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El patrimonio de aquella casa era bueno, aunque muy inferior al de otras familias de Andalucía y de Castilla; pero contaba la Condesa con que sería de los primeros de España
Pero alguien hubo de producir trastorno en los planes sabiamente trazados por D.ª María y sus ilustres primas; desconcertólos Napoleón, Emperador de los franceses, al poner sus ojos en esta joya del continente y al invadirla. La guerra, aquella santa guerra de que no nos muestra otro ejemplo la Historia en tiempos cercanos, obligó a suspender este como otros proyectos, y D.ª María, aragonesa y muy patriota, hubo de llamar a D. Diego, y desde lo alto de su sitial le aterró con estas palabras, confiadas después a mi discreción por D. Paco:
—
Al decir esto, la marmórea cara de D.ª María no se inmutó; pero Asunción y Presentación lloraron a moco y baba. El joven palpitó de entusiasmo al tomar parte en un juego que no conocía, y que, visto de lejos, es muy bonito.
Nosotros llegamos precisamente cuando se estaban haciendo los preparativos y el equipo de guerra del mayorazgo. Todos trabajaban en aquella casa, y no eran las menos atareadas las hermanitas del Sr. Conde, porque a más de la delicadísima ropa blanca que con sus propias manos y bajo la inspección de su madre aparejaron, poniéndola con mucho orden
No sé qué aquellos preparativos tenían de semejante con los que se hacen para mandar a un chico al colegio; verdad es que nada hay tan instructivo y despabilador como un campamento, y por eso decía D. Paco que la guerra es maestra del ingenio y domeñadora de las impetuosidades juveniles.
Marijuán fué destinado a acompañar al señorito. Con él y otros criados formóse una legioncilla de cinco hombres; mas sabedora doña María de que otros jóvenes de familias ricas de Baeza, Bujalance y Andújar habían llevado hasta diez, mandó que se aumentara aquel número, fijándose al instante en Santorcaz y en mí. Se nos ofrecía una peseta diaria, además de lo que cayera si volvíamos con vida y salud. Mi compañero y yo nos miramos, consultando con elocuente silencio el aspecto de nuestras respectivas fachas. Hallábamonos ambos muy derrotados; y con aquella escrutadora penetración que da la carencia de posibles, cada cual conoció la escualidez y vanidad de la bolsa del otro. Santorcaz opinó que yo debía aceptar el enganche, y yo fuí del mismo dictamen respecto a mi amigo; D.ª María ofreció equiparnos, mudando nuestras ropas por otras nuevas y mejores, y además comprometíase a mantener por algún tiempo a los que ya comenzaban a tener dudas acerca del pan que comerían al llegar a Córdoba. No vacilamos, y henos convertidos en soldados de caba
No tardó mucho el día de la partida. El joven mayorazgo estaba vestido del modo siguiente: una ancha faja de seda color de amaranto le ceñía el cuerpo; sus calzones de ante se ataban bajo la rodilla, y sobre las medias de seda llevaba gruesas botas de cordobán con espuelas de plata. El marsellés de paño pardo fino con adornos rojos y azules daba singular elegancia a su cuerpo, así como el ladeado sombrero portugués, con moña de felpa negra y cordón de oro. Guarnecía su cintura sobre el fajín lo que llamaban charpa, y era un ancho cinturón de cuero con diversos compartimientos ocupados por dos pistolas, un puñal y un
Ocupábanse la madre y las hijas en arreglar los últimos pormenores del vestido, ésta cosiendo el postrer botón, aquélla poniendo un alfiler a la cinta del sombrero, la otra calzando la espuela al mozo, cuando D.ª María dijo con la viveza propia del que recuerda de improviso la cosa mas importante:
—Falta lo principal: falta la espada.
Al punto las miradas de todos fijáronse con cierto respeto en un venerable armario de añejo roble que en el testero principal de la habitación desde largos años existía. Acercóse a él la Sra. Condesa, y abriéndolo, sacó una espada larguísima, con su vaina y tahalí, las tres piezas muy marcadas con el sello de honrosa antigüedad. Desenvainó el acero la propia D.ª María con gesto majestuoso, aunque sin ninguna afectación de brío varonil, y luego que lo hubo contemplado un instante, volvió a meterlo en la vaina, entregándolo después a su hijo. Era una hermosa hoja toledana de cuatro mesas y de una vara y seis pulgadas de largo. En la cazoleta o taza cabía holgadamente un azumbre, y sus gavilanes nielados de oro, lo mismo que el arriaz, daban aspecto artístico y lujoso a la empuñadura. Tenía en las dos fachadas del puño el escudo de los Rumblares, y en el pomo una cabeza con la empresa del armero toledado Sebastián Hernández. En la hoja, algo roñosa, se podía dePro Fide et Patria, Pro Christo et Patria, Pro Aris et Focis, Inter Arma silent Leges.
Colgóse al cinto esta poderosa ilustre tizona el joven D. Diego, para cuyas manos era peso exorbitante; mas él, orgulloso de llevarlo, hizo un gesto poco favorable a los propósitos del invasor de España, y se preparó a salir. Prorrumpieron en copioso llanto Asunción y Presentación, lo cual dió al traste con la forzada entereza del Condesito, destinado a ser el terror de la Francia, y pasando de los pucheros a los hipidos, y de los hipidos a una violenta explosión de lágrimas, atronó la casa por espacio de un cuarto de hora. Ni por esas perdió D.ª María su serenidad, hablando a su hijo de asuntos extraños a la guerra.
—Lo primero que has de hacer cuando llegues a Córdoba es visitar a mis primas y entregarles estas cartas. Mira, aquí van las señas de su palacio. Harto sentimos que no pueda celebrarse la boda concertada; pero Dios lo quiere así, y la patria es lo primero. Algún día será. Di a esas señoras que si vuelven pronto a Madrid, no les perdono que pasen sin detenerse algunos días en ésta su casa.
Luego, tomando distinto tono, habló así:
—Hijo mío, cuidado con lo que haces. Observa la mejor conducta: mira que vas a combatir al enemigo y a defender la Religión, la Patria, el Estado y el Rey. Si cobarde vuelves la espalda, no vuelvas jamás a mi casa, ni te acuerdes nunca de tu madre, ni cuentes ya con su tierno cariño.... .
He subrayado estas palabras porque son puntualmente históricas: constan en papeles impresos de aquel tiempo, que puedo mostrar al que verlos desee. La mujer que los pronunciara (pues no fué D.ª María, y el atribuirlo a ésta es de mi exclusiva responsabilidad) añadió lo siguiente, dirigiéndose a otras madres que despedían a sus hijos en las puertas del pueblo:
—Compañeras, si en las batallas llegan a morir todos los hombres, triunfaremos nosotras[1].
Salimos de la casa, tomando cada cual la cabalgadura que se le había destinado, juntamente con un sable y dos pistolas. El bagaje se repartió entre todos. Un criado antiguo se había encargado del dinero, otro llevaba las ropas del señorito; Marijuán llenaba sus alforjas con abundantes provisiones, y en mi grupera pusimos varios encargos y las cartas que D. Diego debía entregar en Córdoba. Cuando yo las acomodaba en mi equipaje, pude ver de soslayo los sobres, y me quedé frío de sorpresa y casi diré de terror: leí los nombres de Amaranta, de la Marquesa su tía y del señor diplomático.
Santorcaz, que aún no había recibido lo que aguardaba, se quedó, prometiendo juntarse con nosotros al día siguiente o a los dos días. Yo lo vi muy pensativo y tétrico, las manos a la
Con tan sabía máxima, que el heredero de Rumblar juró cumplir al pie de la letra, despidióse D. Paco, y seguimos nuestra marcha muy contentos. No tomamos el camino real desde Bailén a Córdoba por no tropezar con la retaguardia del general Dupont, o con los muchos destacamentos que había dejado en todos los pueblos, y en vez de las diez y ocho leguas y media de que consta aquella vía, tuvimos que andar unas veinticuatro, pues en nuestro rodeo fuimos a Menjíbar; desde allí, por Torre Jimeno, siguiendo un detestable camino de herradura, pasamos a Martos, y de Martos, por Alcaudete y Baena, fuimos a buscar en Castro del Río la margen derecha del Guadajoz, que nos condujo a las inmediaciones da Córdoba.
Al salir de Bailén supimos la derrota de los paisanos y soldados de regimientos provinciales en el puente de Alcolea, y en Alcaudete nos dieron otra terrible noticia, referente a la entrada de los franceses en Córdoba y al sa
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