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Con la Pluma y con el Sable

LIBRO SEXTO PARÍS EN 1822

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I. DE MADRID A BIDART

Muchas veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar. El Gobierno le abandonaba, no le había encomendado nada, no le había aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tenía más remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante él inmediatamente se abría otro nuevo.

A pesar de esto, siempre temía que, al cerrarse uno de los caminos, su vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta buscó recomendaciones para cumplir bien su misión; Gipini, el dueño de la Fontana de Oro, le llevó a casa de Gaspar Colombi, un milanés que vivía en Madrid dedicado a negocios de relojería. Colombi era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba también marchar a París.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana después en París, en el café Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogió el dinero del Ministerio y advirtió a la Sole que se marchaba.

—¿A París?—preguntó ella.

—Sí.

—¡Ah! Yo también—dijo ella.

—No digas locuras.

—No, no. Si tú vas a París, yo voy contigo. A mí no me dejas sola.

—Pero eso es absurdo.

—Lo que tú quieras; pero si tú vas a París, yo voy contigo.

Aviraneta, sorprendido de sí mismo, cedió. Luego pensó que así el viaje sería más divertido. Se dispuso que ella marchara un día antes y que se reunieran en Valladolid.

Aviraneta estuvo en Aranda unos momentos. Fué a ver a su madre, habló con Teresita y después con el Lobo y Diamante.

Diamante le dijo que el joven Frutos trabajaba ya descaradamente por los absolutistas. Diamante estaba deseando que hubiera un alboroto para trincarlo y fusilarlo sobre la marcha.

Dejó Aviraneta Aranda y se reunió con la Sole en Valladolid, y siguieron los dos a la frontera sin más obstáculos en el camino que el ser detenidos un momento en Salinas.

La policía obligó a mostrar sus papeles a don Eugenio, por sospechas de complicidad con don Juan Ignacio de Aizquibel, a quien habían preso en Escoriaza días antes por organizar en Vitoria un movimiento anticonstitucional.

La detención obligó a perder unas horas; mas se pudo recuperarlas pronto, porque el gobernador puso a la disposición de Aviraneta y de su supuesta señora una silla de postas, en la que llegaron en pocas horas a la frontera.

La Sole iba admirada y encantada de su viaje; los pueblos que se cruzaban, las casas de posta, las posadas de Castilla, el trágico desfiladero de Pancorbo, las aldehuelas vascas, los gritos de los postillones, todo era para ella nuevo y extraordinario.

En Hendaya tomaron asiento en la diligencia francesa hasta Bidart.

En este corto trayecto se encontró Aviraneta sorprendido con un español que parecía navarro, que de cuando en cuando gritaba: «¡Viva el rey! ¡Viva Dios!»

El tal navarro vivía en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes, y aquél, que lo era en grado sumo, creía que su grito «¡Viva Dios!» era un hallazgo.

Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: ¡Eh! ¿Qué les parece a ustedes mi adquisición?

Un francés gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolívar, lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.

Aviraneta se cansó de este grito desafiador, y le preguntó al pamplonica:

—¿Qué grita usted tanto?

—Grito: ¡Viva Dios! ¿Está mal?

—¡Pse! No sé.

—¿Cómo que no sabe usted?

—No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica miró a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del estupor.

Aviraneta contó al francés gordo y apoplético del sombrero a la Bolívar lo ocurrido, y a éste le hizo una gracia tal, que empezó a ponerse rojo y a reírse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruñado, miraba a Aviraneta y al francés con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que habían escapado de la ciudad después de un choque que tuvieron con la tropa, en donde los soldados gritaban: «¡Viva Riego! ¡Viva la Libertad!»; y los milicianos contestaban: «¡Viva el Rey! ¡Viva Dios!» De este choque resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolución de la Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los ¡Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta bajó con la Sole de la diligencia, y dejando a la muchacha en la posada, se dirigió en línea recta al caserío Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesía. Se encontraba, como de costumbre, solo en su jardín, envuelto en una manta. Una mujer de un caserío de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en un sillón con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta, le preguntó cómo seguía la revolución en España, y escuchó con gran detenimiento lo que le contó su sobrino. Después oyó la explicación de los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

—Y usted, ¿cómo está?—dijo de pronto Eugenio.

—Yo tengo vida para pocos días.

—¡Bah! No tenga usted aprensión.

—No tengo aprensión; estoy malo, muy malo, y ya que estás aquí y vas a París te voy a hacer un encargo. Llévame hasta casa.

Aviraneta empujó el sillón de ruedas y llevó a su tío hasta la entrada de la casa, y pasó el sillón adentro. Etchepare se acercó a una mesa, sacó un paquete, donde escribió algo, y entregándoselo a su sobrino, dijo:

—Cuando llegues a París lleva este paquete a su destino. Ahí encima están escritas las señas.

—¿Nada más?

—Nada más. Ahora sácame de nuevo al jardín.

Aviraneta lo hizo así, y continuaron tío y sobrino la conversación. Poco después vino el médico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor del ejército imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidió de Etchepare.

—Hasta la vista, tío—le dijo.

—Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando vuelvas, yo no viviré.

—No diga usted eso.

—Lo verás.

Aviraneta estrechó la mano de su tío y salió mal impresionado.

El médico le dijo que, efectivamente, Etchepare tenía ya para poco tiempo.

II. LOS ABSOLUTISTAS DE BAYONA

Al llegar a Bayona, Aviraneta marchó a la fonda de Francia con la Sole, y desde allí comenzó sus gestiones para averiguar lo que ocurría. La Soledad quería saber cuál era la misión de Aviraneta, y don Eugenio se la explicó, y en vista de que ella quería colaborar en sus intrigas, Aviraneta le envió a varias tiendas donde se hablaba castellano a que se enterase de lo que se decía. Por la noche, don Eugenio se encerró en su cuarto y escribió al ministro:

«Amigo S.: Comienzo mis indagaciones en Bayona. Los absolutistas españoles, instalados aquí, trabajan mucho; pero como buenos españoles, se hallan divididos; los más ilustrados y transigentes siguen a Mozo de Rosales (Mataflorida), y los más clericales, los más puros, como se llaman ellos, van con don Francisco de Eguía.

La Junta Realista, dirigida por Mataflorida y subvencionada por Luis XVIII, hace ya mucho tiempo que funciona aquí.

Con Mataflorida están Eroles, Podio, Queral, Martín Balmaseda, y otros; con Eguía, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgel, don Juan Bautista Erro, don Antonio Calderón...

El partido de Mataflorida es más culto, razón para que no tenga simpatías. Se le acusa a Eroles de estar en relaciones con los constitucionales, como Toreno y Martínez de la Rosa. Mataflorida, que es el hombre intrigante y activo de siempre, no descansa; según parece, trabaja mucho.

Morejón, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Calderón y a Mataflorida; pero no lo consiguió, y siguen las dos fracciones absolutistas divididas.

El partido de Eguía se dedica a murmurar y a rezar.

Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice también que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo Urgel, proyectando enterrar después sus restos en los fosos de las murallas.

Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

Una de las cosas que aquí se comenta más es la vida del general don Francisco Eguía, el célebre viejo maniático, caprichoso y absurdo, a quien conocemos por Coletilla.

El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelería de los Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia, conocida mía, la Delfina, es la que aconseja al general.

La trastienda de la pastelería se ha convertido en la antecámara de Palacio. Allí Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado por Delfina la pastelera, cosa que a los españoles que se las echan de aristócratas indigna.

Según dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le quieren asesinar y de que ella será un Argos para impedirlo.

Por lo que oigo, el secretario de Eguía, Núñez Abreu, no es extraño a la maniobra.

Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la ganga mayor la ha pescado Núñez Abreu, el ayudante de Coletilla, que, según parece, se beneficia de la pastelería, de la pastelera y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la causa realista, la friolera de doce millones.

A pesar de esto, Núñez Abreu ha llegado a insultar al general y a tratarle de vieja momia.

Además de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes militares que forman rancho aparte. El más importante es el de Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capellán de las Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que echar el guante, si pueden.

Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se reúnen los principales agentes realistas. De paso debían ustedes encargar a la policía que hiciera un padrón de sospechosos.

Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de España, que en Verona, en donde está, ha inventado un proyecto de contrarrevolución, que, según dicen, ha sido aprobado por Francia y Rusia, y que consiste en que estos países presten su ayuda a Fernando para combatir la Constitución, a cambio de una parte del Perú. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca, otro plan por el estilo. También quisiera mandar en el cotarro el general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por último, Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de este tinglado realista.

El Gobierno francés apoya los trabajos de todos e intenta impedir que se separen en grupos.

Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia real de Francia. Hará un mes que estuvo aquí el secretario de la Embajada, Eduardo Lagrange, y dió en la fonda de San Esteban una audiencia a los partidarios de Quesada.

Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un personaje enigmático, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba mucha importancia como aristócrata de gran tono, y venía, según unos, con una misión particular del conde de Artois; según otros, de parte del ministro Villele.

Por lo que se cuenta, consultó con Eguía y con su secretario, Núñez Abreu, y, según los partidarios de Quesada y de Mataflorida, quedó convencido de que el general de la pastelería, con sus setenta y dos años, es un viejo gagá, es decir, un viejo chocho e inútil.

A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez más importancia, y la gente cree que triunfará, pues, a la corta o la larga, los franceses nos declararán la guerra.

El Gobierno francés da dinero a manos llenas. Según se dice, los oficiales y tropas del Ejército de la Fe, preparados para entrar en España, cobran sus sueldos religiosamente.

El cordón sanitario y los lazaretos establecidos en los Pirineos Orientales con el pretexto de la fiebre amarilla sirvieron de medios de comunicación entre los absolutistas españoles y el ejército francés.

Ahora, últimamente, se dice que se han enviado nuevas remesas de dinero, y que dentro de unos días Quesada y el Trapense entrarán en España.

Los rumores de guerra con Francia corren constantemente.

Ha habido día en que se han levantando los puentes levadizos y en que la guarnición de Bayona ha pasado la noche sobre las armas.

Se dice que se están enganchando los realistas y que los cónsules les dan pasaportes para entrar en España. Se asegura también que preparan un desembarco en la punta de Socoa, en San Juan de Luz.

La cuestión de los cónsules debía preocupar al Gobierno español; el de Bayona es, en política, un pastelero; el de Burdeos, un tal don Isidoro Montenegro, es uno de los agentes absolutistas más caracterizados.

Los encargados de defender al país son los que lo venden. ¡Qué vergüenza! ¡Qué prueba de incapacidad la nuestra!

A.»

III. LA CONDESA DE RUPELMONDE

Concluída su misión en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de nuevo la diligencia.

La admiración de la Sole crecía de punto al internarse en Francia. El viaje por tierra extranjera le parecía un sueño.

Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos niños o un señor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados puntiagudos y su camino enarenado, el río o el mar que se veía a los lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que tenía que mostrar a don Eugenio.

De noche las impresiones eran para ella también admirables. Se llegaba a algún pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa, delante de la puerta de una posada llamada el Dragón Azul, las Armas de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en donde se veían galeras, camiones, carrozas, tílburis, montones de heno, cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una palmatoria en la mano, se llegaba a una galería que daba la vuelta al patio y se penetraba después en una sala iluminada con un candelabro, y una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.

—¡Qué miedo tendría si viniera sola!—exclamaba la Soledad, y el sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.

Todo el viaje la muchacha fué así encantada.

Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontró con que uno de sus parientes de Méjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se había instalado allá, en unión de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.

Don Eugenio preguntó a sus parientes qué se hablaba allí de política española; pero éstos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misión que llevaba, y Aviraneta con la Sole siguió inmediatamente a París. Llegaron por la mañana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana.

El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba afiliado a la masonería.

Llevó a don Eugenio y a su compañera a un saloncito de lectura, y después de hacerles descansar y de charlar un momento con ellos, les acompañó a ver los cuartos.

El hotel era estrecho y estaba repleto; tenía una escalera angosta, en la que se respiraba un vaho de comida y de agua de fregar caliente; en los rincones, obscuros, había bujías encendidas.

Aviraneta no quiso quedarse en los pisos bajos y pidió un cuarto en lo más alto, adonde no llegaba el tufo de la casa y donde se respiraba un aire más limpio.

Hubo que hacer varios cambios, y la Sole y Aviraneta se instalaron, por fin, en un cuarto bastante grande, en el último piso, con dos balcones a la calle. La habitación tenía pretensiones de elegante: estaba tapizada con un papel con dibujos, tenía una chimenea de mármol y encima de ella un gran espejo dorado. En los balcones había tiestos de enredaderas. Desde allí arriba se veía un panorama de guardillas y de tejados, y un bosque de chimeneas de todas clases, de ladrillo, de barro, de hierro, agrupadas como tubos de órgano, aisladas, torcidas, derechas, en zig-zag, terminadas en caperuzas, cascos, mitras, morriones, sombreros de teja, sombreros de obispo y gorros de dormir.

La Sole quedó un poco sorprendida de esta vista sobre París a vuelo de pájaro, y comenzó a sacar su ropa del baúl.

Aviraneta escribió a González Arnao y a otros amigos pidiéndoles hora para verles.

—Bueno—le dijo a la Sole—; me voy.

—¿Te vas?

—Sí; vendré a la hora de comer.

Aviraneta marchó a dejar en su destino el encargo de Etchepare. Era un paquete pequeño, cuadrado, envuelto en un papel, con esta dirección:

«A la señora condesa de Rupelmonde.—Calle del Infierno, 23, hotel.»

¿Qué demonio tendría que ver el republicano Etchepare con aquella condesa?

Aviraneta tomó un coche a la puerta de su hotel, cruzó el Sena por el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vías estrechas y sucias, llegó a una calle próxima al Val de Grace, la calle del Infierno. Aviraneta pagó al cochero, y antes de llamar en el hotel estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas piedras nacían manchones de hierba. Miró al reloj: eran las diez y media. Le pareció que quizá sería demasiado temprano para visitar a una dama de la aristocracia, y pensó en hacer un poco de tiempo, paseando. Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrière d'Enfer.

El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace, convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento de Port Royal, notable por la protección que dispensaron las monjas a los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las Feuillantines...

Aviraneta recorrió el barrio y se acercó de nuevo al hotel de la calle del Infierno. Era éste pequeño, de piedra, con dos pabellones de color negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.

Aviraneta llamó; sonó a lo lejos una campana, y poco después apareció un criado viejo, que le preguntó en voz baja qué deseaba. Aviraneta le explicó que traía un encargo para la condesa de parte del señor Etchepare de Bidart.

—Etchepare... Bidart...—murmuró el viejo—. Espere usted un momento.

Entró Aviraneta en el portal, se sentó en un banco y esperó unos minutos. Volvió el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una gran escalera de mármol, alfombrada en el centro.

El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde había una señora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.

Esta señora, de aire imponente, tenía el rostro joven, a pesar de la blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.

—Mi tío, el señor Etchepare—dijo Aviraneta—, me manda con este encargo para usted.

—¡Ah! ¿Es usted sobrino del señor Etchepare?—preguntó ella dando muestras de gran sorpresa.

—Sí, señora.

—¿Vascofrancés?

—No, señora; soy español.

—Un momento.

La señora se acercó a un costurero, sacó unas tijeras y abrió el paquetito de Etchepare. Aviraneta, que estaba lleno de curiosidad, vió que encerraba unos papeles y una miniatura.

La dama se quedó contemplándolos absorta.

—No comprendo por qué me manda esto el tío de usted—dijo la señora con voz temblona—. ¿Le pasa algo? ¿Es que está enfermo?

—Sí, muy enfermo.

—¿Grave?

—El cree que durará poco, unos días solamente.

—¿Quién le cuida?

—Una mujer de un caserío próximo le lleva la comida y le saca al jardín. Luego queda solo.

—¡Pobre amigo!—exclamó la condesa—. ¿Sabe usted si se ha reconciliado con la Iglesia?

—Creo que no, señora.

La dama quedó pensativa. Aviraneta dió dos pasos para retirarse.

—Espere usted un momento—dijo la condesa—. ¿Necesita usted en París alguien que le guíe?

—No, señora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.

—Sin embargo, no le perjudicará a usted tener una persona conocida.

—¡Ah, claro que no!

La condesa tocó una campanilla, y apareció el criado viejo.

—Dile al señor abate que venga.

Aviraneta esperaba de pie.

—Siéntese usted, caballero—dijo la señora.

Aviraneta se acercó a la mesa y miró la miniatura... La conocía. Era la que le había enseñado Etchepare hacía muchos años al contarle su historia.

Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendió que era la sobrina de Guzmán, de la que había estado enamorado Etchepare en su juventud.

Pasaron así unos minutos, sentados frente a frente, la señora y Aviraneta, sin hablarse, hasta que llegó el criado en compañía de un abate.

La condesa presentó al abate Dumanoir a Aviraneta; después dijo que tenía que ausentarse por unos días de París, y se despidió.

El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta años, charlatán, ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.

Tenía el aspecto de un hombre del antiguo régimen, jugaba con un lente de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de concha, que llevaba siempre en la mano.

Dumanoir le interrogó a Aviraneta acerca de los asuntos de España, y le llevó al jardín de la casa. Este jardín había sido de mademoiselle la Valliere; allí había paseado en sus últimos tiempos la favorita de Luis XIV.

Dumanoir le mareó a Aviraneta a preguntas; quería sonsacarle, saber sus opiniones políticas.

El fingir que no comprendía bien unas veces y el hacer que no tenía facilidad de expresarse en francés otras, le salvaba de descubrirse como liberal.

De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le venía a la memoria.

—Mio caro, studiate la matematica.

Después de enterarse bien de la política española, el abate Dumanoir habló de sus teorías políticas. Era partidario de las doctrinas de Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, según él, debía estar por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la Iglesia, por encima de todos los gobiernos.

Aviraneta le dejó hablar, y luego le preguntó su opinión acerca de la posible guerra con España. El abate estaba convencido de que la intervención se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tenía para creerlo.

Aviraneta inventó una ocupación urgente, se despidió del abate y salió del hotel.

A la puerta esperaba un coche. ¿Iría la condesa a ver a Etchepare?

IV. TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS

Al volver Aviraneta al hotel se encontró a la Sole, que estaba llorando a mares.

—¿Qué pasa?—le preguntó.

Realmente, no pasaba nada. La Sole, viéndose en el cuarto de un hotel y en una ciudad desconocida, había creído lo más conveniente ponerse a llorar.

Aviraneta se rió de este llanto, y la Sole le dijo que era muy desgraciada y que deseaba morirse.

—Bueno—replicó don Eugenio—; son las doce y media. Yo tengo que escribir unas cartas. Te esperaré abajo, en el salón de lectura. Te doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.

La Sole protestó; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna y se arregló para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un paseo por los bulevares.

La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran éxito. Llamaba la atención allí por donde iba.

—Creo que Aranda está quedando a una gran altura—la dijo Aviraneta.

—Sí; es verdad—contestó ella riendo.

La Sole se había dado cuenta de la expectación que despertaba, y el instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta expectación.

Aviraneta no podía acompañarla con frecuencia, entregado, como estaba, a sus investigaciones, y se decidió que la muchacha saliera sola, y que para volver, si no sabía el camino, tomara un coche.

Después de cenar iban los dos a los cafés y a los teatros, y andaban por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.

A los pocos días de llegar Aviraneta, escribió al ministro.

«Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de información, que, como comprenderá usted, no son fáciles.

González Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de la Regencia de Urgel, Martín Balmaseda, ha venido hace días a París con pliegos para la familia real.

Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya contra esos bandidos españoles que quieren vivir con el mínimum de frailes.

Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabellón Marsan patrocinan la idea, y con él el partido jesuíta y los periódicos La Bandera Blanca, La Cuotidiana, la Gaceta de Francia, etc.

En las consultas de Balmaseda con los políticos no ha habido unanimidad; los moderados Villele, Montmorency y Chateaubriand se inclinan a que España tenga una Carta al estilo de Francia. Consideran que si Toreno, Morillo y Martínez de la Rosa ceden en su entusiasmo por las doctrinas liberales, estarán en el fiel de la balanza.

Si existen en España organizados los Anilleros, quizá se intente una reacción en este sentido para traer la Carta con dos cámaras; pero creo que los partidarios de esas ideas se han de encontrar chasqueados, porque la avalancha absolutista los ha de tragar a todos. La gente clerical odia lo mismo, o quizá más, al liberal moderado que al más rabioso.

Ugarte anda por París intrigando; tiene por aquí centros absolutistas franceses, a donde concurre, y está en correspondencia en Madrid, con Miñano, Corpas y con amigos de Martínez de la Rosa.

No sé qué contubernio afrancesado, apostólico, moderado, preparan. Los absolutistas franceses trabajan con un gran entusiasmo por la causa clerical española. La Sociedad de Beneficencia de los Conservadores de la Legitimidad, sociedad jesuítica que tiene una policía muy bien montada, organiza los Dragones Ligeros del Ejército de la Fe.

Muchos aristócratas realistas y vendeanos se preparan para entrar en España.

Esta sociedad de Beneficencia legitimista, ayudada por el partido del pabellón Marsan, hace una terrible campaña contra nosotros. Los periódicos absolutistas subvencionados por el Gobierno, como la Bandera Blanca, elogian a los guerrilleros feotas, y la Foudre, otro periódico clerical, pagado por el Ministerio y escrito por saineteros, pintaba hace días al Trapense vestido de fraile, sobre una escalera y con un látigo en la mano, subiendo la muralla de la Seo de Urgel y haciendo huír a los liberales.

La mayoría de la gente de posición es hostil a los españoles. Creen que de un día a otro vamos a colgar al rey y a su familia. ¡Ojalá!

Cierto que los doctrinarios liberales no quieren hablar de guerra, y los que se llaman independientes, como Foy, Manuel, Lafayette, luchan contra ella; pero no podrán evitarla.

Por ahora, lo más importante me parece explorar el ánimo de los militares. A esto me voy a dedicar durante unos días.

Ayer comencé mi campaña. Hay en mi hotel un judío francés, Ben Assag, que tiene un almacén de vinos en Bayona, en el barrio de Saint-Esprit.

Este judío ha venido a París a solicitar del Gobierno una contrata para el futuro ejército de la Fe, que probablemente nos hará la guerra. Le he dicho yo que conocía a Basterreche, y el judío me ha indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado tiene buenas amistades en el ejército, y que podría servirle. El judío me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le consigo algo; le he acompañado a la calle de Montmartre, 148, donde vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misión que tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el Ministerio de la Guerra.

Este general, que, al parecer, antes tenía fama de republicano, nos ha hablado como un perfecto monárquico de la fidelidad a sus reyes, del respeto a su señor...

El general ha indicado al judío que vuelva de nuevo para hablar con él.

Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejército está cortado por este patrón. Todos los oficiales son burócratas y de tendencia jesuítica y servil.

De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qué piensan los subalternos. Intentaré averiguarlo.

A.»

V. DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA

Había por entonces, como siempre, una colonia de españoles en París, gente llegada allí como los restos de los naufragios a las playas. Estos náufragos habían echado su ancla en alguno de los negros callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una vida extraña. Habitaban los últimos pisos de casuchas hórridas, en calles estrechas, húmedas y malsanas, en la más espantosa miseria, pensando siempre en su país. De pronto, un día, cambiaba el Gobierno de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco después eran nombrados para ocupar un alto cargo en España o en Cuba, y entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.

Este contraste de la extrema miseria con el extremo lujo explicaba aquella floración de romanticismo enfermizo de la época. Todavía hace años en París existía un recuerdo mitigado de este romanticismo con el nombre de bohemia.

Poco a poco, al desaparecer los contrastes, se ha ido perdiendo ese sentimiento. El aire, la luz y los árboles han acabado con el romanticismo allí y en todas partes.

Por entonces, muchos de los españoles que vivían en París eran realistas que esperaban a que se movilizara el Ejército de la Fe para entrar en España.

Aviraneta se reunió con algunos de ellos. Iban al café Ambroisie del bulevar Montmartre, y algunos solían comer en un restaurante de la calle de Petits Champs.

Estos militares realistas no sabían nada de cierto de cuanto pasaba en España; creían que Madrid estaba ardiendo en clubs, y, además de las dos sociedades de masones y comuneros, suponían que había otras muchas: la Joven España, el Centro Universal, la Santa Hermandad, la de los Carbonarios, la de los Europeos Reformados.

Aviraneta oyó decir que los asesinos del cura Vinuesa habían formado la Orden de los Caballeros del Martillo, y que estos ciudadanos tenían por insignia un pequeño martillo de oro pendiente de una cinta, y que se presentaban con ella por todas partes.

Las cosas que se ignoraban en Madrid se sabían en París. Claro que todo era invención fantástica.

Al séptimo día de estancia en París, Aviraneta, que se había citado con Gaspar Colombi en el café Foy, se encontró con él. Colombi era un milanés dedicado a negocios de relojería y afiliado a los Carbonarios. Aviraneta le explicó con detalles la misión que tenía del Gobierno, y Colombi le llevó a casa de otro lombardo, llamado Cobianchi, antiguo ayudante del general Pepé, y uno de los Buon cugino de la Venta Carbonaria de París.

Cobianchi vivía en este momento en el Faubourg-Poissoniere, y para despistar a la policía se hacía llamar conde de Clermont. Por lo que dijo Cobianchi, Pepé le escribía asiduamente bajo el nombre de Bucelli.

Colombi explicó a Cobianchi la misión que tenía Aviraneta, y el ayudante de Pepé dijo que hablaría a los Buenos-Primos de la Venta Carbonaria de París para que le facilitaran todos los datos necesarios.

Aviraneta dió las señas de su casa, y los siguientes días fueron varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi, cantores de ópera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misión de fundar ventas en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cónsul de España en París, dueño de un café de un pueblo de los Pirineos, que se ofrecía a servir de intermediario; un tal Pérez, español, que vivía enfrente del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un señor, Grandmaison, negociante de la calle de Nuestra Señora de Loreto, que enviaba paraguas, sombrillas y abanicos a España.

Aviraneta no descuidó el presentarse en el Gran Oriente masónico del rito escocés. Tuvo que pasar por todas las clásicas ceremonias, un poco cómicas, de la masonería: marchar con los ojos vendados, estar tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de un compás en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente y pronunciar la palabra del pasado Milbihg y la palabra sagrada Mac Benak.

Después de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo más ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Aragó, Lafitte, Armand Carrel...

Como en París no había hostilidad entre masones y carbonarios, Aviraneta se presentó en la Venta Carbonaria y fué desde entonces uno de los Buenos-Primos.

VI. CUGNET DE MONTARLOT

Aviraneta necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y pidió uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, José Pantanelli, que sabía el español, el francés y el inglés. Pantanelli era un viejecillo pequeño, de ojos azules y pelo blanco. Era de Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no parecía un hombre muy terrible.

La Sole y él se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente su vida, y Pantanelli llevó a su nieta al hotel de Embajadores para que le viera la Soledad.

La Sole tendía hacia el aristocratismo rápidamente; se vestía cada vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucherías y estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela elegante.

Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la acción. Marchaba como un búfalo a través de las selvas, embriagado por sus aventuras.

Unos días después de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta escribió al ministro:

«Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aquí un oficial del Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet, como quizá no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas en Francia y ha dado que hablar últimamente con una supuesta conspiración tramada por él en Zaragoza hace unos meses. Cugnet, ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido que la manera de comunicarse con él es dejarle un recado en casa de un administrador de coches de París a Saint-Denis, que vive en la calle de Saint-Denis, 374.

Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.

Me ha dicho lo que ocurrió en Zaragoza el año pasado. Cugnet estaba al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han entrado en el Carbonarismo, y había ideado el plan de formar una columna republicana de tres mil hombres con españoles, franceses y napolitanos y entrar con ella en Francia por el Rosellón, ocupando plazas fuertes y defendiéndose en éstas.

Cugnet había pensado en nombrar comandantes a los militares extranjeros republicanos refugiados en España: a Nantil, oficial de artillería, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barón Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha, pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.

Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidiéndole detalles de la empresa, y éste contestó que todo iba preparándose y que se anunciaría el día de la reunión.

Vaudoncourt, que no tenía mucha confianza, escribió a Riego para advertirle la precipitación de Cugnet de Montarlot y rogarle que evitase un movimiento prematuro y parcial.

Le decía que la frontera del Rosellón era muy estrecha, obstruída de fortalezas, y que no sería fácil batir con pocos hombres las guarniciones de Perpiñán, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis, Collioure, etc.

Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contestó al requerimiento que le hicieron diciendo que no sería el primero; pero que si se hacía el movimiento invasor hacia Francia se uniría a él.

Cugnet siguió con sus preparativos; pero vió claramente que no tenía fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unión de los comuneros, ideó el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres de infantería y cien de a caballo y proclamar la República. Cugnet fué a Madrid, volvió a Zaragoza, habló a todo el mundo de sus proyectos, y en esto el jefe político Moreda le mandó prender.

Al ir a echarle mano, un patriota le suministró un pasaporte y Cugnet se dirigió a Francia, y en el camino de Olorón, entre Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compañeros y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama generalísimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos meses en la cárcel, volvió a salir y fué al Languedoc.

Después de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los oficiales franceses le habían denunciado al embajador de Francia en Madrid, monsieur de la Garde, y que éste había comprado al gobernador de Zaragoza, Moreda.

Yo le pregunté:

—¿Con qué individuos de la sociedad de los Comuneros se ha entendido usted?

—Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con Regato, hombres sin tacha.

—Pues ahí tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Lo juraría usted?

—Por lo más sagrado.

Y le conté lo que sé de Regato y de algunos otros comuneros.

Cugnet ha dicho que si encuentra a Regato lo matará.

Cugnet marcha a España un día de estos. Piensa hacer lo posible para luchar contra la expedición francesa. Si entran los franceses en España formará una partida. Desde ahora cambiará de nombre, y en vez de Cugnet de Montarlot se llamará Carlos de Malsot. Convendría que se le protegiera y que la policía no le pusiera ninguna dificultad a su paso.

Un saludo de

A.»

VII. LOS CARBONARIOS Y EL COMPLOT DE BELFORT

«Amigo S.: Se habla mucho en París—escribía Aviraneta al ministro—de esta nueva sociedad venida de Italia, y que se llama la Carboneria, y a sus afiliados los carbonari. La Carboneria tiene pocos ritos misteriosos, y a sus logias llama Ventas.

El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a la Santa Alianza.

La Alta Venta Carbonaria de París pretende ser el centro de los liberales de España, de los radicales de Inglaterra, de los carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los turcos. Hay comités para favorecer la revolución griega, española e italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno español no debe desdeñar a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los masones se opongan. Los informes de los carbonari serán buenos, y sus hombres, como más jóvenes y decididos que los masones, pueden servir de mucho.

El origen de esta sociedad es un tanto fantástico. Unos suponen que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de Italia, tenían que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la fundó San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judaísmo, como la masonería.

Los carbonari, que no han suprimido los mitos simbólicos, llaman al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.

Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptación francesa.

El origen de la adaptación es éste:

Durante la Restauración aparecieron en Francia muchas sociedades secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas, como formadas por oficiales del Imperio. Luego, más tarde, estas sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones, partidarios en su mayoría de la República.

En 1820 existían dos sociedades importantes: Los Caballeros de la Libertad y los Amigos de la Verdad.

Tras de una conspiración tramada por esta última, la mayoría de sus socios escapó de Francia, y un oficial llamado Dugied fué a Nápoles y se hizo carbonario.

Volvió Dugied a París con la idea de que había que implantar aquí el carbonarismo, y habló de esto a todos sus amigos, hasta que los convenció.

Tres jóvenes tomaron la iniciativa: un estudiante de Medicina apellidado Buchez, hombre tosco y de energía; un periodista, Amando Bazard, fundador de la Sociedad Los Amigos de la Verdad, y otro muchacho llamado Flotard.

El 1.º de mayo del año pasado estos tres jóvenes se reunían en la mesa redonda de una casa de huéspedes miserable de la calle de Copeau, casa pobre de un barrio de los más pobres de París.

Se discutió entre los tres amigos la proposición del oficial Dugied y los estatutos de los carbonari italianos que tenían sobre la mesa.

Después de una larga discusión, se llegó a varios acuerdos, que eran éstos:

Primero. Los estatutos de los carbonari italianos no responden ni al carácter ni a las inclinaciones de los franceses; por lo tanto, hay que cambiarlos.

Segundo. Al fundar la Carboneria desaparecerán todas las sociedades de carácter político liberal.

Bazard habló al Consejo administrativo de Los Amigos de la Verdad, que se mostró conforme; se escribieron los nuevos estatutos y se fundó la sociedad. Se suprimió en ella todo carácter místico.

Los siete fundadores del carbonarismo en Francia fueron: Bazard, Flotard, Buchez, Dugied, Carriol, Joubert y Limperani.

Los deberes del carbonario francés son: tener un fusil y cincuenta cartuchos, estar pronto al sacrificio y obedecer ciegamente a las órdenes de jefes desconocidos.

Las sociedades carbonarias son civiles y militares.

En la calle, los carbonarios se saludan unos a otros llevando la mano a la frente, a la manera militar; luego se cruzan las manos sobre la espalda y se quedan en esta actitud hasta que la persona a la cual se dirige uno tiende también la mano derecha; entonces se aprieta fuertemente la mano y después el antebrazo.

Los italianos se reconocen diciendo al dar la mano:

—Fe, Esperanza y Ca... ri... dad...

La palabra Caridad la dicen recortándola, y en la palma de la mano de quien saludan trazan con el pulgar una C y una N.

Los carbonarios nunca escriben nada; se comunican de viva voz y se reconocen por monedas partidas o por tarjetas cortadas de una manera irregular.

Al militar que va a un pueblo de guarnición se le da un trozo de moneda y a la Venta del pueblo se envía otro.

Una vez constituída la sociedad carbonaria, arraigó rapidísimamente. En seguida se extendió por los cuarteles y por las escuelas.

Bazard trabajó en París y consiguió que, más o menos claramente, se afiliaran los generales Lafayette, Lamarque, el diputado Manuel, Dupont de l'Eure, el general Thiars. Se comenzaron a pasar revistas por la noche, y los afiliados hacían el ejercicio en los desvanes, cubiertos de paja.

Mientras Bazard trabajaba en París, Flotard estaba en el Oeste, Dugied en Borgoña, Joubert en Alsacia y los demás repartidos por Francia.

Al año consiguieron cubrir Francia de ventas. La primera conspiración carbonaria se fraguó entre los alumnos de Saumur, y tenía que estallar el 22 de diciembre de 1821. Fracasó, y pocos días después, el 1.º de enero de 1822, abortaba el complot de Belfort.

La conspiración ésta abortó por varias razones: la principal por querer poner a la cabeza de gente ardiente y joven hombres viejos y experimentados.

Se tenía la tropa comprometida en Belfort, Colmar, Estrasburgo, Metz, Epinal y Mulhouse. Había cinco regimientos completos en la conspiración y varias compañías y batallones de la zona. En la línea del Rhin, las ventas carbonarias tenían cerca de diez mil afiliados.

El movimiento había de ser por el estilo del nuestro de Cádiz.

El Comité directivo lo formaban: Lafayette, Manuel, Dupont de l'Eure, Voyer d'Argenson, Jackes Koechlin, el general Thiars, Merilhou y Chevalier.

La gente de acción que iban a dirigir la conspiración eran: entre los civiles, Bazard, Flotard, Buchez, Joubert, los pintores Ary Scheffer y Horacio Vernet y otros carbonarios; entre los militares estaban: el general Dermoncourt, los coroneles Caron, Fabvier, Pailhés, y los oficiales de menos graduación, Rusconi, Roger, Armando Carrel, etc.

La indecisión del Comité director fué una de las causas principales del fracaso.

Caron, el mayor, después de abortar el movimiento de Belfort, fué engañado por la policía.

El coronel Caron intentaba levantar los regimientos en Colmar.

Los jefes del ejército ordenaron a los oficiales y suboficiales que dieran aparentemente oídos a las proposiciones revolucionarias del coronel. Caron, ilusionado, salió de Colmar con un escuadrón de falsos cómplices; fué de pueblo en pueblo descubriendo él mismo dónde tenía sus amigos, y al último, preso por sus subalternos, atado y en una carreta, lo llevaron a Estrasburgo, donde lo fusilaron.

Al mismo tiempo que el complot de Belfort se preparaba una segunda conspiración en Saumur, con fuerzas mandadas por el general Berton y por el teniente de artillería Delon. Al saber el fracaso de Belfort se pensó en abandonar el proyecto; pero Berton, como hombre decidido y terco, no quiso cejar. Decidió comenzar el movimiento en Thonars, y fué allí el 22 de febrero de este año vestido de general, montó a caballo, enarboló la bandera tricolor y, seguido de algunos cientos de guardias nacionales, intentó entrar en Saumur.

La tropa le salió al encuentro, y Berton tuvo que dar la orden de retirarse a su columna. Todos los cómplices desaparecieron; Berton no quiso hacerlo y, descubierto, ha sido preso y será guillotinado.

Por esta misma época se encontraron tarjetas cortadas y otros papeles comprometedores a los cuatro sargentos de la Rochela. En su proceso se demostró que estaban afiliados al carbonarismo.

Estos fracasos de Belfort y Saumur tienen mucha importancia para nosotros, porque nos privan de fuerzas que podían venir en nuestro auxilio. Muchos militares están en la cárcel. Ahora mismo se está celebrando el juicio contra el general Berton y la conspiración de Saumur, y el fiscal acusa a los liberales, a Manuel, a Foy y a otros de pertenecer a sociedades secretas. Se intenta amedrentarlos.

Dentro de unos días se va a guillotinar a los cuatro sargentos de la Rochela. Los carbonarios dicen que los salvarán, que tendrán doscientos mil hombres en las calles de París. Ya veremos.

A.»

VIII. LA AYUDA EXTRANJERA

Al día siguiente de escribir esta carta, Aviraneta, acompañado de uno de los hermanos Bonaldi, fué a casa de un fondista llamado Rossel, de la calle de Rivoli. En esta fonda había vivido, durante algún tiempo, uno de los jefes carbonarios, Flotard, y seguía viviendo todavía un amigo suyo, estudiante de Medicina.

Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por él, y les pasaron a un cuartucho pequeño que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todavía joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que tenía delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin duda marcada según el sistema de Gall. El estudiante escuchó lo que le dijeron, y advirtió que había que llamar a un comisionista que vivía también en la casa.

—Este comisionista—dijo el estudiante—tiene la especialidad de que fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque no tiene la protuberancia que Gall señala para la memoria.

—¿Y eso qué importa?—dijo Bonaldi.

—Importa mucho para la ciencia.

—Sí; pero, en fin, nosotros somos políticos, no entendemos de eso. Decía usted que tiene una gran memoria.

—Sí, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho les servía de libro de señas.

El estudiante llamó al comisionista y le explicó en pocas palabras el deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.

—Si se trata de algo con relación a España—dijo el comisionista—, lo sabrá Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. Allí le encontrarán, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la calle Lourcine, núm. 23, y pregunten ustedes por él.

El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a Aviraneta, y explicarles por qué el joven comisionista no tenía la protuberancia de la memoria señalada por Gall; pero ellos tenían prisa.

Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de planchado de la calle Lourcine.

La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle. Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les preguntó a su vez quién les enviaba; Bonaldi contestó que venían de casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial, hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un señor bajito, rubio y cano.

Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cómico, hizo las presentaciones y explicó la misión que llevaba Aviraneta del Gobierno español.

Chevalier no conocía nada de asuntos relacionados con España. Dentzel sabía algo por haber oído hablar en casa del general Schramm, donde se reunían los generales Esteve y Solignac, pues se discutía allá la posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales españoles. También había oído decir que el ex coronel Bourbaki, después de avistarse con el embajador de España, el duque de San Lorenzo, iba a salir de París hacia Navarra.

El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no tenía otros. Luego, después, recordó que había un miniaturista español llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que vivía en la calle Bergere, y añadió que quizá éste supiera algo.

Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta volvieron a la otra orilla.

El miniaturista Pastor tenía un estudio muy pobre. Era un hombre afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de negro, lleno de manchas.

Este miniaturista, a creerle a él, lo sabía todo; hablaba en tono de confidencia y de misterio. Su conversación era un continuo aparte. Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, decía al dueño: «En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de queso».

Pastor dijo que se habían visto en París en la semana pasada los generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para tratar asuntos de España. El general Lamarque había estado con su mujer en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.

—¿Y se va a hacer algo?—preguntó Aviraneta.

—Claro que sí. Se organizará una legión francesa en Zaragoza y una legión inglesa en Galicia; las tropas francesas estarán mandadas por los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir Roberto Wilson.

—Esto se dice. La cuestión es que se pueda hacerlo—dijo Aviraneta.

—Por otro lado, Pepé está en relaciones con Lafayette—siguió diciendo Pastor—. Le escribe firmando miss Wright, y la intermediaria es la señora Hutchison, que vive en la calle de Clichy, 28.

—¿Y qué puede hacer Pepé?

—Organizar una legión italiana. Fabvier también está con nosotros. Fabvier, con el nombre de Cabillo Torres, ha escrito varias cartas al banquero Haguerman, desde Barcelona, explicando a Lafayette la situación. Fabvier va otra vez a España, desde Londres, con una mujer que toma el nombre de Sorting, y que es una criada de lady Holland. Ahora Fabvier está en París.

—Sí. Fabvier estará con nosotros y Pepé y algunos otros; pero son hombres, no batalladores—dijo Aviraneta.

A Pastor parecía preocuparle poco la realidad de lo que contaba. Le bastaba con hablar y entusiasmarse.

—El que va a venir con fuerzas perfectamente equipadas es el gran sir Roberto Thomas Wilson. Wilson es de ideas republicanas, diputado de la Cámara de los Comunes; está en París en el hotel de Londres, de la plaza de Vendome.

—¿Pero trae gente?

—Sí, le acompañan Antonio Adolfo Marbot, hijo del general Marbot; John Braandon y John Hickes, radicales ingleses, y dos carbonarios italianos, Santini y Rossi.

—Los conozco—dijo Bonaldi.

—Por último—exclamó Pastor—, tengo una noticia importantísima.

—¿Y es?

—Que los liberales franceses van a enviar a Benjamín Constant a España.

De la charlatanería del miniaturista, Aviraneta quedó convencido de que no sabía nada, probablemente porque no había tampoco nada preparado.

IX. LA SOLEDAD

La situación entre la Sole y Aviraneta iba haciéndose cada día más extraña. Aviraneta se entendía bien con ella; pero su vida era tan agitada y movida, que no tenía apenas tiempo de hablarla.

La Sole, por su parte, era muy mimosa, y necesitaba que alguien se ocupara constantemente de ella.

Don Eugenio defraudaba sus esperanzas; la dejaba sola durante largo tiempo; si ella le hablaba, él sonreía distraídamente, siempre pensando en sus enredos políticos.

La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si éste hubiese sido como las demás personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginación estaba siempre en movimiento.

La Sole comenzó a unir la desilusión de no atraer al hombre con quien vivía con el miedo.

Al principio, no; pero poco después comenzaron a presentarse en el hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la policía. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino que fueron a interrogar a la Soledad.

La muchacha quedó aterrada.

El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el Espión, y la Soledad, también, creyendo que éste sería su nombre. El Espión era un tunante de unos cuarenta años, fuerte y rojo. Tenía la cara irónica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas. Vestía levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y sombrero de copa de alas anchas, a la Bolívar. Gastaba un garrote, sobre el que se apoyaba en una actitud cínica y desafiadora. A las órdenes del Espión andaban dos hombres que, según dijo el mozo del hotel, eran dos finos sabuesos de la policía: el padre Chicard y Gargouille.

El padre Chicard era un viejo pálido y muy pequeño, tan rapado, que no tenía apenas cuerpo. Vestía una hopalanda desteñida y andaba deslizándose como una sombra. El padre Chicard solía estar tan ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espía. A veces su mirada se iluminaba con una sonrisa irónica y aguda.

Gargouille era un pequeño monstruo: tenía una cara de sátiro alegre y cómica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso grotesco, como el de los cómicos de melodrama y los cantantes de ópera.

El padre Chicard y Gargouille solían estar los dos en frente del hotel de Embajadores a la puerta de una casquería, en la que había unas cabezas de ternera muy pálidas y melancólicas en el escaparate.

Un día se presentó un joven rubio, elegante, que sabía algo de español. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un carbonario, que tenía una misión secreta y espantosa; que lo mejor que podía hacer era abandonarle. La Sole se echó a temblar.

—¡Qué voy a hacer yo, Dios mío!—dijo llorando.

—Una mujer tan bonita como usted siempre encontrará quien la ofrezca, no una morada, sino un trono—le dijo el joven.

La Sole le miró por entre sus lágrimas y no contestó.

Al despedirse, el joven dejó su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:

EL MARQUÉS DE VIEUZAC

El marqués pidió a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo concedió.

El saber que Aviraneta era un bandido no aminoró en nada la simpatía que tenía por él la Soledad.

Esta no le habló de la visita del marqués, empleado en el Ministerio; le dijo únicamente que había gente que preguntaba por él en la portería y que le espiaba.

—La gente de la calle de Jerusalén—dijo Aviraneta, como si el hecho no tuviera importancia.

—¿Quién es esa gente?

—La policía—contestó él con indiferencia.

La Sole quiso convencerle de que debía dejar los asuntos tenebrosos en que estaba metido, y Aviraneta escuchó estas palabras riéndose.

—No tengas miedo; ya dentro de unos días nos volveremos a España—dijo.

—¿Y por qué no en seguida?

—Hay que esperar hasta el veintiuno de septiembre.

—¿Para qué?

—Porque ese día van a ejecutar a cuatro sargentos, y nosotros los vamos a salvar.

—¿Quiénes sois vosotros?

—Nosotros, los revolucionarios.

La Soledad comenzó a llorar, pidiendo a Aviraneta que no se mezclara en estos asuntos, porque le iban a cortar la cabeza. Aviraneta se rió y tranquilizó a la muchacha.

Unos días después volvieron los de la policía y pasaron largo tiempo en el portal.

Aviraneta no quería encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que, cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusalén en acecho, atara un pañuelo blanco en el hierro del balcón. Entonces él le mandaría un aviso diciéndole en dónde le podía encontrar.

Si en vez de esperarle nada más los de la policía, querían prenderle, la Soledad pondría un pañuelo rojo, y en seguida escribiría una carta diciéndole lo que pasaba a la librería de Eymery, y la enviaría por el mozo del hotel.

La Soledad tenía mucho miedo al Espión y a los hombres de la calle de Jerusalén; pero prometió hacer las señales que le pedía don Eugenio.

Un día Aviraneta se enteró por el dueño de la fonda que el joven rubio entraba en su cuarto. Un domingo por la mañana, en que Soledad se preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se fué la muchacha saltó de la cama, abrió con el cortaplumas un armario donde ella tenía su ropa y encontró dos cartas del marqués de Vieuzac. En una de ellas el marqués le hacía grandes protestas de amor; en la otra le decía que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quería, él contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle deportado para siempre.

Aviraneta castañeteó los dedos, y murmuró:

—¡Diablo!

Don Eugenio esperó a que volviera la muchacha, para tener una explicación con ella.

Entró la Soledad una hora después, y Aviraneta le dijo lo que había descubierto. Ella, llorando, le confesó que era verdad; pero que no le quería al marqués; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a España, y que él dejara aquellos asuntos políticos tan peligrosos.

X. ÚLTIMA CARTA

Dos días después, Aviraneta escribía al ministro:

«Amigo S.:

He seguido todas las pistas que me han indicado. Estoy convencido de que no hay nada serio organizado en París a nuestro favor.

Se podrán contar con los dedos los hombres que vayan voluntarios a España; no llegarán a mil. Todas las Ventas carbonarias de Francia excitan a que se hagan suscripciones y alistamientos; pero esto, si marcha, marcha muy despacio.

Convendría respetar las Ventas carbonarias de España, por pequeñas que sean, para que puedan servir de punto de reunión de los liberales y extranjeros.

No sé cuántas hay; me han dicho que Guillermo Pepé, a su paso por España, ha fundado algunas.

Como le digo a usted, no hay nada serio; todos son «Se dice...»

Se dice que el Ejército francés no tiene entusiasmo por servir a la Santa Alianza.

Se dice que no encontrará dinero para hacer la guerra.

Se dice que se mandarán banderas tricolores al Ejército constitucional español y que se pasarán los franceses.

Se dice que el banquero Lafitte dará dinero para formar una división, que mandará Lafayette.

Se dice que a mediados de otoño España habrá organizado un ejército de ciento ochenta mil hombres para oponerse a los franceses, el cual llevará por vanguardia una legión francesa con la bandera tricolor, y que esta legión estará mandada por el príncipe Eugenio de Beauharnais.

Se dice que el general Foy está en relación con los españoles, y que la Lamarque se ha ofrecido a Mina.

No me parece esto fácil, porque Foy y Lamarque dejaron en España un recuerdo de violencias y crueldades difícil de borrar.

De estos proyectos podría ser importante el que Lafayette viniese a España a luchar contra la Santa Alianza; pero dudo que lo haga.

Irán solamente los exaltados: Wilson, Fabvier, Caron, Cugnet de Montarlot, Armando Carrel, y no podrán hacer gran cosa.

Algunos están ya en camino; van por Perpiñán a luchar en Cataluña con Mina, en la legión extranjera de Pachiarotti. Entre los franceses van Carrel, Joubert y otros del complot de Belfort.

Entre los italianos marchan el general Regis, el teniente coronel Ansaldi y el oficial Sormami, alistados como soldados; otros se incorporarán en Gerona con el coronel Olini. El general Rossaroll, que fué el último que defendió la Constitución napolitana en Mesina, debe estar también en Barcelona. No hay organización liberal fuerte; la masa no responde; la Francia republicana está en un período de cansancio.

En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo. La Junta católica de España y el partido jesuítico de Francia organizan en París, Burdeos y Bayona escuadrones de caballería. Todo un regimiento de Dragones para el Ejército de la Fe va a salir de sus manos. El Gobierno francés prepara la guerra para corto plazo. Se están llevando baterías de Metz, de Estrasburgo y de Valencia del Ródano a la frontera. Los generales y oficiales piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No será para acabar con la fiebre amarilla de Barcelona.

Parece que un político francés ha dicho: «Estamos colocados en la alternativa de atacar a la Revolución española en los Pirineos o de ir a defenderla en las fronteras del Norte».

La elección para ellos no es dudosa. Están en contra nuestra todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia, el país de la Revolución, sea el que dé el golpe de gracia a la libertad española. Así Francia se purifica ante la Santa Alianza y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de María Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la Santa Alianza saldrá la guerra contra España.

Muchos esperan que falte dinero a última hora para la expedición y que no se pueda realizar.

He hablado con un militar francés; es liberal templado y no está afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:

—Creer, como creen algunos liberales cándidos, que si el Gobierno francés manda sus tropas a España, los liberales y republicanos harán la Revolución, es una tontería. Ni el ejército se negará a entrar en España, ni los revolucionarios intentarán nada. El ejército francés actual es un ejército de gente joven, en el que la inmensa mayoría no ha hecho las campañas de Napoleón. Los viejos del Imperio resellados están mostrándose más cortesanos que los nuevos. Nuestra generación es una generación tranquila, burocrática, de las que vienen después del cansancio de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplirá, quizá sin entusiasmo, pero lo cumplirá.

Mi opinión es la misma. Creo que los liberales franceses no harán nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para organizar batallones, y menos para una Revolución.

Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejército francés, perfectamente organizado como está, se nos echa encima. Algunos españoles de aquí dicen: «Mejor era el ejército de Napoleón, y lo vencimos».

Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napoleón, sino con ayuda de los ingleses; después, esto nos costó la ruina del país, y, por último, entonces los españoles éramos un solo cuerpo, absolutistas y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de Wéllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales somos la minoría, y el país entero está contra nosotros.

Creo que los absolutistas españoles, ayudados por el dinero francés, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros; quizá cincuenta o sesenta mil hombres; quizá más.

El ejército constitucional luchará con un ejército poderoso, como el francés, y contra las partidas absolutistas españolas, que serán casi todo el grueso de las guerrillas de la Independencia.

Yo, si fuera Gobierno, ¿sabe usted lo que haría? Perdone usted que exponga mi opinión. Pues comenzaría, desde ahora, a arreglar las murallas de Cádiz y a artillar bien los alrededores. Si la guerra estallara inmediatamente, cogería al Rey y lo llevaría allí. Luego amontonaría en Cádiz la tropa más segura, dejando abiertas las demás ciudades. Y defendería Cádiz durante seis meses o un año, y si la cosa salía mal, cogería a nuestro repugnante Soberano y lo mandaría ahorcar.

Me vuelvo a España dentro de unos días, porque creo que no tengo ya nada que hacer aquí.

A.»

XI. LOS SARGENTOS DE LA ROCHELA

Aviraneta había aplazado la marcha a España al recibir aviso de la Alta Venta Carbonaria, de París, para que se quedara.

Iban a ejecutar a los cuatro sargentos de la Rochela, y el Comité director necesitaba todos los hombres de buena voluntad para intentar salvarlos.

Se había pensado en sobornar al encargado de su custodia, y éste pedía sesenta mil francos.

Al saberlo se hizo una suscripción, que encabezó Lafayette; se reunieron los sesenta mil francos, y en el momento mismo en que los agentes carbonarios entregaban el dinero al vigilante de la cárcel fueron sorprendidos por la policía.

Entonces el Comité director decidió salvar a los sargentos a viva fuerza cuando los llevaran al patíbulo.

El jefe de la intentona debía ser el barón de Fabvier. Aviraneta fué invitado a marchar en el grupo con el barón.

Era Fabvier hombre de mediana estatura, fuerte, ágil, atrevido y rápido; iba afeitado completamente; tenía la cara redonda y muy expresiva y parecía un actor.

Era Fabvier uno de los aventureros románticos de la época; había sido en Ispahan el amigo del shá de Persia y el instructor de sus tropas: había peleado en España a las órdenes de Marmont; conspiró en Francia contra los Borbones, y se distinguió después en la lucha de la independencia de Grecia.

Se citaron los carbonarios por la mañana, delante del reloj de la Conserjería. Habían sido trasladados a esta cárcel los cuatro sargentos. Se decía que conservaban la serenidad y que estaban convencidos de que el pueblo los salvaría.

Aviraneta se presentó armado con dos pistolas y un bastón de estoque a la hora de la cita, y formó en el Estado Mayor de Fabvier.

Algunos grupos de carbonarios se veían en medio de la bruma y se distinguían por sus pañuelos rojos anudados al cuello.

Al amanecer salió la carreta del muelle del reloj, y, atravesando el río, tomó la dirección hacia la plaza de la Greve, seguida de una enorme masa compacta.

El tiempo estaba brumoso y obscuro; las tiendas, cerradas.

Fabvier comenzó a dar órdenes a sus lugartenientes, mandándoles que al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los carbonarios se enredarían a puñaladas y a tiros con los soldados y gendarmes, se confundiría a los reos con la multitud, se les pondría trajes prestados y se les haría escapar.

Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pájaro, hubiesen notado que a los lados de la carreta de las víctimas no se abría la masa de gente en un surco, sino que, acompañando al carro, iba un grupo compacto de hombres.

Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que esperaban la salvación. Los cuatro eran jóvenes. Se decía que el mayor no tenía más de veinticinco años.

Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera más despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conocía por su tipo, avanzaban entre la gente como una cuña.

Fabvier esperó el movimiento ordenado por él; pero no se verificó.

—Vamos nosotros—dijo el barón a Aviraneta y a otros amigos.

Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barón, se acercaron a la carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fué imposible.

Más de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un núcleo impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.

—Estamos perdidos—murmuró Fabvier con angustia—; han tomado sus disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra gente en la plaza de la Greve y atacamos allá.

—Convendría que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos lanzásemos nosotros en la confusión—dijo Aviraneta.

—Sí; estaría bien.

Fabvier llamó a un joven y le ordenó que un grupo de carbonarios marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que, reunidos, gritaran: «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», con el objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.

El joven salió de prisa; Fabvier se quedó solo con Aviraneta, marchando ambos detrás de la comitiva.

La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve y atacar inmediatamente a la tropa.

—¿Cuántos hombres cree usted que habrá?—preguntó Aviraneta.

—Se han comprometido doce mil. Yo espero que habrá seis mil, tres mil...

Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta desembocar en la plaza de la Greve.

El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercándose al lugar de la ejecución. Sobre las cabezas de la multitud se veía la guillotina y la cuchilla, que brillaba pálidamente a la luz de la mañana.

Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el punto indicado por el barón había hasta setenta u ochenta hombres afiliados a la Venta Carbonaria. Los demás habían desaparecido.

Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.

A pesar de su corto número, estaban todos dispuestos a intentar un ataque a la desesperada.

—Esperemos un momento—dijo Fabvier.

En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», se escuchaba distintamente.

Hubo algún movimiento entre la tropa.

Fabvier miró a los suyos.

—¿Estamos?—dijo—. Adelante.

Aviraneta desenvainó el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.

La gendarmería de a caballo se había dado cuenta del movimiento y se lanzó sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo quedó deshecho.

Aviraneta se encontró desarmado y solo.

—¿Qué hace usted aquí?—le dijo un guardia.

—Soy extranjero. He venido por curiosidad.

—Bueno. Vamos, vamos. A su casa.

Aviraneta avanzó por un puente. Un sol pálido iluminaba las guardillas de la orilla izquierda del río...

XII. DESPEDIDA

Al acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana vió, desde lejos, el pañuelo rojo atado al hierro del balcón. Era la señal de alarma.

Aviraneta volvió sobre sus pasos, entró en un restaurante a comer, y se dirigió después a la librería Eymery, de la calle Mazarina.

Preguntó si había alguna carta para él; no había ninguna, y fué a dar un paseo por el jardín del Luxemburgo. A media tarde volvió por la librería, y el dependiente salió a entregarle una carta. Era de la Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consiguió. Decía así:

«Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido muchos onbres de la calle de Jerusalén con el Espión a buscarle a usted y que me boy con el señor marqués de Vieuzac porque no puedo bibir así y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si usted me quisiera yo no me hiría, aunque me dieran todo el oro del mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que se case usted con ella y sean felices. A usted no le importará pero estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francés. Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre, siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted enemigo de dios y de la rreligión.

»Adios don Ugenio adios adios. Ya rezaré todos los días por usted para que sea feliz. Los pañuelos planchados de usted los han traido oy y están en el armario a la izquierda. Perdone usted la letra.—Su segura serbidora, Soledad Castrillo.»

Aviraneta, al leer la carta, quedó sorprendido y entristecido. La Sole era una muchacha buena y simpática, a quien iba tomando cariño.

—En fin—murmuró—, es lo mejor que le podía pasar. ¿Quién sabe si dentro de unos años veremos a la Sole hecha una madame Cabarrús?

Aviraneta escribió al dueño del hotel de Embajadores diciéndole que iría a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la policía.

Lo hizo así, y por la mañana tomó la diligencia para España.

XIII. EL JARDÍN DE ETCHEPARE

Al llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare había muerto. El caserío Iturbide estaba cerrado.

Aviraneta se acercó a una casa próxima que se llamaba Beguibelchenea, y la mujer de este caserío salió con las llaves a abrir las puertas de Iturbide.

—¿Es usted el sobrino del señor Gastón?—le preguntó la mujer.

—Sí.

—¿Qué piensa hacer con esta casa?

—¿Yo?

—¿Pues no sabe usted que es el heredero?

—No, no lo sabía.

—Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrán que leer el testamento.

—Iré después.

La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta recorrió las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego bajó al jardín donde paseaba su tío.

El jardín de Etchepare era muy hermoso. Estaba en declive, orientado al mediodía, sobre una duna próxima al mar. Tenía alrededor una tapia más alta hacia el norte y el oeste para proteger las plantas del viento frío y marino.

Etchepare, como jardinero, había buscado el defender su huerto del aire del mar; pero quería, sin duda, gozar de su vista, y en un ángulo de las dos tapias altas había construido hacía años un pequeño cenador, como una garita. El cenador estaba ya deshecho, con las maderas podridas; únicamente parecía sostenerle el tronco de una glicina añosa, que le estrujaba como una serpiente con sus anillos.

Desde el cenador se dominaba la costa. Se veía avanzar en el mar las rocas de Hendaya; luego, el cabo Higuer, con su faro, que de noche brillaba, y más lejos, la costa vasca de España, la isla de Guetaria y el cabo de Machichaco.

Por el lado de tierra se veía el comienzo de los Pirineos; cerca se destacaba solitario el monte Larrun, y tras él se alargaban en la niebla las montañas de Navarra.

A todo lo largo de la tapia, que daba hacia el mar, los pinos y los cipreses formaban una cortina contra el viento.

En la parte baja del jardín, la más templada, tenía Etchepare sus hortalizas.

En los rincones, en los ángulos de las tapias, en los sitios sombríos, Etchepare había plantado rosales, enredaderas, madreselvas, que cubrían las paredes y las llenaban de hojas verdes y de campanillas ligeras de varios colores.

En un extremo del jardín se levantaba una alta magnolia, con una gran flor blanca; en el otro, uno de esos arbustos que llaman Júpiter, casi redondo, se ofrecía a los ojos en aquel momento, con sus mil flores, como una bola roja llena de pompa y de riqueza.

Al pasear por aquellos caminos, Aviraneta comprendió el gran amor del viejo Etchepare por la tierra, su culto vagamente panteísta por las hierbas, los árboles y las flores.

¡Qué vida la de Etchepare! Sin ambición, contemplativo, enamorado de la Naturaleza, había pasado allí una existencia tranquila y feliz.

Quizá todavía quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor; quizá sentía la voz querida en el murmullo del viento, y la figura amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.

Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la costa. No tenía relaciones sociales. Sus amigos eran los árboles, las rosas, una nube que sonreía en el cielo, un faro que guiñaba a lo lejos su roja pupila...

La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le contó a Aviraneta los últimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de la República había muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama, venida de París, estuvo acompañándole los últimos días.

Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al último ella transigió. La mujer de Beguibelchenea solía ver a los dos hablando constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del árbol rojo.

El otoño había sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los otoños vascos. Al caer las hojas, suavemente, había partido el viejo solitario para su último viaje.

Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el médico y un guarda, que fué soldado en tiempo de la Revolución, se presentaron en la casa.

Al día siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desaparecía.

Aviraneta salió de Iturbide, y después, a la caída de la tarde, entró en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su tío.

El tiempo estaba espléndido. En el cielo azul brillaban grandes y espléndidas nubes rojas.

Aviraneta buscó la sepultura y la encontró. La tierra estaba recién removida, y en la losa nueva se leía:

AQUÍ YACE

GASTON D'ETCHEPARE

SOLDADO DE LA REPÚBLICA

1760-1822

El rebelde había tomado su puesto entre los demás convecinos; allí aguardaría su cuerpo hasta convertirse su substancia en la verde hierba, en las amarillas flores que tanto había amado.

XIV. AL ENTRAR EN ESPAÑA

Al día siguiente, Aviraneta fué a San Juan de Luz, adonde se había trasladado la viuda de Arteaga. Mercedes le dijo que su padre vivía en Laguardia con su hermano mayor, que estaba casado y con hijos. Ella no quería ir ni a Pamplona ni a Laguardia.

Después de saludar a Mercedes y de besar a Corito, Aviraneta se dirigió a España.

Estaba la frontera llena de partidas realistas; en Irún era Aviraneta conocido y no le pareció muy prudente entrar por allá llevando papeles en la maleta. Así que, desde San Juan de Luz, a caballo, entró en España por Vera de Navarra.

La primera persona con quien se topó en Vera fué el teniente Leguía, que, según le dijo, iba a salir, a la mañana siguiente, camino de Elizondo con su tropa.

Fermín Leguía le habló de una cuenta pendiente que tenía con el prior del convento de capuchinos de Vera y con el párroco de la iglesia. Leguía estaba dispuesto a perseguirlos y a no dejarlos en paz hasta aplastarlos.

Fermín le dijo que por aquellos contornos se repetía, como un refrán, este dístico en vascuence:

Veraco, Fermín Leguía, alderaco, contraco baño obía.

(Fermín Leguía, el de Vera, mejor para amigo que para enemigo.)

Fermín andaba con una partida de ciento sesenta hombres; ochenta de la cuarta compañía del batallón ligero de cazadores de Pamplona, cincuenta a sesenta de Hostalrich y Bailén y veintitantos del resguardo oficial.

Fermín recorría el Bidasoa y el Baztán; pensaba atacar a los absolutistas que se habían apoderado de Valcarlos, y pegar fuego el mejor día al convento de capuchinos de Vera, a la parroquia y hasta al pueblo.

Leguía invitó a Aviraneta a cenar con él, y por la noche fueron los dos a una taberna de Alzate, donde se reunían sus amigos. Hablaron largo rato, tomaron café y aguardiente, y Leguía, animado, le dijo a uno de sus amigos:

—¡Berécoche!

—¿Qué?

—¿Tienes la filarmónica en casa?

—Sí.

—Pues tráela. Vamos a dar serenata a los amigos.

Berécoche salió de la taberna; Aviraneta y Leguía siguieron hablando y bebiendo hasta que llegó Berécoche con el acordeón.

Berécoche era hombre intrépido y jovial, que hablaba por apotegmas. Trajo un acordeón nuevo con un letrero en marfil, donde se leía: «Altemburgia», y comenzó a tocar en él.

Leguía se puso una boina y se embozó en la capa.

—¡Hala! Vamos todos al convento—dijo Leguía—. Eh, tú, Errotachipi, Errotari, Chamburne. ¡A formarse! Uno... dos... ¡Adelante!; y cogiendo su palo como una batuta, marcó el compás, y cuando Berécoche comenzó con un pasodoble, dió media vuelta y siguió andando.

Luego se acercó a Aviraneta.

—Me tienen un odio terrible en el pueblo—le dijo riendo—; les estoy dominando por el terror.

Al son del acordeón, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta el convento de capuchinos, y Leguía mandó a Berécoche que tocara el Himno de Riego. Berécoche lo tocó.

—«¡Viva la Libertad! ¡Viva Riego! ¡Viva Mina!»—gritaron los amigos de Leguía.

El convento, grande y negro, parecía agazapado en la obscuridad. Uno de los amigos de Leguía cogió una piedra y la disparó con toda su fuerza. La piedra dió en una de las ventanas, y se oyó una voz que gritaba:

—¡Granujas! ¡Miserables!

—Ahora al pueblo—dijo Leguía.

Comenzó de nuevo a tocar el acordeón, y los amigos de Leguía, saltando y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.

Aviraneta se retiró a su posada a dormir.

Al día siguiente Fermín le preguntó a Aviraneta si necesitaba algún guía, y habiéndole dicho que sí, le prestó dos hombres para que le acompañaran: Errotachipi y Arroschco.

Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los dos eran fuertes y marchaban más de prisa que el caballo que montaba Aviraneta.

Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por la orilla del Bidasoa salieron a Zalaín y comenzaron a subir Baldrun y después Escolamendi. Al medio día llegaron para comer a la ermita de San Antón, en el límite de Navarra y Guipúzcoa, enfrente de la Peña de Aya.

Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Peña de Aya se levantaba allá como una pared cortada a pico, de quinientos o seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado por la enorme muralla de granito, se veían unas cuantas ferrerías abandonadas y derruídas.

La ermita de San Antón tenía adosada una venta, y en ella entraron Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conocía y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en medio, les sirvió la comida.

Después de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y allí se despidieron de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.

Al día siguiente, Aviraneta tomó de nuevo la diligencia para Madrid, donde se presentó a don Evaristo San Miguel, que le dió las gracias por sus servicios.

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