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Torquemada en la cruz

PRIMERA PARTE (continued 2)

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Detenido para tomar aliento, el labio palpitante, acalorado el pecho, oyóse un vago rumor de aprobación, la cual no se manifestaba con aplausos por el excesivo respeto que á todos el orador infundía.

Pausa. Transición de lo serio á lo familiar.—No tome á mal, Sr. D. Francisco, esta filípica que me permito echarle. Óigala con benevolencia, y después usted, en su buen juicio, hará lo que le acomode... Hablamos aquí como amigos, y cada cual dice lo que siente. Pero yo soy muy claro, y con las personas á quienes estimo de veras uso una claridad que á veces encandila. Conozco bien la sociedad. He vivido más de cuarenta años en contacto con todas las eminencias del país; he aprendido algo; no me faltan ideas; sé apreciar las cosas; la experiencia me da cierta autoridad. Usted me parece persona muy sensata, de muy buen sentido, sólo que demasiado metido en su concha. Es usted el caracol, siempre con la casa á cuestas. Hay que salir, vivir en el mundo... Me permito decirle mi parecer, porque yo predico á los hombres agudos: á los tontos no les digo nada. No me entenderían.

—Bien, bien—murmuró Torquemada, que atontado por el terrible efecto de las amonestaciones de Donoso, no acertaba á expresar su admiración.—Ha hablado usted como Séneca; no, mejor, mucho mejor que Séneca... Es que..., diré á ustedes... Como yo me crié pobre, y con estrechez he vivido ahorrando hasta la saliva, no puedo acostumbrarme... ¿Cuál es el camino más derecho del mundo? La costumbre..., y por él voy. ¿Yo metiéndome á clase directora? ¿Yo pintándola por ahí? ¿Yo echando facha y...? No, no puede ser; no me cae, no me comprendo así, vamos.

—¡Si no es echar facha, por Dios!

—Si más afectación, y por consiguiente más facha, hay en aparentar pobreza siendo rico.

—Sólo se trata de dar á la verdad su natural semblante.

—Se trata de representar lo que se es.

—Otra cosa es engaño.

—Mentira, farsa.

—No basta ser rico, sino parecerlo.

—Justo.

—Cabal.

Estos comentarios, expresados rápidamente por los tres Águilas sin dar á D. Francisco tiempo para hacerse cargo de cada uno de ellos, le envolvieron en un torbellino. Sus oídos zumbaban; las ideas penetraban en su mente como una bandada de alimañas perseguidas, y volvían á salir en tropel para revolotear por fuera. Balbuciente primero, con segura voz después, manifestóse conforme con tales ideas, asegurando que ya había pensado en ello despacio, y que se reconocía fuera de su natural centro y clase; pero ¿cómo vencer su genio corto y encogido, cómo aprender de golpe las mil cosas que una persona de posibles debe saber? Echóse instintivamente por este camino de sinceridad, después de muchos tropezones y reticencias, y antes de que pensara si le sería conveniente declarar su incapacidad para la finura, ya la había declarado y confesado como un niño sorprendido en falta. ¿Qué remedio ya? Lo dicho, dicho estaba, y no se volvía atrás. Donoso le arguyó con razones poderosas; Cruz sostuvo que otros más desmañados andaban por el mundo hechos unos príncipes, y Fidela y el ciego le animaban con observaciones festivas, que si algo tenían de burla, era ésta tan discreta y sazonada que no podía ofenderle.

Charla charlando llegó el fin de la velada, y tan gustoso se encontraba allí el hombre, que habría podido creer que su conocimiento con las Águilas y con Donoso databa de fecha muy remota; de tal modo se le iban metiendo en el corazón. Juntos salieron los dos amigos de la casa, y por el camino platicaron cuanto les dió la gana sobre negocios, maravillándose D. Francisco de lo fuerte que estaba D. José en aquellas materias, y de lo bien que discurría sobre el interés del capital y demás incumbencias económicas.

Y solo ya en su madriguera, recordaba el prestamista, palabra por palabra, el réspice que le echó aquel su nuevo amigo y ya director espiritual, pues pensaba seguir lo mejor que pudiese su sapientísima doctrina. Lo que le había dicho sobre los deberes del rico y la ley de las posiciones sociales era cosa que se debía oir de rodillas, algo como el sermón de la Montaña, la nueva ley que debía transformar el mundo. El mundo en aquel caso era él, y Donoso el Mesías que había venido á volverlo todo patas arriba y á fundar nueva sociedad sobre las ruinas de la vieja. En sus ratos de desvelo, no pensaba don Francisco más que en el sastre á que había de encargar una levita herméticamente cerrada como la de Donoso, en el sombrerero que le decoraría la cabeza y en otras cosas pertinentes á la vestimenta. ¡Oh! ¡Sin pérdida de tiempo había que declarar la guerra á la facha innoble, al vestir sucio y ordinario! Bastantes años llevaba ya de adefesio. La sociedad fina le reclamaba como á un desertor, y allá se iba derecho, con botas de charol y todo lo demás que le correspondía.

Pero su mayor asombro era que en una sola noche de palique con aquellas dignísimas personas, había aprendido más términos elegantes que en diez años de su vida anterior. Del trato con doña Lupe había sacado (en justicia debía decirlo) diferentes modos de hablar que le daban mucho juego. Por ejemplo, con ella aprendió á decir: plantear la cuestión, en igualdad de circunstancias, hasta cierto punto y á grandes rasgos. Pero ¿qué significaba esta miseria de lenguaje con las cosas bonitísimas que acababa de asimilarse? Ya sabía decir ad hoc (pronunciaba azoc), partiendo del principio, admitiendo la hipótesis, en la generalidad de los casos; y, por último, gran conquista era aquello de llamar á todas las cosas el elemento tal, el elemento cual. Creía él que no había más elementos que el agua y el fuego, y ahora salíamos con que es muy bello decir los elementos conservadores, el elemento militar, eclesiástico, etc.

Al día siguiente todas las cosas se le antojaron distintas de como ordinariamente las veía. «¿Pero me he vuelto yo niño?», se dijo, notando en sí un gozo que le retozaba por todo el cuerpo, una como ansia de vivir ó dulce presagio de felicidades. Todas las personas de su conocimiento que aquel día vió pareciéronle de una tosquedad intolerable. Algunas le daban asco. El café del Gallo y el de las Naranjas, adonde tuvo que ir en persecución de un infeliz deudor, pareciéronle indecorosos. Amigos encontró que no andaban á cuatro pies por especial gracia de Dios, y los había que le apestaban. «Atrás, ralea indecente», se decía, huyendo del trato de los que fueron sus iguales, y refugiándose en su casa, donde al menos tenía la compañía de sus pensamientos, que eran unos pensamientos muy guapos, de levita y sombrero de copa, graves, sonrientes y con tufillo de agua de colonia.

Recibió á su hija con cierto despego aquel día, diciéndole: «¡Pero qué facha te traes! Hasta me parece que hueles mal. Eres muy ordinaria, y tu marido el cursi más grande que conozco, uno de nuestros primeros cursis.»

XII

Dicho se está que antes faltaran las estrellas en la bóveda celeste que Torquemada en la tertulia de las señoras del Águila y en la confraternidad del señor de Donoso, á quien poco á poco imitaba, cogiéndole los gestos y las palabras, la manera de ponerse el sombrero, el tonito para saludar familiarmente, y hasta el modo de andar. Bastaron pocos días para entablar amistad. Empezó el tacaño por hacerse el encontradizo con su modelo en Recoletos, donde vivía; le visitó luego en su casa con pretexto de consulta sobre un préstamo á retro que acababan de proponerle, y por mediación de Donoso hizo después otro hipotecario en condiciones muy ventajosas. De noche se veían en casa de las del Águila, donde el tacaño había adquirido ya cierta familiaridad. No sentía encogimiento, y viéndose tratado con benevolencia y hasta con cariño, arrimábase al calor de aquel hogar en que dignidad y pobreza eran una misma cosa. Y no dejaba de notar cierta diferencia en la manera de tratarle las cuatro personas de aquella gratísima sociedad. Cruz era quien mayores miramientos tenía con él, mostrándole en toda ocasión una afabilidad dulce y deseos de contentarle. Donoso le miraba como amigo leal. En Fidela creía notar cierto despego y algo de intención zumbona, como si delicadamente y con mucha finura quisiera á veces... lo que en estilo vulgar se llama tomar el pelo; y en fin, Rafael, sin faltar á la urbanidad, siempre correcto y atildado, le llevaba la contraria en muchas de las cosas que decía. Poquito á poco vió D. Francisco que se marcaba una división entre los cuatro personajes, dos á un lado, dos al otro. Si en algunos casos la división no existía y todo era fraternidad y concordia, de repente la barrerita se alzaba, y el avaro tenía que alargar un poco la cabeza para ver á Fidela y al ciego de la parte de allá. Y ellos le miraban á él con cierto recelo, que era lo más incomprensible. ¿Por qué tal recelo, si á todos les quería, y estaba dispuesto á descolgarse con algún sacrificio de los humanamente posibles, dentro de los límites que le imponía su naturaleza?

Cruz sí que se le entraba por las puertas del alma con su afabilidad cariñosa, y aquel gracejo que le había dado Dios para tratar todas las cuestiones. Poquito á poco fué creciendo la familiaridad, y era de ver con qué salero sabía la dama imponerle sus ideas, trocándose de amiga en preceptora. «D. Francisco, esa levita le cae á usted que ni pintada. Si no moviera tanto los brazos al andar, resultaría usted un perfecto diplomático...» «D. Francisco, haga por perder la costumbre de decir mismamente y ojo al Cristo. No sienta bien en sus labios esa manera de hablar...» «D. Francisco, ¿quién le ha puesto á usted la corbata?, ¿el gato? Creeríase que no han andado manos en ella, sino garras...» «D. Francisco, siga mi consejo y aféitese la perilla, que mitad blanca y mitad negra, tiesa y amenazadora, parece cosa postiza. El bigote solo, que ya le blanquea, le hará la cara más respetable. No debe usted parecer un oficial de clase de tropa, retirado. Á buena presencia no le ganará nadie si hace lo que le digo...» «Don Francisco, quedamos en que desde mañana no me trae acá el cuello marinero. Cuellito alto, ¿estamos? Ó ser ó no ser persona de circunstancias, como usted dice...» «D. Francisco, usa usted demasiada agua de colonia. No tanto, amigo mío. Desde que entra usted por la puerta de la calle, vienen aquí esos batidores del perfume anunciándole. Medida, medida, medida en todo...» «D. Francisco, prométame no enfadarse, y le diré..., ¿se lo digo?..., le diré que no me gusta nada su escepticismo religioso. ¡Decir que no le entra el dogma! Aparte la forma grosera de expresarlo, ¡entrarle el dogma!, la idea es abominable. Hay que creer, señor mío. Pues qué, ¿hemos venido á este mundo para no pensar más que en el miserable dinero?»

Dicho se está que con estas reprimendas dulces y fraternales se le caía la baba al hombre, y allí era el prometer sumisión á los deseos de la señora, así en lo chico como en lo grande, ya en el detalle nimio de la corbata, ya en el grave empeño de apechugar á ojos cerrados con todas y cada una de las verdades religiosas.

Fidela se permitía dirigirle iguales admoniciones, si bien en tono muy distinto, ligeramente burlón y con toques imaginativos muy graciosos. «D. Francisco, anoche soñé que venía usted á vernos en coche, en coche propio, como debe tenerlo un hombre de posibles. Vea usted cómo los sueños no son disparates. La realidad es la que no da pie con bola, en la mayoría de los casos... Pues sí, sentimos el estrépito de las ruedas, salí al balcón, y me veo á mi don Francisco bajar del landeau, el lacayo en la portezuela, sombrero en mano...»

—¡Ay, qué gracia!...

—Dijo usted al lacayo no sé qué..., con ese tonillo brusco que suele usar..., y subió. No acababa nunca de subir. Yo me asomé á la escalera, y le vi sube que te sube, sin llegar nunca, pues los escalones aumentaban á cientos, á miles, y aquello no concluía. Escalones, siempre escalones... Y usted sudaba la gota gorda... Ya por último subía encorvadito, muy encorvadito, sin poder con su cuerpo..., y yo le daba ánimos. Se me ocurrió bajar, y el caso es que bajaba, bajaba sin poder llegar hasta usted, pues la escalera se aumentaba para mí bajando como para usted subiendo...

—¡Ay qué fatiga, y qué sueños tan raros!

—Esta es así—dijo Cruz riendo.—Siempre sueña con escaleras.

—Es verdad. Todos mis sueños son de subir y bajar. Amanezco con las piernas doloridas y el pecho fatigado. Subo por escaleras de papel, por escaleras de diamante, por escalas tan sutiles como hilos de araña. Bajo por peldaños de metal derretido, por peldaños de nieve, y por un sin fin de cosas, que son mis propios pensamientos puestos unos debajo de otros... ¿Se ríen?

Sí que se reían, Torquemada principalmente, con toda su alma, sin sentirse lastimado por el ligero acento de sátira que salpimentaba la conversación de Fidela como un picante usado muy discretamente. El sentimiento que la joven del Águila le inspiraba era muy raro. Habría deseado que fuese su hija, ó que su hija Rufina se le pareciese, cosas ambas muy difíciles de pasar del deseo á la realidad. Mirábala como una niña á quien no se debía consentir ninguna iniciativa en cosas graves, y á quien convenía mimar, satisfaciendo de vez en cuando sus antojos infantiles. Fidela solía decir que le encantaban las muñecas, y que hasta la época en que la adversidad le impuso deberes domésticos muy penosos, se permitía jugar con ellas. Conservaba de los tiempos de su niñez opulenta algunas muñecas magníficas, y á ratos perdidos, en la soledad de la noche, las sacaba para recrearse y charlar un poco con sus mudas amigas, recordando la edad feliz. Confesábase además golosa. En la cocina, siempre que hacían algún postre de cocina, fruta de sartén ó cosa tal, lo saboreaba antes de servirlo, y el repuesto de azúcar tenía en la cocinera un enemigo formidable. Cuando no mascaba un palito de canela, roía las cáscaras de limón; se comía los fideos crudos, los tallos tiernos de lombarda y las cáscaras de queso.—Soy el ratón de la casa—decía con buena sombra,—y cuando teníamos jilguero, yo le ayudaba á despachar los cañamones. Me gusta extraordinariamente chupar una hojita de perejil, roer un haba ó echar en la boca un puñadito de arroz crudo. Me encanta el picor de la corteza de los rabanitos, y la miel de la Alcarria me trastorna hasta el punto de que la estaría probando, probando, por ver si es buena, hasta morirme. Por barquillos soy yo capaz de no sé qué, pues me comería todos los que se hacen y se pueden hacer en el mundo; tanto, tanto me gustan. Si me dejaran, yo no comería más que barquillos, miel y... ¿á que no lo acierta, don Francisco?

—¿Cacahuet?

—No.

—¿Piñones confitados?

—Tampoco.

—¿Pasas, alfajores, guirlache, almendras de Alcalá, bizcochos borrachos?

—Los bizcochos borrachos también me emborrachan á mí; pero no es eso, no es eso. Es...

—Chufas—dijo el ciego para concluir de una vez.

—Eso es... Me muero por las chufas. Yo mandaría que se cultivara esa planta en toda España, y que se vendiera en todas las tiendas para sustituir al garbanzo. Y la horchata debiera usarse en vez de vino. Ahí tiene usted una cosa que á mí no me gusta, el vino. ¡Qué asco! ¡Vaya con lo que inventan los hombres! Estropear las uvas, una cosa tan buena, por sacar de ellas esa bebida repugnante... Á mí me da náuseas, y cuando me obligan á beberlo, me pongo mala, caigo dormida y sueño los desatinos más horripilantes: que la cabeza me crece, me crece hasta ser más grande que la iglesia de San Isidro, ó que la cama en que duermo es un organillo de manubrio, y yo el cilindro lleno de piquitos que volteando hace sonar las notas... No, no me den vino, si no quieren que me vuelva loca.

¡Lo que se divertían Donoso y Torquemada con estas originalidades de la simpática joven! Deseando mostrarle un puro afecto paternal, no iba nunca D. Francisco á la tertulia sin llevar alguna golosina para el ratoncito de la casa. Felizmente, en la Travesía del Fúcar, camino de la calle de San Blas, tenía su tienda de esteras y horchata un valenciano que le debía un pico á Torquemada, y éste no pasaba por allí ninguna tarde sin afanarle con buenos modos un cartuchito de chufas. «Es para unos niños», solía decirle. El confitero de la calle de las Huertas, deudor insolvente, le pagaba, á falta de moneda mejor, intereses de caramelos, pedacitos de guirlache, alguna yema, melindres de Yepes ó mantecadas de Astorga, género sobrante de la última Navidad, y un poco rancio ya. Hacía de ello el tacaño paquetitos, con papeles de colores que el mismo confitero le daba, y corriéndose alguna vez á adquirir en la tienda de ultramarinos el cuarterón de pasas ó la media librita de galletas inglesas, no había noche que entrara en la tertulia con las manos vacías. Todo ello no le suponía más que una peseta y céntimos cada vez que tenía que comprarlo, y con tan poco estipendio se las daba de hombre galante y rumboso. Rebosando dulzura, con todas las confiterías del mundo metidas en su alma, presentaba el regalito á la damisela, acompañándolo de las expresiones más tiernas y mejor confitadas que podía dar de sí su tosco vocabulario. «Vamos, sorpresa tenemos. Esta no la esperaba usted... Son unas cosas de chocolate fino que llaman pompones, con hoja de papel de plata fina y más rico que el mazapán.» No podía corregirse la costumbre de anunciar y ponderar lo que llevaba. Acogía Fidela la golosina con grandes extremos de agradecimiento y alegría infantil, y D. Francisco se embelesaba viéndola hincar en la sabrosa pasta sus dientes, de una blancura ideal, los dientes más iguales, más preciosos y más limpios que él había visto en su condenada vida; dientes de tan superior hechura y matiz, que nunca creyó pudiese existir en la humanidad nada semejante. Pensando en ellos decía: «¿Tendrán dientes los ángeles?, ¿morderán?, ¿comerán?... Vaya usted á saber si tendrán dientes y muelas, ellos que, según rezan los libros de religión, no necesitan comer. ¿Y á qué es plantear esa cuestión? Falta saber que haiga ángeles.»

XIII

La amistad entre Donoso y Torquemada se iba estrechando rápidamente, y á principios del verano D. Francisco no ponía mano en cosa alguna de intereses sin oir el sabio dictamen de hombre tan experto. Donoso le había ensanchado las ideas respecto al préstamo. Ya no se reducía al estrecho campo de la retención de pagas á empleados civiles y militares, ni á la hipoteca de casas en Madrid. Aprendió nuevos modos de colocar el dinero en mayor escala, y fué iniciado en operaciones lucrativas sin ningún riesgo. Próceres arruinados le confiaron su salvación, que era lo mismo que entregársele atados de pies y manos; sociedades en decadencia le cedían parte de las acciones á precio ínfimo con tal de asegurar sus dividendos, y el Estado mismo le acogía con benignidad. Todo el mecanismo del Banco, que para él había sido un misterio, le fué revelado por Donoso, así como el manejo de Bolsa, de cuyas ventajas y peligros se hizo cargo al instante con instinto seguro. El amigo le asesoraba con absoluta lealtad, y cuando le decía: «compre usted Cubas sin miedo», D. Francisco no vacilaba. Armonía inalterable reinaba entre ambos sujetos, siendo de admirar que en la intervención de Donoso en los tratos torquemadescos, resplandecía siempre el más puro desinterés. Habiéndole proporcionado dos ó tres negocios de gran monta, no quiso cobrarle corretaje ni cosa que lo valiera.

Al compás de esta transformación en el orden económico, iba operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en reformas de vestir, y llevada á su mayor desarrollo por medio de transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara á la vista con crudezas de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, ó para sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fué cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado á sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego que le inspiraban sus amigos del café del Gallo y de diversas tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos era antipatía más ó menos declarada y para otros aversión. Alguien encontraba natural que D. Francisco quisiera pintarla, poseyendo, como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las calles en carretelas no pagadas ó que vivían de la farsa y del enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de ingrato y vanidoso... Al fin, hacía lo que todos: después de chupar á los pobres hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las viviendas de los ricos.

Y si en los hábitos, particularmente en el vestir, la evolución se marcaba con rasgos y caracteres que podía observar todo el mundo, en el lenguaje no se diga. Ya sabía decir cada frase que temblaba el misterio, y se iba asimilando el hablar de Donoso, con un gancho imitativo increíble á sus años. Verdad que á lo mejor afeaba los conceptos con groseros solecismos, ó tropezaba en obstáculos de sintaxis. Pero así y todo, á quien no le conociera le daba el gran chasco, porque advertido por su sagacidad de los peligros de hablar mucho, se concretaba á lo más preciso, y el laconismo y tal cual dicharacho pescado en la boca de Donoso le hacían pasar por hombre profundo y reflexivo. Más de cuatro, que por primera vez en aquellos días se le echaron á la cara, veían en él un sujeto de mucho conocimiento y gravedad, oyéndole estas ó parecidas razones: «Tengo para mí que los precios de la cebada serán un enizma en los meses que siguen, por la actitud expectante de los labradores.» Ó esta otra: «Señores, yo tengo para mí (el ejemplo de Donoso le hacía estar constantemente teniendo para sí) que ya hay bastante libertad, y bastante naufragio universal, y más derechos que queremos. Pero yo pregunto: ¿Esto basta? ¿La nación, por ventura, no come más que principios? ¡Oh!, no... Antes del principio, désele el cocido de una buena administración, y la sopa de un presupuesto nivelado... Ahí está el quiquiriquí... Ahí le duele..., ahí... Que me administren bien, que no gotee un céntimo..., que se mire por el contribuyente, y yo seré el primero en felicitarme de ello á fuer de español y á fuer de contribuyente...» Alguien decía oyéndole hablar: «Un poco tosco es este tío; pero ¡qué bien discurre!» ¡Y qué ingenioso el chiste de llamar naufragio al sufragio! Dicho se está que lo juicioso de sus manifestaciones y su fama de hombre de guita le iban ganando amigos en aquella esfera en que desplegaba sus alas. Manifestaciones eran para él cuanto se hablaba en el mundo, y tan en gracia le cayó el término, que no dejaba de emplearlo en todo caso, así le dieran un tiro. Manifestaciones lo dicho por Cánovas en un discurso que se comentaba; manifestaciones lo dicho por la portera de la casa de la calle de San Blas, acerca de si los chicos del tercero hacían ó no hacían aguas menores sobre los balcones del segundo.

Y ya que se nombra la casa de D. Francisco, debe añadirse que la primera vez que entró en ella Donoso para tratar de un fuerte préstamo que solicitaban los duques de Gravelinas, se asombró de lo mal que vivía su amigo; y valido de la confianza que ya tenía con él, se permitió amonestarle en aquel tonillo paternal que tan buen resultado le daba: «No lo creería si no lo viera, amigo D. Francisco... Es que me enfado; tómelo como quiera, pero me enfado, sí, señor... Vamos á ver: ¿no le da vergüenza de vivir en este tugurio? ¿No comprende que hasta su crédito pierde con tener casa tan miserable? ¡Qué dirá la gente! Que es usted Alejandro en puño, un avaro de mal pelaje, como los que se estilan en las comedias. Créame: esto le hace poco favor. Tal como es el hombre, debe ser la casa. Me carga que no se tenga de una personalidad como usted el concepto que merece.»

—¡Pues yo, Sr. D. José, me acomodo tan bien aquí...! Desde que perdí á mi querido hijo, le tomé asco á los barrios del centro. Vivo aquí muy guapamente, y tengo para mí que esta casa me ha traído buena suerte... Pero no vaya á creer, ¡cuidado!, que echo en saco roto sus manifestaciones. Se pensará, D. José, se pensará...

—Piénselo, sí. ¿No le parece que en vez de andar buscando con un candil inquilino para el principal de su casa de la calle de Silva, debe usted instalarse en él?

—¡En aquel principal tan grande!... ¡Veintitrés piezas, sin contar el...! ¡Oh!, no; ¡qué locura! ¿Qué hago yo en aquel palaciote, yo solo, sin necesidades, yo, que sería capaz de vivir á gusto en un cajón de vigilantes de consumos, ó en una garita de guarda-agujas?

—Siga mi consejo, Sr. D. Francisco—añadió Donoso, cogiéndole la solapa,—y múdese al principal de la calle de Silva. Aquella es la residencia natural del hombre que me escucha. La sociedad tiene también sus derechos, á los cuales es locura querer oponer el gusto individual. Tenemos derecho á ser puercos, sórdidos, y á desayunarnos con un mendrugo de pan, cierto; pero la sociedad puede y debe imponernos un coram vobis decoroso. Hay que mirar por el conjunto.

—¡Pero D. José de mi alma, mi personalidad se perderá en aquel caserón, y no sabrá cómo arreglarse para abrir y cerrar tanta puerta!

—Es que usted...

Hizo punto Donoso, como sin atreverse con la manifestación que preparaba; pero después de una corta perplejidad, acomodó sus caderas en el sillón no muy blando que de pedestal le servía, miró á D. Francisco severamente, y accionando con el bastón, que parecía signo de autoridad, le dijo:

—Somos amigos... Tenemos fe el uno en el otro, por cierta compenetración de los caracteres...

—¡Compenetración!—repitió Torquemada para sí, apuntando la bonita palabra en su mente.—No se me olvidará.

—Supongo que usted creerá leal y sincero, inspirado en un interés de verdadero amigo, cuanto yo me permita manifestarle.

—Cierto, por la com... compenetranza..., penetración...

—Pues yo sostengo, amigo D. Francisco, y lo digo sin rodeos, clarito, como se le deben decir á usted las cosas..., sostengo que usted debe casarse.

Aunque parezca lo contrario, no causó desmedido asombro en Torquemada la manifestación de su amigo; pero creyó del caso pintar en su rostro la sorpresa:

—¡Casarme yo, á mis años!... ¿Pero lo dice de verdad? ¡Cristo!, casarme... Ahí es nada lo del ojo... Como si fuera beberse un vaso de agua... ¿Soy algún muchacho?

—¡Bah!... ¿Qué tiene usted, cincuenta y cinco, cincuenta y siete...? ¿Qué vale eso? Está usted hecho un mocetón, y la vida sobria y activa que ha llevado le hacen valer más que toda la juventud encanijada que anda por ahí.

—Como fuerte, ya lo soy. No siento el correr de la edad... Á robustez no me gana nadie, ni á... Qué se yo... Tengo para mí que no carecería de facultades; digo, me parece... Pero no es eso. Digo que adónde voy yo ahora con una mujer colgada del brazo, ni qué tengo yo que pintar en el matrimonio, encontrándome, como me encuentro, muy á mis anchas en el elemento soltero.

—¡Ah!..., eso dicen todos...: libertad, comodidad..., el buey suelto... Pero y en la vejez, ¿quién ha de cuidarle? Y esa atmósfera de santo cariño, ¿con qué se sustituye cuando llegamos á viejos?... ¡La familia, Sr. D. Francisco! ¿Sabe usted lo que es la familia? ¿Puede una personalidad importante vivir en esta celda solitaria y fría, que parece el cuarto de una fonda? ¡Oh! ¿No lo comprende, bendito de Dios? Cierto que usted tiene una hija; pero su hija mirará más por la familia que ella se cree que por usted. ¿De qué le valdrán sus riquezas en la espantosa soledad de un hogar sin afecciones, sin familia menuda, sin una esposa fiel y hacendosa?... Dígame: ¿De qué le sirven sus millones? Reflexione..., considere que nada puedo aconsejarle yo que no sea la misma lealtad. La posición quiere casa, y la casa quiere familia. ¡Buena andaría la sociedad si todos pensaran como usted y procedieran con ese egoísmo furibundo! No, no; nos debemos á la sociedad, á la civilización, al Estado. Crea usted que no se puede pertenecer á las clases directoras sin tener hijos que educar, ciudadanos útiles que ofrecer á esa misma colectividad que nos lleva en sus filas, porque los hijos son la moneda con que se paga á la nación los beneficios que de ella recibimos...

—Pero venga acá, D. José, venga acá—dijo Torquemada echándose atrás el sombrero y tomando muy en serio la cosa.—Vamos á cuentas. Partiendo del principio de que á mí me dé ahora el naipe por contraer matrimonio, queda en pie la gran cuestión, la madre del cordero... ¿Con quién...?

—¡Ah!..., eso no es cuenta mía. Yo planteo la cuestión; no soy casamentero. ¿Con quién? Busque usted...

—Pero D. José, venga acá. ¡Á mis años...! ¿Qué mujer me va á querer á mí con esta facha?... Digo, mi facha no es tan mala, ¡cuidado! Otras hay peores.

—Digo... si las hay peores.

—Con cincuenta y seis años que cumpliré el 21 de Septiembre, día de San Mateo... Cierto que no faltaría quien me quisiera por mi guano..., digo, por mi capital; pero eso no me llena, ni puede llenar á ningún hombre de juicio.

—¡Oh!, naturalmente. Bien sé yo que si usted anunciara su blanca mano, se presentarían cien mil candidatas. Pero no se trata de eso. Usted, si acepta mis indicaciones, contrarias de todo en todo al celibato, busque, indague, coja la linterna y mire por ahí. ¡Ah, ya sabrá, ya sabrá escoger lo mejorcito! Á buena parte van. Mi hombre sabe ver claro, y posee una sagacidad que da quince y raya al lucero del alba. No, no temo yo que pueda resultar una mala elección. ¿Existe la persona que emparejará dignamente con D. Francisco? Pues si existe, contemos con que D. Francisco la encuentra, aunque se esconda cien estados bajo tierra.

—¡Vaya, que á mis años...!—repitió el usurero con ligera inflexión de lástima de sí mismo.

—No tergiverse la cuestión ni se escape por la tangente de su edad... ¡Su edad! Si es la mejor. Como usted, en caso de volver á la cofradía, no habría de descolgarse con una mocosa, frívola y llena la cabeza de tonterías, sino con una mujer sentada...

—¿Sentada?

—Y de una educación intachable...

—¡Pero qué cosas tiene D. José!... Salir ahora con la peripecia de que debo casarme... ¡Y todo por la... colectividad!—dijo Torquemada rompiendo á reir como un muchacho, ávido de bromas.

—No—replicó Donoso, levantándose despacio, como quien acaba de cumplir un alto deber social,—no hago más que señalar una solución conveniente; no hago más que decir al amigo lo que entiendo razonable y eminentemente práctico.

Salieron juntos, y aquel día no hablaron más de casorio. Pero antes de que concluyera la semana, D. Francisco se mudó á su amplísimo principal de la calle de Silva.

XIV

Había él oído mil veces el casado casa quiere; pero nunca oyó que por el simple hecho de tener casa debiera un cristiano casarse. En fin, cuando Donoso lo decía, su poco de razón habría seguramente en ello. Las noches que siguieron á aquella memorable conversación, estuvo el hombre receloso y asustado en la tertulia de las señoras del Águila. Temía que D. José saliese allí con la tecla del casorio, y francamente, si llegaba á sacarla, de fijo el aludido se pondría como un pimiento. De sólo pensarlo le subían vapores á la cara. ¿Por qué le daba vergüenza de oirse interrogar sobre nuevas nupcias delante de Crucita y Fidelita? ¿Acaso le había pasado por las mientes ahorcarse con alguna de ellas? Oh, no; eran demasiado finas para que él pretendiese tal cosa; y aunque su pobreza las bajaba enormemente en la escala social, conservaban siempre el aquel aristocrático, barrera perfumada que no podía salvar con todo su dinero un hombre viejo, groserote y sin principios. No; nunca soñó tal alianza. Si alguien se la hubiera propuesto, el hombre habría creído que se reían en sus barbas.

Una noche Cruz le habló de Valentinico, y las dos hermanas mostraron tal interés en saber pormenores de la vida y muerte del prodigioso niño, que Torquemada no paró de hablar hasta muy alta la noche, contando la triste historia con sinceridad y sin estudio, en su lenguaje propio, olvidado de los terminachos que se le caían de la boca á Donoso y que él recogía. Habló con el corazón, narrando alegrías de padre, las amarguras de la enfermedad que le arrebató su esperanza, y con calor y naturalidad tan elocuentes se expresó el hombre, que las dos damas lloraron, sí, lloraron, y Fidela más que su hermana; como que no hacía más que sonarse y empapar el pañuelo en los ojos. Rafael también oyó con recogimiento lo que contaba D. Francisco; pero no lloraba, sin duda por no ser propio de hombres, ni aun ciegos, llorar. Él sí que echaba unos lagrimones del tamaño de garbanzos, como siempre que alguien refrescaba en su espíritu la fúnebre historia.

Y para que se vea cómo se enlazan los hechos humanos y cómo se va tejiendo esta trenza del vivir, aquella noche, paseándose en su cuarto delante del altarito con las velas encendidas, no podía pensar más que en las dos damas gimoteando por la memoria del pobre Valentinico, y en la circunstancia notoria de que Fidela había llorado más que Cruz, pero más. Bien lo sabía ya el chiquillo sin que su padre se lo dijera. Acostóse D. Francisco ya muy tarde, cansado de dar vueltas y de hacer garatusas delante del vargueño, cuando en medio de un letargo oyó claramente la voz del niño: «¡Papá, papá!...»

—¿Qué, hijo mío?—dijo levantándose de un salto, pues casi siempre dormía medio vestido, envuelto en una manta.

Valentín le habló en aquel lenguaje peculiar suyo, sólo de su padre entendido, lenguaje que era rapidísima transmisión de ojos á ojos.

—Papá, yo quiero resucitar.

—¿Qué, hijo mío?—repitió el tacaño sin entender bien, restregándose los ojos.

—Que quiero resucitar, vamos, que me da la gana de vivir otra vez.

—¡Resucitar..., vivir otra vez..., volver al mundo!

—Sí, sí. Ya veo lo contento que te pones. Yo también, porque, lo que te digo: aquí se aburre uno.

—¿Según eso, te tendré otra vez conmigo, pedazo de gloria?—exclamó Torquemada sentándose, ó más bien cayéndose sobre una silla, cual si estuviera borracho perdido.

—Volveré á ese mundo.

—Resucitando, como quien dice, al modo que Jesucristo; saliéndote tan guapamente de la sepulturita perpetua que... me costó diez mil reales.

—Hombre, no; eso no podría. ¿Tú qué estás pensando? Salir así..., ¿cómo dices?, ¿grande y con el cuerpo de cuando me morí?... Quítate. Así no me dejan...

—Pues así, así debe ser. ¿Quién se opone? ¿El Grandísimo Todo? Ya, ya veo la tirria que me tiene por si digo ó no digo de él lo que me da la gana, ¡ñales! Pero conmigo que no juegue...

—Cállate... El Señor Grandísimo es bueno y me quiere. Como que me deja hacer en todo mi santísima voluntad, y ahora me ha dicho que me salga de este elemento, que me vaya contigo para convertirte y quitarte de la cabeza tus herejías endemoniadas.

—¿Y vienes á este elemento?—murmuró Torquemada, hecho un ovillo, la cabeza entre las piernas.

—Al elemento de la Humanidad bonita. Pero me da risa lo que tú piensas, padre. ¡Creer que salgo de la fosa con mi cuerpo de antes! ¿Estamos en los tiempos de la Biblia? No y no. Entérate bien: para ir allá, tengo que volver á nacer.

—¿Volver á nacer?

—Verbigracia, nacer chiquitín, como se nace siempre, como la otra vez que nací, que no fué la primera, digo que no fué la primera, ¡ñales!

—Entonces, hijo mío..., me vestiré... ¿Qué hora es? Iré á avisar al comadrón, D. Francisco de Quevedo, calle del Ave María.

—Todavía no... ¿Qué prisa hay? Pues apenas falta tiempo para eso. Tú estás tonto, padre.

—Sí que lo estoy. No sé lo que me pasa. Ya me parece que despunta el día. Las velas alumbran poco, y no te veo bien la cara.

—Es que me borro, yo no sé qué tengo que me borro. Me voy volviendo chiquitín...

—Espérate... ¿Y tu mamá, dónde está? (Al decir esto, Torquemada, tendido cuan largo era en medio de la estancia, parecía un muerto.) Se me figura que la he sentido gritar... Lo que dije, empiezan los dolores; hay que avisar.

—No avises, no. Estoy tan chiquitín que no me encuentro. No tengo más que el alma, y abulto menos que un grano de arroz.

—Ya no veo nada. Todo tinieblas. ¿Dónde estás? (En esto se arrastraba á gatas por el cuarto.) Tu mamá no parece. La traía yo en el bolsillo, y se me ha escapado. Puede que esté dentro de la caja de fósforos... ¡Ah, pícaro! La tienes tú ahí, la escondes en el bolsillo de tu chaleco.

—No, tú la tienes. Yo no la he visto. El Grandísimo Todo me dijo que era fea...

—Eso no.

—Y vieja.

—Tampoco.

—Y que no sabía cómo se llamaba, ni le hacía falta averiguarlo.

—Yo sí lo sé; pero no te lo digo.

—Tiempo tengo de saberlo.

—Partiendo del principio de que sea quien tú crees...

—No se dice así, papá. Se dice: en el mero hecho de que sea...

—Justo: en el mero hecho; se me había olvidado el término... Pues si es, que sea, y si no es, que no sea... Será otra.

Púsose en cuclillas con gran dificultad, y sobándose los ojos miraba con estupefacción el altarito, diciendo: «¡Qué cosas me pasan!» Valentinico no replicaba.

—¿Pero es verdad que...?—le preguntó don Francisco, que se había quedado solo.—Tengo frío. Me salí de la cama sin echarme el chaquetón, y no tendrá maldita gracia que coja una pulmonía. Lo que haría yo ahora es tomar algo, por ejemplo, migas ó unas patatas fritas. Pero á estas horas, ¿cómo le planteo yo á Rumalda la cuestión de que me haga el almuerzo?... Juraría que mi hijo quiere nacer y que me lo ha dicho... Pero yo, triste de mí, ¿cómo lo nazgo?... Me volveré á la cama, y dormiré un poco si puedo. Todo ello será una suposición, un mero hecho. Le contaré á Donoso lo que me pasa, y resuelva él mismamente esta... hipoteca, digo, hipótesis, que es como decir lo que se supone. Para que mi hijo nazca, se necesita en primer término una madre, no, en primer término un padre. D. José quiere que yo sea padre de familia, como quien dice, señor de muchas circunstancias. Ya le veo las cartas al señor de Donoso, que me estima, sí, me estima... Pero no puede ser. Dispense usted, amigo mío; pero no hay forma humana de que se realice ese..., ¿cómo se dice? ¡Ah!, sí..., desideratum. Yo le agradezco á usted mucho el desideratum, y estoy muy envanecido de saber que..., muy satisfecho, y á la verdad, también tengo yo unas miajas de desideratum...; pero hay una barrera...: eso de las clases. Pronto se dice que no hay clases; pero al decirlo, las dichosas clases saltan á la vista y le dejan á uno corrido... Dispénseme, D. José, dispénseme; pídame usted lo que quiera, la Biblia en pasta, pero no me pida eso. La idea de que me digan: «¡So!, vete de ahí, populacho, que apestas», me subleva y me pone á morir. Y no es que yo huela mal. Bien ve usted que me lavo y me aseo. Y hasta el aliento, que según me decía doña Lupe tiraba un poco para atrás..., se me ha corregido con la limpieza de la boca...; y desde que me quité la perilla, que parecía un rabo de conejo, tengo mejor ver. Dice Rumalda que me parezco algo á O’Donnell cuando volvía del África... En fin, que por lo físico no hay caso. Tengo para mí que en igualdad de circunstancias, sería yo el preferido; es decir, si yo fuera más fino y de nacimiento y educación más compatibles... Pero no, no soy compatible, no caso, no ajusto... Mi corteza es muy dura, áspera y picona como lija... No puede ser, no puede ser.

Pasado algún tiempo se agitó en la cama, diciéndose con sobresalto: «¿Apostamos á que he roncado? Sí, ronqué... Me oí soltar un piporrazo como los de los funerales... Esto sí que es gordo... Y yo pregunto: El Sr. Donoso, que es hombre tan fino, ¿roncará? Y aquellas delicadísimas señoras..., ¡por vida del Todísimo!, ¿roncarán?»

XV

Á causa de la mala noche estuvo destemplado y ojeroso toda la mañana siguiente, y por la tarde se le vió hecho un azacán, persiguiendo gangas de almoneda para amueblar con decencia, dentro de la economía, su nueva casa. No compró cama de matrimonio, porque ya la tenía, y de palosanto, adquirida por doña Silvia en un precio bajísimo. Y como Ruiz Donoso se tomaba la confianza de asesorarle en aquellos arduos asuntos, aun antes de que D. Francisco le pidiera su leal parecer sobre ellos, resultó que fueron comprados multitud de objetos pertinentes al uso de señoras distinguidas, algunos tan extraños, que no sabía Torquemada para qué demonios servían. Como adquirido en liquidaciones diferentes, por embargo, quiebra ó defunción, el mueblaje era de lo más heterogéneo que imaginarse puede. Pero la casa iba resultando elegante, de rico y señoril aspecto. Imposible que dejase de hablarse de ella en la tertulia de las del Águila: Cruz pedía informes, se hacía explicar y describir todos los trastos, expresando opiniones discretísimas sobre la necesaria armonía entre la comodidad y la elegancia.

Una de aquellas tardes (debió de ser pocos días después de la mudanza) fueron de paseo Torquemada y su modelo, charlando de negocios. Á la vuelta del Retiro por el Observatorio, saltó la conversación á lo del pleito, y D. José, parándose en firme, expresó una opinión optimista acerca de él; mas luego venían los peros, una cáfila de inconvenientes que quitaban todo su efecto á la primera afirmación. Había que gastar mucho, y como las señoras carecían de posibles, quizás..., y sin quizás, tendrían que abandonar su derecho por falta de medios para demostrarlo. ¡Qué pena! ¡Una cosa tan clara! Él había agotado en obsequio de sus buenas amigas toda su actividad, todas sus relaciones, y por fin, su corto peculio. Y no le pesaba, no. ¡Eran tan dignas ellas de que todo el mundo se sacrificara por servirlas y sacarlas de su horrorosa situación! Pero ésta, ¡ay!, empeoraba, hasta el punto de que las señoras y su infeliz hermano tendrían pronto que pedir plaza en un asilo de mendicidad: ya no poseían renta alguna, pues lo último que restaba de una lámina intransferible, bocado á bocado se lo habían ido comiendo; ya no tenían nada que vender ni que empeñar. «Por mi parte—añadió descorazonado y casi á punto de romper en llanto,—he hecho cuanto humanamente podía. Los gastos del pleito absorben los tres cuartos de mi paga, y héteme aquí imposibilitado de ir más adelante, Sr. D. Francisco. Habrá que abandonar á los pobres náufragos, pues ni agarrándolos por los cabellos se les puede sacar á flote. Me voy temiendo que Dios se ha empeñado en ahogar á esa digna familia, y que todos nuestros esfuerzos por salvarla son inútiles. Dios lo quiere, y como dueño absoluto de vidas y haciendas, lo hará.»

—Pues no lo hará—dijo Torquemada bravamente, soltando un terno y reforzándolo con fuerte patada.

—¿Y qué podremos nosotros contra los designios...?

—¡Qué desinios ni qué...! (Aquí una palabra que no se puede copiar.) Las señoras ganarán el pleito.

—¡Oh!, sí... Pero... garantíceme usted que llegaremos á la sentencia. Yo confío en la rectitud del Consejo de Estado; pero de aquí á que el pleno falle, hay una tiradita de tiempo y de gastos, en la cual nos veremos obligados á abandonar el asunto.

—No se abandonará.

—¿Usted...?

—Yo, yo. Héteme aquí diciendo: adelante con los faroles y con el litigio. Pues no faltaba más.

—Eso varía... Concretemos: usted...

—Yo, sí, señor; yo, Francisco Torquemada ordeno y mando que se pleitee. ¿Qué hace falta?, ¿Un abogado de los gordos? Pues á él. ¿Qué más? ¿Levantar un monte de papel sellado? ¡Pues hala con él!... Nada de abandono. Ó hay corazón ó no hay corazón. ¿Está claro el derecho? Pues saquémoslo por encima de la cabeza del mismísimo Cristo.

—Bueno... Me parece muy bien—dijo Donoso agarrando á su amigo por el brazo, pues en el calor de la improvisación, á punto estuvo de que le cogiera un carruaje de los que en tropel bajaban del Retiro.

Emprendieron la caminata por el Paseo de Atocha, hacia el Prado, á la hora en que los faroleros encendían el gas, y en que los paseantes á pie y en coche regresaban en bandadas en busca de la sopa. Allá por el Museo vieron un hormigueo de luces en el Prado, y les dió en la nariz tufo de aceite frito. Era la verbena de San Juan. Ya comenzaba el bullicio, y por evitarlo subieron los dos respetables amigos por la Carrera, charlando sobre lo mismo, parándose á ratos, para poder expresar con cierto reposo las graves cosas que les salían del cuerpo. «Conformes, Sr. D. Francisco—dijo Donoso allá frente á los leones del Congreso.—Permítame que le felicite por su delicadeza, virtud de la cual veo en usted uno de los ejemplos más raros. He dicho delicadeza, y añado abnegación, porque abnegación grande se necesita para hacer frente á tales dispendios sin..., vamos, sin obtener ninguna ventaja... Si usted me lo permite, le diré que me parece mal, pero muy mal... (Torquemada no chistaba.) Digo que no me parece bien, y que usted, modesto en demasía, no se aprecia en lo que vale. Le basta con la gratitud de las señoras, y francamente, no veo paridad entre la recompensa y el servicio. Y no es que sea yo muy positivista...; es que me duele verle á usted achicarse tanto...»

Como D. Francisco no rezongaba, clavados sus ojos en el suelo cual si tomara nota de las rayas de las baldosas, arrancóse el otro á mayores claridades, y allá por la esquina de Cedaceros paróse otra vez en firme, y con gallardía rasgó el velo en esta forma:

—Ea, basta de jugar á la gallina ciega con nuestras intenciones, Sr. D. Francisco. ¿Para qué hacemos misterio de lo que debe ser claro como la luz? Yo le adivino á usted los sentimientos. ¿Quiere que le describa el estado de su ánimo?

—¿Á ver...?

—Pues desde que tuve la honra de hablarle de un delicado asunto..., vamos, de la conveniencia de tomar estado, la idea ha ido labrando en usted... ¿Es ó no cierto que desde entonces no cesa usted de pensar en ello noche y día...?

—Es ciertísimo.

—Usted piensa en ello; pero su descomunal modestia le impide tomar una resolución. Se cree indigno, ¡oh!, siendo, por el contrario, digno de las mayores felicidades. Y ahora, cuando planteamos la cuestión de sacar adelante el pleito famoso; ahora, cuando usted se dispone á prestar á esa familia un servicio impagable, su delicadeza viene á remachar el clavo, porque si antes se sentía usted cohibido como diez, ahora lo está como doscientos mil, y no cesa de atormentarse con este argumento, que es un verdadero sofisma: «Yo, que me creo indigno de aspirar á la mano, etcétera..., ahora que, por venir las cosas rodadas, les presto este servicio, etcétera, menos puedo pensar en casorio, porque creerían ellas y el mundo, etcétera, que vendo el favor ó que compro la mano, etcétera...» ¿Es esto, sí ó no, lo que piensa el amigo Torquemada?

—Eso mismísimo.

—Pues me parece una tontería mayúscula, Sr. D. Francisco de mi alma, que usted sacrifique sentimientos nobilísimos ante el ídolo de una delicadeza mal entendida.

Dijo esto con tanta gallardía, que á Torquemada le faltó poco para que la emoción le hiciera derramar lágrimas.

—Es que..., diré á usted..., yo..., como soy así..., no me ha gustado nunca ser mayúsculo, vamos al decir, picar más alto de lo que debo. Cierto que soy rico; pero...

—¿Pero qué?

—Nada, no digo nada. Dígaselo usted todo...

—Ya sé lo que usted teme: la diferencia de clases, de educación, los timbres nobiliarios... Todo eso es música en los tiempos que corren. ¿Se le ha pasado por las mientes que sería rechazado?...

—Sí, señor... Y este cura, aunque de cepa humilde y no muy fuerte en finuras de sociedad, porque no ha tenido tiempo de aprenderlas, no quiere que nadie le desprecie, ¡cuidado!

—Y la pobreza de ellas le cohibe más, y dice usted: «no vayan á creer que porque son pobres les hago la forzosa...»

—Justo... Parece que anda usted por dentro de mí con un farolito, registrando todas las incumbencias y sofismas que me andan por los rincones del alma.

Aproximábanse á la Puerta del Sol, donde habían de separarse, porque Donoso vivía hacia Santa Cruz, y el camino de Torquemada era la calle de Preciados. Fué preciso abreviar la conferencia, porque á entrambos les picaba la necesidad, y en su imaginación veían el santo garbanzo.

—No hay para qué decir—indicó Donoso—que he hablado por cuenta propia antes y ahora, y que jamás, jamás, puede creerlo, hemos tocado esta cuestión las señoras y yo... Debo recordar además que la pobre doña Lupe, que en gloria esté, abrigaba este proyecto...

—Sí que lo abrigaba—replicó D. Francisco, encantado de la frase ¡abrigar un proyecto!

—Algo me dijo á mí.

—Y á mí. Como que me volvió loco el día de su defunción.

—En ella debió de ser manía, y me consta que indicó á las señoras...

—Las cuales no me conocían entonces.

—Justo; ni yo tampoco. Ahora nos conocemos todos, y yo, amigo D. Francisco, me voy á permitir...

—¿Qué cosa?

—Me voy á permitir proponer á usted que ponga el asunto en mis manos. ¿Cree que seré buen diplomático?

—El mejor que ha echado Dios al mundo.

—¿Cree que sabré dejar á salvo la dignidad de todos en caso de aceptación y en caso de repulsa?

—¿Pues qué duda tiene?

—Ea... No hay más que hablar por ahora. Adiós, que es tarde.

Se despidió con un fuerte apretón de manos, y no había andado seis pasos, cuando D. Francisco, que perplejo quedó en la esquina de Gobernación, sintióse asaltado de una duda punzante... Quiso llamar á su amigo; pero éste se había perdido ya entre la muchedumbre. El tacaño se llevó las manos á la cabeza, formulando esta pregunta: «¿Pero... con cuál?» Porque Donoso hablaba siempre en plural: las señoras. ¿Acaso pretendía casarle con las dos? ¡Demonio, la duda era para volver loco á cualquiera! Lanzándose intrépido en el torbellino de la Puerta del Sol, y haciendo quiebros y pases para librarse de los tranvías y evitar choques con los transeuntes, interrogaba mentalmente la esfinge de su destino: «¿Pero con cuál, ¡ñales!, con cuál...?»

XVI

Le faltó ánimo aquella noche para acudir á la tertulia; porque si á D. José le tentaba el demonio y planteaba la cuestión allí, cara á cara, ¿debajo de qué silla ó de qué mesa se metería él? Y no se achicaba, no; después de lo hablado con Donoso, tan hombre era él como otro cualquiera. Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen nada? ¿No se compensaba una cosa con otra, es decir, la democracia del origen con la aristocracia de las talegas? ¿Pues no habíamos convenido en que los santos cuartos son también aristocracia? ¿Y acaso acaso las señoritas del Águila venían en línea recta de algún Archipámpano ó del Rey de Babilonia? Pues si venían que vinieran. El cuento era que á la hora presente no tenían sobre qué caerse muertas, y su propiedad era... lo que las personas bien habladas llaman un mito..., un pleito que se ganaría allá para la venida de los higos chumbos. ¡Ea, nada de repulgos ni de hacerse el chiquitín! Bien podían las tales darse con un canto en los pechos, que brevas como él no caían todas las semanas. ¿Pues á qué más podían aspirar? ¿Había de venir el hijo mayor del Emperador de la China á pedir por esposa á Crucita, ya llena de canas, ó á Fidelita, con los dientes afilados de tanta cáscara de patata como roía? ¡Ay, ya iba él comprendiendo que valía más de lo que pesaba! ¡Fuera modestia, fuera encogimientos, que tenían por causa el no dominar la palabra y el temor de decir un disparate que hiciera reir á la gente! No se reirían, no; que gracias á su aplicación ya había cogido sin fin de términos, y los usaba con propiedad y soltura. Sabía encomiar las cosas diciendo muy á cuento: excede á toda ponderación. Sabía decir: si yo fuera al Parlamento, nadie me ganaría en poner los puntos sobre las íes. Y aunque no supiera, ¡ñales!, su pesquis para los negocios, su habilidad maravillosa para sacar dinero de un canto rodado, su economía, su formalidad, su pureza de costumbres, ¿no valían nada? Á ver, que le sacaran á relucir algún vicio. Él ni bebida, él ni mujeres, él ni juego, él ni tan siquiera el inofensivo placer del tabaco. Pues entonces..., ¿por qué le habían de rechazar? Al contrario, verían el cielo abierto, y creerían que el Santísimo y toda su corte se les entraba por las puertas de la casa. Razonando de este modo se tranquilizó, llenándose de engreimiento y de confianza en sí mismo. Pero luego volvía la terrible duda: «¿Con cuál, Señor, con cuál?»

En un tris estuvo, por la mañana, que escribiera una esquelita á D. José Donoso rogándole que le sacara de aquella enfadosa incertidumbre. Pero no lo hizo. ¿Para qué, si pronto había de despejarse la incógnita? Al fin, como las señoras mandaran recado á su casa preguntando por su salud (con motivo de haber hecho rabona en la tertulia de la noche precedente), no tuvo el hombre más remedio que ir. Casi casi lo deseaba. ¡Qué miedo ni qué ocho cuartos! Cada uno es cada uno. Si le rechazaban, ellas se lo perdían. Por mucho que se les subiera á la cabeza el humillo de la vanidad, no dejarían de comprender que de hombres como él entran pocos en libra... ¡Y á fe que estaban los tiempos para reparillos y melindres!... Sin ir más lejos, véase á la Monarquía transigiendo con la democracia, y echando juntos un piscolabis en el bodegón de la política representativa. ¿Y este ejemplo no valía? Pues allá iba otro. La aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo abonaba (en el sentido de estercolar) el pueblo enriquecido. ¡Y que no había hecho flojos milagros el sudor de pueblo en aquel tercio de siglo! ¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos á quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao ó prestando á rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, ó que pasaron hambres por juntar para unas alpargatas? Pues bien: á ese elemento pertenecía él, y era un nuevo ejemplo del sudor de pueblo fecundando... No sabía concluir la frase.

Esto pensaba al subir la escalera de la casa de sus amigas, casi casi podía decir de sus mujeres; pues no pudiendo discernir en su agitada mente cuál de las dos le tocaría, se le representaba el matrimonio dando una mano á cada una. Abrióle Cruz, que le llevó á la sala, como si quisiera hablarle á solas. «Esto de enchiquerarme en la sala—pensó Torquemada—me huele á manifestaciones. Ya tenemos la pelota en el tejado.»

En efecto, Cruz, que había llevado á la salita la lámpara que de ordinario alumbraba la tertulia en el gabinete, le acorraló allí para manifestarle con fría urbanidad que el señor de Donoso les (¡siempre el plural!) había hablado de un asunto, cuya importancia ni á ellos ni al señor de Torquemada se podía ocultar. Inútil decir que las señoras se sentían honradísimas con la... indicación... No era aún más que indicación; pero luego vendría la proposición. Honradísimas, naturalmente. Agradecían con toda su alma el nobilísimo rasgo... (rasgo nada menos) de su noble amigo, y estimaban sus nobles sentimientos (tanta nobleza empalagaba ya) en lo mucho que valían. Mas no era fácil dar respuesta categórica hasta que no pasara algún tiempo, pues cosa tan grave debía mirarse mucho y pesarse... Así convenía á la dignidad de todos. Contestó D. Francisco en frases entrecortadas y rápidas, sin decir nada en substancia, sino que él abrigaba la convicción de..., y que él había hecho aquellas manifestaciones al señor de Donoso movido de la lástima..., no, movido de un sentimiento... nobilísimo... (ya todos éramos nobilísimos); que su deseo de ser grato á las señoras del Águila excedía á toda ponderación...; que se tomaran todo el tiempo que quisieran para pensarlo, pues así le gustaban á él las cosas, bien pensaditas y bien mediditas...; que él era muy sentado, y evacuaba siempre despacito y con toda mesura los asuntos de responsabilidad.

Breve fué la conferencia. Dejóle solito un instante la señora, y él se paseó agitadísimo por la angosta sala, otra vez atormentado por aquella duda, que ya se iba volviendo del género cómico, de un cómico verdaderamente sainetesco. Fué á dar ante el espejo, y al ver su imagen no pudo menos de increparse con saña: «¡Pero hombre, si serás burro que todavía no sabes con cuál ha de ser!... Pedazo de congrio, pregúntalo, pregúntalo, que es ridículo ignorarlo á estas alturas..., aunque también preguntarlo es gran mamarrachada, ¡ñales!»

La entrada del señor de Donoso puso fin á estas manifestaciones internas, y no tardaron los cinco personajes en hallarse reunidos en el próximo gabinete, las señoras próximas á la luz, D. Francisco junto al ciego y Donoso allá en la marquesita del ángulo, apartado como en señal de veneración, para que sus palabras, teniendo que recorrer un espacio relativamente largo, resonaran con mayor solemnidad. Perdido ya el miedo, Torquemada, si le pinchan, arroja en medio de la noble sociedad su pregunta explosiva: «Conque á ver, sepamos, señoras mías, con cuál de ustedes me voy á casar yo.» Pero no hubo nada de esto, porque ni alusiones remotísimas se hicieron al peliagudo caso; y por más atención que puso, no pudo descubrir el avaro ninguna novedad en el rostro de las dos damas, ni síntoma alguno de emoción. ¡Cosa más rara! Porque lo natural era que estuviese emocionada la que... la que fuese. En Cruz, únicamente podía observarse un poco de animación; en Fidela, quizás, quizás un poco más de palidez. Amables como siempre las dos señoritas, no le dijeron al pretendiente nada que él no supiera; de lo que dedujo que no les importaba un comino el casorio, ó que disimulaban la procesión que les andaba por dentro. Lo que sí pudo notar D. Francisco, fué que á Rafael no hubo medio de sacarle del cuerpo una palabra en toda la velada. ¿Cuál sería el motivo de que estuviese el bendito joven tan tétrico y metido en sí? ¿Tendría relación aquella..., ¿cómo se decía?..., ¡ah!, actitud..., aquella actitud con el proyectado casorio? Puede que no, porque probablemente nada le habrían dicho sus hermanas.

Cruz siempre afable, guardando la distancia, señora neta y de calidad superior; Fidela más corriente, tendiendo á la familiaridad festiva, con leves atrevimientos y mayor flexibilidad que su hermana en la conversación. Tales fueron aquella noche, como la anterior, como siempre; mas por lo tocante al materialismo de aquel proyecto que alborotaba el espíritu y los nervios de Torquemada, fueron un par de jeroglíficos á cual más enigmático é indescifrable. Ya le iba cargando á D. Francisco tanto repulgo, tanto fruncido de labios, marcando la indiferencia, y tanto escoger y recalcar las palabras más sosas y que no decían carne ni pescado. Deseaba que terminase la tertulia para salir de estampía y desahogarse con D. José... ¡Ah, gracias á Dios que se acababa al fin! «Buenas noches... Conservarse...» En la escalera no quiso decir nada, porque las señoras, que salían de faroleras, podían oir. Pero en cuanto llegaron á la calle, cuadróse el hombre, y allí fué el estallar de su cólera, con la grosería que informaba su ser efectivo anterior y superior á los postizos de su artificiosa metamorfosis.

—¿Me quiere usted decir qué comedia de puñales es ésta?

—¡Pero D. Francisco...!

—Si se han enterado, ¡me caigo en la mar!, ¿por qué tanta tiesura? ¡Vaya que ni tan siquiera darle á entender á uno que les retoza un poco de alegría por el cuerpo!...

—¡Pero D. Francisco...!

—Y sobre todo, y esto es lo que más me revienta..., dígame, dígamelo pronto... ¿Con cuál de las dos me caso?... El demonio me lleve si lo entiendo... ¡Puñales y la Biblia en pasta!

—Moderación, mi querido D. Francisco. Y parta del principio de que yo no intervengo si...

—Yo no parto de más principio ni de más postre, ¡cuerno!, sino del saber ahora mismo...

—¿Con cuál...?

—¡Sí, con cuála! Sépalo yo con cien mil gruesas de demonios y con la Biblia en pasta...

—Pues... no lo sé yo tampoco todavía. Estamos en lo más delicado de las negociaciones, y si no me confirma sus poderes plenos, aguardando con moderación y calma lo que resulte, me desentiendo, y nombre usted otro... legado pontificio (echándose por lo festivo), ó trate usted directamente con la potencia.

—¡Mecachis con la potencia! Yo creía..., vamos..., parecía natural (calmándose) que lo primero fuera saber cuál es la rama en que á uno le cuelgan... De modo que...

—Nada puedo decir aún sobre ese particular, cuya importancia soy el primero en reconocer.

—Apañado estoy... Ya debe comprender que tengo razón... hasta cierto punto, y que otro cualquiera, en igualdad de circunstancias...

Al ver que se ponía otra vez la máscara de finura, Donoso le tuvo por vencido, y le encadenó más diciéndole:

—Repito que si mis gestiones no le acomodan, ahí va mi dimisión de ministro plenipotenciario...

—¡Oh, no, no!... No la admito, no debo admitirla..., ¡cuidado! Es más, suplico á usted que la retire...

—Queda retirada. (Palmetazo en el hombro.)

—Dispénseme si se me fué un poco la burra...

—Dispensado, y tan amigos como antes.

Separáronse en la Red de San Luis, y Torquemada se fué rezongando; aún repercutían en su interior los ecos de la tempestad, mal sofocada por la fascinación que D. José Donoso ejercía sobre él.

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