Benito Pérez Galdós (continued 4)
Reading edition
XXIV
Después de tres días de ausencia, disculpada con pretexto de ocupaciones graves en su casa, fue Amparo a la de Bringas. Subiendo la escalera, temía que los escalones se acabasen. ¿Cómo la recibiría Rosalía, sabedora ya de su noviazgo? Porque la huérfana no amaba a su excelsa amiga, y aquel respeto que le tenía será mejor calificado si le damos el nombre de miedo. El señor D. Francisco sí le inspiraba afecto, y pensando en los dos y en lo que dirían, entró en la casa. Sin saber por qué, diole vergüenza de verse allí con su vestido recientemente arreglado, sus botas nuevas, su velo nuevo también. Creía faltar al pudor de su pobreza.
Rosalía salió a su encuentro en el pasillo, riendo, y luego la abrazó con afectados aspavientos de cariño. Tales vehemencias, por lo excesivas debían de ser algo sospechosas; pero Amparo, cortada como una colegiala a quien sorprendieran en brazos de un sargento, las admitió como buenas. A las vehemencias siguieron ironías de muy mal gusto.
«Vaya, mujer, gracias a Dios que pareces por aquí. Como estás tan encumbrada, ya no te acuerdas de estos pobres... ¡Buena lotería te ha caído! No, no la mereces tú, aunque reconozco que eres buena... ¡Suerte mejor...! Siéntate... Quiere Agustín que vivas con nosotros, y no nos oponemos a ello... Al contrario, tenemos mucho gusto. No sé si te podrás acomodar en esta estrechura, porque como ya tienes la idea de vivir en aquellos palacios, te parecerá esto una cabaña».
Recobrándose, contestó la novia que lo agradecía mucho; pero que no pudiendo dejar sola a su hermana, seguiría viviendo en su casa, sin perjuicio de ir a la de Rosalía, como siempre, para ayudarla en lo que pudiera.
«¡Vaya con Agustín, y qué callado lo tuvo! Este hombre es todo misterio. Mira tú, yo no me fiaría mucho... Pues sí, puedes estar aquí todo el día; comerás con nosotros, lo poco que haya. Después te irás tú a tu alcázar, y nosotros nos quedaremos en nuestra choza. A buen seguro que os molestemos... ¡Mira que haciendo yo ahora la mamá contigo...! Pero por Agustín y por ti, ¿qué no haré yo? Siéntate... Me coserás estas mangas... ¡Ah!, no, ¡qué atrevimiento! Perdona».
—Sí, sí, vengan... Pues no faltaba más...
Bringas, que se acababa de afeitar en su cuarto, salió sin gafas al comedor enjugándose la carita sonrosada y muy pulida.
«Amparito, ¿cómo estás? Yo, bien. ¡Ah!, bribonaza, ¡qué suerte has tenido!... A mí me lo debes. Buenas cosas le he dicho de ti al primo... Te he puesto de hoja de perejil, como puedes suponer. La verdad, le tienes encantado... Esto se podría titular El premio de la virtud. Es lo que yo digo, el mérito siempre halla recompensa».
Poco después de esto, Bringas y su mujer se secreteaban en el despacho.
«Agustín va a tener carruaje. Ya lo ha encargado a París».
—¡Ah!...—exclamó la dama, esponjándose, pues ya le parecía que se arrellanaba en el blando coche de sus amigos.
—Es preciso que la trates muy bien. Tendrán abono en todos los teatros.
—Amparo—decía poco después la Pipaón a su protegida—; mira; no te canses la vista en ese punto tan menudo. Mañana o pasado irás conmigo a las tiendas. Agustín me ha encargado que le haga varias compras, y ya ves... conviene que des tu parecer y escojas lo que más te guste, puesto que todo es para ti. También yo tengo que procurarme algunas fruslerías, porque es indispensable que vayamos al baile de Palacio... Ven a mi cuarto; verás el vestido de color de melocotón que me ha mandado Su Majestad.
Esto de la indispensable asistencia al baile traía muy pensativo a Thiers, pues aunque los gastos no eran muchos, superaba su cifra a las de todo el capítulo de lo superfluo, correspondiente a tres meses. Mas con valeroso rigor Bringas echó abajo partidas afectas a la misma exigencia vital, y la familia fue condenada a no tener en sus yantares, durante un mes, más que lo preciso para no morirse de hambre. Y como él no podía ya presentarse decorosamente con el gabán de seis años, hubo de encargarse uno, valiéndose de un sastre que le debía favores y que se lo hacía por el coste del paño. Se corrieron las órdenes para que los chicos tiraran hasta Febrero con los zapatos que tenían, y se suprimió la luz del recibimiento, la propina del sereno y otras cosas. Rosalía, siempre atormentada por la creciente escasez, veía negro el porvenir, más entenebrecido aún con los anuncios de revolución que estaban en todas las bocas. Una cosa le consolaba. Su hija tenía ya piano y maestro, y recibiría aquella parte de la educación tan necesaria en una joven de buena familia. Y la niña era tan aplicada que toda la santa tarde y parte de la noche estaba toqueteando sus fáciles estudios; novedad que encontró Amparo en la casa aquel día. La enojosa música y la soporífera conversación del señor de Torres llevaron su espíritu a un grande aburrimiento. Caballero fue al caer de la tarde, y después de un rato de agradable tertulia la acompañó hasta su casa. Aquella vez Rosalía no le hizo ya ningún encargo de tubos, ovillos de algodón, ni de botones o varas de cinta, y la despidió, lo mismo que Bringas, con melosas palabrillas.
Recogida en la soledad de su casa, Amparo tuvo aquella noche un feliz pensamiento. No supo como se le había ocurrido cosa tan acertada, y juzgó que el mismo Espíritu Santo se había tomado el trabajo de inspirársela. La feliz ocurrencia era llamar en su auxilio a la religión. Confesando su pecado ante Dios, ¿no le daría Éste valor bastante para declararlo ante un hombre? Claro que sí. Nunca había ella descargado su conciencia de aquel peso como ordena Jesucristo. Su devoción era tibia y rutinaria. No iba a la iglesia sino para oír misa, y si bien más de una vez se le ocurrió que debía acercarse al tribunal de la penitencia, tuvo gran miedo de hacerlo. Su pecado era enorme y no cabía por los agujerillos de la reja de un confesionario, grandes para la humana voz, chicos, a su parecer, para el paso de ciertos delitos.
«Nada, nada—pensó confortándose mucho con esto y llena de alborozo—; un día cualquiera, luego que me prepare bien, me confieso a Dios, y después... seguramente tendré un valor muy grande».
¡Qué acertado proyecto!... ¡ampararse de la religión, que no sería nada si no fuera el pan de los afligidos, de los pecadores, de los que padecen hambre de paz! ¡Y a ella, la muy tonta, no le había pasado por las mientes proceder tan sencillo, tan natural...! Iría, sí, resuelta y animosa, al tribunal divino. Si ya sentía robustez de espíritu sólo con el intento, ¿qué sería cuando al intento siguiera la realización de él? El temor que siempre tuvo de un acto tan grave, disipose; y si el sacerdote, viéndola hondamente arrepentida, la perdonaba, ya tenía su alma vigor bastante para presentarse al hombre amado y decirle: «Cometí enorme falta; pero estoy arrepentida. Dios me ha perdonado. Si tú me perdonas, bien. Si no, adiós... cada uno en su casa».
Todo cuanto veía, todo, apoyaba su cristiana idea; el cielo y la tierra, y aun los objetos más rebeldes a la personificación se trocaban en seres animados para aplaudirla y festejarla. El retrato de su padre la felicitaba con sus honrados ojos, diciéndole: «Pero, tonta, si te lo vengo diciendo hace tanto tiempo, ¡y tú sin querer entender...!».
La noche la pasó gozosa. ¡Oh ventajas de un buen propósito! En las enfermedades de la conciencia el deseo de medicina es ya la mitad del remedio. Pensó mucho durante la noche en cómo sería el cura, cómo tendría el semblante y la voz. Por grande que fuera su vergüenza ante Dios, más fácil le sería verter su pecado en todos los confesonarios de la cristiandad que en los oídos de su confiado amante. Pero estaba segura de que una vez dado aquel paso, lo demás se le facilitaría grandemente.
Dejó pasar tres días, y al cuarto, levantándose muy temprano, se fue a la Buena Dicha. Entró temblando. Figurábase que allí dentro tenían ya noticia de lo que iba a contar y que alguien había de decirle: «Ya estamos enterados, niña». Mas la apacible solemnidad de la iglesia le devolvió el sosiego y pudo apreciar juiciosamente el acto que iba a realizar. Y por Dios que duró bastante tiempo. Las beatas que esperaban de rodillas a conveniente distancia, y eran de esas que van todos los días a consultar escrúpulos y a marear a los confesores, se impacientaban de la tardanza, renegando de la pesadez de aquella señora, que debía de ser un pozo de culpas.
Cuando se retiró del confesonario sentía un gran alivio y espirituales fuerzas antes desconocidas. Cómo se habían deslizado sus tenues palabras por los huequecillos de la reja, ni ella misma lo sabía. Fue encantamento, o hablando en cristiano, fue milagro. Asombrábase ella de que sus labios hubieran dicho lo que dijeron, y aun después de hecha la confesión, le parecía que se habían quedado atravesadas en la reja expresiones que no eran bastante delgadas, bastante compungidas para poder entrar. El cura aquel, a quien la pecadora no vio, era muy bondadoso; habíale dicho cosas tremendas, seguidas de otras dulces y consoladoras. ¡Oh!, ¡penitencia, amargor balsámico, dolor que cura! Fue como un suicidio cuando la pecadora se rasgó el pecho y enseñó su conciencia para que se viera todo lo que había en ella. Mostrando lo corrupto, mostraba también lo sano. El sacerdote le había prometido perdonarla; pero aplazando la absolución para cuando la penitente hubiese revelado su culpa al hombre que quería tomarla por esposa. Amparo creía esto tan razonable como si fuera dicho por el mismo Dios, y prometió con toda su alma obedecer ciegamente.
Antes de salir de la iglesia una visión desagradable turbó la paz de su espíritu. Allá en el extremo de la nave vio una mujer vestida de negro, sentada en un banco, la cual no le quitaba los ojos. Era Doña Marcelina Polo. La penitente se cubría la cara con el velo de la mantilla deseando no ser conocida; pero ni por esas... La otra no la dejaba descansar ni un punto del martirio de sus miradas. Para abreviarlo, Amparo, que pensaba oír dos misas, se fue después de oír una.
Al regresar a su casa midió las fuerzas que le habían nacido y se asombró de lo grandes que eran.
«Ahora sí que se lo digo—pensaba—; ahora sí. No me faltan palabras, como no me falta valor. Tan cierto es que hablaré, como ahora es día... Veamos; empiezo así: «¡Hoy me confesé!...» De esto a lo demás es llano el camino. Le diré: 'Tenía un gran pecado'. '¿Cuál es? ¿Lo puedo saber yo?'. 'No sólo puedes sino que debes saberlo, pues antes de que lo sepas, no debo pensar en casarme'. Palabra tras palabra, va saliendo, va saliendo la cosa como salió en el confesonario. Si después de saber mi arrepentimiento, insiste, le pondré por condición irnos a vivir a un país extranjero para evitar complicaciones».
Segura y animosa, deseaba ardientemente que Caballero viniese pronto para plantear la cuestión desde que entrara. Aquel día no podía faltar. Habían concertado que ella no saliera los martes y viernes y que Caballero la visitaría en tales días para hablar con más libertad que en la casa de Bringas. Era viernes.
Refugio estaba aquel día muy risueña.
«Ya sé—le dijo—, que tienes visitas. Me lo ha contado Doña Nicanora. Chica, estás de enhorabuena».
Eludió Amparo conversación tan peligrosa, y como no quería dar todavía explicaciones a su indiscreta hermana, la invitó a que se marchara, de una vez. No se hizo de rogar la otra. Su pintor la esperaba para modelar la figura de una maja calipiga ayudando a enterrar las víctimas del 2 de Mayo. Engullendo a toda prisa su breve almuerzo, salió.
Poco después llamaron a la puerta. ¿Sería él? Aún era temprano... ¡Jesús mil veces, el cartero!... De manos de aquel hombre recibió Amparo una carta, y verla y temblar de pies a cabeza todo fue uno. Mirábala sin atreverse a abrirla. Conocía la odiada letra del sobre. Por Celedonia, que días antes fue a pedirle limosna, sabía que su enemigo estaba en el campo; pero no pechaba la infeliz que tuviera el antojo de escribirle. ¿Abriría la epístola, o la arrojaría al fuego sin leerla? ¡Y en qué momentos venía Satanás a turbar su espíritu, cuando se había puesto en paz con Dios, cuando había fortalecido su conciencia!
«Pero la leeré—dijo—; la leeré, porque lo que diga aumentará mi santo horror, y me dará fuerzas mayores aún. Hoy no me puede enviar Dios una nueva pena, sino el alivio de las antiguas».
XXV
La carta estaba escrita con lápiz, y decía así:
«El Castañar, a 19 de Diciembre de 1867.
»Tormento mío, Patíbulo, Inquisición mía: Aunque no desees saber de este pobre, yo quiero que lleguen a ti noticias mías. Mandome aquí a hacer vida rústica y penitente ese santote de Nones, y aunque me prohibió, entre otras cosas, el juego de cartitas, no puedo resistir a la tentación de escribirte esta, que seguramente será la última. ¡Y por Dios que acertó mi amigo! Tan bueno estoy, que no me conozco. El ejercicio, la caza, el aire puro, el continuo pasear, el trabajo saludable me han puesto en diez días como nuevo. Estoy hecho un salvaje, un verdadero hombre primitivo, un troglodita sin cuevas y un anacoreta sin silicio. Vivo entre bueyes, perros, conejos, perdices, cuervos, cerdos, mulos, gallinas y alguno que otro ser en figura humana, que me recuerda más aún la inocencia y tosquedad de los tiempos patriarcales. Me figuro ser el papá Adán, solo en medio del Paraíso, antes de que le trajeran a Eva, o se la sacaran de la costilla, como dice el señor de Moisés. Llevo un pañuelo liado a la cabeza, gorra de pelo y un chaquetón de paño pardo que me ha prestado el leñador. He recobrado mi agilidad de otras edades y un voraz apetito que me dice que aún soy hombre para mucho tiempo. Lo que no vuelve es la alegría ni la paz de mi espíritu. Estoy expulsado de la vida y confinado a un rústico limbo, del cual creo saldré sano, pero idiota. La bestia vive, el ser delicado muere; ¿pero qué importa, ¡oh rabiosa ironía!, si se han salvado los principios?
»Te escribo con un pedazo de lápiz romo, sentado sobre un montón de paja de cuadra y de dorado estiércol, que a los rayos del sol parece, no te rías, hacinamiento de hilachas de oro. Rodéame una movible corte de gallinas, con crestas rojas, saltando sobre el estiércol de paja, parecen baile del coral sobre tapiz de rayos, no te rías... ¡Vaya unos disparates!... También andan por aquí dos señores pavos que sin cesar hacen la rueda a mi lado, como si quisieran expresarme el alto desprecio que sienten hacia mí. Un cerdito está hozando a mi espalda, y un perro de campo se pasea por delante, melancólico, pensando quizás en la inestabilidad de las cosas perrunas.
»Hombres no se ven ahora por aquí. Los de este lugar, con su sencillez ingenua, son lección viva y permanente de la superioridad de la Naturaleza sobre todo. ¡Malditos los que en el laberinto artificioso de las sociedades han derrocado la Naturaleza para poner en su lugar la pedantería, y han fundado la ciudadela de la mentira sobre un montón de libros amazacotados de sandeces!... No te rías».
—Está loco—pensó Amparo, y siguió leyendo:
«Mi buen amigo se ha empeñado en curarme por completo. La primera parte de la medicina no ha sido ineficaz; pero ahora viene la segunda, Tormento mío, la segunda y más fiera y amarga parte. Pero he jurado obedecer, y por mí no ha de quedar. Estoy decidido a llegar hasta el fin, a entregarme cruzado de brazos al idiotismo, a ver si de él, como dice Nones, nace mi salvación social y espiritual. Atiende bien a lo que sigue, y alégrate, pues deseas perderme de vista. Nones me escribe que ya ha conseguido mi placita para Filipinas y que me disponga, al dilatado viaje, que me parece un viaje al otro mundo. Si acompañado fuera, ¡cuán feliz! Pero voy solo, y muérame de una vez.
»No sé aún cuándo saldré, pero será pronto.
»Entre mi hermana y Nones me arreglan el gasto de pasaje y lo demás que necesite. De aquí me planto en Alicante para ir luego a Marsella. Esto es forzoso, definitivo, irrevocable. Es también como darse una puñalada; pero me la doy, y veremos dónde y cómo resucito. Cometo la imprudencia de desobedecer a mi amigo en esto de darte la despedida. No le digas nada si lo ves, y recibe mi adiós último. Tenme compasión, ya que no otro sentimiento. Si te metes monja, reza por mí; conságrame dos o tres lágrimas contándome entre los muertos, y pido a Dios que me perdone».
La carta no decía más. Entre aquel desordenado fárrago de conceptos, propios de un loco, con mezcla de bufonadas y de alguna idea juiciosa, se destacaba un hecho feliz. Amparo prescindía de todo para no ver más que el hecho. ¡Se iba, se iba para siempre! «Reza por mí, contándome entre los muertos», decía la carta. Esta frase declaraba roto y hundido para siempre aquel horrible pasado, y el grave problema se resolvía llana y naturalmente, sin escándalo... Gozo vivísimo inundó el alma de la Emperadora. Daba gracias a Dios de aquel inesperado suceso, diciendo para sí: «¡Se va, se acabó todo! Dios me allana el camino, y nada tengo que hacer por mí».
La idea del alejamiento del peligro enfrió su ánimo envalentonado por la confesión y dispuesto para una confesión nueva. La debilidad, recobrando su imperio momentáneamente perdido, se asentó con orgullo en aquel ingenuo ser, no nacido para acometer la vida, sino para recibirla como se la dieran las circunstancias.
El aplazamiento del peligro traía la no urgencia del remedio y tal vez, tal vez su inutilidad. La entereza de la penitente desmayó, y el sinsabor y las dificultades de declararse a su futuro amargaron su espíritu. Aceptaba con descanso aquella solución transitoria que le ofreció la Providencia, y se resistía a procurarla terminante y segura por sí misma.
«Que se lo he de decir es indudable—pensó—; pero me parece que ya no corre tanta prisa. Hay que discurrir con calma los términos con que lo he de contar».
Estaba entregando la carta a las ascuas del fogón, cuando la campanilla anunció a Caballero. Entró, y se sentaron el uno frente al otro. Miraba la Emperadora a su amante, y sólo con el pensamiento de que había de confesarse a él se ruborizaba. ¡Qué vergüenza! Los bríos de aquella mañana, ¿dónde estaban?
Y dejándose llevar del curso fácil de una desabrida conversación de amores, se fue olvidando del mandato del buen sacerdote. A ratos bullía su conciencia; pero pronto la misma conciencia, emperezada, se arrellanaba en un lecho de rosas. Es de notar que, por el temperamento de ambos amantes, en su coloquio se entrelazaba el espiritualismo propio de tal ocasión con ideas prácticas y apreciaciones sobre lo más rutinario de la vida.
La mayor felicidad del mundo consistía, según Caballero, en que dos caracteres saborearan su propia armonía y en poder decir cada uno: «¡qué igual soy a ti!...». Cuando él (Agustín) la conoció, hubo de sentir grandísima tristeza, pensando que tan hermoso tesoro no sería para él... Cuando ella le conoció diéronle ganas de llorar, pensando que un hombre de tales prendas no pudiese ser su dueño... Porque ella (Amparo) no valía nada; era una pobre muchacha que si algún mérito tenía era el de poseer un corazón inclinado a todo lo bueno, y mucho amor al trabajo... Las cosas del mundo, que a veces parecen dispuestas para que todo salga al revés de lo natural y contra el anhelo de los corazones, se habían arreglado aquella vez para el bien, para la armonía... ¡Qué bueno era Dios! También él tenía afición al trabajo, y si no le distrajeran el amor y los preparativos de la boda, estaría aburridísimo. En cuanto se casara, habría de emprender algún negocio. No podía vivir sin escritorio, y el libro mayor y el diario eran el quita-pesares mejor que pudiera apetecer... Con esto y el amor de la familia, sería el más feliz de los hombres... Tendrían pocos, pero buenos amigos; no darían comilonas. Cada cual que comiera en su casa. Pero sabrían agasajar a los menesterosos y socorrer muchas necesidades... A él le gustaba que todo se hiciera con régimen, todo a la hora; así no habría nunca barullo en la casa... Para eso ella se pintaba sola; era muy previsora, y todo lo disponía con la anticipación conveniente para que en el instante preciso no faltase. ¡Y que ya andarían listos los criados, ya, ya!... Ella no les perdonaría ningún descuido... A él le gustaban mucho, para almorzar, los huevos con arroz y frijole. El frijole de América era muy escaso aquí, pero Cipérez solía tenerlo... Lo que ella debía hacer era acostumbrarse a llevar su libro de cuentas, donde apuntara el gasto de la casa. Cuando no se hace así, todo es barullo, y se anda siempre a oscuras... Irían a los teatros cuando hubiera funciones buenas; pero no se abonarían, porque eso de que el teatro fuese una obligación no le agradaba ni a uno ni a otro. Tal obligación sólo existía en Madrid, pueblo callejero, vicioso, que tiene la industria de fabricar tiempo. En Londres, en Nueva York no se ve un alma por las calles a las diez de la noche, como no sea los borrachos y la gente perdida. Aquí la noche es día, y todos hacen vida de holgazanes o farsantes. Los abonos a los teatros, como necesidad de las familias, es una inmoralidad, la negación del hogar... Nada, nada, ellos se abonarían a estar en su casita. Otra cosa: a ella no les gustaba dar dinerales a las modistas, y aunque tuviera todos los millones de Rostchild, no emplearía en trapos sino una cantidad prudente. Además, sabía arreglarse sus vestidos... Otra cosa: tendrían coche, pues ya estaba encargado a la casa Binder; un landó sin lujo para pasear cómodamente, no para ir a hacer la rueda a la Castellana, como tanto bobo. Siempre que salieran en carruaje, convidarían a Rosalía, que se pirraba por zarandearse. Ambos concordaban en el generoso pensamiento de ayudar a la honesta familia de D. Francisco, obsequiando sin cesar a marido y mujer, y discurriendo una manera delicada de socorrer su indigencia sobredorada... Él pensaba señalarle un sobresueldo para vestir, calzar, educar a los pequeños y llevarlos a baños. ¿Pero cómo proponérselo? ¡Ah! Ella se encargaría de comisión tan agradable. Por de pronto les invitarían a comer dos veces por semana... A él le daba por tener buenos vinos en su bodega. Sobre todo, de las famosas marcas de Burdeos no se le escaparía ninguna. ¿Y era Burdeos bonito? ¡Oh!, precioso. (Descripción de los Quinconces, del puerto, de la Allée de l'Intendence, de la Croix Blanche y de los amenos contornos llenos de hermosas viñas). A esta ciudad tranquila, que parece corte por la suntuosidad de sus edificios, sin que haya en ella el tumulto ni las locuras de París, irían los esposos a pasar una temporadita. Otra cosa: a él no le disgustaban las comidas francesas... Bien, bien, porque ella había aprendido con su tía Saturna a hacer beefsteack y otras cosillas extranjeras... De las comidas españolas algunas no le hacían feliz, otras sí... Por fortuna ella aprendería diversas maneras nuevas de guisar, porque como habían de ir también a Londres... Pasados años y años se querrían lo mismo que entonces, porque su cariño no era una exaltación de esas que en su propia intensidad llevan el germen de su corta duración; no era obra de la fantasía, ni capricho de los sentidos; era todo sentimiento, y como tal se robustecería con el curso del tiempo. Era un amor a la inglesa, hondo, seguro y convencido, firmemente asentado en la base de las ideas domésticas...
Con esta música que de los labios de uno y otro afluía en alternadas estrofas, a veces tranquilamente, a veces juntándose y sobreponiéndose como los miembros de un dúo, Amparo se olvidaba de todo. Volviendo de improviso sobre sí misma, sentía escozores de la antigua herida, y su dolor agudo la obligaba a contener el vuelo por aquellas regiones de dicha... Pero ella misma trataba de suavizar la llaga con remedios sacados de su imaginación. Veía un hombre bárbaro, navegando en veloz canoa con otros salvajes por un río de lejanas o inexploradas tierras, como las que traía en sus estampas el libro de La vuelta al mundo. Era un misionero, que había ido a cristianizar cafres en aquellas tierras que están a la otra parte del mundo redondo como una naranja, allá donde es de noche cuando aquí es de día.
Hacia el término de la visita, ya sobre las seis, entró Refugio, cosa que mortificó mucho a Amparo, por temor de que su hermana no tuviese en presencia de Caballero el necesario comedimiento. Refugio se había desenvuelto mucho y podía dar a conocer con una palabra la diferencia que existía entre ella y una señorita decente. En honor de la verdad, la muchacha se portó bien, y como no carecía de ciertos principios, supo aparecer juiciosa sin serlo. Pero la otra no tenía sosiego, y deseaba que Caballero se marchase. Siempre que veía junto a su amigo a cualquier sujeto, conocedor de los secretos de ella, temblaba de pavor, y el azoramiento ponía en su semblante ora llamas ora mortal palidez. Por fin retirose Agustín y su futura respiró.
¡Refugio lo sabía!... Refugio era, por su indiscreción, un peligro constante... Sofocadísima con esta idea, la novia hizo propósito de inclinar el ánimo de su marido, luego que lo fuese, a establecerse en lugar muy distante de Madrid. Quería dejar aquí todo: relaciones, parentescos, memorias, lo pasado y lo presente. Hasta el aire que respiraba en Madrid parecíale tener en su vaga sustancia algo que la denunciaba, algo de indiscreto y revelador, y ansiaba respirar ambiente nuevo en un mundo y bajo un cielo distintos de este, a los cuales pudiese decir: «Ni tú, aire, me conoces; ni tú, cielo, me has visto nunca; ni tú, tierra, sabes quién soy».
XXVI
Su hermana le dio bromitas aquella noche.
«Buen pájaro te ha caído en la red. Asegúrale, chica, todo el tiempo que puedas, que de estos no caen todos los días. Pero Dios te hizo tan sosa, que le dejarás escapar... Si fuera mía esa presa, primero me desollaban viva que soltarla yo de las garras. Pero tú, como si lo viera eres tan pavota, tan silfidona, que por una palabra de más o de menos te lo dejarás quitar. Como le sueltes, es para mí».
Esta desenvoltura y este ordinario modo de hablar mortificaban tanto a la mayor de las Emperadoras, que amonestó a su hermana con aspereza.
«¿Sermoncito tenemos?—decía la otra—. Cierra el pico, si no quieres que me marche y no vuelva a parecer por aquí. Para lo que me das...».
Siguió charlando cual cotorra que ha tomado sopas de vino. Amparo, disgustadísima, hubo de pensar que más fácilmente dominaría a su basilisco por buenas que por malas, y no quiso contestar a tanto disparate. Acostáronse, y de cama a cama, empeñadas en fácil charla, la mayor reveló a la pequeña la verdadera situación. Aquel señor no era su amante, era su novio y se iba a casar con ella. Reíase la otra; mas al fin hubo de creer lo que veía. ¡Y qué bien se explicó Amparito!... Si Refugio se enmendaba, si era juiciosa, si no la entorpecía con sus genialidades, su hermana le daría cuanto necesitase... Eso sí; era indispensable poner término a las locurillas. La cuñada de un sujeto tan principal tenía que ser muy decente... ¡Vaya! Si no, no la reconocería por hermana. Ante las dos se abría un porvenir brillante. Convenía que ambas se hiciesen dignas de la fortuna que el Señor les deparaba.
Estas revelaciones hicieron efecto en el ánimo de Refugio, que se durmió alegre y soñó que habitaba un palacio, con otras mil majaderías más. Al día siguiente estaba muy razonable y sumisa.
«La honradez—pensó Amparo con innata filosofía—, depende de los medios de poderla conservar. Ha bastado que yo le diga a esta loca 'tendremos qué comer', para que empiece a corregirse».
Diole regular suma de dinero para tenerla contenta, y se despidió de ella.
«Hoy iré a la Costanilla. Él deseaba que viviese allí y Rosalía también; pero yo no puedo abandonarte. Vendré todas las noches a casa, y te daré lo que necesites con tal que me prometas romper absolutamente con las de Rufete, y no servir de modelo a pintores... Esa vida se acabó; y también las saliditas de noche, los viajes al escenario del teatro y al café. Desde mañana te daré trabajo... Lo que había de ganarse una modista, ¿por qué no te lo has de ganar tú? Verás, verás... Ropa blanca a montones, algunas batas y arreglo de tus vestidos y de los míos. Cuenta con uno nuevo para ti... Pero, tenlo muy presente, Refugio, como no trabajes, como vuelvas a las andadas, no cuentes para nada conmigo... ¡Ah!, me olvidaba de otra cosa importante: te prohíbo que bajes a conversar con Ido y su mujer, que tiene la lengua demasiada suelta. No me gustan ciertas vecindades. Reserva, formalidad, honradez, conducta es lo que deseo».
—Sí, sí,—replicó la otra con evidente deseo entonces de obedecer, por la cuenta que le tenía.
Refugio salió y Amparo fue, como de costumbre, a la Costanilla. Los sucesivos días se dedicaron a compras, de que estaba encargada Rosalía, con plenos poderes de su primo. Creo inútil declarar lo que la de Pipaón gozaba con estas cosas y la importancia que se daba en las tiendas. Amparo, con ser la parte interesada, no podía vencer su tristeza, y la conciencia se la alborotaba cada vez que Rosalía, después de regatear telas riquísimas, encajes, abanicos y joyas, cerraba el trato con los comerciantes diciendo que mandaran la cuenta al Sr. Caballero. Cuando se trataba de escoger un color o una forma, la novia caía en las mayores perplejidades, y su espíritu, atento a más graves empeños, no acertaba en la elección. La de Bringas elegía siempre con tanta seguridad y aplomo como si los objetos comprados fueran para ella.
«Tú no tienes gusto—decía—. Déjame a mí, que sabré equiparte con elegancia. Parece que estás lela, y miras todo con esos ojazos... ¿Por qué tienes tanto horror al color negro, que no te fijas sino en colorines? Parece que has venido de un pueblo. Si no fuera por mí, te vestirías de mamarracho. Como seas tan lista para gobernar tu casa, el pobre Agustín se va a divertir».
Algunas tardes, si el tiempo estaba bueno, Caballero traía una carretela cerrada, y los tres se iban de paseo a la Castellana. Rosalía aceptaba este obsequio con una satisfacción que rayaba en júbilo; pero a la novia le hacía muy poca gracia aquella exhibición por las calles. Creía que todos los transeúntes se fijaban en ella, haciendo picantes observaciones. Mientras Rosalía trataba de ser vista y se despepitaba por saludar a cuantas personas conocidas pasasen también en coche, Amparo deseaba ardientemente que cayeran las sombras nocturnas sobre Madrid, el paseo y el carruaje. Cuando se retiraba a su casa, a la hora de costumbre, Caballero la acompañaba hasta la puerta, hablando del tema eterno y de la inacabable serie de planes domésticos. Hombre más venturoso no había existido nunca.
La novia, por el contrario, tenía que emplear trabajosos disimulos para que la creyeran contenta; mas por dentro de ella iba la muy lúgubre procesión de sus dudas y temores. Vivía en continuo sobresalto; tenía miedo de todo, y aun los accidentes más triviales eran para ella motivo de angustiosa inquietud. Como alguien entrara en la casa de Bringas, la infeliz sospechaba que aquella persona, fuera quien fuese, venía a contar algo. Si sentía cuchicheos en la sala parecíale que se ocupaban de ella. En cualquier frase baladí de Rosalía o de su marido creía entender sospecha o alusión taimada a cosas que ella sola podía pensar. A Caballero encontrábale a veces un poco triste ¿le habrían dicho algo?... Hasta la llegada del cartero a la casa le producía escalofríos. ¿Traería algún anónimo? Esto de los anónimos se fijó en su mente de tal modo, que sólo de ver un cartero en la calle temblaba, y la vista de cualquiera carta cerrada con sobre para D. Francisco la hacía estremecer. Aquel antipático señor de Torres, que iba a la casa algunas tardes, dábale miedo sin saber por qué. No se hastiaba nunca de mirarla el condenado hombre, con maliciosa sonrisa, sobándose sin cesar la barba; y ante estas miradas, sentía ella pavor inmenso, cual si en despoblado se le apareciera un toro jarameño amenazándola con su horrible cornamenta.
Llegó a tal extremo la susceptibilidad nerviosa de la Emperadora, que hasta cuando oía leer un periódico le parecía que en aquellos impresos renglones se la iba a nombrar. Si Paquito entraba diciendo: «¿no sabéis lo que pasa?», esta sola frase dábale a ella un violentísimo golpe en el corazón. ¿Qué más? La criada misma, la inofensiva Prudencia la miraba sonriendo a veces, cual si poseyera un secreto nefando.
Cuando Agustín y ella se arrullaban en sus honestos coloquios, descansaba de aquella tortura. Pero a lo mejor se presentaba Rosalía inopinadamente, como persona que se reconoce nacida para estorbar la felicidad ajena, y echándole miradas inquisitoriales, decía:
«Y sin embargo, Agustín, tu novia no está contenta... Mira qué cara de ajusticiado pone cuando me lo oye decir... Algo le pasa, pero cuando no es sincera contigo, ¿con quién lo será?».
Tales bromas, que no lo parecían, torturaban a la novia más que si la pusieran en un potro para descoyuntarla. En su casa no dejaba de pensar en estas cosas, repitiéndolas y comentándolas para descubrir la intención que entrañar pudieran; y como nada acontecía a su lado de que no resultasen para ella nuevas formas de martirio, ved aquí un hecho insignificante que aumentó sus agonías:
El más simple de los mortales, D. José Ido del Sagrario, la visitó una noche. Aunque Amparo tenía de él concepto inmejorable, su presencia le inspiraba siempre repugnancia y temor. Al verle sintió frío semejante al que sentiría si la envolvieran en sábanas de hielo. Aquel hombre refrescaba sin duda en la memoria de la infeliz joven escenas y pasos de que ella no quisiera acordarse más. Por eso, la compungida fisonomía del antiguo profesor de escritura se le representaba con los rasgos espantables, feísimos de un emisario de Satanás.
¿Qué deseaba el buen Ido? ¿En qué podía ella servirle? La cosa era bien sencilla. El egregio novelista había reñido con su editor, el cual no quería tomarle ya sus manuscritos aunque se los diera de balde y con dinero encima. Viéndose a punto de caer otra vez en la miseria, aquel hombre, poseedor de tan varios talentos, discurrió buscarse una placita estable al lado de cualquier persona de suposición y arraigo. Por su amigo Felipe, sabía que el Sr. D. Agustín Caballero pensaba tomar un dependiente que le llevase los libros y la correspondencia...
«Nadie mejor que usted—dijo el calígrafo con acaramelado rostro—puede proporcionarme esa plaza, si lo toma con interés, si se apiada de este pobre padre de familia. Con que usted diga dos palabras nada más al Sr. de Caballero, hará mi felicidad, porque yo sé que ese señor la quiere a usted más que a las niñas de sus ojos, y con justicia, con razón que le sobra, porque usted... (acaramelándose hasta lo increíble) es un ángel, un ángel, sí, de hermosura y bondad».
Amparo cortó el panegírico. Deseaba concluir y que aquel monstruo se marchase. No le podía ver, reconociendo que era inocentísimo. Como comprobante de su aptitud para el cargo que pretendía, Ido del Sagrario llevaba consigo aquella noche una cuartilla de papel.
«Puede usted mostrarle esta cuartilla—dijo alargándola con timidez—; y ahí verá mi letra, que, aunque me esté mal el decirlo, es tal que seguramente no la hallará mejor. Eso lo escribí calamo currente, y es parte de la última novela...».
Por perderle de vista, ella le ofreció apoyar su pretensión, y el pobrecillo se fue tan agradecido y satisfecho, amenazando volver por la respuesta dentro de un par de días. Amparo, al quedarse sola, pasó rápidamente la vista por la novelesca cuartilla y leyó salteadas palabras que la aterraron: crimen... tormento... sacrilegio... engaño; y otros términos espeluznantes hirieron sus ojos y repercutieron con horrible son en su cerebro. Rompiendo la cuartilla, arrojó los pedazos al fuego.
El espanto que aquel hombre le causaba aumentó con los recuerdos que tuvo de las pocas veces que le viera en otras épocas. El buen Cerato Simple había estado una vez en la Farmacia a llevarle una cartita... Habían hablado de la escuela, de las travesuras de los chicos, del sermón... ¡Qué punzantes espinas estas!... ¡Ido del Sagrario lo sabía! ¡Y semejante hombre pretendía una plaza en la futura casa de ella!... Sin duda Dios la abandonaba, entregándola a Satán.
XXVII
Torturada por estas y otras cavilaciones toda la noche, determinó volver a la mañana siguiente al confesonario de la Buena Dicha. Hízolo así. No iba a confesar, sino a decir simplemente: «Me ha faltado valor, padre, para hacer lo que usted me mandó». Echole el cura un sermón muy severo, dándole luego ánimos y asegurándole un éxito feliz si se determinaba. También aquel día vio de lejos a Doña Marcelina Polo, toda negra, la cara de color de caoba, fija en su banco cual si estuviera tallada en él. Volvió la penitente a su casa más tranquila; pero mirando a su interior no encontraba la fuerza que el sacerdote había querido infundirle.
«Si yo me atreviera—pensaba después en casa de Bringas—. Pero no; segura estoy de que no me atreveré. Ahora sé lo que he de decirle, y cuando lo veo delante, adiós idea, adiós propósito. Soy tan débil, que sin duda me hizo Dios de algo que no servía para nada».
¡Y ya era tarde para la confesión! Caballero la acusaría con fundamento de haberle engañado. ¿No disfrutaba ya ella de la posición de casada? ¿No vivía a costa de él? ¿No había empleado el novio cuantiosas sumas en prepararla para la boda? Él podía con justicia llamarse a engaño, acusarla de deslealtad y ver en ella perversión mayor de la que había, un fraude de mujer, una embaucadora, una tramposa, una...
Y con el trato había llegado Agustín a formar de su novia idea tan alta, que la confesión sería como un escopetazo para el pobre hombre. La miraba como a un ser superior, de inaudita pureza y virtud. ¿Cómo permitió ella que su futuro tuviese opinión tan mentirosa? ¿Con qué cara le diría ahora: «no, yo no soy así, yo tengo una mancha horrenda, yo hice esto, esto y esto...»? Caballero se moriría de pena cuando la oyese, porque declaración tan atroz era para matar al más pintado, y la despreciaría, la arrojaría lejos de sí con horror, con asco...
Varias veces había dicho: «La mejor parte de mi dicha está en saber que a nadie has querido antes que a mí...».
Y ella, insensata, sin medir sus palabras, le había contestado: «a nadie, a nadie, a nadie». Era verdad sin duda en la esfera del sentimiento, porque lo de marras fue pura alucinación, desvarío, algo de inconsciente, irresponsable y estúpido, como lo que se hace en estado de sonambulismo o bajo la acción de un narcótico... Pero tales argumentos, amontonados hasta formar como una torre, no destruían el hecho, y el hecho venía brutal y terrible a encender la luz de su clara lógica en el vértice de aquel obelisco de distingos... ¡Maldito faro que alumbraba sus pasos!... Olvido, olvido era lo que hacía falta; que cayera tierra, mucha tierra sobre aquello de modo que quedase sepultado para siempre y arrancado de la memoria humana.
Aquella tarde, Caballero la encontró muy ensimismada y le preguntó varias veces el motivo.
«Disgustos que me ha dado mí hermana»—contestó.
Y se representaba la cara que pondría Agustín si ella empezase a contarle... y el sonido que tendrían sus palabras, y le entraba un pavor tan fuerte, que decía para sí: «Me mataré antes que confesarlo».
Además, ni él ni nadie habían de comprenderla si hablara. Sólo Dios descifraba misterio tan grande. Creía conservar ella pureza y rectitud en su corazón; ¿pero cómo hacerlo entender a los demás y menos a un celoso? Nada; callar, callar, callar. Dios la sacaría adelante.
Era verdad que su hermana le daba disgustos. Ido, que a menudo subía para informarse del giro de sus pretensiones a la plaza de tenedor de libros, le dijo que por dos veces seguidas había venido un hombre; que Refugio trajo platos y botellas de la fonda, y que habían escandalizado la casa. Esto la disgustó en extremo. Por la noche riñeron las dos hermanas. Refugio, soberbia, acusaba a la otra con palabras insolentes. Aún intentó Amparo someterla con maña ofreciéndole dinero. Pero Refugio se había disparado sin freno por la pendiente abajo, y ya no era posible contenerla.
«No quiero nada contigo—le dijo—. Tú en tu casa y yo en la mía. No me faltará un señor como a ti. Pero a mí no me engañan ofreciéndome un casorio imposible. ¡Casarte tú! Bueno va. Será con un ciego. No te pongas pálida. Yo no diré nada. Ni soy hipocritona ni tampoco me gusta acusar. Allá te las arregles. Abur».
Recogió su ropa y se fue sin hablar más. Al quedarse sola, Amparito compartía su fatigado espíritu entre dos modos de sufrimiento dolorosos por igual. Era el uno la deshonra de su hermana, el otro esta consideración tenaz, fija como candente espina en su cerebro, donde ya había otras: «¡Refugio lo sabe!».
A la madrugada, en agitadísimo sueño, la novia confesó todo a su amante, el cual, oyéndola, había sacado un cuchillo y le había cortado la cabeza... ¿A dónde fue a parar la cabeza? Allá, en tierra de salvajes, un hombre atezado la tenía entre sus manos, besándola.
Despierta y levantada no sabía qué hacer ni qué pensar. Como viene una pesadilla, así vino Ido del Sagrario a punto de las nueve.
«Señorita...».
—¿Qué hay, D. José?
—Ayer, viendo que usted no se acordaba de mí, resolví presentarme al señor, el cual, en cuanto le dije que la conocía a usted, me puso muy buena cara. La letra le gustó mucho. Me mandó que volviera. Creo que tengo plaza.
También aquel simple la miraba de un modo particular. ¿Era sencillez o malicia, era bondad o traición lo que en aquellos ojos llorones lucía? Amparo deseaba que la tierra se tragara al tal D. José.
«¡Vaya una casa que va usted a tener, señorita! Cuando fui, el señor no estaba, y Felipe me enseñó todo. Es un palacio. Pero francamente, usted se lo merece... Allí estaban los carpinteros clavando cortinas bordadas. Luego trajeron unas sillas que parecen de oro puro...».
«D. José—dijo ella bajando con humildad los ojos ante las miradas de aquel infeliz, que a ella le parecían las de un juez inexorable. Si usted se porta bien, yo le protegeré».
Al pobre Ido se le llenaron los ojos de lágrimas.
«¡Oh! Señorita, ¿podremos esperar...? ¿Será usted tan buena que...? No me atrevía a importunarla; pero viendo que usted se interesa por nosotros, ¿tendrá valor para decirle...? ¡Oh!, señorita. Nicanora plancha como pocas. Desea que usted le dé el planchado de su nueva casa».
—Veremos...
—Y el niño mayor... Usted le conoce, Jaimito, el mayorcito... Pues si usted quisiera tomarle de lacayín... Está que ni pintado para que le pongan su uniformito con muchos botones en la pechera y su gorra con galón.
—Veremos, veremos...
—No sé si sabrá usted que mi mujer es una de las mejores peinadoras que hay en Madrid. Dígalo la cabeza de la ministra de Fomento del bienio, y otras cabezas, señorita, otras muchas. Conocí a Nicanora en casa de Su Excelencia. Yo daba lección a los niños. Uno de ellos ha sido ya diputado. Pero esto no hace al caso... ¿Nos tendrá usted presente...? La niña mayor; Rosa, cose a maravilla...
—Bien; veremos, veremos...—repitió Amparo atosigada.
Porque se fuera pronto, no quiso destruir sus risueñas esperanzas de colocar a toda la familia.
En estas y otras cosas, que no merecen referirse, pasaron los pocos días que faltaban para concluir el año 67. No quiero hablar del nacimiento que Bringas les armó a los pequeños ni de la bulla que metía Alfonsito con el tambor que le regaló su tío. Hubo cena, que por la fuerza rutinaria de la frase hemos de llamar opípara, y asistieron a ella Caballero y su novia. La boda se había fijado para fin de Febrero o principios de Marzo. En los preparativos y en otros sucesos se pasó casi todo Enero del 68. Los recién casados se irían de temporada a Burdeos.
Cuando Rosalía y Amparo estaban solas, aquella no perdonaba ocasión de hacer ver a la que fue su protegida las atenciones que merecía del generoso primo.
«Agustín me ha regalado este abanico—le dijo un día, mostrándole una de las mejores compras que hicieron—. Hija, todo no ha de ser para ti. Los pobres hemos de alcanzar alguna cosita. Y una de las dos manteletas parece que será también para mi humilde persona. Ayer dijo: 'puedes quedarte con ella si tanto te gusta', y yo le contesté: '¡Oh!, no, de ninguna manera'. Pero quizás la tome. ¿Pues qué, mi trabajo no vale nada?... ¡Todo el día en la calle, olvidando mis atenciones!... Cosas hay aquí, hija, que a ti te han de estar muy mal, porque no tienes aire; vamos, no te cae bien más que el vestidito de merino. ¡Lástima de dinerales que ha gastado Agustín, para que no los luzcas! Lo que es el vestido de faya azul marino, créelo, de buena gana me quedaría con él, aunque fuera dando a mi primo el dinero que le ha costado. Se lo he de proponer... A ti no te va bien ese color, ni sabes tú llevar esas cosas. Parecerá que te han traído de un pueblo y te han puesto lo que no te corresponde. La costumbre, hija, la costumbre es el todo en cuestión de vestir. Ponle a una paleta una falda de raso, y no sabrá mover los pies dentro de ella... Luego que te cases, me has de cambiar este alfiler de brillantes por aquél que yo tengo con dos coralitos y ocho perlitas. Es de menos valor que el tuyo, pero a ti te irá mejor. Déjame a mí, que te arreglaré de modo que luzcas algo, y sacaré de tu sosería todo el partido que pueda».
Mostrábase la joven conforme con todo; pero en su interior hacía propósito de tener a raya, luego que se casase, los entrometimientos y las ínfulas despóticas de la Pipaón de la Barca. Había observado Amparo ciertas novedades en el carácter de Rosalía, y era que se le había desarrollado el gusto por las galas, y despuntaban en ella coqueterías y pruritos de embellecerse, que antes no tenía sino cuando se presentaba en público. Dentro de casa, no estaba ya nunca la vanidosa dama tan desgarbada ni con tanto desaliño vestida como antes. Ella misma se había hecho dos batas bastante bonitas; usaba casi siempre el corsé, y en todo se echaba de ver que no quería parecer desagradable. Pero la novia se guardaba bien de manifestar, ni aun en broma, sus observaciones, por el gran miedo que a su protectora tenía, miedo que aumentaba con las reticencias de la dama y aquel modo de mirar, aquella expresión de cavilosa sospecha...
«Si Rosalía no sabe nada—pensaba Amparo—, desea saber, y acaricia las sospechas como se acaricia una esperanza. Tiene la ilusión de mi falta. Yo pido a Dios olvido, y ella pide descubrimiento...».
—¿Sabes tú dónde vive Doña Marcelina Polo?—preguntole un día bruscamente Rosalía—. Ha venido a verme varias veces, y tengo que pagarle la visita.
Amparo se turbó tanto que no supo dar las señas. Por disimular, nombró varias calles, diciendo al fin la verdadera. ¡Después le pesó tanto haberlo dicho! ¿Pero cómo mentir, si la de Bringas le introducía hasta el fondo del alma sus miradas, que, cual anzuelos, tenían gancho para sacar lo que encontraran?
«Estás tan nerviosa—le dijo en otra ocasión—, con la novelería de tu casamiento, que parece que te han aplicado la electricidad. A lo mejor se me figura que das un salto y que vas a volar. ¿Es que no te gusta mi primo? ¿Le encuentras viejo? Hija, de mal agradecidos está lleno el Infierno. De todos modos, no te cases a disgusto. Si prefieres un apreciable barbero de veinte años o un distinguido hortera, un oficial de obra prima o cosa así, habla con franqueza».
Amparo no podía contestar a estos disparates sino tornándolos a risa. ¡Y qué trabajo le costaba reír! Para variar la conversación hablaba del próximo baile de Palacio, y en tal tema la descendiente de los Pipaones se explayaba a su antojo. El arreglo de su vestido, cuya falda procedía de las inagotables mercedes de la Reina, le ocupaba todo su tiempo disponible. En adornarlo trabajaban las dos con flores, encajes y cintas que pertenecían a lo que se había comprado para los regalos de la novia. Pensaba ponerse Rosalía en la noche del baile el gran aderezo de casa de Samper que Agustín había adquirido para su futura, y decía a este propósito:
«Supongo que darás tu permiso para que se luzca alguna vez el pobre aderezo».
En tan solemne función llevaría D. Francisco su encomienda de Carlos III, cuyas insignias le había regalado Agustín. El gabán nuevo lo estrenaría también la misma noche, pues aunque esta prenda no se había de lucir en el baile, convenía exhibirla en la escalera y vestíbulo, donde había mucha luz. ¡Y qué apuros los del económico Thiers para atender al gabán, a las botas de charol, a las dos batas que Rosalía se había hecho, a la cena de Navidad, al calzado de los niños, que ya daba lástima verlo, y a otras menudencias! ¡Gracias que hubo doble paga en Diciembre, es decir, propina oficial; que si no...! Así y todo, expuesto anduvo el tesoro Bringuístico a caer en el horroroso abismo de la insolvencia. Para evitarlo, D. Francisco había empezado por suprimir el café, y concluyó por prescindir del vino en las comidas. ¡Y qué chascos se llevan las personas serviciales! Esperaba mi D. Francisco que la marquesa de Tellería, a quien hizo el favor de componerla una arqueta antigua, dejándosela como nueva, le enviara un buen regalo por Navidad. Tanta era su confianza, que cada vez que sonaba la campanilla en aquellos días, decía: «ya está ahí», saliendo con una peseta en la mano para darla al criado portador del regalo. Pero la marquesa no se cuidaba de semejante cosa. «Trabaje usted, trabaje usted para los poderosos...» decía Thiers ajustándose las gafas sobre la nariz romana.
Quiso mostrar su casa Caballero, ya casi completamente arreglada, a sus primos y a la novia, y una tarde fueron todos allá. Esto debió de ser hacia los últimos días de Enero. La de García Grande uniose a la partida, anhelosa de dar su dictamen sobre las maravillas de aquella encantadora vivienda. Por el camino, Bringas dijo a su mujer: «Parece que la dota en cincuenta mil duros». Oído lo cual, puso Rosalía tan mala cara como si fuera ella quien había de dar el dinero.
«Te he dicho—contestó desabridamente a su esposo—, que a nosotros nos deben tener sin cuidado los disparates que haga ese pobre hombre. Nos lavamos las manos».
Amparo y Doña Cándida iban delante, a bastante distancia, y no podían oír.
Lleno de orgullo, enseñaba Caballero su casa, en la cual había reunido comodidades hasta entonces poco usadas en Madrid. Doña Cándida, como persona inteligente, era la que llevaba la voz en los elogios. Rosalía, abatida y triste, sentía con toda su alma que la urbanidad le impidiese poner faltas. ¡Vaya, que estaba todo bien recargadito! La novia paseaba por las primorosas estancias, dudando un poco de la realidad de lo que veía, y teniéndolo a veces por creación de su cerebro calenturiento. Porque pensar que todo aquello iba a ser suyo dentro de pocos días y que ella gobernaría tan hermoso imperio, más era para enloquecerla que para alegrarla. Le entró como un mareo de ver tanta cosa buena y apropiada a su objeto, y pensó cuán grandes son las necesidades humanas y qué esfuerzos ha hecho la industria para responder a ellas. Consideró que las invenciones del hombre, produciendo objetos de varia y útil aplicación, crean y aumentan las necesidades, entreteniendo la vida y haciéndola más placentera. El gozo que sentía al mirar tanta riqueza, casi en su mano, al verse envidiada y enaltecida, y sobre todo al considerarse tan tiernamente amada por el señor y dueño de todo, le ponía en el pecho opresión vivísima, que no se hubiera calmado sino llorando un poco.
Vieron la alcoba nupcial, el tocador, que según opinión de Doña Cándida, era un museíto muy mono; se recrearon en el gabinete color de rosa, que parecía todo él una gran flor muy abierta; vieron el comedor con sillas y aparadores de nogal imitando las artes antiguas; admiraron las vitrinas en cuyo seno oscuro lucían con suaves cambiantes la plata y el metal Christofle. Pero lo que más entretuvo a las señoras fue la cocina, un grandísimo armatoste de hierro, de pura industria inglesa, con diversas chapas, puertas y compartimientos. Era una máquina portentosa. «No le faltan más que las ruedas para parecer una locomotora»,—decía el entendido Bringas abriendo una y otra puerta para ver por dentro aquel prodigio.
Entonces hizo la de García Grande una crítica agudísima del sistema antiguo de nuestras cocinas de carbón vegetal, y habló de los pucheritos agrupados como si se estuvieran diciendo un secreto, del cacillo, de los asados en cazuela, de las hornillas y otras cosas. Rosalía defendió, no sólo con elocuencia sino con enfado, el primitivo sistema; mas Doña Cándida se echó a reír a carcajadas, comparando las cocinas indígenas con las trébedes y la sartén que usan los pastores para freír unas migas. Pasaron luego al cuarto del baño, otra maravilla de la casa, con su hermosa pila de mármol y su aparato de ducha circular y de regadera. Rosalía dio un chillido sólo de pensar que debajo de aquel rayo se ponía una persona sin ropa, y que al instante salía el agua. Cuando Caballero dio a la llave y corrieron con ímpetu los menudos hilos de agua, todas las mujeres, incluso Doña Cándida, y también Bringas, gritaron en coro.
«Quita, quita—dijo Rosalía—, esto da horror».
—Es una cosa atroz, una cosa atroz—afirmó repetidas veces la de García Grande.
En el salón también había mucho que aplaudir. No se oían más que las expresiones: «bonito, precioso, artístico». Amparo, más que cuadros, bronces y muebles, admiraba la grave figura de su futuro marido, en cuyo rostro daba de lleno la luz que él mismo sostenía para alumbrar los objetos. En su barba negra brillaban las manchas canosas como hilada plata, y su tez amarillenta, bañada en viva luz, tomaba un caliente tono de terracotta, comparable a cosas indias, egipcias o aztecas. No sabía ella completar la comparación; pero sí que resultaba característico. Bien mirado, era Agustín un hombre guapo, con su mirar noble y leal, y aquella expresión tan suya, como de persona que está disimulando un dolor. Amparo no se hartaba de mirarlo, considerándole como el más cabal, el más simpático y el más perfecto de los hombres en todos sentidos. De buena gana se le hubiera colgado al cuello, expresando con una flexión muy apretada de sus brazos la admiración, el cariño y la gratitud que hacia él sentía, pero esto era imposible aún, y se contentaba con añadir al coro general de alabanzas las frías palabras: «¡qué bonito!, ¡qué buen gusto!, ¡qué bien escogido todo!».
Aquello terminó al fin, y se retiraron las visitas. Rosalía se quejaba de dolor de cabeza y de quebranto de huesos. Temía que le entrase erisipela. Amparo, al marcharse a su casa, acompañada por Caballero hasta la puerta de la calle, estaba como embriagada. La visita a su futura vivienda había tenido la virtud de despejarle el cerebro, ahuyentando sus dudas y temores. Asombrábase de ser tan feliz y se recreaba en aquel olvido de sus penas que le había caído sobre el corazón gota a gota como un bálsamo celestial. Pero este descanso era sólo burla horrorosa de su destino que le preparaba un rudo golpe. Doña Nicanora le entregó una carta que había traído el cartero del Interior.
XXVIII
¡Otra carta! Amparo creyó que se caía de lo alto de una gran torre, al ver la aborrecida letra del sobre. Mirando y remirando su nombre, dudaba del testimonio de sus ojos. Padecía su espíritu tan raros trastornos que fácil era sospechar que le daban pesadillas despierta. ¿Leería la carta? Sí, sí, porque bien podía anunciar algo feliz como el definitivo alejamiento del enemigo; y si traía malas nuevas... ¡también, también leerla para evitar el peligro y parar los golpes! La carta era breve:
«¡Ah!, pícara Tormento, ¿con que te casas?... Mi hermana me lo escribió al Castañar. Enterarme, perder todo lo que había ganado en salud y en juicio fue una misma cosa. Si te digo que el cielo se me cayó encima te digo poco. Todo lo olvidé, y sin encomendarme a Dios ni al diablo, me vine a Madrid, donde estoy dispuesto a hacer todas las barbaridades posibles...».
No pudo acabar de leer y cayó en un largo paroxismo de ira y de terror, del cual hubo de salir sin más idea que la del suicidio. «Me mataré—pensó—, y así concluirá este suplicio». Haciendo luego esfuerzos por encender en su pecho la esperanza, como cuando se quiere hacer revivir un moribundo fuego y se soplan las ascuas para levantar llama, empezó a discurrir argumentos favorables y a quitar al hecho toda la importancia que podía. «Quién sabe—dijo—; por buenas quizás consiga que me deje en paz». Con la idea de que su enemigo iría a verla a su casa cayó otra vez en la desesperación. ¡Qué horrible trance!... Él entrando por la puerta y ella arrojándose por la ventana... Se mudaría, se esconderla en el último rincón de Madrid... ¡Qué simpleza! Si él no la encontraba allí; si D. José Ido no le daba razón de su paradero, la buscaría en casa de Bringas... Pensar que le veía entrar en la casa de la Costanilla de los Ángeles era mil veces peor que pensar en el Infierno con todos sus horrores... ¿Qué haría entonces? Pues muy sencillo: salirle al encuentro, ir en busca de él, decidida a vencer o morir. O conseguía que la dejase libre o se quitaba la vida. Esta resolución, valerosamente tomada, la sosegó un tanto, aunque la idea de ir a la antipática vivienda de la calle de la Fe le repugnaba como el recuerdo de haber bebido una pócima muy amarga. Pero ¿qué remedio...? Iría, sí, daría aquel paso peligroso, el último paso para salvarse o morir. El corazón le dijo: «Tú misma, con maña y arte, puedes hacerle comprender su estúpida terquedad y apartarle del camino de las barbaridades. Tú, si no te aturdes, vencerás al monstruo, porque eres el único ser que en la tierra tiene poder para ello. Mas es necesario que estudies tu papel; es indispensable que midas bien tus fuerzas y sepas utilizarlas en el momento propicio. Esa fiera, que nadie puede encadenar, sucumbirá bajo tu hábil mano, la atarás con una hebra de seda y la rendirás hasta el punto de que se someta en todo y por todo a tu voluntad». Aunque el corazón le dijera estas cosas consoladoras, todavía dudaba ella si salir o no al encuentro de la bestia. Miraba al retrato de su padre, cuyos ojos parecían decirle: «Tonta, si desde que entraste te estoy aconsejando que vayas, y no quieres comprenderlo...». Las caras de todos los estudiantes de Farmacia retratados en el cuadro grande le decían lo mismo.
Otras soluciones se le ocurrieron: dar parte a la justicia, huir de Madrid, contar todo a Caballero... ¡Oh, si ella tuviera pecho para esto último...! Lo demás era patraña. Sobre todas las soluciones descollaba la de matarse: esta si que era buena; pero antes de acometerla ¿no era conveniente tratar de amansar al dragón y alcanzar de él, con buenas palabras y algo de astucia, que se fuera a otras tierras y la dejara tranquila?
Decidido esto, quedaba la cuestión de oportunidad. ¿Iría aquella misma noche o al día siguiente que era domingo? Prevaleció lo segundo, y se dio a pensar la mentira con que disculparía su ausencia de la casa de Bringas. No podía hablar de enfermedad, porque entonces Caballero vendría a verla. Ocurriole decir que su hermana había desaparecido... y ¿cómo dejar de averiguar su paradero? Lo primero era verdad, lo segundo mentira. Por mucho que durase su visita, estaría de vuelta por la tarde, pues tenía que vestirse para ir al teatro. Caballero había quedado en venir a buscarla a las ocho.
Por fin llegó aquella mañana tan temible, y se puso en marcha después de almorzar, vestida a lo pobre decente, con velo y guantes. No quería aparentar riqueza ni tampoco abandono. Para ir pronto y evitar ser vista, tomó un coche. Por el camino estudiaba su difícil papel y las súplicas y razones con que se proponía domar al indomable y convencerle del gravísimo daño que la causaba. La base de su argumentación era: «O esto concluye para siempre, o me mato esta noche misma... lo he jurado... es hecho... paz o muerte».
Llegó. ¡Quién le había de decir que vería otra vez la horrible alambrera y el patio surcado de arroyos verdes y rojos!... Cuando subía la escalera, dos mujeres bajaban diciendo: «No sale de la noche. Se muere sin remedio...». ¿De quién hablaban? ¿Sería él quien agonizaba? Hay muertes que parecen resurrecciones por la esperanza que entrañan en su fúnebre horror... La puerta estaba abierta. Entró Amparo paso a paso, temiendo encontrar caras extrañas, y llegó hasta la sala aquella, antes atestada de muebles y ahora casi vacía... A primera vista se echaba de ver que por allí habían pasado los prenderos.
Dio la joven algunos pasos dentro de la sala y se detuvo esperando que saliese alguien. Sentía movimiento y voces en lo interior de la casa. De repente apareció él. Estaba tan trasformado que casi no se le conocía al primer golpe de vista, pues se había dejado la barba, que era espesa, fuerte y rizada, y la vida del campo había sido eficaz y rápido agente de salud en aquella ruda naturaleza. El semblante rebosaba vigor, y sus miradas tenían todo el brillo de los mejores tiempos. Vestía chaquetón de paño pardo y llevaba en la cabeza gorra de piel. Ambas prendas le caían tan bien, que casi le hermoseaban. Más bien que un hombre disfrazado, era un hombre que había soltado el disfraz, apareciendo en su propio y adecuado aspecto. Al ver a Amparito se alegró mucho; pero algo ocurría sin duda que le estorbaba expresar su contento.
«¿Ya estás aquí?—le dijo en voz baja—. Te esperaba... Contento me tienes... La culpa es tuya. Hablaremos ahora y me explicarás tú... ¿Qué?, ¿te asombras de mi figura? Tengo la facha de bárbaro más atroz que has visto en tu vida. ¿Me tienes miedo?».
—Miedo precisamente no... pero...
—Si estás temblando... Sosiégate; no me como la gente... Siéntate y aguárdame.
Salió de prisa y volvió a entrar al poco rato para revolver en uno de los cajones de la cómoda. Tres o cuatro veces le vio Amparo entrar y salir llevando o trayendo alguna cosa, y no acertaba a explicarse el motivo de estos viajes.
«Dispénsame—dijo en una de aquellas apariciones, sacando una sábana y rasgándola en tiras—. Al venir aquí me he encontrado a la pobre Celedonia tan perdida de su reuma, que me parece que se nos va...».
Oyéronse entonces claramente quejidos humanos, que anunciaban dolores muy vivos.
«¡Pobre mujer!—dijo Polo—. No he querido mandarla al hospital. ¿Quién ha de cuidar de ella si yo no la cuido?».
En el rato que estuvo sola, Amparo creyó prudente cerrar la puerta de la casa, pues con ella abierta, considerábase vendida en aquella mansión de tristeza, miedo y dolor.
«Aquí estoy otra vez—dijo el tal, reapareciendo en la sala con un puñado de algodón en rama que dejó sobre la cómoda—. No se puede mover. He tenido que darle una vuelta en la cama. Yo le doy las medicinas... Se resiste a tomar cosa alguna, como yo no se la dé. También le pongo las vendas en las rodillas y unturas y cataplasmas... Anoche no he pegado los ojos. Ni un momento dejó de gritar y llamarme. Dos días hace que llegué, y aquí me tienes sin un momento de descanso. Pero estoy fuerte, muy fuerte... Verás...».
Para demostrar su fuerza, cogió a Amparo por la cintura, antes que ella pudiera evitarlo, y la levantó como una pluma.
«¡Ay!»—gritó ella al verse más cerca del techo que del suelo.
El atleta, con airoso movimiento de sus fortísimos brazos, la sentó sobre su hombro derecho y dio algunos pasos por la habitación con tan preciosa carga.
«No chilles, no hagas ahora la melindrosa, pues no es la primera vez...».
«¡Que me caigo!...».
—Tonta, caer no...—dijo el bruto depositándola con cuidado sobre el sofá. Ahora vengan las explicaciones. Estoy enojado, furioso. Cuando lo supe me entraron ganas de venir a... no lo sé explicar, de venir a comerte. Después me he serenado un poco, y el amigo Nones me espetó anoche un sermón tan por lo hondo y me dijo tales razones, que casi casi estoy inclinado a conformarme con esta horrible lección que recibo de la divina Providencia.
Amparo al oír esto, sintió en su alma grandísimo consuelo. La cosa iba por buen camino.
«Debo confesar—añadió el bárbaro sentándose junto a ella—, aunque el alma se me despedace al decirlo, que el partido que se te presenta, es tal, que despreciarlo... vamos, no lo digo».
¡Y ella tan azorada! Creía que todo lo que hablara había de resultar inconveniente. No tenía diplomacia; no era bastante maestra en la conversación para saber decir lo ventajoso y callar lo que le perjudicara. Polo siguió así:
«Cuando me pasó aquel primer arrebato de ira, tuve un pensamiento acerca de ti y de tu boda, el cual pensamiento me sirve para consolarme a mí y al mismo tiempo para disculparte. Te lo explicaré. De tal modo me identifico contigo, que he pensado lo mismo que has pensado tú al aceptar ese buen partido. Verás si acierto. Se te presenta un hombre honrado y riquísimo , y tú, apreciando la cuestión con el criterio corriente y vulgar, has dicho: '¿Yo qué puedo esperar del mundo? Miseria y esclavitud. Pues me caso y tendrá bienestar y libertad'. Caballero, por lo que tiene y lo que no tiene, por su riqueza y su hombría de bien, por su bondad y su candidez, es todo lo que podías desear. Te casas con él sin quererle».
Tormento tuvo ya las palabras en la boca para protestar con toda su alma; pero el miedo la hizo enmudecer y se tragó la protesta.
«Esta es mi idea—prosiguió él—, idea que me consuela y que te disculpa a mis ojos. Háblame con franqueza. ¿No es verdad que no le quieres ni pizca?».
Indignada, habría respondido ella con vehemencia lo que su corazón le dictaba; pero su pánico aumentó en un grado tal, que la cohibía y aplastaba, cual si se transfiriera al orden material por enorme carga de hierro puesta sobre su cuerpo. Al propio tiempo hizo este raciocinio: «Si digo la verdad, si digo que quiero mucho al que va a ser mi marido, este bárbaro se pondrá furioso. Conozco su mal temple y el peligro de irritar su amor propio. Lo más prudente será echarle una mentira muy gorda, muy gorda, una mentira que me desgarra las entrañas, pero que podrá salvarme».
«Le quieres ¿sí o no?»—preguntó la fiera impaciente y con brutal curiosidad.
Tormento dijo: No. Y lo dijo con la boca y con la cabeza, enérgicamente, como los niños que hacen sus primeros ensayos en la humana farsa. Al decirlo, todo su ser se rebelaba contra tan atroz falsedad, y los labios que tal pronunciaron habían quedado sensiblemente amargos. Acercó más el bruto su silla. Ella no podía retirarse, porque estaba en el sofá, sentada de espaldas a la ventana. De buena gana se habría incrustado en la pared o tabique para huir de la amenaza cariñosa de aquella rural figura, que le era ya tan repulsiva. Ver acercarse el paño pardo, la barba bronca y la gorra de piel de conejo, era como ver al demonio que se le iba encima.
«Ya me lo figuraba yo—indicó Polo tomándole una mano, que ella quiso y no pudo retirar—. Conozco al consabido; le he visto una vez. Es un pobre hombre, de buen natural, pero de cortos alcances. Le manejarás como quieras, si eres lista, le gobernarás como se gobierna a un niño y harás en todo tu santísima voluntad».
La intención que estas palabras revelaban, no se ocultó a la infeliz joven, que tuvo más miedo. Pero en las naturalezas sometidas a rudísimas pruebas acontece que el peligro sugiere el recurso de la salvación, y que del exceso de pavura surge el rapto de valor, por la ley de las reacciones. Comprendiendo, pues, Tormento, por aquel indicio de las ideas y palabras de su enemigo que este quería conducirla a una solución criminal y repugnante, sintió estremecimientos de su dignidad y protestas de la innata honradez de su alma. Miró al bruto, y tan odioso le parecía, que entre morir luchando y el suplicio de verle y tratarle prefirió lo primero. Herida de su propio instinto como de un látigo, se levantó bruscamente, y sin disimular su ira habló así:
«En fin... ¿esto se acaba o no? He venido para saber si me dejas tranquila o quieres concluir conmigo».
—Calma, calma, niña—murmuró Polo palideciendo—. Ya sabes que de mí no consigues nada por malas. Por buenas, todo lo que quieras...
Tormento hizo un esfuerzo para tener prudencia, tacto, habilidad. Enjugándose las lágrimas que acudieron a sus ojos, dijo:
«Tú no puedes querer que yo sea una desgraciada; debes desear que yo sea una mujer buena, digna, honrada. Has hecho cosas malas; pero no tienes mal corazón; debes dejarme en paz, no perseguirme más, marcharte a Filipinas como pensabas y no acordarte nunca del santo de mi nombre».
—¡Oh!, pobre Tormento—exclamó él con honda amargura—. Si eso pudiera ser tan fácilmente como lo dices... Has dicho que no soy un perverso. ¡Qué equivocada estás! Allá en aquellas soledades, varias veces estuve tentado de ahorcarme de un árbol, como Judas, porque yo también he vendido a Cristo. A veces me desprecio tanto que digo: «¿no habrá un cualquiera, un desconocido, un transeúnte que, al pasar junto a mí, me abofetee?». Y te hablaré con franqueza. Mientras fui hipócrita y religioso histrión y no tuve ni pizca de fe. Después que arrojé la careta, creo más en Dios, porque mi conciencia alborotada me lo revela más que mi conciencia pacífica. Antes predicaba sobre el Infierno sin creer en él; ahora que no lo nombro, me parece que si no existe, Dios tiene que hacerlo expresamente para mí. No, no, yo no soy bueno. Tú no me conoces bien. ¿Y qué me pides ahora? Que te deje en paz... ¿Para qué me mirabas cuando me mirabas?
Ante esta pregunta, el espanto de la medrosa subió un punto más. Las cosas que por su mente pasaron habríanle producido una muerte fulminante si el cerebro humano no estuviera construido a prueba de explosiones, como el corazón a prueba de remordimientos.
«¿Para qué me miraste?—repitió el bruto con la energía de la pasión, sostenida por la lógica—. Tu boca preciosa ¿qué me dijo? ¿No lo recuerdas? Yo sí. ¿Para qué lo dijiste?».
Ante esta lógica de hachazo, la mujer sin arranque sucumbía.
«Las cosas que yo oí no se oyen sin desquiciamiento del alma. Y ahora, ¿lo que tú desquiciaste quieres que yo lo vuelva a poner como estaba?...».
Ella se echó a llorar como un niño cuando le pegan. Durante un rato no se oyeron más que sus sollozos y los lejanos ayes de Celedonia. Polo corrió al lado de la enferma.
«Pero yo—dijo volviendo poco después, apresurado—, recojo para mí toda la culpa. Tengo sin duda la peor parte; pero me la tomo toda. Yo falté más que tú, porque engañé a los hombres y a Dios».
Tormento le miró más suplicante que airada; le miró como el cordero al carnicero armado de cuchillo, y con lenguaje mudo, con los ojos nada más, le dijo: «Suéltame, verdugo».
Y él, interpretando este lenguaje rápida y exactamente, respondió, no con miradas sólo, sino con palabras enérgicas: «No, no te suelto».
Poseída ya de un vértigo, la infeliz se lanzó al pasillo para buscar la puerta y huir. ¡Horrible pánico el suyo! Pero si corrió como una saeta, más corrió Polo, y antes que ella pudiera evadirse, cerró la puerta con llave y guardó esta.
Amparo dio un chillido.
«Suéltame, suéltame»—gritó oprimiéndose contra la pared, cual si quisiera abrir un hueco con la presión de su cuerpo, y escapar por él.
Polo la tomó por un brazo para llevarla otra vez adentro. Desasiéndose, corrió ella hacia la sala. Ciega y desesperada, iba derecha hacia la entreabierta ventana para arrojarse al patio. El cerró la ventana.
«Aquí... ¡prisionera!»—murmuró con rugido.
Dejose caer Amparito en el sofá, y hundiendo la cara en un cojincillo que en él había, se clavó los dedos de ambas manos en la cabeza.
XXIX
Largo rato trascurrió sin que se moviera. De pronto oyó estas palabras, pronunciadas muy cerca de su oído:
«Ya sabes que por malas nada, por buenas todo. Quieres tratarme como a perro forastero y eso no es justo... Aunque procure contenerme, no podré evitar un arrebato, y haré cualquier barbaridad».
La situación deplorable en que la joven se hallaba y el temor a la catástrofe trabajaron en su espíritu, infundiéndole algo de lo que no tenía, a saber: travesura, tacto. La vida hace los caracteres con su acción laboriosa, y también los modifica temporalmente o los desfigura con la acción explosiva de un caso terrible y anormal. Un cobarde puede llegar hasta el heroísmo en momentos dados, y un avaro a la generosidad. Del mismo modo aquella medrosa, aguijada por el compromiso en que estaba, adquirió por breve tiempo cierta flexibilidad de ideas y algunas astucias que antes no existían en su carácter franco y verdadero. «Por este camino—pensó—no conseguiré nada... Si yo supiera lo que otras mujeres saben, si yo acertara a engañarle, prometiendo sin dar y embaucándole hasta rendirle... Haremos un ensayo».
«¡Qué manera más extraña de querer!—dijo incorporándose—. Parece natural que a los que queremos, deseemos verles felices... digo, tranquilos. No comprendo que se me quiera así, haciéndome desgraciada, indigna, miserable, para que me desprecie todo el mundo. ¡Pobre de mí! No puedo alzar mis ojos delante de gente, porque me parece que todos me van a decir: 'te conozco, sé lo que has hecho'. Quiero salir de tal situación, y este egoísta no me deja».
D. Pedro dio un gran suspiro.
«¿Egoísta yo? ¿Y lo que tú haces es abnegación? Yo soy pobre, él es rico. ¿No es eso lo mismo que decir: 'yo, yo y siempre yo'? Bueno es que nos sacrifiquemos los dos, pero ¡que me sacrifique yo solo y tú triunfes...! Bien veo lo que tú quieres: casarte y ser poderosa, y que el mismo día de la boda, yo me pegue un tiro para que todo quede en secreto».
—No, no quiero eso.
Amparo sintió que se afinaban más sus agudezas y aquel saber de comedianta que le había entrado. Comprendió que un lenguaje ligeramente cariñoso sería muy propio del caso.
«No, no quiero que te mates. Eso me daría mucha pena... Pero sí quiero que te vayas lejos, como pensabas y te aconsejó el padre Nones. No puede haber nada entre nosotros, ni siquiera amistad. Alejándote, el tiempo te irá curando poco a poco, sentirás arrepentimiento sincero, y Dios te perdonará, nos perdonará a los dos».
Profundamente conmovido, el bárbaro miraba al suelo. Creyendo en probabilidades de triunfo, la cuitada reforzó su argumento... llegó hasta ponerle la mano en el hombro, cosa que no hubiera hecho poco antes».
«Hazlo por mí, por Dios, por tu alma»—le dijo con dulce acento.
—Eso, eso—murmuró Polo lúgubremente sin mirarla—. Yo todos los sacrificios, tú todos los triunfos... ¿Sabes lo que te digo? Que ese hombre me envenena la sangre... le tengo atragantado. Se me figura que le vas a querer mucho en cuanto vivas con él; y esto me subleva, me quita el valor de marcharme; esto me pone furioso y me incita a ser más malo todavía.
Levantose, y dando paseos de un ángulo a otro de la sala, exclamó con angustiada voz:
«Dios, Dios, ¿por qué me diste las fuerzas de un gigante y me negaste la fortaleza de un hombre? Soy un muñeco indigno forrado en la musculatura de un Hércules».
Y parándose ante ella le dijo en tono más familiar:
«Te juro, Tormentito, que si me marcho, como deseas, a Filipinas, y me voy sin retorcerle el pescuezo a ese tu marido, debes tenerme por santo, pues victoria mayor sobre sí mismo no la ha alcanzado jamás ningún hombre. Y yo quisiera hacerte el gusto en esto, quisiera dejarte a tus anchas; pero ni tú con tus ruegos, ni Nones con sus consejos lo conseguirán de mí. De bárbaro a santo hay mucho camino que andar, y yo... empiezo bien, pero a la mitad me faltan fuerzas, y... ¡atrás bárbaro, atrás!».
Amparo sintió frío sudor en su rostro. No había remedio para ella, y la solución negativa y terminante se apoderó de su mente.
«Estoy decidida, decidida... Ya sé lo que tengo que hacer».
—¿Qué?
—No me puedo casar... ¡Imposible, imposible!... ¿Pues qué?, ¿así se pasa por encima de una falta tan grave? Mi conciencia no me permite engañar a ese hombre de bien... Ya sé lo que tengo que hacer. Ahora mismo voy a mi casa; le escribo una carta, una carta muy meditada, diciéndole: «no me puedo casar con usted por esto, por esto y por esto».
—Siempre se te ocurre lo peor—indicó Polo con aparente tranquilidad—. Me parece tu plan muy absurdo... No, ya no tienes más remedio que apechugar con él. Negarte ahora, después de haber consentido y de haber callado por tanto tiempo tus escrúpulos, sería una deshonra. No, no cásate... No demos ahora un escándalo.
La relajación que se desprendía de este plural no demos hirió tanto a la joven, que desconcertada y transida de horror, no supo qué decir. Él no le dio tiempo a reflexionar sobre aquel mal cubierto propósito, siguiendo así:
«Comprendo que esto debe concluir; comprendo que yo debo sacrificarme... porque soy el más criminal. ¿Pero tú no te sacrificarás también un poquito?».
—¿Yo, cómo?—preguntó ella sin comprender.
—No despidiéndome como se despide a un perro. Hace poco dijiste que no quieres a tu novio. Si deseas que yo te obedezca en esto de quitarme de en medio, no me hagas creer que tampoco me quieres a mí, porque entonces lo echaré todo a rodar. Si te conviene que yo tenga fuerzas para ese acto heroico que me exiges, dámelas tú.
—¿Yo?, ¿cómo?
Amparo le habría dado un bofetón de muy buena gana.
«¡Así!...—gritó el bruto con salvaje ímpetu de amor, estrechándola en sus brazos—. Si me dices que quieres a ese pelele más que a mí... ahora mismo, ahora mismo, ¿ves?, te voy apretando, apretando hasta ahogarte. Te arranco el último suspiro y me lo bebo».
Y conforme lo decía lo iba haciendo, iba oprimiendo más y más, hasta que Tormento, sofocada y sin respiración, dio un grito: «¡ay... que me ahogas!...».
«Concédeme un día, un día nada más. Yo te doy una vida entera de tranquilidad y no te pido más que un día».
Pero ella, sofocadísima, sacaba los últimos restos de su aliento para decir: «no».
«¡Sí!»—gritaba él con brutal anhelo.
—Que no.
—¡Un día!
—Ni un minuto.
—¡Ah... perra!
Frenético aflojó los brazos... Era aquello un ataque de insano furor espasmódico... Amparo saltó despavorida, buscando la salida otra vez. No hallándola y recorriendo toda la casa, fue a dar al cuarto donde estaba la enferma. Aquel sitio la pareció lugar sagrado, donde podía disfrutar el derecho de asilo. Arrimose al único rincón libre que en la habitación había, y esperó. Los labios de la enferma balbucieron algo, entre queja y curiosidad. Pero Tormento nada decía, se había quedado sin palabra. Poco después entró él.
«¿Qué tal, Celedonia?».
—Ahora dormía un poquito; pero me han despertado con el ruido... ¡Qué cosas!... ¡retozando aquí!...—tartamudeó la enferma, despabilándose y mirando a las dos personas que en su presencia estaban—. ¡Retozando aquí!... ¡Dónde y cuándo se les ocurre pecar!... ¡a la vera de una moribunda...!
—Si no pecamos, tonta, viejecilla—dijo Polo con cariño—. ¿Quieres tomar algo?
—Quiero pensar en mi salvación... Condénense ustedes si gustan; pero yo me he de salvar... Me muero, me muero... Mande recado al padre Nones y déjese de retozos.
—Ya vendrá Nones, ya vendrá. Pero no estás tan mal. El médico dijo esta tarde que eso se te pasará.
—Tan lila es el médico como usted... Perdido, sin vergüenza... quite allá; no me toque... Me parece ver al Demonio que me quiere llevar...
—¿Bromitas tenemos?—dijo Polo, arropándola—. Pues mira, te voy a poner otra vez las bayetas calientes. ¿Tienes dolores?
—Horr...rrorosos...
—Tormentito, vas a ir a la cocina a calentar las bayetas. Debe de haber lumbre. Viejecilla, no seas mal agradecida, ya ves que esta pobre viene a cuidarte. ¿No ves que es un ángel?
—¿Ángel?—murmuró la anciana, mirando a ambos con extraviados ojos—. De las tinieblas, sí. Buenos están los dos. Pero no me llevarán, no me llevarán... Que venga el padre Nones, que venga pronto.
Amparo fue a la cocina. No podía negarse a prestar un servicio tan fácil y tan cristiano al mismo tiempo. Entre tanto, el bruto atendía a remover el dolorido cuerpo de la enferma, a mudarle los trapos y vendas que envolvían sus hinchadas piernas. Mostraba en ello una delicadeza y una habilidad como sólo las tienen las madres y los enfermeros que se habitúan a tan meritorio oficio.
«Ahora te voy a dar una taza de caldo»—le dijo; y corriendo a la cocina, mandó a Tormento que lo calentase.
Aplicadas sobre aquel pobre cuerpo las bayetas, amén de unturas varias y algodones, el bárbaro le dio el caldo acompañando su acción de palabras muy tiernas: «Vamos, poco mal y bien quejado. Ahora te vas a dormir tan ricamente. ¿No tienes ganas? Haz un esfuerzo; estás muy débil. Este caldo te lo vas a tomar a nuestra salud, a la salud mía y de la señorita Amparo, que ha venido a cuidarte. Con que... ¡a pecho!... Bien, bien. Descansa ahora; no te doy más cloral esta noche, porque te puede hacer daño».
La vieja, delirando, mezclaba las risas con los lamentos, y acariciaba con sus torpes manos una cruz pendiente de su cuello. «¡Ay... ay!... ¿Quieren llevarme?... Sí, para ustedes estaba. Este, este que está en la cruz me defenderá».
Cuando la enferma se aletargó, Polo dijo por señas a Amparo que saliera. Ambos volvieron a la sala. Durante aquel triste paréntesis, que de un modo tan extraño interrumpiera su angustiosa lucha con el monstruo, la medrosa había pensado que no debía esperar nada de él por medio de conferencias y explicaciones. Grandísima simpleza había sido visitarle. No tenía ella diplomacia, ni sabía sortear las dificultades por medio de palabras mañosas. No le quedaba ya más recurso que escapar de la casa como pudiera y entregarse a su mísero destino. Ya conceptuaba imposible la boda; ya no podía dudar que aquel caribe daría un escándalo... La deshonra era inevitable. Tendría que escoger entre darse la muerte o soportar la ignominia que iba a cubrirla como una lepra moral, incurable y asquerosa. Todo era preferible a tratar con semejante fiera y a sufrir sus bárbaros golpes o sus repugnantes caricias. Desesperada, luego que estuvieron en la sala, le dijo con serenidad:
«Nada más tenemos que hablar. ¿Me dejas salir?».
—Antes encenderemos una luz. Casi es de noche. Hazme el favor...
Le señaló la bujía que sobre la cómoda estaba, juntamente con la caja de cerillas.
«La llave de la puerta, la llave—gritó Tormento luego que encendió la luz—. Quiero salir, me estoy ahogando».
—Calma, calma. Hazme el favor de cerrar las maderas de la ventana... Y no me vendría mal que cogieras ahora una agujita y me cosieras este chaleco... ¡Holgazana! Quiero hacerme por un momento la ilusión de que eres el ama de la casa. Debieras prepararme la cena y cenar conmigo.
—No estoy para bromas... ¡La llave!
Su respuesta fue un abrazo, apretando, apretando...
«Dime que me quieres como antes y te dejo salir,—declaró en aquel infernal nudo—. Si no, te ahogo...».
—Mejor... prefiero que me mates—murmuró la infeliz, llegando a tener idea de las horribles contracciones del boa constrictor.
—¿Bromitas tenemos?... ¿Con que matarte, reina y emperatriz del mundo?... Vaya, di que me quieres...
—Bueno, pues sí—replicó la medrosa, sintiendo otra vez la necesidad de ser diplomática.
—Dilo más claro.
—Te... quiero—declaró cerrando los ojos.
—No, lo has dicho de mala gana. Pronúncialo con calor y mirándome.
Ya Tormento no tenía paciencia para más. Iba a gritar con brío: «Te aborrezco, bestia feroz»; pero aún supo contenerse, midiendo las consecuencias de una frase tan terminante. Hizo un desmedido esfuerzo y pudo expresar esto:
«¿Cómo quieres que... te quiera con estas brutalidades?... Para quererte sería preciso... que te portaras de otra manera».
—Dime tú cómo.
En esto la soltó.
«Primero, no dándome sofocos y tratando razonablemente».
—Acompáñame esta noche—dijo Polo con brutalidad.
—No, no mil veces—replicó Tormento con toda su alma.
—Déjame concluir... Te juro que mañana eres libre y que no te molestaré más.
Amparo meditó un rato. El extremo de gravedad a que habían llegado las cosas, la ponía en el triste caso de tomar en consideración la infernal propuesta. Pero su conciencia triunfó pronto de su vacilante debilidad, inspirándole estas palabras que revelaban tanto asco como valentía:
«De ninguna manera. Prefiero morirme aquí mismo».
—Mañana serás libre.
—Prefiero ser cadáver...
Y volviendo a dudar y a pesar en la balanza de la razón el nefando trato, dijo:
«¿Y quién me asegura que cumples tu palabra...?».
Mas volviendo a triunfar de sus dudas, exclamó con énfasis:
«¡Oh!, no y mil veces no. Es una vergüenza peor que la que ya tengo encima. No quiero, no quiero. No tengo más salida que la muerte, y estoy decidida a dármela yo misma, ¡yo misma con mis manos, sí, salvaje, demonio de los infiernos...!».
Transfigurada, la cordera tomaba aspecto de leona. Jamás había visto Polo nada semejante a aquel sublime coraje de la que era toda paz, mansedumbre y cobardía.
«Sí, no tienes ya ni tanto así de conciencia. Yo no soy así—añadió ella con ardiente expresión—. Yo soy cristiana, yo sé lo que es el arrepentimiento, y sé morirme de pena, deshonrada, antes que caer en el lodazal a donde quieres arrastrarme».
El bárbaro pestañeaba como quien en sus ojos adormecidos recibe de improviso luz muy viva. Tuvo en su alma uno de aquellos arranques expansivos que de tarde en tarde le disparaban, ya en dirección del bien, ya en la del mal, y entregando la llave a su víctima, le dijo con cavernoso acento:
«Puedes salir cuando quieras».
El primer impulso de la prisionera fue echar a correr, y después de dudar un instante así lo hizo. Pero no había dado un paso en la escalera, cuando la voz de su conveniencia la detuvo una vez más. Era la vacilación misma. Pensó que aquel generoso rapto de su enemigo no bastaba a ultimar la temida cuestión. No quería irse sin la seguridad de que todo había concluido y de que recobraba la ansiada paz. Movida de estos escrúpulos del egoísmo, tornó adentro, padeciendo el descuido de dejar abierta la puerta.
«¿Pero no me perseguirás, no darás un escándalo, no harás nada en contra mía?».
Polo, que estaba en pie, le volvió la espalda pero ella dio una vuelta hasta ponérsele delante. En su delirio, llegó hasta tomarle una mano, inclinándose ante él...
«Por Dios y la Virgen... no me deshonres, no me pierdas, no reveles nada de este secreto, que es mi muerte; no veas a nadie... Que lo pasado sea como si hubiera sucedido hace mil años; que ningún nacido lo sepa... Tú no eres malo; no eres capaz de cometer una infamia... lo que debes hacer...».
—Sí, ya sé, ya sé—murmuró él dando otra vuelta para ocultar su rostro—. Lo que tengo que hacer es... echarme a rodar lejos, lejos...
Con rápido movimiento apartose de ella y entró en la alcoba. Amparo no quiso seguirle. Desde la sala vio allá dentro un bulto, arrojado en negro sillón, la cabeza escondida entre los brazos y estos apoyados en un lecho revuelto; y oyó bramidos, como de bestia herida que se refugia en su cueva.
XXX
Dudaba Tormento si entrar o retirarse. «Creo que le he vencido—pensaba—; pero aún no estoy segura. Lo que me da esperanzas es que él no hace nunca las cosas a medias. Si hace maldades no se para hasta lo último; si la da por el bien, capaz es de llegar a donde llegan pocos». La fiera reapareció súbitamente, demudado el rostro, las manos trémulas.
«¡Ah!, ¡perra!—le dijo—, si no te quisiera como te quiero... Todavía, todavía sé valer más que tú, y ponerme en donde tú no te pondrás nunca. ¡Hablas de matarte!... ¿qué sabes tú de eso, tonta, que te asustas de la picada de un alfiler?...».
En esto estaban, cuando sintieron ruido en la escalera, y después el áspero chillido de la puerta que se abría. Ambos pusieron atención. Amparo, llena de miedo, notó que los que habían entrado avanzaban ya por el pasillo.
«¡Mi hermana!»—murmuró D. Pedro.
Al oír este nombre, la medrosa no supo lo que le pasaba. En su azoramiento y consternación no tuvo tiempo más que para esconderse precipitadamente en la alcoba. ¡Ay!, si tarda dos segundos más en huir, me la cogen allí. Los visitantes eran Doña Marcelina y el padre Nones. Amparo oyó con espantó la voz de aquella señora, y temiendo que también entrase en la alcoba, hizo propósito de esconderse en un armario. Felizmente había en el fondo de la pieza un cuartito triangular y muy estrecho, atestado de cosas viejas, en el cual se ocultaría en caso de necesidad.
El escueto y rechupado clérigo, la señora con cara de caoba y vestido negro, tomaron asiento en la sala. El primero parecía haberse escapado de un cuadro del Greco. La segunda estaba emparentada con los Caprichos de Goya.
«Pero, di, caribe, ¿todavía no te has quitado esas barbazas de Simón Cirineo?—dijo la hermana al hermano—. ¿No te da vergüenza de que la gente te vea en esa facha?».
—Es que se está equipando de misionero, señora—observó el indulgente y jovial Nones sacando su petaca—. ¿Y cómo está esa pobre?
—Muy mal. Ahora parece que duerme un poco.
—Vamos a cuentas—dijo Marcelina, clavándose en un extremo del sofá—. El Sr. D. Juan Manuel y yo hemos arreglado todo. Por la calle me venía diciendo este bendito: «Es preciso tener mucho cuidado con ese pedazo de bárbaro. Se me escapó de la dehesa para volver a las andadas. Cada día que pasa sin que le empaquetemos para los antípodas, corre más peligro de perderse y darnos a todos muchos disgustos». ¿Es verdad esto, padre?
—Es el Evangelio—replicó Nones risueño.
—Bueno, bueno—añadió la consabida—. Ya hemos arreglado tu viaje. Gracias a una señora que vive conmigo, he reunido lo del billete. Con lo que te dieron esta mañana los prenderos por aquellos trastos y lo que te facilita este señor de Nones... anticipándote lo que te debe el Ayuntamiento... dale las gracias, hombre; con todo eso, digo, tienes para lo que se te puede ofrecer por el camino. Te he buscado cartas de recomendación.
«Y yo le doy una que es como pan bendito»—interrumpió D. Juan Manuel.
—En cuanto llegues, tomas posesión de tu destino, que es, según dicen, una ganga. Ahora, contesta. ¿Estás decidido a marcharte?
—Sí—afirmó Polo con resolución.
—Mira que el vapor sale de Marsella el día 8, y si quieres alcanzarlo tienes que echar a correr mañana mismo.
—Pues mañana mismo.
—Así me gustan a mí los hombres—declaró Nones dando afectuosa palmada en el hombro de su amigo.
—Gracias, gracias infinitas doy al Señor—expresó la piadosa hermana con vehemencia, por esta determinación tuya. A ver si allá vuelves a ser lo que eras, y te enmiendas, y te purificas. No te faltarán modos de hacerte bueno y meritorio, porque hay por allá mucho salvaje por convertir.
—Lo primero—dijo Nones con sorna—es que se nos convierta él y se nos formalice, que a los demás salvajes, señora mía, no faltará quien los meta en cintura.
—De suerte, querido y desgraciado hermano que ya no te veré más—manifestó ella conmoviéndose y elevando un poco su mano en dirección de sus ojos, los cuales de fijo habrían llorado si no fueran de madera—. ¡Oh!, todo acabó, para mí. Gracias que me consuelo con mis ideas. Hágome la cuenta de que estoy en un convento muy grande, que las calles de Madrid son los claustros, que mi casa es mi celda... Voy y vengo, entro y salgo, aisladita en medio del tumulto, callada entre tanto bullicio... En esta vida solitaria los afectos de familia siempre viven en mí... Por mucho que piense en Dios, no puedo dejar de querer a mi hermano, y la idea de los trabajos que le esperan en aquellas tierras me hará pasar muy malas noches... Oyendo misa esta mañana, me decía yo: «Pero Señor, ¿este hombre no podrá corregir sus pasiones, no podrá enfrenarse a sí mismo como han hecho otros que han llegado a ser santos? ¿Tan débil es, tan poca cosa, que se dejará dominar por un vicio asqueroso?» ¡Ay!, hermano, no cabe el odio en mi corazón; pero hay momentos, el Señor me lo perdone, hay momentos en que peco, sin poderlo remediar; peco acordándome de la buena pieza que te ha trastornado la cabeza, apartándote de tus deberes; sí, peco, peco... peco porque me da rabia...
—Señora—dijo el simpático Nones—, no nos aflija usted ahora con sus sentimientos, que hartos motivos de duelo tenemos. Mi amigo Perico se nos va mañana. El rato que de su compañía nos queda empleémosle en agasajarle y en mostrarle nuestro cariño.
—Es que no me fío de él, no me fío—añadió la excelente señora mirándole como se mira a un niño de quien se sospechan travesuras—. Usted le conoce tan bien como yo, y no ignora sus mañas. Por Celedonia supe que antes de ir al Castañar, recibió aquí a esa... Sr. de Nones, no sea usted tan santo, no se haga usted el bobito. Bien sabe usted que hace un rato, cuando subíamos esa cansada escalera, dije yo que me parecía haber sentido voz de mujer, y usted se echó a reír y... recuerde bien sus palabras: «todo podrá ser... nada hay nuevo debajo del sol... en efecto me huele a fémina».