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Con la Pluma y con el Sable

LIBRO QUINTO ENTRE ARANDA Y MADRID

Reading edition

I. ROSALÍA Y TERESA

Después de esta campaña contra Merino, Aviraneta dejó el ejército y volvió a Aranda de Duero a seguir con sus cargos de regidor, de subteniente y de comisionado del Crédito Público.

Era la primavera de 1821.

Don Eugenio llegó muy de mañana a Aranda y se presentó en casa de su madre, que, como de costumbre, se había levantado temprano y se preparaba a ir a la iglesia.

La madre de Aviraneta seguía con su vieja Joshepa Antoni, sin enterarse gran cosa de lo que ocurría en el pueblo. Siempre con su cofia blanca en la cabeza y siempre haciendo calceta; para ella, el tiempo estaba ocupado principalmente por los pares de medias hechos.

El ama y la criada llevaban la misma vida en Madrid, en Irún o en Aranda; conversaban de lo que podía ocurrir en su pueblo y se preocupaban poco de lo demás.

Esta limitación voluntaria le producía a Aviraneta gran asombro.

En la calle, la criada del juez le contó lo ocurrido durante su ausencia en la familia.

Rosalía se había casado con un propietario rico de Aranda. Teresita asombraba al pueblo con su saber. Se decía que iba a aprender latín.

Su madre, doña Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se encontraba enfermo; al chico, Juanito, querían hacerle estudiar para cura.

Aviraneta veía que desde que había entrado el cura don Víctor la casa se transformaba. El cura mandaba en rey y señor.

Así como había habido un principio de moda el año 1820 entre la gente distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en 1821 se volvía a la reacción religiosa, y los curas empezaban a tener no sólo el mismo, sino mucho más ascendiente que antes.

Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y notó que las bromas que dirigió a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas. Teresita consideraba que cualquier alusión irónica dirigida acerca de puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.

Aviraneta supo que el marido de Rosalía era tiránico y usurero, incapaz de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.

Unos días después vió a Rosalía flaca y triste.

Teresita se iba haciendo cada vez más religiosa, y empezaba a considerar que todo podía ser pecado.

Dejando a Teresita, Aviraneta se fué al Ayuntamiento. Frutos San Juan no apareció por allá. Después de comer, Aviraneta se marchó a la Casa de la Muerta y recibió a sus amigos.

Unos días más tarde estaba charlando con Diamante cuando se presentó a verle una muchacha muy bonita.

Esta muchacha quería hablar a solas con Aviraneta.

Aviraneta la conocía de verla en la plaza. Se decía de ella que andaba en malos pasos, y que era algo más que novia de Frutos San Juan. Don Eugenio supuso que vendría a quejarse de algo referente a su amante.

—¿Vienes a hablar de Frutos?—la dijo.

—Sí.

—Puedes hablar delante de Diamante. Es un amigo.

La muchacha contó que Frutos la había seducido y abandonado después. La voz pública había comenzado a tacharle a ella de ser la querida de Frutos, y su padre, un hombre severo, le había dicho varias veces que si lo que se murmuraba resultaba cierto la echaría de casa.

Ella veía que de un momento a otro se iba a averiguar la verdad, y, buscando una solución, había pensado en ir en solicitud de ayuda y de consejo a casa de Aviraneta. ¿Por qué a casa de Aviraneta y no a otra?

No lo sabía.

Sin duda había creído que el hombre más revolucionario de Aranda debía ser también el menos severo en asuntos de amor.

Aviraneta quedó perplejo al oír a la muchacha. La Soledad, así se llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y tristes, la boca pequeña y la tez nacarada.

—¿Y qué piensas hacer?—la dijo Aviraneta.

—No sé—replicó ella—. Eso venía a preguntarle a usted.

—¡A mí! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestión de amor... ¿Le has hablado a Frutos?

—Sí.

—¿Y qué dice?

—Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.

—Si quieres—exclamó Diamante de pronto—, ahora mismo lo traigo a Frutos de una oreja y lo pongo ahí, a tus pies, para que lo pises.

—No, no—murmuró ella—; yo le quiero...

—¿A ese mequetrefe?... ¿A ese miserable?—gritó Diamante—. Yo siento que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafío con mi espada...

—Pero tú algo has pensado al venir a verme—dijo Aviraneta a la muchacha.

—Yo había pensado marcharme a Madrid.

—Es lo mejor.

—Sí; pero tengo mucho miedo a ir sola: qué sé yo lo que me puede pasar.

—Bueno, yo te acompañaré la semana que viene. Mientrastanto, ¿dónde podría ir a vivir esta chica?

—Que venga a mi casa—dijo Diamante.

—Van a hablar mucho de usted, licenciado.

—Que hablen; me tiene sin cuidado.

—Magdaleno se va a indignar.

—Le romperé la cabeza si se atreve a decir nada.

—Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le avisaré cuándo partimos para Madrid.

Se habló mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y Diamante dieron abundantísimo pasto a la murmuración.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se presentó en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra Aviraneta; Aviraneta lo calmó, le contó la verdad, le dijo que iba a acompañar a la Sole a Madrid, sin más objeto que evitar una desgracia y un escándalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la muchacha podía ponerse a trabajar, o a servir.

Unos días después, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid. En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando, contó al revolucionario su vida y sus amores, y coqueteó un tanto con él. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta echó un discurso a la Sole, hablándole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendió muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco que llevaban en la bota, y la Sole se permitió reírse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No sabía qué hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscaría una casa de huéspedes. La Sole preguntó: ¿Para qué? Aviraneta pensó que quizá ella daría la solución.

Aviraneta bajó de la diligencia y fué, como de costumbre, a una casa de huéspedes de la calle Mayor. La Sole le siguió y se instaló allí. Aviraneta dijo:

—Indudablemente, es el destino.

II. UNA NUEVA SOCIEDAD

Muchas veces Aviraneta decidió ocuparse únicamente de sus asuntos personales. Pensaba así responder al olvido en que le tenía la gente de Madrid.

Este olvido le irritaba. Había trabajado tanto como el que más por el triunfo de la Constitución y de la Libertad; expuesto la vida; empleado parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar de esto, nadie se acordaba de su persona.

Aviraneta veía en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus trabajos, sus esfuerzos, su desinterés, no se apreciaban, no tenían valor. Las recompensas saltaban al llegar a él. Se hubiera creído que alguien tenía la constante intención de anularle, de achicarle.

Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; éste recibía el periódico inspirado por ellos, El Espectador, y colaboraba en él; pero jamás se les había ocurrido llamarle para algo.

En Madrid, Aviraneta se enteró del proyecto de conspiración y de la muerte del Cura Vinuesa en la cárcel; de la revolución de Nápoles, ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiración republicana, fraguada en Málaga por el aventurero Mendialdúa, y de los sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de Corps.

Aviraneta suponía que se seguiría conspirando por los absolutistas. Había perdido el deseo de intervenir en las intrigas políticas del momento cuando recibió un aviso, sin firma, citándole en la Fontana de Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le serviría de contraseña.

Aviraneta, que se creía harto de complicaciones y de intrigas, pero que en el fondo estaba deseando meterse en nuevos líos, decidió acudir a la reunión.

La Sole, los días anteriores, le había pedido que le acompañase y le enseñara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llevó también por los barrios en donde había correteado de chico y había hecho mil barbaridades con sus amigos.

Por la noche, después de cenar con la Sole, Aviraneta se presentó en la Fontana de Oro. Estaban allí Salvador Manzanares, Félix Mejía, Remigio Morales, Mac-Crohon, José Joaquín Mora, Romero Alpuente, el francés Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueño del café de la Fontana de Oro, y el otro, un cantante de ópera, con unos bigotes como dos escobillones.

Aviraneta se presentó en la reunión y entregó el trozo de tarjeta, que coincidía con otro que guardaba el cantante italiano.

Aviraneta saludó a los conocidos y se sentó.

Estaba hablando Mac-Crohon y contaba anécdotas de su amigo el abate Marchena, que acababa de morir hacía poco tiempo.

Entre varias cosas que contó dijo que, durante una época, Marchena vivió con un jabalí que tenía domesticado y que hacía dormir a los pies de su cama.

Un día el jabalí, al salir a la escalera, se cayó y se le rompieron las patas. Marchena mandó matarlo y dió un banquete a sus amigos con la carne del animal, y después leyó un epitafio en su honor.

Se celebró la humorada del abate, y cuando concluyó de hablar Mac-Crohon, Aviraneta paseó la mirada por el grupo del café como preguntando por qué le llamaban.

Romero Alpuente tomó la palabra y explicó el motivo de la llamada.

Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo ridículo, alto, seco, con la cara arrugada y una estúpida sonrisa.

El ciudadano Romero Alpuente usaba patillas cortas, gorro negro y anteojos de hierro; hablaba de una manera pesada, pedantesca y monótona. Se creía un hombre genial. Sus argumentaciones de patán mixto de leguleyo asombraban a sí mismo.

Al parecer, de Italia, pasando primero por Francia—explicó Romero Alpuente—, había llegado a España una nueva sociedad secreta llamada de los Carbonari. Esta sociedad tenía menos ritos que la masónica y era esencialmente política. Su objeto era limpiar el bosque de lobos o, dicho en lenguaje más claro, acabar con los tiranos. El carbonarismo comenzaba a avanzar en España; pero la masonería, recelosa de sus progresos, había acordado exigir a los masones juramento de no formar parte de otra sociedad secreta.

Entonces, unos cuantos, encontrando en el carbonarismo un principio de acción más útil y más práctico que en la masonería con sus misterios ridículos, y al mismo tiempo, viendo que su simbolismo de ventas, barracas y florestas no respondía a nada, al menos en España, habían pensado en aceptar un pensamiento de don Bartolomé José Gallardo y formar una sociedad titulada los Comuneros, en donde el simbolismo fuera más español y caballeresco.

En la proyectada sociedad todo tendría aire guerrero. Las logias y puntos de reunión se llamarían, según su importancia, casas fuertes, torres, fortalezas, etc.

Después de oír la explicación del proyecto, Aviraneta, con bastante frialdad, dijo que no le parecía mal, y añadió que, para él, las palabras y las fórmulas simbólicas no tenían valor.

—¿Quiénes son los que van a afiliarse?—preguntó Aviraneta.

—Por ahora—contestó Mejía—está Torrijos, Palarea, Ballesteros, Díaz del Moral, Moreno Guerra, el Empecinado, todos nosotros, Regato...

—¿Regato también?

—Sí.

—Entonces yo no entro en la sociedad.

—¿Por qué?—preguntó Romero Alpuente.

—Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la policía.

—Engaña a la policía—aseguró el viejo Romero Alpuente con una sonrisa de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.

—Yo tengo la evidencia—contestó Aviraneta—de que nos denunció cuando la conspiración de Renovales.

No se pusieron de acuerdo. Mejía y Morales afirmaron que la mala opinión que se tenía de Regato la habían echado a volar los masones al saber que éste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron todos en una discusión en que nadie se entendía. Mejía y Morales y los que vivían en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado exacto que se les prestaba en el momento sólo ellos conocían. Hablaron repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro, serviles, servilones, hipócritas, pancistas, fanáticos, feotas, anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros, moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales puros, nacionales sospechosos. Además se refirieron al señorito, al marqués, al maestro.

Aquello era un lío que nadie lo entendía.

Después de la inútil discusión se acabó quedándose cada uno con su idea anterior: la mayoría, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile Patricio Moore, creyendo más útil el carbonarismo, y Aviraneta, asegurando que él con Regato no iba a ninguna parte.

Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana y fueron a la pastelería de Ceferino, de la calle de León.

—Amigo Aviraneta—dijo Manzanares—, haces mal en no entrar en esta nueva sociedad.

—¿Por?

—Porque hay que ir siempre en compañía de alguien para hacer algo.

—¿Aunque sea en compañía de granujas?

—Sí. ¿No te parece que sería mejor un Gobierno de pillos y de granujas listos que el que tenemos?

—Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes pillos que tienen ambición. Son pilletes que se venden por dos cuartos. ¡Ah! Si tuviéramos un político ambicioso e inteligente, aunque fuera un granuja, yo lo serviría con gusto.

—Y yo también, siempre que fuera liberal.

—¡Ah, claro!, condición indispensable. Necesitábamos un Dantón...; aunque fuera un Fouché nos bastaría.

—Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Además hay que tener en cuenta—dijo Manzanares—que los pillos, naturalmente, se inclinan a los Gobiernos fuertes, bien constituídos y bien despóticos, porque son los que pueden dar más dinero, más cargos y más honores.

—¡Y, claro!—añadió Aviraneta—. Nada hay tan goloso de honores como un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por dentro no siente.

—¿Sabes tú quién podría ser nuestro hombre?

—¿Quién?

—Tú.

—¡Bah! No soy bastante granuja para eso.

—Creo que sí. Eres un granuja honrado. Tú no robarás para ti; pero tú mandarías asesinar a uno si estorbara al país.

—¡Ah, seguramente!

—Nada, nada. Tú eres el hombre.

—No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no sé hablar; es decir, no sé mentir con efusión. Yo no creo que la oratoria sea una cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se traduce en hechos; pero aquí en España se considera la oratoria como si tuviera objeto en sí misma... La charlatanería triunfa, y yo no soy charlatán... Para mí eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades con calor y entusiasmo está por encima de mis fuerzas. No puedo ser un farsante.

—Lástima. Porque tú tienes madera de político.

—¿Tú crees?

—Sí. ¿Sabes tú lo que debías hacer?

—¿Qué?

—Esperar. Orientarte, ver qué marcha lleva esto sin significarte demasiado. Al mismo tiempo estudiar, dominar una especialidad, irte preparando.

—Me parece que sería tiempo perdido. Yo creo que no sirvo mas que para una cosa.

—¿Para qué?

—Para mandar.

—¡Tiene gracia! ¡Es posible que hubieras sido un gran ministro de un tirano, o un secretario de Estado del Papa!

—Sí; creo que sí.

Manzanares se echó a reír. En esto entraron en la pastelería unos cuantos señores.

—La redacción de El Censor—dijo Manzanares.

Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso, Lista, Hermosilla, Miñano, Narganes, Javier de Burgos y otros.

Comenzaron a hablar, burlándose de las necedades y exageraciones de los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don Sebastián Miñano se distinguía por su crítica satírica.

—¡Es gente que me molesta!—exclamó Manzanares en voz alta—. Si para valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el cambio. Se burlan de nosotros. ¿Pero qué hacen ellos? Han servido a Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitución; mañana serán cualquier cosa, si les pagan.

Miñano miró a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:

—Estos clérigos renegados me repugnan. ¡Vámonos!

Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelería.

III. CONFUSIÓN

Aunque sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador Manzanares, Aviraneta quiso, durante algún tiempo, tomar el pulso a Madrid y ver si de la baraúnda de opiniones de unos y otros se sacaba algo en limpio.

Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitación producida por el movimiento revolucionario era todavía superficial: no llegaba a la gran masa del pueblo; únicamente la clase media y parte del ejército aceptaban las ideas liberales. Además, entre éstos había muchos constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades patrióticas por motivos de medro personal.

Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad semejante.

Es indudable que en los períodos políticos de trascendencia de un país los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres una fisonomía moral casi idéntica.

¿Es que la naturaleza tira en algunas épocas una edición numerosa de ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero no tienen ocasión favorable de desarrollarse mas que en determinadas circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este período, todos los tipos salientes estaban cortados por el patrón del militar o del orador. Cierto que entre ellos había gente de talento y de inventiva; pero eran los que tenían menos influencia. Pesaba demasiado la tradición y la costumbre, para que las lucubraciones de un político original influyeran en el medio ambiente.

La Revolución española era como un carro pesado tirado por mariposas; no podía avanzar.

Algunos de los oradores célebres de la época conocían a fondo las bases del sistema constitucional; otros muchos hablaban de oídas, y sus discursos tenían el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A cada paso se oía citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los que no estaban muy seguros de sus citas se defendían hablando de la Constitución, código inmortal de las libertades patrias; de la Prensa, esa palanca del progreso; del ejército, brazo defensor de la soberanía nacional, etc., etc.

Los más jóvenes citaban con preferencia a Benjamín Constant y a Jeremías Bentham, que iban tomando en España una fama inmensa entre los eruditos y doctrinarios de la política liberal.

Con tanta oratoria, más o menos elocuente, la confusión era completa, un verdadero caos; había orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que defendía tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales, y el público, que se tenía por liberal, sin poder distinguir unas de otras, las aplaudía con entusiasmo.

Para mayor lío y obscuridad, surgía la división entre masones y comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.

Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros:

Aunque se disfracen esos pasteleros, ya los conocemos.

Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.

Desde el negro profundo al rojo más subido, había una porción de grupos y sociedades medio públicas, medio secretas. La primera en las filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y teocrática, que duró hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces valiéndose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles de víctimas. La Concepción, otra sociedad teocrática, no llegó a tener la importancia del Angel Exterminador.

En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebró una gran junta en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta junta tenía por objeto organizar matanzas de liberales en Cataluña. Según informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El Angel Exterminador había producido la muerte de 1.828 liberales en las posadas y en los caminos. Esta sociedad fué también la que provocó el levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados, en Cataluña; la que tendió un lazo a Torrijos y a sus compañeros, por intermedio del general González Moreno, y la que se alió con Calomarde para traer a Don Carlos.

Después de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y de La Concepción venían los carlistas, en donde los partidarios de la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los absolutistas fernandinos, y, por último, los absolutistas afrancesados, que más tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.

Entre los constitucionales, los más tímidos eran los Sabios o los del Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de años después, no se sabe si llegaron a estar constituídos en sociedad o no, querían modificar la Constitución, convirtiéndola en una Carta otorgada por el rey, suprimiendo la Cámara única y reemplazándola por dos; tras ellos venían los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que eran, en su mayoría, masones; luego, los liberales exaltados, entre los que había masones y comuneros; por último, estaban algunos comuneros republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini, Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Además de éstas se decía que existía una sociedad, dedicada al cultivo de la pornografía, llamada La Bella Unión. Es muy posible que la tal sociedad fuera algún alarde de inmoralismo de la época o una invención de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenían, por entonces, periódicos importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escribían El Censor, redactado por Miñano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las sociedades patrióticas.

Miñano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intención. Sabía mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcalá Galiano, en un artículo de El Censor, titulado «Defensa legal de la borrachera y de los borrachos».

Don Sebastián era todo un clérigo. Vivía con una señora, de la que tenía tres o cuatro hijos. Había sido masón, afrancesado, constitucional moderado, apostólico; fué amigo de Soult y de Calomarde y murió años después declarándose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de El Censor, los constitucionales tibios publicaban El Imparcial y El Universal, dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenían El Espectador, que escribía San Miguel y Pidal. El Espectador defendía la política de las logias de los ataques de los absolutistas y acusaba a los periódicos comuneros de exasperar los ánimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco después de fundarse, El Eco de Padilla, y al último, El Zurriago y La Tercerola, que atacaban a derecha e izquierda con procacidades e insultos.

Cada fracción constitucional tenía su color predilecto: los liberales puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el morado, que recordaba el color del pendón de Castilla.

De los hombres de la Revolución ninguno gozaba de completo prestigio. Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno lo habían perdido entre los exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro, en Madrid, se había puesto a cantar desde un palco el Trágala. Otros decían que no había sido él, sino un ayudante suyo. Aviraneta no había conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridículo.

Liberales y absolutistas vivían en plena demagogia. Unos y otros tenían que adular al pueblo; unos y otros tenían que escamotear la voluntad popular a su gusto.

En los dos partidos se señalaban los caracteres de la demagogia populachera, el dogmatismo fanático, los celos entre las personas y, en último término, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fanático provenía de la falta de benevolencia y de elasticidad del español, los celos entre los hombres del mismo partido, de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histriónica de los héroes de las masas democráticas y el culto a la fuerza, del convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenían valor mas que para los ya convencidos.

La Revolución española fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no veían en ella mas que el encono contra la religión; los liberales la encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros, Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se esperaba para dominar la anarquía.

No había vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta veía a Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don Carlos y se entendía con Regato, que representaba su papel de liberal exaltado y no producía sospechas entre sus cándidos compañeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corría alegremente entre aquellos pícaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos liberales tan desorientados y tan idiotas.

IV. OLLOQUI, EL FERRETERO

Había ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huéspedes de la calle Mayor, próxima a la plaza de San Miguel.

La casa podía conocerse por este rótulo misterioso que había en la tienda:

SALC IC RÍA D FROI AN CANT

Cualquiera hubiera dicho que esta inscripción era de un idioma de Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero estaba puesto en castellano, sólo que se habían borrado unas cuantas letras, y quería decir, sencillamente: Salchichería de Froilán Cantos.

A la puerta de la salchichería del tal Froilán colgaban chorizos y cerdos raspados y embadurnados de pimentón.

Aviraneta veía a sus pies, con la indiferencia de un conquistador, aquellos cadáveres abiertos en canal.

Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella solía ir con frecuencia de tertulia a una ferretería instalada en una planta baja de la calle de los Estudios.

Era el ferretero un alavés, de Aramayona, llamado Olloqui, que tenía una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y tantos años, tenía un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la ferretería, y tres hijas, muchachas, a cual más sonrientes y alegres. Olloqui era hombre muy entusiasta de su país; hubiera considerado una desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los había enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.

Las hijas de Olloqui, medio madrileñas, medio vascas, tenían un excelente carácter.

Muchas noches en que Aviraneta iba de tertulia a la ferretería, Olloqui traía la guitarra y cantaba él y cantaban sus hijas zortzicos.

Que no le preguntaran al ferretero qué opinión política tenía; él afirmaba que era cristiano, español y vascongado. De aquí no salía.

Para Olloqui, España era una balsa de aceite. Si le contaban que había disturbios, él replicaba que todo se arreglaría en seguida.

Aviraneta visitaba con mucha frecuencia a Olloqui, para librarse de la Soledad, que a veces se ponía muy pesada.

La Sole era demasiado mujer para Aviraneta; se manifestaba celosa sin motivo; lloraba, reía, tenía remordimientos, se sentía pecadora; era una mujer espectacular. Aviraneta odiaba todo lo que fueran gritos, lágrimas, tragedia...

Don Eugenio, huyendo de esta pequeña vida trágica, solía ir a refugiarse a la ferretería del alavés. Un día, al salir de la tienda de Olloqui, se encontró en la calle con el padre de Fermina. El viejo, medio paralítico, con la cabeza grande, los ojos salientes, los pies arrastrando y las manos temblorosas, pasó delante de él. El recuerdo de aquellos ojos animados de un sentimiento de venganza le producía a Aviraneta un gran malestar.

El viejo iba con sus dos satélites: Chatarra y Ezcabarte. Afortunadamente no le habían visto.

Al día siguiente les volvió a encontrar. Sin duda, vivían por allí cerca, y Aviraneta, que no quería encontrarse con ellos, dejó de acercarse a la ferretería y se fué a Aranda por unos días.

Rosalía estaba para dar a luz; Teresita iba haciéndose una muchacha bonita como su hermana, y creciendo en belleza y sabiduría.

A principios de 1822 el país marchaba muy mal; la guerra civil reinaba en todas partes. En Cataluña, Navarra y Castilla se levantaban partidas.

Merino no salía aún de su escondrijo, pero se movían sus secuaces en la sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado había aparecido una partida de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompañase en la persecución de las partidas de Aragón y Castilla, capitaneadas por Capapé, Rambla, Chambó, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no debía ir a la guerra.

—¡Podríamos vivir tan bien los dos juntos aquí!—le decía.

—Sí, es verdad—replicaba él—; pero, ¡qué quieres, hija mía!, no hay más remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta partió para Aragón a incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difícil. Empecinado con sus tropas hacía por aquellas tierras el mismo papel que los franceses durante la guerra de la Independencia; no disponía de buenos guías ni le daban informes exactos; por el contrario, le engañaban y le hacían perder el tiempo.

Esta sublevación de los campos, apoyada desde el Palacio Real de Madrid, era imposible de vencer si no se le hería en la cabeza.

V. ENTREVISTA CON SAN MIGUEL

El verano de 1822 todo el mundo tenía la evidencia de que el Gobierno liberal acababa. La esperanza en Riego, presidente entonces de las Cortes, se desvanecía; el Trapense había tomado la Seo de Urgel, y la Regencia absolutista contaba ya con una base de operaciones.

En esto se supo en España lo ocurrido el 7 de julio en la capital. El Empecinado y Aviraneta se hallaban en Sigüenza y decidieron marchar a la corte unos días después.

Aviraneta fué a Aranda a visitar a su madre, y a principios de agosto estaba en Madrid.

La Sole había presenciado desde el balcón de su casa los jaleos de los días anteriores, y contó a don Eugenio, con mil detalles, lo sucedido.

La muchacha estaba aterrorizada.

Aviraneta salió en seguida a ver a la gente.

Todavía quedaba el entusiasmo por la victoria de los liberales, que había hecho borrar durante unos días las divisiones entre masones y comuneros; pero se iniciaban de nuevo las diferencias.

A mediados de agosto Aviraneta recibió en la calle Mayor la visita de don Juan Martín.

Quería el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo Ministerio, ofreciéndose.

Don Evaristo había estado siempre muy amable y atento con don Juan Martín.

Aviraneta escribió a San Miguel, y el ministro contestó citando al Empecinado en su secretaría.

Al Ministerio San Miguel se le consideraba masón; el Empecinado pertenecía a la sociedad de los comuneros; pero don Juan posponía las pequeñas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa liberal.

—Bueno, nos presentaremos al ministro—dijo Aviraneta.

—¿Cuándo vamos? ¿Mañana?

—Sí, mañana por la mañana.

Se citaron al día siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.

—¿Qué hará ahora nuestro despreciable soberano?—dijo Aviraneta—. ¿A quién estará engañando?

—Sí, yo también temo que sea un miserable—repuso el Empecinado—. ¡Qué chasco nos hemos llevado!

Entraron en el Palacio, y Aviraneta preguntó a un portero por la Secretaría de Estado. Indicó el portero dónde se hallaba y siguieron avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

—No sea usted así, don Juan—le dijo Aviraneta—; usted vale más que toda esta gente junta.

Entraron en una antecámara, donde Aviraneta vió a Juan Van-Halen, que había venido a Madrid desde Cataluña, de parte de Torrijos, a recibir órdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pasó inmediatamente a su despacho y les recibió con gran amabilidad. Era don Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta más que de militar.

—Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martín en el Ministerio—dijo—. ¡Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones, memoriales... Este es un país de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los guerrilleros, pero hacía una excepción en favor del Empecinado por su carácter popular. Todos los sublevados del año 20 eran de carrera; se tenían a sí mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejército. Ni el Empecinado, ni Mina, ni Jáuregui, ni don Tomás Sánchez se salvaron de esta animadversión.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de Aviraneta, dijo:

—Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por mí en este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta, y a cada uno de ustedes dé una misión aparte.

—Usted manda—dijo con sencillez el Empecinado.

—A usted, don Juan Martín—dijo don Evaristo—, le enviaremos a Aragón y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos López Baños y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en combinación.

—Está bien. Estoy siempre a las órdenes del Gobierno. Donde me llamen para defender la Libertad allá estaré.

—Gracias, don Juan, en nombre de España.

—De mí pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del país.

—¡Gracias! ¡Gracias! ¿Usted, Aviraneta, quiere ir a París?

—Si me manda usted, ¿por qué no?

—Bien. Irá usted a París en seguida. Se pondrá usted al habla con los liberales y revolucionarios de allá. Me dirá usted si están dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la intervención que Francia piensa ejercer aquí, impulsada por la Santa Alianza.

—Está bien.

—Si puede usted averiguar qué agentes tienen los absolutistas en Madrid, me lo comunicará usted.

—Bueno.

—Convendría que enviara usted la correspondencia a algún amigo de la frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastián. Aquí la entregarán al jefe político, y éste me la remitirá.

—Todo eso se hará como usted indica—dijo Aviraneta.

—Bueno; pase usted mañana por aquí y le daré el dinero necesario y los papeles.

—Muy bien.

—¡Señores, hasta la vista!—exclamó el ministro, y tendiendo las dos manos al mismo tiempo, estrechó las de Aviraneta y el Empecinado y volvió a su trabajo.

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