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Bailén

XVII

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Antes de decidirse a pasar el río, nuestro General mandó una pequeña fuerza en reconocimiento de la situación de las tropas de Coupigny. Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedición, y Marijuán, que fué en ella, nos contó a su regreso, en la tarde del 15, que habían encontrado la división del Marqués hacia Villanueva de la Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento de Coupigny se había visto una gran polvareda en la orilla derecha, y parecía que la división de Vedel marchaba desde Bailén a Andújar, para reforzar a Dupont, que ya había trabado la lucha con Castaños. La gente venida de Arjonilla aseguraba haber oído fuerte cañoneo hacia la parte de los Visos.

—A estas horas—decía Marijuán—, o ellos o los de Castaños han de estar derrotados.

—¿Y qué esperaba el Marqués en Villanue

—Allí se estaba tan quieto—repuso Marijuán—. Parece que está de acuerdo con nuestro General para operar en combinación y atacar juntos a Bailén.

—¿Pero qué estrategia es ésa, ni a qué conduce atacar a Bailén?—dijo Santorcaz, atrayendo en su alrededor un círculo de soldados—. ¿No dices que la división Vedel salió de Bailén y está ya sobre Andújar?

—Sí; así lo decían en Villanueva.

—Pues si no hay enemigos en Bailén, ¿qué es eso de atacar a Bailén? Se tratará de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaños, Jones y Peña lo atacan de frente.

—Eso, eso será—dijimos todos—. De ese modo les cogeremos entre dos fuegos, y no escapará ni una patena de las que robaron en Córdoba.

—Pero si ése es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se están batiendo en Andújar, a estas horas deberíamos estar nosotros cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios....

Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos ni poco ni mucho hasta que algunos compañeros, que eran del país y conocían el terreno, nos dije

El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matojos, y entre éstos designaron un camino de trocha por donde avanzó la infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó caminar por terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma en suspenso, los

En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba inmóvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo nuestras miradas, infundiéndonos algún recelo. Era un escuadrón de coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había cambiado el color, y temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos para disimularlo. El único rumor que turbaba el profundo silencio de nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el aliento y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi imperceptible son metálico producido por las estrellas de las espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería observa siempre en el comienzo de toda batalla.

El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la infantería a desplegar un frente compacto de consideración. Pero casi toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber fijamente si los fran

Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de

Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones. Les vimos replegarse en desorden, y entonces cesó la inmovilidad de los coraceros. Los resplandecientes petos despedían reflejos múltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila. Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también, aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos, basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas piezas de artillería, vióse que los franceses vacilaban, agrupándose y retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos dió orden de avanzar bajando, y una vez en llano, convertirnos sobre nuestro flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros; pero éstos, observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el regimiento se puso

—¡Madre nuestra, santa Virgen de Araceli, ven con nosotros!

—¡Viva España, Fernando VII y la Virgen de la Fuensanta!

Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya pronunciados en completa dispersión. Tal era nuestro furor bélico en aquella fácil victoria, que D. Diego, Marijuán y yo, no encontrando a derecha e izquierda francés alguno, hacíamos grande estrago con nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: «Perros, canallas, ya sabréis cómo las gastamos los españoles.»

La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a las primeras filas, aunque no les duró mucho el regocijo, porque los enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza bastante para hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos franceses corrían a todo escape, y la infantería se puso en salvo por las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las diez nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos

Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la marcha hacia Bailén, si bien con mucha cautela, pues había la presunción de que los franceses, reforzados con gran número de tropas, caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del camino, sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fué, en efecto. A eso del mediodía nuestras columnas avanzadas recibieron el fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que de Linares había llegado, trataban de ganar lo perdido.

Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades próximas, desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo. La caballería, entretanto, continuaba muy lejos de la acción, y aunque nuestro deseo hubiera sido que a lo más recio se nos enviara para desahogar nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso, cesaron los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de súbito pavor, retrocedían a la desbandada hacia Bailén, recogiendo precipitadamente sus heridos.

—¡Hoy es día del Carmen!—exclamó don Diego—. ¡Viva la Virgen del Carmen, y mueran los franceses!

Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el 16 de julio; en este día la Iglesia celebra, además de la advocación del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde nosotros nos batíamos con Francia, y en el mismo 16 del mes de julio. Habían pasado quinientos noventa y seis años. La coincidencia del lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro patriotismo una profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces no habíamos tenido ocasión de probarlo.

Antes de cruzar el río, descansamos para

—Pero, Sr. de Santorcaz—pregunté a mi compañero, cuando, con el agua al estribo, vadeábamos el Guadalquivir—, ¿nos quiere usted decir por qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué después de esta victoria desandamos lo andado?

—¡Zopenco!—me contestó—. Esto no ha sido más que una fiestecilla de pólvora, y todavía no ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? ¿Qué sabes tú si a estas horas Vedel, que a Andújar fué en auxilio de Dupont, habrá regresado a Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del marqués de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque. ¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en vano ha mordido uno el cebo en Hollabrün, en Austerlitz y en Jena?

Efectivamente, la intención de nuestro General era reunirse con Coupigny; pero esto no se verificó hasta la noche del 17 al 18.

Se nos acampó en un alto a espaldas de Menjíbar, y supimos con gusto que aquella noche no haríamos movimiento alguno. Nuestro gozo, como nuestra fatiga, necesitaba descanso; necesitábamos dar desahogo al efervescente júbilo, no sólo renovando en la memoria todos los incidentes de la acción de aquel día, sino también refiriendo cuanto cada uno hizo y cuanto dejó de hacer para que la batalla fuese completamente ganada. Los suizos y los soldados de línea no estaban tan engreídos como nosotros los paisanos, que creíamos haber asistido a la más grande y gloriosa acción de los modernos tiempos. Mirábamos con desdén a los que quedaron de reserva, y al contarles lo que pasó, hacíamos subir a cifras fabulosas el número de franceses segados por nuestros cortadores sables en la refriega.

Largas horas pasamos sobre el campo saboreando los deliciosos recuerdos de tanta gloria, que como dejos de un manjar muy rico nos renovaban el placer del vencimiento. La noche era como de verano y como de Andalucía, serena, caliente, con un cielo inmenso y una atmósfera clara, donde algo sonoro fluctúa, cuya forma visible buscamos en vano en derredor nuestro. Tendidos sobre la caldeada tierra a orillas del río, cuyas frescas emanaciones buscábamos con anhelo, entreteníamos

Nuestro D. Diego, siempre al arrimo de Santorcaz; Marijuán, yo y algunos más formábamos un grupo bastante animado, en el cual no cesó el ruido hasta muy alta la noche. Después de cantar, no escasearon los cuentos, acertijos y adivinanzas, y, por último, la conversación recayó en tema de mujeres.

—Yo—dijo D. Diego con su natural ingenuidad—me voy a casar. A todos les convido a mi boda. «¿Y quién es la novia?», dirán ustedes. Pues sepan que no la he visto. Mi señora madre lo ha arreglado todo con otras dos señoras de Córdoba, y, según me han dicho, es más bonita que el Sol, aunque ahora da en la manía de no salir del convento.

—Será para cuando acabe la guerra, porque ahora no está el horno para bollos—dijo Marijuán—. Yo también voy a casarme con una muchacha de Almunia, que tiene siete parras, media casa y burro y medio de hijuela. También será cuando acabe la campaña, y a todos les convido a mi boda. ¿Y tú, Gabriel, no piensas casarte?

—Pues yo, para no ser menos—contesté—,

—¡Con una condesa!

—Sí, señores, con una condesa que posee todas estas tierras que estamos viendo y otras más allá, y tiene dos escudos con ocho lobos sobre plata y catorce calderos, con media cabeza de moro y un letrero que dice....

—Toma casa con hogar y mujer que sepa hilar—dijo Marijuán, interrumpiéndome—. ¿Pues no dice que se casa con una condesa? Será con alguna duquesa del estropajo. Pero dí, ¿en qué alcázares reales está tu novia?

—Este es un bobalicón que no sabe lo que se habla—observó D. Diego—. ¡Lucida condesa será ella! Pues, como os decía, muchachos, mi novia está muy desazonada esperando a que se acabe la guerra para casarse conmigo. Así me lo han dicho, y lo creo. Apuesto que estáis rabiando por saber quién es y cómo se llama; pero eso no lo he de mentar, porque mi señora madre y D. Paco me dijeron que si hablaba de esto antes de llegar la ocasión, me castigarían no dejándome montar en el potro. ¡Qué guapa es, señores! Sus ojos son dos luceros, como aquel grande y muy claro que está sobre el tejado de esa casa; su boca se compone de dos hojas de rosa; sus dientes hacen que todas las perlas echen a correr de envidia; sus mejillas son claveles abiertos, y cuando llora, sus lágrimas son diamantes. Yo no la he visto más que en figura; porque han de saber ustedes que cuando fuí a visitar a sus tías en Cór

—Eso se parece—dijo uno de los oyentes—la historia de la princesa Laureola, por quien vinieron de la Meca los tres reyes moros, y dice el cuento que tenía los ojos de azabache ardiendo, la boca de flor de granado, y las orejas de caracolitos del mar. ¿Lo sabes tú?

—Eso está en el romance de la Reina mora, bruto. ¿Qué tiene eso que ver con la princesa Laureola?

—Yo sé el romance de la Reina mora—gritó D. Diego, batiendo palmas—. ¿Lo echo?

—Venga.

—No: el del Barandal del cielo, que es más bonito y habla de la Virgen—añadió el Condesito, gozoso de poder lucir sus habilidades—. Me lo enseñó mi hermana Presentación, que sabe veintisiete y los dijo todos arreo delante del Sr. Obispo de Guadix, cuando Su Ilustrísima paró en casa el mes pasado.

Y sin esperar a que le rogasen, el mayorazguito de Rumblar, con sonsonete de escuela, voz agridulce y afeminados gestos, dió principio a la siguiente retahila:

Por el barandal del cielo

se pasea una doncella

blanca, rubia y encarnada,

que alumbra como una estrella,

San Juan le dice a Jesús:

«¿Quién es aquella doncella?»

«Nuestra Madre, buen San Juan,

nuestra Madre linda y bella»;

la Virgen no viene sola:

ángeles vienen con ella;

no viene vestida de oro,

ni de plata, ni de seda:

viene vestida de grana....

.............................................

Y como al concluir fuera acogida esta relación con una salva de aplausos, animóse el recitador y nos endilgó otra, no menos famosa, que empezaba:

Allá arriba, en aquel alto,

hay una fuente muy clara,

donde se lava la Virgen

sus santos pechos y cara....

.............................................

—¡Basta de romances!—exclamó de improviso Santorcaz, asustándonos a todos con su interrupción—. Eso es cosa de chiquillos, y no de hombres formales. ¿No sabe usted más que eso?

—Sé muchos más—dijo tímidamente el joven—. Don Paco me ha enseñado muchos, y me los hace aprender de memoria para que los diga en las tertulias.

—¿Y nada más le ha enseñado a usted ese Sr. D. Paco, a quien desde el primer momento tuve y diputé por un gran zopenco?

—También me ha enseñado Historia, sí, señor. Y sé lo de nuestro padre Adán y aquello de Alejandro cuando fué a dar batallas a los persas, como ahora vamos nosotros a dárselas a los franceses.

—¿Y nada más?

—¡Toma!, también latín; pero mi señora ma Musa musæ bastaba.

—¿Y qué libros ha leído usted?

—Nada más que la Guía de Pecadores, donde está aquello del Infierno. Es libro muy feo, y mi señora madre no me dejaba leer más que lo del Infierno, que da mucho espanto y sueña uno con ello. Pero mi señora madre tiene otros libros en el cofre, y cuando iba a misa, yo, con mucha cautela, los sacaba para leerlos. Uno se titula La farfulla, o la cómica convertida, novela escrita por un fraile de mínimos, y otra, Princesa, ramera y mártir, Santa Afra. Ambos libros son muy bonitos, y traen un aquel de amores y besos, que me daba mucho gusto ouando a escondidas los leía yo.

Santorcaz sonreía. Después de una pausa, dijo con cierta petulancia:

—¿De modo que no ha leído usted la Enciclopedia?

—¿Qué es eso?

—La Cincopedia—gritó uno—. ¡Eh!, ¿sabes tú adónde cae la Cincopedia?

Esta palabra, que adquirió fortuna aquella noche, fué pasando de boca en boca, y más de cien la repitieron entre zumbas y chacota.

—Veo que sois unos animales—dijo Santorcaz, un poco avispado—. De todos modos, Sr. D. Diego, la educación que usted ha recibido no puede ser más deplorable en un joven mayorazgo, que por lo mismo que ha de

—A ver, amigo—indicó Rumblar—, hábleme usted de esas cosas, que me gustan. Todo lo que usted me decía anteayer, cuando íbamos de camino por aquí, me tenía encantado, y le juro que si no estuviera en vísperas de casarme y fuera preciso seguir con ayo, le diría a mi señora madre que me le pusiera a usted en lugar de D. Paco, el cual bien se me alcanza que no me ha enseñado más que gansadas y tonterías.

—Pues repito que un joven destinado a ocupar tan alta posición en el mundo debe saber algo más que el romance del Barandal del cielo. Verdad es que, o mucho me equivoco, o todo eso de los mayorazgos se lo llevará la trampa, y tarde o temprano se pondrán las cosas de manera que cada cual sea hijo de sus obras.

—Así debe ser—añadió Marijuán—. ¿No somos todos hijos de Dios?

—Vengan acá y respondan—dijo Santorcaz, excitando la curiosidad de sus oyentes—. ¿No les parece que el mundo está muy mal arreglado?

Abriéronse varias bocas con estupefacción, y no se oyó ninguna respuesta.

—Pues yo, que no he leído ningún libro—afirmó al fin uno de los circunstantes—, digo que Dios tiene que volver a hacer el mundo, porque eso de que se lo lleve todo el que primero salió del vientre de la madre, y los demás se queden bailando el pelao, no está bien.

—Oye, tú, Marijuán—dijo otro—, ¿sabes lo que contaban en Sevilla? Pues que la Junta se iba a poner de compinche con las otras Juntas para ver de quitar muchas cosas malas que hay en el gobierno de España, lo cual podemos hacer nosotros sin necesidad de que vengan los franceses a enseñárnoslo.[2]

—Así ha de ser—observó Santorcaz—. Me han dicho que en Sevilla hay sociedades secretas.

—¿Qué es eso?

—Ya sé—replicó uno—. Tiene razón don Luis. En Sevilla hay lo que llaman flamasones, hombres malos que se juntan de noche para hacer maleficios y brujerías.

—¿Qué estás diciendo? No hay tales maleficios. Mi amo iba también a esas Juntas, y cuando su mujer se lo echaba en cara, respondía que los que allí iban entraban al modo de filósofos y no hacían mal a nadie.

—Pues en Madrid las sociedades secretas están todavía en la infancia—añadió Santorcaz—. En Francia las hay a miles, y todo el mundo se inscribe en ellas.

—

—Si esos signos representan algo—repuso Santorcaz—, es referente al primero que los usó, a sus hazañas, si las hizo, o a sus privilegios, si los tuvo; pero hoy, amiguito, tales pinturas no valen de nada, y dentro de algunos años, los que las posean sin dinero, serán unos pobres pelagatos, a quienes nadie se arrimará, así como todo aquel que haya hecho una fortuna con su trabajo o descuelle por su talento, será bienquisto en el mundo, aunque no tenga ni un adarme de lagartija en su escudo.

—¿De modo—preguntó el mozalbete—que yo seré un pelagatos si llego a perder mi patrimonio o soy un bruto? Esto sí que es bueno.

—Nada, nada—dijo uno—. Fuera mayo

—Eso no puede ser—observó Marijuán—, porque entonces no habría las grandes casas que dan lustre al reino.

—Eso no puede ser—afirmó un tercero—. Pues qué, ¿el Rey iba a ser tan tonto que quitara los mayorazgos? Nada, nada; los dejará siempre por la cuenta que le tiene.

—Es que si el Rey no quiere quitarlos, no faltará quien los quite—añadió Santorcaz.

Todos se rieron al oír sostener la idea de que existe alguna voluntad superior a la voluntad del Rey.

—¿Cómo puede ser eso? Si el Rey no quiere ... ¿Hay quien esté por cima del Rey? El Rey manda en todas partes, y digan lo que quieran, no hay más que su sacra real voluntad. ¡Muchachos, viva Fernando VII!

—Pero vengan acá, zopencos—dijo Santorcaz—. ¿Dicen ustedes que nadie manda más que el Rey?

—Nadie más.

—Y si todos los españoles dijeran a una voz: «¿Queremos esto, señor Rey; nos da la gana de hacer esto», ¿qué haría el Rey?

Abriéronse de nuevo todas las bocas, y nadie supo contestar.

Nota a pie de página

—Gaznápiros, animales, si estáis probando lo que digo—añadió con energía D. Luis—. Lo que pasa en España, ¿qué es? Es que el reino ha tenido voluntad de hacer una cosa y la está haciendo, contra el parecer del Rey y del Emperador. Hace tres meses había en Aranjuez un mal Ministro, sostenido por un Rey bobo, y dijisteis: «No queremos ese Ministro ni ese Rey», y Godoy se fué y Carlos abdicó. Después Fernando VII puso sus tropas en manos de Napoleón, y las autoridades todas, así como los generales y los jefes de la guarnición, recibieron orden de doblar la cabeza ante Joaquín Murat; pero los madrileños dijeron: «No nos da la gana de obedecer al Rey, ni a los Infantes, ni al Consejo, ni a la Junta, ni a Murat», y acuchillaron a los franceses en el Parque y en las calles. ¿Qué pasa después? El nuevo y el viejo Rey van a Bayona, donde les aguarda el tirano del mundo. Fernando le dice: «La Corona de España me pertenece a mí; pero yo se la regalo a usted, Sr. Bonaparte». Y Carlos dice: «La Coronita no es de mi hijo, sino mía; pero para acabar disputas, yo se la regalo a usted, Sr. Napoleón, porque aquello está muy revuelto y usted solo lo podrá arreglar». Y Napoleón coge la Corona y se la da a su hermano, mientras volviéndose a ustedes les dice: «Españoles, conozco vuestros

El estupor que produjeron estas palabras reveladoras en el atento concurso, compuesto de muchachos rudos e ignorantes, pero de

—Todo eso está muy bien dicho. ¿Creeréis que hace días me ocurrió una idea parecida cuando estaba cazando moscas y poniéndoles rabos en cierta parte, para que al volar hicieran reír a mis dos hermanas, que estaban rezando? Sólo que yo no sabía cómo decir aquello que pensaba.

—Si, señores, ¡vivan las Juntas!—exclamó uno, levantándose—. Yo me sé de memoria aquel papel que echó a la calle la de Córdoba, diciendo.... Óiganme: «¡Cordobeses: los reinos de Andalucía se ven acometidos por los asesinos del Norte; vuestra patria va a ser oprimida bajo el yugo de un tirano; vosotros mismos seréis arrancados de vuestros hogares y de vuestras casas. Cuarenta argollas está labrando el lascivo Murat para conduciros al Norte como a los animales más inmundos.... ¡Soldados, gemid de rabia y furor!... Doce millones de hombres os están mirando y envidiando vuestra gloria, y aun la Francia misma ansia por vuestros triunfos.»

Ruidosos aplausos y gritos acogieron esta proclama, fielmente recitada con dramáticos gestos por el muchacho.

—

—Eso sí que estaría bueno—dijo Marijuán—. Pero si todos los españoles van a hacer eso, y cada uno empieza a tirar por su lado diciendo lo que quiere, se armará un laberinto tal que no podrán entenderse.

—Vaya unos zotes—añadió Santorcaz—. Pero venid acá: ¿no veis que hay en Sevilla una Junta, que es la que dispone? ¿No veis que hay otra en Granada, otra en Córdoba y otra en Málaga, etc.? Pues en lugar de todas esas Juntas pequeñas que gobiernan en cada pueblo, ¿no puede haber una muy grande que se reuna en Madrid y acuerde lo que se ha de hacer?

Miráronse los oyentes unos a, otros, y los monosílabos de aquiescencia y de admiración corrieron de boca en boca, demostrando la prontitud con que aquellas juveniles inteligencias desplegaban sus alas, aún entumecidas y vacilantes, para intentar describir los primeros círculos en el espacio del pensamiento.

Estas conversaciones me enamoran—dijo el condesito de Rumblar—. Me estaría toda la noche oyendo a este hombre, sin cansarme. Ya, ya voy aprendiendo muchas cosas que no sabía.

La conversación terminó en el punto en que la he dejado, porque la noche estaba muy avanzada y casi todos empezaron a rendirse al sueño, excepto el mayorazguito, cuyo despabilamiento era casi febril. Largo tiempo continuaron él y Santorcaz hablando en diálogo animadísimo, como si discutieran planes y expusieran proyectos de gran trascendencia para los dos. Yo me aparté del grupo, fingiendo retirarme a dormir; pero con ánimo de satisfacer una imperiosa exigencia de mi alma, que a veces me pedía soledad y meditación. Todos los ruidos habían cesado en el campamento: las guitarras y castañuelas, así como las cajas y las cornetas, estaban mudas, porque el ejército dormía. Lejos del grupo de mis amigos, echéme sobre el suelo, aguardando la aurora, sin poder ni querer cerrar los ojos; y allí me puse a meditar sobre lo que desde mi salida de Madrid había visto y oído: ¡Cuántas personas nuevas para mí había encontrado en aquella breve jornada de mi vida! ¡Con cuánto

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