Benito Pérez Galdós (continued 6)
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CENTENO.—Usted cree que las cosas han de pasar según usted se las imagina... No sea memo... Todo sucede al revés de lo que se piensa...
IDO.—(Vanidosamente.) Lo que es a mí, chico, la realidad me da siempre la razón... Pero no te entretengas... Me parece que Doña Rosalía te llama.
CENTENO.—Que espere esa fantasmona. No se la puede aguantar... Y que le gusta mandarnos, como si fuera el ama de la casa. ¡Qué humos tan cargantes! Ayer me tiró de esta oreja... por poco echo sangre... me llamó mequetrefe y me dijo: «te estás haciendo muy señorito, y yo te voy a leer la cartilla...». Pues no es entrometida que digamos; y ainda mais, amigo Ido. Anoche cogió los dos jarritos finos que tienen flores de porcelana por arriba y por abajo, ¿sabe?, y se los llevó la muy... Dijo que aquí no hacían falta para nada. Anteayer cargó con una docena de servilletas que no se habían estrenado y con tres manteles... En fin, esto es el puerto de arrebata-capas. A mí me dan ganas de echarle el alto cuando veo tales frescuras.
IDO.—(Con malicia.) No te metas en eso, amigo Aristóteles, que el amo es el amo, y bien ve lo que hace la tal... y cuando lo ve y calla, por algo será... Esta mañana entró en el despacho diciendo: «¿Hay por aquí un pedacito de papel?», y cargó con tres resmas del timbrado y con unos trescientos sobres. Ahí tienes los pedacitos que gasta esa señora... Silencio; me parece que...
ROSALÍA.—(Desde la puerta, enojadísima y en tono muy despótico.) ¡Felipe!... te estoy llamando hace una hora... Eres la calamidad mayor que he visto. No sé cómo Agustín te tolera, grandísimo haragán... A ver... las camisas de tu amo, mequetrefe ¿dónde las has puesto?
XXXIX
Cuando Agustín se acercaba, ganando escalones, a la alta vivienda de Amparito, Doña Nicanora descendía.
«¡Ah!, ¿es usted?—dijo sorprendida la esposa de Ido—. Está mejor. Ayer se levantó. Hace un rato ha comido muy bien... No necesita el señor llamar. He dejado la puerta abierta, porque vuelvo en seguida».
Amparo estaba en un sillón, bien arropada, tapándose la boca con la mano derecha envuelta en un pliegue del mantón. Por los vidrios de la estrecha ventana miraba los gorriones que en el tejado vecino hacían mil monerías, y luego volaban en grupos, perdiéndose en el cielo azul. El día era espléndido, y mirando aquel cielo no se comprendía que existiera el fenómeno de la lluvia. Cuando sintió rechinar la puerta y miró y vio quién entraba, estuvo a punto de perder el sentido. No pronunció una palabra; entrole aquel idiotismo de los días anteriores. Agustín, muy cortés, se sonrió, y traspasado de emoción, preguntole que cómo estaba. Ella no sabe si dijo bien o mal, ni aun si dijo algo. El que había sido su novio tomó una silla y se sentó a su lado.
«¿Qué tal?—dijo después de una pausa, comiéndosela con los ojos—. ¿Has tomado alimento? ¿Cómo estamos de fuerzas?».
—Hace un momento... regular... bien.
Juez el uno, delincuente la otra, ambos parecían criminales.
—Vengo a despedirme—indicó Agustín, tras otra larga pausa—. Esta tarde me voy para Francia.
Amparo pestañeaba, mirándole. Sus párpados eran el movimiento continuo...
«No llores, no te sofoques—dijo el ex-novio—. Todo se acabó entre nosotros; pero no te guardo rencor. Tu poca sinceridad me ha herido tanto como tu falta, de la cual nada concreto sé todavía, porque nadie me ha dado las pruebas que deseo... Pero sea lo que quiera, tú misma me has dicho lo bastante para que no puedas ser mi mujer. No necesito saber más, no quiero saber más... No me mereces. Reconoce que no me mereces. Yo, al marcharme, te dejaré a salvo de la miseria por algún tiempo... porque he de irme lejos, y es seguro que no has de volver a verme, ni yo a ti tampoco».
La entereza que mostraba le iba a faltar; por lo que creyó prudente retirarse, a fin de que su dignidad no padeciera. Levantábase para salir, cuando se sintió sujeto por una mano. Tiró fuerte, pero no se desprendía. La mano ajena que agarraba la suya tenía fuerzas sobrenaturales. Y en verdad, ¿cómo dejarle partir sin una explicación? Aquel sí que era oportuno momento. Pasada la primera vergüenza, la confesión se salía de la boca, libre, fluida, sin tropiezo, con pedazos del alma, toda verdad y sentimiento.
Cuenta Doña Nicanora que al abrir la puerta de la sala les vio sentaditos el uno junto al otro, las caras bastante aproximadas, ella susurrando, él oyendo con sus cinco sentidos, como los curas que están en el confesonario. La inteligente vecina, viendo que aquel secreto era digno del mayor respeto, no quiso entrar, y entornando la puerta quedose en el pasillo. Bien quería ella pescar algo de lo que la penitente decía; pero hablaba tan quedito, que ni una palabra llegó a las anhelantes orejas de la señora de Ido.
Cuando aquel misterioso coloquio hubo terminado, Amparo tenía la cara radiante, los ojos despidiendo luz, las mejillas encendidas, y en su mirar y en todo su ser un no sé qué de triunfal e inspirado que la embellecía extraordinariamente.
«Nunca la he visto tan guapa»—decía la discretísima vecina.
Nuestro respetable amigo, dando dos o tres suspiros muy fuertes, se paseó por la habitación mirando al suelo.
Monólogo.
«Mi mujer no... Pero pasará el tiempo, el tiempo indulgente, y será mujer de otro. Otro morderá en lo sano, pues mucho hay sano todavía, mucho que convida, mucho que está diciendo: comedme... Ello es hecho, adelante, y que digan de mí lo que quieran. ¡Escándalo!, ¿y qué? ¡Inmoralidad! ¿A mí qué? Llega uno a los cuarenta y cinco años ¿y ha de mirar tan cerca la vejez sin vivir algo antes de entrar en ella? ¡Morirse sin conocer más que una vida de perros es triste cosa!... ¿No reparas, tonto, que estás haciendo todo lo contrario de lo que pensaste al inaugurar tu vida europea? Recréate, hombre sin mundo, en tu contradicción horrible, y no la llames desafuero sino ley, porque la vida te la impone, y no hacemos nosotros la vida, sino es la vida quien nos hace... Y a ti, ¿qué te importa el qué dirán, de que has sido esclavo? Te criaste en la anarquía, y a ella, por sino fatal, tienes que volver. Se acabó el artificio. ¿Qué te importa a ti el orden de las sociedades, la Religión, ni nada de eso? Quisiste ser el más ordenado de los ciudadanos, y fue todo mentira. Quisiste ser ortodoxo; mentira también, porque no tienes fe. Quisiste tener por esposa a la misma virtud; mentira, mentira, mentira. Sal ahora por el ancho camino de tu instinto, y encomiéndate al Dios libre y grande de las circunstancias. No te fíes de la majestad convencional de los principios y arrodíllate delante del resplandeciente altar de los hechos... Si esto es desatino, que lo sea».
Concluido el soliloquio con otro gran suspiro, Agustín se acercó a la joven y le puso la mano sobre la cabeza, en actitud parecida a la de los sacerdotes de teatro cuando figuran atraer sobre algún virtuoso personaje, mártir, neófito o cosa semejante, las bendiciones del Cielo. Y no paró aquí su intento, sino que dijo a la que fue su novia:
«¿Tienes tú por casualidad un baulito...?».
—¡Un baulito!—repitió Amparo, hablando como los tontos.
—Sí; es que me hace falta. Llevo tantas cosas...
—En aquel cuarto hay uno bastante grande—manifestó con oficiosidad Doña Nicanora, que presente estaba.
—Tráigalo usted.
Dicho y hecho. Un instante después, mostraba en medio de la sala su capacidad, forrada de papel verde, un baúl mundo de mediano tamaño. Agustín miró su reloj.
«Son las dos y media—dijo gravemente—. Pues ahora, Amparito, vas poniendo aquí toda tu ropa».
Incrédula, la joven miraba al que había sido su novio, al que por fin iba a ser su...
«No hay tiempo que perder. Tengo que hablar contigo; pero como no puedo retrasar mi viaje, vas a hacer el favor de venirte conmigo a Burdeos. Oye bien lo que te digo. Procura estar dispuesta a las cuatro menos cuarto o a las cuatro en punto lo más tarde. A esa hora vendrá Felipe en mi coche o en otro. Él te llevará a la estación».
XL
A las cinco menos cuarto D. Francisco buscaba en el andén del Norte a su primo para darle un cariñoso adiós y media docena de abrazos muy apretados.
«Allí están, en aquel coche reservado—le dijo Felipe, a quien encontró con una cesta, una sombrerera y varias otras cosillas propias de viaje».
El están sorprendió un poco al insigne Thiers; pero Agustín no le dio tiempo a discurrir mucho sobre aquel extraño plural.
«Mira a quién me llevo conmigo»—le dijo, señalando al fondo del coche.
Desconcertado, Thiers masculló algunas palabras; pero luego se repuso, y como no acostumbraba hallar censurable nada de lo que su poderoso primo hacía, concluyó por sonreírse y mirar el asunto por el cristal de la indulgencia.
«¿Qué tal, hija, estás mejor? ¿Vas bien?... Cuida de abrigarte, porque aún no estás fuerte del todo. En el puerto hay mucha nieve. Por Dios, Agustín, que se abrigue bien. Y tú, ten cuidado, que tampoco estás bien de salud. Creo que os pondrán caloríferos... Amparito, que te tapes bien, hija».
—No hay cuidado. Hará el viaje con toda felicidad—dijo Caballero—, y el cambio de aires le sentará maravillosamente.
—También yo lo creo así. ¿Lleváis merienda? Si lo hubieras dicho se te podría haber preparado en casa una botella de buen caldo.
Después los dos primos hablaron un poco, sin que nadie se enterase de lo que dijeron. Amparito, en el opuesto ángulo del coche, atendía a las maniobras de la estación, y observaba sin chistar los viajeros que afanados corrían a buscar puesto, los vendedores de refrescos, de libros y periódicos, las carretillas que trasportaban equipajes, y el ir y venir presuroso del jefe y los empleados. Deseaba que el tren echara a correr pronto. La inmensa dicha que sentía parecíale una felicidad provisional, mientras la máquina estuviera parada.
«Adiós... adiós... que os divirtáis mucho... que escribas, Agustín... Cierra, cierra la puertezuela... Y no os estéis mucho por allá... Adiós... buen viaje. Cuidado cómo dejas de escribir. Estaremos con muchísima pena mientras no sepamos... Adiós, adiós».
Un tren que parte es la cosa del mundo que más semejanza tiene con un libro que se acaba. Cuando los trenes vuelvan, abríos y páginas nuevas.
XLI
Gabinete en la casa de Bringas. Anochece.
Rosalía.—(Consternada, dándose aire con un abanico, con un pañuelo, con un periódico y con todo lo que encuentra a mano.) A mí me va a dar algo. Parece que se me arrebata la sangre y que se me sube toda a la cabeza... No me cuentes más, hombre, por los clavos de Cristo, no me cuentes más. Tan atroz inmoralidad me aturde, me anonada, me enloquece... ¿Y la viste tú? ¿Sería ilusión tuya...?
Thiers.—Pues ¡no la había de ver! En el vagón reservado estaba, bien abrigadita, sin decir esta boca es mía, y tan contenta que echaba lumbre por los ojos...
Rosalía.—¿Y tuviste paciencia para presenciar tal escándalo?... ¡Con que no la puede hacer su mujer porque es una... y la hace su querida...! Estoy volada... Ignominia tan grande en nuestra familia, en esta familia honrada y ejemplar como pocas, me saca de quicio... (Mirándole con fuerza.) ¿Y tú no dijiste nada?, ¿aguantaste que en tus barbas...?
Thiers.—(Preparándose a decir una mentirilla.) Fue tanta mi indignación cuando Agustín me lo declaró... porque tuvo la poca vergüenza de confesarme su debilidad... pues me indigné tanto, que le dije cuatro cosas y le volví la espalda y me salí de la estación.
Rosalía.—(Satisfecha.) ¿Así lo hiciste? Es claro; no pudiste refrenar tu ira. Le volviste la espalda; le dejaste con la palabra en la boca...
Thiers.—(Pidiendo mentalmente a Dios perdón de su embuste.) Como te lo cuento. La verdad es que no podremos tratarnos más con mi primo. ¡Quién lo había de decir!, el hombre mesurado, que todo lo quería llevar a punta de lanza, ¡faltar así a los buenos principios, dando un puntapié a la Sociedad, a la Religión, a la Familia, a todo lo venerando, en una palabra!... Si es lo que te digo: el desquiciamiento se aproxima. Esto se lo lleva la trampa. La revolución no tarda; vendrá el despojo de los ricos, el ateísmo, el amor libre.
Rosalía.—Vendrá; ya lo creo que vendrá eso, y más... Cuando se ven horrores tan increíbles, todo se puede esperar. (Sofocadísima.) No habrá ya cataclismo que me coja de nuevo.
Thiers.—(Melancólico.) Basta tener ojos para ver que esta sociedad pierde rápidamente el respeto a todo. Se hace público escarnio del trono y el altar; la gangrena de la desmoralización cunde, y cuando veo que los míos están libres del contagio, me parece milagro.
Rosalía.—(Pensativa.) ¿Y no te dijo si volvería con la preciosa carga de su manceba?
Thiers.—Sí, volverán, volverán...
Rosalía.—(Con extraordinaria hinchazón de la nariz.) Porque no quiero que se queden en mi interior cuatro verdades que pienso decirles al uno y al otro. ¡Oh!, no, no se me quedarán. Seré capaz de ir a Francia, a Pekín por desahogar mi cólera...
Thiers.—El mejor día les tenemos aquí tan campantes... y vivirán como casados, insultando a la honradez, a la virtud... Hemos de ver cada barbaridad... Bien claro lo decían Joaquín y Paquito la otra tarde: la piqueta demoledora y la tea incendiaria están preparadas. ¡La demagogia...! ¡Ah!, me olvidaba de una cosa importante. Algo vamos ganando. Díjome ese tonto que podías disponer de todo lo que se compró para la boda.
Prudencia.—(Desde la puerta.) Señora, la sopa.
Rosalía.—(Aparte, perdiendo sus miradas en el retrato de D. Juan de Pipaón, está representado con un rollo de papeles en la mano.) Volverán. ¡Aquí os quiero tener, aquí!... Sanguijuela de aquel bendito, nos veremos las caras.
FIN DE TORMENTO.
Madrid. Enero de 1884.