VARIA (continued 2)
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Lo único en que Lepelletier deja sospechar la influencia sectaria, en su manera de exponer el alma de su glorioso y desolado amigo, es en no ver en Verlaine convertido un poeta más lleno de la gracia suprema que de propósitos más o menos literarios; y el querer disimular la ferviente sinceridad de las «Confesiones» en lo relativo al holocausto de aquella pobre ánima, anímula abatida, en honor de Dios y arrepentimiento de sus incontenibles yerros. Nada tienen que ver el Jesucristo y la Virgen verlainianos, que no son otros que los de los niños de primera comunión y los del creer del carbonero, con los Odin y Teutates parnasianos, y toda la védica teogonía y toda la soberbia y logolítica erudición de la poesía de Leconte de Lisle. El catecismo, sí, era su libro. Y hay en él también algo franciscano. Entre sus ramos de claveles, rosas, hojas de viña, y tal o cual orquídea, respiráis perfumes de fioretti.
¡Ah, la leyenda verlainiana y la realidad de las cosas! Yo quisiera que todos aquellos cerrados criterios, que todas aquellas mal informadas personas para quienes el nombre del pauvre Lélian es una dicción sospechosa, leyeran, apartando por un instante las vulgares y repetidas informaciones caras a los cronistas ligeros y desvergonzados escribas, leyeran y meditaran con calma los conceptos de este volumen fidedigno. Hace no mucho tiempo se publicó en Francia—Francia tiene estos arranques generosos—una rehabilitación también muy documentada de la vida de Poe, otro tan mordido y enlodado desde los días del odioso Grissmold. Tales obras honran a los que las emprenden y consuelan a los que no aspiran a ver en el mundo tan solamente el lado oscuro o rojo de la Perversidad. Coincide con la publicación del libro de Lepelletier la de una obra póstuma y antigua, paralela a Sagesse: Voyage en France par un Français. Se ha dicho con sobra de superficialidad que dicho bouquin no agrega nada a la personalidad intelectual del autor. Quizás. Mas hay una cosa cierta, y es que, dichosamente, ella ayuda a conocer el oro cordial del hombre. Del buen hombre por siempre niño.
A propósito de «Chantecler» LOS ANIMALES EN EL TEATRO CLÁSICO ESPAÑOL
Con motivo del famoso gallo, Le Temps, de París, habló recientemente de una obra estrenada en Madrid hace algún tiempo, y en la cual los personajes son animales. Se refiere a El caballero Lobo, del Sr. Linares Rivas, notable ingenio de esta Corte que tomó la antera a M. Rostand, años después, sin embargo, de anunciada la pieza francesa tan cacareada.
Los trabajos teatrales en que aparecen animales en la escena, tienen antecesores en el teatro clásico castellano, si no en el francés, puesto que el curioso autor de las 36 Situations dramatiques puede escribir hoy: «Allons, il ne me vint pas une mauvaise idée lorsqu'en 1900 j'ouvris la carrière dramatique aux personnages du vieux «Roman du Renart». Depuis mille ans, mil n'y songeait. Quelle cohue aujourd'hui!...» En efecto, M. George Polti hizo aparecer en el Mercure du France de 15 de agosto de 1905 una obra titulada Compère le Renard, acompañada de una carta al director del Mercure M. Vallette, en la que decía entre otras cosas: «Los diarios anuncian que M. Edmond Rostand va a poner en escena «Chantecler» el gallo y otros animales del Roman du Renart. Alaban con emulación su idea original, que será, según anuncian, el «punto de mira de la curiosidad parisiense este invierno». Esto me decide a publicar Compère le Renard, escrito por mí «desde 1909», época en que lo leí a algunos amigos, como pueden atestiguarlo desde luego, M. Louis Wéber, caballero de la Legión de Honor, redactor de la Revue Philosophique, de la Revue Métaphysique y del mismo Mercure, M. Henri Lasvingnes, el traductor de Stirner, y un hermano Julien Polti, miembro del Jurado de la Société Nationale des Beaux Arts. Después de la lectura de mi pieza—en la cual figuran, como pueden verse, junto a Goupil, «Chantecler» el gallo, el perro, Morhou, Noble el león, Insengrin el lobo, Beaucent el jabalí, Bellyn el carnero, etc., he enviado copias al Odeón al Gran Guignol, al Théâtre Antoine, a Cluny, al Chatelet, como pueden demostrarlo, a más de los registros de esos teatros, las cartas que me han dirigido rehusando en la forma ordinaria y después de lectura, supongo».
Monsieur Polti, quería, pues, dejar establecida su prioridad. Él se había decidido a escribir una comedia de animales, basada en el viejo Roman du Renard, inducido, según cuenta en otra parte, por el teatro de Gozzi. Y va un antecesor. El autor del Compère le Renard, cuya erudición en asuntos de teatro es conocidísima, pensó seguramente también en Aristófanes, y en la comedia china Tao-sse, Las transmigraciones de Yo-Théou adaptada del chino al francés, por M. León Charpentier. En esta pieza figuran y hablan diablos con cabeza de buey, de mono, de ratón, de pato; un ternero y el mismo Yo-Théou en forma de burro. Y otro antecesor.
Mas en el teatro español, que M. Polti ha demostrado conocer en ocasiones, hubiera podido recordar los ejemplos que señalaré luego.
Si no en la escena hablan ya muy donosamente las bestias en el libro de Calila e Dimna, cuyos orígenes orientales con tanta documentación ha explicado en un sabio estudio el famoso don Pascual de Gayangos. Calila e Dimna no es otra cosa que las fábulas de Pilpay, el poeta de la India. Pilpay o Bidpay y Esopo, son los primeros que ponen talento y discurso a la humana, en los animales. Cierto es que ambas cosas posee en la narración bíblica la Serpiente del Paraíso, y después la pollina de Balaam; y que Júpiter, bajo aspectos de irracionales, hizo muchas de sus mitológicas hazañas. En las fabulaciones y poemas orientales los animales suelen hablar como personas, como se puede ver en los mismos cuentos de las Mil y una noches, los cuales se asemejan a los apólogos de Calila e Dimna, en la manera de trabar el final de un sucedido con el comienzo de otro.
Después del libro de Calila e Dimna, del Arcipreste de Hita y de algunos otros pocos escritores se encuentra algo notable respecto a la inteligencia de los animales en la Antoniana Margarita, del filósofo Gómez Pereira, de quien se ha desmostrado tomara Descartes algunas ideas y hasta el famoso Pienso, luego soy. Respecto al alma de los animales, para defender a Descartes de plagio, escribía en su tiempo Bailler, su biógrafo: «Muchos han creído que Descartes había tomado del libro de Gómez Pereira la famosa opinión del alma de las bestias. Mas hay una gran razón para dudar que Descartes haya jamás oído hablar de este Pereira; que su obra (hoy muy rara), haya ido a parar a manos de un hombre tan poco curioso de libros y de leer como nuestro filósofo. Esto quita toda duda en el asunto, pues Descartes no vió el libro de Pereira hasta un año después de la publicación de sus Meditaciones Metafísicas». Sin embargo, otros autores continuaron sosteniendo ser Pereira el primero que afirmara la idea cartesiana de que las bestias no son otra cosa que máquinas vivientes. Raimundo Lulio había dicho a su manera: De la sensitiva: La «sensitiva» es, la potencia con la cual el animal siente lo sensible; es a saber: lo sensible, oíble, etc.; y tiene esencial y natural «bondad, grandeza», etc.; y tiene seis sentidos particulares: la vista, oído, gusto, tacto, olfato y habla, en los cuales está diversificada. «Es cierto que él abarca asimismo al hombre o como gráficamente le designa, «animal hombrificante».
A propósito de la «sensitiva», doña Olivo Sabuco de Nantes, ilustre virago, que sabía mucho para su tiempo, entre las muchas cosas que dice de los animales inteligentes, manifiesta en uno de sus diálogos: «... Pues quiero contar de otros animales, para que veáis cuánto obran los afectos de la sensitiva para vivir o morir. Plinio dice que un pescado langosta teme tanto al pulpo, que en viéndose cerca de él muere. Y si el congrio ve cerca de sí la langosta, hace lo mismo. Y cuenta el mismo Plinio del delfín que es muy amigo de la conversación del hombre, y que uno de ellos tomó amistad y conversación con un niño que vivía cerca de un lugar marítimo, de manera que muchas veces llegaba el niño a la ribera del mar y lo llamaba por este nombre, Simón, y luego venía, y el niño le daba pedazos de pan y otras muchas cosas; el delfín se ponía de manera que el niño subía encima, y lo llevaba y paseaba por la mar, y lo volvía a tierra. Continuando, pues, esta conversación y amistad, dióle una enfermedad al niño, de que murió. El delfín, viniendo un día y otro al puesto donde ejercitaba su amistad, como no acudía el niño, siempre lo veían en aquel lugar, gimiendo en semejanza de lloro, hasta tanto que allí mismo lo hallaron muerto. Cuenta también Eliano...» Y así prosigue la sabia narrando sucedidos de animales, a punto de que se advierte lo fácil de encontrar argumentos a lo Chantecler sin necesidad de meditaciones en un corral de Cambo. Todo autorizado por Eliano, o por ese delicioso gran embustero de Plinio, que habría hecho el encanto del Ursus de Víctor Hugo.
Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios, en el capítulo «Donde se prueba que del alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras». Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado en bestias y bestezuelas.
Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el teatro.
Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo: Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».
Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la mise en scène actual serían de gran efecto. No solamente pone en las tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que, cual en el Chantecler, animales. Las «memorias de las apariencias», acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre la comedia Fieras afemína amor, y en la que los dramatis personae son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli, cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro, y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento. Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven, no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo, como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico, entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía. Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término, robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: Fieras afemína amor, y al otro el latino Omnia Vincit amor. Lo demás del campo que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo, sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa, que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en voz de El Águila (cantando)».
Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.
La Francia de hoy.
Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta que es necesario arrancar.
En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell, destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra, se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama. Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no habíamos pensado!»
Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades, la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las enseñanzas del más alto precio.
De la admirable intelectualidad de los franceses, de sus fuertes costumbres dinámicas, de espíritu, M. Barrett-Wendell concluye que la ciencia extranjera sería muy vivificada si un mayor número de estudiantes viniesen a colocarse bajo la influencia francesa. Ésta combatiría útilmente lo que las otras influencias tienen de excesivo; ella daría a los conocimientos más riquezas y a las universidades una actividad de mejor índole, una vida más fecunda.
No me place mucho la división que hace M. Barrett-Wendell de la sociedad francesa en tres clases: la nobleza, la burguesía y los artistas. Ella es tal vez cómoda para el estudio, pero temo mucho que no corresponda muy exactamente a la realidad. Que haya, por ejemplo, una especie de barrera entre la aristocracia y la burguesía, convengo en ello, aunque esta barrera se aminore más cada día; pero no veo que los artistas se distingan de los otros franceses por caracteres fundamentales y permanentes bastante precisos para que constituyan una clase aparte. ¿Y por qué no entonces la clase del clero? ¿Por qué no, sobre todo, la clase del pueblo, que es la gran masa de los franceses? El pueblo, con su robusto buen sentido, su incansable actividad, su espíritu de orden y de economía, su apego profundo por lo que es práctico, sólido y durable, el verdadero pueblo en la campaña, que no hay que confundir con el obrero de la ciudad, el pueblo que precisamente desconfía de todos los prestigios, de cualquier naturaleza que sean.
Pero quizá me equivoco en hacer esas reservas. Monsieur Barrett-Wendell nada, en efecto, ha olvidado; y, si él no da a cada cosa la importancia que encierra, es por un plausible escrúpulo de escritor, que no quiere dar su juicio sino con perfecto conocimiento de las causas. Las malas lenguas extranjeras se complacen en esparcir la opinión de que la sociedad francesa está moralmente enferma.
«Mientras más veis a los franceses chez eux—dice M. Barrett-Wendell—, menos se fija nuestra atención en ese fenómeno social mórbido. Al contrario, más y más os admira no solamente la regularidad general de su existencia, sino aun de ese hecho sorprendente: que esta regularidad general parece tener un punto de apoyo muy sólido en sus afecciones.»
Ha logrado excelentemente analizar en los franceses la simplicidad fácil de maneras, y la extremada franqueza de los hábitos intelectuales; la manera incomparablemente natural y deliciosamente amistosa con que acogen y reciben a sus huéspedes; su locuacidad llena de franqueza, pero también el instintivo pudor de su espíritu; su seriedad profunda, asombrosa, en la conversación mundana; la ausencia de pedantería, su capacidad de dominarse cuando se trata del deber; su culto del honor, su pasión por la sistematización que les conduce a salir de su carácter de discutir asuntos abstractos; su amor por los principios, que ellos cuidan con un celo intransigente e intolerable; y, a pesar del exceso, el refinamiento, las estrecheces de sus virtudes más poderosas, la fuerza maravillosa con que vanamente se conmueven por los sentimientos humanos, cuando son grandes y profundos.
No era bueno igualmente probar y declarar a los extranjeros mal informados, o mal intencionados, que la tan grande audacia de la literatura en Francia, muy lejos de indicar que la inmoralidad sea la regla de la vida francesa, tiende más a demostrar que no es sino la excepción, demostrar que el ardor que los franceses ponen en sus discusiones religiosas, proviene no precisamente de su apego íntimo a tal o cual forma de la religión, sino sobre todo de su excesivo apego a las fórmulas definidas; que la Francia prospera entre todos los países, que en ninguna parte se experimenta una impresión más evidente de bienestar sólido y sustancial, que en ninguna parte se ve menos pobreza, menos miseria, que en el resto del mundo entero.
No quiero dejar de transcribir integralmente las últimas líneas del excelente y hermoso libro del escritor norteamericano:
«A los franceses mismos aparece la república menos como un régimen nacional que como un régimen de partido. Yo aspiro así como los mejores de entre ellos, a ese tiempo en que no siendo el gobierno de un partido, será el gobierno nacional; y este tiempo creo que vendrá. Pero aun entonces, seremos más justos con la entera magnificencia del pasado, si saludamos a la República como a la Francia, y no a la Francia como a la República. No es demasiada la palabra mayor para abarcar el alma total de esta nación.»

El régimen democrático actual de Francia tan magistralmente analizado por M. Faguet en su último libro El culto de la incompetencia, no es sino demasiado a propósito para hacer creer que la República, la que ha hecho en todas sus partes a la Francia actual, que ha arrojado toda miseria y toda opresión. Este régimen democrático parece querer hacer tabla rasa de diez siglos de historia nacional, porque esos diez siglos han visto otros regímenes que el de la soberanía popular.
Se diría verdaderamente que la República tiene miedo a los muertos.
Nada más curioso, más sugerente, a este respecto, que las recientes querellas, que nacidas en las escuelas primarias y en los establecimientos de enseñanza secundaria, han tenido su fin en la Cámara de Diputados, querellas relativas a los manuales de historia de Francia y de moral. Concluídos, desde hoy en adelante para los futuros alumnos franceses, los excelentes libritos en que sus autores habían enseñado que Juana de Arco es una santa heroína, que Luis XIV es un gran rey, que la monarquía ha hecho bellas cosas, que la Iglesia ha hecho en la Edad Media servicios eminentes, tendrán en cambio otros manuales en los que el espíritu democrático habrá reducido a su talla todo lo que fué potente y noble, y no se deberá considerar a los reyes sino como déspotas corrompidos, y a los sacerdotes como siniestros sectarios.
Conocéis la leyenda de aquel tirano griego que extendía a los viajeros sobre un lecho, cortaba los pies a los que sobrepasaban y estiraba los de los que no llegaban a la extremidad. El espíritu democrático no estira: por poco, cortaría los pies como la Revolución cortaba las cabezas.
Esta política de nivelación sistemática, ejerciéndose por todas partes, en el pasado lo mismo que en el presente, inspirando todo, dominándolo todo, atrofiando los hombres y las cosas, las ideas y las empresas, tal es, a mi entender, el mal verdadero de que sufre la Francia actual.
Contado tengo yo también cómo el norteamericano francófilo firmemente confía en el porvenir de este bello país. Primero, porque el buen sentido, que siempre ha sido tan francés, concluye también por triunfar, y luego, los franceses individualmente son sanos, razonables e inteligentes, y con poco más pueden serlo colectivamente.
Bostock.
Ha vuelto Bostock a París, no ya al enorme Hippodrome, sino allá lejos, por el Jardín de Plantas. Gran beluario, soberbio domador, de los primeros del mundo. Bostock no gusta verter la sangre de las fieras como su coterráneo Roosevelt, antes bien, las cuida, las ama y las domina sin crueldad. Así logra penetrar en el alma extraña y misteriosa de esos nuestros hermanos inferiores. Este norteamericano, fuerte y sereno, está tan lejos de Nemrod como cerca de San Francisco de Asís. Tras su cara de emperador Guillermo se oculta un espíritu dulce para las bestias. Como el buen hombre de las Mil y una noches, que apaleó cuerdamente a su mujer, sabe tanto del idioma de los animales como no lo sospecha M. Rostand. Bien ha dicho la neoyorquina Ellen Velvin al escribir sobre Bostock, a quien frecuentara, que no notó nunca en él «el menor acto de crueldad». Ni en los empleados de su circo. «Todos los domadores, todos los guardianes, estaban orgullosos de sus animales y tuve mil pruebas de su bondad y de sus cuidados para con sus discípulos. Los animales enfermos eran muy bien tratados. En el caso, entre otros, en que un leoncillo se enfermó de convulsiones, noté que muchos guardianes tenían las lágrimas en los ojos cuando la pobre bestia se crispaba torturada por el dolor». ¿Dudáis de esto? Es que no habéis visto como yo las aflicciones de mi querido Frank Brown en Buenos Aires por las palpitaciones de corazón que le daban a un perrillo al cual había enseñado el gentleman-clown a voltear para atrás. Más que los poetas que pintan a los brutos con los peores defectos de los hombres, deberían esos hombres de los circos ser nombrados socios honorarios de las Sociedades protectoras de los animales.
Bostock ha contado su vida. De niño jugó con leones, pues sus antecesores fueron también maestros de fieras. La frecuencia del animal aguzó su inteligencia para comprender y hacerse comprender de esos compañeros. Aprendió, según su decir, que la personalidad de ellos es tan netamente manifiesta como la nuestra, y que ciertos rasgos característicos suyos pueden ser fácilmente comparados con los de la especie humana. «He conocido muchos leones y tigres tan malos y tan indignos de confianza como ciertos humanos. He encontrado mil otros que hubiesen desdeñado aprovecharse de una ventaja deslealmente obtenida. He hallado que la mayor parte de ellos son honrados, amables y sinceramente afectuosos». De todos modos es muy posible que entre todos los lobos no se encuentre uno solo que sea el «hombre» de ellos y que haga escribir un apotegma a algún Hobbes aullante.
Se precisa tener un fondo puro para, como en el caso de Bostock, llegar a ser «comprendido» y «apreciado» por las criaturas que no hablan a la humana. A menos de no ser el niño hindú, de Kipling, se necesita para comunicar con ellos paciencia y constancia, y aprender a no mortificar sus espíritus «lentos y rebeldes». Todo esto lo enseña Bostock. A este hombre, que ama con pánica fraternidad a esos seres que tanto en ciertos puntos se nos asemejan, preocupó un día la idea de ser un opresor; pensó si no haría mal en mantener en jaulas a los nacidos para la libertad de la floresta, del desierto o de la espesura, «si no era ese un derecho imprescindible, un derecho que la equidad no permite transgredir». Sufría con la duda. El lo dirá de bella manera: «Saber si yo tenía o no razón de guardarlos prisioneros me atormentó por largo tiempo, y estuve profundamente turbado mientras pesaba el pro y el contra de la cuestión. Vi a esos seres indomados en su soledad natal; les vi acurrucarse por la noche en sus retiros ocultos, atisbando una presa; vi las tragedias del matorral; recordé sus frecuentes estragos contra la vida humana, llevados ya por el hambre, ya por el simple deseo. Sobre su terreno original, remonté hasta las fuentes antiguas de los largos anales de esos amigos, encontrados muertos, o moribundos de hambre, de sed, o por una bala tirada por algún cazador apasionado de sport o de lucro. En medio de esas reflexiones pensaba en el elefante, en la cebra, en el caballo, todos libertados del estado salvaje para su bien y el de la Humanidad. Poco a poco llegué a resumir así mi problema: ¿debo devolver a mis pupilos a sus florestas natales y cesar el estímulo de la captura de las fieras? ¿Debo continuar protegiéndolos y manteniéndolos, y de este modo preservándolos a ellos y a sus hermanos más débiles de las desgracias ciertas del desierto?» A la última pregunta el domador se contestó afirmativamente. Él les daba una felicidad relativa. Los nutría, los cuidaba, les evitaba la probable muerte violenta. No les hacía sufrir. Luego, eran útiles, prestaban un servicio a la educación, a la historia natural, y aun, hubiera podido agregar, al arte.
Y Bostock entró plenamente en su heredada carrera.
Ante todo, apartó de sí todo procedimiento cruel. «La bondad es el único azote empleado para hacerse obedecer de las fieras». Sin ella, las fieras «no entienden». La fiera más terrible se dulcifica con la bondad. Hay que inspirar con la bondad confianza. Es probable, dice Bostock, que otras generaciones llevarán más adelante la doma de las fieras, pero estoy contento con lo que yo he logrado. Comprender y hacerse comprender. Esa es su victoria. Tal, más o menos, fué lo que desarrollara en las páginas del McClure's Magazine, hace ya diez años, en un estudio que consagró al beluario, y que éste aprovechó después para su libro profesional, el escritor Samuel Hopkins Adams.

El libro autobiográfico y técnico del admirable norteamericano contiene cosas en extremo interesantes. Su padre, hombre religioso, que profesaba el anglicanismo, quiso dedicar a pastor al niño que jugaba con cachorros. Lo fué, pero su rebaño ruge, huele a selva y come carne cruda. No obstante, el futuro domador cultivó su espíritu. Estudió primero en los Estados Unidos y luego en el Kelvedon College, en el condado inglés de Essex. En una de las visitas que hacía en vacaciones a su padre, volvió a ver los trabajos con las fieras en el circo. Y aconteció que un domador, habiendo tratado mal a un león, no pudo seguir en su ejercicio. Y el joven Bostock solicitó de la benevolencia paternal ser el reemplazante. Negativa. Pero al día siguiente, mientras Mr. Bostock, padre, recorría el circo, encuentra a su hijo metido en la jaula del fiero león. «Hijo mío, le dijo todo asustado; si sales vivo de allí te voy a pegar la paliza mayor que puedas recibir en tu vida». Como el muchacho salió triunfante, la amenaza se volvió cariño y el cariño pasó a consentimiento y el domador fué reemplazado por el audaz joven. «Yo tenía quince años y me llamaban «el niño domador». Comenzó así su peligrosa carrera. El no admite «nada de vulgar en sus espectáculos»; se da en cuerpo y alma a sus tareas, siente la fascinación de su trabajo. Comprende lo que hay en él de fabuloso y de heroico. Sabe que hay que tener juicio fino y presencia de ánimo.
En Birmingham se le huyó un furioso león africano que, perseguido en una alcantarilla, le hizo realizar un trabajo hercúleo y habilidoso para capturarlo. Su historia está llena de cosas impresionables. Varias veces ha estado a la muerte, por la garra o por el colmillo. Llegó a maestro. Muchos discípulos suyos son hoy famosos en los modernos fastos circenses. Habla de su arte, o si gustáis, de su ciencia, con pasión, pero en él impera siempre la serenidad. Conoce los animales de la historia y la historia de los animales. Proclama la modernidad de su arte, pues ninguna fiera fué industriada por los antiguos, a pesar de anécdotas de eruditos. Tiene a orgullo el descender de Georges Wombwell, que inició de los primeros el dressage tal como hoy se comprende. Antes de que la menagerie del abuelo Wombwell se estableciese en Inglaterra, a comienzos del siglo pasado, se habían amaestrado monos y perros, pero nunca leones y tigres. Por la dulzura de un hombre con dos leoncillos enfermos y la amistad continuada pudo ver el público por primera vez juntos al león y al hombre, sin hacerse daño. Así se iniciaron las enseñanzas de hoy. «Un hombre y dos leoncillos», dice Bostock. Eso asombraba hace más de cien años. Hoy vemos entrar a un hombre en la arena «rodeado de veintisiete leones». Y se va más adelante: se ha ido poco a poco. Recuerda a Ellen Bright famosa, que murió por imprudente desgarrada por un tigre; a Herman Weedon, que ha realizado grandes progresos, y a otros tantos, entre los cuales el soberbio capitán Bonavita, Daniel, con látigo y botas. Y la Morelli, circundada de panteras, jaguares y leopardos, todos menos nobles que el real león; la Aurora, de humilde aire efébico, haciendo evolucionar sus osos blancos; Miller, con sus enormes tigres bengaleses; la Pianka, Weedon y el valerosísimo Richard de Kenso. Y luego los secretos para lograr el éxito en la enseñanza de los terribles alumnos. A más de la paciencia y la constancia, saber penetrar en la psicología zoológica. Estudiar los temperamentos y las idiosincrasias y velar por el aseo, la buena nutrición y el ejercicio, pues la pereza hace tan malas a las fieras como a los hombres. Sabed que los leones son enfermizos; que cuando examinan una cosa y no la comprenden, se agitan y rugen; que son delicados como los niños; que una leona preñada es tan nerviosa como una mujer en estado interesante, y que por causa de sus nervios es difícil que sea una buena madre, llegando hasta devorar sus hijos: sabed que hay a veces entre las fieras traiciones y perversos sentimientos. Luchan entre ellos, se muerden, se dan zarpazos. ¡Cuánta atención, pues, habilidad y firmeza para adiestrarlos, para relacionarse con ellos! Los que creen en que se les da opio, bromuro u otras pócimas no saben que eso no puede ser. Pues afirma Bostock, dar drogas a las fieras podría ocasionar pérdidas serias, sin contar con que el efecto final de las drogas disminuiría sensiblemente el valor comercial de los animales. Igualmente, el buen domador no usa jamás de crueldad. No se deteriora una bestia que vale tanto, primeramente. Y luego, el mal trato hace mala a la fiera. Hay que escoger los alimentos. «El único medio de mantener las fieras en buen estado y sin mal olor, es darle carne fresca y de buena calidad. El carnero o el buey recién estazado y a veces una cabeza de cordero, que les gusta mucho, es el alimento que conviene más a los leones y a los tigres». Y hay otros cuantos detalles sobre la comida de esos bien nutridos y considerados prisioneros, como el darles un hueso con cada trozo de carne y el hacerles ayunar un día a la semana. Si hay desgano, pues un aperitivo. Mas no creáis que se les emponzoña con bíters, gencianas, ajenjos o vermutes, sino que se les da un pedazo de hígado; o bien un conejo, un pollo o un pichón. Al oso, poca carne cruda; se le da cocida, y pescado y pan con leche. Y si el oso es polar, sabed que ese gourmet se chupa labios y patas si le brindáis un buen plato de aceite de pescado. «Esto es algo que vale la pena de ser visto», afirma el buen Bostock.
Las grandes serpientes son difíciles de alimentar y hay que emplear con ellas a veces la fuerza. Cuando un elefante está resfriado, hay que regalarle con whisky y cebollas calientes, pues «parece no solamente aceptarlas, sino querer más». Pero esa pagoda viviente es por lo general muy sana, como no se cuele una pneumonía. Duermen sobre el lado izquierdo, replegada la trompa «hacen a intervalos regulares un ruido singular, semejante al de una caldera que deja escapar vapor. No tienen el sueño profundo. No prestan mucha atención a su guardián que les hace ronda toda la noche; pero si algo de insólito se produce, el silbido de su respiración se para: dos lucecitas rojas aparecen en la cabeza de cada elefante; y todos se despiertan y se ponen en guardia. A la primera señal de peligro trompetean sonoramente y lanzan la alarma cuando ningún otro sér vivo, salvo ellos, sospecha nada de anormal». Aquí sí que el vigía está en la torre.

Bostock enseña las características de cada animal. «Los leones no tienen afecto; se acostumbran a su domador y lo toleran; pero su obediencia y su docilidad son debidas en parte, sino enteramente, a su ignorancia y a su terror por todo lo que no comprenden». Es lo que a los humanos aconteció con los elementos y con las potencias desconocidas que causaron la idea de los dioses.
Mas en el animal hay también misterio, y hay que recordar la opinión de los que juzgan que la inteligencia de ellos no difiere de la de los hombres sino por la calidad. Buffon nos ha enseñado su abecedario; Welss nos ha iniciado en su teología... Bostock nos dice: «No es el ojo—aunque en él se contengan resolución, prudencia y paciencia—, es «el espíritu» el que domina a un tiempo mismo una veintena y aun mayor número de animales».
Y es que en este norteamericano que contiene a Sansón y a Androcles, se encierra un buen lastre de la mejor filosofía.
París y Eduardo VII.
París lamenta la desaparición de su rey Eduardo, de su antiguo príncipe de Gales. La Prensa, que siempre tiene sus desentonos, ha estado ahora unánime al hacer el elogio del difunto monarca de Inglaterra. No pasó así con Leopoldo de Bélgica, que también creía haber ganado su ciudadanía parisiense. Es verdad que había su diferencia entre el rey gentlemen y el rey bolsista y negociante. Hasta en la misma vida galante hay una y otra manière. Además, el britano procuró siempre hacerse simpático a Lutecia. Y una de sus frases íntimas, es la que dijo el alcalde de Biarritz: «Dicen que todo hombre tiene dos patrias: la suya y la Francia. Es posible. Lo que sí es seguro es que todo hombre tiene dos placeres: primero vivir en su patria y luego vivir en Francia». Así, París ha sentido tanto como Londres la muerte del soberano; el príncipe no podría nunca olvidar y dejar de ver con cariño al país que le fuera tan grato: a la ciudad de sus expansiones juveniles y en donde su elegancia y su gentileza tuvieron más influjo que Su Majestad. Así, de París, él gustaba sobre todo, y como hombre de fino gusto, de los parisienses. El normando, como decía Paul Adam, se complacía con la vivacidad y la alegría de las lutecianas. Como después, y ya un poco tarde, su sobrino de Alemania; apreciaba la gracia singular de una Jeanne Gravier, y el sutil talento de una Réjane. Cómicas y cómicos de renombre conservaron regalos suyos. El broche de Réjane y el bastón de M. Fébre son famosos entre bastidores. Su persona era familiar a los habitantes de París. «Ahora mismo, dice un parisiense, nos parece a todos que sobre el andén de una de nuestras estaciones, o sobre la acera de una de nuestras avenidas, vamos a ver aparecer esa curiosa fisonomía, la más curiosa tal vez que hayan producido las líneas soberanas: ese paso que era sonoro, pero que no hizo nunca temblar el suelo; esa oreja que era pequeña, pero anchamente abierta a los mil ruidos de los cuatro puntos del globo; ese ojo azul, muy dulce y sonriente, que bajo la pestaña perspicaz parecía detenerse siempre sobre los objetos más inmediatamente cercanos, pero que en el fondo buscaba, sobre todo, mirar lejos, más allá del horizonte visible; ese cuerpo que parecía tener la robustez de un gigante y que no había dejado la gracilidad de un niño; esa mano que parecía tener la fuerza de deshacerlo todo y que se contentaba con tener la fuerza de estrechar; esa sonrisa, muy bondadosa y muy indulgente, que los labios dejaban pasar, plegándose con un poco de amargura...» El retrato es justo, bien hecho y demuestra el cariño. El pesar parisiense no es ficticio. En los balcones de algunas calles se ven banderas de duelo, como en Londres. Y la rue de la Paix tiene crespones y cintas negras por el rey de las elegancias masculinas y el estimulador de las elegancias femeninas. Es para él, dice alguien, que nosotros hubiéramos querido inventar la tradicional expresión: Su graciosa majestad. Se habla de su afabilidad, que no menoscabó nunca su real distinción. El príncipe anecdótico interesa más a París que el rey político. Árbitro de la ténue, se enumeran sus prendas indumentarias, sus sastres, sus proveedores. Se le celebra como gourmet, como sportsman, como gentleman generoso. Un escritor que recordara sus antiguas horas alegres, no deja de apoyar que «a los que le han conocido cuando era príncipe de Gales hacía pensar en el nombre de otro príncipe de su país, el famoso Enrique IV de Shakespeare, compañero de Falstaff», y que «la juventud de Eduardo, como la de Enrique, estaba tan consagrada a los placeres, que, así como con Enrique, se dudaba mucho que llegase a revestir la majestad real, pero que tanto para uno como para otro los temores fueron injustificados, y ambos, una vez soberanos, se pusieron a reinar como si no hubiesen hecho otra cosa durante toda su vida». Los que recuerden las escenas finales de la pieza shakespeareana tendrán presente cómo a Falstaff le da una enérgica lección Enrique IV. Y se cuenta que, con gentileza de forma y gentileza de potentado, dió otra lección Eduardo VII a una actriz francesa que, estando en Londres, no supo comprender en cierta ocasión que el príncipe de Gales había desaparecido ante el rey de la Gran Bretaña, y emperador de la India.

En una casa parisiense admiro la iconografía casi completa del lamentado soberano. Dibujo que representa al niño recién nacido, cuya masculinidad alegró al viejo Wellington.
—«¡Un barón!—exclamó éste,—¡Un príncipe!—respondió escamada la nodriza míster Broug». El pequeño duque de Cornouailles, con su cofia fina, bebé, bebé jumeau, en compañía de la princesita Victoria. El niño, más crecido, trajeado de claro, con sus anchos pantalones y su blusita ceñida con cordón a borlas; de la mano de su madre, que tiene tan lindos brazos y tan lindo escote, a ambos lados del rostro blanco y bello, los cabellos lisos y oscuros que caen hasta los hombros. La litografía en que está con las princesas niñas Alicia y Victoria—y una muñeca—; y otra en que se ejercita en el rowing en el lago del castillo de Windsor, ante el príncipe Alberto, de su madre y hermanitos. Un marinerito de keepsake, cabellera rizada, bello como un amor; luego, jugando con otros niños, en el parque del castillo, mientras sus padres están en una ventana. Luego otro retrato infantil en un paisaje de Escocia y otro con toda la familia real, en un salón palaciego.
Ha crecido algo más, y hele aquí en unión del duque de Coburgo. Tiene ya ocho años; viste el traje escocés que le deja las rodillas desnudas. Después, del brazo con su hermana Victoria, como jugando a marido y mujer, él con el casaquín desabotonado de cintura abajo, la gorra de visera acharolada, ella con la falda acampanada y a vuelos, y el sombrero de alas anchas algo echado atrás. Ya veremos cuando le apunta el bozo al príncipe de levita, capa y la especial gorra universitaria, no sin antes admirarle adolescente en un dibujo de Richmond. Así cuando la boda de la princesa real, en el 58, entre los generales y los lores, los príncipes y las princesas. Un retrato le representa con el uniforme de los guardias. Y luego, ya la barba aparecida, está inclinado, de rodillas, bajo la capa de la ceremonia de caballero de San Patricio.
Y la dueña de casa me le hace ver en otros cuadros, planchas y grabados más, que sirviera para documentar gráficamente un libro sobre el monarca íntimo. Ya está en la India, cuando su célebre viaje, en la caza del tigre, sobre el lomo de un elefante, en una escena de tour de monde, ya acogiendo afectuoso a los tributarios maradjahs; y prosiguiendo su jira de conmisvoyageur de lealismo, martillando el último remache en el puente Victoria sobre el San Lorenzo canadiense.
Un grupo del año 62. Las damas visten unos trajes que hoy parecen imposibles. La crinolina forma su embudo; los tocados son sencillos; la moda poco exigente. Del lado de los hombres el futuro árbitro de las elegancias no se distingue mayormente; en cambio, en la cabeza del duque de Edimburgo está pintado un sombrero de copa claro que ha de renovarse de manera triunfante, más tarde, en la cabeza del príncipe de Gales. De ese mismo año hay un retrato del príncipe imberbe, sentado cerca de un jarrón, con un junco en la mano. Ya se nota la preocupación del vestir bien; son los comienzos del arbiter. Un año después se inician unas vagas patillas; así está, con su uniforme de brandeburgos y su gorra de pelo con plumero blanco. Es el tiempo del enamoramiento y del matrimonio. La bella princesa de Dinamarca en la corte viste a la sazón como una dama de Winterhalter. Hay un grabado del día mismo del matrimonio, en que la reina Victoria y los recién casados parecen, junto a un busto del príncipe Alberto, unos buenos burgueses de Francia.
En un retrato de 1873, en compañía de su hermana Alicia, el príncipe está ya barbado. Viste de americana, no por cierto famosa, y tiene en la diestra el cigarrillo, que ha de ser sustituído después por los célebres habanos a diez francos cada uno. Por el mismo tiempo está retratado en Balmoral con la real familia; y no tiene, a la verdad, del inglés convencional más que el traje a grandes cuadros y la gorrita escocesa. En esa época le pintó Angeli, de uniforme y con aire marcial. Hay una figura del 76; está hermoso y grave. Y la serie iconográfica continúa: con su bulldog favorito; llevando de las riendas a Pergiminon el día de la victoria en el gran Derby de Epsom, entre las explosiones de entusiasmo de miles de sportsmen; en un concurso de tennis en Homberg; de chaquet, en Marborough-House; con gabán, saliendo de la capilla; de zapatos ferrados y polainas en sus cacerías de ciervos de Balmoral; de gran uniforme, junto con su hermano el duque de Connaught, entre la muchedumbre, en el pesage; de hongo, en un box, en una venta de caballos; con collar y mandil, como gran dignatario masón, y con el traje de gran maestre de San Juan de Jerusalén.
Aquí lleva de la mano a la reina en la ceremonia de la apertura del Parlamento, pendiente de sus hombros el gran manto real, cuya cola sostienen pajes arcaicos. O está sentado en el trono, rodeado de túnicas, espadas, varas y pelucas; o en el instante de firmar el juramento que afirma la seguridad de la iglesia escocesa; o presidiendo, entre muchas calvas y pocos toisones, un consejo de gabinete; o junto a su mesa de labor, con el habano encendido; en carruaje de gala, en automóvil, a pie, príncipe, monarca, turista, bulevardero, en apoteosis y en caricatura, así conoce París, tanto como Londres, la figura indiscutiblemente simpática de quien fué llamado el rey de los gentlemen y el gentlemen de los reyes.

Aun no se han verificado los funerales y ya la municipalidad parisiense resolvió dar su nombre a una calle, y como la calle elegida no correspondiese a la magnitud de la intención, los vecinos de la calle Royal han pedido que sea esa la favorecida con el nombre de Eduardo VII. Ello estará bien, por ser royale y por ser de elegancias y lujos. Los risueños agregan que en ella está el establecimiento de Maxim's.
Un parisiense de distinción, que fué amigo íntimo del rey Eduardo, contaba días pasados que muchas de las leyendas que circulan no están completamente conformes con la verdad. Y hace un buen «croquis» del egregio difunto. «No era ni familiar ni estirado. Tenía para todos una palabra precisa, una frase que no se podía olvidar; y, dígase lo que se diga, del rey de Inglaterra quedó siempre la verdadera; era el príncipe de Gales: un gran señor sin finchamientos, sin fanfarronería, pero también sin ninguna condescendencia con los importunos y con los aduladores. Permitía gustoso que, a pesar del protocolo, se le dirigiese la palabra sin ser interrogado su interlocutor; pero si se trataba de una adulación, de una flagornerie, cortaba la conversación con una impertinencia altiva». Y estas palabras significativas: «Tenía igual medida en sus afectos deportivos que en sus afectos artísticos, que en su gusto por los placeres, que tanto le fué reprochado; y que no eran en él más que la expansión generosa, ardiente, comprimida por la flema británica y la noción exacta de su grandeza». Así habla alguien, que como he dicho, fué su amigo íntimo y su antiguo compañero de vida parisiense. Así habría hablado Gallifet, si hubiera vivido hasta ahora. Sayán su émulo y otros que ya no existen. Le lloran otros amigos, entre ellos el pintor Detaille, que deja a medio concluir su último retrato.
Y las anécdotas abundan, todas, sí algunas picantes, cariñosas. Ninguna más gráfica, aunque seguramente falsa, a pesar de ser ben trovata, que ésta de que he hablado en otra ocasión. En la función de gala que se dió en la Comedie Française en honor del nuevo Rey de Inglaterra, se encontraban en el palco presidencial el rey Eduardo y M. Loubet. La bella Otero, que había logrado un asiento de platea, gracias a un amigo senador, pues la fiesta era de invitación, fué con buenas maneras instada por la policía para dejar su fauteuil. Como se oyese un vago rumor—¿qué pasa?—dijo el presidente.—Y al explicársele lo acontecido, al mismo tiempo que el honesto Loubet preguntaba:—Qui est cette demoiselle? el antiguo príncipe de Gales exclamaba por lo bajo:—Pauvre Caroline! Estas son las sonrisas de París.
Un libro sobre Chile.
Chile en 1908, por Eduardo Poirier, es un libro recién aparecido, lleno de datos y de juicios, que llamará la atención sobre ese país importante. El efecto será naturalmente mayor si a la edición castellana se uniesen otras inglesa y francesa que, según tengo entendido, se preparan. En Europa, escribe J. H. Webster, citado por Poirier, en su obra The American Republics, los numerosos libros que circulan sobre las fantásticas maravillas de las naciones latinas de América, son libros que desprecia todo el mundo, comenzando por los que escriben y los reparten. Míster Webster exagera. En Europa nadie puede despreciar esos libros, porque nadie los lee y nadie los reparte. Hay, en efecto, una verdadera bibliografía a nuestro respecto en la sección de viajes de estas librerías. Generalmente se encuentran esos volúmenes entre los libros de étrennes, muy bonitos, con muchos grabados, que se regalan a los muchachos. Son libros caros. Sus autores son por lo común exploradores y geógrafos, colaboradores de Le tour du monde, o turistas ocasionales, hombres o mujeres, que han llevado su cuaderno de apuntes y que no han podido después resistir a la tentación de la publicidad. Hay también los enviados de los periódicos, entre los cuales enviados se encuentran de la clase de los terribles. Ejemplo, Th. Childe, Barzini. Todos esos libros tienen un público limitado. Así, los conocimientos del gran público respecto a esos países tienen por base, cuando más, lo que el buen Julio Verne describió o dijo de ellos en señaladas novelas de su colección. Ningún nombre glorioso, o siquier famoso, ha escrito jamás un volumen sobre la América latina, fuera de las páginas científicas a ella consagradas por un Darwin, o un Humboldt. Loti, que ha recorrido casi todo el mundo, no ha puesto nunca entre nosotros sus escenarios. Y vale más. Lo único de valor que un europeo de nombre universal haya alguna vez publicado sobre una nación hispanoamericana, es la conferencia de Anatole France sobre la República Argentina.
Si Ferrero escribe el libro que se ha anunciado, será cosa excelente, aunque insista en su romanismo comparado. Y si el señor Blasco Ibáñez se dedica a la obra argentina de que se ha hablado, será también plausible, porque su nombre es muy conocido y representa hoy a España en la librería mundial.
Sobre Chile se hallan en Europa algunas monografías, de publicación oficial, llenas de datos interesantes y obras como la Histoire d'un grand peuple, del venezolano señor Arestigueta Montero, que es vendida en París por su mismo autor. Libro corriente, libro que circule, libro autorizado, no conozco ninguno. Por eso la propagación del señor Poirier, en buenas condiciones no podrá sino ser utilísima para su patria.
Ese nutrido trabajo es en menores proporciones, semejante al del señor Lix Klet sobre la República Argentina. Demás afirmar que hay en la tarea realizada la manifestación de un patriotismo ardiente. No es esto sino plausible, pues si una labor como esa no se lleva a término con amor, no valdría la pena de emprenderla. Tengo el gusto de conocer al señor Poirier. Sé de su talento claro y ponderado, de su laboriosidad infatigable y de su extensa cultura. Ha viajado y ha podido hacer, como él dice en su proemio, «el consiguiente estudio comparativo y analítico de otros pueblos, razas y civilizaciones». Como lo exige la índole de su obra, hase ayudado con una documentación oficial, verídica y exacta. Además, al final del grueso volumen ha agregado varias monografías escritas por autoridades del país, y que ponen de manifiesto el adelanto actual de la cultura chilena. Son esas autoridades los señores Poenisch, para las matemáticas; Santa María, para la ingeniería; Ducci, para las ciencias físicas; Díaz Ossa, para la química; Phlippi, para la Zoología; Reiche, para la botánica; Sundt, para la geología y mineralogía; Porter, para las ciencias antropológicas; Marín Vicuña, para los ferrocarriles; Amunátegui Solar, para la medicina y farmacia; Dávila Boza, para la higiene pública; Guerrero Bascuñán, para la beneficencia pública; Amunátegui Reyes, para el código civil; Ballesteros, para el derecho procesal; Galdámez, para la biblioteca nacional, y Ramírez, para la instrucción primaria.
El señor Poirier trata en su libro, primero de la parte geográfica, luego de la histórica, gobierno, intelectualidad y comercio. Es una exposición maciza de la vida y movimiento del organismo de la nación chilena. Las ilustraciones, mapas y planos son dignos de toda recomendación. La parte gráfica es un utilísimo complemento del trabajo.
He aquí la viña Subercaseaux que produce los excelentes y famosos vinos, que pueden competir con buenos crus europeos.
He aquí el monumento a Juan Godoy, descubridor del mineral de Chañarcillo. La esculpida figura de ese hombre del pueblo nos recuerda que Chile es un país minero y que muchas de sus fortunas han salido de las entrañas de la tierra.
Aquí vemos a un hacendado y sus hijos. Estos gentlemen farmers llevan el traje usual de los estancieros chilenos, el sombrero de anchas alas, la bota y el poncho, que tan bien han sentado a huéspedes como el difunto don Carlos de Borbón.
He aquí los baños de Canquenes en el valle pintoresco; y el río Copiapó, crecido, y el Valdivia y la laguna negra, que se diría de un paisaje suizo.
Se ven los puertos pintorescos; y Viña del Mar, la ciudad de lujo y de alegría cercana a Valparaíso. Y las ciudades que están cercanas a la cordillera, y las lejanas y los pueblos lindos. Vese un grupo de araucanas con aspectos asiáticos; y una preciosa adolescente, hija de cacique, que si no tuviese los pies desnudos e intactos, creeríase hija de un mandarín o príncipe de China.
Santiago y sus monumentos, su cerro de Santa Lucía, orgullo de los habitantes de la capital, y Valparaíso, la britanizada, y Concepción y Talca y tantas otras poblaciones de trabajo y de belleza, como ese encanto de Lota, feudo económico de los opulentos Cousiños. Y una profusión de grabados más que explica objetivamente el texto.
Los monumentos hablan de la historia gloriosa de la Nación. Tal cual pintura de artista nacional expone escenas de la vida popular, como la Cueca. Y la fotografía hace admirar la tradicional hermosura de la mujer de Chile, perpetuada en la inmortalidad del arte por el célebre busto de Rodin que es joya del Luxembourg y cuyo modelo Arsene Alexandre asegura ser una dama peruana, habiéndolo sido, según entiendo, la esposa del ministro chileno en Francia, señor Moria Vicuña.
Al leer ese tomo no se puede menos que reconocer el entusiasmo y el afecto que por su patria tiene el autor, entusiasmo y afecto muy naturales y justos. Queda afirmado que Chile es un país serio, laborioso, bien constituído y lleno de cualidades bélicas y que comprenden bien el lema de su escudo «por la razón o la fuerza».
Durante mucho tiempo ha sido el modelo gubernamental para las repúblicas hispanoamericanas y su buen sentido ha sido señalado como un ejemplo y una norma. Ha tenido siempre envidiable renombre en sus asuntos económicos, y en la formación del tipo propio no en balde ha querido imitar a los hijos de la Gran Bretaña. Además, el chileno ama la expansión de la vida y el gozo de vivir, aunque parezca en veces seco o brusco. Así, bien puede decir con razón un observador como W. H. Koebel: «The chilean of the educated classes bears a marked resemblance to the Englishman both in outward appearance and habits. A young naval cadet at Valparaiso might have stepped straight from out of the doors at Osborne. A similar Anglicised appearance prevails throughout in the world of commerce, officialdom, and sport. Amongst others, hospitality and a marked «joie de vivre» are their attributes». Durante tres años que pasé en las ciudades de Valparaíso y Santiago, hace ya más de veinte, pude comprobar tales aserciones.
Los datos sobre el movimiento intelectual dan idea de una copiosa producción. Se encuentra larga lista de escritores y poetas, hechos a la manera de aquel incansable obrero de la publicidad chilena, tan lleno de buenas intenciones, que fué el finado don Pedro Pablo Figueroa. Quizá hubiera sido de desear un estudio sobre las tendencias del pensamiento nacional y un cuadro expositivo de la evolución literaria en ese centro de pensadores estrictos, de hábiles constitucionalistas, de eminentes jurisconsultos y filólogos. Y mostrar cómo allí en donde el ilustre venezolano don Andrés Bello dejó como herencia imperecedera el Código y la Gramática, hay también una juventud que ama la Belleza y siente el Arte y que saluda con respeto la figura de mármol de aquel antecesor, aun siguiendo los rumbos que el espíritu de su época le ha señalado.
Mucho más hay que alabar en la obra del señor Poirier. Su prosa es clara, amena, distinguida. Se ha librado de los excesos líricos que en trabajos semejantes se encuentran en otros países hispanoamericanos. De este modo él ha llenado su objeto de escribir para «hombres de estudio y de ciencia, para quienes ninguna utilidad ni prestigio revestiría una de esas adocenadas y calidoscópicas exhibiciones de maravillas en que se pinta a estos países nuevos de la América, no como ellos son, sino como los quisiera el optimismo interesado, cuando no la quimera patriótica de sus autores». Libro útil, lectura provechosa para su tierra, labor de propaganda merecedora de estímulo, eso es lo que ha realizado el señor Poirier. Ya había él, de otras maneras, hecho lo mismo en Chile para bien de otros estados hispanoamericanos.
Dícenme que un miembro del cuerpo diplomático fué separado de su puesto en París por el Gobierno chileno por publicar un libro que él creía excelente y que no hacía sino poner a su país en ridículo. En este caso el Gobierno debía hacer todo lo contrario.
Las memorias de la señora Daudet.
Hay un escritor a quien injustamente los excesivos del intelectualismo han querido poner à coté, en estos últimos años; quiero hablar de Alfonso Daudet. Este era un artista cordial, un sensitivo, con el don del humor y de la claridad. Mucho de su obra, hoy poco atendida, revivirá más tarde.
Ahora viene a mi mente lo que de él leyera antaño, al acabar de acompañar a Mme. Daudet en sus Recuerdos, recientemente publicados. Ellos forman un volumen que generalmente interesa y en muchas de sus partes conmueve. Vemos desfilar unas cuantas figuras de las letras francesas, cuyos nombres son famosos y cuya obra no es conocida. Y ellas pertenecen no solamente al grupo literario que frecuenta el «diván» de los Goncourt y visitara la casa de Daudet, sino a una generación anterior, pues la autora se complace en rememorar a tales o cuales personajes de letras que conociera desde sus primeros años, cuando sintiera su inicial impulso hacia la literatura, teniendo, como tenía, padre y madre poetas.
Conoció a Mme. Desbordes-Valmore, al grupo provenzal de los felibres, amigos de su marido Mistral, Aubanel, Roumanille, Anselme Mathieu, Félix Gras, Paul Arène. Recién casada en su morada del hotel Lamoignon, en el Marais, vió desfilar a Sarcey, Ranc, Mittchel, Dusolier—nombres que fuera del «tío», no dicen nada en la actualidad. Y llegaba allí también Barbey, el condestable de las letras, como Edmond de Goncourt fué más tarde el mariscal. De Barbey traza en estas páginas un pintoresco retrato, y publica una carta suya inédita. Habla con simpatía de Cladel, presque génial celui-là, de Paul Feval, de Flaubert. De algunos de ellos reproduce cartas interesantes, sobre todo de Mme. Desbordes-Valmore.
Luego, los recuerdos se van anotando en forma de diario. No en vano su intimidad fué tan grande con los hermanos Goncourt. Pero antes, pinta gráficamente figuras como la de Catulle Mendes, y dedica al dios Hugo, entre admiración y admiración, algunas acres observaciones. Ya sabemos que esos son asuntos de familia. Con Zola no hay mucho afecto. En cambio, éste es vivo y agradecido con M. y Mme. Georges Charpentier. En todo el libro, naturalmente, por afecto casi familiar y por razones intelectuales el nombre que se diría siempre adornado por un bouquet de rosas, es el de los Goncourt.
No deja de hacer advertir, como su marido al final de sus Trente ans de Paris, la literaria ingratitud de Tourgueneff, a quien Flaubert llamara el bon moskove. Y he aquí a Huysmans, Céard, Edouard Drumont, Anatole France, Bourget en sus primeras obras. En el fondo de su Nohant la vieja George Sand escribe una carta de felicitación a Daudet por su Jack. Hay una descripción del salón de la princesa Matilde, con sus diplomáticos y literatos, y de las reuniones en casa de Mme. Adam, tan llenas de hombres políticos y de hombres de letras. El verdadero diario empieza, por fin, con la fecha 21 de mayo de 1880.
Y la página escrita ese día relata una visita a la casa de Auteuil en que moraba Edmond de Goncourt, «el único hombre de letras que yo conozca en un hogar digno de él», dice la autora.
El hotel es elegante. Un lujo refinado y exótico armoniza las preferencias del espíritu de un sedentario, con las raras filigranas del arte japonés. En la biblioteca los libros tapizan los muros, y en una parte de ella se encuentran las obras de los dos hermanos en especiales encuadernaciones. La Manette Salomon en un esmalte de Popelín; yo no sé cuál otra de sus novelas con un dibujo de Gavarni que será después su ex libris: les deux doigts de la main.
Madame Daudet pide ver la habitación descrita en La maison d'un artiste au dix-huitième siècle. Y al acompañar a la visitante, Goncourt hace observar:
—Faltan aún diez mil francos de cortinajes en el lecho y en los balcones para que esto esté completo.
La autora llega, en fin, al gabinete japonés en que, guardadas en vitrinas, están las exóticas maravillas que forman la colección de Edmond de Goncourt. Este las hace examinar a Mme. Daudet y ella nos refiere que «si una mano de mujer se tiende hacia el delicado objeto para apreciar mejor su rareza, su ligereza, es preciso ver el aire inquieto del gran escritor, atenuado por su extrema cortesía, y el leve estremecimiento con que vuelve a su sitio el bello plato transparente y frágil o el estuche de nácar historiado como un encaje».
Sigo con complacencia el relato de la visita a Edmon de Goncourt. Flotan sobre el decir de la mujer artista y curiosa todo el afecto y la cariñosa admiración que la viuda de Alfonso Daudet profesó a los hermanos Goncourt. «Desde el día en que lo conocí—esto data de 1874—mi admiración ha crecido, se ha afirmado; y con los hombres célebres la inversa se produce casi siempre».
A lo largo se suceden recuerdos de reuniones, fiestas, banquetes a que, acompañando a su esposo, asistió la autora de este libro cordial y evocador. Casi en el mismo mes anota el diario que recorro, soirées en el taller del primer Nittis; en el palacio de la princesa Matilde, «la alteza aún imponente y bella»; en casa de la interesante Mme. Juliette Adam. Esta última, una escena de artistas. Se sientan a la mesa el gran duque Constantino de Rusia, el conde de Beust, después Carolus Durán, Dumas hijo, Dérouléde, Tourgueneff, Munkcaczy y Alfonso Daudet. Y solas dos mujeres: Mme. Daudet y la dueña de la casa.
Después de un claro de fiestas bastante grande, en abril de 1882, encuéntrase una bella descripción de la reunión que se congregó con objeto de escuchar la lectura del arreglo para el teatro de Los reyes en el destierro. Eran los autores P. Delair y C. Coquelin. Y el areópago lo formaban Gambetta, Henry Céard, el doctor Charcot; Banville, Burti, Goncourt, Edouard Drumont y los esposos Charpentier.
La autora expresa, al pasar, su opinión sobre la conveniencia de la lectura de las obras en preparación a un pequeño círculo de hombres de letras. Así conoció ella la pieza de teatro sacada de Renée Mauperin, por Henry Céard, y puesta en escena en el Odeón de París, por el director Porel, artista al propio tiempo.
Y la escritora evoca en su recuerdo la lectura de la Fille Elisa a que ella asistió. Tienen sus palabras el grato perfume desvanecido de las horas dichosas que pasaron.
«Nos vemos en la casa de Auteuil una tarde de junio, en el gabinete de trabajo bien cerrado y discreto, la pieza de al lado abierta sobre los rododendros en flor, a M. de Goncourt leyendo con su voz corta, emocionada, cayendo al final de las frases que en sus más bellas páginas guardan, para mí, en la relectura, la entonación primitiva.
»La lectura terminada, descendíamos al jardín, volvíamos a ver el pequeño surtidor, coronado por un delfín de Saxe en piedras, avanzando su garganta abierta por encima de las idas y venidas de los peces rojos vigilados por la gata familiar; encontrábamos de nuevo esta plaquita en tierra cocida, con efigies infantiles, entre los árboles verdes, y la cigüeña de la entrada, de largo cuello enhiesto, con el plumaje tan ligeramente grabado en el bronce. Por testamento y delicado recuerdo del amigo desaparecido, estos dos últimos objetos se encuentran ahora en mi poder, adornando, in memoriam, mi jardín y mis paseos. Y estas manifestaciones de arte, muy distintas entre el césped y las flores, engrandeciendo el reducido espacio, hacían aspirar allí ese gusto de rareza, de vestigios exóticos o antiguos, cuya elocuencia saboreaba también Edmond de Goncourt. ¡Deliciosa jornada, que siempre ha corregido para mí el navrementt del libro!»
Dos meses después de esta agradable reunión, que con deleite anotaba la autora, el 11 de junio, consagra las páginas de su diario a recordar la muerte de uno de los dos hermanos bien queridos por Daudet. Julio, herido en la razón antes, sucumbe al fin después de un lamentable año cuyas amarguras se adivinan a través de la cariñosa y doliente discreción del buen Edmundo de Goncourt.
Y en este punto están reproducidas en el diario de recuerdos dos cartas interesantísimas de Edmundo a Flaubert y al marido de la escritora. La primera es de días después de agravarse la enfermedad de Julio. En ellas hace el hermano enfermero a Flaubert confidencias de su desesperación ante la desgracia del compañero, del amigo perdido para la vida intelectual al entrar en la madurez del talento. La segunda es para encargar a Alfonso Daudet que reserve sin dar a conocer la anterior hasta la muerte suya.
Ambas muestran el entrañable compañerismo de los hermanos Goncourt y Mme. Daudet; al reproducirlas, consagra un pequeño y tierno homenaje a «esta colaboración fraternal única en las letras».

De las más interesantes anotaciones que contiene el libro son los juicios que a la autora merecen los grandes políticos que encontró en los salones políticos-literarios del tiempo. Pasan rápidamente por los rincones de esta agenda de una dama artista los célebres oradores del imperio, los famosos jefes de partido. En la mezclada sociedad de artistas y políticos, madame Daudet encuentra a Gambetta en un salón, rodeado, acorralado por los hombres que, olvidando a las damas presentes, escuchan, «literalmente de rodillas» ante su sillón, al gran tribuno. «Plácido, rosado, de cabellos grises pegados en las sienes, tendiendo a la obesidad pálida de un Napoleón I y de su misma nacionalidad, pero de ambición menos amplia, parece a punto para la derrota».
En las reuniones de la princesa Matilde no faltan ocasiones de codear a todo el mundo político, que allí, a su vez, codea al mundo literario en un terreno neutral. Y no faltan a la escritora comentarios, cuando no acres, teñidos de un vago y tenue desdén para los estadistas más o menos en auge a la sazón.
El batallador Georges Clemenceau, que lleva ahora los ardores de su verbo de viejo luchador por la capital argentina, no le presenta más rasgo típico que la brutalidad: brutalidad en el acento, brutalidad en el rostro. «Nada más que brutal—dice—, y del hombre político y del hombre privado, este rasgo decisivo da la medida, sin razonamientos ni pruebas complementarias.»
Más benévola con el veterano Rochefort—que entonces no lo era tanto, naturalmente—dice de él, al encontrarlo a fines de 1895 de regreso de Londres: «No ha envejecido ni cambiado, si no es por su raro mechón de clown, más blanco, más prominente y más frondoso que nunca.» Y expresa toda la admiración que siente por el encanto de la conversación bulevardera de este gran parlante que con el inapreciable Aurélien Scholl, tiene el don de hacer esprit de todas las pequeñas ocurrencias de París y reunir a la más bella ironía una bonhomie sonriente, camaradería difícil.
Y también hay en las hojas del diario recuerdos de artistas, pintores afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan, dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica que revolviera el tiempo en que Mme. Daudet escribió sus recuerdos.
A más del ruso Turgueneff, a quien no perdona la autora su póstuma crítica de las reuniones de su marido, a las que asistiera aquél como amigo de la casa, desfilan ante el lector las mil y mil figuras de relieve en aquella época. Zola, hosco, replegado en sí mismo, con su cohorte de discípulos mediocres y exclusivos. El gran pintor Munkaczy, «de figura característica, salvaje y buena, cuya esposa hace los honores realmente vestida como para un cuadro del maestro». Pasa Lizst, que viene a París a escuchar de nuevo los aplausos parisinos, que dice Mme. Daudet, no deben ya parecerle los mismos que antaño cuando su seducción proverbial hizo tantas víctimas.
Y pasan aún Leconte de Lisle y Flaubert. «Hay tanta grandeza en uno como en otro». Y Heredia el gran conquistador de la poesía francesa; y Maurice Barrés; y Prévost, que llegó no ha mucho a sentarse en la Academia, y el intenso Huysmans, y Mirbeau y Toudoure y cien más. Cuanto brillaba entonces en el mundo político, cuanto la intelectualidad contaba en los años que han corrido sobre el diario evocador, el sutil espíritu de la esposa del excelente Alfonso Daudet lo reflejó con la frase precisa en este libro amable que distrae e interesa con sus llamamientos al pasado.
Y de entre sus recuerdos de amigos extranjeros, hay aquí citas de algunos nombres que no nos son ajenos. A continuación de los ingleses Child y Georges Moore, viene el italiano Vittorio Pica. Algunas excepciones femeninas: «Mme. Pardo-Bazán», inteligente y exuberante entre ellas...
Y así corren los años. Comienza el diario el 21 de mayo de 1880 y termina en 1898. El libro de recuerdos que comienza evocando uno tierno y triste, termina con la lamentación de un alma herida. Madame Daudet no tiene ya a su lado al compañero de su existencia. Sus días de felicidad no pasan ya. Alfonso Daudet ha muerto. Los recuerdos de la vida del artista, que era la vida de su esposa, no van ya a dejar en las páginas de un libro la huella de las impresiones que en el ánimo de su autora produjeron.
Y la viuda, veneradora de la memoria del marido, del «asociado», escribe estas palabras que quizá más que el deseo y la expresión de la devoción de un alma amante, son una profecía sobre el revivir de la obra del artista cordial, estos últimos años olvidado:
«Todo lo que el hombre produce, libro, cuadro, una obra cualquiera material o genial, vive más que él: efímero, crea lo duradero».
Lo trágico del progreso. LA CATÁSTROFE DEL «PLUVIÔSE»
A cada paso se dice: El hombre va conquistando la Naturaleza, dominando las cosas y los elementos. El hombre realiza el milagro. El hombre es como los semidioses de los fabulosos tiempos paganos. Pero a cada paso las fuerzas ocultas se vengan, o el demonio llamado casualidad hace su obra.
Al hombre que trabaja en el centro de la tierra, los malos gnomos del grisú le fulminan, u otros le aplastan cuando menos lo piensa. A Newton el enemigo le quema los papeles. A cien aeronautas les echa abajo la ráfaga. A cien penetradores del infinito les lanza a la locura. A Curie le aplasta un camión. Y a quien ha logrado navegar debajo de las olas tiene en su contra las sorpresas del abismo, como el que navega sobre ellas tiene las sorpresas de la tempestad.
Cuando se construyó el primer submarino, después de la novelesca invención de Verne, todo el mundo creyó conquistado el seno hondo del océano, como cuando ha volado el primer aviador todo el mundo ha creído conquistado el imperio del viento. En efecto, han sido conquistas, pero conquistas llenas de traiciones. A cada paso surge la catástrofe, a cada instante se impone la fatalidad. El hombre es el dominador del elemento, pero no es un rey absoluto. Vuela, pero no es ave; se hunde y va entre las aguas, pero no es pez. Sus grandes pájaros mecánicos se vienen a tierra y le dan la muerte; se repite constantemente el mito de Icaro. Sus enormes peces de metal nadan como ciegos, y de pronto cualquier obstáculo o cualquier deficiencia les deja en lo hondo del mar, de donde son sacados cuando hay buena suerte, como enormes ataúdes llenos de podredumbre.
Tal ha sido el caso del Pluviôse, que, como otros submarinos anteriores, se ha sumergido con todos los marinos que llevaba en su seno, los cuales han tenido la más horrible de las muertes.
Imprudencia primero de quien ordenara ejercicios de submersión en una rada como la de Calais, de continuo surcada por tantos barcos, entre los cuales, y principalmente, el correo de Inglaterra; desventura después, que no viese el comandante del barco causante del desastre, sino muy tarde, emerger ante su vista el asta señaladora del submarino, por lo cual, aun cuando diera la orden de «máquina atrás», ya no fué posible evitar el choque. Insuficiencia, por otra parte, de medios visuales o preventivos en el peligroso cachalote metálico. No existe, pues, todavía, tal como Julio Verne lo concibiera, el maravilloso Nautilus. La desgracia acaecida a Francia la ha sufrido ya Inglaterra y recientemente el Japón. Por cierto que en esta última circunstancia se vió el sin igual heroísmo de uno de los oficiales que perecieron, quien sintiendo poco a poco llegar la muerte, escribió excusas, recomendaciones e impresiones a sus jefes, hasta que la pluma se le cayó de la mano a causa de la asfixia.
Y en Francia no es la primera vez que horroriza un caso semejante, pues antes del Pluviôse, el Lutin se convirtió también en un gran féretro de acero. Y lo más desconsolador es que poseyendo barcos semejantes, no haya aparatos que con prontitud y seguridad puedan ponerlos a flote en caso de una paralización o de un irremediable hundimiento. No han inventado aún algo como una gran mano o pinza de acero que coja la concha hundida, como se coge un crustáceo, y la ponga en condiciones de salvamento.
Ni siquiera medios para, en medio de la angustia, poder salir de su prisión de acero los tripulantes, y así llegar a la superficie y librarse de morir sin siquiera en la agonía de su encierro tener una sola esperanza de liberación.
Grandísimos trabajos ha costado el poder sacar del fondo, mal encadenado, al Pluviôse, después de más de quince días de permanecer en el fondo del mar a una profundidad de más de veinte metros.
Han laborado buzos marineros con verdadera heroicidad y toda Francia ha estado fija en ellos. Almirantes y altos dignatarios del ministerio de Marina han estado incansables presenciando la dolorosa y dificultosa tarea. Varias veces las cadenas se rompieron; pero venció por fin la constancia. Y pudo verse fuera del agua el desventurado submarino.
Calais de duelo es en estos momentos una ciudad trágica. Se ha logrado abrir la caparazón del submarino y se ha comenzado a extraer los cuerpos ya inconocibles y putrefactos de las víctimas.
Y lo doloroso es lo que cuentan los periodistas de los coros enlutados de las familias sollozantes, que van al depósito de cadáveres y no pueden sino con gran dificultad reconocer a sus deudos en esos macabros despojos que realizan visiones de pesadilla en un relente de morgue. Cada vez que aparece un cuerpo extraído del casco, «todos los hombres—dice un testigo—se descubren y una cortina de marineros alineados disimula, a los privilegiados que tienen acceso al muelle, el horror del espectáculo.
»En seguida se deposita el cadáver en la barca sanitaria que está al lado del submarino, se le cubre con una espesa tela y se le lleva al depósito mortuorio. Durante los dos o tres minutos que eso ha durado, el trabajo se ha detenido. Todos, marineros, contramaestres, oficiales, están inmóviles gorra o birrete en la mano. Monsieur Cherón, el subsecretario de Marina, presente sobre el submarino, contempla, descubierto, el fúnebre desfile. Los cinco o seis marineros de guardia sobre el Ventôse, ese hermano gemelo del Pluviôse, que está allí y que ha erigido en su popa, en signo de duelo fraternal, una simple cruz de madera, se han alineado como en la parada, y, sobre el muelle, los oficiales saludan, los gendarmes rinden los honores, los concurrentes se quitan el sombrero. Todos esos gestos son imprevistos y espontáneos. Es conmovedor y grande, porque es sencillo.
»Ninguna pompa oficial, ninguna música, ninguna actitud intercepta la emoción. No hay sino hombres que, saludando a la muerte, afirman oscuramente su solidaridad». ¡Pero las madres, las esposas, las hijas, los hijos! ¡Los velos negros por los oficiales, y las cofias enlutadas por los marineros!
»Porque el dolor se agranda y se multiplica en tantas pobres gentes al considerar los crueles instantes de desesperación y de agonía que han precedido al acabamiento, al soplo final, por más que los médicos aseguren que no han sufrido «mucho tiempo» los que perecieron en el vientre de su barco herido. Y todos han pensado lo que han debido padecer los infelices tripulantes, desde que se tuvo noticia del suceso, explicado, mejor que en los largos artículos de la Prensa, en la lacónica declaración profesional del capitán Salomón, comandante del Pas de Calais, barco causante del desastre. Leed: «El jueves 26 de mayo, partida de Calais, a la una y treinta y seis, con 289 pasajeros, mala, 269 sacos postales, equipajes, mensajerías, viento del NE., 5, mar agitada. A la una y cuarenta y ocho veo, al mismo tiempo que uno de mis hombres de la serviola, Imbert Simón, a 20 metros más o menos de la entrada, un asta vertical que se alzaba, aproximadamente, un metro el agua. Imbert me señala: «Un palo de boya de red, ¡recto adelante!», mientras que habiendo yo reconocido el períscopo de un submarino, doy completamente a derecha y completamente atrás, más o menos tres segundos antes de que se produzca un choque. Esta colisión se produjo después de que habíamos recorrido, en la dirección Norte, 67,0, verdadera, del extremo de los diques de Calais, una distancia de dos millas, deducido del número de vueltas de máquina.
»Suben a la superficie pedazos de madera y me hacen desde luego suponer que he abordado una épave. Habiendo parado, hice examinar por el segundo mi timón delantero, averiado, y las ruedas; cuando cuatro o cinco minutos después del choque, emerge, a 500 metros más o menos, detrás de nosotros, la delantera de un sumergible. Hago atrás, y me acerco lo más ligero que me permite mi timón averiado; echo un bote en el momento propicio y maniobro para quedar a proximidad, con la esperanza de fijar un cable. Hago izar una señal de llamada a los remolcadores. Entretanto nuestro buque se acerca al sumergible; no tiene tiempo de amarrar su cable; el sumergible se hunde súbitamente. Apenas nuestro maestro de equipaje pudo dar algunos golpes que no tuvieron respuesta. La delantera del navío náufrago había estado fuera del agua de ocho a diez minutos.
»Hago en seguida tomar medidas que señalen lo mejor posible la posición de la épave. Los remolcadores llamados por señales llegan con el bote de salvamento. Siendo ya inútil mi presencia, vuelvo a Calais y me acerco al puesto número 3 a las dos y treinta y uno.
»Trasbordé malas y pasajeros al segundo servicio. Entré en cala seca en la misma tarde y asequé la mañana siguiente, 27 de mayo, a las ocho.
»Comprobamos de una manera sumaria entonces las averías siguientes: timón delantero, roto; mecha del timón delantero, torcida; rueda, rota; palastro de bordeada a babor, torcido». El submarino ha sido encontrado bien averiado. Se ha comprobado que los desventurados hicieron todos los esfuerzos posibles para ascender, para ponerse a flote. Algunos estaban en sus puestos, con las manos crispadas en volantes y aparatos. Y hiela el alma y el cuerpo el imaginarse la sensación de horror que han de haber experimentado al convencerse de la imposibilidad del logro de sus esfuerzos y la convicción de que iban a perecer irremediablemente. Por salvarse abrieron una compuerta y el agua penetró entonces, abreviándoles, sin embargo, su áspera agonía.
Y Francia ¡maldita la guerra! tiene más de cincuenta submarinos semejantes al Lutin y al Pluviôse, cuyos tripulantes posiblemente deben ser todos neurasténicos.
FIN