SEGUNDA PARTE
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I
Levantábase Cruz del Águila al amanecer de Dios, y comúnmente se despertaba un par de horas antes de dejar el lecho, quedándose en una especie de éxtasis económico, discurriendo sobre las dificultades del día y sobre la manera de vencerlas ó sortearlas. Contaba una y otra vez sus escasos recursos, persiguiendo el problema insoluble de hacer de dos tres y de cuatro cinco, y á fuerza de revolver en su caldeado cerebro las fórmulas económicas, lograba dar realidad á lo inverosímil y hacer posible lo imposible. Con estos cálculos entremezclaba rezos modulados maquinalmente, y las sílabas de oraciones se refundían en sílabas de cuentas... Su mente volvíase de cara á la Virgen, y se encontraba con el tendero. Por fin, la voluntad poderosa ponía término al balance previo del día, todo fatigas, cálculos y súplicas á la divinidad, porque era forzoso descender al campo de batalla, á la lucha con el destino en el terreno práctico, erizado de rocas y cortado por insondables abismos.
Y no sólo era general en jefe en aquella descomunal guerra, sino el primero y el más bravo de los soldados. Empezaba el día, y con el día el combate, y así habían transcurrido años sin que desmayara aquella firme voluntad. Midiendo el plazo, larguísimo ya, de su atroz sufrimiento, se maravillaba la ilustre señora de su indomable valor, y concluía por afirmar la infinita resistencia del alma humana para el padecer. El cuerpo sucumbe pronto al dolor físico; el alma intrépida no se da por vencida, y aguanta el mal en presiones increíbles.
Era Cruz el jefe de la familia con autoridad irrecusable; suya la mayor gloria de aquella campaña heroica, cuyos laureles cosecharía en otra vida de reparación y justicia; suya también la responsabilidad de un desastre, si la familia sucumbía devorada por la miseria. Obedecíanla ciegamente sus hermanos, y la veneraban, viendo en ella un ser superior, algo como el Moisés que les llevaba al través del desierto, entre mil horrendas privaciones y amarguras, con la esperanza de pisar al fin un suelo fértil y hospitalario. Lo que Cruz determinaba, fuese lo que fuese, era como artículo de fe para los dos hermanos. Esta sumisión facilitaba el trabajo de la primogénita, que en los momentos de peligro maniobraba libremente sin cuidarse de la opinión inferior, pues si ella hubiera dicho un día: «no puedo más; arrojémonos los tres abrazaditos por la ventana», se habrían arrojado sin vacilar.
El uso de sus facultades en empeños tan difíciles, repetidos un día y otro, escuela fué del natural ingenio de Cruz del Águila, y éste se le fué sutilizando y afinando, en términos que todos los grandes talentos que han ilustrado á la humanidad en el gobierno de las naciones eran niños de teta comparados con ella. Porque aquello era gobernar: lo demás es música; era hacer milagros, porque milagro es vivir sin recursos; milagro mayor cubrir decorosamente todas las apariencias, cuando en realidad, bajo aquella costra de pobreza digna, se extendía la llaga de una indigencia lacerante, horrible, desesperada. Por todo lo cual, si en este mundo se dieran diplomas de heroísmo y se repartieran con justicia títulos de eminencia en el gobernar, el primer título de gran ministra y el diploma de heroína debían ser para aquella hormiga sublime.
Cuando se hundió la casa del Águila, los restos del naufragio permitieron una vida tolerable por espacio de dos años. La repentina orfandad puso á Cruz al frente de la corta familia, y como los desastres se sucedían sin interrupción, al modo de golpes de maza dados en la cabeza por una Providencia implacable, llegó á familiarizarse con la desdicha: no esperaba bienes; veía siempre delante la cáfila de males aguardando su turno para acercarse con espantosa cara. La pérdida de toda la propiedad inmueble la afectó poco: era cosa prevista. Las humillaciones, los desagradables rozamientos con parientes próximos y lejanos, también encontraron su corazón encallecido. Pero la enfermedad y ceguera de Rafael, á quien adoraba, la hizo tambalear. Aquello era más fuerte que su carácter, endurecido y templado ya como el acero. Tragaba con insensible paladar hieles sin fin. Para combatir la terrible dolencia realizó empresas de heroína, en cuyo ser se confundieran la mujer y la leona; y cuando se hubo perdido toda esperanza no se murió de pena, y advirtió en su alma durezas de diamante que le permitían afrontar presiones superiores á cuanto imaginarse puede.
Siguió á la época de la ceguera otra en que la escasez fué tomando carácter grave. Pero no se había llegado aún á lo indecoroso; y además, el leal y consecuente amigo de la familia les ayudaba á sortear el tremendo oleaje. La venta de un título, único resto de la fortuna del Águila, y de varios objetos de reconocida superfluidad, permitióles vivir malamente; pero ello es que vivían, y aun hubo noche en que al recogerse, después de rudos trabajos, las dos hermanas estaban alegres, y daban gracias á Dios por la ventura relativa que les deparaba. Esta fué la época que podríamos llamar de doña Lupe, porque en ella hicieron conocimiento con la insigne prestamista, que si empezó echándoles la cuerda al cuello, después, á medida que fué conociéndolas, aflojó, compadecida de aquella destronada realeza. De los tratos usurarios se pasó al favor benigno, y de aquí, por natural pendiente, á una amistad sincera, pues doña Lupe sabía distinguir. Para que no se desmintiera el perverso sino que hacía de la existencia de las señoras del Águila un tejido de infortunios, cuando la amistad de doña Lupe anunciaba algún fruto de bienandanza, la pobre señora hizo la gracia de morirse. Creeríase que lo había hecho á propósito, por fastidiar.
¡Y en qué mala ocasión le dió á la de los Pavos la humorada de marcharse al otro mundo! Cuando su enfermedad empezó á presentar síntomas graves, las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido á hombre fino, habría llamado el período álgido de la pobreza. Hasta allí habían ido viviendo con mil estrecheces, careciendo no sólo de lo superfluo en que se habían criado, sino de lo indispensable en que se crían grandes y chicos. Vivían mal, aunque sin ruborizarse, porque se comían lo suyo; pero ya se planteaba el dilema terrible de morir de inanición ó de comer lo ajeno. Ya era llegado el caso de mirar al cielo, por si caía algún maná que se hubiera quedado en el camino desde el tiempo de los hebreos, ó de implorar la caridad pública en la forma menos bochornosa. Si se ha de decir verdad, este período de suprema angustia se inició un año antes; pero el leal amigo de la casa, D. José Donoso, lo contuvo, ó lo disimuló con donativos ingeniosamente disfrazados. Para las señoras, las cantidades que de las manos de aquel hombre sin par recibían, eran producto de la enajenación de una carga de justicia; mas no había tal carga de justicia enajenada, ni cosa que lo valiera. Descubriólo al fin Crucita, y su consternación no puede expresarse con palabras. No se dió por entendida con D. José, comprendiendo que éste le agradecería el silencio.
Habría seguido el buen Donoso practicando la caridad de tapadillo, si humanamente tuviera medios hábiles para ello. Pero también había empezado á gemir bajo el yugo de un adverso destino. No tenía hijos; pero sí esposa, la cual era, sin género alguno de duda, la mujer más enferma de la creación. En el largo inventario de dolencias que afligen á la mísera humanidad, ninguna se ha conocido que ella no tuviera metida en su pobre cuerpo, ni en éste había parte alguna que no fuese un caso patológico digno de que vinieran á estudiarlo todos los facultativos del mundo. Más que una enferma, era la buena señora una escuela de medicina. Los nervios, el estómago, la cabeza, las extremidades, el corazón, el hígado, los ojos, el cuero cabelludo, todo en aquella infeliz mártir estaba como en revolución. Con tantos alifafes, por indefinido tiempo sufridos sin que se vieran señales de remedio, la señora de Donoso llegó á formarse un carácter especial de persona soberanamente enferma, orgullosa de su mala salud. De tal modo creía ejercer el monopolio del sufrimiento físico, que trinaba cuando le decían que pudiera existir alguien tan enfermo como ella. Y si se hablaba de tal persona que padecía tal dolor ó molestia, ella, no queriendo ser menos que nadie, se declaraba atacada de lo mismo, pero en un grado superior. Hablar de sus dolencias, describirlas con morosa prolijidad, cual si se deleitara con su propio sufrimiento, era para ella un desahogo que fácilmente le perdonaban cuantos tenían la desdicha de oirla; y los de la familia le daban cuerda para que se despotricara, con aquel dejo vago de voluptuosidad que ponía en el relato de sus punzadas, angustias, bascas, insomnios, calambres y retortijones. Su esposo, que la quería entrañablemente, y que ya llevaba cuarenta años de ver en su casa aquella recopilación de toda la patología interna, desde los tiempos de Galeno hasta nuestros días, concluyó por asimilarse el orgullo hipocrático de su doliente mitad, y no le hacía maldita gracia que se hablase de padecimientos no conocidos de su Justa, ó que á los de su Justa remotamente se pareciesen.
II
La primera pregunta que á D. José se hacía en la tertulia de las del Águila era esta: «Y Justa, ¿cómo ha pasado el día?» Y en la respuesta había siempre una afirmación invariable, mal, muy mal, seguida de un comentario que variaba cada veinticuatro horas: «Hoy ha sido la asistolia.» Otro día era la cefalalgia, el bolo histérico, ó el dolor agudísimo en el dedo gordo del pie. Gozaba Donoso pintando cada noche con recargadas tintas un sufrimiento distinto del de la noche anterior. Y si no se hablaba nunca de esperanzas ó probabilidades de remedio, porque el curarse habría sido quitar á la epopeya de males toda su majestad dantesca, en cambio siempre había algo que decir sobre la continua aplicación de remedios, los cuales se ensayaban por una especie de dilettantismo terapéutico, y se ensayarían mientras hubiese farmacias y farmacéuticos en el mundo.
Con estas bromas, y el sin fin de médicos que iban examinando, con más entusiasmo científico que piedad humanitaria, aquella enciclopedia doliente, los posibles de Donoso se mermaban que era un primor. Él no hablaba de tal cosa; pero las Águilas lo presumían, y acabaron por cerciorarse de que también su amigo padecía de ciertos ahogos. Por indiscreción de un íntimo de ambas familias enteróse Cruz de que D. José había contraído una deuda, cosa en él muy anómala y que pugnaba con los hábitos de toda su vida. ¡Y que no pudiera ella acudir en su auxilio, devolviéndole con creces los beneficios de él recibidos! Con estas penas, que unos y otros devoraban en silencio, coincidieron los días de la tremenda crisis económica de que antes hablé, los crujidos espantosos que anunciaban el principio del fin, dejando entrever el rostro lívido de la miseria, no ya vergonzante y pudibunda, sino desnuda, andrajosa, descarada. Ya se notaban en algunos proveedores de la casa desconfianzas groseras, que hacían tanto daño á las señoras como si las azotaran públicamente. Ya no había ni esperanzas remotas de restablecer las buenas relaciones con el propietario de la casa, ni se veía solución posible al temido problema. Ya no era posible luchar, y había que sucumbir con heroísmo, llamar á las puertas de la caridad provincial ó municipal, si no preferían las nobles víctimas una triple ración de fósforos en aguardiente, ó arrojarse los tres en cualquier abismo que el demonio les deparase.
En tan críticos días apareció la solución. ¡La solución! Sí que lo era, y cuando Donoso la propuso, refrescando memorias de doña Lupe, que la había propuesto también como una chifladura que hacía reir á las señoras, Cruz se quedó aturdida un buen espacio de tiempo, sin saber si oía la voz de la Providencia anunciando el iris de paz, ó si el buen amigo se burlaba de ella.
«No, no es broma—dijo Donoso.—Repito que no es imposible. Hace tiempo que esa idea está labrando aquí. Creo que es una solución aceptable, y si se me apura, la única solución posible. Falta, dirá usted, que el interesado manifieste... Pues aunque nada en concreto me ha dicho, creo que por él no habrá dificultad.»
Hizo Cruz un gesto de repugnancia y después un gesto de conformidad, y sucesivamente una serie de gestos y mohines que denotaban la turbación de su alma. Solución, sí; solución era. Si no había otra, ni podía haberla, ¿á qué discutirla? No se discute el madero flotante al cual se agarra el náufrago que ya se ha bebido la mitad de la mar. Marchóse D. José, y al siguiente día volvió con la historia de que sus negociaciones iban como una seda, que por la parte masculina bien se podía aventurar un sí como una casa. Faltaba el sí del elemento femenino. Cruz, que aquella mañana tenía un volcán en su cerebro, del cual eran señales las llamaradas rojizas que encendían su rostro, movió los brazos como un delirante tifoideo, y exclamó: «Aceptado, aceptado, pues no hay valor para el suicidio...»
Donoso no sabía si la señora lloraba, ó si se mordía las manos, cuando la vió caer en una silla, taparse la cara, extender luego los brazos echando la cabeza hacia atrás.
—Calma, señora mía. Hablando en plata, diré á usted que el partido me parecía aceptable en cualesquiera circunstancias. En las presentes, tengo para mí que es un partido soberbio.
—Si no digo que no; no digo nada. Arréglelo usted como quiera... El humorismo del destino adverso es horrible, ¿verdad? ¡Gasta unas bromas Dios Omnipotente!... Crea usted que no puedo menos de ver todo eso de la inmortalidad y de la eterna justicia por el lado cómico. ¿Qué hizo Dios, al crear al hombre, más que fundar el eterno sainete?
—No hay que tomarlo así—dijo D. José buscando argumentos de peso.—Nos encontramos frente á un problema... La solución única aceptable desde luego es un poquito amarga, de catadura fea... Pero hay cualidades: yo creo que raspando la tosquedad se encuentra el hombre de mérito, de verdadero mérito...
Cruz, que tenía los brazos desnudos porque había estado lavando, los cruzó, clavándose en ellos las uñas. Á poco más se saca tiras de piel. «Aceptado; he dicho que aceptado—afirmó con energía, tembloroso el labio inferior.—Ya sabe que mis resoluciones son decisivas. Lo que resuelvo, se hace.»
Cuando se retiraba, D. José, asaltado de una duda enojosa, tuvo que llamarla. «Por Dios, no sea usted tan viva de genio. Hay que tratar de un extremo importantísimo. Para seguir las negociaciones, y fijar con la otra parte contratante los términos precisos de la solución, necesito saber...»
—¿Qué, qué más?
—Pues ahí es nada lo que ignoro. Á estas alturas, ni él ni yo sabemos con cual de ustedes...
—Es verdad... Pues... con ninguna, digo, con las dos... No, no haga usted caso. Yo pensaré ese detalle.
—¿Lo llama detalle?...
—Tengo la cabeza en ebullición. Déjeme pensarlo despacio, y lo que yo resuelva, eso será.
Retiróse D. José, y la dama siguió lavando, sin dejar comprender á Fidela el gallo tapado que el amigo de la casa traía. Ambas se ocupaban con el ardor de siempre en las faenas domésticas, alegre la joven, taciturna la mayor. Una de las cosas á que más difícilmente se resignaba ésta era á la necesidad de ir á la compra. Pero no había más remedio, pues la portera, que tal servicio solía prestarles, se hallaba gravemente enferma, y antes morir que fiarse para ello de alguna de las vecinas entrometidas y fisgonas. Confiar los secretos económicos de la desgraciada familia á gente tan desconsiderada, incapaz de comprender toda la grandeza de aquel martirio, habría sido venderse estúpidamente. Y antes que venderse, mejor era humillarse á bajar al mercado, hacer frente á placeras insolentes y tenderos desvergonzados, procurando no darse á conocer, ó haciéndose la ilusión de no ser conocida. Cruz se disfrazaba, envolviéndose el cuerpo en un mantón y la cara en luengo pañuelo, y así salía, con su escaso repuesto de moneda de cobre, que cambiaba por porciones inverosímiles de carne, legumbres, pan y algún huevo en ciertos días. Ir á la compra sin dinero, ó con menos dinero del necesario, era para la dignísima señora suplicio que se dejaba tamañitos todos los que inventó el Dante en su terrible Infierno. Tener que suplicar que se le concediese algún crédito, tener que mentir, ofreciendo para la semana próxima lo que seguramente no había de poder dar, era un esfuerzo de voluntad sólo inferior en un grado al que se necesita para estrellarse el cráneo contra la pared. Flaqueaba á veces; pero el recuerdo del pobrecito ciego, que no conocía más placer que saborear la comida, la estimulaba con aguijón terrible á seguir adelante en aquel vía crucis. «¡Y luego me hablan á mí de mártires—se decía, camino de la calle de Pelayo—y de las vírgenes arrojadas á las fieras y de otras á quienes desollaban vivas! Me río yo de todo eso. Que vengan aquí á sufrir, á ganar el cielo sin ostentación de que se gana, sin bombo y platillo.» Regresaba á su casa jadeante, el rostro como un pimiento, rendida del colosal esfuerzo, que otra vez le daba idea de la infinita resistencia de la voluntad humana. Seguían á estas amarguras las de aderezar aquellos recortes de comida, de modo que Rafael tuviese la mejor parte, si no la totalidad, sin enterarse de que sus hermanas no lo probaban. Para que no conociese el engaño, Fidela imitaba el picoteo del tenedor, el rumor del mascar, y todo lo que pudiera dar la ilusión de que ambas comían. Cruz se había hecho ya á sobriedades inverosímiles; y si Fidela mordiscaba, por travesura y depravaciones del gusto, mil porquerías, hacíalo ella por convicción, curada ya de todos los ascos posibles. El partido que allí se sacaba de una patata, resultaría increíble si se narrara con toda puntualidad. Cruz, como el filósofo calderoniano, recogía las hierbas arrojadas por la otra. Huevos, ninguna de las dos los cataba tiempo hacía, y para que Rafael no lo comprendiera, la traviesa hermana menor golpeaba un cascarón sobre la huevera, imitando con admirable histrionismo el acto de comer un huevo pasado. Para sí hacían caldos inverosímiles, guisos que debieran pasar á la historia culinaria cual modelos de la nada figurando ser algo. Ni aun á Donoso se le revelaban estos milagros de la miseria noble, por temor de que el buen señor hiciera un disparate sacrificándose por sus amigas. Tanta delicadeza en ellas era ya excesiva; pero se encontraban sin fuerzas para conllevar por más tiempo actitudes tan angustiosamente difíciles, y por las noches no podían sostener la afable rigidez de la tertulia sino con tremendas erecciones de la voluntad.
Aquel día, que debía señalarse con piedra de algún color, por ser la fecha en que fueron aceptadas en principio por Cruz las proposiciones de Torquemada, sentíase la buena señora con más ánimos. Se presentaba una solución, buena ó mala, pero solución al fin. La salida de aquella caverna tenebrosa era ya posible, y debían alegrarse, aun ignorando adónde irían á parar por la grieta que en la ingrata roca se vislumbraba. Al dar de comer á su hermano, la dama ponderó más que otras veces la buena comidita de aquel día. «Hoy tienes lo que tanto te gusta: lenguado al gratin. Y un postre riquísimo: polvorones de Sevilla.» Fidela le ataba la servilleta al cuello; Cruz le ponía delante el plato de sopa, mientras él, tentando en la mesa, buscaba la cuchara. La falta de vista habíale aguzado el oído, dándole una facultad de apreciar las más ligeras variaciones del timbre de voz en las personas que le rodeaban. De tal modo afinaba, en aquel memorable día, la ampliación del sentido, que conoció por la voz, no sólo el temple de su hermana, sino hasta sus pensamientos, á nadie declarados.
En los ratos que Cruz iba á la cocina, dejándole solo con Fidela, el ciego, comiendo despacio y sin mucho apetito, platicaba con su hermana.
—¿Qué pasa?—le preguntó con cierta inquietud.
—Hijo, ¿qué ha de pasar? Nada.
—Algo pasa. Yo lo conozco, lo adivino.
—¿En qué?...
—En la voz de Cruz. No me digas que no. Hoy ocurre en casa algo extraordinario.
—Pues no sé...
—¿No estuvo D. José esta mañana?
—Sí.
—¿Oiste lo que hablaron?
—No; pero supongo que no hablarían nada de particular.
—No me equivoco, no. Algo hay, y algo muy gordo, Fidela. Lo que no sé es si nos traerá felicidad ó desgracia. ¿Qué crees tú?
—¿Yo?... Hijo, sea lo que fuere, más desgracias no han de caer sobre nosotros. No puede ser; la imaginación no concibe más.
—¿De modo que tú sospechas que será bueno?
—Te diré...: en primer lugar, yo no creo que ocurra nada; pero si algo hubiere, por razón lógica, por ley de justicia, debe de ser cosa buena.
—Cruz nada nos dice. Nos trata como á niños... ¡Caramba! y si lo que pasa es bueno, bien podía decírnoslo.
La entrada de Cruz cortó este diálogo.
—¿Y vosotras, qué tenéis hoy para comer?
—¿Nosotras?... ¡Ah!, una cosa muy buena. Hemos traído un pez...
—¿Cómo se llama? ¿Lo ponéis con arroz, ó cocido, en salsa tártara?
—Lo pondremos á la madrileña.
—Á estilo de besugo, las tres rajitas y las ruedas de limón.
—Pues yo no lo pruebo. No tengo gana—dijo Fidela.—Cómetelo tú.
—No, tú... Para ti se ha traído.
—Tú, tú...; tú te lo comes. ¡No faltaba más!...
—¡Ay, qué risa!—dijo el ciego con infantil gozo.—Será preciso echar suertes.
—Sí, sí.
—Arranca dos pajitas de la estera, y tráemelas. Á ver..., vengan... Ahora no miréis. Corto una de las pajitas para que sean desiguales de tamaño... Ya está... Ahora las cojo entre los dedos: no mirar, digo... ¡Ajajá! La que saque la paja grande, esa se come el pescadito. Á ver..., señoras, á sacar...
—Yo esta.
—Yo esta.
—¿Quién ha ganado?
—¡Tengo la pajita chica!—exclamó Fidela, gozosa.
—Yo la grande.
—Cruz se lo come, Cruz—gritó el ciego con seriedad y decisión impropias de cosa tan baladí.—Y no admito evasivas. Yo mando... Á callar... y á comer.
III
Aquella fué la noche en que D. Francisco dejó de asistir á la tertulia, lo que no causó poca extrañeza, pues era de una puntualidad que él mismo solía llamar matemática, empleando con deleite un término que le parecía de los más felices. ¿Qué tendría, qué no tendría?... Todo era conjeturas, temores de enfermedad. Al retirarse, Donoso prometió mandar un recado lo más temprano posible del día próximo, para saber á qué atenerse.
Cuando Fidela, como de costumbre, ayudaba á Rafael á quitarse la ropa para meterse en el lecho, el ciego, en voz tan apagada que pudiera dudarse si hablaba con su hermana ó consigo mismo, decía: «No cabe duda, no. Algo ocurre.»
—¿Qué estás ahí rezongando?
—Lo que te dije... Veo un suceso, un suceso extraordinario, aquí, sobre la casa, dándole sombra como una nube que casi se toca con la mano, ó como un gran pájaro con las alas abiertas...
—¿Pero en qué te fundas tú para pensar tal cosa? Caviloso eres...
—Me fundo..., no sé en qué me fundo. Cuando uno no ve, se le desarrolla un sentido nuevo, el sexto sentido, el poder de adivinación, cierta seguridad del presentimiento que... No sé, no sé lo que es. Me mareo pensándolo... Pero jamás me equivoco.
Cualquier suceso insignificante que alterara en mínima parte la monótona regularidad de la triste existencia de aquella familia era para Rafael motivo de cavilaciones, poniendo en febril ejercicio su facultad de husmear los sucesos en misteriosos efluvios de la atmósfera. El no haber venido aquella noche Torquemada, motivo fué para pensar en un desequilibrio de los hechos que componían el inalterable cuadro vital de la tertulia; y aunque Rafael no echaba de menos á D. Francisco, vió en aquel vacío creado por su ausencia algo anormal, que le confirmaba en sus sospechas ó barruntos. Y enlazando aquella ausencia con fenómenos acústicos del género más sutil, como el timbre de voz de su hermana mayor, se metía en un laberinto de hipótesis, capaz de volver loco á quien no tuviera por cabeza una perfecta máquina de probabilidades.
—Vaya, niño—indicó su hermana arropándole,—no pienses tonterías, y á dormir.
Entró Cruz á ver si estaba bien acostado, ó si algo le faltaba.
—¿Sabes?—le dijo Fidela, que á broma tomaba siempre aquellas cosas.—Dice que algo va á suceder, rarísimo y nunca visto.
—Niño, duérmete—respondió la hermana mayor acariciándole la barba.—Nunca sabemos lo que sucederá mañana. Lo que Dios quiera será.
—Luego... algo hay—afirmó el ciego con rápida percepción.
—No, hijo, nada.
—Con tal que sea bueno, venga lo que quiera—apuntó Fidela graciosamente.
—Bueno, sí; pensad cosas buenas. Ya es tiempo..., me parece...
—¿Luego... es bueno?—dijo vivamente Rafael, sacando la boca del embozo.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Qué, hijo?
—Eso que va á pasar.
—Vaya, no caviles, y duérmete tranquilo... ¿Quién duda que Dios, al fin y al cabo, ha de apiadarse de nosotros? ¡Oh, pensar en que aún pueden venir más desgracias...! Nunca; no cabe en lo humano. Hemos llegado al límite. ¿Hay ó no hay límite en las cosas humanas? Pues si hay límite, en él estamos... Ea, á dormir todo el mundo.
¡El límite! No necesitaba Rafael oir más para pasarse parte de la noche hilando y deshilando una palabra. Límite era lo mismo que frontera, el punto ó línea en que acaba un territorio y empieza otro. Si ellos tocaban ya el límite, era que su vida cambiaría por completo. ¿Cómo, por qué?... También Fidela, creyendo notar algo de excitación nerviosa en su hermana, ordinariamente tan impenetrable y reposada, creyó que aquello del límite no era un dicho insignificante, y empezó á divagar, abriendo su espíritu á las ilusiones risueñas que constantemente le rondaban para colarse dentro. La pobrecilla necesitaba poco para ponerse alegre, ávida de respirar fuera de aquella cárcel tenebrosa de la miseria. Una idea suelta, media palabra le bastaban para entregarse al juego inocente de creer en el bien posible, de mirarlo venir y de llamarlo con la fuerza misma del deseo.
—Acuéstate—le dijo su hermana con la dulce autoridad que gastar solía. Y cogiendo una luz se fué á registrar la casa, costumbre que había prevalecido en ella desde un fuerte susto que pasaron á poco de habitar allí. Examinaba todos los rincones, poníase á gatas para mirar debajo del sofá y de las camas, y concluía por asegurarse de que estaba bien echado el cerrojo y bien trancadas las ventanas que caían al patinillo medianero. Cuando volvió al lado de su hermana, ésta se desnudaba para acostarse, doblando cuidadosamente su ropa. «¿Se lo diré ahora?—pensó Cruz, después de aplicar el oído á la vidriera del gabinete para cerciorarse de que Rafael no rebullía.—No, no; se desvelará la pobrecilla. Mañana lo sabrá. Además, temo al oído sutil de mi hermano, que oye lo que se piensa, cuanto más lo que se dice.»
Viendo á Fidela rezar entre dientes, ya en el lecho, se acostó en la cama próxima, operación sencillísima, pues la señora no se desnudaba. Dormía con enaguas, medias y una chambra, liado en la cabeza un pañuelo al modo de venda. Una manta de algodón la reservaba del frío en los meses crudos; en verano le bastaba un abrigo viejo, de rodillas abajo. Seis meses hacía que la mayor de las Águilas no sabía lo que eran sábanas.
Apagada la luz y masculladas dos ó tres oraciones, la dama dió un chapuzón en aquella estancada laguna de su mísera vida, sintiéndose con agilidad para nadar un poco. Además, la laguna se agitaba; en su seno levantábanse olas, que columpiaban y sumergían á la nadadora con gallardo movimiento.
«No, Virgen y Padre Eterno y Potencias celestiales, yo no...; no es á mí á quien toca este sacrificio para salvarnos de la muerte. Á mi hermana le corresponde, á ella, más joven, á ella, que apenas ha luchado. Yo estoy rendida de esta horrible batalla con el destino. Ya no puedo más; me caigo, me muero. ¡Diez años de espantosa guerra, siempre en guardia, siempre en primera línea, parando golpes, atendiendo á todo, inventando triquiñuelas para ganar una semana, un día, horas; disimulando la tribulación para que los demás no perdieran el ánimo; comiendo abrojos y bebiendo hiel para que los demás pudieran vivir!... No, yo ya he cumplido, Señor; estoy relevada de esta obligación; me ha pasado el turno. Ahora me toca descansar, gobernar tranquilamente á los demás. Y ella, mi hermanita, que entre ahora en fuego, en este desconocido combate que se prepara; ella, tropa de refresco; ella, joven y briosa, y con ilusiones todavía. Yo no las tengo; yo no sirvo ya para nada, menos para el matrimonio..., ¡y con ese pobre adefesio!...»
Media vuelta, y rápida emergencia desde lo profundo de las aguas á la superficie.
«En resumidas cuentas, no es mal hombre... Ya me encargaré yo de pulirle, raspándole bien las escamas. Debe de ser docilote y manso como un pececillo. ¡Ah, si mi hermana tiene un poquito de habilidad, haremos de él lo que nos convenga!... La solución será todo lo estrafalaria que se quiera; pero es una solución. Ó aceptarla, ó dejarnos morir. Cierto que resulta un poquito y un muchito ridícula...; pero no estamos en el caso de mirar mucho al qué dirán. ¿Qué debemos á la sociedad? Desaires y humillaciones, cuando no dentelladas horribles. Pues no miremos á la sociedad; figurémonos que no existe. Los mismos que nos critiquen le besarán la mano á él, sí..., porque con esa mano firma el talonario...; la besarán, por si algo se les pega... ¡Qué risa!»
Media vuelta, y rápida inmersión á los profundos abismos: «Pues si esta pobrecita Fidela, que siempre fué mimosilla y voluntariosa, se niega al sacrificio, si no logro convencerla, si prefiere la muerte á la redención de la familia por tal procedimiento, no tendré más remedio que apechugar yo... No, no; yo la convenceré: es razonable, y comprenderá que á ella le toca apurar este cáliz, como á mí me han tocado otros... Lo que es yo no me lo bebo... Además, ya estoy vieja. De seguro que él preferirá á la otra... Pero ¿y si por artes del enemigo se vuelve á mí, ó me saca como en el juego de las pajitas?... ¡No, no; qué disparate! He cumplido cuarenta años, y me siento como si hubiera vivido sesenta. ¡Yo ahora en esos trotes, teniendo que acostarme con ese gaznápiro, y soportarle, y...! ¡Ni cómo he de servir yo para eso!... Fidela, Fidela, que apenas tiene veintinueve... Porque..., ¡cielos divinos!, para que el sacrificio sea provechoso, es preciso que nazca algo... Yo criaré á mis sobrinitos y gobernaré á todos, chicos y grandes, porque eso sí..., mi autoridad no la pierdo. Estableceré una dictadura; nadie respirará en la casa sin mi permiso, y...»
Breve sueño y despertar repentino, con excitación y hormiguilla en todo el cuerpo.
«En cuanto á ese pobre hombre, respondo de que le afinaré. Yo le alecciono de una manera indirecta, y... la verdad, no hay queja del discípulo. En su afán de encasillarse en lugar más alto del que tiene, se asimila todas las ideas que le voy echando, como se echa pan á los pececillos de un estanque. El infeliz está ávido de ideas nuevas, de modales finos y de términos elegantes. No tiene nada de tonto, y se espanta de ser ridículo. Ponte en mis manos, asnito de la casa, y yo te volveré tan galán que causes envidia... Cuando tenga más confianza, le cogeré por mi cuenta, y veremos si me luzco. Por de pronto, me valgo del amigo Donoso para advertirle ciertas conveniencias, leccioncillas que no puede una espetar sin tocarle al amor propio. D. José me servirá de intermediario para hacerle entender que las personas finas no comen cebolla cruda. Hay noches, ¡Dios mío!, en que es preciso ponerse á metro y medio del buen señor, porque...»
Balanceo en aguas medias..., desvanecimiento, letargo.
IV
Á la siguiente mañana, tempranito, cuando Rafael aún no rebullía, Cruz trincó á su hermana, y metiéndose con ella en la cocina, lugar retirado y silencioso, desde el cual, por mucho que se alzase la voz, no podía ésta llegar al sutil oído del ciego, sin preparativos ni atenuantes, que aquella mujer de acero no acostumbraba usar en las ocasiones de verdadera gravedad, se lo dijo. Y muy clarito, en breves y categóricas palabras.
—¡Yo..., pero yo...!—exclamó Fidela abriendo los ojos todo lo que abrirlos podía.
—Tú, sí... No hay más que hablar.
—¿Yo, dices?
—¡Tú, tú! No hay otra solución. Es preciso.
Cuando Cruz, con aquel solemne y autoritario acento, robustecido y virilizado en el continuo batallar con la suerte, decía es preciso, no había más remedio que bajar la cabeza. Allí se obedecía á estilo de disciplina militar, ó con la sumisión callada de la ordenanza jesuítica, perinde ac cadaver.
—¿Creías tú otra cosa?—dijo después de una pausa, en que observaba en el rostro de Fidela los efectos del testarazo.
—Anoche empecé á sospecharlo, y creí..., creí que serías tú...
—No, hija mía, tú. Conque, ya lo sabes.
Dijo esto con fría tranquilidad de ama de casa, como si le mandara mondar los guisantes ó poner los garbanzos de remojo. Alzó los hombros Fidela, y pestañeando á toda prisa, replicó: «Bueno...», y se fué hacia su cuarto, disparada, sin saber adonde iba.
La primera impresión de la graciosa joven, pasado el estupor del momento en que oyó la noticia, fué de alegría, de un respirar libre y de un desahogo del alma y de los pulmones, como si le quitaran de encima un formidable peñasco, con el cual venía cargada desde inmemorial fecha. El peñasco podía ser una pesadísima joroba que en aquel instante por sí sola se le extirpaba, permitiéndole erguirse con su natural gallardía. «Matrimonio—se dijo—significa límite. De aquí para allá, no más miseria, no más hambre, no más agonías, ni la tristeza infinita de esta cárcel... Podré vestirme con decencia, mudarme de ropa, arreglarme, salir á la calle sin morirme de vergüenza, ver gente, tener amigas..., y sobre todo, soltar este remo de galera, no tener que volverme loca pensando en cómo ha de durar un calabacín toda la semana..., no contar los garbanzos como si fueran perlas, no cortar y medir al quilate los pedacitos de pan, comerme un huevo entero..., rodear á mi pobre hermano de comodidades, llevarle á baños, ir yo también, viajar, salir, correr, ser lo que fuimos... ¡Ay, hemos sufrido tanto, que el dejar de sufrir parece un sueño! ¿Acaso estoy yo despierta?» Se pellizcaba y luego corría por toda la casa, emprendiendo maquinalmente las faenas habituales: coger un zorro y empezar á sacudir latigazos á las puertas, coger también la escoba, barrer... «No hagas mucho ruido—le dijo Cruz, que pasaba del comedor á la cocina llevando loza.—Todavía me parece que duerme. Mira..., yo barreré un poco; enciende tú la lumbre: toma la cerilla... Cuidadito al encenderla, que no tenemos más que tres por junto.» Daba estas órdenes con sencillez, como si momentos antes no hubiera ejercido su autoridad en la cosa más grave que ejercerse podría. Creyérase que no había pasado nada, que todo había sido broma. Pero Cruz era así, un carácter entero, que disponía lo que juzgaba conveniente, empleando la misma autoridad glacial en las cosas chicas que en las grandes. Cambió de mano la escoba. ¡Sabe Dios lo que Cruz pensaba mientras barría! Fidela, al encender la lumbre, siguió recreando su mente con la risueña perspectiva del cambio de vida. Hubo de pasar algún tiempo, en el cual prendió la astilla y se levantó la vagorosa llama, antes de que comenzara la natural reacción de aquel júbilo, ó el despertar de aquel ensueño, permitiendo ver la realidad del tremendo caso. La llama atacaba con brío el carbón, cuando á Fidela se le representó la imagen de Torquemada en toda su estrafalaria tosquedad. Bien observado le tenía, y jamás pudo encontrar en él ninguna gracia de las que adornan el sexo fuerte. ¿Pero qué remedio había más que resignarse para poder vivir? ¿Era ó no una salvación? Pues siendo salvación para los tres, ella por los tres se ofrecía en holocausto al monstruo, y se le entregaba por toda la vida. Menos mal si los demás vivían alegres, aunque ella pasase la pena negra con los amargores de aquel brebaje que se tenía que tomar.
Esta idea le quitó el apetito, y cuando su hermana preparó, con la rapidez de costumbre, el chocolate con agua que á las dos servía de desayuno, Fidela no quiso probarlo.
—¿Ya vienes con tus remilgos? ¡Si está muy bueno!—le dijo Cruz, poniendo sobre la mesa de la cocina los mendrugos de pan del día anterior que ayudaban á tragar la pócima.—¿Qué? ¿Estás preocupada con lo que te dije? ¡Ay, hija mía, en esta fiera lucha que venimos sosteniendo, cuando hay que hacer algo se hace! Á ti te ha tocado esta obligación, como á mí me han tocado otras, bien rudas por cierto, y no hay remedio. Si los tres hemos de vivir, de ti dependen nuestras vidas. Y no resulta el sacrificio tan duro como á primera vista parece. Cierto que no es muy galán que digamos. Cierto que se ha enriquecido prestando dinero con espantosa usura, y lleva sobre sí el menosprecio y el odio de tanta y tanta víctima. ¡Pero ay, Fidela, no puede una escoger el peñasco en que ha de tomar tierra! La tempestad nos arroja en ese. ¿Qué hemos de hacer más que agarrarnos? Figúrate que somos pobres náufragos flotando entre las olas sobre una tabla podrida. ¡Que nos ahogamos, que nos traga el abismo! Y así se pasan días, meses, años. Por fin alcanzamos á ver tierra. ¡Ay, una isla! ¿Qué hemos de hacer más que plantarnos en ella y dar gracias á Dios? ¿Es justo que, ahogándonos y viendo tierra cercana, nos pongamos á discutir si la isla es bonita ó fea, si hay en ella flores ó cardos borriqueros, si tiene pájaros lindos ó lagartijas y otras alimañas asquerosas? Es una isla, es suelo sólido, y en ella desembarcamos. Ya procuraremos pasarlo allí lo mejor posible. ¡Y quién sabe, quién sabe si metiéndonos tierra adentro encontraremos árboles y valles hermosos, aguas saludables, y todo el bien de que estamos privadas!... Conque... no hay que afligirse. Es hombre de clase inferior y de extracción villana. Pero su inferioridad y las ganas que tiene de aseñorarse le harán más dócil, más dúctil, y conseguiremos volverle del revés. Por más que tú digas, yo veo en él cualidades; no es tonto, no. Rascando en aquella corteza, se encuentra rectitud, sensibilidad, juicio claro... En fin, casados os vea yo, y déjale de mi cuenta... (Pausa.) ¿Y á qué viene ahora ese lloro? Guarda la lagrimita para cuando venga á pelo. Esto no es una desgracia; esto, después de diez años de horrible sufrimiento, es una salvación, un inmenso bien. Reflexiona y lo comprenderás.
—Sí, lo comprendo... No digo nada—murmuró Fidela, decidiéndose á tomar el chocolate, que más pudo al fin la necesidad que el asco.—¿Es preciso hacerlo? Pues no se hable más. Aunque el sacrificio fuera mucho mayor, yo lo haría. No están los tiempos para escrupulizar, ni para pedir que nos sirvan platos de gusto. Lo que dices..., ¡quién sabe si será la isla menos árida y menos fea de lo que parece mirada desde el mar!
—Justo... ¡Quién sabe...!
—Y si una vez salvados, nos alegraremos de estar en ella... Porque eso no se sabe. ¡Cuántas se han casado creyendo que iban á ser muy felices, y luego resultaba que él era un perdido y un sinvergüenza! ¡Y cuántas se casan como quien va al matadero, y luego...!
—Justo... Luego se encuentran con ciertas virtudes que suplen la belleza, y con un orden económico que al fin y al cabo hace la vida metódica, dulce y agradable. En este mundo pícaro no hay que esperar felicidades de relumbrón, que casi siempre son humo; basta adquirir un mediano bienestar. Las necesidades satisfechas: eso es lo principal... ¡Vivir, y con esto se dice todo!
—¡Vivir!..., eso es... Pues bien, hermana, si de mí depende, viviremos.
Gozosa de su triunfo se levantó Cruz, y encargando á su hermana que no diese la noticia á Rafael sino después de prepararle gradualmente, se vistió de máscara para ir á la compra, la obligación que más la molestara y que más penosa se le hacía entre todas las cargas de aquella abrumadora existencia.
Rafael llamaba. Acudió Fidela, y dándole la ropa le incitó á levantarse. Aquel día estaba la joven de buenas, y propuso á su hermano llevarle á dar un paseo.
—Noto en el timbre de tu voz una cosa muy extraña—le dijo el ciego, levantado ya, y cuando la hermana le ponía delante la jofaina para que se lavase la cara.—No me niegues que te pasa algo. Tú estás más alegre que otros días...; alegre, sí, y conmovida... Tú has llorado, Fidela, no me lo niegues; hay en tu voz la humedad de lágrimas que se han secado hace un ratito. Tú has reído después ó antes de llorar. Todavía te queda en la voz la vibración de la risa.
—Anda, no hagas caso... Date prisa, que es hora de peinarte, y te voy á poner hoy más guapo que un sol.
—Dame la toalla.
—Toma...
—¿Qué hay? Cuéntamelo todo...
—Pues hay... un poquitín de novedades.
—¿Ves? Anoche lo dije. Si yo adivino...
—Pues...
—¿Ha estado alguien en casa?
—Nadie, hijo.
—¿Han traído alguna carta?
—No.
—Yo soñé que traían una carta con buenas noticias.
—Las buenas noticias pueden llegar sin carta; vienen por el aire, por los medios desconocidos que suele usar la infinita sabiduría del Señor.
—¡Ay, me pones en ascuas! Dilo pronto.
—Te peinaré primero... Estate quieto... No hagas visajes...
—¡Oh, no seas cruel!... ¡Qué suplicio!
—Si no es nada, hijito... Quieto. Déjame sacar bien la raya. ¡Apenas es importante la raya!
—Á propósito de raya... ¿Qué es eso del límite que dijo Cruz? No he pensado en otra cosa durante toda la noche. ¿Quiere decir que hemos llegado al límite de nuestro sufrimiento?
—Sí.
—¿Cómo?... (Levantándose con febril inquietud.) Dímelo, dímelo al instante... Fidela, no me irrites, no abuses de mi estado, de esta ceguera que me aisla del mundo y me encierra dentro de una esfera de engaños y mentiras. Ya que no puedo ver la luz, vea al menos la verdad, la verdad, Fidela, hermana querida.
V
—Sosiégate... Te diré todo—replicó Fidela, un poquitín asustada, colgándose de sus hombros para hacerle sentar.—Tiempo hacía que no te enfadabas así.
—Es que desde ayer estoy como un arma cargada á pelo. Me tocan y me disparo... No sé qué es esto... Un presentimiento horrible, un temor... Dime: en ese cambio feliz que nos espera, ¿ha tenido algo que ver D. José Donoso?
—Puede que sí: no te lo aseguro.
—¿Y D. Francisco Torquemada?
Pausa. Silencio grave, durante el cual, el vuelo de una mosca sonaba como si el espacio fuera un gran cristal rayado por el diamante.
—¿No respondes? ¿Estás ahí?—dijo el ciego con ansiedad vivísima.
—Aquí estoy.
—Dame tu mano... Á ver.
—Pues siéntate y ten juicio.
Rafael se sentó y su hermana le besó la frente, dejándose atraer por él, que le tiraba del brazo.
—Paréceme que lloras. (Tentándole la cara.) Sí..., tu cara está mojada. Fidela, ¿qué es esto? Respóndeme á la pregunta que te hice. En ese cambio, en ese..., no sé cómo decirlo..., ¿figura de algún modo, como causa, como agente principal, ese amigo de casa, ese hombre ordinario que ahora estudia para persona decente?
—Y si figurara, ¿qué?—contestó la joven después de hacerse repetir tres veces la pregunta.
—No digas más. ¡Me estás matando!—exclamó el ciego apartándola de sí.—Vete, déjame solo... No creas que me coge de nuevas la noticia. Hace días que me andaba por dentro una sospecha... Era como un insecto que me picaba las entrañas, que me las comía... ¡Sufrimiento mayor...! No quiero saber más: acerté. ¡Qué manera de adivinar! Pero dime: ¿no trajisteis á ese hombre á casa como bufón para que nos divirtiera con sus gansadas?
—Cállate, por Dios—dijo Fidela con terror.—Si Cruz te oye se enojará.
—Que me oiga. ¿Dónde está?
—Vendrá pronto...
—¡Y ella...! Dios mío, bien hiciste en cegarme para que no viera tanta ignominia... Pero si no la veo, la siento, la toco...
Gesticulaba en pie, y habría caído tropezando contra los muebles, si su hermana no se abrazara á él, llevándole casi por fuerza al sillón.
—Hijo, por Dios, no te pongas así. Si no es lo que tú crees.
—Que sí, que sí es.
—Pero óyeme... Ten juicio, ten prudencia. Déjame que te peine.
De una manotada arrancó Rafael el peine de manos de Fidela, y lo partió en dos pedazos.
—Vete á peinar á ese mastín, que lo necesitará más que yo. Estará lleno de miseria...
—¡Hijo, por Dios!..., te vas á poner malito.
—Es lo que deseo. Mejor me vendría morirme, y así os quedabais tan anchas, en libertad para degradaros cuanto quisierais.
—¡Degradarnos! ¿Pero tú qué te figuras?
—No, si ya sé que se trata de matrimonio en regla. Os vendéis, por mediación ó corretaje de la Santa Iglesia. Lo mismo da. La ignominia no es menor por eso. Sin duda creéis que nuestro nombre es un troncho de col, y se lo arrojáis al cerdo para que se lo coma.
—¡Oh, qué disparates estás diciendo!... Tú no estás bueno, Rafael. Me haces un daño horrible...
Echóse á llorar la pobre joven, y en tanto su hermano se encerraba en torvo silencio.
—Daño, no—le dijo al fin;—no puedo hacerte daño. El daño te lo haces tú misma, y á mí me toca compadecerte con toda mi alma y quererte más. Ven acá.
Abrazáronse con ternura, y lloraron el uno sobre el pecho de la otra, con la efusión ardiente de una despedida para la eternidad.
Inmenso cariño aunaba las almas de los tres hermanos del Águila. Las dos hembras sentían por el ciego un amor que la compasión elevaba á idolatría. Él les pagaba en igual moneda; pero queriéndolas mucho á las dos, algún matiz distinguía el afecto á Cruz del afecto á Fidela. En la hermana mayor vió siempre como una segunda madre, dulce autoridad que, aun ejerciéndose con firmeza, reforzaba el cariño. En Fidela no veía más que la hermanita querida, compañera de desgracias, y hasta de juegos inocentes. En vez de autoridad, confianza, bromas, ternura, y un vivir conjuntivo, alma en alma; sintiendo cada uno por los dos. Era un caso de hermanos siameses, seres unidos por algo más que el parentesco y un lazo espiritual. Á Cruz la miraba Rafael con veneración casi religiosa: para ella eran los sentimientos de filial sumisión y respeto; para Fidela toda la ternura y delicadeza que su vida de ciego acumulaba en él, como manantial que no corre, y labrando en su propio seno, forma un pozo insondable.
Llorando sin tregua, no sabían desabrazarse. Fidela fué la primera que quiso poner fin á escena tan penosa, porque si Cruz entraba y les veía tan afligidos, tendría un disgusto. Secándose á toda prisa las lágrimas, porque creyó sentir el ruido del llavín en la puerta, dijo á su hermano: «Disimula, hijo. Creo que ha entrado... Si nos ve llorando... de fijo se incomodará... Creerá que te he dicho lo que no debo decirte...»
Rafael no chistó. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cabello en desorden, esparcido sobre la frente, parecía un Cristo que acaba de expirar, ó más bien Eccehomo, por la postura de los brazos, á los que no faltaba más que la caña para que el cuadro resultase completo.
Cruz se asomó á la puerta, sin soltar aún el disfraz que usaba para ir á la compra. Les observó á los dos, pálida, muda, y se retiró al instante. No necesitaba más informaciones para comprender que Rafael lo sabía, y que el efecto de la noticia había sido desastroso. La convivencia en la desgracia, el aislamiento y la costumbre de observarse de continuo los tres, daban á cada uno de los individuos de la infeliz familia una perceptibilidad extremada, y un golpe de vista certero para conocer lo que pensaban y sentían los otros dos. Ellas leían en la fisonomía de él como en el Catecismo: él las había estudiado en el metal de voz. Ningún secreto era posible entre aquellos tres adivinos, ni segunda intención que al punto no se descubriera. «Todo sea por Dios», se dijo Cruz, camino de la cocina, con sus miserables paquetes de víveres.
Arrojando su carga sobre la mesa, con gesto de cansancio, sentóse y puso entre sus trémulas manos la cabeza. Fidela se acercó de puntillas. «Ya—le dijo Cruz, dando un gran suspiro,—ya veo que lo sabe y que le ha sentado mal.»
—Tan mal, que... ¡Si vieras..., una cosa horrible...!
—¿Acaso se lo dijiste de sopetón? ¿No te encargué...?
—¡Quiá! Si él ya lo sabía...
—Lo adivinó. ¡Pobre ángel! La falta de vista le aguza el entendimiento. Todo lo sabe.
—No transige.
—El maldito orgullo de raza. Nosotras lo hemos perdido con este baqueteo espantoso del destino. ¡Raza, familia, clases! ¡Qué miserable parece todo eso desde esta mazmorra en que Dios nos tiene metidas hace tantos años! Pero él conserva ese orgullo, la dignidad del nombre que se tenía por ilustre, que lo era... Es un ángel de Dios, un niño: su ceguera le conserva tal y como fué en mejores tiempos. Vive como encerrado en una redoma, en el recuerdo de un pasado bonito, que... El nombre lo indica: pasado quiere decir... lo que no ha de volver.
—Me temo mucho—dijo Fidela secreteando—que tu... proyecto no pueda realizarse.
—¿Por qué?—preguntó la otra con viveza, echando lumbre por los ojos.
—Porque... Rafael no resistirá la pesadumbre...
—¡Oh!, no será tanto... Le convenceré, le convenceremos. No hay que dar tanta importancia á una primera impresión... Él mismo reconocerá que es preciso... Digo que es preciso, y que es preciso..., y se hará.
Reforzó la afirmación dejando caer su puño cerrado sobre la mesa, que gimió con estallido de maderas viejas, haciendo rebotar el pedazo de carne envuelto en un papel. Después, la dama suspiró al levantarse. Diríase que al tomar aliento con toda la fuerza de sus pulmones, metía en su interior una gran cuchara para sacar la energía que, después del colosal gasto de aquellos años, aún quedaba dentro. Y quedaba mucha: era una mina inagotable.
—No hay que acobardarse—añadió, sacando del ensangrentado papel el pedazo de carne y desenvolviendo los otros paquetes.—No pensemos ahora en eso, porque nos volveríamos locas, y á trabajar... Mira, corta un pedazo para bistec. Lo demás lo pones como ayer... Nada de cocido. Aquí tienes el tomate..., un poco de lombarda..., los tres langostinos..., el huevo..., tres patatas... Haremos para la noche sopa de fideos... Y no te muevas de aquí por ahora, ni vuelvas allá. Yo le peinaré, y veremos si logro templarle.
Encontróle en la misma actitud de Eccehomo sin caña.
—¿Qué te pasa, hijo mío?—le dijo besándole en el pelo y dando á su voz toda la ternura posible.—Voy á peinarte. Á ver..., no hagas mañas. ¿Te duele algo, tienes algún pesar? Pues cuéntamelo prontito, que ya sabes que estoy aquí para procurarte todo el bien posible... Vamos, Rafael, pareces un chiquillo: mira, hijo, que son las tantas; no te has peinado, y tenemos mucho que hacer.
Con una de cal y otra de arena, con palabras dulcísimas, entreveradas de otras autoritarias, le dominaba siempre. El respeto á la hermana mayor, en quien había visto, desde que empezaron los tiempos de desgracia, un ser dotado de sobrenatural energía y capacidad para el gobierno, puso en el alma de Rafael, y sobre aquellos ímpetus de rebeldía mostrados poco antes, pesadísima losa. Dejóse peinar. La primogénita del Águila, que siempre se crecía ante las dificultades, en vez de rehuir la cuestión, la embistió de frente.
—¡Bah!..., todo eso... por lo que te ha dicho Fidela del pobre D. Francisco y de sus pretensiones. ¡El pobre señor es tan bueno, nos ha tomado un cariño tal...! Y ahora sale con la tecla de querer aplicar un remedio definitivo á nuestra horrible situación, á esta agonía en que vivimos, abandonados de todo el mundo. Y no hay que acordarse ya del pleito, que es cosa perdida, por falta de recursos. Se ganaría si pudiéramos hacer frente á los gastos de curia... ¿Pero quién piensa en eso?... Pues como te decía, el buenazo de D. Francisco quiere traer un cambio radical á nuestra existencia; quiere... que vivamos.
Sintió la peinadora que bajo sus dedos se estremecía la cabeza y la persona toda del pobre ciego. Pero éste no dijo nada; y después de sacar cuidadosamente la raya, siguió impávida presentando con lenta ductilidad y cautela la temida cuestión.
—¡Pobre señor! Por los de Canseco he sabido ayer que todo eso que se cuenta de su avaricia es una falsa opinión propalada por sus enemigos. ¡Oh!, el que hace bien los tiene, los cría al calorcillo de su propia generosidad. Me consta que á la chita callando, y aun dejándose desollar vivo por los calumniadores, D. Francisco ha remediado muchas desdichas, ha enjugado muchas lágrimas. Sólo que no es de los que cacarean sus obras de caridad, y prefiere pasar por codicioso... Es más, le gusta verse menospreciado por la voz pública. Yo digo que así es más meritorio el buen hombre, y más cristiano... ¡Ah!, con nosotras se ha portado siempre como un cumplido caballero. Y lo es, lo es, á pesar de su bárbara corteza...
Nada. Rafael no decía una palabra, y esto desconcertaba á la hermana mayor que le requería para que hablase, pues en la discusión tenía la seguridad de vencerle, disparándole las andanadas de su decir persuasivo. Pero el ciego, conociendo sin duda que en la controversia saldría derrotado, se amparaba en la inercia, en el mutismo, como en un reducto inexpugnable.
VI
Le citaba (digámoslo en estilo tauromáquico); pero él no quería salir de su posición defensiva. Por fin, concluyendo de peinarle, y al dar la última mano á los finos cabellos ondeados sobre la frente, le dijo con un poquito de severidad.
—Rafael, me vas á hacer un favor, y no es súplica, es más bien mandato. No des ocasión á que me enfade de veras contigo. Si esta noche viene D. Francisco, espero que le tratarás con la urbanidad de siempre, y que no saldrás con alguna pitada... Porque si el buen señor tiene ciertas pretensiones, que ahora no califico, á nosotros nos corresponde agradecerlas, en ningún caso vituperarlas, cualquiera que sea la respuesta que demos á esas pretensiones... ¿Me entiendes?
—Sí—dijo Rafael inmóvil.
—Confío en que no nos pondrás en ridículo tratando mal en nuestra propia casa á quien desea favorecernos, en una forma que ahora no discuto..., no se trata de eso. ¿Puedo estar tranquila?
—Una cosa es la buena crianza, á la cual no faltaré nunca, y otra la dignidad, á la que tampoco puedo faltar.
—Bien.
—Así como te digo que nunca desmentiré mi buena educación ante personas extrañas, sean quienes fueren, también te digo que jamás, jamás transigiré con ese hombre, ni consentiré que entre en nuestra familia... No tengo más que decir.
Cruz desfalleció, reconociendo en las categóricas palabras de su hermano la veta dura de la raza del Águila, unida al irreductible orgullo de los Torre-Auñón. Aquel criterio dogmático sobre la dignidad de la familia, ella se lo había enseñado á Rafael cuando era niño, cuando ella, señorita de casa noble, opulenta, vivía rodeada de adoradores, sin que sus padres encontraran hombre alguno merecedor de su preciosa mano.
—¡Ah, hijo mío!—exclamó la dama sin disimular su pena.—Diferencias grandes hay entre tiempos y tiempos. ¿Crees que estamos en aquellos días de prosperidad..., ya no te acuerdas..., cuando por apartarte de relaciones que no eran muy gratas á la familia te mandamos de agregado á la legación de Alemania? ¡Pobrecito mío! Después vino la desgracia sobre nuestras pobres cabezas, como una lluvia torrencial que todo lo arrasa... Perdimos cuanto teníamos, el orgullo inclusive. Quedaste ciego; no has visto la transformación del mundo y de los tiempos. De nuestra miseria actual y de la humillación en que vivimos no ves la parte dolorosa. Lo más negro, lo que más llega al alma y la destroza más, no lo conoces, no puedes conocerlo. Estás todavía, por el poder de la imaginación, en aquel mundo brillante y lleno de ficciones. Y no puedo consolarme ahora de haber sido tu maestra en esas intransigencias de una dignidad tan falsa como todos los oropeles que nos rodeaban. Sí, ese viento, yo, yo misma te lo metí en la cabeza cuando te enamoraste de la chica de Albert, hija de honrados banqueros, monísima, muy bien educada; pero que nosotros creíamos que nos traía la deshonra, porque no era noble..., porque su abuelo había tenido tienda de gorras en la Plaza Mayor. Y yo fuí quien te quitó de la cabeza lo que llamábamos tu tontería; y en el hueco que dejaba metí mucha estopa, mucha estopa. Todavía la tienes dentro. ¡Y cuánto me pesa, cuánto, haber sido yo quien te la puso!
—Es muy distinto este caso de aquél—dijo el ciego.—Reconozco que hay tiempos de tiempos. Hoy yo transigiría, pero dentro de ciertos límites. Humillarse un poco, pase... ¡Pero humillarse hasta la degradación vergonzosa, transigir con la villanía grosera, y todo ¿por qué?, por lo material, por el vil interés!... ¡Oh, hermana querida!, eso es venderse, y yo no me vendo. ¿De qué se trata? ¿De comer un poco mejor?
—¡De vivir—dijo briosamente, echando lumbre por los ojos la noble dama,—de vivir! ¿Sabes tú lo que es vivir? ¿Sabes lo que es el temor de morirnos los tres mañana, de aquella muerte que ya no se estila... porque está lleno el mundo de establecimientos benéficos..., de la muerte más horrible y más inverosímil, de hambre? ¿Qué, te ríes? Somos muy dignos, Rafael, y con tanta dignidad, no creo que debemos llamar á la puerta del Hospicio y pedir por amor de Dios un plato de judías. Esa misma dignidad nos veda acercarnos á las puertas de los cuarteles donde reparten la bazofia sobrante del rancho de los soldados, y comer de ella para tirar un día más. Tampoco nos permite nuestro dignísimo carácter salir á la calle los tres, de noche, y alargar la mano esperando una limosna, ya que nos sea imposible pedirla con palabras... Pues bien, hijo mío, hermano mío, como no podemos hacer eso, ni tampoco aceptar otras soluciones que tú tienes por deshonrosas, ya no nos queda más que una, la de reunirnos los tres, y bien abrazaditos, pidiendo á Dios que nos perdone, arrojarnos por la ventana y estrellarnos contra el suelo..., ó buscar otro género de muerte, si ésta no te parece en todo conforme con la dignidad.
Rafael, anonadado, oyó esta fraterna sin chistar, apoyados los codos en las rodillas y la cabeza en las palmas de las manos. Atraída por la entonada voz de Cruz, Fidela curioseaba desde la puerta, pelando una patata.
Pasado un ratito, y cuando la primogénita, recogiendo los objetos de tocador, se congratulaba mentalmente del efecto causado por sus palabras, el ciego irguió la cabeza con arrogancia, y se expresó así:
—Pues si nuestra miseria es tan desesperada como dices, si ya no nos queda más solución que la muerte, por mí... sea. Ahora mismo. Estoy pronto..., vamos.
Se levantó, buscando con las manos á su hermana, que no se dejó coger, y desde el otro extremo de la habitación le dijo:
—Pues por mí tampoco quedará. La muerte es para mí un descanso, un alivio, un bien inmenso. Por ti no he dejado ya de vivir. Siempre creí que mi deber era sacrificarme y luchar...; pero ya no más, ya no más. ¡Bendita sea la muerte, que me lleva al descanso y á la paz de mis pobres huesos!
—¡Bendita sea, sí!—exclamó Rafael, acometido de un vértigo insano, entusiasmo suicida que no se manifestaba entonces en él por vez primera...—Fidela, ven... ¿Dónde estás?
—Aquí—dijo Cruz.—Ven, Fidela. ¿Verdad que no nos queda ya más recurso que la muerte?
La hermana menor no decía nada.
—Fidela, ven acá... Abrázame... Y tú, Cruz, abrázame también... Llevadme; vamos, los tres juntitos, abrazaditos. ¿Verdad que no tenéis miedo? ¿Verdad que no nos volveremos atrás, y que... resueltamente, como corresponde á quien pone la dignidad por encima de todo, nos quitaremos la vida?
—Yo no tiemblo...—afirmó Cruz, abrazándole.
—¡Ay, yo sí!—murmuró Fidela desvaneciéndose. Y al tocar con los brazos á su hermano, cayó en el sillón próximo y se llevó la mano á los ojos.
—Fidela, ¿temes?
—Sí..., sí—replicó la señorita, trémula y desconcertada, pues había llegado á creer que aquello iba de veras; y por parte de Rafael bien de veras iba.
—No tiene el valor mío—dijo Cruz,—que es todavía más grande que el tuyo.
—¡Ay, yo no puedo, yo no quiero!—declaró Fidela, llorando como una chiquilla.—¡Morir, matarse...! La muerte me aterra. Prefiero mil veces la miseria más espantosa, comer tronchos de berza... ¿Hay que pedir limosna? Mandadme á mí. Iré antes que arrojarme por la ventana... ¡Virgen Santa, lo que dolería la cabeza al caer! No, no; no me habléis á mí de matarnos... Yo no puedo, no; yo quiero vivir.
Actitud tan sincera y espontánea terminó la escena, apagando en Rafael el entusiasmo suicida y dando á Cruz un apoyo admirable para llevar la cuestión al terreno para ella más conveniente.
—Ya ves, nuestra querida hermanita nos deja plantados en mitad del camino..., y sin ella ¿cómo vamos á matarnos? No es cosa de dejarla solita en el mundo, entre tanta miseria y desamparo. De todo lo cual se deduce, querido hermano, chiquitín de la casa (acariciándole con gracejo), que Dios no quiere que nos suicidemos... por ahora. Otro día será, porque en verdad, no hay más remedio.
—Ah, pues conmigo no cuenten—manifestó Fidela, nuevamente aterrada, tomándolo muy en serio.
—Por ahora no se hable de eso. Conque, tontín, ¿me prometes ser razonable?
—Si ser razonable es transigir con... eso y dar nombre de hermano á... Vamos, no puedo: no esperes que yo sea razonable..., no lo soy, no sé la manera de serlo.
—¡Pero hijo mío, si no hay nada todavía! ¡Si no es más que un rumor, que no sé cómo ha llegado á tus oídos! En fin, ya conozco tu opinión, y la tendré en cuenta. D. José hablará contigo, y si entre todos acordamos rechazar la proposición, entre todos acordaremos también lo que se ha de hacer para vivir...; mejor dicho, no hay que discutir más que el asilo en que hemos de pedir plaza. Ésta no quiere que muramos; tú no quieres lo otro. Pues al Hospicio con nuestros pobres cuerpos.
—Pues al Hospicio. Yo no transigiré nunca con... aquello.
—Bien, muy bien.
—Que venga D. José. Él nos dirá dónde debemos refugiarnos.
—Mañana se ajustará la cuenta definitiva con nuestro destino... Y como aún tenemos un día—agregó la dama con transición jovial,—hemos de aprovecharlo. Ahora almuerzas. Tienes lo que más te gusta.
—¿Qué es?
—No te lo digo; quiero sorprenderte.
—Bueno, lo mismo me da.
—Y después que almuerces, nos vamos de paseo. Tenemos un día que ni de encargo. Llegaremos hasta la casa de Bernardina, y te distraerás un rato.
—Bien, bien—dijo Fidela;—yo también quiero tomar el aire...
—No, hija mía, tú te quedas aquí. Otro día saldrás tú, y yo me quedo.
—¿De modo que voy...?
—Conmigo—afirmó la dama, como diciendo: «lo que es hoy no te suelto».—Tengo que hablar con Bernardina...
—¡Salir!—exclamó el ciego respirando fuerte.—Buena falta me hace. Parece que se me apolilla el alma...
—¿Ves, tontín, cómo el vivir es bueno?
—¡Oh..., según y conforme...!
VII
Si no se ha dicho antes, dícese ahora que la antigua y fiel criada de las Águilas vivía en Cuatro Caminos, en el cerro que cae hacia Poniente, del lado del Canalillo del Norte. La casa, construída con losetones que fueron de la Villa, adobes, tierra, pedazos de carriles del tranvía y puertas viejas de cuarterones, era una magnífica choza, decorada á estilo campesino con plantas de calabaza, cuyas frondosas guías perfilaban el alero y la cumbre del tejado. Ocupaba el centro de un grandísimo muladar con cerca de piedras sueltas, material que fué de un taller de cantería, y de trecho en trecho veíanse montones de basura y paja de cuadra, donde escarbaban hasta docena y media de gallinas muy ponedoras, y un gallo muy arrogante, de plumas de oro. Al extremo oriental del cercado, mirando hacia la carretera de Tetuán, se destacaba un desmantelado edificio de un solo piso con todas las trazas de caseta de sobrestantía, techo provisional y paramento sin revoco; pero su destino era muy distinto. En la puerta que daba al camino veíase un palo largo, al extremo de él una como gran estrella de palitroques negros, algo como un paraguas sin tela, y debajo un letrero de chafarrinones negros sobre yeso, que decía: Baliente, polvorista.
Allí tenía su taller el esposo de Bernardina, Cándido Valiente, que surtía de fuegos artificiales, en las fiestas de sus santos titulares, á los barrios de Tetuán, Prosperidad, Guindalera, y á los pueblos de Fuencarral y Chamartín. Bernardina había servido á las señoras del Águila en los primeros tiempos de pobreza, hasta que se casó con Valiente; y tal fué la fidelidad y adhesión de aquella buena mujer, que sus amas siguieron tratándola después, y sostenían con ella relaciones de franca amistad. De Bernardina se valía Cruz para comisiones delicadas, sobre las cuales era prudente guardar impenetrable secreto; con Bernardina consultaba en asuntos graves, y con ella se permitía confianzas que con nadie del mundo habría osado tener. Formalidad, discreción, sentido claro de las cosas resplandecían en la mujer aquella, que sin saber leer ni escribir, habría podido dar lecciones de arte de la vida á más de cuatro personas de clase superior.
Su matrimonio con el polvorista había sido hasta entonces infecundo: malos partos, y pare usted de contar. Vivía con la pareja el padre de él, Hipólito Valiente, vigilante de consumos, soldado viejo que estuvo en la campaña de África, el grande amigo del ciego Rafael del Águila, que gozaba lo indecible oyéndole contar sus hazañas, las cuales, en boca del propio héroe de ellas, resultaban tan fabulosas como si fuera el mismísimo Ariosto quien las cantase. Si se llevara cuenta de los moros que mandó al otro mundo en los Castillejos, en Monte Negrón, en el llano de Tetuán y en Wad-Ras, no debía quedar ya sobre la tierra ni un solo sectario de Mahoma para muestra de la raza. Había servido Valiente en Cazadores de Vergara, de la división de reserva mandada por D. Juan Prim. Se batió en todas las acciones que se dieron para proteger la construcción del camino desde el Campamento de Oteros hasta los Castillejos; y luego allí, en aquella gloriosa ocasión..., ¡Cristo!, empezaba el hombre y no concluía. Cazadores de Vergara siempre los primeritos, y él, Hipólito Valiente, que era cabo segundo, haciendo cada barbaridad que cantaba el misterio. ¡Qué día, qué 1.º de Enero de 1860! El batallón se hartó de gloria, quedándose en cuadro, con la mitad de la gente tendida en aquellos campos de maldición. Hasta el 14 de Enero no pudo volver á entrar en fuego, y allí fué otra vez el hartarse de escabechar moros. ¡Monte Negrón! También fué de las gordas. Llega por fin el gloriosísimo 4 de Febrero, el acabóse, el nepusuntra de las batallas habidas y por haber. Bien se portaron todos, y el general O’Donnell mejor que nadie, con aquel disponer las cosas tan á punto y aquella comprensión de cabeza que era la maravilla del universo.
Estas y las subsiguientes maravillas las oía Rafael con grandísimo contento, sin que lo atenuara la sospecha de que adolecían del vicio de exageración, cuando no del de la mentira poética forjada por el entusiasmo. Desde que desembarcó en Ceuta hasta que volvió á embarcar para España, dejando al perro marroquí sin ganas de volver por otra, todo lo narraba Valiente con tanta intrepidez en su retórica como en su apellido, pues cuando llegaba á un punto dudoso, ó del cual no había sido testigo presencial, metíase por la calle de en medio, y allá lo historiaba él á su modo, tirando siempre á lo romancesco y extraordinario. Para Rafael, en el aislamiento que le imponía su ceguera, incapaz de desempeñar en el mundo ningún papel airoso conforme á los impulsos de su corazón hidalgo y de su temple caballeresco, era un consuelo y un solaz irreemplazables oir relatar aventuras heroicas, empeños sublimes de nuestro ejército, batallas sangrientas en que las vidas se inmolaban por el honor. ¡El honor siempre lo primero, la dignidad de España y el lustre de la bandera siempre por cima de todo interés de la materia vil! Y oyendo á Valiente referir cómo, sin haber llevado á la boca un triste pedazo de pan, se lanzaban aquellos mozos al combate, ávidos de hacer polvo á los enemigos del nombre español, se excitaba y enardecía en su adoración de todo lo noble y grande, y en su desprecio de todo lo mezquino y ruin. ¡Batirse sin haber comido! ¡Qué gloria! ¡No conocer el miedo ni el peligro; no mirar más que el honor! ¡Qué ejemplo! ¡Dichosos los que podían ir por tales caminos! ¡Miserables y desdichados los que se pudrían en una vida ociosa, dándose gusto en las menudencias materiales!
Entrando en el corral, lo primero que preguntó Rafael, al sentir la voz de Bernardina que á su encuentro salía, fué: «¿Está hoy tu padre franco de servicio?»
—Sí, señor... Por ahí anda, componiéndome una silla.
—Llévale con tu padre—le dijo Cruz,—que le entretendrá contándole lo de África; y entremos tú y yo en tu casa, que tenemos que hablar.
Apareció por detrás de un montón de basura el héroe de los héroes del Mogreb, hombre machucho ya, pequeño de cuerpo, musculoso y ágil, á pesar de su edad no inferior á los sesenta, tipo de batallón de cazadores, cara curtida, bigote negro, cortado como un cepillo, ojos vivaces, y un reir continuo que perpetuaba en él las alegrías del tiempo de servicio. En mangas de camisa, los brazos arremangados, un pantalón viejo del uniforme de consumos, la cabeza al aire, Hipólito se adelantó á dar la mano al señorito, y le llevó adonde estaba trabajando.
—Siga, siga usted en su faena—le dijo Rafael, sentándose en una banqueta con ayuda del veterano.—Ya sé que está componiendo sillas.
—Aquí estamos enredando por matar la pícara vagancia, que es otro gusanillo como el hambre.
Sentado en el santo suelo, las patas abiertas, entre ellas la silla, Valiente iba cogiendo aneas de un montón próximo, y con ellas tejía un asiento nuevo sobre la armazón del vetusto mueble.
—Á ver, Hipólito—le dijo Rafael sin más preámbulo, que aquel romancero familiar no lo necesitaba,—¿cómo es aquel pasaje que empezó usted á contarme el otro día...?
—¿Ya...? ¿Cuando en la cabecera del puente Buceta, sobre el río Gelú, defendíamos el paso de los heridos...?
—No, no era eso. Era el paso por un desfiladero... Moros y más moros en las alturas.
—¡Ah!..., ya... Al día siguiente de Wad-Ras; ¡vaya una batallita!... Pues el ejército, para ir de Tetuán á Tánger, tenía que pasar por el desfiladero de Fondak... ¡Cristo, si no es por mí..., digo, por cazadores de Vergara...! Nos mandó el general que subiéramos á echar de allí á la morralla, y había que vernos, sí, señor, había que vernos... Nos abrasaban desde arriba. Nosotros tan ternes, sube que te sube. Al grupo que cogíamos en medio del monte..., ¡carga á la bayoneta!..., lo barríamos... Salían de los matojos á la desbandada, como conejos. Una vez en lo alto, pim, pam..., aquello no acababa... Yo solo puse patas arriba más de cincuenta...
Mientras con tanta fiereza desalojaban los nuestros al agareno de sus terribles posiciones, en la puerta de la casa, sentadas una frente á otra con familiar llaneza, Cruz y Bernardina platicaban sobre combates menos ruidosos, de los cuales ningún historiador grande ni chico ha de decir jamás una palabra.
—Necesito dos gallinas—había dicho Cruz como introducción.
—Todas las que la señorita quiera. Escójalas ahora.
—No; escógelas tú bien gordas, y no me las lleves hasta que yo te avise. Es indispensable convidarle á comer un día.
—Según eso, aquello marcha.
—Sí; es cosa hecha. Poco antes de salir de casa recibí una esquela de D. José, en la cual me dice que anoche quedó todo convenido, y el hombre como unas Pascuas de contento. No puedes imaginarte lo que he sufrido y sufro. Para llegar á esto, ¡cuánto discurrir, y qué trabajo tan penoso el de acallar la repugnancia, para no oir más voz que la de la razón, unida á otra no menos grave, la de la necesidad! Se hará; no hay más remedio.
—¿Y la señorita Fidela...?
—Se resigna... La verdad, no lo ha tomado por la tremenda, como yo me temí. Puede que haga de tripas corazón, ó que comprenda que la familia merece este sacrificio, que bien mirado, no es de los más grandes. Sacrificios peores hay, ¿no lo crees tú?
—Sí, señorita... El hombre se va afinando. Ayer le vi y no le conocí, con su chisterómetro acabado de planchar, que parecía un sol, y levita inglesa... Vaya, á cualquiera se la da... ¡Quién le vió con la camisa sucia de tres semanas, los tacones torcidos, la cara de judío de los pasos de Semana Santa, cobrando los alquileres de la casa de corredor de frente al Depósito!
—Por Dios, cállate, no recuerdes eso. Tapa, tapa.
—Quiero decir que ya no es lo que era; y al igual de su ropa, habrán cambiado el genio y las mañas...
—¡Ah..., lo veremos luego! Esas son otras batallas que habrá que dar después.
Ambas volvieron la vista, asustadas por un ruido como de disparos que muy cerca se oía... ¡Pim, pam, pum!
—¡Ah!—exclamó Bernardina riendo,—es mi padre que le cuenta al señorito las palizas que dieron á los moros.
—Pues, como te decía, Fidela no me inspira cuidado: se somete á cuanto yo dispongo. ¡Pero lo que es éste..., el pobrecito ciego...! ¡Si supieras qué disgusto nos ha dado hoy!
—¿No le hace gracia...?
—Maldita... Tan no le hace gracia, que hoy quiso matarse... No transige, no. En él tienen raíz muy honda ciertas ideas..., sentimientos de familia, orgullo de raza, la tradición noble... Yo tenía también... eso; pero me lo he ido dejando en las zarzas del camino. Á fuerza de caer y arrastrarme, la vulgaridad me ha ido conquistando. Mi hermano sigue en su antigua conformación de persona de alcurnia, enamorado de la dignidad y de otra porción de cosas que no se comen ni han dado de comer á nadie en días aciagos.
—El señorito Rafael, ¿qué ha de hacer más que lo que las señoras quieran?
—No sé, no sé... Me temo que ha de estallar alguna tempestad en casa. Rafael conserva en su alma el tesón de la familia, como los objetos preciosos que están en los museos. Pero, suceda lo que quiera, lucharemos, y como esto debe hacerse porque es la única solución, se hará, yo te aseguro que se hará.
Los temblores del labio inferior indicaban la resolución inquebrantable, que convertiría en realidad aquel propósito, desafiando todos los peligros.
—Pues hemos de prepararnos para el hecho con hechos, ¿entiendes?... Quiero decir que tengo que ir tomando medidas... Verás. El señor de Donoso me ha escrito hoy, asegurándome que ha cerrado el trato y que el hombre tiene prisa.
—Es natural.
—Y quiere llevarlo á paso de carga. Mejor: estos tragos, de una vez y por sorpresa. Cuando la gente se percate, ya está hecho. Excuso decirte que necesitamos prepararnos. Así me lo dice D. José, que comprendiendo las dificultades que en nuestra situación tristísima hallaríamos para esa preparación, me ofrece los recursos necesarios... Claro, en el caso presente acepto el favor... ¡Qué hombre, qué previsión, qué bondad!... Acepto, sí, por la seguridad de poder reintegrar pronto el anticipo. ¿Te vas enterando?
—Sí, señora. Habrá que...
—Sí... Veo que me entiendes. Tenemos que ir sacando...
—Ya sabe que me tiene á su disposición.
—Desde mañana te vas por casa todos los días. No sacaremos todo de golpe por no llamar la atención. Urgen los cubiertos de plata.
—Están en...
—En lo que estuvieren: lo mismo da.
—Calle de Espoz y Mina. Diez meses, si no recuerdo mal.
—Luego la ropa de cama..., los relojes...
—Todo, todo... ¡Y yo que pensé que se perdía...! Como que los réditos subirán...
—Déjalos que suban—dijo Cruz vivamente, queriendo evitar un cálculo enojoso y denigrante.—¡Ah!, ahora que recuerdo: mañana te daré los diez duros que te debo.
—No corre prisa. Déjelos. Si Cándido se entera, me los quitará para pólvora. Guárdemelos.
—No, no... Quiero saborear el placer, que ya iba siendo desconocido para mí, de no deber nada á nadie—dijo Cruz, iluminado el rostro por una ráfaga de dicha inefable.—¡Si me parece mentira! Á veces me digo: ¿Sueño yo? ¿Será verdad que pronto respiraré libre de esta opresión angustiosa? ¿Se acabó este vivir muriendo? ¿El suceso que está al caer, nos traerá bienandanza, ó nuevas desgracias y tristezas nuevas en sustitución de las que se lleva?
VIII
Quedóse la señora un rato suspensa, el pensamiento lanzado en persecución del misterioso porvenir, la mirada perdida en el horizonte, que ya empezaba á teñirse de púrpura con el descenso del sol entre nubes. El labio inferior marcó, con casi imperceptible vibración, el encabritarse de la voluntad. Si era preciso seguir luchando, á luchar sin tregua; las condiciones de la pelea y la disposición del campo serían sin duda alguna muy distintas.
—Ya es tarde. Debemos marcharnos.
—¿Va la señorita en coche?
—Bien podría hoy volver en simón, y mis pobres piernas lo agradecerían; pero no me atrevo. Tanto lujo pondría en cuidado á Rafael. Iremos en el coche de San Francisco... (Llamando.) Rafael, hijo mío, que es tarde... (Yendo hacia él, risueña.) ¿Qué? ¿Habéis tomado ya toditas las trincheras? De fijo no quedará un moro para contarlo.
—Estábamos—dijo el héroe de Berbería levantándose—en los mismísimos Castillejos, cuando D. Juan Prim...
—Allí murió nuestro primo Gaspar de la Torre-Auñón, capitán de artillería—indicó Rafael, volviendo el rostro hacia donde sonaba la voz de su hermana.—Es la gloria más reciente de la familia. ¡Dichoso él!... Conque... ¿nos vamos ya?
—Sí, hijo mío.
—Pues... paso redoblado... ¡Marchen!
En aquel momento salió de su taller el pirotécnico, todo tiznado, las manos negras de andar con pólvora, y saludó cortésmente. Mientras Rafael le hablaba del negocio de cohetes, y él maldecía la crisis industrial que afectaba toda la fabricación de fuegos, haciendo hincapié en la poca protección que daban los Ayuntamientos y Corporaciones á industria tan brillante y á diversión tan instructiva para el pueblo, Bernardina, tomándoles la delantera, acompañaba á su ama hasta el boquete de entrada. «¿Llevo mañana las gallinas?»
—No, todavía no. Me llevarás, de las carnicerías de Tetuán, una buena lengua para poner en escarlata...
—Bien.
—Y un buen solomillo.
—¿Quiere chorizo superior... de Salamanca?
—Ya hablaremos de eso.
El polvorista, que se lavó las manos en un santiamén, salió á darles convoy hasta más abajo del Depósito de Aguas. Desde allí á su casa, solitos y agarrados del brazo, tardaron los dos hermanos media hora, que á ella le pareció larga por la prisa que de llegar tenía, y á él, por la razón contraria, corta.
Ni Donoso ni Torquemada faltaron aquella noche, siendo muy de notar en éste la turbación, el no saber qué decir ni qué cara poner. Ni media palabra pronunció sobre el grave proyecto, pues D. José había encargado á su amigo un silencio prudente sobre aquel arduo punto. Tiempo había de explicarse. Mostróse Rafael seco y glacial en todo el tiempo de la tertulia; pero sin permitirse ninguna inconveniencia. Fidela evitaba el mirar cara á cara á D. Francisco, que no la quitaba ojo, congratulándose en su fuero interno de aquel casto rubor de la interesante joven, á quien ya tenía por suya. Hacia la mitad de la velada, el novio fué perdiendo su cortedad; se soltaba, decía cuchufletas, echándoselas de hombre locuaz y que sabe perfilar las frases. Advirtieron todos en él un recrudecimiento de palabras finas, aprendidas en los días últimos, y lanzadas ya en el torbellino del discurso con la seguridad que sólo da una larga práctica. Sus amaneramientos de lenguaje saltaban á la vista: si había que manifestar algo del objeto ó fin de una cosa, decía el objetivo, y en corto tiempo infinidad de objetivos salieron á relucir, á veces con dudosa propiedad; verbigracia: «No sé para qué riegan tanto las calles, pues si el objetivo es que no haya polvo, lo que procede es barrer primero... Pero nadie como nuestro Municipio (jamás decía ya el Ayuntamiento) para tergiversar las operaciones.» También reveló un tenaz empeño de que se supiera que sabía decir por ende, ipso facto, los términos del dilema, bajo la base. Esto principalmente le cautivaba, y todo lo consideraba bajo tales ó cuales bases. Notaron asimismo las dos damas que iba adquiriendo soltura; como que al despedirse lo hizo con cierta gallardía, y Cruz no pudo menos de congratularse de tales progresos. Algo dijo á Fidela, en el momento de salir, que no desagradó á ésta: era una galantería que sin duda le había enseñado Donoso. En la cara de éste se veía retozar el gozo, sin duda por la satisfacción de aquella conquista por él dichosamente realizada. Había cogido á la fiera con lazo, y de la fiera hacía, con sutil arte de mundo, un hombre, un caballero, quién sabe si un personaje.
Cuando Cruz y Fidela se quedaron solas, después de acostado Rafael, picotearon sobre lo mismo, y la hermana mayor dijo, entre otras cosillas: «¿Verdad que es cada día menos ganso? Esta noche me ha parecido otro hombre.»
—También á mí.
—El roce, la conciencia de su nueva posición. ¡Ah!, el hecho de alternar con nosotras obliga, y él no es tonto y procura instruirse. Verás como al fin...
—Pero, ¡ay!—observó Fidela con profunda tristeza.—Rafael no transige. ¡Si vieras lo que me ha dicho ahora cuando se acostaba...!
—No quiero saberlo. Déjame á mí, que yo le aplacaré los humos... Acuéstate y no pensemos en dificultades, porque se vencerán todas, todas. Lo digo yo y basta.
Muy inquieto estuvo Rafael toda la noche; tanto, que oyéndole rezongar levantóse Cruz, y descalza se aproximó á su lecho. Él fingía dormir sintiéndola acercarse, y la dama, después de un largo acecho, se retiró intranquila. Al siguiente día, mientras Fidela le peinaba, el ciego, nervioso, mascullaba palabras, y á cada instante quería ponerse en pie.
—Por Dios, estate quietecito: ya te he clavado dos veces el peine en las orejas.
—Dime, Fidela: ¿qué significan estas entradas y salidas de Bernardina? Llegó esta mañana temprano, cuando yo no me había levantado aún; salió, volvió á entrar, y así sucesivamente. Ahora entra por quinta vez. Parece que lleva y trae no sé qué... ¿Qué recados son estos? ¿Qué ocurre?
—Hijo, no sé. Bernardina trajo una lengua.
—¿Una lengua?
—Sí, para ponerla en escarlata... Y á propósito, hoy comerás un bistec de solomillo riquísimo.
—Sin duda la abundancia reina en la casa—dijo Rafael con sarcasmo.—¿Pues no sosteníais ayer que la situación es tal, la escasez tan horrible, que no nos queda más remedio que entrar en un asilo? ¿Cómo me compaginas el pedir limosna con la lengua escarlata?
—Toma: nos la regala Bernardina.
—¿Y el solomillo?
—¡No sé!... ¿Pero á ti qué te importa?
—¿Pues no ha de importarme? Quiero saber de dónde vienen esos lujos que se han metido tan de rondón en esta casa de la miseria vergonzante. Ó no sabéis lo que es dignidad, ó tendréis que declarar que os ha caído la lotería. No, no vengáis con componendas: esos son los términos del dilema, como diría la bestia, que anoche se traía una de dilemas y de bases y de objetivos que daba risa... Por cierto que no tendréis queja de mí. He respetado á vuestro mamarracho, y no he querido desmandarme en su presencia. Si lo hiciera, me pondría á su nivel. No; mi buena educación jamás medirá armas con su grosería villana.
—Por Dios, Rafael—dijo Fidela sofocadísima.
—No, si no puedo hablar de otra manera tratándose de ese hombre... Cuando se marcha, el olor de cuadra que deja tras sí parece que lo mantiene en mi presencia. Antes de llegar, cuando sube la escalera, ya le anuncia el olor de cebolla.
—Eso sí que no es verdad. ¡Bah!..., no digas desatinos.
—Si yo reconozco que vuestro jabalí procura echar pelo fino, y va aprendiendo á ser menos animal, y adquiere cierto parecido con las personas. Ya no escupe en el pañuelo, ya no dice por mor ni mismamente, ya no se rasca la pantorrilla, que yo, sin verlo, sentía un asco..., y el ruido de sus uñas me ponía nervioso, como si sobre mi carne las sintiera. Reconozco que hay progresos. Buen provecho para ti y para Cruz. Yo no le acepto ni en basto ni en fino, y la puerta que se abra para darle entrada en casa, se abrirá para darme á mí salida... ¡Qué quieres, soy así! No puedo volverme otro. No he olvidado á mi madre: la tengo aquí..., y ella te habla conmigo... No he olvidado á mi padre: le siento en mí, y esto que digo lo dice él...
Fidela no pudo contener su emoción, y se echó á llorar, sin que con esto se aplacara el ciego, que más excitado con los gemidos de su hermana, siguió atosigándola en esta forma:
—Podrán Cruz y tú hacer lo que quieran. Yo me separo de vosotras. Mucho os he querido y os quiero; me será imposible vivir lejos de ti, Fidela, de ti, que eres el único encanto de esta vida mía, rodeada de tinieblas; de ti, que eres para mí la luz, ó algo parecido á la luz que he perdido. Me moriré de pena, de soledad; pero jamás autorizaré con mi presencia esta degradación en que vais á caer.
—Cállate por Dios... No se hará nada... Le diremos que se vaya al infierno con sus millones. Para vivir, yo me pondré de costurera, mi hermana entrará á servir en casa de algún señor sacerdote ó persona grave... ¿Qué importa? Hay que vivir, hermanito... Nos rebajaremos. ¿También eso te enoja?
—Eso no: lo que me subleva es que queráis introducir en mi familia á esa asquerosa sanguijuela del pobre. Esto envilece, no el trabajo honrado. ¡Si yo tuviera ojos, si yo sirviera para algo...! Pero el no servir para nada, el ser una carga y un estorbo no me priva de la dignidad, y otra vez y otra, y ciento y mil, te digo que no cedo, que no consiento, que no me da la gana de entregarte á la bestia infame, y que si persistís, yo me voy á pedir limosna por los caminos...
—¡Jesús, no digas eso!—exclamó espantada la joven corriendo á abrazarle.
Afortunadamente, Cruz no estaba en casa. Cuando entró ya la crisis había pasado, y Rafael, quieto y silencioso en el sitio de costumbre, aguardaba su almuerzo.
—¡Si supieras qué cosita tan buena te he traído!—le dijo Cruz, todavía con la mantilla puesta.—¿Á que no aciertas?
El almuerzo, preparado por Bernardina, estaba ya listo, y se lo sirvieron afectando una alegría que en ambas era la más dolorosa mueca que es posible imaginar. Comió Rafael con mediano apetito el sabroso y tierno bistec; pero cuando le presentaron la golosina, traída por la misma Cruz de casa de Lhardy, un pedazo de cabeza de jabalí trufada, la rechazó con sequedad, diciendo gravemente: «No puedo comerlo. Me huele á cebolla.»
—¿Á cebolla? Tú estás loco... ¡Tanto como te gusta!
—Me gusta, sí...; pero apesta... No lo quiero.
Las dos hermanas se miraron consternadas. Por la noche repitióse la escena. Había traído también Cruz de casa de Lhardy unas salchichas muy sabrosas, que á Rafael le gustaban extraordinariamente. Resistióse á probarlas.
—Pero hijo...
—Apestan á cebolla.
—Vamos, no desvaríes.
—Es que me persigue el maldito olor de la cebolla... Vosotras mismas lo tenéis en las manos. Se os ha pegado de algo que lleváis en el portamonedas, y que ha venido á casa no sé cómo.
—No quiero contestarte... Supones cosas indignas, Rafael, que no merecen ser tomadas en serio... No tienes derecho á ultrajar á tus pobres hermanas, que darían su vida mil veces por ti.
—Por el decoro de la familia os pido, no las vidas, sino algo que vale mucho menos.
—El decoro de la familia está en salvo...—replicó la mayor de las Águilas con arranque viril.—¿Acaso eres tú el único depositario de nuestro honor, de nuestra dignidad?
—Voy creyendo que sí.
—Haces mal en creerlo—añadió la dama, con vibración grande del labio inferior.—Ya te pones pesadito, y un poco impertinente. Se te toleran tus genialidades; pero llega un punto, hijo, en que se necesita para tolerarlas mayor paciencia y mayor calma de las que yo tengo, y cuenta que las tengo en grado sumo... Basta ya, y demos por terminada esta cuestión. Yo lo quiero así, yo lo mando..., lo mando, ¿oyes?
Calló el desdichado, y poco después las dos damas se vestían á toda prisa en su alcoba para recibir á los amigos Torquemada y Donoso. Como Fidela lloriquease, revuelto aún su espíritu por la anterior borrasca, Cruz la reprendió con aspereza. «Basta de blanduras. Esto es ya demasiado tonto. Si nos achicamos, acabará por imponernos su locura. No, no: hay que mostrarle energía, y oponer á sus escrúpulos de señorito mimado una resolución inquebrantable... Ánimo, ó se nos viene á tierra el andamiaje levantado con tanta dificultad.»
IX
Fué preciso llevar á D. José Donoso como parlamentario. Fiadas en la autoridad del amigo de la casa las dos hermanas le encerraron con Rafael, y aguardaron ansiosas el resultado de la conferencia, no menos grave para ellas que si se tratara de celebrar paces entre guerreras naciones enemigas. Estupendo fué el discurso de D. José, y no quedó argumento de agudo filo que no emplease con destreza de tirador diplomático... ¡Ah, no estaban los tiempos para mirar mucho á la desigualdad de los orígenes! Casos mil de tolerancia en punto á orígenes podía citar... Él, Pepe Donoso, era hijo de humildes labradores de tierra de Campos, y había casado con Justita, de la familia ilustre de los Pipaones de Treviño, y sobrina carnal del conde de Villaociosa. Y en la propia estirpe de los Águilas, ejemplos elocuentísimos podrían citarse. Su tía (de Rafael), su tía doña Bárbara de la Torre-Auñón, había casado con Sánchez Regúlez, cuyo padre dicen que fué fabricante de albardas en Sevilla. Y en último caso, ¡Señor!, él debía someterse ciegamente á cuanto dispusiera su hermana Cruz, aquella mujer sin par, que luchaba heroicamente por salvarles á los tres de la miseria... Tocó el hábil negociador varios registros, atacándole ya por la ternura, ya por el miedo, y tan pronto empleaba el blando mimo como la amenaza rigurosa. Mas al fin, afónico de tanto perorar, y exhausto el entendimiento del horroroso consumo de ideas, hubo de retirarse del palenque sin conseguir nada. Á su especiosa dialéctica contestaba el ciego con las afirmaciones ó negativas rotundas que le sugería su indomable terquedad, y cada cual se quedó con sus opiniones, el uno sin ganar un palmo de terreno, ni perderlo el otro, firme y dueño absoluto del campo en que bravamente se batía. Terminó Rafael su vigorosa jornada defensiva asentando, con fuertes palmetazos sobre el brazo del sillón y sobre su propio muslo, que jamás, jamás, jamás transigiría con aquel sabandijo infame que querían introducir estúpidamente en su honrada familia, y no se recató de emplear tintas muy negras en la breve pintura que del sujeto discutido hizo, sacando á relucir la ignominia de sus riquezas, amasadas con la sangre del pobre...
—¡Pero, hijo, si vamos á buscarle el pelo al huevo...! Tú estás en Babia... Te cojo del suelo, y te vuelvo á poner en las pajitas del nido de que acabas de caerte... Sí, porque meterse á indagar de dónde viene la riqueza..., es tontería mayúscula. Ven acá... ¿No andan por ahí muchos, que son senadores vitalicios y hasta marqueses, con cada escudo que mete miedo? ¿Y quién se acuerda de que unos se redondearon vendiendo negros, otros absorbiendo con el chupón de la usura las fortunas desleídas? Tú no vives en la realidad. Si recobraras la vista, verías que el mundo ha marchado y que te quedaste atrás, con las ideas de tu tiempo amojamadas en la mollera. Te figuras la sociedad conforme al criterio de tu infancia ó de tu adolescencia, informadas en el puro quijotismo, y no es eso, Señor, no es eso. Abre tus ojos; digo, los ojos no puedes abrirlos; abre de par en par tu espíritu á la tolerancia, á las transacciones que nos impone la realidad, y sin las cuales no podríamos existir. Se vive de las ideas generales, no de las propias exclusivamente, y los que pretenden vivir de las propias exclusivamente, suelen dar con ellas y con sus cuerpos en un manicomio. He dicho.
Desconcertado y sin ganas de proseguir batiéndose con enemigo tan bien guarnecido entre cuatro piedras, otras tantas ideas duras é inconmovibles, abandonó Donoso el campo, con las manos en la cabeza, como vulgarmente se dice. Era para él derrota ignominiosa el no haber triunfado de aquel mezquino ser, á quien en otras circunstancias y por otros motivos habría reducido con una palabra. Pero disimuló ante las dos hermanas el descalabro de su amor propio, tranquilizándolas con vagas expresiones... Adelante con los faroles, que si el joven no cedía por el momento, el tiempo y la lógica de los hechos le harían ceder... Y en último caso, Señor, ¿qué podría el testarudo aristócrata contra la firme voluntad de sus dos hermanas, que veían claro el campo entero de la vida y los caminos abiertos y por abrir? Nada, nada, valor y adelante; no era cosa de subordinar el bien de todos, el bien colectivo, á la genialidad mimosa del que no era en la casa más que un niño adorable. Finalmente, como á niño había que tratarle en aquellas graves circunstancias.
Cruz no tenía sosiego. Mientras presurosas arreglaban el comedor, poniendo en su sitio los diversos objetos rescatados y traídos por Bernardina de las casas de préstamos, acordaron suprimir, ó por lo menos aplazar, el convite á don Francisco, pues bien podía suceder que surgiera en mitad del festín algún desagradable incidente. Y aquel mismo día, si no mienten las crónicas, recibió Fidela del bárbaro una carta que ambas hermanas leyeron y comentaron, encontrando en ella mejor gramática y estilo de lo que en buena lógica debía esperarse.
—No—dijo Cruz,—si de tonto no tiene nada.
—Puede que se la haya redactado algún amigo de más práctica que él en cosas de escritura.
—No; suya es: lo juraría. Esos dilemas, y esos objetivos, y esos aspectos de las cosas, lo mismo que las bases, bajo las cuales quiere fundar tu felicidad, obra son de su caletre. Pero no está mal la epístola. Pues anoche, hasta ingenioso estuvo el pobre. ¡Y cómo se va soltando, y qué rasgos de buen sentido y observación justa! Te aseguro que hay hombres infinitamente peores, y partidos que sólo ganan á éste en las mentirosas apariencias.
La casa iba perdiendo de hora en hora su ambiente de miseria. Aparecieron colchas y cortinajes, que arrugados volvían de su larga prisión; ropas de uso, que ya resultaban anticuadas, por aquello de que cambian más pronto las modas que la fortuna; dejáronse ver los cubiertos de plata, por largo tiempo en lastimosa emigración, y vajillas y cristalería que incólumes volvían del largo cautiverio.