ALGUNOS JUICIOS
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ALGUNOS JUICIOS

Algunas notas sobre Valle Inclán.
I

Recuerdo la primera impresión. Este es uno de los que quieren épater al burgués, me dije. Sombrerón de anchas alas, barbas monjiles, gesto militar, palabras estupefacientes, maneras de aristo. El cuerpo delgado bajo un macferland cuya esclavina se convertía por instantes en dos alas de murciélago satánico; los ojos dulces o relampagueantes, y la sonrisa entre la cual se escapaban frases a cortos golpes paradójicos, o buenas, o espantosas. Sobre todo espantosas, épatantes.
Él me pudo decir entonces: Hombre de América que vienes aquí para ver España: mira en mí algo de lo que queda de lo más nacional, típico y poético. Yo soy un Conquistador, y además, otras cosas. Mi sombrerón de anchas alas te dice de mis cariños y andares en las tierras de Méjico que tanto recorriera aquel mi muy admirado varón de gesta que tenía por nombre Hernán Cortés. Mis barbas monjiles te manifiestan la tradicional religión del monje que he sido; mi gesto militar explica que he llevado uniforme en luchas civiles, en la misma tierra en que manda el legendario y justamente alabado por Tolstoi, general don Porfirio Díaz. En cuanto mis palabras que dejan a las gentes estupefactas o espantadas, son las de aquel que sabe que hay en la tierra y en el cielo cosas que no comprende nuestra filosofía...
II
Desde entonces Valle Inclán ha crecido como un bello león. Perdió su brazo, pero parece que por allí le hubiese brotado una nueva garra invisible.
Cuando Octave Mirbeau descubrió en el Fígaro parisiense a Maeterlinck, nombró a Shakespeare. Hugo, si no me engaño, en una breve frase, rememoró al omnividente Will, a propósito de las extraordinarias niñerías de Rimbaud.
Yo no he encontrado la sensación shakespereana más que en algunas cosas de Lugones—en quien encuentro todo—y en los últimos libros de Valle Inclán. Poe queda aparte como Jules Laforgue.
III
El éxito internacional—y lo digo con motivo de que en Francia han comenzado a traducir las obras de Valle Inclán—no tiene nada que ver con el mérito artístico, con los valores ideales. D'Annunzio, a pesar de su réclame, no se puede regodear de una Quo vadis?, y Sienkiewicz nada vale al lado del Coloso: ¡George Ohnet!
George Meredith acaba de morir, y aquí en España no he visto en ningún periódico más artículo respecto a la desaparición del prodigioso inglés, que el que ha enviado a un diario su corresponsal en Londres, varios días después de los funerales.
IV
Los personajes que en su ya larga serie de obras ha creado este espíritu de excepción, son vivientes más allá de la real vida, más allá de la vida normal; no existen como los héroes balzacianos o zolescos, sino como Hamlet, Otelo, o el viejo Lear.
Los tipos retratados o encarnados de lo cotidiano, mueren, desaparecen, como los que vemos todos los días. Poeta o escritor que quiere dar a sus seres supervivencia tiene que plasmarlos e infundirles un alma bajo un concepto de eternidad. No viven hoy diez mil tipos animados por mil autores que tuvieron en su tiempo ganga y celebridad, y que hacían la labor de fuera para dentro. Viene Celestina simbólica y que parece tan real como quien hubiera merecido ser su esposo o compañero, el gordo Falstaf. Ambos tuvieron forma y alma de dentro para fuera. Así el ilustre Bradomín, don Juan Manuel de Montenegro, las damas de ensueño y los bufones de misterio que, en un ambiente desconocido, aparecen en la obra profunda y encantadora de Valle Inclán.
V
Yo he retratado antaño a este admirado y querido amigo mío en el siguiente soneto:
Este gran don Ramón de las barbas de chivo, cuya sonrisa es la flor de su figura, parece un viejo dios, altanero y esquivo, que se animase en la frialdad de su escultura. El cobre de sus ojos por instantes fulgura y da una llama roja tras un ramo de olivo. Tengo la sensación de que siento y que vivo a su lado, una vida más intensa y más dura. Este gran don Ramón del Valle Inclán me inquieta, y a través del zodíaco de mis versos actuales se me esfuma en radiosas visiones de poeta, o se me rompe en un fracaso de cristales. Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta que le lanzan los siete pecados capitales.
Tales catorce versos no dicen en verdad la complicada figura de este gran don Ramón. Tan complicada, que ha llegado a ser casi burgués, casándose con un «alma hermana» que le comprende y le ama muy de veras. La antigua cabellera ha desaparecido; una indumentaria inglesa ha sustituído a la de los días pasados—aunque también el macferland era británico—y luego, nunca, nadie podrá decir que ha visto a Valle incorrecto. Siempre, aun en días duros, fué el caballero, el fidalgo. En su casita, que es un nido de arte, en la calle de Santa Engracia, una niñita sonrosada es una rosa sobre su gloria, es la princesa.
VI
Este no es un estudio; dicho está que son notas. Largo trabajo se necesitaría para exponer la obra—y la vida unida ella—de Valle Inclán. Porque lo que he dicho sobre lo shakespeareano, tiene, en la introspección, una base de realidad. Atiéndase bien:
Todo lo que en la poemática labor de Valle Inclán parece más fantástico y abstruso, tiene una base de realidad. La vida está ante el poeta, y el poeta la transforma, la sutiliza, la eleva, la multiplica; en una palabra: la diviniza, con su potencia y música interior. El que no tiene el daimon no puede hacer eso, y, por tanto, he sostenido la superioridad de Unamuno sobre otros puramente formales o virtuosos en la lírica.
VII
Femeninas, Epitalamio, Cenizas, fueron la primera floración en el jardín de este gran señor de letras. Se dirá de reminiscencias extranjeras—por lo de la forma—, mas nunca del modo que se le ha señalado a D'Annunzio. Valle Inclán ha sido d'annunziano en alguna de las sonatas—cuestión de orden y contrapunto verbal, y hasta dandismo, porque era el momento, y, cuando cantan los ruiseñores, les llevan y les modulizan el canto los vientos que vienen de todas partes. Para esto, ver lo que últimamente ha dicho uno de los superiores, un gran poeta y de los más conscientes y firmes de saber, el catalán Marquina, a quien si alguna vez le ha faltado algún don—siendo con todo de los excelentes—y hablo ahora en cuanto a crítico—, es el don de la diferenciación.
VIII
Las Sonatas, que hoy, por primera vez, van a hacerse conocer en Europa, son ejecuciones primigenias de Valle Inclán. Bravas ideas y aventuras sentimentales dichas en exquisitas maneras. La demostración, en los primeros momentos, de nuestra lucha hispanoamericana por representarnos ante el mundo como concurrentes a una idea universal—Idea, no Moda—que comenzaba a llenar de una nueva ilusión o realización de belleza, todo lo que entonces pensaba altamente en la tierra. En ello hay el anhelo de la novedad—y de antigüedad—que caracterizó a los Nuevos. Que mañana seremos Viejos. Pero él va fecundando. Y las Sonatas de las cuatro estaciones tendrán una repercusión incomparable en la historia de las letras castellanas. Poniendo su escenario en tierras distintas, como los capitanes de antes su bandera y sus proezas, en que hacían tan soberbiamente drama o novela, él cierra, en un momento, ese zodiacal cielo y va a hacer otra cosa.
IX
Entonces vienen las Comedias Bárbaras—que tienen únicamente, y todo relativo, algún parentesco con los poemas del olímpico francés y con las odas del poderoso italiano—. Bárbaro, en esta extensión de la palabra, es lo que en expresión, simbolismo o manera de ser, representa una mentalidad medioeval, ásperamente expresiva, invasora y gótica; popular en lo del fondo del corazón del pueblo: feudal, caballeresca, burgrave, mística, llena de conocimientos o suposiciones milenarios, y al mismo tiempo ingenua, pagana en lo mucho que de paganismo tenía la Edad Media: con el sentido de la Fatalidad que había en tiempos de pestes extrañas y fulminantes que supiera comprender un Edgar Poe; y de peregrinos con sus conchas en las caperuzas; y de leprosos que para atraer o alejar al viandante, tocaban sus esquilas en los caminos, mientras todo el orbe, desde el montículo papal, temblaba por el advenimiento de lo Extraordinario.
Como Galicia ha sido una de las regiones santuarios del mundo, tiene una infinidad de infinito flotante y de religiosidad imperante en que podía bien anclar este fundamental artista. Todo eso legendario de Compostela, todas las sendas de fe, que han ido abriendo generaciones de generaciones por siglos de siglos: todo el creer de la labriega que sabe los decires de las brujas, las apariciones particulares o numerosas; el hablar de las piedras para quien las entiende, como el de los árboles en la sombra para quien los oye; todo lo que la circunstante naturaleza tiene en esa región de España, está en la obra de Valle Inclán. Pero, y aquí viene mi cita de Shakespeare, adquiere por la virtud genial, una expansión absoluta. Y el marqués de Bradomín se irá por todas partes, sin marca de fábrica francesa o sin estampilla escandinava, y respirando con más placer y dignidad, antes que los perfumes forasteros, los del gran botafumeiro de su catedral.
X
Ahora empieza la serie de los cruzados de la causa. Novelas carlistas. No hay nada comparable sino los chouanorias de Barbey. No he visto más adorable Cervantes, sin esperar nada del palacio veneciano de Loredán y del apartamento de París. Él cree, él ve la epopeya, que lo fué, estupenda, en aquel encuentro largo de leones, de una y otra parte. Él cree, y principalmente, sabe, porque está documentado como en todo. Es esta una campaña de ideal de que no se han dado cuenta aquí. El viejo e ilustre Galdós debía haber hablado ya y decir quién viene después de él. No para dejarse devorar, como en ciertas tribus, sino para que se le respetase más.
Y conste que hoy yo amo y respeto a don Benito, casi ya lapidariamente maestro.
XI
¡Y luego, Valle Inclán es un poeta tan exquisito! ¡Su libro pequeño y lindo de versos está lleno de tan supremas cosas! A Rodó, a Lugones, a Díaz Rodríguez y a los otros compañeros más serán un regalo. Pero fíjense en los acompañamientos de gaita que van al fin de cada poemita. Es que el celta nos conquista; e irá de allí a todas partes. Solamente que, ¿qué citar? Citaré las Prosas de dos ermitaños:
En la austera quietud del monte y en la sombra de un peñascal, nido de buitres y de cuervos que el cielo cubren al volar, razonaban dos ermitaños: San Serenín y San Gundián. —San Serenín, padre maestro, tu grande saber doctoral que aconseja a papas y a reyes, ¿puede a mi alma aconsejar y un cirio de cándida cera encender en su oscuridad? —San Gundián, padre maestro, y definidor teologal, confesor de papas y reyes en toda la cristiandad, el cirio que enciende mi mano ninguna luz darte podrá. —San Serenín, padre maestro, mis ojos quieren penetrar en el abismo de la muerte, el abismo del bien o el mal, donde vuelan nuestras ánimas cuando el cuerpo al polvo se da. —San Gundián, padre maestro, ¿quien el trigo contó al granar, y del ave que va volando, dice en donde se posará, y de la piedra de la honda o de la flecha, a dónde van? —San Serenín, padre maestro, como los ríos a la mar, todas las cosas en el mundo hacen camino a su final, y el ave y la flecha y la piedra en ceniza se trocarán. —San Gundián, padre maestro, todo el saber en eso da: cuando es misterio, en el misterio ha de ser por siempre jamás, hasta que el cirio de la muerte nos alumbre en la eternidad. —San Serenín, padre maestro, esa luz que no apagarán todas las borrascas del mundo, mi aliento quisiera apagar. ¡El dolor de sentir la vida en otra vida seguirá! —San Gundián, padre maestro, mientras seas cuerpo mortal y al cielo mires, en el día la luz del sol te cegará, y en la noche las negras alas del murciélago Satanás. Callaron los dos ermitaños y se pusieron a rezar. San Serenín, como más viejo tenía abierto su misal, y en el misal la calavera abría su vacío mirar.
En ello no hay el acompañamiento musical de la región, como os he dicho, pero oid esto, que se llama «El milagro de la mañana»:
Tañía una campana en el azul cristal de la santa mañana oración campesina, que temblaba en la azul santidad matutina. Y en el viejo camino cantaba un ruiseñor, y era de luz su trino. La campana de aldea le dice con su voz al pájaro que crea. La campana aldeana en la gloria del sol era el alma cristiana. Al tocar esparcía aromas de rosal de la virgen María. Esta santa conseja la recuerda un cantar en una fabla vieja: «Campana, campaniña do Pico Sacro toca porque floreza a rosa do milagro.»
Todas las exquisitas suavidades o gestos rítmicos de Valle Inclán indican en este pequeño libro la existencia de un poeta, que, si lo quisiese, podría hacer una obra lírica y métrica, como la que va realizando de modo que no se le puede encontrar igual en Europa, Meredit, apenas, y en otro rumbo y mundo mental, sin no hacer más que aumentar la gloria del gran inglés esta opinión.
XII
¡Ah! ¡Si Valle Inclán quisiere hacer un viaje a Buenos Aires! Posiblemente será antes a Nueva York.
Los diplomáticos poetas. AMADO NERVO PRIMER SECRETARIO DE LA LEGACIÓN DE MÉJICO EN MADRID
Cuando acaba de ascender en la carrera, y el gobierno de S. M. C. acaba de condecorarle, un nuevo libro de poesías viene a demostrar que el peso del uniforme no impide el vuelo. Indico a Amado Nervo.
Ese hombre dulce, de cabeza cristiana, porta una espada decorativa. En nada se opone a la normalidad de las cosas que quien ha nacido para monje concluya sus pacíficos días en el noble y ceremonioso cargo de introductor de embajadores, y sustituyan a los ágapes conventuales los áulicos banquetes y al untoso «benedictine» el toast bien recortado.
Aunque Amado Nervo es mejicano, nada en él encontraréis de azteca. ¿Os he dicho ya que se parece a Jesucristo? Mas ahora caigo en la cuenta de que os estoy hablando del Amado Nervo que yo he conocido hace algunos años en París, y cuyo busto, plasmado por el escultor Nava, su compatriota, figuró en uno de los salones. Sí, aquel Nervo tenía ciertamente una cara israelita y un aire nazareno. El de hoy, mutilado, pues estirpó su bella barba característica y apartó su amable aire de ensueño, es el que corresponde a las atenciones del protocolo y al diario contacto con su jefe, el notario mundano y distinguido señor de Beistegui, el mismo que regaló, si no me equivoco, al Museo del Louvre, de París, una famosa colección numismática.
En París pasamos juntos días de ilusión y de alegría, pimentados con el poco de locura y capricho que los bizarros años y el medio nos exigían. Allí tuvimos ciertas relaciones extraordinarias, ciertos amigos fantásticos, entre ellos el pintor Henry de Groux, loco o genio; pero, desde luego, un tipo desconcertante; el cual nos fué presentado por otro personaje prodigioso, músico y ocultista, que tenía unas hijas encantadoras y nos leía unos alucinantes comentarios del Apocalipsis... Nervo ha hablado en alguno de sus libros, aunque someramente, de esos días incomprensibles. Nuestro contagio se extendió por el Barrio latino, adonde fuimos a perturbar la calma de unos cuantos pintores y escultores, compatriotas de Nervo y pensionados por su gobierno.
¡Oh!, en diez años, ¡cómo ha cambiado el escenario y la corriente de nuestras vidas!
Yo he admirado en Nervo siempre su amor de belleza, su culto misterioso de idealidad. El simbolismo influyó mucho en él. Después, libre su personalidad lírica, fué por todas partes en vuelo y en armonía. Tras largas complicaciones estéticas, ha llegado a uno de los puntos más difíciles y más elevados del alpinismo poético, a la planicie de la sencillez, que se encuentra entre picos muy altos y abismos muy profundos. Por todo esto, pues, sabéis ya, que Amado Nervo tiene mi amistad y mi admiración.
Desde Perlas negras, desde Místicas, obras suyas primigenias, simpaticé con su suave ideología y con su culta sentimentalidad. Oí sus misas—misas rezadas—con fraternal devoción. Y al llegar a la República Argentina tuve el placer de ser el primero en dar a conocer a mis amigos intelectuales a aquel hermano que hacía cosas muy bellas en la tierra de Moctezuma.

Desde la publicación de sus primeros libros hasta el que acaba de aparecer, En voz baja, la evolución de Nervo ha sido variada, pero siguiendo siempre un solo rumbo. Ha sido un admirable sincero y por eso mismo es un admirable poeta. Luego, tiene una individualidad. Es de esos poetas privilegiados que ponen algo inconfundible en lo que producen. Para quien conozca su obra, una poesía de Nervo no necesita la firma. Además, es un poeta aristocrático, en el sentido original de la palabra. Su música es di camera. Ha cantado casi siempre «en voz baja». Condición excepcional esta en la sonante España y en nuestras Américas españolas, donde hay cada Stentor indígena y capa hombre-orquesta que ensordecen las ágoras. Así, de la risa diríase que no se oye en la producción de este lírico. A él se le ve sonreir, y, como de su tiempo, esa sonrisa es triste. Además él nos dirá en un dístico:
El proverbio latino harta razón tenía:
«Non est magnum ingenium sine melancholia.»
El poeta verdadero vive de su propia meditación y la persecución de lo absoluto es causa de inenarrables angustias. Hay que hacerse un alma de notario o de sportsman para librarse de las malas consecuencias que traen las incursiones y exploraciones dentro del propio espíritu. La diplomacia también es bastante para el caso.
Nervo, entre sus primeros libros y el que está recién salido de la imprenta, ha convidado a los amadores de bellas flores artísticas, a la visión de muy bellos Jardines, decorados con los primores de su fantasía, y en donde cantan pájaros de encanto, exquisitas estrofas. También ha dado, en prosa, narraciones enigmáticas, entre ciencia y sueño: y ha demostrado un filosófico humor en páginas sencillas y excelentes.
Nervo está en una edad que en Francia le colocaría entre los muy jóvenes academizables; pero que en Italia le condenaría a ser devorado por los futuristas del poeta Marinetti. Es célibe. Hombre tranquilidad, de orden, con instintos de coleccionista y ciertos gustos de abad. Ha sido pronto y justamente ascendido en la carrera que hoy sigue, probando que, como decía alguien, los poetas, además de los versos, hacen tan bien, o mejor que los otros hombres, lo que éstos hacen.
Mas bueno será que os halaguen ya algunos sones del ideal instrumento que con tanto arte y sutil elegancia toca este músico singular.
En voz baja se compone de cuatro partes: la primera, que da el título a la colección: La sombra del ala, Un libro amable y Del éxodo y las flores del camino. El poeta dedica el volumen a su madre:
Madre: los muertos oyen mejor; ¡sonoridad celeste hay en su caja! A ti, pues, este libro de intimidad, de amor, de angustia y de misterio murmurado en voz baja.
A una hermana espiritual expresa su deseo de poner en su obra,
el alma triste, arcana, sutil y misteriosa que tienen los paisajes.
Hay prosas y versos, diríamos en este caso recordando a Flaubert, que quisiéramos estrechar contra nuestro corazón. Nervo no es de los incontenibles; es de los concentradores, de los de calidad. Creo que el poema de más extensión que ha escrito es La Hermana Agua. El resto de su producción se cristaliza en gemas o se diluye en reducidos elixires.
Aquí ya da una delicada nota de intimidad amorosa a una «cabecita rubia, nido de amor, rizado y sedeño»; o de otra dirá:
¡Es su faz un trasunto de ideal tan completo! ¡Son sus ojos azules de tan raro fulgor! Sella todos sus actos un divino secreto... ¡No le habléis de amor! ¡Es tan noble el prestigio de sus manos sutiles! ¡Es tan pálido el rosa de sus labios en flor! Hay en ella el misterio de los viejos marfiles... ¡No le habléis de amor! Tiene el vago embeleso de las damas de antaño, en los lienzos antiguos en que muere el color... ¡No turbéis el silencio de su espíritu huraño! ¡No le habléis de amor!
Sus intimismos no tienen relación con los de otros poetas, como Rodenbach, por ejemplo. Su Vieja llave, hecha de manera tan moderna—¡y tan antigua!—es de una gracia melancólicamente doméstica y siendo tan personal, encuentra en el lector un eco de canción conocida y de algo sentido por uno mismo. Son las reminiscencias de las casas de los primeros años, saudades de tiempos ya lejanos que con su recuerdo traen al alma una vaga y sutil ternura. Y es algo criollo, algo americano y mansamente señorial al mismo tiempo.
Esta llave cincelada que en un tiempo fué, colgada (del estrado á la cancela, de la despensa al granero) del llavero de la abuela, y en continuo repicar inundaba de rumores los vetustos corredores; esta llave cincelada, si no cierra ni abre nada, ¿para qué la he de guardar? Ya no existe el gran ropero, la gran arca se vendió; sola en un baúl de cuero, desprendida del llavero esta llave se quedó. Herrumbrosa, orinecida, como el metal de mi vida, como el hierro de mi fe, como mi querer de acero, esta llave sin llavero ¡nada es ya de lo que fué! Me parece un amuleto sin virtud y sin respeto; nada abre, no resuena... ¡Me parece un alma en pena! Pobre llave sin fortuna ... y sin dientes, como una vieja boca, si en mi hogar ya no cierras ni abres nada, pobre llave desdentada, ¿para qué te he de guardar? Sin embargo, tú sabías de las glorias de otros días: del mantón de seda fina que nos trajo de la China la gallarda, la ligera española nao fiera. Tú sabías de tibores donde pájaros y flores confundían sus colores; tú de lacas, de marfiles y de perfumes sutiles de otros tiempos, tu cautela conservaba la canela, el cacao, la vainilla, la suave mantequilla, los grandes quesos frescales y la miel de los panales, tentación del paladar; mas si hoy, abandonada, ya no cierras ni abres nada, pobre llave desdentada, ¿para que te he de guardar? Tu torcida arquitectura es la misma del portal de mi antigua casa oscura (¡que en un día de premura fué preciso vender mal!) Es la misma de la ufana y luminosa ventana donde Ines mi prima y yo nos dijimos tantas cosas, en las tardes misteriosas del buen tiempo que pasó. Me recuerdas mi morada, me retratas mi solar, mas si hoy, abandonada, ya no cierras ni abres nada, pobre llave desdentada, ¿para qué te he de guardar?
Esto es delicioso, sencillo y fino. No puede haber expresión más transparente y simple. De más decir que al autor de tales versos se le señala y clasifica entre los llamados modernistas.
En Hojeando estampas viejas el lírico tiene la imprecisa sensación de una vida anterior, heroica y amorosa. En Ruego pide a un âme soeur, como dicen los franceses, piedad y suavidad: en Til qu'en songe becqueriza a su modo.
Expresa extraños sentires que le hacen dudar de si aun existe en este mundo. O recuerdos indefinidos:
Es un vago recuerdo que me entristece y que luego en la noche desaparece; y que surge de un ignoto pasado, que viene de muy lejos y como muy cansado; que llega de las sombras de indefinido; un recuerdo de algo muy bello que se ha ido hace ya muchos siglos, ¡hace... como mil años! ¡Y tantas desesperanzas!
Los alegres compadres protestan y se escandalizan. Es demasiada tristeza... ¿Qué les pasa a los poetas jóvenes de hoy, a los de la pasada y de la actual generación? ¿No hay cosas risueñas que contar?
Y los inenarrables de siempre.—¡Cómo! ¡Un poeta americano que sigue las huellas de tales o cuales desconsolados europeos! ¿Y vuestros ríos que parecen mares? ¿Y vuestros bosques, y vuestros lagos, y la fecunda zona que el sol enamorado circunscribe? ¿Y los libertadores? ¿Y el oprobioso yugo y el león de España? ¿Y la virtud de vuestras matronas? ¿Y la Patria, por fin? ¿Y la Patria?
Muchas más interrogaciones hay que dejan estupefactos a los cisnes, bajo la sombra, no siquiera de Bonhomet, sino del convencido e inmortal farmacéutico. No, dicen los buenos gustadores, no hagamos caso de esas preguntas. En este bello breviario, una desolada y encanecida Bella del bosque durmiente, dice lo irreparable. Hay «languideza» en versos fatigados. ¿Quién dirá que no es hermosamente valiente y castizo ese romance que empieza:
Clavó su castillo el conde en la roca más hostil del monte...;
¿Y que no hay remembranzas de la pasada pasión, y cosas que habrían complacido a René y a Olimpio? ¡Un romántico! Sí. Nervo es un romántico. Un romántico del siglo XX. Esto no sienta mal, porque ya sabéis la opinión de Stendhal sobre el particular. Él se declaró romántico. Y, además, era cónsul.
Saludemos, pues, a la señorita a quien en ese libro se le expresa:
Angélica y Oriana; Melisandra y Cordelia, Margarita y Ofelia te llamarán hermana.
A lo cual agrega el poeta fatal haciéndose el viejo:—¡No tanto, amigo mío, no tanto!
¡Oh! ¡que no pueda yo, señora mía, aguardar que el botón se vuelva rosa, embotando del tiempo que me acosa la tiranía!
Toda esa nonchalance impera en la primera parte del volumen. Cánticos discretos, breves en su mayor parte, a la sordina, «en voz baja».
«La sombra del ala» debía estar bajo la invocación de Montaigne. Es un conjunto de variaciones sobre el «Que-sais-je?» eterno.
... Pero dí, ¿qué esfuerzo cabe en un alma sin bandera, que lleva por donde quiera su torturador? ¡quién sabe! · · · · · · · · · · · · · · · · ¡Oh padre de los vivos! ¿a dónde van los muertos, a dónde van los muertos, Señor, a dónde van? · · · · · · · · · · · · · · · · ¡Oh, buena hada! ¿tendrá Dios piedad de nosotros? · · · · · · · · · · · · · · · ·
Mas, ya todos sabemos que el poeta puede cambiar con el instante, siendo su sucesión de impresiones y sensaciones a veces tan variadas como la naturaleza misma. De este modo, no causa extrañeza el paso de algunas horas sonrientes y de algunos momentos optimistas. Aprobad, pues, que por éstas, por aquellas razones diga el cantor en veces ¡está bien! Y pues llega «papá Enero», estos versos:
Papá Enero, que tienes tratos con los hielos y con las nieves (y que sin embargo remueves el celo ardiente de los gatos), Guarda en tu frío protector el cuerpo y el ánima en flor de mi niña de ojos azules (en cuyas ropas y baúles hay castidades de alcanfor). Mantén sus ímpetus, esclavos, mantén heladas sus entrañas, (como los fjords escandinavos en su anfiteatro de montañas). ¡Pon en su frente de azahares y en su mirar hondo y divino, remotos brillos estelares, quietud augusta de glaciares y claridad de lago alpino!
Él vive la vida europea. Mas de pronto le asaltan los recuerdos de su tierra. Madrigaliza a una niña de dieciséis años. A su amigo el ex embajador Casasús, noble poeta, escríbele clásicamente:
Libio, yo estoy prendado de tal modo de la naturaleza peregrina, que ansiando en mi amor loarlo todo, le grito ¡bis! al ruiseñor que trina, ¡olé a la onda que cuajó en espuma, y ¡hurra! al sol que calienta y que ilumina. ¡Gracias! digo al clavel que me perfuma o al lirio que brotó bajo mi planta, y ¡bravo! a la oropéndola que empluma.
Y rima otras galanas palabras y casa otras lindas ideas, con una innegable maestría.
«El éxodo y las flores del camino» es la parte de verso de un libro en verso y prosa publicado con ese título. Es un corto reisebilder. Notas de viaje, líricamente expuestas y rimadas, es su Parcours du rêve au souvenir; ¡pero bastante lejos de Montesquiou-Fézensac!—Irlanda, Londres, Bretaña; y París, y mujeres, y artistas; y otra vez París, y Flandes; y Lucerna, y Bohemia; e Italia y París; y mujeres; y arte; ¡y París y París!

¿Te acuerdas, mi querido colega, de aquella joven parisiense que en una comida de amigos, en su casa, te cantó unos versos hechos por ella, tan triste y tan dulcemente, versos de adiós? ¿Y que poco tiempo después se murió?... Aquella era una de tantas ilusiones de París. Ahora me he acordado de ella.
La literatura en Centro América. EL POETA DE COSTA RICA
Costa Rica tiene el espíritu más ordenado y pacífico de todas las cinco repúblicas de la América Central; Costa Rica tiene sangre gallega; Costa Rica tiene un notable diplomático en Europa que se llama el conde de Peralta; Costa Rica tiene el mejor teatro de aquellas regiones; Costa Rica tiene la corte suprema de justicia centroamericana en la ciudad de Cartago, y un edificio que le regala Carnegie; Costa Rica tiene un tranquilo pueblo de agricultores, y Costa Rica tiene un poeta. Tiene, es verdad, otros poetas, pero «su» poeta, el poeta nacional, el poeta regional, el poeta familiar se llama Aquileo J. Echeverría. Este poeta ha sido empleado público, militar, diplomático, periodista. Yo le he conocido hace ya muchos años, cuando era ayudante del presidente Cárdenas, de Nicaragua. En Wáshington, donde perteneció a la Legación de su país, fué íntimo amigo de un distinguido argentino, el señor Attwell. Ha gustado siempre de la vida social y no ha andado muchas veces lejos de la vida del país de Bohemia. Su indestructible pasión fueron las amables musas. Después de errar en varias repúblicas centroamericanas, retornó a su país y se casó, y, como en los cuentos, tuvo muchos hijos. Su carácter, siempre jovial, siempre alegre, se opuso a los persistentes golpes de la mala suerte. Sus dones intelectuales se fueron aquilatando con los años, pero el hada Carabosse que, como es costumbre había aparecido ante su cuna en los instantes en que otras hadas buenas le dotaban con muchas cosas buenas, le hizo el poco grato obsequio de la mala salud. Y he aquí por qué, cuando escribo estas líneas, se encuentra el poeta de Costa Rica en un Sanatorio de Barcelona. Ha venido a Europa por una disposición especial del Congreso de su país, en la cual, como sucede siempre en esos casos, se hace saber oficialmente y sin eufemismos, que es poeta y que es pobre. Desde su lecho de enfermo, prepara en la ciudad Condal una nueva edición de sus versos el sentimental e ingenioso autor de Concherías.

¿Qué significa la palabra conchería? El distinguido escritor costarriqueño, señor Brenes Mesén, nos lo explicará: «Aunque la palabra «conchería» es bien inteligible para los nacionales, no estará demás indicar que en Costa Rica, de unos ocho años para acá, se llama «concho» al campesino, al aldeano. Por lo tanto, una conchería es una acción, o una expresión propia de un campesino». Habla el poeta la lengua de los hombres rurales de su tierra. Una ráfaga del aire que acarició las melenas de Martín Fierro o de Santos Vega ha pasado por allá. El canto brota del terruño como las flores y frutos autóctonos. Demás decir que Echeverría no ha tenido nada que ver con princesas propias o ajenas; no ha contribuído a hacer odioso el alejandrino, no ha tenido jamás ningún rastacuerismo lírico, ni se cree un pistonudo genio. Tiene—¡ah, tener eso todavía, Dios mío!—tiene un corazón. Un corazón armonioso, sensible y lleno de alegría y de ternura. Ha sufrido las terribleces de la escasez y está padeciendo las amarguras de la enfermedad y, sin embargo, no hay en él un solo instante de pesimismo y, como buen pájaro natural, dice su decir rítmico celebrando las cosas lindas de la vida y despertando la sonrisa en los labios de los que escuchan su música jovial.
En pocas palabras sintetiza su valor uno de sus amigos, Antonio Zambrana: «No padeciendo o afectando enfermedades forasteras, no enclenque y canija, no vistiendo trapos de París manchados de vino, sino fresca y colorada, la musa de Aquileo nació en Cot, o en Barba; sobre eso puede haber disputa, y es muchacha alegre, honrada, si ligera de lengua, de muchas libras de peso. Aquí tienes, amigo lector, algo, no sólo de la raza, sino de la tierra, algo genuino, espontáneo y sin careta, hombre que a otros no les empresta la lira, contentándose a veces, para su música, con una flauta de caña hueca, pero hecha por él del material de nuestros bosques. Imaginación traviesa, pero que sabe ponerse seria si conviene; ingenio peregrino, verbo sonoro y abundante, hay uvas de lo mejor de Andalucía y naranjas de aquí, con semilla de Valencia, en el plato que te presento; regala tu paladar y sé agradecido». Sí puro, espontáneo; ciertamente, conténtase a veces para su música con una flauta de caña hueca hecha por él del material de nuestros bosques. Pan hacía lo mismo, dirá él. Su verso es bien modulado, y aunque diga cosas de la patria nativa, demuestra su descendencia clásica, la fuente original de donde ha fluído el admirable y bien sonante romancero castellano.
Echeverría habla bien su lengua patriótica. Para Rafael Obligado sería el numen de Aquileo simpático como su apellido. Y yo aprovecho la ocasión para declarar cuánto me encantan los poetas que, como el árbol de su floresta, dan la flor propia. Mi vida errante explicaría mi cosmopolitismo de antaño y mi exotismo el ansia de lo deseado.
Otro escritor, compatriota de Echeverría, dice: «Quien conozca nuestro pueblo y su lenguaje expresivo y sencillo; quien haya vivido nuestra vida y fortalecido el cuerpo enfermo con las emanaciones suaves de esta tierra; quien haya puesto su alma en contacto con esta naturaleza soberbiamente prolífica, tranquila y bella, no dejará de leer con amor los versos de este libro, porque de todos se desprende el vaho fortificante de nuestro suelo». Así ha sucedido, pues ningún otro poeta en Costa Rica tiene, como él, ni tantos lectores, ni tantos afectos conquistados.

Yo conozco la tierra de Echeverría. Los campos son fecundos y risueños. Si en las costas quema la furia solar del trópico, en el interior el clima es fresco y la vida apacible. Los campesinos tienen casi todos tipos europeos. En montes y campañas podréis hallar incultas bellezas, de hermosos rostros y voluptuosos cuerpos. Si he visto en San José, la capital, damas incomparables y mozas de la cofradía del diablo que en París hubieran sido unas bellas Oteros, pude admirar en mis excursiones mujeres e hijas de agricultores y carreteros, el rosado pie descalzo y la cabellera al aire, y para galantear a las cuales habría yo solicitado de mi amigo Aquileo algunas de sus gratas concherías. ¡Su musa lo sabe decir con tanta gracia y donaire! Su musa: hela aquí tal como él la pinta.
Mi musa es joven y ardiente, morena, de erguido seno, boca sensual y más roja que las bayas del cafeto; blanca y firme dentadura, que es albo nido de besos; ojos grandes y expresivos, dulces, brillantes, serenos. Una espalda tentadora, mórbida como su cuello, unos brazos que si abrazan es difícil salir de ellos. Corre por su cuerpo criollo la roja sangre del pueblo, fresas fingiendo en su boca, rosas en su cutis terso y en la gloria de sus ojos cálido fulgor de incendio. Canta a mi patria adorada, canta a mi ubérrimo suelo, a mis floridos rosales, a mis frondosos cafetos, al mozo fuerte y honrado, alegre, bueno y sincero, a la moza de alma blanda y de durísimo seno, a nuestras altas montañas, a nuestros valles risueños, a nuestra tierra fecunda, a nuestro límpido cielo. Que no brinda en copa de oro, sino en los cálices bellos que le ofrecen los claveles, ya de nieve, ya de fuego, que embalsaman con su aroma mi apacible y caro huerto.
Desde luego, no estamos aún escuchando la parla de los conchos.
Ese romance revela su origen castizo y suena a España. Lo propio que cuando dice sentires de hogar y casa paterna, o cuando planta un tipo netamente popular costarriqueño al modo con que los maestros españoles nos han dejado la figura de los jaques andaluces o de los chulos madrileños. ¿Qué deciros si hasta, de pronto, aparece el recuerdo del sencillo helenismo de aquel honesto don Juan Meléndez Valdés?
Es Clori, la esposa del Céfiro amante...
Ni las anacreónticas ni los romancillos son del poeta que he querido hoy celebrar, sino las gallardas, las nativas, las sabrosas concherías, en las que se encuentran, según las palabras del ya citado señor Brenes Mesén, «aliento fresco de los montes, respiración sana de terneras al levantarse la aurora, risas del campo cortando la tranquilidad de las horas...» Los usos y las costumbres del buen pueblo de Costa Rica, sus preocupaciones y sus supersticiones, algunas heredadas de los tiempos coloniales, sus maneras de divertirse, de enamorar, de pelear, sus duelos y sus negocios, todo dicho con sus provincialismos, con sus giros antigramaticales, pero semejantes a los de algunas regiones de España, todo ello se encuentra en los versos de Echeverría. El señor Brenes Mesén considera eso de importancia para los filólogos extranjeros. «No se le da bien disecado en su diccionario, sino viviente, tibio, como si se tomase de los labios mismos del pueblo». La transcripción se ajusta, tanto como es posible, para no chocar demasiado con los hábitos existentes a la verdadera pronunciación popular. Allí está justamente su importancia. Las palabras que los gramáticos han condenado como impropias, son, con frecuencia, arcaísmos, y en todo caso se nos ofrece la oportunidad de ver que las leyes fonéticas que presidieron a la formación de la lengua castellana, siguen ejercitando su influencia a través de la distancia y los siglos.
Si desde la época anticlásica vemos que la r final de los infinitivos se asimila a la l delante de los subfijos, y así lo observamos en Concherías, necesario será concluir que la vida de nuestra lengua posee una pujanza extraordinaria, y que allí donde se encuentra la libertad de hacerlo, se desarrolla tan fuerte como en los primeros años de su aparición en la Península ibérica. Entre vocales, la síncopa de la d fué ley constante, y así subsiste en nuestro lenguaje popular, que la suprime indefectiblemente en los participios de la primera conjugación. La elisión de la o y de la e delante de palabras que principian por vocal, también la observaron los castellanos y es ley dominante en la lengua «tica» y americana en general. Ticos se llama en Centro América a los habitantes de Costa Rica. Desde luego, demás está decir que para comprender algunas de las poesías de Echeverría se necesita un vocabulario especial, como sucede en casos semejantes, así sea un soneto de Pascarella, un Poema de Jehan Rictus, una página de Bill Nay o de Fray Mocho.
Veamos algunos ejemplos. Transcribiré el romance titulado Un hermano:
Bajo un mango corpulento, y tendidos en la yerba, junto a los bueyes que echados perezosamente cenan, están varios carreteros alrededor de una hoguera, que olla de hierro corona montada sobre unas piedras, y dentro la cual retozan en el caldo que espumea, ya las papas esponjadas, ya el dominico de seda, la blanca yuca de nieve, la carne de rojas hebras; el tiquisque delicado asoma su faz morena, o se presenta el avote en forma de barquichuela y con la cara encendida, que está muerto de vergüenza por ser primo del zapallo, que es la verdura más fea; el chavote su espinosa y verde capota ostenta, entre raíces y ñames, camotes y berenjenas. De cuando en cuando se asoman algunas palabra feas, es decir, que varios ajos suelen sacar la cabeza, y todo ello confundido en una igualdad perfecta, en que todo sabe a todo y huele de igual manera: especie de democracia que sus doctrinas condensa dentro la olla de fierro que sobre robustas piedras al beso de alegres llamas canta, llora y burbujea, vigilada por los mozos que de bruces en la yerba aguardan pacientemente que se cocine la cena. Algunas tortillas fiambres que han adquirido dureza junto a los tres tinamastes que hacen escolta a la hoguera, son retiradas, pues Marcos dice que le olen a buenas, y «quel pel» está seguro que está cocida la cena. Con dos sacos de gangoche quitan la olla y se la llevan a la orilla de un arroyo que corre por allí cerca. Después arriman los yugos y muy alegres se sientan: dan dos besos cariñosos a sus chulas, las botellas, que en el amplio vientre guardan el contrabando, o el «nétar», con que el Supremo Gobierno explota al par que envenena. —Échate un cuento, Milquiades. —O una historia verdadera. —Que les cuente Sinforoso lo que le pasó en Atenas, —¡Que lo cuente! —¡Sí! ¡Contalo! —Miren qué cosa tan fea. Hará tres años descasos que me hablaron en Heredia pa ver si jalaba un flete pal puerto de Puntarenas. Yo puse mis condiciones, y después de algunas negas entre si tanto, sin cuanto, convenimos en lo quiera. Ya esos güeyes eran míos, pero no tenía carreta. Los Arias me consiguieron lo que fué de Chico Cerdas. Salimos como a las doce, sestiamos en Alajuela; al llegar a Los Horcones ya estaba la luna puesta, y resolvimos quedalos pa que los güeyes comieran. —Muchachos—dijo Damián— mientras se cuece la sena ¿por qué no v'alguno atrese un trago de guaro Atenas? —Yo voy, le dije. —Está bueno. —Treme un diacuatro de breba. —A mí dos riales de puros. —Pa yo una vara de mecha.— Me puse la alforja al hombro y descolgué una linterna, y me tercié a la cintura por si acaso, la cruceta. Después de dale a los caites entré por último a Atenas, merqué todos los encargos; y viniendo ya de vuelta, comencé a sentir un tufo como a la moda de mecha; un tufo que no cesaba por más y más que anduviera. Me entró cierto recelillo; pero voltié la cabeza y nada vi, sólo el humo que dejaba la linterna. De pronto se oyó un chirrido, me puse a parar la oreja, y vide que en el camino sola andaba una carreta, sin ninguno que la guiara, y sin güeyes ni compuertas; y en el centro, en un atául, el cuerpo de Chico Cerdas. Eché mano a la cutacha y me amparé de la cerca, ise como cuatro cruces, por supuesto con l'izquierda. —«Hermano—me dijo Chico— yo debo algunas promesas...» A mí se me jué el resuello, me se aflojaron las piernas, me sucedió una desgracia, me se adormeció la lengua. Me encomendó a las tres Dulces y a la virgen Margalena, y le dije como pude: —«¡Decí... lo... que... te... se... ofrezca!» Se sentó dentro el atául (caramba que pestilencia, iedor a recién casada, o como a letrina vieja, o como a güevos podridos, o como a nido de perra). —«Le debo—dijo el difunto, después de hacer unas muecas— le debo a Concho Paniagua tres pesos de una rialera, a «mano» Froilán, seis reales; a San Roque, una novena; a Chico Antillón, dos pesos, de un muerto que alcé en su mesa. Deciles a las muchachas que a vos te doy la ternera, y el armario con el baúl, y mi cama y mi cruceta.» Después se despareció el fantasma y la carreta. A yo me hallaron trabao a la orilla de la cerca. Estuve dundo de viaje más de una semana entera; iba a andar y no podía, iba a explicarme y la mesma, hasta que mano Froilano me aconsejó que me juera a contale al Padre Chico ce por be la contingencia; me llevaron, le conté, y se puso hecho una fiera; sólo le faltó mentame la mama dentro la iglesia; me puso como un petate. Enainiticas me pega y me llamó fariseo, mentiroso y poca pena; ¡pero, hombre! al rato ya estaba sano de pieses y lengua. —¡Ese jué milagro grande! —¡Un milagro de de veras! —¿Y los puros? —¡Pero ni uno! —¿Y la cusasa? —¡Ni señas! —¿Se la atoyaría el dijunto? —¡Puede ser que asina juera! —¡Ja! ¡ja! ¡ja! —¿De que te ríes?... —Estoy pensando en la mecha. ¿La mecha sí pareció?... —¡Sin que le faltara una hebra! —¿Pa qué te la dejaría? —Yo me figuro que juera pa enrollásela en el güecho ¡a la sonta de tu abuela!
¿Decidme si en lo que comprendéis de esta relación y de esos diálogos, al lado de algún baturro, gallego o andaluz, no percibís la taimadez y la picardía gauchescas, que el argentino Álvarez y otros han hecho perdurar aun después de la casi desaparición del gaucho? Hay otras poesías de Aquileo Echeverría en que eso se demuestra más claramente, y ello podrá comprobarlo quien lea su ameno libro.
Yo debo declarar que si en sus poesías de sentimiento me conmueve tanto como el murciano Vicente Medina—a quien tan admirablemente ha seguido una poetisa, también de Costa Rica, cuyo nombre no recuerdo en estos momentos—en los cuentos y descripciones criollas, aun en los que casi se dirían trabajos de folk-lorista, me perfuma y melifica el humor, me brinda el impagable regalo de la risa, de la honradez literaria, después de soportar tanta imitación desatentada, tanto pseudo modernismo, tanta farsa intelectual como los que han invadido la literatura española e hispanoamericana al amparo de la libertad del Arte y de la sinceridad y noble entusiasmo de los iniciadores.
O poesía asturiana.
Los poetas de Asturias, esto es, los poetas que escriben en asturiano y los que escriben o escribieron en castellano, son poetas castellanos o españoles. Los dialectales hablan la lengua del terruño, expresan el alma popular, tienen un noble abolengo que se arraiga en un recóndito pasado. Tal pensaba leyendo, en la playa cantábrica, la antología de Caveda y Canella Secades, y en algunos periódicos locales, poesías de los poetas que cantan ahora.
Es el lenguaje armonioso y sonoro como la antigua fabla, con la cual tiene más que semejanzas. No sin razón la tenía en tanto precio aquel gran asturiano que se llamó don Gaspar Melchor de Jovellanos, que escribió una notable instrucción para la formación de un Diccionario bable, que puede leerse en la colección de sus obras, publicadas e inéditas, de la biblioteca de Rivadeneyra.
En la antología que he citado hay poesías de autores de pasados tiempos y cantares anónimos, de esos que en todas partes brotan del corazón popular y circulan de boca en boca, sin que se sepa quién los compuso.
Don Antonio González Reguera fué un discreto y muy gracioso rimador de Asturias, que nació a principios del siglo XVII, y del cual se conservan algunas producciones. El romance que trata del pleito entre Oviedo y Mérida sobre la posesión de las cenizas de Santa Eulalia, es muy gentil y de un sabor de época verdaderamente propio. Es la poesía más en dialecto asturiano que se conoce:
Cuando ensamen les abeyes y posen de flor en flor, si les escurren s'espanten vanse y non facen llabor, dexando el caxello vieyo pa buscar otro meyor. Sant'Olalla fó l'abeya que de Mérida ensamó, enfadada q'adorasen les fegures de llatón. Entoncies el rey don Gil andaba en guerra feroz con los moros que quería encabezase en Lleón. Permitiólo aquesta santa que les victories i dió, matanza faciendo vi ellos fasta q'en Mérida entró. Llegó al pueblo d'esta ñeña que temblaba de pavor, y esconfiaba de so cutre solliviada de temor. Cutieron los santos güesos viendo que s'arrodiyó; si estovieren más carnudos saldrín fei acatación. Trúxoles el rey piadosu, de llacería los sacó, y metiólos per Uviedo con gaites e procesión. Mérida diz que i tornen esta prenda que i faltó; diga ella que quier ise y aun con eso... quiera Dios. Si quieren que la llarguemos páguennos la devoción ansí de los que finaron como de los q'ora son. Díguenlo al Santo Sudario ver quiciás si da razón, pos non tien utro cuidado el Señor San Salvador. ¿Quián ora i lo mandará? bien s'echa de ver que nos: si nos lleven esta santa no hay más d'arrimar la foz. Dirán ellos:—«Morrió acá»; diremos nos:—«Non morrió, q'está viva par'Asturies, si está muerta para vos». Y aunque la lleven, m'obligo que se torna per ú fó, porque dexa conocidos y gran comunicación. Si por amor d'esta santa Extremadura llibró el Principado heredero puede ir tomar posesión. Ella está muy bien acá, l'otro vaya per ú fó, porque están de nuestro llado l'obispo y gobernador. Nosotros los de Capote, cual con un ral, cual con dos seguiremos iste pleito fasta llevalo ente Dios.
Es la antigua voz de este pueblo. Supongo que la habréis comprendido los que podéis leer a Berceo y a Segura; si no, vaya en obsequio a los asturianos del Río de la Plata que me leen.
Del mismo autor de ese romance se conservan algunas composiciones de asuntos clásicos, hechas de manera burlesca, como fué uso entre ciertos humanistas de buen humor.
Así Dido y Eneas y Hero y Leandro. Solamente que algunos copiantes desfiguraron los versos originales, según dice el canónigo Posada, «ora por los que no entienden el bable, o ya por escrupulosos y timoratos, que los castraron de palabras y expresiones menos decentes y sustituyeron en su lugar otras y hasta octavas enteras». Temblemos pensando en cómo hubiera quedado la obra del Arcipreste de Hita si otros copiantes le aplican semejante castración. No obstante, en lo que queda de González Reguera, las sales y picantes no faltan. Así en Hero y Leandro hay octavas como ésta:
Mató ansí cinco toros y acabóse la fiesta sin facer seña nenguna. Baxó la ñeña y el galán posóse, y acompañóla por probar fortuna; yo pienso q'ella, p'hácia sí folgóse de bella cavo si, que no hay delguna si quier bien, q'a les dures o apretades, non i ximielguen lluigo les corades.
Hay un don Francisco Bernaldo de Quirós y Benavides, de quien se tienen pocos datos biográficos, pero del cual se sabe que «perteneció a la noble Casa de Quirós después que don Francisco Bernaldo de Quirós, décimoquinto descendiente del fundador, casó con doña Jerónima Bernaldo de Quirós y Benavides, llevando los sucesores desde entonces este último apellido a continuación del de Quirós». Del don Francisco poeta es un romance que califican los antólogos de «precioso romance jocoserio, acabado modelo descriptivo, donde compiten a porfía el fácil poeta y el consumado jinete». Vale decir que nos las habremos con un antiguo sportsman:
Señor don Pedro Solís, el que tien e'nes corades un macón de sacaberes y un camberu d'allacranes; el de Mayuelu con zunes, si non quier que i lo llame pieza de Baldeburón que sal bien, pero ye tarde; alferi mayor d'Ubiedo q'anque pese a quien pesare, puede meterse a conceyu sin quitar les sos polaines. Sepia so mercé q'agora que han de fer en todes partes al mayorazu d'Asturies xuramentos prencipales, se m'ofrez el pronponei un truecu para que saque un bon rocín ne los díes que ñarbole l'estandarte.
Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este buen suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que hablan su viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra que hay que saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes que vienen a merendar al amor del azul y de la marina espuma. No os hablaré, pues, sino de paso, de los viejos cantores, como cierto impagable don Antonio Baldivares y Argüelles, festivo—¡todos festivos!—y de quien se cuenta que fué «de carácter alegre, jovialísimo y propenso a bromas y ejercicios divertidos, demostrando un buen humor que no abandonó hasta los últimos momentos». O del latinista don Bruno Fernández Cepeda, también regocijado, con todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice en uno de sus romances:
Entra el potrumedicatu con sos paxes y corchetes, y, echándose sobre min com'unes utres famientes, desalforxando sos chismes entre dimes y diretes, me esfarrapen a sangríes, me destocinen a friegues, me chamusquen con ventoses, con baños me despelleyen, con xiringanzos m'esfonden, con supedanios me tueyen, con agües me desbauticen, con untures me esfelpeyen, con emplastos me taracen, con gataplasmes me afrellen, con parches me destapinen, con cantárigues me esfuellen.
O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y la cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos, en fin, como el autor del poema La Judith, o los de tantos cantares como éstos:
En Candas hay bones moces, en Avilés la flor d'elles, en Luanco mielgues curades y en Xixón paraxismeres.
Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas partes:
Ay, Maruxiña, la barriga duelte; por so les faldes coxiste la muerte. Ay, Maruxiña, tu fusti a los figos, fusti muy tardi y ya estaban coídos. Ay, Maruxiña, tu fusti a los prumos, fusti tempranu, no estaben maduros. Ay, Maruxiña, del pie delicau, ¿quién te mandó reblincar en mío'prau?
Y algunos de muy ingenua y práctica filosofía popular:
Quixe casame contigo, y eché lleña en to portal, dácame acá la mió lleña, que non me quiero casar. El que sabe como files y cómo quiés tú coser, primero va pa'l'hespicin que te escuya por muyer. El cura del mió lugar ye prontu pa recibir y muy tardío pa dar.
Actualmente hay varios tocadores de lira que lo hacen con bastante bizarría y donaire, tales Bernardo Acevedo, y un cierto Marcos del Forniello, y, sobre todo, un famoso Pepín Quevedo, orgullo de estos contornos. Todos ellos sostienen las tradicionales maneras de humorismo y de gracia, y Pepín Quevedo—apellido obliga—es el aeda representativo de tan envidiable ecuanimidad. De él hace un su colega el más halagador retrato en unos versos que, entre otras cosas, dicen:
Como amigo, y'un amigo sin trastienda ni trasiego; com'home, pa la muyer, dulce como'l carambelo; como padre, y'un padrazo que reblinca co los neños; y como poeta'n bable... ¡Contra! ¡Me valga San Pedro! ¡me caso'n Xudas, recongrio! non y'un home, y'un xilguero!
Y como habrá que citaros algo de Pepín Quevedo que garantice la fama de su buen humor y de sus sales poéticas, he aquí algunos de los que él llama Cantares estropiaos.
«Al pie de un árbol sin fruto me puse a considerar.» Que le home que sal borrico non lo puede remediar. «A la luna pregunté si era pura la que amaba»... La lluna, naturalmente, non arrespondió palabra. «Por San Juan hizo un año que te quería»... Triste cascabelera, conque ahora... infla. «Los pajarillos y yo nos levantamos a un tiempo»... Ellos a comeme'l trigo, yo a trabayar com'un negro.
Y vayan todas estas cosas, como he dicho antes, para los asturianos del Río de la Plata, que encontrarán en ellas el eco de su Cantábrico, la sonrisa de sus hermosas mujeres y el perfume del oro claro e hirviente de la sidra.
Prólogo que es página de vida.
I
Estas líneas, que sirven de prólogo a la producción literaria del doctor Luis H. Debayle, puede decirse que constituyen una página de mi vida. O más bien dos páginas: una de primavera y otra de otoño, ambas perfumadas por nuestras esencias de Nicaragua, de flores de jardines domésticos, rosas, azucenas, «mapolas» u orquídeas del bosque intrincado.
Pues mi conocimiento con este querido sabio armonioso viene desde la infancia, allá en la centroamericana ciudad de León. Allí tenía yo un primo que reunía en fiestas dominicales a niños amigos, entre los cuales Debayle y yo. ¡Oh la casa de mi tía Rita, en que la fatalidad se descargó un día!—¿justa o injustamente? ¡Dios lo sabe!—, y aquellos bailes de adolescentes, al son del piano, y los cuales solía perturbar, regocijar o asustar la aparición de dos enanos velazquinos que mi tía albergaba en su casa... Exactamente como en el Museo del Prado y como en la Historia.
Alegremente seriecitos nuestros bailes—trece, catorce, quince años el que más de nosotros—. Mi primo tenía «haciendas» de ganado y de caña de azúcar y su padre era cónsul. Otros eran hijos de médicos, de abogados, de gente excelente del Municipio. Luis Debayle presentaba muchas ventajas: tenía un bello tipo, era francés, y su padre, cuyos ojos azules reflejaban empresas de Lally-Tollendal y la Compañía de Indias, que habrían deleitado a Francis Jammes, hacía cargar en los puertos que dejaron los viejos españoles bergantines con la bandera de Francia, que traían a Europa maderas olorosas y de tinte, rojas como el Brasil y amarillas como la mora. Pero entre todos los adolescentes que danzábamos mazurcas y polcas con las niñas, era yo el que hacía versos. Ello me creaba la extraña, pero innegable superioridad que tienen el arzobispo, el ruiseñor, el torero y el pavo real. Como me comprenden ellos bien, ni el arzobispo ni el ruiseñor tomarán a mal lo promiscuo. Ya se entenderá que yo, que veía en Luis Debayle el hijo de un realizador de ensueños que había sorprendido en tal cual almanaque, y él, que me confiara desde luego su amor a la música, hiciésemos en seguida una gentil unión de cariño. En casa de Debayle, a poco tiempo de nuestra primera intimidad, bajo la complacencia maternal, fraternizábamos furiosamente en el acordeón. Por lo que a mí toca, hoc era in votis, y he aquí por qué aun estoy y estaré siempre enredado entre los profusos y dificultosos para la marcha en el mundo de laureles apolíneos.
II
Fué, pues, Luis Debayle uno de mis primeros compañeros de armonía. Así en acordeón, cielo azul, u órgano en la iglesia de la Recolección, de los jesuítas. O en San Ramón, donde tanto él como yo y tantos otros ostentamos en el pecho la cinta azul y la medalla de oro de los congregantes:
Oh María, madre mía, dulce encanto del mortal...
dirigidos y acariciados por un padre Tortolini, anciano, un padre Valenzuela, poeta de Colombia, un padre Koning, sabio astrónomo, un padre Juinguito, hoy obispo de Panamá... Y lo que he perdido en el recuerdo...
Hay muchas lagunas en este largo poema de tiempo en donde cantan tantas elegías... Mas es el caso que Luis Debayle y yo simpatizábamos en el amor de la lira y que ya él empezó a quererme como un hermano y yo a corresponderle de igual manera. Hasta donde me era posible, ¡helas!, pues el primero, que tenía haciendas y bufones le quería también como un hermano, y a pesar de mi ventaja poética, la competencia no era posible. Solamente la gran Hoz pone todo en su punto de justicia.
La verdad es que, poco tiempo después, yo me eclipsé, o más bien no aparecí literariamente, pues las odas y las cantatas de los padres hacían otros privilegiados, entre los cuales ese buen talento tan práctico y tan literario y tan sentimental de Román Mayorga Rivas que, comprendedor de su tiempo y de su misión, es hoy director del primer diario a la yanqui de la República del Salvador. ¡Y todavía Francis Jammes!
Entre estas memorias, que yo pongo aquí:
(Este ramo de ciprés para Mercedes, y este otro ramo de ciprés, con una rosa blanca, para Narcisa.)
III
Aquí no debía faltar que yo hablase de don Juan Pallais, uno de los tíos Pallais, de Luis de Bayle, hermano de su madre, afianzándose así el predominio de la sangre francesa. Y mi gratitud debe expresarse en memoria de quien fuera mi iniciador en la guía gala y la golosina, siendo como era aquel buen caballero gourmand gourmet. Y qué capítulo por escribir el de la cocina nicaragüense, que viene de seguro de aquellos platos profusos y maravillosos que se hacía servir el emperador mejicano Moctezuma y de los que hablan Cortés, Gomara y Bernal Díaz.
Mas llega el instante en que, en revistas ínfimas y precarias, en un medio primitivo, los jovencitos tentados por el demonio literario que era entonces ángel jesuíta, diéramos al viento sendas silvas a la clásica, naturalmente dirigidas al Mar, al Sol o la Virgen María. Y Luis Debayle realizó entonces tales o cuales lanzamientos líricos, más o menos divino Herrera o humano Alberto de Lista, que hoy mismo pueden sin desdoro figurar entre sus producciones rimadas. He de insistir siempre en que los padres de la Compañía de Jesús fueron los principales promotores de una cultura que, no por ser, si se quiere, conservadora, deja de hacer falta en los programas de enseñanza actuales. Por lo menos conocíamos nuestros clásicos y cogíamos al pasar una que otra espiga de latín y aun de griego. Jóvenes nicaragüenses de ese tiempo hay hoy, que, según tengo entendido, son hasta obispos y profesores en lejanas regiones.
El tiempo pasó. Yo partí, aun en la adolescencia, de mi tierra. Debayle supe entonces que había ido a París a estudiar medicina. ¡A París! A su dulce Francia, en que tanto él como yo soñábamos después de desleir en el fuelle armónico y viajero alegres marianinas, romanzas sentimentales o sones aprendidos de los marineros de Corinto o del estero Real.
Cuando partió Debayle escribió una página cordial en que junta a sus dos patrias: la grande Francia y la pequeña Nicaragua, en su afecto igual. Pero por más que él diga, prevalece, a pesar del afán de la tierra, el corazón francés.
Corazón francés, cerebro francés, nombre francés, eso es Luis Debayle. Solamente su gloria es centroamericana, pues el laurel no da sus ramos sino en donde se le riega. Y si, aunque nacido en Nicaragua, es ciudadano de Francia, su ciencia es en el país tropical y maravilloso donde vierte su bien.
Su ciencia. Los que vivís en ese gran Buenos Aires de millón y medio de habitantes, palenque de todos los progresos del mundo; los que lucháis en esas capitales ricas y soberbias—dos o tres apenas en nuestro continente hispano-parlante—no podéis saber lo que de posible y de imposible ha realizado Luis H. Debayle para el saber médico en su pequeño país de acción y para que su nombre sea reconocido con elogio y su persona rodeada de consideraciones en los centros científicos europeos. Por más que adelantamos, Europa es aún el crisol del pensamiento del mundo. Y el mejicano Herrera; los brasileños, los argentinos Pérez, Ramos Mejía, Ingegnieros, Sixto y algunos otros, han logrado, al dejar su nombre marcado en una roca europea en la ascensión de la ciencia humana, lo que muchos no comprenden. Y así el franco-nicaragüense Debayle, descendiente de Montgolfier.
Saber e investigar mucho, constantemente; enseñar, curar, dar la vida, contribuir en tantas partes de la tierra: Wáshington, Méjico, La Habana, Budapest, París, a la recopilación de ciencia y de experiencia; ser querido y alabado por los Peau, Richelot, Landouzy; ser llamado un día a presidir, en la metrópoli de la gloria, un congreso de eminencias; amar de veras y con toda el alma su don científico y todavía saber recordar que Esculapio es hijo de Apolo. Pues he aquí que Debayle ha perseverado en el amor de la Lira, lo cual contribuirá a que en su jardín interior, aun en el invierno vital, haya rosas frescas.
IV
Si él publica este libro, es quizá por consentimiento a indicaciones amistosas, y sin ninguna ambición de «ma-tu-lu». Y luego, casi todas son flores de un jardín familiar; flores nicaragüenses: «cundiamor», «bellísima» y azucenas de todos colores. Hay sones de las antiguas liras románticas, de las que se «pulsaban». Hay sentimientos de hogar, antiguos ecos amorosos, perfumes que aun quedan de una tradición patriarcal. Y el mar nuestro aparece, mar de descubrimiento, de Robinson y de Antilla. Y aquí que yo recuerde al Debayle que volví a ver, después de tantos años, en el otoño de mi vida. Fuí a mi país tras larga ausencia. Toda aquella tierra ardiente fué para mí como un incensario. Se festejó nacionalmente el retorno del poeta pródigo. ¡Cuántos amigos de menos! ¡Cuántos que se llevó la muerte, cuántos cambiados, cuántos esquivos o por indiferencia tímida o por miserias ciudadanas que hasta a las nueve musas visten con un color político! ¿Qué tengo yo que desear allá sino que mi país natal adquiera fuerza, riqueza y cultura? ¿Qué sé yo de los oñacinos de León o de los gamboinos de Granada? Mas he de decir que el primer abrazo, o el más fraterno, de la llegada, fué el de Luis H. Debayle. Grises ya ambas cabezas, florecieron en seguida nuestros recuerdos, para los cuales contribuyó la literatura y este o aquel rememorar de amor igualmente perseguido antaño y nuestras mutuas conquistas y su París y mi Argentina. Y yo desperté en aquella imaginación de buen sabio la amable locura de los versos. Y fuimos a pasar los días de fuego de aquel verano tropical, a una isla risueña, desde la cual se divisan los cocotales del puerto de Corinto. Y allí hicimos rimas y ritmos. Y allí supe cómo la pasión estética coronaba bellamente una existencia de bienhechor de la Humanidad, y cómo el antiguo amigo de las odas a la hispánica había ya escuchado las siringas y liras de los modernos pastores y corifeos de poesía.
En el seguro monumento que su patria ha de ofrecer al doctor Debayle, junto a las simbólicas figuras que indiquen ciencia y caridad, sería propio esbozar una musa, no por discreta menos de origen divino. Y el abuelo Montgolfier estará en su eternidad satisfecho, cuando vea cómo de cuando en cuando su ilustre descendiente se ha fugado de las prisiones prácticas de la tierra para ir por los espacios de su globo, caballero en el sublime caballo alado.
Letras chilenas. FRANCISCO CONTRERAS UN LIBRO SOBRE ITALIA
Hay un poeta de Chile que vive en París desde hace algunos años. Es joven. Ha publicado ya varios libros y goza de renombre en el mundo intelectual hispano-parlante. Se llama Francisco Contreras. Su primera obra aparecida en Europa, Toisón es una colección de sonetos. De él dijo el incomparable Max Nordau: «Es realmente un toisón de oro suntuoso, fabuloso, digno objeto de la heroica aventura de Jason, fin «feérico» de la navegación del Argos». «Casi todas las piezas están saturadas del éter poético, tienen un aspecto deliciosamente patricio, son superiormente vistas, sentidas, dichas». A pesar del dañoso elogio del doctor, que ha escrito lo que ya se sabe sobre todo lo que brilla y vale en el arte contemporáneo, ese primer libro de Contreras tiene poesías de mérito, sobre todo porque de los primeros ha procurado apartarse del nuevo «poncif» castellano que ha echado a perder, entre otras cosas, el alejandrino y el gusto por lo «compuesto». Aun cuando se notan los orígenes o las supersticiones en la mayor parte de los poemitas, el autor logra que se advierta su propio espíritu, sus modos individuales de pensar y de sentir. He aquí una pequeña labor muy bien trabajada, aunque con el exceso de preparativos que se acostumbrara desde la introducción del simbolismo.
En desmesuradas yemas, sobre los tallos entecos, en los parterres ya secos se esponjan las crisantemas. Flores raras, son emblemas del arte de nuevos ecos, amante de orlas y flecos y de rarezas supremas. Exóticas y hieráticas, como princesas asiáticas, pues que son raras, son bellas, Prendidas entre los rasos o abiertas sobre los vasos como monstruosas estrellas.
Toisón fué publicado en 1906.
Esto nos hace retroceder algunos años, al tiempo de la preocupación por la escritura «artista» y por lo principalmente formal. Aun quedan algunos cultivadores de la manera, tanto en América como en España. El poeta chileno, por su parte, ha procurado, avanzando, renovarse.
Así publicó, después de Toisón, Romances de hoy. Hasta puede decirse que el salto fué demasiado brusco, de la poesía trabajada, erudita, un tanto complicada, con escenarios fabulosos, con vocabulario aristocrático, con un si es no es de dandismo, casi todo de influencia, o de reminiscencia europea, a la poesía sencilla, sin artificio, quizá a veces algo prosaica, o bastante ingenua en su sinceridad, pero que mereciera estas palabras de un juez insospechable, el gran Mistral: «Siento en sus versos, decía a Contreras el padre de «Mireia», la amplia y libre vida de la América española». ¿Cómo no iban a ser del gusto de Mistral versos como estos?
Sobre el suelo, en la hora sin tules, las sombras se cortaban nítidamente azules. En torno del ramaje de higueras y cedrones, rodaba un estridente rumor de moscardones. Sobre un cerezo un mirlo gorjeaba con desgaire. A intervalos, llegaban en la quietud del aire gritos roncos, galopes raudos, ladrar de perros... Era una trilla próxima, sobre el cordón de cerros. Se veía la era, yeguas, los arriadores: Guasos, mozos montados, con ponchos de colores. Paróse. Dió unos cuantos pasos. Desperezóse, enarcando los brazos con inocente goce. La cabellera suelta, oscura, perfumada, cubrió entonces sus hombros en sedosa cascada. Hundió los ojos húmedos en la azul lejanía. Luego, inconscientemente, despreocupada, fría, trasponiendo la reja de madera del huerto, echó a andar paso a paso hacia el gran campo abierto, por la vieja alameda que servía de entrada, sin mirar, sin pensar, sin recordar ya nada.
El autor didactiza en su prólogo, y habla de un «período narrativo». No oigamos sus explicaciones; gustemos de sus músicas gratas. Y los que no hayáis vivido en el país chileno, podéis saber, por las notas del volumen, muchos detalles locales. Y hallaréis, por ejemplo, esta noticia inquietante: «Existe en Chile la preocupación de atribuir a los poetas los calificativos de loco, perdido, vagabundo. De manera que, lo que en toda sociedad culta es un señalado honor, en la nuestra se trueca en motivo de escarnio o sello de ridículo. Un distinguido poeta nacional nos contaba que en cierta ocasión, habiendo sido presentado a una dama con las palabras de: el poeta señor Tal, se vió obligado a protestar asegurando que era objeto de una mala broma...»
¡Pardiez! Buenos Aires será todo lo prosaico, lo comercial, lo financiero, lo práctico que se quiera; pero no podré olvidar que en mi último viaje a la gran ciudad argentina, entre las manifestaciones de gentileza que recibí de personas de diferentes clases sociales, está la de una alta dama, gala de los salones, que, sin tener yo la honra de conocerla, envió a mis órdenes su regio automóvil, durante todo el tiempo de mi permanencia. Y todo a simple título de poeta.
Y, sin embargo, con su reserva, menos ejecutiva que la disposición platónica, Chile demuestra cordura. Los poetas son seres que perturban el común pensar de las gentes, los modos de hablar y hasta las costumbres. Así, si Chile ha levantado un monumento a don Andrés Bello, es porque ese poeta venezolano llevaba en una mano un Código y en otra una Gramática. Verdad es, que en el cerro de Santa Lucía de Santiago hay otro monumento dedicado a don Benjamín Mackenna, que aunque no escribió sino en prosa, era un varón de confianza con todas las nueve musas. Y, con todo, ahí están los versos del romántico y melodioso Eusebio Lillo, del huguizante Matta, del vario y noble de la Barra, del sonoro Prendez, del horaciano Tondreau, del humorístico Irarrazábal. Y ahí está lo hecho por la nueva generación que se enorgullece con la producción del malogrado González, y de líricos como Borquez Solar, Magallanes Moure, Valledor Sánchez y Miguel Roucuaut. Entre ellos se destaca Contreras, sobre quien puedo ahora repetir lo que dijera hace algunos años: «Creo que en nuestra América hay pocos que tengan un tan sincero y hondo fervor de arte. Luego, en medio de ese fervor, es ponderado y reflexivo. No violenta ni la idea ni el lenguaje. Mucho me complace que no se haya dejado arrastrar por las peligrosas tentaciones del versolibrismo. Hay en él duplicidad: es un intelectual-sentimental que conduce bien sus designios entre los naturales desequilibrios del talento». Cuando apareció Toisón, escribióle el ilustre J. Enrique Rodó: «Muy grata ha sido para mí su lectura. Son versos de juventud y sinceridad: sinceridad aun en sus artificios. Reflejan bien el voluble y gracioso vuelo de un espíritu juvenil entre las cosas, o mejor, entre sus figuraciones de las cosas». Y luego: «Crea usted que sigo con afectuoso interés su actividad literaria. Su sentimiento del arte, el amor que usted le profesa, son verdaderos y hondos; bien se transparenta. No son la frívola vanidad de quien penetra sin real vocación en los dominios del arte, y no dejará, de sus pasos, más huella que la que puede quedar, en las baldosas del templo, de los del visitante profano, que entró por un momento, movido de curiosidad y no de fervor. Usted perseverará, completará su personalidad artística; y seguro estoy de que cuantas veces, interesado en saber nuevamente de usted, lo busque con la mirada, he de encontrarlo más arriba de donde le haya dejado la última vez». Rodó fué profeta. Las nuevas obras de Contreras señalan siempre mayor elevación. Su permanencia en París le ha impregnado de la gracia artística y de la cultura ambiente. Y el vivir le va enseñando cosas mayores.
Sólo que, como todos los que no gozamos de rentas producidas por grandes capitales y tenemos que sacar del cerebro para nuestros lujos, caprichos, vicios o simples y precisos elementos de existencia, se ha dedicado al periodismo. Así sus libros de prosa son sus artículos de periodista. Y si el periodismo constituye una gimnasia de estilo, y el pensador y el artista lo son siempre, no todo lo que para el diario se escribe, por razones que no necesitan demostración, es digno de la antología. Lo que es estrictamente de la actualidad tiene que pasar como el instante. Sin embargo, siempre pone algo de su corazón o de su mente el artista que escribe. Y ese algo suele verse a través de las informaciones de esos libros de prosa urgida. Sin contar con que, de cuando en cuando, surgen páginas íntegramente puras. En las líneas preliminares de Los modernos, pongo por caso, he encontrado incrustada una de las poesías de Francisco Contreras que son más de mi agrado.
Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. Bajo el puente oscilante del raudo transatlántico, el mar alza en la sombra como un solemne cántico, la luna que se eleva tras lívido celaje. Tiende un cendal de perlas al trémulo oleaje, y la sirena alada de la brisa marina, pone en mi oído una canción triste y divina. Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. A mi espalda el miraje de la nativa tierra. Con su fértil campiña y su nevada sierra: la ciudad en un nido de bosques frescos, grandes, bajo el dosel de plata de los mágicos Andes; el hogar entre rosas de la heredad florida; y la madre dejada, y la amada perdida... Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. Ante mí la amenaza del porvenir arcano: el mar que entre las sombras canta su canto arcano, el horizonte negro, mudo como una esfinge; la luna que en la niebla un llanto eterno finge. Y el soplo de la brisa golpeada de destellos, que estremece las jarcias y azota mis cabellos. Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. ¿Será mi afán fecundo? ¿Realizaré mi sueño? ¿Me dará la victoria su laurel halagüeño? ¿Conquistaré, en mi ruta la áurea forma suprema para engastar la idea que me obsede; me quema? ¿Conseguiré tras todo, aunque en porción escasa, donar una luz nueva a mi raza? Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. ¿O, tras esfuerzo vano, tras ensueño deshecho, sólo hallaré el vacío del querer satisfecho? ¿La desilusión trágica, el dolor desmedido, del amante no amado, del apóstol no oído? En fin, en una frase, de todo visionario: ¿El desencanto eterno y el eterno Calvario? Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente. Heme aquí sobre el puente del raudo transatlántico, el mar me envía el trueno de su solemne cántico, la luna que muequea en la penumbra ingrata, me envuelve en la tristeza de su llanto de plata. Y la sirena alada de la brisa marina pone en mi oído una canción triste y divina. Peregrino del arte, voy al soñado Oriente, el acero en la mano, la fe en el pecho ardiente.
Y en este nuevo libro sobre Italia, que se titula Almas y panoramas, fuera de cálidas pinceladas, de «manchas» justas, de observaciones juiciosas, lo mejor son los sonetos que a modo de musical introducción hace resonar a la entrada de cada capítulo. De las principales ciudades de arte de la divina tierra itálica, elige un alma y una visión; y antes, el soneto sintetiza armónicamente e inicia el tema ideológico: Así habla de «la ciudad de los palacios», o canta a Roma:
Sólo restos y rastros de la imperial prosapia: el Foro, el Coliseo y la antigua Vía Apia, uno que otro sepulcro desmoronado, informe, y al caer el crepúsculo, tu columna trajana parece, en el incendio de la atmósfera grana, la cruz desmesurada de un sarcófago enorme.
Recomiendo a los buenos gustadores estos sonetos fervorosos de amor y de admiración por la gloriosa península. El de Nápoles:
Bacante poseída de embriaguez infinita, bajo el beso del sol eternamente rubio, del agua eternamente azul al suave efluvio, Nápoles danza. Nápoles ríe, Nápoles grita. En vano al horizonte como un ara maldita, siniestra espiral de humo rojo lanza el Vesubio, el mar sereno y límpido, bajo el áureo diluvio del sol, en una eterna fiesta de luz se agita. Desde los verdiclaros jardines de la playa y el pintoresco y loco viejo barrio de Chiaia con sus rejas floridas que el aire azul engríe, hasta el monte en que albea su vetusto castillo y sus cincuenta iglesias llenas de falso brillo, Nápoles danza, Nápoles grita, Nápoles ríe.
He citado íntegros esos vívidos versos napolitanos, que tienen tanto color y tanta alegría, porque son de los mejores del volumen. El de Bolonia, «ciudad sabia, de estetas y doctores»: el de Venecia, «¡Oh, ciudad de las islas y los fúnebres barcos!»: el de Milán,
Erótico y ascético como Manzoni, o como Luini, Milán es un señor grave y de gala, la oreja siempre atenta al eco de la Scala, el ojo siempre atónito ante el mármol del Duomo;
son excelentes. Y es de sentirse que no encontremos en el libro los que corresponderían a otras urbes, como Pisa, Florencia y Turín. Quizá el poeta los realice más tarde para una obra completamente lírica.
El vaticinio de Rodó se ha de seguir cumpliendo y hemos de ver el completo triunfo de quien desea que en su patria crezcan y se propaguen los laureles verdes que, tanto o más que a los guerreros, pertenecen por derecho propio a los portadores de lira.
Un poeta argentinófilo. CARRASQUILLA MALLARINO
En el Bogotá intelectual que os describiera en un libro memorable el bien recordado Martín García Mérou, se destacaba de singular manera, hace ya algunos años, la figura de don Francisco de Paula Carrasquilla. Este era un gentilhombre de ingenio. Lleno de cultura y amargado de vida desde muy temprano, supo acorazarse de filosofía, y su espíritu prefería siempre manifestarse en epigramas apotegmáticos, alusivos, corrosivos o risueños, que iban de boca en boca picando como abejas. De la más pura tradición española, su castizo epigramario, en la parte que no tiene de exclusivamente, diríamos así, municipal, debería figurar en las antologías. En Colombia, desde luego, viven y se prolongan en la memoria del pueblo.
Como en la mayor parte de los satíricos, había en Carrasquilla un sentimental, y sus espinas métricas estaban impregnadas de curare de íntimas amarguras. Así murió con su filosofía y con su sufrimiento.
Con su filosofía y con su sufrimiento diríase que renace en el espíritu de su hijo Carrasquilla Mallarino, cuyo libro Visiones del Sendero acabo de leer, y cuyo hallazgo me apresuro a comunicar a mis habituales lectores.
Sé que hay quienes se extrañan por lo que llaman el exceso de mis alabanzas y de mi entusiasmo para con los jóvenes. ¿Y a quién alabar y por quién entusiasmarse sino por la juventud? Cuando el talento empieza a florecer es cuando necesita riegos de aliento. Maldito sea aquel mal sacerdote que engaña o descorazona al catecúmeno. Cuando han pasado los días de los ímpetus primeros y se sienten venir las flechas de los primeros desengaños vitales, ¿de qué sirve el estímulo? Los que supimos de dolorosos comienzos y no encontramos en los albores de nuestra carrera sino críticas acres o desdenes hirientes, comprendemos el valor de un empuje, de un apretón de manos, de una sonrisa aprobadora, de una rosa confraternal a tiempo. Quien no anima al joven que se inicia, anatematizado sea.
Y todo debe ir basado en la comprensión, porque sin comprensión todo es comedia o engaño. Así pues, comprendiendo bien el alma de Carrasquilla Mallarino, alma translúcida como un cristal y alma de amanecer, os hablaré de ella y de sus condiciones de mentalidad y de armonía. Yo conocí a este joven poeta en mi natal Nicaragua y allá fué mi compañero solar junto a los mangales y cocotales y bajo los soles abrasantes de la isla de Corinto.
Fuéme simpático por lo comunicativo y cordial de su carácter, por su rapidez de entendimiento, por saber que siendo de tan pocos años había corrido mares y tierras extranjeros, hablando lenguas distintas y ganándose el vivir noble y bravamente, y luego porque me encontré en él a un gran admirador y amador de la Argentina, y porque supe que era sobrino de Jorge Isaacs, el autor de María.
Nuestras conversaciones eran sobre asuntos de artes y de letras. Él era comedido, pulcro, observador, y jamás se propasó en confianza o se explayó en pedantería. Pedía consejos a mi experiencia y pagaba con buen cariño mi interés por su intelecto. No estaban en choque en él sus dotes de hombre de negocio y comercio con sus facultades de escritor y de lírico, y jamás fueron destruidos los perfumes bogotanos por relentes de Nueva York. Por pura afición mental acompañóme hasta la ciudad imperial yanqui, desde la isla nicaragüense cuando mi retorno del último viaje que hiciera a las tierras de mi infancia. Después nos vimos varias veces en Europa. Se me aparecía de súbito, sin previa anunciación. Venía de Rusia o venía de Italia, o venía de Holanda, pues sus afanes de globe trotter no tienen punto de reposo, y he aquí que de pronto no recibo su visita personal, sino la de su libro, su libro de poeta, que he leído en esta otra isla de poetas.
Inútil decir que se trata de una obra «moderna». Nadie puede hoy, en cosas de pensar y de escribir, levantar la cabeza sin sentir que le rozan la frente las ráfagas libres de las ideas nuevas. Y cómo será la virtud de éstas, que aun, a su influjo, se suelen ver florecer fósiles.
En este pancours du rêve au souvenir si hay mucho de ideal hay no poco de sentimental. La primavera se impone; pero no es una primavera triste, casi otoñal, como suele verse frecuentemente en el corazón de los poetas de verdad.
Desde el comienzo del libro se ve que el autor venera piadosamente la memoria paternal. Él estima y comprende la espiritual herencia.
Así dirá en uno de los poemas:
Hiciste de mi cuerpo una copa vibrante para exprimir las uvas de tu viña sobrante; y en el pretexto lírico de mi tiorba filial ha seguido cantando lo que en ti fué inmortal.
Al comienzo de la existencia ha tenido que saber de las angustias y penalidades del mundo. Hay que comprender que en los días actuales René y Olompio, además de sus congojas interiores, tienen que soportar mayores ásperas luchas con la vida. En los intervalos de reposo este cantor ha sabido estar, como dice el verso inglés: «de día con su alma y de noche con su corazón».
In the day the mind, in the night the heart.
Los hombres de la semiciencia hablarán de una precoz neurosis; pero esto no es culpa de quien, desde los comienzos de su aurora, se siente vibrar al soplo de ráfagas combativas. Nadie sufre por gusto, y esa cosa misteriosa que se llama la fatalidad no usa de farsas. Fijémonos en que cada uno de nosotros lleva envuelta su vida en un formidable misterio.
Así, pues, quedamos en que en este libro no hay mucha risa ni sones de pandero, ni mucho contentamiento por estar sobre la tierra.
Nótase juntamente que entre asuntos de amor y de ensueño hay tendencia al himno civil, al vigor heroico, y amor e interés por el porvenir de nuestra gran patria americana. Junto a una «gema simbólica», dedicada a un poeta, hay un canto a Cuba, dedicado a la «memoria de Martí»; hay tendencias a lo exótico, al japonismo; hay obsesión sensual y carnal; hay el insaciable deseo baudeleriano de marchar siempre, de ir siempre lejos, aun fuera del mundo, Anywhere out of the World. Y de repente surge la serpiente bíblica, la dulce y terrible víbora femenina que, escrito está, ha de morder a todo hombre, y ella será, como es lógico e inevitable, «alma divina», «vaso de marfil», y toda la letanía.
Como el lírico yerra por tierras distintas, el encantador áspid habrá de renovarse, y ya acaecerá esto en París, ya en Méjico, ya en Nicaragua, ya en Bélgica, ya en Cuba. Y ello será de tal manera, que no es de extrañar que el corazón de un joven lleno de ilusiones y enfermo de poesía quede hecho una lástima. Se encuentra el consuelo de lo carnal, pero, ¡ay!, todos sabemos que la carne es triste...
Para distraerse un tanto en tales emergencias se van dejando madrigales en el camino. Se dicen decires y se cantan canciones, y luego está el gran arsenal de los recuerdos. Así nos sorprende Carrasquilla Mallarino rememorando, después de su querida parisiense, o flamenca o española, una sabanera de su tierra natal, y de la cual dirá:
Oh mi blanca sabanera de pie desnudo y pequeño, de porte franco y risueño y vigorosa cadera; oh, paloma tempranera que diviniza el ensueño... Con tu bambuco halagüeño despertabas la pradera. ...Amparado en tu cariño burlo mi dolor de niño en el imborrable ayer. Hoy, lejos de tu alquería tengo la melancolía de nunca volverte a ver. · · · · · · · · · Por el boscaje sombrío la gloria plenilunial se filtra; murmura el río su sonata de cristal. Desde el callado bohío sube el humo en espiral. Los corderos tienen frío bajo su toisón pascual. Las neblinas fingen velos... Están de boda los cielos y en el plateado turquí hay un lamento que vaga —una pregunta que indaga si te olvidaste de mí.
Variados ritmos y rimas se dedicarán a la gracia y tentación carnales. Hay una especie de masoquismo lírico para cada una de las personas de las partes del cuerpo femenino. Son los ojos, las caderas, las cejas, la boca, las manos, el cabello y—como en D'Annunzio y en Verlaine—una y otra vez las manos. Como es de rigor, han de surgir de cuando en cuando los principales conocidos personajes de la farsa italiana. De cuando en cuando, entre mujer y mujer, se impondrá un buen trozo de filosofía. En climas diferentes y bajo cielos distintos, la invasora e inexorable tristeza, y el tábano interior del forzado recuerdo. Encuentra un hermano en cada artista. Así tal hombre que toca el violoncello sobre las olas:
Fluye un pasaje trémulo de Bach... El violoncello es como un aparato para hablar con el cielo de las cosas del alma. El músico es todo arco; diríase que es suyo el corazón del barco...
Aquí pasa una visión parisiense; allá se ve una luna de Flandes; aquí se canta el «gran despertar de la tierra». Y las vampiresas vuelven a imponerse de tanto en tanto, como por irremediable turno, y ante ellas se deshojará una copiosa cantidad de versos.
Mas he aquí que se imponen deberes espirituales y superiores y, por ejemplo, «El grito de la hora», dedicado «a la memoria del gran Bartolomé Mitre», nos señala otra actitud del poeta:
Soy el último, es cierto, más sería el primero en derramar la sangre lírica por el fuero de la divina raza de América latina, cuyo sol milagroso parece que declina... Las águilas y halcones sienten hambre. En el Norte los inviernos castigan y los fuegos de junio. Los pájaros rapaces buscan el plenilunio de los amados cielos, donde brilla la corte de estrellas que derraman la luz del porvenir. —¡Hermanos! ¡Es la hora de poderos unir!
Él admira la luminosa figura del patricio argentino, ansía el glorioso porvenir de nuestra raza, sueña con la fraternidad de nuestras naciones, y teme la conquista de los fuertes bárbaros blancos del Norte. Estas ideas han de exteriorizarse más claramente en su poema Estelar, especie de confesión rimada, que es de lo más intenso e interesante del volumen. Véase este fragmento:
...No más lenguas extrañas ni extranjeras amantes, veleidosas y frías. Un hálito de América anima las campanas y los densos palmares murmuran alegrías. El océano a la espalda, con hervores de estelas: la playa que el sol dora, rica y hospitalaria. ...Plegaban los marinos las fatigadas velas... cuando, desde la proa, modulé mi plegaria: —¡Salud! Patria doliente, bella hasta en el ultraje del bárbaro del Norte: Bríndame tu hospedaje, dame de tus almíbares y acójanme tus cielos, abrígame del frío que he sentido en los hielos; y hoy que sobre tus llanos mi blanca tolda fijo, déjame que te llame con amores de hijo. —Tengo tu misma savia, hablo en vivo español, llevo fiebre de montes y nací bajo el sol. · · · · · · · · · · · · · · · · Y oficio en los altares de mi Patria, contrito de haber manchado un día la blancura del rito. ...¿Mi Patria?... ¡Sí! Mi patria es todo un continente sin fronteras, sin odios y sin rivalidades, sin funambulerías y sin mediocridades, sin canalla que erija palacios a Monroe, sin turbas de alma triste ni «reyes paralíticos», ni zafios mercaderes, ni rufianes políticos... Y sin oro de Wáshington, que envilece y corroe. · · · · · · · · · · · · · · · · Bien sé que hemos nacido en los tiempos amargos de ojiazules mercurios y de frivolidad, de las «infamias duras y de los vientos largos», con precio a la vergüenza y a la debilidad. Que ya no hay Robespierres ni Dantones en Galia, que Fallières va a Britania y que el Emperador de los bigotes clásicos sonríe... Y que la Italia recibe dulcemente a Roosevelt «cazador». Que España, bisabuela de glorias y blasones, sobre cuyos dominios brilló el sol de Josué, ya no tiene castillos de ultramar ni pendones, ni Felipe II, ni corajes de fe. · · · · · · · · · · · · · · · · Mas fulge en nuestra América una aurora divina —Helios en campo blanco y entre franjas de azur— gloriosamente noble: Es el sol de Argentina. Es la flor de la raza que ha nacido en el Sur. Desplegado en el cielo con que se viste el Ande —azul y blanco y fuerte el gayo pabellón— ha de ser en la historia como ninguno grande porque inicia un abrazo de confederación. Grande porque de Anahuac y Cuba hacia el Estrecho de Magallanes cunden los fueros del Derecho. Oigo palpitaciones como en un solo pecho ante el águila negra colocada en acecho. · · · · · · · · · · · · · · · ·
Como se ve, se está ya muy lejos de la idolatría de «l'enfant malade y doce veces impura», y a pesar de las urgencias amorosas de la juventud, la voluntad del canto se remonta a conceptos universales y trascendentes. No tendré sino aplausos para tales ímpetus, y el deseo de que se sostenga la perseverancia.
En cuanto a la construcción y técnica del libro, a nadie sorprenderá que un poeta que no ha llegado a los veinticinco años no sea poseedor de una segura experiencia. En tales o cuales partes se podría señalar un exceso de exuberancia—defecto de la primavera y del americano bosque—un abuso del paréntesis; una, en ocasiones innecesaria, complicación de ritmos y cierta audacia de adjetivación, tachas todas que indicarán cualquier cosa menos mediocridad.
En resumen: se trata de un artista, de un poeta, poseído del ensueño, del innegable deus que exalta a los verdaderos enamorados de la belleza; de un sensitivo, de un intelectual, de un cantor de cantos que vive con su mente de día y con su corazón de noche. Y, pues, ama a la Argentina, si en su carrera errante algún día llegase a pisar vuestro suelo, haced que sienta suaves y propicias las brisas del gran Río de la Plata.