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Transfusión

Front matter (continued 2)

Reading edition

—Qué hermosa chacra tiene usted, señor—dijo Lorenzo,—qué hermosos árboles.

—Sí, señor, si algo vale es por eso... tiene árboles hechos ya... la chacrita vale por vieja, señor, al revés de las personas.

—Yo he pensado siempre lo contrario, señor; los hombres jóvenes si valen es por lo que prometen para cuando sean viejos.

—Pero los viejos no prometen nada, señor, y en la vida hay que prometer siempre... para valer algo... ¡aunque después no se de nada!—contestó don Casiano, riéndose.

—Es que ellos han dado y siguen dando.

—¡Consejos!... que no se cumplen—le interrumpió a Lorenzo don Casiano, agregando:—y, ¿qué van a tomar los señores?... ¿Querrán leche recién ordeñada?... ¿o un matecito?...

—Usted estaba «mateando», don Casiano—le dijo Melchor.

—Seguiremos... si ustedes gustan—contestó levantándose y aproximándose a una ventana, en la que, alzando la voz, dijo:—Pampita, trae mate, hijita.

—Hemos venido a molestar, señor.

—¡No, señor!... ¿y por mucho tiempo?

—Es verdad pensamos pasar aquí una temporada.

—Dos o tres meses—agregó Ricardo.

—¿Tanto tiempo? Vendrán por algún quehacer.

—¡No, don Casiano!—dijo Melchor,—¿sabe por qué vienen?... míreles las caras... ¡vienen a curarse!...

—En verdad, que no parecen muy enfermos.

—Son bromas de Melchor, señor—dijo Ricardo.

—¿Bromas?... ¿A que digo «de qué» estás enfermo?... ¿Digo?

—¡Pero esta muchacha que no viene!—exclamó el viejo, más que nada por cambiar de conversación y aproximándose de nuevo a la ventana, dijo:—¡Pampita! ¿y el mate?

—¡Voy, tata!

* * *

—¡Divina!—pensaron simultáneamente Lorenzo y Ricardo al aparecer la Pampita, a quien fueron presentados por Melchor y de quien recibieron un saludo despojado de toda afectación.

—¿Y el mate, hijita?

—Ahí lo trae el «ñato», tata—repuso ella tomando una silla y sentándose con la majestad de una reina y la sencillez de una niña.

En efecto, el mate llegó en manos del «ñato», muchacho de quince años, poseedor de una «superlativa» nariz ciranesca, que dio motivo a Lorenzo para romper el silencio de estupor que siguió a la deslumbrante aparición de la Pampita.

—Creo que estoy, señorita, en la chacra de los contrastes.

—¿Por qué, señor?—repuso ella envolviéndole en una verdadera irradiación de sus inmensos ojos verdes, circundados de largas y crespas pestañas negras.

Cuando Lorenzo se encontró con la mirada de la Pampita; cuando vio aquellos dos ojos inteligentes, apacibles, escudriñadores y profundos como jamás habría creído encontrar; cuando vio que ella le miraba, creyó que había cometido una inconveniencia, una falta, una descortesía obligándola a mover aquellos ojos y a desplegar aquellos labios...

—Me ha parecido oír el apodo del cebador de mate.

—Es verdad—repuso ella sonriendo afablemente y dejando ver unos dientes que no podían estar sin burla en otra boca, ni pertenecer sin desdoro a otra dueña; tanto eran de perfectos. Yo pensaba lo mismo que Lorenzo, señorita; estamos sin duda en la chacra de los contrastes.

—¿Lo dice usted por el «ñato»?

—Así es—le contestó Ricardo, abrumado de emoción ante aquel portento de suprema belleza, de insuperable dignidad, de extraordinario candor.

—Estaremos entonces en la chacra del contraste—dijo ella con la mayor ingenuidad.

—Entiendo que tenemos el honor de hablar con la Pampita—repuso Lorenzo acentuando esta palabra.

—No sé por qué el honor—contestó ella, estableciendo así la propiedad del apodo.

—Eso lo discutiremos después.

—Ni veo qué tenga esto que ver con esos contrastes a que ustedes se refieren.

—Lo que nosotros no vemos es la razón para llamar a usted «Pampita».

—Muy justa: ¡sí lo soy! yo he nacido aquí... en plena Pampa, y desde chica me dicen así.

—¿Sabe, Pampita, por qué le dicen todo eso?—le dijo Melchor y sin esperar la respuesta continuó:—Porque en Buenos Aires, «pampita» se entiende por «indiecita» ¡y como usted no les parece «tan india»... que digamos!

—¡Ah!—contestó ella rápidamente,—¿entonces en Buenos Aires las palabras se entienden de distinto modo que aquí?

Los tres viajeros se miraron como interrogándose sobre el alcance de aquella observación y cuando se disponían a contestarla dijo don Casiano:

—Hijita, ya que estos señores no gustan mate, ¿por qué no les muestras el jardín?... y les juntas unas florcitas, para que lleven.

—Si ustedes lo desean...

—Sí, ché, vayan—les dijo Melchor,—mientras mateamos nosotros con don Casiano.

—Por aquí—les dijo ella señalándoles un camino de paraísos y los dos amigos siguieron la indicación bajo la influencia irresistible de aquel gesto de sencilla majestad.

Sin poder evitarlo los dos pensaban lo mismo, ante aquella criatura excepcional de belleza y de cultura: ¿Cómo ha alcanzado este grado de visible educación?—se preguntaban y como para confirmar una sospecha le dijo Ricardo:

—¿Usted ha estado mucho tiempo en Buenos Aires, señorita?

—¡Pero, señor! si hubiera estado sabría el significado que allí se da a las palabras que usamos aquí.

—Bien podría, señorita, haber estado y no conocer el de todas las palabras—replicó Lorenzo ligeramente turbado.

—¿Ignoraría, señor, el de mi propio nombre?...—repuso riendo sin ofender, riendo como si supiera que toda idea de agraviar se anularía en ella por el prestigio avasallador de sus encantos, compulsados más en la expresión y la palabra ajena que en su propio espejo.

Antes de que Ricardo encontrara la fórmula de una respuesta presentable, la Pampita tuvo la amabilidad de decirle:

—¿Podría preguntar, sin indiscreción, por qué me ha hecho usted esa pregunta?

—...Porque... me parecía haberla visto allá...

—¿Cuándo?...

¡«Cuándo»! repitió para sí Lorenzo, pensando al mismo tiempo: «¡qué preguntas formula esta muchacha!...»

—Es difícil, señorita, fijar la fecha de una reminiscencia.

—Más difícil es ser franco—repuso ella entre el asombro de sus dos acompañantes.

—Yo lo soy siempre que es necesario.

—Quiere decir que en este caso no lo considera usted necesario, señor.

—¿Y en qué consistiría mi falta de franqueza, señorita?—dijo Ricardo envolviendo a Lorenzo en una mirada que parecía decir: «¡Ayúdame!», o «déjanos solos».

—¿En qué?... ¡Y usted me lo pregunta!...—dijo riendo sonoramente la Pampita.

—¡Sí!... ¡Yo!...—repuso Ricardo con la voz trémula.

—Pues en no confesar que creyó usted encontrarse con una pampita... legítima... inculta; y al oírme hablar no ha podido menos que pensar que, necesariamente, debo haber sido educada en Buenos Aires... ¡Aquí también hay, señor, quienes enseñan a leer... y hay libros... no crea!...

—¿Usted lee mucho?—le preguntó Ricardo, visiblemente confundido.

—No cambie de conversación; ¡si no hablábamos de eso! ¿no es verdad, señor?—repuso ella dirigiéndose a Lorenzo.

—Aunque no fuera así, no la desmentiría, señorita.

—¿Tampoco usted es capaz de ser franco?

—Ya ve si lo sooy; le confieso lo que haría, con toda franqueza.

—Me doy por vencida: cerremos el capítulo. Voy a juntarles unas flores.

—Acaso es tarde ya, señorita—dijo Ricardo.

—¡No!—le interrumpió vivamente ella.—¡No! Si no voy a darles o a juntarles todas las flores del jardín...

—¡Ni lo hemos podido pensar!—contestó Ricardo sonriendo y en el mismo tono.

—A mí me basta con una sola flor, señorita, que usted me dé... la que usted prefiera...

—¡Ah, señor! yo no tengo preferencias tratándose de flores; las quiero a todas igualmente.

—¿Y cuando no se trata de flores?—le dijo Ricardo, bajando un poco el tono de la voz.

—¿Y de qué?... ¿de pájaros?... ¡Me pasa lo mismo!

—¿Y si se tratara de personas?—insistió Ricardo, más subyugado cada vez por la Pampita. Exceptuando a mi padre y a mi hermana... más o menos lo mismo.

—¿No tiene usted más familia?—intercedió Lorenzo.

—Sí, señor; pero parientes lejanos; mi madre y mis otros hermanos murieron hace mucho tiempo... mi hermana se casó hace cuatro años... vive allá... ve... derecho a ese rosal... ¡Ah!—agregó repentinamente dirigiéndose a la planta,—vean qué dos pimpollos tan lindos, ¿eh?—y cortándolos volvió con ellos al camino diciendo al separarlos—pues estaban en un mismo gajo: uno para usted... y otro para usted...

—Mil gracias—dijo Ricardo.

—Un millón de gracias—dijo Lorenzo.

—Usted es más generoso: ¡un millón!

—Más derrochador, habrá querido decir usted, señorita—dijo Ricardo.

—¿Por qué?...

—Porque las ofrece a quien parece haberlas monopolizado todas...

—¡Qué gracioso... o qué amable, más bien! ¿no le parece?

—Como usted quiera.

—Si yo no quiero...

—¿A nadie?

—Ya le he dicho: a mi padre.

—¿Y a nadie más?

—¡Qué curiosidad! A nadie más...

—¿Será eso posible?

—Tan posible, que así es.

—Feliz de quien pueda compartir tanto afecto.

—Me parece que los llaman—dijo la Pampita, parándose, y poniendo atención, agregó:—Sí, los llaman... es don Baldomero, ¿volvamos?

Por el mismo camino marchaba hacia ellos Baldomero, que al aproximarse exclamó:

—Me parece, señores, que les ha gustado... la chacra, ¿no?

—Ya viene usted con sus locuras.

—¿Locuras?... Y te parece locura, hijita, entusiasmarse hasta perder los estribos, viendo...—y la señalaba a ella con la mano extendida—esta preciosura de... chacra.

—Estábamos realmente embelesados recorriendo este jardín—dijo Lorenzo.

—Puede ser, señor; pero se me hace que no han de haber mirado mucho las plantas; ¿qué decís vos, hijita?... Yo la trato a ésta así porque la he tenido en mis faldas... ¡pero hace quince años! ¿eh?—dijo Baldomero riéndose.

—¿Y ya se van?—preguntó la Pampita dirigiéndose a Baldomero...

—¡Avisa!...—le dijo éste, parándose y contemplándola fijamente.

—Déjese de zonceras. ¡Cuándo tendrá juicio!

—¡Es lo que te recomiendo siempre!... ¡pero no lo necesita!... ¡No saben ustedes lo que vale esta prenda!

—¡Cállese, le digo!

Don Casiano, que con Melchor llegaba a reunirse con el grupo de la Pampita, dijo a ésta:

—¿Y ésas son las flores que les has juntado?

—No quisieron más, tata.

—¡Gran cosa!

—Es suficiente, señor.

—Apurémonos—dijo Melchor—que la noche se viene.

Así lo hicieron, y al llegar al break se cambiaron efusivas expresiones de amistad y promesas de repetir la visita, mientras Lorenzo y Ricardo sentían una verdadera fascinación ejercida por aquella Pampita de veinte años, que había resultado querer sólo a su padre...

Momentos después de partir el break, la Pampita percibía claramente el repiqueteo del cascabel del cadenero y las voces de Hipólito:

—¡Jiú!... ¡jiú!... ¡jiú!...

* * *

Si Lorenzo y Ricardo habían salido hondamente entusiasmados con la visita a la «Pampita», ésta, había quedado más impresionada que en otros casos, ante la presencia de aquellos dos buenos mozos, gallardos y cultos.

Ella sabía bien cuánto influía en los hombres que la trataban; pero en aquella circunstancia se acrecía su mujeril satisfacción por la calidad visible de los visitantes y por la distinción social que la sola amistad con Melchor significaba.

No podía condensar en un pensamiento definido la vaga sensación que experimentaba; pero en su espíritu sentía como una contrariedad porque no se hubiera prolongado más la breve visita de los viajeros...

De pie en el corredor del poniente, contemplaba el cielo encapotado, en cuyo horizonte se cernía limitada por una línea casi recta, una inconmensurable nube oscura sobre la faja de luz roja que parecía el ruedo flotante del manto del sol, en marcha triunfal hacia otros hemisferios.

Aquella línea que fijaba nítidamente un límite visible entre la sombra y la luz, cruzaba por la imaginación de la «Pampita» como un símbolo.

—¿Si sucederá lo mismo en la vida?—pensaba.—¿Si habrá también en nuestra existencia una línea como esa que estoy viendo por primera vez? Una línea así... que marque la transición de un estado a otro... entre dos maneras de ser... entre dos formas de vivir... ¿Y de qué lado de esa línea misteriosa estaré yo?... ¿Viviré en la sombra, esperando la zona de luz?... ¿o estaré en ésta y me espera la otra?...

—Pampita, ¿y no comemos?—le preguntó don Casiano, interrumpiendo aquel soliloquio, cuya causa podía estar y no estar en la casual línea de luz del horizonte.

—Sí, tata; ya mandé sacar—repuso, dirigiéndose hacia el comedor, seguida de su padre.

Camino del pueblo iba, entretanto, el break a largo trote, hablándose en él del tema obligado: la «Pampita».

—¡Si yo les dije que conocerían algo bueno!—decía Baldomero.

—Como belleza física—decía Lorenzo,—yo no he visto nada que se le parezca.

—¡Y qué culta!... ¡qué educada!...—repetía Ricardo.

—Bueno—decía Baldomero,—el viejo ha gastado un platal en esta muchacha, con buenas maestras... de francés... y de piano...

—¡Toca, el piano?...

—¡Sabe francés?...

—¡A la, perfección, señor! ¡Si cada que hay una fiesta es la primera!—repuso Baldomero, agregando:—¡Y miren que la cortejan!... ¡Pero, señor!... ¡De aquí y de todas partes!... ¡Pero nada!... ¡Yo no sé qué demonios de ideas le han metido en la cabeza a esta muchacha que no quiere saber nada con «nadies»!... Así me ha sabido decir muchas veces: «¡No me hable, Baldomero! ¡Yo no puedo pensar en «nadies» más que en tata!»... ¡Fíjense!... ¡Y tan muchacha que es!... ¡Y tan linda!... ¡Porque miren que como linda, es linda!... ¿No?...

—¿Y usted la ha festejado?—le preguntó Ricardo.

—¡Atiéndamelo, don Melchor!... ¡Señor! ¡Si tengo hijos mozos!—contestó riendo Baldomero, y agregó:—No, señor... Si la «Pampita» es como hija mía... sólo que alguna vez he sentido ganas de hacer gancho... ¿sabe?... ¡porque ha tenido buenos partidos!... mozos bien... de posición... y el viejo se puede morir... Bueno que ella tiene la hermana;—continuaba Baldomero atendido por Lorenzo y Ricardo, vivamente interesados en aquella relación,—¡y está bien casada!... con un hombre... decente... y trabajador... siempre tendrá ese refugio, ¿no le parece, don Melchor?

—Así es, Baldomero.

—¡Siga!—dijeron a dúo Ricardo y Lorenzo.

—¡Vean los señores!...—exclamó Baldomero.

—...¡Si Mandinga no duerme!... ¿Mire que viniera a suceder!... ¿Y cuál sería?...

—Nada de eso—replicó Lorenzo,—me interesa, naturalmente, el caso de una niña, tan excepcional como ésta.

—¡Así se empieza!...—respondió Baldomero, riéndose, y agregó:—¿Pero ya llegamos y sabe que el mate me anda retozando entre las tripas?...

En la puerta del hotel esperaba Garona, cuya silueta se proyectaba en la acera a favor del farol colgado en el zaguán, como la de una bordalesa que tuviese encima una fuente enorme; de tal modo eran anchas las alas de su chambergo criollo.

Descendieron los paseantes y al entrar al hotel, dirigiéndose al comedor, don Saverio se aproximó a Baldomero y le dijo al oído:

—El asado se pasó un poquito, ¡vea!

—¿Por qué no lo retiró, amigo?

—¡Eh, qué quiere!... ¿Sabe?... es tarde...

—¿Qué dice?—preguntó Melchor a Baldomero.

—El hombre está afligido porque nos hemos demorado.

—Ganaremos tiempo comiendo ligero—contestó Melchor al sentarse a la mesa.

El comedor estaba lleno de parroquianos de todas las trazas, que observaban prolijamente a los recién llegados y, a no interponerse entre unos y otros la figura amable de Melchor y la respetada de Baldomero, habrían pasado un mal rato los dos viajeros, pues cuando Ricardo se puso la servilleta en el cuello como un babero, bajo su cara afeitada, dijo un paisano que estaba cerca:

—¡Parece un «flaire» que va a decir misa!...

Baldomero alcanzó a oír la pulla y levantándose fue hacia quien la había lanzado y le dijo:

—Vea, Martín: estos señores están conmigo, ¿entiende?

—¿Y yo qué hago?

—No le digo más—respondió Baldomero, disponiéndose a volver a su asiento; pero al hacerlo oyó que el paisano decía como en un rezongo:

—...¡Tá lindo... no va a poder hablar uno!...

—¡A rebencazos te voy a tapar la jeta!—le dijo en voz baja Baldomero, como para evitar ser oído por los demás.

—¡Cualquier día!—respondió el paisano tomando disimuladamente un botellón que tenía delante.

—¡Soltá eso!... ¡Si no estuviera con estos señores!—repuso Baldomero en voz aún más baja.

—¡Cuando quiera, no más!

—¡La facha!...—dijo Baldomero, volviendo a su asiento y dando por terminado el incidente que no había pasado inadvertido en el comedor más que para sus compañeros de mesa.

—¿En qué andaba?—le preguntó Melchor.

—Un encargue... que no me han cumplido—contestó como contrariado, para explicar así la ligera emoción que le embargaba. Pero en ese momento, Lorenzo, que ocupaba un asiento frente al hombre con quien Baldomero había estado, vio que aquél, hablando con el compañero, se besaba sin ruido el pulgar y el índice de la derecha en cruz.

Don Saverio en persona y en homenaje a Melchor, servía la mesa, sobre la que puso, para empezar, una verdadera montaña de tallarines al jugo.

—Yo también me siento con apetito—dijo Ricardo dirigiéndose a Baldomero y aludiendo a las palabras de éste en el break.

—Es la mejor salsa, señor—repuso y agregó mirando a Lorenzo:—¿y usted, señor, se siente con disposición?

—No mucha.

—«L'appetit vient en mangeant»—dijo Melchor, mientras levantaba en toda la extensión de sus brazos los tenedores con que pretendía sacar de la fuente los kilométricos tallarines.

—¿Qué vino gustan tomar?—preguntó Baldomero, haciendo una verdadera gambeta a la sentencia de Melchor.

—Gracias, tomo agua—dijo Lorenzo.

—Y yo también.

—Para mí cualquiera.—dijo Ricardo.

—¿Pero cómo?—insistió Baldomero,—¿van a comer sin vino?

—Sin vino y con poca agua—repuso Melchor,—con la menos posible.

—¡Qué! ¿Que el agua les hace mal?

—Comiendo, sí, como a cualquiera, Baldomero.

—¡Hoy nos vamos a enfermar todos, entonces—exclamó Baldomero, riéndose.—¿No sienten?... Está lloviendo...

—Llueve efectivamente, ¡qué chasco!—dijo Ricardo.

—No, Baldomero, esa agua no enferma a nadie; pero fíjese usted que es tan observador insistió Melchor,—que ningún animal come y bebe al mismo tiempo. El único es el hombre; los demás animales comen cuando tienen hambre y beben cuando tienen sed.

—¿Sabe que es cierto?...

—La observación no es mía... la he leído... no sé dónde... y la sigo...

—Yo también—dijo Ricardo,—por eso no como con agua...

—¡Pero te encharcas con vino! ¡vaya una gracia!—repuso Lorenzo.

La comida siguió sin nuevos incidentes hasta el preciso momento en que don Saverio ponía sobre la mesa un fuentón de duraznos en almíbar y una gran caja de guayaba, cuando apareció por la puerta el «ñato», con una preciosa canasta en la mano y parándose junto a Melchor, le dijo:

—Aquí le manda el patrón estos duraznos y dice que son de la chacra, para que convide a sus amigos y que muchos recuerdos.

¡El breve y gracioso moño de cinta celeste que cerraba la canasta no estaba, no podía estar hecho por don Casiano!...

* * *

Al llegar el día, Melchor estaba de pie, habiendo abandonado la cama con especial cuidado de no interrumpir el sueño de sus dos compañeros, hasta que llegase el momento de partir.

Hipólito tenía listo el break y Baldomero tomaba mate en compañía de Garona, que hecho a las costumbres criollas, había aprendido a «hacer roncar un cimarrón»—según la gráfica frase con que se da a entender que se ha sorbido hasta la última gota del mate.

La lluvia de la noche, bien que breve, había hecho descender la temperatura y del suelo húmedo se alzaba un vaho saturado de emanaciones olorosas, que daban particular densidad a la atmósfera. Podía decirse que el aire estaba «gordo» y así se veía a la distancia denso y violáceo como una tenue niebla invernal en pleno estío.

El sol soslayaba la tierra con rayos tibios, como el suave calor de un incendio que se inicia; pero que anunciaban para más tarde la alta temperatura propia de la estación y de un día sin nubes que la aplacaran.

Comprendiéndolo así, Baldomero contestó al saludo de Melchor, que elogiaba la mañana, diciéndole:

—Ahora está lindo; pero «hoy va a cantar la chicharra», ¿y esos hombres?...

—Duermen todavía; no he querido despertarlos, para que descansen un poco más.

—¿Tomará un mate, don Melchor? ¿o prefiere café?

—No, mate. ¿Es dulce?

—¡Verdad que usted toma dulce! Vea, Garona, haga cebar dulce también.

Garona llamó a una muchacha de servicio y minutos después Melchor tomaba su mate.

—¿Y los equipajes, Baldomero?

—Ya van en viaje. El carro salió hará dos horas.

—¡Pero vea usted!—dijo Melchor contemplando bondadosamente a Garona.—¡Cómo se aclimatan estos gringos!... ¡Quién había de decirle, don Saverio, que iba usted a tomar mate en su vida?

—¡Qué quiere!... aquí aprendemos de todo... y quién sabe si hay alguno que toma más mate «de» yo—contestó enfáticamente Garona, que hacía gala de su capacidad de bocoy, considerando que el verdadero mérito de «un buen gaucho» se revela por el número de mates que pueda tomar y no por calidades de otro orden.

—Cuando sea hora de salir, avise, Baldomero, para despertarlos.

—Cuando quiera, estamos listos.

—Bueno, don Saverio, haga llevar al cuarto café con leche, pan y manteca, bien servido, ¿eh?—y con el mate en la mano se dirigió al dormitorio de sus compañeros, a quienes dijo:

—¡Muchachos!... ¡Aquí está la Pampita!

—¡El qué?—exclamó Ricardo, irguiéndose rápidamente en la cama, al mismo tiempo que Lorenzo se incorporaba también.

—Que ya es de día...—contestó Melchor.

—Pero, ¿qué fue lo que dijiste?

—¡Nada!... que es hora de levantarse...

—¡Juraría que te había oído nombrar a la Pampita!

—¡Estás soñando!

—Yo sí que he soñado con ella—dijo Lorenzo,—¡y qué linda estaba!... Habíamos salido a caballo... los dos... por un camino largo... ¡muy largo!

—¡Que te parecería corto!—le interrumpió Melchor, agregando:—Bueno, levántense... ya les van a traer desayuno—y como en ese momento apareciera un sirviente llevándolo, le dijo:—Entre, ché, póngalo aquí... en esta mesa—y volviéndose a Lorenzo y Ricardo:—les voy a servir yo... ¿cuántos terrones?...

—¿Y por qué no nos dan mate?

—Es mejor café con leche; el mate produce acidez al estómago cuando no se está acostumbrado a tomarlo como desayuno..

—¿Y tú lo estás?...

—No; pero a mí no me hace nada.

—Si... por darte corte con esta gente... toma café con leche... no seas pavo—le dijo Ricardo.

—Contesta... ¡macaneador!... ¿cuántos terrones?...

—Para mí, tres—dijo Lorenzo.

—Para mí... cinco.

—¡Y querías tomar mate amargo!...

—¿Quién desea un cimarrón?—preguntó Baldomero, parándose en la puerta, y agregó:—Buenos días, señores.

—Buenos días—contestaron;—pase adelante.

—¿Han descansado?

—Hemos dormido perfectamente.

—¡Pero han soñado mucho!—dijo Melchor, riendo, mientras servía el desayuno.

—Si... ¿no? ¿y con quién?

—Son pavadas de éste—repuso Ricardo.

—¿Pavadas?... ¿Y el galope que ha pegado Lorenzo con la Pampita?...

—¿Cómo es eso?... ¡Señor!... ¡Cuente!—exclamó Baldomero.

—¡Cosas de Melchor, amigo!

—Tú me lo has dicho recién.

—Es que soñé realmente con que paseaba con ella a caballo.

—¡No decía yo!... ¡Si se me hace que vamos a andar mal!—dijo Baldomero, agregando:—¡Vaya que ella también haya soñado!...

—Sería interesante—dijo Melchor—saber con quién...

—¡Así es!—repuso Baldomero.

—Se le podría preguntar...—dijo Ricardo sonriendo.

—¿Y si resultase que era con Lorenzo?

—¡Mejor para él!

—¿Y si era contigo?

—Peor para él y mejor para mí.

—¡Qué! ¿Que ya se la están disputando?...—dijo Baldomero, y agregó:—Si quieren podemos dar una vueltita por la chacra antes de ir para la estancia.

Ante esta proposición quedaron un instante perplejos Lorenzo y Ricardo, que sentían vehementes deseos de aceptarla; pero éste se limitó a preguntar:

—¿Queda de camino?

—Eso es lo de menos; los caballos son guapos... y así de paso dejaban la canastita que la veo aquí... ¡pero sin el moño!...

—Y sin los duraznos—repuso Ricardo.

—Los duraznos los comimos anoche—intercedió Melchor,—pero yo no me he comido el moño.

—¡Ni yo!

—¡Ni yo tampoco!

—Yo sé decir—dijo Baldomero,—que anoche cuando la puse aquí lo tenía.

—Se lo habrán comido los ratones—dijo Ricardo.

—¡Eso ha de ser!—dijo irónicamente Baldomero, agregando:—¡Miren que no haber caído en la cuenta!

—A propósito, Baldomero, ¿quiere pedir la cuenta a Garona?

—Me dijo que la pagarían a la vuelta, don Melchor...

—¿Cómo a la vuelta?...

—Así me dijo... ¡y es tan porfiado el gringo!...

—¡Son cosas suyas!...

—¿Mías?... De Garona, querrá decirme... ¿y no les parece que es hora de ir saliendo?...

Los tres amigos se dirigieron al break que tenía en el pescante una gran canasta con las provisiones para el almuerzo, y subieron en él después de despedirse amablemente de cuantos encontraron al paso y de recomendar a Garona que hiciera llegar en seguida la canastita a don Casiano.

—¿Y usted, don Baldomero, no sube?—preguntó Lorenzo viendo que se disponía a cerrar la portezuela del break.

—Los voy a acompañar a caballo.

—¿Hasta la estancia?

—El azulejo es capaz de ir de un galope hasta Buenos Aires.

Al partir el break a todo trote, Baldomero se puso al costado, galopando con toda la bizarría del gaucho legendario, mientras su flete dejaba ver, al levantar los remos y al mirar hacia adelante, con sus ojos vivos, que éstos no alcanzaban a divisar distancia que lo cansase.

No habían andado dos leguas, cuando Baldomero exclamó:

—Pará, ché Hipólito; aquel hombre viene queriendo alcanzarnos.

En efecto, era un peón de Garona, que al llegar próximo al break y antes de que su caballo se detuviera del todo, se arrojó de él, bajándole la rienda, y dirigiéndose a Melchor le dijo:

—Aquí le traía estos telegramas.

Melchor los tomó y leyendo ávidamente la dirección de cada uno los repartió diciendo:

—Este es para mí; señor Lorenzo Praga; señor Ricardo Merrick; éste también es para mí.

—De mamá, que están todos buenos—dijo Lorenzo.

—Lo mismo en casa—agregó Ricardo.

—Por casa también, sin novedad; el otro es de Clota.

Ricardo dio vuelta la cabeza y se puso a mirar hacia adelante, mientras Hipólito preguntaba:

—¿Vamos?...

—¡Vamos!...

—¡Jiú!... ¡jiú!...

* * *

El sol al frente de los viajeros hizo exclamar a Ricardo:

—Empieza a hacerse sentir el calor.

—¿Quieres cambiar de asiento?—le dijo Melchor.—Aquí, Hipólito, ataja algo; te di ese lugar para que fueras viendo con más comodidad.

—No, si es lo mismo.

—¡Mira que aquí hay una sombrita!—insistió Melchor encogiéndose tras del cochero.

—No, voy bien; es que hace calor, no más.

—¿No quieres para atajarte del sol... un diario?...—le dijo Melchor irónicamente.

—Y a propósito, ¿los traes?

—¡Todos!....

Baldomero que oyó hablar de diarios, aproximó su caballo hasta poner una mano sobre el guardabarro lateral del break y preguntó:

—¿Hablan de algo los diarios?

—En la estancia le van a contestar, Baldomero, porque todavía no los han leído...—repuso Melchor riéndose, y agregó:—Pero los compraron.

Baldomero sonriéndose, separó el azulejo y con la mano de nuevo sobre el muslo derecho continuó galopando con insuperable gallardía.

El viento movía blandamente el ala de su chambergo y levantaba leves nubecillas de polvo que los cascos del azulejo removían aún de entre el césped, de tal modo era enérgica la fuerza con que los golpeaba.

El panorama parecía indicar el límite de la superficie habitada, no sólo porque las perspectivas del paisaje mostraban cada vez más raleadas las poblaciones y más pequeños los detalles vistos a la distancia, sino porque los ruidos, que llegaban al oído de los viajeros, eran extraños y tristes, casi agoreros, y hasta el vuelo pausado y oblicuo de los caranchos tenía el ritmo de una cadencia funeral.

Las haciendas se alzaban perezosamente, entumecidas por el reposo de la noche y el terneraje lanzaba en tonos quejumbrosos gritos que parecían lamentos de agonizante, mientras al paso del break huían las vaquillonas y los pequeños novillos, haciendo cabriolas que tenían todo el dengue de mohines de burla, como si se los inspirase aquel grupo de viajeros que en procura de salud moral marchaban aceleradamente hacia regiones de inacabables melancolías.

A ratos surgía, repentino y en gradación descendente, el trino glutinante de alguna perdiz que huía a refugiarse en su mimetismo; los teros saludaban a la distancia, lanzando su estridente grito y mientras los tordos, los cardenales y los chingolos se paseaban por el lomo de las vacas, las lechuzas parecían encogerse de hombros indiferentes o despreciativas, al levantar el vuelo de poste a poste, a medida que el break avanzaba en su camino.

Separados por potreros que parecían dilatadísimos, veíanse los bosques de las estancias disminuidos por las lejanías, hasta sugerir la idea de pequeños montecillos, y así lo hizo notar Ricardo:

—¿Por qué tienen tan pocos árboles junto a las casas, Baldomero?

—¡No crea, señor, si son arboledas grandes!... Mire allá... ¿ve?... derecho a aquella punta de hacienda... bueno... ése es campo de los «Unzueces»... que tienen árboles por lujo...

—¿Y no parece, eh?

—Que queda lejos... pero el bosque es grande...

Siguió un silencio prolongado, durante el cual Melchor sintió cien veces impulsos de sacar del bolsillo el telegrama de Clota, pero se abstuvo temeroso de provocar preguntas que no deseaba satisfacer. Ningún detalle del camino escapaba a la curiosa observación de Lorenzo y de Ricardo, que en más de un caso prefirieron ignorar la causa o la naturaleza de lo que veían, antes de revelar ante Hipólito la impericia campera que lógicamente padecían...

—¡Viste!...—se limitaban a preguntarse recíprocamente al ver cruzar una liebre o al ver aparecer en la puerta de su cueva algún vizcachón valetudinario.

En las postas del camino cambiaron caballos que Hipólito conocía hasta en sus detalles más íntimos y sin tropiezos llegaron a la del «Paso», donde debían almorzar y sestear, según lo anunciado por Melchor.

—¿Sabe que hemos andado ligero, Baldomero?

—¿Qué hora tiene, don Melchor?

—Las diez menos cuarto.

—¡Verdá! que hemos andado pronto... bueno que estos caballos son de ley.

—El que es de ley es el cochero—dijo Lorenzo,—y no le hacen justicia.

—Y con caminos pesados—agregó Ricardo.

—Algo... sí, señor... al salir del pueblo...; pero después, no... por aquí está casi seco... es que hemos tenido caballos guapos...

—¡Buenos días, don Melchor! ¡Cuánto gusto!—exclamó palmoteando la dueña de casa.

—¡Cómo está, doña Ramona!

—¡Para servirlo!... «entre adentro» que está fuerte el sol... pasen, señores.

—¿Y Anastasio?

—Anda por el campo, señor... y ¡miren que han venido temprano!... pero, ¿a qué hora salieron, don Baldomero?

—No me fijé, amiga... serían las cinco.

—¡Si cuando este muchacho me dijo que venía el breque... ¡qué le iba a creer!... Siempre saben llegar al mediodía.

—Realmente, Ramona: hemos venido como chasque.

—¡Como chasque! Don Melchor... ¿y la familia quedó buena?

—Todos buenos, gracias.

—Pero siéntense, señores, que están parados... y entrá esa canasta, muchacho... Anastasio no ha de tardar... ¿le cebo un mate, don Melchor?...

—¿Mate?... Creo que mis compañeros quieren algo más sólido... ¿qué tal, Lorenzo?...

—Venimos a tus órdenes.

—¡Eso quiere decir que hay apetito!... ¿No te decía yo?...—y agregó, alzando la voz:—¡Baldomero!

—¡A la orden, don Melchor!

—...aquí hay gente curiosa por ver lo que ha traído en la canasta.

—¡Ni sé lo que haya puesto Garona!... Vaya sacando, amiga. ¿Quiere?... Yo ya vengo—dijo desde la puerta Baldomero, teniendo del cabestro su azulejo al que le había sacado el cojinillo.

Mientras se disponía la mesa bajo la enramada del poniente, los tres amigos salieron a «estirar las piernas» por las inmediaciones.

—¿Por qué no llevan la escopeta? Don Melchor... puede que encuentren algo...

—No, Baldomero... las armas las carga el diablo... y estas vacas son ajenas...

—¡Lo dirás por ti; porque yo—replicó Ricardo en tono de broma,—donde pongo el ojo pongo la bala!

—¡El de mejor puntería!...

—No soy tan certero como tú...—contestó intencionadamente Ricardo, creyendo ver una alusión que no existía por cierto en la frase amistosa de Melchor. Comprendiéndolo, éste le dijo:

—Te he dado una broma, sin intención... pero ya que lo entiendes así... veremos si le aciertas a la Pampita.

—Parece que la Pampita te preocupa a ti más que a nosotros... Se lo podríamos telegrafiar a Clota... ¿qué te parece?

—Viniendo de ti tiene que parecerme bien.

—¡Oíganle!...

—Ché, Melchor; pero qué vida pasará aquí esta gente, ¿eh?

—¡Te parece, Lorenzo! Viven muy contentos y muy sanos.

—Yo creo que me moriría aquí antes de una semana.

—En ti me lo explico perfectamente.

—¿Por qué te lo explicas?

—Porque aquí no vienen diarios todos los días...

—No seas pavo—repuso cariñosamente Lorenzo; y la jira continuó sin alejarse mucho de las casas, hasta que Baldomero les gritó:

—¡Cuando gusten!

Al sentarse a la mesa apareció Anastasio, cuya fisonomía impresionó vivamente a Lorenzo y a Ricardo que en una rápida mirada se cambiaron la misma impresión: ¡qué traza!

En la expresión de Anastasio observaron, instantáneamente, un detalle extraordinario: ¡reía sin risa!

Toda su cara, en lo muscular, respondía a la intención de su dueño: los labios se tendían abiertamente dejando ver una dentadura ennegrecida y sólida; las comisuras de los párpados se contraían aumentando los surcos radiales que partían de ellas; los pómulos se levantaban, las arrugas de la frente disminuían... pero los ojos permanecían impávidos y fijos. Casi podía decirse que al reír su envoltura corpórea, el alma quedaba indiferente y seria.

Inspiraba lástima y miedo.

Saludó con breves palabras, con monosílabos casi, y fue la única persona que no hizo a Melchor los agasajos que todos. Cuando éste le invitó a participar del almuerzo rechazó el ofrecimiento con actitudes que lo mismo parecían de recelo que de timidez.

—Gracias... Ya churrasquié...

—¿Dónde?... viejo...—preguntó asombrada Ramona, sin obtener contestación.

—Arrímese, Anastasio—insistió Baldomero,—mire que vale más llegar a tiempo que andar rondando un año.

—Así... dicen...—contestó Anastasio, sin moverse de su sitio y castigando al suelo con la punta de su lonja.

Terminado el almuerzo, se dispuso la siesta bajo la caliginosidad creciente de un día de fuego y poco después de las 4 la caravana continuó su marcha en línea recta, a la «Celia».

Durante esta jornada se habló de Anastasio especialmente, pues habían quedado Lorenzo y Ricardo impresionados con él.

Melchor y Baldomero les referían la breve historia de aquel hombre desgraciado, especie de «Don Alvaro» del desierto, a quien la fatalidad le había puesto más de una vez en la boca del trabuco o en la punta del cuchillo el corazón de las personas a quienes más quiso en la vida.

Peleando en una pulpería una noche había muerto a su hermano, confundiéndolo con su adversario, en medio de un entrevero; tiempo después llegaba tarde de la noche a su rancho, y viendo un hombre junto a la puerta, simuló pasar de largo por el camino, para sorprender mejor; descendió del caballo y agazapándose entre las cicutas se dirigió hacia aquel hombre que iba a robarle su felicidad; los perros no se sentían...

Anastasio llegó hasta cerca de la puerta y oyó estas palabras, dichas entre dientes como en un rezongo:

—Abrí, te digo, soy yo.

La puerta se abrió y un relámpago de celos precedió a un relámpago de fuego: Anastasio había descargado su formidable trabuco sobre un salteador y sobre su mujercita inocente, matando a los dos.

—¿Y hace mucho tiempo?—preguntó Ricardo.

—¿Qué hará?... irá para tres años... ¿no, don Melchor?

—Por ahí, Baldomero; yo no me acuerdo bien.

—Pero él se acuerda bien—moduló Ricardo como hablando consigo mismo;—él se acuerda... ¡pobre hombre!... se ve que sufre una pena sin consuelo...

—¿Y doña Ramona?... Ché, Ricardo—le interrumpió Melchor, repitiéndole al golpearle cariñosamente el muslo y mirándole fijo en sus ojos como para subrayar la intención de la frase:—¿Y doña Ramona?... ¿No es un consuelo?...

* * *

Iba cayendo la tarde... El sol parecía hundirse entre montañas de nubes que él mismo pintaba con diversos tonos entre estallidos rectos de rayos rojos.

Por el lado del naciente se veían como apoyados al suelo en el límite del horizonte espesos y multiformes cúmulos parduscos sobre los cuales brillaba Júpiter parpadeante y sólo en la infinita limpidez del cielo.

Largas hileras de haciendas mugientes regresaban de los jagüeles, con el aspecto de trabajadores que volviesen de pesadas tareas; las majadas se agrupaban como para solidarizarse ante la amenaza de peligros nocturnales, y mientras un lechuzón permanecía temblequeando fijo en un punto del espacio, pasaba cabizbajo a raudo trote un perro flaco y desvalido, con rumbo a las casas...

Había en toda la amplitud del paisaje notas de aurora y tonos de indefinibles melancolías crepusculares...

El break había transpuesto la última tranquera y realizaba la más breve de las etapas entre la prolija observación del ganado, cuyos ejemplares lo seguían con la vista, como reconociéndolo.

—Ya estamos, muchachos: aquéllas son las casas.

—¡Qué hermoso me parece todo esto!—exclamó Ricardo, ocultando quizá su pensamiento íntimo.

—Y a mí... ¡qué triste!

—Déjate de ver cosas tristes, Lorenzo, y piensa que al franquear aquella tranquera hemos hecho honda y firme la resolución de aquel amigo, que les referí ayer: «¡Ahora, hay que reírse!»

—Trataremos de reírnos.

—¡Y lo haremos en grande!... ¡Yo ya me vengo riendo de pensar en las consecuencias de los primeros galopes!... ¿Tú has andado muy poco a caballo, Ricardo?

—¡No he andado en mi vida!

—Le daremos un caballito manso—dijo Baldomero, que en ese momento se había aproximado al break;—el malacara de la niña Lola... ése es como ir en coche...

—¿Será como ése?...

—¡Ah... no, señor!... cosa muy diferente... el malacara es de paseo...

—¡Yo vengo asombrado de la resistencia de su caballo!

—Y véalo, don Ricardo... ¡mire!... ¡viene «tironeando»!... como al salir...

Envanecido por los elogios al azulejo, Baldomero le hizo una «aflojadita», en momentos que llegaban a la casa, y fue a detenerse bajo los ombúes de la caballeriza, gritando:

—¡Qué hacen que no llaman estos perros?... ¡fuera! ¡Nemo!... ¡fuera! ¡Bachicha!...

Los viajeros descendieron del coche, y entre saludos a la gente que les esperaba se dirigieron a la casa por un caminito del jardín, guiados por Melchor, que al entrar en las piezas les decía:

—¡La sala... ya ven... hasta piano!... para ti, Ricardo, que eres tan aficionado... Sigan... éste es el escritorio del viejo...—y alzando la voz gritó:—¡Baldomero!... haga traer luz; sigan, muchachos: el cuarto de mamá... estos dos son de las muchachas... éste no hay que presentarlo: ¿qué les parece?...

—¡Qué hermosura de comedor!...

—Ahora vengan por aquí... miren... un cuarto de baño...

—¡Espléndido!

—Mi cuarto..... y éstos que siguen... ¿ven?... para huéspedes... otro cuarto de baño... y todo con ventanas al corredor.

—¡Es una gran casa!

—De cuartos grandes no más, ché; pero es cómoda. Ahora, nos bañaremos, si les parece, y comeremos en seguida.... Mañana recorremos lo demás.

—¡Sí, ché, a bañarnos!

—Vea, José—dijo Melchor, dirigiéndose al sirviente de la estancia que les acompañaba con una lámpara en la mano,—ponga todo en los baños, prontito, y encienda las luces.

—Sí, señor.

—Oiga, José... ¿dónde ha puesto los equipajes?

—Lo suyo está en su cuarto; los otros los pusimos en la pieza grande.

—No; tráigalos al cuarto al lado del mío... así los tenemos más a la mano... ¿quieren que vayamos para allá?

—¿Para dónde?

—A sentarnos al frente mientras preparan el baño.

—Bueno.

Sentados en el corredor contemplaban los viajeros la llegada de la noche y comentaban las incidencias del viaje, cuando de pronto dijo Ricardo con una espontaneidad que asombró gratamente a Melchor:

—¡Voy a probar el piano! ¿No estará cerrado?

—Ha de tener la llave puesta, si no avisa—y volviéndose a Lorenzo:—¡y qué bien toca Ricardo, eh?...

—¡Hum!—hizo Lorenzo bajo la presión de una angustia intensísima que crecía en su espíritu con el avance de la noche.

De la sala salía el tenue resplandor de una lámpara a media luz; en los árboles del jardín gorjeaban a intervalos pajaritos que parecían buscarse mutuamente entre las tinieblas del follaje; a lo lejos se oían balidos aislados, y sentados en silencio Lorenzo y Melchor, viendo por entre las plantas el resplandor distante de la cocina, escuchaban las primeras notas con que Ricardo estimulaba su memoria.

—¿Qué vas a tocar?

—No sé, ché, Melchor... estoy pensando.

—¡Toca el pericón nacional!... que es de circunstancias.

—No lo sé...

—¿Y los tristes argentinos... que son tan lindos?

—Tampoco... de memoria no los recuerdo.

—¡Bueno! toca lo que te dé la gana.

—El quinto nocturno...

Y Ricardo atacó con exquisita delicadeza la bellísima melodía de Chopín, cuyos acordes ponían en el ambiente una nota de intensa y honda melancolía.

—¡Qué es eso! Lorenzo, por Dios—exclamó de pronto Melchor, poniéndose angustiosamente de pie y acercándose a su amigo, que había ocultado la cabeza en el brazo derecho puesto sobre el respaldar de la silla y lloraba a sollozos, mientras Ricardo continuaba tocando en el piano el 5.º nocturno de Chopín.

—¡Qué es eso?... ¡Caramba!... ¿Qué tienes?...—repetía Melchor, inclinado cariñosamente sobre el cuerpo de Lorenzo.

—¡No sé!...—repuso éste, poniéndose de pie y reclinándose lánguidamente en el pecho de Melchor,—no sé... hace rato... ¡tengo una opresión...! que no oiga Ricardo...

—Ven... ven conmigo... por aquí—y abrazados como dos hermanos que se consuelan, como dos amantes que se idolatran, siguieron por un camino del jardín hasta una pequeña glorieta en uno de cuyos bancos se sentaron, oyendo claras y nítidas las sugerentes notas del nocturno.

—¡Cuánto te incomodo!...

—No, Lorenzo, tú no puedes incomodarme jamás... ¿pero qué tienes?...

—...¡No sé!... aquí... no sé qué tengo... ¡ganas de llorar!

—Llora... así... llora no más... eso te hará bien...

Lorenzo lloraba a sollozos, recostada la cabeza en el hombro de Melchor, de cuyos ojos caían silenciosas lágrimas sobre el cabello de su amigo...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—...Bueno... ¡ya pasó...! ¡Cuánto te incomodo!...

—¡Al contrario!... acabas de darme un alegrón...

—¿Esto más?... ¡eres un santo, Melchor!

—¡Pues un alegrón! porque este llanto tuyo implica la crisis más franca en tu estado puramente moral... con esas lágrimas sé ha volcado bajo la presión ambiente, toda la enfermedad nerviosa de que padecías...

—Ahora siento un gran alivio.

—¡Es que ya estás curado!... ¿Vamos?... Te has pasado acumulando lágrimas engendradas por preocupaciones ridículas, mientras tu organismo se viciaba por influencia de esas mismas preocupaciones, y libre de ellas, han bastado unas cuantas horas y un poco de aire puro y de nuevas perspectivas para que tu organismo se revolucione y arroje de sí al déspota que lo esclavizaba... y que ha salido... ¡llorando!... ché... así son los tiranos...

—¡Eres un santo, Melchor!

—...lloran en cuanto no pueden seguir tiranizando... ¿te has fijado?... ahora ya estás libre... ¿ves?... ya estás sano.

—¡Tú eres capaz de curarme!

—...ya puedes decir, en legítima posesión de ti mismo: «¡Ahora hay que reír!»

—Sí, ¡pero no vayas a reírte de mí!

—¡Ni tú de mí, ¿eh? porque desde ahora todo te va a dar risa!

En ese momento llegaban al corredor, en el que, asomado por la puerta de la sala y haciendo visera con la mano, decía Ricardo:

—¿Se han quedado dormidos?...

—No, sería ofensivo—le contestó Melchor al subir al corredor,—porque con mala música no se puede dormir, según la célebre anécdota.

—¿Y de dónde vienen?

—Nos alejamos un poco para oírte mejor.

—No es cierto; yo debo decirte ahora la verdad, Ricardo; ¿a qué engañarte?... ya no hay objeto: ¡he llorado como un tonto!

—¿Has llorado?... ¿Por qué...?

—¡Qué sé yo!... Ese nocturno me hizo llorar.

—La tesis de Tolstoy en la Sonata de Kreutzer... ya ves si hay músicas que no deben tocarse así no más.

—Pero a Lorenzo le ha hecho bien; ya está curado.

—¿Cómo así?...

—Sí, Ricardo—repuso Lorenzo sonriéndose.—¡Ahora hay que reírse!

* * *

—¿Y Baldomero no viene a comer con nosotros?—preguntó Ricardo al sentarse a la mesa.

—Come con su familia.

—¿Por qué no lo invitas, Melchor? ¡Es tan entretenido!

—Son las nueve pasadas; ya ha comido, seguramente.

—¿Vendrá a tomar el café con nosotros?

—Hágale decir, José, a Baldomero, que venga, a tomar el café.

—Aquí está Baldomero, don Melchor; ¿para qué me necesita?—dijo tomándose en alto con ambas manos de los barrotes de la ventana que daba al corredor.

—¿Ya tomó café, Baldomero?

—¿De desayuno?... todavía no, don Ricardo contestó Baldomero festejando su propia ocurrencia.

—¡Qué! ¿Es tan tarde?...

—¡No, señor!... luego va a ser más tarde...

—Aquí es necesario estar muy advertido, Ricardo—dijo Melchor,—porque aquí... el que no corre...

—¡Dispara, don Melchor!—dijo Baldomero completando picarescamente la frase y dirigiéndose a entrar al comedor.

—Parece que hay apetito, señores.

—Es verdad, Baldomero... hasta yo estoy comiendo con gusto.

—¿Qué sabe no tener ganas, don Lorenzo?

—Pocas, generalmente... pero hoy tengo... es el aire del campo.

—¡Quién sabe, señor!... Mire que en el pueblo es el mismo aire y puede que alguien no tenga ganas... ¡de comer!

—No habría de ser por culpa mía.

—No digo tanto, don Lorenzo... es un decir, no más... ¿no le parece, don Ricardo?...

—¿De qué hablaban?...

—¡Cuerpeador, el señor!...

—No, Baldomero; es que estoy ocupado con esta costilla y no atendía... por sacarle...

—¿Quieres más asado?...

—Ya que te empeñas...

—¡Mire que se ha hecho de rogar, don Ricardo! ¿y no le hará mal comer sin ganas?...

—¿Sabe, Baldomero—interrumpió Lorenzo,—que estoy preocupado con una cosa?

—Usted dirá, señor.

—¿Qué le dijo a usted ayer ese hombre con quien habló, cuando estábamos comiendo?

—¡Zonceras, señor!... que no valen la pena.

—Pero usted estaba enojado, ¿no es verdad?

—Tanto no, señor.

—¡Sí! Usted parecía enojado y cuando usted volvió a sentarse con nosotros vi que él se besaba la señal de la cruz y hablaba en voz baja con el compañero, como profiriendo una amenaza.

—¡Para que usted lo viera, don Lorenzo! ¿Qué quiere que haga ese laucha?

—Era Martín, ¿no, Baldomero?

—Él era, don Melchor. ¡Fíjese!...

—No hay enemigo pequeño, Baldomero.

—¡Cuando hay enemigo, don Lorenzo! Pero Martín no es hombre para pararse.

—El que tiene aspecto de bravo es Anastasio, ¿no?—dijo Ricardo.

—¿Ese?... ése es bravo con doña Ramona...

—¿Es posible?—preguntó Lorenzo.

—¡Le da una vida!... bueno que él se ha juntado por la necesidad no más.

—Y ella parece una mujer excelente.

—Así es; sí, señor, ¡buenaza!... y no digamos que sea mala cosa... porque aunque le ande cerca a los cuarenta...

—Realmente—dijo Ricardo,—es más bien buena moza... ¡y ha de haber sido linda!

—¿Anastasio la castiga, Baldomero?—preguntó como dudando Melchor.

—¡Si veinte veces la ha echado del rancho!... pero, ¿a dónde va a ir la infeliz?

—¿Por qué no la trae al campo, Baldomero?... Aquí habría trabajo que darle... en el puesto de las aves... o para lavar.

—Para eso sí... nunca estaría de más.

—Debes realizar esa obra buena; pobre infeliz—dijo Lorenzo.

—Mañana mismo nos vamos de un galope hasta el «Paso», ¿qué les parece? y le hablo—respondió Melchor, que de pocos estímulos necesitaba, para lanzarse en empresas de esa clase.

—¿Y piensa traerla, don Melchor?

—Traerla, no; pero ofrecerle que se venga cuando quiera... es un crimen dejar a una mujer como ésa en semejante condición.

—Harás perfectamente.

—¿Y por qué no completa la obra, don Melchor?

—¿Cómo?...

—«Corriéndose» hasta el pueblo... y trayendo «alguien»... que sepa tocar el piano... para que lo acompañe a don Ricardo...

—¿Y a quién podría traer?—preguntó éste, ¿o hay pianistas que se «alquilen»?

—De eso no sé... yo conozco poco en el pueblo... ¿sabe quién le puede informar? es don Casiano...

—Lo que es por mí se pueden ahorrar el trabajo, porque también, tratándose de tocar el piano, puedo aplicarme aquello de que «el buey suelto bien se lame».

—¡Más mejor se lamen dos, don Ricardo!—dijo Baldomero coreado por las carcajadas de todos.

—Así será... pero «solo» nací—replicó Ricardo siguiendo la broma,—«solo» me como esta humita y «solo» toco el piano.

—¡No vaya a hablar solo también; no sea el diablo que lo tomen por loco...!

—¿Y usted cree, Baldomero, que no hay más locos que los que hablan solos?...

—¡Qué voy a creer, señor!... ¡si hay locos de toda laya!... locos de hambre... esos que hay ahora que les dicen locos de verano... ¡Si hasta hay locos por... la Pampita!.....

—Eso de los locos de hambre, ¿lo ha dicho por mí?...

—No, señor; eso, no... coma no más tranquilo...

—¡Qué Baldomero éste... es la piel de Judas!

—¡No me la vaya a quitar, don Ricardo, que no tengo otra...!

—Y a todo esto—dijo Lorenzo,—¿qué programa tenemos para mañana?

—Si se animan iremos hasta lo de Anastasio.

—¿A caballo, Melchor?

—¡Claro está!

—¿No es muy lejos para un «debut»?

—¡No, hombre! Yendo en buenos caballos y despacio...

—Yo preferiría que nos ensayáramos de a poco.

—Vayan ustedes en el break; yo iré a caballo.

—¡Eso es! Y así podremos alternar... un poco en tu caballo... y otro en coche.

—Si quieren—dijo Baldomero—hay caballos muy mansos y de lindo andar... bueno, que para ir hasta lo de Anastasio es lejos, agregó recapacitando.

—¡Y usted hablaba de «corrernos» hasta el pueblo!

—¡Es diferente, don Ricardo!... una cosa es ir a un encargue y otra es ir... pongo por caso, a visitar la «Pampita».

—Realmente, valdría la pena—dijo Lorenzo,—conque yo que nunca me he fijado en muchacha alguna he quedado fuertemente impresionado con ésta.

—¡Ya ves! Tú que decías que no encontrarías mujer a tu gusto, te estás sintiendo tiernito ahora; ha sido necesario venir a estos mundos para encontrarla.

—Ya me estás casando, Melchor.

—No digo tanto; pero tu declaración de ahora, y tu pesadilla de anoche dejan pensar que este viaje puede resultar de grandes... enseñanzas.

—Por lo pronto hemos recogido una—dijo Ricardo,—que va contra tus ideas.

—¿Cuál?...

—¡El caso de Anastasio! Ahí tienes un hombre víctima inconsolable de un dolor moral.

—¿Vas a ponerme como ejemplo un ser inferior, inculto, torpe, aislado de la sociedad en un medio que basta y sobra para llevar a la misantropía? ¡No, pues! Si Anastasio fuera de la condición que nosotros y tuviera el capital intelectual de que nosotros disponemos y viviera en pleno Buenos Aires, había de encontrar en su propio espíritu y en las influencias circundantes, los estímulos necesarios para triunfar de su dolor por muy hondo que sea y que yo respeto en él, porque es él; porque vive casi solo y a solas constantemente con sus recuerdos atribuladores; pero que no respetaría ni en mí mismo puesto en la situación en que estoy, felizmente.

—¡Sabe que ha hablado lindo, don Melchor!—exclamó Baldomero.

—Yo censuro—continuó diciendo vehementemente Melchor—a los que acarician cualquier congoja como afanosos por conservarla el mayor tiempo posible; yo anatematizo a los que se entregan con fruición a todas las desesperaciones de cualquier dolor moral por intenso que sea, y en vez de tirarlo al último rincón lo pasean en los labios como esos pordioseros que van mostrando una llaga para excitar la caridad pública; yo me refiero a los cobardes que se rinden sin luchar por no darse el trabajo de esgrimir las armas qué tienen a la mano.

Lorenzo y Ricardo escuchaban a Melchor como reos ante una acusación irreducible, mientras Baldomero pensaba que su presencia era inconveniente en aquel momento, en que comprendía instintivamente que Melchor desempeñaba una función trascendental.

—Bueno, don Melchor, voy a dejarlos.

—¿Ya se va, Baldomero? ¿no quiere una copita de coñac?

—Gracias, don Melchor, no tomo.

—¡Tome! Yo también voy a tomar para festejar la venida de ustedes.

—¿Vas a tomar coñac, Melchor?—le dijo Lorenzo con visible extrañeza.

—¡Qué me va a hacer!... ¡una copita a la salud de ustedes... y de Clota!... ¡agua... ché... me he abrasado!...

—¡Para qué tomaste!

—Bueno, don Melchor, yo voy a retirarme; ¿le digo entonces a Hipólito que ate?

—Sí, que ate, y que me ensillen el zaino.

—¿Para qué hora piensan salir?

—Yo voy a ir a despertarlo.

—Será, señor, si no hace un paseo más largo...

—¿Qué paseo?

—El galope con la «Pampita»...

—La «Pampita»... la «Pampita»...—repetían Lorenzo y Ricardo.

* * *

En el momento en que Lorenzo abría la puerta para salir al corredor, llegaba Baldomero con el mate en la mano.

—¡Vaya, don Lorenzo, así me gusta!

—Ya ve: lavado y listo.

—¿Y los compañeros?

—Ricardo se está vistiendo; pero Melchor duerme todavía.

—¿Duerme todavía?... Sabe que es raro.

—Lo he despertado dos veces y se ha vuelto a dormir.

—Y... ¿se anima a ir a caballo?

—Hasta el «Paso»... es demasiado.

—Están ensillando caballos para ustedes; yo mandé ensillar el malacara de la niña Lola para don Ricardo, que le había prometido, y para usted un overito de la nena, que es una malva. ¿No quiere un mate?...

—¿Dulce?

—¿Usted también toma dulce?... le daremos con azúcar. ¿Vamos para allá?...

—Bueno, ¿y no me desconocerán los perros?

—Son mansos, no tenga reparo.

A la tenuísima vislumbre de un amanecer apacible siguieron la estrecha senda del jardín que daba acceso a las caballerizas, en las que a favor de un farol pequeño y sucio el caballerizo ensillaba los caballos que un muchacho rasqueteaba previamente.

En el boj que bordeaba el camino, tropezaba Lorenzo a cada paso, al mismo tiempo que esquivaba, al tacto, las guías con flores que los rosales parecían tenderle como para brindarle las galas de sus productos.

Al presentarse en el sitio en que se rasqueteaban y ensillaban los caballos, éstos resoplaron vibrantemente en forma que Lorenzo quiso entender como una burla, casi como si fueran carcajadas caballunas, como si hubieran sido capaces de pensar al verle: ¡Y éste es el que va a montarnos!... mientras los perros le contemplaban a cierta distancia sin que faltara alguno más confiado que se llegase a helarle las pantorrillas con el soplido explorador de su hocico.

Bajo el alero de la caballeriza tubaban palomas con tonos de dianas distantes y el «errás-errás» de la rasqueta era apagado a veces por el repentino aleteo de alguna gallina madrugadora que se descolgaba al suelo y daba luego una pequeña carrerita cacareando a grito herido, como si hubiera realizado una hazaña prodigiosa.

Las vacas tamberas se aproximaban solas a sus palenques desoyendo los reclamos temblorosos de sus crías embozaladas y mientras todo despertaba a la tarea diurna en aquel breve trecho, cruzaba el espacio una bandada de patos laguneros, rumbo a la luz, dejando caer desde lo alto gritos que parecían decir como el del cuervo de Poé: «¡ja... más!... ¡ja... más!...»

El día avanzaba poniendo tintes amarillentos en las aristas de las cosas haciéndolas surgir de entre la brumosidad ambiente y uno de los detalles de aquel cuadro campestre que más llamó la atención de Lorenzo, fue un perrazo bayo que se alzó de pronto sobre sus cuatro patas rígidas, levantó la cola, recta como una espada, arqueó graciosamente su cuerpo y lanzó un gran bostezo para echarse de nuevo lamiéndose los labios como si lo paladeara...

—Aquí está su overo, don Lorenzo, quítele lo desparejo...

—¿Es un poco chico, no?

—¿Cuándo ha visto licor en jarro de agua?...

—¡Lo he visto en botellas!

—¡Pero no en pipas! Si vamos a eso. ¡Este es un caballito... mire!... ¡qué usted verá!...

—¿Y aquél?

—¡Ese es el crédito de don Melchor! ¡Yo no sé qué le encuentra a ese caballo!... ¡Porque si es el andar, no vale gran cosa... ni siquiera sabe armarse... estrellero! ¡como el sólo! y hasta algo mosquiador... en fin: es un gusto.

—¿Y qué quiere decir estrellero?

—Que va con la cabeza así... ¿ve?... y el cogote por lo consiguiente—dijo Baldomero estirando el brazo y la mano hacia adelante.

—¿Y no tienen algún caballo de «sobrepaso»?—preguntó Lorenzo por compensar en algo la ignorancia evidenciada.

—Hay un petizo. ¡Fíjese!... ¿Quiere verlo?—y volviéndose al muchacho que rasqueteaba al malacara dijo:

—Ché, Juancito, echá el «Risueño»...

—Está en el potrero de las coloradas.

—¿Desde cuándo?

—Afloja una mano—respondió el muchacho como si contestara a la pregunta.

—¿Y se llama «Risueño» el petizo?—preguntó sonriendo Lorenzo.

—¿Sabe por qué le pusieron?... porque cuando siente el freno, que se lo van a poner en la boca, sabe levantar el labio, que parece que se estuviera riendo.

—¡Ahí viene Ricardo!... ¡Qué toilette tan larga!

—No, es que me quedé hablando con Melchor; buenos días, Baldomero.

—¿Cómo pasó la noche, don Ricardo?

—He dormido muy bien... ¡qué linda mañana! ¿eh?

—¿Y Melchor?

—Me ha costado un triunfo despertarlo. Dice que tiene más pereza que vergüenza.

—¡Y él sabe ser madrugador!... Estará cansado... o puede que tenga un atraso de sueño.

—Voy a verlo, ya vuelvo, espérame aquí con Baldomero.

Por la ventana del dormitorio vio Lorenzo al subir al corredor, que Melchor estaba sentado en el borde de la cama con las manos sobre los muslos en actitud de profundo ensimismamiento; pero en el mismo instante en que le golpeó el vidrio, Melchor le miró sonriendo como si hubiera estado pensando en cosas alegres.

Lorenzo penetró en el dormitorio, ligeramente preocupado con la actitud en que había sorprendido a Melchor, y le dijo:

—¿No te sientes bien?

—¿Yo?... ¡Perfectamente!... ¿Por qué?

—Me dijo Ricardo que estabas sin muchas ganas de levantarte.

—¡Cosas de Ricardo! ¡Tenía un poco de sueño y nada más!... en un periquete me visto e iremos a dar un galope; espérate.

Lorenzo se aproximó a la ventana, por la que se veía gran parte del jardín, la casa de Baldomero a la izquierda y al fondo las caballerizas rodeadas de corpulentos y seculares ombúes.

En la parte posterior de la casa continuaba el jardín hasta el punto en que empezaba el monte de frutales y era de tal modo vibrante y compacto, si puede decirse, casi aturdidor, el cantar matinal de los pájaros, que hizo exclamar a Lorenzo:

—Parece una pajarera esta casa.

—¿Has visto?... ¡Cuánto pájaro! ¿eh? Es que aquí no se les persigue y, al contrario, cuando están las muchachas les echan montones de alpiste y de maíz de guinea por todas partes.

—¡Qué lindo es eso!

—Aquí todo es lindo, ché, hay que convencerse, y si no fuera que la estancia queda tan lejos de Buenos Aires, yo me vendría a vivir a ella para siempre.

—¿Y qué te lo impide?... Al fin tu empleo no te da gran cosa.

—No; si yo lo conservo por ocuparme en algo y porque es de porvenir; pero no sería justo que la condenase a Clota a este aislamiento... ¿Por mí? Si yo me dejase llevar de mi tendencia no me movía más de aquí.

—¡Te parece!... al mes saldrías volando para la ciudad... Nosotros no hemos nacido para la vida embrutecedora del campo... para esta soledad... este aislamiento...

—Todo tiene sus encantos y sus compensaciones, Lorenzo. Aquí hay soledad; pero hay salud; hay aislamiento pero no hay decepciones.

—¿Y de qué decepciones puedes quejarte tú?

—¡Bah!... Es que yo disimulo; pero si tú supieras cuántos me han frecuentado asiduamente, cuando yo no tenía más tarea que atenderles y distraerles y se me han retirado en cuanto me vieron ocupado o preocupado.

—¡Eso me parece muy natural!

—¡Ah!... ¡Sí!... «¡muy natural!» Llevarme tribulaciones, angustias, conflictos de todo género, para que yo los consolase o los arreglara y el día que me tocaba quejarme a mí, encontrarme solo entre las cuatro paredes de mi cuarto.

—¡Pero tú no puedes decir eso, Melchor! ¡Tú menos que nadie!

—¡Bah!... Con excepción de Ricardo y de ti, ¿dime? ¿cuáles son mis amigos ahora?

—¡Pero los de siempre, Melchor! Es claro que te frecuentan menos por tus visitas a Clota... y porque, al fin y al cabo, tú también has cambiado... ya no eres tan chacotón ni tan conversador como antes.

—¡Yo no he cambiado!—le interrumpió Melchor con cierta vehemencia, suspendiendo la tarea de anudarse la corbata.—¡Son ellos los que me habrán hecho cambiar!... Los que supieron aprovecharme siempre que me necesitaron, y para sacarme el cuerpo el día que pude necesitar de ellos: ¡porque todos son así!...

—¡Son ganas de quejarte!

—¡Bueno! Así será, no hablemos más de esto; mira qué monada esa ratoncita... ¡allí!... ¿La ves?... bajo aquel clavel...

—¿Sabes cuál es su nombre técnico?

—¡Qué voy a saber!

—Troglodita.

—¡Eso querría ser yo!...

En ese momento se presentó en la puerta del cuarto Juancito, el pequeño peón de la caballeriza, y dijo:

—Buen día, don Melchor... ¿que si no van a ir?

* * *

—¡Qué barbaridad! ¡Ya no puedo tomar más!—dijo Ricardo poniendo en el suelo un vaso con un poco de leche.

—Ni yo tampoco: he tomado demasiada.

—A mí sáqueme otro vaso, Águeda.

—¡Será a la vaca, niño Melchor!—contestó la vieja que ordeñaba, riendo de su propia ocurrencia y procurando cubrir con sus labios plegados de arrugas el solo diente que le quedaba en la boca, largo y amarillento, como hueso de bagual en una zanja.

—¡Vea!... ¡Doña Águeda mojando también!

—¡No se descuide, don Baldomero, que cuando llueve se mojan todos!—replicó la vieja disponiéndose a ordeñar, al sentarse en cuclillas al pie de una vaca negra que rumiaba tranquilamente, mientras movía, sin éxito, el tronco de su cola atada en la punta a sus propios garrones.

—Yo he tenido que desayunarme con leche—dijo Lorenzo,—cansado de esperar un mate dulce que me ofrecieron...

—¡Pero, si usted se fue a conversar con don Melchor!...

—Le digo por broma, Baldomero; si yo prefiero la leche.

—¿Y al fin?... ¿Nos vamos a pasar aquí la mañana?

—¡Cuando quieran!... ¿Van a ir a caballo?—preguntó Melchor.

—Si hemos de ir hasta lo de Anastasio, prefiero el coche.

—No, Lorenzo, iremos otro día; vamos a dar una vuelta por el campo, no más.

—Entonces nos ensayaremos... ¿qué te parece, Ricardo?

—¡Convenido!... ¡a caballo!

—¿Y eso?... ¿No decía, don Melchor, que iba a ir hoy para hablar a doña Ramona?...

—Iremos mañana, Baldomero, u otro día... Cuando estén más acostumbrados al caballo, ¿no le parece?...

—Como usted mande... ¿y no sería bueno consultarle primero al patrón?

—No hay necesidad; al viejo le parece bien todo lo que yo hago, y tratándose de una cosa así, más.

Al tomar los caballos, dijo Ricardo:

—¡Baldomero!... ¡bajo su responsabilidad!

—Monte sin cuidado, señor. ¡Si el malacara es una dama!

Efectivamente, ni el malacara de Ricardo, ni el overo de Lorenzo parecieron darse por entendidos de la carga que tenían, pues quedaron inmóviles en el mismo sitio, sin dar señales de vida.

Los dos jinetes sentían la honda emoción de una expectativa trascendental, temerosos de las consecuencias de una repentina resolución de los nobles brutos, y abrumados también por la actitud de intensa curiosidad con que eran observados por Baldomero, Hipólito, José, Águeda, el caballerizo, Juancito, los perros, las vacas y hasta las palomas que sobre los tirantes del techo inclinaban sus cabecitas como para mirarlos mejor.

—¿Vamos?...—dijo Melchor, correctamente montado en su zaino.

—Bue...e...no—Contestó Ricardo, pensando:—¡Aquí va a pasar algo!

Casi al pensamiento de Melchor respondió el zaino avanzando, con su cabeza levantada como si explorase el horizonte; el malacara, por instinto, que no por resolución de su jinete, lo siguió; viendo el overo que sus compañeros se iban, no quiso quedarse solo y en un ex abrupto mortificante, salió al trotecito.

Lorenzo creyó, en el primer instante, que se había desbocado; pero no perdió su serenidad hasta el extremo de no oír que Baldomero le decía:

—Que se divierta.

A favor de la marcha del overo pudo ponerse pronto al lado de Melchor, a quien le preguntó, sin volver la cabeza por temor de perder el equilibrio que a duras penas había podido conservar:

—¿Por qué... me... habrá... dicho... Baldomero... que... me... divierta?...

—¡Qué encuentras de raro en eso?

—¿Yo?... nada...—repuso Lorenzo que empezaba a sudar; y agregó:—no... vayamos... tan... ligero...

—Sujeta, si te incomoda el trote.

Obedeció Lorenzo tan estrictamente, que el overo se paró.

—¿Qué te pasa?... ¿Por qué te paras?...

—«Él»... se paró.

—¡Sigue... hombre!...

El «hombre» no siguió; siguió el caballo, reanudando su irritante trotecito a favor del cual los pantalones de Lorenzo se acortaban aceleradamente.

Ricardo había tomado posesión del malacara descubriendo en él una condición salvadora: era íntimo amigo del zaino... ¡inseparable! y resolvió no contrariar en lo más mínimo el noble afecto del noble bruto. De esta suerte, a través del zaino y de Ricardo, Melchor gobernaba al malacara, convertido por discreta resolución de su jinete en la sombra del compañero de pesebre, cuyos movimientos seguía con absoluta libertad.

—Tu... caballo... sí... que... es... bueno...—dijo Lorenzo a quien el zangoloteo a que el suyo lo obligaba le impedía emitir más de tres sílabas seguidas.

—Tiene muy buen tranco, realmente.—contestó Ricardo;—pero el tuyo es más bonito.

—¿Quieres... cambiar?...

—No; voy bien, en éste.

—Lolita hace lo que quiere en ese caballo—dijo Melchor.

—¡Quién fuera Lolita!—pensó Ricardo.

—¡Quién podrá hacerlo con este monstruo!—pensó Lorenzo.

—Lo que despuntemos este alambrado, podremos galopar.

—¿Para... qué?... Melchor... no... tenemos... apuro...

Melchor, que había notado las angustias inmotivadas de Lorenzo, prorrumpió en una carcajada, diciéndole:

—¡Vienes temiéndole a ese caballo en el que la nena hace lo que quiere!

—La... nena... ella... sabe... andar.

—¡Pero si cualquiera sabe andar en ese caballo!

—Es... que... yo... no... lo... conozco—repuso Lorenzo sudando a mares y viendo pavorosamente que el fin del alambrado estaba próximo.

Por la fatiga que sentía, por el calor que lo abrumaba, por la tirantez de su ropa en toda dirección y por otros detalles concurrentes, calculaba Lorenzo haber andado varias leguas, cuando al volver la cabeza por un movimiento de instintiva curiosidad, vio a corta distancia que Águeda desataba la cola de la lechera negra.

—¿Galopemos?...—dijo Melchor inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante, y los tres caballos aceptaron la invitación...

Cuando Lorenzo iba a romper en una enérgica protesta, se encontró galopando sin poder evitarlo; pero al mismo tiempo notó, o creyó notar, que esa nueva forma de marcha era más soportable, bien que le molestaba algo el movimiento de ascenso y descenso de los jinetes que llevaba al lado.

Lo agradable del galope no le impedía pensar, con cierta inquietud, en un suceso inevitable, y en una observación de orden distinto: ¿Cómo será al parar?; ¡qué difícil es hablar cuando se galopa!...

El galope duró cuanto lo permitió la naturaleza del suelo, que a no haberse interpuesto un bañado continuaría acaso todavía; y el paseo se prolongó por mucho tiempo, pues pasado el momento de la prueba inicial, Ricardo y Lorenzo se posesionaron resueltamente de sus caballos, a los que, a ratos, creían sinceramente que ellos los habían domado.

Sudorosos, contentos ¡«gauchos» ya! regresaron a las casas, en las que entraron casi a media rienda, desoyendo las indicaciones de Melchor, pues querían mostrar a «todo el mundo» que eran capaces de jinetear como el mejor.

Al bajar de los caballos sintieron, sin embargo, sensaciones no experimentadas y reveladoras por lo mismo de anormalidades, cuyas consecuencias no podían calcular: punzadas agudas en las plantas de los pies; temblor en las piernas; ardor en los ojos y resistencia en la ropa interior a desprenderse de algunas partes.

* * *

A la mañana siguiente, cuando Baldomero entró al dormitorio, con las primeras luces del día, a despertarles, para montar en los caballos ya ensillados, Lorenzo y Ricardo, dijeron casi al unísono:

—¡Yo no puedo moverme!... ¡ay!...

Melchor insistió tenazmente en la conveniencia de vencer los dolores que sentían y volver a repetir la prueba del día anterior; pero toda dialéctica resultó estéril:

—«No puedo moverme.»

—«Me duele todo el cuerpo.»

—«No puedo darme vuelta»—contestaban.

—Mañana será peor, levántense, no sean maulas. Convénzanse de que a esos dolores, «como a todos», se les domina y vence con un poco de voluntad.

—¡Yo necesitaría toda la del mundo para mover una pierna!... ¡ay!...

—Después les va a pesar... ¡vamos!... ¡un poco de energía y arriba!... Vean que esos dolores perduran mucho si se les anda con paños tibios... ¡Vamos, pues, arriba!... Montamos a a caballo...

-¡Ay!...

-¡Ay!...

—...y nos vamos de un galope...

-¡Ay!...

-¡Ay!...

—...hasta lo de Anastasio.

Todo fue inútil. La resistencia estimulada por dolores muy agudos, llegó a la más rotunda negativa ante la idea de galopar «hasta lo de Anastasio».

—¡Pues yo voy!—dijo Melchor,—y voy no sólo porque estoy comprometido conmigo mismo a ir, sino porque también me duele el cuerpo y estoy en la certeza de que si hoy me dejo dominar por los dolores, mañana no podré moverme; conque, hasta luego.

—¿No vendrás a almorzar?... ¡Ay!...

—Según: si me acometen dolores «tan horrendos» como los que a ustedes les dominan, tendré que quedarme hasta que se me pasen; si no son tanto que mi voluntad pueda vencerlos, estaré aquí de nueve a diez.

Los dos enfermos quedaron en sus camas, comentando la energía física de Melchor, mientras Baldomero se disponía a aplicarles los remedios de circunstancias, estimulándoles también a levantarse y hacer un poco de ejercicio.

—¡Pero no a caballo!—contestaban.

Entretanto, Melchor cruzaba campos, llevado por su zaino, cavilando sobre la conducta de Lorenzo y Ricardo, que así se resistían a acompañarle en la tarea que iba a desempeñar.

Cuando llegó a casa de Anastasio encontró a Ramona poniendo agua a las gallinas.

—¡Don Melchor!... ¡Ave María!... ¡Qué sorpresa... y cuánto gusto!...

—¿Cómo le va, Ramona?

—¡Para servirlo!... ¿Y qué milagro?... ¿Solo?... ¿Qué lo trae por aquí?...

—Solo, sí, Ramona... ¿Y Anastasio?...

—Salió ayer, don Melchor, y no ha vuelto... quién sabe «ande esté».

—¿Y usted está sola?...

—Sólita... así es. El muchacho anda por ahí... salió a recorrer... ¿Y no quiere «entrar adentro»?... aquí hay «resolana»... para usted.

Entraron al dormitorio de Anastasio: una pieza cuadrada y blanqueada que tenía sobre una pared un rifle colgado y más abajo un trabuco mohoso; una cama bien tendida con colcha de damasco azul y blanco; una mesa con diversos tarritos y botellas de bebidas; tres gruesas sillas de pino y paja y una percha de la que pendían diversas piezas de vestir; en las paredes, manchadas por vinchucas, un almanaque conservando aún la hoja del 31 de diciembre, varias estampas religiosas y un grabado grande con el retrato del gobernador.

—Tome asiento, don Melchor. ¡Pero cuánto gusto de verlo!... ¿Y solo ha venido?

—Ya le dije, Ramona: solo; mis compañeros quedaron en la estancia algo doloridos porque ayer anduvieron mucho a caballo.

—Así es... bueno, cuando no hay la costumbre... ¿Y usted no?

—¡Ya ve: me he venido de un galope; mire por la puerta cómo ha sudado el zaino!

Para poder verlo desde el sitio en que se encontraba, tuvo que aproximarse a Melchor hasta rozarlo casi con su cuerpo llevándole, por un instante, mezclado al olor a campo, la dura sensación de aquel contacto.

—¿Y qué milagro?... ¿Don Melchor... le cebaré un matesito?

Melchor se había quedado contemplándola, como distraído y tardó un poco en decirle:

—He venido, Ramona, gracias, no voy a tomar mate, para hablar con usted y me alegro de encontrarla sola.

Con un sencillo movimiento de cabeza Ramona echó hacia adelante su larga, gruesa y renegrida trenza cuya extremidad ató con una hilacha que arrancó del ruedo de su vestido.

—Y he venido porque he sabido que Anastasio la maltrata...

—El hombre es bueno, pero tiene mal genio, sí, señor.

—...y un hombre así no la merece... Que varias veces la ha echado de aquí...

—Así es, sí, señor...

—...y yo he venido para decirle que cuando quiera se puede ir a casa... allí tendrá algún trabajito liviano... y podrá vivir respetada...

—...¡Siempre tan bueno, don Melchor!

—...y cuando venga la familia podrá ganar un sueldito ayudando en la casa.

—¡Bueno, que si Anastasio no bebiera!... porque todo es la bebida, señor...

—La bebida o lo que sea... usted no debe dejarse maltratar.

—Si hasta ha querido llegar a matarme...—dijo Ramona derramando algunas lágrimas.

—Ya ve, pues, no, es preciso que usted abandone a este hombre que, al fin y al cabo, ¿qué le da?...

—Así es... sí, señor.

—Bueno, déjese de llorar—dijo Melchor poniéndose de pie y golpeándole cariñosamente la cabeza con la palma de la mano que ella tomó y apretó suavemente entre las suyas.

Momentos después regresaba Melchor a gran galope, meditando sobre la torpeza humana que lleva a los hombres al vicio, a la sevicia y al crimen, cuando basta casi siempre un ápice de energía y buen sentido para triunfar, sin violencias, sobre toda idiosincrasia inicial.

—Ya vuelve don Melchor—dijo Baldomero, divisándolo a la distancia, desde la glorieta del jardín, hasta la que a duras penas se habían trasladado los «doloridos».

—¿Dónde?...

—Allá... ¿ven?... derechito a la punta de aquel potrero...

—Yo no veo nada.

—¡Pero, don Ricardo!... mire de aquí... por entre los dos «ombuses» aquellos...

—Y eso que se ve, ¿es Melchor?

—Él es, señor.

—¡Qué vista!

—Si se ve clarito... y viene lindo, no más, el zaino.

—¿No decía usted que es un mancarrón?

—Mancarrón, no, don Lorenzo... Como caballo es guapo; pero hay miles mejores... de más vista... y de más lindo andar.

—¿Y por qué lo ha elegido Melchor?

—¡Ahí tiene!... ¡vaya uno a saber! Para él no hay otro igual... bueno, que lo conoce.

—¿Él lo amansó?

—No, señor... yo se lo tironeaba al principio... pero lo acabó de amansarlo un extranjero que trajeron de domador a la estancia de los Cabrales, ¿sabe?... aquel monte que se ve allá... ¿ve?

—Algún domador de escuela, ¿no?

—Yo no sé en qué escuela habría aprendido... ¡pero para domar como él!...

—¿No sabía domar?

—No es eso... ¡cada que me acuerdo!... ¡Mire que me he reído!... le hablaba al caballo, ¿sabe? ¡como a un cristiano! ¡y le hablaba en su lengua!... ¡fíjese!... ¡qué le iba a entender!

—Ahora sí se distingue a Melchor.

—¿Ha visto, don Ricardo?... ¡Si yo no sé mentir!

—¿Qué bien viene, eh?

—¡Ha de venir contento!... Si don Melchor es así... en haciendo el bien...

—¡Ah!... Melchor es un hombre excepcional—dijo Lorenzo.

—¿Por aquí ha de tener mucho prestigio, no?—preguntó Ricardo.

—¿Don Melchor?... ¡Con una palabra, junta a todo el mundo!... ¡Si don Melchor es como la cocinera, que en cuando afila el cuchillo se le amontonan las gatos.

* * *

—Ahora un poco de música, Ricardo—dijo Melchor levantándose de la mesa.

—Hay que pedir el asentimiento de Lorenzo...

—¡Cómo te acuerdas!... ¿ eh? pero puedes tocar no más, sin temor de que llore; ¡yo creo que a cada hora que paso aquí me renuevo de pies a cabeza!

—A mí me pasa lo mismo; tengo ganas de gritar a veces: ¡estoy contento!... ¡Viva Melchor!... así... ché, como un chico—dijo Ricardo abrazando efusivamente a su noble amigo.

—¡No seas loco!... Esto no es más que el principio... dentro de dos meses hablaremos.

Los tres amigos se dirigieron hacia la sala por el amplio corredor, débilmente iluminado por una luna nueva que apenas amortiguaba la luz de sus estrellas más próximas, pero que daba realce a las flores más blancas del jardín.

—¿Qué quieren que toque?—preguntó Ricardo mientras procuraba encender una lámpara de pie que estaba junto al piano.

—Lo que quieras—le contestó Lorenzo,—aunque sea el quinto nocturno.

—No, voy a tocar—dijo sentándose en la banqueta—la serenata de Schuber.

En el jardín frente a la puerta de la sala se sentaron Lorenzo y Melchor, a quienes momentos después se agregó Baldomero, diciendo:

—Con permiso, don Melchor, si no incomodo.

—¡No, Baldomero! ¡Al contrario! Aquí estamos tomando fresco y oyendo el piano.

—Por eso he venido; cada que don Ricardo toca, siento una gran alegría, señor, y se me hace que es la niña Lola y que está la familia, y hasta me parece que el viejo anda por aquí.

—Es el poder evocador de la música, Baldomero; probablemente usted no ha oído aquí más que a las muchachas.

—Así es, don Lorenzo.

—Y al oír el piano su imaginación retrotrae escenas pasadas que se actualizan en su espíritu y le hacen reconstruir el cuadro que vio la primera vez.

—...Así... será, sí, señor... yo... en eso no soy muy baquiano, don Lorenzo; pero ¡mire que me gusta oír el piano!

—Fíjate, Melchor, cómo perdura en Baldomero una impresión musical, cuando por lo común son fugaces.

—¿Fugaces?... ¡Qué disparate!... Precisamente es la sensación que por más tiempo se fija en nosotros.

—Estás equivocado: ¿a que no te acuerdas de algo de lo que oíste en la última temporada teatral?

—Posiblemente no podría repetirlo; pero si lo volviera a oír dentro de algunos años lo recordaría y asistiría imaginativamente a la escena que me rodeaba, la primera vez que lo escuché.

—Eso quiere decir que tengo razón, aunque te parezca lo contrario; pues la música te haría evocar un cuadro en el que algo más interesante para ti te impresionó, uniéndose a la emoción musical que aisladamente, lo repito, es fugaz.

—¡Pero si tú mismo acabas de hablar del poder evocador de la música!

—Cuando ella se vincula con otra impresión; tú has estado en el teatro cien veces, habrás oído veinte o treinta óperas; pero sólo una mínima parte de éstas tendrá poder evocador en tu espíritu: las que estén vinculadas a sensaciones de otro orden.

—¿Qué están diciendo ustedes de la música?—preguntó Ricardo, que se aproximó arrastrando un grueso sillón de paja, en el que se sentó.

—¿Qué, ya no toca más, don Ricardo?—le preguntó Baldomero, al mismo tiempo en que Melchor le decía:

—¡Macanas de éste!—señalando a Lorenzo.

—No hay tal; yo decía que la música no tiene poder evocador sino cuando está vinculada a sensaciones de otro orden; por ejemplo: yo he oído «Bohéme» una noche en que me declaraba a mi novia; ¡es hipotético, eh!, y en momentos en que ella me aceptaba vi a un bombero, en el paraíso, que se sacaba el morrión y se pasaba el pañuelo por la cabeza; pues desde entonces cada vez que oigo aquella ópera o que veo a un bombero secarse el sudor surge en mi memoria, el cuadro completo de aquella noche, sin que por esto pueda decir que hay un gran poder evocador en los bomberos que sudan...

—¡Pero lo hay en la música!

—No lo niego; pero, ¿dónde está para nosotros cuando escuchamos una ópera nueva?... ¿un himno nacional que no sea el nuestro?... ¿un trozo cualquiera que no hayamos oído nunca, y que no tenga reminiscencias de algo conocido?...

—En cambio si dentro de veinte años oyeras tocar el 5.º nocturno, se te representaría la escena de la otra noche.

—¡Es claro! porque evocaría en mí el recuerdo de una situación moral inolvidable, acaso me ocurriera lo mismo volviendo a ver a Baldomero.

—¿Dentro de veinte años? ¡Don Lorenzo!... ¡Estaré en el otro mundo!...

—¿Usted cree en el otro mundo, Baldomero?...

Este se quitó el chambergo, miró al cielo estrellado y diáfano y después de un breve instante de silencio exclamó bajando la cabeza:

—Sí, creo, don Lorenzo... ¿y usted no?...

—Yo no he pensado en eso todavía; pero puede ser que con el tiempo...

—Ya es algo—le interrumpió Melchor, que estaba tendido en su sillón, y tenía recostada la cabeza en el respaldo, de cuyos costados se había tomado con las manos como para sostenerse mejor, y agregó, sin apartar la mirada del cielo:—por ahí se empieza... tras la incredulidad adquirida por frotamiento, que no por convicciones... llega la indiferencia... luego se abandona gradualmente el afán de negar... y un buen día... o una buena noche como ésta, se mira al cielo... se contempla un momento esta portentosa... esta estupenda armonía sideral... esta maravillosa rotación de soles y de repente brota en el alma un punto de luz... que crece... se dilata... la llena... y la ilumina...

—¡A mí no me ha aparecido todavía el punto de luz!—dijo Ricardo, riéndose.

—Es que tu espíritu estará aún en estado sólido—le contestó Melchor.

—¡El espíritu en estado sólido!... ¡qué gracioso!

—Parece un disparate—insistió Melchor,—un contrasentido; pero acaso no lo es porque bien puede compararse las diversas situaciones de nuestro espíritu, frente a ciertas ideas, con los estados de los cuerpos en la naturaleza: sólido, líquido y gaseoso. Tu espíritu—continuó Melchor atentamente escuchado por Baldomero—está ante la idea de Dios, por ejemplo, en estado sólido; el de Lorenzo en estado líquido, o de equilibrio indiferente, y de ahí pasará al estado gaseoso, que le permitirá elevarse... elevarse cada vez más y sentir energías, ante las cuales toda presión resultará estéril para volverlo a sus estados anteriores.

—¡Has hecho un párrafo que bien podría figurar en un tratado de psicofísica!—le dijo Ricardo.

—Mejor estaría en el libro de tus memorias, cuando las escribas.

—¿Tan cierto estás de mi conversión?

—Como que estoy viendo a Júpiter; fíjate qué maravilla—dijo Melchor, señalando al astro.

—Realmente—exclamó Lorenzo;—qué bueno sería tener aquí un telescopio para observarlo y ver sus satélites.

—¡Ah! Con un telescopio nos pasaríamos las noches en claro.

—Menos yo, ché, Melchor.

—¿Por qué, Ricardo?

—Porque me marea mirar al cielo.

—¡Te marea!... ¿Pero que estás diciendo?...

—Lo que oyes: Yo no tengo cabeza para contemplar estas cosas y si me esfuerzo por entenderlas, acabo por aturdirme... ¡qué sé yo!

—¡Pues, hombre!—dijo Lorenzo,—a mí me ha sucedido algo análogo; sobre todo al calcular las distancias siderales... pensar que la luz de las pléyades... aquel grupito... ¿ves, Ricardo?... tarda cuatrocientos mil años en llegar a la tierra.

—¡Ni con tropilla!—exclamó Baldomero.

—Mira qué espléndido está Sirio, ché, Melchor.

—Ese es el príncipe de nuestro cielo, Lorenzo, después de Venus; pero, para mí, lo más hermoso son las estrellas dobles... ¿Tú no has visto con telescopio, el alpha del Centauro?

—Efectivamente es soberbia... como todas las dobles; pero de todo este espectáculo grandioso—continuó Lorenzo,—hay algo en el firmamento más grande para mí que él mismo y es la desesperante incógnita de su origen...

—¿Y la de su fin?—le preguntó Ricardo.

—¿Cómo la de su fin?

—Sí, Lorenzo, porque suponiendo que haya un Dios creador del universo, admitiendo—lo que no es difícil,—que Dios existe y que ha hecho todo eso, yo me pregunto: ¿para qué diablos lo ha hecho?...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—Cuando gusten, señores, ya están ensillados los caballos—exclamó Baldomero aproximándose a la ventana del comedor, donde se encontraban tomando te Lorenzo y Melchor, quien al oírle se volvió hacia la ventana diciendo:

—Vamos en seguida, esperamos a Ricardo que todavía está en el baño.

—¡Y está linda la tarde!... fresquita.

—¿Realmente, Baldomero, y usted nos acompañará?—le preguntó Lorenzo.

—No, señor, yo voy a quedarme, que tengo un quehacer.

—¿Y es tan urgente que no pueda dejarlo para otro día?

—Así es, sí, señor, son datos que tengo que mandarle al patrón que me los ha pedido.

—¿Por qué no le encarga ese trabajo a Hipólito?

—¿En cuestión de cuentas?—dijo Baldomero riéndose, y agregó:—ése «no arrima ni bocha».

En eso apareció Ricardo y preguntó:

—¿Saldremos en los mismos caballos del otro día, no?

—Menos don Lorenzo que me decía que quería un caballo más grande que el overo.

—¿Cuál le han ensillado, Baldomero?

—El tostado, don Melchor; es el más grande que hay...

—Grande y manso, le pedí; ¡no vaya a darme un potro!

—¿Potro, dice, don Lorenzo?... Mire: ¡cuando ese caballo era potro usted no había nacido!...

—Bueno: andando—dijo Melchor, y se dirigieron a la caballeriza.

Era una de esas deliciosas tardes de enero, en que el sol se oculta entre nubes que lo aplacan tras un día templado y en que el ambiente del campo parece que se empapa con las emanaciones de las flores silvestres y de los pastos olorosos, y en que hasta los ganados se entregan al placer de pasear por los potreros, recorriéndolos al acaso.

Antes de subir a caballo, Ricardo y Lorenzo permanecieron un largo rato contemplando a las gallinas que, ante la sola perspectiva de la noche—aunque remota,—se entregaban al laborioso trajín de buscar ubicación en las ramas de los árboles, sobre las ruedas de los carros, en lo más alto de una escalera de mano arrimada a la pared y que parecía ofrecer el mejor sitio para pasar la noche, de tal modo se agitaban por conquistarla, discutiendo visiblemente en nerviosos cacareos a que el respectivo gallo ponía término con picotazos que parecían al mismo tiempo caricia y reproche, traducible así: «¡Estáte quieta!»

Lo propio ocurría con las palomas en sus casilleros, a los que entraban y salían en continuo movimiento, interrumpido sólo para observar la formidable encarnizada lucha que trababan de pronto dos machos encrespados, cuyas gallardías y cuyos aletazos, sugerían la línea de dos caballeros medioevales que, sobre los hombros las flotantes capas, combatieran por la dama.

Indiferente a todo, en la apariencia, y como un «manchón» colocado cuidadosamente se veía en la cresta de una raíz del ombú grande, un gato barcino que, de cuando en cuando, entreabría sus ojos lumínicos y transparentes y como ajeno a toda intención carnicera, los dirigía hacia las ramas, en las que cantaba de paso un pájaro que se dirigía a su nido.

Cuando Lorenzo se encontró sobre el tostado, exclamó:

—¡Qué caballo tan ancho!

—Así es; sí, señor; es un poco «sillón»—le contestó Baldomero, pero ignorando Lorenzo la acepción en que se empleaba esta palabra, dijo a su vez:

—¿Sillón?... Esto parece más bien sofá... ¡me hace doler las piernas!

—Pero tiene buen andar, don Lorenzo; y a éste puede castigarlo sin asco.

—¿Es muy lerdo?

—Regular, señor; como todo caballo viejo.

—¡Caramba con tus investigaciones!—dijo Melchor, agregando:—¡ni que fueras a comprarlo!

—Me lo estoy haciendo presentar, ¡ché! nada más natural.

—Bueno, andando, que se nos va a pasar la tarde.

El zaino salió en su estilo habitual, marchando tras de Ricardo, que se había adelantado bastante, en «su» malacara; pero Melchor advirtió que Lorenzo permanecía en la caballeriza, y se detuvo a decirle en voz alta:

—¿Continúa el interrogatorio?

—No... ché...

—¿Y qué haces ahí?... ¡Ven!

—¡Es que este caballo no anda!....

—Castíguelo sin recelo, don Lorenzo—le dijo Baldomero,—es medio remolón al salir.

Lorenzo siguió el consejo, pero notó que cada vez que le pegaba el tostado hacía un movimiento de encogimiento, que él consideraba como la amenaza de violencias alarmantes y en vez de acentuar disminuía la intensidad de sus rebencazos, hasta reemplazarlos por amables golpes de talón.

—¡Péguele sin miedo, señor; si es de mañero!—le decía Baldomero.

—Es que no anda...

—Trae ese arreador, Juancito—dijo Baldomero al pequeño peón, que le entregó el que tenía en la mano y que aquél enarboló amenazante, mientras Lorenzo le decía:

—¡No le pegue muy fuerte!

Estimulado por Baldomero y por Melchor que había vuelto a la caballeriza, el tostado realizó la proeza de salir al trote, moviéndose con la brusquedad y violencia de un tranvía eléctrico salido de sus rieles, en cuya capota o techo fuese montado Lorenzo, que para el caso era igual.

El novel caballero calculaba que sus equilibrios se agotarían a los pocos minutos de aquella marcha, y cuando se disponía a disminuirla enérgicamente, advirtió con espanto que se aceleraba por obra del perrazo bayo que, como comprendiendo que el tostado no imponía respeto a nadie, se entretenía en morderle los garrones por burla...

Los mordiscos del perro determinaron una catástrofe, porque el tostado comprendió que para salvarse de ellos debía alzar las patas y lo hizo sin avisarlo a su jinete, que, al encontrarse en el plano inclinado que el caballo formó en su breve posición defensiva, siguió la dirección aquél, hasta su intersección con la línea horizontal del suelo.

Al caer Lorenzo, el perro huyó despavorido, con la cola entre las piernas; el tostado se quedó mirando a Lorenzo con profundo asombro, sin comprender, evidentemente, la razón de aquella caída, mientras Baldomero corría hacia el caído, que se levantó diciéndole:

—¿Vio qué corcovo, eh?...

—¿Se ha hecho daño, don Lorenzo?

—No; ¡si en cuanto empezó a corcovear me bajé!

Cuando Lorenzo decía estas palabras llegaron a su lado Melchor y Ricardo, que reían desconsideradamente.

—¿Cómo te caíste?—le preguntó éste.

—¡Qué pregunta!... si no me caí; vi que empezaba a corcovear y resolví bajarme... ¡qué pavada!...

Y como viera que la causa principal—el perrazo bayo—había desaparecido del sitio de la catástrofe, Lorenzo se aventuró a montar de nuevo, estimulado sin duda por la experiencia recogida, que le enseñaba cuánto suelen ser de soportables algunas caídas.

El paseo continuó sin contratiempos, bien que disminuido en sus encantos, para Lorenzo, por la insalvable dificultad de conseguir que su caballo armonizara movimientos con los de sus amigos, pues el tostado tenía el tranco más lento que los otros y el galope más tendido, de modo que en el primer caso se quedaba atrás y en el otro se adelantaba demasiado, cuando su jinete conseguía ponerlo en ese tren.

El mismo Lorenzo llegó a reírse de su situación, diciendo:

—¡Pobre caballo éste; qué galope tan feo tiene!

Fue necesario renunciar al galope y ponerse al tranco, procurando Lorenzo que su monumental caballo lo desarrollara dentro de límites adecuados.

En la intimidad con Melchor y en ausencia de testigos, se resarcieron con creces del discreto silencio observado desde el pueblo hasta la estancia, durante el viaje en el break y ni el más mínimo detalle escapaba a las preguntas que formulaban Ricardo y Lorenzo:

—¿Qué es eso?

—¿Cómo se llama ese pájaro?

—¿Qué animal es aquél?, etc., etc.

Melchor les informaba pacientemente sobre las vizcachas y sus perjuicios para el campo; sobre los caracteres de los teros, que gritaban lejos del nido; de los chajaes, que alertean por todo motivo; de los avestruces, que con un instinto asombroso ponen un huevo fuera del nido, para alimentar después a sus charabones; de los padrillos y sus procedimientos sultanescos y de cuanto detalle campestre cayó bajo la observación entusiasta de sus dos amigos.

Al regresar hacia las casas y agotados casi los temas, que el paseo sugería, Lorenzo dijo:

—Todo esto es muy interesante; pero lo mejor que he encontrado hasta ahora para mí, es Baldomero, ¡qué gran tipo!

—¿Más interesante que la «Pampita»?—le preguntó Melchor sonriéndose.

—No para Ricardo, sin duda; pero sí para mí—y agregó:—Ricardo está enamorado de la Pampita; pero yo lo estoy de Baldomero.

—¿Te acuerdas de lo que te decía en el tren, hablándote de él?...

—¿Hace mucho que está al servicio de ustedes?

—Más de diez años, y gracias a él la estancia ha prosperado, porque tiene todas las condiciones imaginables, sin ningún defecto: es honradísimo a carta cabal y trabajador sin descanso.

—¿Y su familia, ché?

—La mujer es enferma... llena de manías... suele pasar temporadas larguísimas sin salir de sus piezas.

—¿Será neurasténica?

—¡Qué sé yo!... lo que sé es que lo hace víctima de sus caprichos.

—¡Pobre Baldomero!... y tan jovial siempre.

En ese momento llegaron a una pequeña zanja de casi un metro de ancho, que Melchor propuso saltar, como lo hizo en su zaino, deteniéndose del otro lado.

—A ver, Ricardo... ¡salta!

El malacara, parado al borde de la zanja, cuya profundidad no llegaba a medio metro, juntó las cuatro patas y a una incitación de su jinete, saltó con él, que se había tomado prolijamente de la cabezada de su montura y que experimentó, después del salto, la grata sensación de conservarse en ella.

—Ahora tú...

—¿Y éste sabe saltar?—preguntó Lorenzo ligeramente pálido, mientras su caballo, parado junto a la zanja, contemplaba el campo en toda dirección.

—¡Anímalo!...

Así lo hizo Lorenzo, a puro talón, ocupadas las manos en funciones previsoras, y cuando el tostado comprendió que se le ordenaba salvar el obstáculo, estiró una mano que, mientras doblaba la otra, fue bajando despacio, hasta afirmarla en el fondo de la zanja donde luego puso aquélla, quedando en la violenta posición consiguiente; aproximó en seguida las patas traseras una de las cuales metió en la zanja, que finalmente pasó tras contorsiones que dieron a Lorenzo la sensación de haber transmontado en dos trancos la mismísima cordillera de los Andes.

* * *

Después de una buena siesta conversaban en la glorieta del jardín Lorenzo, Ricardo y Baldomero que a ratos veían, por entre las plantas y los arbustos, la silueta de Melchor dando órdenes en la caballeriza.

—¡No ha de ser sólo por buscar correspondencia!... don Ricardo—decía Baldomero mientras armaba un cigarrillo cuyo papel, en el extremo exterior pasó por la lengua alisando luego la parte humedecida, con la yema del pulgar pasada de punta a punta.

—Y por pasear un poco, Baldomero.

—¡Y por hacer alguna visita!...

—No haría más que cumplir lo prometido.

—¡Confiesa, Ricardo, que la Pampita te quita el sueño!

—Algo hay de eso... en realidad. Me interesaría volver a hablar con ella... ¡qué demonio de muchacha!... ¡es tan linda!... ¡y tan educadita!...

—En eso, dificulto—dijo Baldomero—que haya otra igual... ¡porque miren que don Casiano le ha puesto maestras!... Y de las mejores que pudo traer de Buenos Aires... ¡Sí, señor! Si a veces sabían decirle que la iba a enfermar con tanto estudio porque la pobrecita se pasaba los días con los libros... y «meta» piano de sol a sol.

—Es un caso curioso, como pocos; porque don Casiano no es un hombre ilustrado, ¿no? ¿Qué se habrá propuesto con la Pampita?

—Vea, don Ricardo—así sabía decirme el viejo cada que yo le decía lo mismo:—«lo hago por su bien, amigo Baldomero, porque yo no me he de casar otra vez... la muchachita es linda por demás y me la van a codiciar... y yo no puedo tenerla atada a los tientos... así que he creído que con la educación se le puede dar una defensa... para que pueda estar sola... y andar por donde quiera... sin peligrar...»

—¿Qué sensato el viejo, eh?

—Y lo ha conseguido, don Ricardo, porque la Pampita no ha dado qué decir, eso sí, y todos saben que el que cae a la chacra con malas intenciones... ¡sale como escupida en plancha caliente!...

—¡Qué buena comparación!—exclamó Ricardo riéndose a tiempo en que Lorenzo decía:

—La Pampita habrá salido ingénitamente honesta... porque lo que es la educación no iba a corregir ni a morigerar un temperamento meridional puesto en contacto asiduo con la naturaleza.

—Bueno, de eso yo no entiendo, don Lorenzo; pero lo que sé decirle es que la Pampita puede ir donde quiera sin que nadie le falte.

—Yo creo que estás perfectamente equivocado, Lorenzo, porque, ¿cómo no ha de haber influido la educación en ella como en toda persona?

—¿Para conducirse honesta y virtuosa en la situación de ella?... ¿Asediada sin duda, a cada paso por individuos de toda condición? ¿Con veinte años y la libertad de que ha debido gozar?... ¡Bah!... ¡eso no lo hace la educación!

—¡Vaya si lo hace! Y si no observa los diversos grados de moral que se advierte en las sociedades menos educadas... compara a una niña de la alta sociedad con una chinita inculta... ¿Cómo vas a sostener que tienen el mismo pudor, ni la misma conciencia del propio decoro?

—Esos son resultados del medio en que se vive.

—Claro está, y según parece lo que don Casiano se proponía era poner a su hija a cubierto de las influencias del medio en que debía vivir, exactamente: tú lo has dicho.

—En eso yo no entro—dijo Baldomero,—pero que la Pampita es una muchacha decente... ¿eso?... ¡por donde la busquen!... Y póngala a la prueba, don Lorenzo.

—¡Si yo no lo pongo en duda! Basta verla para comprender lo que es, y por otra parte si así no fuera, no la habría mandado el padre a pasear sola con nosotros, por el jardín.

—Lo que voy viendo en mi sentir, es que va ir saliendo cierto lo que yo decía... ¡Si se me hace que la Pampita va ir a conocer Buenos Aires!...

—Por lo pronto yo voy a... bañarme—dijo Lorenzo levantándose.

—No te demores... que yo también quiero bañarme y usted acompáñeme a traer duraznos...

—Como quiera, don Ricardo. Vamos.

Al dirigirse al monte de durazneros cruzaron el jardín en silencio; pero al entrar en aquél, dijo Ricardo:

—Baldomero, en los pocos días que lo he tratado me ha parecido encontrar en usted un hombre serio, de experiencia y capaz de dar un consejo.

—Usted dirá, don Ricardo.

—Yo quiero hacerle una confidencia, primero, para que se explique usted mi situación.

—Algo me habló don Melchor...

—Él le habrá dicho entonces que he sido un hombre muy desgraciado en mis aspiraciones.

—¡Zonceras de mujeres!...

—Por una de ellas he estado a punto de cometer un crimen si no hubiera tenido un amigo como Melchor.

—Eso no debe hacerse nunca, ni por nadie.

—He sido engañado de la manera más cruel y más infame... haciéndoseme el motivo de la burla y de la risa de toda la sociedad, por quien calculaba que yo valía en plata más de lo que puedo tener... y no una vez.

—¡Olvídese, don Ricardo!...

—Así lo he conseguido gracias a Melchor que me ha prestado energías y voluntad para sobreponerme a todo... y para empezar a vivir de nuevo... como si me hubiera dado un pedazo de su gran espíritu.

—¡Capaz de dárselo todo!...

—Él me ha salvado y gracias a él, y nada más que a él, cada día que paso me siento más fuerte y más capaz de luchar como un hombre, tomando «las cosas como son y no como deben ser».

—¡Si don Melchor es capaz de sanar a un muerto!

—Es lo que ha hecho conmigo y con Lorenzo... ¡y con tantos otros!... Bueno, pues, ¿cómo cree usted que me recibiría la «Pampita», si yo le mostrara pretensiones?

—¡No le decía yo, don Ricardo!...

—Conteste a mi pregunta, usted que la conoce perfectamente.

—Vea, don Ricardo, para qué le voy a decir una cosa por otra: la «Pampita» es una muchacha de mucha voluntad... ahora si usted la quiebra... puede que agarre...

—¿Cree usted que esté firmemente resuelta a conservarse al lado del padre?...

—¡Ni que hablar!... ¡Si ya le he dicho que ha tenido miles de ocasiones!... mejorando lo presente; pero haga la diligencia, don Ricardo... ¡de menos nos hizo Dios!

—¿Usted querría acompañarme?...

—Vea, don Ricardo, vaya solo, ¡que en cuestiones de mujeres... es como en punto a domar!—dijo riéndose afablemente Baldomero—...¡entre dos no sacan caballo bueno!

—¿Y quién podría acompañarme?

—¿Hasta el pueblo?... Juancito lo puede acompañar.

—Convenido, y que esto quede entre nosotros, ¿eh?...

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