VARIA
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En el barrio Latino.

En este atrayente París siempre tengo de América o de España un amigo a quien haya que ciceronear, que pilotear, que llevar de aquí a allá, según sus deseos. El más reciente, después de haber recorrido los museos, los monumentos principales, los teatros, me dijo: ¡Ahora deseo conocer un poco la bohemia, esa alegre bohemia del barrio Latino!
—Señor mío—le dije—, esa no existe.
—¿Cómo, no existe? ¿Y Rodolfo y Mimí?
—Difuntos.
—Pero usted ha hablado, hace algunos años, de bohemia del barrio Latino en La Nación.
—¡Sí, hace doce años! Las cosas han cambiado. De todas maneras, para que usted se convenza, iremos a verlo.
Y fuimos esa misma noche.
Comenzamos por visitar los clásicos cafés D'Harcourt, Vachette, Soufflet. Unos cuantos caballeros particulares, solos o en compañía de más o menos elegantes damas o damiselas.
—¿Y los estudiantes?
—Esos son los estudiantes.
—¿Y esa gravedad?
—Los estudiantes actuales son graves, gravísimos. Han leído todos los libros y tienen la carne triste.
—¿Y los gorros tradicionales?
—Suelen llevarlos los que no son estudiantes. Fijáos. Esos jóvenes bien vestidos trascienden a bulevar, y no al de Saint-Michel. Son vividores y arribistas. Juegan a las carreras y se mezclan en las pequeñas políticas. El antiguo estudiante, desinteresado, jovial, buen muchacho, lírico o cancanista, ha desaparecido. Y entre las filas de los nuevos, no es raro encontrar el candidato a la correccional, el sospechoso galán que aquí tiene un nombre ictiológico, y hasta el futuro cliente de los presidios. Mi querido señor Murger es ya tan viejo como Villon, y las Mimís de hoy conocen Saint-Lazare por repetidas visitas.
Fuimos a comer a la taverne del Pantheon.
Las mesas estaban casi todas ocupadas, bajo el plafond en donde triunfa la apoteosis de Verlaine. ¡Del pobre Verlaine! Nos sentamos y pedimos el menu, que, como en los grandes restaurants, no tiene los precios marcados. Oímos que se detiene a la puerta un automóvil, y un joven, con una muy bien prendida cocota, entran y van a sentarse no lejos de nosotros. Un caballero a mi lado, con la roseta de la Legión de Honor, solo, se aplica una sustanciosa perdiz trufada, regada con un burdeos venerable. Es el actor Mounet Sully. El sommelier va de un punto a otro, apuntando los vinos. ¿El joven y su compañera, que acaban de entrar, comerán con cordon rouge? Hay un ambiente de elegancia y de alta noce que choca a mi amigo en semejante lugar. ¿Pero no es este un centro de estudiantes?
—Es este un centro de estudiantes. No estamos en el café de París; estamos en la taverne del Pantheon. Pero el estudiante de hoy, rico o vividor, viene en automóvil, tiene una querida de lujo y come con cordon rouge. ¿No os parece que se pierde en las lejanías de un tiempo tan fabuloso como el de Homero, la figura de Schaunard, de Colline, de Marcel, y «la influencia del azul en las artes?...» Sí, amigo mío; todo eso es un pasado ensueño. Y al estudiante actual que le preguntáseis si ha leído la novela cara al maestro Puccini, os respondería sin vacilar: ¡Connais pas!

Rue Champollion, en el cabaret llamado Les Noctambules. Es un lugar exactamente igual a sus congéneres de Montmartre, Lune rousse, Quat'-z'-arts, o des Arts. ¡Cuánto tiempo hace que no asistía yo a una de estas típicas reuniones! La primera vez, allá, cerca de Butte, fué un deslumbramiento y un encanto para mi juventud soñadora y ansiosa de las cosas de París, por tanto tiempo deseadas. Los cabarets me parecían templos de poesía, las queridas de esteta, diosas o princesas prerrafaelistas; y los cantores melenudos aedas maravillosos.
Al entrar a Les Noctambules evoqué mis sensaciones pasadas. Era un medio igual a los antaño conocidos. Una sala un tanto estrecha en donde en sendas sillas se aprieta un auditorio heteróclito. En los muros, retratos de artistas y cuadritos de caricaturistas conocidos y desconocidos. Un piano cerca de la entrada y una tarima adonde suben los cancionistas a llenar su número.
Las sillas están todas ocupadas, y, con dificultad, en un rincón, logramos que se nos coloquen dos desde donde podemos presenciar la función, el desfile de personajes. Los mozos circulan, llevando a los consumidores el indispensable bock, o cerezas en aguardiente. Hay en la concurrencia tipos de todas clases. Unos parecen burgueses con sus esposas e hijas; otros, estudiantes y pintores, u hombres de letras y sus correspondientes alegres mujeres. Para hacerme recordar más las antiguas noches montmartresas, he ahí que se me acerca vendiendo programas el enano Auguste, el enano velazquezco del cabaret de Quat'-z'-arts, el tantas veces retratado por el lápiz de Leandre.
El cabaret Les Noctambules fué fundado hace unos cuantos años por Marcel Legay, a iniciativa de Martial Royer. Ya antes, sin resultado, se había intentado hacer algo semejante en el café Procope y en el Voltaire. Legay publicó un lírico manifiesto dirigido a messieurs les étudiants, y el cabaret se fundó, con buena suerte que le dura hasta hoy. Los artistas son los mismos que en Montmartre. Todas las noches tienen que pasar el río para ir a cantar su canción.
Boyer anuncia que «nuestro querido compañero Maurice Merall va a ocupar la atención del público», y aparece un señor que dice más bien que canta, acompañado por el pianista, unos cuantos couplets escatológicos sobre los malos tratamientos a los negros en las colonias de África. Cada grosería es aplaudida por los hombres y sonreída por las mujeres. Tras el último aplauso, se anuncia a M. George Gerad, llamado Bernardini, «antiguo bandido corso». Este señor, de tipo en efecto corso, pero no de bandido sino de hortera, canta y canta mal:
Je suis Bernardini le fameux bandit corse qui sème la terreur, l'effroi dans le canton; ma figure est farouche et mon aspect féroce, le monde m'obéit comme un chien le bâton.
Y la gente ríe y celebra eso. Luego llega Lemercier, a quien han retratado como una Marioneta y canta su canción de las legumbres; una tontería. Luego llega Paul Marinier a quien se le pueden perdonar muchas cosas por haber escrito lindas canciones, como «Au clair de la lune» y otras. Este cancionero tiene la figura de un criollo, con su rostro un tanto moreno y sus grandes bigotes negros. Acaba su tarea, se le aplaude con un ban, y sube a la tarima un M. Charles Fallot, que, en verdad, merece su apellido.
«Nacido en Pekín, de padre inglés y madre china. Ha servido a la Francia cinco años en la Legión extranjera. Casado en Inglaterra con una holandesa, nacida de padre español y madre noruega». En una palabra, un chansonnier bien parisien. El chansonnier bien parisien canta:
L'étoile d'amour j'oublierai... j'ai rêvé de l'aimer la petite Église aimer!

Un conocido, Gabriel Montoya, poeta de verdad, de quien próximamente dará la Comedie Française Le baiser de Phédre. Me fué presentado hace años por Carrillo. Habla bastante el español. Es doctor en Medicina, y ha sido médico de uno de los vapores de la Compañía Transatlántica, por algún tiempo. Su biógrafo funambulesco dice que «courut en morticole les dos hémisphères, contracta la fièvre jaune à Cuba, vendit du café à Haïti, perça part en part dans un duel a mort un huissier nègre à Port-au-Prince et regagna Paris». Montoya es personalmente muy simpático. Aparece. Tenoriza con cierta gallardía meridional, y se va. A las damas gustan sus canciones de amor, canciones llenas de sentimiento y de romanticismo. Vale más.
He aquí a Marcel Legay, con su gran cabellera. También poeta, de los pocos poetas perdidos entre esas boîtes. Pobre y buen autor, de la raza solar. Ya está viejo y cansado: mas aún vibra su fuerte y sonora voz:
Écoute o mon coeur, écoute la harpe du vent de chez mon pays d'Artois, c'est un très vieux air, des bords de la Scarpe qui chante aujourd'hui tout comme autre fois.
«J'ai écrit—dice el poema—j'ai écrit cette chanson pour mon pays, en voyant passer une hirondelle».
Legay canta y llena la sala con su voz. Los concurrentes sienten un grato soplo de verdadera poesía, después de las inepcias de actualidad que han expuesto varios bufones. Y tras Legay viene el príncipe de la canción por sufragio público. Xavier Privas, gran comedor y bebedor delante del Eterno... femenino. Canta su Ronde des heures. Él mismo se acompaña, y su cabeza sobresale del piano como una cabeza de pipa. Sus ojos son vivos; su cabeza devastada, su voz expresiva.
En algunas ocasiones se representan revistas en que toma parte el enano. Y ese es el cabaret por excelencia, el cabaret del Barrio latino, el cabaret de los estudiantes. Allá, siguiendo el boul'Miche, allá lejos, está Bullier, el baile famoso que también ha degenerado. Allí se bailó en buenas épocas el cancán alegre de antaño, el cancán que bailaron las grisetas y las diosas de Offenbach. El cancán pasó. Luego se bailó la quadrille, con el enceguecedor chaut. Luego la danza negra, el cake-walk, que pasó también. Ahora se contorsiona la gente con la matchicha.
Mi amigo está desolado.
El reino de las tinieblas. LOS DRAMAS DE LA CLÍNICA
Comienza a morir la tarde de esta jornada dominical y el retorno de los parisienses que han pasado la mañana en la banlieue anima y alegra las calles poco antes silenciosas del viejo París.
El suave oro del crepúsculo estival es propicio a los recuerdos de gratos días de juventud. Y paseando por lugares de antiguo conocidos nuestros, mi amigo el doctor Debayle evoca con cariño sus tiempos de estudiante, los días en que, a veces, a pie o en la imperial de un ómnibus, llegaba diariamente al hospital Tenon, y a una pregunta mía, me relata una reciente visita al «Quinze vingts».
—«¡Au Quinze vingts!»—El canal Saint-Martin, la rue Grange-aux-belles, la Avenida de la Republique... La estatua de Floquet, el célebre tribuno y estadista, pasa como una visión cinematográfica. Y así mis recuerdos—me dice—. El duelo famoso con Boulanger, cuyo desenlace siguió París palpitante, y la herida en el cuello inferida por el abogado al general. Era el tiempo en que la Francia, al endiosar a éste, demostró una vez más la necesidad que su gran pueblo sentía de un caudillo que reivindicase sus glorias militares... Más adelante es la otra ancha avenida, el monumento del sargento Bobillot, muerto en el Tonkín en defensa de su patria. Y a lo lejos la plaza histórica y la columna coronada por el genio de la Bastilla. Después de atravesarla se gana la calle de Charenton, estrecha y populosa, para detenerse ante el ancho y gran portal del Hospicio. Salvando la verja se está en el espacioso patio, especie de parque, cubierto de musgo, arbustos verdes y árboles copudos, sembrados de cómodos bancos.
Por todas partes vense numerosos enfermos, ancianos casi todos. Unos descansando la cabeza entre las manos; otros con la frente alzada como buscando algo que no encuentran y como interrogando al destino. Algunos, apoyados en sus bastones, titubeantes, explorando con ellos la senda invisible, o conducidos por lazarillos, se mueven vacilantes, la cabeza levantada, y como buscando en otro sentido la orientación que no les pueden dar los ojos sumidos en las tinieblas. Y en aquellas fisonomías en que el tiempo ha puesto su marca indeleble y en aquellas frentes que corona la cabeza blanca o calva, vense las órbitas con los ojos muertos a la luz; alterados unos y con engañoso aspecto de pupilas claras otros, todos irremediablemente perdidos, atrofiados, lesionados, ambliopes. ¡Y cuántos de esos desgraciados que la caridad nacional alberga han gozado como yo de los encantos de la naturaleza, de la gama admirable de los colores, de la hermosura de la luz! ¡Y cuántos de esos, víctimas de enfermedades evitables, se han hundido en las tinieblas por incuria y por ignorancia!
Según las estadísticas, un 60 por 100 de los ciegos que llenan los hospicios son el resultado de las lesiones infecciosas exteriores o internas. ¡Fatal destino el de aquellos que víctimas de la ignorancia o del vicio de sus progenitores vieron al nacer apagarse ante sus ojos la amada luz del sol! Y entre aquellos enfermos ¡cuántos llevan impresa en sus rostros la resignación a lo inevitable; y la sonrisa que ilumina sus semblantes que parece un gesto de burlesca ironía a la sombra!
Atravesando el primer ancho patio se llega al segundo. A la izquierda un corredor bajo en que las arcadas de piedra forman bóvedas que recuerdan los antiguos conventos y los pabellones de la Allgemeines-Krankenhaus de Viena. Las mismas bóvedas, las mismas piedras, las mismas baldosas que tantas veces atravesé ansioso de llegar a la hora de las operaciones... Y después de cruzar un patiecito cubierto de finos guijarros, entro por una puerta estrecha a la sala de operaciones. Blancos, color de blanca leche, los muros, blancas las sillas, blancas las mesas, blanco y limpio el techo, todo blanco, refleja la hermosa claridad que penetra por una enorme pared de vidrio.
En las dos mesas de operaciones los enfermos preparados esperan ya al diestro cirujano con los ojos cubiertos por asépticos apósitos escrupulosamente colocados. Y de la pieza vecina, del gabinete particular de los médicos, sale, alto, delgado, correcto y llevando su blusa blanca, como si entrara en un salón de sociedad vestido de riguroso frac, un hombre pálido, de líneas distinguidas y de mirada reveladora de una inteligencia d'élite. Nieto del más grande y célebre clínico de la escuela francesa, ha honrado en su especialidad el nombre de su ilustre progenitor, porque es indudablemente uno de los más insignes oftalmólogos y sin disputa el más hábil operador de su época. Es Trousseau.
Sorprendido por la inesperada visita, estrecha con efusivo cariño mi mano, me ofrece el puesto de honor y procede en seguida a su tarea. Es el virtuoso del arte. Con sólo un instrumento, con sólo un cuchillo y nada más, su mano hábil abre el ojo, fija los párpados, secciona la córnea, perfora la cápsula, hace la incisión y con presteza increíble extrae la catarata y luego las masas, dejando incontinenti, como lo hiciera un prestidigitador, la cámara anterior renovada, la pupila amplia y negra y la vista que faltaba a aquel enfermo.
Concluídas las operaciones paso al salón de consulta externa. La consulta empieza. Uno de los jefes de clínica, meridional inteligente, concienzudo, ferviente en su culto, examina uno a uno toda aquella larga serie de enfermos que un empleado va conduciendo delante de nosotros. Agrúpanse los pacientes divididos en categorías por una selección hecha de antemano. Pasan primero los que presentan alteraciones profundas de los ojos.
Aparentemente sanos para un profano, muchos de aquellos grandes ojos negros o azules, con la pupila dilatada, revelan en el acto, para el experto, la gravedad de su lesión.
Aquellas pupilas no reaccionan y aquellos ojos grandemente abiertos, en los rostros impasibles, no despiertan en los gestos de la cara la vida de expresión que sólo puede dar la luz, la irreemplazable, la hermosa luz. He aquí—me dice—una ambliopía; he aquí un glaucoma, y allá un ciego por lesión cerebral. Luego los veremos en la cámara oscura con el oftalmoscopio...
Entre esos desgraciados se acerca uno, conducido por una mujer pálida, triste, que lleva en sus brazos un niño de dos años. El hombre, como de cuarenta y cinco, de aspecto enérgico, ha perdido casi la posibilidad de conducirse y se sienta con dificultad sin ver la silla que se le ofrece. Obligado a trabajar de noche con luz artificial para suplir a las necesidades de los suyos, ha perdido progresivamente la vista. Este es un caso de miopía—observa el jefe clínico—en que el trabajo excesivo ha conducido al desprendimiento de la retina.—¿Por qué no ha cesado usted su trabajo, como se le dijo?—¡Oh! no podía, señor. Mi mujer y mis hijos no tenían pan.
Los casos de lesiones externas se presentan. Lesiones diferentes, más o menos acentuadas y profundas, de aspectos diversos. Muchos son víctimas de accidentes del trabajo, que quedarán inválidos. Otros, jóvenes, fuertes, revelando salud y energía, han recibido en los ojos el daño que no esperaban y a que los conduce su intemperancia y sus desórdenes. Ayer no más, aquellos hombres tenían ojos hermosos, expresivos, de una agudeza visual admirable, y se proclamaban campeones en el tiro o seductores por sus miradas, y hoy una vasta úlcera ha convertido en una placa blanquecina las córneas transparentes y las hermosas pupilas. ¡Si se reflexionara siempre!... Si se supiera todo lo que hay de veneno en el fondo de los placeres sensuales.
Y llega el turno de los niños. ¡Oh, los niños! ¡Qué dulces, qué bellos y qué interesantes! Y estos pálidos niños son de Francia, los futuros ciudadanos de la patria de mañana.
Los que no han tenido la desgracia de ver su hogar vacío, los que saben del encanto de los labios infantiles y los ojos angelicales, azules o negros, esos saben la emoción intensa que despiertan en nuestros corazones las miradas y las sonrisas de los niños. Porque en todos los climas, en todos los tiempos, en todos los países, los niños son iguales, son flores de humanidad.
¡Cuántos pobres mal vestidos, hijos de los obreros que trabajan en el faubourg y cuyo esfuerzo no basta para alimentarlos! Pálidos, cubiertos de erupciones o con la degeneración de la córnea, propia del raquitismo, u otra dolencia terrible, o debida a la deficiencia de la nutrición o a tales o cuales causas hereditarias. Unos pasan acompañados de sus madres, otros casi solos, otros más pequeños, guiados por sus hermanitos mayores. Y da tristeza ver aquellos desgraciados atender y cuidar a sus menores por ese instinto de conservación que la miseria ha desarrollado en ellos prematuramente...
Por último vienen los más tiernos. Una joven de veintidós años, de provincia, que cayó en el arroyo de París, trae un niño de cuatro meses. La cara de la madre, joven; su cabello abundante, su aire revelando salud, contrastan con el desgraciado envuelto en pañales que presenta todo el aspecto de la atrepsia. Ella no sabe por qué su niño se ha enfermado. Sus ojos se inflamaron. Los medicamentos han sido inútiles. Y el infeliz en grito desgarrador noche y día ve convertirse sus ojos, antes claros y sanos, en una masa informe.
—He aquí—me dice el doctor—un caso desgraciado. Todo lo que tenemos de más activo, no ha producido efecto. Asistido tres días después del principio, nada se logra. La infiltración de la conjuntiva, gana la córnea. Turbia y opalina, amenaza producir la fusión con pérdida completa del ojo. ¡Qué desgracia! Y todo proviene del estado general. Este infeliz no tiene fuerza de reacción; pesa menos que lo normal; su piel seca y rugosa indica a las claras su estado atrépsico. ¡Oh! este es uno de tantos casos en que se demuestra que hay que tomar en cuenta el terreno y no sólo el grano, como lo quieren las modernas tendencias exclusivas del laboratorio... Mire usted, compañero—continúa—ayúdeme usted. Vamos a procurar cauterizar con el «galvano» la córnea.
Y así diciendo, coloca el tierno enfermo sobre la mesa. Armado de un separador, abro yo con precaución los párpados mientras el doctor cauteriza. A cada momento su frente se nubla y un gesto de desaliento se dibuja en aquella fisonomía de hombre honrado y de verdadero médico. Es que a pesar de tanta práctica y tanta escena análoga repetida, no puede ser indiferente ante tan terrible desgracia, que por no caer sobre un sér casi inconsciente es menos dolorosa.
Aquellos ojos no verán más.
Las cauterizaciones serán inútiles. La úlcera irá en aumento, y la ceguera eterna, incurable, es lo que espera a aquel sér raquítico, fruto del capricho de la sensualidad.
Aquellos gritos continuos de garganta débil, lejos de causarnos la habitual molestia que ocasiona la impaciencia de los recién nacidos, nos deja mudos de pena al vernos impotentes para prevenir lo irremediable. Y la madre ignorante, desesperada por la perspicacia innata del corazón, deja triste y silenciosa correr sus lágrimas amargas. «Y después de tanto sufrimiento ¿podrá ver mi hijo, doctor?» «¡Oh! tal vez sí, sí. En fin, veremos»—responde aquel noble médico, embarazado entre la mentira consoladora y la verdad terrible...
¡Pauvre petit!—me dijo—. El terreno, el terreno es lo principal... ¡Cuántos otros se han curado con este procedimiento!... Y al salir de la sala, en el pasillo, pude ver aún a la madre desesperada que había espiado a las últimas frases nuestras, llorando inconsolable.
¡Y ese pobre sér nacido al azar, de un contacto casual o mercantil, en el vertiginoso remolino de París, condenado a la tiniebla eterna, cuando pudo tal vez tener más que otros derecho a la luz!
¿Por qué la desgracia se abate sobre él? ¿Qué misterioso y fatal sino le condena víctima inocente e inconsciente? Misterio. ¿Por la miseria, por la ignorancia, por la incuria o por el vicio?...

¿Por la miseria, por la ignorancia, por la incuria, por el vicio?
Sí. Por todos esos caminos llegan al terrible, al espantoso reino de las tinieblas eternas, de la noche sin fin, estos lamentables seres que deben escuchar ya siempre la canción de la vida como un eco triste de desesperanza. Sus vidas corren tristes y sombrías. Pasan insensibles a los encantos de la Naturaleza, sin gozar de la gama admirable de los colores, sin recoger la hermosura de la luz... Y el gesto como de burlesca ironía que contrae el rostro de los infelices privados de la vista, es la marca que sobre ellos ha puesto el Destino al sumirlos en la ceguera eterna e incurable.
Y cuando se reflexiona en que el sesenta por ciento de los casos que se producen provienen de lesiones infecciosas de diversos caracteres, apena llegar al convencimiento de lo hondo del mal. Mientras la ignorancia y la incuria sean como naturales en tanto desgraciado, víctimas de sí mismos, destruirán inconscientemente el don más inapreciable que fué otorgado al hombre, esos pacientes lamentables que la ciencia, agotados todos sus recursos, tiene que abandonar, presa indisputable, a la terrible enfermedad.
Mientras la miseria reine omnipotente sobre el hombre; mientras la necesidad estreche al trabajador; mientras el hambre sea la suprema razón, la más inflexible ley social, continuarán llegando a las clínicas hombres jóvenes, hombres pletóricos de energía, luchadores en pleno vigor, a los que el exceso de trabajo, la tarea hecha en malas condiciones y la nutrición insuficiente privaron de la vista; y que tendrán siempre pronto el tremendo comentario: ¡Mis hijos no tenían pan!
Las grandes ciudades con sus hacinamientos absurdos y sus tugurios circundantes, verdaderos laboratorios de la miseria; los populosos centros industriales sin condiciones higiénicas; la ignorancia, pesando aún por todas partes, y el descuido—consecuencia suya—agravando el mal... He ahí el origen de gran parte de esos atroces dramas de la clínica que desolan a una familia y hacen de un sér en plenitud de su vida, un inválido sin energías, sin vista, sin independencia y sin esperanzas...
Pero cuando la ignorancia sea vencida, cuando el imperativo de la necesidad no obligue al hombre a inutilizarse, cuando la incuria no ate las inteligencias, ¿enviará aún el vicio sus víctimas a los hospitales?...
Nada más triste, más desesperadamente triste que la existencia martirizada de esos niños señalados al nacer por el azar de la desgracia para blanco de sus rigores. ¡El triste niño ciego! Fruto concebido, quizá, en el revuelo de una rencontre de dos seres que después continúan ignorándose, queda para vivir una lamentable herencia de dolor y de desgracias... ¡Algo terrible, algo siniestro presidió su nacimiento; un hada negra ha estado allí esperando su gemir de recién nacido y al partir le deja para siempre, irremediablemente, privado de la luz, la irreemplazable, la maravillosa luz!...
La herencia de don Juan.
Después de las mil y tres formas que fueron cien veces más, después de los vinos capitosos y de los alcoholes quemantes, después de sus femeninos triunfos en partes diversas, don Juan no murió reumático en Cartagena, según lo supuso Campoamor: don Juan murió alcohólico y averiado. Él se fué al cielo conforme con Zorrilla, o al infierno como era de justicia. ¿Supo la herencia que dejaba? ¿Se dió cuenta de lo que quedaba de miseria y de dolor en el mundo por culpa suya? Su egoísmo y su animalidad no le permitieron hacer ninguna reflexión al respecto. Él vivió y gozó. Ejerció su poder de fortaleza y de conquista. Él no tenía nada que ver con los sermones y tiradas de mil comendadores. De todas maneras, quedó la herencia de don Juan. ¿Cuál es esta herencia?

Voy por una calle, en día domingo. Veo venir en larga fila, uniformados de azul, los niños de un hospicio. Van guiados por un inspector. Sus caritas son pálidas, abotagadas o flacas. Una innata tristeza se ve en ellos. Esa infancia es poco pródiga de sonrisas. Se advierte la obra dañina del raquitismo y de la escrófula. Unas faces son como apagadas, en otras los ojos indican un vago extravío. El paso demuestra debilidad. En algunos se ha detenido el espíritu al borde de la imbecilidad o de la idiotez. En otros se diría que está en flor, en flor malsana y emponzoñada, el delincuente de mañana. Pasan.
En un jardín. Allí, con sus nurses y gouvernantes están los niños y niñas de las gentes pudientes, de las gentes de hotel y automóvil, de los ricos. ¿Encontraré aquí la salud y la alegría de la edad infantil? ¡Oh, cuán poco! Encuentro el lujo, la ostentación, y aun ya el flirt, en esa humanidad minúscula; pero son excepcionales las faces sonrosadas y sanas, las miradas límpidas, los aspectos de flor. La pierna emerge del calcetín o se modela bajo la media, sin robustez, como sin consistencia; abundan los huesos largos, que terminan con fealdad en la rótula saliente. Las caras tienen como prematuras arrugas y gestos dedisivos, caras de hombrecitos y de mujercitas, con muy poco de puerilidad. No se piensa sino en las tuberculosis y las anemias, las debilidades y las taras. Y entre los escasos tipos frescos y desbordantes de vitalidad, pues los hay también, pasan, con sus raquetas de tennis o sobre sus patines rodantes, esos infantes y adolescentes raquíticos o minados por un mal interno y prematuro, como una fruta por su gusano.
Y eso, ¿qué es?
Eso, es la herencia de don Juan.

Los padres han comido las uvas verdes y los hijos tienen dentera, dice la Biblia. Y un pedagogo eminente: «Cada uno de nosotros, largo tiempo antes de ser padre, debe a los niños que podrán nacer de él no tocar aquellos frutos peligrosos. Era ordinariamente después de haber comido las uvas, que se pensaba en lo que dice la palabra bíblica. Ella era la amenaza del castigo inevitable y ya incurrido. Nosotros comenzamos más antes a decirla a los demás a nosotros mismos; es una advertencia, un consejo, una orden. Sin pretender que nuestros antepasados valían menos que nosotros, parece que en muchos casos en que ellos obraban mal sin vacilación, escrúpulo ni remordimiento, no tenemos ya su plena seguridad; ya no nos atrevemos a decir que nuestro derecho es abusar de los placeres y cuando nuestra cobardía se abandona a las pasiones, sabemos muy bien que no nos hacemos daño solamente a nosotros. A pesar de todo, la idea de nuestra responsabilidad turba, si no a muchos de nuestros contemporáneos, al menos a un número no despreciable y que va aumentando». ¿Es esto cierto? Así parece, según los datos y manifestaciones de especialistas dedicados a esas cuestiones interesantes. Pero no es muy grande el triunfo todavía; M. Ferdinand Gache asegura, sin embargo: «Una cantidad de jóvenes pasa su juventud alegremente, pero ya no se oye tanto como antes, a padres y madres proclamar: Il faut que jeunesse se passe». El descuido se hace más raro respecto a las decadencias orgánicas o las taras mentales que se pueden transmitir a los niños. Los hacedores de pena han perdido su arrogancia y no osan más gritar: «¡Después de mí, el diluvio!» Ese grito, lo presiente, levantaría censuras. Se dan cuenta de que alrededor de ellos no se ven ya con descuido la salud, el bienestar, la felicidad de las generaciones por venir. En Wáshington se celebró en el 1908, en el mes de marzo, el primer Congreso internacional en favor del bienestar infantil. «Se trabaja por libertar al niño de la herencia de don Juan. Y he aquí que en la ciencia aparece un descubrimiento que hace pensar en Ibsen: el «signo Sisto».
En el mundo médico europeo ha llamado vivamente la atención ese hallazgo del doctor argentino, Jenaro Sisto. El «signo Sisto»—así bautizado por el eminente profesor Comby—es el grito inconsciente del recién nacido que denuncia la herencia donjuanesca, la revelación del veneno paternal.
Fué en Buenos Aires en donde la observación del médico desde hoy ya llegado a la celebridad, encontró que ciertos gritos de los niños de pecho, repetidos «sin cesar y sin razón», como dice el sabio francés, tenían por causa la enfermedad terrible que hiciera escribir un poema a Jerónimo Fracastoro y una pieza dramática a M. Brieux, de la Academia Francesa. Al sospechar el mal heredado, dice el doctor Comby en el prólogo de la obra en que el doctor Sisto trata del asunto, «habiéndose traducido esa suposición, como debía ser siempre en clínica infantil, por el tratamiento mercurial inmediato, nuestro colega tuvo la satisfacción de ver cesar de gritar a sus enfermitos, al mismo tiempo que los síntomas específicos, cuando se presentaban, desaparecían más o menos rápidamente. La demostración estaba hecha».
Es, pues, el niño, con su grito, el prematuro revenat ibseniano. Desde la cuna, desde que aparece sobre la faz del mundo, libre ya de la prisión materna, clama que viene herido, que viene, por culpa ancestral, con una carga de sufrimiento. Y por la ciencia, el clínico de hoy reconoce en seguida al delator.
Siempre el niño ha gritado al venir a la vida. Ya sea que demuestre con ello, como dice el mismo doctor Sisto, que vive y que tiene la fuerza suficiente para introducir el aire en sus pulmones, cuyo funcionamiento comienza precisamente con ese primer grito; ya que éste señale, al decir de Fernández Figueira, la ruptura de las trabas de la vida intrauterina; ya, según Longnet, que sea dictado por una ley primitiva de la naturaleza, «la fuerza desconocida que domina todos los fenómenos de la vida», o, según d'Espine y Picot—citados todos en la obra de Sisto—, sea ese primer grito debido probablemente a la impresión desagradable producida por el aire exterior sobre la superficie del cuerpo, el caso es éste: al llegar al mundo el hombre, llora, el hombre grita, como si ya sospechase a dónde llega, como si ya supiese la significación de la litúrgica frase «valle de lágrimas». Las lágrimas vendrán después, pero él ha lanzado el grito.
Notad estas curiosas observaciones. Billard nota que el grito del niño se compone de dos partes: «una sonora, suficientemente prolongada; es el grito propiamente dicho. Se hace oir durante la espiración, empieza y acaba con ella, y es el resultado de la expulsión del aire que sale de los pulmones a través de la laringe. La otra parte del grito es el resultado de la inspiración; el aire precipitándose a través de la glotis, para introducirse en los pulmones, se encuentra comprimido por la contracción, en cierto modo espasmódica, de los músculos vocales, y hace oir un ruido muy corto, pero agudo, a veces menos perceptible que el grito propiamente dicho; es una especie de reprise, que está entre el grito que acaba y el que va a comenzar. A menudo el grito existe solo y la reprise no se hace oir, o bien sólo se oye la reprise, y el grito queda ahogado». Y Baginski hace esta observación fónica: «a veces el grito adquiere caracteres patognomónicos, y se puede decir, de una manera general, que las vocales «a» y «e» dominan en el grito provocado por la cólera o el descontento, en tanto que la vocal «i» expresa el dolor». En el erudito libro del doctor Sisto, Les cris chez les nourrissons hay otras cuantas citas de diversos autores respecto a esa manifestación primera de dolor o de vida, o de ambas cosas. Pero la trouvaille del médico argentino no se refiere a esa clase de grito. Es otro grito que viene después, el grito constante, persistente, en el tiempo de la primera lactancia, «entre dos semanas y tres, o cuatro meses», es el grito revelador de la ponzoña hereditaria, la demostración desde hoy, para el facultativo conocedor, del doloroso legado de don Juan.
Hay que leer las observaciones y ver las fotografías de los niños en la obra de que me ocupo. En uno de los casos el aspecto de la criatura no dice nada; se creería, al contrario, que la salud florece y brilla en su aspecto; en otros, sí, se notan el sufrimiento, la degeneración, la tara.
Ni es de mi competencia, ni este es el lugar para entrar en mayores detalles, siquiera fuesen reproducidos de los diferentes casos observados por distintos pediatras y clínicos.
Pero he querido manifestar el placer que he sentido al ver apreciado en su justo valer por sabios de este continente la labor de un estudioso, cuyo nombre se agrega a las listas de los eminentes argentinos a quienes se refiere el doctor Comby cuando escribe: «Nuestros hermanos latinos de la República Argentina, antes nuestros discípulos, y hoy llegando a maestros a su vez».
Roosevelt en París.
Está ya en París, de vuelta de África, el yanqui extraordinario a quien algunos quieren llamar el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el bluff de sus conciudadanos.
Se le ha recibido en Europa como a un rey de raza, mejor que a un rey del petróleo, o príncipe del algodón o de los embutidos. ¿Quién negará su energía, su fuerza, su excelente humor, su decisión y su franqueza? Es todo lo contrario de un tímido, y todo lo opuesto a un ceremonioso. Él es el «hombre representativo» del gran pueblo adolescente que parece hubiera comido el food of gods wellsiano, y cuyo gigantismo y cuyas travesuras causan la natural inquietud en el vecindario.
Ya sabía el parisiense de quién se trataba, y cómo el ex presidente, y con seguridad casi seguro futuro presidente de la Unión, había sido recibido por las monarquías italiana y austro-húngara. Los periódicos, que habían dedicado largas columnas a las proezas del gran cazador delante del Eterno y de la máquina fotográfica, estaban listos para la vuelta del vencedor de las fieras de África y del enemigo formidable de los trusters yanquis.
¡Maravilloso ejemplar de humanidad libre y bravía! Pueden los escritores de humor y de malas intenciones presentarle como el hombre-estuche, genuina encarnación del espíritu y de las tendencias de su colosal país, así el autor del terrible y sarcástico librito inglés Abounding America, en donde se analiza a un Roosevelt polifacial y multiactivo, político, cazador, literato, militar, universitario, ranchero, orador, diplomático, cowboy, pacificador, periodista, sportsman, conferencista, y otras tantas cosas para las cuales sería preciso enumerar el modo del boyante cura de Meudon.
Lo único que no ha llenado por completo el gusto del buen pueblo de París es no haber podido gritar ¡Vive le roi! o ¡Vive l'empereur!, al paso del automóvil del americano, que saludó en la estación al embajador Bacon, ante la gravedad del protocolo, de esta sabrosa manera: ¡Hallo, Bob! Sin embargo, se sabe vagamente que es un rey, a su manera, que hay en él carne de emperador y que es un gran admirador del Bonaparte que duerme «a la orilla del Sena». Es un personaje, sobre todo, pas ordinaire. Y con esto París está encantado. París, digo, el buen pueblo de París, no sabe gran cosa de los Estados Unidos. Pero sabe de los dólares y de las casas de cuarenta pisos; ha conocido a Búffalo Bill y a Bostck, y ha oído en plena plaza de la Opera, en ocasión memorable, tocar marchas y danzas a la banda de Sousa, «Sousa's Band». Sabe que los Estados Unidos tienen mucho dinero y que cada año viene a esta capital del placer un grupo de paseantes que deja un buen por qué de millones. Y todo eso le parece excelente.
El jovial Nemrod ha tenido una buena prensa, sin faltar quienes le hayan hecho notar la inmensa distancia que hay entre el «americanismo» y el verdadero espíritu francés. Ciertamente, dicen unos, el personaje es quizá un peu trop poussé, trop «marqué», comme on dit et l'on a pu sourire de cet américanisme qui touche par tant de côtés au bluff, mais que cependant a une parenté qu'il faut retenir avec l'énergie individuelle. Levasseur encuentra en él «un hombre en toda la fuerza del término y un carácter supereminente». Ve al hombre de acción; pero hace la reserva de que «tal vez Mr. Roosevelt—que ha predicado la acción y la elocuencia—ha comprendido menos el carácter de otra clase de hombres de acción, muy numerosos en Francia y mucho más raros en los Estados Unidos, que obran no menos enérgicamente que aquellos cuyo prototipo es él, pero en el silencio del gabinete y en la calma de los estudios abstractos». Y el sabio francés, a propósito de las censuras de Roosevelt contra la causa de la despoblación, observa que «la gran república de los Estados Unidos, por lo menos los estados del Este, y en particular el de Massachusetts, no están menos contagiados de semejante mal». De todas maneras, Roosevelt no es un moralista para esta o aquella nación, sino para todas las naciones, y hay que agradecer «a ese gran ciudadano, el haber consagrado algo de su tiempo a esa apología de la honradez, de la energía y de la labor incansable». El presidente Fallières, por su parte, expresa que Roosevelt es a la vez un gran ciudadano, un grande amigo de Francia y un grande amigo de la paz. Esto le sentará muy bien al antiguo roughrider que cobró el premio Nobel por hacerse bajo sus auspicios el arreglo ruso-japonés.
Y Pichon, que hoy maneja las relaciones exteriores, manifiesta que «los caracteres dominantes en esa curiosa fisonomía le parecen ser la voluntad, la energía, el valor y la sinceridad». ¡Buen bagaje, vive Dios! Roosevelt se le aparece «como un hombre sin miedo que no consulta más que a su conciencia y sacrifica voluntariamente a las inspiraciones que recibe, las consecuencias que pueden producir sus actos, sea en lo que le concierne, sea en lo que concierne a los demás. En su concepción de una vida sana, honrada y robusta, tal como a menudo la ha definido, se ha propuesto mejorar las costumbres y elevar el sentido moral en su país. Ha querido para los Estados Unidos una gran fuerza material, porque sabe bien que es el mejor medio de ponerse al abrigo de complicaciones y de conflictos. A él le debe su país poseer una admirable y poderosa marina que ha llegado a ser la institución más popular de la república, siendo tan atacada y negada cuando llegó al poder». Y agrega: «Así es como este «pacifista» se dedica a servir la causa de la paz, en la cual ha dado pruebas que nosotros los franceses debemos recordar más que nadie. Pues Mr. Roosevelt es un amigo seguro y fiel de la Francia. Nos ha probado su amistad en toda circunstancia con un perfecto desinterés. Ha obrado como hombre de estado que comprende que las dos grandes repúblicas se deben apoyar entre ellas, puesto que obedecen a los mismos principios, prosiguen la misma obra y tienen el mismo ideal.
Él ha encontrado muy natural que en caso de dificultades le tendiesen una mano amiga. Hoy es a un amigo a quien recibimos, un amigo sincero, justo y tenaz, justum et tenacem. Honrémosle. Amén». Así se ha hecho. Y no ha dado Roosevelt un paso que no haya sido anotado por las gacetas, aun aquellas que han querido emplear, inútilmente por cierto, su ironía bulevardera, que no ha pasado de seguro sin ser notada por el hipopotamicida y rinoceroctono.

¿Sobre qué les viene a hablar el gran yanqui en la vieja Sorbona a los atenienses del siglo XX? Pericles hubiera aprobado, sobre «los deberes de un ciudadano en una república». He aquí al hombre de la strenuous life enseñando en Lutecia los deberes, como él los entiende para con la Patria. Se le aplaude, se le celebra. Y si hay quien recuerde lo del big stick, es para explicar que, como sucede con muchas frases, se ha cambiado en el público el sentido, y se ha tomado una cosa por otra. Y se explica: de tanto hablar del big stick se ha llegado a hacer creer a muchas gentes, y no de las de poco más o menos, que por el más ligero pecadillo, el primo Jonathan aplicaría a las naciones una paliza. Nada más contrario a la verdad. La frase que ha causado tanto ruido, sobre todo, et pour cause, entre los países hispano-parlantes, es ésta: «Un viejo refrán familiar dice: habla con tono conciliador y lleva un fuerte bastón; así irás lejos». Si la nación americana quiere hablar en un tono conciliador y al mismo tiempo quiere resolverse a construir y mantener en un alto grado de entrenamiento una marina poderosa, la doctrina de Monroe irá lejos. La frase de Roosevelt no es, pues, sino viejo decir latino arreglado a su manera: Suavite in modo fortiter in re.
Nada más distinto que el alma francesa del alma americana. Al hablar ante la parisiense, el norteamericano se quiso poner un diapasón lo más cercano posible. El demócrata, perogrullando un poco, dijo muchas cosas doctrinarias y no pocas utópicas. El pacifista afirmó la necesidad de la guerra en ciertos casos; Francia fué, y no podía ser de otro modo, cubierta de flores. Míster Barrett Wendell debe sentirse gozoso en su cátedra de Harvard. Solamente, que hay que tener hijos. «No tener hijos, si ello es por cálculo o por egoísmo, constituye una falta capital. La riqueza de una nación no puede compensar la pérdida de sus virtudes fundamentales y el poder de la raza, de perpetuar en su raza, es una de las más grandes virtudes fundamentales». El discurso fué largo, vigoroso, bien gesteado y dicho, en fin, de una manera que no se ha usado nunca en el vetusto Instituto. El ex presidente no tiene nada que ver con esa cosa tan francesa que aquí se llama buen gusto. Ni le hace falta. Él es una fuerza de la Naturaleza. Y luego, aquí se conocía, al menos por algunos, la frase de John Morley: «He visto en los Estados Unidos dos prodigiosas fuerzas naturales: la catarata del Niágara y el presidente Roosevelt. No sé cuál de los dos es más fuerte.» Como sabéis, John Morley no es nativo de Andalucía.
¿Qué le van a hacer a esa potencia elemental, a esa fuerza de la Naturaleza, a ese beluario que se las ha visto con leones, elefantes y rinocerontes en África y con Rockefellers, Goulds y otras fieras de oro en su tierra; qué le van a hacer, digo, las finas y bonitas saetas de estos ironistas profesionales? ¿Qué le importa a él que M. J. Ernest-Charles le comente en estilo acidulado, le parodie o le señale contradicciones en su conferencia? Él sabe que aquí cuenta con admiradores de fuste, aun entre los hombres de letras, como el incontenible y ciclónico M. Paul Adam, como M. Jean Izouret, como otros cuantos americanizantes o americanizados. Alguien demuestra en un diario que en su libro sobre Cromwell, Roosevelt está contra Bossuet. Se puede apostar, asegura ese alguien, que si alguna vez recibiera monseñor Merry del Val en el Vaticano a Teodoro Roosevelt, el libro de éste sobre Oliverio Cromwell no sería el tema principal y aun accesorio de la conversación. ¡Ya lo creo! Como también puede afirmarse que una tercera parte del entusiasmo oficial en París ha sido causada por la negativa del Vaticano a la ya famosa y frustrada visita.
Los franceses han apreciado en su verdadero valor, algunos de los principios rooseveltianos, y sobre todo éste: El hombre, el ciudadano, como la Nación, lo primero a que debe dedicarse es a hacer dinero. Una vez hecho el dinero, puede hacer lo que le venga en deseo. Y después, la declaración contra los pocos audaces: «Nada se puede sacar de ese tipo de ciudadano, del cual lo mejor que se puede decir es que es inofensivo. No hay casi lugar en la vida activa para el buen hombre tímido». Como aquí abunda mucho el tipo, como en todos los países llamados latinos, el arranque ha caído bien. Un periodista explicará que no se trata de una timidez puramente exterior, sino de esa falta íntima de confianza que vuelve a las gentes indecisas, débiles y prepara todas las derrotas. «Esta manera de neurastenia moral se encuentra mucho en progresión en la sociedad moderna; y sobre todo, preciso es reconocerlo, en Francia». Habráse sacado así práctico provecho de la conferencia. Banquetes y banquetes, recepciones y recepciones, hoy en el Elysée, mañana en el Quai d'Orsay, pasado mañana en el Palacio de Justicia y honores de soberano. Una delegación en que hay un ex presidente del Consejo, ministros, diplomáticos, estadistas, llega a propósito de la cacareada e imposible idea del desarme a pedir a Roosevelt su intervención, de tal manera, que ese varón listo tiene que recordar a esos señores importantes que él es un simple particular y que no puede tomar en tal sentido ninguna iniciativa ante ningún Gobierno. ¿Qué dirá de todo esto Mr. Taft, cuyos comentados twosteps y zapatetas no pudieron hacer el menor contrapeso a las formidables performances de Teddy?

Este superhombre que está aplastando en París, por ahora, a D'Annunzio y a Rostand, se conmovió ante la tumba de Napoleón. Tuvo en sus manos el petit chapeau, la espada. Declaró su admiración fervorosa por el Héroe, con quien se le compara jovialmente en los Estados Unidos, donde se habla de la vuelta de la isla de Elba.
Y apenas ha habido aquí en los periódicos espacio para hablar de otra gloria yanqui, que acaba de desaparecer: Mark Twain.
El fin del mundo.
I
En Tolosa de Francia vivía hasta hace poco tiempo, o vive aún, si es cierto que tenía el don de profecía, un viejo abate de familia noble y con títulos que él mismo ostentaba con ingenua vanagloria, sobrino de un mártir, nieto del comandante del Ejército real victorioso del año VII, descendiente directo de los antiguos condes de Noé. Llamábase, o llámase, Gabriel María Eugenio de la Tour de Noé, «sacerdote de edad de ochenta y seis años cumplidos, presbítero auxiliar de la iglesia de San Jerónimo de Tolosa desde hace cuarenta y cuatro años justos», agregaba en 1904. Amable y venerable coquetería, en quien durante todo ese transcurso acompañó al cementerio a todos los muertos tolosanos en su calidad de aumônier.
Este hombre venerable, tan frecuentador de los difuntos, tuvo desde hace más de cuarenta años la idea de calcular, pensando en la «Profecía de los papas», de San Malaquías, la fecha más o menos aproximada del fin del mundo. Lo hizo en un libro en que la señalaba para el año 1953. No me negaréis que el cometa de Halley y compañeros dan una resaltante actualidad a dicho libro.
¿Quién fué este inquietante profeta San Malaquías? Estoy muy seguro de que la mayoría de los lectores de La Nación no tienen ninguna noticia de él ni de sus vaticinios. Fué un irlandés de Armagh, que nació en 1094, y tuvo gran fama por su intimidad con San Bernardo, su vida ejemplar y los prodigios que realizó. Clemente III le canonizó medio siglo después de su muerte, acaecida en la abadía de Clairbaux, a los cincuenta y cuatro años, el 2 de Noviembre de 1148. Advertid lo curioso y fatal de esa fecha de difuntos.
Puesto que ya sabéis quién fué el profeta, bien está que conozcáis la profecía. Ésta consta de 112 lemas latinos, que caracterizan alegóricamente a los 112 papas, desde Celestino II hasta Pedro II, que será el último Pontífice de Roma. ¿Cómo calcula el abate de Noé? He aquí su principal argumento. Siendo el papado inmortal, y concluyendo éste con Pedro II, es, pues, innegable que con el último papa la Humanidad acabará. Establecido este punto, dice un crítico suyo:
«El autor, conociendo el número de los papas que deben reinar hasta el fin de los tiempos, busca la media de la duración del pontificado de cada uno de los jefes de la Iglesia, y esta media, multiplicada por el número de todos los pontífices romanos indicados en la historia eclesiástica, y la profecía maláquica le da el número 1953, que, según él, es la fecha aproximativa del fin del mundo.»
El abate examina e interpreta los lemas, y resultando que coinciden con los papas del pasado, supone, no sin razón, que las divisas de los pocos papas venideros justificarán sus cómputos, 1953 y 1910... confesemos que si el Halley nos barre, la equivocación es ínfima en un asunto que trata de la eternidad.
Adviértase que el libro de que nos ocupamos no ha entrado en el Index, y no solamente esto, ha recibido la aprobación de León XIII, según tengo entendido, y la del actual pontífice.
Por su extraño interés voy a transcribir los lemas y extractar las explicaciones del presbítero de Tolosa. En la explicación de las divisas dice el abate: «Dos cifras preceden el nombre de cada papa: la una indica el nombre ordinal de cada pontífice y la otra el año de su muerte».
1—1144.—Celestino II.—«Ex castro Tiberis»—De un castillo del Tíber.
Celestino II nació, en efecto, en Cittá di Castello, sobre el Tíber, en Toscana. Su apellido particular era Dicastell.
La primera divisa se encuentra, pues, admirablemente justificada.
2—1145.—Lucio II.—«Inimicus expulsus»—El enemigo expulsado.
Era de la familia Caccianemici, que significa lo mismo que el lema. Además, dice por pasiva el abate: Los romanos, fanatizados por el famoso Heraldo de Brecia, le trataron como «enemigo» y le expulsaron de la ciudad y aun del mundo, puesto que le mataron de una pedrada.
3—1150.—Eugenio III.—«Ex magnetudine Montis»—De la grandeza del monte.
Este papa nació en el castillo de Graumont, en italiano monte magno.
4—1154.—Anastasio IV.—«Allax Suburraux»—Abad de la suburra.
Este papa se llamaba de apellido Subuni, y además nació en la calle de la Suburra y fué abad de San Rufo en Avignon.
5—1159.—Adriano IV.—«De cune albo»—Del campo blanco, o del campo de alba.
Este papa, único papa inglés, profesó en Saint-Albani, y llevaba el hábito «blanco» como canónigo de San Rufo. Eugenio III le creó cardenal y obispo de Albano o de Alba.
6—1164.—Víctor IV.—Antipapa.—«Ex tetro carcere»—De negra prisión.
Elegido por dos cardenales díscolos, arrojó al verdadero papa, Alejandro III, en una «negra prisión». Este allí volvióse loco furioso, todavía más negra prisión que la otra.
7—1168.—Pascual III.—Antipapa.—«Vía transtiberina»—Vía del otro lado del Tíber.
Fué cardenal de San Calixto en Transvere, o sea, al otro lado del Tíber.
8—1178.—Calixto III.—Antipapa.—«De pannonia Tuscia»—De pannonio, o sobre pannonio toscano.
Henos aquí—escribe el abad—en presencia de un espléndido giro elíptico. La Biblia y el Apocalipsis no tienen inspiraciones más sublimes. He aquí el sacerdocio triunfando del imperio, la Iglesia de la tiranía, el «toscano» Alejandro III, papa legítimo, del pagnoniano Calixto III, antipapa, sostenido por el César pagnoniano Barba Roja. Todo eso es divino, termina...
9—1181.—Alejandro III.—«Ex ancere custode» De la gansa custodio.
Alusión poética y grandiosa a los gansos venerados del Capitolio Alejandro III, «ancer» apostólico y vigilante, salvó a la Iglesia de tres antipapas imperiales.
10—1185.—Lucio III.—«Lux in ostlo»—La luz en la puerta.
Este papa se llamaba Lucius, nació en Lucca, y fué cardenal, obispo de Ostia.
11—1187.—Urbano III.—«Sus incribro»—El cerdo en la criba.
Se llamaba Cribelli. Cribelus es diminutivo de «cribama», criba. Tenía en su blasón un cerdo.
12—1187.—Gregorio VIII.—«Ensis Laurientie» La espada de San Lorenzo.
Este papa fué cardenal de San Lorenzo «in encina», y portaba en su escudo dos espadas.
13—1196.—Clemente III.—«Ex schola exiet»—Saldrá de la escuela.
En efecto, era de la familia Escholari, y nació en una casa de la plaza de las Escuelas, del Escuole.
14—1198.—Celestino III.—«De rure bovensi»—Del campo de los bueyes.
Su nombre era Jacinto. Como el jacinto es el adorno de los «campos», el buey es la riqueza de ellos.
15—1216.—Inocencio III.—«Comes signatus»—El conde sellado.
Este papa se llamaba Conti de Segni.
16—1227.—Honorio III.—«Canonicus ex latere»—Canónigo del lado. De simple canónigo que era, Clemente III le llamó a su lado como camarero íntimo, «ad latere». Le hizo intendente de los dineros de la Iglesia.
17—1241.—Gregorio IX.—«Avis ostiensis»—El ave de hostia.
Tenía en sus armas un ave, un águila, y fué cardenal, obispo de Ostia.
18—1241.—Celestino IV.—«Leo Sabinus»—El león sabino.
Tenía un león en su escudo. Fué cardenal de la Sabina.
19—1254.—Inocencio IV.—«Comes Laurentius» El conde Lorenzo.
Este pontífice era conde y fué cardenal de San Lorenzo «inten sucina».
20—1261.—Alejandro IV.—«Signus hostiense»—El signo de hostia.
Era de los condes de «Segni» y cardenal de Ostia.
21—1264.—Urbano IV.—«Jerusalem campaniae» Jerusalén de Champaña. Era francés, de Champagne, y patriarca de Jerusalén.
22—1268.—Clemente IV.—«Dracco de presus».
Tenía en su escudo un águila dominando a un dragón.
23—1276.—Gregorio X.—«Anguineas VIX»—El hombre de la serpiente.
Era de los Visconti, de Milán, que portan una serpiente en su escudo.
24—1276.—Inocencio V.—«Concionator Gallur»—El predicador francés.
Fué fraile predicador, y aunque no nacido en Francia, arzobispo de Lyón, doctor de París, profesor y provincial de la provincia de Francia.
25—1276.—Adriano V.—«Bonux comes»—Buen conde.
Se llamaba «Ottrobone», y era de los «condes» de la banne.
26—1277.—Juan XXI.—«Piscator Tuscus»—El pescador toscano.
Se llamaba Juan Pedro, como el pescador de Besaida, y fué enterrado en Toscana.
27—1280.—Nicolás III.—«Rosa composita»—La Rosa compuesta.
Tenía una rosa en su escudo y le pusieron por apodo Compositor.
28—1285.—Martín IV.—«Ex telonio liliacel Martini»—De la banca de Martín de los lirios.
Tenía lirios en su escudo y había sido tesorero de San Martín de Tours.
29—1287.—Honorio IV.—«Ex rosa leonino»—De la rosa del león.
Tenía en su escudo un león que llevaba una rosa.
30—1292.—Nicolás IV.—«Picus inter exas»—El pico verde entre alimentos.
Era de Ascoli en el Picenun. Ascoli en latín se dice Asisculum o Esculum. La palabra «escula» es diminutivo de «exa».
31—1294.—Celestino V.—«Ex eremo celsus»—Sacado de la ermita.
Se le sacó, en efecto, de su ermita para elevarlo al pontificado. Además, celsus es casi sinónimo de Facelestis.
32—1303.—Bonifacio VIII.—«Ex undarum benedictione»—De la bendición de las ondas.
Tenían sus armas fasces onduladas. Se llamaba Benedictus.
33—1304.—San Benito XI.—«Concionator Patareus»—El predicador de Pátaro.—Era fraile predicador y se llamaba Nicolás como el santo obispo de Pátaro.
34—1314.—Clemente V.—«De fascios Aquitanicis»—De las fases de Aquitania.
Era de Aquitania. Su escudo tenía tres fases o bandas de gules en campo de oro.
Hay respecto a este papa otras explicaciones que omito por no alargar demasiado este artículo.
35—1334.—Juan XII.—«De tutore osseo»—Del zapatero de Ossa.
Se llamaba Deuse o Dosa, y era hijo de un zapatero.
36—1330.—Nicolás V.—Antipapa.—«Corous Schismatigus»—El cuervo cismático.
Fué Pedro de Corberia.
37—1342.—Benito XII.—«Frigidos abbas».—Fué abad de Fontfroideo. Fuente fría, en la diócesis de Narbona.
38—1352.—Clemente VI.—«Ex rosa Atrebatensi»—De la rosa de Arras.
Tenía rosas en sus armas y fué obispo de Arras.
39—1362.—Inocente VI.—«De montibus Pammachü»—De las montañas de Palmaco.
Tenía montañas en su escudo y fué cardenal obispo de Ostia.
40—1370.—Urbano V.—«Gallus Vicecomes»—Francés Visconti.
Fué francés y subió al papado, siendo nuncio cerca de los Visconti milaneces.
41—1378.—Gregorio IX.—«Novus de virgene fortis»—Fuerte por una nueva virgen.
Fué nuevo por establecer el papado en Roma, impulsado por una virgen fuerte, Santa Catalina de Sena.
42—1394.—Clemente VII.—«De cruce apostolica»—De la cruz apostólica.
La cruz de Saboya en sus armas y cardenal de los doce apóstoles.
43—1424.—Benito XIII.—Antipapa.—«Luna los medina»—Laluna en cosmedium.
Fué Pedro de Luna, cardenal de Santa María en Cosmedin.
44—1429.—Clemente VIII.—«Schisma Barcinonicum»—El cisma de Barcelona.—Era canónigo de Barcelona, y elegido durante el cisma de Barcelona.
45—1389.—Urbano VI.—«De inserun Prignani» Del infierno de Prignani.
Se llamaba Prignani, nació en una aldea que se llamaba El Infierno.
46—1404.—Bonifacio IX.—«Cubus de mistione»—El cubo de mezcla.
Tenía cubos en su escudo. Luego con cubos de piedra y cemento edificó el castillo de Sant-Angelo.
47—1406.—Inocencio VII.—«Demeliore Sedene»—De astro mejor.
Tenía un astro en su escudo. Se llamaba Meliorate.
48—1409.—Gregorio XII.—«Nauta de Pontenigro»—El Navegante de Negro Ponte.
Fué obispo de Negro Ponte.
49—1410.—Alejandro V.—«Flagellum solis»—El azote del sol.
El sol en el escudo y fué arzobispo de Milán, en donde San Ambrosio está representado con un azote en la mano.
50—1415.—Juan XXIII.—«Cervus Cyrenis»—El ciervo de la Sirena.
Nació en Nápoles, cuyas armas tienen una sirena. Cardenal de San Eustaquio, el del ciervo milagroso.
51—1431.—Martín V.—«Columna veli aurei»—La columna del velo de oro.
Su apellido, Colonna. Columna en sus armas, cardenal de San Jorge, del velo de oro.
52—1439.—Eugenio IV.—«Lupa coelestina»—La loba celestina.
Se llamaba Celestino y tenía una loba en su escudo.
53—1452.—Félix V.—«Amator cruni»—Amador de la cruz. Tenía la cruz de Saboya en sus armas, y se llamaba Amado.
54—1455.—Nicolás V.—«De modicitate lunae»—De la bajeza de la luna.
Era de la diócesis de Luna y de baja extracción.
55—1458.—Calixto III.—«Bos pacens»—El buey que pace.
Era de la familia de los Borgia, que portan un buey pastando en su escudo.
56—1464.—Pío II.—«De capra et alberga»—De la cabra y de la posada.
Fué secretario de los cardenales Capránico y Albergati.
57—1471.—Pablo II.—«De cervo et leone»—Del ciervo y del león.
Fué obispo de Cervo y cardenal de San Marcos.
58—1584.—Sixto IV.—«Piscator minorita»—El pescador cordelero.
Era hijo de un pescador cordelero y nacido en Celles, ciudad poblada de pescadores.
59—1492.—Inocente VIII.—«Proecusor Siciloe»—El procursor de la Sicilia.
Se llamaba «Juan Bautista». Gozaba de la estimación de los reyes de Sicilia, Alfonso y Fernando.
60—1503.—Alejandro VI.—«Bos Albanus, in portu»—El buey de Alba en la puerta.
Tenía un buey en sus armas. Fué sucesivamente cardenal de Alba y de Porto.
61—1513.—Pío III.—«De parvo homine»—El hombrecito.
Se llamaba Picolomini, que en italiano quiere decir el hombrecito. Y su pontificado duró solamente veintiséis días.
62—1513.—Julio II.—«Fructus jovis jubavit»—El fruto de Júpiter ayudará.
Tenía en sus armas una encina, árbol consagrado a Júpiter.
63—1521.—León X.—«De craticula politiana»—De la parrilla de Policiano.
Era hijo de Lorenzo de Médicis, y la parrilla, en latín «craticula» es el emblema de San Lorenzo.
64—1523.—Adriano VI.—«Leo Florentius»—El león de Florencio.
Se llamaba Florencio y tenía un león en su escudo.
65—1534.—Clemente VII.—«Floes Piloe aut piluloe»—La flor del mortero, o de la píldora.
Era de la casa Médicis, en cuyas armas hay seis roles o píldoras, de las cuales una tiene lises.
66—1546.—Pablo III.—«Hyacinthus medico»—El jacinto al médico.
Era de la familia Farnesio, que porta en su escudo seis jacintos.
67—1555.—Julio III.—«De corona montaña»—De la corona del monte.
Se llamaba Del Monte y tenía en su escudo dos coronas de laurel.
68—1555.—Marcelo II.—«Frumentum floccidum»—El trigo pasajero.
Tenía en su escudo dos espigas de trigo, y su Pontificado duró solamente veintiún días.
69—1559.—Pablo IV.—«De fide Petri»—De la fe de Pedro.
Se llamaba Pedro Carafe, esto es, fe cara.
70—1565.—Pío IV.—«Aesculapil pharmacum»—El médico de Esculapio.
Llamábase Medichine y estudió medicina en Bolonia.
71—1572.—San Pío V.—«Angelus memorosus»—El ángel de los bosques.
Se llamaba Miguel y nació en Boschi, que significa «bosques» en italiano.
72—1585.—Gregorio XIII.—«Medium corpus pilarum»—La mitad del cuerpo de las píldoras.
Portaba en su escudo medio cuerpo de dragón. El papa Pío IV, que le hizo cardenal, llevaba en el suyo seis soles.
73—1590.—Sixto V.—«Axis inmedietati signi»—El axa en medio del signo.
Había en su escudo un león, que es uno de los signos del zodíaco, y sobre él el axa del mundo.
74—1590.—Urbano VII.—«De rore coeli»—Del rocío del cielo.
Fué arzobispo de Rossano, donde se coge el maná. Tuvo trece días de pontificado. Pasó, pues, como el rocío del cielo.
75—1591.—Gregorio XIV.—«De antiquitate urbis»—De la antigüedad de la ciudad.
Nació en Orrieto, cuyo nombre latino es «Ures vetus», ciudad antigua.
76—1591.—Inocencio IX.—«Pia civilitas in bello»—La ciudad piadosa en la guerra.
Era de Bolonia, ciudad en cuyo escudo se lee «Bononia docta» carácter de sapiencia que conservó a través de sus guerras. Sobre todo, fué horror a guerra lo que la hizo entregarse a la Santa Sede.
77—1605.—Clemente VIII.—«Crux Romulea»—La cruz romana.
Tenía en su escudo una cruz semejante a la cruz «romulea» o papal.
78—1606.—León XI.—«Undous vir»—El hombre como las ondas.
En pleno vigor, a los veintisiete días de su pontificado, un enfriamiento le causó la muerte. Su reinado pasó como una onda.
79—1621.—Pablo V.—«Gleus perversa»—La raza perversa.
Bajo el pontificado, en el Japón, instigado por los protestantes de Inglaterra y Holanda, estalló la persecución general.
80—1623.—Gregorio XV.—«Intribulatione pacis»—En la tribulación de la paz.
El amor de la paz causó la tribulación de su reino.
81—1644.—Urbano VIII.—«Lilium et rosa»—El lirio y la rosa.
Tenía en sus armas abejas que libaban en esas dos flores.
82—1655.—Inocente X.—«Incundito crucis»—El regocijo de la cruz.
Fué elegido el día de la Exaltación de la Santa Cruz.
83—1667.—Alejandro VII.—«Montium custos»—El guardián de las montañas.
En sus armas hay una montaña de seis lados, sobre la cual una estrella brilla y la ampara.
84—1669.—Clemente IX.—«Sidus olorum»—El astro de los cisnes.
En el conclave, la suerte le dió el cuarto de los cisnes. Además, era poeta.
85—1676.—Clemente X.—«De flumine magno»—Del gran río.
Nació en momentos en que el Tíber, desbordado, inundó a Roma e hizo flotar su cuna, pues su casa estaba situada en las orillas del gran río.
86—1689.—Clemente XI.—«Bellum insatiabilis»—La bestia insaciable.
Tenía en sus armas un león aleopardado y un águila.
87—1691.—Alejandro VIII.—«Poenitentia gloriosa».
Se llamaba Pedro, nombre de un gran arrepentido. Fué elegido el día de San Bruno, ángel de la Penitencia, al cual dedicó monedas con esas palabras: «Penitentia gloriosa».
88—1700.—Inocente XII.—«Rastrum in porta»—Rastrillo en la puerta.
Pertenecía a la Casa de Pignatelli, del Rastello, a las puertas de Nápoles.
89—1721.—Clemente XI.—«Flores circundati»—Las flores circundadas o circundantes.
Urbino, su patria, tenía por armas una corona de flores.
90—1724.—Inocente XIII.—«De bona religione»—De buena religión.
Pertenecía a la familia de los Conti, de la cual han salido diez de los mejores papas.
91—1730.—Benito XIII.—«Milex in bello»—Soldado en la guerra.
En su pontificado comienza la primera de las tres grandes guerras que ensangrentaron Alemania y Europa.
92—1740.—Clemente XII.—«Columna excelsa»—Columna elevada.
La capilla que él levantó en San Juan de Letrán, para ser allí enterrado, contiene dos columnas de pórfido, sacadas del pórtico del Pantheon.
93—1758.—Benito XIV.—«Animale rurale»—El animal rural.
La interpretación del abad se reduce aquí a aplicar a su manera a este pontífice la célebre frase de Alberto el Grande sobre Santo Tomás de Aquino.
94—1769.—Clemente XIII.—«Rosa umbría»—La rosa de la umbría.
Bajo su pontificado tuvo gran esplendor la Orden franciscana, y se sabe bien que a San Francisco se le llama la «rosa de la umbría».
95—1774.—Clemente XIV.—«Visus velox»—La vista penetrante, o bien, «ursus velox», pronto, veloz.
Aquí el abad Noé hace una digresión, refiriéndose a la explicación de los jesuítas, disueltos por este papa, dan al lema de San Malaquías, prohijando el acuerdo del pontífice tomado a la ligera...
96—1799.—Pío VI.—«Peregrinus apostolicus»—Peregrino apostólico.
Hizo a Viena un viaje por ver al emperador apostólico José II.
97—1823.—Pío VII—«Aguila rapax»—Águila rapaz.
Bien sabido es cómo el emperador Napoleón, que puso el águila en sus banderas, arrancó de Roma al papa para llevarle a Sabona y a Fontainebleau.
98—1829.—León XII.—«Canis et coluber»—Perro y serpiente.
Tenía en sus armas estos animales.
99—1840.—Pío VIII.—«Vir religiosus»—El hombre religioso.
Pertenecía a la Casa de Gastiglione, famosa por sus virtudes, y es, al decir del abate de Noé, a quien más conviene el dictado entre los papas.
100—1840.—Gregorio XVI.—«De balneis Etrurioe»—De los baños de Etruria.
Era etrusco o toscano y llevaba el escudo de Etrurión. Fué superior de los camandulenses, en cuya casa principal se llamaba Bolneaum, a causa de unos baños cercanos.
101—1878.—Pío IX.—«Crux de Cruce»—La cruz de la cruz, o el crucificado de la cruz.
Refiérese aquí el abate a las pérdidas del poder temporal, bajo Víctor Manuel, en cuyo escudo está la cruz de Saboya.
102—León XIII.—«Lumen in celo»—Luz en el cielo.
En las armas de este pontífice, sobre fondo azul de cielo hay un arco iris y un cometa.
103—Pío X.—«Ignis ardens»—Fuego ardiente.
El abate hace observar que en el blasón de este Papa hay una estrella de cinco puntas, de plata, y en la fecha en que escribía estos últimos comentos le auguraba al venerable pontífice veneciano, que no miraría la cosa con mucha satisfacción, muy corta vida. Estas son sus palabras: «Ignis ardens». El fuego ardiente, después de haber vivido poco, pero santamente, morirá de la muerte de los justos, según la profecía del santo Abad Berdín, muerto en 1279.
Faltan las emblemas de los nueve papas futuros y del fin del mundo de la profecía de San Malaquías. Pero de esto me ocuparé en otro artículo, pues este va ya largo, a pesar de que he únicamente extractado lo fundamental de las interpretaciones.
II
Para los nueve papas futuros diré que nuestro buen abate colabora con San Malaquías, puesto que al interpretar los lemas entra en el terreno de lo profético.
1.°—«Religion depopulata»—La religión despoblada.
Juzga el abate Eugenio de la Tour de Noé, que bajo este pontífice la catolicidad entera, en paz y en riquezas por el comercio y la industria, se olvidará de Dios, y creerá que todo es obra de ella. Basado en Santa Hildegarda y en Holzhauser, cree segura otra invasión de bárbaros lejanos; de otro modo, en el peligro amarillo. Los asiáticos vendrán y he aquí por qué la religión será despoblada.
2.°—«Fides intrepidos»—La fe intrépida.
Algunos intérpretes—dice—creen que será la persecución a ultranza, y mucha sangre y mártires, como en los primeros tiempos del cristianismo. Pero el príncipe del Aguilón, gran rey francés, conquistará Turquía, y más feliz que Bonaparte, imperará en Oriente y en Occidente.
Se realizaría la unión de las iglesias, y muchísimos paganos se convertirían. Para todo esto se apoya en la vidente Santa Hildegarda.
3.°—«Pastor angelicus»—El pastor angélico.
He aquí el Pontífice, que será por cierto, conforme a Cristo. Será humilde, practicará a las gentes, andará descalzo, y a quien el ya nombrado príncipe del Aguilón secundará.
4.°—«Pastor et naufa»—Pastor y piloto.
Cuando el papa anterior muere, se ha apaciguado la tierra. Hay un cristianismo universal. A este príncipe, pastor y piloto, le toca pilotear la barca de Pedro sobre aguas absolutamente tranquilas. Será preciso—dice el abate—que el pastor sea un famoso piloto para gobernar bien el arca Santa de la Iglesia en los días horribles del combate decisivo que el «hombre de pecado se apresta a presentarle sobre este gran mar del mundo, cuyo imperio ambiciona».
5.°—«Flor florum»—La flor de las flores.
En este tiempo, la humanidad convertida volverá a Dios y la virtud llenará el mundo como un aroma intenso. Jerusalén, cumpliendo la profecía de Orval, resurgirá con su templo reedificado, y el pueblo de Israel se ofrecerá al Señor como en un ramo oloroso de almas.
6.°—«De mediate lunae»—De la mitad de la luna.
Este lema terrible hace ya alusión al cercano final del mundo, pues en el tiempo del pontífice, a que corresponde, la luna comenzará a mostrar a la tierra la mitad de su disco, el Anticristo aparecerá en el mundo. Los turcos se convertirán, y tal vez será turco el mismo papa, según algunos intérpretes, aunque el abate Noé protesta contra tal hipótesis. Cuando el Anticristo comience a triunfar, este pontífice lanzará una encíclica señalando las dos sangres impuras de sus venas, que son la mahometana y la judía. De aquí lo de la media luna.
7.°—«De laboris solis»—El trabajo del sol.
Esto anuncia, según el abad, la descomposición planetaria, los fenómenos raros que producirá el «trabajo del sol», de un astro que se oscurece.
8.°—«Gloria olivae»—La gloria de la oliva.
En esto ve nuestro presbítero como la extremaunción del mundo, que está para morir. Bajo el reinado del papa, cuyo emblema es la humanidad, estará humillada después de un gran combate entre los malos y San Miguel Arcángel. Desde hace algún tiempo, los pontífices reinan, no ya en Roma, sino en Jerusalén, y este papa fallecerá orando, como Jesucristo en el jardín de los olivos.
9.°—«Petrus romanus»—Pedro de Roma o romano.
Este es el último papa de la profecía de San Malaquías. Pedro Romano pastoreará su rebaño entre las más terribles tribulaciones. Entre los argumentos de que se vale el abate para afirmar con San Malaquías que Pedro Romano será el último pontífice, hay uno modernísimo, y es el de que en Roma, en la iglesia de San Pablo, fuera de los muros, en donde se encuentran todos los retratos en mosaico de los papas, desde San Pedro hasta León XIII, hay diez medallones vacíos. He aquí el final de la famosa profecía: «In persecutione extremâ sacrae Romanae Ecclesiae sodevit Petrus Romanus; qui pascet oves in multis tribulationibus; quibus transactis, olvitas septicolis disuctur, et judex tremendus judicabit populum.
«Postea, finis».
En la última persecución de la Santa Iglesia Romana habrá un Pedro Romano elevado al pontificado, que apacentará su rebaño entre grandes tribulaciones; pasados esos tiempos arduos, la ciudad de las siete colinas será destruida y el Juez tremendo juzgará al pueblo.
«Después el fin».
III
La profecía ha tenido algunos adversarios, entre ellos el abate de Vallmonnt y el padre Ménestrier. Al primero le recusa nuestro comentarista como protegido de Voltaire, y al segundo, como plagiario. Se han hecho de la profecía de San Malaquías negaciones que el abad refuta con argumentos, cuya exposición haría interminables estos artículos.
Además de San Malaquías, ha habido numerosos profetas que vaticinaron el fin del mundo. Por ejemplo, San César de Arlés, obispo, muerto el año 542, el cual anunció que de los restos de la Iglesia perseguida un papa hará, con ejemplo de sus virtudes, la reconstrucción de la cristiandad, ayudado por un rey de Francia, dechado de religiosidad. Después de él, los crímenes del hombre serán tan grandes que Dios decidirá el fin del mundo. Este papa, según el abad Noé, será el cuarto de los futuros, el «Pastor angelicus», y el rey piadoso, colaborador suyo, el príncipe del «Aguilón», de que hablamos antes.
Otro profetizador de la terminación del mundo fué Pierre d'Aylly, nacido el año 1350, doctor de la Sorbona, cardenal y legado del papa. Este sabio, teólogo y astrólogo, dijo que las conjunciones de Saturno y Júpiter resultarían grandes perturbaciones astrales, seguidas de revoluciones políticas por el año 1789. Después de él, afirmaba, el Anticristo no tardaría en llegar.
Está la célebre profecía de Orval, atribuída a muchos, entre ellos a Philippe Dieudonné, monje. Sabido es que ella fué también arreglada a propósito por mademoiselle Lenormand para adular a Bonaparte. En su versículo 47 dice: «Et voila déjà six fois trois lunes et quatre fois cinq lunes que tout se sépare; et la siècle de fin commencé.»
Haciendo el cómputo de todas las lunas, según lo ha hecho el abate Noé, resulta que el siglo del fin es el nuestro, el siglo XX. Hay que advertir que las tres profecías anteriormente citadas están de acuerdo respecto a un próximo fin del mundo, y un sabio americano, autor de La creación y sus misterios descubiertos, obra publicada en París en 1858, M. Snider, apoya aquellas conclusiones con argumentos científicos.
Por otra parte, son muchas las tradiciones que señalan la terminación del mundo para los seis mil años después de la formación de Adán. Entre los judíos existía ya la idea, y el doctor de la ley, Elías, muerto trescientos cincuenta años antes de Jesucristo, hizo alusión a ello.
Sabido es que la leyenda católica está de acuerdo en esto con la tradición israelita, y muchos padres de la Iglesia se han ocupado del asunto. El vidente Holzhauser señala el 1911 como la fecha fatal. Otros, en cambio, no se acercan tanto como él a nuestros días, en sus predicciones. Así, fray Bucelín, que llega hasta 6004. Sor de la Natividad, clarisa bretona, dice a la letra: «El siglo 2000 no pasará sin que el fin no llegue». El abate D'Arzano señala el año 2000. Por fin, nuestro autor, después de cotejar profecías sucesivas desde Nostradamus hasta profetas yanquis, lo cual es un colmo, ratifica su opinión de que será en 1953.
Además, el Secreto de la Saleta da apoyo al abate Noé. Demás decir que su erudición bíblica le sirve a cada paso sobre el asunto desde Esotras hasta el Apocalipsis. Tiene en su libro un capítulo en que señala el triunfo de la francmasonería como precursor inmediato de la aparición del Anticristo. Habla en otro capítulo de los signos anunciadores del fin del mundo, a que se refiere el Evangelio: hambres, pestes, terremotos y extinción de la fe. No hay duda de que tiene razón al señalar todas esas cosas como sucedidas en nuestro tiempo, sobre todo en lo que se refiere al acabamiento de la fe.
En otro, relaciona con la extinción universal los asuntos de la política francesa.
Trata luego de la significación del Anticristo, y recuerda que San Juan aseguró que habría un gran número de ellos, como en efecto los ha habido, en Nerón, Mahoma, Juliano, Lutero y otros.
El vidente Holzhauser anuncia el nacimiento del Anticristo para el año 1855. Nicolás, en 1859. Por su parte el abate Noé afirma rotundamente que ha nacido en Europa el año 1863, que fué educado militarmente en una conocida escuela. Ignora su residencia, pero sabe que su opresión será corta, aunque terrible. La madre, judía conversa y ex monja, habita Londres, o estaba por lo menos allí en 1904.
Ahora, los que presten fe al excelente abate, puesto que no han sucedido muchas cosas que tienen que suceder, pueden estar perfectamente tranquilos por lo del colazo del Halley.
La comedia de las urnas.
En el momento en que escribo estas líneas Francia se prepara a nombrar sus diputados, como sabéis, por un período de cuatro años. En todas las ciudades, en las más humildes aldeas de los campos más lejanos, los carteles electorales manchan los muros y los discursos de los candidatos desgranan sus rosarios de lugares comunes. Muy pronto el «pueblo soberano» designará por sus votos aquellos que deberán ejercer el mandato y conducir los destinos del país.

Podréis, pues, creer que en un momento tan crítico hay en la atmósfera francesa como un olor a pólvora; que al acercarse el instante de la lucha los batallones se estremecen de impaciencia: que la nación entera está sacudida por un estremecimiento de espera y en la angustia de lo que resultará. Así debería ser, pero no es así.
La vida nacional, lejos de estar suspensa o turbada, sigue su curso normal. Los hombres y las cosas guardan su calma y su serenidad ordinarias. ¿Es esto sangre fría, corrección o dignidad?
He interrogado sobre este punto a algunos franceses amigos míos, cuyo buen sentido y sinceridad conozco. Les he preguntado:
—¿Qué hará usted el próximo domingo 24 de abril?
—¿Lo que haré?—me contestó uno—Si el tiempo está bueno, iré a pasar el día por los alrededores de París: será mi fiesta de la primavera.
—El 24 de abril—me responde otro, con un aire cuidadoso y tocándose la frente con el índice—es probable que mi mujer dé a luz, a menos que se equivoque en su cálculos.
—El 24 de este mes—dice un tercero—alojaré y pasearé por la capital a toda una familia de parientes del campo que han creído darme un gran placer viniendo a visitarme.
Nadie me ha respondido:
—El 24 de abril próximo, como es el día de las elecciones, cumpliré con mi deber de elector. Iré a depositar mi papeleta en la urna. El 24 de abril seré verdaderamente ciudadano y nada más que ciudadano.
Apostaría que a los millares de electores franceses, semejantes a esos amigos míos, les importa un comino el asunto de las elecciones. Por otra parte, las estadísticas lo demuestran. Veo, por ejemplo, que en 1906 hubo en ciertas circunscripciones hasta una tercera parte de electores que no votaron, y que el promedio general de las abstenciones es de un cuarto o de un quinto del número de los inscritos.
Esos indiferentes son ordinariamente, nótese bien, hombres de ideas sanas, igualmente alejados de todo exceso reaccionario o revolucionario, y cuyo voto, sobre todo cuando los candidatos rivales tienen probabilidades más o menos iguales, podría modificar el resultado. Pero estiman más la libertad de hablar o de escribir que el derecho de elegir. Están convencidos de que un voto más o menos en uno de los platos de la balanza no podría inclinarse a tal o cual lado. Y creen también que la lucha es inútil y que hay que conformarse con lo inevitable, o que las cosas no irán ni mejor ni peor con el socialista Ribouldingue, que con el conservador Duriflard, tartampiones notorios.
Llevando un poco más adelante mi pequeña encuesta sobre la mentalidad de los lectores, he llegado a convencerme que no son sólo los abstencionistas los indiferentes. Podría afirmar que la masa de los franceses no concede mucha importancia a las elecciones. Las consideran como una simple formalidad administrativa que se efectúa periódicamente, como los discursos de apertura, o los concursos en las Facultades. Votando, hacen un esfuerzo, un ademán; pero no tienen en el corazón, ni fe ni entusiasmo: no van a una batalla.
En verdad, este pueblo tiene, en su complicidad, algo de desconcertante. Está poseído, como ninguno, de ansia de novedad y de progreso, y ninguno se advierte, desde ciertos puntos de vista, más carneril.
Tiene la pasión de la independencia; pero con tal que pueda burlarse de la autoridad—¡desde el Guignol!—y gozar de libertad de espíritu, no se cura de la tiranía que le rodea. Se queja sonoramente y muy a menudo, no del régimen político mismo, sino de los politicastros que lo deforman, y no intenta echarlos del Palais Bourbon, en donde se han fijado cómo el Doctor de la Dulzura, una vez enojado, echó a los mercaderes del templo. Deplora la ruina de la marina y vuelve a colocar en la cámara a los mismos hombres que han deteriorado la Armada. Se lamenta de la contaminación del Ejército, infectado por los sin patria, y no hará nada para reducir a la impotencia a los cultivadores de esos gérmenes mórbidos. Se encorva bajo el fardo cada vez más aplastante de los impuestos, y, con todo y que puja, queda como bajo la monarquía, taillable et corvéable à merci.

Esta indiferencia de la mayoría de los electores la conocen los candidatos y la aprovechan.
La literatura ligera y los caricaturistas explotan el asunto. Diálogo entre un candidato y su mujer:
—He encontrado mis circulares electorales de hace cuatro años.
—Pero ¿pueden servir todavía?
—¡Ya lo creo! ¡Como prometo siempre las mismas cosas!...
No querría que se creyese por esto que todos los candidatos son farsantes. Pero juzgo que a la mayor parte les falta sinceridad. Pues yo llamo sincero a aquel que, dándose cuenta de lo que significa su mandato, no disfraza la verdad exagerando el bien, paliando y velando el mal; a aquel que no promete sino lo que puede cumplir y que no lo promete sino porque está resuelto a ponerlo en práctica en seguida; a aquel que lucha por un ideal. Llamo sincero, en fin, al candidato que habiendo buscado y encontrado en la rectitud de su conciencia la manera de hacer el bien verdadero al país en general y no sólo a su circunscripción, pone toda su voluntad, toda su alma, todo su sér, en transformar su programa en actos, y que si no ha hecho todo lo que ha querido, ha hecho, de todas maneras, lo que ha podido.
He seguido día por día, se puede decir, la vida parlamentaria francesa en el curso de los últimos cuatro años. Y me he preguntado más de una vez, cómo los diputados de la mayoría, después de las numerosas y garrafales faltas que habían cometido, se presentarían y se justificarían ante sus electores al acabarse la legislatura. He leído en estos días muchos carteles y aun he asistido a algunas reuniones electorales. Y bien. Esos señores están completamente tranquilos. Fijáos. Se han votado las leyes complementarias de la separación de la Iglesia y del Estado. Se ha afirmado la defensa del Estado laico protegiendo la neutralidad escolar. Se ha proseguido la obra social poniendo en vigor la plausible ley de asistencia a los ancianos, protegiendo la infancia, ayudando a la asistencia privada, mejorando la higiene. Las poblaciones rurales aprovechan una gran parte en la actividad reformadora de la última legislatura; se ha extendido y generalizado el sistema de la mutualidad agrícola. Se ha favorecido igualmente a las poblaciones marítimas, reorganizando el crédito marítimo y mejorando la suerte de los inscritos. ¿Qué decir de las leyes en favor de los obreros y empleados? Sobre todo, de la ley de 5 de abril de este año, sobre el retiro de los obreros y labriegos, que quedará como la obra esencial y duradera de estos últimos años de república social. ¿Qué no se ha hecho también por el comercio y la industria?
Se han perfeccionado correos y telégrafos. Se han rebajado las tarifas postales, se ha revisado la tarifa aduanera de modo que ha hecho prosperar un gran número de industrias francesas; se ha rescatado, en condiciones excepcionalmente favorables, la red ferroviaria del Oeste. Se han aumentado los sueldos de los funcionarios y se han dado garantías contra el favoritismo. Se ha democratizado el Jurado y se ha dilatado la estrechez del viejo código napoleónico. No se ha descuidado la defensa nacional; se ha reorganizado la artillería; se han construído barcos de guerra; se ha mejorado la condición del soldado. La prosperidad financiera ha crecido. La política exterior se ha hecho el instrumento eficaz de la paz nacional. Y se ha hecho más. Y más. Y más. Y diré como un candidato, recientemente, a sus electores: «No concluiría, mis queridos conciudadanos, si quisiera enumerar todo lo que se ha hecho de bueno, de bello y de grande, por la Francia». En fin—tout à été pour le mieux dans le meilleur des mondes—tal podría ser «cándidamente» hablando la fórmula sintética y estereotípica que resume y fija lo que ha hecho la última legislatura. El difunto Alphonse Allais, de hilarante memoria, cuenta en una de sus «cosas» que durante un viaje por Egipto encontró una inscripción grabada sobre un bloque enorme de granito, del tamaño de los que sirvieron para construir las pirámides. La traducción para él fué la cosa más sencilla. Pero cuando llegó a la parte baja de la piedra, encontró escrito: «Tenga la bondad de dar vuelta a la página».
Los carteles electorales se parecen un poco al famoso granito de Alphonse Allais: no se les puede dar vuelta para conocer el fin de la historia. Pero estad seguros, en todo caso, de que no es toda la verdad lo que contiene la parte que podéis leer. No he encontrado allí la píldora de los 15.000 francos por diputado, tan difícil de hacer tragar a los electores. No he leído que se amenacen las libertades y los derechos más sagrados; que se aumenten cada año, por la superchería y el derroche, los gastos, la deuda y el déficit; que por el abandono y por la incuria se desorganice la defensa nacional; que se tenga toda suerte de complacencias con los directores de huelgas y agitadores revolucionarios; que haya impotencia para reprimir en la administración el desorden y la anarquía; que se va, por pretendidas reformas, contra todos los intereses, como si la prosperidad nacional, el comercio y la industria pudieran resistir por siempre a tan repetidos golpes.
En cuanto a los candidatos nuevos, a cualquier partido a que pertenezcan, sus franquezas me son sospechosas. Los unos, en efecto, conservadores o nacionalistas, exponen programas que radicales completos no desaprobarían. Llevados por una manera de respeto humano, hacen concesiones a aquéllos mismos cuyos principios rechazan, con tal de lograr los votos. Los otros, los del socialismo, prometen al pueblo, que en el fondo no pide tanto, una libertad tan completa, una justicia tan perfecta, una felicidad tan grande, que no se ve del todo, pues no saben los mismos parlanchines de esas verbales añagazas cómo van a edificar ese paraíso en donde los franceses de mañana van a danzar, en un placer sin límites, un delicioso perpetuo cake-walk.

Esa falta de sinceridad de parte de los candidatos, no va, en último análisis, sin su falta de respeto para el elector. No os diré una novedad si os digo que el respeto no consiste en muestras exteriores de deferencia, o en la expresión de fórmulas de urbanidad. Respetar a alguien, es, ante todo, suponerle un buen sentido, un juicio por lo menos cercano al nuestro. Es, en segundo lugar, tratarle como una personalidad moral a la que no se procura el engaño o el daño. De modo que no decir la verdad y nada más que la verdad, a los electores, es ya reconocer su falta de inteligencia. Pero decirles tonterías, es tomarles por incurables imbéciles.
Véase esta muestra, entre otras, de esas tonterías a que me refiero:
1.° Supresión de todos los impuestos y voto del presupuesto facultativo.
2.° Jubilación a todo ciudadano de cincuenta años, con 60 francos mensuales.
3.° Aumento de sueldo de los empleados que no ganan 3.500 francos.
4.° Respeto a la libertad de trabajo con aplicación radical.
5.° Estímulo de la repoblación (prima de 500 francos por cada hijo que nazca).
6.° Supresión de los empleos inútiles.
7.° Matrimonio obligatorio a los treinta años, para ambos sexos.
8.° Derecho de elección para las mujeres que tengan cuatro hijos.
9.° Supresión de los monopolios del Estado y de los impuestos sobre el alcohol.
10.° Libertad del Comercio y del ejercicio de la Medicina.
Otro candidato, no menos faccioso, reclama en primer lugar la revisión del tratado de Francfort. (¿Por qué no la confinación de Roosevelt en el polo Norte?)
Yo no sé si esas gentes se forman alguna ilusión sobre las probabilidades de triunfo de su candidatura; por mi parte, yo no tengo ninguna duda sobre su mentalidad. Es verdad que aquí se está en el país en que se ríe de todo, en que la exageración misma de los rasgos del programa nos advierte que hay que considerarlo como una charge, como una caricatura.
La lucha electoral es únicamente una lucha de ideas. Un candidato tiene su temperamento, su carácter, su talento, su profesión. Mas el lector no puede juzgarlo, aparte la honradez, sino por sus ideas. Al comienzo, parece que es así. Sin embargo, a medida que el período avanza, y que el día fatídico se acerca, los candidatos llegan, o más bien descienden a una polémica indigna de ellos, y sobre todo de sus electores. Se escarba en la vida privada del adversario. De sus debilidades, si las tiene, se hacen tachas enormes. De su evolución política se hace una serie de contradicciones y de traiciones. De sus discursos se hacen extractos, que, hábilmente aislados, presentan un sentido absolutamente distinto del pensamiento integral del autor. Se lanzan mentises inicuos, y se tiene cuidado de agregar: «Los electores juzgarán». ¡Ah! si el lector juzgase convenientemente el ultraje hecho a su dignidad, enviaría a ambos contendientes con cajas destempladas.
Hay hombres contra los cuales nada pueden los adversarios. Su personalidad se impone tan sólidamente que los contrarios se quiebran en ella pico y uñas. Sin embargo, los atacan a pesar de todo. Ved este cartel:
«Comité de concentración republicana
Dos hombres
M. Maurice Barrés, M. Paul Cloarec,
Novelista Economista
Agitador Hombre de orden
Sin programa Programa preciso
¡Electores, escoged!»
Los electores han escogido ya y pronto verá el insólito y excelente hombre de orden, M. Cloarec, cuál es el elegido. Pero, ¿qué me decís de este pistonudo paralelo?
Todo esto, en conclusión, es tan humano como francés, y no he de ir yo a revelar a mis lectores argentinos lo que son elecciones. La ambición, como el amor, es mala consejera, aun para las mas firmes cabezas. Ser diputado es para todos una honra; para algunos una honra y un provecho; para muchos, una agradable sinecura. ¿Cómo, habiéndolo probado no se va a querer repetir? Ser candidato, aun derrotado, es haber gozado en su circunscripción, durante el período electoral, de una celebridad capaz de inquietar a Rostand mismo. Y hay candidatos que aun de la derrota sacan provecho. Así este épico, este incomparable M. Valantin Moyse candidat malheureux dans le neuvième arrondissement, como dice una gaceta. Este sujeto, que es filósofo, da las gracias a los 6.852 electores que no votaron por él, de la siguiente manera: «Vous m'avez éclairé, vous m'avez clairement fait voir que je n'avait rien à faire dans la politique. Je continuerai, donc, comme pour le passé, à m'occuper de la publicité des magasins de nouveautés.»
¡Ni en Nueva York!
La hija de Verlaine. REALIDAD Y LEYENDA
Monsieur Edmond Lepelletier fué amigo íntimo de Paul Verlaine, desde los años del colegio. Acaba de publicar un libro sobre la vida y la obra de aquel melodioso mártir. Para la vida es un libro de rehabilitación, en parte, aclaración de hechos por irrecusables documentos; para la obra una especie de proceso mental y certificación del iniciarse o tomarse tales tendencias o deliberaciones. Lepelletier cumple con cordialidad una como disposición testamentaria de hace largos años. No se enfría con la nieve de la muerte y la piedra tumbal el afecto del más «viejo amigo», como se le llamó en un soneto dirigido de uno de tantos hospitales, el Cochin:
Mon plus vieil ami survivant d'un groupe déjà de fantômes qui dansent comme des atomes dans un rais de lune devant. Nos yeux assombris et rêvant sous les ramures polychromes que l'automne assouplit en dômes funèbres ou gémit le vent. Bah! la vie est si courte, en somme! un sot réveil après un somme! qu'il ne faut plus songer aux morts que pour les plaindre et pour les oindre de regrets exempts de remords, car n'allons-nous pas les rejoindre?
Y en una carta a su madre, dice Verlaine, desde la prisión de Mons... «Que Lepelletier defienda mi reputación. Podría ser que fuese, antes de poco, mi memoria. Cuento con él para hacerme conocer mejor, cuando ya no exista, allí...» Lepelletier, buen escritor, alejado de la literatura quizá por asco de la vida literaria, aunque no hay mucha algalia en los muladares de la política, su preferida, vuelve a tomar su vieja pluma, y hace un volumen sereno, justo, fraternal, sin retórica, firme, exento de sentimentalismo y claro de verdad. El Pobre Lélian queda limpio, hasta lo posible, del maligno lodo legendario que él mismo recogió y aumentó, gamin excesivo, para su propia maculación. No que el sin ventura resulte ahora un bienaventurado, sino una pobre víctima de «la lógica de una influencia maligna» como él mismo diría: teniendo no poca culpa del derrumbamiento de ese espíritu superior, de ese gran poeta, la sociedad misma. Al hombre lo hace conocer el biógrafo desde la niñez. «En lo que se refiere a la infancia, las primeras impresiones de Verlaine, sus aspiraciones, sus lecturas, el despertamiento de su genio poético, sus comienzos literarios, he de informar al público que se interesa en la génesis de un cerebro como el del autor de Sagesse. Compañero de juventud, confidente de sus pensamientos, de sus ensueños, de sus ensayos, desde la adolescencia hasta la plena edad madura, he asistido, por decirlo así, a la ascensión de la savia, a la floración y al desarrollo de su intelecto». Los amigos de asuntos tortuosos se encontrarán desilusionados al ver que lo referente a la famosa cuestión Rimbaud se precisa con documentos en que toda perspicacia y malicia quedan en derrota, hallándose, en último resultado, que tales o cuales afirmaciones o alusiones en prosa o verso no representan sino aspectos de simulación, tan bien estudiados clínicamente por Ingegnieros. Los testimonios son fehacientes en una correspondencia escrita a raíz de los sucesos que provocan señaladas cartas de toda intimidad y franqueza, en que se ve el alma desnuda y toda ausencia de pose, o de mentirosa urdimbre. Otros libros se han publicado sobre Paul Verlaine antes de este piadoso y definitivo.
No hay en ellos, en suma, sino el propósito de revelaciones que interesan a un público de curiosos de intimidades literarias, y de aficionados a cuentos de café y cervecería. Están en la misma línea que esa malhadada fotografía de la serie nos contemporaines chez soi, que se ha reproducido en magazines e ilustraciones extranjeras, y en la cual aparece «en su casa» el infeliz gran poeta, ante una mesa tabernaria en que se ve el brebaje fatal a su existencia y a su reposo espiritual, por tantos años. Tal crueldad iconográfica hace, con justicia, estallar la cólera fraternal de Lepelletier. Este de ningún modo acepta la usada comparación entre Verlaine y Villon, como no sea en ser ambos dos portaliras en extremo amados de las musas y de los dolores, y en ser cofrades en la devoción y la plegaria, podría agregarse.
Sistema opuesto, el del Pílades literario, al de tantos plumíferos parisienses e internacionales, cuyos recuerdos barriolatinescos y báquicos no han contribuído sino a la universal transformación del Fauno místico en una especie de tipo lastimoso y mendicante, saturado de todos los alcoholes y roído por toda suerte de bajos vicios.
Mucho pesará a los adoradores de la soucoupe el saber que Verlaine era un hombre de ideas burguesas, que si vivió la vida de bohemia, fué forzado por las durezas de la suerte, por las caprichosas circunstancias que amontona la casualidad, esto es, de todas maneras, la ley del destino, para hacerles torcer su dirección, y cambiar la tranquilidad de una existencia que hubiese sido honestamente apacible, por las tormentas pasionales y las noches borrascosas a que conducen los desatados instintos y las ponzoñas de la voluntad.
Una mujer de poca comprensión y escasa paciencia y un puesto modestísimo que, en la administración municipal de París no pudo volver a ocupar después de la Comune—pequeñas miserias—, decidieron el destino, tal el diablo hace esas cosas, del futuro verleniano. Para la gloria, gloria amargada, y para el arte, propicio encadenamiento de hechos; más terremoto sentimental y mental en el mal herido de desesperanza que, antes que el paraíso católico, dignamente ganado a son de tiorba y salterio, tuvo que pasar largos años en el, más que purgatorio, infierno del alcohol.

Al por siempre niño no fueron sino fatalmente dañosas las malas frecuentaciones; así la de ese terrible Arthur Rimbaud, que pudo librarse de su demonio intelectual poderoso y perverso, transmutando su vida en el hierro de una acción que hizo del poeta desorbitado un mercader de Oriente, explorador de lejanas Áfricas, un negociante entre negros, cuya labor colonial no supo a tiempo aprovechar su patria. Muerto antes que Verlaine, cuya vida acibaró de locuras y mala influencia, él tiene su monumento en la villa natal, en tanto que todavía no se ha podido conmemorar en bronce o mármol al autor de Sagesse.
Hase pretendido en lo referente a familia, que Verlaine descendía de noble origen, según los manuscritos genealógicos de Le Fort. Vendría de los señores de Verlaine en el Luxembourg. Lepelletier no juzga exacta la ascendencia, antes bien, cree muy aceptable la eclógica parentela de que ha hablado Saint-Pol-Roux en uno de sus magníficos libros. «Un mi camarada, viejo pastor que apacentaba cotidianamente su ternera y sus dos vacas delante de mi morada, me dijo, un día, llamarse Verlaine. Me estremecí. Conversamos. Me contó su raza. Intrigado, intenté rebuscar. Pronto pude asegurar al pastor belga que un gran poeta de Francia era su pariente, de él, tan chico; lo que le hizo relinchar de alegría.
Anudando entonces sus cejas, como si hubiese cruzado los finos brazos velludos de su memoria, sondó este rincón para, a la larga, extraer un encuentro, antes, en los alrededores de Paliseul, en casa del coronel Grandjean, con un colegial de dieciséis años. ¡Y, bien! Ese Pablo olvidado, de quien me enseñáis la fama, es mi primo hermano segundo, declaró el pastor de Arville. Resumamos sus decires: El bisabuelo de Verlaine, después de haber seguido a los ejércitos franceses, como jefe de convoy militar, se estableció en Arville, viniendo de Braz, aldea vecina, elegido franc-fied por el abad de San Humberto. Dispensado del diezmo, su función consistía en asistir de uniforme, y con el sable desenvainado, a las misas solemnes de la abadía. De su matrimonio con una Henrion nacieron Miguel y Enrique. Enrique tuvo dos hijas y un hijo, el capitán de ingenieros, padre de Pablo»... Esos rústicos entroncamientos demuestran lo justo en Verlaine de sus inquietudes sílvicas de corzo, su natural arisco, su estirpe pánica. No pueden más que interesar vivamente sus despertamientos sentimentales, más sensuales en él que otra cosa, y los primos deseos en el alma del lírico sátiro que naciera tan mal dotado de físicos atractivos, pudiendo ser su rostro de adolescente, argumento de la teoría darwiniana, antes que clasificada de mongoloide su fatigada testa socrática, por un doctor escandaloso que tuvo, a causa de su seudo-ciencia periodística, cierta boga hace ya algunos años. Mas después habrá que considerar cuán buena estofa de páter familias había en quien ha dejado para su hijo—educado lejos de él y a quien nunca pudo ver—en prosa y verso, los consejos más cristiana y tradicionalmente morales, y patrióticos además, a despecho de todas las demoledoras modas. Verlaine, aparte de su genio y de sus caídas, dañosas tan sólo para sí mismo, fué en el fondo, y quizá siempre, eso que «para algunos todavía es de valor»: hombre honrado. Jamás se ha visto furia dolorosa igual a la de ese desdichado por la pérdida de su hogar, por la separación de su mujer, quien, en verdad no le merecía tanta llama inadecuada. Con una mujer paciente, dulce, una familia constituída, y la vida asegurada en su papel de funcionario, habríase destruído en él, sin duda, el veneno de las fatales amistades, y, excelente ciudadano, rodeado de hijos, tuviera un fin apacible en la honestidad de su retiro. Claro es que el arte humano habría perdido tanto sollozo incomparable y la católica poesía tanto gemido místico y tanta oración temblorosa de viva fe, de piedad infinita.