← Table of contents
Bailén

XI

Reading edition

Córdoba, la ciudad de Abdherranmán; la Meca de Occidente, la que fué maestra del género humano, la vieja andaluza, que aún se engalana con algunos restos de su antigua grandeza; todavía hermosa, a pesar de los siglos guerreros que han pasado por ella; ya sin Zahara, sin academias, sin pensiles, sin aquellas doscientas mil casas de que hablan los cronistas árabes; sin califa, sin sabios, pero orgullosa aún de su mezquita-catedral, la de las ochocientas columnas; triste y religiosa, habiendo substituído el bullicio de sus bazares con el culto de sus sesenta iglesias y sus cuarenta conventos; siempre poética y no menos rica en la decadencia cristiana que en el apogeo musulmán; ciudad que hasta en los más pequeños accidentes lleva el sello de los siglos; tortuosa, arrugada, defendiéndose de la luz como si quisiera ocultar su vejez; escondida en

El 18 entramos nosotros en la ciudad saqueada, aún llena de mortal espanto. Aún no había sido lavada la sangre que manchaba sus calles, ni sabían exactamente los cordobeses a ciencia cierta el dinero y cantidad de alhajas que les habían robado. Antes que en contar lo que les quedaba pensaron en armarse, y si antes habían ido a la lucha los campesinos, siguiendo a los regimientos provinciales y las milicias urbanas, después del saqueo todas las clases de la sociedad se apercibieron para lo que más que la guerra era un ciego plan de exterminio, pues no se decía vamos a la guerra, sino a matar franceses.

Desde que entré en la desgraciada ciudad, a la emoción producida por el espectáculo del reciente desastre se agregaba la que yo sentía por asuntos de mi propia cuenta, y por la su

Cuando di los primeros aldabonazos en la puerta, parecíame que golpeaba en mi propio corazón. ¿Estaría allí Inés? ¿Estaría allí, ya olvidada de que antes existiera en el mundo un chico llamado Gabriel, arcabuceado por los franceses? Y si estaba y de improviso me veía, ¿no era posible que se me presentara deslumbrada por los esplendores de su nueva posición, y que a la palidez de la primera sorpresa sucediera en su rostro el rubor de haberme amado? ¿Se acercaba el momento de que yo cayese de la inconmensurable altura de mi fatuidad amorosa, encontrando una sonrisa de desdén y la mano de un criado que me pusiera en la calle? ¿Por ventura el trance que me esperaba era hermano gemelo de aquella otra gran caída ocurrida en El Escorial, cuando por el favor de Amaranta soñaba con los primeros puestos de la nación? ¿Bajaría mi alma desde príncipe a lacayo, como poco antes bajó mi ambición?

El patio era fresco y risueño, como todos los de las buenas casas de Andalucía. Entre los jazmines reales, que abrazándose a una columna ostentaban sus mil florecillas llenas del perfume más grato a los enamorados; entre los naranjos de la China, graciosas miniaturas del naranjo común; entre los rosales de la tierra y esos claveles indígenas, cuya imperial hermosura no ha logrado eclipsar ninguna de las elegantes flores modernas; entre los tiestos de reseda, de mejorana, de albahaca y de sándalo, saltaban los chorros de una fuente habladora, con cuyo monólogo se concertaba el canto de algunos pájaros prisioneros en doradas jaulas. El pavimento era de mármol y los zócalos de azulejos; sobre éstos, y cubriendo gran

Afortunadamente para mí, Amaranta se dignó recibirme. Estaba en una sala baja, fresca y obscura, y cuando yo entré se ocupaba en armar unas flores de altar. ¿Se había entregado a la devoción? Vestía completamente de blanco, y a la exigencia de la moda se unía el rigor de la estación para que aquel ligero traje fuera nada más que lo absolutamente necesario para cubrir su hermoso cuerpo. Entonces, entre las miradas de fuera y el pudor interno no se ponía tan gran baluarte de telas como se pone hoy.

Abrumadoramente hermosa estaba, y sus ojos negros, que eran, como otra vez he dicho, los primeros ojos del mundo, es decir, los Bonapartes de la mirada humana, conquistaban al punto todo aquello a que dirigían su pupila. Sentí en su presencia mucha cortedad, gran turbación; sentíme sin ideas y sin palabra.

—¿Qué vienes a buscar aquí?—me dijo.

—Señora, he venido a Córdoba para afiliarme en el ejército del general Castaños, y sabiendo que Su Excelencia y apreciable familia estaban en esta población, he querido visitar a mi antigua y querida ama.

—Eres tan hipócrita como intrigantuelo y trapisondista—repuso entre severa y amable. —¿Conque me tienes ley? ¿Por qué te portaste tan mal conmigo?

—

—¿Quieres ser otra vez mi criado?—me preguntó.

Esta proposición cayó sobre mí como un rayo. Pensé en Inés, en el repentino engrandecimiento de la que había juzgado compañera de mi existencia, y al considerarme criado de aquella casa, temblé de indignación.

—No, señora, no quiero servir más. Soy soldado —repuse—. Sin embargo, estoy a las órdenes de Vuecencia para lo que guste mandarme.

—¿Conque soldado? ¿Y vas a la guerra? Dentro de un mes serás general—dijo con punzante ironía.

—No aspiro a tanto. Quiero servir a mi país y nada más. Con tal de que mañana pueda decir: «Contribuí a echar de España a la canalla», quedaré satisfecho.

—¿Y crees que España podrá echar fuera a la canalla? ¡Ah!, yo no participo de la ilusión de esta buena gente. ¿Qué pasó el día 9 en el puente de Alcolea? Aquellos pobres paisanos a quienes no se puede negar el valor, huyeron ante las tropas disciplinadas del general Dupont. En Córdoba tampoco se les opuso resistencia, y ¡qué horror, Dios mío! ¡Qué tres días de angustia! Todos creíamos que los franceses entrarían con bandera de paz, porque la gente de Echevarri abandonó la ciudad, y los de aquí no trataban de hacer resistencia. Llegaron los

—¿Piensa Usía volver a la Corte?

—¡Oh!, sí.... Pensamos marcharnos pronto, porque nos llama un asunto en que está interesada toda la familia. A ser por mí, ya estaríamos allá. No puedo vivir en Córdoba, y menos en el estado actual de la guerra. Esto no es vivir. Si en Madrid no hubiese tranquilidad, nos iríamos a Bayona con toda la familia.

—¿Y ninguna de las personas de esta casa fué maltratada por la soldadesca francesa?—pregunté, deseando saber qué personas había en la casa.

—Ninguna; sólo mi tío el Marqués tuvo una contusión en la cabeza; pero recibióla al esconderse debajo de una cama, y lo hizo con tanto ímpetu, que se dió un golpe muy fuerte contra el suelo. Un amigo de casa, que nos visita todos los días, D. José María de Malespina, también recibió un ligero rasguño en la mano derecha al ocultarse detrás de un armario.

—¿Y las señoras? Oí decir que una sobrinita de la Sra. Marquesa ... o sobrinita de Su Excelencia, no estoy bien seguro, había venido de Madrid con objeto de acompañarlas.

—No—contestó Amaranta, mirando al suelo.

—Pues entonces lo confundo yo con otra cosa. Paréceme que en Madrid lo oí decir al señor licenciado Lobo, aquel famoso escribano...; pero no, seguramente se equivocó.

—

—Ya lo creo; somos muy amigos. Le conocí cuando yo servía en casa de D. Mauro Requejo..., y por cierto que el señor licenciado y yo tuvimos una cuestión con motivo de cierta jovencita..., una infeliz, señora, una desgraciada chiquilla, huérfana de padre y madre.

—A ver, cuéntame eso.

—Pues los Sres. de Requejo, que eran dos puerco-espines martirizaban a la damisela. Yo tenía lástima de ella y quise sacarla de allí..., pero me fusilaron los franceses.

—¡Te fusilaron!

—Sí, señora, y el Sr. de Lobo...; pues..., lo cierto fué que la niña desapareció.

—Ya.... Cuéntamelo todo.

Con el mayor afán, con el interés más grande que durante mi vida he sentido por cosa alguna, empezaba yo a contar a la Condesa lo que sabía, cuando la entrada de dos personas me interrumpió.

Eran el diplomático y D. José María de Malespina, aquél por tantos títulos famoso, aunque retirado, coronel de Artillería, de quien hablé cuando lo de Trafalgar. El primero me reconoció y tuvo la bondad de dirigirme algunas bromas.

—Sobrina—dijo el Marqués—, pronto tendremos aquí las tropas de Castaños. ¿Sabes lo que ahora le decía al Sr. de Malespina? Pues le decía que si la Junta de Sevilla me comisionara para entrar en negociaciones con los franceses, tal vez lograría poner fin a esta desastrosa guerra.

—¿Qué negociaciones ni qué ocho cuartos? —dijo con desprecio Malespina—. ¡Oh! ¡Si la Junta de Sevilla siguiera el plan que imaginé estos días. Mientras no demos a la artillería el lugar que le corresponde no es posible alcanzar ventaja alguna. Mis recientes estudios sobre cyclodiatomía y capóltica me han hecho descubrir importantes principios que ahora debieran llevarse a la práctica.

—Reniego de la ciencia que inventa medios de destrucción—declaró con gesto elocuente el Marqués—. Por las vías diplomáticas pudieran las naciones resolver todas sus querellas. ¡La guerra! ¿De qué sirve la guerra? ¿Vale la pena de que perezcan miles de seres humanos por una cuestión que podría arreglarse con un pedazo de papel y una pluma mojada en tinta, puesta en manos de alguna persona que yo me sé?

—Hombre de Dios, sin la guerra, ¿qué sería del mundo? Y sobre todo, ¿qué sería del mundo sin la artillería? Montecúculi dice que las

—¡Sangre y luto y desolación! Pero no disputemos sobre el volcán, amigo. La guerra es un mal, y existe hoy entre nosotros. Lo que conviene es buscar alianzas en Europa. Por eso, desde que llegué a Andalucía, sugerí a la Junta Suprema la idea de pedir auxilio a Inglaterra. ¡Magnífico pensamiento, que ni a Saavedra ni al P. Gil se les había ocurrido.

—¡Y usted se atribuye la invención!—dijo con sorna Malespina—. Pero, hombre de Dios, si los asturianos fueron los primeros que en tal cosa pensaron, y desde el 30 de mayo salieron de Gijón mis queridísimos amigos D. Andrés Ángel de la Vega y el vizconde de Matarrosa, hijo del conde de Toreno ...¡Bah, bah!... Estos diplomáticos han perdido la chaveta. Nada, amigo mío: yo le dije al P. Gil que cuidara de aumentar la artillería, adoptando los adelantos que yo quiero introducir en el arma. Pues qué, ¿cree usted que Napoleón no tiene noticia de ellos? Yo he descubierto que antes de invadir a España mandó una Comisión secreta para que averiguara si estaba yo aquí. Como entonces mi familia hizo correr la voz de que yo había pasado a América, Napoleón dijo: «Pues no hay cuidado ninguno», y ordenó la invasión. Ya, ya me conoce de antiguo.

—¡Qué vanaglorioso es usted!—dijo el diplomático, superando en fatuidad a su amigo—. Eso lo dice usted por obligarme a hablar, por obligarme a que revele.... No: es secreto de Estado, del cual quizás depende la paz de

—Todo eso es pura farsa. Sepamos de una vez esos secretos.

—¡Farsa!—exclamó con enojo el diplomático—. Pero ya comprendo el juego. Lo mismo hace mi sobrina cuando quiere obligarme a que revele los secretos de Estado. No: callaré, callaré, aunque usted me insulte, aunque usted aparente dudar de mi veracidad para que la indignación me haga romper el silencio. ¡Pues qué!, si yo dijera que un elevado personaje, el más poderoso que hoy existe en el mundo, se decidió al fin a transigir conmigo, después de una enemistad que data de la paz de Luneville; si yo dijera que los preliminares de negociación que entablé para evitar a España los horrores de la guerra comenzaban a dar resultado, cuando algunos hombres pérfidos, ¡ah!..., si yo dijera esto.... Pero no: mi sobrina me mira como para incitarme a seguir hablando, y usted, Sr. de Malespina, me mira también.... Mas no: punto en boca, y cesen las impertinentes preguntas que en vano amenazan el inexpugnable alcázar de mi discreción.

—Todo eso es pura fábula—afirmó D. José María con desenfado—. Aborrezco la falsedad y la jactancia, pues soy hombre que se dejaría matar antes que decir una palabra contraria a la rigurosa verdad. Por tanto, basta de fingidas diplomacias y de tratados que no han existido sino en la cabeza de usted. En estos momentos seamos soldados, y dejemos a un lado

—¡Hombre, eso es demasiado fuerte!—exclamó el diplomático, soltando la risa—. Conque Napoleón....

—No extraño esas risas—dijo muy amoscado el artillero—. ¿Qué ha de hacer quien no conoce el peligro personal? ¿Qué ha de hacer un hombre que cuando entraron los franceses a saquear esta casa, se escondió debajo de la cama?

—Yo ...—contestó con turbación el Marqués—si penetré en aquel apartado sitio, bien saben todos la causa, que no fué miedo ni mucho menos. En aquel instante me ocupaba mentalmente en buscar los términos más propios de un arreglo y transacción con aquella gente, y como el ruido no me dejaba pensar, busqué la soledad de aquel lugar recogido y pacífico, donde sin estorbo pudiera entregarme a mis cavilaciones. Lo incomprensible es que un militar viejo como usted buscase asilo detrás de un armario mientras los franceses insultaban a las señoras.

—Nada, lo que he dicho siempre—repuso Malespina—. Es inútil esperar que los profanos hagan nunca justicia a las combinaciones de la ciencia. Todo lo ven bajo el aspecto vulgar, y lanzan al público las acusaciones más irreverentes. Hombre de Dios, ¿necesitaré decir que, convencido desde el principio de la

Amaranta no podía contener la risa oyendo la disputa entre los dos vejetes. Antes de que ésta concluyera, entró la de Leiva y dijo:

—Acaba de llegar la Gaceta Ministerial de Sevilla. Creo que hoy trae la noticia de que ha muerto Napoleón.

—¡Jesús! ¿Qué dice usted?

—¿Dónde está, dónde está esa Gaceta?

Al punto corrieron el Marqués y D. José María a la habitación inmediata. La Marquesa, que no había parado mientes en mi persona aunque le hice reverencias muy profundas, acercóse a su sobrina, y mostrándole un medallón que en la mano traía, le dijo:

¿Te gusta? ¿No es verdad que está parecido? El pintor ha hecho un hermoso retrato.

—Está muy bonito y se parece mucho—dijo mi antigua señora—. Veremos qué le parece a ese barbilindo cuando lo vea.

—Es extraño que no haya llegado ya. Su

El diplomático y Malespina aparecieron de nuevo, trayendo cada cual una hoja de papel impreso.

—Efectivamente, aquí está en letras de molde—dijo con grandes aspavientos el diplomático, preparándose a leer—. Oigan ustedes: «Madrid, 6 de junio. El descontento de las tropas enemigas parece general, y corre muy válida la voz de que en Bayona hay insurrección, y de que el Emperador está oculto, añadiendo algunos que herido.»

—Hombre, eso es importantísimo—dijo Malespina—, aunque no me coge de nuevo, porque ya tenía noticias detalladas de este suceso.

—¿Que los franceses se sublevan contra Bonaparte?—dijo la Marquesa—. Dios les habrá tocado el corazón.

—Pero oigan ustedes estotra noticia—añadió el artillero—: «Toledo, 4. Dícese que cerca de Gallur los franceses han sido derrotados por Palafox, dejando en el campo de batalla 12.000 muertos y un número infinito de heridos. Los españoles les tomaron 48 cañones y 12 águilas.»

—¡Hombre, magnífica victoria!—exclamó el diplomático—. ¿Pero qué dice aquí? ¡Oh, ésta sí que es gorda!: «Reus, 8 de junio. Aquí se habla de la muerte de Josef Napoleón, de los varios partidos que dividen la Francia y de la sublevación del Rosellón. Si estas noticias salen ciertas, podemos asegurar que llegó

—Vienen muy satisfactorios estos dos números de la Gaceta—dijo Amaranta.

—Ya sabía yo todo eso—afirmó con aplomo el Marqués—. ¡Pero qué veo, santos cielos! Este sí que es notición. Oigan todos, oiga usted, Sr. D. José María: «Valencia, 10 de junio. El ejército de Duhesme ha sido derrotado. Corren voces de que el castillo de Figueras está en nuestro poder; se repite la noticia del levantamiento del Rosellón y de la indignación con que ha visto toda la Francia la conducta de su Emperador con la España.»

Los sueltos que oí leer en aquella ocasión pueden verse en la Gaceta Ministerial de Sevilla, periódico oficial de la Junta Suprema. En sus breves columnas se insertaban diariamente despachos y noticias que remitían de todas partes.... Dictábalas el entusiasmo y las devoraba la credulidad, y como nadie las discutía, el efecto era inmenso. Según la Gaceta Ministerial, todos los días era derrotado un ejército francés, y todos los días ocurría en Francia una insurrección para destronar al azotador de Europa. ¡Ah!, entonces corrían unas bolas, junto a las cuales son flor de cantueso las equivocaciones del moderno telégrafo.

—Oigan ustedes—indicó la de Leiva, que había tomado el periódico de manos del Marqués—; ésta sí que es noticia extraordinaria. Y no digan ustedes que la sabían, porque hasta ahora no se ha hablado en España ni en el mundo de semejante cosa. Atención: «Cá

—¡Tres partidos!—gritó el Marqués diplomático, mirando a D. José María.

—¡Tres partidos! Ya lo sabía.

—¡Y yo también!... Pero corro a comunicar esta nueva a nuestros amigos—dijo el Marqués, levantándose.

—Aguarda—le insinuó su hermana—. No olvides que esta tarde tienes que pasar por allí.

—¡Otra vez! Si no hay quien la haga salir. Le he prometido, le he rogado, le he amenazado, le he dicho mil finezas y ternuras, y nada, no quiere salir. ¿Por qué no vais vosotras?

—Sí, esta tarde iremos—afirmó detenidamente la Marquesa—. Es preciso que salga, porque sin ella no podemos volver a Madrid.

—¡Oh!, picarón..., ya sabemos el secreto—dijo Malespina, dirigiéndose con maliciosa expresión al Marqués—. Ayer me hablaron del caso en varias tertulias.... Ya sabía yo que había usted sido un terrible seductor.... ¿Pero ahora salimos con eso?

—Amigo, es preciso reparar de algún modo los extravíos de una borrascosa juventud. Ya sabe usted que hasta hace quince años me llamaban el azote de las familias. Pero ya pasaron aquellos tiempos, y ahora....

—¿De modo que no vas esta tarde?

—

—Y como en la calle no se encuentran camas para esconderse debajo de ellas.... Vamos, vamos, Marqués, y leeremos a los amigos estas estupendas novedades.

Salieron la Artillería y la Diplomacia, y como la Marquesa había salido de la habitación un momento antes, quedamos solos otra vez Amaranta y yo.

—Sigue contando—me dijo—. Y ese señor tendero con quien servías, ¿ha venido contigo a Córdoba?

—No, señora: yo no he vuelto más a su casa. Salí de Madrid acompañando al Sr. de Santorcaz.

—¡Santorcaz!—exclamó la dama, poniéndose encarnada y después pálida como una difunta. ¿Quién? ¿Quién has dicho?

—Don Luis de Santorcaz, señora; un caballero castellano que ha venido ahora de Francia.

Amaranta parecía sentir una emoción profunda. Para disimularse levantó fingiendo buscar algo, dió media vuelta, sentóse de nuevo, después se puso la mano sobre los ojos, y finalmente, rompió una flor de trapo que tenía entre sus manos.

—¿Qué estabas diciendo, que no te oí...?

Que el Sr. de Santorcaz....

—

—Sí, señora, mucho. Me desgarraba el corazón—contesté sin cuidarme de disimular los sentimientos de mi alma.

—Era natural que te interesaras por la desgracia.

—Es que yo había conocido a Inés antes de que a tal casa fuera. Habíala conocido cuando estaba con su tío, el buen D. Celestino del Malvar. Nos conocíamos los dos, señora, y como ella era tan buena, y yo también..., porque yo era muy bueno.... En fin, señora, yo no puedo ocultar a Usía la verdad.

—Dímela de una vez.

Dejándome llevar de la impetuosa pena que pugnaba por desbordarse en mi afligido pecho, y olvidando toda la consideración, todo tacto, toda prudencia, con el acento de la verdad y de un dolor inmenso, dije lo siguiente, sin reflexión ni cálculo alguno:

—Señora, Inés y yo éramos novios.... Yo la quiero, yo la adoro...; ella también....

Levantóse Amaranta rápidamente, y en su semblante observé señales de repentina cólera. Mandándome callar, después de decirme que era un desvergonzado y un truhán, agitó con inquieta mano una campanilla.

¡Altos cielos, por qué no os hundisteis sobre mí! Entró un criado, y Amaranta le mandó que me pusiera al instante en la puerta de la calle.

El criado, cumplidor de la ignominiosa orden, era un segundo mayordomo llamado Román, que desde su niñez servía en la casa. Desde que le conocí en El Escorial, aquel hombre me había inspirado inexplicable antipatía, y digo esto y además le nombro, para que mis lectores le tengan presente, por si figurase después un poco en los peregrinos sucesos de esta historia.

¿Será preciso que hable de mis tormentos morales en los días siguientes a aquel suceso? ¡Dios mío! Aburriré a mis lectores, abusando de la gentil cortesía que les movió a fijar sus ojos en estas relaciones. No: más vale que devore en silencio mis penas y les hable de otros asuntos, que así alcanzaré la doble ventaja de proporcionarles útil entretenimiento, y de calmar mis pesares, adormeciéndoles con el beleño de patriótico entusiasmo.

En Córdoba reinaba gran impaciencia por la tardanza del ejército de Castaños. Entonces, como ahora y como siempre, los profanos en el arte de la guerra arreglaban fácilmente las cuestiones más arduas, charlando en cafés y en tertulias, y para ellos era muy fácil, como lo es hoy, organizar ejércitos, ganar batallas, sitiar plazas y coger prisionero a medio mundo. A los profanos se unían los bullangueros y voceadores, que entonces, ¡Santo Dios!, pu

Principió el chaparrón de comentarios sobre la lentitud con que Castaños organizaba sus tropas: unos aseguraban que tenía miedo; otros, que estaba decidido a dar la batalla, pero que, seguro de perderla, tenía tomadas sus medidas para retirarse a Cádiz y huir a las Américas con lo más granado de sus tropas; otros en fin, se atrevieron a más, y pronunciaron la palabra traidor. Esta palabra no era entonces palabra, era un puñal: víctimas de ella fueron Solano en Cádiz, Perales en Madrid, Filangieri en Galicia, Cevallos en Valladolid, Ordóñez en Palencia, El conde del Águila en Sevilla, Trujillo en Granada, Torre del Fresno en Badajoz, el barón de Albalat en Valencia. Inútil era decir a los impacientes de Córdoba que un ejército no se instruye, arma y equipa en cuatro días: nada de esto entendían. Aunque al través del tiempo nos parezca lo contrario, entonces se chillaba mucho, y también había quien tomara muy a pechos los asuntos de la guerra sólo por el simple placer de meter ruido, y también por hacerse de notar. Todos los días oíamos decir: «Mañana viene el ejército», o «Ya ha salido de Utrera, ya está en Carmona....» Pero pasaban los días y el ejército no venía.

En tanto, en Córdoba no cesaban los trabajos. Si no tienen ustedes idea de lo que es el delirio la guerra, entérense de aquello. En

Los voluntarios y cuerpos francos se uniformaban según el gusto indumentario de cada uno, y aquí de la imaginación de las hembras de la familia para galonar marselleses, para emplumar sombreros y guarnecer charpas y polainas. Se hicieron muchos uniformes; pero no bastaban para equipar los dos regimientos, uno de caballería y otro de infantería, que organizó la Junta de Córdoba. Sin embargo, este inconveniente se obvió disponiendo que con cada prenda de vestir se cubriesen dos: el uno llevaba los calzones, casaca y sombrero, y el otro el pantalón, chaqueta y gorra de cuartel. El correaje también servía para dos: uno llevaba la bayoneta en la cartuchera y el otro en el porta-bayoneta, y no alcanzando las cartucheras y cananas, se suplían con saquillos de lienzo. Más adelante, cuando tenga el gusto de describiros en su conjunto el ejército de Andalucía, daré completa idea de su abigarrada conformación y aspecto. Francamente, señores, era aquél un ejército que causaba risa.

Durante los días que aguardamos la llegada de Castaños para incorporarnos a él (y necesariamente tengo que volver a hablar de mí), yo hacía una vida vagabunda y holgazana. Como el servicio del joven D. Diego no exigía

El único sitio adonde iba deliberadamente todos los días era la casa de Amaranta, y pasaba largas horas contemplando su puerta, fijos los ojos en las desnudas paredes, como si quisiese leer en ellas alguna mal escrita página de mi destino. Sus cerradas ventanas, sus espesas celosías, no daban paso a ninguna esperanza. Sin embargo, aquella fachada era tan elocuente, que no podía dejar de mirarla. Al apartarme de allí, el viejo muro con su puerta, sus ventanas, sus aleros y sus miradores, quedaba tan presente en mi imaginación como si fuese una fisonomía. ¡Cara funesta, que nunca tuvo una sonrisa para mí! Los criados de la casa, a quienes impacientemente preguntaba por Inés, no sabían o no querían darme noticia alguna.

Pero un día, precisamente el 1.º de julio, cambió repentinamente la situación de mi espíritu. Atiendan ustedes, que esto es de suma importancia. Por fin, tras larga espera, llegó el ejército del general Castaños, y al anochecer debía partir para el Carpio. Entre los paisanos armados que se juntaron con Echevarri

Pues bien: algunas horas antes de la que señalaron para la partida salí a la calle, im

Era de tarde: pasé por una plazuela irregular y solitaria, de esas que son la desesperación de los arquitectos modernos: a un lado muros de ladrillo, en los cuales, por la disposición de este material, se ha querido imitar una decoración greco-romana, con jambas, dentículas, capiteles, metopas y triglifos; a otro una pared sin puertas ni ventanas; luego un descomunal portalón, una esquina cargada de escudos, un farol, un santo, torres medio caídas y machones que se van a caer, una plazuela, en fin, de esas que nos salen al paso cuando visitamos cualquier vieja metrópoli, tal como Toledo, Granada, Valladolid, León, etc. Al atravesarla sentí el ruido que cerca producía la citada reyerta entre los licenciados y los suizos; oíase lejana algazara, y al extremo de largo callejón vi algunas mujeres que

Dirigíme allá, y en unos cuantos segundos se disipó la ilusión. Me reí de mi torpeza al observar que en el ángulo mencionado había una imagen de la Virgen, de esas que la devoción de los españoles ha puesto en las antiguas calles. La Virgen tenía una corona de hierro, en cuyos picos debió de haberse enredado una cometa de algún chico de la vecindad, pues un jirón de papel, todavía suspendido junto al cuerpo de la sagrada estatua, a impulsos del viento se movía. El papelejo fué lo que a mí me pareció un brazo que se movía y una mano que me llamaba. Tal alucinación en pleno día era señal de mi estupidez, por lo cual, burlándome de mí propio, seguí mi camino.

Pasando bajo la imagen, contemplaba el jirón de la cometa, cuando me detuve de nuevo, porque un objeto rozó mi cara, produciéndome escalofrío. El jirón de papel se había desprendido de la imagen, cayendo sobre mi. ¡Vean ustedes lo que es el estado del ánimo! Aquel hecho insignificante, tan insignificante como el aplastar un grano de arena con nuestro pie, me hizo detener el paso, me hizo temblar, me hizo mirar a todos lados, puso en mis labios esta pregunta, que me dirigí lleno de

Seguí andando hacia la acera de enfrente, cuando de nuevo me detuve, me quedé helado, absorto, estupefacto, porque detrás de mi había sonado claramente mi nombre. ¿Quién me llamaba? Volvime y nada vi. La plazuela estaba enteramente desierta y muda: sólo a lo lejos se oían apenas algunas voces del altercado, que de ningún modo podían confundirse con la que a mi espalda había dicho «Gabriel.»

Al volverme, mis ojos se fijaron en una puerta: era la puerta de una iglesia. Abiertas de par en par las hojas de madera chapeada, se veía el cancel de mugriento cuero, con dos puertecillas laterales. Una vieja, al salir, puso en movimiento las mohosas bisagras, y al ruido de la herrumbre, un sonido lastimero llegó a mis oídos, modulando aquella voz que a mí me había parecido mi nombre. Esta vez no me reí, sino que entré decididamente en la iglesia. Vi muchos santos pintados o de escultura, y, ¡cosa singular!, parecióme que todas las imágenes sonreían apaciblemente. La iglesia era modesta, blanca, obscura. En los lustrosos bancos se sentaban algunas señoras de edad. Las luces del altar, al reflejarse en los oropeles de un luengo cortinón rojo que servía de dosel a la Virgen, brillaban estrellas tembladoras de aquella dulce obscuridad, indicando adónde debían dirigirse los piadosos ojos. Al poco rato de estar allí, parecióme aquel interior menos obscuro y comencé a ver distintamente todos los objetos. En el fondo de la igle

Contemplando la tranquilidad de aquellas santas mujeres, su apacible recogimiento, la vaguedad aparente de sus formas corpóreas, aquel silencio de sus pasos que les asemejaba a simples creaciones de la luz en el fondo de la cámara obscura; contemplando aquella calma de sus rezos, que nadie oía, sentí envidia de los que sumergen su vida en la dulce sombra de un claustro. Yo no apartaba mis ojos del coro, observando indiscretamente los movimientos de las buenas Madres, y mientras mayor era mi atención, con más claridad se me iban presentando los distintos objetos de aquel recinto, y vi poco a poco los sillones, el facistol, el órgano, los cuadros. Tan lentamente salían de la obscuridad los perfiles de estos objetos, que mi propia imaginación podía creerse autora de aquel espectáculo.

El día iba descendiendo, y la iglesia se obscurecía por grados; pero una de las Madres, tirando de unas cuerdas, descorrió la cortina negra de la alta ventana del coro, y entonces

Al hallarme solo, reuní todos, absolutamente todos los rayos de mi razón, y juntándolos, los dirigí a la confusa y negra obscuridad de aquel fenómeno. Quise desvanecer el celaje que envolvía mi inteligencia haciéndome estúpido, y me pregunté si lo que acababa de presenciar era reproducción de aquella burla de

A tal situación habían llegado mis sentidos, cuando el sacristán, agitando un grueso manojo de llaves con cencerril estruendo, me hizo salir de la iglesia, pues yo era la única persona que en ella quedaba. Salí; la luz de la calle pareció devolverme el sentido común, que, según mi propia opinión, había perdido. El tumulto de que poco antes hablé, continuaba más reciamente, y algunas personas

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings