ACTO ÚNICO
Reading edition
Comedor de una casa modesta. Aparador en el fondo; mesa en el centro, debajo de la cual se ve un felpudo. Á la izquierda un brasero con lumbre; sillas, etc. Es de noche.
ESCENA PRIMERA
doña paula, carmen y juan. Doña Paula y Carmen sentadas junto al brasero, leyendo cada una un periódico. Juan, sentado junto á la mesa del centro, escribe.
Paula.—¡Oh! ¡Qué bien habla este hombre! Oye... oye... Juan.—(¡No me dejarán acabar hoy!) Paula (Leyendo).—«Yo acato y respeto á la autoridad del presidente, pero repito por centésima vez que la 5 administración pública está perdida en España, perdida, señores diputados...» Carmen.—Y tiene mucha razón. Juan.—(¡Por vida de la política!) Paula (Leyendo).—«¿Y á qué se debe esto? Á que 10 los destinos públicos no han sido desempeñados nunca por hombres de verdadero mérito, de reconocida probidad y honradez, sino por ineptos, por paniaguados de los señores ministros, de los caciques de los partidos, ó de los asquerosos mercaderes de la política.»—«Murmullos 15 en la mayoría.» Carmen.—¿Qué mayoría? Á todos comprenden esos calificativos. Juan.—(Perdonadlas, Señor, no saben lo que dicen.) Paula.—Oye, oye. (Lee.) «Arrojemos á esos mercaderes del templo de la Nación, como fueron arrojados 5 aquellos otros del templo de Dios, y nos encontraremos limpios de polilla.» Carmen.—¡Bravo! Paula.—«Es tan grande en este momento el ruido que se produce en la Cámara, que nos impide seguir 10 oyendo al joven orador.» Carmen.—¡Ah! ¿Es joven?... Paula.—Y por lo visto, un joven de provecho. Carmen.—Si yo fuera gobierno le daba una cartera á ese diputado. 15 Paula.—Y yo otra. Juan.—¡Ea! Y si yo fuera ustedes me ocuparía en zurcir los calcetines; ó me iría á leer á otra habitación... porque así es imposible trabajar. Paula.—¡Qué grosero es tu marido! 20 Juan.—¡Señora! Carmen.—Si no trabajaras en domingo, como no tienes obligación, no te sucedería eso. Juan.—¡Claro! Si no trabajara no había caso. Paula.—No he visto hombre más trabajador que tu 25 marido, y á quien menos le luzca el trabajo. Juan.—¡Qué remedio!... Carmen.—Tiene razón mamá. Métete en política, conspira, ó dedícate á negocios y sube como suben otros. Juan.—Ya vivimos en piso cuarto; me parece que 30 he subido bastante. Paula.—¡Quita de ahí! ¡Tú no serás nunca nada ni servirás para el caso! Juan.—Conforme para lo que sea. Carmen.—¿Qué ha de ser éste? Escribiente en el ministerio de Hacienda con cinco mil reales de sueldo, 5 como hace catorce años. Juan.—Esa antigüedad demuestra que soy un hombre honrado y probo. Paula.—Eso lo que demuestra, es que eres un tonto. Juan.—Gracias. 10 Carmen.—Un bobo que no ha sabido aprovecharse de las circunstancias. Juan.—Bueno; sea lo que ustedes quieran, pero déjenme al menos trabajar un rato. Paula.—¡Trabajar!... ¿Y qué es lo que trabajas, 15 vamos á ver? Carmen.—Eso; ¿qué es lo que trabajas? Juan.—Estoy poniendo en limpio una minuta del jefe. Paula.—¡Poniendo en limpio! Para eso sirves tú, para ser el mozo de la oficina, para limpiar lo que otros 20 ensucian. Juan.—¡Señora! Carmen.—Para llevar el peso de todo, mientras que los que cobran grandes sueldos se pasean ó conspiran en provecho propio. 25 Juan.—Señora: poner en limpio una minuta es copiar en letra clara y correcta una nota del jefe. Paula.—¡Claro! Como que la mayor parte de los jefes no saben escribir. Carmen.—Lo que dice ese diputado: son paniaguados 30 de los ministros. Juan.—En fin: ¿me hacen ustedes el favor de dejarme concluir? Carmen.—¡Ay! Si yo hubiera sabido para lo poco que tú servías, no me caso contigo. Juan.—(¡Ay! ¿Por qué no lo supo?) 5 Paula.—Ni yo consiento en semejante unión. Juan.—Ni yo hubiera tenido una suegra tan... amable como usted. Paula.—Parece que lo dices con retintín. Juan.—Lo digo como lo siento, señora. 10 Carmen.—No haga usted caso. Paula.—¿Cómo que no haga caso? Juan.—(¡Adiós! ¡El diluvio!) Paula.—Ha de saber tu marido que debe considerarse muy honrado con haber entrado en una familia 15 como la nuestra. Somos nobles por los cuatro costados. Juan.—(¡Y sin una peseta!) Paula.—¿Lo duda usted? Juan.—No, señora. Paula.—Y si hoy, por circunstancias de la vida, no 20 nos vemos muy desahogados, nos han envuelto en ricos pañales, y mi familia ha levantado siempre su cabeza, aun en presencia de los magnates. Juan.—No lo dudo, señora, pero... Paula.—Déjeme usted en paz, mamarracho. 25 Juan.—Gracias. Carmen.—Tiene razón mamá, tú debes considerarte honradísimo con haberte casado conmigo. Juan.—¿Quién lo duda, mujer, quién lo duda? Paula.—¡Como si mi hija no hubiese tenido más pretendientes30 que usted! Juan.—Vaya, con permiso de ustedes me voy á escribir á otra habitación. (Recoge los papeles.) Paula.—Vaya usted enhoramala. Juan.—Gracias, señora, gracias. (¡Por vida de mi debilidad de carácter!) (Vase.) 5
ESCENA II
doña paula y carmen
Paula.—Tú tienes la culpa. Si le hubieras dicho á tu marido que con cinco mil reales de sueldo, y lo poc que le dejó su tío el extremeño, no era posible establecer una familia como la nuestra, no sucedería esto. Carmen.—¡Es verdad; pero de habérselo advertido 10 antes, no se hubiera casado conmigo! Paula.—¿Y qué? No te hubieran faltado proporciones mejores. Carmen.—¡Llevábamos ya tantos desengaños! Paula.—Pues mételo en algo; haz que sea algo... 15 hazlo... cualquier cosa, mujer, hazlo, cualquier cosa. Carmen.—¡Si tiene un carácter tan débil que no sirve para nada! Paula.—¡Ay! Si yo llevara pantalones y tu marido enaguas... 20 Carmen.—Ó yo.
ESCENA III
dichas y luisa
Luisa.—Pues señor, he estado una hora en el balcón y ése no parece, ni viene por lo visto. Paula.—¡Otro que bien baila! Luisa.—Y me he quedado helada. (Se sienta al brasero.) Paula.—Ya verás cuando venga como le hablo yo claro. Hace tres meses que estáis en relaciones, y herrar ó quitar el banco. Tú ya no estás para perder el tiempo. 5 Que se case con mil diablos. Luisa.—No, mamá, con mil diablos no; basta que se case conmigo. Paula.—Bueno; pero que se decida de una vez. Carmen.—Si es que ésta no sabe. Yo no tuve relaciones 10 con Juan más que el tiempo preciso para arreglarlo todo. Paula.—Y aun eso es mucho. Luisa.—Sí; pero no vayan ustedes por querer darle prisa á hacer que se escame. 15 Paula.—¿Cómo que se escame? ¿Y qué más puede desear él? ¿Qué es el tal Felipe? Un músico, un pianista sin lecciones, que porque obtuvo un premio en el Conservatorio ya se cree más músico que Metternich. 20 Luisa.—No, mamá, si Metternich no fué músico. Paula.—Bueno; pues Metternach, es igual. Carmen.—Tiene razón mamá; la solfa da poca grasa á los garbanzos. Paula.—Más cuenta te hubiese tenido hacerle caso 25 al teniente de casa de las de González. Luisa.—¡Toma! Ya le hice todo el caso posible, pero cuando se enteró que no teníamos un real, se llamó andana y me dejó plantada. Paula.—¿Y quién le dijo á él que no teníamos un 30 real? Luisa.—Las de González, sin duda. Carmen.—¡Envidiosas! Como ellas no han podido casarse, y ya son jamonas... Paula.—¿Qué han de casarse con aquellas narices que parecen mangas de riego? Y eso que se han pasado 5 la vida dando reuniones para ver si enganchaban á alguno. Luisa.—¡Ah! Á propósito; ¿han leído ustedes en La Correspondencia que esta noche dan una reunión? Paula.—¡Cómo! ¿Reciben los González y no nos 10 han convidado? Carmen.—¡Qué grosería! Luisa.—Aquí, aquí lo dice: (Coge «La Correspondencia» y lee.) «Mañana,» que es hoy, «inauguran sus reuniones de invierno los señores de González, para cuya 15 fiesta han invitado á sus numerosos amigos.» Carmen.—No hay duda. Paula.—¿Y no nos han convidado á nosotras? ¡Qué grosería! Carmen.—Serán otros González. 20 Luisa.—Yo le preguntaré á Felipe; él es amigo y debe saberlo. Paula.—Ellos serán, los muy...
ESCENA IV
dichos y felipe
Felipe.—Muy buenas noches, señoras. Luisa.—(¡Él!) 25 Paula.—Buenas noches. Felipe (Saludando).—Carmencita, ¿y don Juan? Carmen.—Bueno; por allá dentro. Luisa.—¡Buena hora de venir! Felipe.—Vida mía, he tenido que hacer. Luisa.—No sé qué. Felipe.—Probar un piano que quiere comprar un 5 discípulo, y cuyas teclas no marchaban bien. Luisa.—Sí; tú siempre tienes alguna tecla que tocar para excusarte. Felipe.—No seas maliciosa. Paula.—Á propósito, Felipe, ¿tiene usted noticia de 10 si los González reciben esta noche? Felipe.—Más que noticia, tengo una invitación. Por eso vengo ya vestido para no tener que volver á casa é ir con ustedes desde aquí. Luisa.—¿Con nosotras? ¡Estás fresco! 15 Felipe.—¿Qué? ¿Acaso no las han invitado á ustedes? Paula.—¿Cómo que no? ¡Pues no faltaba más! Estamos invitadas desde hace ocho días. Felipe.—Entonces... 20 Paula.—Pero no vamos; á mí me duele mucho la cabeza. Carmen.—Y á mí. Luisa.—Y á mí. Felipe.—¡Caracoles! ¡Esta casa es un hospital! 25 ¡Ah! Tal vez el tufo del brasero... Paula.—Sí; puede. Felipe.—He oído decir á un médico amigo, que el brasero es una cosa muy malsana. Carmen.—¡Bah! Nuestros antepasados no tenían 30 otro fuego. Felipe.—Por eso se han muerto todos. Luisa.—¿De modo que no yendo nosotras, supongo que tampoco irás tú? Felipe.—Hija... estoy comprometido á presentar á un amigo; y además á tocar el piano para que bailen. 5 Luisa.—Eso es; pues que lo toque otro. Felipe.—Ya cuentan conmigo. Luisa.—Bueno; ¿y por dar gusto á esos cursis de González, me has de disgustar á mí? Felipe.—Mujer, yo creí... 10 Paula.—Tiene razón la niña; un joven que está en relaciones y en relaciones tan formales como las de usted con mi hija, no se pertenece, ni puede comprometerse á nada sin contar con su futura. Felipe.—Pero considere usted que hay 15 compromisos... Carmen.—No le hubiera yo consentido á Juan semejantes libertades. Luisa.—Ni yo á éste... Si quieres ir... hemos concluído. 20 Felipe.—Pero mujer... Paula.—Tiene razón Luisa. Todo Madrid sabe con la frecuencia que visita usted esta casa, y por lo tanto, deducen lo próxima que está la boda. Felipe.—(¡Caracoles!) 25 Paula.—Y eso de que en vísperas de casarse vaya usted á un baile, mientras nosotras nos quedamos en casa, ha de chocar á todo el mundo. Felipe.—Pero, doña Paula, yo no he dicho que pensaba casarme en seguida. 30 Paula.—¡Cómo es eso! ¿Trata usted, por ventura, de entretener á mi hija, de ponernos en ridículo y de abusar de nuestra bondad y confianza? Felipe.—¡Señora! Paula.—Esa conducta es indigna de un caballero; y sepa usted que en esta casa hay hombre que pueda pedir 5 á usted una satisfacción. Carmen.—¡Ya lo creo que se la pedirá! Felipe.—Pero señora, ¿qué he dicho yo desde el primer día? Paula.—Lo que sin duda no pensaba usted cumplir. 10 Felipe.—¿Yo? Luisa.—No; no se altere usted. Éste busca sin duda un pretexto para concluir, y como á mí no me duelen prendas... Puede usted ir á ese baile y á donde le acomode. (Llorando.) 15 Paula.—Incluso á... ¡Qué barbaridad! ¡Lo que iba á decir! Felipe.—¡Pero señora! Paula.—¡Ay, ay!... ¡Agua!... ¡Agua!... Luisa.—Por Dios, mamá... 20 Felipe.—Pero ¿qué motivo hay para esto? Carmen.—Usted es la causa de todo. Felipe.—(¡Cáspita!) Luisa.—¡Infame! Toma, mamá; toma. (La da agua.) 25 Felipe.—Pero, por Dios, doña Paula... Carmen.—¡Jesús!... ¡Está sin sentido! Felipe.—Aflójela usted el corsé. Paula.—¿Cómo es eso? ¿Quiere usted que me aflojen el corsé en su presencia? 30 Felipe.—¡Señora!... Paula.—¡Desvergonzado! ¿Para eso le he abierto á usted las puertas de mi casa? Si cuando yo os decía que sus intenciones no eran buenas... Felipe.—(¡Demonio!...) Luisa.—¡Infame! 5 Paula.—Puede usted marcharse cuando quiera. Carmen.—Y ya irá Juan á entenderse con usted. Luisa.—Eso es: á pedir á usted una satisfacción. Felipe.—Pero vamos á ver: ¿qué ha pasado aquí? 10 Paula.—Usted lo dirá. Felipe.—¿Que no les parece á ustedes bien que vaya á esa reunión no yendo Luisa? Luisa.—Claro. Felipe.—Pues bien; no voy. 15 Luisa.—¿De veras? Paula.—No; si por nosotras puede usted ir donde le acomode. Felipe.—Nada; no voy, no señora. Pero tendré que ir á avisar al amigo que había citado, y al propio 20 tiempo escribir á los González para que busquen otro que toque el piano. Paula.—¿Y para qué avisar? Que toque el dueño de la casa si quiere. Felipe.—¡Si don José no es pianista! 25 Paula.—Bien ¿y qué? Felipe.—Vaya, voy en un vuelo á avisar á ese amigo, y vuelvo en seguida. Luisa.—Pero no tardes. Felipe.—No. ¿Están ustedes contentas? 30 Paula.—No hace más que lo que debe. Felipe.—Ya lo sé, señora. (¡Caracoles, en la que me he metido!) Luisa.—Y múdate de ropa, porque si no, voy á creer que vas después. Felipe.—Bueno, mujer. 5 Luisa.—Adiós, vidita. Felipe.—Adiós. (¡Caspitina! ¡Qué familia!) (Vase.)
ESCENA V
doña paula, carmen, luisa y después juan
Luisa.—¡Qué bueno es! Paula.—Eso es: así estropeáis á los hombres con llamarlos buenos. ¿Qué sería de vosotras sin mí? Al 10 hombre hay que tratarlo á puntapiés y sin consideración ninguna para que nos respete. ¡Parece mentira que hayáis estado á mi lado en vida de vuestro padre! Luisa.—Pero, en fin, ha renunciado á ese baile por mí. 15 Carmen.—¿Qué más puede hacer? Paula.—No haberse comprometido con esas cursis de González sin haberlo consultado antes con nosotras. ¡Una familia que no se acuerda de invitarnos á una reunión! ¡Unos trapisondistas que porque han hecho 20 dinero, no se sabe cómo, y por lo tanto de mala manera, se dan más tono que el señor de Rodrigo en la horca! ¡Unos mamarrachos! Juan.—¡Hola! ¿Hablan ustedes de los señores de González? 25 Paula.—Sí, señor; hablamos de esos... trapisondistas. Á menos tendría yo en ir á su casa. Juan.—¡Ah! ¿Ya saben ustedes que dan una reunión y no las han convidado? Carmen.—Lo cual es una grosería. Paula.—Pero que me complace en extremo. Así me evitan el trabajo de contestarles que no admito su 5 convite. Juan.—¡Ah! ¿No iban ustedes de todos modos? Paula.—¿Nosotras? No podemos frecuentar semejante sociedad. Carmen.—Tiene razón mamá. 10 Juan.—Muchísima. Y como la veo á usted en terreno muy firme y pensando muy cuerdamente por primera vez en su vida... Paula.—¡Caballero!... Juan.—Permítame usted que la haga justicia. 15 Paula.—Yo he pensado siempre como ahora. Juan.—Bueno; pues ya no tengo inconveniente en decirle que acabo de recibir en este momento el convite de los señores de González. (Sacando un papel.) Paula.—¡Eh!... 20 Carmen.—¿El convite? Luisa.—¿El convite para esta noche? Juan.—Sí; con una nota muy expresiva, excusándose de haberlo mandado tan tarde. Paula.—¿Á ver? (Lo toma.) 25 Luisa.—¡Qué gusto! Carmen.—Si no podía ser otra cosa. Juan.—Pero como no han de ir ustedes, de todos modos... Luisa.—¿Eh? 30 Paula.—¡Oh! ¡Qué finura! Oíd, oíd lo que dice Isabel de su puño y letra. (Leyendo.) «Si esta invitación, que por un error llega tarde á ustedes, no les basta, irá mi marido en persona á rogarles no falten á esta su casa.» Luisa.—¡Qué amabilidad! 5 Carmen.—¿Quién se niega? Juan.—Nosotros por supuesto. Paula.—¡Qué hemos de negarnos, hombre! ¡Pues no faltaba más! Juan.—¡Señor, Señor! ¡Éste es el mundo! 10 Paula.—Y como yo sé lo que me debo á mí misma, iremos á ese baile. Juan.—¡Ésta es la sociedad! Carmen.—- Y tú también vendrás. Juan.—¿Yo? 15 Paula.—¡Ya lo creo! Te conviene tratar á las gentes, si has de llegar á ser algo alguna vez. Carmen.—Y frecuentar la sociedad. Paula.—Ahí tienes el ejemplo de González, que no era nada, y ahora es todo un... 20 Juan.—¡Señora!... ¡Por las once mil vírgenes! Paula.—Nada, nada, iremos. Luisa.—¡Qué gusto! ¡Y el pobre Felipe que se habrá quitado el frac! Paula.—Pues se lo vuelve á poner, ¿qué más 25 quiere? Luisa.—Claro: ha de tocar el piano para que bailemos. Paula.—Y que no puede dejar de ir. Luisa.—Y que nadie toca como él. 30 Juan.—(Otra víctima como yo.) Luisa.—Á mí me hacen falta guantes largos de catorce botones. Paula.—Es verdad; y á mí horquillas. Carmen.—Y á mí polvos de arroz, y el abanico que está á componer. 5 Paula.—Nada; éste va en un vuelo y lo trae todo. Juan.—Pero señora, ¿y no los llamó usted cursis y trapisondistas y...? Paula.—¿Y qué tenemos nosotras que ver con lo que inventan las gentes? Vamos, anda; guantes, horquillas 10 y polvos de arroz. Juan.—(Y una soga para ahorcarme.) Luisa.—Los guantes de catorce botones y color lila, ¿sabes? Juan.—Ese color, sin pedirlo, me lo dan á mí en 15 cuanto me vean entrar en la tienda. Paula.—Bueno; vamos, que tenemos que peinarnos todavía, que no tardes, ¿eh? (Vanse doña Paula y Luisa.) Juan.—En seguida. (¡Por vida de mi carácter!) 20
ESCENA VI
carmen y juan
Juan.—Tu madre está dejada de la mano de Dios. Carmen.—¡Dale con mi madre! Á tí no te parece bien nada de lo que hace mi madre. Juan.—Como que nada de lo que hace tiene sentido común. 25 Carmen.—¡Juan, Juan!... Calla, y ve á comprar todo eso. Juan.—¿Á comprar? Pero ¿tú crees que yo fabrico dinero? Carmen.—No empecemos. Juan.—Bueno; sea lo que quieras. ¡Ah! Pero yo no puedo ir á esa reunión. 5 Carmen.—¿Por qué? Juan.—Á menos que te tomes el trabajo de cortar cuatro dedos de largo de mi pantalón negro. Carmen.—¿Ahora? Juan.—Ahora. El otro día, al entrar en la oficina 10 después del duelo de D. Andrés, me preguntaron los compañeros si había comprado el pantalón en el Rastro, y si el difunto era mayor. Como que tiene cola el tal pantalón. Carmen.—¿Y vas tú á presumir acaso? 15 Juan.—Una cosa es presumir, y otra no ir en ridículo. Carmen.—Bueno; pues mañana se corta. Juan.—Bueno; pues que se suspenda ese baile hasta mañana. Carmen.—¿Cómo se entiende? Tú vas á esa reunión 20 y llevas el pantalón como está. Juan.—Considera que se ríen de tu marido. Carmen.—¡Bah! Déjame en paz. Juan.—Pero considera... Carmen.—Ve á paseo. (Sale.) 25
ESCENA VII
juan, después luisa
Juan.—Al Congo me iría yo con tal de no veros. Cualquiera se casa, sí señor, y se encuentra con una mujer más ó menos buena; pero con una. Yo me he casado con tres... y cada una de ellas es un grupo... de fieras. ¡Ay! ¿Por qué me ha dado Dios tan poca energía? Luisa.—¡Calle!... ¿Aún estás aquí? 5 Juan.—¿Qué? ¿Habéis pensado por ventura no ir á casa de González? Luisa.—¿No ir? ¡Pues no faltaba más! Juan.—¿Sí? Pues si tenéis empeño en que yo os acompañe, me vas á hacer un favor. 10 Luisa.—¿Qué favor? Juan.—Cortar mi pantalón cuatro dedos. Luisa.—¿Yo? Pero hombre, ¿tú crees que yo no tengo otra cosa que hacer que ocuparme de tu pantalón? Juan.—Si es un momento. 15 Luisa.—Déjame en paz, y córtalo tú si quieres. ¡Vaya con el hombre! (Vase.) Juan.—Gracias, mujer, gracias. Ésta también hará feliz á su marido. ¡Ah! Mi suegra ha dicho muchas veces que tiene afición á la ropa de hombre. Si por uno 20 de esos fenómenos extraños en ella quisiera complacerme... Debe de estar en su cuarto. Probemos. (Sale.)
ESCENA VIII
felipe, después juan
Felipe.—¡Ea! Ya estoy de vuelta. ¿No hay nadie? ¡Esperaré! Me parece que he hecho mal en ceder; pero á doña Paula le da un soponcio por mí; Carmen me 25 amenaza con su marido, y Luisa con concluir las relaciones... ¿Concluir? Quizás esto me conviniera. Don Juan no parece muy feliz, y quién sabe si me espera á mí igual suerte. Juan (Saliendo con unos pantalones negros en la mano).—Nada; me ha mandado á escardar cebollinos. ¡Qué remedio! Lo voy á cortar yo y mañana se cose. 5 Felipe.—Hola, señor don Juan. Juan.—Hola, víctima... digo, compañero de fatigas sin glorias. Felipe.—¿Compañero? Juan.—Hombre, en cuanto se case usted; yo ya lo 10 estoy. Felipe.—¡Ah! (Pues señor, me casan sin remedio.) Juan.—Con permiso de usted, ¿eh? (Extendiendo el pantalón sobre una mesa.) Felipe.—¿Va usted á quitar alguna mancha? 15 Juan.—No; á quitar paño que le sobra á este pantalón. Felipe.—¿Usted? ¿No hay mujeres en la casa? Juan.—No; aquí no hay mujeres, son fieras. Felipe.—¿Eh? 20 Juan.—Es decir; hago una honrosa excepción. (Me conviene no escamarlo.) Felipe.—Luisa, ¿eh? Juan.—Por supuesto, Luisa, que es un modelo de bondad y de... mansedumbre. 25 Felipe.—Ya me lo parecía á mí. Juan.—Pues es usted listo. En fin, cásese usted con ella, que va usted bien. Felipe.—¿Cree usted?... Juan.—Cuando le digo á usted que es un modelo... 30 Felipe.—Pero, sin duda ¿la madre?... Juan.—¿Mi suegra? ¡Quiá! Después de todo, es una infeliz. Tiene un carácter... pero no pasa de ahí. Felipe.—¿De dónde? Juan.—De ahí; de... Estoy por aconsejarle á usted 5 que se la lleve cuando se case. Felipe.—¿Á la suegra? ¡Caracoles! Juan.—No; si eso no es suegra... eso es... una madre, una... Yo tendría un sentimiento muy grande; pero llévesela usted si tiene empeño. 10 Felipe.—No, ninguno. Juan.—Bueno; pues nos la podemos repartir á temporadas. Felipe.—¿Á temporadas? Juan.—Por ejemplo: puede pasar con usted doce 15 meses del año y el resto conmigo. Felipe.—Eso es: ó lo contrario. Juan.—También. El año entero con usted, y lo que quede conmigo. Felipe.—Ya hablaremos de eso. 20 Juan.—(Éste se la ha olido.) Vaya, ya está esto. (Por el pantalón.) Mañana lo cosen para que no se deshilache. Lo dejaré aquí hasta que vuelva. (Lo deja sobre la silla.) Felipe.—¿Á dónde están esas señoras? 25 Juan.—Ahora saldrán. ¿Usted también va de baile? Felipe.—Iba; pero como se han empeñado en que no vaya... Juan.—¿Y no va usted, yendo la novia? Felipe.—¡Cómo! ¿Van al baile? 30 Juan.—¡Ya lo creo! Felipe.—¡Demonio! Y me han hecho escribir excusándome... Juan.—¿Sí? Pues como no piensen otra cosa van á casa de González. Felipe.—¡Por vida!... Eso es jugar conmigo y no 5 me he casado todavía. Juan.—¡Oh! Eso es ahora; pero en casándose se cuadra usted. Felipe.—Ya lo creo que me cuadraré. Juan.—Vaya; voy á comprar unas friolerillas. 10 Felipe.—¡Después que me he quitado el frac! Juan.—Con tal que tenga usted los pantalones bien puestos... Felipe.—¡Quiá, hombre! Si se me están cayendo; son anchos. 15 Juan.—¿Su sastre de usted es profeta? Felipe.—No; es García. Juan.—Lo mismo da. (¡Pobre chico!) (Vase.)
ESCENA IX
felipe, después doña paula
Felipe.—Después que me hacen escribir pretextando un fuerte dolor de muelas y rogándoles que busquen 20 otro que toque el piano... salimos con que van ellas. No; pues conmigo no se juega. Paula.—¡Hola! Pronto ha dado usted la vuelta. Felipe.—¡Claro! Como que por lo visto no había necesidad de la salida. 25 Paula.—¡Ah! ¿Sabe usted ya que vamos al baile? Felipe.—Sí; ahora que he escrito á esos señores que un fuerte dolor de muelas me impedía ir á tocar el piano. Paula.—¿Qué, usted toca el piano con las muelas, por ventura? Felipe.—No, señora; pero toco cielo con las 5 manos cuando me pasan estas cosas. Paula.—¿Es fuerte el dolor, eh? Arránquesela usted si está picada. Felipe.—Quien está picado soy yo. Paula.—¿Sí? Pues enjuáguese usted. 10 Felipe.—Si no me duele nada. Paula.—¿En qué quedamos? Felipe.—Ha sido el pretexto para no ir. Paula.—Entonces, yendo, ya no necesita usted pretexto. 15 Felipe.—¿Después que me he quitado el frac y el pantalón negro? Paula.—Se lo vuelve usted á poner. Felipe.—Eso es. Paula.—¡Ah! Y á propósito: ¿ha visto usted á 20 Juan? Felipe.—Salió ahora. Paula.—Me alegro. (Le voy á sorprender cuando vuelva. ¿Qué me cuesta darle gusto una vez? Le voy á cortar el pantalón negro. Él dijo que unos cuatro 25 dedos... le cortaré cinco. Puesto que hay tiempo... ¡Ah! Éste debe ser, sí. En mi cuarto tengo tijeras.) (Coge el pantalón.) Felipe.—Pero ¿van ustedes al baile, eh? Paula.—Sí, hombre; vaya usted á vestirse, vaya 30 usted. (Vase por la segunda izquierda.) Felipe.—¡Caramba, Carambita! ¡Nada! Me zarandean como les da la gana. ¡Y todavía dice don Juan que podíamos partirnos á la suegra!... ¡Ya lo creo que debíamos partirla! Pero por la mitad, y arrojar los pedazos para que no pudieran aprovecharse... Porque, 5 vamos á ver. ¿Qué hago yo con esta carta, (Sacando una del bolsillo.) que le he escrito á la de González, excusándome? Afortunadamente no la he cerrado, ni se la he mandado todavía; pero... ¡ah!... ¡qué idea! La pongo una postdata, diciéndole que después de escrita 10 esta carta me encuentro bien, y por tanto, que no haga caso de lo que la digo en ella... eso es. Ya que está escrita, no me voy á quedar con la carta en el bolsillo. ¡Ay! ¡En qué lío tan gordo te has metido, Felipe! ¡Soy lo más lila!... ¡Hasta don Juan ha conocido que se me 15 caen los pantalones, y no me he atrevido á devolvérselos al sastre! ¡Ay! ¡Qué carácter tenemos algunos hombres! ¡Caracoles!... ¡Caracolitos!... (Sale por el fondo.)
ESCENA X
carmen, vestida algo ridícula, sale y se mira al espejo. luego pepa
Carmen.—El espejo de mi cuarto es muy pequeño y 20 no me he podido hacer cargo de mi vestido. Vamos; no está mal del todo... Pero si dan otro baile es preciso que me haga uno nuevo... ¡nuevo!... ¿Cuándo será algo mi marido? ¿Cuándo ascenderá al menos? Pepa (Con el pantalón negro de Juan en la mano).—¡Anda,25 anda!... ¡Y qué maja se ha puesto usted!... Carmen.—¿Qué te parece, Pepa, estoy bien? Pepa.—Mejor que la sobrina del médico de mi pueblo, cuando salía en la procesión del Jueves Santo. Carmen.—No me satisface mucho el elogio; pero, en fin... 5 Pepa.—¡Pues si es la más rica de Alcobendas! Carmen.—¡Ah! Entonces... ¿Qué llevas ahí? Pepa.—El pantalón del señor, que me lo ha dado su mamá de usted para que lo lleve al cuarto. Carmen.—¡Ah! ¿Lo has cortado tú? 10 Pepa.—¿Yo?... Yo no lo he tocado. Carmen.—¡Pobre Juan! Voy á darle gusto siquiera una vez; ¿qué me cuesta? Dame ese pantalón. Se lo cortaré para que pueda ir al baile. (Vase por la primera izquierda.) 15
ESCENA XI
pepa y luisa también vestida para la reunión
Pepa.—¡Digo! ¡Quién fuera señora para poder llevar todos esos perifollos! (Viendo á Luisa.) ¡Anda! ¿También usted está compuesta? Luisa.—¿Qué te parezco? ¿Me encuentras bien? Pepa.—¡Ya lo creo! Parece usted Santa Fislomena, 20 la de la iglesia de mi pueblo. Luisa.—¡Qué ocurrencia! Pepa.—Que sí señora; que está usted pintiparada. Luisa.—¿Cómo? ¿Pintada? ¿Se conoce mucho el colorete? 25 Pepa.—¿El clorete? Luisa.—¿Se ve mucho? Pepa.—Pero ¿aonde tiene usted eso? Luisa.—¡Aquí, en la cara, mujer! Pepa.—¡Ah! Ahí no se conoce nada. Parece una rosa. Luisa.—¡Qué susto me has dado! 5 Pepa.—Yo quisiera vestirme así. Luisa.—¡Buena estarías! ¿Has visto al señorito Felipe? Pepa.—Sí; volvió hace poco; pero se fué otra vez. Luisa.—¡Ah! ¿Hablaría con mi madre, eh? 10 Pepa.—Creo que sí. Voy... (Contestando á la voz de Carmen, que llama á Pepa.) Que sí, que está usted muy guapa, vamos. (Sale primera izquierda.)
ESCENA XII
luisa, después pepa
Luisa.—Si no fuera por el pobre Felipe, esta noche era ocasión de coquetear un poco con el teniente y darle 15 una lección. Pero Felipe es de los que se casan, y el otro es un trucha. Pepa.—Bueno; en su cuarto, ya sé. Luisa.—¿Dónde vas? Pepa.—Á dejar el pantalón negro del señor en su 20 cuarto. Luisa.—¡Ah! (¡Qué trabajo me cuesta darle gusto!) Yo lo llevaré. Allí habrá tijeras. (Vase por el foro.) Pepa.—¡Oh! Todas se llevan el pantalón. Por eso 25 dice el señor que aquí todos llevan pantalones menos él. ¡Y yo que no sabía por qué lo decía!
ESCENA XIII
pepa y juan trayendo varios paquetes
Juan.—Cuarenta y ocho reales de gasto un hombre que no tiene más que treinta diarios. ¡Por vida de los bailes! Pepa.—Señor, ¡si viera usted qué guapas están las señoritas! 5 Juan.—¿Sí, eh? Pues si vieras cómo estoy yo... Pepa.—¿Qué? ¿También se va usted á poner disclotao como la señorita? Juan.—Sí, me voy á poner en guardia contra todos estos despilfarros. 10 Pepa.—¿Qué traje es ése? Juan.—Bueno; anda á fregar, hija mía, anda á fregar. Pepa.—¿Está usted mal humorado? Juan.—No, cuestión de carácter. 15 Pepa.—¡Pues si es usted más bueno que el pan! Juan.—¿Que el pan bueno, eh? Sí, desgraciadamente. ¿Has visto tú mi pantalón negro? Pepa.—Sí; la señorita Luisa lo llevaba ahora á su cuarto de usted. 20 Juan.—Bueno; pues entrégales todo esto á las señoras cuando salgan, y di que estoy vistiéndome. ¿Hay luz en mi cuarto? Pepa.—Las luces las tienen todas ocupadas las señoras. 25 Juan.—Bueno; me vestiré á obscuras, ¿qué remedio? ¡Ay! ¡Dichoso bailecito!
ESCENA XIV
pepa, doña paula y después carmen y luisa
Pepa.—No me parece que el señor tiene muchas ganas de componerse. Paula (Vestida con exageración).—¡Ea! Ya estoy corriente. ¿Dónde están las niñas? Pepa.—Por ahí drentro. 5 Paula (Mirándose al espejo).—Me parece que voy á dar golpe esta noche. Diles que salgan. ¡Ah! Ven, clávame un alfiler aquí detrás. Pepa.—¿Detrás? Paula.—En la falda, mujer. Espera... ¿Tienes 10 las manos limpias? Pepa.—Me parece que sí. Paula.—Lo dudo. Pepa.—Sí, señora; me las lavé el domingo para salir á paseo. 15 Paula.—Bueno; ya está bien. Carmen (Saliendo con el abrigo puesto).—Cuando quieras. Paula.—¿Está ya tu marido? Carmen.—Debe estar. 20 Paula.—Pues venga el abrigo y en marcha. (Se pone el abrigo.) Luisa.—¡Ah! ¿Ya están ustedes? Paula.—Sí, anda, arréglate. Luisa.—Volvió Felipe y le dijo usted que íbamos al 25 baile, ¿eh? Paula.—Naturalmente. Luisa.—¡Pobre chico! Se habrá incomodado de nuestra informalidad. Paula.—¿Incomodado? ¡Vamos, cuando yo digo que sois vosotras las que estropeáis á los hombres! Luisa.—Pero como le dijimos que nos dolía la 5 cabeza... Paula.—¡Claro! Y ya no nos duele. Carmen.—Pepa, tírame un poco del vestido. (Pepa lo hace.) Paula.—Lo que tú has de hacer es poner buena cara 10 al teniente esta noche y no dormirte en las pajas. Luisa (Mirándose los guantes).—¡Ay!... ¡Por vida!... Carmen.—¿Qué pasa? Luisa.—Que tu marido es un torpe. Le digo que 15 sean de catorce botones, y no tienen más que doce. Paula.—Es un imbécil, hay que confesarlo. Carmen.—¡Bah! Lo mismo da. Luisa.—Eso es; como no te los has de poner tú... Paula.—Lo ha hecho por fastidiar. 20 Luisa.—Después que acabo de cortarle el pantalón para que no vaya ridículo. Carmen.—¡Cómo! ¿Se lo has cortado más? Luisa.—No; cuatro dedos sólo, lo que él me dijo. Paula.—¡Adiós! ¿Á que el muy animal nos lo ha 25 encargado á las tres?
ESCENA XV
dichos, juan vestido de frac y con los pantalones negros cortos hasta la rodilla.
Juan.—¡Ea! Cuando ustedes quieran. Carmen.—¡Jesús! (Al verle los pantalones.) Luisa (Idem).—¡Já, já! ¡Qué facha! Paula.—Pero ¿qué es eso? Juan.—¡María Santísima! (Mirándose.) 5 Paula.—¡Si me lo estaba temiendo! Juan.—Pero ¿qué les ha pasado á estos pantalones? ¡Si yo no los corté más que cuatro dedos! Luisa.—¡Ah! ¿Tú también? Juan.—Sí. 10 Carmen.—Y yo. Juan.—¿Eh? Paula.—Y yo, mameluco, y yo. Juan.—¡Demonio! Paula.—¿Á quién se le ocurre encargar á las tres 15 que te cortemos los pantalones? Juan.—¡Ay, ay, ay! ¡Una vez que han querido ustedes complacerme, se han lucido! Prefiero que continúen negándose á todo. Carmen.—¡Por torpe! 20 Juan.—¡Un pantalón nuevo! Luisa.—¿Y cómo vas á venir así? Juan.—¡Yo qué he de ir! Paula.—¿Cómo que no? Sácale unas medias mías, y va de calzón corto. 25 Juan.—¡Señora! Paula.—¿Qué tememos? Carmen.—Tiene razón mamá; si ahora es moda. Juan.—Basta, señoras, basta. Si están cortos, no implica eso para que yo les sepa llevar una vez siquiera é impida que en mi casa mande nadie más que yo, ni se 5 me ponga en ridículo, ni se me... Paula.—¡Cómo! ¿Tú te atreves? Juan.—Sí, señora; me atrevo á todo. Paula.—¡Ay! ¡Ay! ¡Agua! ¡Agua! Luisa.—¡Mamá! ¡Mamá! 10 Paula.—¡Asesino! Carmen.—¡Infame! Juan.—(¡Adiós! ¡Metí la pata con calzón corto y todo!) Paula.—Pero no; sé cuál es tu intento: dejarnos sin 15 ir al baile, y no lo conseguirás. Vamos nosotras, vamos nosotras. Carmen.—Pero, mamá. Paula.—Vamos, vamos. Juan.—(Me alegro.) 20 Paula.—Y usted viene por nosotras después. Juan.—Sí, vestido de lacayo. Paula.—Vamos, vamos.