SEGUNDA PARTE (continued 2)
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De todo se enteraba Rafael, conociendo la vuelta de la loza por el sonido, y la de la ropa por el tufo de alcanfor que al ser desdoblada despedía. Triste y caviloso presenciaba, si así puede decirse, la restauración de la casa, aquella vuelta á las prosperidades de antaño, ó á un bienestar que habría sido para él motivo de júbilo si las causas del repentino cambio fueran otras. Pero lo que le llenaba el alma de amargura, era no advertir en su hermana Fidela aquel abatimiento y consternación que él creía lógicos ante el horrendo sacrificio. ¡Incomprensible fenómeno! Fidela no parecía disgustada, ni siquiera inquieta, como si no se hubiese hecho cargo aún de la gravedad del suceso, antes temido que anunciado. Sin duda los seis años de miseria habíanla retrotraído á la infancia, dejándola incapaz de comprender ninguna cosa seria y de responsabilidad. Y de este modo se explicaba Rafael su conducta, porque la sentía más que nunca tocada de ligereza infantil. En sus breves ratos de ocio la señorita jugaba con las muñecas, haciendo tomar á su hermano participación en tan frívolo ejercicio, y las vestía y desnudaba, figurando llevarlas á visita, al baño, de paseo y á dormir; comía con ellas mil fruslerías extravagantes, en verdad más propias de mujeres de trapo que de personas vivas. Y cuando no jugaba, su conducta era de una extremada volubilidad: no hacía más que agitarse y correr de un lado para otro, echándose á reir por fútiles motivos, ó excitándose á la risa sin motivo alguno. Esto indignaba al ciego, que, adorándola siempre, habríala querido más reflexiva ante las responsabilidades de la existencia, ante aquel atroz compromiso de casarse con un hombre á quien no amaba, ni amar podía.
La señorita del Águila, en efecto, veía en su proyectado enlace tan sólo una obligación más sobre las muchas que ya sobre ella pesaban, algo como el barrer los suelos, mondar las patatas y planchar las camisolas de su hermano. Y atenuaba lo triste de esta visión obscura del matrimonio, figurándose también el vivir sin ahogos, el poner un límite á las horrendas privaciones y á la vergüenza en que la familia se consumía.
X
Así lo comprendió Rafael con seguro instinto, y de ello le habló ingenuamente una tarde que se encontraron solos.
—Hermana querida, me estás matando con esa sonrisa inocente, de persona sin seso, que llevas al degolladero. Tú no sabes lo que haces, ni adonde vas, ni la prueba terrible que te espera.
—Cruz, que sabe más que nosotros, me ha mandado que no me aflija. Creo que debemos obedecer ciegamente á nuestra hermana mayor, que es para nosotros padre y madre á un tiempo. Cuanto ella dispone, bien dispuesto está.
—¡Cuanto ella dispone! ¿Infalibilidad tenemos? ¿De modo que tú accedes...? Ya no hay esperanza. Te pierdo. Ya no tengo hermana... Pues pensar que yo he de vivir junto á ti, casada con ese hombre, es la mayor locura imaginable. Lo que más quiero en el mundo eres tú. En ti veo á nuestra madre, de quien ya no te acuerdas...
—Sí que me acuerdo.
—¡Ah!, Cruz y tú, que conserváis la vista, habéis perdido la memoria. En mí sí que vive fresco el recuerdo de nuestra casa...
—En mí también... ¡Ah, nuestra casa!... Paréceme que la estoy viendo. Alfombras riquísimas, criados muchos. El tocador de mamá podría yo describírtelo sin que se me olvidase ninguna de las chucherías elegantes que en él veíamos... Diariamente comían en casa veinte personas: los jueves muchas más... ¡Ah!, lo recuerdo todo muy bien, aunque poco alcancé de aquella vida, que en su esplendidez era un poquito triste... No hacía dos meses que me habían traído de Francia cuando estalló el volcán, la quiebra espantosa. Se juntan en mi memoria las visiones risueñas y la impresión de las ruinas... No creas que la desgracia me cogió de sorpresa. Sin saber por qué, yo la presentía. Aquella vida de disipación nunca fué de mi gusto. Bien recuerdo que á Cruz la llamaban los periódicos el astro esplendoroso de los salones del Águila; y á mí no sé qué mote extravagante me pusieron..., algo así como satélite ó qué sé yo... Sandeces que me han dejado un cierto amargor en el alma... La muerte de mamá la recuerdo como si hubiera pasado ayer. Fué del dolor que le produjo el desastre de nuestra casa. Á papá le quitó de la mano D. José Donoso el revólver con que quería matarse... Murió de tristeza cuatro meses después... ¿Pero qué, lloras? ¿Te lastiman estos recuerdos?
—Sí... Papá no tenía la firmeza estoica que necesitaba para afrontar la adversidad. Era hombre, además, capaz de doblegarse á ciertas cosas, con tal de no verse privado de las comodidades en que había nacido. Mamá no; mamá no era así. Si mamá hubiera alcanzado nuestros tiempos de miseria, los habría sobrellevado con valor y entereza cristiana, sin transigir con nada humillante ni deshonroso, porque á sus muchas virtudes unía el sentimiento de la dignidad del nombre y de la raza. Entre tantas desdichas, siento yo algo en mí que me consuela y me da esperanza; y es que el espíritu de mi madre se me ha transmitido, lo siento en mí. De ella es este culto idolátrico del honor y de los buenos principios. Fíjate bien, Fidela: en la familia de nuestra madre no hay ningún hecho que no sea altísimamente decoroso. Es una familia que honra á la patria española y á la humanidad. Desde nuestro bisabuelo, muerto en el combate naval del Cabo San Vicente, hasta el primo Feliciano de la Torre-Auñón, que pereció con gloria en los Castillejos, no verás más que páginas de virtud y de cumplimiento estricto del deber. En los Torre-Auñón jamás hubo nadie que se dedicara á estos obscuros negocios de comprar y vender cosas..., mercaderías, valores, no sé qué. Todos fueron señores hidalgos, que vivían del fruto de las tierras patrimoniales, ó soldados pundonorosos, que morían por la Patria y el Rey, ó sacerdotes respetabilísimos. Hasta los pobres de esa raza fueron siempre modelo de hidalguía... Déjame, déjame que me aparte de este mundo y me vuelva al mío, al otro, al pasado... Como no veo, me es muy fácil escoger el mundo más de mi gusto.
—Me entristeces, hermano. Digas lo que quieras, no puedes escoger un mundo, sino vivir donde te puso Dios.
—Dios me pone en éste, en el mío, en el de mi santa madre.
—No se puede volver atrás.
—Yo vuelvo adonde me acomoda... (Levantándose airado.) No quiero nada con vosotras, que me deshonráis.
—Cállate, por Dios. Ya te da otra vez la locura.
—Te he perdido. Ya no existes. Veo lo bastante para verte en los brazos del jabalí—gritó Rafael con turbación frenética, moviendo descompasadamente los brazos.—Le aborrezco; á ti no puedo aborrecerte, pero tampoco puedo perdonarte lo que haces, lo que has hecho, lo que harás...
—Querido, hijito mío—dijo Fidela abrazándole para que no se golpeara contra la pared.—No seas loco..., escucha... Quiéreme como te quiero yo.
—Pues arrepiéntete...
—No puedo. He dado mi palabra.
—¡Maldita sea tu palabra y el instante en que la diste!... Vete: ya no quiero más que á Dios, el único que no engaña, el único que no avergüenza... ¡Ay, deseo morirme!...
Luchando con él pudo Fidela llevarle al sillón, donde quedó inerte, anegado en lágrimas. Anochecía. Ambos callaban, y profunda obscuridad envolvió al fin la triste escena silenciosa.
Desde aquel día determinaron las hermanas que Rafael no asistiese á la tertulia, porque si él estaba violentísimo en presencia de Donoso y Torquemada, no era menor la violencia de ellas, temerosas de un disgusto; como que ya en las últimas noches había dirigido el ciego á su futuro cuñado dardos agudísimos, no bien revestidos de las flores de la cortesía. La separación de campos fué, pues, inevitable. Por indicación del mismo Rafael poníanle de noche en un cuartito próximo á la puerta, el cual era la pieza más ventilada y fresca de la casa. Naturalmente, se determinó que el ciego no estuviese sin compañía durante las horas de velada, y antes que tenerle solo y aburrido, las dos damas habrían disuelto la tertulia, cerrando la puerta á las dos únicas personas que á ella concurrían. Propuso Rafael que subiera á darle palique un amigo por quien tenía verdadera debilidad, el chico mayor de Melchor el prendero, habitante en la planta baja de la casa. Era Melchorito de lo más despabilado que podría encontrarse á su edad, no superior á diez y ocho años, tan corto de estatura como largo de entendimiento; vivaracho, cariñoso, y con toda la paciencia y gracia del mundo para entretener al ciego durante largas horas sin aburrirle ni aburrirse. Estudiaba pintura en la Academia de San Fernando, y no se contentaba con llegar á ser menos que un Rosales ó un Fortuny. Al dedillo conocía el Museo del Prado; como que había copiado multitud de Vírgenes de Murillo, que, bien ó mal vendidas, le daban para botas y un terno de verano; y como estudio de las sumas perfecciones del arte, se había metido con Velázquez, copiando la cabeza del Esopo y el pescuezo de la Hilandera. La descripción del Museo y el recuento de todas las maravillas que atesora servíanle para tener embelesado á Rafael, que recordando lo que años atrás había visto, lo veía nuevamente con ajenos ojos. Y de todo aquel Olimpo de la pintura el ciego prefería los retratos, donde se admiraba tanto la naturaleza como el arte, porque en ellos revivían las personas efectivas, no imaginadas, de antaño. Por ver y examinar retratos revolvía todas las salas del Museo con su inteligente lazarillo, el cual le prestaba sus ojos como pueden prestarse unos lentes, y uno y otro se embelesaban ante aquellas nobles figuras, personalidades vivas eternizadas en el arte por Velázquez, Rafael, Antonio Moro, Goya ó Van Dyck. Algunas noches, por variar de entretenimiento, Melchorito, que era punto fijo en el paraíso del Teatro Real, y poseía una feliz memoria música, daba conciertos vocales é instrumentales, cantándole á Rafael trozos de ópera, arias, dúos y piezas de conjunto, no sin agregar á su salmodia todo el colorido orquestal que obtener podía con las modulaciones de boca más extrañas. El ciego ponía de su parte algún bajete ó ritornello fácil, por no ser su retentiva filarmónica tan grande como refinado su gusto, y gozaba lo indecible, llegando á creer que se hallaba en su butaca del Teatro, como antes llegaba á figurarse que paseaba por las galerías del Museo.
Lo que agradecían las dos damas la complacencia del chiquillo de abajo, y lo que admiraban su habilidad, no hay para qué decirlo, pues Rafael era dichoso con tal compañía, y no la cambiara por la de todos los sabios del mundo. Cruz solía asomar sonriente á la puerta del cuarto para ver la cara radiante de su hermano, mientras el otro, colorado como un pavo, dirigía la orquesta, dando la entrada á los trombones ó atacando el sobreagudo de los violines. Volvía la dama á la tertulia, diciendo: «Están ahora en el cuarto acto de Los Hugonotes.» Y poco después: «Ya, ya concluye... Se marcha la Reina, porque oigo la marcha real.»
Enterado D. Francisco por Donoso de la irreductible oposición de Rafael, no le daba importancia; tan ensoberbecido estaba el pobre hombre con su próximo enlace y con la conciencia de su exaltación á un estado social superior. «¿Conque ese mequetrefe—decía—no quiere aceptarme por hermano político? Cúmpleme declarar que me importa un rábano su oposición, y que tengo cuajo para pasármele á él con todo su orgullo por las narices. Agradezca á Dios que es ciego y no ve, que si tuviera ojos, ya le enseñaría yo á mirar derecho y ver quién es quién. Sus pergaminos de puñales me sirven á mí para limpiarme el moco...; que si yo quiero, ¡cuidado!, pergaminos tendré mejores que los suyos, y con más requilorios de nobleza de ñales, que me hagan descender de la Biblia pastelera y de la estrella de los Reyes Magos.»
Pasaron días; arreciaba el calor; y como Torquemada quería llegar lo más pronto posible al nuevo orden de cosas, fijóse la fecha de la boda para el 4 de Agosto. La familia se trasladaría á la calle de Silva, para lo cual se completó el mueblaje con un comedor de nogal, elegantísimo, escogido por Donoso; y todo habría marchado sobre carriles, si no inquietara á las señoras y al propio D. Francisco la actitud de Rafael, petrificado en su intransigencia. No había que pensar en llevarle á la casa matrimonial, á menos que el tiempo suavizase tanto rigor. Si Donoso y Fidela confiaban en la acción del tiempo y en la imposición de los hechos consumados, Cruz no tenía tal confianza. Discutían sin cesar los tres el difícil problema, no hallándole solución adecuada, hasta que por fin D. José propuso una especie de modus vivendi, que no pareció mal á sus amigas; esto es, que si Rafael se obstinaba en no vivir bajo el mismo techo que el usurero, él le llevaría á su casa, donde le tendría como á hijo, pudiendo sus hermanas verle siempre que quisieran. Triste pareció la solución, pero admitida fué por ser la menos mala.
Una noche de Julio, Rafael y su amigo platicaban de pintura moderna. Díjole Melchorito que tenía una crítica muy salada y chispeante de los cuadros de la última Exposición; mostró el ciego deseos de que su amigo se la leyera; corrió el otro en busca del folleto; quedóse solo el joven del Águila.
No notaron las hermanas la salida del chiquillo de abajo, pues como aquella noche no había música, el silencio no les llamó la atención. Con todo, al cabo de un rato, el silencio fué demasiado profundo para no ser advertido. Corrió Cruz al cuartito. Rafael no estaba. Gritó. Acudieron los demás; buscáronle por toda la casa, y el ciego sin parecer. La idea de que se hubiese arrojado por la ventana al patio ó por algún balcón á la calle, les alarmó un momento. Pero no; no podía ser. Todos los huecos cerrados. Donoso fué el primero que descubrió que la puerta de la escalera estaba abierta. Pensaron que Rafael y su amigo habían bajado á la tienda. Pero en aquel instante subía Melchorito, el cual se maravilló de lo que ocurría.
Bajaron las dos hermanas más muertas que vivas, y tras ellas los dos amigos de la casa. En la plazuela, un guardia les dijo que el señorito ciego había atravesado solo por el jardinillo, dirigiéndose á la calle de las Infantas ó á la del Clavel. Preguntaron á cuantas personas vieron; pero nadie daba razón.
Consternadas, resolvieron ir en su busca. ¿Pero adónde?... No había que perder tiempo. Fidela con Donoso iría por un lado. Cruz con Torquemada por otro... ¿Habría tomado el fugitivo la dirección de Cuatro Caminos? Esta era la opinión más admisible. Pero bien podría haberse dirigido á otra parte. Melchorito y su padre recorrieron presurosos las calles próximas. Nada; no parecía.
—¡Á casa de Bernardina!—dijo Cruz, que conservaba la serenidad en medio de tanta desolación y aturdimiento. Y al punto, como general en jefe indiscutible, empezó á dictar órdenes: «Usted, D. Francisco, no nos sirve para nada en este caso. Retírese: le informaremos de lo que ocurra. Tú, Fidela, súbete á casa. Yo me arreglaré sola. D. José y yo por un lado, Melchor padre é hijo por otro, le buscaremos, y por fuerza le hemos de encontrar... ¡Qué locura de chico! Pero conmigo no juega... Si él es terco, yo más. ¡Él á perderse y yo á encontrarle, veremos quién gana..., veremos!»
XI
En cuanto se vió solo Rafael determinó poner en ejecución el plan que hacía dos semanas embargaba su mente, y para el cual se había preparado con premeditaciones de criminal callado y reflexivo. Desde que ideó la evasión todas las noches llevaba furtivamente al cuarto su bastón y su sombrero, y se metía en el bolsillo un pedazo de pan, que afanaba con mil precauciones en la comida. Aguardando una ocasión favorable pasaron noches y noches, hasta que al fin la salida de Melchorito en busca del folleto de crítica le vino que ni de encargo, porque para mayor felicidad, el pintor y músico, siempre que por breve tiempo bajaba, solía dejar abierta la puerta, á fin de no molestar á las señoras cuando volvía.
No bien calculó que había transcurrido el tiempo necesario para no encontrar á Melchor en la escalera, deslizóse con pie de gato, y tanteando las paredes se escurrió fuera sin que sus hermanas le sintiesen. Bajó todo lo aprisa que podía, y tuvo la suerte de que nadie en el portal le viera salir. Conociendo perfectamente las calles, sin ayuda de lazarillo andaba por ellas, con la sola precaución de dar palos en el suelo para prevenir á los transeuntes del paso de un hombre sin vista. Atravesó el jardín, y ganando la calle de las Infantas, que le pareció la vía más apropiada para la fuga, pegado á la fila de casas de los impares, avanzó resueltamente. Para prevenirse contra la persecución, que inevitable sería en cuanto notaran su ausencia, creyó prudente meterse por las calles transversales, tomando un camino de zig-zag. «Por aquí no es creíble que vengan á buscarme—decía;—irán por las calles de San Marcos y Hortaleza, creyendo que voy hacia Cuatro Caminos. Y mientras ellas se vuelven locas buscándome por allá, yo me escurro bonitamente por estos barrios, y luego me bajaré á Recoletos y la Castellana.»
¡Oh, qué sensación tan placentera la de la libertad!... Dulce era ciertamente la tiranía de sus hermanas siempre que la ejercieran solas. Con la salvaje y grotesca alimaña que introducido habían en la casa, ésta resultaba calabozo, y á la más suave de las esclavitudes era preferible la más desamparada y triste de las libertades.
Avanzaba resueltamente, castigando la acera con su palo, no sin recibir alguno que otro golpe, por la impaciencia que le espoleaba y la falta de costumbre, pues era la primera vez que andaba solo por calles y plazuelas. El paso de una acera á otra colmaba la dificultad de su tránsito. Atento al ruido de coches, en cuanto dejaba de sentirlo lanzábase al arroyo, sin solicitar el auxilio de los transeuntes. Á esto no habría recurrido sino en un caso extremo, porque consideraba humillante apoyarse en personas extrañas, mientras tuviera manos con que palpar y bastón con que abrirse paso al través de las tinieblas.
Al llegar á Recoletos saboreó la frescura del ambiente que de los árboles surgía, y su gozo aumentó con la grata idea de independencia en aquellas anchuras, pudiendo tomar la dirección más de su gusto, sin que nadie le marcase el camino ni le mandara detenerse. Tras corta vacilación dirigióse á la Castellana por el andén de la derecha, para lo cual tuvo que orientarse cuidadosamente, buscando con cautela de náutico la derrota más segura para atravesar la plaza de Colón. Su oído sutil le anunciaba los coches lejanos, y sabía aprovecharse del momento propicio para pasar sin tropiezo. Avanzó por el andén, respirando con delicia el aire tibio, impregnado de emanaciones vegetales, con ligero olor de tierra humedecida por el riego. Y más que nada le embelesaba la dulcísima libertad, aquel andar de por sí sin agarrarse al brazo de otra persona, la certidumbre de no parar hasta que su voluntad lo determinase, y de estarse así toda la noche, bañando su alma y su cuerpo en la intemperie, sin sentir sobre su cabeza otro techo que el santo cielo, en el cual con los ojos del alma veía sin fin de estrellas que le contemplaban con cariño y le alentaban en su placentera vagancia. Antes que vivir con Torquemada, resignaríase el pobre ciego á todos los inconvenientes de la vida vagabunda, sin más amigo que la soledad, un banco por lecho y el firmamento por techumbre. Antes que aceptar á la bestia zafia y villana, aceptaría el sustentarse de limosna. ¡La limosna! Ni la idea ni la palabra le asustaban ya. La pobreza á ningún ser envilecía; solicitar la caridad pública, no teniendo otro recurso, era tan noble como ejercerla. El mendigo de buena fe, el infeliz que pedía para no morirse de hambre, era el hijo predilecto de Jesucristo, pobre en este mundo, rico de inmortales riquezas en el otro... Pensando en esto, concluyó por sentar el principio, como diría la bestia, de que, para su honrada profesión de ciego mendicante, le vendría bien un perro. ¡Ay, cómo le gustaban los perros! Daría en aquel momento un dedo de la mano por tener un fiel amigo á quien acariciar, y que le acompañase calladito y vigilante. Consideró luego que para solicitar eficazmente la limosna, le convendría tocar algo; es decir, poseer alguna habilidad musical. Recordó con pena que el único instrumento que manejaba era el acordeón; pero sin pasar de las cuatro notas de la donna è mobile, y aun este pasajillo no sabía concluirlo... En fin, que para desgarrar los oídos del transeunte, valía más no tocar nada.
Sentóse en un banco, dejando pasar el tiempo en dulce meditación, durante la cual sus hermanas se le representaron en término muy remoto, alejándose más cada vez y borrándose en el espacio. Ó se habían muerto Cruz y Fidela, ó se habían ido á vivir á otro mundo que no se podía ver desde este. Y en tanto, no había formado plan ninguno para pasar la noche. Tan sólo pensó vagamente que cuando le rindiera el sueño iría á pedir hospitalidad al polvorista. Pero no, no...; mejor era dormir al raso, sin solicitar favores de nadie, ni perder por la gratitud aquella santa independencia que le hacía dueño del mundo, de la tierra y del cielo.
De pronto le asaltó una idea, que le hizo estremecer. Husmeaba el aire como un sabueso que busca el rastro de personas ó lugares. «Sí, sí; no me queda duda—se dijo.—Sin proponérmelo, sin pensar en ello, he venido á sentarme frente á mi casa, frente al hotel que fué de mis padres... Paréceme que no me equivoco. El trecho recorrido desde la plaza de Colón es la distancia exacta. Conservo el sentido de la distancia, y además, no sé qué instinto, ó más bien doble vista, me dice que estoy aquí, frente al palacio donde vivimos en los tiempos de felicidad, breves si los comparo con nuestra insoportable miseria.» Trémulo de emoción quiso cerciorarse por el tacto, y avanzó, traspasando con cautela el seto, hasta llegar á una verja, que hubo de reconocer cuidadosamente. Se le anudó la voz en la garganta al adquirir la certidumbre que buscaba. «Estos son, estos—se dijo,—los hierros de la verja... La estoy viendo, pintada de verde obscuro, con las lanzas doradas... La conozco como conocería mis propias manos. ¡Oh tiempos! ¡Oh lenguaje mudo de las cosas queridas!... No sé qué siento, la resurrección dentro de mí de un pasado hermoso y triste, ahora más triste por ser pasado... Dios mío, ¿me has traído á este lugar para confortarme ó para hundirme más en el abismo negro de mi miseria?»
Limpiándose las lágrimas volvió al banco, y humillada la frente sobre las manos, suscitó en su mente con vigor de ciego la visión del pasado. «Ahora viven aquí—se dijo exhalando un gran suspiro—los marqueses de Mejorada del Campo. Se me figura que poco ha cambiado el hotel y el jardín. ¡Qué hermosos eran antes!» Sintió que se abría la verja para dar paso á un coche.
«De seguro van ahora al Teatro Real. Mi mamá iba siempre á esta hora, tardecito, y llegaba al acto tercero. Jamás oía los dos primeros actos de las óperas. Estábamos abonados á la platea número 7. Paréceme que veo la platea, y á mi mamá y á Cruz, y á las primas de Rebolledo, y que estoy yo en la butaca número 2 de la fila octava. Sí, yo soy, yo, yo, aquel que allí veo, con mi buena figura de hace ocho años...; y ahora vengo al palco de mi madre, y la riño por no haber ido antes... No sé por qué me suben á la boca, al recordarlo, dejos de aburrimiento. ¿Era yo feliz entonces? Voy creyendo que no.»
Pausa. «Desde donde estoy vería yo, si no fuera ciego, la ventana del cuarto de mi madre... Paréceme que entro en él. ¡Qué se haría de aquellos tapices de Gobelinos, de aquella rica cerámica viejo Viena y viejo Sajonia! Todo se lo tragó el huracán. Arruinados, pero con honra. Mi madre no transigía con ninguna clase de ignominia. Por eso murió. Ojalá me hubiera muerto yo también, para no asistir á la degradación de mis pobres hermanas. ¿Por qué no se murieron ellas entonces? Dios quiso sin duda someterlas á todas las pruebas, y en la última, en la más terrible, no han sabido sobreponerse á la flaqueza humana, y han sucumbido. Se rinden ahora, después de haber luchado tanto; y aquí tenemos al diablo vencedor, con permiso de la Divina Majestad, que es quien á mí me inspira esta resolución de no rendirme, prefiriendo al envilecimiento la soledad, la vagancia, la mendicidad... Mi madre está conmigo. Mi padre también..., aunque no sé, no sé si en el caso presente, hallándose vivo, se habría dejado tentar de... Mucha influencia tenía sobre él Donoso, el amigo leal antes, y ahora el corruptor de la familia. Contaminóse mi padre del mal de la época, de la fiebre de los negocios, y no contento con su cuantioso patrimonio, aspiró á ganar colosales riquezas, como otros muchos... Comprometido en empresas peligrosas, su fortuna tan pronto crecía como mermaba. Ejemplos que nunca debió seguir le perdieron. Su hermano y mi tío había reunido un capitalazo comprando bienes nacionales. La maldición recayó sobre los que profanaban la propiedad de la Iglesia, y en la maldición fué arrastrado mi padre... Á mamá, bien lo recuerdo, le eran horriblemente antipáticos los negocios, aquel fundar y deshacer sociedades de crédito como castillos de naipes, aquel vértigo de la Bolsa, y entre mi padre y ella el desacuerdo saltaba á la vista. Los Torre-Auñón aborrecieron siempre el compra y vende y los agios obscuros. Al fin los hechos dieron razón á mi madre, tan inteligente como piadosa; sabía que la ambición de riquezas, aspirando á poseerlas fabulosas, es la mayor ofensa que se puede hacer al Dios que nos ha dado lo que necesitamos y un poquito más. Tarde conoció mi padre su error, y la conciencia de él le costó la vida. La muerte les igualó á todos, dejándonos á los vivos el convencimiento de que sólo es verdad la pobreza, el no tener nada... Desde aquí no veo más que humo, vanidad, y el polvo miserable en que han venido á parar tantas grandezas, mi madre en el cielo, mi padre en el purgatorio, mis hermanas en el mundo, desmintiendo con su conducta lo que fuimos, yo echándome solo y desamparado en brazos de Dios para que haga de mí lo que más me convenga.»
XII
Pausa. «¡Qué hermoso era el jardín de mi casa!..., y lo será todavía, aunque oí que le han quitado una tercera parte para construir casas de vecindad. ¡Qué hermoso era el jardín, y qué horas tan gratas he pasado en él!... Paréceme que entro en el hotel y subo por la escalera de mármol. Allí las soberbias armaduras que poseía mi padre, adquiridas de la casa de San Quintín, parientes de los Torre-Auñón. En el despacho de mi padre están Donoso, D. Manuel Pez, el general Carrasco, que delira por los negocios, y envainando para siempre su espada se dedica á hilvanar ferrocarriles; el exministro García de Paredes; Torres, el agente de Bolsa, y otros puntos... Allí no se habla más que de combinaciones financieras que no entiendo... Me aburro, se ríen de mí; me llaman don Galaor... Insultan en mí á la diplomacia, que el general llama, remedando á Bismarck, vida de trufas y condecoraciones... Me largo de allí. Paréceme que veo el despacho con su chimenea monumental, y en ella un bronce magnífico, reproducción del Colleone de Venecia. En los stores, bordados los escudos de Torre-Auñón y del Águila. La alfombra, de lo más rico de Santa Bárbara, es profanada por los salivazos del agente de Bolsa, que al entrar y al salir parece que se trae y se lleva en la cartera toda la riqueza fiduciaria del mundo... Y todo eso es ahora polvo, miseria; y los gusanos le ajustan á mi padre la cuenta de sus negocios... Torres el agente se pegó un tiro en Monte Carlo tres años después, y el general anda por ahí miserable, paseando su hemiplejia del brazo de un criado. Sólo viven él y Donoso, petrificado en su suficiencia administrativa, que á mí me carga tanto, aunque me guardo muy bien de decírselo á mis hermanas, porque me comerían vivo.»
Pausa... «¡Oh, qué linda era Cruz, qué elegante y qué orgullosa, con legítimo y bien medido orgullo! La llamábamos Croissette, por la estúpida costumbre de decirlo todo en francés. Fidela, al venir de Francia, nos encantaba con su volubilidad. ¡Qué ser tan delicado, y qué temperamento tan vaporoso! Diríase que no estaba hecha de nuestra carne miserable, sino de substancias sutiles, como los ángeles, que nunca han puesto los pies en el suelo. Ella los ponía por gracia especial de Dios, y podía creerse que al tocarla se nos desbarataba entre las manos, trocándose en vapor impalpable. Y ahora... ¡Santo Dios!, ahora..., allá la miro metida en fango hasta el cuello. He querido sacarla... No se deja. Le gusta la materia. Buen provecho le haga... Cuando yo me fuí á la Embajada de Alemania, que entonces era todavía Legación, salí de casa con el presentimiento de que no había de volver á ver á mi madre. Ésta se empeñó en que no me llevara á Toby, el perro danés que me regaló el primo Trastamara. ¡Pobre animal! Nunca me olvidaré de la cara que puso al verme partir. Murió de enfermedad desconocida, dos días antes que mi madre... Y ahora que me acuerdo: ¿adónde habrá ido á parar el bueno de Ramón, aquel criado fiel que tan bien entendía mis gustos y caprichos? Cruz me dijo que puso un comercio de vinos en su pueblo, y que fabricando Valdepeñas ha hecho un capital... Él tenía sus ahorros. Era hombre muy económico, aunque no sisaba como aquel bribón de Lucas, el mozo de comedor, que hoy tiene un restaurant de ferrocarril. Con los cigarros que le robaba á mi padre compró una casa en Valladolid, y con lo que sisaba en el Champagne sacó para establecer una fábrica de cerveza.»
Pausa. «¿Qué hora será?... ¿Pero qué me importa á mí la hora si soy libre, y el tiempo no tiene para mí ningún valor? Mi hotel no duerme aún. Siento rumores en la portería. Los criados arman tertulia con el portero, esperando la vuelta de la señora... Ya, ya me parece que siento el coche. Es la hora de salir del Real, la una menos cuarto, si no ha sido ópera larga. Wagner y su escuela no nos sueltan hasta la una y tres cuartos... Ya está ahí..., abren la verja..., entra el coche. ¡Si me parece que estoy en mis tiempos de señorito! El mismo coche, los mismos caballos, la noche igual, con las mismas estrellas en el cielo... para quien pueda verlas... Ya cierran. El hotel se entrega al sueño como sus habitantes... Yo también principio á sentir...»
Más que sueño, lo que empezaba á sentir era hambre, y echando mano al zoquete de pan que llevaba en el bolsillo, dió principio á su frugal cena, que le supo más rica que cuantos manjares delicados solía llevarle Cruz de casa de Lhardy.
«¡Qué apuradas andarán mis hermanas buscándome!—dijo comiendo despacito.—Fastidiarse. Os habíais acostumbrado á que yo fuese un cero, siempre un cero. Convenido: soy cero, pero os dejo solas para que valgáis menos. Y yo me encastillo en mi dignidad de cero ofendido, y sin valer nada, absolutamente nada para los demás, me declaro libre y quiero buscar mi valor en mí mismo. Sí, señoras del Águila y de la Torre-Auñón: arreglad ahora vuestro bodorrio como gustéis, sin cuidaros del pobre ciego... ¡Ah, vosotras tenéis vista; yo no! Mi desdicha se compensa con la inmensa ventaja de no poder ver á la bestia. Vosotras la veis, la tenéis siempre delante, y no podéis libraros de su grotesca facha, que viene á ser vuestro castigo... ¡Qué rico está este pan!... ¡Gracias á Dios que he perdido al comer aquella sensación mortificante del olor de cebolla!»
Sintió sueño, y se estiraba en el banco buscando la postura menos incómoda, haciendo almohada del brazo derecho, cuando se le acercó un pobre, que arrastraba un pie como si fuera bota á medio poner, y alargaba, en vez de mano para pedir limosna, un muñón desnudo y rojo. La voz bronca del mendigo hizo estremecer á Rafael, que se incorporó diciéndole:
—Perdone, hermano. Yo soy pobre también, y si no he pedido todavía es por la falta de costumbre. Pero mañana, mañana pediré.
—¿Es usted por casualidad ciego?—dijo el otro, desesperanzado de obtener limosna.
—Para servir á usted.
—Estimando.
—Si hubiera venido usted un poquito antes, habríale dado parte del pan que acabo de comerme. Pero lo que es dinero no puedo darle. No llevo sobre mí moneda alguna, ni perro grande ni chico... Soy más pobre que nadie. He venido, ¡ay!, muy á menos. Y usted, ¿qué es?
—¿Cómo que qué soy?
—Quiero decir si es usted también ciego.
—No, gracias á Dios. No soy más que cojo; pero de los dos cabos, y manco de la derecha... La perdí dando un barreno.
—Por la voz me parece que es usted viejo.
—Y usted muy parlanchín. ¡Porras!, como todos los ciegos, que echan el alma y los hígados por la pastelera lengua.
—Dispense usted que no le conteste en ese lenguaje ordinario. Soy persona decente.
—Sí, ya se ve... ¡Persona decente! Yo también lo fuí. Mi padre tenía catorce pares.
—¿De qué?
—De mulas.
—¡Ah!..., creí que de bemoles... ¿Conque mulas? Pues eso no es nada en comparación de lo que tuvo el mío. Ese palacio que está frente á nosotros, si hablara, no me dejaría mentir.
—¡Porras maúras! ¿Á que va á decir que es suyo el palacio?
—Digo que lo fué; la verdad...
—Mecachis, y que se lo limpiaron los usureros. Como á mí, como á mi padre, que era mayorazgo, y por tomar dinero á rédito para meterse en negocios, nos dejó más pobres que las ratas.
—¡Los malditos negocios, el compra y vende!... Y henos aquí á los hijos pagando las culpas de la ambición de los padres. Ahora pedimos limosna, y de seguro los que nos empobrecieron pasan á nuestro lado sin darnos una triste limosna. Pero Dios no nos desampara, ¿verdad? Donde menos se piensa salta una persona caritativa. Hay almas caritativas. Dígame usted que las hay, pues yo, la verdad, no quisiera morirme de hambre por esas calles.
—¿No tiene familia?
—Mis hermanas, hombre de Dios. Pero no quiero nada con ellas.
—Ya, ¡contra!, le han desamparado, ¡porras verdes! Como á mí, lo mismo que á mí.
—¿Sus hermanas?
—No...; ¡pior, pior!—dijo el otro con una voz bronca y arrastrada que parecía extraer con gran trabajo de lo más hondo de su cuerpo.—¡Son mis hijas las que me pusieron en la calle!
—¡Ja, ja, ja! ¡Sus hijas!—exclamó Rafael, acometido de violentísimas ganas de reir.—Y dígame, ¿son señoras?
—¿Señoras?—dijo el otro con todo el sarcasmo que cabe en la voz humana.—Señoras del pingajo y damas del tutilimundi. Son...
—¿Qué?
—Púas coronadas... Agur.
Y se fué arrastrando la pata, echando demonios por su boca entre gruñidos bestiales, babeándose como un perro con moquillo.
—Pobre señor...—murmuró Rafael, volviendo á tomar la postura de catre.—Sus hijas, por lo que dijo, son... ¡Qué abismos nos revela el fondo de la miseria cuando bajamos á él! Si yo me durmiera, ahogaría en mi cerebro ideas que me mortifican. Probaremos. Más duro es esto que mi cama; pero no me importa. Conviene acostumbrarse al sufrimiento... ¡Y vaya usted á saber ahora con qué me desayunaré mañana! Lo que Dios me tenga reservado, café ó chocolate ó mendrugo de pan, él lo sabe, en alguna parte estará... ¿No se desayunan los pájaros? Pues algo ha de haber también para mí...
Quedóse aletargado, y tuvo un sueño breve con imágenes intensísimas. En corto tiempo soñó que se hallaba en el vestíbulo del hotel cercano, tendido en un banco de madera. Vió entrar á su padre con gabán de pieles, accidente de invierno que no le chocaba á pesar de hallarse en pleno verano. Su padre se maravilló de verle en tal sitio, y le dijo que saliese á comprar diez céntimos de avellanas. ¡Cuánto disparate! Aun soñando, discurría que todo aquello no tenía sentido. Después salió el perro danés aullando, con una pata rota y el hocico lleno de sangre. En el momento de abalanzarse en socorro del pobre animal, despertó. En un tris estuvo que se cayera del banco de piedra.
Le dolían los huesos; el frío empezaba á molestarle, y su estómago no parecía conforme con pasar toda la noche al raso sin más sustento que un pedazo de pan. Para sobreponerse al clamor de la naturaleza desfallecida, salió de estampía por el paseo adelante, tropezando con los árboles y besando el santo suelo en dos ó tres tumbos que dió al perder el equilibrio. Pero supo sacar fuerzas de flaqueza, y sostener el cuerpo con los bríos del ánimo. «Vamos, Rafael, no seas niño; á la primera contrariedad ya estás aturdido y sin saber qué camino tomar. Pronto ha de amanecer, y ó mucho me engaño, ó Dios, que vela por mí, ha de depararme un alma caritativa. No siento pasos... Debe de ser la madrugada. ¡Qué soledad! ¿Cómo podría enterarme de que ha salido el sol, ó de que va á salir? ¡Ah!, siento cantar un gallo anunciando el día. Será ilusión tal vez, pero me parece que es el gallo de Bernardina el que canta. Y otra vez, y otra... No, son muchos gallos, todos los gallos de estos contornos, que dicen á su manera: “Basta ya de noche...” Lo que no siento aún es el gracioso piar de los pajarillos. No, no amanece todavía. Más adelante, en otro banco, podré dormir otro poquito, y cuando los pájaros me avisen dejaré las ociosas plumas, digo, la ociosa berroqueña... Adelante y valor. De seguro que ninguna de estas avecillas que ahora duermen inocentes en el ramaje que se extiende sobre mi cabeza, se preocupa ni poco ni mucho de lo que ha de comer cuando despierte. El desayuno, en alguna parte está. Las almas caritativas duermen también ahora, y dormirán la mañanita; pero de fijo no faltará alguna que madrugue.»
Hacia el fin de la Castellana volvió á darse su ración de banco; mas no pudo pegar los ojos, ni siquiera sosegar sus cansados huesos. Dos perros vagabundos se llegaron á él, y le olieron y le hociquearon. Quiso Rafael retenerles con voz cariñosa; pero los dos animales, que debían de estar dotados de gran penetración y agudeza, entendieron que de allí muy poco ó nada sacarían. Después de infringir ambos sosegadamente en el banco del ciego las ordenanzas de la policía urbana, se fueron en busca de aventura más provechosa.
Levantóse Rafael al rayar la aurora, cuya claridad saludaron las avecillas, y restregándose las manos para proveerse de un poco de calor que supliera bien que mal la falta de alimento, echó á andar y desentumeció sus piernas. El valor no le abandonaba; pero iba comprendiendo que la iniciación en el oficio de mendigo tiene sus contras, y que el aprendizaje había de ser para él durísimo. ¡Qué bien le habría venido en aquella hora un poco de café! Pero las almas caritativas no parecieron con la provisión del precioso líquido. Pasos de hombres y brutos oyó en dirección al centro de Madrid: eran trajinantes, mercaderes de hortalizas y huevos, que llevaban frutas á la plaza. Sintió el ruido de cántaros de leche que chocan con el movimiento de la caballería que los conduce. ¡De buena gana se habría él tomado un vasito de leche! ¿Pero á quién, ¡Santo Dios!, se lo había de pedir? Gentes de pueblo pasaron al lado suyo sin hacerle caso. De fijo que si él se lanzara á pordiosero, alguien le daría. «Pero el mérito grande de las almas caritativas—pensó—será que me socorran sin que yo pase por la vergüenza de pedirlo.» Por desgracia suya, en aquel tímido ensayo de mendicidad, las almas compasivas se abstenían de socorrer á un necesitado que no empezaba por marear al transeunte con enfadosos reclamos de limosna. Largo trecho anduvo desorientado sin saber adonde iba, y al fin el cansancio y el hambre determinaron en su espíritu el propósito de pedir albergue á Bernardina; pero al hacer esta concesión á la dura necesidad, quería engañarse y dar satisfacciones á su entereza, diciéndose: «No, si no haré más que tomar un bocadillo y seguir luego. Á la calle otra vez, al camino.»
No le fué tan fácil encontrar el rumbo. Pero si sentía cortedad para implorar limosna, no la sentía para pedir informes topográficos. «¿Voy bien por aquí á Cuatro Caminos?» Esta pregunta, sin número de veces repetida y contestada, fué la brújula que le señaló la derrota por campos, carreteras y solares baldíos, hasta que dió con sus cansados huesos en el corralón de los Valientes.
XIII
Vióle Bernardina antes de que traspasara el hueco del portalón, y salió á recibirle con demostraciones de vivo contento, mirándole como un aparecido, como un resucitado. «Dame café—le dijo el ciego con trémula voz.—Siento... nada más que un poquito de debilidad.» Llevóle adentro la fiel criada, y con rara discreción se abstuvo de decirle que la señorita Cruz había estado tres veces durante la noche buscándole, muerta de ansiedad. Mucha prisa corría comunicar el hallazgo á las angustiadas señoras; pero no urgía menos dar al fugitivo el desayuno que con tanta premura pedían la palidez de su rostro y el temblor de sus manos. Con toda la presteza del mundo preparó Bernardina el café, y cuando el ciego ávidamente lo tomaba, dió instrucciones á Cándido para que le retuviese allí, mientras ella iba á dar parte á las señoras, que sin duda le creían muerto. Lo peor del caso era que Hipólito Valiente, el héroe de África, estaba aquel día de servicio. «Ya que no tenemos aquí al viejo, que sabe embobarle con historias de batallas—dijo Bernardina á su marido,—entretenle tú como puedas. Cuéntale lo que se te ocurra; inventa mentiras muy gordas. No seas bruto... En fin, lo que importa es que no se nos escabulla. Como quiera salir, le sujetas, aunque para ello tengas que amarrarle por una pata.»
Rafael no mostró después del desayuno deseos de nuevas correrías. Estaba tan decaído de espíritu y tan alelado de cerebro, que sin esfuerzo alguno le pudo llevar Cándido al taller de polvorista donde trabajaba. Hízole sentar en un madero, y siguió el hombre en su faena de amasar pólvora y meterla en los cilindros de cartón que forman el cohete. Su charla continua, á ratos chispeante y ruidosa como las piezas de fuego que fabricaba, no sacó á Rafael de su sombría taciturnidad. Allí se estuvo con quietud expectante de esfinge, los codos en las rodillas, los puños convertidos en sostén de las quijadas, que parecían adheridas á ellos por capricho de Naturaleza. Y oyendo aquel rum rum de la palabra de Valiente, que era un elogio tan enfático como erudito del arte pirotécnico, y sin enterarse de nada, pues la voz del polvorista entraba en su oído pero no en su entendimiento, se iba engolfando en meditaciones hondísimas, de las cuales le sacó súbitamente la entrada de su hermana Cruz y de D. José Donoso. Oyó la voz de la dama en el corralón. «¿Pero dónde está?» Y cuando la sintió cerca, no hizo movimiento alguno para recibirla.
Cruz, cuyo superior talento se manifestaba señaladamente en las ocasiones críticas, comprendió al punto que sería inconveniente mostrar un rigor excesivo con el prófugo. Le abrazó y besó con cariño, y D. José Donoso le dió palmetazos de amistad en los hombros, diciéndole: «Bien, bien, Rafaelito. Ya decía yo que no te habías de perder..., que ello ha sido un bromazo... Tus pobres hermanas muertas de ansiedad... Pero yo las tranquilizaba, seguro de que parecerías.»
—¿Sabes que son tus bromas pesaditas?—dijo Cruz sentándose á su lado.—¡Vaya que tenernos toda la noche en aquella angustia! Pero en fin, la alegría de encontrarte compensa nuestro afán, y de todo corazón te perdono la calaverada... Ya sé que Bernardina te ha dado el desayuno. Pero tendrás sueño, pobrecillo. ¿Dormirías un rato en tu camita?
—No necesito cama—declaró Rafael con sequedad.—Ya sé lo que son lechos duros, y me acomodo perfectamente en ellos.
Habían resuelto Donoso y Cruz no contrariarle, afectando ceder á cuanto manifestara, sin perjuicio de reducirle luego con maña.
—Bueno, bueno—manifestó Cruz;—para que veas que quiero todo lo que tú quieras, no contradigo esas nuevas opiniones tuyas sobre la dureza de las camas. ¿Es tu gusto? Corriente. ¿Para qué estoy yo en el mundo más que para complacerte en todo?
—Justo—dijo D. José revistiendo su oficiosidad de formas afectuosas.—Para eso estamos todos. Y ahora, lo primero que tenemos que preguntar al fugitivo, es si quiere volver á casa en coche ó á pie.
—¡Yo... á casa!—exclamó Rafael con viveza, como si oído hubiera la proposición más absurda del mundo.
Silencio en el grupo. Donoso y Cruz se miraron, y en el mirar solo se dijeron: «No hay que insistir. Sería peor.»
—¿Pero en dónde estarás como en tu casa, hijo mío?—dijo la hermana mayor.—Considera que no podemos separarnos de ti, yo al menos. Si se te antoja vagabundear por los caminos, yo también.
—Tú no... Déjame... Yo me entiendo solo.
—Nada, nada—expuso Donoso.—Si Rafael, por razones, ó caprichos, ó genialidades que no discuto ahora, no, señor, no las discuto; si Rafael, repito, no quiere volver á su casa, yo le ofrezco la mía.
—Gracias, muchas gracias, Sr. D. José—replicó desconcertado el ciego.—Agradezco su hospitalidad; pero no la acepto... Huésped molestísimo sería...
—Oh, no.
—Y créanme á mí... En ninguna parte estaré tan bien como aquí.
—¡Aquí!
Volvieron á mirarse Donoso y Cruz, y á un tiempo expresaron los ojos de ambos la misma idea. En efecto, aquel deseo de permanecer en casa de Bernardina era una solución que por el momento ponía fin á la dificultad surgida; solución provisional que daba espacio y tiempo para pensar descansadamente en la definitiva.
—¡Vaya, qué cosas tienes!—dijo Cruz disimulando su contento.—¡Pero hijo, aquí!... En fin, para que veas cuánto te queremos, transijo. Yo sé transigir; tú no, y á todos nos haces desgraciados.
—Transigiendo se llega á todas partes—declaró D. José, dando mucha importancia á su sentencia.
—Bernardina tiene un cuarto que se te puede arreglar. Te traeremos tu cama. Fidela y yo turnaremos para acompañarte... Ea, ya ves cómo no soy terca, y me doblego, y... Conviene, en esta vida erizada de dificultades, no encastillarnos en nuestras propias ideas, y tener siempre en cuenta las de los demás, pues eso de creer que el mundo se ha hecho para nosotros solos, es gran locura... Yo, ¡qué quieres!, he comprendido que no debo contrariarte en ese anhelo tuyo de vivir separado de nosotras... Descuida, hijo, que todo se arreglará... No te apures. Vivirás aquí, y vivirás como un príncipe.
—No es preciso que me traigan mi cama—indicó Rafael, entrando ya en familiar y cariñoso coloquio con su hermana mayor.—¿No tendrá Bernardina un catre de tijera? Pues me basta.
—Quita, quita... Ahora sales con querer pintarla de ermitaño. ¿Á qué vienen esas penitencias?
—Si nada cuesta traer la camita—apuntó don José.
—Como quieran—manifestó el ciego, que parecía dichoso.—Aquí me pasaré los días dando vueltas por el corralón, conversando con el gallo y las gallinas; y á ratos vendré á que Cándido me enseñe el arte de polvorista... No vayan á creer ustedes que es cualquier cosa ese arte. Aprenderé, y aunque no haga nada con las manos, bien puedo sugerirle ideas mil para combinar efectos de luz, y armar los ramilletes y los castillos y todas esas hermosas fábricas de chispas que tanto divierten al respetable público.
—Bueno, bueno, bueno—clamaron á una Donoso y Cruz, satisfechos de verle en tan venturosa disposición de ánimo.
Brevemente conferenciaron la dama y el fiel amigo de la casa, sin que Rafael se enterase. Ello debió de ser algo referente á la traída de la cama y otros objetos de uso doméstico. Despidióse Donoso abrazando al joven ciego, y éste volvió á caer en su murria, presumiendo que su hermana, al hallarse sola con él, le hablaría del asunto que causaba las horribles desazones de todos.
—Vámonos á la casa—dijo Cruz, cogiendo del brazo á su hermano.—Tengo miedo de estar aquí, señor Valiente... No es desprecio de su taller; es... que no sé como hay quien tenga tranquilidad en medio de estas enormes cantidades de pólvora. Supóngase usted que por artes del enemigo cae una chispa...
—No, señorita, no es posible...
—Cállese usted. Sólo de pensarlo parece que me siento convertida en pavesas. Vamos, vámonos de aquí. Antes, si te parece, daremos un paseíto por el corralón. Está un día precioso. Ven, iremos por la sombra.
Lo que el señorito del Águila recelaba era cierto. La primogénita tenía que tratar con él algo muy importante, reciente inspiración sin duda, y último arbitrio ideado por su grande ingenio. ¿Qué sería?
—¿Qué será?—pensó el ciego temblando, pues todo su tesón no bastaba para hacer frente á la terrible dialéctica de su hermana. Principió ésta por encarecer las horrendas amarguras que ella y Fidela habían pasado en los últimos días, por causa de la oposición de su querido hermano al proyecto de matrimonio con D. Francisco.
—Renunciad á eso—dijo prontamente Rafael,—y se acabaron las amarguras.
—Tal fué nuestra idea..., renunciar, decirle al buen D. Francisco que se fuera con la música á otra parte y que nos dejase en paz. Preferimos la miseria con tranquilidad á la angustiosa vida que ha de traernos el desacuerdo con nuestro hermano querido. Yo dije á Fidela: «Ya ves que Rafael no cede. Cedamos nosotras antes que hacernos responsables de su desesperación. ¡Quién sabe! Cieguecito, puede que vea más que nosotras. Su resistencia, ¿será aviso del cielo anunciándonos que Torquemada, con el materialismo (como él dice) del buen vivir, nos va á traer una infelicidad mayor que la presente?»
—¿Y qué dijo Fidela?
—Nada: que ella no tiene voluntad; que si yo quería romper, por ella no quedara.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pues nada, por el pronto. Consulté con don José. Esto fué la semana pasada. Á ti nada te dije, porque como estás tan puntilloso, no quise excitarte inútilmente. Parecióme mejor no hablar contigo de este asunto hasta que no se resolviera en una ó en otra forma.
—¿Y Donoso qué opinó?
—¿Donoso...? ¡Ah...!
XIV
—¡Cuando yo te digo que Donoso es un ángel bajado del cielo! ¡Qué hombre, qué santo!—prosiguió la dama, sentándose con Rafael en un madero que en el mejor sitio del corralón había.—Verás: la opinión de nuestro fiel amigo fué que debíamos sacrificar el enlace con Torquemada, por conservar la paz en la familia... Así lo acordamos. Pero ya habían tramado entre él y D. Francisco algo que éste llevó prontamente de la idea á la práctica, y cuando D. José acudió á proponerle la suspensión definitiva de las negociaciones matrimoniales, ya era tarde.
—¿Pues qué ocurría?
—Torquemada había hecho algo que nos cogía á todos como en una trampa. Imposible escaparnos ya, imposible salir de su poder. Estamos cogidos, hermanito; nada podemos ya contra él.
—¿Pero qué ha hecho ese infame?—gritó Rafael fuera de sí, levantándose y esgrimiendo el bastón.
—Sosiégate—replicó la dama, obligándole á sentarse.—¡Lo que ha hecho! Pero qué, ¿crees que es malo? Al contrario, hijo mío: por bueno, por excesivamente bueno, el acto suyo es..., no sé cómo decírtelo, es como una soga que nos echa al cuello, incapacitándonos ya para tener voluntad que no sea la voluntad suya.
—¿Pero qué es? Sépalo yo—dijo el ciego con febril impaciencia.—Juzgaré por mí mismo ese acto, y si resulta como dices... No, tú estás alucinada y quieres alucinarme á mí. No me fío de tus entusiasmos. ¿Qué ha hecho ese majagranzas que pudiera inducirme á no despreciarle como le desprecio?
—Verás... Ten calma. Tan bien sabes tú como yo que nuestras fincas del Salto y la Alberquilla, en la sierra de Córdoba, fueron embargadas judicialmente. No pudo rematarlas el sindicato de acreedores, porque estaban afectas á una fianza que al Estado tuvo que dar papá. El dichoso Estado, mientras no se aclarase su derecho á constituirse en dueño de ellas (y ese es uno de los pleitos que sostenemos), no podía privarnos de nuestra propiedad, pero sí del usufructo... Embargadas las fincas, el juez las dió en administración á...
—Á Pepe Romero—apuntó el ciego vivamente, quitándole la palabra de la boca,—el marido de nuestra prima Pilar...
—Que reside en ellas, dándose vida de princesa. ¡Ah, qué mujer! Sin duda por haber recibido de papá tantos beneficios, ella y el rufián de su marido nos odian. ¿Qué les hemos hecho?
—Les hemos hecho ricos. ¿Te parece poco?
—Y no han sido para auxiliarnos en nuestra miseria. La crueldad, el cinismo, la ingratitud de esa gente son lo que más ha contribuído á quitarme la fe en todas las cosas, lo que me induce á creer que la humanidad es un inmenso rebaño de fieras. ¡Ay!, en esta vida de sufrimientos inauditos, pienso que Dios me permite odiar. El rencor, que en casos comunes es un pecado, en el caso mío no lo es, no puede serlo... La venganza, ruin sentimiento en circunstancias normales, ahora... me resulta casi una virtud... Esa mujer que lleva nuestro nombre y nos ha ultrajado en nuestra desgracia, ese Romerillo indecente que se ha enriquecido con negocios sucios más propios de chalanes que de caballeros, viven sobre nuestra propiedad, disfrutan de ella. Han intrigado en Madrid para que el Consejo sentenciase en contra de la testamentaría del Águila, porque su anhelo es que sean subastadas las fincas...
—Para rematarlas y quedarse con ellas.
—¡Ah!..., pero les ha salido mal la cuenta á ese par de traficantes, de raza de gitanos sin duda... Créelo porque yo te lo digo... Pilar es peor que él: es uno de esos monstruos que causan espanto y hacen creer que la hembra de Satanás anda por estos mundos...
—Pero vamos al caso. ¿Qué...?
—Verás. Ahora puedo decir que ha llegado la hora de la justicia. No puedes figurarte la alegría que me llena el alma. Dios me permite ser rencorosa, y lo que es peor, vengativa. ¡Qué placer, qué inefable dicha, hermano mío! ¡Pisotear á esa canalla..., echarles de nuestra casa y de nuestras tierras, sin consideración alguna, como á perros, como á villanos salteadores...! ¡Ay, Rafael, tú no entiendes estas pequeñeces; eres demasiado angelical para comprenderlas! La venganza sañuda es un sentimiento que rara vez encuentras hoy fuera de las clases bajas de la sociedad... Pues en mí rebulle, ¡y de qué modo! Verdad que también es un sentimiento feudal, y en nosotros, de sangre noble, revive ese sentimiento, que viene á ser la justicia, la justicia brutal, como en aquellos tiempos podía ser, como en los nuestros también debe serlo, por insuficiencia de las leyes.
Púsose en pie la noble dama, y en verdad que era una figura hermosa y trágica. Hirió el suelo con su pie dos ó tres veces, aplastando en figuración á sus enemigos; ¡y por Dios que si hubieran estado allí no les dejara hueso sano!
—Ya, ya entiendo—dijo Rafael asustado.—No necesito más explicaciones. Esperas rescatar el Salto y la Alberquilla. Donoso y Torquemada han convenido hacerlo así, para que puedas confundir á los Romeros... Ya, ya lo veo todo bien claro: el D. Francisco rescatará las fincas, poniendo en manos de la Hacienda una cantidad igual á la fianza... Pues, por lo que recuerdo, tiene que ir aprontando millón y medio de reales..., si es que en efecto se propone...
—No se propone hacerlo—dijo Cruz radiante.—Lo ha hecho ya.
—¡Ya!
La estupefacción paralizó á Rafael por breve rato, privándole del uso de la palabra.
—Ahora tú me dirás si después de esto, es digno y decente en nosotros plantarnos delante de ese señor y decirle: Pues... de aquello no hay nada.
Pausa que duró... sabe Dios cuánto.
—¿Pero en qué forma se ha hecho la liberación de las fincas?—preguntó al fin el ciego.—Falta ese detalle... Si quedan á su nombre, no veo...
—No; las fincas son nuestras... El depósito está hecho á nuestro nombre. Ahora dime si es posible que...
Después de accionar un rato en silencio, Rafael se levantó súbitamente, dió algunos pasos agitando el bastón, y dijo: «Eso no es verdad.»
—¡Que yo te engaño!
—Repito que eso no puede ser como tú lo cuentas.
—¡Que yo miento!
—No, no digo que mientas. Pero sabes, como nadie, desfigurar las cosas, dorarlas cuando son muy feas, confitarlas cuando son amargas.
—He dicho la verdad. Créela ó no. Y ahora te pregunto: «¿Podemos poner en la calle á ese hombre? ¿Tu dignidad, tus ideas sobre el honor de la familia me aconsejan que le despida...?»
—No sé, no sé—murmuró el ciego, girando sobre sí y haciendo molinete con los dos brazos por encima de la cabeza.—Yo me vuelvo loco... Vete; déjame. Haced lo que queráis...
—¿Reconoces que no podemos retirar nuestra palabra ni renunciar al casamiento?
—Lo reconozco, siempre que sea verdad lo que me has dicho. Pero no lo es; no puede serlo. El corazón me dice que me engañas..., con buena intención sin duda. ¡Ah!, tienes tú mucho talento..., más que yo, más que toda la familia... Hay que sucumbir ante ti y dejarte hacer lo que quieras.
—¿Vendrás á casa?—dijo Cruz balbuciente, porque el gozo triunfal que inundaba su alma le entorpecía la voz.
—Eso no... Déjame aquí. Vete tú. Estoy bien en este corral de gallinas, donde me podré pasear, sin que nadie me lleve del brazo, á todas las horas del día.
Cruz no quiso insistir por el momento. Había obtenido la victoria con su admirable táctica. No le argüía la conciencia por haber mentido, pues Rafael era una criatura, y había que adormecerle, como á los niños llorones, con historias bonitas. El cuento infantil empleado hábilmente por la dama no era verdad sino á medias, porque al pactar Donoso y Torquemada el rescate de las fincas de la sierra de Córdoba, establecieron que esto debía verificarse después del casamiento. Pero Cruz, en su afán de llegar pronto al objetivo, como diría el novio, no sintió escrúpulos de conciencia por alterar la fecha del suceso feliz, tratándose de emplearlo como argumento con que vencer la tenacidad de su hermano. ¡Decir que Torquemada había hecho ya lo que según formal convenio haría después! ¿Qué importaba esta leve alteración del orden de los acontecimientos, si con ello conseguía eliminar el horrible estorbo que impedía la salvación de la familia?
Volvió Donoso con la noticia de haber dictado las disposiciones convenientes para el traslado de la cama y demás ajuar de la alcoba del ciego. Después que charlaron los tres un rato de cosas extrañas al grave asunto que á todos les inquietaba, Cruz espió un momento en que Rafael se enredó en discusiones con Valiente sobre la pirotecnia, y llevando á su amigo detrás del más grande montón de basura y paja que en el corralón había, le echó esta rociada:
—Deme la enhorabuena, Sr. D. José. Le he convencido. Él no querrá volver á casa; pero su oposición no es, no puede ser ya tan furiosa como era. ¿Que qué le he dicho? ¡Ah, figúrese usted si en este atroz conflicto pondré yo en prensa mi pobre entendimiento para sacar ideas! Creo que Dios me ilumina. Ha sido una inspiración que tuve en el momento de entrar aquí. Ya le contaré á usted cuando estemos más despacio... Y ahora lo que importa es activar... eso todo lo posible, no vaya á surgir alguna complicación.
—No lo quiera Dios. Crea usted que á impaciencia no le gana nadie. Hace un rato me lo decía: por él mañana mismo.
—Tanto como mañana no; pero nos pasamos de gazmoños alejando tanto la fecha. De aquí al 4 de Agosto pueden ocurrir muchas cosas, y...
—Pues acerquemos la fecha.
—Sí, acerquémosla. Lo que ha de ser, que sea pronto.
—La semana que entra...
—¡Oh!, no tanto.
—Pues la otra.
—Eso me parece muy tarde... Tiene usted razón: la semana próxima. ¿Qué es hoy?
—Viernes.
—Pues el sábado de la semana entrante.
—Corriente.
—Dígaselo usted..., propóngaselo como cosa suya.
—Pues no se pondrá poco contento. Ya le digo á usted: por él... mañana. Y volviendo á nuestro joven disidente, ¿cree usted que no nos dará ningún disgusto?
—Espero que no. Su deseo de instalarse aquí nos viene ahora que ni de molde. Bernardina nos inspira confianza absoluta: le cuidará como nosotras mismas. Vendremos Fidela y yo, alternando, á hacerle compañía, y además, yo me encargo de mandar acá al bueno de Melchorito algunas tardes para que le cante óperas...
—Muy bien... Pero..., y aquí entra lo grave. ¿Sabe que sus hermanas se mudan á la calle de Silva?
—No lo sabe. Pero lo sabrá. ¿Qué? ¿Teme usted que no quiera entrar en aquella casa?
—¡Me lo temo, como hay Dios!
—Entrará... Respondo de que entrará—afirmó la dama, y le temblaba horrorosamente el labio inferior, cual si quisiera desprenderse de su noble faz.
XV
Con lento paso de fecha deseada llegó por fin aquel día, sábado por más señas, y víspera ó antevíspera (que esto no lo determinan bien las historias) de la festividad de Santiago, patrón de las Españas. Celebróse la boda en San José, sin ostentación, tempranito, como ceremonia de tapadillo á la que no se quería dar publicidad. Asistieron tan sólo Rufinita Torquemada y su marido, Donoso y dos señores más, amigos de las Águilas, que se despidieron al salir de la iglesia. D. Francisco iba de levita herméticamente cerrada, guantes tan ajustados, que sus dedos parecían morcillas, y sudó el hombre la gota gorda para quitárselos. Como era la época de más fuerte calor, todos, la novia inclusive, no hacían más que pasarse el pañuelo por la cara. La del novio parecía untada de aceite, según relucía, y para mayor desdicha, exhalaba con su aliento emanaciones de cebolla, porque á media noche se había comido de una sentada una fuente de salpicón, su plato predilecto. Á Cruz le dió el vaho en la nariz en cuanto se encaró con su cuñado, y tuvo que echar frenos á su ira para poder contenerla, mayormente al ver cuán mal se avenía el olor cebollesco con las palabras finas que á cada instante, y vinieran ó no á cuento, desembuchaba el ensoberbecido prestamista. Fidela parecía un cadáver, porque..., creyérase que el demonio había tenido parte en ello..., la noche antes tomó un refresco de agraz para mitigar el calor que la abrasaba, y agraz fué que se le agriaron todos los líquidos de su cuerpo, y tan inoportunamente se descompuso, que en un tris estuvo que la boda no pudiera celebrarse. Allá le administró Cruz no sé qué droga atemperante, en dosis de caballo, gracias á lo cual no hubo necesidad de aplazamiento; pero estaba la pobre señorita hecha una mártir, un color se le iba y otro se le venía, sudando por todos sus poros y sin poder respirar fácilmente. Gracias que la ceremonia fué breve, que si no, patatús seguro. Llegó un momento en que la iglesia con todos sus altares empezó á dar vueltas alrededor de la interesante joven, y si el esposo no la agarra, cae redonda al suelo.
Cruz no tenía sosiego hasta no ver concluído el ritual, para poder trasladarse á la casa, con objeto de quitar el corsé á Fidela y procurarle descanso. En dos coches se dirigieron todos al nuevo domicilio, y por el camino Torquemada le daba aire á su esposa con el abanico de ésta, diciéndole de vez en cuando: «Eso no es nada: la estupefacción, la emoción, el calor... ¡Vaya que está haciendo un verano!... Dentro de dos horas no habrá quien atraviese la calle de Alcalá por la acera de acá, que es la del solecismo. Á la sombra, menos mal.»
En la casa, la primera impresión de Cruz fué atrozmente desagradable. ¡Qué desorden, qué falta de gusto! Las cosas buenas colocadas sin ningún criterio, y entre ellas mil porquerías, con las cuales debía hacerse un auto de fe. Salió á recibirles Romualda, la tarasca sirviente de D. Francisco, con una falda llena de lamparones, arrastrando las chancletas, las greñas sin peinar, facha asquerosa de criada de mesón. En la servidumbre, como en todo, vió la noble dama reflejada la tacañería del amo de la casa. El criado apestaba á tagarnina, de la cual llevaba una colilla tras de la oreja, y hablaba con el acento más soez y tabernario. ¡Dios mío, qué cocina, en la cual una pincha vieja y con los ojos pitañosos ayudaba á Romualda!... No, no; aquello no podía ser. Ya se arreglaría de otra manera. Felizmente, el almuerzo de aquel día clásico se había encargado á una fonda, por indicación de Donoso, que en todo ponía su admirable sentido y previsión.
Fidela no se mejoró con el aflojar del corsé y de todas las demás ligaduras de su cuerpo. Intentó almorzar; pero tuvo que levantarse de la mesa, acometida de violentos vómitos que le sacaron del cuerpo cuanto tenía. Hubo que acostarla, y el almuerzo se dividió en dos tiempos, ninguno de los cuales fué alegre, por aquella maldita contrariedad de la desazón de la desposada. Gracias que había facultativo en la casa. Torquemada llamaba de este modo á su yerno Quevedito. «Tú, ¿qué haces que no me la curas al instante? Reniego de tu facultad, y de la Biblia en pasta.» Iba y venía del comedor á la alcoba, y viceversa, regañando con todo el mundo, confundiendo nombres y personas, llamando Cruz á Romualda, y diciendo á su cuñada: «Vete con mil demonios.» Quevedito ordenó que dejaran reposar á la enferma, en la cual parecía iniciarse una regular fiebre; Cruz prescribió también el reposo, el silencio y la obscuridad, no pudiendo abstenerse de echar los tiempos á Torquemada por el ruido que hacía entrando y saliendo en la alcoba sin necesidad. Botas más chillonas no las había visto Cruz en su vida; y de tal modo chillaban y gemían aquellas endiabladas suelas, que la señora no pudo menos de hacer sobre esto una discreta indicación al amo de la casa. Al poco rato apareció el hombre con unas zapatillas de orillo, viejas, agujereadas y sin forma.
Continuaron almorzando, y D. Francisco y Donoso hicieron honor á los platos servidos por el fondista. Y el novio creyó que no cumplía como bueno en día tan solemne si no empinaba ferozmente el codo; porque, lo que él decía: ¡Haberse corrido á un desusado gasto de Champagne para después hacer el pobrete melindroso! Bebiéralo ó no, tenía que pagarlo. Pues á consumirlo, para que al menos se igualara el Haber del estómago con el Debe del bolsillo. Por esta razón puramente económica y de Partida Doble, más que por vicio de embriaguez, bebió copiosamente el tacaño, cuya sobriedad no se desmentía sino en casos rarísimos.
Terminado el almuerzo, quiso D. Francisco enterar á Cruz de mil particulares de la casa y mostrarle todo, pues ya había tratado Donoso con él de la necesidad de poner á su ilustre cuñada al frente del gobierno doméstico. Estaba el hombre, con tanta bebida y la alegría que por todo el cuerpo le retozaba, muy descompuesto, el rostro como untado de craso bermellón, los ojos llameantes, los pelos erizados, y echando de la boca un vaho de vinazo que tiraba para atrás. Á Cruz se le revolvía el estómago; pero hizo de tripas corazón. Llevóla D. Francisco de sala en sala, diciendo mil despropósitos, elogiando desmedidamente los muebles y alfombras, con referencias numéricas de lo que le habían costado; gesticulaba, reía estúpidamente, se sentaba de golpe en los sillones para probar la blandura de los muelles; escupía, pisoteando luego su saliva con la usada pantufla de orillo; corría y descorría las cortinas con infantil travesura; daba golpes sobre las camas, agregando á todas estas extravagancias los comentarios más indelicados: «En su vida ha visto usted cosa tan rica... ¿Y esto? ¿No se le cae la baba de gusto?»
De uno de los armarios roperos sacó varias prendas de vestir, muy ajadas, oliendo á alcanfor, y las iba echando sobre una cama para que Cruz las viese.
—Mire usted qué falda de raso. La compró mi Silvia por un pedazo de pan. Es riquísima. Toque, toque... No se la puso más que un Jueves Santo, y el día que fuimos padrinos de la boda del cerero de la Paloma. Pues, para que vea usted que la estimo, señora doña Cruz, se lo regalo generosamente... Usted se la arreglará, y saldrá con ella por los Madriles hecha una real moza... Todos estos trajes fueron de mi difunta. Hay dos de seda, algo antiguos, eso sí, como que fueron antes de una dama de Palacio...; cuatro de merino y de lanilla..., todo cosa rica, comprado en almonedas por quiebra. Fidela llamará á una modista de poco pelo, para que se los arregle y los ponga de moda; que ya tocan á economizar, ¡ñales!, porque aunque es uno rico, eso no quiere decir, ¡cuidado!, que se tire el santísimo dinero... Economía, mucha economía, mi señora doña Cruz, y bien puede ser maestra en el ahorro la que ha vivido tanto tiempo lampando..., quiero decir..., como el perro del tío Alegría, que tenía que arrimarse á la pared para poder ladrar.
Cruz hizo que asentía; pero en su interior bramaba de coraje, diciéndose: «¡Ya te arreglaré, grandísimo tacaño!» Enseñando el aposento destinado á la noble dama, decía el prestamista: «Aquí estará usted muy ancha. Le parecerá mentira, ¿eh?... Acostumbrada á los cuchitriles de aquella casa. Y si no es por mí, ¡cuidado!, allí se pudren usted y su hermana. Digan que las ha venido Dios á ver... Pero ya que me privo de la renta de este señor piso principal, viviendo en él, hay que economizar en el plato pastelero, y en lo tocante á ropa. Aquí no quiero lujos, ¿sabe?... Porque ya me parece que he gastado bastante dinero en los trajes de boda. Ya no más, ya no más, ¡ñales! Yo fijaré un tanto, y á él hay que ajustarse. Nivelación siempre; este es el objetivo, ó el ojete, para decirlo más pronto.»
Prorrumpía en bárbaras risas después de disparatar así, casi olvidado de los términos elegantes que aprendido había; tocaba las castañuelas con los dedos ó se tiraba de los pelos, añadiendo alguna nueva patochada, ó mofándose inconscientemente del lenguaje fino: «Porque yo abrigo la convicción de que no debemos desabrigar el bolsillo, ¡cuidado!, y parto del principio de que haiga principio sólo los jueves y domingos; porque si, como dice el amigo Donoso, las leyes administrativas han venido á llenar un vacío, yo he venido á llenar el vacío de los estómagos de ustedes...; digo..., no haga caso de este materialismo..., es una broma.»
Difícilmente podía Cruz disimular su asco. Donoso, que había estado de sobremesa platicando con Rufinita, fué en seguimiento de la pareja que inspeccionaba la casa, uniéndose á ella en el instante en que Torquemada enseñaba á Cruz el famoso altarito con el retrato de Valentín convertido en imagen religiosa, entre velas de cera. D. Francisco se encaró con la imagen, diciéndole: «Ya ves, hombre, como todo se ha hecho guapamente. Aquí tienes á tu tía. No es vieja, no, ni hagas caso del materialismo del cabello blanco. Es guapa de veras, y noble por los cuatro costados...; como que desciende de la muela del juicio de algún rey de bastos...»
—Basta—le dijo Donoso queriendo llevársele.—¿Por qué no descansa usted un ratito?
—Déjeme... ¡por la Biblia! No sea pesado ni cócora. Tengo que decirle á mi niño que ya estamos todos acá. Tu mamá está mala... ¡Pues no es flojo contratiempo!... Pero descuida, hijo de mis entrañas, que yo te naceré pronto... Más guapín eres tú que ellas. Tu madre saldrá á ti...; digo, no: tú á tu madre... No, no; yo quiero que seas el mismo. Si no, me descaso.
Entró Quevedito anunciando que Fidela tenía una fiebre intensa, y que nada podía pronosticar hasta la mañana siguiente. Acudieron todos allá, y después de ponerla entre sábanas, le aplicaron botellas de agua caliente á los pies, y prepararon no sé qué bebida para aplacar su sed. D. Francisco no hacía más que estorbar, metiéndose en todo, disponiendo las cosas más absurdas y diciendo á cada momento: «¿Y para esto, ¡Cristo, re-Cristo!, me he casado yo?»
Donoso se lo llevó al despacho, obligándole á echarse hasta que se le pasaran los efectos del alcoholismo; pero no hubo medio de retenerle en el sofá más que algunos minutos, y allá fué otra vez á dar matraca á su hermana política, que examinaba la habitación en que quería instalar á Rafael.
—Mira, Crucita—le dijo, arrancándose á tutearla con grotesca confianza,—si no quiere venir el caballerete andante de tu hermano, que no venga. Yo no le suplico que venga, ni haré nada por traerle, ¡cuidado!, que mi suposición no es menos que la suya. Yo soy noble: mi abuelo castraba cerdos, que es, digan lo que quieran, una profesión muy bien vista en los... pueblos cultos. Mi tataratío el inquisidor tostaba herejes, y tenía un bodegón para vender chuletas de carne de personas. Mi abuela, una tal doña Coscojilla, echaba las cartas y adivinaba todos los secretos. La nombraron bruja universal... Conque ya ves...
Ya era imposible resistirle más. Donoso le cogió por un brazo, y llevándole al cuarto más próximo, le tendió á la fuerza. Poco después, los ronquidos del descendiente del inquisidor atronaban la casa.
—¡Demonio de hombre!—decía Cruz á don José, sentados ambos junto al lecho de Fidela, que en profundo letargo febril yacía.—Insoportable está hoy.
—Como no tiene costumbre de beber, le ha hecho daño el Champagne. Lo mismo me pasó á mí el día de mi boda. Y ahora usted, amiga mía, procediendo hábilmente, con la táctica que sabe usar, hará de él lo que quiera...
—¡Dios mío, qué casa! Tengo que volverlo todo del revés... Y dígame, D. José: ¿No le ha indicado usted ya que es indispensable poner coche?
—Se lo he dicho... Á su tiempo vendrá esa reforma, para la cual está todavía un poco rebelde. Todo se andará. No olvide usted que hay que ir por grados.
—Sí, sí. Lo más urgente es adecentar este caserón, en el cual hay mucho bueno, que hoy no luce entre tanto desarreglo y suciedad. Esos criados que nos ha traído de la calle de San Blas no pueden seguir aquí. Y en cuanto á sus planes de economía... Económica soy; la desgracia me ha enseñado á vivir con poco, con nada. Pero no se han de ver en la casa del rico escaseces indecorosas. Por el decoro del mismo don Francisco, pienso declarar la guerra á esa tacañería que tiene pegada al alma como una roña, como una lepra, de la cual personas como nosotras no podemos contaminarnos.
Rebulló Fidela, y todos se informaron con vivo interés de su estado. Sentía quebranto de huesos, cefalalgia, incomodidad vivísima en la garganta. Quevedito diagnosticó una angina catarral sin importancia: cuestión de unos días de cama, abrigo, dieta, sudoríficos, y una ligera medicación antifebrífuga. Tranquilizóse Cruz; pero no teniéndolas todas consigo, determinó no separarse de su hermana, y despachó á Donoso á Cuatro Caminos para que viese á Rafael y le informase de aquel inesperado accidente.
—¡Si de esta desazón—dijo Cruz, que todo lo aprovechaba para sus altos fines—resultará un bien! ¡Si conseguiremos atraer á Rafael con el señuelo de la enfermedad de su querida hermana!... ¡D. José de mi alma, cuando usted le hable de esto, exagere un poquito!...
—Y un muchito, si por tal medio conseguimos ver á toda la familia reunida.
Allá corrió como exhalación D. José, después de echar un vistazo á su amigo, que continuaba roncando desaforadamente.
XVI
Tristísimo fué aquel día para el pobre ciego, porque desde muy temprano le atormentó la idea de que su hermana se estaba casando; y como fijamente no sabía la hora, á todas las del día y en los instantes todos estaba viéndola casarse, y quedar por siempre prisionera en los brazos del aborrecido monstruo que en mal hora llevó el oficioso D. José á la casa del Águila. Hizo el polvorista los imposibles por distraerle; propuso llevarle de paseo por todo el Canalillo hasta la Moncloa; pero Rafael se negó á salir del corralón. Por fin metiéronse los dos en el taller, donde Valiente tenía que ultimar un trabajillo pirotécnico para el día de San Agustín, y allí se pasaron tontamente la mañana, decidor el uno, triste y sin consuelo el otro. Á Cándido le dió aquel día por enaltecer el arte del polvorista, elevándolo á la categoría de arte noble, con ideales hermosos y su correspondiente trascendencia. Quejábase de la poca protección que da el Gobierno á la pirotecnia, pues no hay en toda España ni una mala escuela en que se enseñe la fabricación de fuegos artificiales. Él se preciaba de ser maestro en aquel arte, y con un poquitín de auxilio oficial haría maravillas. Sostenía que los juegos de pólvora pueden y deben ser una rama de la Instrucción pública. Que le subvencionasen, y él se arrancaría, en cualquier festividad de las gordas, con una función que fuera el asombro del mundo. Vamos, que se comprometía á presentar toda la Historia de España en fuegos artificiales. La forma de los castilletes, ruedas, canastillas, fuentes de luz, morteros, lluvias de estrellas, torbellinos, combinando con esto los colores de las luces, le permitiría expresar todos los episodios de la Historia patria, desde la venida de los godos hasta la ida de los franceses en la guerra de la Independencia... «Créalo usted, señorito Rafael—añadió para concluir:—con la pólvora se puede decir todo lo que se quiera; y para llegar adonde no llega la pólvora, tenemos multitud de sales, compuestos y fulminantes, que son lo mismito que hablar en verso...»
—Oye, Cándido—dijo Rafael bruscamente, y manifestando un interés vivísimo, que contrastaba con su anterior desdén por las maravillas pirotécnicas.—¿Tienes tú dinamita?
—No, señor; pero tengo el fulminante de protóxido de mercurio, que sirve para preparar los garbanzos tronantes y las arañas de luz.
—¿Y explota?
—Horrorosamente, señorito.
—Cándido, por lo que más quieras, hazme un petardo, un petardo que al estallar se lleve por delante..., ¡qué sé yo!, medio mundo... No te asustes de verme así. La impotencia en que vivo me inspira locuras como la que acabo de decirte... Y no creas..., te lo repito, sabiendo que es una locura: yo quiero matar, Cándido (excitadísimo, levantándose); quiero matar, porque sólo matando puedo realizar la justicia. Y yo te pregunto: «¿De qué modo puede matar un ciego?» Ni con arma blanca, ni con arma de fuego. Un ciego no sabe donde hiere, y creyendo herir al culpable, fácil es que haga pedazos al inocente... Pero, lo que yo digo, discurriendo, discurriendo, un ciego puede encontrar medios hábiles de hacer justicia. Cándido, Cándido, ten compasión de mí, y dame lo que te pido.
Aterrado le miró Valiente, las manos en la masa, en la negra pólvora, y si antes había sospechado que el señorito no tenía la cabeza buena, ya no dudaba de que su locura era de las de remate. Mas de pronto, una violenta crisis se efectuó en el espíritu del desgraciado joven, y con rápida transición pasó de la ira epiléptica á la honda ternura. Rompió á llorar como un niño; fué á dar contra la pared negra y telarañosa, y apoyó en ella los brazos, escondiendo entre ellos la cabeza. Valiente, confuso y sin saber qué decir, se limpiaba las manos de pólvora, restregándolas una contra otra, y pensaba en sus explosivos, y en la necesidad de ponerlos en lugar completamente seguro.
—No me juzgues mal—le dijo Rafael tras breve rato, limpiándose las lágrimas.—Es que me dan estos arrechuchos..., ira..., furor..., ansia de destrucción; y como no puedo..., como no veo... Pero no hagas caso, no sé lo que digo... Ea, ya me pasó... Ya no mato á nadie. Me resigno á esta obscuridad impotente y tristísima, y á ser un muñeco sin iniciativa, sin voluntad, sintiendo el honor y no pudiendo expresarlo... Guárdate tus bombas, y tus fulminantes, y tus explosivos. Yo no los quiero, yo no puedo usarlos.
Sentóse otra vez, y con lúgubre acento, que algo tenía de entonación profética, acabó de expresar su pensamiento en esta forma:
—Cándido, tú que eres joven y tienes ojos, has de ver cosas estupendas en esta sociedad envilecida por los negocios y el positivismo. Hoy por hoy, lo que sucede, por ser muy extraño, permite vaticinar lo que sucederá. ¿Qué pasa hoy? Que la plebe indigente, envidiosa de los ricos, les amenaza, les aterra, y quiere destruirles con bombas y diabólicos aparatos de muerte. Tras esto vendrá otra cosa, que podrás ver cuando se disipe el humo de estas luchas. En los tiempos que vienen, los aristócratas arruinados, desposeídos de su propiedad por los usureros y traficantes de la clase media, se sentirán impulsados á la venganza...; querrán destruir esa raza egoísta, esos burgueses groseros y viciosos, que después de absorber los bienes de la Iglesia, se han hecho dueños del Estado, monopolizan el poder, la riqueza, y quieren para sus arcas todo el dinero de pobres y ricos, y para sus tálamos las mujeres de la aristocracia... Tú lo has de ver, Cándido; nosotros los señoritos, los que siendo como yo, tengan ojos y vean donde hieren, arrojaremos máquinas explosivas contra toda esa turba de mercachifles soeces, irreligiosos, comidos de vicios, hartos de goces infames. Tú lo has de ver, tú lo has de ver.
En esto entró Donoso; pero la perorata estaba concluída, y el ciego recibió á su amigo con expresiones joviales. En cuatro palabras le enteró D. José de la situación, notificándole las bodas y la enfermedad de Fidela, que inopinadamente había venido á turbar las alegrías nupciales, sumiendo... Á pesar de su práctica oratoria, no supo Donoso concluir la frase, y pronunció el sumiendo tres ó cuatro veces. La idea de exagerar la dolencia, faltando á la verdad, como reiteradamente le había recomendado Cruz, le cohibía.
—Sumiendo...—repitió Rafael.—¿Á quién y en qué?
—En la desesperación...; no tanto: en la tristeza... Figúrate: ¡en día de boda, enferma gravemente!..., ó al menos de mucho cuidado. Á saber si será pulmonía insidiosa, escarlatina, viruelas...
—¿Tiene fiebre?
—Altísima; y aún no se atreve el médico á diagnosticar, hasta no ver la marcha...
—Yo diagnosticaré—dijo el ciego con altanería, y sin mostrar pena por su querida hermana.
—¿Tú?
—Yo. Sí, señor. Mi hermana se muere. Ahí tiene usted el pronóstico, y el diagnóstico, y el tratamiento, y el término fatal... Se muere.
—¡Oh, no es para tanto!...
—Que se muere digo. Lo sé, lo adivino: no puedo equivocarme.
—¡Rafael, por Dios!...
—¡Don José, por la Virgen!... ¡Ah, he aquí la solución, la única racional y lógica! Dios no podía menos de disponerlo así en su infinita sabiduría.
Iba y venía como un demente, presa de agitación insana. No se consolaba D. José de haberle dado la noticia, y procuró atenuarla por todos los medios que su hábil retórica le sugería.
—No, si es inútil que usted trate de desmentir avisos, inspiraciones que vienen de muy alto. ¿Cómo llegan á mí, cómo se me comunica este decreto misterioso de la voluntad divina? Eso yo lo sé. Yo me entiendo. Mi hermana se muere; no lo duden ustedes. ¡Si lo estoy viendo, si tenía que ser así! Lo que debe ser es.
—No siempre, hijo mío.
—Ahora sí.
Lograron calmarle, sacándole á pasear por el corralón. D. José le propuso llevarle al lado de la enferma; pero se resistió, encerrándose en una gravedad taciturna. Después de encargar á Bernardina y los Valientes que redoblaran su vigilancia y no perdieran de vista al desdichado joven, volvió Donoso con pies de Mercurio á la calle de Silva, para comunicar á Cruz lo que en Cuatro Caminos ocurría; y tanta era la bondad del excelente señor, que no se cansaba de andar como un azacán desde el centro hasta el extremo Norte de Madrid, con tal de ser útil á los últimos descendientes de las respetabilísimas familias del Águila y de la Torre-Auñón.
Habría querido Cruz duplicarse para atender juntamente á Fidela y al ciego, y si no quería abandonar á la una, anhelaba ardientemente ver al otro, y aplacar con razones y cariños su desvarío. Por fin, á eso de las diez de la noche, hallándose la señora de Torquemada casi sin fiebre, tranquila y descansada ya de su padecer, la hermana mayor se determinó á salir, llevando consigo al paño de lágrimas de la familia, y un simón de los mejores les transportó á Cuatro Caminos. Rafael dormía profundamente. Vióle su hermana en el lecho; enteróse por Bernardina de que ninguna novedad ocurría, y vuelta á Madrid y al caserón desordenado y caótico de la calle de Silva.
Al día siguiente por la tarde, hallándose el ciego en el corralón, sentado en una piedra, á la sombra de un ingente montón de basura, sin más compañía que la del gallo, que frente á él altaneramente le miraba, y de varias gallinas que, sin hacerle caso, escarbaban el suelo, recibió la visita del indispensable Donoso, el cual se acercó á saludarle, muy bien penetrado de las instrucciones que le diera la intrépida Cruz.
—¿Qué hay?—preguntó el ciego.
—Nada—dijo secamente D. José, midiendo las palabras, pues la dama le había recomendado que éstas fueran pocas y precisas.—Que tu hermana Fidela quiere verte.
—¿Pero...? ¿Cómo está?
Algo iba á decir el paño de lágrimas, en quien el hábito de la facundia podía más que las exigencias de la discreción. Pero se contuvo, y encomendándose á su noble amiga, tan sólo dijo:
—No me preguntes nada; no sé nada. Sólo sé que tu hermana quiere verte.
Después de una larga pausa, durante la cual permaneció con la cabeza á la menor distancia posible de las rodillas, se levantó Rafael, y dijo resueltamente: «Vamos allá.»
Por más señas, hallábase aquel día D. Francisco Torquemada en felicísima disposición de ánimo, despejada la cabeza, claros los sentidos y expeditas todas las facultades, pues al salir del tenebroso sopor en que le sumergió durante la tarde y noche la travesurilla alcohólica del almuerzo de boda, maldito si se acordó de lo que había dicho y hecho en aquellas horas de turbación insana, y así no tenía por qué avergonzarse de nada. No hizo Cruz la menor alusión á cosas tan desagradables, y él se desvivía por mostrarse galán y obsequioso con ella, accediendo á cuantas observaciones le hizo referentes al régimen y gobierno de la casa. La ilustre dama, con habilidad suma, no tocaba aún con su blanda mano reformadora más que la superficie, reservándose el fondo para más adelante. Naturalmente, coincidió con esta situación del ánimo torquemadesco un recrudecimiento de palabras finas, toda la adquisición de los últimos días empleada vertiginosamente, cual si temiera que los términos y frases que no tenían un uso inmediato se le habían de escapar de la memoria. Entre otras cosillas, dijo que sólo defendía á Romualda bajo el aspecto de la fidelidad; pero no bajo ningún otro aspecto. El nuevo orden de cosas merecía su beneplácito. Y no temiera su cuñada que él, fingiendo acceder, se opusiera luego con maquiavelismos impropios de su carácter. Eso sí: convenía que él se enterase de lo que ella dispusiera, para que no resultaran órdenes contradictorias; porque á él, ¡cuidado!, no le gustaba barrenar las leyes, ni barrenar nada, vamos... Cierto que la casa no tenía aspecto de casa de señores: faltaban en ella no pocos elementos; pero su hermana política, dechado de inteligencia y de buen gusto, etc., había venido á llenar un vacío... Todo proyecto que ella abrigase se lo debía manifestar á él, y se discutiría ampliamente, aunque él previamente lo aceptaba... en principio.
En esto llamaron. Era Donoso con Rafael. Cruz recibió á éste en sus brazos, haciéndole muchas caricias. El ciego no dijo nada, y se dejó llevar hacia dentro, de sala en sala. Al oir la voz de Fidela, que alegremente charlaba con Rufinita, el señorito del Águila se estremeció.
—Ya está mejor... Va saliendo, hijo; va saliendo adelante—le dijo la primogénita.—¡Qué susto nos ha dado!
Y Quevedito, con sinceridad y buena fe, se adelantó á dar su opinión en esta forma: «Si no ha sido nada. Un enfriamiento..., poca cosa. Está bien, perfectamente bien. Por pura precaución no la he mandado levantarse.»
En la puerta de la alcoba matrimonial, Torquemada, frotándose las manos una contra otra con aire de satisfacción, calzado ya con elegantes zapatillas que acababan de traerle de la tienda, dió al ciego la bienvenida, para lo cual le vino de perillas la última frase bonita que había aprendido.
—¡Ah!—exclamó,—el bello ideal... ¡Al fin, Rafael... Toda la familia reunida..., el bello ideal...!
La Magdalena (Santander), Octubre de 1893.
FIN DE TORQUEMADA EN LA CRUZ
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PUBLICADAS EN INGLATERRA Y ESTADOS UNIDOS
Por concesión especial del autor se han hecho estas ediciones, para uso de los escolares ingleses en las cátedras de lengua española. Al texto español, escrupulosamente reproducido, siguen copiosas notas en inglés, que aclaran todos los puntos gramaticales obscuros, así como los modismos y locuciones provinciales.
Trafalgar, edited with notes and introduction, by F. A. Kirkpatrick. University Press: Cambridge, 1905.
Marianela, with Introduction, notes and vocabulary, by J. Geddes: Boston, 1903.
Doña Perfecta, with Introduction and notes, by A. R. Marsh: Boston and London, Ginn and Co, 1900.
Electra, edited with notes and vocabulary, by Otis Gridler Bunnell. American Brook Company: New-York, 1902.
El Abuelo: New-York.