II
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—¡Qué mal hombre es usted!—exclamo Dª Gregoria—. Y su pobre padre y toda la familia llorando su ausencia, y muertos de pena sin poder traer al buen camino a este calaverilla que durante quince años y desde aquella famosa aventura.... Pero chitón—añadió, volviendo la cara hacia mí—: me parece que el chico se ha despertado y nos está oyendo.
Los tres me miraron, y yo observé claramente cuanto me rodeaba, pudiendo apreciarlo todo sin mezcla de vagas imágenes ni mentirosas visiones. Hallábame en una cama, de cuyo durísimo colchón daban fe las mortificaciones de mis huesos y la instintiva tendencia de mi cuerpo a arrojarse fuera de ella, mien
Todos fijaron en mí la atención, y D.ª Gregoria, acercándose maternalmente a mi cama, me habló así:
—¿Estás despierto, niño? ¿Ves y entiendes? ¿Puedes hablar? Pobrecito, ya se te ha quitado la terrible calentura, y el Santo Ángel de tu Guarda ha conseguido del Padre Eterno que te otorgue el seguir viviendo. ¿Cómo estás? ¿Ves a los que estamos aquí? ¿Nos conoces? ¿Entiendes lo que decimos? Debes de estar bien, porque ya no dices desatinos, ni quieres
—Y, en verdad, no sé cómo ha escapado el infeliz—dijo Fernández a Santorcaz—. Tres balazos tenía en su cuerpecito: uno en la cabeza, el cual no es más que una rozadura; otro en el brazo izquierdo, que no le dejará manco, y el tercero en un costado, y en parte sensible, tanto que si no le hubieran sacado la bala, no le veríamos ahora tan despiertillo.
Instáronme todos para que hablase, mostrándoles que mi razón, como mi cuerpo, se había repuesto de la tremenda crisis. También acudió con cariñosa solicitud a darme alimento la ejemplar D.ª Gregoria, y tomado aquél ávidamente por mí me sentí muy bien. ¿Había resucitado o había nacido en aquella noche?
—Ahora, chiquillo, estáte tranquilo—continuó D.ª Gregoria, sentándose a mi lado—. ¡Cuánto se va a alegrar el Sr. Juan de Dios cuando te vea!
—¡Cómo!—exclamé con la mayor sorpresa—. ¿Juan de Dios vive aquí? ¿Pues en dónde estoy? ¿Y ustedes quiénes son? ¿Qué ha sido de Inés?
—¡Otra vez Inés! Este joven no está todavía bueno. Dejémonos de Ineses, y a descansar.
—¡Pobrecito! ¡Conque te fusilaron! El Gran Duque de Berg es hombre terrible y sabe sentar la mano. Dicen que mataste mas de veinte franceses. Ya me contarás tus hazañas, picarón. Y di, ¿tienes ánimos de volver a hacer de las tuyas? Me parece que no..., porque habrás visto que esa gente gasta unas bromas un poco pesadas.
Dicho esto, Santorcaz, tomando su capa, se marchó.
Mi sorpresa y estupor al verme allí, tornado nuevamente y de improviso, según mi entender, a la vida, en presencia de personas desconocidas, y volviendo sin cesar al pasado mi pensamiento, recién salido de una sombra profunda; las impresiones de mi alma, a quien el repentino despertar, después de un largo entumecimiento, había dado cierta actividad ansiosa, fueron causa de que no pudiera estar tranquilo, como me rogaban el Gran Capitán y su mujer. Hacíales mil preguntas con la curiosidad del que, volviendo al mundo después de un siglo de muerte real, deseara conocer en un instante cuanto ha pasado en el planeta durante su ausencia. A todo contestaban que me estuviese quieto y sin cuidarme de nada, para que no me repitiesen los accesos de fiebre; pero no pude conseguirlo, y si descansé un poco, procurando poner a un lado mis terribles recuerdos y apartar de la vista las siniestras figuras que se habían hecho compañeras inseparables de mi espíritu, poco des
—Gabriel, ¿ya estás bueno? ¿Has recobrado el juicio? ¿Entiendes lo que se te dice?
—¿Dónde está Inés?—le pregunté con ansiedad.
—¡Oh, desgraciado de mí!—exclamó, ocultando el rostro entre las manos—. Tú estás enfermo todavía, y si te doy la noticia ...¿Que dónde está Inés? Espántate, Gabriel, porque no lo sé. Yo estoy loco, yo estoy imbécil. Llevo quince días de dolores que a nada son comparables. Las lágrimas que he derramado podrían agujerear una peña. Ahora mismo..., ¿de dónde crees que vengo? Pues vengo de la bóveda de San Ginés, adonde voy todas las noches a mortificarme el cuerpo con disciplinazos, por ver si Dios se apiada de mí y me devuelve lo que me quitó, sin duda en castigo de mis grandes pecados.
—Yo saqué a Inés de la huerta del Príncipe Pío. ¡Ay!, si no te salvaste también tú, fué porque no pude, que bien lo intenté, te juro que lo intenté. Inés se desmayó, y no pudiendo traerla aquí, por ser esto muy lejos, Lobo me indujo a llevarla a casa de unas que él llamaba honradísimas señoras, donde permanecería hasta tanto que fuera posible traerla aquí para casarme con ella.... ¡Oh, infame legista, miserable enredador, tramposo y falsario! Inés me abofeteó, Gabriel, al verse en aquella casa, y me clavó en las mejillas sus deditos. No puedes formarte idea de las palabras tiernas que le dije para que se calmara; pero nada podía consolarla de que no os hubierais salvado también tú y el buen sacerdote. En vano le dije que sería mi mujer; en vano le dije que la adoraba con profundísimo amor; también le mostré mi dinero, prometiéndole gastar una buena parte en huir para siempre de Madrid y de España, si así lo deseaba. ¡Infeliz de mí! A estas irrecusables pruebas de mi cariño sólo contestaba llamándome bestia y ordenándome que de su presencia me quitara.... A cada momento te llamaba, y luego se deshacía en lágrimas, y quería después arrojarse fuera de la casa para volver a la Montaña. A pesar de esto yo era feliz, porque la tenía en mis brazos, apartábale de la frente los desordenados cabellos, y con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas divinas, con las cuales se refrescarían, si las bebieran, los condenados del Infierno.... El
—¿Pero Lobo ha desaparecido también?—pregunté con afán—. Si no ha desaparecido, bien puede obligársele a decir qué ha hecho de Inés.
—Al cabo de diez días le encontré al fin en su casa. ¿Sabes tú lo que me dijo el muy embustero? Pues verás. Después de reírse de mí, llamándome bobo y mentecato, me dijo que no pensara en volver a ver a Inés, porque la había entregado a sus padres. «¿Pues acaso Inés tiene padres?», le dije. Y él me contestó: «Sí, y son personas de las principales de España, por lo cual he creído de mi deber entregarles la infeliz jovenzuela, desde tanto tiempo condenada a vivir fuera de su rango y entre personas de inferior condición.» Me quedé atónito; pero al punto comprendí que esto era invención de aquel inicuo tramposo, embaucador, y en mi cólera le dije las más atroces insolencias que han salido de estos labios. ¿No crees tú como yo que lo de entregarla a sus desconocidos padres es pura fábula de Lobo para ocultar así su crimen? Gabriel, ¿no te estremeces de espanto como yo? ¿Dónde estará Inés? ¿Dónde la tendrá ese monstruo? ¿Qué
Así habló el afligido hortera, y oyéndole no