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Spanish Tales for Beginners

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SPANISH TALES FOR BEGINNERS

EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY BY ELIJAH CLARENCE HILLS, PH.D., LITT.D. PROFESSOR OF ROMANCE LANGUAGES IN INDIANA UNIVERSITY

REVISED EDITION WITH DIRECT METHOD EXERCISES

colophon
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NEW YORK HENRY HOLT AND COMPANY

Copyright, 1909, 1919, BY HENRY HOLT AND COMPANY

CONTENTS NOTES EJERCICIOS VOCABULARY: A, B, C, Ch, D, E, F, G, H, I, J, K, L, Ll, M, N, O, P, Q, R, S, T, U, V, Y, Z

[Please note that Spanish orthography has changed slightly since this book was written. The words á and é are no longer accented. (Note of etext transcriber)]

PREFACE

IN selecting these Spanish Tales for Beginners, three objects have been kept in view: (1) that they be good literature, (2) that they portray modern Spanish life, and (3) that they be interesting and not too difficult in language and thought. Some of the stories do not conform to all three rules,—the first two, for instance, do not portray modern Spanish life; but I hope that most of them will be found to conform fully. A few short lyric poems have also been included, since poetry forms an integral part of literature. Verse, moreover, is better for oral work and memorizing than prose.

Spain has a rich and varied literature, from which other nations have freely drawn,—a literature that gives true expression to the life and aspirations of the Spanish people. The selections in this volume are taken from literary works that have been written in the past fifty or sixty years, and although they are inferior in some respects to the great master-pieces of the sixteenth and seventeenth centuries, I believe that they have literary excellence, and they have, besides, the advantage of being written in the language of today and of describing present-day life.

It is my greatest wish that this volume may awaken the students' interest in the civilization of Spain, and that it may serve as an introduction to the study of Spanish literature.

The integrity of the texts has been preserved so far as the exigencies of a beginners' book permit, but the following changes have been made: (1) Some words or passages have been omitted, chiefly in the earlier stories. The parts thus omitted are, for the most part, digressions or uninteresting descriptive passages. Omissions have generally been marked by four suspensive points, or by three at the beginning of a story. Except at the beginning of a story, three suspensive points form a part of the punctuation of the several authors. (2) The orthography has been made to conform to that now prescribed by the Royal Spanish Academy. (3) In the earlier stories, le has been substituted for the feminine indirect object-pronoun la, and los for the masculine plural direct object-pronoun les. (4) And in the earlier stories, the conjunctive personal pronoun-object has been placed before the indicative verb: e.g., se tornó for tornóse, p. 11, l. 4. (5) The conjunction y has been added a few times to bridge over an omission: e.g., p. 2, l. 3. (6) In a few cases one word has been substituted for another: vieron for se apercibieron de que, p. 22, l. 11; la niña for la del rojo balandrán, p. 47, l. 13; Rogó for De esto á rogar, p. 48, l. 9; ese dinero for esos monises, p. 57, l. 31; cochero for auriga, p. 58, l. 4; reloj for calderómetro, p. 101, l. 7; otro pájaro for la escula-mata, p. 116, l. 9; madre for escula-mata, p. 116, l. 11.

In the notes the difficulties have been explained, so far as possible, by reference to the vocabulary, or by rearranging the words; but it has often been necessary to translate into English. Perhaps the criticism will be made that the notes to the first few pages are too numerous and too simple; but many of these notes, and especially those that explain elementary rules of Spanish grammar, are given for the benefit of students who begin to read almost from the first. In the notes to the lyrics, no attempt has been made to treat Spanish prosody fully; only a few rules are given, and these in the simplest language.

The vocabulary has been made as complete as possible. It contains many facts, such as descriptions of places and biographies of noted men, that are usually not given in vocabularies. It contains also all irregular verb-forms that occur in the first fifty pages of the texts.

I have pleasure in acknowledging my indebtedness to many of my colleagues for advice and helpful suggestions, and I am especially indebted to Dr. S. Griswold Morley for help in reading the proofs.

E. C. H.

COLORADO SPRINGS, COLO.

CONTENTS

PAGE

Map of Spainfacing pageI

Los Consejos de un PadreJosé Echegaray1

CasildaAntonio de Trueba8

La Florecita AzulMaría del Pilar Sinués15

La Niña del VigíaManuela de la Peña Cuéllar20

TonyEnrique Pérez Escrich23

Pescador de CañaErnesto García Ladevese30

La Confesión de un CrimenArmando Palacio Valdés34

Economía PrácticaLuis Taboada40

De ViajeLuis Taboada43

Temprano y con SolEmilia Pardo Bazán46

El Premio GordoEmilia Pardo Bazán53

El Libro TalonarioPedro Antonio de Alarcón60

El Pájaro en la NieveArmando Palacio Valdés67

La Ballena del ManzanaresAntonio de Trueba79

La Casa Donde MurióJulia de Asensi83

Las Noches Largas de CórdobaNarciso Campillo96

Cuadros de Costumbres (Fragmentos)Fernán Caballero110

La Ajorca de OroGustavo Adolfo Bécquer125

POESÍAS

Los Dos ConejosIriarte135

El Pato y la SerpienteIriarte137

El Jabalí y la ZorraSamaniego138

Á Todo Hay Quien GaneFelipe Pérez y González139

El PeralJuan Eugenio Hartzenbusch140

El Globito AzulJuan Antonio Cavestany141

Fusiles y MuñecasJuan de Dios Peza143

Cantos de PájaroAntonio de Trueba146

CanciónFernán Caballero148

¡Bello es Vivir! (from Indecisión)José Zorrilla149

¡Excelsior!Gaspar Núñez de Arce150

Rimas: XIIIGustavo Adolfo Bécquer151

Rimas: LIIIGustavo Adolfo Bécquer152

Notes155

Vocabulary203

SPANISH TALES

Map of Spain [Medium sized] [Large sized]

map of the Iberian Peninsula
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LOS CONSEJOS DE UN PADRE

EL LEÓN, el rey de las selvas, agonizaba en el hueco de su caverna....

Á su lado estaba su hijo, el nuevo león, el rey futuro de todos los animales.

El monarca moribundo le daba penosamente el último consejo, el más importante.

—Huye del hombre—le decía:—huye siempre; no pretendas luchar con él.

Eres señor absoluto de los demás animales, no los temas; domínalos, castígalos, devóralos si tienes hambre.

Con todos puedes luchar, á todos puedes vencer; pero no pretendas luchar con el hombre: te daría muerte y sin piedad, porque es cruel, más cruel que nosotros.

—¿Tan fuerte es el hombre?—preguntó el hijo.

—No es fuerte, no—replicó el padre.—Y continuó diciendo:—De un latigazo de tu cola le podrías lanzar por los aires como al más miserable animalejo.

—¿Sus dientes, sus colmillos, son poderosos?

—Son despreciables y ridículos: valen menos que los de un ratoncillo.

—¿Sus uñas, son tan potentes como mis zarpas?

—Son mezquinas y á veces las lleva sucias; no, por las zarpas no conseguiría vencerte.

—¿Tendrá melenas como éstas, que nosotros sacudimos orgullosos?

—No las tiene, y algunos son calvos.

Aquí el león moribundo abrió enormemente la espantosa boca..., y lanzó el último rugido.

Después sólo pronunció estas palabras:

—Mi consejo, mi último consejo; no luches con el hombre... huye... huye del hombre....

Se estremeció su cuerpo; dobló majestuosamente la cabeza, y murió el león padre.

Empezó el reinado del león hijo.

Cuando éste comprendió que su padre había muerto, no lloró, porque los leones no lloran; pero se tendió junto á él, acercó su cabeza enorme á la enorme cabeza del león difunto, y así se quedó un rato. Los dos hocicos se unieron: el ardiente y el helado. Las dos melenas se mezclaron....

Al fin el hijo se levantó: sacudió cola y melenas y rugió....

Salió de la caverna: á zarpazos hizo rodar unos cuantos pedruscos, hasta cerrar completamente la entrada. El león muerto tenía ya su tumba, ni más ni menos que un faraón.

El león vivo se alejó por el monte y trompeteó el nuevo reinado con tres poderosos rugidos; pero aquella noche no devoró á ningún animal: no tenía hambre. Durmió poco y lo poco que durmió fué soñando con el último consejo de su padre. ¡El hombre! ¡El hombre! ¿Por qué? ¿Sería el hombre tan temible?

Á la mañana siguiente despertó y se echó por el mundo....

De pronto sonó algo estrepitoso y terrible: algo á modo de rugido. Debía de ser el hombre que rugía.

Pero no: era un borrico que rebuznaba con rebuznos formidables.

El león, por impulso que no pudo contener, acometió al borrico, le derribó y le sujetó con sus poderosas garras.

—¿Eres el hombre?—le preguntó.

—No—contestó el pobre animal.—No soy el hombre, ¡aunque he oído decir que algunos se parecen á mí! Es un burro, es un borrico, se dice de muchos....

—¿Dónde encontraré al hombre?

—Sigue este valle, salva esa montaña y quizá lo encuentres al otro lado.

El león soltó al borrico y siguió su camino.

De pronto, algo se le enredó á una pierna; era una serpiente. Con violenta sacudida la arrojó á distancia; dió un salto y la sujetó con la pata.

—¿Eres el hombre?—le preguntó.

—No soy el hombre; soy la serpiente.

—¿Se parece á ti?

—Algunos á mí se parecen; como yo, se arrastran; y como yo, son venenosos.

—¿Dónde encontraré al hombre?

—Sigue por la montaña.... Pero déjame, que pesas mucho.

Y forcejeó la serpiente y quiso morderle.

—Eres un animal muy feo—dijo el león....

Y aplastó y desgarró al reptil.

Continuando su camino pasó la cresta de la montaña y empezó á bajar.

De pronto vió un animal que corría, y saltando sobre él, sin esfuerzo alguno lo sujetó, porque era pequeño y poco robusto.

—¿Quién eres? ¿Acaso eres el hombre?

—Soy el zorro—dijo el animalejo,—y valgo tanto como el hombre por mi travesura; entro en sus corrales y me como sus gallinas, y él sólo aprovecha las que yo le dejo.

—¿Pero le conoces?

—Mucho.

—Pues, ven conmigo.

Y el león y el zorro penetraron en el bosque.

En esto saltó un mono, se subió á un árbol y desde arriba hizo gestos burlescos á su dueño y señor, el rey de las selvas....

—¿Qué animal es ése?—preguntó el león al zorro;—¿es acaso el hombre?

—No es el hombre; pero se le parece mucho. Algunos suponen que son hermanos, ó, por lo menos, primos....

—¡Adelante! ¡Á buscar al hombre!... Un ser que se parece al borrico por el entendimiento, á la serpiente por lo rastrero y venenoso, al mono por la figura, y á quien el zorro le come las gallinas! ¡Á él! ¡Á él!—rugió el león con poderosos rugidos.

Otro animal le cerró el paso; le desafió valiente; le ladró furioso.

—No hables mal del hombre, animal, bárbaro y salvaje. El hombre es bueno, es noble, es mi compañero: parte conmigo su pan, duermo á los pies de su cama. Si le ofendes, me ofendes á mí: si luchas con él, lucharé á su lado; mi cuerpo será escudo que pare tus zarpazos.

—Eres valiente—dijo el león.—Quien cuenta con tan buen amigo, algo bueno tendrá.

—El hombre no tiene nada bueno, como no sean sus gallineros—refunfuñó el zorro.

Pero un águila real llegó desde un picacho y tomó parte en la discusión.

—Calla, animalejo ruin: el hombre es un animal de cuenta: lo digo yo, que miro las cosas desde arriba....

El león levantó la cabeza, y preguntó:

—¿El hombre vuela como tú?

—Él no vuela: pero en su cabeza, como en jaula misteriosa, lleva una ave que vuela más que yo y que sube más alto.

—¿Cómo se llama?

—El pensamiento.

—No le conozco.

—Tampoco yo.

El león se quedó pensativo. ¿Qué sería el hombre? Los borricos hablaban de él con desprecio, las serpientes con envidia, los zorros con burla, los monos le imitaban; pero el perro le defendía y el águila le respetaba, y su padre, el más poderoso león de los bosques, mostró temor al hablar del hombre.

¿Qué debería hacer? ¿Respetar la última voluntad del león moribundo ó buscar resuelto y domar valeroso al que pretendía ser rey de la creación?

Vaciló, pero el zorro le dijo:

—Eres el animal más fuerte que existe: eres nuestro soberano, ¿y vas á huir cobardemente ante el hombre, de quien me burlo yo así todos los días y todas las noches?...

—¿Y el consejo de mi padre? ¿Y su memoria que yo respeto? ¿Y su experiencia?

—Tu padre estaba chocho: los años apagaron su entendimiento y gastaron su fuerza.

El león se decidió á buscar al hombre y á combatir con él.

Continuó caminando por el bosque con el zorro al lado, el perro delante, el mono de árbol en árbol y el águila por los aires.

Al fin, el zorro le dijo:—Mira, allí está. Aquel que va á caballo con arco y flechas, aquél es el hombre.

—Pero aquel animal que cruza á lo lejos es muy grande y tiene cuatro patas, y tú me dijiste que el hombre se parecía al mono.

—Es que el hombre, á veces, tiene cuatro patas ó las merece—replicó el zorro con sorna.—De todas maneras, has de saber que aquel hombre va á caballo.

—¡Pues á él!—rugió el león, y avanzó potente y valeroso.

Empezó la lucha.

El hombre á veces huía, á veces disparaba una flecha; y en retiradas y acometidas y evoluciones, atrajo al león hacia unos matorrales.

De pronto, al dar el león un salto, le faltó tierra y cayó en un foso profundo.

Quiso salir y sintió que unas fuertes ligaduras le sujetaban manos y pies, y todo el cuerpo.

Había caído en una trampa; estaba perdido. Después de bregar un rato lo comprendió, y murmuró con roncas voces:—Mi padre tenía razón, debí huir del hombre: pero ya es tarde; y se dispuso á morir con dignidad....

Se quedó inmóvil y dobló la majestuosa cabeza.

Al borde del hoyo se asomaron con curiosidad el hombre, el perro, el zorro y el mono; el águila miró desde arriba.

El hombre le arrojó una piedra al león á ver si podía aplastarle la cabeza.

Pero el león le dijo:

No me pegues ni me hieras en la cabeza.... Hiéreme con una de las flechas EN LOS OÍDOS; los culpables son ellos, que no oyeron el consejo de mi padre: hiéreme EN EL CORAZÓN, que no le quiso ni respetó como debía.

Y volviéndose el león, presentó el noble pecho.

El hombre, que á veces es compasivo, atendió á su ruego, le disparó una flecha y el león quedó muerto en el fondo de la fosa.

El hombre se inclinó gozoso, pensando:—Hermosa piel; se la arrancaré en cuanto me asegure que ha muerto.

El zorro se deslizó mirando al hombre de reojo, y diciendo para sí:—Ahora que estás entretenido, voy á comerme tus gallinas.

El mono saltó sobre el perro, y en él se montó imitando al hombre; caballo perruno y caballero cuadrumano, salieron corriendo por el bosque.

El águila se remontó, diciendo:—El hombre mató al león; hay que subir mucho para que no me alcance; ¿quién sabe si algún día me alcanzará?

CASILDA

I

ERA el rey de Toledo el moro Almenón, con quien el rey de Castilla don Fernando el Grande mantenía cordial amistad.

Este rey moro tenía una hija muy hermosa y compasiva, llamada Casilda.

Una esclava castellana contó á la hija del rey moro que los nazarenos amaban á su Dios, y á su rey, y á sus padres, y á sus hermanos, y á sus esposas.

También contó la esclava á la hija del rey moro, que los nazarenos nunca quedan huérfanos de madre, porque cuando pierden á la que los concibió, les queda otra, llamada María, que es una madre inmortal.

Pasaron años, pasaron años, y Casilda fué creciendo en cuerpo y en hermosura y en virtud. Se le murió su madre, y envidió la dicha de los huérfanos nazarenos.

En los confines del jardín que rodeaba el palacio del rey moro, había unas lóbregas mazmorras, donde gemían, hambrientos y cargados de cadenas, muchos cautivos cristianos.

Sucedió que un día fué Casilda á pasear por los jardines de su padre, y oyó gemir á los pobres cautivos. La princesa mora tornó al palacio, lleno su corazón de tristeza.

II

Á la puerta del palacio encontró Casilda á su padre, y arrodillándose á sus pies, le dijo:

—¡Padre! ¡Señor padre! En las mazmorras gime muchedumbre de cautivos. Quítales sus cadenas, ábreles las puertas de su prisión y déjalos tornar á tierra de nazarenos, donde lloran por ellos padres, hermanos, esposas, amadas.

El moro bendijo á su hija en el fondo de su corazón, porque era bueno y amaba á Casilda como á la niña de sus ojos.

El pobre moro no tenía más hija que aquélla.

El pobre moro amaba á Casilda porque era su hija, y porque era además la viva imagen de la dulce esposa cuya pérdida lloraba hacía un año.

Pero el moro, antes que padre, era musulmán y rey, y se creía obligado á castigar la audacia de su hija.

Porque compadecer á los cautivos cristianos y pedir su libertad, era un crimen que el Profeta mandaba castigar con la muerte.

Por eso ocultó la complacencia de su alma, y dijo á Casilda con airado semblante y voz amenazadora:

—¡Aparta, falsa creyente, aparta! ¡Tu lengua será cortada y tu cuerpo arrojado á las llamas, que tal pena merece quien aboga por los nazarenos!

É iba á llamar á sus verdugos para entregarles su hija.

Pero Casilda cayó de nuevo á sus pies, demandándole perdón en memoria de su madre.

El pobre moro sintió sus ojos arrasados en lágrimas, y estrechó á su hija contra su corazón, y la perdonó, diciendo:

—Guárdate, hija mía, de pedir otra vez por los cristianos, y aún de compadecerlos, porque entonces no habrá misericordia para ti; que el santo Profeta ha escrito: «Exterminado será el creyente que no extermine á los infieles.»

III

Cantaban los pájaros, era azul el cielo, era el sol dorado, se abrían las flores, y el aura de la mañana llevaba al palacio del rey moro el perfume de los jardines.

Casilda estaba muy triste, y se asomó á la ventana para distraer sus melancolías.

Los jardines le parecieron entonces tan bellos, que no pudo resistir á su encanto y bajó á pasear su tristeza por sus olorosas enramadas.

Cuentan que el ángel de la compasión, en forma de hermosísima mariposa, le salió al paso y encantó su corazón y sus ojos.

La mariposa volaba, volaba, volaba de flor en flor, y Casilda iba en pos de ella sin conseguir alcanzarla.

Mariposa y niña tropezaron con unos recios muros, y la mariposa penetró por ellos, dejando allí inmóvil y enamorada á la niña.

Tras aquellos recios muros oyó Casilda tristísimos lamentos, y entonces recordó que allí gemían, hambrientos y cargados de cadenas, los pobres nazarenos, por quienes en Castilla lloraban padres, hermanos, esposas, amadas.

Y la caridad y la compasión fortalecieron su alma é iluminaron su entendimiento.

Casilda tornó al palacio, y tomando viandas y oro, se tornó hacia las mazmorras, siguiendo á la mariposa, que volvió á presentarse á su paso.

El oro era para seducir á los carceleros, y las viandas eran para alimentar á los cautivos.

Oro y viandas recataba con la falda de su vestido, cuando al volver una calle de rosales tropezó con su padre, que también había salido á distraer allí sus melancolías.

—¿Qué haces aquí tan temprano, luz de mis ojos? La princesa se puso colorada, como las rosas que mecía á su lado el aura de la mañana, y al fin contestó á su padre:

—He venido á contemplar estas flores, á oir trinar estos pájaros, á ver el sol reflejarse en estas fuentes, y á respirar este ambiente perfumado.

—¿Qué llevas envuelto en la falda de tu vestido?

Casilda llamó desde el fondo de su corazón á la madre inmortal de los nazarenos, y respondió entonces á su padre:

—Padre y señor, llevo rosas que he cogido en estos rosales.

Y Almenón, dudando de la sinceridad de su hija, tiró de la falda del vestido de la niña, y una lluvia de rosas se derramó por el suelo.

IV

Pálida estaba la niña, pálida como las azucenas de los jardines del rey moro, su padre.

Cuenta la historia que apenas quedaba sangre en las venas de Casilda, porque todos los días coloraba, arrojada á borbotones, la sarta de blancas perlas que brillaba entre los labios de la princesa.

Pálida estaba la niña, y el rey moro se moría de pena viendo morir á su hija.

La ciencia de los médicos de Toledo no acertaba á devolver la salud á la princesa, y entonces Almenón llamó á su corte á los más afamados de Sevilla y Córdoba.

Pero si impotente había sido la ciencia de los primeros, impotente era también la ciencia de los segundos.

—¡Mi reino y mis tesoros daré al que salve á mi hija!—exclamaba el pobre moro, viendo á Casilda próxima á exhalar el último suspiro.

Pero nadie acertaba á ganar su reino y sus tesoros, que la sangre continuaba colorando, arrojada á borbotones, la sarta de blancas perlas que brillaba entre los labios de la princesa.

—¡Mi hija se muere!—escribió el rey de Toledo al rey de Castilla.—Si en vuestros reinos hay quien pueda salvarla, que venga, que venga á mi corte, que yo le daré... mis reinos, mis tesoros, y hasta le daré mi hija.

V

Por los reinos de Castilla y de León sonaban pregones anunciando que el rey moro de Toledo ofrecía al que devolviera la salud á su hija, su reino y sus tesoros, y hasta la hija cuya salvación anhelaba.

Y cuentan que un médico venido de Judea se presentó al rey de Castilla, ofreciéndole tornar la salud á la princesa mora.

Y era tal la sabiduría que brillaba en las palabras de aquel hombre, y tal la fe que inspiraba la bondad que resplandecía en su rostro, que el rey de Castilla no vaciló en darle cartas, asegurando á Almenón que le enviaba con ellas el salvador de la princesa Casilda.

Apenas el médico venido de Judea tocó la frente de la niña, la sangre cesó de correr, y el color de la rosa empezó á asomar en las pálidas mejillas de la enferma.

—¡Tomad mi reino!—exclamó Almenón, loco de alegría y llorando de agradecimiento.

—Mi reino no es de este mundo—respondió el médico venido de Judea.

—¡Tomad mi mayor tesoro!—repuso el rey de Toledo, designando al médico su hija.

Y haciendo una señal de aceptación el médico, extendió la mano hacia Castilla, y dijo:

—Allí hay unas aguas purificadas que han de completar la salvación de la virgen musulmana.

Y al día siguiente, la princesa Casilda pisaba la tierra de los nazarenos, acompañada aún del médico venido de Judea.

VI

Casilda y el médico venido de Judea caminaban, caminaban, caminaban por la tierra de los nazarenos, y al fin se detuvieron á la orilla de un lago de aguas azules.

El médico tomó algunas gotas de agua en el hueco de la mano, y exclamó, derramándolas sobre la frente de la princesa:

—¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, yo te bautizo!

Y la princesa sintió un bienestar inefable, parecido al que allá en su niñez le había contado la esclava nazarena que sentían los bienaventurados en el paraíso.

Y sus rodillas se doblaron, y sus ojos se fijaron en la bóveda azul del cielo, y en torno suyo resonaron dulcísimos hosannas, que la hicieron volver la vista á su alrededor.

El medicó venido de Judea no estaba ya á su lado, que cercado de vívidos resplandores se elevaba hacia la bóveda azul del cielo.

—¿Quién eres, señor, quién eres?—exclamó la princesa atónita y deslumbrada.

—Soy tu esposo, soy el que dió la salud á la hija de Jairo, que padecía el mal que tú padeciste; soy el que dijo: «Cualquiera que dejase casa, ó hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.»

En la orilla del lago azul que hoy llaman de San Vicente, y está en tierra de Briviesca, hay una pobre ermita, donde vivió solitaria la hija del rey moro de Toledo, que hoy llaman Santa Casilda.

LA FLORECITA AZUL

UN niño de seis años murió en la aurora de un bello día de estío, y el ángel de su guarda bajó á buscar su alma inocente, y con ella se remontó á los cielos.

Ya habían abandonado la opulenta ciudad donde quedaban los padres del niño muerto; ya habían perdido de vista los campos de trigo donde cantaba la alondra, los bosques en que resonaban las risas de los leñadores, los jardines cubiertos de flores y de frutas, y el ángel de la guarda no había mirado nada. Pero cuando llegaron en su vuelo el ángel y el alma del niño á cruzar sobre una pobre aldea, aquél se detuvo y sus ojos buscaron una callejuela solitaria, á cuyos lados se veían algunas míseras cabañas.

La hierba crecía entre las piedras de la mísera calle como prueba de su silencio y abandono, y en muchos sitios se veían cenizas arrojadas al viento y groseros platos de barro rotos.

El ángel miró tristemente y durante largo tiempo aquel pobre y abandonado sitio; pero de repente su celeste mirada fué á posarse en una florecita azul que un rayo de sol había abierto y que parecía sonreir á la tierra: el ángel dejó oir un grito de alegría: abatió su vuelo y fué á cogerla.

El alma del inocente muerto preguntó entonces al ángel:...

—¿Por qué te detienes ante esta flor sin perfume y sin belleza?

—Mira, amigo mío, allá abajo hacia el fin de esta triste callejuela, le respondió el ángel: á poca distancia de nosotros descubrirás una cabaña, cuyo techo se ha hundido con la lluvia y las nieves y cuyas paredes húmedas están tapizadas de hiedra: mira bien esa triste morada.

—¡Oh! exclamó el alma del niño: ¡qué pobre asilo!

—No era mucho más alegre que ahora, cuando sucedió lo que voy á repetirte: era una mísera cabaña donde habitaba la pobreza y la honradez: la familia se componía de dos esposos y de dos niños, hijos de los mismos; la mayor tenía doce años, y durante todo el día iba á conducir un rebaño de vacas: el niño, débil y enfermizo desde su nacimiento, tenía tu misma edad, seis años.... La pobreza agobiaba á la pobre familia, y los padres trabajaban todo el día para llevar por la noche un poco de pan y leche para ellos y para sus hijos!...

El pobre niño creció en la sombra, y jamás vió el sol más que desde la ventana de la sola pieza que había en la casa de sus padres; todo el día estaba solo; su madre lavaba la ropa en casa de un rico arrendador; su padre labraba los campos; su hermana llevaba á pacer las vacas de un vecino; cuando con gran trabajo conseguía el pobre niño dejar su camita de paja, se apoyaba en dos pequeñas muletas que su padre le había hecho de las ramas de un sauce, y salía á la puerta de la calle: pero allí no llegaba el sol nunca; la calle era tan estrecha y tan obscura....

Sus padres no podían sacrificar ni una hora de sus tareas para llevarle al campo: el trabajo de los padres es rudo y despótico, y ocupa todos los instantes de su vida. Tampoco podían enseñarle otra cosa que amar á Dios sobre todo, porque es el padre de los tristes....

El desdichado niño no había visto jamás la verdura de los prados, ni el follaje de los bosques; algunas veces los niños del pueblo le traían ramas de álamo, que él colocaba con cuidado sobre su lecho; y cuando se dormía, soñaba que estaba en un hermoso valle á la sombra de grandes árboles, que el sol brillaba á través del follaje, y que los pájaros cantaban y saltaban alegremente.

Un domingo, su hermana mayor, que le quería mucho, obtuvo permiso de los labradores, á quienes servía de pastora, para ir á ver al desdichado enfermito, y le trajo una florecita azul que había cogido en el campo, y que por casualidad había salido de la tierra con una parte de raíz.

El niño recibió el humilde presente con una gran alegría: los dos hermanos plantaron la florecita en una maceta vieja, que llenaron de tierra, la regaron con cuidado, y Dios hizo prosperar la planta, que á los pocos días se adornó con algunas hojitas: cuidada por la pequeña y débil mano de un niño doliente, constituyó, no sólo el jardín, sino el universo entero del pobre enfermo: porque aquella pequeña flor le representaba los prados, los bosques, los jardines, los ríos, en una palabra, toda la creación.

Mientras el niño vivió, ningún cuidado faltó á la humilde planta: él le daba todo lo que la angosta ventana dejaba pasar de aire y de luz: y cada noche la regaba, despidiéndose de ella con dulces palabras como de una amiga; y la florecita azul se llenó de hojas, y fué un hermoso adorno para el pobre tiestecillo donde la habían plantado.

Dios llamó un día al inocente mártir, predestinado á una dicha eterna.

Al caer la tarde de un hermoso día, le dió fiebre, y hubo de acostarse en su camita: al otro día estaba peor: los niños del pueblo, sus amigos, vinieron la tarde del domingo y cubrieron el lecho de ramas verdes y de flores del campo; sus padres lloraban, y su hermana, avisada de lo que sucedía, llegó llorosa y afligida: tomó la maceta de la ventana, y la puso al lado de la almohadita del niño, sobre la única mesilla de la mísera estancia....

La florecita parecía sonreir cuando el niño voló al seno de Dios.

La madre, desolada, quiso dejar aquella aldea; el dueño de la cabaña deseó arreglarla; al entrar en ella, hizo tirar todo lo que la familia había olvidado: la florecita azul, que había perdido su solo protector, fué arrojada en su viejo tiesto con todo lo demás....

—¿Y cómo sabes todo eso, mi buen amigo? preguntó el alma inocente del muerto.

—Porque soy yo mismo el pobre niño enfermo que andaba con muletas, y que había nacido sólo para sufrir; Dios me ha pagado esos dolores, que han durado poco en la tierra, dándome todas las alegrías del Paraíso: pero la dicha que hoy disfruto no me ha hecho olvidar mis alegrías de la tierra, y daría yo la más bella estrella del cielo que habito por esta pobre florecita azul que acabo de encontrar, y que voy á trasplantar á los jardines celestiales.

El ángel tomó la flor, la colocó en las plumas de sus alas, y llevando en sus brazos el alma del niño muerto, remontó su vuelo á las regiones donde la luz es eterna, donde el sol no se pone jamás.

LA NIÑA DEL VIGÍA

UN faro es un edificio muy elevado, que generalmente tiene la forma de una torre, con un gran fanal en la parte superior. Este fanal se enciende todas las noches, y como su luz recibe considerable aumento con la ayuda de lentes y de grandes reflectores, puede ser vista á una distancia considerable, y guiar de esta manera á los navegantes durante la noche.

Los faros se colocan generalmente en las rocas más elevadas, cerca de la orilla del mar, ó en los puntos en que hay peligro para los buques....

Hay hombres encargados de cuidar los faros; que viven en ellos y encienden todas las noches aquella luz.... Estos hombres se llaman vigías, y tienen que ser empleados sumamente fieles....

En uno de los faros de la costa de Valencia vivían un vigía y su hija única, niña de unos ocho años, que se llamaba Mariquita. El faro estaba situado en un peñasco que sólo se unía á la tierra firme por medio de una calzada estrecha, construida sobre una lengua baja de arena y rocas. No se podía atravesar esta calzada sino durante un espacio de tres horas, dos veces al día, pues durante todo el tiempo restante estaba cubierta por las aguas que crecían con la marea.

Una tarde el vigía.... cruzó la calzada para comprar algunas provisiones, dejando sola á su hijita en la torre del faro.

Mientras el padre apresuraba el paso hacia el pueblo vecino..., tres hombres de mala traza, ocultos detrás de unas rocas, espiaban sus movimientos. Eran raqueros, gente que vive del saqueo de los buques que naufragan en las costas. Sabiendo ellos que los buques que habían de pasar aquella noche, se estrellarían contra los arrecifes si el fanal no les advertía el riesgo, y que entonces tendrían ellos una buena presa, se propusieron apoderarse del vigía.

Llegado que hubo éste á la costa, salieron los raqueros de su escondrijo y le derribaron al suelo; le ataron de pies y manos, y le dejaron bajo la custodia de uno de ellos mientras los demás se dirigían á la playa.

Mariquita entretanto esperaba impaciente la vuelta de su padre. La noche se acercaba, y había barruntos de tempestad, pues ya se veían las olas estrellarse contra las rocas y se oía el viento bramar alrededor de la torre.

Dieron las seis; y la niña no ignoraba que pronto la marea subiría. Dieron las siete; miró á la costa, pero no vió á su padre. Á las siete y media ya la marea llegaba al borde de la calzada; sólo las cimas de las más altas rocas se descubrían sobre el nivel del mar, y muy pronto todo desapareció debajo de las turbulentas aguas.

—¡Papá! ¡Papá mío!—exclamó la acongojada niña—¿dónde estás? ¿me has olvidado?

En este momento se acordó de que era hora de encender las lámparas; pero ¿qué podía hacer la pobre niña estando las mechas demasiado altas para su estatura?

Cogió unos cuantos fósforos é hizo luz; probó si con una escalera podía alcanzar al lugar apetecido, pero aunque la puso sobre una mesa, vió que todavía le faltaba un poco para llegar á las mechas.

Ya iba á sentarse descorazonada y afligida cuando se acordó de un gran libro en que su padre acostumbraba leer; lo trajo, y colocándolo debajo de la escalera, la elevó lo suficiente para poder encender las mechas.

Los rayos de luz del fanal se derramaron sobre la expansión de las aguas, ya embravecidas por la tempestad, y los buques pudieron evitar aquella noche el peligro que los amenazaba.

En cuanto vieron los raqueros que el fanal estaba encendido, pusieron en libertad al vigía y huyeron de aquel sitio.

La mañana siguiente, como ya había bajado la marea, el vigía pudo llegar al faro, donde su hijita se arrojó á sus brazos y le contó los trabajos que había pasado aquella horrenda noche en la torre del fanal.

TONY

HE tenido muchos perros y he conocido muchos más, y puedo aseguraros que la familia de los ingratos no existe en la raza canina.... La naturaleza ha sido ingrata y cruel con la raza canina, dotándola de una enfermedad horrible: la rabia.... Muchas veces, con sólo ver á un perro con la lengua fuera y la mirada triste, se le sacrifica bárbaramente por si rabia....

De los perros se cuentan muchas historias que parecen inverosímiles, y son ciertas y reales como la luz del sol. Pablo González tenía un mastín de lomo rojo, ojos claros, y potentes colmillos; se llamaba Tony, y era inseparable compañero de su amo en todas las excursiones que con su jaca rabona y la escopeta colgada de la grupa hacía desde su pueblo á los montes y dehesas para comprar ganados.

Tony era un mastín inteligente, leal, fornido y dócil; frotaba su enorme cabeza en las piernas de todo el mundo; los niños del pueblo se subían á caballo sobre su lomo, y cuando se cansaba de sufrir las impertinencias infantiles, gruñía un poco, enseñaba sus terribles colmillos y se tumbaba al sol, como diciendo: Basta de juego. Todos querían á Tony, le pasaban la mano por la cerdosa cabeza en prueba de confianza, porque el mastín de Pablo, en tiempo de paz, no mordía á nadie.... En el campo Tony era otra cosa; adivinaba su misión sobre la tierra, reducida á velar por los intereses y la persona de su amo.

Pablo estaba seguro de que mientras Tony velara su sueño, no sería nunca víctima de una sorpresa; confiaba en la lealtad y la fuerza de su noble mastín.... Se veía precisado muchas veces á tratar sus asuntos en terrenos despoblados y solitarios, y en estas ocasiones Tony no se separaba una pulgada de su amo, mirando siempre á la cara de la persona desconocida, como si quisiera adivinar sus intenciones....

Pablo recibió una carta, en la cual se le citaba para el día cuatro de mayo en el monte de Val-frío. Allí debía esperarle otro tratante en ganados, y los dos juntos debían ir á ver una punta de ovejas merinas que se hallaban pastando en las cañadas de Cabeza-fuerte. El tratante salió de Guadalajara montado en su jaca, la escopeta de dos cañones en la grupa, el revólver en el bolsillo del chaquetón, un gato con veinte mil reales en oro y plata en las alforjas, y el noble y valiente Tony detrás. Siguió la carretera de Pastrana hasta el atajo de El Palomar, subió la empinada cuesta, llegando, después de hora y media de caminata, al sitio prefijado, donde ya le estaban esperando dos hombres.

Echó pie á tierra, comenzaron los dimes y diretes del que compra y el que vende, y sucedió lo que sucede con frecuencia, es decir, que no se entendieron; porque Pablo quería que la punta de ovejas merinas fueran conducidas por los pastores del vendedor al prado de Villaverde, en las inmediaciones de Madrid, y el vendedor quería deshacerse de sus ovejas en el monte de Cabeza-fuerte, que era donde se hallaban pastando. En resumen: se deshizo el negocio.

Pablo había sacado el gato, dejándolo junto á las piedras, y en el calor de la disputa, y viendo la terquedad y mala fe de su contrincante, exclamó:—Conste que, si no cerramos el trato, es por culpa vuestra; porque ya sabéis que convinimos que la entrega de las ovejas se haría en el prado de Villaverde, y allí se contarían las cabezas, pagando las que resultaran en perfecto estado de salud.—Pues no puede hacerse el trato más que aquí,—añadió el ganadero;—si no te conviene, lo dejas.—Quédate con tu ganado y yo con mi dinero, repuso Pablo....

Tony, sentado sobre su cuarto trasero, presenciaba impasible el diálogo que antecede. Pablo, irritado y refunfuñando de aquella informalidad, desató la jaca de las ramas de una encina, montó á caballo y silbó á su perro. Tony permaneció inmóvil. Mientras tanto, los dos ganaderos montaron también á caballo, alejándose de aquel sitio, pero en dirección opuesta á la que había emprendido Pablo. Tony comenzó á ladrar desesperadamente. Su amo se detuvo y le silbó segunda vez.

De pronto el mastín tomó una veloz carrera y fué á reunirse con su amo, pero sin cesar en sus imponentes ladridos. Pablo no le hizo caso, preocupado en lo que acababa de acontecerle; pero tanto y tanto ladró el perro, que por fin dirigió una mirada recelosa en derredor suyo, y dijo:—¿Qué te pasa, animal?... Tony, de dos saltos, se colocó delante del caballo, como si tratara de impedirle el paso, hasta tal punto, que llegó á ponerle sus robustas zarpas sobre el pecho.

Entonces el chalán le sacudió un terrible latigazo; pero Tony, aunque sentía el agudo dolor de aquella culebra de cáñamo que se le había arrollado por el cuerpo, no se quejó y continuó ladrando.—¡Es extraño! Nunca he visto tan fosco y tan irritado á Tony. El mastín dió una carrera, se paró á unos doce pasos de la cabeza del caballo, y se echó atravesado en medio de la angosta vereda, ladrando siempre. Cuando llegó la jaca, saltó por encima del perro para no pisar á su compañero de cuadra.

Nuevamente el perro volvió á colocarse delante del caballo, tomó carrera hasta chocar su áspera y fuerte cabeza con los redondos y blandos belfos de la jaca, que se descompuso, con grave riesgo del jinete.—Pero ¿te has vuelto loco, Tony?...—gritó el chalán, sacudiéndole un segundo latigazo más enérgico que el primero. El mastín entonces hizo presa en uno de los estribos vaqueros, y tiró con fuerza hacia atrás.

Los ojos de Tony brillaban como dos ascuas de fuego, sus gruñidos eran potentes, amenazadores; aquel noble animal representaba con hermosura salvaje la desesperación del perro á quien su amo no entiende lo que quiere decirle, y se ve privado del precioso don de la palabra. Una idea cruzó por la mente de Pablo, y descolgando la escopeta de la grupa, se dijo:—Este perro rabia. El chalán clavó las espuelas á la jaca, que llevó arrastrando al pobre Tony, sin que soltara el estribo, diez ó doce metros. Por fin Tony soltó su presa, y se quedó como enclavado en medio de la vereda.

Pablo revolvió su caballo como para hacer frente al enemigo, apuntó su escopeta, é hizo fuego. Tony exhaló un lamento doloroso, y rodó por la cañada. Pablo aplicó de nuevo las espuelas en los ijares de la jaca, que partió como un rayo, cuesta abajo, en dirección á Guadalajara. El chalán, disgustado del lance, y no queriendo contemplar la agonía de su pobre Tony, no volvió ni una sola vez la cabeza.

Cuando llegó á la posada, echó de menos el gato que encerraba los veinte mil reales. El chalán se quedó aturdido, porque aquella pérdida le colocaba en una situación difícil para hacer frente á sus negocios. Al aturdimiento siguió la desesperación; montó á caballo en su valiente jaca, emprendió á escape el camino de Val-frío, llegó en menos de tres cuartos de hora á las piedras, pero el gato no estaba allí.—¡Ah!—exclamó.—Aquí lo dejé, aquí lo puse por mi propia mano.... ¡Esos miserables me han robado!... Ahora comprendo que mi noble Tony me avisaba, me decía: «Vuelve atrás; te dejas tu dinero.» Y yo, miserable, estúpido, imbécil, he pagado su lealtad dándole la muerte. Y Pablo se golpeaba la frente y se arrancaba los cabellos.

—¡Tony! ¡Tony! ¡Tony!—comenzó á gritar con desesperación. Pero cada uno de estos gritos que brotaba del alma del chalán sólo levantaba un eco en los barrancos. Pablo, abrumado bajo el peso de su desgracia, se sentó en una de las tres piedras, y entonces vió con sorpresa unas manchas de sangre y la tierra movida como si se hubiera revolcado un animal. Con los ojos inmensamente abiertos reconoció el terreno que le rodeaba, y observó que aquí y allá, en dirección del monte, había manchas de sangre.

Con esa inquietud, mezcla de desaliento y esperanza, Pablo comenzó á seguir aquel rastro de sangre. De vez en cuando se inclinaba para examinar las matas, con la detención de esos hombres de la naturaleza que ven las huellas de los animales impresas sobre la yerba. Junto á un enebro se veía otra revolcadura y algunos pelos de color rojizo pegados á la mata.—Sí, no me cabe duda,—se dijo Pablo,—por aquí ha pasado Tony.... Pero ¿es esto posible?.. Yo le pegué el tiro en el atajo, lejos de este sitio, en el fondo de la cañada. El chalán continuó siguiendo las gotas de sangre y las revolcaduras del pobre animal herido. Así se internó en el monte unos cincuenta metros. Junto á una espesa maraña había otro charco de sangre; pero allí se perdía el rastro.

Pablo entró con alguna dificultad en aquel espesar, y no pudo contener un grito de asombro, de admiración, tal vez de remordimiento; porque allí estaba Tony... Tony ensangrentado, Tony moribundo, con sus potentes zarpas sobre el gato que contenía los mil duros, y su enorme cabeza apoyada en el tesoro de su amo, dispuesto á defenderlo aún después de muerto. Pablo cayó arrodillado junto á su perro. Tony le miró con tristes ojos, exhalando uno de esos débiles gemidos que preceden á la agonía.

El chalán, con los ojos llenos de lágrimas y el alma angustiada por los remordimientos, abrazó la cabeza de aquel pobre animal, y besándola respetuosamente, murmuró en voz baja:—¡Perdón... perdón, pobre Tony: yo he sido tu asesino, yo he pagado tu lealtad dándote la muerte! Tony comenzó á lamer las lágrimas que resbalaban por las curtidas mejillas de su amo. Poco á poco aquella lengua, que acariciaba á su asesino, fué perdiendo la fuerza y el calor, hasta que se quedó inmóvil y fría.

Tony, sin embargo de que la muerte había paralizado la ternura de su corazón, permaneció con los ojos abiertos, mirando á su amo. Aquellos ojos sin luz parecían decirle: «Perdona si me han faltado las fuerzas, si no he podido llevarte el dinero hasta tu casa: ya lo ves, la culpa no es mía.» Pablo permaneció una hora arrodillado junto al cadáver de su perro. Por fin se levantó, y dijo:—Tony, tu muerte será para mí un remordimiento que ha de acompañarme hasta el sepulcro.

Aquella misma tarde el noble perro fué enterrado al pie de un árbol, que desde entonces lleva por nombre «La encina de Tony.»

PESCADOR DE CAÑA

SENTADO á la sombra en la orilla del río, cubierta la cabeza con un sombrero de paja de anchas alas ya bastante moreno por el uso, las piernas colgando, la caña de pescar tendida casi horizontalmente á poca altura del agua, el bueno de Chaviri se pasaba las horas muertas, esperando que algún pez picase en su anzuelo.

Los chicos del pueblo, al pasar por allí, solían gritarle:

—¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Y no siempre eran los chicos los que se burlaban de él, sino á veces los grandes, preguntándole en tono de zumba:

—¿Pican? ¿Pican?

Chaviri miraba á unos y á otros con sonrisa desdeñosa, ó se encogía de hombros sin mirar siquiera, y, atento á su caña, seguía esperando la pesca con paciencia ejemplar.

Antes de hacerse Chaviri pescador de caña, había intentado hallar la fortuna por diversos caminos. Hombre de imaginación viva y fecunda, tuvo en varias ocasiones muy luminosas ideas; pero, al ir á realizarlas, fué tan desgraciado que siempre se le adelantó alguno en las empresas por él concebidas....

Lo que no acababa de comprender nunca, en medio del desaliento que en él producían sus continuos chascos, era cómo á Pérez, y á Martínez, y á González, no les había pasado lo mismo al establecerse, habiendo podido llegar los tres á reunir millones....

Anduvo caviloso algún tiempo, y observaron todos un gran cambio en el carácter de Chaviri. Lo vieron dar paseos solitarios y ausentarse del pueblo largas horas.

Ya no era, como antes, franco y expansivo, sino silencioso y reservado.

Y como tenía fama de ambiciosillo y de hombre tenaz que no se rinde fácilmente á las contrariedades, todos se dijeron al verle ir y venir:

¡Algo nuevo trae en su cabeza Chaviri!

Así es que, cuando se supo que después de tantas cavilaciones se había hecho pescador de caña, no hubo quien no dijese:

—¡Se ha desengañado! ¡Se da por vencido!

En los primeros días de aquella nueva ocupación de Chaviri, acudieron muchos á verle pescar, entre ellos Pérez, Martínez y González, que con sorna le preguntaban de vez en cuando:

—¿Pican? ¿Pican?

Y los chicos, menos disimulados que las personas mayores, le gritaban al nuevo pescador:

—¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Sólo de tarde en tarde se le veía sacar del río algún pececillo, que ni la carnada valía siquiera.

Mas es el caso, que cuando Chaviri á la caída del sol volvía al pueblo, no llevaba sólo aquellos pececillos miserables cuya pesca habían presenciado los curiosos, sino también hermosas anguilas y soberbias truchas, que las vendedoras del mercado le pagaban á subido precio.

No había nadie que al pueblo llevara pesca tan rica y abundante como la de Chaviri.

Los primeros días se atribuyó aquello á simple casualidad. Pero la cosa iba durando una y otra semana. Á los dos meses el nuevo pescador había ganado ya mucho dinero.

Fué la noticia extendiéndose, y Chaviri dejó de oir el irónico: ¿Pican? ¿Pican? Los chicos ya no volvieron á gritarle: ¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Y como se había hecho malicioso, pronto se dió cuenta de que algunos de los que antes se burlaban de él, le acechaban con cautela ó le seguían con disimulo.

—¡Ah! ¡Qué bien hice—se dijo—en evitar que nadie me viese río arriba, donde está el escondido remanso de las anguilas y de las truchas que he descubierto yo solo!

Usaba de toda clase de ardides para observar si era acechado ó seguido, y prefería volver sin pesca al pueblo á exponerse por una imprudencia á que acertasen el sitio de la pesca maravillosa.

Una tarde en que Chaviri estaba seguro de ser espiado, después de pasar pacientemente una hora echando su caña en el sitio donde solía ponerse para que las gentes le vieran, miró á su alrededor con gesto receloso, levantóse, recogió su aparejo, y se fué río abajo, donde la orilla forma un recodo oculto entre espinos y zarzales.

Se sentó sobre la hierba, tendió su caña y echó su anzuelo á la corriente.

Al poco rato exclamó:

—¡Gracias á Dios que estoy solo! ¡No es floja la pesca que hoy voy á llevar!

Entonces, del jaro inmediato salió una cabeza, y luego otra del de más allá y otra tercera más lejos. Chaviri reconoció al punto á González, á Martínez y á Pérez, que se apresuraron á decirle:

—¡Tú nos engañas!

—¡No pones nada en tu anzuelo!

—¡Si querrás hacernos creer que se puede pescar sin carnada!

—¿Cómo que no? ¡Ya lo veis!—contestó Chaviri riéndose.—¡Nada he puesto en mi anzuelo... y los tres habéis picado!

LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN

EN el vasto salón del Prado aún no había gente. Era temprano; las cinco y media nada más. Á falta de personas formales los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota y de escondite....

El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando salud, se agrupaban á la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento los inquietos y menudos objetos de su vigilancia....

Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse á contemplar con ojos distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once á doce años de edad, cuyos perfiles—lo único que veía de ellas—eran de una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia....

Me llamó la atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco ó ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció cómica: pero observando mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas....

El paseo se iba poblando poco á poco.... Los pequeños, retrocedían ante la invasión de los grandes á los parajes más apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio, vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante de nuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al parecer conveniente la gravedad que mostraban, se puso á hacerles muecas en son de menosprecio. Luisa, al verse interrumpida, se levantó furiosa y le tiró por los cabellos. El chico se alejó llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponía á dejar la silla para dar algunas vueltas, oí exclamar á Luisa:

—¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!

Asunción se estremeció la cabeza vivamente.

—Sí, sí, es ella,—continuó Luisa.—Viene con Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la muerte de su hermano... No te asustes... verás, yo lo voy á arreglar todo.

Asunción, en efecto, había empalidecido y estaba clavada é inmóvil en la silla como una estatua. Pronto divisé un grupo de niñas de su misma edad que se aproximaba; en el centro venía una completamente enlutada, morenita, con grandes ojos negros que debía de ser la causante de los temores de Asunción. Luisa se levantó á recibirlas.... Asunción no se movió....

Lolita se vino hacia la melancólica niña y le preguntó cariñosamente tocándole la cara:

—¿Qué tienes, Chonchita?

La pobre Asunción, completamente abatida, no contestó nada; visto lo cual por su amiga, tomó asiento al lado; y la instó con mucha viveza para que le contase lo que la ponía tan triste.

—Mira, Lola,—comenzó con voz temblorosa y casi imperceptible,—después que te lo diga, ya no me querrás.

Lola protestó con una mueca....

—Mañana hace un mes que murió tu hermano Pepito.... Á mí no me han dejado ir á tu casa, pero toda la tarde la pasé llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo éramos novios... ¿no lo sabías?

—¡No!

—Pues lo éramos desde hacía dos meses. Me escribió una carta y me la dió un día al entrar en tu casa: salió de un cuarto de repente, me la dió y echó á correr. Me decía que desde la primera vez que me había visto le había gustado, que podríamos ser novios si yo le quería, y que en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos casaríamos. Á mí me daba mucha vergüenza contestarle, pero como á Luisa le había escrito también Paco Núñez declarándose, yo por encargo de ella le dije un día en el paseo: «Paco, de parte de Luisa, que sí,» y á la otra vuelta Luisa le dijo á Pepito: «Pepito, de parte de Asunción, que sí.» Y quedamos novios. Los domingos cuando bailábamos en tu casa ó en la mía, me sacaba más veces que á las demás, pero no se atrevía á decirme nada... Á pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y hablaba poco, le pregunté si estaba enfadado, y él me contestó: «Yo no me enfado con nadie, y mucho menos contigo.» Yo me puse colorada... y él también... Todos los días por la tarde iba á esperarme á la salida del colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo salía y después me seguía hasta casa...

Aquí Asunción cesó de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y curiosidad, aguardó un rato á que continuase....

—¿De qué murió tu hermano? ¿No dijeron los médicos que había muerto de una mojadura que había cogido?

—Sí.

—Pues esa mojadura, Lola... la cogió por causa mía... Sí, la cogió por causa mía... Una tarde en que estaba lloviendo á cántaros, fué á esperarme al colegio... Le ví por los cristales metido en un portal... en el portal de enfrente... no traía paraguas. Cuando salimos, yo me tapé perfectamente porque la criada había traído uno para mí y otro para ella... Pepito nos siguió á descubierto. Llovía atrozmente... y yo en vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dejé ir mojándose hasta casa... Pero no fué por gusto mío, Lola... por Dios, no lo creas... fué que me daba vergüenza...

Al decir estas palabras, la embargó la emoción, se le anudó la voz en la garganta y rompió á sollozar fuertemente. Lolita se la quedó mirando un buen rato, con ojos coléricos, el semblante pálido y las cejas fruncidas; por último se levantó repentinamente y fué á reunirse con sus amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La ví agitar los brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia, y observé que algunas lágrimas se desprendían de sus ojos, sin que por eso perdiesen la expresión dura y sombría. Asunción permaneció sentada, con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos....

El sol se había retirado ya del paseo, aunque anduviese todavía por las ramas de los árboles y las fachadas de las casas. Los lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecían en aquel instante como si fuesen de plata. El salón estaba ya lleno de gente.

Después de discutir con violencia y de rechazar enérgicamente las proposiciones conciliadoras, Lolita se encerró en un silencio sombrío.... Al fin volvió lentamente la cabeza hacia Asunción. La pobre niña seguía en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las manos. Al verla, debió pasar un soplo de enternecimiento por el corazón de la irritada hermana; destacóse del grupo, y viniendo hacia ella, le echó los brazos al cuello diciendo:

—No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba también. La cabecita rubia y la morena estuvieron un instante confundidas. Rodeáronlas las amigas, y ni una sola dejó de verter lágrimas.

—¡Vamos, niñas, que nos están mirando!—dijo Luisa.—Enjugad las lágrimas y vamos á pasear.

Y en efecto, llevándose el pañuelo á los ojos, ella la primera, con rostro sereno y risueño se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y las perdí muy pronto de vista.

ECONOMÍA PRÁCTICA

...HAY personas que cifran todo su orgullo en comprar barato, como le sucede á un tío mío, hombre muy nervioso y algo irascible, que se va á un establecimiento de paños y empieza por pedir una silla y sentarse cómodamente.

—Sáqueme usted tela para un gabán—dice con aire de hombre superior.—Quiero que sea buena, ¿sabe usted?

El dependiente coloca sobre el mostrador seis ó siete piezas de paño. Mi tío desde su asiento examina el género, lo frota, lo mira al trasluz, lo estira, lo encoge, lo acerca á la nariz, se lo pasa por los párpados para ver si es suave, y, por último, pregunta:

—¿Á cómo?

—Á tres duros.

Mi tío se levanta, hace un gesto de desdén y se finge que va á tomar la puerta, no sin decir antes:

—Vaya, vaya; veo que no quiere usted vender.

—Pero venga usted acá y nos arreglaremos....

Mi tío se acerca al mostrador, coge al dependiente por la muñeca, le aproxima los labios al oído y le dice á media voz:

—¿Quiere usted treinta reales?...

—¿Está usted loco? ¡Treinta reales por un género como éste!...

Enójase el dependiente; mi tío le contesta una barbaridad; chillan ambos, interviene el dueño de la tienda, y mi tío dice por último, con voz alterada:

—¿Quiere usted treinta y cinco reales? No doy un céntimo más.

El caso es que mi tío sale de allí con la tela después de conseguir que le rebajen un duro en cada vara; y cuando está hecho el gabán, pregunta á los amigos:...

¿Cuánto cree usted que me ha costado esta prenda?

—Veinte duros—dice uno.

—Usted los hubiera pagado seguramente, ¡pero yo!... Límpiese usted los ojos para ver este gabán, y ahora sepan ustedes que con tela, forros, botones y hechura me ha costado.... ciento once reales con quince céntimos.

¿Puede dudarse de que mi tío compra barato en Madrid? Pues ¿y D. Sinforoso, mi compañero de oficina?

Hace pocos días tuvo que comprar una jaula para un jilguero que le enviaron de Cuzcurrita, su tierra natal, y se fué á la plaza de Santa Ana.

—¿Á cómo son estas jaulitas?

—Á cuatro pesetas.

—¡Hombre, por Dios! No diga usted disparates. ¿Quiere usted dos pesetas?

—No, señor; es precio fijo....

El pajarero volvió las espaldas; se puso á dar de comer á un loro que está delicado y no come con su propio pico.

—Oiga usted—gritó D. Sinforoso desde la puerta.—¿No quiere usted vender?

—Sí, señor; pero no puedo perder el tiempo.

—Vamos, póngase usted en razón. ¿Quiere usted las dos pesetas?

—He dicho que no.

—¿Dos pesetas y diez céntimos?

Nueva retirada del pajarero....

Y viendo D. Sinforoso que el de los pájaros se sentaba en una silla para alimentar al loro con más comodidad, él se sentó también á la entrada de la tienda, y allí se estuvo cerca de una hora, diciendo de vez en cuando:

—Conque ya lo sabe usted: dos pesetas y un perro grande.

El pajarero comenzó á perder la paciencia, y acabó por vender la jaula en los ocho reales ofrecidos, dando un empujón á D. Sinforoso y poniéndole de patitas en la calle....

DE VIAJE

DEJO á Barcelona entregada á su industria poderosa y á sus hábitos mercantiles y me vuelvo á Madrid.... Llego á la estación del ferrocarril en busca del tren que ha de conducirme á la corte, y advierto con profunda sorpresa que el andén está lleno de peregrinos de todas clases, procedentes de Roma y que se disponen á regresar á sus pueblos respectivos.

En mi coche penetran varios, y entre ellos una señora con una perra, á la que trata de ocultar en el seno para no incurrir en las iras de los empleados.... La perra, que es muy juguetona, salta sobre mis rodillas y se pone á escarbar encima de mis pantalones como si estuviera en el campo.

—Celina—le dice su ama cariñosamente,—lame á este caballero para manifestarle tus simpatías.

—No, señora—contesto yo,—dígale V. que no se moleste.

—Quiero que vea V. su docilidad.

La perra dirige á la señora una mirada de infinita ternura y se pone á lamer á los viajeros, uno por uno, hasta que llega á un fabricante de corchos, hombre iracundo, sin fe religiosa, ni aseo personal, que al sentirse lamido suelta un terno y quiere matar á la perra con el lío de los paraguas.

Los demás viajeros conseguimos tranquilizarle, y la señora se ve acometida de un estremecimiento nervioso, y comienza á herir la delicadeza del fabricante desatándose en improperios contra los corchos, hasta que llega el interventor del tren y exige el billete de la perra con mal talante.

—¿Cómo?—grita la señora.—Un animalito que no pasa de los seis años, ¿va á pagar billete entero, como si fuese una persona mayor?

—No hay más remedio.

—Pues esto es un abuso, y en cuanto llegue á Madrid se lo contaré todo á Conejo, que es de la mayoría parlamentaria y se tutea con un primo de Salvador.

Al fin se conmueve el empleado, y exige sólo por la perra el importe de medio billete, considerándola niña de lanas.

Y en éstas y las otras llegamos á Manresa, donde hay varios viajeros esperando el tren para tomarlo poco menos que á la bayoneta.

La señora se pone de pie delante de la portezuela á fin de evitar el asalto, pero ellos no cejan en su propósito y atropellan todo lo existente.

Entre los recién llegados figura un teniente de carabineros que viaja con un saco de noche, dos sombrereras, una escopeta de dos cañones y un manojo de sables atados con un cordel. La perra ve aquellos instrumentos mortíferos y se pone á ladrar como una loca.

—Aquí no hay sitio para todo ese equipaje—dice la señora estrechando á la perra contra su corazón.

—¿Que no?—contesta el militar sonriendo.

Y deja caer los bultos sobre el almohadón del coche; después se quita las botas, abre el saco de noche, saca unas babuchas que parecen dos orejas de elefante y se las calza con la mayor tranquilidad murmurando:

—¿Ve V. como hay sitio para todo?

La señora se muerde los labios.

Detrás del teniente penetran dos curas y se sientan encima de la perra, haciéndola prorrumpir en sollozos agudos. Entonces ocurre lo que no puede referirse; la señora pierde la calma y quiere arañar al clero; el fabricante se subleva porque le ha pisado la señora un juanete; ruge el carabinero y se asustan los sacerdotes hasta que se restablece la calma y cada cual busca el medio de descansar mejor.

Un peregrino se sienta á mi lado, apoya la cabeza en mi hombro y se queda dormido, rozándome dulcemente la mejilla con la media docena de pelos que adornan su frente. Otro peregrino saca un salchichón, que parece una escopeta, y se pone á comer rajas y á tararear un himno piadoso. Algunas veces va á levantar el salchichón y me da con él en la cabeza.

Cuando llego á Madrid, quiero abrazar á un amigo que me espera en la estación y las fuerzas me faltan.

—¿Qué tienes?—me pregunta.—¿Estás malo?

—¿Cómo quieres que esté un hombre que ha venido desde Barcelona debajo de dos peregrinos, y amenazado constantemente por una perra, una señora y un salchichón?

TEMPRANO Y CON SOL

EL empleado que despachaba los billetes en la taquilla de la estación del Norte de Madrid, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa cuando la infantil vocecita pronunció, en tono imperativo:

—¡Dos billetes de primera para París...!

Miró á su interlocutora, y vió que era una morena de once á doce años, de ojos como tinteros, de tupida melena negra, vestida con rico y bien cortado ropón de franela roja, y luciendo un sombrerillo jockey de terciopelo granate que le sentaba á las mil maravillas. Agarrado de la mano traía la señorita á un caballerete que representaba la misma edad sobre poco más ó menos, y también tenía trazas en semblante y ropa de pertenecer á muy distinguida clase y á muy acomodada familia. El chico parecía azorado; la niña, alegre con nerviosa alegría. El empleado sonrió á la gentil pareja y murmuró como quien da algún paternal aviso:

—¿Directo ó á la frontera? Á la frontera son ciento cincuenta pesetas, y...

—Ahí va dinero,—contestó la intrépida señorita alargando un abierto portamonedas. El empleado volvió á sonreír, ya con marcada extrañeza y compasión, y advirtió:

—Aquí no tenemos bastante.

—¡Hay quince duros y tres pesetas!—exclamó la viajerilla.

—Pues no alcanza. Y para convencerse, pregunten ustedes á sus papás.

Al decir esto el empleado, vivo carmín tiñó hasta las orejas del galán, cuya mano no había soltado la damisela, y ésta, dando impaciente patada en el suelo, gritó:

—¡Bien... pues entonces... un billete más barato!

—¿Cómo más barato? ¿de segunda? ¿de tercera? ¿á una estación más próxima? ¿Escorial; Ávila...?

—¡Ávila, sí... Ávila... justamente Ávila...! respondió con energía la niña.—Dudó el empleado un momento; al fin se encogió de hombros... y entregó los dos billetes, devolviendo muy aligerado el portamonedas.

Sonó la campana de aviso; salieron los chicos disparados al andén; metiéronse en el primer vagón que vieron, sin pensar en buscar un departamento donde fuesen solos; y con gran asombro del turista americano que ya acomodaba en un rincón su valija de cuero, al verse dentro del coche se agarraron de la cintura y empezaron á bailar.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Cómo principió aquella pasión devoradora? Pues empezó del modo más sencillo, más inocente y más bobo. Empezó por una manía. Ambos eran coleccionistas....

El papá de Serafina, llamada Finita, y la mamá de Francisco, llamado Currín, se trataban poco; ni siquiera se visitaban, á pesar de vivir en la misma opulenta casa del barrio de Salamanca: en el primer piso el papá de Finita, y en el segundo la mamá de Currín. Currín y Finita, en cambio, se encontraban muy á menudo en la escalera, cuando él iba á clase y ella salía para su colegio....

Cierta mañana, al bajar las escaleras, Currín notó que Finita llevaba bajo el brazo un objeto, un libro rojo, ¡libro tantas veces codiciado y soñado por él!... Rogó á Finita que le enseñase el magnífico álbum de sellos. Finita accedió á los ruegos de Currín: pusieron el álbum sobre la repisa de la ventana, y se dieron á hojearlo con vivacidad.—«Esta hoja es del Perú. Mira, los de las islas Hawai. Tengo la colección completa.»

Y desfilaban los minúsculos y artísticos grabaditos con que cada nación marca y autoriza su correspondencia.... Currín se embelesaba, y chillaba de vez en cuando dando brincos: «¡Ay! ¡Ay! ¡qué rebonito! Éste no lo tengo yo...» Por fin, al llegar á uno muy raro de la república de Liberia, no pudo contenerse. «¿Me lo das?»—«Toma;» respondió con expansión Finita. «Gracias, hermosa;» contestó el galán; y como Finita, al oir el requiebro, se pusiese color de la cubierta de su álbum, Currín reparó en que Finita era muy guapa, sobre todo así, colorada de placer y con los ojos brillantes, negros, rebosando alegría.

«¿Sabes que te he de decir una cosa?»—murmuró el chico.—«Anda, dímela.»—«Hoy no.»—La doncella que acompañaba á Finita al colegio, había mostrado hasta aquel instante risueña tolerancia con la escena filatélica; pero le pareció que se prolongaba mucho, y pronunció un «vamos, señorita,» que significaba: «Hay que ir al colegio....»

Currín se quedó admirando su sello y pensando en Finita. Era Currín un chico dulce de carácter, no muy travieso, aficionado á los dramas tristes, á las novelas de aventuras extraordinarias, y á leer versos y aprendérselos de memoria. Siempre estaba pensando en que le había de suceder algo raro y maravilloso; de noche soñaba mucho, y con cosas del otro mundo ó con algo procedente de sus lecturas. Desde que coleccionaba sellos, soñaba también con viajes de circumnavegación y países desconocidos....

Al otro día, nuevo encuentro en la escalera. Currín llevaba duplicados de sellos para obsequiar á Finita. En cuanto la dama vió al galán, sonrió y se acercó con misterio. «Aquí te traigo esto,» balbuceó él. Finita puso un dedo sobre los labios, como para indicar al chico que se recatase de la doncella; pero constándole á Currín que no había en el obsequio de los sellos malicia alguna, fué muy resuelto á entregarlos. Finita se quedó al parecer algo chafada: sin duda esperaba otra cosa: y llegándose vivamente á Currín, le dijo entre dientes:

—¿Y... y aquello?

—¿Aquello...?

—Lo que me ibas á decir ayer.

Currín suspiró, se miró las botas, y pronunció esta tontería:

—Si no era nada...

—¡Cómo nada!—articuló Finita furiosa.—¡Qué idiota! ¿Nada, eh?

Y el muchacho, dando tormento al rey Leopoldo de Bélgica que apretaba entre sus dedos, se puso muy cerquita del oído de la niña, y murmuró suavemente: «Sí, era algo... Quería decirte que eres... ¡más guapita!» Y espantado de su osadía, echó á correr escalera abajo.

Al otro día, Currín escribió unos versos en que decía á Finita:

Nace el amor de la nada;

De una mirada tranquila;

Al girar de una pupila

Se halla un alma enamorada.

Graves autores aseguran que Currín los sacó de un libro que le prestó un compañero. Mas ¿qué importa? El caso es que Currín se sentía como lo pintaban los versos: enamorado, atrozmente enamorado. No pensaba más que en Finita; se sacaba la raya esmeradamente, se compró una corbata nueva, y suspiraba á solas.

Al fin de la semana eran novios en regla. La doncella cerraba los ojos... ó no veía, creyendo que allí se hablaba buenamente de sellos....

Cierta tarde creyó el portero que soñaba, y se frotó los ojos. ¿No era aquélla la señorita Serafina, que pasaba sola, con un bolsillo de piel al brazo? ¿Y no era aquél que iba detrás el señorito Currín? ¿Y no se subían los dos á un coche de punto? ¡Jesús, María y José! Pero ¡cómo están los tiempos y las costumbres! Y ¿á dónde irán? ¿Aviso ó no aviso á los padres? ¿Qué hace en este apuro un hombre de bien?

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—Oye,—decía Finita á Currín, apenas el tren se puso en marcha.—Ávila ¿cómo es? ¿Muy grande? ¿Bonita, lo mismo que París?

—No...—respondió Currín con cierto escepticismo amargo.—Debe de ser un pueblo de pesca.

—Pues entonces... no conviene que nos quedemos allí. Hay que seguir á París. Yo quiero ver París; y también quiero ver las Pirámides de Egipto.

—Sí...—murmuró Currín, por cuya boca hablaba el buen sentido y la realidad—pero... ¿y el dinero?

—¿El dinero?—contestó Finita.—Eres bobo. ¡Se pide prestado!

—¿Y á quién?

—¡Á cualquiera!

—¿Y si no nos lo quieren dar?

—¿Y por qué, tonto? Yo tengo reloj que empeñar. Tú también. Empeñaré además el abrigo nuevo. No sirves para nada... ¡Escribimos á papá que nos envíe... un... un bono... no, una letra! Papá las está mandando cada día á todas partes.

—Tu papá estará echando chispas.... ¡La hicimos, Finita!... No sé qué será de nosotros.

—Pues se empeña el reloj, y en paz... ¡Ay! ¡Lo que nos divertiremos en Ávila! Me llevarás al café... y al teatro... y al paseo....

Cuando oyeron cantar «¡Ávila! ¡Veinticinco minutos!» saltaron del tren, pero al sentar el pie en el andén, se quedaron indecisos. La gente salía, se atropellaba hacia la fonda, y los enamorados no sabían qué hacer. «¿Por dónde se va á Ávila?» preguntó Currín á un mozo, que viendo á dos niños sin equipaje, se encogió de hombros y se alejó. Por instinto se encaminaron á una puerta, entregaron sus billetes, y asediados por un solícito agente de fonda, se metieron en el coche, que los llevó á la del Inglés.

Acababa de recibir el gobernador de Ávila un telegrama de Madrid, interesando la captura de la apasionada pareja. La captura se verificó y los fugitivos fueron llevados á Madrid sin pérdida de tiempo. Finita quedó internada en un convento y Currín en un colegio, de donde no se les permitió salir en un año, ni aún los domingos....

EL PREMIO GORDO

...PRÓXIMO ya á los sesenta años, el marqués de Torres-Nobles adoptó la resolución de retirarse á su hacienda de Fuencar, única propiedad que no tenía hipotecada. Allí se dedicó exclusivamente á cuidar de su cuerpo, no menos arruinado que su casa; y como Fuencar le producía aún lo bastante para gozar de un mediano desahogo, organizó su servicio de modo que ninguna comodidad le faltase. Tuvo un capellán que amén de decirle la misa los domingos y fiestas, le leía y comentaba los periódicos políticos; un capataz que dirigía hábilmente las faenas agrícolas; un cochero obeso y flegmático que gobernaba solemnemente las dos mulas de la carretela; una ama de llaves silenciosa, solícita; un ayuda de cámara traído de Madrid, discreto y puntual; y por último, una cocinera limpia como el oro, con primorosas manos para todos los guisos de aquella antigua cocina nacional, que satisfacía el estómago sin irritarlo y lisonjeaba el paladar sin pervertirlo. Con ruedas tan excelentes, la casa del marqués funcionaba como un reloj bien arreglado, y el señor se regocijaba cada vez más de haber salido del golfo de Madrid á tomar puerto en Fuencar.... En pocos meses el marqués de Torres-Nobles echó carnes sin perder agilidad, y su sana tez indicó que ya su salud se restablecía.

Si el marqués vivía bien, no lo pasaban mal tampoco sus servidores. Para que no le dejasen, les pagaba mejores soldadas que nadie en la provincia, y además los obsequiaba á veces con regalos. Así andaban ellos de contentos: poco trabajo, y ése, metódico é invariable; salario crecido, y de cuando en cuando, sorpresitas del dadivoso marqués.

El mes de diciembre del año pasado, hizo más frío de lo justo, y la dehesa de Fuencar se envolvió en un manto de nieve. Huyendo de la soledad de su gran despacho, bajó el marqués de noche á la cocina del cortijo, y buscando, por instinto de sociabilidad invencible, la compañía del hombre, se arrimó al hogar, calentó la palma de las manos, y hasta se rió de los cuentos que con chuscada andaluza referían el capataz y el pastor. Entre otras conversaciones más ó menos rústicas que le divirtieron, oyó que todos sus criados proyectaban asociarse para echar un décimo á la lotería de Navidad.

Al día siguiente, muy temprano, el marqués despachaba un propio á la ciudad próxima, y anochecía cuando el bondadoso señor penetró en la cocina blandiendo unos papeles, y anunciando á sus domésticos, con suma benignidad, que había cumplido sus deseos tomando un billete del sorteo inmediato, billete en el cual les regalaba dos décimos, quedándose él con ocho, por tentar también la suerte. Al oir tal, hubo en la cocina una explosión de alegría, con vivas y bendiciones hiperbólicas; sólo el pastor, viejo cano, meneó la cabeza, afirmando que el que echaba con señores «espantaba la suerte,» de lo cual le pesó tanto al marqués, que condenó al pastor á no llevar ni un real en los décimos consabidos.

Aquella noche el marqués no durmió tan á pierna suelta como solía desde que Fuencar le cobijaba.... No le había gustado la avidez con que sus criados hablaban del dinero que podía caerles.—¡Esa gente—decíase el marqués—no aguardaría sino á llenar la bolsa para plantarme! ¡Y qué planes los suyos! ¡Celedonio (el cochero), habló de poner taberna. ¡Pues doña Rita (era el ama de llaves), sueña con establecer una casa de huéspedes! Jacinto (era el ayuda de cámara), bien se calló, pero miraba á esa Pepa (la cocinera). Juraría que proyectan casarse. ¡Bah! (al exclamar ¡bah! el marqués de Torres-Nobles dió una vuelta en la cama y se arropó mejor, porque se le colaba el frío por la nuca); en resumidas cuentas, ¿qué me importa todo ello? El premio gordo no nos ha de caer....—Y al poco rato el señor roncaba.—Dos días después se celebraba el sorteo, y Jacinto se las compuso de modo que su amo tuviese que enviarle á la ciudad en busca de no sé qué provisiones ú objetos indispensables. La noche caía, nevaba, á más y mejor, y Jacinto aun no había vuelto, á pesar de salir muy de madrugada.

Estaban los criados reunidos en la cocina, como siempre, cuando sintieron las pisadas del caballo sobre la nieve fresca, y á poco un hombre, en quien reconocieron á su compañero Jacinto, entró como una bomba. Estaba pálido, temblón, y con ahogada voz solo acertó á pronunciar:

—¡El premio gordo!!!

Hallábase á la sazón el marqués en su despacho, y, con las piernas arrebujadas en espesa manta, chupaba un habano, mientras el capellán le leía El Siglo Futuro. De pronto, suspendiendo la lectura, ambos prestaron oído al estrépito que venía de la cocina. Parecióles al principio que los criados disputaban, pero á los diez segundos de atender se convencieron de que no eran sino voces de júbilo, tan desentonadas y delirantes, que el marqués, amostazado y teniendo por comprometida su dignidad, despachó al capellán para informarse de lo que ocurría é imponer silencio. No tardó tres minutos en regresar el enviado, y dejándose caer sobre el diván, pronunció con sofocado acento; «¡Me ahogo!» y se arrancó el alzacuello y se desgarró el chaleco por querer desabrocharlo... Corrió en su auxilio el marqués, y abanicándole el rostro con El Siglo Futuro, logró oir brotar de sus labios una frase entrecortada:

—El premio gordo... nos ha caído el prem...

Á despecho de sus achaques, brincó hasta la cocina el marqués, y llegando al umbral, detúvose atónito ante la extraña escena que allí se representaba. Celedonio y doña Rita bailaban con mil zapatetas; Jacinto, abrazado á una silla, valsaba rauda y amorosamente; Pepa hería con el rabo de un cazo la sartén, haciendo desapacible música, y el capataz, tendido en el suelo, se revolcaba, gritando ó mejor dicho aullando salvajemente: «¡Viva la Virgen!» Apenas divisaron al marqués, aquellos locos se lanzaron á él con los brazos abiertos, y sin que fuese poderoso á evitarlo, lo alzaron en volandas, y cantando y danzando y echándoselo unos á otros como pelota de goma, lo pasearon por toda la cocina, hasta que, viéndole furioso, lo dejaron en el suelo; y aun fué peor entonces, pues la cocinera Pepa, cogiéndole por el talle, quieras no quieras le arrastró en vertiginosa danza mientras el capataz, presentándole una botella de vino, se empeñaba en que probase un trago, asegurando que el licor era exquisito, cosa que él sabía á ciencia cierta por haber trasegado á su estómago casi toda la sangre de la botella.

Así que pudo el marqués soltarse, refugióse en su habitación, con ánimo de desahogar su enojo refiriendo al capellán la osadía de sus criados y platicando acerca del premio gordo. Con gran sorpresa vió que el capellán salía envuelto en su capote y calándose el sombrero.

—¿Á dónde va V., D. Calixto, hombre de Dios?—exclamó el marqués admirado.

Pues, con su licencia, D. Calixto iba á Sevilla, á ver á su familia, á darle la alegre nueva, á cobrar en persona su parte de décimo, un confite de algunos miles de duros.

—¿Y me deja V. ahora? ¿Y la misa? y...

En esto asomó por la puerta su hocico agudo el ayuda de cámara. Si el señor marqués le daba permiso, él también se marcharía á recoger lo que le caía. El marqués alzó la voz, diciendo que era preciso tener el diablo en el cuerpo para largarse á tales horas y con una cuarta de nieve, á lo cual respondieron unánimes D. Calixto y Jacinto que á las doce pasaba el tren por la estación próxima, que hasta ella llegarían á pie ó como pudiesen. Y ya abría el marqués la boca para pronunciar: «Jacinto se quedará, porque me hace falta á mí,» cuando á su vez apareció en el marco de la puerta la rubicunda faz del cochero, que sin pedir autorización y con insolente regocijo venía á despedirse de su amo, porque él se largaba ¡ea! á coger ese dinero.

—¿Y las mulas?—vociferó el amo.—¿Y el coche, quién lo guiará?

—Quien vuecencia disponga... ¡Como yo no he de cochear más!...—respondió el cochero volviendo la espalda y dejando paso á doña Rita, que entró no medrosa y pisando huevos como solía, sino toda despeinada, alborotadica y risueña, agitando un grueso manojo de llaves, que entregó al marqués advirtiéndole:

—Sepa vuecencia que ésta es de la despensa... ésta del ropero... ésta del...

—¿Ahora quiere V. que yo saque el tocino y los garbanzos, eh? Váyase V. al...

No oyó doña Rita el final de la imprecación, porque salió cantando, y tras ella los demás interlocutores del marqués, y en pos de éstos el marqués mismo, que los siguió furioso al través de las habitaciones y estuvo á punto de alcanzarlos en la cocina, sin que se atreviese á seguirlos al patio por no arrostrar la glacial temperatura. Á la luz de la luna que argentaba el piso nevado, el marqués los vió alejarse, delante D. Calixto, luego Celedonio y doña Rita de bracero, y por último Jacinto muy cosido á una silueta femenina que reconoció ser Pepa la cocinera... ¡Pepilla también! Tendió el marqués la vista por la cocina abandonada, y vió el fuego del hogar que iba apagándose, y oyó una especie de ronquido animal... Al pie de la chimenea el capataz dormía.

Á la mañana siguiente, el pastor que no quiso «espantar la suerte,» hizo para el marqués de Torres-Nobles de Fuencar unas migas, y así pudo este noble señor comer caliente el primer día que se despertó millonario.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Me parece excusado describir la suntuosa instalación del marqués en Madrid; lo que sí no debe omitirse es que tomó un cocinero cuyos guisos eran otros tantos poemas gastronómicos. Se sospecha que los primores de tan excelso artista, saboreados con excesiva delectación por el marqués, le produjeron la enfermedad que le llevó á la tumba. No obstante, yo creo que el susto y caída que dió cuando se desbocaron sus magníficos caballos ingleses, fué la verdadera causa de su fallecimiento....

Abierto el testamento del marqués, se vió que dejaba por heredero al pastor de Fuencar.

EL LIBRO TALONARIO

...EL TÍO BUSCABEATAS pertenecía al gremio de los hortelanos [de Rota].

Ya principiaba á encorvarse en la época del suceso que voy á referir: y era que ya tenía sesenta años..., y llevaba cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la Costilla.

Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas..., que ya principiaban á ponerse por dentro y por fuera de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el mes de junio. Conocíalas perfectamente el tío Buscabeatas por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre, sobre todo á los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que ya estaban diciendo guisadme, y se pasaba los días mirándolos con ternura y exclamando melancólicamente:

—¡Pronto tendremos que separarnos!

Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando á los mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia.

—Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al mercado de Cádiz.—¡Feliz quien se las coma!

Y se marchó á su casa con paso lento, y pasó la noche con las angustias del padre que va á casar una hija al día siguiente.

—¡Lástima de mis calabazas!—suspiraba á veces sin poder conciliar el sueño.—Pero luego reflexionaba, y concluía por decir:—... ¡Para eso las he criado!—Lo menos van á valerme quince duros....

Gradúese, pues, cuánto sería su asombro, cuánta su furia y cuál su desesperación, cuando, al ir á la mañana siguiente á la huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta calabazas.... Como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras de Shylock...:

—¡Oh! ¡Si te encuentro! ¡Si te encuentro!

Púsose luego el tío Buscabeatas á recapacitar fríamente, y comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota, donde sería imposible ponerlas á la venta sin riesgo de que él las reconociese, y donde, por otra parte, las calabazas tienen muy bajo precio.

—¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.) El infame, pícaro ladrón debió de robármelas anoche á las nueve ó las diez y se escaparía con ellas á las doce en el barco de la carga... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por la mañana en el barco de la hora, y maravilla será que no atrape al ratero y recupere á las hijas de mi trabajo!

Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas calabaceras, ó contando las calabazas que faltaban..., hasta que, á eso de las ocho, partió con dirección al muelle.

Ya estaba dispuesto para hacerse á la vela el barco de la hora, humilde falucho que sale todas las mañanas para Cádiz á las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el barco de la carga sale todas las noches á las doce, conduciendo frutas y legumbres....

Llámase barco de la hora el primero, porque en este espacio de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules....

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía á un aburrido polizonte que iba con él:

—¡Éstas son mis calabazas!—¡Prenda V. á ese hombre!

Y señalaba al revendedor.

—¡Prenderme á mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)—Estas calabazas son mías; yo las he comprado....

—Eso podrá V. contárselo al Alcalde—repuso el tío Buscabeatas.

—¡Que no!

—¡Que sí!

—¡Tío ladrón!

—¡Tío tunante!

—¡Hablen Vds. con más educación...!—dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo en el pecho á cada interlocutor.

En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los mercados públicos....

Enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:

—¿Á quién le ha comprado V. esas calabazas?

—Al tío Fulano, vecino de Rota...—respondió el interrogado.

—¡Ése había de ser...! (gritó el tío Buscabeatas.) ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete á robar en la del vecino!

—Pero, admitida la hipótesis de que á V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura á V. que éstas, y no otras, son las suyas?

—¡Toma! (replicó el tío Buscabeatas.) ¡Porque las conozco como V. conocerá á sus hijas, si las tiene!—¿No ve V. que las he criado?—Mire V.: ésta se llama cachigordeta; ésta, coloradilla; ésta, Manuela..., porque se parecía mucho á mi hija la menor....

Y el pobre viejo se echó á llorar amarguísimamente.

—Todo eso está muy bien...; pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que.... V. las identifique....

—¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo á todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!—dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de los circunstantes.

Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso á desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía.

La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.

—¿Qué va á sacar de ahí?—se preguntaban todos.

Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso á ver qué ocurría en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:

—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas...—Conteste V....

El recién llegado se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo impidieron materialmente, y el mismo Regidor le mandó quedarse.

En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el presunto ladrón, diciéndole:

—¡Ahora verá V. lo que es bueno!

El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:

—Usted es quien ha de ver lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré á la cárcel por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año á Cádiz, en mi huerta, y nadie podrá probarme lo contrario.

—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.

Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y á los curiosos:

—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón, para que luego pueda comprobarse si tal ó cual recibo es falso ó no lo es?

—Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó gravemente el Regidor.

—Pues eso es lo que yo traigo aquí: el libro talonario de mi huerta, ó sea los cabos á que estaban unidas estas calabazas antes de que me las robasen.—Miren Vds.—Este cabo era de esta calabaza... Nadie puede dudarlo...—Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.—Este más ancho..., debe de ser de aquélla... ¡Justamente!—Y éste es de ésta... Ése es de ésa... Ésta es de aquél...

Y en tanto que así decía, iba adaptando un cabo ó pedúnculo á la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.

Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos los polizontes y el mismo Concejal, y comenzaron á ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación, diciendo todos á un mismo tiempo con pueril regocijo:

—¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!—Éste es de aquí... Ése es de ahí... Aquélla es de éste... Ésta es de aquél...

Y las carcajadas de los grandes se unían á los silbidos de los chicos, á las imprecaciones de las mujeres, á las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y á los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por llevárselo á la cárcel.

Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano se vió obligado desde luego á devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas, y que éste se marchó á Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo por el camino:

—¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido traerme á Manuela, para comérmela esta noche y guardar las pepitas!

EL PÁJARO EN LA NIEVE

ERA ciego de nacimiento. Le habían enseñado lo único que los ciegos suelen aprender, la música; y fué en este arte muy aventajado. Su madre murió pocos años después de darle la vida; su padre, músico mayor de un regimiento, hacía un año solamente. Tenía un hermano en América que no daba cuenta de sí; sin embargo, sabía por referencias que estaba casado, que tenía dos niños muy hermosos y ocupaba buena posición. El padre indignado, mientras vivió, de la ingratitud del hijo, no quería oir su nombre; pero el ciego le guardaba todavía mucho cariño; no podía menos de recordar que aquel hermano, mayor que él, había sido su sostén en la niñez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los demás chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al entrar por la mañana en su cuarto diciendo: «¡Hola, Juanito! arriba, hombre, no duermas tanto,» sonaba en los oídos del ciego más grata y armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violín....

El padre, algún tiempo antes de morir, había conseguido que le diesen [á Juan] una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para sostener una casa abierta, por modesta que fuese; así que, pasados los primeros quince días, nuestro ciego vendió por algunos cuartos, muy pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidió á la criada y se fué de pupilo á una casa de huéspedes pagando ocho reales; los seis restantes le bastaban para atender á las demás necesidades. Durante algunos meses vivió el ciego sin salir á la calle más que para cumplir su obligación; de casa á la iglesia, y de la iglesia á casa. La tristeza le tenía dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de requiem, que contaba se tocase por la caridad del párroco en obsequio del alma de su difunto padre....

El cambio de ministerio le sorprendió cuando aún no la había terminado: no sé si entraron los radicales, ó los conservadores, ó los constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino tarde y con daño. El nuevo gabinete, pasados algunos días, juzgó que Juan era un organista peligroso para el orden público, y procedió inmediatamente á dejar cesante á Juan.... Cuando le notificaron el cese, nuestro ciego no experimentó más emoción que la sorpresa; allá en el fondo casi se alegró, porque le dejaban más horas desocupadas para concluir su misa. Solamente se dió cuenta de su situación cuando al fin del mes se presentó la patrona en el cuarto á pedirle dinero; no lo tenía, porque ya no cobraba en la iglesia; fué necesario que llevase á empeñar el reloj de su padre para pagar la casa. Después se quedó otra vez tan tranquilo y siguió trabajando sin preocuparse de lo porvenir. Mas otra vez volvió la patrona á pedirle dinero, y otra vez se vió precisado á empeñar un objeto de la escasísima herencia paterna; era un anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo qué empeñar. Entonces, por consideración á su debilidad, le tuvieron algunos días más de cortesía, muy pocos, y después le pusieron en la calle, gloriándose mucho de dejarle libre el baúl y la ropa, ya que con ella podían cobrarse de los pocos reales que les quedaba á deber.

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