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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
ENRIQUE DE VEDIA
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TRANSFUSIÓN

BUENOS AIRES
1914
Derechos reservados.
Imp. de La Nación.—Buenos Aires
PRÓLOGO
La novela cuya publicación iniciamos hoy significa un triunfo para su autor y una conquista para las letras nacionales. Don Enrique de Vedia, acreditado ya como escritor didáctico y publicista vigoroso, también había hecho apreciar en varias ocasiones sus cualidades de narrador y sus dotes de inventiva. Con todo, en el género puramente artístico y literario, no había producido aún la obra que era dable esperar y que hoy llega con Transfusión, como un resumen de energías y una síntesis de belleza.
Es una novela autóctona en la más estricta acepción del vocablo, pero lo es a la manera de las que soportan traslaciones a idiomas extraños y ello merced a la universalidad del asunto. Este es muy original. Lo constituye un problema de psicología individual. En su desarrollo el autor muestra el descenso de un alma virtualmente generosa y, como contraste, el renacer de otras embebidas en la substancia de aquélla. Y en la notación de este doble proceso moral, el señor Vedia aguza el análisis hasta sorprender los movimientos menos perceptibles del espíritu en su crisis progresiva. Los personajes no se ocultan a sus atisbos de observador, que sin abstraerse jamás, logra adueñarse a veces de todo un carácter, merced a un sólo rasgo distintivo.
De ahí que el novelista llegue a objetivarlos con intenso calor de humanidad. Se animan y andan, y a medida que accionan y discurren se advierte en ellos las modalidades de sus tendencias, de sus estados de alma, según las condiciones que los determina. Son seres reales, por eso viven en la novela, porque antes vivieron en la realidad, donde fueron sorprendidos. De pronto parece que se va a dar con ellos. Tal es la impresión de su verdad esencial. No nos referimos sólo a los caracteres centrales de la novela, a los que forman el núcleo de su acción íntima, sino también a las figuras de segundo término, o episódicas.
El señor Vedia ha matizado Transfusión con algunos trozos descriptivos que pueden citarse como páginas de primer orden. Y cuando del diálogo que tiene el sesgo de la frase hablada, el novelista pasa a describir y eleva la forma, pone en ello gradaciones tan armónicas que la transmisión se efectúa insensiblemente. Y ora evoque el despertar de la ciudad o los vastos panoramas agrestes o los cuadros de costumbres camperas, siempre ajusta a su naturaleza el estilo.
Y ello en una forma ágil y fácil, siempre viva, animada siempre. De ahí que el interés no decae un solo instante, sostenido aquí por la ternura, allí por lo patético, allá por el drama íntimo, acullá por un revuelo lírico y en todas partes por un perfecto acuerdo entre el mundo evocado y la energía evocadora.
La Nación.
Junio 10 de 1908.
Entre los juicios que esta obra mereció, cuando vio la luz pública, se encuentra el siguiente, que expresa, con particular acierto, el concepto ideológico y la finalidad moral a que «Transfusión» responde:
«Rosario, julio 15 de 1908.—Señor Enrique de Vedia.—Buenos Aires.—Mi distinguido amigo: Su bella concepción dramática, publicada en forma de romance, ha terminado de una manera original y novedosa, dejándonos con ganas. Efectivamente, acostumbrados en este género de producciones a que se aten todos los cabos para cerrar el ciclo de los acontecimientos referidos (artificio más que verdad), uno no se resigna a que deje de contársele que Anastasio vino una noche a matar a Melchor, por ejemplo; que Clota, desesperada, entró en un convento; que los padres del protagonista murieron en un hospital porque éste les derrochó toda su fortuna, concluyendo él mismo sus días en el manicomio, degenerado e imbécil, en un acceso de delirium tremens o maniatado por la parálisis general progresiva.
»La fuerza del hábito hace que uno espere el número siguiente para continuar la fácil y agradable lectura que se realiza como si se oyera un fonógrafo invisible que reproduce para el oído lo que los cuadros admirablemente trazados reproducen cinematográficamente en la imaginación y casi diríamos en la pantalla retiniana.
»Ese final, en que queda Melchor, afirmado en la tranquera, con su simbólico ramito de fresco cedrón, viendo partir a sus amigos, que se llevan jirones de su psicología, es de una naturalidad tal, que recuerda a los grandes maestros del arte literario cuando con los más sencillos elementos realizan verdaderas creaciones.
»Tan cierto es que un simple gesto, o una pose revelan muchas veces todo un mundo interno oculto al ojo vulgar que sólo ve la superficie.
»Hay tal revelación de recóndita onomatopeya entre este sujeto así plasmado en aquel ambiente todo nuestro, y el estado de su ánimo ante la metamorfosis que el alcohol por una parte, el contagio moral por otra y su indudable receptividad psíquica han producido en él, que al terminar uno la lectura del capítulo, se queda inconscientemente en una actitud análoga, con la vista clavada en un punto del espacio y una sonrisa de aplomo dibujándose en los labios.
»La transfusión está hecha, ¿para qué más? Sutil e inadvertidamente la salud espiritual de Melchor ha sido absorbida por Ricardo y por Lorenzo, los que a su vez le han dado a respirar sus almas enfermas, como las flores, que al ampararse del oxígeno, que es la vida, exhalan el ácido carbónico, que es la muerte.
»El lector pudiera exigir que el fenómeno hubiese ido produciéndose ocasionalmente a su vista y con casos concretos que le documenten, como en un boletín clínico en que se anotan todas las modalidades de un padecimiento cuyo curso insidioso o normal se sigue prolijamente, catalogando epifenómenos y detalles de escrupulosa minuciosidad, pero ¿podría hacerse eso sin menoscabo del arte, generalizados por excelencia, para producir el efecto emocional y convincente que se busca?
»El alcohol y la Venus son, por otra parte, auxiliares eficaces de consumo orgánico y de degeneración, de que el autor echa mano con hábil ingenio para producir el caso clínico observado y existente, sin duda alguna en gran número, en este inmenso nosocomio del mundo.
»Pinturas que son verdaderas fotografías con movimiento hay en su romance, y Baldomero, representante genuino de nuestros hombres de campo, de verba pintoresca y tranquilo razonar ecuánime, ha sido arrancado de la realidad él mismo, en medio de aquella naturaleza genuinamente argentina, de horizontes dilatados y soberana magnificencia.
»No tengo por delante su trabajo; el folletín vuela y muchas bellezas escapan al ojear los recuerdos. Dejo, además, como usted ve, correr la pluma en el natural desaliño epistolar, como que estamos conversando familiarmente sobre las facciones de su primogénito.
»Espero ver pronto en forma de libro su bella concepción, tan sencilla y eficazmente presentada, para decirle en letras de molde todo lo que creo debe decirse de ella al público. Desde luego, el deseo de verla hecha carne y hueso en la escena de un teatro, me obsesiona desde el primer momento.
»¿La va a teatralizar? Bien lo merece. Aquel: «Yo estoy con Dios así»... vale un Perú. Su afectísimo amigo,
»Alejandro V. Murguiondo.»
TRANSFUSIÓN
[Publicada, por primera vez, en el folletín de «La Nación» en los meses de junio y julio de 1908.]
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—¿Suicidarte? ¿Pero comprendes bien lo que dices?
—Y en definitiva, ¿para qué debo vivir? ¿Qué misión me espera? ¿Qué ideal puede estimularme ya?...
—No te diré cuál es la razón filosófica de tu existencia, porque la ignoro; pero, puesto que vives, ¡vive! qué diablos.
—Como cualquier animal...
—¡Supongámoslo!... ¿y quién te ha dicho que los animales sufren en su condición de tales?...
—Tú echas todo a la broma y a la jarana, porque eres feliz.
—No, Ricardo, yo no soy feliz en el concepto en que tú y todos entienden la felicidad, porque la felicidad comprende un cúmulo de circunstancias que jamás se encuentran reunidas; lo que hay es que yo no quiero ser desgraciado y... ¡no lo soy!
—Porque la desgracia no te agarra...
—¡Me agarra a cada rato! ¡Me ha agarrado mil veces! pero la desgracia se aburre conmigo.
—No te entiendo.
—¡Pues es claro! La desgracia es como una persona seria que se fastidia en compañía de quien ríe constantemente.
—Lo difícil, lo imposible es eso; reír siempre...
—¡Qué ha de ser difícil! Todo es cuestión de resolverse, no sólo en defensa propia, te diría, sino en homenaje a la risa que es, sin disputa, nuestra patente de racionales.
—Tampoco te entiendo.
—¡Sí, hombre! Nosotros, los humanos, somos los únicos animales que reímos y observa que la diferencia positiva que nos distingue de los demás bichos de la creación es la de reír.
—¿Y la de sufrir?...
—¿Y quién te ha dicho que las gallinas de tu casa no sufren horriblemente cuando se hace guiso de pollos? ¿O que los gatos de nuestros tejados no se sumergen en un mar de tristeza cada vez que nuestros fonderos ofrecen a sus clientes el «civet de liebre»?... ¿Sabes lo que sucede?...
—No sé adonde vas.
—A esto: los animales sufren lo mismo que nosotros, pero no les importa.
—Eso dices tú.
—No, Ricardo; esto lo demuestran los mismos animales, y si no observa a las vacas, por ejemplo; ¿tú crees que una vaca a la que el tambero le quita la leche que ella formó para su ternero no sufre? ¡Sufre, che! pero se resigna. ¿Y sabes cómo lo demuestra?... ¡Comiendo de nuevo para tener leche otra vez, en la esperanza de que le alcance al hijo de sus entrañas!...
—Comen para satisfacer una necesidad.
—¡Justamente! y nosotros debemos hacer lo mismo; ¿o tú crees que no necesitamos nutrirnos para seguir viviendo?
—No sólo de pan vive el hombre.
—¡Ya lo creo! pero así como nuestra economía animal nos exige alimentos que se llaman pucheros, bifes, carbonada, locro—¿te gusta el locro? ¿qué rico es con pedacitos de cordero, eh?—bueno, pues lo mismo nuestro ser moral reclama sus alimentos espirituales, que se llaman: resignación, esperanza, jovialidad, ¡risa, ché! ¡risa!... ¡mucha risa!
—Es muy fácil decirlo.
—¡Y hacerlo! Yo lo hago, sin dejar de rendir mi obligado tributo a los dolores morales; pero cuando uno de éstos me manifiesta intenciones de molestarme demasiado, metiéndoseme muy adentro o quedándose en mí más tiempo del tolerable, ¡me le planto delante, le suelto una carcajada y le señalo la puerta: a embromar a otro! Lo mismo que con las personas; como que hay «personas-dolor» y «personas-alegría». A una de éstas le digo: ¡Cuánto gusto! ¡Adelante! Tome asiento;—a las otras les hago decir con mi sirviente que no estoy.
—¿Y qué haces cuando una de esas que llamas «personas-dolor» te sorprende y te agarra sin poder evitarlo?
—¿A qué hora?
—¿Cómo a qué hora?
—Sí, pues; porque según la hora será el rumbo que tome; si es de día la llevo al club, a la Bolsa, a la casa de gobierno o a cualquier sitio que tenga salas de espera y puertas de escape; si es de noche, al teatro y en el primer entreacto ¡zas! me le escabullo.
—Eso puede hacerse con las personas; pero no con los dolores morales.
—¡Se hace lo mismo! Y aun es más fácil desprenderse de una pena que de ciertas personas profesionales de la impertinencia. ¿Ignoras acaso que el alcohol es un irresistible anestésico para todo dolor moral?
—Sin duda; pero el remedio es peor que la enfermedad.
—La tarea, pues, está en encontrar remedios que curen sin enfermar.
—¿Cuáles serían?...
—En tu caso ya te lo he dicho y repetido cien veces, y es necesario que aceptes el tratamiento que te receto: te vienes con Lorenzo y conmigo a la estancia del viejo; pasamos allá una temporada, cuanto más prolongada mejor. Comes buenos churrascos; andas a caballo; tomas aire puro y, contagiado por mí, acabarás por reírte de todo ese mundo de cosas deleznables y subalternas que actualmente te tienen envuelto en nieblas... ¡Contra las nieblas: sol, sol y mucho sol! y después vendrá sola, vibrante, sonora, la risa, la sana, la enérgica, la invencible, la fecunda, la suprema demostración de que no somos tan... animales... ¡Ríete!... ¡no seas pavo!... ¡¡Ríete!!... ¡Como yo!... ¡Así...!
—Es que oyéndote a ti acaba uno por ver todo color de rosa.
—¡Como tú quieras! ¿pero irás con nosotros, eh?... Ya ves que Lorenzo ha resuelto acceder a mi pedido... y tú no puedes desairarme... por otra parte, la partida depende de ti y... ¡sin ti no me voy!... e impedirás que el pobre Lorenzo se cure también de sus males que son más o menos los tuyos...
—¿Y qué precisión hay en que yo les acompañe?
—La de curarte y, sobre todo, ¡caramba! ya basta de explicaciones: ¿vas o no? A esto he venido... por última vez...
—Bueno, ¡iré!
—¡Bravo!... ¡Venga un abrazo!... ¡Ya ha empezado tu mejoría!
—Mi mejoría... Tú eres muy bueno, Melchor.
—¡Ah!... ¡Soy una monada!...—contestó éste riendo de nuevo como lo había hecho durante todo el diálogo sostenido con su amigo de la infancia Ricardo Merrick, cuyo estado moral combatía desde algunos meses, como combatía también el de otro amigo, Lorenzo Fraga, con quien conservaba desde la escuela un hondo afecto, realmente fraternal.
Ganada la batalla con Ricardo y convenida definitivamente la partida para el campo, se dirigió a casa de Lorenzo a darle la buena noticia, y luego a la suya, a la que ansiaba llegar pronto para darla también, como lo hizo, en un verdadero estallido de su inconmensurable altruismo.
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—Ya no eres un niño, Melchor—le dijo su madre,—y debes saber lo que haces; pero yo creo que extremas un poco las obligaciones de tu amistad para con Lorenzo y Ricardo.
—¡Pero, mamá! ¡Gran cosa!
—Pues es nada, hijo: dejas tus ocupaciones por un tiempo que tú mismo no sabes cuánto será; dejas a tu novia y nos dejas a nosotros por irte a cuidar a dos amigos.
—Están enfermos, mamá, y yo creo que puedo curarlos.
—¿De cuándo acá eres médico?
—El mal de ellos no lo cura un médico, sino un amigo.
—Pues deja que los cure otro; ¿por qué razón has de ser tú?
—Ellos no tienen ningún amigo como yo; así como yo no tengo ningún amigo como ellos, mamá.
—Todo eso está muy bueno; pero ¿qué quieres? yo no me resigno a que te vayas así y a que cargues con esa responsabilidad.
—¿Que me vaya cómo?
—Pero dime, Melchor, ¿cuánto tiempo vas a faltar de aquí?—dijo la señora quitándose los anteojos con que cosía.
—Dos o tres meses.
—¡Qué! Eso no lo sabes y aunque así fuera, tú también tienes obligaciones a que «antes» no habrías faltado.
—¡Si no voy a faltar! Mira: en la oficina me dan licencia, reemplazándome el subjefe, un excelente compañero, mientras dure mi ausencia.
—¿Y el sueldo?
—¡Es claro que lo cobrará él!
—¿De modo que tú no figurarás para nada?
—Figuraré con licencia; y Clota... también me ha dado licencia—agregó Melchor, riendo y abrazando cariñosamente a su madre.
—Pero yo no te la he dado todavía—replicó ella, mientras le miraba con una de esas miradas con que sólo una madre sabe decir: ¡bendito seas!
—¿Y serías capaz de negármela, cuando voy a realizar una obra buena?
—Yo no puedo darte ni negarte licencia—dijo la señora cambiando el tono de su voz;—tú tienes veintiocho años.
—¡Todavía no!—interrumpió Melchor;—los cumplo en febrero—y agregó:—¡qué afán de echarme edad!
—¿Y tu padre, qué dice a todo esto?
—¿Él? ¡él es el primero en alentarme!
—¡Hum!—moduló la señora, agregando, como en un suspiro, al ponerse de nuevo los anteojos:—¡En fin!...
—Mira, mamita: déjate de «en fines», ¿eh? ¡No falta más sino que reniegues de tu propia obra!
—¿Qué obra?
—¡Haberme hecho como soy!
—Sí... mucho...
—¡Pues es claro! ¿Vas a negarme que soy tu vivo retrato?... ¡Mírame!—dijo Melchor irguiéndose en cómica actitud, y agregó:—bueno, ahora hay que preparar todo.
—¡Melchor!... ¡Melchor!... ¡Melchor!...—entró gritando desaforadamente su hermanita menor:—¡Te han traído un baúl lindísimo y nuevo!
—Que lo pongan en mi cuarto, nena.
—¡Y qué lindo es! ¡qué nuevo!—repetía la nena hondamente impresionada ante el flamante baúl, que fue puesto en el cuarto de Melchor, y contemplado escrupulosamente por toda la familia.
Cuando Melchor quedó solo, abrió el baúl para empezar la tarea de preparar su viaje, aproximó una silla y sentado en ella quedó contemplando la luciente caja vacía.
—¡Un baúl!—se decía Melchor,—¡un baúl es lo más parecido a una persona!... ¡Pero si es cierto!... No hay nada tan parecido a los hombres como los baúles... Un baúl nuevo como éste es igual, igualito a un recién nacido... ¿Qué se le va a poner adentro...? ¡Psh!... ¡tantas cosas...! A éste le toca recibir ropa limpia ahora; pero cuando vuelva, ¿cómo vendrá esta ropa?... ¿habré usado toda?... ¿volverá sucia?... ¿traerá toda?... ¿traerá menos?... ¿se le agregará ropa ajena?... acaso sucia... quizá limpia... ¡quién sabe!... ¡Pero cómo se parece un baúl a una persona!... Por lo pronto éste es igual a mí: le cabe en suerte recibir ropa limpia... algunos libros de ideas sanas y servir para un viaje proyectado con la mejor intención...
«Lo mismo que mis padres hicieron conmigo: me llenaron de cosas limpias... me pusieron dentro ideas sanas y generosas... ¡me pusieron lo único que tienen!... y me prepararon para un viaje de buenas intenciones...
»¡Y qué diablos! Voy cumpliéndolas... ¡es la verdad!... en el fondo de este baúl que se llama Melchor Astul... en el fondo, es decir, en la conciencia, no guardo ningún agravio... ninguna ofensa... ningún remordimiento... he hecho todo el bien que he podido... y sigo haciéndolo... he pasado por tonto muchas veces; pero no he sentido envidia por quienes me consideraron así... y ahora mismo sigo mi viaje de buenas intenciones... y lo seguiré hasta el fin... ¡hasta que el baúl se rompa!... o hasta que se acabe todo lo que tiene adentro... o lo roben los hombres... ¡o lo ensucie el uso!...
»...O lo ensucie el uso... ¡las cosas que dice uno de repente!... O lo roben los hombres... O... lo... ensucie... el... uso...»
* * *
Buenos Aires inicia su despertar con roncos e incoherentes movimientos de dormido.
Hacia el oriente la vaga y tenue coloración auroral frente a la que las sombras de la noche huyen como arreadas por las guías curvas de una amarillenta luna en su último menguante.
Los faroleros realizan a la carrera una tarea de resultados extraños, pues al apagar la luz de los faroles entregan el campo a la más franca irradiación de la indecisa luz con que el día se anuncia.
Entre ella se destacan, como orugas luminosas, los primeros tranvías conductores de semidespiertos obreros que se dirigen a sus tareas y a intervalos se oye el seco trac-trac de los pequeños carritos que, al salir del conventillo, caen del umbral a la acera y de ésta a la calle, conducidos por el ambulante vendedor de verduras, que se dirige veloz hacia el mercado de Abasto en busca de la enormemente copiosa provisión de hortalizas con que hace un nutrido «agosto» en el breve espacio de cada mañana.
La claridad avanza, hundiéndose en la sombra a lo largo de las calles y haciendo surgir la silueta de los vigilantes escalonados en la calzada, mientras los noctámbulos pasan como espectros, bajo esa luz cuyos tintes blanquecinos aumenta la lividez de sus rostros trasnochados.
Como la más limpia nota de la aurora repiquetean campanas cuyo ritmo, de lenta isocronía, parece bajar de planos más altos aún que los altos campanarios, mientras—como surgiendo de entre las apretadas piezas del entarugado—pasan veloces los carros que llevan a domicilio «el pan nuestro de cada día»...
Pausados, desfilan, entre el crepitar eclosionante de la madrugada, los «nocheros» de plaza, cuyos jamelgos balancean la cabeza en oscilaciones que parecen exteriorizar ideas de infinitas y melancólicas nostalgias.
De todo rumbo surge el vibrante grito de los vendedores de diarios que pululan llenando las calles—como esas bandadas de avecillas que en el bosque cantan cuando el día llega,—y es de admirar el contraste que ofrecen esos pilluelos diligentes y honrados, que a pulmón lleno proclaman su luminosa mercancía, pasando rápidos y sonoros por el lado del «repartidor de diarios» que, silencioso y grave, va echando por entre buzones, celosías y rendijas la doblada hoja impresa que aquéllos pregonan a gritos.
Las puertas de calle se abren pesadamente, dando paso a esa emanación peculiar que bien pudiera llamarse el regüeldo matinal de las casas, mientras la sirvienta que abrió la puerta, se alisa el despeinado cabello, como temerosa de que la sorprenda el lechero, el vigilante, el repartidor de pan o el mucamo de enfrente...
Desde cualquier sitio en que se mire a la distancia, vese la atmósfera de la ciudad densa y cargada, y sólo el punto en que el observador se coloca parece limpio y diáfano, ofreciéndose en el explicable fenómeno de sobresaturación atmosférica el más vivo remedo del que los más padecen al considerarse a sí mismos en el centro de la verdad luminosa, mientras ven o creen ver a los demás obnubilados por las sombras del desacierto.
Ilusión de óptica en los dos casos, en que el vaho de la noche o del error nos envuelve...
El sonrosado de la aurora se diluye gradualmente en la celeste diafanidad cenital, como si aquella coloración rojiza del primer instante hubiera sido absorbida por el mismo sol, de tal modo a su paso el rojo de su propia irradiación se desvanece y el contorno de la inextinguible hoguera se destaca nítido en la eucarística limpidez del cielo.
Es la hora de las grandes honestidades...
El que pasa la noche bajo las supremas angustias del juego—ése, para quien la acción y el fin de la vida están en las astucias del tapete y en sus éxitos repugnantes,—se alza bravamente ante los distinguidos tahures o «clubmen» que le rodean y palpitante de emoción o de angustia, proclama:
—¡Caballeros! ¡No juego más; ya es de día!
Más allá, alguien—acaso en ausencia del que abandona la carpeta,—ha dicho también temblorosamente y en voz sibilante, como el vago chirrido de un puñal que sale de la herida:
—Bueno, basta; ya viene el día...
Mientras tanto, el jornalero, el honesto jornalero de brazo nervudo y de tórax fuerte y levantado como su conciencia, sale para el trabajo, dejando en su modesto hogar a la compañera en la sencilla labor de cada día, y, en el divino sueño de la infancia sana, los hijos de la salud y el amor.
Y mientras el gran vaho nocturnal se disipaba en aquella mañana de enero, pudo oírse, a lo largo de las calles, el repiqueteo del cascabel y el firme trotar de la soberbia yunta de zainos que arrastran la victoria de Lorenzo Fraga, en el inusitado madrugón de aquel día.
La victoria se detiene en la modesta casa de Melchor Astul, que desde horas antes se apercibe para el viaje proyectado, tarea en la cual han intervenido madre y hermanas, disputándose el éxito en los refinamientos de la previsión, pues en los últimos detalles de un trajín semejante es cuando se corre el riesgo de olvidar lo fundamental: el cepillo de dientes; las zapatillas; el sobretodo por si refresca; el abotonador; la pasta dentífrica; el betún, etc., etc.
Nada se ha omitido, y sólo queda para mandar por encomienda el frac de Melchor, que no cupo en el baúl y que «es bueno tener a la mano—según lo aconsejó burlescamente su hermana mayor,—por si se daba algún baile en el pueblo».
—Bueno: ¡otro adiós! adiós, mamá; adiós, muchachas; díganle a tata que no me despido otra vez por no despertarlo, y escriban, ¡eh! y no se olviden del frac—y luego, dirigiéndose al cochero:—vamos a casa de Merrick, ¿sabes? en la avenida.
—El señor Ricardo está ya en casa; yo fui a buscarlo.
—¡Ah! entonces vamos allá.
Los zainos batieron con sus cascos como el redoble de una diana al romper la marcha, que se hizo en seguida uniforme y firme, cual si la regulase el repiquetear del cascabel colgante en la punta niquelada de la lanza; pero a poco andar la victoria se detuvo por orden de Melchor, que con un pie en el estribo y medio cuerpo afuera llamó a un vendedor de diarios que descendía de un tranvía:
—Dame Nación y Prensa...
—...No tengo cobre...
—Déjalos, no más. ¡Vamos!
Y la victoria continuó su marcha con Melchor, que acababa de iniciarse en el día como de costumbre: con un acto de relativa previsión y otro de generosidad.
Cuando el carruaje llegó a casa de Lorenzo, éste y Merrick esperaban en la puerta de calle.
—Estábamos haciendo votos por la prolongación de tu tardanza.
—¿Por qué?
—Porque así podríamos perder el tren y desistir de este viaje, para nosotros estéril y para ti penoso.
—¡No sean pavos! Subo a saludar a la familia y despedirme, Lorenzo; bajo en seguida.
—Están en el balcón; nosotros ya nos despedimos.
—Ya las he visto—dijo Melchor, mientras subía «de a cuatro» la amplia escalera, al terminar la cual fue recibido por la familia de Lorenzo que en coro le hizo una de esas recepciones íntimas en que el deseo de reír y de llorar se mezclan.
La madre de Lorenzo, que se hallaba recostada en la puerta de la sala que daba acceso al vestíbulo, interrumpió los saludos dirigidos a Melchor diciéndole:
—Venga para acá... venga el santo... el bueno...
—¡Señora!—exclamó Melchor dirigiéndose hacia ella, que lo recibió con los brazos abiertos exclamando:
—Un abrazo... así... fuerte... ¡muy fuerte!—y rompió a llorar.
Las hermanas de Lorenzo llevaron los pañuelos a los ojos y en medio de un silencio de sollozos el padre de aquél se dirigió pausadamente hacia el escritorio en el que penetró despacio...
—¡Sólo usted... sólo usted es capaz de este sacrificio!
—Qué sacrificio, señora, si Lorenzo es para mí un hermano.
—Y usted es para mí un hijo desde hoy.
—Bueno, señora; es decir: bueno, «mamita», dejémonos de llantos para los que no hay motivo y ya verán ustedes cómo dentro de poco vuelve Lorenzo hecho unas pascuas—dijo Melchor sonriendo al dominar la intensa, la profunda emoción que sentía.
—¡Dios lo oiga!
—¡Y me oirá! ¡si yo estoy con Dios... así!...—repuso sonriendo al cerrar la mano con un enérgico gesto, y agregó:
—¡Bueno, adiós! que tenemos los minutos contados; adiós... «mamita», adiós, Sofía; adiós, Carmencita; ¡hasta pronto, señor!—dirigiéndose al viejo Fraga que salía del escritorio guardando el pañuelo entre el chaleco y su cuerpo, acaso porque no encontraba el bolsillo de su saco...
—¡Adiós, amigo, adiós! ¿y ya sabe, eh? cualquier cosa...
—Sí, señor; pero no habrá necesidad de nada, ¡si llevamos provisiones para cien años!—repuso Melchor con su jovialidad habitual.
Y bajó la escalera, enviando todavía un ¡adiós! a todos, entre los que dejaba una vez más el alivio moral que su carácter generoso y bueno derramaba en los espíritus atribulados o enfermos.
—¡Caramba, con tu despedida!
—La señora me detuvo; pero estamos en tiempo, ¡vamos!
—Al Once, ché—dijo Lorenzo al cochero y el carruaje partió.
—Vamos a tener un viaje espléndido... sin tierra... fresco...—decía Melchor,—¡ya verán qué maravilla de vida vamos a pasar!... y ¿qué tal? Ricardo, ¿qué dices?
—¿Yo?... ¡nada! ¿qué quieres que diga?
—¡Quiero que hables! ¿oyes? que te dispongas a revivir y que no olvides lo que te decía anoche tu madre.
—¡Mi madre!...
—Sí, tu madre, ¿pues qué?
—Mi madre ha sido feliz toda su vida.
—¿Y tú, no?... ¡Qué rico tipo!... Mira, así—y reunía en un haz las yemas de sus dedos,—así, ¿ves?... así hay consuelos para cada dolor.
—Es posible.
—No; es exacto y sólo un niño, y un niño pavo, llora porque no le dan un juguete.
—¡Un juguete!...
—¿Y a qué hora llegamos a Trenque Lauquen?—interrumpió Lorenzo.
—A las cinco; pero tenemos que pasar allí la noche para salir mañana a la madrugada, bien temprano, camino de la «Celia».
—¿Y a la estancia?—insistió Lorenzo.
—Si los caminos están buenos, de 5 a 6 de la tarde.
—¡Todo el día en coche! ¡Qué horror!
—No; se hace una parada para almorzar y... sestear en la posta del «Paso»... ¿Qué te parece, Ricardo, una siesta en pleno campo?
—¿El qué?...
—¡El qué!... ¿Estás dormido?
—Estaba distraído.
—Bueno, ya llegamos; ahora en el tren te repetiré el caso.
En la estación les esperaba el sirviente de la familia de Fraga, Rufino Mejía, uno de esos tipos criollos, sanos de cuerpo y de alma, que tenía en la casa sueldo de gran sirviente y prerrogativas de patrón, bien merecido todo en quince años de leales servicios, durante los cuales no había podido convencerse de que Lorenzo los había vivido también.
—Los equipajes ya están cargados, niño; pero, ¿sabe?... el baúl grande no puede ir en este tren; pero va más tarde.
—¿Por qué?
—No sé qué me dijo el jefe, de que no hay furgón de encomiendas, porque dice que es rápido de pasajeros. Traiga la valijita.
—Toma, ¿y dónde está Melchor que no lo veo?
—Ahí viene con D. Ricardo.
Por entre la multitud de pasajeros, empleados y changadores que llenaban el andén, apareció Melchor acompañando a Ricardo.
—¿En qué andan?
—Este, que quería comprar La Nación y La Prensa, a pesar de que yo los llevo.
—Y yo también.
—No importa—replicó Ricardo;—yo no puedo pasarme sin los diarios.
—¡Pero si los teníamos!
—Bueno, déjalo—dijo Melchor, en tono de broma,—cada loco con su tema... y ya no faltan más que cinco minutos... ¿cargaron todo?
—Todo, sí, señor—contestó Rufino.
—Ché, ¿y las boletas?
—Aquí están, niño.
—¡Bueno, andando!—dijo Melchor.
El grupo se dirigió al sitio que tenían tomado en el tren y que Rufino había arreglado y elegido convenientemente al lado del coche-restaurant.
—Este asiento para ti, Ricardo, y éste para ti, Lorenzo; así van a ir más cómodos.
—¿Y tú?
—Yo... ¡aquí!—dijo Melchor dejándose caer en el asiento, con estrepitosa satisfacción.
—¿No te molesta ir dando la espalda a la máquina?
—No; y así les veo a ustedes las caras y aprecio la impresión que el viaje les hará.
Sonó en ese instante la campana de partida; se oyó en toda dirección despedidas en voz alta; la máquina contestó: ¡lista! con su ronco silbato y en seguida resoplaron los cilindros y las bielas iniciaron el movimiento propulsor de las ruedas y el tren, pesado y largo, empezó su suave deslizamiento...
—¡Adiós, adiós, Rufino!—exclamaron los viajeros asomados a las ventanillas del coche.
—¡Adiós! Adiós, don Ricardo, adiós, don Melchor, adiós, niño y cuídese ¡eh! y a ver si vuelve sano y contento.
—¡Sí, Rufino, adiós!... ¡Que escriban!
* * *
En aquella actitud quedaron los viajeros en observación del panorama, que se desarrollaba ante ellos a favor de la marcha acelerada del tren, que a instantes parecía avanzar a saltos felinos y sinuosos.
Melchor espiaba complacido a sus compañeros de viaje y viéndoles distraídos en la contemplación del paisaje, habría continuado en la misma postura, durante las diez horas del viaje que realizaba por ellos y sólo por ellos.
Su noble espíritu altruista, su grande alma generosa y buena, su corazón limpio y sano—todo, ¡todo! su ser moral estaba empeñado en la obra de reconfortar, de encauzar, de nuevo, a sus dos amigos moralmente enfermos, y estimulado por la fe en sus propias energías abandonaba todo cuanto podía halagar a cualquier hombre de su edad y en sus ambiciones lícitas, con el ideal de regresar a Buenos Aires trayendo a Ricardo Merrick y a Lorenzo Fraga, convertidos, de la melancolía neurasténica, de la desilusión pasional y del escepticismo abrumador, a la jovialidad confortativa, a la complacencia de «ser», a la suprema satisfacción de vivir bajo la enérgica propulsión de una intensa salud físico-moral.
—¡Ah!—pensaba Melchor, contemplando furtivamente a sus dos amigos.—¿Qué dirán en casa de Lorenzo y en casa de Ricardo, cuando vuelva con ellos, como van a volver, curados de tristezas y de pavadas?...
En ese instante Lorenzo se retiró de la ventanilla y se acomodó en su asiento; Ricardo hizo lo propio, y Melchor continuó un momento esperando, deliberadamente, que ellos solos iniciaran alguna conversación, como lo hizo Lorenzo, diciendo:
—Linda mañana, ¿eh?
—¡Hola!—exclamó Melchor, sentándose a su vez y restregándose efusivamente las manos.—¿Conque ya encontramos algo lindo?
—¿Y qué quieres?... ¿Quieres que encontremos fea o desapacible a esta espléndida mañana?
—¡Bravo! ¡Progresamos! Conque espléndida, ¿eh? ¿No te decía yo que al empezar este paseíto iniciaríamos la mejoría?
—¡Déjate de tonteras!—interrumpió Ricardo,—pues nos vas a poner en el caso de no poder hablar.
—No... si no son tonteras... Ustedes son dos enfermos; yo soy el «médico», y es justo que haga clínica, apreciando en todo su valor hasta el síntoma menos importante para otro ojo menos experto.
—¡Y en vez de clínica, haces tonteras... insisto!
—Gracias por la amabilidad.
—¿Vas a resentirte?
—¡Qué esperanza! Nada más agradable que verse tratado así por un amigo...
—Que precisamente por serlo desde la infancia está autorizado...
—¿A pegar?...
—Yo no te pego; te hago una observación amistosa.
—Sí; a ti te pasa lo que a esos chicos a quienes se les ha dicho que no deben señalar con el índice y señalan con el anular o con el meñique; pero señalan con el dedo...
—¡Boooletos!—gritó el jefe de tren, con innecesaria voz de trueno, cual si su autoridad se fundara acaso en eso, como la de los discutidores empedernidos que gritan demasiado, porque ignoran que no se gana la razón por la altura de la voz sino por la del concepto, como ignoraba aquél que para obtener las boletas pedidas le bastaba la gorra y el sacabocados.
—Me ha dejado aturdido el grito del guarda—dijo Lorenzo, por romper el silencio que siguió a la discusión que provocó Ricardo.
—¡Realmente! ¡Qué pulmones!—repuso Melchor, agregando:—¡Cómo se conoce que ese hombre vive viajando!
—¿Y quién te dice que no vive en Buenos Aires?—replicó Ricardo.
—¡Sus pulmones, el timbre de su voz y el color de su cara!
—Esas son preocupaciones, de que muchos participan; pero yo veo que todo el mundo vive sano y fuerte en la capital.
—¡Sin duda! ¡Si Buenos Aires es una de las ciudades más sanas del mundo!; pero cómo vas a comparar la vida en ella y aquí no más; fíjate... mira qué maravillas de quintas.
—Sí; muy lindas...
—¡Y qué ambiente!... ¡Qué diafanidad!... ¡Ya por aquí sólo se toma olor a flores, a yuyos, a campo, a naturaleza!
—¿No se toma olor a ciudad? ¿Qué raro, eh?...—dijo riendo amablemente Ricardo.
—¡Eso es! No se toma olor a ciudad; es decir, olor a bodegones, a cloacas, a hoteles, a multitudes.
—¡A multitudes!... pero ¡qué buena observación! ¿Conque no hay multitudes en despoblado?
—Te digo multitudes, empleando una metonimia.
—Una... ¿qué?
—Una metonimia, de causa por efecto; y así te dije olor a multitudes por no decirte olor a sudor.
—¡Qué porquería!
—¡Eso es! Olor a porquería; tal es, precisamente, el olor a ciudad.
—Pero, ¡qué encono con la ciudad!—dijo Lorenzo, que parecía absorbido en la contemplación del paisaje, renovado caleidoscópicamente a favor de la marcha acelerada del tren.
—No hay tal; es justicia al campo.
—«Substituyendo cantidades iguales, Braulio eres», como en el cuento de Larra.
—No; de ninguna manera; mi entusiasmo por la vida del campo no importa una condenación a la vida en las grandes ciudades.
—Pero prefieres la primera.
—¡Con toda mi alma!
—Luego no te gusta vivir en Buenos Aires.
—Que no me gusta...—replicó Melchor, subrayando las palabras,—tanto como eso... a mí me gusta Buenos Aires como el mar, al que se parece.
—¿Que Buenos Aires se parece al mar?
—¡Ya lo creo! Como el mar es inmenso, como el mar tiene tempestades, borrascas, abismos y movimientos arrolladores y hasta en sus grandes calmas se parece.
—¿Y por eso no te gusta?
—Me gusta como el mar: para bañarme; pero no para quedarme en él; me gusta Buenos Aires para pasar breves temporadas; ¡pero me sofoca la vida entre más de un millón de personas que se agitan, hablan, se mueven, atropellan, contagian, pegan, muerden!
—¡¡Luján!!—gritó en el andén la misma formidable voz de los «booletos».
—¿Tendremos tiempo de bajar?—preguntó Lorenzo.
—Algunos minutos—repuso Melchor;—bajemos.
—¡Cuánta gente baja aquí!—dijo Ricardo al pisar el andén.
—Son peregrinos en su mayor parte, devotos de la Virgen de Luján.
—¡Pero cuántos! Fíjate... ¡Siguen bajando!
—Esto es muy frecuente; vienen no sólo de Buenos Aires, sino hasta del exterior.
—¡Qué cosa bárbara!—exclamó Ricardo, agregando:—¿Y todos éstos creerán?
—Si no creyeran—le contestó Melchor,—no vendrían a traer sus ofrendas y sus preces.
—Eso... no...—replicó Ricardo, como distraídamente.—¿Vamos a ver?
—¿A ver qué?
—A ver qué hacen... cómo se forman... adónde van...
—No hacen nada; no se forman, porque no vienen regimentados, y van, probablemente, a la basílica, cada uno por su cuenta o en grupos.
—¿Van caminando?...
—¿Y cómo quieres que vayan?
—Yo creía que irían hincados—dijo burlonamente Ricardo.
—Quizá no falten quienes vayan así, por alguna promesa o por fanatismo.
—Subamos, ché, que va a ser la hora.
De nuevo en sus asientos, Ricardo reanudó el tema, diciendo:
—Deben ser felices los que creen, ¿eh?
—Si la felicidad está en creer—repuso Melchor,—todos deben ser felices.
—Todos los que creen.
—¿Y tú crees que haya excepciones?
—¡Cómo no ha de haberlas! y de primera fuerza: pregúntaselo a Voltaire.
—¿A Voltaire? ¡Qué mal ejemplo has presentado!...
¿Por qué?—repuso Ricardo, turbado visiblemente, pero dando a su voz una inflexión destinada a disimular la contrariedad de haber citado por oídas, ya que nunca había leído ni una línea del famoso escritor francés.
—Porque cuando Voltaire tuvo viruelas llamó al confesor.
—No lo recuerdo...
—Sí; lo llamó, y no debía ser tan descreído cuando ante la idea de morir quiso ponerse bien con Dios.
—¿Es cierto eso, Melchor?—preguntó Lorenzo.
—Rigurosamente cierto: Voltaire hizo lo que todos; lo que aquel filósofo positivista que al terminar una conferencia negando la existencia del alma, anunció la próxima, diciendo a su auditorio: «el sábado, si Dios quiere, demostraré que no hay Dios».
—Por lo visto, eres todo un creyente—dijo Ricardo.
—Yo sí, ché; ¿para qué negarlo?
—Desde luego; creer y negar que se cree, debe ser cuando menos fatigoso...
—¡Y es... tan común!
—¿Lo dices por mí?
—¡Hombre!... tú me has dicho recién cosas peores.
—Que has querido considerarlas así y tomar ahora una revancha sangrienta.
—¡Sangrienta!...
—Pues es nada: me dices mentiroso, hipócrita... casi apóstata.
—¡Apóstata!... ¡qué gracioso!
—Advierte que el ateísmo y el panteísmo se dan la mano y que si me supones renegando de «mi» religión, me colocas en plena apostasía.
—¡Es ir lejos!
—Tú me llevas...
—¡Qué he de llevarte!... ¡Acaso explicablemente no he hablado nunca de religión contigo y al tocar incidentalmente el tema he creído ver confirmadas las mismas sospechas que me retrajeron antes, si alguna vez pensé hablarte de estas cosas.
—¿Puedo saber de qué índole son esas «sospechas», señor médico?...
—¡Qué tema tan aburrido!—interrumpió Lorenzo.
—¿Aburrido?... ¿por parte de quién? ¿de Ricardo?... ¿o de mí?
—No he dicho que ustedes hagan aburrido el tema, sino que lo es en sí mismo.
—¿Por qué?
—Porque hablarán todo el día y todo el mes sin arribar a nada.
—¡Quién sabe!...
—Sí, ché... Lorenzo tiene razón; entre un materialista y un espiritualista como tú...
—O como tú...
—¿Cómo yo?
—¡Como tú y como todos! Yo sé que «viste mucho» eso de darse a filosofías spencerianas y diferir con los pobres de espíritu que creemos en Dios y sostener que descendemos del mono—aunque no sepamos de dónde desciende el mono,—y aunque se acabe por llamar al confesor en cuanto aparecen viruelas.
—Será así; yo me quedo con mis ideas evolucionistas.
—¡Pero tu evolucionismo necesita un punto de partida, una base de evolución, un átomo de vida!
—Perfectamente.
—¡Y bien: ahí, ahí está Dios!
—¿Tan chiquito es Dios?
—Tan chiquito para caber en el átomo como grande para llenar el Universo.
—¿También está en todo el Universo?
—¡Bah! Contigo no se puede discutir esto porque haces broma, como socorrido recurso de impotencia, desde que en lo íntimo tú eres tan creyente y tan cristiano como yo.
—¡Qué voy a ser!
—¡Eres! y eres porque es tu madre, en cuyo seno has bebido estas ideas y en cuyo hogar se cree en Dios y se observan los principios de la moral cristiana que tú mismo practicas a cada rato.
—Eso es cuestión de educación.
—Sí, en cuanto a la moral que observamos; pero ello nada tiene que ver con nuestros sentimientos religiosos.
—Que yo no tengo.
—Mira: no hay, no ha habido ni habrá jamás un ser humano que no sienta a Dios en su conciencia y en su pensamiento, mientras tenga una y otro. No hago cuestión de nombre; Dios; el sol; el buey Apis; la cabra de Méndez; el budhismo; el mahometismo; el cristianismo; el animismo, etc., todo eso representa a un mismo sentimiento, porque responde a una misma impresión, y si nos es dado elegir, ¿cuál de todas las religiones del mundo nos ofrece una moral más sana, más fecunda, más generosa que nuestra moral cristiana en la fe de Dios?
Lorenzo escuchaba el diálogo de Melchor y Ricardo mientras observaba el campo con la cabeza apoyada en la mano derecha, y al escuchar las últimas palabras de Melchor se volvió hacia éste, diciéndole:
—¡Pareces un apóstol en pleno paganismo!
—Bien puede haber de las dos cosas—replicó Melchor,—y más que fecundo me resultaría este viaje si él me hubiera de servir para convertir a ustedes.
—¡Qué empeño!...
—Muy explicable, por todo concepto; porque, ante todo, de algo hemos de hablar para entretener el viaje, y en vez de discutir sobre modas, el tema religioso puede darnos base para que ustedes tengan algo de lo que les falta.
—Lo que a mí me falta no me lo dará la religión—dijo Ricardo.
—Por lo pronto te ha dado tema para hablar con más vivacidad de la que te es habitual.
—Lo mismo pasaría si habláramos de modas.
—¡No, ché, Ricardo, por favor! No hablemos de modas por más que sea el tema predilecto de los hombres de... la actualidad.
—Eso es cierto—dijo Lorenzo,—más de una vez lo he comprobado.
—Yo lo he comprobado cuantas veces he visto reunidos media docena de caballeros y de damas.
—No diré tanto; pero es frecuente...
—¡Es fatal! en las reuniones de hoy se juega o se habla tonteras; yo no me he encontrado en ninguna reunión en que no se haga una de estas dos imbecilidades.
—Tú exageras demasiado, Melchor: hay sin duda en nuestro ambiente social mucha superficialidad, pero hay muchos estudiosos y no escasean los centros realmente intelectuales.
—¡No los he visto!... Yo suelo visitar a nuestras relaciones—y tú las conoces, Lorenzo,—sin encontrar jamás, así: ¡jamás! nada que no sea un «poker armado» o una acalorada discusión, entre damas y caballeros, sobre el costo del sombrero de fulanita; ¡pero, hombre! sin ir más lejos: la otra noche fui a lo de Méndez, ¿sabes? a lo de misia Edelmira, porque era día de recibir. Estaba Pereyra con su mujer, el doctor Gener con la suya, el diputado Targe, el senador Ramírez con la señora—y ¡qué linda estaba!...—Eguina... las dos muchachas de Gori—¡dos bagres!...—y no me acuerdo quiénes más, ¡pues no se habló más que de sombreros y de yeguas!
—¿De yeguas?...
—¡De yeguas, ché! porque, según pude entender, la «Nona», que es la señora de «Pepito», había vendido a «Toto», que es el marido de la «Beba», una yegua del coche, en cuatrocientos pesos, que había invertido en comprar un «modelo».
—¿Qué es lo que dices?
—¡Lo que oyes, Lorenzo!, porque has de haber observado que hoy es moda en sociedad designar a las personas por el apodo o por el nombre, y no por el apellido, y menos por el título; y así es de mal gusto hablar del «doctor García» cuando se le puede designar por su nombre de pila: Claudio, o por el sobrenombre, lo que es más distinguido: el «Nene», por ejemplo.
—¡Qué ridiculez!
—¡Y cuando el «Nene» resulta un hombre del alto de esa puerta, y con varios nenes de verdad a la cola!
—¿Y lo del modelo?
—¿Pero cómo?... ¿Qué, no sabes, Lorenzo?... ¡Ah!... yo aquella noche aprendí eso y mucho más: un «modelo» es un sombrero de señora traído de París para hacer otros iguales; pero que jamás valen lo que aquél y según parece la «Nona» estaba loca por comprar uno que había visto; y como «Pepito» (¡Pepito es decano de la Facultad!) no le daba los cuatrocientos pesos que costaba, la «Nona» le vendió a «Toto», con permiso de la «Beba», una de las yeguas del coche.
—¡Cuánto disparate!...
—Pues esos disparates fueron el tema de conversación durante toda la reunión, siendo de advertir que los más eruditos mantenedores fueron los caballeros... y esto es lo común... tratar temas de esa clase... o jugar un «pocarcito»...
—Ese juego se ha divulgado mucho realmente—dijo Lorenzo.
—¡Y entre qué gente! Casi no hay casa donde no se jueguen partiditas familiares, ché... a cinco pesos la caja, no más; ¡pero... con cada «metejón»!...
—¿Qué ciudad es esta a que vamos llegando?
—¿Esto?... esto... es Mercedes—repuso Melchor,—aquí podremos bajar un momento para estirar las piernas.
* * *
—Y en serio, Melchor, ¿habrías ido en la máquina?
—¡Ya lo creo!... No sólo porque en ella se goza de un espectáculo mil veces más hermoso que desde esta ventanilla, sino porque habría conversado con el maquinista, en grande.
—¡Yo no me explico, che, Lorenzo, estos gustos de Melchor!... ¡estas excentricidades!... ¡Conversar con el maquinista!...
—Asómbrate cuanto quieras; pero confiesa que sin motivo fundado.
—¿Cómo sin motivo?... ¿De qué te puede servir semejante compañía?
—Es claro que el maquinista no me informará sobre el estado de relaciones entre el Japón y los Estados Unidos, en las que, por otra parte, no me intereso, porque no me importa; pero a mí me complace mucho estar con los tipos que me son simpáticos y de todos los hombres de trabajo ninguno lo es tanto para mí como el maquinista de ferrocarril.
—¡Puede ser!...
—Sí, Ricardo, lo es. Tú, como muchos, no concibes que haya interés más que en tus iguales: para ti los del Jockey o los del Círculo... fuera de eso... nadie vale nada.
—Por lo pronto, hace más de un año que no voy al club.
—No irás, Ricardo, por cualquier razón; pero no por frecuentar a gente de otra clase.
—¿Y qué? ¿Supones que deje de ir al Círculo por visitar a los señores maquinistas?...
—No digo eso, pero aun asimismo... si fuéramos a compulsar enseñanzas acaso los maquinistas—¡y como ellos tantos otros!—no sacaran la peor parte...
—¡No digas barbaridades!...
—¡Si no las digo!... Las mejores enseñanzas que yo he recogido no las recibí frecuentando a esas personas de que hablamos hace un momento y que sólo tramitan chismografía social, sino de buenas gentes que ignoran todo eso, pero que viven la vida intensamente. En la estancia van a conocer ustedes a Baldomero, el capataz, un tipo genuinamente criollo, que ha tenido sus contrastes y sus desgracias, pero que es amable y jovial en todos los casos y que al preguntarle una vez: «¿Cómo le va, Baldomero?...» me contestó así: «Aquí vamos, don Melchor, tragando amargo y escupiendo dulce.»
—¡Qué hermoso!—dijo Lorenzo.
—¡Admirable! ché: fíjate bien en toda la filosofía de esa fórmula tan sencilla puesta en boca de un hombre de campo que en medio de sus contrariedades comprende que debe ser amable con quienes no tienen la culpa de ellas y lo expresa así: «¡tragando amargo y escupiendo dulce!»
—Es en bruto el concepto de Víctor Hugo... ¿te acuerdas?... en la «Oración por todos»...—dijo Lorenzo,—cuando al hablarle de la madre dice a su hija; más o menos, no me acuerdo bien: «que haciendo dos porciones de la vida, bebió el acíbar y te dio la miel».
—¡Eso es!... Con una diferencia para mí: que en un caso hay un verso de «Víctor Hugo»... y en el otro la expresión sincera de un hombre de corazón.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con los señores maquinistas?—dijo Ricardo burlescamente.
—¡Que es frecuente encontrar en gente de baja condición social conceptos y formas que impresionan más que el mejor precepto editado por el más campanudo moralista!
—También con una diferencia, Melchor.
—¿Cuál?
—Que esos tipos dan, si acaso, un buen consejo cada cien años, mientras que en un buen texto de moral encuentras cien preceptos por página.
—La razón está en que esos tratadistas son acopiadores de máximas que reeditan modernizándolas, mientras que nadie se ocupa en coleccionar las que a millares circulan entre nuestra gente de pueblo.
—¡A millares!...
—Como suena, y si no, fíjate en la forma con que el maquinista que nos lleva contestó a mi saludo cuando le pregunté: «¿cómo le va, amigo?»... «Bien, por lo conforme»—me dijo.
—¡No veo motivo para maravillarse por eso!
—¡Cómo lo has de ver, Ricardo, si tú has demostrado mil veces que eres incapaz de conformarte con tu suerte y hasta has pensado en que tu vida debía concluir el día en que una tontuela casquivana te dijo que no le daba la gana de quererte. A eso conduce el desprecio por todo lo que no esté a la altura de nuestro nivel circunvecino; a eso conduce la fiel observancia de ideas que nos inculca la vanidad, la petulancia y el espejismo social, tras del que vamos como locos, fascinados por ideales quiméricos o absurdos, mientras la verdadera filosofía, la del pueblo, la del buen pueblo manso, trabajador y resignado, ¡es despreciada por su origen «bajo»! ¡ése es el resultado de los que prefieren el libro con lujosa encuademación!... por ahí se empieza o por ahí se acaba—lo que es peor,—porque suele marcar el último tramo de una verdadera perversión en las ideas que regulan nuestra manera de ser—y en oposición al criterio con que se le enseñó al maquinista a sentirse bien, «por lo conforme», se te ha taladrado los oídos con un grito ruin y perverso que me parece estar oyendo: «es necesario no conformarse con eso»: y así has vivido tú, y tú también, ¡y todos! torturándose en la estúpida ambición de ambiciones nuevas.
—¿Y acaso tú no las tienes?
—¡Si yo no creo que la fórmula definitiva de nuestra perfectibilidad consista en no tenerlas, sino en restringirlas sensatamente, hasta ponerlas dentro de los límites de nuestro destino o de nuestra capacidad, habituándonos a resignarse con esto! De lo contrario, surgen los delitos, y los más de los crímenes; de cada mil robos uno se hará por necesidad, los demás, ¡por ambiciones incontenibles!
—¡Qué buena marcha llevamos!
—Ya ves, Lorenzo, con esta velocidad vamos doscientos o trescientos pasajeros, más o menos acaudalados... felices... de alta posición social... de gran porvenir muchos... en manos del maquinista, que actúa bajo una sola y tenaz preocupación: velar por nuestra vida. Un movimiento de despecho, de envidia ruin—si cupiera en su alma fuerte y sana,—bastaría para concluir con todos nosotros.
—¡Y con él!—interrumpió Ricardo.
—A él le bastaría con bajarse y dejar a la máquina en libertad. Seguramente iríamos a darnos cuenta al otro mundo, si no se repetía el caso de un maquinista que en esta misma vía y sabiendo que se había escapado un tren de pasajeros, lo esperó subido al depósito de agua de la estación en que se encontraba, «con licencia», y al pasar el tren se arrojó al ténder, en el que por la violencia del choque se rompió las dos piernas y así, arrastrándose penosamente, llegó hasta la palanca de la máquina, paró al tren y salvó la vida de todos los pasajeros.
—¡Lo haría pensando en la recompensa!—dijo Ricardo.
—¡Vaya un elogio!... Lo hizo porque era maquinista de ferrocarril... ¡y nada más! Con ese criterio la acción más noble y generosa resulta despreciable y lo mismo podrías pensar de otro maquinista que, al entrar con un tren rápido entre las quintas de Flores, vio un pequeño bulto en la vía, que a la distancia le pareció un perro; pero cuando estuvo casi encima, a pocos metros, vio que era una criatura, y sin tiempo material para parar la máquina pasó en dos brincos hasta el miriñaque y al llegar a la niñita, la levantó en alto con una mano, salvándola de una muerte segura.
—Ché, Lorenzo: ¿qué te parece la imaginación de Melchor?...
—¡Imaginación!... En los archivos de esta empresa están los antecedentes de estos dos casos y de muchos análogos. Si dudas, anda a preguntar.
—¡No me da tan fuerte!
—Te lo aconsejo, porque dudas; no porque me importe que no creas, desde que es verdad.
—¡Es cuando fastidia más no ser creído!
—¡Estás equivocadísimo! El que se fastidia de que no le crean, es, generalmente, el que miente. El que dice la verdad no se encona con quien no le cree; cuando más, lo compadece...
* * *
—Por lo que se ve, Chivilcoy debe ser una de las ciudades más importantes de la provincia—dijo Ricardo.
—Así es—contestó Lorenzo,—y ha prosperado extraordinariamente.
—¿Qué población tiene?
—Cerca de treinta mil habitantes.
—¿Tanto, eh?... Y Melchor, ¿dónde está?
—Me dijo que ya venía... Aquí viene.
—Fui a hacer un telegrama—dijo Melchor, respondiendo a Ricardo.
—¿Un telegrama?... ¿a quién?
—Menos averigua Dios, y perdona... ¿Subamos?
Instalados en sus asientos y de nuevo en marcha, Ricardo no pudo reprimir su curiosidad e insistió en su pregunta:
—Y al fin, ¿a quién telegrafiaste?
—¡Qué curiosidad!
—¿Es un secreto tan grande?
—¡No, hombre!... Hice un telegrama que había prometido a Clota.
La fisonomía de Ricardo se nubló intensamente, y aun cuando las sombras de su espíritu no hubieran asomado al semblante, su repentino silencio las habría delatado.
Los tres amigos permanecieron callados un largo rato, en aparente observación del paisaje, pero, en realidad, absortos en pensamientos más o menos torcedores.
Melchor había advertido el cambio brusco producido en Ricardo, al mismo tiempo que observaba en Lorenzo uno de esos aplanamientos propios de su estado de ánimo y que tan hondamente lo preocupaban; en el espíritu de Ricardo, como en la naturaleza, las sombras se habían ennegrecido ante la luz, y la idea de aquel telegrama, de aquel mensaje de amor y de felicidad, irradiaba en su imaginación como un lampo de luz obnubilante.
Por su parte, Lorenzo pretendía meditar sobre su estado mental, luchando sin éxito con la incoherencia de sus ideas, en uno de esos curiosos estados de conciencia en que la voluntad parece desmayar a cada impulso y en que sólo se destaca nítido y claro el falso convencimiento de una enfermedad imaginaria.
Él quería pensar en las ulterioridades del viaje que realizaba, en la posibilidad de reaccionar sobre un estado enfermizo, que, en realidad, no existía; pero vagas visiones de la infancia se superponían confusamente en su imaginación y al considerarlas fijadas en su memoria, el recuerdo de sus íntimos surgía mezclado con extravagancias de carácter sociológico o con problemas de política internacional, para concluir pensando que todo su mal radicaba en el estómago, y que si pudiera respirar bien, la circulación se haría cumplidamente y su cerebro volvería a la plenitud de su perdida energía mental.
En estas situaciones Lorenzo arribaba al convencimiento de ser víctima de un mal incurable, a cuyo lento trabajo de destrucción debía asistir resignadamente «hasta que me llegue la hora de morir del todo», pensaba.
Bajo el imperio de esta obsesión había leído mucho y preguntado más, para confirmar el convencimiento de poseer en cada caso el cuadro sintomatológico de toda enfermedad, y era, entretanto, un organismo sano y preparado para vivir a base de una discreta metodización de las energías físicas e intelectuales, que había disipado con la incontinencia propia de la edad y del enorme caudal que poseía.
Melchor veía en el semblante de Lorenzo y en la vaguedad melancólica de su mirada, el reflejo de lo que pasaba por su espíritu; pero esta vez le atribulaba menos, porque el asentimiento obtenido de él para hacer el viaje que realizaban y permanecer en el campo algún tiempo, lo había considerado fundadamente como un gran paso hacia su curación, en la que estaba leal, sincera, hondamente interesado.
—¿En qué piensas?—le preguntó, golpeándole afablemente con la palma de la mano en la rodilla.
—¡Psh!... ¡En tantas cosas!...
—¿En muchas?...
—En muchas...
—¿Alegres?
—Si fuera como tú...
—¡Qué modelito! ¿eh? pues imitarlo: ¡no vayas a creer que con las personas ocurre lo que con los sombreros de señora!... ¡no!
—Precisamente, Melchor; tú eres un modelo que todos estimamos en lo que vale; pero si yo pretendiera imitarte resultaría un mamarracho.
—¡Modestia... ché... modestia! Los hombres podemos y debemos imitarnos. Yo podría ser igual a ti o a Ricardo, pero no me conviene... en cambio, ¿a ti te conviene ser como yo?... ¡pues me imitas!
—Eso equivale a poner un changador fornido frente a un ser enteco y decir a éste: ¡imítalo!... levanta los pesos que aquél...
—¡Es muy distinto, Lorenzo!... Y aun asimismo, a fuerza de ejercicio perseverante y metódico, el enteco puede llegar a imitar al changador; pero en cambio tú no me negarás que el hombre más sucio y desidioso de su persona puede reaccionar y ponerse, en una hora, a la altura del más higiénico y acicalado... ¿no es verdad?... todo es cuestión de jabón... ¡mucho jabón!... y agua en abundancia.
—¡En ese caso, es claro! pero dile a una madre que no llore la muerte de su hijo... ¡Anda! ¡dile que ría!...—dijo Ricardo.
—¡Me guardaré muy bien!
—¡Bueno, pues!—agregó Lorenzo.
—No, me guardaré muy bien, porque ello iría contra la energía moral embotada momentáneamente por el dolor y porque es necesario, dulcemente necesario llorar al hijo muerto; pero ninguna madre se ha pasado la vida llorando la muerte de un hijo... se llora durante algún tiempo... más o menos largo... pero al fin vuelve el equilibrio moral... llega la resignación... la conformidad... el hábito, te diría, y gradualmente se vuelve a la vida... se vuelve... ¡se vuelve a la risa!... ¡Esta es la verdad en toda su crudeza!
—Sí; pero ésa es la obra del tiempo.
—¡En cambio, el individuo que pierde un ojo queda tuerto para siempre!
—No sé qué me quieres decir.
—Esto: que los más grandes dolores morales, el más grande de todos: el de una madre que pierde a un hijo, es transitorio... es casi fugaz... y que cuando todo nos enseña que todo es transitorio y deleznable, la razón nos obliga a rechazar la perdurabilidad de un estado moral que nos daña... ¡y está en nosotros rechazarlo!... no sólo por nuestra salud, sino porque vivimos rodeados de otros seres a quienes no debemos acongojar constantemente con el lamento de nuestras penas; porque esto es perverso y es cobarde, y es indigno de hombres como nosotros, que hemos nacido y crecido recibiendo beneficios y cariños y energías, de nuestros padres, de nuestros hermanos, de nuestros amigos.
A medida que Melchor hablaba, dando a su voz acentos de inusitada vehemencia, Lorenzo experimentaba como un consuelo ternísimo escuchándole y deseando que continuara en su disertación, que inoculaba en su espíritu una extraña sensación de energías no sentidas. Nunca, como en aquel momento había experimentado Lorenzo y Ricardo como él, la influencia tonificante que Melchor les producía, nunca como en aquel momento y realizando aquel viaje, se les había mostrado éste tan digno de ser imitado, y nunca habían sentido más candente el rubor de la propia debilidad, puesta en alto relieve por la tenaz y vibrante prédica de Melchor, quien, advirtiendo el efecto que les producía, continuó diciendo:
—Yo no puedo pretender ofrecerme como un ejemplo de impecable discreción; pero nunca he trasmitido a nadie ni la más mínima participación en mis angustias ni en mis tristezas, que siempre han sido consecuencia de mis actos, y tengo—invocando la amistad a que apelaba Ricardo hace un rato,—el derecho de reprocharles en cuantas ocasiones se me presenten, la inercia moral que ustedes revelan, que ustedes cultivan. Así: «cultivan», como si fuera muy hermoso y muy digno entregarse a todas las apatías y contaminar a cuantos nos rodean con la baba de nuestras tristezas o de nuestras preocupaciones, en vez de levantar el espíritu, por el propio esfuerzo, y simular, si es necesario, una alegría que nos haga amables o cuando menos que no nos convierta en motivo de pena para nuestros íntimos y para cuantos tenemos que frecuentar. Tú, tú, Lorenzo, deberías vivir riendo y cantando en tu casa, donde eres mimado e idolatrado hasta todos los extremos, y donde has puesto una nota perversa de dolor infundado, desde el día en que te creíste enfermo de un mal que no existe más que en tu imaginación y que no has combatido hasta hoy en ninguna forma eficaz. Yo puedo hablarles así porque, sin tener ni más inteligencia ni siquiera la ilustración de ustedes, he cultivado la voluntad y me he aplicado a practicar los preceptos que mil veces les he repetido, y que ustedes, con más caudal que yo, pueden hacer efectivos desde el momento en que se resuelvan. Me es duro hablarles así y sufro más yo diciéndoles estas cosas que ustedes mereciéndolas; pero hemos salido de Buenos Aires dejando ustedes virtualmente una promesa, y yo me he encargado de que la cumplan contando con ustedes que al aceptar la idea de este viaje se ponían a mi servicio; es decir, al de un propósito honesto y digno, en cuya consecución el mayor beneficio será para ustedes.
—Por mi parte—le interrumpió Ricardo—no he contraído con nadie la obligación de divertirles y si mi carácter es así la culpa no es mía.
—¡Tuya, y nada más que tuya! Por lo mismo que como Lorenzo has tenido en tu casa cuanto has querido, el día en que alguien te negó algo te sentiste desgraciado. Tú eres víctima de tu propia felicidad, Ricardo. ¡Vuélvete a ella!
—¡Esas son frases, Melchor, y nada más! Porque tú, como nadie, sabes que la desgracia se ha cebado en mí.
Al oír esto, Melchor prorrumpió en una carcajada, diciendo al subrayar cada sílaba:
—...Que la desgracia se ha cebado en ti... ¡esto es divino!...
—Ríe todo lo que quieras... eso es muy cómodo.
—Pero cómo no he de reírme, Ricardo, si todas tus desgracias caben bajo un mismo rótulo que inspira risa: «¡amores contrariados!»
Y volvió a reír estrepitosamente.
—¡Yo habría de verte si Clota te dejase por otro!—dijo Ricardo calculando herir en lo más hondo.
—¡Ya está!—prorrumpió vehementemente Melchor.—¿Quieres que te diga lo que sucedería?... pues bien, escucha: primero pensaría: es mentira.
—¡Ah! ¿Y si no fuera mentira?
—Pero espérate, ¡caramba! ¡déjame hablar! Cuando me convenciera de que Clota me reemplazaba sin vuelta, ¡me daría un furor tremendo!... y ganas de matar al otro (jamás, en ningún caso, de matarme yo), y me pondría triste después, muy triste durante dos o tres... horas—espérate, no me interrumpas;—luego tomaría un coche; me iría a Palermo, vería allí un mundo de muchachas jóvenes, lindas, dispuestas todas a quererme mucho—como que esas muchachas van buscando a quien querer, ¿eh?—pero yo no les haría caso, ese día, porque estaría muy triste; regresaría a casa, y como en casa nadie tendría la culpa de que Clota me hubiese olvidado por otro, diría al entrar en casa lo que un amigo mío en circunstancias análogas: «ahora hay que reír» y entraría riéndome... mi madre conocería que mi risa era fingida; me preguntaría la causa, y como mi madre es mi madre, yo le diría: Clota me ha engañado; me mentía: se ha comprometido con otro; y en seguida no más, abrazándola, agregaría: ¡pero tú no me has mentido nunca! ¡tú me quieres siempre!... y apoyado en el cariño de mi madre y feliz con él, esperaría la llegada de...
—¿De qué?...
—¡De otra Clota más constante!—dijo Melchor riendo, y agregó:—el mundo está lleno de Clotas, ché Ricardo; convéncete.
—Eso lo dices ahora.
—Ahora y siempre, porque mi tranquilidad, mi acción en la vida y mi vida misma no pueden depender, ¡no deben depender! de la volubilidad de una muchacha ni de dos... y, por otra parte, ¿quieres nada más ridículo, nada más desairado, nada más cursi, que un hombre como nosotros, eternamente triste porque lo dejó una novia para casarse con otro con quien es «eternamente» feliz?... ¡Adonde iríamos a parar!
—Según eso, la mujer no influye en el destino del hombre.
—¡Vaya si influye!... ¡Ya lo creo!... pero la Mujer, ¿eh?... en el destino del Hombre, ¿eh?... así, en términos generales, y no una mujer especial y determinada en el destino de un hombre cualquiera; en mi destino, por ejemplo...
—¿Si pensará lo mismo tu novia?—dijo Lorenzo, sonriendo cariñosamente.
—¡Seguramente no! ¡qué gracia! Ella no tiene por qué pensar en estas cosas; pero tengo de ella una idea tal, la considero una muchacha tan discreta y tan sensata, que estoy seguro de que si yo le ocasionara una decepción, la recibiría virilmente, y no se entregaría a extremos ridículos...
Estas palabras produjeron en Ricardo, a quien iban dirigidas, una impresión tan intensa, que pretendiendo disimularla, dijo dirigiéndose a Lorenzo:
—¡Ché!... ¿Y los diarios?... ¿dónde los han puesto que no los veo?
—Están ahí arriba—respondió Melchor, señalándolos, y agregó:—¿no les parece que sería bueno almorzar?... ¡Yo siento una languidez!...
—Vamos a almorzar—repuso Lorenzo displicentemente, y se dirigieron al coche-restaurant.
* * *
Durante el almuerzo Melchor derrochó los recursos de su espiritualidad matizando la conversación mesurada y seria de Lorenzo, a quien, como de costumbre, incitaba a la jovialidad, diciéndole más de una vez:
—No temas... come; ¡pero ríe! porque la risa es el gran digestivo; jamás la mesa llenará su función si no comprende estas tres condiciones fundamentales: buenos y abundantes alimentos; buena y abundante conversación: ¡y a cada bocado una carcajada formidable!
—¡Estás hecho un Brillant-Savarin perfeccionado!—dijo Lorenzo.
—¡Perfeccionado, ché! como que a los preceptos les sucede lo mismo que a los gringos: se perfeccionan aquí... entre nosotros... Les pasa en nuestro país lo que nos ocurría antes con nuestros cueros, que los mandábamos a Europa para que nos los devolvieran curtidos y utilizables... a nosotros nos mandan residuos cloacales y nuestra vitalidad social los depura y los devuelve—¡cuando se van!—curtidos y utilizables; pero dejando estas filosofías... ¡come!... ¿te sirvo otro «filet»?...
—No, gracias.
—¡Come! ¡no seas maula!... Acuérdate de aquel consejo: «donde vayas a comer, come mucho; si son tus amigos les darás placer; si son tus enemigos, les darás rabia».
Para estimular el apetito de sus compañeros, Melchor comía con exceso y rompía los silencios con observaciones más o menos felices, destinadas a reanudar la conversación y a disipar alguna sombra en el espíritu de sus dos amigos.
No estaba el de él desprovisto de ellas en absoluto, porque las alusiones a Clota, mezcladas al recuerdo de aquellas palabras de su madre: «dejas a tu novia», habían producido en su ánimo cierto escozor que, sin perturbarle demasiado, persistía en él como el confuso presentimiento de una amenaza.
Él, que jamás había sentido la sensación de una sospecha vulgar; él, que se había considerado siempre fuerte en la posesión espiritual de Clota; él, que había desechado resueltamente toda preocupación recelosa, experimentaba, por primera vez, una vaga, una tenuísima alucinación de inquietud...
No la habría descubierto el psicólogo más experimentado, tanto era de incipiente; no la habrían ni siquiera presentido sus compañeros de viaje: él mismo acaso no podía apreciarla en su exacta magnitud, que así es de indeciso y sutil el germen inicial en las tribulaciones del espíritu.
En situaciones tales hay, más que una sensación ponderable, un presentimiento realmente inconsciente y fugaz, como el breve relámpago precursor de una remotísima tempestad; uno de esos destellos, instantáneos y pálidos, que las grandes tormentas, en marcha, lanzan en silencio al espacio cuando aun se encuentran muy por debajo de la línea del horizonte sensible.
—¡Qué es eso?—exclamó con asombro Lorenzo, poniéndose de pie.
—¿Has oído?—dijo en el mismo tono Ricardo y casi al mismo tiempo dirigiéndose a Melchor, que intensamente pálido contestó, levantándose con violencia:
—¡Sí!... ¡es a mí!... ¿qué habrá?...
El tren acababa de entrar en la estación del Bragado, y de entre la concurrencia bastante numerosa que ocupaba el andén había salido este grito:
—¡Señor Melchor Astul!
El llamamiento se repitió hasta que, parado el convoy, descendieron los tres amigos, y Melchor, impresionado y nervioso, abriéndose paso por entre la concurrencia, respondía a los llamamientos gritando:
—¡Aquí!... ¡Aquí!...
Un mensajero del telégrafo se le acercó:
—¿Cómo se llama usted, señor?
—Melchor Astul.
—¿Tiene alguna tarjeta... o algo?
—¡Sí, hombre! ¡Sí, es él!—dijeron a dúo Lorenzo y Ricardo.
El mensajero los contempló un instante, los miró, más bien, y entregándoselo a Melchor, le dijo:
—Un telegrama para usted.
Melchor lo rompió temblorosamente y abriendo enormes sus grandes ojos azules, mientras lo espiaban anhelosos Lorenzo y Ricardo, prorrumpió con la voz ahogada por la emoción:
—De Clota... ya vengo... voy a contestarle.
—¿El recibo?... señor...—le reclamó el mensajero.
—¡Ah... es cierto! ¿Tienes lápiz, Lorenzo?
—No.
—Yo tengo—dijo Ricardo.
—Fírmale el recibo, ¿quieres?—y sacando del chaleco un montón de moneditas las dio al mensajero, diciéndole:
—Toma... para ti—y se dirigió al telégrafo, mientras Ricardo, apoyado en la pared exterior de un vagón, escribía en el recibo del telegrama de Clota, este nombre: «Melchor Astul».
Lorenzo y Ricardo volvieron a subir al coche-restaurant, en el que el mozo se ocupaba en poner en orden la mesa, cuyo mantel había sido arrastrado en parte por Melchor al levantarse.
—¿Alguna otra cosa, señores?...
—Vamos a esperar al compañero.
—¡Conforme!—respondió el mozo, dirigiéndose hacia el pequeño mostrador del fondo, con movimientos idénticos a los de un pato que camina ligero.
Después de un breve silencio, dijo Lorenzo:
—Cómo se quieren, ¿eh?...
—Y cómo tarda Melchor—respondió Ricardo, asomándose por la ventanilla.
Melchor, entretanto, contestaba al telegrama de Clota, que decía así:
«Señor Melchor Astul.—Bragado.—En el tren de las 11,20 a. m.—Y yo vivo en ti; viajo contigo, porque te has llevado mi pensamiento.—Clota.»
La contestación decía:
«Señorita Clotilde Iraola, Callao, 925. Capital.—¡Te engañas! Es que mi pensamiento se ha quedado en ti, renunciando a existir en otra forma, y soy por eso eternamente tuyo.—Melchor.»
Cuando Melchor regresó a la mesa, preguntó al sentarse:
—¿De qué hablaban?
—¡Ahora la curiosidad es tuya!—respondiole Ricardo.
—Es que a mí me interesa todo lo que ustedes hablen.
—Te ha puesto zalamero el telegrama...
—No, Ricardo; la zalamería, cuando no es ingénita, es contagiada.
—Yo no te he dicho que tú seas zalamero.
—Y como ustedes tampoco lo son, y yo no estoy más que con ustedes, quiere decir...
—Te dije que te habías puesto zalamero con el telegrama.
—¿Otra cosa, caballeros?—volvió a preguntar el mozo poniéndose la servilleta bajo el brazo y apoyándose con ambas manos en la orilla de la mesa.
—Una tortilla de yerbas... ¿qué les parece?—dijo Melchor.
—Por mí, no.
—Entonces, ¿quemada, con azúcar?
—Por mí, no—insistió Lorenzo, agregando:—Para mí, café.
—Y para mí también.
—Bueno; mozo, tráiganos café.
—¡Conforme!—repuso el mozo, alejándose.
—¡Mozo!..—gritó Melchor.
—¡Vengo!—repuso éste, alzando la voz.
—...Y cigarros.
—¡Conforme!
—Estaba pensando que hemos hecho una zoncera en quedarnos aquí.
—Efectivamente; habríamos tenido tiempo de dar una vuelta por la ciudad.
—Lo han pensado tarde, porque ahí tocan la campana—dijo Melchor, agregando:—¡Lo que se ha perdido el Bragado!...
—Lo que hemos perdido, en parte, nosotros—replicó Lorenzo;—y estoy maravillado... estoy absorto, viendo esto y pensando que hace cuarenta años, no más, que los indios salvajes llegaban hasta aquí.
—¿Aquí?... ¿al Bragado?...—preguntó Ricardo.
—Precisamente... si éste era el límite, la línea de fronteras, marcada por fortines... y hace cuarenta años, más o menos, que fue avanzado hasta el 9 de Julio, fundado entonces.
—¡Qué enormidad!
—Lo que hay de enorme—continuó Lorenzo—es el crecimiento del país... el desarrollo portentoso que ha alcanzado en tan poco tiempo... ¡y en todos los grados de la civilización!... ¡Pensar que aquí estaban las tolderías de los indios, y que hoy no hay en todo el país ni un solo indio salvaje!
—¡Y después nos quejamos!—interrumpió Melchor.
—Así es.
—¡Cómo se conoce, ¿eh? que somos hijos del país!...—insistió Melchor socarronamente.
—¿Por qué?—preguntaron Lorenzo y Ricardo.
—¿Por qué? ¡Pues por el afán de quejarnos... «sin motivo»!
—Eso se explica y constituye una fuerza social, porque revela el deseo de alcanzar un mayor grado de progreso.
—¡No, Lorenzo!... Si no me refiero a los que quieren más ferro-carriles... ni más industrias... ni mejor gobierno... no—decía Melchor, moviendo lateralmente el índice derecho, y dando a su voz particular intención,—no... me refiero a cierto caballeros, que yo conozco, y que siendo sanos, claman por salud, y que teniendo todo lo necesario para ser felices, viven con el ceño arrugado y que...
—¡Ya saliste con tu eterno tema!—le interrumpió Ricardo.
—¡Eterno!... Así continuará mientras tenga amigos muy queridos que siendo sanos se crean enfermos, y siendo felices se consideren desgraciados.
—«Todo es según el color del cristal con que se mira»—le respondió Ricardo.
—Y entonces, ¿por qué tomar un cristal ennegrecido cuando disponemos de cristales rosados?
—Tú, dispones.
—¡Convenido! ¿Y por qué no usan ustedes o no aceptan mis cristales?—insistió Melchor, riéndose cariñosamente.
—Porque este café, visto al través de cualquier cristal rosado, seguirá viéndose negro.
—Pues se toma un cristal de un rosado más subido y... ¡ya está! Yo tengo una colección de cristales en el bolsillo, y en cada caso, ¡zas! saco el que me conviene.
—¡Es una suerte!—dijo Ricardo.—Pero a mí no me sirven de gran cosa tus cristales...
—¡Qué! ¿Eres daltónico?
—Tal vez...
—¡Sí, hombre! tú y tú... ¡los dos! ¡Al fin encontré la fórmula de mi diagnóstico!... ¡Daltonismo moral!...—exclamó Melchor, riendo con toda su risa franca y contagiosa.
—¿Y usted considera, señor médico—le preguntó Lorenzo, en tono por excepción solemne y bromista al par—que nuestro «mal» sea curable?
—Lo garantizo, como dicen ahora los que se las dan de puristas, y lo garantizo porque han de saber ustedes que ustedes también tienen la colección de cristales que yo tengo.
—¿Nosotros?
—¡Sí, señor... ustedes!—y agregó ahuecando la voz:—Para el daltonismo moral, la imaginación tiene colores complementarios.
—Quizá no dices un disparate—dijo Lorenzo.
—¿Quieren una prueba?... Atiendan: un caballero insulta a otro; el insultado mira; ve una paliza en perspectiva; siente miedo, y entonces toma de su imaginación un color complementario... un color «sin vergüenza», por ejemplo, y en seguida no más «ve» que el insultador es despreciable, y... ¡lo desprecia!
—¡Está gracioso!...
—¿Otro ejemplo? ¡Nada convence tanto como la ejemplificación!... Un caballero se enamora de una mujer, y ve de repente, o poco a poco, que la mujer no lo quiere; pues toma de su imaginación el color complementario que se necesita, color... «indiferencia»... o mejor aún: color... «reciprocidad», y al instante «verá» que él tampoco la quiere—y Melchor terminó con una vibrante carcajada.
—¿Y si no se trata de un daltónico?
—¡Bah... bah... bah!... ¡No seas tan ingenuo, Ricardo! ¡Si en lo moral todos somos daltónicos! ¡Y todo el talento consiste en saber emplear los colores complementarios! Convéncete: todos somos daltónicos.
—De manera que, según tu teoría, el amor...
—¿El amor?—le interrumpió vehementemente Melchor, y riéndose al mismo tiempo que hablaba, le dijo:—¿el amor?... ¡qué gracioso!... ¿el amor?... ¡daltonismo puro!
* * *
—Va a ser la una—dijo Lorenzo mirando su reloj,—me está dando sueño.
—Es la digestión.
—¡No, señor!—interrumpió Melchor.—No es la digestión... ¿qué sabes tú?... Si fuera la digestión, sentiría siempre el mismo sueño después de comer; ¡es el aire!... es un efecto de oxigenación... es ya la obra del ambiente puro del campo.
—Tal vez tienes razón; pero me siento como si hubiera tomado alcohol.
—Exactamente... eso es... una especie de...
—Borrachera sin vino—dijo Ricardo.
—Justamente; tal es la sensación que todo habitante de las grandes ciudades experimenta en el campo, bajo la influencia del aire puro... El organismo, acostumbrado al aire enrarecido y contaminado de la ciudad, siente las consecuencias de una oxigenación más intensa, y como el oxígeno es el elemento vital, por excelencia, llegamos a la conclusión de que estás, Lorenzo, empezando a sentirte... ¡ebrio de vida!...
—¡Si fuera así!
—¡Es así!... Yo te lo anuncié y estoy, como de costumbre, teniendo razón. Ya verás: ¡dentro de quince días tendrás que hacer un gran esfuerzo de memoria para acordarte de tus enfermedades!... Ni una sola te quedará, para tener el gusto de... ¡quejarte!
—Voy a buscar los diarios—dijo Ricardo poniéndose de pie.
—Vamos para allá—dijo Lorenzo,—ya no tenemos nada que hacer aquí.
—¡Qué!... ¿quieres seguir comiendo?...—le dijo Melchor, en broma, alcanzándole su gorra de viaje.
—¡Dios me libre!
—Ché, Ricardo, ¿y tú, no quieres tomar algo?
—¡Dios me libre!—repitió éste como un eco de Lorenzo.
—¿Conque... Dios los libre?... ¿eh?... vamos progresando.
—¡Vamos... a nuestros asientos!—contestó Ricardo al abrir la puerta del coche-restaurant, y agregó al asegurarse la gorra, que tenía puesta:—¡Cuidado con las gorras! que se ha levantado viento.
Al encontrarse nuevamente en el sitio que ocupaban, dijo Melchor:
—¿Los diarios, no?... ¿Tú querías los diarios, Ricardo?
—Sí... pero, ¿quieres creer...? A mí también me está dando sueño.
—¡Yo... me... duermo!—agregó Lorenzo.
—Pues aprovechen... ¡nada!... Recostarse y dormir, que quien duerme come.
-¿Y tú?
—Yo no tengo sueño... voy a leer los diarios.
Lorenzo y Ricardo se dispusieron a dormir un rato, acomodándose lo mejor posible en los asientos, no muy amplios, mientras Melchor sacaba los diarios que había puesto en la percha y se ubicaba en un asiento inmediato.
Antes de desdoblarlos se levantó y fue a bajar las cortinillas del sitio en que estaban sus dos amigos.
—Voy a bajarlas para que nos les incomode la luz.
—¡ Qué buena idea!
—A mí no me molesta—dijo Ricardo.
Vuelto a su asiento, Melchor tomó los diarios y quedó con ellos en la mano, contemplando el paisaje monótono y espléndido al mismo tiempo, como que ante su vista se extendía la llanura, de una horizontalidad perfecta, cubierta en toda su extensión por maizales y linares matizados a trechos con grupos de parvas secas y con los pequeños bosques de las estancias, por las que pasaba el tren como ocupando el extremo de un diámetro que girara sin cesar.
—...Aquí realizaría el ideal de mi vida—pensaba Melchor,—en la más pequeña de estas propiedades pasaría toda mi vida, reducido al trato de los míos... mis padres... mis hermanos... Clota... los hijos que tuviéramos... todos viviendo la vida sana y pura del campo... ¡Y pensar que los dueños de estas estancias sólo vienen a pasar breves temporadas en ellas cuando los arroja de la ciudad la prescripción imperiosa de la crónica social que publican los diarios!... ¡Ah!... ¡es toda una tiranía la vida moderna!... Vanidades que no tienen nombre... exigencias que no tienen ningún fin moral... Absurdas necesidades que no conducen más que a sacrificios improductivos... una desenfrenada carrera por aventajar al que va delante... ¡y el poder arrollador de ese vértigo dantesco en que todos vivimos pagando en lágrimas y en angustias y en ruindades y en bajezas nuestro tributo miserable y estéril!... ¡Y cómo al alejarnos de ese ambiente vemos la densidad de las sombras que lo envuelven!... ¡Cuántos hombres lacerados por la envidia... abrumados por el pesar de obligaciones anonadadoras y contraídas con el solo fin de pagar dos líneas de esa crónica social!... ¡Cuántas energías malogradas... y cuánto sacrificio sin provecho!... ¡Superficialidad y mentira!... ¡mentira en todo!... La mentira contumaz en la sociedad entera... porque no somos una sociedad en que se mienta más o menos... ¡somos una sociedad que miente!... Si casi no hay un sólo hogar de alguna apariencia en que no impere la mentira... Los padres simulan una capacidad económica de que carecen... los hijos fingen una educación que no tienen... ¡mienten!... las hijas gastan lujos que no han pagado... mienten... las señoras... las señoras... las señoras...
La imagen de su propia madre surgió en la imaginación de Melchor, al rumiar mentalmente las últimas palabras y después de una breve pausa, en que su espíritu quedó suspenso y absorto como ante un abismo, continuó en sus meditaciones:
—...¿Y por qué no ha de haber muchas como ella?... ¿Qué maldita forma de perversidad nos impulsa a pensar mal, dando un asidero al desconcepto, al prejuicio... a la calumnia misma... que casi nunca ofrecemos al elogio... al aplauso... Oímos decir que se juega y nos inclinamos a creer que juegan todos... sabemos que se miente y nos sentimos dispuestos a considerar mentiroso a todo el mundo... ¡pero, por qué, señor!... nos encontramos con un caso de adulterio... y... Por otra parte, siempre habrá quien mienta... quien engañe... pero la virtud no muere... ni la fidelidad... ¡porque no puede morir el afecto... porque no puede morir el amor!...
Melchor había dejado caer al suelo los diarios que tuvo en la mano y que levantó y puso sobre el asiento que tenía delante.
El tren marchaba aceleradamente bajo una larga, gruesa y horizontal columna de humo que se proyectaba al costado de la vía en una sombra sinuosa y ancha que se deslizaba chata por el suelo plano; pasaba como escurriéndose por debajo de los alambrados; trepaba por sobre las parvas inmediatas, para descender luego como un torrente; cruzaba flotante los arroyos; espantaba a los teros que parecían huir alerteando un peligro; subía por las paredes de las casas en los pueblos a que el tren llegaba y al detenerse éste en las estaciones, parecía recogerse sobre sí misma para erguirse en línea recta, como el brazo de un gladiador alzado en alto después del triunfo.
...«¿Por qué te has llevado mi pensamiento?»...—leía y releía Melchor en el telegrama de Clota, que había sacado del bolsillo para contemplarlo de nuevo como un diploma de felicidad, pensando:
—...¡Qué misterioso intercambio de ideas, de anhelos, de aspiraciones coincidentes, en esta suprema armonía de afecto que nos une!... ¡Cómo ha sabido encontrar Clota la mejor forma de decir lo que yo también pensaba... «te has llevado mi pensamiento»! ¡De qué manera se habrá sentido, acompañándome con la imaginación, que ha producido esta fórmula tan sencilla, tan exacta, tan delicada, tan honda!... «te has llevado mi pensamiento»... ¿Si ocurrirá así?... porque desde que me he separado de ella siento en mi cerebro, en mi corazón, en mi espíritu, ¡qué sé yo! algo como una voz íntima que me dice: «Clota... soy Clota... ¿ves? estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!...»
Melchor se repetía amorosamente las últimas palabras con que Clota le había despedido la noche antes, cuando con las manos fuertemente tomadas y los ojos lánguidos y firmes, puestos en los de él, le había dicho:
—Hazme telegramas, escríbeme, escríbeme todos los días, cuéntame todo lo que hagas, y cuando vayas en viaje, cuando estés lejos, piensa que... estoy contigo... contigo para siempre... ¡para siempre!
* * *
—¿Parece que no has leído mucho?—dijo Ricardo a Melchor, asomándose por sobre el espaldar del asiento y viendo doblados los ejemplares de La Nación y La Prensa.
—En cambio parece que tú has dormido bastante—repuso Melchor, levantándose.
—No; he dormitado.
—Lo mismo que yo—dijo Lorenzo, incorporándose;—¡si no se puede dormir con el movimiento del tren!
—¿Ni cuando estuvimos cerca, de una hora parados antes de llegar a «Pehuajó»?
—¿Parados?... ¿Por qué?... No me he dado cuenta.
—¡Ni yo tampoco!
—Porque la máquina que pusieron en la estación «Guanaco» no andaba bien... ya lo había dicho el jefe...
—¿Y por qué la pusieron?
—Porque al descarrilarse la que traíamos se le rompió un eje.
—¿Dónde descarrilamos?
—¡Por lo visto han dormido, ché!
—¿Y tú le crees a Melchor?... ¡Son cuentos!
—Pero si ustedes no hubieran hecho más que dormitar los habrían rectificado.
—¡Es claro que he dormido algo!
—¿Algo?... ¡tres horitas!... ¡como una!
—¿Y qué hora es?
—Más de las cuatro; ya nos falta poco.
—En fin—dijo Lorenzo bostezando,—hemos acortado el viaje.
—Parece que hay apetito, ¿eh?
—¿Por qué, Melchor?
—Porque los bostezos delatan sueño—que no puedes tener,—o languidez de estómago que bien puedes tener porque almorzaste muy poco.
—¡Qué esperanza! He almorzado el doble de lo habitual.
—Mañana, en la posta del Paso, almorzarás el triple del doble y pasado mañana en la «Celia», el cuádruple del triple.
—Mira que eres exagerado—repuso Lorenzo riéndose.
Ricardo, que había permanecido sentado contemplando el aspecto de los plantíos, dijo, sin volver la cabeza, a Melchor que continuaba de pie:
—Ché, Melchor, alcánzame La Nación, ¿quieres?
—¿No quieres La Prensa?
—¿Por qué?—dijo Ricardo volviéndose.
—¡Porque tiene más páginas!—le contestó Melchor riendo y agregó:—¡Cuando estamos para llegar se te ocurre leer!...
—Es que no he visto los diarios hoy.
—¡Pero los has comprado!
—Creo que tú has hecho lo mismo.
—Yo he cumplido con la práctica establecida: ¡comprar los diarios y no leerlos después!
—¿Quién hace eso?
—¡Todo el mundo! ché, y la culpa la tienen los mismos diarios, y si no fíjate—dijo Melchor tomando los que tenía en el asiento y presentándoselos a Ricardo.
—No te entiendo.
—¡Que se necesita una semana para leer todo esto y ante la imposibilidad de hacerlo acaba uno por no leer más que los títulos y a veces ni eso!
—¿De modo que los diarios no sirven para nada?
—Van en ese camino, como que han pasado de la síntesis informativa a la dilución abrumadora.
—¡Es ganas de criticar!
—No hay tal y en mí menos; pero mira... 36 páginas... y... 24 páginas...
—¡No es precisión leer hasta los avisos!
—Partamos por mitad, lo que es excesivo, y tenemos 30 páginas de lectura en sólo dos diarios... ¡eh!... agrégale otro tanto por la tarde.
—Yo leo lo que me interesa.
—Yo hago otra cosa: miro todo y no leo casi nada; por otra parte, pienso que los diarios de hoy no llenan su objeto porque la volubilidad pública reclama asuntos nuevos todos los días y, así, no es posible la propaganda asidua en un propósito dado, desde que en cuanto un diario insiste en un mismo tema el público lo deja por aburrido y por «latero».
—Yo los he dejado deliberadamente para leerlos en la estancia—dijo Lorenzo.
-Pues te quedarás sin leerlos—repuso enérgica y cómicamente Melchor.
—¿Cómo así?
—¡Usted, señor D. Lorenzo, va a la «Celia» a pasear, comer y dormir!
—¿Y por qué no hemos de leer también?
—Porque yo mando. ¡Se leerá lo que yo indique y cuando yo lo disponga!
—Lo que soy yo no puedo pasarme sin leer—insistió Lorenzo.
—Leerá usted, señor... conozco las teorías modernas sobre fatiga intelectual y los medios de combatirla y los aplicaré discretamente.
—¿En qué consisten, ché?—preguntó Ricardo burlescamente.
—En esto, muy sencillo; cuando se siente fatiga intelectual por exceso de estudio hay tres medios de combatirla; primero, dejar la lectura, procedimiento moroso cuando el mal es intenso; segundo, hacer ejercicios físicos, procedimiento violento para restablecer el equilibrio de los centros nerviosos; y tercero, cambiar de lectura... leer alguna cosa sencilla... trivial... una novela, por ejemplo.
—¡Pobres novelas!...—dijo Ricardo.
—¡Estás eruditísimo!—exclamó sonriendo Lorenzo.
—¡Esto no es nada! ¡Ya verás, Lorenzo, como con sólo un chambergo de gran ala levantada te quito el... casquete neurasténico de Charcot! ¿Qué tal? ¡y a esta altura!
—¿Cómo a esta altura?
—¡A la altura de Trenque Lauquen, adonde vamos llegando... fíjate!
En ese instante se oyó un estampido formidable, como si la boca de un cañón del «Belgrano» o del «San Martín» hubiera entrado en el coche y vomitado un cañonazo:
—¡¡¡Booooletooos!!!
Cuando el jefe del tren llevó los que Melchor humildemente le entregó, el convoy llegaba a su estación terminal.
—¡Ahí está Hipólito!...—exclamó Melchor y asomándose por la ventanilla del coche que aun marchaba, le gritó:
—¡Hipólito!... ¡Hipólito!... ¡aquí!...
—¿Quién es ése, ché?
—El cochero de la estancia... ¡verán qué tipo!... toma tu valijita, Lorenzo... y para ti Ricardo, toma... ¡tú que no puedes pasarte sin los diarios!...
—¡No seas pavo!...
—¡Y cuatro!... mira: los tuyos y los míos... ¡los podrás leer duplicadamente!
Cuando descendieron del tren llegaba trotando pesadamente Hipólito, que al encontrarse con los viajeros se sacó respetuosamente su gran chambergo campero, y cuadrado—contrariendo la ordenanza militar, pues que formaba vértice con las puntas de los pies casi unidas y los talones a un geme de distancia—dijo tendiendo a Melchor su amplia mano de trabajo:
—¿Cómo va, D. Melchor?... ¿éstos son los señores?—agregó mirando a Lorenzo y Ricardo.
—Sí, Hipólito... mi amigo Lorenzo...
—Para servirlo.
—...y mi amigo Ricardo.
—Para servirlo.
—Y Baldomero, ¿no ha venido?
—Sí, D. Melchor... ahí andaba con el jefe... ¿quiere que lo hable?
—No... vamos para allá, muchachos—y volviéndose hacia Hipólito:—¿Qué tal están los caminos?
—Hay algún barro... con la lluvia: ¡qué ha llovido!...
—El maíz estará lindo, entonces.
—Así es... lindo está.
En ese momento salía al encuentro de los viajeros el gran capataz de la «Celia», Baldomero Luna, quien al ver a Melchor se dirigió hacia él diciéndole efusivamente:
—¡Cuánto bueno por acá!
—¿Qué tal, Baldomero?
—¡Ahora bien, muy bien!
—¿Qué, ha sucedido algo?—le preguntó Melchor, mirándole fijamente y conservándole tomadas ambas manos.
—¡Si viera!...
—Pero, ¿qué ha ocurrido?
—¡Que usted no estaba aquí y ahora está!
—¡Me había alarmado, caramba!
Celebrando la ocurrencia de Baldomero se repitió la presentación de los huéspedes y el grupo se dirigió hacia el gran break de la estancia que se encontraba al otro extremo del andén.
Al recorrer éste, Melchor fue objeto de las más afectuosas demostraciones:
—¡Don Melchor! ¡cuánto gusto!...
—¡Don Melchor!... ¡qué alegría!...
—¡Don Melchor!... ¿cómo le va?...
Y no pasó por el lado de alguna persona sin provocar exclamaciones análogas a las que invariablemente respondía dando la mano y con frases amables.
—¡Qué popularidad tienes aquí!—le dijo Lorenzo.
—¿Y dónde no?...—le interrumpió Baldomero,—si donde está D. Melchor está la fiesta... está la risa... ¡Si es como una gran alegría que anda paseando!
Hipólito, que marchaba respetuosamente detrás del grupo, se adelantó al llegar al extremo del andén pidiendo órdenes a Melchor:
—¿Van a dar una vuelta, D. Melchor?... ¿o van al hotel?...
—¿Qué opinan ustedes?
—Iremos a lavarnos—dijo Ricardo.
—Me parece bien—agregó Lorenzo,—es muy temprano para pasear.
—¡Perfectamente! vamos al hotel... vamos a pie... es cerca... allí, ¿ven?—dijo señalando con la mano y agregó, dirigiéndose a Hipólito:—Espéranos allá.
—Ché, Hipólito—le dijo Baldomero.—Y llévame de paso el «azulejo».
El grupo se dirigió al hotel y a poco andar le interceptó el paso un pilluelo que con la mano tendida dijo a Melchor por todo saludo:
—Don Melchor... me da «una... moneditas»?
Baldomero levantó en alto el rebenque de gruesa y ancha lonja, diciendo al pilluelo:
—¡Salí de aquí, muchacho!
* * *
—Vea, Garona, tiene que preparar una buena comidita para don Melchor y esos mozos, ¿sabe?—decía Baldomero al dueño de casa, casa que aventajaba sin duda a la más surtida y completa de las de la misma capital, pues era hotel, tienda, ferretería, almacén, bar y... ¡botica! todo junto, bajo la conspicua dirección de su dueño, Saverio Garona, italiano gordo y bonachón que usaba alpargatas y chambergo.
—«No» pierda cuidado, don Baldomero.
—Hágales un buen asado de costillas con ensalada.
—¿De pepino?
—¿De pepinos, dice?... mejor de lechuga... y unos pollos... pero que sean gordos...
—¿Y de empezar?...
—¿Es fresca esa ternera fiambre que he visto en el mostrador?
—Fresca... fresca... fresca... es fresca...
—Bueno, eso no, amigo Garona... pero usted sabe tener tallarines...
—Hay de casualidá...
—Ya está... ¡les pone una tallarinada!—dijo Baldomero riendo bondadosamente, al dar un puntazo con el cabo del rebenque en el abultado abdomen de Garona.
—¡No sea juguetón!... y diga: ¿de postre?
—¿Qué les va a poner?
—Tengo lindo durazno en conserva.
—¡Convenido! y ponga guayaba también y... ¡ya sabe!... ¿eh?... esto es mío... no vaya a recibirle a don Melchor.
—¡«No» pierda cuidado!
Cuando Baldomero regresó a unirse con los viajeros, éstos habían terminado la operación de lavarse y de telegrafiar a las familias y se encontraban rodeados de amigos de Melchor que le acribillaban a cumplimientos y a preguntas.
—¡Caballeros!—exclamó Baldomero—los que quieran noticias pueden ir al telégrafo... estos señores vienen a divertirse y no a contar cuentos.
—Estamos muy entretenidos, conversando.
—¡Ah!... ¡don Melchor!... ya tuvo una excusa—repuso Baldomero, y agregó:—¡Este don Melchor tiene más aguante que la máquina del tren!... ¡Capaz de oírlos toda la noche!...
—¡Miren quién habla!—dijo un viejo paisano que tenía entre todos el alto prestigio de haber sido justiciero juez de paz,—cuando don Luna se agacha a conversar es cosa de pedir pieza con cama. ¡Si tiene más música que un órgano!...
—Y cuando usted habla, viejo, ¿qué hay que hacer?... ¡irse!...—dijo Baldomero riendo estrepitosamente, y agregó:—¡Vamos, don Melchor, a dar una vuelta... vamos!...
—Bueno, vamos... será hasta luego.
—Hasta cuando usted mande—contestó el viejo por todos, y agregó señalando a Baldomero con una guiñada picaresca;—Y no se olvide, don Melchor: le recomiendo que me lo atienda... al recomendao.
—¡Yo te he de dar!... viejo pícaro—dijo cariñosamente Baldomero.
—¡Disculpas!—le replicó el viejo riendo y agregó:—...Por tratarme de vos... ¡confianzudo el mocito!...
—Simpático, el viejo, ¿eh?—dijo Lorenzo al subir al break.
—¡Y diablo!—le contestó Baldomero,—él sabe darse maña para arreglar cualquier enredo dejando contento a todos.
—¿Debe ser muy viejo, no?
—¡Viejísimo! señor, si cuando yo vine aquí, al campo de los «Astules» y ¡mire que hace años! ya era viejo blanco en canas... Y don Melchor, ¿para dónde agarramos?
—¿Iremos hasta el arroyo?
—¡Queda lejos! ¿No quiere ir más bien a tomar un mate con don Casiano?... Así estos señores conocerán algo bueno... ¡Viera cómo se ha puesto la Pampita!
—¡Cómo no! ¡vamos!
—A lo de don Casiano... ¡ché, Hipólito!
Este, que se encontraba en su puesto esperando órdenes, volvió la cabeza y preguntó:
—¿Aquí a la casa?
—No, a la chacra... están en la chacra...
—¡Jiú!...—moduló Hipólito interjectivamente y los caballos partieron guiados al parecer por un cadenero mosquiador que llevaba, por lujo, un cascabel en la hociquera y ante cuyo empuje podía decirse también que «se iba ensanchando» Trenque Lauquen.
La chacra de don Casiano Contreras, situada en el límite del ejido, tenía excepcional fama en el pago y de tal modo imperaba su prestigioso atractivo que hasta los mismos caballos al dirigirse hacia ella, parecían que trotaban con más firme y decidido empuje; pero, ¿qué raro?... si era fama que los pájaros más cantores la preferían para sus nidos, que las rosas se ponían en ella más rosadas y las violetas más humildes y los sauces más llorones, y los álamos más rectos. ¡Y que hasta los malevos, cuando pasaban de largo por sus tranqueras, sentían ansias de hacerse buenos!
¡De tal modo era intensa la esplendorosa irradiación de la «Pampita»...!
—Parece que está pesado el camino—dijo Lorenzo.
—Este pedazo está feo—le contestó Baldomero,—antes sabía haber un pantano aquí; pero don Casiano lo está arreglando.
—¡Jiu!...¡ Jiú!...—repetía Hipólito sin sacar el látigo de la latigera y el break continuaba su marcha, por entre aquel gran silencio interrumpido sólo por el vibrante arpegio de algún pájaro o el sonar del cascabel cada vez que escarceaba, el cadenero.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
—Quieto, Baldomero—dijo Melchor,—deje que la abra este pueblero: a ver, Ricardo, una gauchada.
—Vaya una gran dificultad—repuso éste bajando del break y dirigiéndose a abrir la tranquera, ante la que se había detenido.
Así lo hizo; el break pasó y se detuvo nuevamente.
—¿La cierro?—preguntó Ricardo, provocando una leve sonrisa de Hipólito.
—Es mejor cerrarla, sí, señor—le contestó Baldomero al mismo tiempo que Melchor exclamaba:
—¡Qué pregunta!... ¡Chambón!...
El break entró en la chacra ascendiendo la pendiente del camino que daba acceso a la casa, en cuyo corredor estaba don Casiano que, al reconocerlo a la distancia, dijo a la Pampita:
Son los Astules... tomá el mate, hijita—y se dirigió al encuentro del carruaje, que ascendía penosamente el final empinado de la cuesta.
—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...
—Torcé a la derecha, Hipólito—gritó don Casiano,—¡por ahí!... ¡detrás de las casuarinas!... es más liviano.
Así lo hizo el cochero tomando el nuevo camino que se le indicaba y que acababa de trazar don Casiano, para facilitar el acceso a la casa edificada en la cumbre de una pequeña lomada.
Descendieron los paseantes y luego de efusivas demostraciones les dijo don Casiano:
—Pasen... pasen, caballeros... aquí está más fresco... tomen asiento.