos vamos a empachar. Todo lo que esté manuscrito dejarlo, y lo que esté impreso, ya sea un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para calentarnos.

Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas las noches.

VIII. NOCHEBUENA EN LA VID

El día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron espléndidamente en el convento.

Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.

El Lobo y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.

Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.

Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y no se ocupaba de detalles vulgares.

Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.

Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.

Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona; sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente, llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba las horas, las medias horas y los cuartos.

Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.

Este escudo era del cardenal don Iñigo López de Mendoza, arzobispo de Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.

En el silencio se oían las ratas, que corrían por los armarios royendo las maderas y los pergaminos.

—Hablemos, contemos algo—dijo Aviraneta.

—¡Qué vamos a contar!—murmuró Diamante.

—Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la vida.

—Pues empiece usted—dijo Diamante.

Aviraneta contó su mejor Nochebuena en Irún, de joven, y la peor, guarecido en una cueva del Urbión, en la época en que estaba en la partida de Merino.

Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que había pasado.

El Lobo dijo:

—Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la Independencia, que todavía al pensar en ella se me ponen los pelos de punta.

—¿Qué fué?

—Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos. No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos; pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.

Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: le lup, le lup. Los tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco, cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.

Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí; yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué; él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.

Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.

Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a salvar.

—Un Lobo contra otros lobos—dijo Aviraneta.

—Eso es.

—Fué una Nochebuena superior esa.

Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la puerta.

El Lebrel, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.

—¿Quién es?—preguntó.

—¿El señor don Eugenio de Aviraneta?

—Aquí es.

—Traigo una carta para él.

—¿De quién?

—Del señor González de Navas, juez de Arauzo.

—Ahora vamos.

Aviraneta, acompañado del Lebrel y de Jazmín y alumbrando el camino con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus fusiles.

Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la carta y la leyó. Decía así:

«Estimado Aviraneta: Sé que hay varios hombres bien portados y montados de noche y de día en los alrededores de La Vid que le esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los demás son dos o tres absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga usted solo, sobre todo de noche.—González de Navas».

—¿Va usted a volver a Arauzo?—preguntó Aviraneta al propio.

—Sí, pero no tengo prisa.

—Entonces, quédese usted aquí. Estará usted más seguro.

—¿Por qué?

—Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted con uno de nosotros.

—Entonces, me quedo.

IX. SAN MARTÍN CON SU CAPA

Volvió Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible ataque de Merino, y el Lebrel, que era de Vadocondes, explicó cómo se había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de los ladrones, que querían robar la iglesia.

—Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia—contó el Lebrel—, mejor dicho, unos meses después.

Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.

—Lo conocí—dijo Aviraneta.

—Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta de la iglesia al altar mayor.

A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron, y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar al altar mayor.

A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.

El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.

Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del Lebrel, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.

Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes. El Lebrel, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se levantaron de al lado del fuego.

Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le ocurrió una estratagema.

Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la luz de su farolillo por las estatuas.

Aquel spolliarium era cómico de día y trágico de noche. Un santo con una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el aire como pidiendo misericordia.

Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a caballo, y con un brazo de menos.

—Este muñeco nos va a servir—dijo don Eugenio.

—¿Para qué?—preguntaron Diamante y Jazmín.

—Ahora verán ustedes—replicó él.

Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.

—¿Qué quiere usted hacer?—le preguntaron.

—Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.

Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que cabalgara le bastaba a don Eugenio.

Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.

—¡Lebrel! ¡Jazmín!—gritó luego.

—¿Qué manda usted?

—Aparejad los caballos y traedlos aquí.

Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos al zaguán.

—Ahora—dijo Aviraneta a Diamante—, pónganse todos ustedes en las ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el Lebrel con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a avisarme.

Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el Lebrel volvió al zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a alguien:

—Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.

La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se oían ladridos de perros.

El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.

Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos. Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron; después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La Vid.

Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.

El herido declaró que él había ido con la Gaceta desde Aranda; que en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con otros dos que no conocía.

—A ese manflorita de la Gaceta—dijo el Lobo—, cuando le eche la mano encima, le voy a poner como nuevo.

A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el Lebrel, Diamante y los cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel González de Navas.

La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda. Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz al sentirse odiado por la canalla.

—No acabará bien ninguno de los dos—decía la Gaceta por todas partes.

Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el vaticinio de la Gaceta no le inquietaba gran cosa.

A Frutos se le compadecía.

—El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas compañías—decía la Gaceta.

Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprendía era la tenacidad de Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de obrar, pero no los motivos políticos o de bien general.

X. EL DILEMA DE DOÑA NONA

Durante el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando mucho en sus tres cargos.

Por aquella época la Milicia tenía misiones de policía que cumplir, porque había muchos ladrones y malhechores en el campo.

Todos los días Aviraneta iba a casa del juez. Discutía mucho con don Francisco.

A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto, unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no: que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.

Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta. Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.

Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.

Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.

Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.

De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca. Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las obsequiaba galantemente...

Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y algunos aseguraban que diez mil.

La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.

Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios al país. Aviraneta contestó:

—Veremos a ver si nos llaman.

—¡Qué llamar! Hay que ir.

Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se encontraba la comarca.

Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.

—¿Qué querrá?—se preguntó Aviraneta.

Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a don Eugenio.

Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.

—Pero, señora, ¿por qué?—preguntó Aviraneta.

—Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.

—¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?

—No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero, como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán de usted.

—¡Bah!

—Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo Diamante.

—No lo creo.

—Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo que es en los pueblos, ninguno.

—Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña Nona?

—Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en ese caso no aparezca usted por aquí.

—Señora, me mata usted.

—Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no. Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.

—Juzga usted las cosas de una manera...

—Es que para mí no hay mas que esas dos soluciones.

—¿Y ha preguntado usted a Rosalía?

—No; ni pienso preguntarle nada. Rosalía hará lo que sus padres manden.

Aviraneta quedó callado, mirando al suelo; quería encontrar una solución para resolver el conflicto, pero no daba con ella.

—¿Y en el caso de que Rosalía quisiese, no le parecería a usted bien, por ejemplo, que su hija y yo viviésemos en Francia, en un pueblo de la frontera, donde yo tengo familia?

—No, no.

—Así a ella no le podía ocurrir nada.

—A ella, no; pero a usted, sí. Vivir en el extranjero, con el marido perseguido, quizá preso, ¡bonita situación!

Doña Nona salía inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurría nada.

—Ya se lo he dicho a usted—terminó diciendo doña Nona—; no hay más solución que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.

Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.

Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su familia y se casara con él.

Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día siguiente le diera la carta a Rosalía.

Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y tuvieran el santo temor de Dios.

Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.

Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.

Poco después fueron a buscarle Diamante y el Lobo.

Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les dieron las gracias.

—Está usted en un error, Aviraneta—dijo Diamante hablando con serenidad—; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad o muerte.

—Eso es: libertad o muerte—exclamó el Lobo con furia.

—Ahora mismo debemos marcharnos—indicó Diamante.

—Sí, ahora mismo—replicó el Lobo.

—Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo—añadió Aviraneta—; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.

Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando el modo de aplacarla en estos términos:

«Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución. ¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad? ¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible. Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.

»A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si Rosalía no me olvida, yo encontraré una.

»Es de usted atento s. s., q. b. s. p.—E. de Aviraneta.»

Después escribió una esquela a Rosalía.

Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al Lebrel; luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el Lobo y los dos criados, que venían con los caballos de las riendas.

Aviraneta montó en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino de Burgos.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings