Benito Pérez Galdós (continued 2)
Reading edition
—¡Jesús!
—Sí, señora, sí.
—Gracias, gracias. Si usted se empeña, no es cosa de que riñamos. Es usted amable.
—No, no—dijo el cobarde envalentonándose—. Yo no soy amable, yo no soy fino, no, no soy galante. Yo soy un hombre tosco y rudo, que he pasado años y más años metido en mí mismo, al pie de enormes volcanes, junto a ríos como mares trabajando como se trabaja en América. Yo desconozco las mentiras sociales, porque no he tenido tiempo de aprenderlas. Así, cuando hablo, digo la verdad pura.
Amparo, sin dejar de aparentar un mediano interés por las láminas de la Biblia, pareció querer variar la conversación, diciendo:
«Por nada del mundo iría yo a esas tierras».
—¿De veras?... ¡Quién sabe! Mucho se pierde en la soledad; pero también mucho se gana. Las asperezas de esa vida primitiva entorpecen los modales del hombre; pero le labran por dentro.
—¡Ay!, no. No me hable usted de esa vida. A mí lo que me gusta es la tranquilidad, el orden, estarme quietecita en mi casa, ver poca gente, tener una familia a quien querer y quien me quiera a mí; gozar de un bienestar medianito y no pasar tantísimo susto por perseguir una fortuna que al fin se encuentra, sí, pero ya un poco tarde y cuando no se puede disfrutar de ella.
¡Qué buen sentido! Caballero estaba encantado. La conformidad de las ideas de Amparo con sus ideas debía darle ánimo para abrir de golpe y sin cuidado el arca misteriosa de sus secretos. El soberano momento llegaba.
«Pues señor»...—murmuró recogiendo sus ideas y auxiliándose de la memoria.
Porque, al venir a la casa, había preparado su declaración; tenía un magnífico plan con oportunas frases y razonamientos. Los mudos suelen ser elocuentísimos cuando se dicen las cosas a sí mismos.
IX
Lo que había pensado Caballero era esto:
«Llego, y como los primos se han ido al teatro, me la encuentro sola. Mejor coyuntura no se me presentará jamás. Es preciso tener valor y romper este maldito freno. Entro, la saludo, me siento frente a ella en el comedor, hablamos primero de cosas indiferentes. Ella estará cosiendo. Le diré que por qué trabaja tanto. Contestará, como si la oyera, que le gusta el trabajo y que se fastidia cuando no hace nada. Direle entonces que eso es muy meritorio y que... Adelante: de buenas a primeras le suelto esto: «Amparo, usted debe aspirar a una posición mejor, usted no está bien donde está, en esta servidumbre mal disimulada; usted tiene mérito, usted...» Y ella, como si la oyera, llena de modestia y gracia, se echará a reír y contestará: «Don Agustín, no diga usted esas cosas.» Volveré entonces a hablar del trabajo, que es para mí una necesidad, y diré que hallándome sin ocupación en Madrid y aburridísimo, me marché a Burdeos para establecer allí el negocio de banca. Al oír eso, es indudable, es infalible, como si lo viera, que se echará a reír otra vez y mirándome muy de frente dirá: «Pero D. Agustín, ¿cómo es que al mes de estar en Burdeos se volvió usted a Madrid a aburrirse más y a no hacer nada?.»
»Oída por mí esta pregunta, ya tengo el terreno preparado. La respuesta es tan fácil, que no tengo que hacer más que abrir la boca y dejar salir las palabras, sin que el miedo me sofoque ni la cortedad me embargue la voz. Hilo a hilo fluirán corriendo las frases de mis labios y le diré: «Ya que usted me habla de ese modo, le voy a contestar con franqueza, descubriendo todo lo que hay dentro de mí. Usted me comprenderá... El tedio de Madrid me siguió a Burdeos, y mi espíritu era allí tan incapaz de ordenar un negocio como aquí lo fue. Usted no lo entenderá, y voy a explicárselo. Pasé lo mejor de mi vida trabajando como se trabaja en América, en un mundo que se forma. La soledad fue mi compañera, y en la soledad se nutrían mis tristezas a medida que crecía el montón frío de mis caudales. Amigos pocos, familia ninguna. ¡Ay!, niña, usted no sabe lo que es vivir tantos años, lo mejor de la vida, privado del calor de los sentimientos más necesarios al hombre, habitando una casa vacía, viendo como extraños a todos los que nos rodean, sin sentir otro cariño que el que inspira el cajón del dinero, sin otra intimidad que la de las armas que nos sirven para defendernos de los ladrones, durmiendo con un rifle, despertando al gemir de las carretillas en que se llevan y traen los fardos... Para abreviar: yo me vine a Europa seguro de tener un capital con que pasar la vida, y por el viaje me decía: ¿Pero tú has vivido en todo este tiempo? ¿Has sido un hombre o una máquina de carne para acuñar dinero?.»
»Cuando yo esté diciendo esto, me oirá con toda su alma, fijos en mí sus bellos ojos. Yo me animaré más, y libre ya de todo miedo, continuaré así: «No debo ocultar nada de lo que encierra mi corazón, lleno del tristísimo desconsuelo de su virginidad. Yo no he vivido en Méjico, la capital, donde seguramente habría conocido mujeres que me hubieran interesado. Aquella ciudad de pesadilla, aquella Brownsville, que no es mejicana ni inglesa; donde se oyen mezcladas las dos lenguas formando una jerga horrible, y donde no se vive más que para los negocios; pueblo cosmopolita, promiscuidad de razas; aquella ciudad de fiebre y combate no podía ofrecerme lo que yo necesitaba. La corrupción de costumbres, propia de un pueblo donde el furor de los cambios lo llena todo, hace imposible la vida de familia. Las grandes fortunas que en aquel maldito suelo se improvisaron tuvieron por origen la cruel guerra de secesión, el abastecimiento de las tropas del Sur y el contrabando de efectos militares. Por las vicisitudes de la guerra, que hacían variar cada día el rumbo del negocio, los especuladores no podíamos tener residencia fija. Tan pronto estábamos en Matamoros como en Brownsville. A veces teníamos que embarcar nuestros víveres atropelladamente y remontar el río Grande del Norte hasta cerca de Laredo. ¡Y qué confusión de intereses, qué desorden moral y social! Americanos, franceses, indios, mejicanos, hombres y mujeres de todas castas revueltos y confundidos, odiándose por lo común, estimándose muy rara vez... Aquello era un infierno. Allí el amancebamiento y la poligamia y la poliviria estaban a la orden del día. Allí no había religión, ni ley moral, ni familia ni afectos puros; no había más que comercio, fraudes de género y de sentimientos... ¿Cómo encontrar en semejante vida lo que yo ansiaba tanto? Cuando me vi rico, dije: 'ahora ellos', y me embarqué para Europa. Por la travesía pensaba así: 'Ahora, en la vieja España, pobre y ordenada, encontraré lo que me falta, sabré redondear mi existencia, labrándome una vejez tranquila y feliz...'. Llegué a España. En Cádiz, no quedaba nadie de la un tiempo numerosa familia de Caballero. Quise ver a Bringas, hermano de mi madre. Vine a Madrid, y Madrid me gustó, créalo usted. Este pueblo donde es una ocupación el pasearse, me agradaba a mí, que me había resecado el alma y la vida en un trabajo semejante a las empresas de los héroes y caballeros, si se las desnuda de poesía y se las reviste de egoísmo. Las relaciones entre las personas son aquí dulces y fáciles. Se ven mujeres bonitas, graciosas y finas por todas partes. Donde tanto abunda el género (perdóneme usted este vocablo comercial), fácil es encontrar lo bueno. A los pocos días de estar aquí, vi una...»
»Al llegar a este punto tan delicado, debo reunir todas las fuerzas de mi espíritu para no decir una tontería. Adelante... «Vi una mujer que me pareció reunir todas las cualidades que durante mi anterior vida solitaria atribuía yo a la soñada, a aquella grande, hermosa, escogida, única, que brillaba dentro de mi alma por su ausencia y vivía dentro de mí con parte de mi vida. Cuando lo que se ha pensado durante mucho tiempo aparece fuera de uno, en carne mortal, llega la hora de creer en la Providencia y de hallar justificada la vida. Tuve grandísima alegría al ver a la tal mujer, y desde el primer momento me gustó tanto, tanto... Diré las cosas claras, con toda la llaneza de mi carácter. Pues oiga usted, la vi un sábado y me hubiera casado con ella el domingo. Parecíame haberla visto y conocido y tratado desde muchos años antes, casi desde que ella era tamañita así y apenas alcanzaba a poner las manos sobre esta mesa. Figurábame que poseía todos sus secretos y que ninguna particularidad de su vida me era ignorada. No sé por qué, su semblante y sus ojos eran su alma, su historia, y tenían una diafanidad admirable y como milagrosa. Cosa rara, ¿verdad? Todo lo que de ella necesitaba saber lo sabía sólo con mirarla. Sospechas de engaño, de doblez, de mentira... ¡oh!, nada de esto cabía en mí viéndola. El amor y la confianza eran un mismo sentimiento, como en otros casos lo son el amor y el recelo. No necesitaba yo de rebuscados antecedentes para saber que era virtuosa, prudente, modesta, sencilla, discreta, como no necesitaba de ojos ajenos para saber que era hermosa. Y créalo usted, por ser ella de cuna humilde me gustaba más; por ser pobre muchísimo más. Aborrezco esas niñas llenas de pretensiones y de vanidad que contrasta con el mediano pasar de sus padres; aborrezco las redichas, las compuestas, las noveleras, las que llevan en su frivolidad la ruina de sus futuros maridos... Bien, adelante... Quise decirle lo que sentía, y no tuve ocasión ni lugar adecuados a mi objeto. Mi timidez me impedía buscar aquella ocasión y apartar los testigos... Yo soy poco hablador; me falta el D., mejor dicho, la iniciativa de la palabra. Mi corazón se espanta del ruido, y se sobrecoge azorado cuando la voz se esfuerza en sacarlo a la vergüenza pública. Pensé escribir una larga carta, pero esto me parecía ridículo. No, no; era preciso hacer un esfuerzo y encararme con ella y plantear la cuestión en estos términos tan enérgicos como breves: Yo me quiero casar con usted. Dígame usted pronto sí o no. Esta resolución la tomó en Burdeos, y sin pérdida de tiempo me vine escapado. Allá estaba más triste que aquí, y cada día que pasaba sin realizar aquel sueño érame la vida más insoportable. No se apartaba nunca la imagen querida de mi imaginación. La veía tan clara, tan clara cual si la tuviera delante, con sus ojos hermosísimos, mañana y tarde de mi vida, su cabello castaño, su expresión dulce y triste, y aquella graciosa conformidad con su estado pobre, que tanto la enaltece en el concepto mío... Por el tren pensaba yo: «Llego, se lo digo, acepta, me caso y nos vamos a Burdeos a vivir, a vivir y a vivir'. Pero llegué, la vi... ¡demonio de freno!, y no le dije nada.»
»Al llegar a esto, Amparo habrá comprendido perfectamente. Me oirá toda turbada sin saber qué decir. Casi, casi no necesitaré añadir una sola palabra, ni pronunciar las frases sacramentales y cursis «yo la amo a usted» que no se usan más que en las novelas. Concluiré con estas sustanciosas palabras: «Si le soy poco agradable, dígamelo con franqueza. Un pormenor añado que no creo esté de más. Soy rico, y si usted se quiere casar conmigo, nos estableceremos donde a usted le agrade. ¿En Burdeos? Pues en Burdeos. ¿En la Meca? Sea. ¿Quiere usted vivir en Madrid? Me es igual. Le dejo a usted la elección de patria, pues hoy por hoy me considero desterrado... ¿He dicho algo? ¡Ay!, los mudos que rompen a hablar son terribles. Lo que falta le toca a usted.»
Esta era la estudiada declaración de Caballero; este era el discurso que en la memoria traía, mutatis mutandis, como orador que va al Congreso, pronto a consumir turno parlamentario. Pero cuando llegó el momento de empezar, fuele tan difícil a nuestro buen indiano dar con el principio, que se le embarullaron en el cerebro todas las partes y conceptos de su bien dispuesta oración, y no supo por dónde romper. Todo, ideas y palabras, se evaporó, se fue, dejándole tan sólo una congoja profunda y el sentimiento tristísimo de su propio silencio. El tiempo, no se sabe cuánto, se deslizó entre aquellas dos figuras mudas, y mientras Caballero miraba a la lámpara cual si de su luz quisiera extraer el remedio de tan gran confusión, Amparo dejaba caer perezosamente sus ojos sobre los renglones del libro y leía frases como esta de los Salmos: Estoy hundido en cieno profundo donde no hay pie; he venido a abismos de agua, y la corriente me ha anegado.
Cerró bruscamente el libro, y como prosiguiendo un coloquio interrumpido dijo así:
«¿Y piensa usted volver a Burdeos?».
¡Dios de los mudos, qué feliz ocasión! La respuesta era tan natural, tan fácil, tan humana, que si Agustín no hablaba merecía perder para toda su vida el uso de la palabra. Por su cerebro pasó un relámpago. Era una breve, ingeniosa y trasparente contestación. Al sentirla en su mente, se conmovió su ser todo, punzado por sobrehumano estímulo. Como habla el teléfono articulando palabras trasmitidas por órgano lejano, dejó oír el bueno de Caballero esta gallarda respuesta:
«Sí... pienso retirarme a Burdeos cuando pierda toda esperanza... cuando usted se haga monja».
Amparo lo oyó espantada; púsose muy pálida, después encendida. No sabía qué decir... Y él tan tranquilo, como el que ha consumado con brusco esfuerzo una obra titánica. Lanzado ya, sin duda iba a decir cosas más concretas. Y ella ¿qué respondería?... Pero de improviso oyeron un metálico y desapacible son...
¡Tilín!... la campanilla de la puerta. Bringas y consorte volvían del teatro.
X
No causó sorpresa a Rosalía hallar a su primo en la casa tan a deshora. Había ido a ver cómo seguía el pequeñuelo. ¿Qué cosa más natural? Agustín quería tanto a los niños, que cuando estaban enfermitos se acongojaba como si fueran hijos suyos, y se aturdía y quería llamar a todos los médicos de Madrid. ¡Qué padrazo sería si se casara!... demasiado aprensivo y meticuloso quizás, pues no había que tomar tan a pecho las ronqueras, las fiebrecillas y otras desazones sin importancia propias de la edad tierna.
El sábado de aquella semana, hallándose Amparo y Rosalía en el cuarto de la costura, la dama habló así con su protegida:
«¿Sabes lo que nos ha dicho hoy Agustín? Que no tengamos cuidado, que él te dotará... que él te dotará. ¿Oyes? Ahora decídete».
Amparito no dijo nada, y su silencio turbó tanto el espíritu de la augusta señora, que esta no pudo menos de enojarse un poco.
«Parece que lo tomas con poco calor. Pues mira, para ti haces. Yo he conocido mujeres tontas o irresolutas; pero como tú ninguna. Como no quieras que te salga por ahí un marqués... A fe que están buenos los tiempos».
Amparito, deseando llevar el sosiego al alma de su protectora, dijo que lo pensaría.
«Sí, pensándolo puedes estar toda la vida. Entre tanto sabe Dios lo que podrá pasar... Madrid está lleno de acechanzas. Déjate ir, déjate ir y verás...».
Llegada la hora de marcharse recogió Amparo su costura, se puso su velo y se despidió:
«Toma—le dijo Rosalía saliendo de la despensa y entregándole con ademán espléndido dos mantecadas de Astorga que, por las muchas hormigas que tenían, parecía que iban a andar solas—. Están muy buenas... ¡Ah!, espera. Llevas estas botas viejas de Paquito al zapatero de tu portal para que les ponga palas. Líalas en el pañuelo grande. El lunes no te olvides de pasar por la tienda de sombreros. Luego vas a la peluquería y me traes el crepé y el pelo, que Bringas me hace los añadidos, y también hará uno para ti».
Un ratito se detuvo aún, dando vueltas por la casa con disimulo. Esperaba a que Bringas le diera la corta cantidad que acostumbraba poner en sus manos todos los sábados; pero con gran sorpresa y aflicción vio que D. Francisco no le daba aquella noche más que un afectuoso «adiós, hija», pronunciado en la puerta de su despacho. Como ella expresara de un modo muy discreto la sospecha de que su digno patrono padecía un olvido, Bringas se vio en el duro caso, con gran dolor de su corazón, de formular categóricamente la negativa, diciendo como se dice a los pedigüeños de las calles:
«Por hoy, hija, no hay nada. Otra vez será».
D. Francisco se ajustaba las gafas con la mano derecha y con la izquierda sostenía la cortina de la puerta de su despacho. Por el corto hueco que resultaba, vio Amparo, al salir, al Sr. de Caballero, sentado en un sillón y más atento a la descrita escena que al periódico que en su mano tenía.
Aquel día estaba Agustín convidado a comer en la casa, y ocioso es decir que sus agradecidos primos se desvivían en casos tales por obsequiarle y atenderle. Angustiosos sacrificios, consumados sin gloria en el foro interno del hogar, conducían a aquel resultado; y en ellos podría encontrarse la explicación de la imposibilidad en que estuvo Bringas aquel sábado de ser tan caritativo como lo fuera otros. Sí; la adición de un plato de pescado o de un ave flaca a la comida de diario, perturbaba horrorosamente el presupuesto de la familia y obligaba a D. Francisco a hacer transferencias de un capítulo a otro, hasta que la cuestión aritmética se resolvía castigando el capítulo último, que era el de beneficencia.
Mientras la dichosa familia sentábase alegre a la mesa bien provista, entre la risueña algazara de los niños, Amparito subía lentamente, abrumada de tristeza (que me digan que esto no es sentimental) la escalera de su casa. Abrió la puerta su hermana, en traje y facha que declaraban hallarse ocupada en vestirse para salir a la calle, esto es: en enaguas, con los hombros descubiertos, bien fajada en un corsé viejo, con el peine en una mano y la luz en la otra.
La salita en que entraron, pequeña y nada elegante, contenía parte de los muebles del difunto Sánchez Emperador; un sofá que por diversas bocas padecía vómitos de lana, dos sillones reumáticos y un espejo con el azogue viciado y señales variolosas en toda su superficie. El tocador ocupaba lugar preferente de la sala, por no haber en la casa un sitio mejor, y sobre el mármol de él puso Refugio el anciano quinqué para continuar su obra. Se estaba haciendo rizos y sortijillas, y a cada rato mojaba el peine en bandolina, como pluma en el tintero, para escribir sobre su frente aquellos caracteres de pelo que no carecían de gracia.
Frontero al tocador estaba el retrato, en fotografía de gran tamaño, del papá de las susodichas niñas, con su gorra galonada y el semblante más bonachón que se podía ver. Le hacían la corte otros retratos de graduados de la Facultad en medallones combinados dentro de una orla, que debía de estar compuesta con medicinales hierbas y atributos de farmacia. Sobre la cómoda pesaba descomunal angelote de yeso en actitud de sustentar alguna cosa con la mano derecha, si bien ya no se le daba más trabajo que tener la pantalla del quinqué cuando no estaba en su verdadero lugar.
Amparo se sentó en uno de aquellos sillones de 1840, cuyo terciopelo era del que había sobrado cuando se hicieron los divanes del decanato; y respirando fuerte, a causa del cansancio de subir tantos escalones, no cesaba de mirar a su hermana. Esta, alzando los brazos, seguía consagrada con alma y vida a la obra de su pelo, que era lo mejor de su persona, una masa de dulce sombra que daba valor a su rostro tan blanco como diminuto. La falta de un diente en la encia superior era la nota desafinada de aquel rostro; pero aun este desentono dábale cierta gracia picante, parecida, en otro orden de sensaciones, al estímulo de la pimienta en el paladar. Con burlesca vivacidad miraban sus ojos picaruelos, y su nariz ligeramente chafada tenía la fealdad más bonita y risueña que puede imaginarse. Cuando se reía, todos los diablillos del Infierno de la malicia serpenteaban en su rostro con un tembloreo como el de los infusorios en el líquido. De sus sienes bajaban unas patillas negras que se perdían disfuminadas sobre la piel blanca, y el labio superior ostentaba una dedada de bozo más fuerte de lo que en buena ley estética corresponde a la mujer. Pero lo más llamativo en esta joven era su seno harto abultado, sin guardar proporciones con su talle y estatura. La ligereza de su traje en aquella ocasión acusaba otras desproporciones de imponente interés para la escultura, semejantes a las que dieron nombre a la Venus Calipiga.
Con tales encantos Refugio no podía sostener comparación con su hermana, cuya hermosura grave, a la vez clásica y romántica, llena de melancolía y de dulzura, habría podido inspirar las odas más remontadas, idilios tiernísimos, patéticos dramas, mientras que la otra era un agraciado tema de Anacreónticas o de invenciones picarescas. Decía Doña Nicanora, la esposa del vecino D. José Ido, hablando de Amparito, que si a esta la cogiesen por su cuenta las buenas modistas, si la ataviaran de pies a cabeza y la presentasen en un salón, no habría duquesas ni princesas que se le pusieran delante.
«¡Y qué cuerpo tan perfecto!—añadía la señora de Ido, poniendo, según su costumbre, los ojos en blanco—. He tenido ocasión de verla cuando íbamos juntas a los baños de los Jerónimos... Me río yo de las estatuas que están en el Museo».
Refugio fue la primera que habló diciendo:
«¿Cuánto traes hoy?».
—Nada—replicó Amparo sin despecho.
—Anda, anda a casa de los parientes... Sírveles. Yo te lo digo y no me haces caso. A ti te gusta ser criada, a mí no. Ahí tienes el pago.
Volviose hacia su hermana, y articulando mal las palabras porque tenía dos alfileres sujetos entre los dientes, siguió la filípica:
«Humíllate más, sírveles, arrástrate a los pies de la fantasmona, límpiale la baba a los niños. ¿Qué esperas? Tonta, tontaina, si en aquella casa no hay más que miseria, una miseria mal charolada... Parecen gente, ¿y qué son? Unos pobretones como nosotros. Quítales aquel barniz, quítales las relaciones, ¿y qué les queda? Hambre, cursilería. Van de gorra a los teatros, recogen los pedazos de tela que tiran en Palacio, piden limosna con buenas formas... No, lo que es yo no les adulo. En mí no machaca la señora Doña Rosalía, con sus humos de marquesa. Por eso le dije aquel día cuatro verdades y no he vuelto allá ni pienso volver... Ella no me puede ver, ni el bobito de su marido tampoco, que parece un pisa hormigas... Ya sé que dice herejías de mí... me lo ha contado la criada... ¡Ay!... vamos, me he enfadado tanto hablando de esa gente, que... casi, casi, me trago un alfiler».
Amparo no contestó nada.
«¿Qué traes ahí?—prosiguió Refugio, explorando el lío que Amparo conservaba aún en la mano derecha—. Lo menos un potosí... ¿A ver? Medio panecillo, dos mantecadas de Astorga, tres pedazos de cinta... ¿Te parece que tiremos todo esto al tejado?».
Amparo hizo un movimiento como para defender su lío.
«Ya ves lo que sacas del arrimo de esos pobretes... Mírate y mírame. Tú parece que acabas de salir de un hospital; yo voy sin lujo, pero apañadita; tú llevas las botas rotas, y... Mira las que estreno hoy».
Alzó un pie para que su hermana examinara las bonitas botas con que estaba calzada.
«¿Con qué dinero las has comprado?»—dijo Amparo cogiendo la bota y ladeándola como si no estuviera dentro de ella un pie.
Refugio tardó mucho en contestar.
«Que me haces daño... Vaya»—dijo al fin, volviéndose al tocador.
—¿Cuánto te han costado? ¿De dónde has sacado el dinero?
Al cabo de un rato, Refugio dio esta respuesta:
«Vendí aquella falda de raso... ¿sabes?... además, yo tenía unos cuartos...».
—¿Tú?... ¿qué tiempo hace que no das una puntada? ¿Has vuelto por la tienda? ¿Te han dado trabajo?
—No hay ahora nada. Está Madrid muy malo—replicó la joven, queriendo esquivar el asunto—. Como la gente no habla más que de revolución y dice Cordero que no entra una peseta...
Amparo, quitándose su velo, lo doblaba cuidadosamente para guardarlo en la cómoda. La otra se lavaba los brazos con verdadero furor.
«Ahora, si te parece, comeremos».
Amparo salió al pasillo y fue a la cocina. Al poco rato, volvió diciendo con enfado:
«Cada vez que entro en mi casa, se me caen las alas del corazón. ¡Qué desorden! Esto parece una leonera. Ninguna cosa está en su sitio. Eres una desastrada... Dios mío, ¡qué cocina! Tú no piensas más que en componerte. ¿Qué has puesto para comer?».
—¡Oh!, no te apures... el cocidito de siempre. ¡Ah!... Doña Nicanora me prestó tres huevos.
—Y aquí noto alguna variación. Siempre estás llevando los trastos de un lado para otro. ¿En dónde has puesto las planchas?
—¿Las planchas?...—balbució Refugio un poco turbada—. Te diré... no queda más que una. Las otras dos las he vendido. ¿Para qué las necesitábamos? Ya sabes que ayer vino el carbonero hecho un demonio. El casero estuvo hoy... No te enfades, hermanita—añadió pasándole la mano por la cara con zalamería—. He tenido que empeñar tu mantón...
Amparo se enojó de veras; pero la otra no halló para aplacarla mejores razones que estas:
«Para evitarlo, hijita, no tienes más sino traer muchos miles de casa de los señores Bringas... Abre la boquirrita preciosa y pide, pide... Para ellos lo querrían... Dime una cosa, si no hubiera hecho lo que hice ¿qué comeríamos hoy?, ¿nos mantendríamos con tus mantecadas de Astorga y tu vara y media de cinta?».
Amparo, silenciosa y abrumada de pena, había extendido un mantel sobre el hule de una mesa con faldas. Encima puso algunos platos desportillados, cucharas con el mango roto y dos tenedores cuyos mangos de hueso parecían teclas arrancadas de un piano viejo. Al poco rato apareció Refugio con un puchero de cuya boca salía humo y cuya panza, cubierta de ceniza, conservaba algunas ascuas que se extinguían rápidamente. Lo volcó sobre una bandeja y se lo llevó enseguida.
Poco tardó en volver y sentarse. De un cesto sacó varios pedazos de pan, y a medida que los iba poniendo sobre la mesa, decía con sorna: «pastel de foie gras... jamón en dulce... pavo en galantina».
Con estas tonterías, hasta la hermana mayor, que no estaba para bromas, se sonrió un instante diciendo:
«Siempre has de ser tonta».
—Pues si una se va a poner triste...
Amparo comía poco de aquel pobre, insustancial e incoloro cocido. Refugio, que había estado en la calle casi todo el día y hecho mucho ejercicio, tenía buen apetito.
«Todos los días no son iguales—dijo la menor—. Puede que cuando menos lo pensemos se nos entre la fortuna por las puertas... ¡Ah!, verás qué sueño tuve anoche... Antes te diré que ayer por la tarde estuve más de una hora en casa de Ido. El buen señor, muy entusiasmado y con los pelos tiesos, se empeñó en leerme un poco de las novelas que está escribiendo. ¡Qué risa!... Vaya unos disparates... No lo entiendo; pero me parece... Yo le decía: «D. José, sabe usted más que Salomón» y él se ponía tan hueco. Dice que sus heroínas somos nosotras, dos huérfanas pobres, pobres y honradas, se entiende... Resulta que somos hijas de un señor muy empingorotado... y cosemos, cosemos para ganar la vida... ¡Ah!, y hacemos flores. Tú, que eres la más romántica y hablas por lo fino diciendo unas cosas muy superfirolíticas, te entretienes por la noche en escribir tus memorias... ¡qué risa! Y vas poniendo en tu diario lo que te pasa y todo lo que piensas y se te ocurre. Él figura que copia párrafos, párrafos de tu diario... Nunca me he reído más... El hombre me puso la cabeza como un farol... Por la noche, como tenía el entendimiento lleno de aquellas papas, soñé unos desatinos... ¡qué cosas, chica!, soñé que te había salido un novio millonario...».
Amparo, que oía la relación con indiferencia, al llegar a lo del sueño se sonrió de improviso con la mayor espontaneidad. Aquella sonrisa le salía del fondo del alma. Su hermana expresaba su buen humor con sonoras carcajadas.
«Es tarde...—dijo levantándose impaciente—. Me acabaré de vestir en seguida».
—¿A dónde vas?
—¿Que a dónde voy?—replicó Refugio sin saber qué contestar o tomándose tiempo para urdir la contestación—. Ya te lo dije... ¿No te lo dije?... Pues creí que te lo había dicho.
—¿Vas al teatro?
—Justamente. Me han convidado las de Rufete. Después vamos al café, donde hay un cursi que nos convida a chocolate.
—¿A qué teatro vas?
—A la Zarzuela... Entramos en el escenario. Una de las de Rufete es corista.
—Esa gente no me gusta—indicó Amparo de malísimo humor—. Siempre hago propósito de no permitirte ir a ninguna parte, y mucho menos de noche. Pero no tengo carácter... soy lo más débil...
Ya Refugio se había puesto la falda y se estaba poniendo el cuerpo, estirando la tela con esfuerzo de brazo y manos, para poder enganchar los broches. Así resultaba un cuerpo tan fajado y ceñido que parecía hecho a torno.
«Para sujetarme—dijo la del diente menos con cierto tonillo de soberbia—, sería preciso que atendieras a mis necesidades. Tú puedes vivir de cañamones como los pájaros y vestirte con los pingajos que te da la Rosaliona, pero yo... Francamente, naturalmente, como dice Ido...».
Se retorcía el cuerpo, cual si tuviera un pivote en la cintura, para verse los hombros y parte de la espalda. El vestido era bonito, nuevo, cortado con elegancia y de forma y adornos un poco llamativos. Otra vez con alfileres en la boca, dijo a su hermana:
«Y si quieres que te hable clarito, no me gusta que me mandes como si yo fuera una chiquilla. ¿Soy yo mala? No. Me preguntas que cómo he comprado las botas y he arreglado mi vestido. Pues te lo diré. Estoy sirviendo de modelo a tres pintores... modelo vestido, se entiende. Gano mi dinero honradamente...».
—Mejor sería que cosieras y estuvieras en casa. ¡Ay!, hermana, tú acabarás mal...
—Pues tú... ¿sabes lo que te digo?, tú acabarás en patrona de casa de huéspedes... No iré yo por ese camino. Yo me porto bien.
—No te portas bien, yo te he de enderezar—dijo Amparo, venciendo su debilidad y mostrando energía.
—¿Y con qué autoridad?...
—Con la de hermana mayor.
—¡Valiente bobería!... Si fueras mejor que yo, pase—observó la díscola Refugio, revolviéndose provocativa, irritada, blandiendo su argumento, cual si fuera una espada, ante el pecho indefenso de su hermana—; pero como no lo eres...
Y untando luego la punta de su arma con veneno de ironía, siguió diciendo:
«Paso a la señorita honrada, al serafín de la casa... ¡Ah!, no quiero hablar, no quiero avergonzarte; pero conste que yo no soy hipócrita, señora hermana. Aunque estamos solas, no quiero decir más... no quiero que se te ponga la cara del color del terciopelo de ese sillón... Abur».
Amparo se quedó fría y Refugio se fue. Iba tan elegantita, tan bien arreglada que daba gusto verla. Tenía el culto de su persona, el orgullo de ponerse guapa y de ser vista y admirada. Decía de ella Doña Nicanora en son de menosprecio:—«Esta que emplea tanto tiempo en lavarse no puede ser cosa buena... Digan lo que quieran, la mujer honrada no necesita de tanta agua».
XI
Quedose Amparo sola, sentada en el sillón apoyado el brazo en el velador y la mejilla en la palma de la mano. En esta postura dejaba ir el tiempo en lenta corrida, y la meditación era en ella como somnolencia. Por su mente discurrían cosas presentes y pretéritas, las unas agradables, las otras terriblemente feas, y daban vueltas en infalible serie como las horas en el círculo del reloj. Cada idea y cada imagen perseguían a las que pasaron primero y eran acosadas de otras. Variaba el color y el sentido de ellas, pero el maldito círculo no se rompía. A ciertos intervalos se presentaba una sombra negra, y entonces la pensadora abría los ojos como espantada, buscando la luz. Y la claridad hacía su efecto; la sombra huía, mas con engañosa retirada, porque el solemne y terrorífico movimiento del círculo la volvía a traer. Abría Amparo los ojos y sacudía un poco la cabeza. Hay ocasiones en que puede uno llegar a figurarse que las ideas se escapan por los cabellos cual si fueran un fluido emparentado con la electricidad. Por esto tiene la raza humana un movimiento instintivo de cabeza, que es como decir: «márchate, recuerdo; escúrrete, pensamiento».
No podía apreciar bien la pensadora el tiempo que pasaba. Sólo hacía de rato en rato la vaga apreciación de que debía de ser muy tarde. Y el sueño estaba tan lejos de ella que en lo profundo de su cerebro, detrás del fruncido entrecejo, le quemaba una cosa extraña... el convencimiento de que nunca más había de dormir.
Dio un salto de repente y el corazón le vibró con súbito golpe. Había sonado la campanilla de la puerta. ¿Quién podía ser a tal hora? Porque ya habían dado las diez y quizás las diez y media. Tuvo miedo, un miedo a nada comparable, y se figuró si sería... ¡Oh!, si era, ella se arrojaría por la ventana a la calle. Sin decidirse a abrir, estuvo atenta breve rato figurándose de quién era la mano que había cogido aquel verde cordón de la campanilla, nada limpio por cierto. El cordón era tal, que siempre que llamaba se envolvía ella los dedos en su pañuelo. La campana sonó otra vez... Decidiose a mirar por el ventanillo, que tenía dos barrotes en cruz.
«¡Ah!... es Felipe».
—Buenas noches. Vengo a traerle a usted una carta de parte de mi amo—dijo el muchacho, cuando la puerta se le abrió de par en par y vio ante sí la hermosa y para él siempre agradabilísima figura de la Emperadora.
—Entra, Felipe—murmuró ella, con la dificultad de voz que resulta cuando el corazón parece que se sube a la laringe.
—¿Cómo lo pasa usted?
—Bien... ¿y tú?
—Vamos pasando. Tome usted.
—¿No te sientas?
Tomó la carta. No acertaba a abrirla y el corazón le dijo que no contenía, como otras veces, billetes de teatro. Luego venía tan pegado el sobre, que le fue preciso meter la uña por uno de los picos para abrir brecha y rasgar después... ¡Jesús!... Si no acertaba tampoco a sacar lo que dentro había... ¡Dedos más torpes!... Por fin salió un papel azul finísimo, y dentro de aquel papel dejáronse ver otros papeles verdes y rojos y no muy aseados. Eran billetes del Banco de España. Amparo vio la palabra escudos, ninfas con emblemas industriales y de comercio, muchos numeritos... Le entró tal estupidez que no supo qué hacer ni qué decir. Tuvo la idea de meter todo otra vez dentro del sobre y devolverlo. ¿Pero se enfadaría...? Puso la carta y su contenido en la mesa y sobre todo apoyó el brazo. Tanta era su emoción, que necesitaba tomarse algún tiempo para adoptar el mejor partido.
«Siéntate, hombre... a ver, cuéntame qué es de tu vida».
Hablando, hablando, quizás se restablecería el orden en su cabeza trastornada.
«Dime, ¿qué tal te va con tu amo?».
—Tan bien que no sé lo que me pasa. Yo digo que estoy durmiendo.
—¿Tan bueno es?
—¿Bueno?, no señora; es más que bueno, es un santo—afirmó Centeno con entusiasmo.
—Ya, ya. Bien se conoce que estás en grande. Pareces un señorito. Ropa nueva, sombrerito nuevo.
—Es un santo, un santo del cielo—repitió el doctor con cierto arrobamiento.
—¿Y estudias?
—Ya lo creo... Tengo poco trabajo y voy al Instituto... Le digo a usted que me vino Dios a ver.
—¡Cuánto me alegro!
Por un instante se apartó la mente de Amparo del interés de lo que oía para pensar así:
«¿Qué cantidad será esta? Me da vergüenza de mirarlo ahora delante del muchacho».
Mientras esto pensaba ella, Centeno se entretenía en contemplar a su sabor la perfecta cara, las acabadas manos y brazos de la Emperadora. Era Felipe uno de los admiradores más fervientes que ella tenía, y se habría estado mirándola sin pestañear tres semanas seguidas.
«Pero cuéntame, ¿cómo tuviste la suerte de conocer a ese señor?».
—¡Ah!... vea usted.... Yo estaba el año pasado en un oficio muy perro.
—Sí, tocando la trompeta con el del petróleo.
—Después entré en la tienda de la calle Ancha, ya sabe usted, el número 17, donde dice: Ultramarinos de Hipólito Cipérez. No me iba mal allí. D. Agustín era amigo de mi amo; le había conocido en las Américas... Cuando se ponían a hablar no concluían. D. Agustín registraba toda la tienda, y como es tan entendido en comercio, preguntaba: «¿A cuánto sube el arroz sobre vagón en Valencia? ¿Cómo se detalla aquí el azúcar? ¿A cuánto sale la galleta inglesa? ¿Es buen negocio las conservas de Rioja?». Y Cipérez le enteraba de todo. Muchos días comían juntos en la trastienda, y siempre que mi amo mandaba un recado a D. Agustín iba yo a llevarlo. Me gustaba mucho aquel caballero, y decía él que yo le había caído en gracia. Oiga usted lo mejor. Un día entró D. Agustín en la tienda y dijo: «Caramba, estoy tan aburrido, que una de tres: o me pego un tiro o me caso o me pongo a trabajar, es decir, una de tres: o me mato o me alegro o me embrutezco para no sentir nada... Lo primero es pecado, lo segundo es difícil; vamos a lo tercero. Tengo ganas de hacer algo; déjeme usted que le ayude». Y poniéndose en mangas de camisa se fue al almacén ¡qué salero!, y empezó a pesar sacos, a apartar cajas de pasas y a confrontar facturas para sacar los precios. El otro chico y yo no podíamos menos de echarnos a reír; pero don Agustín no se enfadaba. Al otro día, que era domingo, nos dio para que fuéramos al teatro. Una noche, hablando con Cipérez de las cosas de su casa, dijo que necesitaba un criado y que yo le gustaba, y me fui con él. Yo dije: «Aquí es la mía», y le enseñé mis libros y le pedí que me dejara libre algunas horas para volver al Noviciado. Se puso muy contento: «Hombre sí, hombre sí...». Poco trabajo tengo, porque hay dos criadas. Una de ellas, que es la que manda, hermana de la mujer de Cipérez, es muy buena señora, muy buena señora. Y allí ha de ver usted abundancia, sin que se pueda decir que hay despilfarro. La casa es un palacio. No crea usted... cortinas de seda, alfombras y candeleros de plata... En la cocina hay máquina para hacer helado y en el comedor un servicio de huevos pasados que es una gallina con pollos, todo de plata. La gallina se destapa y allí se ponen los huevos pasados. A los pollos se les levanta la cabeza y son las hueveras, y en el pico se pone la sal. ¡Oh!, ¡pues si usted viera...! En uno de los cuartos hay una pila de mármol con dos llaves, una de agua fría, otra de agua caliente. Da gusto ver aquello... La cocina es de hierro, con muchas puertas, tubos, hornillas y horno y demonios... ¡Vaya que ha gastado el amo dinerales en arreglar la casa! Es suya; ¿pues qué cree usted? La compró por tantos miles de miles de duros. Vivimos en el principal. ¡Si usted la viera! El amo tiene cama grande, muy grande. Dicen que se quiere casar... y luego hay muchas alcobas, muchas, que, según Doña Marta, serán para los niños... Hay un armario de tres espejos para ropa de señora. Está vacío. Yo meto en él la cabeza para oler el cedro, que huele muy bien... Síguele otro armario, lleno de montones de ropa blanca, que el señor trajo de París. Aquello no se toca. Hay allí mantelerías y otras cosas muy ricas, pero muy ricas; telas con mucho encaje ¿sabe?... Es cosa para que no la toquen manos. Pues también tenemos un cajón de cubiertos de plata que no se usan nunca y vajillas que están todavía metidas dentro de paja. Dice Doña Marta que hay allí avíos para una casa de cuarenta de familia. Y todos los días están trayendo cosas nuevas. D. Agustín, como no tiene nada que hacer, se entretiene en ir a las tiendas a comprar cosas. El otro día llevaron una lámpara grande de metal. Parece de oro y plata, y tiene la mar de figuras y ganchos para luces. ¡Ah!, ¡si viera usted una licorera que es un barco con sus velas, y está cargado de copas...!, en fin, monísimo. En el cuarto que va a ser para la señora hay muchos, muchísimos monigotitos de porcelana. No pasa día sin que el amo traiga algo nuevo; y lo va poniendo allí con un cuidado... ¡Y qué sofá, qué sillas de seda ha puesto en el tal cuarto! Nosotros decimos: «Aquí tiene que venir una emperatriz...». ¡Ah!, también hay en el cuarto de la señora una jaula de pájaros, todo figurado, con música, y cuando se le da al botón que está por abajo, tiriquitiplín... empiezan a sonar las tocatas dentro, y los pájaros mueven las alas y abren el pico...
Centeno se reía; Amparo se echó a reír también y al mismo tiempo sus ojos se humedecieron.
«¿Y tu amo qué hace?... ¿En qué se ocupa?».
—Madruga mucho, escribe sus cartas para América, y después sale a dar un paseo a caballo. Monta muy bien. ¿Le ha visto usted? Es un gran jinete. Después que vuelve de pasear lee el correo... Suele ir por las tardes a casa de los señores de Bringas. Algunos días le entra la murria y no sale de casa. Se está todo el santo día dando vueltas en su despacho y en el cuarto de la señora.
—¿Y tiene mal genio?
—¿Que está usted diciendo, señora? ¿Mal genio? Lo dicho, o mi amo es santo o no creo en santo ninguno. Conmigo tiene bromas. No me riñe sino así: «hombre, hombre, ¿qué es eso?». Otras veces viene y me dice: «Felipe, formalidad». Y punto... Yo me porto bien, aunque me esté mal el decirlo. Cuando estoy estudiando en mi cuarto, porque tengo mi cuartito, suele entrar de repente y coge mis libros y los lee... Como ha estado tantos años trabajando, no sabe mucho, sino es de cosas de comercio, quiero decir, que no ha tenido tiempo de leer. A mí me pregunta de vez en cuando alguna cosa, y si la sé le contesto; pero casi siempre da la condenada casualidad de que yo también me pego, y nos quedamos los dos mirándonos el uno al otro.
—¿Van muchos amigos a su casa?
—¡Quia!, no señora. Constantes no van más que tres: el Sr. de Arnáiz, el Sr. de Trujillo y el Sr. de Mompous. Toman café en casa y juegan al billar con el amo. Son buenas personas. Lo que no falta nunca allí a todas horas del día es gente que va a pedir limosna, porque el señor es muy caritativo ¡Ay, Dios mío, qué jubileo! Unos van con cartitas, estos con un papel lleno de nombres y otros se presentan llorando. Van viudas, huérfanos, cesantes, enfermos. Este pide para sí, aquél para unos niños mocosos. Dice Doña Marta que la casa parece un valle de lágrimas. Y el amo es tan buenazo que a todos les da más o menos. Las monjas van así... en bandadas. Unas piden para los viejos, otras para los niños, estas para los incurables, aquellas para los locos, para los ciegos, para los lisiados, para los tiñosos y para las arrepentidas. Van artistas que se han estropeado una mano y bailarinas que se han descoyuntado un pie; cantantes que se quedaron roncos y albañiles que se cayeron de los andamios. Van clérigos de la parroquia que piden para las monjas pobres, y señoras que juntan para los clérigos imposibilitados. Algunos piden con la pamema de una rifa, y llevan una fragata dentro de su fanal, colchas bordadas o una catedral hecha de mimbres. Ciertos sujetos clamorean para el beneficio de un cómico pobre o para redimir del servicio militar a un joven honrado. Hay mujer que va pidiendo para una misa que ofreció, o para una enferma a quien le han recetado tales baños. Las murgas están siempre soplando a la puerta de casa, y en fin, mi amo, como dice Doña Marta, es el segundo Dios de los necesitados... ¡Y como es tan rico...! Porque usted no sabe bien lo rico que es mi amo. Tiene más millones, más millones... (Al llegar aquí, Felipe se había entusiasmado tanto, que se levantó y gesticulaba como un orador.) ¿Qué cree usted? El Banco le debe mucho, y cuando quiere dinero, pone su firma en un papelito y se lo da al cobrador de Arnáiz, el cual le trae luego una espuerta de billetes...
Ambos se reían con natural y expansivo gozo.
«Me parece, amigo Felipe, que exageras mucho».
—¿Qué está usted diciendo?... Si es más que millonario. Al Gobierno le ha prestado la mar de dinero, sí señora, al Gobierno. En Londres, en Burdeos y en América tiene... no se acierta a contar.
Centeno expresó con indescriptible gesto la imposibilidad en que estaba de apreciar por medio de la aritmética los fabulosos caudales de su amo.
Por grande que fuera el interés con que Amparo oía las maravillas contadas por Felipe, mayor era su curiosidad por examinar a solas el contenido de la carta y ver si aquel bendito hombre había escrito algo en ella. Abrasada de impaciencia, dijo al muchacho:
«Mira, Felipe, es tarde. ¿No te reñirá tu amo si te entretienes? Creo que debes retirarte».
—Las nueve menos cuarto—dijo el doctor sacando del bolsillo con cierta afectación, un bonito remontoir americano.
—Hola, hola, ¿tienes reloj? ¡Chico!...
—Y de plata. Me lo dio el amo el día de San Agustín... Tiene razón la señorita. Debo marcharme. D. José Ido me dijo que, al bajar, entrara en su cuarto para charlar un poquito; pero es tarde...
—Sí, más vale que te vayas a tu casa—indicó Amparo, temerosa de que Ido y su mujer, que eran muy chismosos, se enteraran del recado que Felipe había traído—. Pórtate bien con tu amo y no le des disgustos, entreteniéndote fuera de la casa. No encontrarás otro arrimo como ese. Debes traerlo en palmitas, debes ponerlo sobre tu corazón...
—En mis propias entretelas, señorita... Con que...
—Adiós, hijo.
—Que usted lo pase bien... Que usted se conserve siempre tan buena...
—Adiós, hombre.
—Y tan guapa—añadió el doctor, que ya iba aprendiendo a ser galante.
XII
En cuanto Amparo se quedó sola, faltole tiempo para ver y examinar lo que había recibido. En blanco estaba el papel que envolvía los billetes, los cuales, ¡oh prodigio!, representaban suma doscientas veces mayor que la que Bringas acostumbraba darle todos los sábados... Ella miraba el papel azul creyendo encontrar algún signo, alguna cifra que fuesen expresión de la magnanimidad de aquel hombre santo, angelical, único; pero no había nada, ni un rasgo de pluma. Tal laconismo superaba en elocuencia a los mejores párrafos. Amparo le trajo a su memoria con vivo esfuerzo del espíritu, y creía estarle viendo, al través de la puerta del despacho, sentado y con un periódico en la mano, mientras Bringas le decía a ella las desabridas palabras: «¡hija, otra vez será!».
Grandísima fue la confusión de la joven al pensar qué haría con aquel dinero. Devolverlo era un acto orgulloso que ofendería al donador. ¡Y verdaderamente le hacía tanta, tantísima falta...! El casero la acosaba y no la dejaban vivir acreedores igualmente feroces. Sí, sí, lo mejor que podía hacer era humillarse ante la majestad de aquella alma grande y aceptar el socorro para atender a sus congojosas necesidades. Él no lo hacía por vanidad de hombre rico; hacíalo por puro anhelo de caridad y amor. ¿Cómo desairar estos dos sentimientos que, según la religión, son uno solo?
Esta consideración llevó sus ideas por otro camino. Lo que Agustín le había dicho algunas noches antes era de gran valor. Antes de oír aquella sustanciosa frase, ya ella había comprendido, con su penetración de hembra, que el señor de Caballero no la miraba como se mira a las personas que nos son indiferentes. Había sabido ella interpretar con seguro tino aquella frialdad de estatua, aquel silencio grave, hallándoles un sentido atrozmente expresivo. Luego él de improviso había dicho: «me volveré a Burdeos cuando pierda la esperanza, cuando usted...». ¡Oh!, no, no; no podía ser; caso tan feliz salía fuera de los justos términos de la ambición humana... Pero ¿qué significaba entonces aquel regalo, que si a primera vista no parecía delicado, revelaba franqueza noble y el deseo de atemperarse a las circunstancias? Y siendo ella pobre, pobrísima, ¿por qué no había de auxiliarla quien aspiraba nada menos que a...? Sueño, delirio, esto no podía ser... No obstante, un secreto instinto le decía que sí. Bien claro habían hablado aquellos ojos negros. Y el consabido socorro debía entenderse como un intento de ponerla en condiciones de igualarse a él... Otra confusión: siendo indudable que Caballero la quería para sí, ¿en qué condiciones sería esto? Quería hacerla su esposa o su... Él había dicho varias veces que deseaba casarse. A más de esto, aquella frase que dijo a Rosalía, aquel yo la dotaré, encerraba un sentido enteramente matrimonial.
Más se confundía Amparo al pensar lo que debía decir a su protector cuando le viera en la casa de Bringas. ¿Le daría las gracias lo mismo que si hubiera recibido la butaca de un teatro o una caja de dulces? No... ¿Se callaría? Tampoco. ¿Le contestaría con un largo y bien estudiado discurso? Menos. No era caso de decir: «¡Ave María! D. Agustín, ¡qué cosas tiene usted!». La respuesta al gallardo obsequio era tan difícil y compleja, que lo mejor sería confiarla al papel. ¡Una carta! Feliz idea. Amparo tomó papel y pluma... Pero las dificultades fueron tales desde la primera palabra, que arrojó la pluma convencida de su incapacidad para obra tan delicada. Todo cuanto se le ocurría resultaba pálido, insulso y afectado, como si hablara por ella un personaje de las novelas de D. José Ido. Nada, nada de papeles escritos. El estilo es la mentira. La verdad mira y calla.
Las cosas que bullían en su cabeza, los disparates que pensaba, los proyectos que hacía, los desfallecimientos que sentía de pronto, pusiéronla en tal estado de sobrexcitación, que si no era la misma locura, poco le faltaba para llegar a ella. Añadíanse a tantos motivos de frenesí las maravillas contadas por Felipe aquella noche, que no parecían sino las Mil y una noches refundidas a estilo casero. En el rebullicio que tenía en su cabeza vio Amparo los grifos del baño, la cocina con tantas puertas y hornillos, los montones de ropa y de vajilla, las figuritas de porcelana y los pájaros de la caja de música. Ya se paseaba por la sala, dando aire y espacio a todo aquel efluvio de pensamientos vanos, ya se sentaba para mirar atentamente a la luz, ya iba de una parte a otra de la casa. La una sonó en el reloj de la Universidad y ella no pensaba en pedir reposo al sueño.
Refugio entró. Sorprendida de ver a su hermana levantada, tembló esperando una reprimenda por haber venido tan tarde. Tenía el rostro encendido y de sus ojos brotaban resplandores de fiebre o de alegría.
«¿Qué hay?»—preguntó Refugio, antes de quitarse la toquilla con que se abrigaba.
Tenía tan poco imperio el egoísmo en el alma de la mayor de las Emperadoras que hizo entonces, como otras muchas veces, una cosa de todo punto contraria a su conveniencia personal. ¡Era tan débil! Dejándose arrastrar de su índole generosa, mostró los billetes.
Refugió abrió los ojos, enseñó los dientes en un reír de loca, y dijo con toda su voz, que con el frío de la noche se había puesto algo ronca:
«¡Chica, chica!».
—¡Ah!, poco a poco—dijo Amparo guardándose el dinero en el seno con rápido movimiento—. Esto ha venido para mí. Que yo como buena hermana lo parta contigo, no quiere decir que tengas derecho...
—¿Pero quién?...
—Eso no te lo puedo decir... Lo sabrás más adelante... Pero te juro que es el dinero más honrado del mundo. Se pagarán todas las deudas. Y si te portas bien, si haces lo que te mande, si me prometes trabajar y no salir de noche, te daré algo... Acuéstate, estarás cansada.
Refugio, sin decir nada, entró en la alcoba. Desde la sala se la podía ver colgando su ropa en una percha.
Amparo se acostó también. En la oscuridad, de cama a cama, las dos hermanas hablaban.
«Se entiende que has de portarte bien... hacer todo lo que yo te mande. Tu decoro es mi decoro; y si tú eres mala, mi opinión ha de padecer tanto como la tuya».
—Es que para que yo sea buena, hermana—replicó la otra desde el hueco de sus sábanas—, lo primero que has de hacer es suprimir los sermones. No prediques, que eso no conduce a nada. ¿Por qué es mala una mujer? Por la pobreza... Tú has dicho: «si trabajas...». ¿Pues no he trabajado bastante? ¿De qué son mis dedos? Se han vuelto de palo de tanto coser. ¿Y qué he ganado? Miseria y más miseria... Asegúrame la comida, la ropa, y nada tendrás que decir de mí. ¿Qué ha de hacer una mujer sola, huérfana, sin socorro ninguno, sin parientes y que se ha criado con cierta delicadeza? ¿Se va una a casar con un mozo de cuerda? ¿Qué muchacho decente se acerca a nosotras viéndonos pobres?... Y ya sabes, desde que la ven a una tronada y sola ya no vienen a cosa buena... La costura ¿para qué sirve? Para matarse... ¿Ese dinero lo has ganado tú haciendo camisas, bordando o poniendo cintas a los sombreros?... ¡Qué risa! ¿Te lo han dado los Bringas?... ¡Tendría sal! ¿Pues de dónde lo has sacado? ¿Hay debajo de las tejas quien dé dinero por darlo, por hacer favor, por caridad pura?... No, hija; a mí no me vengas con hipocresías... ¿Es que puede suceder que lluevan billetes de Banco? Tampoco. Pues entonces habla claro... Chica, yo necesito treinta duros, pero los necesito mañana mismo. Es que los debo, hija, los debo, y yo tengo mucha conducta. Si me los das...
Poco a poco se fueron entrecortando las palabras de Refugio. Estaba tan fatigada, que la excitación cerebral, producida por la vista de aquel inexplicable tesoro, fue vencida del cansancio. Se durmió profundamente, como ella dormía, con la tranquilidad del injusto, resultado de una fácil conciencia.
Por la mañana, Amparo, que estaba despierta, sintió que su hermana se levantaba despacito, procurando no hacer ruido, y metía con sigilo y cautela la mano entre las almohadas...
«Chica, no seas mala—dijo la Emperadora mayor, aplicándole ligera bofetada—. Estoy despierta. No he dormido en toda la noche. ¿Buscas el dinero? Sí, para ti estaba...».
Refugio volvió a su cama riendo. Toda la mañana, ya después de levantadas, estuvieron cuestionando, a ratos en broma, a ratos con seriedad. Negábase Amparo a dar dinero a su hermana si no prometía variar de costumbres, y Refugio, para conseguir su objeto sin renunciar a su libertad, empleaba toda suerte de halagos y carantoñas, o bien de tiempo en tiempo las amenazas, revolviéndolas con mentiras muy bien urdidas. Tenía un gran compromiso con las de Rufete, y cuando los pintores a quienes servía de modelo le pagaran, devolvería a su hermana la cantidad que le anticipase. De este enredo pasó a otro y luego a otro, hasta que, Amparo, cansada de oírla, la mandó callar, por lo cual, irritada la pequeña, dejose arrebatar de la ira, y con la voz de sus ya indomables pasiones increpó a su hermana de esta manera:
«Guarda tu dinero, hipocritona... No lo quiero... Me quemaría las manos. Es de pie de altar».
Tanta impresión hicieron en el ánimo de la otra estas palabras, que estuvo a punto de caer al suelo sin sentido. Sin responder nada corrió a la alcoba y se reclinó sobre la cama, rompiendo a llorar. En la salita, Refugio desbocada prosiguió de este modo:
«Tiempo hacía que no parecían por aquí dineritos de la lotería del diablo...».
Después de una pausa lúgubre, Refugio vio que por entre las cortinillas de la alcoba asomaba el brazo de su hermana. La mano de aquel brazo arrojó dos billetes en medio de la sala.
«Toma, perdida»—dijo una voz, ahogada por los sollozos.
Refugio tomó el dinero. Sabía conseguir de su hermana todo lo que quería manejando un hábil resorte de vergüenza y terror. Amparo no había sabido sustraerse a este execrable dominio.
Aplacado su furor con la posesión de lo que deseaba, la hermana menor sintió en su alma cosquilleos de arrepentimiento. Era su carácter pronto y como explosivo, y tan fácilmente se remontaba a las cumbres de la ira como caía deshecho en el llano de la compasión. Había ofendido a su hermana, le había dado terrible golpe en la misma herida sangrienta y dolorosa; y afligida del recuerdo de esta mala acción, esperó a que la agraviada saliese para decirle alguna palabra conciliadora. Pero no salía; sin duda no quería verla, y Refugio al cabo, más vencida de la impaciencia que de la consideración hacia su hermana, salió a la calle.
Aquel día, por ser domingo, no fue Amparo a la casa de Bringas. Entretúvose en arreglar la suya y coser su ropa, y después de una breve excursión a la calle para comprar varias cosillas que le hacían mucha falta, volvió a su trabajo doméstico con verdadero afán. Hizo propósito de establecer el mayor arreglo y limpieza en su estrecha vivienda. Pero ¡ay!, con aquella loca de su hermana no era posible el orden. «¿Qué saco de comprar nada—pensó—, si el mejor día me lo vende o me lo empeña todo?».
Comió sola, porque la andariega no fue a la casa en todo el día. Entró de noche ya muy tarde; pero las dos hermanas no se hablaron una palabra. Amparo estaba muy seria, Refugio parecía sumisa y deseosa de perdón. Viendo que su hermana no se daba a partido, bajó a casa de D. José y estuvo charla que charla toda la noche. Estas tertulias de la pequeña en casa de los vecinos desagradaban mucho a su hermana.
XIII
Al día siguiente, lunes, se presentó Amparo a Rosalía, después de desempeñar diferentes comisiones que esta le había encargado. Una de las primeras conversaciones que Rosalía tuvo con ella fuele horriblemente antipática, en términos que de buena gana habría puesto una mordaza en la boca de su excelsa protectora.
«Hoy estuve en San Marcos—le dijo esta—, y me encontré a Doña Marcelina Polo... ¡Qué desmejorada está la pobre señora! Será por los disgustos que le ha dado su hermano, que, según dicen, es una fiera con hábitos... Me preguntó por ti y le dije que estabas buena, que quizás entrarías en un convento. ¿Sabes cómo me contestó...?».
Amparo aguardaba más muerta que viva.
«Pues no me dijo nada; no hizo más que persignarse. Entró en la sacristía y oí mi misa».
Cuando llegó la hora en que acostumbraba ir Caballero, la joven no sabía si era temor o deseo de verle lo que embargaba su ánimo... Pero el generoso no fue aquel día, ¡cosa extraña!, y Amparo no se explicaba aquella falta sino suponiendo en él algo de lo que ella misma sentía, temor, cortedad, timidez. Él también era débil, sobre todo en asuntos del corazón, y no sabía afrontar las situaciones apuradas. En vez de Caballero fue aquel día un señor, amigo de a casa, el cual era el hombre más cargante que Amparo recordaba haber visto en todos los días de su vida. Era un presumido que se tenía por acabado tipo de guapeza y buena apostura, y se las echaba de muy pillín, agudo y gran conocedor de mujeres. Mientras estuvo allí no apartó de Amparo sus ojos, que eran grandísimos, al modo de huevos duros y con expresión de carnero moribundo. La vecindad de una nariz pequeñísima daba proporciones desmesuradas a aquellos ojos que, en opinión del propio individuo, su dueño, eran las más terribles armas de amorosas conquistas. Dos chapitas de carmín en las mejillas contribuían al estrago que tales armas sabían hacer. Sonrisa con pretensión de irónica acompañaba siempre al despotrique de miradas que aquel señor echaba sobre la joven; y sus expresiones eran tan enfatuadas, reventantes y estúpidas como su modo de mirar. Llamábase Torres, y era un cesante que se buscaba la vida sabe Dios cómo. La impresión que este individuo y sus miradas hacían en la huérfana quedan expresadas diciendo, a estilo popular, que esta le tenía sentado en la boca del estómago.
Fuera de este suplicio de ojeadas y sandeces, nada ocurrió aquel día digno de contarse; mas cuando la joven volvió a su casa, ya entrada la noche, recibió de la portera una carta que habían traído en su ausencia, y al ver la letra del sobre sintió temor, ira, rabia; estrujola, y al subir a su vivienda la rompió en menudos pedazos, sin abrirla. Los trozos de la carta metidos unos dentro de los fragmentos del sobre y otros sueltos, estuvieron algún tiempo en el suelo, y cada vez que Amparo pasaba cerca de ellos parecía que solicitaban su atención. Hasta se podía sospechar que sobrenatural mano los dispuso sobre la estera de modo que expresasen algo y fueran signo de alguna muda pero elocuente solicitud. Mirábalos ella y pasaba, pisándolos; pero los pedacitos blancos le decían: «Por Dios, léenos». Para borrar todo rastro de la malhadada epístola, Amparo trajo una escoba, emblema del aseo, que también lo es del menosprecio. Pero a los primeros golpes pudo la curiosidad más que el desdén. Inclinose, y de entre el polvo tomó un papel que decía: moribundo. Después vio otro que rezaba: pecado. Un tercero tenía escrito: olvido que asesina. Barrió más fuerte y bien pronto desapareció todo.
Mas concluida la barredura, el desasosiego de la Emperadora fue tan grande que no pudo comer con tranquilidad. A media comida levantose de la insegura silla; no podía estar en reposo; sus nervios iban a estallar como cuerdas demasiado tirantes. Levantó manteles; púsose las botas, el velo, y se dirigió a la puerta; pero desde la escalera retrocedió como asustada, y vuelta a descalzarse y a guardar el velo. Aunque estaba sola y con nadie podía hablar, la viveza de su pensamiento era tal que arrojó a la faz de la tristeza y de la penumbra reinantes en su casa estas extravagantes cláusulas: «No, no voy... Que se muera».
Mas tarde debieron de nacer nuevamente en su espíritu propósitos de salir. Cada suspiro que daba haría estremecer de compasión al que presente estuviera. Después lloraba. Era de rabia, de piedad, ¿de qué...? Acostose al fin y durmió con intranquilo sueño, entrecortado de negras, horripilantes pesadillas. Medio dormida, medio despierta, oyéronse en la angosta alcoba ayes de dolor, quejidos lastimosos, cual si la infeliz estuviese en una máquina de tormento y le quebrantaran los huesos y le atenazaran las carnes, aquella carne y aquellos huesos que componían, según Doña Nicanora, la más acabada estatua viva que produjera el cincel divino. Despierta antes del día, en su cerebro, como luz pendiente de una bóveda, estaba encendida esta palabra: «iré». Y la oscilación y el balanceo de esta palabra encendida eran así: «Debo ir; mi conciencia me dice que vaya, y mi conveniencia también para evitar mayores males. Voy como si fuera al cadalso».
Lo primero que tuvo que hacer fue inventar la explicación de su ausencia de la casa de Bringas. Cuando no las pensaba con tiempo, estas mentirijillas le salían mal, y en el momento preciso se embarullaba, dando a conocer que ocultaba la verdad. Inventado el pretexto se dispuso a salir, no verificándolo hasta que se hubo marchado su hermana. Las diez serían cuando se echó a la calle, digámoslo en términos revolucionarios, y tan medrosa iba, que se consideraba observada y aun seguida por todos los transeúntes.
«Parece que todos saben a dónde voy—pensaba andando más que de prisa para recorrer el penoso camino lo más pronto posible—. ¡Qué vergüenza!».
Y la idea de que pudiera encontrar a alguna persona conocida la hacía pasar bruscamente de una acera a otra y tomar las calles más apartadas. Habría deseado, para ir tranquila, ponerse una careta, y si aquellos días fueran los de Carnaval seguramente lo habría hecho. Atravesó todo Madrid de Norte a Sur. Las once serían cuando entraba en la calle de la Fe, que conduce a la parroquia de San Lorenzo, y reconoció desde lejos la casa a donde iba por una alambrera colgada junto a una puerta, como insignia del tráfico de trapo y cachivaches. Se compra trapo, lana, pan duro y muebles, decía un sucio cartelillo colgado en la pared. El portal no tenía número. Amparo, que no había estado allí más que una vez, cuatro meses antes, no podía distinguirlo de los demás portales sino por aquel emblema de la alambrera y del rótulo. Ya tan cerca del término de su carrera, vacilaba; pero al fin, pasando junto a la mampara de un memorialista, penetró en feísimo patio, por un extremo del cual corría un arroyo de agua verde, uniéndose luego a un riachuelo de líquido rojo. Eran los residuos de un taller de tintorería de paja de sillas que había en aquellos bajos.
Atravesó la joven apresuradamente el patio de un ángulo a otro. Mucho temió que unas mujeres que estaban allí le dijesen alguna insolencia; pero no hubo nada de esto. En el rincón del patio había una puerta que daba paso a la escalera, cuyo barandal era de fábrica. Paredes, escalones y antepechos debieron ser blanqueados en tiempo de Calomarde; mas ya era todo suciedad y mugre lustrado por el roce de tantos cuerpos y faldas que habían subido por allí. Silencio triste reinaba en la escalera, que parecía una cisterna del revés. Se subía por ella al abismo, porque mientras más alta era más oscura. Por fin llegó Amparo a donde pendía un cordón de cáñamo. Era menos limpio que el de su casa, por lo que hubo de cogerlo también con el pañuelo. Llamó quedito y no tardó en abrirse la puerta, pintada de azul al temple, dejando ver colosal figura de mujer anciana, cuya cara morena, lustrosa y curtida parecía una vieja talla de nogal. Sus cabellos de color de estopa sin cardar salían por debajo de un pañuelo negro, y era también negro el vestido con visos de ala de mosca que declaraban antecedentes de sotana. La voz cascada de aquella mujer dijo estas palabras acompañadas de un reír menudo, semejante al rumor de un sonajero:
«¡Gracias a Dios! Que haya repique de campanas... Poco contento se va a poner».
—¿Hay alguien, Celedonia?, ¿hay alguna visita?—preguntó Amparo con muchísimo recelo.
—Aquí no viene nadie, hija... Está solo y dado a los demonios. Cuando la vea a usted... Adelante. Si no tiene nada, nada más que soledad y tristeza. Le digo que pase y no quiere... Pase, pase, ¿a qué viene ese miedo? Ahora que tiene compañía, me voy a casa del tintorero.
Amparo entró en una sala no muy grande cuyas dos ventanas daban al patio. Contenía esta pieza el mueblaje de otra que había sido mayor, y de aquí su aspecto de prendería. El polvo dominaba absolutamente todo, envolviendo en repugnante gasa los objetos. Parecía un domicilio cuyos dueños estuvieran ausentes, dejándolo encomendado al cuidado de las arañas y de los ratones. En el rincón opuesto a la puerta, detrás de una mesilla de salomónicas patas, colocada junto a la ventana, había un sillón de hule negro y roto. En el sillón estaba un hombre, más que sentado hundido en él, cubierto de la cintura abajo con una manta.
Al verle, la Emperadora fue hacia él ligera. La fisonomía del hombre enfermo era toda dolor físico, ansiedad, turbación. Ella, turbada también, le alargó su mano, que el tal tuvo entre las suyas mientras decía:
«Alabado sea Dios... ¡tantos meses sin parecer por aquí! Me hubiera muerto... me quería morir. ¡Ah, Tormento, Tormento!... ¡Abandonarme así, como a un perro; dejarme perecer en esta soledad....!».
—Yo no debía venir... Había hecho propósito de no venir más... Pecado horrible, que no puede tener perdón.
Diciendo esto, parecía que se ahogaba. Rompió a llorar, ¡y de qué manera!... Vertía lágrimas antiguas, lágrimas pertenecientes a otros días y que no habían brotado en tiempo oportuno. Por eso tenían salobridad intensa y le amargaban horriblemente cuando se las bebía. Vuelta la espalda al enfermo, estaba inmóvil y en pie como una de esas bonitas imágenes que, vestidas de terciopelo, barnizada la cara y con un pañuelo en la mano, representan con su llanto eterno la salvación por el arrepentimiento.
Mirábala él con torvos y asustados ojos. También él lloraba quizás, pero por dentro. Su cara era cual mascarilla fundida en verdoso bronce, y lo blanco de sus ojos amarilleaba al modo del envejecido marfil. Queriendo dominar la situación, el enfermo desechaba con violento esfuerzo la tristeza y duelo del caso. Oídle decir en tono de impaciencia:
«Tormentito, deja eso por ahora. Estoy muy mal y me afecto mucho. La alegría de verte después de tanto tiempo se sobrepone a todo. Siéntate».
—Sí—dijo volviéndose la que el doliente llamaba con nombre tan extraño—. He venido por cumplir una obra de misericordia; he venido a visitar a un amigo enfermo, y nada más. Se acabaron para siempre aquellas locuras.
—Bueno, bueno; se acabaron. Pero sosiégate ahora y siéntate.
Tormento miró a todos lados con rápido y atento examen. Sus ojos encendidos pestañeaban y el pañuelo no había secado todo el llanto que abrasaba sus mejillas. Sonrisa ligeramente burlona animó sus labios, y dijo así:
«Que me siente... ¿Y dónde? Si todo está lleno de polvo. Si aquí parece que no se ha barrido en tres meses. Esto es un horror».
—Yo no he permitido que se barra ni se toque nada...—replicó el misántropo, hasta que tú vinieras.
—Hasta que yo viniera... ¡Jesús!
—De modo que si no vienes... me dejo morir en este abandono. Ya ves cuánta falta me haces.
Tormento buscó con qué limpiar una silla, y hecho esto, se sentó en ella frente al enfermo.
«¿Y qué dice el médico?».
—¡El médico!... Celedonia ha querido varias veces traer uno, pero yo le he dicho siempre que si le traía le echaría por la ventana. Mi médico es otro, mi medicina es que me mire una persona que conozco, que venga a verme, que no se olvide de mí.
Decía esto como un niño quejumbrón, a quien la enfermedad da derecho a ser mimoso.
—Basta, basta... todo pasó, pasó, pasó—dijo Tormento pugnando por arrojar el peso que sobre su alma tenía.
—No me riñas...
—Es que me marcharé.
—Eso no... Seré bueno. Pero es tan verdad lo que te he dicho, es tan verdad que tú, alejándote, eres mi mal y volviendo mi salud, que hoy, sólo con verte, parece que estoy bueno y que me vuelven las fuerzas. ¡Qué días he llevado! Hace un mes que apenas tomo alimento. Paso semanas enteras sin dormir... Dice Celedonia que esto es cosa del hígado, y yo le digo: «Que me la traigan, que me la traigan... y verás cómo resucito...». ¡Y tú tan inhumana, tan olvidadiza...! ¿Cuántas cartas te escribí hace tres meses? Qué sé yo. Viendo que no me respondías ni me visitabas, me resigné. Pero hace días, creyendo morirme, no pude resistir más, y te puse cuatro letras.
«¡Por Dios!...—exclamó Tormento, sin fuerzas para resistir el de su conciencia—, que no me arrepienta de haber venido. Aquello pasó, se borró, es como si no hubiera sucedido... Y la vida entera dedicada al arrepentimiento, ¿bastará, digo yo, bastará para que Dios perdone?...».
Su espanto la obligaba a decirlo todo en impersonal, porque las palabras yo, tú, nosotros, le quemaban los labios.
«Si los padecimientos purifican, si el dolor quema—manifestó el enfermo, dándose fuerte golpe en la cabeza con la palma de la mano—, si el dolor sana el alma, más puro estoy que un ángel... Ahora, si es preciso el propósito de ahogar sentimientos ya muy arraigados, si no basta con hacer como si no se quisiera y es necesario dejar de querer realmente, entonces no hay remisión para mí. Ni puedo, ni quiero salvarme».
Tormentito no tuvo fuerzas para decir nada contra esto. Su carácter débil sucumbía ante resolución tan categórica. Bajó los ojos inclinando la cabeza. El peso aquel se hizo tan grande que no podía soportarlo.
Un minuto después, en el tono más sencillo y pedestre del mundo, el tal dijo así:
«¿Sabes? Me he puesto tan bien desde que te vi, que me alegraría de tener qué almorzar».
—Pero que... ¿no hay...?
—¡Oh!, hija, estoy tan pobre, pero tan pobre... Vivo, si esto es vivir, de limosna. Hace algunos días que se acabaron todos mis recursos. Cobré algo de las cantidades, que me debía Pizarro el fotógrafo ¿te acuerdas?; parte empleé en socorrer a esa desgraciada familia del sillero que vive arriba; el resto lo he ido gastando. Aún debo cobrar tres mil y pico de reales que me debe Juárez, y además tendré lo que produzca la venta de los muebles y material de la escuela. Me lo ha tomado el Ayuntamiento; pero esta es la hora en que no me han dado un ochavo. Si no fuera por el padre Nones, ya me habría hecho llevar a un hospital.
Amparo se internó en la casa y al poco rato volvió diciendo:
«Si no hay nada, ni siquiera carbón».
—Nada, nada, ni siquiera carbón—repitió él cruzando las manos.
Tormento volvió a desaparecer. Sintiola el enfermo trasteando en la cocina, y oyó la simpática voz que decía: «Esto es un horror».
—¿Qué haces?
—Limpiar un poco—replicó ella desde lejos, confundiendo su voz con el sonido de calderos y loza.
Poco después entró en la sala, diligente. Se había quitado el velo y el mantón, y la mujer de gobierno se revelaba en toda ella.
«Pero esa Celedonia ¿dónde está?»—preguntó con mucha impaciencia.
—¿Celedonia?, échale un galgo... Cómo haya encontrado con quién charlar... ¿Para qué la quieres?
—Para mandarla a la compra, avisar al carbonero, al aguador... No puedo ver la casa tal como está, ni que, pudiéndolo yo remediar, está sin comer una persona...
—Que te quiere tanto... Has hablado como el Evangelio... No, no te arrepientas.
—Una persona que nos ha socorrido a mí y a mi hermana en días de miseria...
—¡Bah!... No cuentes con Celedonia. Esa pobre mujer es muy buena para mí, pero no sirve más que para comerme lo poco que tengo. Cuando le dan los ataques de reuma y se tumba y se pone ella a gritar por un lado mientras yo gimoteo por otro, sin podernos consolar ni ayudar el uno al otro, esta casa es un Purgatorio... Mira, hija, más vale que vayas tú misma a comprar lo que deseas darme. De tus manos comería yo piedras pasadas por agua... ve...
—¿Y si me conocen?—dijo ella temerosa.
Meditó un instante. Variando después de parecer y poniéndose el mantón por los hombros y en la cabeza un pañuelo que antes tenía al cuello, tomó la cesta de la compra y se dispuso a salir.
—Me atreveré—afirmó sonriendo con tristeza—. Hago con esto otra obra de misericordia, y Dios me protegerá.
—¡Divina y salada!...—pensó el infeliz señor viéndola salir—. Se me parece a las seráficas majas que gozan un puesto en el cielo... digo, en el techo de San Antonio de la Florida.
Y el suspiro que echó fue tal, que hubo de resonar en Roma.
XIV
¿Qué se hizo de la brillante posición de don Pedro Polo bajo los auspicios de las señoras monjas de San Fernando? ¿Qué fue de su escuela famosa, donde eran desbravados todos los chicos de aquel barrio? ¿A dónde fueron a parar sus relaciones eclesiásticas y civiles, el lucro de sus hinchados sermones, el regalo de su casa y su excelente mesa? Todo desapareció; llevóselo todo la trampa en el breve espacio de un año, quedando sólo, de tantas grandezas, ruinas lastimosas. ¡Enseñanza grande y triste que debieran tener muy en cuenta los que han subido prontamente al catafalco de la fortuna! Porque si rápido fue el encumbramiento de aquel señor, más rápida fue su caída. Se desquició casi de golpe todo aquel mal trabado edificio bien pronto ni rastro, ni ruido, ni polvo de él quedaron, siendo muy de notar que no se debió esta catástrofe a lo que tontamente llama el vulgo mala suerte, sino a las asperezas del mismo carácter del caído, a su soberbia, a sus desbocadas pasiones, absolutamente incompatibles con su estado. Pereció como Sansón entre las ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo con su estúpida fuerza.
Está averiguado que antes de la muerte de Doña Claudia empezó el desprestigio de la escuela. El contingente de chicos disminuía de semana en semana. Alarmados los padres por los malos tratos de que eran objeto aquellos pedazos de su corazón, les retiraban de la clase, poniéndoles en otra de procedimientos más benignos. Y en la misma calle se estableció otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los horrores que hacía Polo con los muchachos, descoyuntándoles los brazos, hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y sacándoles tiras de pellejo. Más tarde, la gente que pasaba por la calle vio que por una de las ventanas bajas salía volando una criatura como proyectil disparado por una catapulta. Otras cosas se referían igualmente espantables; pero no todo lo que se dijo merece crédito. Los pasantes contaban que algunos días estaba el maestro como loco furioso, dando gritos y echando por aquella boca juramentos y voquibles impropios de un señor sacerdote.
La muerte de Doña Claudia, acaecida inopinadamente, fue como una prolongación de aquel sueño pesadísimo que le entraba después de comer y de cenar. Sobre esto se hablaba más de lo regular. El tabernero de enfrente parece que vio con disgusto el acabamiento de aquella dama por la buena parroquia que perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las señoras y don Pedro empezaron a ponerse de punta como dos sustancias que rechazan la combinación. Todos los días cuestiones, rozamientos, recados importunos, disgusto aquí y allá, ellas muy tiesas, él más estirado aún. Cuenta la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de ser llevada a un parlamento, que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un coram vobis en el locutorio, del cual resultó, tras muchos dimes y diretes, que el capellán mandó a las monjas al... (al infierno no debió de ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto y otras cosas, D. Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar el capellanazgo a otro clérigo de temperamento más dócil. Él había nacido para domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás, quizás para conquistar un imperio como su paisano Cortés. ¿Cómo había de servir para afeitar ranas, que esto y no otra cosa era aquel menguado oficio?... Se marchó contento y renegando de las monjas, a las cuales ponía de tal manera, que no había en verdad por dónde cogerlas.
Instalose en casa propia, hacia la calle de Leganitos, y allí la incompatibilidad de su carácter con el de su hermana empezó a ser de tal naturaleza, que la existencia común se hizo difícil. Marcelina Polo, que en vida de su madre había tenido paciencia, mucha paciencia y desprecio de sí misma, se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo con la oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio. Cuenta la criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, que el hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña Marcelina debilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agria disputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso—decía—; paso que me tire los platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero un pecado tan atroz y sacrílego, eso sí que no se lo paso». Y se fue a vivir con una tal Doña Teófila, señora mayor, que se le parecía como una gota a otra gota. Poco después embaucaron a Doña Isabel Godoy (que había perdido a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo, instalándose en una casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cada una de las tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sus horas todas a las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de Doña Teófila era la usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, con más un cierto furor por la lotería, que heredó de su madre.
Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muy frías. Rara vez le visitaba para informarse de su salud, y no le prestaba servicio alguno doméstico ni le cuidaba en sus enfermedades. Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando por él a troche y moche y pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi todo el día se lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de su olor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visita de ella, ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía. Hazme el favor de apartarte un poco».
Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barrios del Sur. Era ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla. Ya no había parroquia ni cofradía que le encargasen un triste sermón, ni tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas de predicarlo, porque las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sin entusiasmo ni calor, de la mina de sus libros, se le habían ido de la cabeza, donde parece que estaban como desterradas, para volverse a las páginas de que salieron. Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvo intento de volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez y rusticidad primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados y vacíos discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatrales del púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo la falsificación de su ser y que corría derecho a reconstituirse en su natural forma y sentido, a restablecer su propio imperio personal, a hacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en sí hallara de artificial y postizo.
Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrar misa armaba reyerta con los demás curas, y que un día él y otro de carácter poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan. Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquellos lugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensibles se ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que no volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó de sacristía en sacristía, malquistándose con toda la sociedad eclesiástica y dando motivo a maliciosas hablillas. Su peculio, que ya venía sufriendo considerables mermas, entró en un período de verdadero ahogo. La pobreza enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más triste aún, que detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación; pero su alma no tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tan grave y profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que le habrían valido para ganar épicos laureles en otros días, lugares y circunstancias, no le valieron nada contra su desvarío. Todas las armas se embotaban en la dureza de aquella sangre y vida petrificadas, que protegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones morales y sociales.
Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación y una pereza invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesia que creía profanar con su sola presencia; pasaba semanas enteras encerrado como un criminal que a sí mismo se condenara a reclusión perpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasaba el día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, con empaque tal que se le habría tomado por presidiario que acaba de romper sus cadenas. En la clase eclesiástica no conservaba más que un amigo, el padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y a restablecer la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevole a vivir a la humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizo tímidos esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraron las licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad al cuerpo robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayó en abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía estrechamente, apurando los pocos dinerillos que tenía, haciendo esfuerzos por cobrar las cantidades que le adeudaban algunas personas desde los tiempos de su prosperidad. Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente de sus deudores sumas mezquinas. Concertó la venta del material de la escuela, que era suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa para posesionarse de lo comprado, no la tuvo para pagar.
Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección del ama de llaves que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sin malicia, pero que no sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre de sacristanes, tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado la portería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años. Sabia de liturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía en la punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repique de misa mayor, y era autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero con tanta ciencia, no sabía hacer una taza de café, ni cuidar un enfermo, ni aderezar los guisos más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertulia en casa de las vecinas.
Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero, la incapacidad doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al grado último de tristeza y desorden. Pero cierto día entró inopinadamente en ella alguien que parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto y lóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa de las cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, y quien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulce caricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.
XV
Al cual le retozaba el alma en el cuerpo cuando vio entrar a Tormento con el cesto de la compra bien repleto de víveres.
«¡Qué opulencia!—exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos—. Parece que vuelven los buenos tiempos... Parece que ha entrado en mi choza la bendición de Dios en figura de una santa...».
Detúvose aquí, cortando el hilo de aquel concepto que se le salía del alma. Tormento nada dijo y se internó en la casa. Pronto se sintieron los fatigados pasos de Celedonia y luego los del carbonero y del aguador. Movimiento y vida, el delicioso bullicio del trajín doméstico reinaban en la poco antes lúgubre vivienda. Era agradable oír el rumor del agua, el repique del almirez, el freír del aceite en la sartén. Siguió a esto un estruendo de limpieza general, choque de pucheros y cacharros, azotes de zorro y castigo del polvo. De improviso entró la joven en la sala con un pañuelo liado a la cabeza, cubierta de un delantal y con la escoba en la mano. Ordenó al enfermo que se metiese en la pieza inmediata, lo que él hizo de muy buena gana, y abiertas de par en par las ventanas de la sala, viose salir en sofocante nube traspasada por rayos de sol la suciedad de tantos días. Infatigable, no permitía Tormento que le ayudase Celedonia, la cual entró renqueando para ofrecer su débil cooperación.
«No es preciso—le dijo la otra—. Váyase usted a la cocina a cuidar del almuerzo».
—Para todo hay lugar,—replicó la vieja—.Voy a llevarle agua tibia a ver si quiere afeitarse. Dos semanas hace que no lo hace, y está que parece el Buen Ladrón.
Cuando la sala quedó arreglada, Tormento volvió a la cocina, y entonces se oyó el tumulto del agua revolcándose en el fregadero entre montones de platos. Con los brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la joven desempeñaba aquella ruda función, deleitándose con el frío del agua y con el brillo de la loza mojada. Sin descansar un momento, en todo estaba y no abría los labios más que para reprender a Celedonia su pesadez. La reumática sacristana más bien servía de estorbo que de ayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entraba de lleno, haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Los platos habrían lucido como nuevos si no tuvieran los bordes desportillados y en todas sus partes señales de la mala vida que llevaban en manos de Celedonia.
D. Pedro, bien afeitado y vestido de limpio, volvió a ocupar su sillón, y se reía, se reía, henchido de un contento nervioso que le hacía parecer hombre distinto del que poco antes ocupara el mismo lugar.
«Me parece—decía tocando el tambor con los dedos sobre la mesa—, que de golpe se me ha renovado el apetito de aquellos tiempos... ¡Poder de Dios! ¡Qué día tan dichoso! He aquí los domingos del alma».
Tormento entraba y salía sin descanso. Hablaba poco y no participaba de la alegría del buen Polo. En la cocina faltaba aún mucho que hacer, por causa del abandono en que había encontrado todo. Así pues, el almuerzo, que pudo haber sido dispuesto a las once, tardó aún tres cuartos de hora más. D. Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puerta de la cocina para dar broma y prisa, y ningún contraste puede verse más duro y extraño que el que hacía su semblante tosco y amarillo, de color de bilis, de color de drama, con su reír de comedia y el júbilo pueril que le dominaba. Sus bromas inocentes eran así:
«¿Pero no se almuerza en esta casa? Señora fondista, ¿en qué piensa, que así deja morir de hambre a los huéspedes?».
Y luego prorrumpía en triviales carcajadas, que sólo hallaban eco en la candidez de Celedonia. Terminados los preparativos del almuerzo, quitose Tormento el pañuelo de la cabeza y el delantal, diciendo:
«Vamos, ya es hora».
Cuando empezó a almorzar, Polo parecía el mismo de marras, con la diferencia del peor color y de la pérdida de carnes. Pero su espíritu discretamente jovial, su cortesía un poco seca a estilo castellano, su mirar expresivo y su apetito reproducían los dichosos días pasados. Tormento comía al otro extremo de la mesa, y ya era comensal ya sirviente, atendiendo unas veces a su plato, otras al servicio del amigo, para lo cual se levantaba, salía y entraba con diligencia. Incapaz de prestar ninguna ayuda, Celedonia no hacía más que charlar de la función religiosa del día, del Oficio Parvo que se preparaba para el siguiente y de lo mal que cantaba el padre Nones, a quien remedó con bastante fidelidad. D. Pedro la mandó varias veces a la cocina, sin ser obedecido.
Quería Polo entablar con la joven conversación larga; pero ella se defendía contra ese empeño, cortando la palabra del misántropo con su brusco levantarse para traer alguna cosa. No quería de ningún modo entrar en materia; se consideraba como visita, como persona extraña a la casa, que había entrado en ella con propósitos de un orden semejante a los de la Beneficencia Domiciliaria. Batallaba en su mente por convencerse de que había ido a socorrer a un enfermo, a consolar a un triste, a dar de comer a un hambriento; y compenetrándose del espíritu que dictó las Obras de Misericordia, se atrevía a crear una nueva: la de Limpiar el polvo y barrer la casa de los que lo hayan menester... Había encontrado allí tanta miseria, tanta basura, que no podía verlo con indiferencia. Agregaba a estas ideas, para tranquilidad completa de su conciencia por el momento, el propósito de que tal visita sería la última, y un adiós definitivo y absoluto a la nefanda amistad que era el mayor tropiezo y la única mancha de su vida.
Tormento sabía hacer muy bien el café. Aprendió este arte difícil con su tía Saturna, la mujer de Morales, y aquel día puso gran esmero en ello. Cuando Polo miraba delante de sí la taza de negro y ardiente licor, la joven, acordándose de algo muy importante, sacó un paquetito del bolsillo de su traje:
«¡Ah! También he traído cigarros. Me había olvidado de sacarlos. Puede que se hayan roto. Peseta de escogidos... Este de las pintitas debe de ser bueno».
Cuando mostraba el abierto envoltorio de papel con los puros, D. Pedro, traspasado el corazón de un dardo de gratitud inefable, no sabía qué decir. Si fuera hombre capaz de llorar con lágrimas, las habría derramado ante aquel ejemplar de previsión, de dulzura y delicadeza. Volvió a pensar en la Providencia, de quien él antaño había dicho tantas cosas buenas en el púlpito; pero no gastando de asociar ninguna idea religiosa al orden de ideas que entonces reinaba en su espíritu, creyó más del caso acordarse de las hadas, ninfas o entidades invisibles que tenían el poder de fabricar en un segundo encantados palacios, y de improvisar comidas suculentas, como él había leído en profanos libros.
Con grandísima tristeza vio, cuando aún no había concluido de apurar la taza, que Tormento se levantaba, cogía su mantón y su velo, disponiéndose para marchar. De este modo se desvanecen en el aire y en el sueño las ninfas engendradas por la fantasía o por la fiebre.
«¡Cómo!... ¿qué es eso?... ¿ya?»—balbució angustiado.
—Me voy. Nada tengo ya que hacer aquí. Hago falta en mi casa.
—¡En tu casa! ¿Y cuál es tu casa?—murmuró severamente, no atreviéndose a decir: «tu casa es esta».
—¡Por Dios!... Esa no es la mejor manera de agradecerme el haber venido.
—Siéntate,—ordenó el misántropo imperiosamente, hablando conforme a su carácter.
—Me voy.
—¿Que te vas? Es temprano. La una y media. Si insistes, saldré contigo, ¡ea!.. ¿Vas para arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... No te dejaré a sol ni sombra.
Tormento, asustadísima, no tuvo fuerzas para protestar de aquella persecución. El peso que sentía sobre su alma debía de ser bastante grande para gravitar también sobre su cuerpo, porque se desplomó sobre la silla con los brazos flojos, la cabeza aturdida.
«No creas que vas a hacer lo que se te antoje—manifestó Polo entre festivo y brutal—. Aquí mando yo».
—Hay personas con quienes no valen los propósitos buenos...—replicó ella tratando de mostrar carácter—. Yo recibí una carta que decía: «moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo, y lo que he hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quiero enterrarme con él... Por débil me pasó lo que me pasó. Esto de la debilidad no se cura nunca. Hoy mismo, al querer venir, una voz me decía aquí dentro: «no vayas, no vayas». Dichosos los que han nacido crueles, porque ellos sabrán salir de todos los malos trances... Dios castiga a las personas cuando son malas, y también cuando son tontas, y a mí me castiga por las dos cosas, sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitos hay que, bien mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí ¿qué es?... Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más todavía. Yo vivo en medio de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra, un susto, un temblor continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca viene a mí y me dice...