ACTO ÚNICO
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La escena dividida. Á la derecha del actor sala de espera, lujosamente amueblada. Frente á la puerta del foro, en el centro, un velador con libros y periódicos. Al foro puerta, á la derecha otra y á la izquierda una que comunica con el gabinete. Ésta debe tener mampara con muelle, que se cierra por sí sola. El gabinete de operaciones, también amueblado con lujo. Á la izquierda balcón y al foro puerta. Sillón de operaciones. Armario con instrumentos quirúrgicos apropiados. Cuadro lleno de moldes metálicos para dentaduras. El título de profesor dentista en un marco dorado. Lavabo con palangana y varios frascos. Enseres de gran lujo. Aparato de luz eléctrica. Plantas tropicales en los ángulos de la sala.
ESCENA PRIMERA
raigón, con batín (en el gabinete). luego francisco
Raigón.—¡Francisco! ¡Francisco! (Á voces.) Esto no puede seguir así; no hay paciencia que baste. ¡Franciscoo! Fransisco.—¿Qué manda usted? Raigón.—Voy á ponerte á la puerta de la calle. 5 Fransisco.—Señorito... Raigón.—¡Á callar! (Pausa.) Tú eres listo... Fransisco.—Gracias. Raigón.—Demasiado listo, tal vez. Fransisco.—Es favor. 10 Raigón.—Pero no he visto hombre más descuidado ni más holgazán. Yo quiero orden, y sobre todo orden, y mira como tienes todo esto... Los instrumentos mezclados con los cepillos, los frascos fuera de su lugar, la cocinilla sin alcohol y todo embrollado, todo lleno de 5 polvo... Francisco.—Pero, señorito... Raigón.—¡Basta! Si no te corriges, date por despedido. Unos por torpes y otros por haraganes, no se os puede sufrir. ¡Vaya con los criados! No basta pagarles 10 bien y tratarles bien y ser amable y cariñoso con ellos... (Gritando. Pausa.) Francisco.—(¡Se necesita más paciencia!) Raigón.—Voy á salir. Tengo que hacer una operación importante en El Escorial y no volveré hasta la 15 noche... Francisco.—En ese caso quitaré la mampara de la escalera... Raigón.—No; déjala como si yo estuviese. No conviene nunca cerrar la puerta. Recibes á los que vengan, 20 les dices que estoy en cama algo enfermo y que vuelvan mañana. ¿Has entendido? Francisco.—Sí, señor, sí. Raigón.—Lo creo: á listo no te gana nadie; pero á descuidado y á sinvergüenza tampoco. 25 Francisco.—Muchísimas gracias. Raigón.—Saca el estuche de operaciones. ¡El grande! Francisco.—Al momento. Raigón.—Voy á vestirme. Si viene algún cliente antes de que me marche, no le dejes pasar, porque no 30 puedo entretenerme. Francisco.—Está bien. Raigón.—¡Y cuidado conmigo! (Vase Raigón por la puerta del foro.—Francisco pasa á la sala.)
ESCENA II
francisco. luego don atilano
Francisco.—¡Pero qué tío más insoportable! Ya estoy deseando perderlo de vista. ¡Qué palabrotas y 5 qué modales, y qué...! Vamos, hombre, que no es para mi genio. Atilano (Asomando la cabeza).—¿Se puede? Francisco.—¡Don Atilano! Atilano.—¡Francisco! ¡Tú en esta casa! 10 Francisco.—Estoy sirviendo aquí hace tres meses. Atilano.—Ya supe por tus compañeros que te habían dejado cesante. Francisco.—Suprimieron dos ordenanzas y me tocó la china. 15 Atilano.—¡Cuánto me alegro! Francisco.—Hombre... Atilano.—De que estés aquí. Francisco.—¡Ah! ¿Y usted sigue lo mismo? Atilano.—Peor. 20 Francisco.—¿Y yendo al Ministerio todos los días? Atilano.—Sin faltar uno. Allí me siento en el banco de la paciencia para saber cuando salen el señor ministro ó el señor subsecretario, y darles un avance. 25 Ahora confío en que me repondrán pronto, porque el nuevo subsecretario... ¿Tú no le conoces? Francisco.—No, señor; fué nombrado después de quedar yo cesante. Atilano.—Pues me ha recibido ya tres veces y ha estado conmigo muy afectuoso... Francisco.—¿Sí, eh? 5 Atilano.—Es muy amable y muy simpático. Y yo, ya lo sabes, sigo la máxima del pobre porfiado... Erre que erre. Francisco.—Lo que es á paciencia no hay quien le gane á usted.10 Atilano.—¿Verdad que no? Las horas que me has visto pasar en aquella portería, junto á la estufa, fumando un cigarrillo y otro cigarrillo... Y á propósito de cigarrillos... (Francisco echa mano como si fuera don Atilano á darle uno.) No; iba á preguntarte si 15 tienes uno, porque me he venido sin ellos. Francisco.—Tome usted un susini. (Se lo da.) Atilano.—Gracias. ¿Me das una cerillita? Francisco.—Sí, señor. Atilano.—Gracias. 20 Francisco.—Por lo visto sigue usted á la cuarta pregunta. Atilano.—No, hijo mío; ya he llegado á la quinta. Francisco.—Pero siempre de buen humor. Atilano.—Es lo único que tengo bueno. 25 Francisco.—Mucho nos hacía usted reir á todos con las cosas que nos contaba... Atilano.—No se pasa mal el rato en aquella portería, no. Te aseguro que en cuanto me empleen, casi, casi, voy á echarla de menos. Aquel entrar y salir de 30 gente... Diputados, senadores, periodistas, pretendientes, señoras... de todas clases... ¡Qué maremagnum! Y los ordenanzas sin cesar de traer y llevar vasos de agua con azucarillo. ¡Cuidado con lo que beben los empleados públicos! Parece que no comen más que bacalao. Francisco.—¡Ja, ja! ¡Qué cosas tiene don Atilano! 5 Atilano.—Son observaciones de cesante crónico... Francisco.—¿Y qué le trae á usted por aquí? Atilano.—Pues... necesito ver al señor Raigón. Francisco.—Hoy es imposible. Atilano.—¿Cómo? 10 Francisco.—Me ha dado orden de decir á todo el que venga que está enfermo y que no recibe, porque tiene que salir y no volverá hasta la noche. Atilano.—No importa; vas á pasarle recado. Francisco.—¡Quiá, no, señor! Me lo ha prohibido, 15 y tiene un genio que ya, ya. Atilano.—A mí me recibe inmediatamente. Somos amigos de la niñez y hace que no nos vemos muchos años. Francisco.—Dispense usted; pero la orden ha sido terminante. 20 Atilano.—Vamos, Francisquito, sé amable; hazme ese favor. Necesito con urgencia hablarle dos minutos. Francisco.—No puedo. Atilano.—Pero, hombre, tú que me has hecho tantas veces ver al ministro, nada menos que á su excelencia, 25 vas á negarte ahora... Francisco.—No me atrevo, la verdad. Atilano.—Yo te aseguro que no te regaña, que me recibe al momento. ¡Pues poquito gusto que tendrá en verme! Anda, pásale recado. 30 Francisco.—Mire usted que va á ser inútil. Atilano.—No lo creas. Anda, Frasquito, anda. Ya sabes; Atilano Fuentesaúco; acuérdate de los garbanzos. Francisco.—Bueno, le complaceré á usted. (Vase por el foro.) 5
ESCENA III
don atilano Yo espero que me reciba bien. Le hablaré de nuestra infancia... Estos recuerdos son siempre gratos y llegan muy adentro. (Sentido.) Y si veo que se conmueve... le pido diez duros. ¿Qué menos? Un hombre que gana tanto no creo que se niegue á favorecer á un amigo 10 tan antiguo... y tan desgraciado. Por lo menos lograré lo de mi pobrecita hija; á eso no ha de negarse.
ESCENA IV
dicho, raigón y francisco, en el gabinete
Raigón.—¡Eres un torpe, un animal! Ya te dije que no estaba para nadie. Francisco.—Como insistió de esa manera... 15 Raigón.—Dile que entre... (Venir á entretenerme ahora...) Francisco.—Pase usted. (Sosteniendo la mampara.) Atilano.—Gracias, Francisquito. (Aparte al entrar en el gabinete. Francisco sale á la sala y se queda escuchando 20 junto á la puerta.—Mirando á Raigón y puesto casi en cuclillas, como cuando se hace fiestas á un niño.) ¡Je, je, je! Francisco.—(¡Para bromitas está el hombre!) Raigón (Muy serio).—Servidor de usted. Atilano (Abriendo los brazos y yendo hacia él).—¡Raigoncillo! Francisco.—(¡Así lo entretenga dos horas!) (Vase 5 por el foro.) Raigón (Dejándose abrazar y muy serio).—Caballero... Atilano.—Pero, ¿qué es esto? ¿No me conoces? Raigón.—Sí, me parece recordar. 10 Atilano.—Fuentesaúco, Atilano, tu amigo de la infancia, tu compañero del colegio de don Cosme. (Abrazándole.) Raigón.—¡Ah! Sí, sí. (Con frialdad.) Atilano.—Ya lo creo, hombre, estas cosas no se 15 olvidan nunca. Muy transformado estás; pero te hubiera reconocido al momento. Raigón.—Bien, pues usted dirá... Atilano.—¿Qué es eso de usted? Trátame con toda confianza como yo á tí. ¡No faltaba más! Dos 20 amigos íntimos, que no se separaban nunca, que han estudiado juntos todo el bachillerato... Siéntate, hombre, siéntate. (Sentándose.) Raigón.—Es que tengo mucha prisa. (Sentándose.) 25 Atilano.—Ya me lo ha dicho el criado; pero tranquilízate, porque seré muy breve. No he venido más que para tener el gusto de darte un abrazo. Más despacio otro día, hablaremos de aquellos tiempos felices... ¡Qué dichosos éramos entonces! Con la alegría de la 30 niñez, soñando un porvenir de color de rosa... ¡Ay! Tú lo has realizado; pero yo... (Suspirando.) En fin, no quiero entristecerte refiriéndote mis desgracias. Hoy, por una casualidad, hablando con otro compañero nuestro, aquél que llamábamos Pandereta, ¿te acuerdas? ¡Pandereta! 5 Raigón.—No. Atilano.—(Éste no quiere acordarse de nada.) Pues bien; hablando con ése en esta misma calle, ahí, frente á esta casa, me dijo señalando á la muestra que tienes en los balcones: «¡Ése sí que ha hecho suerte! Ahí le 10 tienes, el más famoso, el mejor dentista de España, Manolito Pérez.»—«¡Manolito!» exclamé yo muy sorprendido.—«¿Pero ese renombrado Raigón es Manolito Pérez?»—«El mismo.» Raigón.—Sí; como es menos común, uso el apellido 15 de mi madre. Atilano.—Y muy bien usado. ¡Raigón! El apellido más propio para un dentista. Siempre tuviste disposición para estas cosas: en la clase de matemáticas eras una especialidad para la extracción de raíces. ¡Je, 20 je! (No le ha hecho gracia el chistecito.) Raigón.—Yo siento mucho no poder detenerme más; pero me aguardan y... Atilano.—Acabo al instante. ¿Sigues soltero? Raigón.—Siempre. 25 Atilano.—Yo no. Soy viudo y tengo una hija, un ángel, que es mi único consuelo en este mundo. Cose para las tiendas y con eso vamos viviendo mientras no me emplean. Trabaja la infeliz, dale que le das á la máquina, una silenciosa que voy pagando á plazos. 30 ¡Ay! (Suspira.) Pero hace dos semanas, mi pobrecita hija, apenas puede coser, porque de noche y de día está en un grito. Raigón.—¿Pues? Atilano.—Le ha salido la muela del juicio un poco torcida y la hace sufrir de un modo horrible. No hay 5 más remedio que extraerla; pero, ¿cómo? Yo me encuentro sin recursos, en una situación deplorable, puedes creerlo, deplorable; ni aun dispongo para llevarla á un mal dentista. Raigón (Levantándose).—¡Acabáramos! Pues si no 10 es más que eso... Atilano.—Nada más. Raigón.—Los jueves, de tres á cinco, tengo consulta gratis para los pobres. Atilano.—¿Eh? (Levantándose.) 15 Raigón.—Ven con tu hija y se la operará como sea preciso. ¡Vaya, adiós! ¡Francisco! (Llamando.) Atilano.—Adiós, hombre, adiós. (Con amargura. Pasa á la sala.) Raigón.—¡Adiós! (Y para esto me ha entretenido 20 media hora.) (Poniéndose el sombrero.)
ESCENA V
dichos y francisco
Raigón.—Me marcho por la escalera interior para no encontrarme con otro posma como ése, y por haberle dejado entrar estás despedido. Puedes buscar casa desde hoy; ya lo sabes. (Vase.) 25 Francisco.—Está bien, señorito.
ESCENA VI
don atilano y francisco, que pasa á la sala
Atilano.—¡Inhumano, grosero! ¡Sacamuelas! Si siempre fué un adoquín, desde chico. ¡Y pensaba yo pedirle diez duros!... ¡Cualquiera le pide nada á ese hombre! Francisco.—¡Don Atilano! ¿Todavía está usted 5 aquí? Atilano.—¡Todavía! Francisco.—¿Qué le pasa á usted? Atilano.—¿Qué ha de pasarme? Que tu amo es el tío más soez de la tierra. 10 Francisco.—Eso ya lo sabía yo. Atilano.—Me ha recibido de la manera más descortés, y al decirle que me encontraba sin medios y que mi hija necesitaba sacarse una muela, ¿sabes lo que ha dicho? 15 Francisco.—¡Qué sé yo! Atilano.—Que los jueves tiene consulta para los pobres; así, en seco. (Afligido. De pronto y con ira.) ¡Me han dado intenciones de saltarle dos muelas de una bofetada! 20 Francisco.—Pues á mí me ha despedido por haberle dejado pasar á usted. Atilano.—¿De veras? Francisco.—Ahora mismo me ha dicho que busque casa. 25 Atilano.—Hombre, cuánto siento haberte perjudicado... Francisco.—No señor, no; si me despide cada dos ó tres días; tiene un genio insufrible; pero ya no le sufro más, ahora va de veras y me largo. ¡Que lo aguante su abuela! Siempre está furioso. Atilano.—¡Parece mentira, ganando tanto 5 dinero!... Francisco.—¿Dinero? Eso no lo sabe usted bien. Esta casa es una romería. Días hay en que saca más de quinientas pesetas. Atilano.—¡Qué barbaridad! 10 Francisco.—Si por cualquiera cosa lleva un dineral. Y cada vez más gente. Atilano.—Sí, ¿eh? Francisco.—Desde las once de la mañana hasta las seis de la tarde esta sala está llena de señoras y de caballeros... 15 Y cada uno dos duros, ó cuatro ó diez; conque eche usted la cuenta. Atilano.—¡Qué suerte! ¡Un hombre tan bruto! Francisco.—¿Y tacaño? Es de lo que no hay. Con decirle á usted que para todo ese trabajo no quiere 20 un ayudante. ¡Nada! Todo para él. Es así. (Cerrando el puño.) Y figúrese usted si le convendría tener quien le ayudase; un día como hoy, por ejemplo, que necesita ausentarse para hacer una operación en El Escorial, pues pierde aquí todo ese dinero... y los 25 enfermos se van disgustados... Atilano.—Naturalmente. Francisco.—Hoy se marcharán Dios sabe cuántos... (De pronto, como asaltado por una idea feliz.) ¡Caracoles! 30 Atilano.—¿Qué? Francisco.—¡Caracoles! Atilano.—Ya lo he oído; caracoles. Francisco.—¿Quiere usted vengarse de ese tío grosero? Atilano.—No deseo otra cosa. Desde que me dijo 5 aquello de los jueves, tengo las tripas como una devanadera. Francisco.—Pues hay un medio de que usted y yo nos venguemos de sus groserías, ganándonos quince ó veinte duros. (Muy alegre.) 10 Atilano.—¿Qué dices? Francisco.—Él no volverá hasta la noche, y tenemos todo el día por nuestro. Atilano.—¿Para qué? Francisco.—Para recibir á los pacientes que vengan. 15 Usted espera ahí dentro, muy serio y muy grave, como sustituto del señor Raigón... Atilano.—Pero, hombre, si yo no sé sacar muelas... Francisco.—Ni hace falta. Á la mayoría de los que vienen les pone un algodoncito empapado en un 20 elixir y cocaína. Yo estoy enterado de todo esto. Una mechita, enjuáguese usted.—¡Dos duros!—¿Á ver cómo va eso? Perfectamente. Siga usted con lo mismo. ¡Dos duros!—Abra usted la boca. Hay inflamación; no debe operarse: ¡dos duros!—¡Y así, un jubileo 25 y venga guita! Atilano.—¡Francisco, por Dios!... (Dudando, pero deseoso de aceptar.) Francisco.—No sea usted tonto. Usted no ha de volver por aquí... 30 Atilano.—¿Yo? En mi vida. Francisco.—Y yo me voy mañana, conque... Atilano.—Paquito, que me comprometes... (Como antes.) Francisco.—Vamos al comedor; tomará usted una copita de Pedro Jiménez para animarse. 5 Atilano.—¡Frasquito! Francisco.—Que nos sacamos lo menos veinte duros y nos los repartimos como buenos hermanos... Atilano.—¡Diez duros! ¡La felicidad! Francisco.—Yo le indicaré á usted lo que debe 10 hacer. Andando, que ya sube alguien... Atilano.—¡Frasquito! ¡Frasquito!... (Dudando y resolviéndose de pronto.) Andando. (Vanse.)
ESCENA VII
inocencia y lelis
Lelis.—Vamos, entra, no seas tonta. Inocencia.—¿No hay nadie? 15 Lelis.—Nadie. Inocencia.—Eso me tranquiliza. Lelis.—Pero, por Dios, ¿á qué viene ese miedo? Inocencia.—Temo encontrarme con algún conocido. Lelis.—No hemos de tener esa desgracia. 20 Inocencia.—Si mi papá llegase á saber esto, yo creo que del disgusto se moría y después me mataba. Lelis.—No, mujer, sería antes. Inocencia.—Eso es; no sé lo que digo, estoy trastornada. 25 Lelis.—¡Claro! Sin dormir hace tres noches. Inocencia.—Cuatro. Lelis.—¿Y querías que te dejara así, pudiendo librarte de ese tormento? No, vida mía. Inocencia.—¿Y cómo te has proporcionado esos tres duros? Dime la verdad, porque tú... tú no sueles tener mucho dinero. 5 Lelis.—Ni poco. Te lo contaré con toda franqueza. Voy á abrirte mi corazón. (Deja el sombrero sobre el velador.) Inocencia.—Bueno, ábrelo. Lelis.—Verás. Como ya te he dicho, todas las 10 noches te oigo quejarte á través del tabique. ¡Maldito tabique! ¿Por qué la suerte ingrata nos ha colocado pared por medio? Es decir, ¿por qué ha colocado esa pared entre nosotros? Inocencia.—Lelis; no digas eso. ¡Ay! ¡Ya me 15 vuelve! (Llorando y llevándose la mano al carrillo.) Lelis.—Así, así te oía anoche, y dije: de mañana no pasa. Si su pobre padre no puede sacrificar un par de duros, yo los buscaré. Hoy me levanté muy temprano, cogí una americana y unos pantalones... 20 Inocencia.—Y te los pusiste. Abrevia, hombre, abrevia. Lelis.—No me los puse, es decir, me puse otros y aquéllos los llevé á una casa de préstamos. Por las dos prendas me han dado tres duros. 25 Inocencia.—¿Y si tu mamá descubre lo que has hecho? Lelis.—Si lo descubre, lo descubro todo. Estoy resuelto. Yo soy así, no me atrevo á nada; pero cuando me atrevo soy atroz. 30 Inocencia.—Ya lo sé. Lelis.—Pues para todo igual. Si mi mamá ó tu papá se enteran de nuestras relaciones, yo soy muy hombre para decirles: sí, la quiero con toda mi alma. La vecinita de la derecha me ha robado lo que tengo á la izquierda. (Señalando el sitio del corazón.) Suyo es 5 y suyo será... Inocencia.—¡Ay, Lelis! Lelis.—¿Qué? Inocencia.—Que me duele mucho. (Llorando.) Lelis.—Ten paciencia, monina, ya poco podemos 10 tardar. Somos los primeros. Inocencia.—¿Me hará mucho daño? Lelis.—No, no tengas miedo, un tirón nada más. Dicen que no hay mejor dentista en Madrid. Por eso te he traído aquí, aunque cueste más caro... 15 Inocencia.—Gracias, gracias, no sé cómo corresponder... Lelis.—Ya te lo he dicho; dándome la muelita... Quiero conservarla. ¡Tu muela del juicio! Sólo de pensar en poseerla, pierdo yo el juicio. (Va á abrazarla.) 20 Inocencia.—Vamos, sé juicioso. Lelis.—Me voy á hacer con ella un alfiler para la corbata. (Se sienta Inocencia.)
ESCENA VIII
dichos, don atilano, con el batín de raigón, y francisco, en el gabinete.
Inocencia.—¡Ay! (Sigue quejándose en voz baja. Lelis, de espaldas á la puerta del gabinete, enjuga á Inocencia 25 las lágrimas con su pañuelo y lo besa.) Atilano.—Con esa copita de Pedro Jiménez me he animado mucho. Creo que tendré valor para todo. Francisco.—¡Pues claro! Buena bobada sería perder esta ocasión... Creo que hay alguien esperando. Atilano (Asustado).—¿Ya? 5 Francisco.—Veré. (Entreabriendo la puerta.) Inocencia.—¡Ay! Lelis.—¿Te duele mucho? Inocencia.—¡Muchísimo! Atilano.—¿Hay alguien? 10 Francisco.—Dos jóvenes: parecen matrimonio. Atilano.—¡Pobrecitos! Voy á amargarles la luna de miel. Francisco.—Venga usted acá. Le explicaré cuál es el elixir que se pone con el algodoncito. 15 Atilano.—Sí, sí, explícamelo todo. (Francisco, hablando muy bajito con don Atilano, de espaldas al público, figura irle instruyendo, mostrándole los instrumentos, etc.) Lelis.—Ya se mueven. Se conoce que va á salir el 20 que está. Inocencia.—¡Ay! (Levantándose muy alegre.) Lelis.—¿Qué? Inocencia.—Que ya no me duele. Lelis.—- ¿Cómo? 25 Inocencia.—¡Ay, qué gusto! La primera vez desde hace cuatro días. Lelis.—¿De veras? Inocencia.—Nada, no siento nada. Lelis.—La impresión, el creer que ya ibas á 30 entrar. Eso dicen que es muy frecuente; pero estos alivios son engañadores. Después el dolor repite más fuerte. Inocencia.—Sí; pero mientras no repita... no tengo valor para sacármela. Lelis.—¿Y qué hacemos? 5 Inocencia.—Irnos. Lelis.—¿Y si te vuelve? Inocencia.—Vuelvo. Lelis.—Como quieras; pero no iremos á casa, ¿eh? Inocencia.—¿Pues á dónde? 10 Lelis.—Ya que estás mejor, entraremos en un café retirado y tomaremos alguna cosita. ¡No me digas que no! Inocencia.—Bueno. Así como así, hace cuatro días que apenas como. 15 Lelis.—Pues ahora comerás y estaremos allí juntitos y solos, como si ya hubiéramos realizado nuestras esperanzas. ¿Cuándo será, Dios mío? (Poniéndose el sombrero.) ¿Cuándo meteré yo la cabeza en alguna parte? 20 Inocencia.—Es que ya no me duele nada. ¡Vamos! Lelis.—Vamos. (Quién sabe si podré ahorrarme los dos duros.) (Vanse.)
ESCENA IX
don atilano y francisco
Francisco.—¿Está comprendido? Atilano.—Perfectamente. 25 Francisco.—Les diré que pasen. Atilano.—Bueno; ello ha de ser... Francisco (Después de abrir la mampara).—¡Calle! ¡Se han marchado! Atilano (Saliendo también á la sala).—Me alegro. Francisco.—¿Cómo? Atilano.—Digo, lo siento; pero ¿qué vamos á hacer? 5 Ya vendrán otros. Francisco.—¿Pues no han de venir? Hoy nos ganamos lo menos veinte duros. Atilano.—No me lo digas, Frasquito, no me lo digas. 10 Francisco.—Venga usted allá adentro y seguiré enseñándole algunos detalles que le conviene saber. Atilano.—Sí, sí, y tomaré otra copita. Ese vino es riquísimo. Entre Pedro Jiménez y yo (Como si descorchase una botella.) verás lo que hacemos. (Vanse por el 15 foro.)
ESCENA X
rocío, luego un caballero
Rocío (Siempre con marcadísimo acento andaluz).—Buenos días. ¡No hay nadie! Mejor, así entraré más pronto. ¡Ay, Jesús! ¡Qué cansada estoy! Y qué aburrida voy á estar aquí sola si tarda mucho el que está 20 dentro. ¡Parece mentira que haya personas aficionadas á la soleá!... Á mí no me gusta más soleá que la de mi tierra, la que se canta. ¡Ay! (Empezando á cantar y batiendo palmas.) Caballero (Entra tapándose la boca con el pañuelo y 25 mugiendo como un toro.)—¡Muú! Rocío.—¡Qué barbaridad, cómo viene este hombre! Caballero (Sentándose, después de saludar con la cabeza).—¡Gracias á que no hay más que ésta esperando! Entraré pronto. Yo no puedo más. ¡Uf! (Se levanta y pasea de uno á otro lado de la escena.) Rocío.—¡Pobrecito! Se conoce que está sufriendo mucho. 5 Caballero.—Esto ya no se puede aguantar. ¡Berr! Rocío.—Caballero, ¿le duele á usted mucho, eh? Caballero.—¡Mucho! Rocío.—¡Ay! Yo no puedo ver sufrir á nadie... Caballero.—Pues, señora, lo siento tanto: pero no 10 lo puedo remediar. (Con malos modos.) Rocío.—No, hijo mío, no, si no lo digo por eso. Desahóguese usted todo lo que quiera. Al cabo y al fin, el quejarse siempre es un consuelo. Los suspiros que se quedan dentro son los que hacen daño. 15 Caballero.—(Buenas ganas de conversación tengo yo ahora.) Rocío.—¿Y es fluxión ó caries lo que tiene usted? Caballero.—No lo sé, señora. Rocío.—Será de los nervios, porque tiene usted tipo 20 de ser muy nervioso. Caballero.—Muchísimo. Rocío.—¡Pues ya es desgracia, ya! Á mí me sucede lo mismo. Y yo he padecido mucho de la boca, mucho, pero nervioso nada más; hasta que hace dos años me 25 dieron el gran remedio, y no he vuelto á tener novedad. ¿Sabe usted cómo me he curado? Caballero.—¡Qué sé yo! Rocío.—No lo va usted á creer cuando se lo diga. Pues oiga usted. Me he curado cortándome las uñas 30 todos los lunes. No se ría usted. Caballero.—¡Qué me he de reir, señora, qué me he de reir! (Muy incomodado.) Rocío.—Parece brujería; pues no lo es. Me lo aconsejó una cigarrera de Sevilla, y desde entonces todos los lunes... riqui riqui-riqui. (Como si se cortara las 5 uñas.) Se acabaron los dolores de muelas. No me retientan ni por casualidad. Caballero.—¿Entonces, á qué viene usted aquí? (Muy violento.) Rocío.—¡Ay, Jesús! Hijo, me ha asustado usted. 10 Caballero.—Dispense usted, estoy rabioso. Rocío.—Pues vengo á comprar un frasco de elixir, lo único que uso; pero vea usted... (Enseñándole los dientes.) Caballero.—Ya veo, ya. Dichosa usted. Tiene una dentadura preciosa. 15 Rocío.—Gracias. Caballero.—Preciosa; parecen perlas... Rocío.—Perlas precisamente, no: porque si fueran perlas no estarían ahí; pero, en fin, piñoncitos... Caballero.—(¡Lástima que tenga yo dolor de 20 muelas!) Rocío.—¿Está usted mejor? Caballero.—Parece que se me va calmando algo. Rocío.—¡Cuánto me alegro! Usted dirá que le estoy mareando con la conversación... 25 Caballero.—Señora, yo no digo nada. Rocío.—Pero, hijo mío, yo soy así, no puedo remediarlo. Á mí, pídame usted lo que quiera, ¿comprende usted? pero no me pida que no hable. Yo no comprendo esas personas calladas, mohinas, como buhos... ¡Ay! 30 Á mí déme usted gente que hable mucho, que diga todo lo que sienta, que no se guarde nada... ¡La conversación! ¿Hay algo más agradable en este mundo? Comunicar una sus pensamientos, hasta los más hondos... En eso nos diferenciamos de los animales... ¿Hay algún animal que hable? 5 Caballero (Con la mayor naturalidad).—Sí, señora; hay uno. Rocío.—¿Cuál? Caballero.—La cotorra. Rocío.—Es verdad. ¡Ay qué gracioso! Está usted 10 mejor, ¿eh? Caballero.—Sí, sí; me duele menos. La conversación con usted, por lo visto, me ha distraído y me he aliviado algo. Se conoce que el gusto de oirla... ¡Ay! (De pronto dando un berrido.) 15 Rocío.—¿Qué? ¿Vuelve? Caballero.—Son tirones. De pronto me dan y de pronto se me pasan. Rocío.—¿Y la que le duele á usted es de arriba ó de abajo? 20 Caballero.—De arriba. Rocío.—Á ver, á ver, puede que esté dañada. Caballero.—¡Ésa! (Abriendo la boca y señalando con el dedo.) Rocío.—¡Ay, hijo mío; pero si tiene usted ahí la cueva 25 de Montesinos! Debe usted inmediatamente orificársela. Caballero.—¡Quiá! ¡Fuera con ella! Rocío.—¿Sacarla? Eso es lo último. Caballero.—¿Opina usted? Rocío.—Sí, señor. (Se acerca al velador y empieza 30 á hojear un libro.) Caballero.—(Vaya si es graciosa la mujer.) (Pausa corta.) ¿Es usted soltera? Rocío.—Viuda, para servir á usted. Caballero.—¡Qué más quisiera yo! Rocío.—¡Guasón! Para valiente cosa le serviría yo 5 á usted. Caballero.—Y por lo visto hace ya mucho que perdió usted á su esposo... Rocío.—No lo perdí yo; se perdió él. Caballero.—Quiero decir que, á juzgar por el traje, 10 ya ha pasado tiempo... Rocío.—El luto lo llevo en el corazón. Caballero.—Tiene usted el corazón negro, ¿eh? (Animándose cada vez más.) Rocío.—Tengo aquí un plato de calamares. ¡Ay! 15 Si usted conociera mi historia... Caballero.—¿Cómo se llama usted? Rocío.—¡Rocío! Caballero.—¿Rocío? ¡Qué casualidad! Yo me apellido Flores. 20 Rocío.—¿Y que? Caballero.—Que las flores necesitan rocío. Rocío.—¿Sí? Pues duerma usted al sereno. (Siguen hablando en voz baja, después de sentarse muy juntos en el foro.) 25
ESCENA XI
dichos, francisco y don atilano, en el gabinete
Francisco.—Aquí tiene usted preparado el enjuague. Éste sirve para todo. Atilano.—Está bien. Rocío (Riéndose).—¡Ay, pero qué malos son ustedes los hombres! Francisco (Saliendo á la sala).—¿Quién de ustedes es el primero? Rocío.—Servidora... 5 Francisco.—Puede usted pasar cuando guste. (Abriendo y sosteniendo la mampara.) Rocío.—Voy. Es decir, si no quiere usted pasar antes... Caballero.—Gracias, no me corre prisa, estoy mejor. 10 Rocío.—Me alegro mucho. Con permiso. (Entra en el gabinete. Francisco por la puerta del foro de la sala.)
ESCENA XII
roció y don atilano, en el gabinete. el caballero, en la sala.
Rocío.—Servidora de usted. Atilano.—Muy señora mía. (Estoy temblando.) Rocío.—¡Ay! ¿No está el señor Raigón? 15 Atilano.—Está enfermo; pero es lo mismo, yo estoy en su lugar. Usted dirá lo que quiere que le haga. Rocío.—¿Á mí? Nada, hijo mío. Por fortuna no necesito nada. Atilano.—¡Cuánto lo celebro! 20 Rocío.—Vengo á comprar un frasquito de elixir ¿sabe usted? De los más chiquirrititos. De aquéllos, de los de dos pesetas. (Señalando á los que debe haber sobre el lavabo.) Soy parroquiana. Caballero (Levantándose).—¡Caramba! ¡Qué bien 25 estoy ahora! Atilano.—Tome usted. (Dándole el frasquito.) Rocío.—Hombre, bien podía usted envolverlo en un papelillo. Atilano.—Tiene usted razón. (Estoy aturdido.) ¿Dónde habrá papeles? (Buscando en los cajones.) 5 Caballero.—Me dan intenciones de marcharme. No me duele absolutamente nada y ponerme ahora á que me den un par de tirones... Podía esperar en el portal á la andaluza. ¡Qué mona es! Ella me lo agradecería, de seguro, y... ¡quién sabe! Vaya, que me 10 largo. (Vase.)
ESCENA XIII
dichos, menos el caballero
Atilano (Dándole un frasco envuelto ya en un papel).—Tome usted, señora. Rocío.—Ahí van las dos pesetas. Atilano.—Mil gracias. 15 Rocío.—Quede usted enhorabuena. (Dándole la mano y sacudiéndola dos veces acompasadamente.) y que se alivie el señor de Raigón (Como antes.) y déle usted expresiones... (Como antes.) Atilano.—De parte de usted. 20 Rocío (Saliendo del gabinete).—¡Ay! ¡Se ha marchado aquel caballero! Vaya, como si lo viera: está esperándome en la calle... Estos viejos camanduleros... (Viendo á don Atilano al volverse.) Servidora de usted. (Le da la mano haciendo los sacudimientos como 25 antes y vase.)
ESCENA XIV
don atilano, solo Pues señor, todavía no he hecho nada y estoy temblando como un azogado. Necesito tomar otra copita. ¡Currito! (Vase por el foro de la sala.)
ESCENA XV
isidra y el garlopa. Ella trae el carrillo derecho muy inflamado y cubierto con un pañuelo negro.
Garlopa.—Ande usted adelante. (Empujándola para que entre.) 5 Isidra.—¡Ay, hijo, qué bárbaro eres! Garlopa.—Es favor. (Deteniéndola al ver que va á entrar en el gabinete.) ¿Pero á dónde va usted? Isidra.—Pues adentro. Garlopa.—Señora, siéntese usted ahí y espere á que 10 nos llamen, que hay que aguardar turno.
ESCENA XVI
dichos, don atilano, en el gabinete
Atilano.—Estoy resuelto á todo. Esta última copita me ha animado mucho. ¿Habrá alguien? (Abre la puerta.) Adelante, pasen ustedes. (Entran en el gabinete.) 15 Garlopa.—Buenos días. ¿Está usted bien? ¿Y la familia? (Dándole la mano con tal fuerza que le lastima.) Atilano.—¡Ay! Bien, gracias. Garlopa.—Me alegro mucho. Pues aquí tiene usted á esta señora que viene á que la vea usted eso. Atilano.—¿Y qué es eso? Isidra.—Pues le diré á usted: yo creo que esto me ha salido á consecuencia de un sofoco. 5 Garlopa.—El señor no tiene para qué enterarse de esas cosas. Usted le enseña lo que trae y se acabó. Isidra.—¡Pues vea usted! (Se quita el pañuelo y muestra el carrillo inflamadísimo.) Atilano (Retrocediendo).—¡Dios mío! 10 Garlopa.—¿Es bueno, eh? Atilano.—¡Atroz! Garlopa.—Pero yo creo que con un pinchazo en su sitio... Atilano.—(Ó media estocada.) 15 Garlopa.—Ande usted á sentarse y á acabar pronto. El miedo no sirve para nada. (Empujándola hacia el sillón.) Isidra.—Diga usted, caballero, ¿me hará usted mucho daño? 20 Atilano.—Muchísimo. Garlopa.—No le diga usted eso, hombre. Atilano.—Yo ante todo la verdad. Garlopa.—¡Pues qué remedio! (La obliga á sentarse.) 25 Atilano.—¡Si esto es un melón! Garlopa.—Yo creo que ya está maduro. Atilano.—¡Qué sé yo, qué sé yo! La verdad... no me atrevo á calarlo. Isidra (Asustada).—¿Eh? 30 Atilano.—Á sajarlo. Isidra.—¡Ah! Atilano.—Es preciso esperar, no hay otro remedio. Se enjuaga usted con malvavisco y adormideras. Isidra.—Ya lo he hecho. Atilano.—No importa, se enjuaga usted más. (Eso 5 no puede perjudicarla.) Y mañana... ó pasado, vuelve usted por aquí. Garlopa.—Pero, hombre... Atilano.—No está en disposición de operarse. Isidra (Levantándose del sillón y poniéndose el pañuelo).—Ya10 decía yo que esto estaba muy duro. Garlopa.—Vaya, pues dejarlo. ¿Qué le debo á usted? Atilano.—La consulta, dos duros. Garlopa.—¿Cómo? 15 Atilano.—Dos duros... Garlopa.—¿Dos duros? Hombre, usted está demente, de por fuerza. (Sonriendo.) Atilano.—Es lo que llevamos. Garlopa.—Vamos, hombre, que usted no me conoce 20 á mí. (Muy amable.) Atilano.—No tengo ese gusto. Garlopa.—Pues va usted á conocerme. (Á gritos.) Isidra.—(Págale y calla.) Garlopa.—No me da la gana. Pues hombre, dos 25 duros por no hacer nada. Atilano.—Bueno, pues déme usted lo que guste y vaya con Dios. Garlopa.—¡Dos duros! Atilano.—¡Francisco! (Yendo á la puerta del 30 foro.) Garlopa.—Llame usted á quien quiera; pero yo no pago los dos duros. Atilano.—Está bien, no dé usted más voces... ¡Francisco!
ESCENA XVII
dichos, francisco
Garlopa.—¡Pues no faltaba más! 5 Francisco.—¿Qué pasa, qué es esto? Atilano.—Acompaña á este caballero y á esta señora. Garlopa.—Ni que robara uno el dinero. ¡Dos duros! ¡Dos duros! 10 Francisco.—Haga usted el favor... (Empujándole suavemente y haciéndole salir del gabinete.) Garlopa.—No me toque usted, que ya me marcho. (Salen á la sala.) Isidra.—(¡Ten prudencia, por Dios!) 15 Garlopa.—Cállese usted si no quiere que le iguale los dos carrillos. Isidra.—(¡Ay, qué bruto!) Garlopa.—¡Dos duros! ¡Dos duros! ¡Ni en Sierra Morena! ¡Dos duros! (Vanse.) 20
ESCENA XVIII
don atilano y francisco, ya en la sala
Atilano.—¡Gracias á Dios! ¿Lo ves? Como me dijiste que por la cosa más sencilla se llevaba dos duros... ahí tienes las consecuencias. ¡Un escándalo! Francisco.—Eso ya pasó, no se preocupe usted. Venga mi duro. Atilano.—¿Qué duro? Francisco.—El que me corresponde de los dos. Atilano.—Si no me ha dado nada. 5 Francisco.—¡Hombre! ¿Y arma esa bronca? Voy á decirle... (Deteniéndose á la puerta.) ¡Ah! Viene alguien. Ande usted adentro. (Don Atilano entra rápidamente en el gabinete.) Atilano.—Con esta cuestión me he puesto más 10 nervioso.
ESCENA XIX
dichos y el señor peláez, con sombrero de copa y muy elegante.
Francisco.—Puede usted entrar, caballero, no hay nadie. Peláez.—Me alegro mucho. (Entra en el gabinete.) Francisco.—Pase usted. (Éste no es de los que se 15 marchan sin pagar.) (Vase por el foro.) Peláez.—Muy buenos días. Atilano (Aterrado al verle).—¡Virgen Santísima! ¡El Subsecretario! Peláez.—¡Cómo! ¿Es usted Raigón? 20 Atilano.—No, señor, no: yo soy... el sus... el sus... el sustituto. (¡Ay, qué susto!) Peláez.—¿El señor Raigón está enfermo? Atilano.—Sí, señor. Peláez.—Pues, hombre, celebro tanto que sea usted 25 quien esté en su lugar, porque para esto parece que inspira más confianza una persona conocida... (Quitándose el sobretodo.) Atilano.—Sí, señor, sí. Peláez.—Yo ignoraba que usted fuese dentista... Atilano.—Sí, señor, sí. 5 Peláez.—Pues aquí me tiene usted desesperado. Atilano.—¿Sí, eh? Peláez.—Hace ocho días que no descanso por una maldita muela. Padezco mucho de la boca. No voy á tener más remedio que ponerme dentadura postiza. 10 Vea usted, ¡estoy perdido! (Abriendo la boca.) Atilano.—(¡Es verdad, perdido!) (Antes de mirarle.) Peláez.—Mire usted allá adentro. Atilano (Acercándose á mirarle).—(¿Por qué no me 15 traga?) Peláez.—Apenas me quedan huesos, porque yo para esto he sido muy resuelto siempre. Me duele una, ¡fuera con ella! Atilano.—¡Qué valor! 20 Peláez.—Ahora es ésta (Enseñándola.) la que me atormenta. Atilano.—(¡Qué gorda es!) Peláez.—He pasado toda la noche sin dormir y ya esta mañana dije: no sufro más, resueltamente me la 25 saco. Y aquí estoy decidido á todo... En este momento no me duele nada, absolutamente nada... Atilano.—¡Cuánto me alegro! Pues yo aconsejo á usía... Peláez.—Déjese de tratamientos... 30 Atilano.—Yo le aconsejo que se vuelva á su casa y se acueste, ya que no ha dormido esta noche. Y allí, muy tranquilito, se está hasta mañana, y si le retienta á usía, se aguanta, y mañana vuelve por aquí. Peláez.—No puede ser. Necesito asistir al Congreso esta tarde. Está anunciada una interpelación, 5 tendré que hablar y no puedo exponerme á estar allí rabiando... De ninguna manera. En estos casos no hay que vacilar. ¡Ande usted pronto! (Se sienta en el sillón.) Atilano.—(¡Pero qué afán de que se la saque!) 10 Peláez.—Yo soy así para todas mis cosas. Atilano.—Sin embargo, me permito volver á aconsejarle que deje para otro día la extracción... Peláez.—Pero, ¿por qué? Si no hay inflamación ni nada. 15 Atilano.—Pues bien, yo... lo confieso. No me atrevo... Si estuviera el señor Raigón sí; pero yo solo... la verdad... El temor de hacer daño á usía, una persona que me inspira tanto respeto... Peláez.—Ésa es demasiada modestia. No me 20 obligue usted á ir á otro dentista cuando ya estoy aquí. Si el señor Raigón le deja sustituyéndole será porque le juzga á usted digno de ello... Atilano.—Crea usía que yo... Peláez.—Éste es un caso raro: el paciente animando 25 al doctor. (Riendo.) Vamos, hombre, le repito á usted que á mí esto no me asusta. (Levantándose del sillón.) Atilano.—(Á mí sí.) Peláez.—Y para darle ánimo y vencer esa timidez, hija del respeto, que yo agradezco mucho, voy á hacerle 30 una promesa solemne. Si me saca usted la muela de un solo tirón, mañana mismo le doy la credencial que solicita. Atilano.—¿Eh? Peláez.—Palabra de caballero. Atilano (Con resolución trágica).—Siéntese usía. 5 (Casi obligándole á sentarse.) (Ahora ó nunca.) Peláez.—(Ya se ha decidido. ¡Pobre hombre!) Atilano.—(¡Empleado! ¡Empleado! ¡Le saco cuanto hay que sacar!) Ésta es la cocaína, sí. Le untaré mucha. Prepárese usía. (¡Dios ponga tiento en 10 mis manos!) (Le unta con el algodón empapado en la cocaína.) Agárrese usía bien por si acaso. Peláez.—Ya estoy, ya. Atilano (Cogiendo el «forceps»).—Abra usía la boca... Ea, valor. 15 Peláez.—Lo tengo. Atilano.—No, si me lo digo á mí mismo. (¡Ay, qué sudores!) Rece usía el credo. (Con naturalidad.) Peláez (Riéndose).—Hombre, va usted á ajusticiarme... 20 Atilano.—No; pero una oración siempre conviene en los trances difíciles. (¡Santa Polonia, abogada de las muelas, ven en mi auxilio!) Ésta ¿eh? (Metiéndole el dedo en la boca.) Peláez.—Sí, ésa. 25 Atilano (Tira y saca la muela sin que Peláez se queje).—Consumatum est. Peláez.—¡Gracias á Dios! (Se enjuaga.) Atilano (Asombrado mirándola).—¡Se la saqué, se la saqué! 30 Peláez (Muy sonriente).—No he sentido nada. (Se levanta y durante el diálogo va á enjuagarse varias veces.) Atilano.—¡De veras! Peláez.—Ni el más leve dolor. Tiene usted unas manos admirables. 5 Atilano.—Sí, ¿eh? Peláez.—Nada, nada, como que retiro mi promesa de emplearle á usted. Atilano.—¡Eh! ¿Qué dice usía? Peláez.—Un hombre que tiene esa habilidad no debe 10 depender de un empleo. ¡Qué afán de destinos! Usted debe dedicarse á esto exclusivamente. Atilano.—¡Crea usía que ha sido una casualidad! Peláez.—Yo he ido á los mejores dentistas de España y del extranjero y ninguno lo ha hecho como usted. 15 Si no lo he sentido... Atilano.—¡Yo sí! Por eso no puedo ejercer esta profesión. Sufro mucho, me pongo nervioso y yo suplico á usía, por lo que más ame en este mundo, (Casi afligido.) que no me niegue ese modesto destino que pretendo. 20 Tengo una hija... crea usía que nos hace felices... (Conmovido.) Peláez (Riéndose).—Bueno, hombre, bueno. Vaya usted mañana por el ministerio á recoger la credencial. Atilano.—¡Ah, señor! ¿Cómo podré pagarle?... 25 Peláez.—Á propósito de pagar... ¿Cuánto le debo? Atilano.—¡Nada! Peláez.—Eso no: usted está supliendo al señor Raigón, y no es justo que lo ponga de su bolsillo. Dígame 30 usted lo que es. Atilano.—Lo que usía quiera. Peláez.—Tome usted. (Le da dos billetes de veinticinco pesetas.) Atilano.—¡Diez duros! Es demasiado... Peláez.—Me parece baratísimo. Estoy como en la 5 gloria. Atilano.—(¡Santa Polonia bendita, yo te pondré seis velas!) (Ayuda á Peláez á ponerse el sobretodo y le da el sombrero.)
ESCENA XX
dichos, inocencia y lelis
Inocencia.—¡Ay, Dios mío, Dios mío! (Llorando.) 10 Lelis.—Aguanta un poco, monina. Se conoce que hay gente dentro. Inocencia.—¡Ay! Lelis.—Eso ha sido del cabello de ángel. Inocencia.—¿Por qué lo habré comido? ¡Ay! (Se 15 sienta.) Atilano.—Tome usía el bastón. Peláez.—Vaya, adiós. Hasta mañana, ¿eh? Atilano.—No faltaré. Descuide usía. (Salen del gabinete.) 20 Inocencia.—¡Esa voz!... ¡Mi papá! (Inocencia y Lelis se ocultan detrás de la mampara.) Lelis.—(¡Su papá!) Atilano.—Ya verá usía, (Acompañándole hasta la puerta.) en la nota que debe tener, que he sido auxiliar 25 tercero de la clase de quintos... Peláez.—Quede usted tranquilo. Y conste que, aunque usted esté empleado, será siempre mi dentista y el de mi familia. Atilano.—(¡Pobre familia!) Peláez.—Adiós. Atilano.—Vaya usía con Dios. (Se vuelve de pronto 5 bailando y castañeando los dedos.) ¡Qué felicidad, qué felicidad! (Repara en Inocencia y Lelis, que están aterrados y como pegados á la pared.) ¡Inocencia! ¡Tú aquí! ¡Y usted! Inocencia.—Oye, papá... 10 Lelis.—Don Atilano, yo soy el culpable. Yo la he traído. Ya comprenderá usted que aquí no podíamos venir con malas intenciones... Atilano.—Pero tú... pero usted... Lelis.—Yo, que la amo, sí; yo que no podía verla 15 padecer, porque es mi vida, mi bien... Inocencia.—Perdón, papá... Lelis.—Perdón, don Atilano. (Arrodillándose ante él.)
ESCENA XXI
dichos, francisco por la puerta del foro
Francisco.—¿Qué es esto? 20 Inocencia y Lelis.—¡Perdón! Atilano.—Sí, hijos míos, hoy es día de que nos perdonen á todos... ¡Á todos! (Á Francisco con intención.) ¡Francisco, tráeme la levita! Francisco.—Pero... 25 Atilano.—Tráeme la levita... (Vase Francisco y vuelve al instante con la levita de don Atilano al hombro.) Inocencia.—Papá, ¿quieres explicarme? Atilano.—Luego, en casa lo sabréis todo... Francisco.—Aquí está esto, y dígame usted... (Ayuda á don Atilano á ponerse la levita.) Atilano.—Mira: diez duros. Cinco te corresponden. Toma... Me los ha dado el subsecretario, á 5 quien he sacado una muela. Lelis.—¡Usted! Inocencia.—¡Tú! Pero sabías eso... Atilano.—¡Sin dolor! Lelis (Á Inocencia).—Pues que te la saque... 10 Atilano.—¡No, no quiero ser parricida! Inocencia.—Si ya no me duele. Francisco (Á don Atilano).—Pero, ¿quiere usted decirme?... Atilano (Á Inocencia).—Tu muela del juicio ha sido 15 mi fortuna. Por ella vine aquí, por ella seré colocado mañana mismo. Francisco.—¿Sí? Inocencia.—¡De veras! Atilano.—Sí. Ahora me voy con la conciencia 20 tranquila. Esto me lo he ganado yo con mi trabajo, (Enseñándole el billete.) ¡ay!, con muchísimo trabajo.
ESCENA XXII
dichos. el caballero, que entra mugiendo como antes
Caballero.—¡Berr! ¡Esto no se puede aguantar! Francisco.—¡El de antes! Caballero.—¿Hay alguien dentro? 25 Francisco.—Nadie, pase usted. (Entra el Caballero en el gabinete y resueltamente se sienta en el sillón. Francisco á don Atilano.) Ande usted con él. Atilano.—¡De ninguna manera! Francisco.—Pues yo no pierdo esto. (Se pone el batín.) Atilano.—¡Allá tú! 5 Francisco.—Al momento acabo. (Entra en el gabinete. El Caballero sigue quejándose. Francisco le mira la boca: figura preguntarle qué muela le duele, busca el instrumento, etc. Todo esto mientras se dice el diálogo siguiente.) 10
ESCENA ÚLTIMA
dichos, una Señora y un Caballero. Luego dos Caballeros. Luego Otro, y después dos Señoras que van sentándose como para esperar turno.
Atilano (Mirando á los que entran).—¡Más víctimas! Lelis.—Don Atilano, ya comprenderá usted que mis intenciones... Atilano.—Ya hablaremos de eso. ¿Cómo se llama usted? 15 Lelis.—Camilo de Lelis; pero todos me llaman Lelis. Atilano.—Hacen bien. (Asustado al ver la gente que entra.) ¡Dios mío! ¡Los innumerables mártires de Zaragoza! (Francisco da un tirón al Caballero, que da un grito. Ha de verse que no le ha sacado la muela, Francisco 20 retrocede asustado con el «forceps» en alto y el Caballero queda en actitud amenazadora hasta que baja el telón.) ¡Jesús! (Á Inocencia y Lelis.)
Vámonos ya, basta de horrores. (Al público.) 25 Perdonad al autor y á los actores.