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Transfusión

Front matter (continued 3)

Reading edition

—¡Don Ricardo, ni que hablar!

* * *

—¿Ché, Melchor, dónde pusiste los diarios que trajimos?... ¿Por qué te ríes?

—¡Pero, hombre!... ¡Recién se te ocurre leerlos!...

—¿Y tú los has leído?...

—¡Casi no los leía allá!... ¡y voy a venir a la estancia para ocuparme en eso!...

—¿Y para qué los trajiste?

—¡Porque los compré!...

—¿Y para qué los compraste?

—Por no ser menos que tú.

—Bueno, contesta: ¿dónde están?...

—Ricardo los guardó, pero yo no sé dónde.

—¡Qué fastidio!... ¡José!—dijo Lorenzo alzando la voz.

—¿Señor?

—Hágame el servicio de ver en nuestro dormitorio... o por ahí... si están unos diarios... y tráigamelos.

—Don Ricardo los guardó en el baúl, señor... pero se llevó la llave.

—¡Qué contrariedad tan grande!... ¡Caramba!... ¿está seguro, José?

—Sí, señor, si los guardó delante de mí... estaban arriba de la mesa desde que ustedes vinieron.

—¡Qué fastidio!... Bueno... vaya no más; ¿pero para qué los habrá guardado?... ¡qué tontera tan grande!...

—Realmente, Lorenzo, es como para sublevar... ¡como que yo también estoy por indignarme!...

—No digo eso; pero no me negarás que ha sido una tilinguería guardarlos bajo llave... ¿asunto de qué?...

—Lo ha de haber hecho sin darse cuenta... ¡calcula cómo tendría la cabeza ante la idea de ir a conquistar a la «Pampita»!

—¡Cómo le irá a Ricardo! ¿eh?...

—Puede ser que le vaya bien.

—Yo no creo que esté enamorado... así: fulminantemente.

—¡Que no!... ¡piensa que es linda como un sol!

—Aunque lo sea... para mí, Ricardo va tras la «Pampita» por un movimiento de despecho y nada más. Él se ha entusiasmado con la idea de lucirla en Palermo... y en el teatro... a los ojos de sus ex novias... ¡esto es todo!

—¿Por qué pensar eso?... Ricardo es un temperamento extraordinariamente apasionado, y yo me explico muy bien el paso que da. Ha visto en esta muchacha un conjunto de cualidades de primer orden, casi excepcionales, y no tiene nada de extraño que se sienta inclinado a ella.

—Eso estaría muy bueno después de tratarla un tiempo.

—No, Lorenzo, mira: en la vida, generalmente, se toma novia como se toma casa: casi siempre por el aspecto. Son muy raros los que compulsan serenamente las condiciones de las muchachas que tratan para elegir al fin la que más convenga, y esto mismo es antipático, casi inmoral: ¡se quiere porque sí y sepa Dios por qué!

—¡Así son los chascos!

—¡Perfectamente! pero es preferible equivocarse sin calcular a equivocarse calculando.

—Por eso yo me he puesto a cubierto de los dos casos—dijo Lorenzo sonriendo afablemente.

—¡Tú!... ¡qué gracia!... Tú has vivido en forma que no te permitía pensar en «novias»...

—Eso es historia antigua...

—Felizmente para ti. Después el estudio te ha absorbido todo tu tiempo, como que por una de esas reacciones muy explicables te pasaste a la otra alforja...

—Para recuperar lo perdido.

—¡Una barbaridad!... ¡ché... dar de a tres años de ingeniería juntos... y estudiar veinte horas diarias!

—¡Qué exageración!

—¡Bueno: diez y nueve!... Da gracias a Dios que pudiste substraerte a esa vida.

—No tuve más remedio... cuando me enfermé.

—¡Qué enfermedad, ni qué embelecos! ¡Tú eres más sano que yo! y lo has sido siempre. La prueba la tienes en tu estado actual; ya ves cómo te repones por días; duermes perfectamente ahora; comes con bastante apetito... ¡calcula cómo estarás dentro de un mes!

—¡Todo te lo debo a ti!... y si vieras el bien que me hacías cuando me estimulabas a reaccionar en los días en que me sentía más abatido... Hoy recuerdo perfectamente la intensa influencia que ejercías en mi espíritu y la situación de ánimo en que me dejabas después de aquellos sermones inacabables...

—Eso es historia antigua, te diré a mi vez.

—Pero que llena mi espíritu como una enseñanza suprema. ¡Si a veces pienso en que tú has realizado en mí un caso de «avatar», como el de Gauthier, ¿te acuerdas?

—No lo he leído.

—¿No?... ¡qué raro!

—Lo raro es que lo confiese, porque nadie lo hace; ¿te has fijado?

—¿El qué?

—Confesar que no se ha leído un libro de cierta notoriedad; ¿tú has encontrado a alguien que confiese no haber leído a Sarmiento, a Mitre, a López, a Estrada o a alguno de nuestros grandes autores de renombre?

—Tal vez tienes razón.

—¡Y sin tal vez! Yo no he hablado con una sola persona que me haya dicho que no ha leído el «Facundo», por ejemplo.

—Y lo habrán leído...

—El dos por ciento de los que lo dicen... si hoy nadie lee, ché, nada más que los programas de las carreras y la crónica social de los diarios.

—¡No me hagas acordar de los diarios! que me subleva pensar en la conducta de Ricardo.

—¿Qué canallada, eh?

—Con permiso...—dijo Baldomero golpeando con los nudillos de la mano en la puerta de la sala, donde conversaban Lorenzo y Melchor, recostado éste en el sofá, mientras esperaban la hora de almorzar.

—¡Entre, Baldomero!

—¡Aquí está fresquito!—dijo éste sacándose el sombrero y peinándose el cabello con los dedos.

—Siéntese... ¿qué hay de nuevo?

—Hay, don Melchor, que acaba de llegar Zenón, ¿sabe?, el peón de los Cabrales, que venía de llevar unos animales para el campo de los Unzueces y dice que por el cañadón de las tunas, ¿sabe?, encontró a doña Ramona, que se viene de a pie con esta calor..

—¿Viene para acá?

—Así dice.

—¿Y por qué no la alzó?

—Porque no es de anca el que montaba y venía con gran apuro de llegar ligero, que de no, dice, le habría dado su caballo.

—¡Pobre infeliz!... Bueno... Baldomero: ¿volvió el carrito de repartir la carne a los puestos?

—«Reciencito» llegó.

—Vaya corriendo, y dígale a Hipólito que a todo lo que pueda salga con el carrito y la traiga a esa infeliz.

Instantes, después se oía el ruido del carrito que salía en la dirección indicada.

—¿Qué distancia hay, Melchor, de aquí al cañadón de las tunas?

—Sus seis leguas largas, y calcula para caminarlas con este día.

—¡Pobre mujer!... ¿qué le habrá pasado?

—Alguna paliza del bestia de Anastasio.

—¿Pero es posible que le pegue a esa mujer?

—Es que bebe... tal vez algún «peludo»... por otra parte Anastasio es un hombre de muy mal carácter y como te decía el otro día, ha tomado a Ramona para tener quien le lave y le cocine; pero no le tiene ni el más mínimo cariño.

—¿Él la habrá despedido o ella vendrá no más por tu ofrecimiento?

—No; sin un motivo fundado no se vendría.

—¿Y no tendrá consecuencias para ti?

—¿Qué consecuencias?

—Él sabrá que se viene a la estancia, por supuesto.

—Si no lo sabe ya, lo sabrá, ¿y qué tiene eso?

—¡Quién sabe!, ese hombre tiene un aspecto diabólico.

—¡Pero si Ramona no está casada con él!; ella es una mujer dueña de hacer lo que quiera... y si él la maltrata puede venir a refugiarse aquí o a donde le convenga.

—Sí, lo comprendo; pero como ha mediado tu intervención, no sea el diablo que él crea que tú la has sonsacado...

—¡Y que lo crea, suponte!... Si fuera una chiquilina, vaya y pase... pero ¡una mujer de casi cuarenta años!

—¿Y no tiene familia?

—Creo que sí... no estoy seguro... esta mujer vivió con un soldado de la policía, al que lo mataron en un boliche, y después se unió con Anastasio... es todo lo que sé.

—Está el almuerzo, niño—dijo el sirviente; y los dos amigos pasaron al comedor.

Al terminar el almuerzo se presentó Baldomero y preguntó:

—¿Dónde la va a poner a Ramona, don Melchor?

—¡Es cierto!... Hay que buscarle alojamiento... ¿En sus piezas no cabría?...

—¿De dónde?... Si el patrón hubiera hecho los cuartos que dijo...

—¿Y en los galpones?...

—¿Qué?... ¿la piensa poner con los peones?

—En el cuarto de Águeda.

—Sólo bajo la cama... si la vieja duerme en el cuartito de las herramientas, ¿sabe? que es un brete.

—La pondremos entonces en el cuarto de las sirvientas, ¿no le parece?

—Como usted disponga, don Melchor; pero quién sabe si a la señora le gusta que esté aquí...

—¡Que no! Si Ramona es una mujer limpia.

—Ya empieza a darte trabajo esa mujer—dijo Lorenzo.

—¡Ninguno!—replicó Melchor.—Nosotros si que vamos a darle trabajo: la haremos nuestra sirvienta, y nos tenderá las camas mejor que José, para lo que no se necesita mucho.

—Hago lo que puedo, niño—dijo José, levantando las copas de la mesa;—no soy muy baquiano en tender camas.

—¡Si lo digo en broma, José! Usted las tiende perfectamente... mal—agregó Melchor, en momentos que José se alejaba llevando una bandeja al antecomedor.

—¿Quedamos entonces que a doña Ramona la va poner en ese cuarto?

—Eso es, Baldomero.

Este se retiró, diciendo medio entre dientes «¡qué criolla diabla!... cómo ha calzado»...

* * *

La tardanza de Ricardo empezaba a preocupar a Melchor, que se disponía a ir o a mandar en su busca cuando al cabo de cuatro días de ausencia y en momentos en que se levantaban de almorzar, llegó a la estancia bajo un sol de fuego.

—¿Cómo vienes a esta hora?—fue el saludo de Melchor.

—¡Si vieran!—repuso Ricardo al bajar del caballo, que al pararse dejó caer la cabeza hasta casi tocar el suelo con la barbada, al mismo tiempo que palpitaban sus ijares con extraordinaria celeridad,—¡el monstruo de Anastasio nos sacó cortitos!... ¿Y por aquí?... ¿qué tal?... ¡Uf!... ¡Qué calor!... ¡y qué hambre!...

—Ven a almorzar, ¿o quieres bañarte antes?

—No; me haría mal; ¡uf!... estoy muy agitado... qué calor tan espantoso... ¡Si creía que no llegábamos nunca!

—Siéntate aquí, mientras te traen el almuerzo. ¡Apúrese, José! Y cuenta, ¿qué ha pasado?...

—...Ahí traigo un montón de cartas... Pues cuando llegamos al «Paso», a eso de las diez, en la esperanza de almorzar algo y esperar la caída del sol, salió a recibirnos Anastasio con su facha patibularia. Al sofrenar mi caballo, le di los buenos días, y no me contestó; pero creí no haber sido oído, y me disponía a bajar, cuando dirigiéndose hacia mí, me dijo textualmente: «Bajá, si querés que te cruce a lazazos».

—¿Qué dices, Ricardo?

—Lo que oyes; llámalo a Juancito y te lo repetirá. El pobre muchacho se ha dado un susto mayúsculo. Cuando oí aquello, le pregunté:

»—¿Por qué me dice eso, amigo?

»—¡Porque lo voy a cumplir, hijo de tal!—me contestó.

»En ese momento, Juancito, que se había bajado ya, montó de un salto y acercándoseme, me dijo: «Vamos, don Ricardo, no le conteste»; pero yo le dije: «No me insulte, Anastasio, porque le puede costar caro». Al oír esto, se entró rápidamente y volvió a salir, poniéndose el cuchillo en la cintura y con un amador en la mano, diciéndome:

»—Caro me lo van a pagar ustedes—y al mismo tiempo gritaba hacia el interior:—¡Enfréname el bayo!

»Comprendí que iba a verme obligado a usar de mi revólver, y como Juancito me gritaba de lejos que siguiera, que me iba a comprometer, opté por aceptar su consejo y me alejé al galope, alcanzando a oírle juramentos y amenazas contra ti. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?»

—Que doña Ramona lo ha dejado y se ha venido; pero, ¡qué animal!...

—No te decía yo, Melchor, que esto podría tener consecuencias.

—¡Bah!... Perro que ladra, no muerde.

—¿No muerde?... ¡Lo que soy yo no vuelvo a pasar por allí; y creo que tú debes cuidarte de ese bandido.

Al mismo tiempo que José avisaba que estaba listo el almuerzo de Ricardo, Baldomero llegó y después de saludar a éste, dijo:

—¿Ha visto, don Melchor, lo que ha sucedido?

—Me estaba contando Ricardo.

—¿Sabe que me están dando ganas de ir yo?

—¡Ni se le ponga, Baldomero! Déjelo no más... eso, se arreglará solo.

Ricardo se había levantado para almorzar y había sacado de un pequeño paquete que le dio Juancito un montón de cartas que en su casi totalidad estaban dirigidas a Melchor, a quien entregándoselas le dijo:

—¡Ahí tienes lectura para rato!

Melchor las tomó con cierta displicencia, preocupado con el incidente en el Paso, y fue a sentarse en el escritorio, donde se aplicó a la tarea de leerlas mientras Lorenzo hacía lo propio acompañando a Ricardo en la mesa, junto con Baldomero.

—De Clota...—decía Melchor a medida que leía los sobres;—ésta también...; del viejo...; de Clota...; de Clota...; de mamá...; de Lolita...; éstas tres de Clota...

Y así fue clasificando las cartas que ponía reunidas por procedencias hasta que, terminada esta operación previa, tomó todas las de Clota que eran las más y procurando descifrar la fecha en el sello del correo que inutiliza la estampilla perdió un buen rato en ponerlas por orden.

—¡Cuántas cartas!... ¡qué barbaridad! Empezaré por la de mamá:

«Hijo mío: Hace hoy ocho días que te fuiste y me parece que hace un año, te extraño como si hiciera meses que no te viera, pero es porque para mí es lo mismo no haberte visto en un mes que saber que no te voy a ver en todo ese tiempo y por eso sufro ya como si estuviera hoy en el último día de todos los que pasarán sin verte y sin oírte decir todos los disparates con que me haces reír hasta cuando no tengo ganas de reírme. Por aquí no hay más novedad, sino que tu Tata no se siente bien desde el viernes, pero no es cosa de cuidado; todos te extrañan mucho y están deseando que vuelvas; Clota ha llamado varias veces por teléfono para pedir noticias y dice que no ha recibido cartas tuyas como nosotros tampoco las hemos recibido, ¿qué es eso? ¿por qué no escribes?

«Suspendo aquí porque en este momento entra Clota con la señora que vienen a comer con nosotros. Recibe muchos abrazos muy fuertes de tu madre.

»P. S.—Rufino te manda muchos recuerdos.»

Melchor quedó un largo rato con la cabeza apoyada en la mano izquierda contemplando la carta que conservó en la derecha, mirándola con los ojos desmesuramente abiertos, como si pretendiera ver algo más allá de aquellos renglones trazados por la mano de su madre idolatrada, hasta que de pronto la llevó a sus labios y la besó...

Leyó después la de su padre, escrita el jueves, antes de sentirse mal; las de sus hermanas, entre las que recibió una de la «nena» en que le pedía que al regresar de la estancia le llevara «un pichón de paloma pero que sea todo blanco»; las de sus amigos que invariablemente lamentaban su «partida en secreto, como si no quisieras despedirte»; y luego empezó a leer, por orden de fechas, las cartas de su novia.

Más de una vez mientras las leía creyó alcanzar a ver que alguien se asomaba por la puerta de la sala y así era en efecto, pues cuando acababa de leer la última levantó de pronto la vista y vio en la puerta a Ramona.

—¿Qué quiere, Ramona?—le preguntó.

Vestida con sus mejores trapitos y ceñida la cintura con una faja negra que sobre la bata blanca marcaba nítidamente el límite de su robusto talle, se aproximó cautelosamente mirando hacia el comedor y al estar casi junto a Melchor le dijo:

—¿Ha visto lo que ha hecho Anastasio?...

—Eso no tiene importancia, Ramona, Anastasio estaría borracho...

—Quién sabe, don Melchor... Anastasio es un hombre malo... muy malo...

—¿Teme usted que le haga algo?

—Por mí... no... don Melchor... y aunque me hiciera... aunque me matara... ¿yo qué valgo?...

—Anastasio se guardará muy bien de pensar en venir aquí a buscarla... y con el tiempo se le pasará todo.

—¿Usted cree, don Melchor?

—Esté segura, Ramona... no le hará nada... no tema.

—Ya le decía, don Melchor, por mí no tengo miedo ninguno.

—Pues entonces, esté tranquila... o, ¿quiere volver al lado de él?

—¿Por qué me dice «eso», don Melchor?—contestó ella aproximándosele aún más, bajando la voz como temerosa de ser oída, e inundándole con olor a cedrón de que tenía en la mano un gajo estrujado.

—Le pregunto, Ramona, porque bien podría suceder.

—¡Cómo había de ser!... ¿me cree capaz, don Melchor, de volverme con ese hombre?...

—Pues entonces esté tranquila, Ramona... vaya, no más, ocúpese de sus cosas y no vuelva a hablarme de esto.

—¿Me voy... entonces...?

—Sí, Ramona; vaya no más.

—Será hasta luego... entonces... ¡cuántas cartas ha recibido!... don Melchor.

—Es verdad... de la familia... y de mis amigos—dijo Melchor poniéndose de pie, como para salir.

—Ha de haber... alguna... otra... ¡no diga!

—¡Bien puede ser!—le contestó sonriendo afablemente al dirigirse, como lo hizo, hacia las piezas interiores contemplado desde la puerta del escritorio por Ramona que al salir al corredor tiró a un cantero del jardín el gajo de cedrón estrujado que tenía en la mano.

* * *

La sobremesa de Ricardo se había prolongado comentando el suceso del «Paso» y refiriendo detalles de su permanencia en el pueblo cuando se presentó Melchor diciendo:

—Voy a guardar estas cartas... ya vuelvo—y siguió de largo para su dormitorio del que regresó en seguida.

—Total—dijo Baldomero al sentarse Melchor, dirigiéndose a Ricardo,—muchos cuentos... y de lo principal... ¡nada!

—¿Me esperabas a mí, no es cierto?—dijo Melchor y dirigiéndose al sirviente que se retiraba después de haber guardado unos platos:—José, antes de irse, deme una taza de café.

—Empezaré, pues, por lo que Baldomero llama lo principal.

—¿Y de no?... ¿a qué fue don Ricardo?

—¡Andando! Tienes la palabra.

—Y en una sola lo diré todo: la «Pampita»...

—¿El qué?

—...la «Pampita»...

—¡Acaba!

—¡Se hace de rogar!... don Ricardo.

—...pues... la «Pampita»...

—¡Estás muy pavo!

—¡...me... ha... desahuciado!

—¡Eso no es cierto! no lo dirías en ese tono.

—Ciertísimo, Melchor.

—No te creo.

—Bueno, cuenta cómo fue—dijo Lorenzo.

—Ante todo no deja de ser realmente excepcional esta confidencia hecha por mí a todos ustedes, en un asunto que generalmente se tramita a solas con la propia conciencia; pero sería ridículo que tuviera secretos para contigo, Melchor, tratándose de un síntoma de salud moral, readquirida por tu esfuerzo; sería cuando menos pavo que los guardara para contigo, Lorenzo, en un caso en que nos hemos hecho confidencias y confesiones recíprocas, y sería ingrato con el amigo Baldomero, si no le contase cómo me fue con su consejo, pues han de saber ustedes que lo consulté con él. Hecha esta declaración previa, que se impone, voy a referirles el episodio.

El lunes llegué al pueblo a las cuatro más o menos, porque me demoré muy poco en el «Paso», y después de descansar un rato y bañarme, fui a lo de don Casiano como a eso de las siete. Al pasar la tranquera...

—¡Se le haría cuesta abajo!...—dijo Baldomero riéndose.

—...¡al contrario!... vi que la «Pampita» estaba sentada en el corredor, leyendo, y tan absorbida en la lectura que no me sintió llegar hasta que estuve junto al corredor, bajo ese aguaribay grande, ¿se acuerdan? que está a la derecha. Al verme, dijo como si se tratara de la cosa más habitual:

—¿Es usted... señor?... Buenas tardes...—y cerrando el libro que puso sobre la silla al levantarse, se aproximó al borde del corredor, mientras yo bajaba del caballo, cuyas riendas puse en una horqueta formada por un gajo roto.

Yo no puedo pensar en describirla... ¡era algo estupendo!... tenía la cabeza envuelta en una gasa verde oscura, recogida atrás con unos mechones de cabellos envueltos con la gasa sobre la nuca marmórea, y que me parecían luchar entre sí como si defendieran una posesión divina... yo no he visto... no... ¡no hay en el mundo una criatura que se le parezca!

—¡Sabe, don Ricardo, que está apretando... la calor!

—No interrumpa, Baldomero... y no se ría de mí... que usted las ha de haber pasado iguales...

—Es un decir... don Ricardo.

—Pues en cuanto bajé del caballo vi aparecer al «ñato», a otro individuo que parecía peón, a una señora de buen aspecto y alguien más... no me acuerdo... que me miraron desde una distancia y se alejaron en seguida, en momentos en que la «Pampita» me tendía la mano y me saludaba como a un viejo amigo, ofreciéndome asiento. Después supe que aquella señora era su maestra de labores y que pasa una temporada con ella. Le pregunté por su padre: «Está en el pueblo», me contestó, agregando: «Quizá venga antes de comer; ¿quiere hablar con él?» «Sí... y... no... señorita», le repuse. Ella me miró fijamente un instante y girando sobre sí misma tomó del asiento que ocupaba el libro que había estado leyendo y que fue a poner de canto entre las rejas de la ventana próxima. Al volver a sentarse me dijo que no sabría descifrar el enigma planteado con mi contestación. «Quizá» le contesté «fuera indiscreto aclararlo sin su permiso.» «¿Y necesita usted de mi autorización para hablar?», me preguntó riéndose. «No se ría usted» le dije, «porque acaso hubiéramos de hablar de cosas serias... muy serias». «Vea, usted... señor... a mí me interesan siempre las cosas serias... a pesar de ser una muchacha como cualquiera... Cuando vienen ciertas personas a visitar a tata y hablan de «cosas serias», yo me entretengo mucho más que con las conversaciones de mis amigas... ¿qué raro, eh?» «En un espíritu selecto como el de usted» le respondí, «eso se explica; pero, desgraciadamente, mi conversación no tendrá aquel carácter, y permítame que insista en pedirle su permiso para hablarle de las «cosas serias» a que me he referido.» ¿Y quieren creer ustedes lo que me dijo?... Pues me preguntó con una ingenuidad insuperable: «¿Usted va a comer con nosotros?» Yo me quedé como aturdido y sólo atiné a decirle: «Creo que usted no está segura de que su señor padre venga a comer...» «Por eso le pregunto» me contestó, «para mandarlo buscar.» «Pues bien», le dije, en una forma que no pude reprimir, «de usted depende que acepte su inestimable invitación o que me retire inmediatamente, y acaso para siempre». Yo había visto a la Pampita sonriente, amable, bromista, seria, sin perder el gesto de suprema bondad que la distingue: ¿te acuerdas, Lorenzo? Pero yo no había imaginado ver aquella divina expresión de dignidad reposada y grave con que habló conmigo desde ese instante para decirme después y reiteradamente: «Yo tengo que agradecerle de veras, señor, el honor que usted me dispensa, pero que, aun cuando me sintiera inclinada a aceptar, por mucho que no lo merezca, no podría aceptarlo sin menoscabar el concepto que me he formado de mis deberes de hija: yo me debo a mi padre, señor, y sería una criminal—yo lo entiendo así, perdóneme—si lo abandonara en sus últimos años». «¿Ni con el asentimiento de él?» le pregunté, y me contestó: «Ni con el asentimiento de él... que me lo daría, estoy segura, si creyera que podría hacerme más feliz...—pero que yo tendría que juzgar en su verdadero significado: como un supremo sacrificio hecho por mí y que yo no podría imponer ni aceptar».

—¡No le decía!... don Ricardo... ¡si esa muchacha es tremenda!... Y diga que usted iba con buenas intenciones...

—¿Y al fin?—dijo Melchor,—¿a qué arribaron?

—¡A nada!... A la noche volví y hablé con don Casiano largamente; le expuse con toda franqueza mis aspiraciones y hasta lo que tengo y lo que tendré con el tiempo en punto a recursos: llegué a decirle que liquidaría todo y me vendría a establecer aquí; el buen viejo me trató con toda consideración; pero diciéndome invariablemente: «Vea, señor, lo que ella resuelva, estará bien... ¿qué quiere que yo me ponga a contrariarla?... háblele usted, no más... y si es por visitarla, puede venir cuando quiera». Así lo hice; el martes, casi pasé el día allí; comí con ellos, tocamos el piano, conversamos largamente; volví ayer... hemos estado horas y horas solos; pero la última palabra de la Pampita al despedirme fue la primera: «Me debo a mi padre y no lo abandonaré en sus últimos años». «¿Me permite usted que la frecuente?» le dije teniéndole la mano tomada. «Siempre me será grata su visita», me contestó, y cuando salí por la tranquera para venirme, la vi en el corredor; la saludé con el sombrero y ella me contestó con la mano. Me vine y... aquí estoy.»

—Mi opinión, Ricardo, es que tú nos cuentas la mitad de la jornada; pero con lo dicho me basta para comprender que esto es asunto concluido.

—No he reservado nada, Melchor; te he dicho toda la verdad, ¿y concluido?... ¿por qué?...

—Porque si la Pampita no te aceptara de plano, te lo habría dicho o te lo habría hecho saber por don Casiano.

—Es claro que no les he repetido sílaba por sílaba cuanto hemos hablado, pero tengo la certeza de que si don Casiano vive veinte años, durante ellos la Pampita se conservará igual.

—¡Qué se va a conservar!... ¡no seas ingenuo!... mantiene una actitud simpática, porque es inteligentísima, para hacerse más interesante, pero ha comprendido que tú eres un gran partido y no lo perderá.

—Haces mal en hablar así... la Pampita es incapaz de una coquetería, ni de una farsa: me ha revelado un propósito firme y sincero, que nada ni nadie hará modificar.

—Bueno; no te resientas.

—¡Si no me resiento!

—Haces una defensa que lo parece.

—Es que tú pretendes presentar a la Pampita como a una cualquiera.

—No, Ricardo, yo no puedo considerarla con tu criterio, esto es todo; creo que es una mujer, y nada más; y así, la juzgo como a todas... igualita a todas: las novias, o las solteras en un grupo: buenas, amables, sencillas, modestas, etcétera... preparándose a formar el otro grupo, ¡el antitético!

—La Pampita no es de esa clase, Melchor, y tan no lo es, que se conserva hace tiempo en la misma actitud y no la modificará ni por mí ni por nadie.

—Vuelve mañana; insiste; plantea un dilema de términos extremos, y ya verás... ¡La Pampita no puede ser una mujer distinta de todas!

—¡Pues lo es! y no me ciega un entusiasmo perturbador; pero sé perfectamente que aun cuando me aceptara de plano, como tú dices, se mantendría en su actitud de hoy, mientras viva su padre; podré ir veinte, cien veces, y siempre me diría lo mismo.

—¡Quién sabe! Ricardo, insiste y allá veremos.

—Este no es asunto que se gane con la insistencia, ¿no es verdad, Baldomero?... usted que la conoce bien.

—Así es, sí, señor; pero lo que usted cuenta, ¿sabe? ya es un adelanto y puede que volviendo muchas veces... porque vea, don Ricardo, que «cuantos más chicharrones más grasa sale...»—contestó Baldomero provocando carcajadas hasta del mismo Ricardo.

—En fin—dijo Lorenzo,—yo pienso como Melchor: ¡ésta es campaña ganada, Ricardo!... ¡Y tanto que si quieres acompañarnos a una siestita, podrás dormir sobre tus laureles!... ¿eh?...

—¡Qué va a dormir, Ricardo!... No está para eso.

—¿Que no, Melchor? dormiré a pierna suelta, buena falta me hace.

—Y a todo esto, Ricardo, ¿cuál es el síntoma de salud moral a que te referiste?

—¡Hombre!... que si la Pampita me desahuciara rotundamente, ¡y eso que esta vez va como nunca!, yo me conformaría pensando...

—¡Con los colores complementarios!—le interrumpió Melchor.

—No, ché, pensando en lo que tú nos decías en el tren, ¿te acuerdas? «el mundo está lleno de Clotas».

* * *

—¿Quiere que vayamos, don Melchor, a ver esa hacienda que han traído?

—Bueno, ¿ustedes se animan?

—No, ché, yo voy a quedarme para escribir a casa.

—Y yo también; ya te dije.

—Estoy por imitarlos, Baldomero, porque no escribo hace días. ¿Qué le parece que fuéramos mañana a ver la hacienda?

—Mejor que escriba mañana, don Melchor; de todos modos Hipólito saldrá tarde... y siempre tendrá tiempo... también puede escribir luego, a la noche, ¿no le parece?

—¡Estoy tan cansado!...

—¿De qué, don Melchor?... Usted ahora sabe cansarse de nada...

—He andado tanto estos días... y he dormido poco en las últimas noches.

—¡Tu receta, Melchor, acuérdate!—intercedió Ricardo,—contra el cansancio, el ejercicio.

—Sí, don Melchor, vamos; puede que hallemos algún animal que valga, porque a veces en tropas así sabe venir, «un repente», algún mestizo de sangre.

—Bueno, voy a vestirme; ¿mandó ensillar?

—¿En cuál va a ir?... ¿En el zaino?...

—No; hágame ensillar el Platero... con recado, ¡eh!—repuso Melchor dirigiéndose a su dormitorio.

Bajo el corredor quedaron con Baldomero, Lorenzo y Ricardo tomando mate y comentando el deseo de Melchor de montar al Platero, redomón que lo era aún y que podía dar una sorpresa; pero las órdenes de Melchor se cumplían al pie de la letra y momentos después el Platero ensillado giraba amenazante y piafando alrededor del pilar de la caballeriza en que había sido atado.

Melchor apareció calzando botas y vestido con amplia bombacha negra ceñida por un cinturón de gamuza blanca; blusa negra; chambergo color plomo; en el cuello un pañuelo celeste cuyas puntas delanteras caían sobre la pechera de su camiseta y en la mano un pequeño rebenque, trenzado, con virolas de plata.

—¿Qué tal?—preguntó al presentarse.

—¡Pareces un gaucho de verdad!

—A mí me pareces otra cosa: un orillero de Palermo con ínfulas de hombre de campo—dijo Lorenzo.

—Mejor estaría de frac y sombrero de copa, ¿no?...

—¡Sin duda! Cuando menos, Melchor, estarías en traje más propio de tu condición.

En ese momento apareció Ramona y dirigiéndose a Melchor le entregó un perfumado pañuelo de manos, diciéndole:

—Tanto pedírmelo y se iba sin él.

—Es verdad, gracias. Conque, ¿vamos, Baldomero?

—...Cuando... quiera... don Melchor—dijo Baldomero, que se había quedado contemplando a Ramona.

Acompañados por Ricardo y Lorenzo se dirigieron a la caballeriza donde Hipólito palmeaba en la tabla del pescuezo al Platero, mientras lo tenía sujeto por una oreja.

—Aguarde que yo monte, don Melchor; ¡tenéselo, ché, Hipólito!

—¿Por qué, Baldomero?

—Para pechárselo, si es caso—repuso éste al montar en su «azulejo», agregando:—Monte ahora, don Melchor.

Este había puesto el pie en el estribo, pero el Platero giraba sin cesar y sin dar tiempo a montar, hasta, que parado un instante Melchor aprovechó para volear la pierna en el mismo momento en que el redomón se tendía de costado, como en una espantada, abalanzándose hasta dar algunos pasos en las patas traseras.

—¡Y que te me ibas!... ¡maula!...—gritó Melchor afirmándose en el recado y dando un formidable rebencazo al Platero, que arqueándose agachó la cabeza, lanzó como un rugido, dio un corcovo colosal que hizo cimbrar a Melchor, y partió medio trabado avanzando de través hacia el alambrado de la quinta, al que no llegó porque Baldomero, rápido y oportuno, le puso el «azulejo» al lado, diciéndole a Melchor:

—¡No lo castigue!—y los dos caballos partieron pujando como en una carrera que hubiese de darse «puesta».

—Cualquier día van a costarle caras estas gracias—dijo Lorenzo, contemplando a Melchor sobre cuyos hombros se veía a la distancia las puntas flotantes del pañuelo, agitadas por el vendaval que el Platero producía.

—¡Ni potro que fuera... para sacarlo a don Melchor!—se aventuró a decir Ramona, como si la agitara un hondo orgullo ante la proeza realizada por su patrón.

—Él mandó... por eso lo ensillé—dijo Hipólito, contestando a Lorenzo, como si considerara que le alcanzaba el reproche.

—Yo no hago un cargo a nadie, Hipólito; pero si un día ocurre una desgracia todos vamos a ser culpables.

—Mientras esté don Baldomero no ha de ser.

—Dios lo quiera—repuso Ricardo, dirigiéndose con Lorenzo hacia el escritorio, en el que se disponían a escribir.

Sentados frente a frente y listos para empezar la tarea, dijo Ricardo, golpeando con la pluma en el fondo del tintero, como si quisiera empaparla mejor:

—¿Sabes, Lorenzo, que estoy con una preocupación?

—Yo tengo la misma.

—¿Cuál?

—Melchor.

—¿Cómo has adivinado?

—No podía ser otra.

—¿Y en qué consiste la tuya?

—En el cambio radical que se está operando y acentuando en él.

—¡Has visto!...

—Hace ya muchos días que lo observo, y hasta me ha parecido más de una vez que se excedía en la mesa.

—De eso es el sueño que lo invade después de comer, y yo lo he visto muchas veces, entre horas, tomando coñac en el antecomedor.

—¿Es posible?... ¿A más del vino de la mesa?

—Él me ha dicho que lo toma para ayudar a la digestión... cuando come demasiado.

—...¡Un muchacho que nunca ha bebido!... Y en todo se le nota un cambio alarmante... Está perezoso... indolente... todo lo deja para después... tiene un montón de cartas sin contestar...

—Hay otro detalle más extraño y es su afán de quejarse de todo: nadie lo quiere, nadie le guarda consideración, sus amigos no le escriben, ¡qué sé yo!

—A mí me tiene esto más preocupado de lo que tú te imaginas; pero no me resuelvo a hablarle porque temo que se enoje; por otra parte, ya no es un chico, y quién sabe a qué propósitos responde con su actual conducta.

—A nada, ché, Lorenzo, ¿qué se va a proponer?... Es dejadez, no más; va en camino de ponerse en el mismo estado de laxitud o de atrofiamiento moral en que nosotros estábamos.

—Y de que él nos sacó...

—Sí, pero es distinto; nosotros teníamos causas que podían ser combatidas por él, como lo hizo excitivamente; pero en él no ocurre lo propio.

—En él debe haber una causa también.

—¡Vaya uno a buscarla!... ¡bah!... ¿y quién nos dice que todas las amabilidades y todos los altruismos de Melchor no han respondido al deseo de reciprocidades, que cree no haber conseguido y de ahí su estado actual...?

—¿Por qué pensar eso?...

—Digo no más... porque veo que él cambia por instantes... y no para mejorar... y además yo no encuentro la causa de este cambio, que a mí me parece de muy mal aspecto...

—Sí... realmente... pero... ¡en fin!... yo me encuentro perplejo, no sé qué partido tomar...

—Yo pienso que lo discreto es no meternos a redentores; si a él le gusta la vida que está haciendo, ¡que la haga!

—Tal vez pudiéramos influir en algún sentido... quizá volviéndonos a Buenos Aires.

—¡Ya estás pensando en eso!...

—Tú podrías quedarte, desde que tienes un interés; pero yo me iría con él.

—Y crees que Melchor acepte el regreso ya... ¡No creas!

—¿Y por qué no?

—¿Pero no has observado que él lo pasa «ahora» muy bien?...

—...Algo me ha parecido notar...

—¡Sí, hombre! si Baldomero lo ha comprendido y me lo ha dicho anoche. Creo que él piensa hablarle...

—...¡Qué colmo sería!...

Entretanto el Platero había disminuido sus impulsos y galopaba tranquilo como un caballo definitivamente domado.

—Sujetemos, don Melchor.

—Sujetemos—contestó éste poniendo su caballo al paso. Así siguieron contemplando el estado del campo y el de las haciendas, gordas «a rajarlas con la uña».

—¿Qué año excepcional, eh?

—Así es, don Melchor, para las siembras y la hacienda.

—A eso me refiero.

—Yo también...

—¿Por qué me lo dice en ese tono?

—Vea, don Melchor... yo quería hablar con usted... si me permite... ¿sabe?... porque no querría faltarle... ¿me comprende?...

—Puede hablar, Baldomero, todo lo que quiera, lo que es por mí...

—Yo digo por el respeto, ¿no?... porque a la verdad, que si el patrón llegase a venir...

—¿El qué?... ¡Hable claro!

—Porque yo veo cosas... Don Melchor... ¡vamos!... que no están bien... y en una persona como usted... don Melchor... que no es por alabarlo... pero usted comprende bien que todo se sabe... y después son los enredos... y vaya, que lo llegue a saber la familia.

—Mire, Baldomero, yo he vivido bastante para necesitar consejos, ¿me entiende? y sé lo que hago y hago lo que se me da mi real gana.

—No digo lo contrario... no, señor; pero vea: esos mozos que están con usted...

—¡Son pavadas! de ellos, que quieren que me pase el día escribiendo cartas a cuantos imbéciles me escriben...

—No es eso... no... don Melchor...

—...y que se espantan porque tomo vino en la mesa.

—Tampoco... don Melchor...

—...como si pudiera hacerme mal.

—¿Quién va a decir eso?...

—...porque ahora tomo y antes no tomaba... ¡bah!...

—No es eso... don...

—¡Bueno, Baldomero! ¡ya basta!... ¿me entiende?... No me venga usted con pavadas que no voy a atender—exclamó Melchor vehementemente.

—No le hablaré entonces, don Melchor.

—¡Sí, es lo más discreto! ¡y basta!

—...si se ha de incomodar... pero no son pavadas... no... señor... no... son... pa... va... das...—repetía Baldomero, como hablando consigo mismo y en silencio continuaron durante todo el tiempo que duró la jira hasta que Melchor dijo:

—¿Volvamos?...

—Volvamos... don Melchor.

* * *

—Hoy es el día de más calor que hemos tenido, ¿no te parece?...

—El termómetro lo confirma, Lorenzo; a las diez marcaba 39 grados.

—¡Cómo estarán en Buenos Aires, ché, Melchor!

—Ya ves... y tú decías que es preferible vivir allá.

—Con todo, ché: los ventiladores... los baños... los helados...

—En cambio aquí refresca a las tardes, y las noches son siempre soportables, cuando menos.

—¿Lloverá hoy?—preguntó Ricardo.

—¡Sin duda!—dijo Melchor,—el barómetro marca ya 755 milímetros—agregó, mirando al que pendía de la pared del comedor, donde acababan de almorzar.

—¡Qué agradable sería dormir la siesta bajo un buen aguacero!

—Aquí tienes, ché, Ricardo, un día excelente para ir a visitar la «Pampita»... y hacer méritos...

—¡Hacer una barbaridad!... porque me moriría en el camino.

Así habría sucedido sin duda, pues un sol de fuego caía a plomo sobre los campos, en los que danzaba macábricamente un temblequeante vaho de capas superpuestas entre las que todo se agitaba, desfigurándose con perfiles movibles y ridículos, pues tan pronto parecía que los álamos y los eucaliptus se encogían en contorsiones de dolor, como parecía que los ombúes se empinaban en espirales, o que las vacas multiplicaban repentinamente el número de sus patas, sus cabezas, o sus colas.

Las ovejas se agrupaban protegiéndose mutuamente de la calcinación solar de los sesos, que cada una ponía bajo el vientre de la vecina, hasta ofrecer, en compacto conjunto, el aspecto de grandes quillangos puestos a secar.

En los sitios en que la densidad de las capas atmosféricas era mayor, los fenómenos del espejismo se mostraban en forma de lagos y de ríos que, no por ser idénticos a los verdaderos, llegaban a engañar al ojo inerrable de los animales sedientos.

Bajo la sombra de los ombúes de la caballeriza, se refugiaban los perros echados de lado, con las patas estiradas como para ahorrarse el calor de sus contactos, indiferentes a la presencia de las gallinas que buscando la misma sombra, se ubicaban junto a ellos, salpicándolos con la tierra que removían con las alas en procura de capas más frescas y sólo cuando algún idilio gallináceo molestaba demasiado a un perro, éste se levantaba resignadamente, daba algunos trancos, dirigía una mirada hacia el campo como pensando: ¡qué calor tendrán las vacas!, y se echaba de nuevo rezongando entre colmillos algún lamento perruno.

De pronto un gallo, como si recordase repentinamente una orden, olvidada al amanecer, lanzaba las cuatro notas de su vibrante canto al que sólo respondía, por excepción, el ronco trisílabo de un gallito enano y tuerto trepado al eje de un carro en la caballeriza, por cuyos pesebres circulaban cacareando «sotto-voce» las gallinas más inquietas del corral.

En competencia con ellas, las movedizas ratoncitas pululaban gorjeando vibrantemente y era interesante seguir el revoletear de cualquiera que, del barrote superior de una ventana, modulaba su trino y se descolgaba veloz hasta el pie de un rosal, donde cantaba de nuevo, para dirigirse como en una diligencia urgente a posarse de costado en la pata del catre en que dormía un peón, repetir allí su trinar aleteado y volar a un tirante del techo de la caballeriza, recorrerlo afanosamente, como un pesquisante tras del delincuente, aparecer por el otro extremo, mirando a todos los rumbos y partir, de pronto, en línea recta hacia la glorieta del jardín.

A ratos se oía el «meee» tembloroso de algún corderito afligido; el silbar, agudo y breve, de los cardenales bajo el corredor; la carcajada burlona de los «pirinchos» y el trueno retumbante y sordo de una gran tormenta que avanzaba lentamente, como llevada por viejos bueyes cansados.

A medida que el sol declinaba, ascendía la tormenta pesada y amenazante, hasta que llegó un momento en que tomó vuelo, avanzó resueltamente sobre el sol enviándole una avanzada de nubes que lo velaron un poco, mientras el grueso de la tempestad proyectaba a lo lejos negras sombras que se disipaban a trechos cada vez que, del seno de las nubes, partía el repentino fogonazo de un relámpago cuya luz se mostraba por grandes claros en las sombras del suelo—a la manera de los que se abren en los camalotes o en las algas que cubren aguas tranquilas cuando se arroja sobre ellos una piedra.

De pronto cruzó una ráfaga de aire fresco que se aceleró por instantes, intensificándose hasta disolver los grupos de sofocadas gallinas, levantar torbellinos danzantes de polvo, sacudir los ramajes y aun torcer las copas de los mismos ombúes, gruesos y anchos, como una satisfacción sanchesca.

Las palomas salieron del sopor en que habían dormitado, lanzándose en dos bandadas a combatir con las rachas, como dos escuadrillas que evolucionaran en un mar agitado, para regresar al puerto en línea, de combate por rumbos contrarios.

De pronto también las copas de los árboles volvieron a su posición recta; el polvo quedó en suspensión descendiendo, lentamente, sobre el suelo; las haciendas levantaron la cabeza como investigando la causa de aquel cambio; los caballos relincharon un rezongo; el sol brilló de nuevo en todo su esplendor, rencoroso y candente: la tormenta había pasado en su colosal ruta parabólica, rumbo al poniente, donde pareció detenerse, como a esperar al sol.

Baldomero, de pie en la puerta de su dormitorio, dijo, prendiéndose el tirador que sujetaba sus bombachas y mirando a la tormenta:

—¡Ah!... ¡canalla!... no quisiste descargar... ¡Si la seca se afirma... yo no sé qué va a ser!...

Y como si la tormenta, envuelta en el conglomerado de sus cirrus obedeciera a su voz, empezó a moverse hacia el sud, siguiendo la línea del horizonte lentamente, casi agazapándose, como si quisiera realizar un movimiento envolvente para tomar al sol por retaguardia, mientras éste seguía en su aparente caída diurna.

Al llenar el cuadrante que recorría, la tormenta desplegó sus avanzadas hacia el cénit desarrollándose en toda su amplitud, y, a medida que el sol descendía a su ocaso, ella ocupaba la imponderable inmensidad del cielo, anticipando y ennegreciendo la luz crepuscular de aquella tarde.

Cuando el sol se hundía, como una enorme elipse roja, tras las capas atmosféricas que ondulaban sobre el suelo, la tormenta, silenciosa, solemne, triunfal, descargó sus primeras gotas que, amplias y gruesas, golpeaban en los ramajes y levantaban del suelo tenues circulillos de polvo finísimo.

Sin relámpagos, sin truenos, la lluvia se hacía más copiosa cada vez, hasta convertirse en un diluvio nutrido y firme que el suelo absorbía sediento, dejando que el exceso de agua se acumulara en pequeñas corrientes que seguían el desnivel del piso como arroyos y ríos vistos desde gran altura y mientras el formidable aguacero caía como una colosal cortina chinesca de gruesos e infinitos hilos incoloros, las movedizas «ratoncitas» trinaban en los tirantes de los aleros como diciendo acongojadas: ¡qué va a ser de nosotras!...

La lluvia continuó sin interrupción alegrando y reviviendo todo y cuando los tres amigos, ya casi de noche, tomaban asiento en el comedor se oyó ladrar los perros como si algo extraordinario ocurriera.

—¿Qué sucede, José?—preguntó Melchor al sirviente que ponía la sopa en la mesa.

—Debe andar gente, don Melchor, por como ladran... voy a ver.

Tras del sirviente salieron al corredor Melchor y Lorenzo que por el ruido continuado de la lluvia sólo pudieron percibir los gritos de Hipólito llamando a los perros y los de Baldomero que por el corredor de sus piezas se dirigía a la caballeriza preguntando en voz alta:

—¿Qué hay?...

Momentos después se presentó Baldomero, de cuyo poncho se escurría el agua por las puntas y dirigiéndose a Melchor le dijo:

—Son dos gringos... mercachifles... que piden pasar la noche; ¡pero cómo llueve!...

—Pobres infelices—dijo Lorenzo al mismo tiempo que Ricardo incorporándose al grupo preguntaba:

—¿Qué es lo que hay?

—Vea, Baldomero, dígales que esto no es posada.

—¡Qué?... ¿Los vas a echar, Melchor?...

—Déjelos, don Melchor—dijo Baldomero,—que duerman en la caballeriza... ¿qué mal pueden hacer?... ¡Llueve tan feo!...

—¡Como han venido, que se vayan!

—No hagas eso, Melchor.

—¡Pero! ¿qué es lo que hay?—repitió Ricardo.

—Dos gringos, ché—le contestó Melchor,—dos bribones... que quieren pasar aquí la noche.

—¿Y...? déjalos...

—¡Ni pienso!... Vaya, Baldomero, y hágalos salir del campo.

—¿De «verdá», don Melchor...?

—¿Pero no me entiende?... ¿o quiere que vaya yo?...

—Déjalos, ¡infelices!—insistió Lorenzo.

—¡No quiero!... ¡Vaya!... ¡No me da la gana!...

—Está bien, don Melchor—dijo Baldomero dirigiéndose hacia la caballeriza por el caminito del jardín en el que quedaron visibles, a la luz del farol del corredor, las hondas huellas de sus botas.

—¡Baldomero!—gritó Melchor aproximándose al límite del corredor, hasta recibir algunas gotas de lluvia y haciendo bocina con la mano,—¡que los acompañe Hipólito hasta la tranquera!

—Está bien, señor—se oyó a la distancia bajo la lluvia y momentos después los dos mercachifles cargados con un enorme peso que aquélla aumentaba, salían chapaleando barro, conducidos por Hipólito a caballo, mientras Melchor desdoblaba la servilleta que se ponía en las faldas, y tomaba un plato de suculenta sopa de arroz con ajíes de la huerta...

* * *

—¡Así!...—decía Baldomero, juntando los dedos de ambas manos, y riendo placenteramente,—¡así!... va a caer gente el domingo...¡Si se me hace que no va a faltar nadie!...

—¿Y vendrán muchachas?—preguntó Lorenzo.

—¡Como gato al bofe!... señor. ¿En habiendo bailable?... ¡ni qué hablar! ¡Y más cuando han sabido que es por festejar el santo de don Melchor y qué habrá carneada... y carreras! ¡Viera don Lorenzo, cómo abren los ojos, los mozos, cuando les digo que usted va a largar «veinte» de premio al mejor flete criollo en seis cuadras!... ¡Si se me hace que hasta de a pie la corrían!

—¿Avisó al comisario, Baldomero?

—Hoy de mañana le hablé, don Melchor, y me dijo que estaba gustoso y que no faltaría.

—Yo creo—dijo Ricardo,—que para un «fieston» como el que preparan deberías invitar a don Casiano... quizás viniera.

—¡Anda tú!... Vas mañana... y te lo traes el domingo.

—¿En serio?... ¿Me autorizas para ir a invitarlo en tu nombre?

—¡Por indicación tuya!... ¡pero no le digas que se trata de mi cumpleaños, porque lo pondrías en el compromiso de regalarme algo y no sea el diablo que me regalara... la «Pampita»!

—¡No seas bárbaro!... Bueno: ¿voy?

—Como te parezca... lo que es por mí...

—Convenido; ¿me hará preparar caballo, Baldomero?

—¿Cómo no, señor, si usted dispone?

—¿Y me acompañará Juancito?

—¡Sí, hombre!, te acompañará Juancito... y llevará el «tostado» ¡que es de «anca»!... por si hay que traer a la «Pampita».

—Te ha dado fuerte con la «Pampita»...

—¡Más fuerte te ha dado a ti!

—¿Y qué camino debemos tomar, Baldomero, para evitar un nuevo encuentro con Anastasio?

—Juancito le dirá, don Ricardo; pueden pasar por el campo de los Gómez, ¿sabe don Melchor? que no es una vuelta grande.

—¡Y aunque sea! Yo soy capaz de dar la vuelta al mundo por no encontrarme con Anastasio.

—Qué, ¿le tiene tanto miedo?

—Miedo, no, Baldomero; ¿pero a qué comprometerme?

—¡Cuando ya estás comprometido con la «Pampita»!—dijo Melchor, sonriendo.

—¡Dale con la «Pampita»...! casi estoy por creer que te acuerdas más de ella que de Clota...

Melchor, que acababa con el mate que tenía en la mano, se lo dio a Ramona, diciéndole:

—No me dé más.

La conversación continuó anticipando comentarios sobre las fiestas proyectadas para festejar el cumpleaños de Melchor, postergado hasta el domingo, con el objeto de poder darle todo el esplendor que, según Baldomero, merecía.

—Al fin son dos días, no más, mientras que mañana no podrían venir muchos—decía éste.

—Lo que a mí me interesa más es el baile—dijo Lorenzo,—porque nunca he visto un «pericón», ni un «gato», ni nada de eso.

—Pues saldrá de la «curiosidá», don Lorenzo.

Baldomero se interrumpió de pronto, poniéndose de pie y mirando a la distancia atentamente en forma que despertó la curiosidad de todos, que se levantaron también preguntándole:

—¿Qué mira?...

—...Allá... Si no me engaño... viene un coche... y viene para acá...

—¿Dónde?

—...Allá... bajando la loma... ¿ve?... derechito a la tranquera...

—¡Es cierto!—dijo Lorenzo.—Ahora lo veo perfectamente.

—Y yo también—dijo Ricardo,—podríamos ir a salirle al encuentro; ¿qué les parece?

—Vamos, la tarde está fresca.

—¡No ve! Don Melchor: ahí endereza a la tranquera, ¿quién será?...

—Ahora lo sabremos, vamos.

El grupo se dirigió al encuentro del coche que visiblemente se dirigía a la «Celia».

—Viene del pueblo, don Melchor... de la cochería de Gaspar, ¿sabe?... y viene con una persona...—dijo Baldomero.

—¿Quién será?

—Alguno de los muchachos, ¿no te parece, Melchor?... que viene a pasar el día de mañana contigo.

—¡No, Lorenzo!... ¿quién va a pensar en eso!

—¿Y por qué no?...

—Porque no...

El carruaje había pasado la tranquera y se aproximaba rápidamente al grupo que se había detenido a contemplarlo bajo un árbol, cuando de pronto vieron que el viajero les anticipaba un saludo agitando su sombrero.

—¡Es Rufino!... ¡Es Rufino!...—dijo Lorenzo y agregó con viva satisfacción:—¡qué bueno!

Efectivamente era Rufino, el viejo sirviente de la casa de Lorenzo, que descendió del pescante de un salto y lo saludo como un amigo íntimo, casi como un padre:

—¡Cómo está, niño?... ¡Qué buena cara tiene!... ¿Se siente bien?...

—Perfectamente, Rufino, ¿y por allá?

—Todos están muy buenos... ¿cómo lo pasa, don Melchor?... ¿y usted, don Ricardo?...

Contestaron éstos amablemente y luego de presentarle a Baldomero, dieron orden al cochero que entrase a la caballeriza y reunidos, todos, regresaron a pie en dirección a las casas.

—Pues, sí, niño, la señora tenía resuelto mandarme para verlo y para que le trajera unas cosas que le manda a don Melchor—cosa que estuviera aquí mañana, ¿no?—y que le trajese noticias de casa que están todos buenos, a Dios gracias, y deseando verlo, como, a usted, don Ricardo, que me dijo su mamá que le dijera que están muy contentos con sus noticias y que por qué no les ha mandado el retrato de la niña.

—Muy pronto irá, Rufino, quizás lo lleve yo mismo.

—¿Qué, ya están por volverse, don Ricardo?... Viera qué calor en la ciudad... ¡y miren que esto es lindo!... Si es una gloria estar aquí.... El que no anda muy bien, es su papá, don Melchor.

—¿Qué es lo que ha tenido?... En las cartas no me decían que estuviese enfermo de cuidado...

—Parece que lo atacó el hígado... y algo de los riñones también.

—¿Ha estado en cama muchos días?...

—Anteayer se levantó, don Melchor; pero los ha tenido medio afligidos porque los médicos decían que por su edad que había que tener cuidado.

—Y diga, amigo—le preguntó Baldomero,—¿ya está bien el viejo?

—Bien del todo, no, señor; pero está mejor... eso sí... y cuidándose no ha de suceder nada... ¿y sabe la novedad, niño?—agregó dirigiéndose a Lorenzo,—que la niña Sofía está pedida y según me dijo la señora que le dijera, que parece que para mayo o junio.

—Sí, Rufino, Sofía me escribió dándome la noticia.

—Las niñas no hablan de otra, cosa, niño, y todos los días se llenan de amigas que la felicitan ¡y es un ir a las tiendas!... ¡Mire que da trabajo un casamiento!...

—¡Cuénteselo a don Ricardo, amigo!—dijo Baldomero riéndose.

—¿Y por qué a mí?... Más cerca lo tiene a Melchor.

—Ahora que me hace acordar: me dijo la señora, don Melchor, que le dijera que la niña Clota los acompañó sin descanso en los días que el señor estaba peor.

—Pero... ¿qué ha estado mal el viejo?—le preguntó Melchor.

—Sí, señor... al principio no estuvo muy bien, ¿no le decía?... pero ya va mejor.

El grupo se dirigió a la caballeriza de donde regresó a las piezas interiores a las que Rufino y Baldomero llevaron los paquetes de que aquél era portador y que fueron colocados en la mesa de la sala.

Rufino entregó a Lorenzo algunas cosas diciéndole:

—Esto le manda la señora, niño, y esta carta—y dirigiéndose a Melchor agregó:—Estas cosas le mandan de su casa, don Melchor, y estas cartas que me dieron y a más... espérese, don Melchor, aquí le traigo... pero, ¿dónde lo he puesto?—repetía buscando en los bolsillos interiores afanosamente,—¡ah!... aquí está... esto que le mandaba la niña Clota...

Melchor, que se había dispuesto a retirarse, al recibir los paquetes y las cartas, se detuvo hasta que Rufino le entregó un pequeño estuche que hizo exclamar a todos:

—¡A ver!... ¡A ver!...

Melchor puso todo sobre la mesa y con absoluta calma, sin apuro, casi displicentemente, desató el pequeño estuche que abrió y, sin detenerse a contemplarlo, lo mostró a Lorenzo y Ricardo que exclamaron:

—¡Qué maravilla!...

—¡Qué buen gusto!...

La caballeriza, barrida y regada prolijamente, había sido desalojada de cuanto podía disminuir su capacidad de salón de baile, dispuesto con bancos en los costados; un gran farol sobre la pared del fondo; cuatro farolitos chinescos colgantes del techo y guías de sauces adornando los pilares del frente.

En el monte de durazneros se había dispuesto lo necesario para el almuerzo, consistente en una vaquillona con cuero, empanadas, frutas, cerveza y limonada gaseosa en abundancia; todo listo para las doce bajo la prolija vigilancia de Melchor que se hallaba vestido con traje de gala: botas claras de cuero de chancho, bombacha de hilo crudo; tirador de charol negro; camisa de seda celeste claro; blusa corta de grano de oro; gran «panamá» con ancha cinta de colores; y por detrás, debajo de la blusa asomaba el caño bruñido de un revólver.

En los palenques no cabía ni un caballo más y bajo los ombúes estaban los carros en que habían llegado las familias invitadas que se diseminaron por los jardines y el monte, anticipando comentarios sobre el esplendor de aquella fiesta excepcional.

El paisanaje se había reunido en la «cancha» improvisada donde se medía las distancias a correr y en cuyas inmediaciones «se caminaban» del cabestro los parejeros que eran, sin disputa, tanto mejores cuanto peor aspecto presentaban.

—¡A ver!... ¡esa gente!... ¡Si no quieren churrasquear!—gritó Melchor desde la puerta del jardín y el grupo abigarrado y cadencioso se dirigió hacia el monte discutiendo a voces las condiciones de los caballos, que los muchachos paseaban a morral:

—¡Le tomo! amigo, dos paradas de a peso al «rosillo» contra el «malacara»...

—Doy tres a dos al «gateao», contra el que raye.

—¡Quién dice que juega al «ruano»?

—¡No crean!... ¡el «malacara» de este hombre es muy ligero!... ¡«pal» pasto!...

—Si cuando corre el «overo» de don Lucas uno no sabe, por lo ligero que va, ¡si es que recula!

—No té me habías de escapar, lagartija, si te corriese en él—dijo don Lucas, el capataz en la estancia lindera de Cabral, dirigiéndose a un peón joven, alto, delgado y lampiño que había estado a su servicio y que al caminar doblaba las piernas como si tuviese desarticuladas las rodillas.

Al pasar por el camino del jardín inmediato a la sala, Melchor salió de ésta, después de decir algo muy en secreto a Ramona, y se puso a la cabeza del grupo al que sirvió de guía y al que había de quedar vinculado en la fiesta, si pensaba seguir el consejo de aquélla:—No se mezcle, don Melchor, con esas mujeres que pueden traerle un disgusto...

Los comensales llegaron al monte en el que habitualmente no se oía más ruido que el cantar de los pájaros y el seco «tac» de los duraznos que caían, de las ramas al suelo, en el último grado de madurez.

—¡A ver—gritó un viejo paisano, bajo, grueso, apellidado Montero,—si echan reses a la playa!

En diversos y pintorescos grupos se realizó el almuerzo presidido por la mesa dispuesta para Melchor que sentó a ella a los convidados más representativos: el comisario Maidagan, don Lucas, Baldomero, Lorenzo y dos muchachas hijas de un colono alemán a las que puso a su lado, al mismo tiempo que decía al hermano de ellas que las había acompañado:

—Usted no cabe aquí, amigo; pero ha de ser buen gaucho... acomódese por allí...

Durante el almuerzo, Melchor tuvo extremadas atenciones con sus vecinas a una de las que le dijo en los primeros momentos y en tono confidencial:

—Parece que mi amigo Lorenzo ha simpatizado con su hermanita...

—¡Oj!... mi «guérmana» no «está» para un señor así.

—Pero usted sí... para eso y mucho más...

La muchacha ingenua y sencilla se puso más roja de lo que era: por primera vez, en su vida, sintió en los oídos el palpitar acelerado y martillante de su propio corazón y, como en un desvanecimiento extraño, tuvo la visión fugaz de una hermosa casa de campo en cuya puerta un carruaje esperase a su dueña...

Melchor lo comprendió y cuando se disponía a insinuarse en el lenguaje agresivo y mudo de una pasión fingida llamó su atención, y la de todos, el viejo Montero, que alzándose a la distancia le gritó:

—¡Don Melchor!... y no lo tome a mal: a la «salú» de su futura, la niña Clota, que nos dice Hipólito...

Y el viejo que tenía en frente al cochero de la estancia levantaba en alto un jarro de lata tomado por los bordes con las puntas de los dedos vueltos hacia abajo.

—¡Por la niña Clota!...

—¡Por la futura del patrón!...—gritaron en coro todos, cuando llegó Ramona que, tocando suavemente en el hombro a Melchor, le dijo:

—Se avista a don Ricardo que viene con Juancito—y regresó a las piezas de la casa, no sin mirar despreciativamente a la rabia enrojecida que su patrón tenía al lado.

Momentos antes de terminar el almuerzo llegó Ricardo que, al encontrarse con Melchor; lo abrazó efusivamente:

—¡Que los cumplas muy felices!

—¿Cómo te fue?...

—¡Perfectamente!...

—¿No te dije?...

—...hasta donde es posible—agregó Ricardo tomando asiento donde no había cabido el hermano de las rubias.

Terminado el almuerzo, se entregaron los invitados a tocar la guitarra y payar algunos, otros a jugar a las bochas, la taba o el truco, mientras los invitados a la mesa de Melchor se dirigieron con éste a la sala para oír a Ricardo en el piano.

A los acordes de éste la gente empezó a reunirse en el corredor donde se hizo una tertulia en que el piano alternaba con la guitarra, mientras Melchor atendía a todos, como dueño de casa, haciendo servir algunas botellas de sidra espumante.

Llegó luego la hora de las carreras que debían empezar por la del premio ofrecido por Lorenzo y en la que tomarían parte cinco caballos.

La carrera debía ser largada por Lorenzo, teniendo por juez de raya al comisario Maidagan, pero aquél no sospechó la laboriosa operación en que se había comprometido, pues cada vez que calculó poder bajar la señal de la partida debió desistir, porque el «overo» hacía punta, o el «ruano» se quedaba atrás, o el «rosillo» se anticipaba, o el «malacara» se volvía, o el «gateao» permanecía firme en la raya.

Entre la línea fijada a los caballos y la de la partida definitiva, ocupada por Lorenzo, había unos treinta metros que aquéllos recorrieron treinta veces, sin presentarse en línea, hasta que por fin Lorenzo les dijo:

—Bueno, amigos, va la última: voy a largar... ¡y el que se quede atrás que se quede!

Los cinco caballos, ante esta amenaza, pasaron por delante de Lorenzo en irreprochable formación; bajó la señal; sonaron los rebenques y el lote partió, levantando tras sí como la cortina de polvo de un automóvil en marcha.

Todo el paisanaje se lanzó a escape tras los competidores entre los que desde el «pique» hizo «punta» el «malacara» montado por Juancito—el peón de la caballeriza solicitado al efecto por su dueño con la promesa de darle dos pesos si ganaba la carrera.—Llegó segundo el «rosillo» montado por su dueño, Lucas Bando, que había tomado varias «paradas» dando «fila» con su cacaballo y que al bajar de éste dijo a gritos:

—¡Meten un caballo de sangre y así qué gracia!... Con un animal de la estancia... ¡«Pchá» que son vivos!...

Melchor, que montaba el «zaino» y que había bebido más de lo habitual por estimular a sus invitados, al oír a Bando, picó su caballo y poniéndosele al lado le dijo:

—¡Avisa si querés que estrene este arreador!

—¡Sí!... usted está en su casa... y... ¿por qué hacen correr ese caballo por criollo, entonces?...

—Porque es criollo, ¿entendés «guacho»?

—Vea, don Melchor, respete a la gente si quiere que no le falten...

—¡Pero qué te has pensado, canalla!—dijo Melchor haciendo girar el cinturón como para sacar el revólver.

Hubo un instante de pavoroso silencio, durante el cual Bando se recostó en el anca del «rosillo» y sereno y sonriente miró a Melchor, a quien Maidagan tomó del brazo diciéndole:

—¡Qué va a hacer!... Don Melchor... ¡Si no vale la pena!...—al mismo tiempo que decía a Bando:—¡Monte y retírese, amigo!

—¡Suélteme, Maidagan!... ¡Suélteme, le digo!

—Primero voy a pagar honradamente lo que he perdido—repuso Bando;—para irse hay tiempo... «anque» sea al otro mundo...

Lorenzo y Ricardo se aproximaron a Melchor y lo llevaron para la caballeriza, donde se habían refugiado las mujeres, y donde le tuvieron, poco menos que a la fuerza, hasta que, apaciguados los ánimos, volvieron al sitio de las carreras, que se tramitaban en inacabables discusiones, y desde el cual pudieron ver a la distancia, que Lucas Bando se alejaba, solo, llevando de tiro a su «rosillo».

* * *

En varias mesas puestas bajo el ombú grande, se había improvisado la cantina, gratis, atendida por Rufino a pedido de Melchor, con la recomendación de dar preferencia al despacho de limonada gaseosa.

Terminadas las carreras se organizó el baile designándose bastonero al viejo Montero que aceptó el cargo diciendo:

—¡La primera pieza «pal» patrón!...

La orquesta, formada por dos guitarras y un acordeón, rompió con una habanera cadenciosa y sensual; las mujeres ocupaban los bancos, abanicándose complacidas; los hombres de pie, sobre uno de los costados descubiertos, las contemplaban «comentándolas», cuando avanzó Melchor y, parándose frente a la rubia que había tenido al lado en la mesa, se sacó un pequeño ramito del ojal y mientras los músicos suspendían la ejecución de la habanera, le dijo;

—Para la reina de la fiesta, a la que le pido quiera acompañarme a iniciar el baile.

La muchacha tornó el ramito y aceptando el brazo que Melchor le ofrecía salió con él que, en seguida, hizo seña a los músicos para que continuaran, mientras se paseaba con su compañera cuya mano derecha apretaba fuertemente con la izquierda.

Él estaba, sin duda, hermoso bajo la influencia de la profunda exitación que lo dominaba. Sus mejillas habían recobrado el sonrosado color de otros días y por sobre sus hondas ojeras brillaban sus enormes ojos de fauno estival; los labios enrojecidos y gruesos y lascivos brotaban, entre el bigote y la rubia barba crecida, como una roja amapola en un trigal maduro y su aliento de horno quemaba las mejillas de su inocente y sencilla compañera, cuyo respirar acelerado y ansioso contestaba, sin palabras, a las tremantes insinuaciones de su gallardo y prestigioso galán.

Las guitarras sonaban metálicamente bajo los golpes violentos y secos en las bordonas; el acordeón se quejaba en el desmayo rítmico de sus notas, prolongadas en calderones que le exigían todo el desarrollo de su caja y, aprovechando uno de éstos, Melchor se puso al frente de la rubia arrastrando la pierna izquierda cuyo pie trazó en el suelo un semicírculo y pasándole el brazo derecho por el talle, al que se ajustó como un cinturón ardiente, le tomó, con toda delicadeza, la punta de los dedos de su mano derecha que levantó hasta la altura de los hombros y mirándola lánguidamente en los labios temblorosos, empezó a bailar tan unido a ella

«Que sus dos almas en una acaso se misturaron».

—¡Quiébrela, niño...!—dijo una voz que partió del grupo de paisanos, hacia el que Melchor lanzó una mirada de indignación visible...

La pareja giraba lentamente, bajo las miradas de todos y con especialidad del hermano de la rubia cuyos movimientos seguía ansioso y lívido mientras le torturaban penosamente los comentarios circundantes.

Cuando el acordeón, como una isoca que se encoge, se replegó ondulante emitiendo su gorjeo final y los guitarristas rasguearon sobre las cuerdas como en un pizzicatto decreciente y sonaron los aplausos y aquel «cinturón ardiente» se corrió por la cintura como una culebra que se desliza, y Melchor se inclinó en una graciosa reverencia sobre la rubia, el hermano de ésta avanzó resueltamente y sin calcular la impresión que provocaba en todos, la tomó del brazo diciéndole que era hora de retirarse, al mismo tiempo que hacía una seña a la otra hermana sentada con Lorenzo bajo el farol de la pared del fondo.

Fue inútil cuanto se hizo por modificar la resolución que arrancaba del baile a sus dos mejores prestigios; pero las criollas experimentaron un alivio viendo alejarse a las dos rubias, cuyas mejillas tenían el color, la pelusa y hasta el perfume de los priscos maduros.

—...¡Cretino!... ¡Imbécil!...—repetía Melchor contemplando a las dos muchachas que se alejaban llevadas por el hermano, en el carro bajo y ancho del colono.

—¡Rufino, deme un vaso de cerveza; de la que está en el balde!

—No bebas más, Melchor...

—Déjate de pavadas, Lorenzo; tengo sed.

—Toma limonada.

—¡Pero qué afán de darme consejos!... ¡Caramba!... Deme la cerveza, Rufino.

—Don Lorenzo—exclamó Baldomero desde la caballeriza,—aquí le han hecho un pericón... Usted que quería verlo. ¡Venga!...

Cuando Lorenzo salió de bajo el ombú de la cantina, oyó el compasado y monótono «¡glú!... ¡gluglú!... ¡glú!» de las guitarras y el «¡ras!... ¡rasrrás!... ¡ras!» de los pies cepillando el piso al girar de los bailarines, como en las cadenas de los lanceros.

Tras de Lorenzo, se aproximó Melchor que a cada figura gritaba:

—¡Más listos!... ¡más vivo ese movimiento!... ¡Parecen hombres de palo!...

Terminado el pericón, llegó Hipólito con una escalera y encendió la luz de los faroles, pues la pared del fondo, en el lado del poniente, proyectaba una sombra que oscurecía al local. Realizada aquella operación, se ennegrecieron las «damas», que sentadas en los bancos fueron revistadas por Melchor, de cuyo panamá bajó sobre los ojos el ala delantera.

Al llegar frente al farol de la pared vio, bajo la penumbra de éste, una pareja que conversaba íntimamente.

—¿Y ustedes?... ¿qué hacen, que no bailan?

—«Ahura» hemos de bailar, señor, lo que toquen.

—¡A ver!... Déjenme sentar a mí también—les dijo Melchor,—quiero verles las caras.

La pareja unida se corrió hacia un lado, dejando sitio junto al paisano; pero Melchor le dijo a éste, metiendo el cabo de su rebenque entre él y su compañera:

—No, yo en el medio.

En el mismo instante los músicos empezaron a tocar algo semejante a una «mazurka» y levantándose rápido el paisano dijo a su compañera:

—Acompáñeme, que ahí tocan.

La criollita no se hizo repetir la invitación y de la mano de su compañero se alejó mientras Melchor se sentaba y decía:

—Vayan no más, que no se han de ir muy lejos...—pero no volvió a verlos aquella tarde.

El baile continuó hasta que al entrar la noche se retiraron los convidados, muchos de los cuales destacaban, sobre las últimas vislumbres del crepúsculo, la silueta oscilante en el caballo que por sí sólo marchaba a la querencia.

Aquella fiesta dejó en el espíritu de Lorenzo, de Ricardo y aun de Rufino, una penosa impresión que se trasmitieron mutuamente mientras Melchor, que la había engendrado, tomaba el baño que todas las tardes le preparaba Ramona.

—Yo no me debo meter, niño; pero, en mi sentir, don Melchor va mal—decía Rufino,—y diga que don Baldomero no le pierde pisada...

—En lo único que hace mal Melchor, es en querer alternar con esta gente, Rufino.

—Y otras cosas, niño, que me ha dejado comprender don Baldomero... ¡y cómo lo quiere este hombre!...

—¡Como todos! ¿quién no ha de querer a Melchor?—repuso Lorenzo.

—Así es, niño; pero vea, don Baldomero dice que usted puede mucho y que de no que le hable al patrón.

—No ha de haber necesidad de nada, Rufino, porque esta fiesta no ha de repetirse.

—Más vale así, niño; ¡mire que seria una lástima!...

—¿Y usted tiene todo listo para regresar mañana, Rufino?—le preguntó Lorenzo para cortar la conversación.

—Sí, niño, todo, sólo me faltan unas cartas que me dijo don Melchor que me iba a dar.

Terminado el baño de Melchor reapareció éste y pasaron al comedor donde durante la comida comentó complacidamente los diversos episodios del día, lamentando sólo no haber tenido tiempo de escribir las cartas que había pensado enviar con Rufino, cuyo regreso estaba improrrogablemente fijado para la mañana siguiente según lo tratado en la cochería de Gaspar.

—¿Parece que a ustedes no los ha dejado satisfechos la fiesta?—dijo de pronto Melchor al terminar la comida.

—¿Cómo no?...—repuso Ricardo,—hemos asistido a un espectáculo muy interesante; yo no hablo mucho porque estoy cansado con el galopón de esta mañana y el trajín de todo el día.

—¿Y tú?

—¿Yo?... ¿Qué más quieres que te diga?... Me parece que he elogiado bastante, y de lo que no me merece elogios... ¿a qué hablar?...

—¿Por ejemplo?...

—Si te empeñas... me parece muy censurable tu afán de identificarte con todo este chusmaje... de vestirte como ellos... hablar como ellos... ¡y hasta beber a la par de ellos, Melchor!

—¡Apareció el aristócrata!... ¿y qué más?...

—¡Hombre!... mucho más que callo quizás por no fastidiarte.

—Sí, ché Lorenzo, para hablar tonteras mejor es callarse...

—Así será... ¡tonteras!—dijo Lorenzo levantándose de la mesa en momentos en que Melchor decía a José:

—Traiga el cognac...

Al oír esto, Lorenzo, que trasponía la puerta del comedor, se detuvo un instante y antes de continuar dijo:

—¿También sería tontera criticarte eso?...—y se alejó.

—¡Ven... no te vayas... ché Lorenzo!... ¡Si no me voy a emborrachar!—dijo Melchor en voz alta y prorrumpió en una carcajada...

* * *

El ambiente de amables alegrías se había modificado gradualmente en la estancia de Astul hasta ofrecer a ratos el aspecto de una casa de duelo.

Ricardo, Lorenzo y Melchor paseaban como con desgano; se aislaban, acaso sin determinarlo deliberadamente y cuando conversaban lo hacían sobre temas indiferentes o fríos. Largas horas trascurrían sin hablarse y más de una vez tomaban asiento en la mesa conservando cada uno el libro que leía y al que servía de atril la copa o la botella que se tenía delante.

Así había pasado la hora empleada en comer una tarde en que Ricardo rompió el silencio diciendo:

—¡Vamos a levantarnos de la mesa roncos!

—Ustedes han dado en no hablar.

—Seguimos tu ejemplo.

—¿Y de qué quieres que hable, Ricardo?... ¡Yo tan luego!... No tengo temas agradables, ché...

—¡Yo tengo—dijo Lorenzo,—ahora que me acuerdo! Entre las cartas que nos trajeron hoy recibí una del doctor Moreno en que me dice que te pida permiso para mandar aquí a todos sus enfermos en vista de las noticias que le daba de mi estado.

—¡Al fin me da la razón ese pillo!

—¿Pillo?... ¿Por qué?... el doctor Moreno es todo un caballero, Melchor.

—Sí... sin duda... un caballero que te habría declarado sano el primer día que te vio, si no hubiera comprendido que eras un buen filón.

—¿Pero por qué hablas así del doctor Moreno?

—Porque todos «ésos» son iguales; mercaderes de la peor especie que en la mayoría de los casos venden enfermedades a sanos y no salud a enfermos... traficantes que toman a un hombre como el viejo y lo atan a la cama para sacarles el jugo.

—Yo no niego que haya médicos de esa índole; pero son la excepción... Moreno es un hombre digno y serio.

—¡Bah!... ¡Bah!... No me hables de los hombres serios—exclamó Melchor reaccionando sobre la nerviosidad con que habló de los médicos y sonriendo como si compadeciera a Lorenzo por su ingenuidad.

—Que también, para ti, los hombres serios son... unos...

—¡Truanes! en la mayoría de los casos—le interrumpió Melchor,—¡porque casi siempre revisten de seriedad, fingida, un estado de conciencia que haría poner colorado a un negro!

—Te confieso que me aturdes cada vez que te oigo hablar así y que todo mi discernimiento se desvanece cuando te veo en tren de escarnecer despiadadamente todo cuanto debe merecernos respeto.

—¿Pero crees, Lorenzo—interrumpió Melchor violentamente,—que yo puedo, tener respeto por la cáfila de bribones que se habrán completado para declarar enfermo al viejo... cuando el viejo no tiene más «enfermedad» que la de tener algunos recursos?... ¿Y crees que yo puedo o debo respetar a esos ceremoniosos caballeros que hablan solemnemente y no se sonríen siquiera ante nadie, para poder pasar por «hombres serios»?... ¡Bah! no seas infeliz: en la mayoría de los casos son unos grandísimos trapalones que después de haber tocado en todos los fondos de la corrupción y del vicio, ahitos de impudicias y de concupiscencias, se cubren las llagas con el manto de los honestos y de los virtuosos... verdaderos escenógrafos en el drama de la propia vida, que nos la pintan o nos la muestran a la manera de esos telones teatrales que representan, vistos de lejos, un hermoso paisaje apacible, hecho burdamente a escobazos con pinturas ordinarias.

—Me apena como no es decible todo lo que estás diciendo... tú no pensabas así.

—¡Es que he aprendido!

—Yo también aprendí, y de ti especialmente, a pensar de otro modo y no me pesa, Melchor, porque en mi experiencia, poca o mucha, los pillos representan el uno por ciento de los hombres que he conocido.

—¡Que no has conocido!... precisamente: ¡que no has conocido! porque han sido suficientemente astutos para embaucarte.

—¿De modo que la proporción es inversa?...

—Posible... ¡casi seguramente!...

—¡No digas eso, por Dios, Melchor!—exclamó Lorenzo poniéndose de pie y caminando nerviosamente a lo largo del comedor, mientras Ricardo, echado hacia atrás en su asiento, arrojaba al techo tenues espirales del humo de su, cigarro, como deseando substraerse a la discusión.

—No lo diré si te incomoda—repuso Melchor con voluptuosa indiferencia.

—¡Me, desespera verte así!... Yo no sé qué influencias perniciosas gravitan ahora en tu espíritu para hacerte ver las cosas y los hombres...

—¡Como son!—le interrumpió Melchor con vehemencia, agregando:—yo he pasado diez años creyendo en todo lo bueno, lo amable, lo digno; yo he pagado ya el tributo de mi inocencia; pero he aprendido a defenderme y a calcular hasta la más solapada intención del que tengo delante y hoy me siento capaz de juzgar a las cosas y a los hombres y a las mujeres sin engañarme, ¿entiendes?...

—¿Cómo he de entenderte, Melchor, si me hablas de condiciones negativas desde que sólo te sirven para ver todo malo, corrupto, repugnante?

—¿Y qué culpa tengo yo de que las cosas sean así?...

—¡Es que no son!... Tú no puedes considerar así a tu madre, ni a tu padre, ni a los de Ricardo ni a los míos.

—Pongamos punto final, ché Lorenzo, si vas a argumentarme con las madres... Son argumentos excesivos... y de los que seguramente no pienso como tú.

Lorenzo se disponía a contestar; pero se limitó a mirar fijamente a Melchor que al notar su silencio se inclinó sobre la mesa para buscar, por debajo de la gran lámpara colgante, la cara de su amigo que se había parado al otro extremo de la mesa.

—Mírame todo lo que quieras, Lorenzo, si no he dicho una blasfemia.

—Te miro asombrado, sencillamente; creí que ibas a formular una protesta de respeto, de reverencia para las madres y vi en seguida que me equivocaba... una vez más.

—Y qué te equivocabas, ¿por qué?... ¿pretendes imponerme, también, tus ideas o fórmulas de amor filial?... ¿me consideras capaz de la villanía de proclamar mi amor a mi madre como el más grande de los que mi corazón puede y debe sentir?

—¡Melchor!... ¡Pero qué estás diciendo, por Dios!... ¿Tú, el hijo amantísimo, hace dos meses, vas a declarar ahora que no quieres a tu santa madre?

—Por mucho que te espantes y por mucho que ahueques la voz, te diré sin sensiblerías ridículas que para mí el famoso amor a la madre encubre un agravio miserable y ruin.

—¡Qué monstruosidad!...—exclamó Lorenzo.

Al oír esto y ver a Lorenzo que se tomaba la cabeza con ambas manos, Melchor se levantó de la mesa, en la que acaso había bebido demasiado, y dando en ella un puñetazo dijo poco menos que a gritos:

—Con todos tus gestos de ridículo reproche y con todos tus desplantes de moralista recién llegado, tú, tú no serías capaz de explicarme satisfactoriamente esta difundida predilección por la madre... este miserable afán de posponer al padre, invariablemente, en el orden de nuestros afectos... esta, cobarde fórmula que la noción del adulterio impone en los espíritus bajos... Habla... te callas, ¿eh?... Y quizás te callas porque empiezas a comprender que te has vinculado, sin reflexionarlo ni un instante, a esa agraviante predilección por la madre que sólo se explica por medio de un raciocinio repugnante: ¡amo a mi madre, sobre todas las cosas, porque tengo la certeza de que soy su hijo!

—Estás blasfemando, Melchor; pero sin duda mereces que se te disculpe... tú no estás en condiciones de discutir «ahora»... mañana hablaremos.

—¿Qué me quieres decir?... ¿que estoy borracho?—rugió Melchor aproximándose a Lorenzo en actitud amenazante. Al verlo Ricardo se interpuso rápidamente, diciendo:

—No discutan más, Melchor... tú te alteras demasiado.

—Si no me altero, ché—repuso Melchor apaciblemente; pero alzando de nuevo el tono de la voz exclamó;—¡sólo que no le voy a permitir a Lorenzo ni a nadie, que me falte en mi casa!

—Yo soy incapaz de ofenderte—dijo Lorenzo en el mismo instante en que entrando al comedor y dirigiéndose a Melchor, dijo Baldomero:

—Quiere venir un momento, don Melchor...

—¿Para qué?...

—Tengo que hablarlo; venga un momento...

—¿Qué misterio es ése?... ¡Hable aquí, Baldomero!...

Este se aproximó a Melchor y bajando la voz como si quisiera hablar para él solo, pero dejándose oír por Lorenzo y Ricardo a quienes, por detrás de Melchor, hacía señas de que no era cierto, le dijo:

—Ahí está Anastasio... venga... Patroncito...

Melchor se puso visiblemente pálido y dejándose llevar por Baldomero salió del comedor.

* * *

Las cartas que Lorenzo y Ricardo habían enviado a sus familias fueron portadoras de noticias cada vez más halagüeñas, pues a medida que vivieron la vida sana del campo sintieron sus influencias en francas manifestaciones de robustecimiento físico ya que en lo moral habían sido definitivamente curados por la acción tenaz, y altruista de Melchor.

Este en cambio había caído en un desnivel, que lo condujo rápidamente a todos los grados de la perversión, como si las energías de su espíritu se hubieran agotado o se hubieran trasvasado al de sus amigos, respondiendo al principio en virtud del cual, cuando un platillo de la balanza sube, el otro baja.

La vida del campo, en sus formas genuinamente camperas, había contribuido a culminar un proceso de decaimiento moral que se había iniciado sutilmente en Melchor, con alguna antelación a su viaje a la estancia; pero que no había pasado inadvertido para el espíritu de su madre cuando le decía: «tienes deberes a que «antes» no habrías faltado», y la libertad absoluta de que gozaba en la estancia; las influencias circundantes, en el estímulo de los ejemplos que le rodeaban; la avidez de energías físicas, equiparables a la del peón o del toro y que se adueñó de su espíritu en cuanto lo encontró desprevenido o débil; la distancia interpuesta entre sus jueces y sus actos; las mismas resistencias subalternas con que solía chocar, todo propendía a acelerar la caída y más de una vez mientras Ricardo ejecutaba en el piano una sonata de Beethoven, Melchor en la caballeriza, punteaba una milonga en la guitarra mugrienta de algún peón.

El aislamiento y el alcohol aceleraron el proceso de su agotamiento moral y cuando un resto de luz iluminaba su cerebro haciéndole mirar hacia atrás con vergüenza o hacia adelante con miedo se consolaba pidiendo un mate a Ramona o bebiendo otra copa de cognac para reír en seguida como un luchador que se conquista un triunfo.

Sus reacciones eran fugaces; tenía a la mano los recursos para anularlas y a ellos se acogía porque nunca le traicionaban ni le mentían, mientras crecía en su espíritu el convencimiento de ser víctima de la indiferencia y del egoísmo de todos los que deberían rodearle solícitos para brindarle consuelos que le negaron, goces que le usurpaban y energías que le habían robado, para concluir pensando: ya nadie se interesa por mí... nadie me reclama con sinceridad, como si yo les incomodara... nadie me da un consejo realmente honesto y digno de ser aceptado... ¡nadie me escribe, siquiera., sino por forma!...

Y entretanto las cartas amantísimas de su madre eran contestadas de tarde en tarde y en breves líneas, y las cartas apasionadas y sinceras de su novia muchas veces las leía Ramona antes que él y las de sus amigos no merecían en muchos casos más que una mirada de burla o de encono...

Ninguna causa positiva justificó el descenso y la caída; pero había prodigado su jovialidad ingénita hasta sentirse entristecido, y había trasvasado sus altruismos hasta ponerse egoísta y había dilapidado sus energías morales hasta caer exánime en la abyección y en el vicio.

De nada valían las admoniciones amables de Lorenzo y Ricardo, ni los consejos respetuosos de Baldomero, ni los reclamos angustiosos de la propia madre, ni las hondas protestas de invariable y sincero afecto de su novia; Melchor, el bueno, el digno, el honesto, el fuerte, había caído, quizás para no levantarse más.

Cuando, transcurridos más de dos meses, Lorenzo y Ricardo resolvieron regresar a Buenos Aires en plena y amplia posesión de la salud físico-moral que habían readquirido por la acción exclusiva y constante de Melchor, éste les manifestó el propósito de quedarse en la estancia «durante algunos días más».

—No te quedes, ¿para qué? vente con nosotros—le repetía Lorenzo.

—Tengo que hacer aquí.

—¡Pero si no tienes nada que hacer, Melchor!, y aunque tuvieras, vente con nosotros y te vuelves después.

—Ahora no puedo, yo sé por qué lo digo.

—¡Te inventas quehaceres, Melchor! Piensa que en tu casa están abatidos por tu conducta... que tu padre está enfermo... que Clota tiene derecho a exigirte que vayas... tú no puedes proceder así con esa niña.

—Ni ella tampoco conmigo.

—¡Vamos, Melchor... déjate de cavilaciones infundadas! Clota es una muchacha excelente y te ha demostrado una consecuencia que parece que no quisieras reconocer.

—Sí, Melchor, Lorenzo tiene razón, tú no debes quedarte.

—¡Tú también!... ¡Hombre!... ¡No faltaba más!... Por poco voy a tener que pedirles permiso a ustedes para fumar un cigarrillo.

—No, Melchor... nosotros no pretendemos contrariarte, ni primar en tus resoluciones sensatas; pero tú necesitas, por tu bien, salir de aquí... acuérdate de las últimas cartas de tu casa.

—Yo las voy a contestar.

—Contéstalas yendo, anda a ver a los viejos, arregla tu situación en tu oficina.

—¡Para lo que me importa del empleo¡ ¡bien me pueden destituir!

—Pero evítalo, pide nueva licencia, o renuncia de una vez.

—¡No quiero!... ¡Qué me echen!... ¡Mejor!...

—¡Cómo ha de ser mejor!... Y sobre todo tu padre está enfermo.

—El viejo no tiene nada...

—Eso no lo sabes... Además, Clota...

—¡Bueno: basta! ¡Al diablo!... ¡Yo no los traje a ustedes de tutores!... ¡Váyanse cuando les dé la gana! ¿Entienden?... Yo sé lo que hago... ¡Váyanse al diablo, y cuanto antes!...

Al prorrumpir en estas exclamaciones, dichas a gritos, Melchor se había levantado de la mesa en que almorzaban arrojando violentamente la servilleta que al dar contra una copa la volteó y dirigiose a las piezas interiores en una de las que entró dando un formidable portazo.

—Debemos irnos ahora mismo, Lorenzo.

—Sin pérdida de tiempo... esta situación no puede prolongarse... voy a ver a Baldomero para que nos facilite los medios... ¡está colmada la medida!...

Tras de Lorenzo, salió Ricardo en busca de Baldomero a quien encontraron entretenido en trenzar unas riendas con tientos de carnero sujetos a una argolla en la pared de la caballeriza.

—Baldomero—le dijo Lorenzo, intensamente agitado,—nosotros necesitamos salir en seguida para el pueblo.

—¿Y... eso?...

—Sí, Baldomero, háganos el favor de darnos caballos, o el break; pero sin demora; no debemos ni podemos permanecer aquí más tiempo.

—Pero... ¿qué, ha pasado algo?

—Lo que tenía que suceder, desgraciadamente.

Baldomero dejó caer contra la pared la rienda que estaba haciendo y que empezó a destrenzarse sola; se levantó del trozo de madera en que estaba sentado y roscándose la cabeza, dijo:

—¡Miren qué trabajo!... Ya decía yo... ¿y don Melchor?

—No sabemos; después de insultarnos groseramente se fue para adentro... y nos ha echado.

—¿Qué dice, don Ricardo?... ¿Y está en su cuarto?

—No, en su cuarto no está.

—No... está... en... su... cuarto... ¡Voy a hablarlo!

—Mande ensillar, primero.

—¡Qué se van a ir a esta hora y con «esta» calor! ya vuelvo... miren qué trabajo—agregó alejándose.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—¿Dónde está don Melchor, Ramona?

—Yo no sé.

—...Hum... conque... no... sé... ¿eh?

—¡Oh!... Y si no sé... ¿qué quiere que le haga?... Andará por ahí...

—¿Por dónde?... ¡diga... le digo!

—¿Y no le digo que no sé...? Búsquelo.

—¿Qué hay conmigo?—dijo Melchor, saliendo al corredor y revelando en su semblante y en sus gestos la profunda agitación que lo embargaba.

—Nada, don Melchor... yo quería hablarlo... ¿quiere que vamos para allá?—repuso Baldomero señalando hacia la sala.

—¡Hable aquí, no más! ¿Qué hay?...

Baldomero dirigió a Ramona una mirada que era una indicación de alejarse, como lo hizo, y mientras Melchor se paseaba nerviosamente por delante de él le dijo, en tono humilde y tímido:

—Me dice don Lorenzo que se van...

—¿Y...? ¡Qué se vayan!—contestó Melchor casi gritando.

—Yo pensaba que no se iban a ir todavía, don Melchor.

—¡Piense lo que le dé la gana! ¿Entiende?...

—Y también pensaba que soy merecedor de que usted no me trate así, don Melchor.

—¡Pero qué pretende usted?... ¿Qué se ha figurado?—exclamó Melchor parándose un instante frente a Baldomero en actitud amenazante.

—Cálmese, don Melchor, si yo no le falto... yo sé respetar a la gente... pero estos señores parece que se van a ir con mala impresión...

—¡Mejor para ellos!

—¿Por qué no les habla, don Melchor?... Son mozos buenos... vea... y... ¡mire que lo quieren a usted!...

—¡A mí!... a mí no me quiere nadie, ¿entiende?...

—¿Por qué dice eso?...

—¡Porque es así!... Yo he tenido muchos amigos cuando tenía qué dar, ¿sabe, Baldomero? ¡pero se acabaron esos tiempos!...

—¡Cómo se van a acabar, señor! ¡Si a usted lo quieren hasta los chimangos!...

—¡Yo sé lo que digo, ¿entiende? y no me chupo el dedo... y sé que ni uno de los que se llamaron amigos míos se acuerda de mí para nada!

—¿Sabe, don Melchor, que me está haciendo acordar al carancho que come y grita al mismo tiempo?... porque, ¿dónde va a ir usted que no encuentre amigos de verdad?

—¡Eso era antes!... y ya lo ve: hasta éstos me dejan.

—Porque usted los trató mal... don Melchor.

—¡Mienten!... Son ellos... que se empeñan en convencerme de que soy un sinvergüenza y un miserable y qué sé yo...

—Les habrá entendido mal, don Melchor.

—Les entiendo perfectamente y sé adonde van... ¡Es el recurso de todos! enojarse después del beneficio para no tener el trabajo de dar un pucho de gratitud... ¡Ruines!... Mientras lo precisan al amigo no se ofenden por nada... ¡Todos... todos son iguales!... ¡y el día en que le han sacado el jugo... ¡canallas!... se resienten por cualquier pavada... y lo cuerean sin ascos!...

—Cálmese, don Melchor; no hable así; estos señores son mozos bien... ¿quiere que los hable?...

—¡Quiero que se vayan cuanto antes! Y que me dejen en paz... ¡que se vayan a hablar mal de mí, a otra parte!—repuso Melchor gritando como para ser oído por todos y entró a su cuarto diciendo en voz alta:

—¡Ramona!... Deme un mate, que no he almorzado nada.

* * *

—Don Lorenzo, el coche está ya...

—Vamos en seguida, Baldomero; háganos poner estas cosas en el break.

—Y diga, don Lorenzo, ¿por qué no le hablan a don Melchor?... puede que cambie.

—Es inútil, Baldomero, él ha visto perfectamente que nos vamos y no nos ha dicho ni una palabra... ¡Cómo ha de ser!...

—¡Hágalo por los viejos!—dijo Baldomero dejando caer unas lágrimas que quedaron como engarzadas en las puntas de su barba entrecana.

—Nosotros sufrimos más que usted, porque no sólo asistimos al cuadro que nos ofrece Melchor... sino que vamos a encontrarnos con su familia... ¡sobre todo con la señora!... ¡con la madre! y calcule nuestra situación...

—¡Maldita sea la hora en que vine a encariñarme con esta gente para tener que ver estas cosas!—dijo el noble Baldomero arrojando lejos un bozal que tenía en la mano, y agregó casi entre sollozos:—¡Esto va a matar a los viejos!... ¡al pobre viejo enfermo!... ¡un mozo así... ya formado... y que es el orgullo de ellos... pobres... pobres viejos!... ¡éste es el pago!... ¡Mire, don Lorenzo: a mí no me da vergüenza lagrimear delante de ustedes... ¿sabe?... porque ustedes van a ver llorar a muchos hombres!...

—Lo mismo nos pasa a nosotros, Baldomero; ¿pero qué quiere que hagamos?...

—...¡Es una fatalidad!...

—Así es, Baldomero... y para mí es una pena como usted no se imagina...

—¡Háblelo, don Lorenzo...! usted puede mucho... dígale cómo está el viejo... ¡lléveselo, señor!... ¡lléveselo por lo que más quiera!... aquí va a ser su perdición...

En ese momento se oyó la voz de Melchor que gritó desde su cuarto:

—¡Baldomero!... Hágame ensillar el zaino.

—¡Voy, don Melchor!—contestó y como si no hubiera oído la orden se dirigió hacia el sitio en que Melchor estaba, pasándose las mangas de su blusa por los ojos.

—Que me haga ensillar el zaino, le dije.

—¿Piensa salir con esta calor?

—Voy a acompañar a los muchachos que se van—contestó Melchor mientras, sentado en el borde de su cama, se calzaba tranquilamente las botas de montar.

—¿Y usted también se va con ellos, don Melchor?...—le preguntó insinuantemente Baldomero.

—¡Ni pienso!... ¿a qué?... ¡No! Voy a acompañarlos hasta la tranquera del bajo.

—A mí se me hace, don Melchor, que andan con ganas de quedarse unos días más, ¿sabe? para irse con usted... ¿por qué no les habla?

—No, Baldomero, déjelos que se vayan—respondió Melchor continuando en la tarea de vestirse, con la más extraordinaria tranquilidad de espíritu,—ya no tienen nada que hacer aquí... vinieron a curarse... ya están curados... ahora se van... nada más lógico... vinieron enfermos y se van «sanitos»... vinieron descreídos... y usted les ha oído hablar de Dios contemplando las noches estrelladas, ¿se acuerda?... vinieron enfermos de cuerpo y alma... y se vuelven sanos... fuertes... con fe... ¡con todo!... sólo dejan aquí... lo que ya no sirve... lo que ya no necesitan... ¡al amigo de «antes»!... ¡déjelos que se vayan!... ¡así son todos! ¡todos!... ¡todos!... ¡igualitos!...

—¡Siento como que me duele el corazón, oyéndolo hablar así, don Melchor...! ¿por qué dice todo eso?

—¡Porque es verdad!

—Qué ha de ser, ¡señor!... y aunque fuera... que no lo es... siempre hay quienes lo quieren de veras, don Melchor.

—¡A mí?... ¡Bah!...

—¿Y los viejos?... ¿y las niñas?... ¡sus hermanas, don Melchor! ¡recuérdese de la «nena»!

Al oír esto Melchor que se ponía el «panamá» mirándose en el espejo del ropero, dio vuelta rápidamente hacia Baldomero clavándole la vista como en un reproche y cuando parecía que iba a prorrumpir en una amenaza dijo como renunciando a ella y como para terminar con el diálogo:

—¿Mandó ensillar el zaino?

—...Voy... Sí, señor... voy... ¡cómo... ha... de... ser!...—contestó Baldomero alejándose.

Momentos después el caballerizo ensillaba al zaino sin que nadie más que él estuviera en la caballeriza, que parecía abandonada.

Águeda, José, Juancito y los peones comentaban, en la cocina, lo que pasaba «adentro»; bajo el ombú grande estaba el break en cuyo estribo trasero se había sentado Lorenzo que tenía la cabeza apoyada entre las manos; en las gruesas raíces del ombú estaba sentado Hipólito y junto a él, que con un palito trazaba marcas de hacienda en el suelo, Ricardo de pie le consultaba sobre la hora de llegar al pueblo.

Casi no se advertía más movimiento que el piafar de los caballos y el batir continuo de sus colas espantando las moscas bravas y a ratos el «gué»... «gué»... de alguna gallina que salía de los pastos en busca de su nidal; ¡pero en medio del sopor de aquella hora bochornosa una racha helada cruzaba por la estancia!...

En eso apareció por el camino del jardín que daba acceso a la caballeriza la figura esbelta de Melchor en cuyo rostro empalidecido se destacaban las ojeras negras y profundas. Vestía su traje predilecto y en el ojal de la blusa llevaba un hermoso gajo de sedrón...

—¿Ya están listos, muchachos?—preguntó amablemente, casi sonriendo.

—Sí, Melchor... ya estamos listos—le contestó Lorenzo, profundamente abatido;—¿no tienes nada que mandar?

—Nada, ché... recuerdos... y si van por casa le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días...

—¿Cuándo?... más o menos.

—¡Hombre!... Cuando me desocupe.

—¿Tienes algún trabajo que realizar?...

—El que correspondería al mayordomo... un establecimiento como éste... aunque no sea gran cosa, necesita un mayordomo.

—¿Y Baldomero?...

—Por ahí andará—dijo Melchor como si contestara a la pregunta, dirigiéndose hacia su zaino y agregó:—cuando quieran.

Los dos viajeros se despidieron de todas las personas del servicio y al disponerse a hacerlo con Melchor, éste les dijo:

—Los voy a acompañar.

—¡Cómo?... Vas a molestarte... ¡y con este calor!

Por toda respuesta Melchor montó a caballo y cerrándole violentamente las espuelas se dirigió por el jardín, entre la estupefacción de todos, hasta el corredor de la casa al que subió con su caballo y aproximándolo a la ventana llamó a Ramona, de quién los viajeros no se habían despedido. Habló con ella que instantes después le alcanzó un vaso, cuyo contenido bebió de un trago, y por el mismo camino volvió a colocarse junto al break que luego se puso en marcha acompañado por él en silencio... Así llegaron a la tranquera que Melchor se apresuró a abrir sin bajar del caballo; el break se detuvo y descendieron los dos viajeros aproximándose a Melchor que apoyado en la estribera izquierda recogió la pierna derecha en cuyo pie conservó colgante el estribo y sostenido por ella parecía dispuesto a escuchar tranquilamente la despedida en una actitud de tan visible indiferencia que desconcertó a los dos desde el primer instante.

—¡Bueno, Melchor, adiós! Sólo nos queda agradecerte cuanto has hecho por nosotros—le dijo Lorenzo, fija y fríamente contemplado por Melchor,—y pedirte disculpas por lo que te hemos incomodado.

—Bueno, adiós, entonces, que les vaya bien.

—Por mi parte, Melchor, no sabría cómo pagarte algo de lo mucho que has hecho por mí.

—¿Yo?... ¡Bah! A mí no me debes nada.

—Si quieres—dijo Lorenzo,—encárgame algo para tu casa.

—Les das recuerdos.

—O para Clota.

—«Y le dices al viejo que le voy a escribir... y que yo iré dentro de unos días»—volvió a repetir Melchor.

—¡Cuanto antes, Melchor!—le dijo Lorenzo bajo la presión de una emoción tan intensa que casi le ahogaba la voz.—¡Cuánto antes!... tú no debes quedarte aquí.

—Y me quedo.

—Pero haces mal; si quisieras nos volveríamos a las casas para irnos contigo mañana o pasado... ¿Quieres?...

—No, váyanse no más, yo me quedo muy bien solo.

—¡Cómo ha de ser!—exclamó Lorenzo ahogado por las ansias de llorar y agregó:—yo seguiré mañana para Buenos Aires; pero Ricardo quedará unos días en el pueblo, así es que cualquier cosa que necesites aquí o allá...

—¿Yo?... ¡Qué voy a necesitar!...

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