LIBRO PRIMERO DE VERACRUZ A ARANDA
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I. LOS HILOS DE LA VIDA PASADA
Unos meses solamente habían transcurrido desde la salida de Aviraneta de Veracruz a su llegada a Aranda de Duero, pero estos meses abundaron en acontecimientos.
Cierto que los sucesos ocurridos a don Eugenio no fueron de aquellos en los cuales él representara el papel de protagonista, sino más bien el de comparsa.
A esto se debió, sin duda, el que Aviraneta no tuviese gran interés en contarlos. Sólo gracias a la inteligencia del cronista aviranetiano, don Pedro Leguía, se conocen en detalles.
Se habían embarcado en Veracruz, en la fragata Estrella, Aviraneta, el oficial don Ignacio Arteaga, enfermo, gravísimo, y su mujer, Mercedes, en meses mayores.
Arteaga estaba desahuciado y no tenía más anhelo que morir en España y que su hijo o hija naciera en la Península.
La suerte no lo quiso así: la travesía fué muy larga y fatigosa, y quince días después de salir de Veracruz, Arteaga moría, y pocas horas más tarde, Mercedes daba a luz una niña, que se llamó María del Coro.
Aviraneta tuvo que cuidar de la madre y de la niña. La viuda quiso levantarse inmediatamente para ver el cadáver de su marido, y Aviraneta, no pudiendo convencerla con razones, cerró con llave el camarote, y a pesar de las lágrimas y de las amenazas de Mercedes, no la dejó salir.
Los días siguientes, Aviraneta tuvo que estar de niñero, paseando en brazos a la criatura hasta que la madre pudo levantarse.
Después de una penosa travesía, la viuda de Arteaga, su niña y Aviraneta desembarcaron en Burdeos.
Mercedes tenía la idea de trasladarse a Pamplona o a Laguardia. Aviraneta deseaba acompañarla, y con este motivo los tres fueron en la diligencia a Bayona.
Aquí la viuda de Arteaga quiso quedarse unos días a comprar ropas; pero los días se convirtieron en semanas, las semanas, en meses, y Mercedes decidió vivir provisionalmente en Bayona.
Dejó la fonda y marchó a instalarse a una pensión. Se bautizó a la niña en la catedral y fué padrino don Eugenio.
Durante este tiempo, Aviraneta se presentó en Bidart a visitar a Etchepare, y se acercó a Irún, donde pasaba una temporada su madre. Aviraneta quería entrar definitivamente en España; pensaba que más pronto o más tarde intervendría en la política española, aunque por entonces no tenía proyecto alguno.
Mercedes se había acostumbrado a consultar con Eugenio a cada paso. La viuda de Arteaga estaba muy guapa, muy interesante y melancólica.
Alguna vez se le había ocurrido a Eugenio la idea de casarse con ella y convertir a Corito de ahijada en hija, pero pensaba que el recuerdo de Ignacio se le interpondría siempre como una imagen difícil de borrar. Ignacio Arteaga había sido para él de estos amigos a quienes se quiere más que se estima, que son como parte de uno, que estorban a veces, pero que es imposible olvidarlos.
Aviraneta, al llegar de nuevo a Europa, no había cumplido veintiocho años. Su pelo, rubio, comenzaba a clarear y le preparaba una calvicie prematura. Aviraneta tenía aplomo y sabía dominarse. Vestía con elegancia un poco siniestra, que le daba aspecto de viejo.
Aviraneta no tenía proyectos; pensaba que si seguía viviendo en Bayona de aquella manera plácida, era posible que acabase allí su vida de conspirador.
Qué cantidad de necesidad, qué cantidad de casualidad hay en la vida de los hombres, nadie lo sabe.
En este momento el destino no quiso que las grandes facultades de maquinación y de intriga de don Eugenio se perdieran, y produjo una coyuntura para emplearlas.
Visitaba la pensión de la viuda de Arteaga, en donde había una familia española, un cura vizcaíno.
Este cura se relacionó con Mercedes, y por Mercedes se hizo amigo de Aviraneta. Se llamaba don Pedro Ignacio de Gondraondo y había sido párroco de la anteiglesia de Gatica, en Vizcaya.
No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipatía personal por los curas; al revés, se entendía bien con ellos. Gondraondo era hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de sí mismo, como buen vizcaíno. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos. Pasearon juntos, hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le contó su vida de guerrillero con Merino, su expedición con Riego por Europa y sus aventuras de Méjico.
Luego añadió:
—También tomé parte en una tentativa revolucionaria, bastante misteriosa, dirigida por Renovales y Richart.
—Hombre, ¡qué extraño!—exclamó el cura.
—¿Por qué?
—Por que yo también intervine en esa conspiración—contestó Gondraondo.
—¿De verdad?
—Sí, señor; no es broma.
El cura, efectivamente, había sido amigo de Renovales y tenido ocultos durante unas semanas a los conspiradores en su casa de Gatica. Después del fracaso de la conspiración preparó un barco en Plencia, en el que huyeron los revolucionarios bilbaínos. Los realistas olfatearon la complicidad, y Gondraondo fué perseguido por el Gobierno, y tuvo que emigrar, y quedó arruinado.
Es siempre curioso, cuando dos personas toman parte en un mismo acontecimiento sin conocerse, la distinta manera como lo recuerdan. El cura de Gatica no conocía lo que Aviraneta y el barón de Oiquina habían hecho en Madrid; en cambio, Aviraneta no sabía con detalles lo ocurrido en Bilbao.
—¿Y se sabe lo que ha sido de Renovales?—preguntó Gondraondo.
—Está en Nueva Orleáns; fué a vivir allí después de su expedición fracasada a Méjico. Parece que hizo un convenio con el embajador de Londres.
—Cierto—dijo Gondraondo—; ese convenio se pactó entre Renovales y el duque de San Carlos, y se ha respetado. Según han dicho, el Ministerio no quería aceptarlo; pero el general Eguía, como paisano nuestro y de Renovales, consiguió que se respetase.
Después de hablar de estos sucesos pasados, el cura de Gatica preguntó a Aviraneta si no trataba a los emigrados españoles de Bayona.
—No, no conozco a ninguno—contestó Aviraneta.
Gondraondo citó el nombre de los emigrados que estaban allí. Se encontraba entre ellos Salvador Manzanares; había otros varios a quienes Aviraneta conocía de nombre como afiliados a la conspiración del Triángulo.
—¿Y dónde se ve a esa gente?—preguntó Aviraneta.
—Salen muy poco, y de noche. Están vigilados por el Gobierno francés muy de cerca. Si usted quiere, yo le llevaré adonde se reúnen.
—Bueno, aceptado.
Efectivamente, unos días después, de noche, fueron a una casa vieja del barrio de Saint-Esprit. Entraron en un cuarto pequeño, con un papel rasgado y sucio, en el cual se veían clavados con tachuelas retratos de Lacy, Porlier, el Empecinado y Mina.
En el testero principal, encima de la mesa, había una estampa grande que, por su aspecto, era inglesa.
Representaba a Fernando VII en su trono, vestido de payaso y con un gran gorro puntiagudo de bufón, terminado por una campanilla. En el gorro se leía la palabra superstición. En una mano, el rey tenía un cetro pesado, y en la otra mano, una calavera: España. A un lado de Fernando estaba sentado el Diablo, y al otro, el padre Cirilo, que hablaba al déspota de un modo insinuante. Alrededor del trono se levantaban los patíbulos de Lacy, Porlier, Richart, y la casa de la Inquisición, a cuya puerta un diablillo quemaba un número de El Español Constitucional, el periódico que por entonces publicaban en Londres Blanco White y sus amigos.
El cura de Gatica acercó la lámpara a la pared para que Aviraneta contemplase la estampa.
Luego estuvieron los dos hablando hasta que fueron llegando varias personas. Eran casi todos oficiales huídos de España, por haber tomado parte en las conspiraciones últimas de Barcelona y Valencia.
Los dirigía Salvador Manzanares, oficial de Artillería, muchacho activo, valiente, emprendedor, efusivo y lleno de iniciativas.
La mayoría de los reunidos eran jóvenes; pero no faltaban dos o tres viejos.
Entre éstos se encontraba Sanz de Mendiondo, el Manco, hombre ardiente, oficial de Mina, cómplice de Porlier, que había pasado dos años en la cárcel de La Coruña, de la cual pudo escaparse. Mendiondo seguía animado de un gran entusiasmo, que no le quitaban las enfermedades ni los años.
Manzanares, al saber que Aviraneta había pasado bastante tiempo en Méjico, le explicó los trabajos que se llevaban a cabo en España y las esperanzas que se tenían de que la Revolución triunfase. Don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, estaba dispuesto a dar el grito, y todo el ejército expedicionario que pensaba el Gobierno enviar a América se hallaba ya comprometido. Hacía unos días que acababa de pasar por Bayona un oficial de Artillería, Rodríguez Acuña, venido de España a avisarles que estuvieran dispuestos.
Aviraneta, en seguida expuso sus observaciones, lo que se debía hacer, las medidas que se debían tomar, todo con la claridad y astucia que le caracterizaban.
La mayoría de los liberales aceptaban los puntos de vista de Aviraneta; algunos se pusieron en contra de sus opiniones. Manzanares fué de los primeros, e indicó a Aviraneta que volviera a la reunión.
A la segunda entrevista, Manzanares le dijo:
—¿Tú puedes entrar en España sin peligro?
—¡Pse! Sin gran peligro.
—¿Tendrías inconveniente en ir?
—Hombre, no.
—Pues entonces, vete. Dirígete primeramente a Madrid, observa lo que pasa; luego, marcha a Sevilla, y después, a Cádiz. Entérate de los planes de Riego. De Cádiz sal para Gibraltar, y de aquí nos mandas un relato de lo que ocurra.
Aviraneta aceptó la comisión y se dispuso a desempeñarla.
Manzanares le dió recomendaciones en Madrid para mucha gente, a quien podía pedir noticias e informes.
II. EN MADRID, DE PERFUMISTA
Aviraneta pensó que para entrar en España le convenía un disfraz. Ciertamente, nadie o casi nadie le conocía.
La gente de Merino probablemente no estaría en las ciudades. El único contratiempo serio hubiese sido encontrarse con Cecilio Corpas, Freire o con alguna otra persona que hubiese intervenido en la conspiración del Triángulo.
Pensó Aviraneta si estaría bien marchar vestido de peregrino o de fraile; pero supuso que quizá fuera comprometido.
Luego vaciló en pasar por indiano rico o por vendedor de drogas y de artículos de perfumería, y se decidió por esto. Como su verdadero nombre, Aviraneta, no lo conocía nadie, se le ocurrió usarlo italianizado y llamarse Aviranetti. Un perfumista entrometido no es cosa que choque, y con el pretexto de vender sus pomadas, cosméticos y bandolinas pudo andar por todas partes.
Aviraneta compró en una perfumería varios frascos de aceites, perfumes y elixires, y mandó hacer etiquetas muy adornadas y elegantes, en donde ponía:
EUGENIO D'AVIRANETTI
PARFUMEUR DES ROIS
Sanz de Mendiondo, el Manco, proporcionó al signor Eugenio d'Aviranetti un pasaporte visado por lord Wellington, y el perfumista de los reyes se dirigió a España. Tres días después estaba en Aranda, donde habló con el Empecinado, que se mostró dispuesto a todo por traer la Constitución. Al día siguiente llegó a Madrid y se instaló en una fonda de la calle de Preciados.
Hacía ya cerca de cinco años que Aviraneta había dejado la corte. En estos años, Madrid no había progresado nada. Era un poblachón sucio, polvoriento, destartalado. La Puerta del Sol, el sitio más céntrico, no llegaba a ser mas que una encrucijada con una fuente, en donde bebían hombres y burros.
El pueblo, a pesar de su corto número de habitantes, disfrutaba de diez y siete parroquias, cuarenta y dos conventos de frailes y treinta y dos de monjas. Las calles se veían cuajadas de frailes, legos, demandaderos, y esto, unido a los mendigos, cojos, tullidos, ulcerosos, paralíticos, que arrastraban las piernas, mudos, que tocaban una campanilla, y otros monstruos, más o menos pintorescos, daban a la ciudad un aspecto trágico y desagradable.
La corte ofrecía pocos atractivos: había muchas calles donde no se podía entrar; las posadas eran hórridas, y sus portales, un asilo de vagos y de ladrones. En el Prado andaban unos chiquillos andrajosos con mechas encendidas, formadas de trapos, ofreciendo fuego al que iba a encender un cigarro.
Aviraneta comenzó sus trabajos de exploración con su natural prudencia.
Habló en los comercios, fué a la Fontana de Oro, oyó las conversaciones de unos y otros. Todo el mundo estaba descontento; el país marchaba mal, y, a pesar de las prisiones y deportaciones ordenadas por el ministro don Bernardo Mozo de Rosales, marqués de Mataflorida, se hablaba en las calles con audacia. Había gran incertidumbre entre la gente; machos deseaban un cambio radical en la política. El optimismo de la guerra de la Independencia había desaparecido. El tesoro estaba exhausto, el ejército desnudo y hambriento, los caminos infestados de partidas de bandidos.
—Esto no marcha—decían unos; pero no se atrevían a hablar de la Constitución, ni de un cambio de régimen.
Aviraneta comprendía que los resortes policíacos se debilitaban en las manos del ministro y que podía seguir impunemente en sus investigaciones.
Había por entonces una logia masónica en la calle del Barquillo, y un Oriente Escocés de señoras, que se reunía en la calle de la Puebla, cerca de San Antonio de los Portugueses; pero el Oriente y la logia eran igualmente anodinos.
Aviraneta no pensó en visitarlos, y fué a ver a uno de los recomendados por Manzanares, al coronel retirado, Miguel Ezquiaga, que vivía en la calle de Luzón.
El tal Ezquiaga, jugador empedernido, acudía a una timba de los Portales de Manguiteros, esquina a la calle de los Tintes. En aquella chirlata, en donde entraba la policía, se conspiraba, según dijo el coronel; pero Aviraneta no notó más sino que se hacían trampas y se levantaban muertos.
De esta chirlata enviaron a Aviraneta a otro rincón de la calle del Sordo, donde vivía Paca la Valenciana, y se jugaba al monte. Allí también se decía que se conspiraba y que el juego era el manto con que se envolvían intrigas políticas; pero más bien parecía lo contrario.
Aviraneta sabía que en estas supuestas conspiraciones suele haber parte de verdad en medio de la farsa y que no es prudente pensar que en ellas todo es mentira.
La Valenciana era una mujer lista y bien informada de la vida de la corte. Por ella supo Aviraneta que Corpas hacía ya tiempo que no estaba en Madrid. En la conversación que tuvieron la Valenciana y Aviraneta se barajaron los nombres de muchas personas conocidas, entre ellos el de madama Luisa Robinet, la ex ama de llaves del ministro Macanaz, que seguía viviendo en Madrid e intrigando.
Aviraneta se despidió de la Valenciana, fué a buscar al Majo de Maravillas, el chispero que tenía un taller de herrería en la calle de Segovia, y por medio de la gente que conocía éste fué enterándose de dónde vivían algunas personas a quienes no deseaba encontrar. Pronto pudo asegurarse que ni Corpas, ni Freire, ni Magaz, ni ninguno de los que habían intervenido en la intriga de la conspiración del Triángulo estaban por el momento en Madrid.
Aviraneta tenía el campo libre y se decidió a avanzar en su camino.
III. DOS MADAMAS FRANCESAS
No cabía duda que se encontraba España en un período de mayor libertad práctica que en tiempo de la conspiración de Richart.
Ya no había tanto entusiasmo por Fernando VII; los liberales comenzaban a tomarle odio, y los absolutistas y el clero a considerarle poco celoso de la religión. Los curas ya no hacían aquellos sermones panegíricos, como el del padre Rodríguez Carrillo, en 1814, que se titulaba: Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII. Algunos empezaban a comprender que el rey tenía gran parte en todos los males; sólo el pueblo bajo, que experimentaba simpatía por la manera de ser plebeya y grosera del Borbón, se sentía fernandino.
Todo le hacía creer a Aviraneta que en las esferas oficiales no había la severidad de los primeros años de la reacción.
La camarilla de Fernando VII se había transformado: Chamorro, el ex aguador de la fuente del Berro, no tenía su antigua importancia, y Ugarte compartía el mando con el embajador ruso Tattischef, célebre en aquella época por haber mediado en la venta a España de unos cuantos barcos rusos completamente podridos. Ugarte y Tattischef habían formado una alianza que se imponía al Consejo de ministros.
Alrededor de Ugarte flotaba una nube de intrigantes: Ramírez de Arellano, el padre Manrique, un tal Jerónimo, un señor Páez y don Pascual Vallejo, gente que ayudaba a desgobernar España, pero que con sus maquinaciones contrarias conseguía que la arbitrariedad de los unos se neutralizara con la de los otros.
Toda corrupción produce, naturalmente, cierta libertad práctica; en Palacio se vivía en plena corrupción.
Chamorro seguía haciendo bufonadas en la camarilla, y el rey, que tenía alma de palafrenero o de mozo de mulas, le miraba encantado; Ugarte y Tattischef con su corte mandaban.
Los ministros y palaciegos eran grotescos. Lozano de Torres se había condecorado a sí mismo con la cruz de Carlos III, por haber sido el primero en publicar el embarazo de la reina, y a Elío le habían dado otra cruz por restablecer el tormento en Valencia.
Aviraneta fué a visitar a madama Luisa Robinet, con la intención de mixtificarla. Sabía de ella lo bastante por María Visconti.
Aviraneta sentía cierto amor por la farsa. El representar una pequeña comedia le gustaba; le daba la impresión de la elasticidad de su espíritu, la utilizaba para sus fines y era como la literatura de un hombre iliterato.
Madama Luisa tenía un taller de modas que le servía de pantalla para sus intrigas y citas. Madama Luisa, en un viaje que había hecho al mediodía de Francia, había intimado con una tal Carolina, aventurera, ex cortesana, a quien le quedaban unos miles de francos.
Las dos mujeres en sociedad instalaron su casa en la calle del Clavel, en un piso segundo.
Aviraneta fué a visitar a madama Luisa, y después de dar muchas explicaciones a una criada vieja al través de la rejilla de la puerta, le hicieron pasar a la sala.
Era éste un cuarto grande, con dos balcones, materialmente lleno de muebles, cuadros, joyas, miniaturas, estatuas antiguas, todo amontonado, como en una tienda de antigüedades.
Aviraneta se fijó en que las puertas eran nuevas y fuertes y tenían cerraduras y cerrojos.
Al poco tiempo se presentó la francesa madama Luisa, una mujer insignificante, fea, cargada de espaldas, vestida de una manera llamativa.
Aviraneta se dió a conocer como un mejicano que venía a España a vender perfumes y elixires, y elogió sus productos como un buen comisionista, diciendo que eran distintos a los demás.
—Ensáyelos usted—dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un velador—; tengo la seguridad de que le gustarán. Si es así, como será, usted los recomendará a sus amigos, pues sé que tiene usted buenas relaciones, y yo le daré un tanto por ciento en la venta.
—¿Y cómo sabe usted que tengo buenas relaciones?—preguntó la francesa.
—Lo sé por Cecilio Corpas, que es amigo mío.
—¿Es usted amigo de Corpas?
—Sí, señora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.
—¡Claro, como que no está en Madrid!
—¿Qué le ha ocurrido?
—Que ha caído en desgracia. Está deportado.
—¿De veras?
—Sí.
—No lo sabía.
—Pues, sí.
—¡Lástima! Tiene mucho talento.
—¡Oh, sí tiene talento el señor de Corpás!—exclamó la francesa.
—Ahora aquí, para inter nos, yo creo que es un canalla—insinuó Aviraneta.
—Completo.
Esto para madama Luisa era un elogio.
—¿Y por qué le han deportado?
—Verá usted. El duque de San Carlos le había nombrado cónsul de Portugal; tenía una causa por suplantar títulos y honores; pero, a pesar de esto, seguía intrigando y entrando en el cuarto del rey; a un comerciante le sacó treinta mil reales por ofrecerle su protección; a un señor no sé cuánto por hacerle marqués.
—¿Y tenía poder para eso?
—Sí; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de todo el mundo; pero como es un cínico que no tiene miedo a Dios ni al Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla. Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.
Doña Luisa quería que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.
—¿Y qué ha producido su deportación?—preguntó Aviraneta.
—Pues que quiso amenazar al ministro León Pizarro, por medio de Arjona, diciéndole que hiciera lo que él exigía, porque si no, lo echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tenía más fuerza que Corpas, y consiguió que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de Badajoz.
—¿Y cómo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?
—Fué un abandono provisional, mi querido señor. Dejaron al ministro que tuviera este triunfo pasajero; pero después, como sabrá usted, el que ha tenido que dejar la poltrona y huír ha sido Pizarro.
—¿Y cómo no ha vuelto Corpas?
—No sé. O ha reñido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisión.
En este momento entró la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la presentó y Aviraneta la saludó muy finamente.
Era ésta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su belleza. Vestía de una manera exagerada, se teñía el pelo, se pintaba los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.
Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de conversación se puso a hablar con volubilidad de sus cosméticos y de sus elixires.
—Tengo—dijo misteriosamente—, pero esto no lo puedo mostrar todavía, un elixir que es una cosa extraordinaria.
—¿Para qué sirve?—preguntó la Carolina.
—Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.
—¿De verdad?
—Sí, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.
—¿Y cómo lo ha encontrado usted!—preguntó la ex cortesana.
—Señora, yo no lo he encontrado, no conozco la química para eso. Es un secreto que me han confiado. Usted no sé si sabrá que un marino español, Juan Ponce de León, al llegar a la ínsula Florida, creyó encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.
—No.
—Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio, y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de niño forma mi elixir.
—¿Y lo tiene usted aquí?—preguntó Carolina.
—No; no, señora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, únicas que tengo, las he dejado guardadas en París en una caja de hierro depositada en un Banco.
—¿Y por qué no traerlas?
—No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado. Además, no tengo autorización de mis indios. Cuando la tenga y me manden cantidad entonces comenzaré a vender las redomas.
—¿Y serán muy caras?
—Cada redoma pequeña valdrá cincuenta duros, por lo menos.
—Mucho me parece.
—¿Mucho por la salud? ¿Por la juventud?
—Sí, es verdad, tiene usted razón; no es mucho.
—¡Si eso se hubiera conocido antes!—exclamó la ex cortesana, pensativa.
Aviraneta creyó que, para primer día, había conseguido su efecto; se levantó, saludó a las dos mujeres y se fué prometiendo volver.
Unos días después estaba de nuevo allí.
Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tenía su antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, según ella, no le habían sacado del ministerio y encerrado en el castillo de La Coruña por venalidades, sino por guardar copias de las cartas cruzadas entre Napoleón y Fernando.
Aviraneta dijo a la Robinet que a él le parecía muy mal que se vendieran destinos, vendiéndolos baratos, y con este motivo se estableció una corriente cordial de cinismo y de alegría.
Aviraneta se manifestó francamente desvergonzado y llegó a entusiasmar a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible colaboración. Las dos francesas eran mujeres extrañas. La Carolina había rodado por el mundo y no creía en nada, excepto en aquellas cosas absurdas que no se pueden creer. Así pensaba que no había nadie capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en cambio, tenía por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.
Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los demás. De la venalidad y el soborno realizados en colaboración con el ministro Macanaz, de quien había sido amante, había pasado a oficios celestinescos sin abandonar la alta intriga.
Adivinaba Luisa quién era la señora que necesitaba unos miles de reales y la relacionaba con un cortesano o con algún comerciante rico venido de las Indias. Madama Luisa tenía un odio furioso contra las demás mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que fundía con un desprecio irónico por los maridos y los padres y un gran entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jóvenes, bonitos y ricos.
El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacían sus menesteres de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa sabía dónde había almonedas de muebles, cuadros, joyas; tenía amigas prestamistas. Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese creído en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la intriga, la alta intriga política.
Carolina no quería mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero, deseaba el poder.
La ex ama de llaves había querido conquistar a algún personaje de la Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo había conseguido.
Sus dos ambiciones eran tener un salón con diez o doce personas de prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos franceses, y casarse.
Corpas, durante algún tiempo, la había visitado, dejándola maravillada con su cinismo y su audacia. La Robinet había esperado que fuese la primera adquisición de su tertulia, pero Corpas la abandonó pronto.
Aviraneta alentó las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurría en Madrid.
IV. CÁDIZ
Aviraneta sabía desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones. Conocía por experiencia los cambios rápidos de los asuntos políticos. Comprendía que en las revoluciones, la mayoría de las veces nunca se está tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la mano de los revolucionarios.
Aviraneta dejó Madrid; estuvo en Sevilla dos días y se presentó en Cádiz poco antes de las Navidades. Había fiebre amarilla en la isla gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.
El Ejército expedicionario, a causa de la epidemia, había abandonado por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y otras ciudades alejadas del litoral.
Aviraneta, al llegar a Cádiz, se instaló en una casa de huéspedes.
Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se encontraba en el comercio de los Istúriz.
Don Javier no estaba en Cádiz y Aviraneta fué a ver a don Tomás Istúriz, a quien le habían recomendado desde Bayona.
Los Istúriz tenían una gran casa, vivían espléndidamente, como unos pachás.
Don Tomás, después de hacerle esperar mucho tiempo, recibió a Aviraneta de una manera desabrida. Primero sospechó si don Eugenio sería un espía; luego, al saber que había tomado parte en la conspiración de Richart y Renovales, supuso que tenía delante un hombre cándido y quiso confundirlo a sarcasmos; pero éste era uno de los fuertes de Aviraneta, y después de resistir las burlas de Istúriz, se las devolvió con mucha más mordacidad e intención.
Al final de esta entrevista, don Tomás Istúriz miraba a Aviraneta con recelo y pensaba interiormente que convendría alejar de cualquier modo a aquel hombre corrosivo y jovial.
Istúriz habló de su hermano Javier, recomendó a Aviraneta que fuera a verle y que visitara también a algunos masones, como Alcalá Galiano, Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cádiz, con sus aires aristocráticos y entonados, le resultaron poco simpáticos.
Una parecida reserva como la de don Tomás Istúriz encontró Aviraneta en todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde, y un comerciante, Mendizábal, le acogieron bien. Mendizábal le contó con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa María; la defección de Sarsfield y La Bisbal, y la situación en que se encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios presos por aquellos acontecimientos.
Mendizábal añadió que iba a reunirse con el comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.
—Yo voy con usted—dijo Aviraneta.
—Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.
Aviraneta comprendió que no se quería nada con él y se decidió a obrar solo. Con un día de lluvia se embarcó para el Puerto de Santa María, tomó un coche allí, fué a Jerez, y después a Cabezas de San Juan.
Preguntó por el comandante Riego y se presentó en su casa. Habían hecho juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Creía que le recibiría afectuosamente.
Aviraneta encontró a Riego en un cuarto pequeño, blanqueado, con una cómoda con un niño Jesús encima y unos santos negros en la pared.
Riego tenía aire febril y se veían en su rostro las huellas de una larga enfermedad. Estaba acompañado del teniente coronel Fernando Miranda y del capitán Valcárcel. La acogida de Riego fué también muy fría. Todos recibían a Aviraneta como si éste viniera a quitarles algo, algo de influencia o de gloria, o de prestigio.
Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus propósitos; pero después pensó, sin duda, que el consejo de aquel hombre podría servirle y le explicó su proyecto. No tenía más plan que sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedición. La fecha fijada era la mañana siguiente, el primero de enero. Al mismo tiempo se levantaría Quiroga y marcharía sobre el puente de Zuazo con los batallones de España y la Coruña.
—El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno—dijo Aviraneta—. ¿Qué grito van ustedes a dar?
—Este es uno de los puntos que me preocupan—contestó Riego—. Muchos de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la Constitución del año doce; en cambio, Galiano y los de Cádiz no quieren.
—No tienen razón—dijo Aviraneta.
—¿Le parece a usted mejor proclamar la Constitución inmediatamente?
—Sin duda alguna.
Miranda y Valcárcel asintieron. Siguieron Aviraneta y Riego hablando largamente. Se discutieron una porción de cosas y se puso en evidencia la poca conformidad de las opiniones de Riego y Aviraneta.
Estaban de acuerdo en las soluciones y estaban en desacuerdo en los motivos de obrar.
Este desacuerdo en los motivos fundamentales es el que produce casi siempre mayor falta de estimación entre las personas.
Aviraneta, hombre de perspicacia y de intuición, veía desarrollarse ante sí el espíritu de Riego a medida que hablaba con él como un hombre que despliega un plano y va dándose cuenta de la geografía de un país.
Riego era un ambicioso, como lo era Aviraneta; pero Riego se movía más por motivos ideológicos que Aviraneta. En Riego había una noción central de la política, quizá no muy elevada, pero la había; en cambio, en Aviraneta, no. Aviraneta era liberal por odios, por simpatías, por intuiciones; Riego lo era por conceptos. Aviraneta era valiente siempre, por fuerza, por agilidad espiritual; Riego podía serlo en ocasiones por necesidad y por convicción. Riego era capaz del sacrificio por la idea; Aviraneta era capaz del sacrificio por la aventura.
Aviraneta tenía una resistencia física grande; Riego era enfermizo; Aviraneta contaba con su voluntad como con un muelle fuerte y tenso; Riego no contaba siempre con ella; Aviraneta hubiese expuesto la vida por una bagatela, por amor al peligro; Riego sólo por una cosa trascendental; Aviraneta era audaz por instinto, por contextura psicológica; Riego, por reflexión. Lo que para Aviraneta era fácil, para Riego significaba un esfuerzo.
Si cada individuo, como suponen algunos observadores, en vez de ser un yo, es un conjunto de yos obscuros y embrionarios, lo que hacía Aviraneta lo hacía con todos los Aviranetas de su alma; en cambio, lo que hacía Riego, lo hacía por el esfuerzo y la victoria de un Riego sobre los demás Riegos de su espíritu.
Riego era un héroe incompleto; Aviraneta era un aventurero perfecto. Ahora la perfección tiende a desdeñar la imperfección: Aviraneta desdeñó a Riego; Riego, en cambio, sintió una mezcla de desprecio y de temor por Aviraneta.
Aviraneta pensó: «Este pobre hombre quiere ser un héroe y no tiene energía para ello».
Riego se dijo: «Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de hacer la revolución y de vender la revolución. Este es un hombre inmoral».
Riego se engañaba. Aviraneta, para complicarse más, era hombre de probidad.
Aviraneta veía en Riego una aspiración a cerrar el paso a los demás y a ser el único; Riego, sin duda, quería que la libertad española se debiera exclusivamente a él; quería que su figura fuese predominante, que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexión con su persona.
Así, la revolución de Riego tenía que estar vaciada en su espíritu; debía tener cierto carácter culto, no debía ser ni guerrillera ni demagógica, y sí estar sometida a una oligarquía vinculada en políticos y en oficiales de carrera.
Aviraneta comprendía que así pensaba Riego. Riego, a su vez, veía que Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para quien las jerarquías no significaban nada, para quien las dificultades no tenían valor. Riego suponía en el visitante un espíritu de audacia y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera; pensaba que aquel hombre podía estorbarle, truncarle un éxito, arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia contra él.
Muy entrada la noche, Aviraneta se fué a dormir con el convencimiento de que Riego sería desde entonces enemigo suyo.
¿Tendría éxito? ¿No tendría éxito el comandante de Asturias en su empresa?
Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro, no; pues el triunfo de la Revolución le llevaría a él a una vida más intensa.
Estos complots militares, a veces, aciertan cuando menos se lo figura uno.
Aviraneta se marchó a su casa y durmió hasta muy entrada la mañana.
Al despertarse supo que Riego se había sublevado y proclamado la Constitución del año doce.
Por lo menos, la primera parte del plan de Riego había tenido éxito.
La segunda parte del proyecto consistía en avanzar con las tropas sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel general, y prender a los jefes.
Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a las tres de la tarde, y a las dos de la mañana se presentaron delante de Arcos.
El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe, Calderón; Miranda, del general Fournas, y Valcárcel, del general Salvador.
Mucho tiempo se perdió delante de Arcos. Se había decidido que Asturias entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a clarear y no habían llegado los de Sevilla.
Riego, impaciente, mandó cinco compañías y ordenó la prisión inmediata de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y cuando no se sabía qué hacer apareció en Arcos el batallón de Sevilla, que venía de Villamartín y se había perdido en el camino.
Difícilmente se podía comprender que un movimiento tan mal planteado y dirigido acabara con tanto éxito.
—¡Qué suerte tiene esta gente!—murmuró Aviraneta con cierto despecho.
Posesionado de Arcos el ejército rebelde, se proclamó la Constitución y se nombraron alcaldes.
El batallón de Guías fraternizó con los sublevados.
Por la noche, Riego envió a varios oficiales con una columna, formada por compañías de los tres batallones que habían iniciado el levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la bahía de Cádiz para anunciar el triunfo de la Revolución.
Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra revolucionaria. Se había enterado de que en Bornos estaba de oficial un amigo suyo de Azcoitia, Félix Zuaznavar, afiliado a la masonería y complicado en la conspiración de Renovales.
Aviraneta marchó a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesitó convencerle. Zuaznavar se reunió con él en seguida, y fueron juntos a Arcos, a presentarse a Riego.
Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas revolucionarias. Había luchado en la guerra de la Independencia y estaba inflamado de ardor liberal y patriótico. Zuaznavar aseguró que si se presentaba Riego, el batallón segundo de Aragón, que estaba en Bornos, se uniría a él.
Riego escuchó las proposiciones de Zuaznavar y decidió salir a las tres de la mañana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un destacamento de trescientos hombres.
Se dió la orden de marcha, y al alba se llegó al pueblo. Se colocó la tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esperó.
Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y Sorrozábal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente del batallón, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento de Aragón, lo hizo prisionero y se lo entregó a Riego, que avanzaba hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos ordenanzas de infantería.
Poco después comenzaron a sonar los tambores, y el batallón entero, tocando generala, salió de sus alojamientos de Bornos dando gritos de «¡Viva la Libertad!», «¡Viva la Constitución!».
Se volvió a Arcos, y dos días después, todas las tropas reunidas marcharon a Jerez. Al día siguiente se proclamaría la Constitución en esta ciudad.
Aviraneta fué al cuartel donde se encontraban los oficiales amigos suyos, y no le dejaron entrar. Por la tarde vió que estaba vigilado. Aviraneta se presentó a Zuaznavar y al capitán Sorrozábal, dispuesto a pedir explicaciones a Riego; pero éstos le convencieron de que en aquellas circunstancias sería lamentable.
Riego tenía una idea falsa de él.
Zuaznavar y Sorrozábal añadieron que lo que les parecía mejor era que Aviraneta fuese al Puerto de Santa María a reunirse con otro vasco, el capitán Roque Arizmendi, que había ido allí escoltando a los generales prisioneros.
Aviraneta pasó varios días en el Puerto en la inacción, con un tiempo desdichado de lluvias; presenció la entrada de Riego y Quiroga, y después fué a San Fernando.
Se había reunido aquí mucha tropa; Aviraneta tenía entre los oficiales amigos y conocidos, entre ellos Valdés, Iñurrigarro y Arizmendi. Habían nombrado general en jefe a Quiroga, y Aviraneta fué a verle y a ofrecerse a él; pero Quiroga era un galleguito ordenancista que creía que el movimiento era únicamente militar y que los paisanos nada tenían que hacer en él.
En el fondo existía cada vez más fuerte la rivalidad entre los guerrilleros y la tropa de línea, que había estallado después de la guerra de la Independencia, y bastaba que alguien se diese a conocer como guerrillero para producir desconfianza entre los militares de carrera.
Aviraneta tuvo que servir de testigo de las marchas y contramarchas de aquellas tropas, en las cuales seguramente no había ningún Napoleón.
Aviraneta ya no tenía nada que hacer allí, y, recordando el encargo de Salvador Manzanares, le escribió una larga carta, contándole con detalles cómo se había verificado el movimiento revolucionario. Esta carta se la entregó a un contrabandista de Ronda que marchaba a Gibraltar.
Al final de enero Aviraneta presenció la salida de Riego camino de Málaga, con una columna de unos mil quinientos hombres y algunos caballos.
Toda una turba de cantineros, busconas y viejas celestinas de Jerez, el Puerto de Santa María, Puerto Real y San Fernando se movilizó detrás de la columna, con una impedimenta de caballos, mulas y borriquillos.
V. EL EMPECINADO
Aviraneta quedó en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de carrera no podía simpatizar ni colaborar, abandonó la isla gaditana y se marchó a Sevilla.
De Sevilla tomó la diligencia para Madrid. Visitó a madama Luisa, que le dió noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las noticias de la Revolución, y fué a ver a los amigos masones, a quienes encontró muy reservados y timoratos.
En vista de que Madrid tampoco respondía, don Eugenio se dirigió a Aranda y fué a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero. El Empecinado le dijo que había pensado en dar un golpe para proclamar la Constitución en Valladolid y que llegaba oportunamente.
La buena acogida de don Juan Martín hizo olvidar a Aviraneta sus fracasos de Andalucía.
Al saber que ya había algo preparado y organizado, Aviraneta quiso contribuír a la empresa, y equipó y montó por su cuenta diez hombres, que se unieron a los del Empecinado.
Éste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peñafiel a quien llamaban el Licenciado Mambrilla.
Entre el Empecinado y Mambrilla habían ideado sorprender Valladolid con cien infantes y cincuenta caballos.
Tenían en la ciudad algunos partidarios, entre éstos, un padre filipino, el padre Giménez, y su sobrino Santos.
El plan consistía en meter en el convento del padre Giménez cien hombres armados, y después, por la noche, presentarse a las puertas de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldrían del convento, abrirían las puertas de la ciudad y se proclamaría la Constitución.
Preparada la sorpresa, probablemente hubo algún soplo a la policía, porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la guardia de las puertas fué reforzada.
En vista del fracaso de la expedición a Valladolid, el Empecinado, Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa apoderándose de una ciudad pequeña como Aranda. Tenían gente comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, habían hecho imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar día. Era a principios de marzo. La expedición de Riego en Andalucía se daba por muerta.
En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Félix Acevedo en La Coruña habían ocupado toda Galicia; luego se habló de la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaña. En vista de ello, el Empecinado precipitó la entrada en Aranda y proclamó la Constitución. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.
La revolución triunfaba, las tropas se unían a los constitucionales, y Fernando VII, de buen o mal grado, tenía que aceptar el nuevo régimen.
Pocos días después el Empecinado comisionó a Aviraneta para que se avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y ofreciese la cooperación del general.
¿Qué iban a hacer? El Empecinado volvería al ejército. Había sido nombrado segundo cabo de la Capitanía General de Castilla la Vieja, que residía en Zamora; Aviraneta, según don Juan Martín, tenía que prepararse para ser diputado. Se establecería en Aranda, lo nombrarían regidor primero, organizaría la Milicia Nacional y, cuando dominara el país, se le enviaría a las Cortes.
Aviraneta escribió a su madre, que estaba en Irún, si le gustaría quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contestó que sí, que viviría en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquiló para los dos una casa pequeña en la plaza del Trigo.