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Spanish Tales for Beginners

Front matter (continued 2)

Reading edition

Buscó una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le causó una inmensa tristeza; ya no podía terminar su misa....

Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez quedándose con el baúl en prenda. Entonces comenzó para el ciego una época miserable y angustiosa.... De posada en posada, arrojado de todas poco después de haber entrado, metiéndose en la cama para que le lavasen la única camisa que tenía, el calzado roto, los pantalones con hilachas por debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rodó Juan por Madrid no sé cuánto tiempo....

Comía lo preciso para no morirse de hambre en alguna taberna de los barrios bajos, y dormía por cuatro cuartos entre mendigos y malhechores en un desván destinado á este fin. En cierta ocasión le robaron, mientras dormía, los pantalones, y le dejaron otros de dril remendados. ¡Era en el mes de noviembre!...

Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse á la boca, ni ropa con que preservarse del frío, comprendió el cuitado con terror que se acercaba el instante de pedir limosna.... Después de pasar muchas horas sollozando y pidiendo fuerzas á Dios para soportar su desdicha, resolvióse á implorar la caridad; pero todavía quiso el infeliz disfrazar la humillación, y decidió cantar por las calles de noche solamente. Poseía una voz regular, y conocía á la perfección el arte del canto; mas tropezó con la dificultad de no tener medio de acompañarse. Al fin, otro desgraciado le facilitó una guitarra vieja y rota, y después de arreglarla del mejor modo que pudo, y después de derramar abundantes lágrimas, salió cierta noche de diciembre á la calle. El corazón le latía fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso cantar en una de las calles más céntricas, no pudo; el dolor y la vergüenza habían formado un nudo en su garganta. Arrimóse á la pared de una casa, descansó algunos instantes, y repuesto un tanto, empezó á cantar la romanza de tenor del primer acto de La Favorita. Llamó desde luego la atención de los transeuntes, y muchos hicieron círculo en torno suyo, y no pocos, al observar la maestría con que iba venciendo las dificultades de la obra, se comunicaron en voz baja su sorpresa y dejaron algunos cuartos en el sombrero, que había colgado del brazo. Pero se había reunido demasiada gente á su alrededor, y la autoridad temió que esto fuese causa de algún desorden.... Por lo cual un guardia cogió á Juan enérgicamente por el brazo y le dijo:

—Á ver; retírese V. á su casa inmediatamente, y no se pare V. en ninguna calle.

—Pero yo no hago daño á nadie.

—Está V. impidiendo el tránsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir á la prevención....

Retiróse á su zahurda el pobre Juan.... Había ganado cinco reales y un perro grande. Con este dinero comió al día siguiente, y pagó el alquiler del miserable colchón de paja en que durmió. Por la noche tornó á salir y á cantar trozos de ópera y piezas de canto: vuelta á reunirse la gente en torno suyo y vuelta á intervenir la autoridad gritándole con energía:—Adelante, adelante.

¡Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transeuntes no podían escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre.... Su situación era ya desesperada. Sólo un punto luminoso seguía viendo tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado: este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le ocurría el mismo pensamiento:—«Si Santiago estuviese en Madrid y me oyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza, mejor dicho, esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.

Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron límites. En la noche anterior no había ganado más que seis cuartos. ¡Había estado tan fría! Amaneció Madrid envuelto en una sábana de nieve de media cuarta de espesor, y todo el día siguió nevando sin cesar un instante....

Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase y un panecillo.... Pasó el día acurrucado sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la dulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por la necesidad, desfallecido, bajó á la calle á implorar una limosna. Ya no tenía guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento parecido de apuro....

Seguía cayendo la nieve pausada y copiosamente.... Los transeuntes que casualmente cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapándose con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro blanco de dormir, y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan vibraba en el silencio de la noche....

Al fin ya no pudo cantar más: la voz expiraba en la garganta; las piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dió algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que rodea el jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su vida; y volvió á rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.

Al cabo de un rato percibió que un transeunte se paraba delante de él y se sintió cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y sospechando que sería lo de siempre, preguntó tímidamente:

—¿Es V. algún guardia?

—No soy ningún guardia—repuso el transeunte,—pero levántese V.

—Apenas puedo, caballero.

—¿Tiene V. mucho frío?

—Sí, señor... y además no he comido hoy.

—Entonces, yo le ayudaré... vamos... ¡arriba!

El caballero cogió á Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre vigoroso.

—Ahora apóyese V. bien en mí y vamos á ver si hallamos un coche.

—¿Pero dónde me lleva V.?

—Á ningún sitio malo; ¿tiene V. miedo?

—¡Ah! no: el corazón me dice que es V. una persona caritativa.

—Vamos andando... á ver si llegamos pronto á casa para que V. se seque y tome algo caliente.

—Dios se lo pagará á V., caballero... la Virgen se lo pagará... Creí que iba á morirme en ese sitio.

—Nada de morirse... no hable V. de eso ya.... Vamos adelante... ¿qué es eso; tropieza V.?

—Sí, señor; creo que he dado contra la columna de un farol... ¡Como soy ciego!

—¿Es V. ciego?—preguntó vivamente el desconocido.

—Sí, señor.

—¿Desde cuándo?

—Desde que nací.

Juan sintió estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando en silencio. Al cabo éste se detuvo un instante y le preguntó con voz alterada.

—¿Cómo se llama V.?

—Juan.

—¿Juan qué?

—Juan Martínez.

—Su padre de V., Manuel, ¿verdad? músico mayor del tercero de artillería ¿no es cierto?

—Sí, señor.

En el mismo instante el ciego se sintió apretado fuertemente por unos brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchó en su oído una voz temblorosa que exclamó:

—¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano Santiago.

Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos en medio de la calle. La nieve caía sobre ellos dulcemente.

Santiago se desprendió bruscamente de los brazos de su hermano y comenzó á gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:

—¡Un coche, un coche! ¿no hay un coche por ahí?... ¡maldita sea mi suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto... ¿Pero señor, dónde se meten los coches...? Ni uno solo cruza por aquí... Allá lejos veo uno... ¡gracias á Dios!... ¡Se aleja el maldito!... Aquí está otro... éste ya es mío. Á ver, cochero... cinco duros si V. nos lleva volando al hotel número diez de la Castellana...

Y cogiendo á su hermano en brazos como si fuera un chico, lo metió en el coche y detrás se introdujo él. El cochero arreó á la bestia y el carruaje se deslizó velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contó rápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde juntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el campo, sin comunicación apenas con Europa; escribió tres ó cuatro veces por medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo respuesta. Y siempre pensando en tornar á España al año siguiente, dejó de hacer averiguaciones proponiéndose darles una agradable sorpresa. Después se casó, y este acontecimiento retardó mucho su vuelta. Pero hacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el registro parroquial que su padre había muerto; de Juan le dieron noticias vagas y contradictorias.... Afortunadamente la Providencia se encargó de llevarlo á sus brazos....

Paró el coche al fin. Un criado vino á abrir la portezuela. Llevaron á Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibió una temperatura tibia: los pies se le hundían en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron ropa limpia. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete, donde ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y después algunas viandas.... subieron además de la bodega el vino más exquisito y añejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las órdenes oportunas, acercándose á cada instante al ciego para preguntarle con ansiedad:

—¿Cómo te encuentras ahora, Juan?—¿Estás bien?—¿Quieres otro vino?—¿Necesitas más ropa?

Terminada la refacción se quedaron ambos algunos momentos al lado de la chimenea. Santiago.... dijo á su hermano, rebosando de alegría:

—¿Tú no tocas el piano?

—Sí.

—Pues vamos á dar un susto á mi mujer y á mis hijos. Ven al salón.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Después levantó la tapa para que se oyera mejor, abrió con cuidado las puertas y ejecutó todas las maniobras conducentes á producir una sorpresa en la casa; pero todo ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no pudo menos de reirse exclamando: ¡Siempre el mismo Santiago!

—Ahora toca, Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenzó á ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se estremeció de pronto, como una caja de música cuando se le da cuerda.... Santiago exclamaba de vez en cuando:

—¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brío.

—Ya veo á mi mujer detrás de las cortinas... ¡adelante, Juanillo, adelante!... ji... ji... me hago como que no la veo... se va á creer que estoy loco... ¡ji ji!... ¡adelante, Juanillo, adelante!

Juan obedecía á su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer á su cuñada y besar á sus sobrinos.

—Ahora veo á mi hija Manolita, que sale: también se ha despertado Paquito... ¡No te he dicho que todos iban á recibir un susto!... No toques más, Juan, no toques más.

Cesó el estrépito infernal.

—Vamos, Adela, Manolita, Paquito, venid á dar un abrazo á mi hermano Juan. Éste es Juan de quien tanto os he hablado, á quien acabo de encontrar en la calle á punto de morirse helado entre la nieve....

La noble familia de Santiago vino inmediatamente á abrazar al pobre ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creía escuchar la de la Virgen: notó que lloraba cuando su marido relató de qué modo le había encontrado. Y todavía quiso añadir más cuidados á los de Santiago: mandó traer un calorífero y ella misma se lo puso debajo de los pies; después le envolvió las piernas en una manta y le puso en la cabeza una gorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la butaca, acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon en silencio y embargados por la emoción el breve relato que de sus desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba: los chicos atónitos le decían estrechándole la mano: ¿No volverás á tener hambre ni á salir á la calle sin paraguas, verdad, tiito?... yo no quiero, Manolita no quiere tampoco... ni papá, ni mamá.

—¡Á que no le das tu cama, Paquito!—dijo Santiago, pasando á la alegría inmediatamente....

—No quiero cama ahora,—interrumpió Juan... ¡me encuentro tan bien aquí!

—¿Te duele el estómago como antes?—preguntó Manolita abrazándole y besándole.

—No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muy feliz... lo único que tengo es sueño... se me cierran los ojos sin poderlo remediar....

—Pues, por nosotros no dejes de dormir, Juan,—dijo Santiago.

—Sí, tiito, duerme, duerme—dijeron á un tiempo Manolita y Paquito echándole los brazos al cuello y cubriéndole de caricias...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.

Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con su cadáver entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó que había muerto por la congelación de la sangre.

—Mira, Jiménez—dijo un guardia de los que le habían llevado, á su compañero.

—¡Parece que se está riendo!

LA BALLENA DEL MANZANARES

...EN el portillo de Gilimón [de Madrid].... vivía un tal Alvar, que gozaba de gran celebridad en Madrid.

Alvar era la verdadera gacetilla de la villa: no había incendio, ni asesinato, ni robo, ni paliza, ni casamiento, ni bautizo, que él no supiera antes que los incendiados, ó los asesinados, ó los robados, ó los apaleados, ó los casados, ó los bautizados.

Dar el primero una noticia triste ó alegre, era para Alvar la felicidad suprema.

Ver Alvar desde su ventana, que daba al paseo de los Melancólicos, que un ladronzuelo arrebataba la capa á un melancólico, y salir desempedrando las calles de Madrid del Sur, pregonando el robo, no para tener el gusto de que acudiesen á perseguir al ladrón, sino para tener el gusto de dar la noticia antes que nadie, todo era uno.

Pero la manía de Alvar no consistía sólo en la novelería, que consistía también en pretender que sus ojos, ó su oído, ó su inteligencia, nunca se equivocaban.

Una tarde, víspera de San Isidro, discurrían dos vecinos suyos sobre si al día siguiente se le mojarían ó no las polainas al Santo, y oyendo Alvar la disputa, se acercó á dar su opinión con la seguridad con que siempre la daba: su opinión era que al día siguiente no se le mojarían al Santo las polainas.

Como los vecinos sabían que el Santo labrador es tan aficionado á solemnizar su fiesta mojando la tierra, como los madrileños á solemnizarla mojando la palabra, pusieron en duda el pronóstico de Alvar, y éste, que era soberbio y vanidoso á más no poder, cogió tal berrinche, que á poco más la emprende á palos con los vecinos.

Una hora después empezó á llover á mares, y no lo dejó en toda la noche, con gran mortificación del desmedido amor propio de Alvar.

Al amanecer, el Manzanares bramaba de coraje por no tener á mano á los que le habían llamado aprendiz de río y otras picardías por el estilo, y Alvar se plantó de pechos á la ventana para ver la riada, y para ver si el Manzanares hacía alguna cosa que mereciera contarse, pues el pobre Alvar rabiaba por desquitarse del fiasco que había hecho metiéndose á almanaquista.

El encargado de la sucursal del cosechero de Móstoles oyó aquella misma mañana un gran ruido hacia la praderita interpuesta entre su ventorrillo y el río, y al asomarse á la ventana vió que el río acababa de invadir la pradera y se llevaba las cubas vacías.

De dos saltos se plantó á orilla de la furiosa corriente, y empezó á hacer sobrehumanos esfuerzos á ver si podía salvar las cubas; pero las cubas continuaban navegando río abajo.

El tabernero, ya junto al puente de Toledo, cuando iba perdiendo toda esperanza de rescatarlas y se cansaba de seguirlas, vió á la orilla opuesta á dos de sus mejores parroquianos y les hizo señas para que se lanzaran al río á detenerlas; pero los parroquianos le contestaron, también por señas, que no se atrevían. Era tal el ruido del río, que no era posible entenderse más que por señas; pero el tabernero, creyendo que aquel par de borrachos no se resistirían á lanzarse al agua si les decía que del agua sacarían vino, empezó á gritarles con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Una va llena! ¡una va llena!

Oir Alvar este grito, exhalar otro de sorpresa y alegría, y lanzarse á la calle, todo fué uno. En cuatro minutos recorrió el barrio gritando:

—¡Una ballena en el Manzanares! ¡Una ballena!

Y en seguida tomó la puerta de Toledo y corrió hacia el río, para tener la gloria de ser el primer madrileño que viese la ballena que bajaba por el Manzanares.

Entretanto, Madrid estaba alborotado, porque aquella sorprendente noticia había corrido con la celeridad del relámpago desde la puerta de Toledo á la de Santa Bárbara, desde la puerta de Alcalá á la de Segovia, y desde el Salitre á las Maravillas.

Y el pueblo de la coronada villa del oso, armado de escopetas, de redes, de hachas, de ganchos de trapero, de piquetas, de cuchillos, de navajas de afeitar, de sierras,... afluía en inmenso tropel, estrujándose y pisándose y despachurrándose hacia el Manzanares, cuyos bufidos creía ser los del enorme cetáceo.

Alvar, que llegó á la orilla del Manzanares un poco antes que los dos más ligeros, vió al tabernero que había anunciado la aparición de la ballena al pie de un gran ribazo contemplando sus cubas, que desaparecían allá á lo lejos entre los tumbos de la corriente.

—¿Por dónde va la ballena?—le preguntó con ansia indecible.

—¿Qué ballena?—replicó el tabernero.

—¡Otra te pego! ¿No has gritado que iba por el río abajo una ballena?

—No hay tales carneros. Lo que yo he dicho es que de las cubas que me lleva el río, una va llena.

—¡Rayo de Dios!—exclamó Alvar bramando de cólera.—¡Yo te enseñaré á no pronunciar la V como se pronuncia la B! ¡Toma, y anda á burlarte de la cabra de tu madre!

Y enarbolando el bastón, empezó á medir las costillas al tabernero, que gritaba:

—¡Socorro! ¡Que me matan! ¡Que me dan de palos!

En aquel instante asomaron al ribazo los dos primeros curiosos de las inmensas turbas que se agolpaban hacia el río.

—¿Quién da de palos?—preguntaron los segundos, que no alcanzaban aún á ver el sitio de la paliza.

—Alvar da, Alvar da—contestaron los que lo veían.

Y esta voz, con una pequeña modificación, recorrió en un instante la multitud hasta la puerta de Toledo.

La pequeña modificación consistía en haberse convertido la frase «Alvar da» en el substantivo (¡Dios nos libre!) albarda.

El pueblo de la villa del oso tornó inmediatamente á sus hogares, reconociendo que merecía empinarse á un madroño por haber creído que el Manzanares arrastraba una ballena cuando arrastraba una albarda.

Y cuentan que el mismo Alvar formó desde aquel día tan pobre idea de sí propio, que cada vez que oía á las verduleras de Leganés decir: «¡Arre, borrico!» lo tomaba por una alusión personal....

LA CASA DONDE MURIÓ

I

CAMINO del pueblo de B..., situado cerca de la capital de una provincia cuyo nombre no hace al caso, íbamos en un carruaje, tirado por dos mulas, Cristina, su madre, Fernando el prometido de la joven, y yo.

Eran las cinco de la tarde, el calor nos sofocaba porque empezaba el mes de agosto, y los cuatro guardábamos silencio. La señora de López rezaba mentalmente para que Dios nos llevase con bien al término de nuestro viaje; Cristina fijaba sus hermosos ojos en Fernando que no reparaba en ello, y yo contemplaba la deliciosa campiña por la que rodaba nuestro coche.

Serían las seis cuando el carruaje se detuvo á la entrada del pueblo; bajamos y nos dirigimos á una capilla donde se veneraba á Nuestra Señora de las Mercedes, á la que la madre de Cristina tenía particular devoción. Mientras esta señora y su hija recitaban algunas oraciones, Fernando me rogó que le siguiera al cementerio, situado muy cerca de allí, donde estaba su padre enterrado. Le complací y penetramos en un patio cuadrado, con las tapias blanqueadas, y en el que se observaban algunas cruces de piedra ó de madera, leyéndose sobre lápidas mortuorias varias inscripciones un tanto confusas. En un rincón ví á una mujer arrodillada, en la que mi compañero no pareció fijarse al pronto.

Me enseñó la tumba de su padre, que era sencilla, de mármol blanco, y comprendí que no era únicamente por verla por lo que el joven había llegado hasta allí. Observé que buscaba alguna cosa que no encontraba, hasta que vió á la mujer, que era una vieja mal vestida y desgreñada, que le estaba mirando atentamente. Fernando bajó los ojos, y ya iba á alejarse, cuando la anciana se levantó y le llamó por su nombre, obligándole á detenerse.

—¿Qué desea V., madre María?—le preguntó en un tono que quería parecer sereno.

—Lo de siempre,—contestó la vieja, en cuya mirada noté cierto extravío,—preguntarte en dónde has ocultado á mi niña. Diez años hace que te la has llevado, bien lo sé, y hoy me han dicho en el pueblo que vienes aquí para celebrar tu boda con otra.

—No ignora V., madre María, que su hija murió hace diez años y que yo pagué su entierro para que su hermoso cuerpo descansase en este campo santo. Á mi vez le pregunto: ¿dónde se encuentra la tumba de la pobre Teresa?

—¿Acaso lo sé yo? Un día vine aquí, busqué la cruz que me indicaba el lugar donde me decían que estaba ella, y ¿sabes lo que ví? Un hoyo vacío, y un poco más lejos la tierra recientemente removida. Había cumplido el plazo, y como nadie cuidó de renovarlo y pagar, aquel rincón no pertenecía ya á mi hija, y la habían echado á la fosa donde arrojan á los pobres, á los que entierran de limosna.

—¡Pero eso es una infamia! Yo envié dinero para esa renovación—exclamó Fernando.

—No digo que no, pero la persona á quien tú escribiste estaba gravemente enferma, en dos meses no abrió tu carta y entonces ya era tarde.

El joven bajó la cabeza y no replicó.

—¿Con quién te casas?—le preguntó la vieja.

—Con la señorita Cristina López.

—¿Y cuándo te casas?

—Dentro de tres días.

—Eso será si Teresa lo consiente; ella es tu desposada y no tardará en venir á buscarte.

—Madre María—dijo con tristeza el joven,—Teresa no puede venir; los muertos no salen de los sepulcros.

—Ya me lo dirás mañana temprano; por hoy vete en paz.

—Adiós,—murmuró Fernando, dirigiéndose hacia la salida del cementerio, donde yo le seguí.

—Sin duda te habrá extrañado lo que acabas de ver y oir,—me dijo apenas estuvimos fuera;—pero no será así cuando te cuente esa historia de los primeros años de mi juventud, que deseo conozcas en todos sus detalles. Vamos ahora con Cristina y su madre, que sin duda nos esperan ya; y luego, mientras ellas visitan la casa que hemos de habitar y en la que está mi tía, la futura madrina de mi boda y por la que hacemos hoy este viaje, lo sabrás todo.

Cristina y su madre nos esperaban, en efecto, y juntos nos dirigimos á casa de la tía de Fernando, que estaba situada en la plaza del pueblo, haciendo esquina á una calle estrecha y sombría, en la que, sin saber por qué, entré con una profunda tristeza.

La tía del joven no me agradó; era una señora de unos cincuenta años, alta, delgada, con ojos grises muy pequeños, nariz larga que se inclinaba hacia su barba puntiaguda, y cabellos casi blancos recogidos en una gorra de color obscuro. Estaba muy enferma, y como había servido de madre á Fernando, éste había suplicado á la señora de López que la boda se celebrase en el pueblo, para evitar á su tía las molestias de un viaje que, aunque corto, hubiera sido sumamente penoso para ella.

Mientras las señoras visitaban la casa y recibían á los numerosos amigos que acudieron al saber su llegada, Fernando, que se había obstinado en no subir al piso superior, me llamó, me hizo sentar á su lado, y empezó la prometida historia en estos términos:

—Hace once años, cuando sólo tenía yo veinte, y había acabado la carrera de abogado en Madrid, mi padre me envió una temporada á este pueblo para que hiciese una visita á su única hermana, que es esa señora á quien acabas de ver. Era yo huérfano de madre, me había educado sin sus consejos, lejos también de mi padre, al que retenían fuera de su casa constantes ocupaciones; así es que puedo asegurar que desconocía casi totalmente lo que eran los goces de familia. Aunque heredero de una mediana fortuna, no debía entrar en posesión de ella hasta mi mayor edad; tenía muchos compañeros de estudios, pero ningún amigo; por lo tanto, excusado es decir que, hallándome casi solo en el mundo, me apresuré á aceptar con júbilo lo que mi padre me proponía, poniéndome en camino para este pueblo con el alma inundada de dulces emociones. ¿Correspondió esto á lo que yo esperaba? Seguramente no. Mi tía, á la que no veía desde niño, me fué al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, á pesar de sus jardines y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque todos me saludaban con afecto. Me dediqué á la caza, estudié un tanto la botánica, y así se pasó un mes, durante el cual llegué á reconciliarme con mi tía, con el pueblo y con sus moradores.

Una mañana, al volver á casa, encontré, al pasar por una de las habitaciones, á una muchacha de quince á diez y seis años, á la que nunca recordaba haber visto, cosiendo con el mayor afán. Al oir mis pasos alzó la cabeza, y aunque la bajó de nuevo casi en seguida, no fué tan pronto para que no hubiera observado que tenía una frente blanca y pura que adornaban hermosos cabellos castaños, ojos pardos que lanzaban miradas francas é inocentes, una boca pequeña, una nariz más graciosa que perfecta y unas mejillas coloreadas por un suave carmín. No le dirigí la palabra; pero pregunté á un criado quién era, sabiendo por él que venía á coser casi todos los días á casa de mi tía Catalina, que era huérfana de padre, y que mantenía á su madre enferma, de la que era el único sostén.... La historia me interesó; yo era joven, la muchacha hermosa, no habíamos amado nunca; empezamos á hablar, sin que mí tía lo advirtiese, y acabamos por adorarnos. Teresa no había recibido una educación vulgar; hasta los doce ó trece años había estudiado en el convento de religiosas del pueblo, saliendo de él á la muerte de su padre, acaecida hacía cuatro años.

No sé quién refirió á mi tía nuestros amores; ello es que los supo, que me amonestó con dureza, amenazándome con hacerme marchar á Madrid, después de escribírselo todo á mi padre; y desde entonces la joven no volvió á mi casa, y tuve diariamente que saltar las tapias de su jardín para verla y hablarle sin que su madre lo advirtiera, pues también se oponía á nuestras amorosas relaciones.

Así estaban las cosas, cuando hace poco más de diez años caí gravemente enfermo, atacado de unas calenturas contagiosas. Mi tía se alejó de mí, los criados se negaron á asistirme, y entonces María y Teresa se ofrecieron á ser mis enfermeras, no pudiendo oponerse mi tía á ello porque mi estado era cada vez más alarmante y exigía continuos cuidados.

Desde el momento en que Teresa estuvo á mi lado sentí un dulce bienestar, la fiebre desaparecía por instantes; pero se me figuraba ver que las mejillas de mi amada tomaban tintes rojizos, que sus labios estaban comprimidos y ardientes, que sus ojos brillaban con un fuego extraño. La enfermedad que huía de mí, se iba apoderando de ella, y era mi mismo mal el que la devoraba.

—¿Qué tienes?—le pregunté.

—He pedido tanto á Dios que salvase tu vida á costa de la mía,—murmuró la joven,—que me parece que por fin se ha dignado escucharme y me voy á morir antes que tú.

Aquello era cierto; por la noche Teresa se agravó tanto, que no pudo volver á su casa, y mi tía le ofreció su cuarto y su cama para que descansase; entonces estaba profundamente agradecida á los tiernos cuidados de la joven.

Excusado es decir que doña Catalina pensaba renunciar para siempre á su habitación y á su lecho, temiendo el contagio de la enfermedad.

Me restablecí pronto, á medida que el estado de la joven iba siendo peor.

Estaba desesperado, loco. Su madre también empezaba á perder la razón. Un día me dijo el médico: «Ya no hay remedio para este mal.» Y ella también murmuró á mi oído:—«Me muero, pero soy feliz, porque tú me amas y me amarás siempre.»

—¡Oh, te lo juro!—exclamé;—mi corazón y mi mano no serán de otra mujer jamás.

—Eso lo sé mejor que tú,—dijo sonriendo dulcemente; también sentiré celos desde otro mundo de la mujer á quien ames, y no consentiré que seas perjuro. No quieras á otra, no te cases nunca; no hay un ser en la tierra que pueda adorarte lo que yo, y yo te aguardaré en el cielo.

Dos días después expiraba aquella angelical criatura, que ofreció á Dios su vida á cambio de la mía.

Su madre se volvió loca.

Pagué el entierro de Teresa; compré una sepultura por diez años.... ya sabes que hoy ignoro dónde descansa su hermoso cuerpo; envié una carta á mi tía, que no la leyó hasta dos meses después de cumplirse el plazo, porque ella también estaba enferma.

Decirte que durante estos diez años el recuerdo de Teresa me ha perseguido constantemente, sería faltar á la verdad; he amado á otras mujeres, y hace cuatro años estuve á punto de casarme con una hermosa joven; pero la desgracia hizo que un mes antes de verificarse nuestro enlace, los padres encontrasen un pretendiente á la mano de mi amada mejor que yo, éste me fué preferido por ellos, y la novia tuvo que someterse á la voluntad de sus tiranos.

Hoy adoro á Cristina y quiero unir su suerte á la mía, como ya se han unido nuestras almas. ¿Lo conseguiré? Temo que no. La fatalidad me ha traído al pueblo donde vivió Teresa; habito esta morada llena con su recuerdo; vengo á pasar los primeros días de mi matrimonio en la casa donde ella murió, y un secreto presentimiento me dice que Cristina no llegará á ser esposa mía. Ahí tienes la historia de mis amores: ¿crees que mi temor sea fundado, ó que la exaltación en que me hallo es hija de mis pasadas desdichas?

Procuré tranquilizar á Fernando, y después, mientras el joven se reunía á su bella prometida, tuve deseos de ver aquella habitación donde Teresa había muerto, y me hice conducir á ella por un antiguo servidor de doña Catalina.

II

Entré en una sala lujosamente amueblada; pasé por allí sin detenerme apenas, y abrí la puerta de un gabinetito en el que estaba la alcoba donde murió la desgraciada niña. Un lecho de madera tallada, algunas sillas de tapicería floreada, una cómoda, un lavabo y algunos cuadros se veían en la pieza, todo cubierto de polvo, señal evidente de que aquella parte de la casa estaba abandonada por completo. El gabinete tenía una sola ventana con vistas á la calle estrecha y sombría, á la que hacía esquina la casa de Fernando; enfrente de la ventana había un armario de espejo; á un lado de éste estaba la puerta de la alcoba, al otro una mesita de escribir; algunas sillas iguales á las del dormitorio completaban el mueblaje del gabinete que diez años antes perteneció á la tía de Fernando.

Permanecí allí breves instantes, y luego, llegada ya la hora de la cena, fuí en busca de la familia y de sus convidados, sentándonos todos á una mesa suntuosamente servida. La cena duró bastante tiempo, y antes de terminarla, un suceso imprevisto vino á turbar la alegría de algunos y á causar profunda impresión en el ánimo de Fernando. Las campanas de la parroquia tocaban de una manera lúgubre; su voz, siempre triste, parecía una queja que hería nuestros oídos á la vez que nuestro corazón.

—¿Á qué tocan?—preguntó Cristina á un criado que estaba cerca de ella.

—Á agonía,—contestó el hombre con tono indiferente.—Aquí en los pueblos, señorita, se toca por todo: cuando uno va á morir, cuando muere, cuando es el funeral y...

—¿Quién está muriendo?—interrumpió Cristina.

—Una joven de diez y siete años.

—¿Cómo se llama?—preguntó Fernando, cuyo rostro estaba lívido.

—Teresa,—dijo el criado.

Doña Catalina le lanzó una mirada furiosa; Fernando bajó los ojos, y observé que sus manos temblaban; en Cristina y su madre sólo se advertía una profunda compasión hacia la infeliz criatura que en lo más hermoso de su vida, en lo más florido de su juventud, iba á abandonar esta tierra por un mundo desconocido....

Fernando, pretextando que el calor que en el comedor hacía era sofocante, pidió permiso para retirarse un momento á la habitación inmediata, y yo le seguí.

—¿Qué te pasa?—le pregunté.

—Se llama Teresa y tiene diez y siete años—murmuró.

—Es una casualidad.

—Una casualidad así, ¿no te parece un mal presagio tres días antes de mi boda?

Procuré distraerle, pero en vano: la campana lanzaba un tañido más fúnebre todavía y Fernando, que conocía aquel toque, me dijo que la enferma había dejado de existir.

Le hice entrar de nuevo en el comedor, y las dulces palabras de Cristina vencieron los temores de Fernando, que permaneció tranquilo hasta las doce de la noche, hora en que todos nos despedimos hasta el día siguiente, retirándonos cada cual á nuestras respectivas habitaciones. La mía tenía una ventana con vistas á la plaza y se hallaba situada debajo de la de mi amigo. Sin saber por qué, no me era posible conciliar el sueño; me puse á leer un rato, escribí otro, y por último me levanté y empecé á pasear con alguna agitación por la alcoba.

Un instante después noté cierto movimiento en la de Fernando, oí abrir varias puertas con sigilo, las pisadas que empezaron á sonar sobre el techo de mi cuarto se perdieron á lo lejos, y un secreto instinto me advirtió que mi presencia era necesaria al joven. Sin darme cuenta de mis acciones, salí precipitadamente en dirección al sitio donde murió Teresa.

Mi amigo se hallaba á dos pasos de la puerta del gabinete sin atreverse á abrirla. Al verme, no pareció extrañar que me hubiera levantado, como si fuera la cosa más natural del mundo, y extendiendo su mano hacia la habitación cerrada, me dijo:

—Hace diez años que no entro ahí.

—Ni hoy entrarás tampoco, exclamé con decisión.

Tú estás loco y has empezado á contagiarme. No debiste nunca volver á esta casa, ni aún á este pueblo.

—Hace once años que mi tía es una madre para mí; once años que sé lo que es el amor filial: ¿querías que me casase lejos de ella?

—En buen hora; ya has cumplido con ese deber; ¿pero es preciso que entres ahí?

—Una vez sola,—dijo en tono suplicante;—una sola para saber si Teresa permite que me case con Cristina. Mira,—añadió,—si al entrar en su cuarto lo hallo todo como hace diez años, la cómoda, la cama, las sillas, me marcho tranquilo y soy feliz; si, por el contrario, encuentro alguna alteración...

—Eres un niño,—le interrumpí;—pero si no deseas más que eso, entra, y la paz y la felicidad sean contigo.

Sabía, por haberlo visto por la tarde, que todo estaba igual en el cuarto donde murió Teresa, y no vacilé más, dejando pasar al joven al gabinete.

Fernando abrió la puerta, y murmuró:

—Hay luz dentro.

Me estremecí á pesar mío; un frío glacial se apoderó de mí, porque al entrar mi amigo y yo vimos clara y distintamente en la alcoba de Teresa un lecho mortuorio, cubierto de negros paños, algunos hachones encendidos rodeando un ataúd, en el que descansaban los yertos despojos de una hermosa joven vestida de blanco y coronada de flores. Al lado de ella velaba una mujer en la que reconocí á la madre María, la loca que hallé por la tarde en el cementerio.

Fernando lanzó un grito extraño y se dejó caer de rodillas ocultando el rostro con las manos; yo cerré los ojos, dí algunos pasos y tropecé con la puerta de la alcoba. Miré entonces y ví el dormitorio obscuro y desierto.

—Estamos los dos locos,—murmuré.

Volví en busca de Fernando y lo comprendí todo. Por la tarde el criado había dejado inadvertidamente abierta la ventana del gabinete; ésta, como es sabido, daba á una calle estrecha, y en la casa de enfrente, en una pobre habitación, se hallaba el cadáver de aquella joven desconocida, velado por la madre de Teresa. Tan triste cuadro se reflejaba en el espejo del armario colocado al lado de la puerta de la alcoba, y esto nos hizo suponer, á causa del estado excepcional en que Fernando y yo nos hallábamos, que aquel cuerpo inerte descansaba en la propia casa de mi amigo. La presencia de la madre María era natural allí, pues según acostumbraba á hacer desde la muerte de su hija, pasaba las noches al lado del cadáver de cualquiera joven que muriese en el pueblo. La que había dejado de existir era sobrina de la anciana y llevaba por eso el nombre de su hija.

Cerré la ventana y volví al lado de Fernando.

Le llamé repetidas veces y no me contestó nada.

Algo extraño é invisible ocurrió en aquella habitación; me pareció escuchar un confuso aleteo, se obscureció mi vista y tuve que apoyarme en el armario para no caer.

—¡La casa donde murió!—exclamó Fernando con voz apagada;—tenía que ser así. Amada mía, espérame, ya voy.

Recobré al fin mi sangre fría, hablé á mi amigo, cogí sus manos, que estaban yertas, y las separé de su rostro, que parecía el de un muerto. Después salí corriendo para llamar á los criados en mi auxilio.

Media hora más tarde la señora de López, Cristina, doña Catalina, un sacerdote y yo, rodeábamos la cama donde descansaba Fernando.

—¡Cuánto duerme!—exclamó Cristina.

Me acerqué á él, hice una seña al sacerdote, y éste puso una mano sobre el pecho de Fernando, retrocediendo al punto, porque el corazón de mi amigo no latía.

—¿Qué hay?—me preguntó doña Catalina; y comprendiendo lo que pasaba añadió:

—Era lo único que me quedaba en el mundo; cúmplase la voluntad de Dios.

El sacerdote pronunció en voz baja algunas oraciones.

Me volví hacia la puerta y ví á la madre María que, no sé cómo, se había introducido hasta allí.

—Mi hija es feliz,—murmuró;—me ha dicho que Fernando y ella se han desposado ya; sabía que esto no sucedería hasta que él viniese al cuarto donde Teresa estuvo enferma, á la casa donde murió. Diez años he aguardado; ¡alabado sea el Señor, que al fin me ha concedido esta ventura!

LAS NOCHES LARGAS DE CÓRDOBA

(After many delays Mr. Frutos, a rich peasant-farmer, makes the journey of ten or twelve leagues, and comes to Cordova to visit Mr. Lopera and see the wonders of the ancient city.)

...EL señor Frutos llegó una tarde á Córdoba. Dejó el mulo en una posada, y de seguida se presentó en casa de su amigo. Como estaba tan gordo y el calor primaveral apretaba de firme, llegó colorado como un tomate y todo bañado en sudor y dando cada resoplido como un toro. Apenas se hubo sentado, ó desplomado sobre una silla, desenvainó una especie de colcha que le servía de pañuelo, se enjugó el cuello y la cara, y á renglón seguido, por no perder la costumbre, disparó un diluvio de necias preguntas á su amigo y huésped el benemérito Lopera. Respondió éste como mejor pudo y supo, y poco después de obscurecido, le llevó al comedor, donde sobre amplia mesa estaban tendidos los blancos manteles cubiertos de fina vajilla y apetitosos manjares. Pero el señor Frutos había comido por el camino, y ninguna gana tenía de cenar; en cambio, bebía como una esponja,... con lo que tornaba el sudor y volvía á relucir el descomunal pañuelo. Lopera le decía:

—Amigo Frutos,... déjese de beber, y tome alguna tajada, que esas carnes y esa corpulencia requieren cosa de más substancia y alimento.

—Con mucho gusto probaría de cualquiera de estos platos: huelen muy bien todos ellos; pero con el cansancio no tengo hambre, sino sed, y sed insaciable. Mañana ya verá V. si como con apetito.

—Es que de aquí á mañana el plazo no es tan breve como V. se lo figura, y podría entre tanto sentir debilidad, y no quiero que haya V. venido á honrar mi casa para en ella padecer hambre. ¿No ha oído V. hablar de las noches largas de Córdoba, amigo Frutos?

—No, señor; pero aquí sucederá como en mi pueblo, que las noches son largas en diciembre y enero, y cortas en el verano: esto lo saben hasta los niños y los tontos.

—Sin duda así es, y por mi parte no diré lo contrario. Lo que aseguro y sostengo es que, aún teniendo el mismo número de horas, aquí las noches parecen mucho más largas que en otros lugares, y de ahí viene su fama.

—Pues por mí, señor de Lopera, aunque sean más largas que la Letanía, de seguro no lo advertiré, porque vengo reventado y molido; y en metiéndome entre sábanas, ya pueden echar á vuelo todo un campanario: no me quitarán el sueño. Y pues de sueño hablamos, digo que el que tengo no es flojo, y con su permiso quisiera aprovecharlo.

Acompañóle el insigne Lopera á la habitación que le tenía destinada, y ya en ella, le dijo:

—Aquí, amigo mío, estará V. fresco y descansará como un patriarca, sin que nada ni nadie le moleste. Antes le tenía preparado el cuarto de encima, cuya ventana da también al mismo jardín. Aquí tiene esta cómoda con la llave puesta, donde colocará su ropa; ahí están los avíos de lavarse, y el espejo; allí la cama. ¿Ve V. junto á la cabecera un cordón? Pues si necesita de algo, tire de él: sonará la campanilla, y vendrá al instante un criado que he puesto á sus órdenes, y nada tiene que hacer más que servirle. Conque, señor Frutos, que pase V. felices noches.

Dió las gracias el señor Frutos, y quedó solo. Se desnudó en un credo, y se metió en la cama. Eran las once. Á los pocos minutos roncaba como un bienaventurado.

Dejémosle descansar, mientras el señor Lopera da sus instrucciones al sirviente, que era un mozo listo y socarrón, y muy á propósito para seguir una broma. La de que se trataba debía de gustarle muchísimo, según se restregaba las manos y reía con la bocaza abierta hasta las orejas, prometiendo seguir á la letra las advertencias de su amo. Poco después el reposo y el silencio se extendían sobre la casa y sus tranquilos moradores.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Razón tenía el señor Frutos al ponderar su cansancio y ganas de dormir.... Desde las once de la noche hasta las doce del siguiente día durmió trece horas de un tirón, sin despertar una sola vez, ni cambiar de postura. Mas como todo tiene su límite forzoso, á las doce se despabiló mi héroe, sentóse en la cama, y se restregó los ojos. No vió nada: ¿qué había de ver? La habitación estaba negra como el fondo de un tintero: no se oía ruido alguno fuera, ni el más leve rumor: aquel cuarto tan silencioso y obscuro parecía una tumba. ¡Cómo! ¿Era posible que aún no hubiese amanecido? Sentado en la cama, inmóvil, aplicando inútilmente la vista y el oído, estuvo sobre hora y media. Nada: ni por las rendijas entraba un solo rayo de luz, ni siquiera sonaba el vuelo de una mosca. Aburrido ya de aguardar una aurora que no llegaba, tiró del cordón de la campanilla, y oyó con gozo vibrar á lo lejos su metálico timbre; pero no acudió nadie al llamamiento. Volvió á tirar, y aún con más fuerza: entonces, al cabo de algunos minutos, sintió pasos contenidos y suaves como de hombre que llega lentamente y descalzo. Era el criado. Venía en camisa, sin zapatos, trayendo una vela encendida y puesta en su palmatoria de cobre, y con esa cara especial del hombre á quien despiertan en lo mejor de su sueño. Bostezó, y dijo al señor Frutos:

—Acabo de oir la campanilla. ¿Qué manda su merced? ¿Se ha puesto su merced malo?

—No lo permita Dios, hombre. ¿Por qué había de enfermar ahora?

—¡Qué sé yo! Como su merced acaba de acostarse hace poco, y me llama á media noche, creí...

—¡Hace poco! ¡Á media noche! ¡Canario! Pues qué, ¿es media noche todavía? Y la gente de la casa, ¿no se ha levantado?

—¿Para qué se ha de levantar, señor? Yo sí me he levantado ahora, pensando que su merced me necesitaba, cuando ha llamado.

—Dispensa, hombre, y vuélvete á tu cama. ¡Canario! Lo menos creí haber dormido nueve ó diez horas.

El tuno del criado salió de puntillas con la palmatoria en la mano, encajó la puerta, y sus pisadas suaves se extinguieron lentamente.

Quedó mi héroe otra vez en tinieblas, pues la ventana cerraba á lo justo y por la puerta no podía tampoco entrar luz, por estar cerrados también de propósito el largo corredor y las habitaciones inmediatas. Procuró entonces reanudar el sueño, y logró conseguirlo, después de dar vueltas y más vueltas sobre los mullidos colchones, que eran lo menos seis ó siete, con lo que el tal lecho parecía un catafalco, y era menester para escalarlo subirse antes en una silla. Pero como había descansado ya largas horas, más bien que dormido quedó amodorrado hasta las tres y media ó las cuatro de la tarde. La misma obscuridad, el mismo silencio. ¿Cómo? ¿Será todavía de noche? ¿Ó no se habrá despertado y estará soñando tales absurdos?

Mi buen hombre se restregaba los ojos, se palpaba el rostro, el pecho, los brazos, las manos, para convencerse de que estaba realmente despierto y en el uso cabal de todos sus sentidos y potencias. Al cabo tiró del cordón, y sonó la campanilla. Poco después, y con las mismas precauciones de antes, apareció con su palmatoria encendida el criado, preguntándole qué se le ofrecía.

—¿Qué se me ha de ofrecer? Levantarme. Ya me parece que llevo lo menos una semana tendido. Tengo sed, tengo hambre. ¡Qué demonio de país! ¡Si las horas parecen siglos enteros!

Dióle agua el criado, y mientras bebía con ansia, le dijo:

—¡Levantarse! ¿Y para qué? ¿Para aburrirse, aguardando á que amanezca? Y todavía debe de tardar un poquillo. ¿Sabe su merced qué hora es?

—Dame el reloj, que está sobre aquella cómoda, y lo sabremos. Anda, tráelo.

De muy mala gana tomó el criado aquel ventrudo reloj de bolsillo, muy semejante á una media cebolla, y lo llevó á su dueño. Tentado estuvo por fingir un tropezón y estrellar aquella máquina contra el suelo; pero no lo hizo, confiado en su fecunda inventiva.

—¡Las tres y media! exclamó el señor Frutos, mirando su reloj. ¡Las tres y media, nada más! ¡Conque faltan dos horas y media todavía para amanecer, si es que alguna vez amanece en esta maldita población! ¡Jesús, si lo hubiera sabido!...

—Pues me parece, dijo el fámulo con mucha sorna, me parece, señor, que ese reloj será muy bueno, pero anda muy de prisa y va adelantado. Desde mi cuarto se oye el de la iglesia, y además, al venir ahora miré el del comedor, que está al paso, y es muy seguro, y todavía no han dado las tres, aunque ya faltará poco.

—La paciencia es lo que á mí me falta. Dame agua otra vez, hombre.... Gracias. ¡Si lo hubiera sabido!... Pero ¿qué hacen aquí las gentes de noche? ¿En qué se entretienen?

—¡Toma! ¿En qué se han de entretener? En dormir. ¿Quería V. que la pasaran contando cuentos, ó jugando á la pelota?

—Lo que yo quiero es que amanezca. Mira: puedes retirarte; pero así que apunte la primera luz del alba, no dejes de llamarme, aunque de seguro estaré despierto. ¡Y qué hambre tengo, canario!

—¿Quiere su merced que le traiga vino y bizcochos, ó alguna otra cosa?

—No, retírate. ¡Jesús, María y José! Retírate; pero que me llames, que me avises antes de que salga el sol. ¿Estamos?

—Descuide su merced.

Y recogiendo su palmatoria, se deslizó el criado como un fantasma.

Tenemos otra vez al señor Frutos solo con sus pensamientos. ¿En qué meditaba? En mil cosas.... Se acordaba de su pueblo, de sus parientes y amigos, y hasta del mulo que había dejado en la posada, y para entretener el tiempo contaba y recontaba por los dedos las fanegas de trigo y arrobas de aceite que había vendido últimamente, y las que le restaban por vender, y las ganancias positivas y las probables que de tal tráfico alcanzaría. Luego reflexionaba cuán inciertas son las cosechas, y que tener tierras de secano es tener siempre el alma entre los dientes, como los jugadores, siempre arruinados ó en vísperas de arruinarse. Llueve mucho, y se pudren las semillas; llueve poco, se endurece la tierra, y no se sacan ni los gastos de la labor; no llueve nada, y entonces....

Y bostezando y abriendo un palmo de boca, tornó á quedarse aletargado, sin duda de puro aburrido y hambriento. Cuando volvió en su acuerdo, era efectivamente de noche. Llamó por tercera vez, y por tercera vez acudió el criado. Pero en esta ocasión venía de muy mala cara, como hombre á quien incomodan y molestan más de lo regular. Soltó la palmatoria, y dijo:

—Está visto que no he de dormir esta noche. Si su merced estuviera enfermo, yo le velaría tres semanas sin desnudarme ni descansar; pero estando bueno y sano, la verdad, no me parece justo que su merced se divierta en llamarme á cada instante.

—¡Á cada instante! ¡Que yo me divierto! ¡Canario!... Mira, tráeme el reloj que está sobre la cómoda.

El mozo tomó el reloj, y se quedó mirándolo muy atento. Luego se lo acercó á una y otra oreja, lo puso donde estaba, y dijo:

—Se ha parado.

—Lo creo de veras, lo creo, porque no tiene cuerda para un trimestre; aunque imagino que la última vez se me olvidó arreglarlo. Pero, hombre, ¿es posible que no haya amanecido todavía? Dos veces he querido abrir la ventana, y no pude lograrlo: no entiendo ese endemoniado pestillo. Abre tú, y veremos lo que haya.

—¿Qué ha de haber, señor? La luna y las estrellas.

Y fué derecho á la ventana, y abrió de par en par las puertas de madera. Arrojóse de la cama el señor Frutos, y pegó la nariz contra los cristales. Era de noche. No convencido todavía del testimonio de sus ojos, abrió también las puertas vidrieras. Un olor á tierra mojada entró en la habitación, y el tenue rumor de una ligera lluvia sobre los árboles y plantas. En cuanto á la luna y las estrellas, no se veían por ninguna parte. Mi pobre señor Frutos se quedó atónito y consternado.

—¡Pues, vive Dios, que es de noche y está lloviendo! ¡Vive Dios, que si esto sigue, me voy á morir de viejo antes de que amanezca! ¿Se apagó el sol?... Sí, tengo hambre. Parece que traigo cuatro ó seis leones metidos en el estómago. Mira, mientras me visto, porque ya aborrezco la cama, cierra esos vidrios, los vidrios nada más, no las maderas, y tráeme varias libras de jamón y una espuerta de pan, y....

—Señor, eso no puede ser: la gente de la casa está recogida y cerrada la despensa; pero en el armario del comedor suele quedar puesta la llave, y allí hay buen vino de Jerez y bizcochos, ó tortas. Si su merced quiere...

—¿Pues no he de querer, hijo mío? ¡Bizcochos! ¡Aunque fueran peñascos! Pero anda, y no tardes: mira que si te entretienes, puedes encontrarme ya difunto, y mi muerte cargará sobre tu conciencia. Anda, hombre, anda.

Salió el criado, y á poco volvió con un gran plato de bizcochos, una botella de vino generoso y añejo, y una copa. Lo puso todo sobre una mesa que arrimó á la ventana; y aún no lo había soltado, cuando ya el señor Frutos estaba esgrimiendo las mandíbulas.

—Puedes retirarte, hombre, y muchas gracias. No te volveré á llamar. Aquí mismo aguardaré el amanecer, suponiendo que alguna vez amanezca. ¡Lástima que no tenga á mano un almacén de comestibles y una bodega para esperar el día comiendo y bebiendo, aunque reventase! ¡Canario, y parece que ahora llueve con más fuerza!

Disimulando la risa, se retiró el criado á referir el diálogo al señor de Lopera. Veinte y cuatro horas habían pasado desde que se acostó el huésped lugareño, tan impaciente ahora por contemplar la luz del día.

Mientras llegaba, había apurado los bizcochos y el vino, y también la paciencia, si es que conservaba alguna. La vela que le alumbraba iba asimismo casi gastada: sólo quedaba un cabillo como de dos ó tres dedos. Entretanto llovía y llovía sin cesar; no con furia, pero sí con igualdad y persistencia, de lo que resultaba aún más monótono el rumor de las aguas. Y cuando ya la vela estaba próxima á consumirse del todo, oyó mi héroe á lo lejos el son de una guitarra, y luego el rasguear de otras tres ó cuatro que venían haciéndole consonancia y coro; y después, y ya más cerca, los tañedores se pararon, y una voz varonil entonó la copla siguiente:

Es tu ventana, morena, ¡Ay! Es tu ventana, morena, Un confesonario fino, ¡Ay! Un confesonario fino, Con gloria y sin penitencia.

—¡Tienen gracia estos cordobeses! murmuró entre dientes el señor Frutos. ¡No está mal puesto eso de confesonario! Pues si todos los confesonarios fueran por el mismo estilo, acudirían más penitentes que piedras hay en la calle....

En esto volvió á sonar la guitarra, y la misma voz de antes cantó en tono melancólico y quejumbroso:

¡Ay! tu ventana es la gloria; Pero la noche se pasa, Se pasa como una sombra.

—Así te pasaran con una lanza moruna de parte á parte, ladrón, embustero. ¡Pues no se atreve á decir que las noches aquí se pasan como sombras! No te parecerían tan cortas si te estuvieran dando palos. ¡Cortas las noches! Ya... ya... y se me figura que me voy á morir de viejo antes de que amanezca. ¡Bergante!...

Autores hay que sospechan que el tal músico guitarrista fuera el mismo criado, cómplice de la burla jugada al lugareño; mas sea como fuese, todo ruido cesó, y volvió á gozar el señor Frutos de tan grande soledad y silencio, cual si habitara el fondo de un sepulcro. Mucho le molestaba el hambre, pero más todavía la soledad y el aislamiento....

Como todo en el mundo tiene su acabamiento, túvolo también la ansiedad del señor Frutos, quien con los ojos clavados en el cielo cual un astrónomo, aguardaba la aurora con inquietud y ansia.... Primero sintió ese frío y singular estremecimiento, precursor de la aurora; después advirtió cierto fulgor blanquecino, cada instante más luminoso; levantó su canto el gallo, trompeta de la mañana, y al cabo, serena y hermosa, llena de armonías y resplandores, brilló con toda limpidez una magnífica alborada. ¡Cuán bella le pareció al señor Frutos! Una madre, tras prolongada ausencia, no ve con tanto gusto á su propio hijo....

Acabóse de vestir en un verbo, y salió como disparado, llamando á las puertas de todas las habitaciones, y exclamando á voces con inmenso júbilo:

—¡Ya amaneció, señores; ya va á salir el sol! Y pim, pam, pum, aldabonazos y puñetazos en las puertas.

Semejante algazara, con tan desaforadas voces y golpazos, puso en conmoción á todas las gentes de la casa. Algunos sospecharon si el señor Frutos se habría vuelto loco, y en su interior se arrepentían de haber contribuido á la broma. El primero que se presentó fué el señor de Lopera con un pañuelo de seda liado al cráneo y un semblante soñoliento y disgustado, como de quien ve interrumpido por un alboroto su mejor sueño, el de la mañanita. Venía en camisa y chanclas, y dijo á su alborozado y turbulento huésped:

—¿Qué es eso? ¿Qué jaleo es éste, hombre? ¿Por qué arma usted semejante baraúnda?

—¿Qué ha de ser, amigo mío? Que amaneció, que va á salir el sol, que ya está saliendo, y por fin se acabó la noche.

—¿Y para eso tanto ruido? ¡Pues vaya una novedad! Todas las noches se acaban; todos los días sale el sol, si no está nublado, y luego viene otra vez la noche con su luna y sus estrellas.

—¡Que viene otra vez la noche! exclamó con terror el señor Frutos. ¡La noche, que se parece á una eternidad! Bueno, vendrá si quiere venir; pero lo que es al hijo de mi padre, no le pilla la segunda. En almorzando voy á la posada, monto en el mulo, y me encajo en mi pueblo. Renuncio á ver todas las grandezas de Córdoba. Quiere decir que llegué en martes, y me voy en miércoles.

—Dispense usted que le enmiende la plana, amigo Frutos. En primer lugar, no tiene que ir á posada ninguna; pues he mandado traer su mulo, y está aquí en mi cuadra.... En segundo lugar, no es hoy miércoles, sino jueves; á no ser que el almanaque de su pueblo sea distinto del que usamos en Córdoba. Y en tercer lugar, debo decirle que yo le hospedo en mi casa con mucho gusto, que soy su amigo, y en ocho ó quince días tendré el gusto de acompañarle á todas partes, y de...

—¡Ocho ó quince días, es decir, ocho ó quince noches como la que he pasado! ¡Jesús! Ni aunque me diese usted todos los tesoros y alhajas de ese Queso, ó Tieso, ó Creso, que dicen que era tan rico. Asegura usted que es hoy jueves, y no miércoles. Bien podría ser sábado y hasta domingo, ó cualquier día de la semana, ó fuera de la semana. He perdido la cuenta del tiempo, y no quiero meterme en porfías. Lo principal es que me muero de hambre: sí, señor, de hambre: en esto no tengo duda. Mande usted que me preparen una buena cazuela de sopas de ajo con un puñado de huevos, para hacer boca, y luego cualquiera cosilla, con tal de que sea mucho y substancioso, y media hogaza de pan ó una, y varios postres, y su correspondiente vino, y...

—Basta, basta, amigo Frutos: tendrá usted aunque sea una vaca rellena. ¡Bonito soy yo para que nadie pase hambre en mi casa! Aguárdeme en el comedor, que voy á encargarlo todo.

Y desapareció. Á poco rato se complacía el señor de Lopera en ver devorar á su amigo y huésped. Tajadas de á media libra y enormes tacos de pan bajaban por su gaznate como cartas por el buzón del correo. Aquella hambre canina parecía insaciable. Á proporción eran los tragos con que inundaba su anchuroso estómago. En las dos noches y un día de obscuridad y encierro había creído desmayarse; pero ahora se desquitaba, y se desquitaba con usura.

Levantados, por fin, los manteles, empeñábase el señor de Lopera en retener á su huésped y amigo, ponderándole y ensalzando hasta el séptimo cielo la grandeza, hermosura y excelencias de la ciudad de los califas; pero toda su elocuencia fueron sermones en desierto y escribir sobre la arena: el señor Frutos permaneció firme en su propósito; y aún no eran las nueve de la mañana, cuando, caballero en su mulo, le aguijaba sin cesar para verse cuanto antes en su pueblo.

Antiquísima es en Andalucía la costumbre de saludarse los caminantes, aún cuando no se conozcan ni jamás se hayan visto. El señor Frutos encontró muchos que por la misma carretera se dirigían á la capital; pero absorbido en sus pensamientos, no solía responder acorde á tales salutaciones.

—¡Buen viaje! decía el encontradizo.

Y contestaba el señor Frutos:

—¡Qué noches tan largas!

Á pesar de todo, nuevo Ulises peregrino, llegó á su casa y patrios lares, donde halló á sus numerosos parientes y amigos con la más cabal salud. Y aquí termina el relato. Pero debo añadir que de su breve expedición le quedó para toda su vida una costumbre. Cuando quería ponderar una gran distancia, lo pesado de una faena, la disparatada estatura de alguno, decía con énfasis:

—¡Es más largo que las noches de Córdoba! Como quien dice: «No cabe más; apaga y vámonos.»

CUADROS DE COSTUMBRES (FRAGMENTOS)

I

Todo el que ha surcado el Guadalquivir, ha parado su atención en los pueblecitos, que como vanguardia de la noble ciudad de Sevilla, se le presentan, si baja, á la derecha, si sube, á la izquierda del río.

La Puebla, que es el primero que encuentra el que sube de los puertos, es grande, compacto, desprovisto de arbolado, y parece ocuparse más de la extensa campiña que domina, que no del río y del movimiento de sus barcos. Es labrador, calza polainas, y no se quita su sombrero calañés ni á los Grandes, ni á los Príncipes, ni aún á los Reyes, que en los vapores suelen pasar por delante de él, echándole el lente.

La segunda población, que es Coria, más presumida que su vecina, guarnece sus faldas con huertas, y es muy amiga del Bétis.... Coria es alegre y amiga de toros.

Gelves, que es el tercero de estos pueblecitos, se retira modestamente del surcado río, y se escalona sin pretensiones, pero con gracia, en la ladera de un monte, en cuya altura están unidos y formando un mismo edificio la iglesia y el palacio de los Condes de Gelves, propiedad de la casa de Alba. Sólo los niños al construir sus Nacimientos, pueden colocar las casas y las chozas tan sin simetría y tan pintorescamente como se ven en aquel pueblecito, el más lindo de los cuatro.

El último, que es San Juan de Alfarache, debe ciertamente la preferencia de que goza, á su buen caserío y á la cercanía de la ciudad señora; pues, en punto á vistas, aguas y posición, le aventaja el modesto y campestre Gelves. Entre este pueblo y el río se extiende una verde pradera, que pertenece al común. Entre la pradera y el terraplén formado ante la iglesia y el palacio, están en declive huertas con más árboles que hortaliza: el pueblo se encarama como puede, á ambos lados de estas huertas, sobre todo al izquierdo.... Parte la pradera que besa el río, una vereda, por la que se comunican la Puebla y Coria con la capital....

Cuando empieza este sencillo relato, era la hora apacible en que ya no deslumbra la luz, y nada oculta ni entristece todavía la obscuridad. El sol había descendido por detrás del monte, y se había ocultado entre los olivos.... El río exhalaba su húmeda frescura, que como un bálsamo, aspiraban los pechos; introducía sus olitas mansas entre los mimbrales, las ramas de los sauces y sobre la tierra, como uñas con las que quisiera asirse á las orillas, á fin de estancarse en aquellos amenos parajes, y de no ir á perderse en la amarga inmensidad del mar. Hacíale resplandecer, reflejándose en él, la luna, que poco á poco iba saliendo del anonadamiento en que la sume el sol; y un barco con sus blancas velas se deslizaba silencioso sobre su tersa superficie, de tal suerte que hubiese podido tomarse por una fantasma, si de su centro no hubiese salido una clara y alegre voz trayendo con una sonrisa la imaginación á la realidad. Esta voz cantaba:

Toma, niña, esta tumbaga, Que te la da un marinero. ¡Ojalá que se te vuelva Una lanchita con remos!

El trabajador volvía alegre á su hogar y á su descanso: oíase de lejos el ladrido del perro de campo.... Todos los seres tímidos se iban animando; las estrellas se acercaban como de puntillas, é iban ocupando sus altos puestos: miles de insectos, viéndose libres de las miradas de los enemigos que los acosan de día, se decían como chiquillos traviesos: ¡ahora es la nuestra!... El ruiseñor lanzaba entre la enramada algunas notas sueltas, á fin de ensayar su melodiosa garganta para los divinos nocturnos con que obsequia al mes de las flores; el azahar exhalaba de su pequeño y puro cáliz su deleitable fragancia, la que unida al canto del ruiseñor, á la dulzura de la atmósfera, y á la delicada luz de la luna, hacían de aquella sencilla y rústica naturaleza el Edén más poético; y sobre todo este concierto terrestre, la alta torre de la iglesia esparcía dulce y solemnemente las campanadas de la Oración, y el campesino que conserva su fe pura como la atmósfera que respira, descubríase la cabeza y rezaba.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Desde el terraplén que está ante el palacio [de Gelves], desciende bruscamente el terreno algunas varas. En el fondo de este escalón estaba labrada la casa de Simón Verde. Aunque decente y aseada, era pequeña y no tenía patio; mas como el patio es una casi necesidad para los andaluces, servía de tal un espacio empedrado que ante la casa habían allanado. Sosteníalo al frente y de ambos lados, por hacerlo necesario el declive del terreno, un pretil de piedras y cal, del cual partían unos postes que mantenían un gran emparrado, soberbia gala de pobres moradas, magnífico techado de frescas y movibles tejas, tan bien sujetas, que no las arranca de su puesto sino la violencia ó la muerte: techo paterno del pobre, que se renueva cada primavera de por sí; cuya misión es suavizar la luz sin ahuyentarla, quitar á los rayos del sol su ardor sin que pierdan su alegría, refrescar el ambiente con miles de abanicos, avisar á voces la caída de un chaparrón, y detener sus aguas, mientras la familia recoge los enseres de su labor y busca abrigo;... ya en el otoño, como regalo de despedida, inclina hacia los niños, que le alegraron con sus cantos y juegos todo el verano, enormes racimos de su hermosa fruta; y después, dando sus hojas ya inútiles al viento, se encoge y se duerme como una marmota....

Del lado de afuera del pretil había una gran cantidad de flores, que se inclinaban hacia adentro del gran salón de verdura, como para buscar la sombra, ó para lucir sus galas. También aparecían en él las gallinas con sus echaduras, haciendo regodeos, y muy anchas y afanosas con su dignidad de madre, repitiendo su uniforme clu, clu, que quiere decir ¡cuidado, cuidado! rodeadas de sus polluelos que respondían en su voz de tiple, pí, pí, que quiere decir ¡pan, pan!...

Se veían una porción de niñas reunidas bajo el emparrado de la casa de Simón. Todas ellas hablaban; todas las flores que las rodeaban, florecían; y todos los pájaros domiciliados en aquellas enramadas, cantaban á la par. Como las flores formaban casi círculo, y las niñas se agrupaban en medio, podía compararse la vista que ofrecían, á aquellos cuadros flamencos y estampas francesas, en que pintan un grupo de genios ó de niños en una guirnalda de flores. Á la puerta de la casa estaba sentada una anciana, de aire dulce y grave, aseadamente vestida. Esta anciana en medio de tantas niñas, pájaros y flores, y separada de ellos por tan larga serie de años, les estaba, no obstante, íntimamente unida, por el cariño, en ella, por la gratitud, en ellos. Era la Abuela de las niñas, la Madre de las flores que había plantado, y la Providencia de los pájaros, á los que daba de comer. Conservaba esta anciana sus facultades en toda su lozanía; pero no así los sentidos corporales: oía poco, y veía menos. Por lo cual, cuando aplicaba la vista hacia el centro del emparrado, confundía las niñas con las flores, y cuando aplicaba el oído, no distinguía entre sí el alegre gorjeo de los pájaros y la infantil algarabía de sus nietos.

—Ya está la cigüeña machacando el gazpacho, dijo una de las niñas más chicas.

—Sí, respondió otra de la misma categoría—que debía á su respetable gordura el sobrenombre de albóndiga,—ya vino de la tierra de los moros la zancona.

—¡Pobres ranas! dijo suspirando la primera, anoche cantaban tanto y le decía la rana al rano: Ranoque, ¿ha venido Picuaque?—Ranoque respondía: No ha venido Picuaque.—Pues si no ha venido, decía la rana, cantemos el reniquicuaque.

—¡Cantemos el reniquicuaque! cantaron todas á gritos.

—Chiquillas, que me atolondráis, dijo la Abuela. Águeda, hija, tú que eres la mayorcita, ve que se diviertan Uds. con más asiento. Jugad á algún juego, ó decid acertijos, ó contad cuentos....

Águeda, que era dócil, hizo callar y sentarse al ejército que estaba bajo su disciplina....

—Mariquilla albóndiga, dí tú un acertijo. Mis narices pongo á que no sabes ninguno, dijo Águeda.

La Albóndiga se irguió indignada, y respondió:

—¿Que no sé un acertijo? ¡Vaya! ¡y más de tres, y más de mil! Y si no, ahora lo verás:

Cuando baja, ríe; cuando sube, llora; Á que no me lo aciertas en una hora.

—El carrillo:—¿á que no lo sabes tú?

—¿Y tú sabes lo que es? repuso Águeda.

Una vieja jorobada, Con un hijo enredador, Unas hijas muy hermosas, Y un nieto predicador.

—¡Es, es... la tía Pilonga!

—¡Qué desatino! ¿tiene la tía Pilonga hijas muy hermosas?

—Pues yo no conozco más vieja jorobada; se acabó.

—¡Es la parra, mujer, la parra!... que tiene sarmientos, uvas, y un nieto que se sube á la cabeza, que es el vino: ¿lo sabes ahora?

—Lo sé y no lo sé, contestó la albondiguilla, que en seguida exclamó: ¡Ay! ¡oye el cucú! está en la huerta.

—Di los cucús, observó otra de las niñas; ¿no ves que son dos voces? el hijo que dice cu, y el padre que le responde sobre la marcha, cu.

—El cucú es el más descastado de todos los pájaros,—dijo la Abuela, que se impuso en la conversación, gracias al agudo timbre de las voces de las niñas.—Va el pícaro al nido de otro pájaro, se come sus huevecitos y en su lugar pone los suyos. Después que la pobre madre saca los huevos, abren los polluelos su gran pico, pues son muy comilones, y la pobre pajarita, que cree que son sus hijos, se mata para poder criar los voraces cuneros.

—Dice Padre, añadió Águeda, que otro pájaro hay muy pícaro y de mucho sentido, que es el alcaraván. Las zorras le persiguen mucho para comérselo, porque les gusta más que un confite. Un día le dijo el alcaraván á la zorra que su carne no tenía todo su sabor, si antes de comerla no se decía: alcaraván comí. Así lo hizo la zorra cuando poco después lo cogió. El alcaraván aprovechó la ocasión de que abriese la boca la zorra para decir alcaraván comí, y se voló diciendo: ¡á otro; que no á mí!

—Mira,—dijo una de las oyentes al ver posada sobre una rosa una palomita blanca y oir revolotear un moscón;—cata aquí una palomita blanca que lleva los recados á María; y un moscón, que es el que se los lleva al diablo.

Corrieron siguiendo la dirección del vuelo del moscón diciendo á la par:

—Moscón, dile al diablo que se vaya, con los moros de Berbería, y que no aporte por acá.

—Moscón, dile al diablo que sepa para su gobierno que está en la iglesia San Miguel, que es quien con él se las sabe barajar.

—Moscón, dijo á su vez Mariquilla albóndiga, díle al diablo que mi mae Ana me ha puesto una cruz de retama macho al cuello para librarme de él y de la erisipela.

—Y á la palomita blanca, ¿qué recado le das para María, Mariquilla? preguntó Águeda.

Mariquilla se acercó andando de puntillas, y hablando muy quedo para no ahuyentarla, dijo:

—Palomita; que le des muchas memorias á María.

—¡Qué tontuna! eso no.

—¿Pues qué?

—Se dice: palomita, dile á la Señora de nuestra parte, como en las letanías se le dice: ora por obis!

Y como si la mariposa hubiese atendido al encargo y á esa súplica, y á aquella fe tan pura y sencilla, elevóse al impulso de sus blancas alas, y se perdió en el éter como un suave perfume, ó como un dulce sonido.

Las niñas, que eran pobres, comieron todas allá, y á la caída de la tarde dijo la mayor:

—Ea, ya el sol se va.

—Y yo también me voy, que ya vendrá Pae, dijo la Albóndiga.

—Y yo, añadió la tercera.

—¡Y yo... y yo! con Dios, mae Ana, repitieron todas.

Y el alegre coro se fué cantando, al observar la luna que parecía mirarlas:

Luna lunera, Cascabelera, Mete la mano En la faltriquera; Saca un ochavo Para pajuela.

Una de las muchas luces del siglo,—¡los fósforos!—ha quitado su oportunidad y sentido á esta infantil plegaria á la luna.... ¡Pueda perdonárselo la luna! Nosotros no nos sentimos con fuerza y valor para ello.

(From Simón Verde.)

II

Saliendo de Jerez en dirección á los montes de Ronda, que se van escalonando gradualmente,... se atraviesa una extensa llanura, que lleva el nombre de Llanos de Caulina. El uniforme y desnudo camino, después de arrastrarse dos leguas por entre palmitos, hace alto al pie de la primera elevación de terreno....

Vese á la derecha el castillo de Melgarejo, que es de las pocas construcciones moriscas, que no ha llegado á destruir el tiempo....

Flanquean los ángulos del castillo cuatro torres cuadradas, las cuales así como las murallas de todo el recinto, están coronadas de bien formadas almenas, que se alínean uniformes, firmes y sin mella, como los dientes de una hermosa boca.

Este castillo fué denominado de Melgarejo, por haber sido conquistado por un caballero jerezano de este nombre....

Ocupaban este castillo, por los años de mil trescientos y tantos, ciento y cincuenta moros con sus familias. Vestían de blanco, al uso de su nación, y montaban caballos tordos.

Encerrados como se hallaban, procurábanse el sustento, haciendo de noche correrías, y trayéndose todo el botín que podían recoger.

Melgarejo se propuso conquistar el fuerte castillo, que rodeaba un ancho foso....

Prometió el caballero cristiano la libertad á un esclavo que tenía, si se consagraba á secundarlo en la empresa que meditaba. Convenidos amo y criado, encargó el primero al segundo, muy buen ginete, que enseñase á saltar fosos á una yegua, singularmente ligera, que poseía, ensanchando el foso gradualmente, hasta que llegase á tener la anchura del que cercaba al castillo sarraceno.

Conseguido esto, reunió Melgarejo sus parciales, los disfrazó de moros, haciéndoles cubrir sus caballos con mantas blancas, y una noche que habían salido los defensores del castillo, se dirigió con los suyos hacia él. Los que estaban esperando á los moros, vieron acercarse esta hueste sin recelo, tomándola por la que aguardaban. Cuando la cristiana estuvo cerca, reconocieron su error, y quisieron levantar el puente; mas ya el esclavo de Melgarejo, montado en su ligera yegua, había saltado el foso y cortado las cuerdas; por lo que no pudieron alzarlo, y los jerezanos se hicieron dueños de la fortaleza.

Este fuerte castillo,—por el que ha pasado el tiempo destrozador sin dejar más huella que la que dejaría la pisada de un pájaro,—transpone á uno con tal fuerza de ilusión á lo pasado, que se extraña no ver tremolarse en sus torres el pendón de la media luna, y se echa de menos detrás de cada almena un blanco turbante....

Para ir á Arcos se deja á la izquierda el muerto castillo, en cuyo recinto se mueven, como en un esqueleto hormigas, los trabajadores, con los aperos de un pacífico cortijo. Tomando la vuelta de este primer escalón de la sierra, se atraviesan otros llanos, cubiertos, en cuanto alcanza la vista, de ricas mieses....

Al elevarse el terreno, se cubre de olivares, como si quisiera abrazar á la anciana y blanca Arcos, que conserva con orgullo su título de ciudad, sus caducos privilegios y sus rancios pergaminos....

Arcos se presenta y se retira alternativamente á los ojos del viajero, cansado de su ascensión...; hasta que, pasando entre dos altas peñas, se entra de repente en el pueblo, cuya situación sorprende y admira aún á los menos sensibles á las bellezas de la naturaleza y á los encantos de lo pintoresco.

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(The scene is at Arcos [Andalusia] in the home of a humble workman.)

El tío Cohete era un pobre hombre, muy honrado, muy bueno y muy sencillo, que se hacía el gracioso, con el fin de sacar alguna limosna para las monjas, de que era demandante; remedaba á la perfección el canto de todos los pájaros, el ladrido del perro, el maullido del gato, y sobresalía en imitar el silbido y chasquido del cohete, lo que le había valido el sobrenombre por el que era conocido. Sabía además una porción de versecillos, romances y acertijos....

Habiendo sido instado el tío Cohete á que dijese algunas de sus gracias, éste empezó por recitar los mandamientos del pobre y del rico.... Y dijo así:

—Los mandamientos del rico de hoy día son cinco, á saber:

El primero, Tener mucho dinero. El segundo, Hacer burla de todo el mundo. El tercero, Comer buena vaca y buen carnero. El cuarto, Comer carne en Viernes Santo. El quinto, Beber vino blanco y vino tinto.

Estos mandamientos se encierran en dos: Todo para mí, y nada para vos.

Los mandamientos del pobre, son:

El primero, No tener nunca dinero. El segundo, De él hace burla todo el mundo. El tercero, No comer ni vaca ni carnero. El cuarto, Ayunar, mas que no sea Viernes Santo. El quinto, No probar ni el blanco ni el tinto....

—Diga V. un acertijo, tío Cohete.

El buen hombre, de quien la naturaleza y su género de vida habían hecho la personificación de la obediencia voluntaria y bondadosa, dijo:

Cincuenta damas, Cinco galanes; Ellos piden pan, Y ellas piden ave.

—El rosario; ése ya lo sabía yo, dijo un muchacho:—Otro:

Las tocas de doña Leonor, Á los montes cubren, y á los ríos no.

—Nos damos por vencidos, tío Cohete.

—Es la nieve, caballeros.

En este momento dió la Oración; todos se pusieron en pie, y quitaron los sombreros.

El tío Bartolo rezó la Oración, y después un Padre nuestro.

(From Lucas García.)

III

(The scene is in the home of a poor peasant, at Valdeflores, a small village in the mountains of southern Spain.)

La casa era, como el corto número de las que componían la aldea, construida con muros de piedra, sin mezcla que las uniese, ni revoque que las cubriese, y cobijada con un techo de aneas. El interior lo formaba, como las granjas del Norte, una sola y vasta pieza; en el testero había un hogar para fuego de leña, que servía de cocina, de estrado y de comedor. Á ambos lados del fogón había unas divisiones hechas con tabiques, que servían de dormitorios y de graneros. En la parte opuesta había pesebres para las bestias, saltaderos para las gallinas, y paja fresca para comodidad de los animales, que en el campo son tan constantes y bienhechores compañeros del hombre.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

La escena era doméstica y tranquila, como lo era la vida de los que allí estaban reunidos. Las gallinas, con el bienestar que les producía el calor del sol de abril, y la reciente comida que les había distribuido su buena ama, se entregaban al dulce far niente, habiendo hecho con sus patas hoyos en la tierra, en los que se estiraban y solazaban. Las que tenían pollos, los cobijaban debajo de sus alas, como debajo de un quitasol de plumas. El gallo, apuesto y grave, custodiaba su familia con ojo vigilante—como prudente,—y con erguida cabeza, como guapo. El perro dormía á pierna suelta en el santo suelo, como un soldado en tiempo de paz: la gata se había colocado sobre la camisa que estaba haciendo Estefanía, resguardando su fino calzado y su traje limpio con la conocida pulcritud de su casta.... Hasta las golondrinas,—arquitectas, que como amigas de las casas pacíficas y felices, acudían allí en gran número,—callaban su pico, por traerle ocupado con la mezcla. Así era que sólo se oía el ruido que producía la olla al hervir en el hogar, y el que hacían los dientes de un mulo al tomar su pienso en el pesebre; cuando se alzó suave y clara la voz de Estefanía cantando la dulce y triste tonada de la nana, que muchas personas, así cultas como no cultas, no pueden oir sin que involuntariamente se les llenen los ojos de lágrimas.

Á los niños que duermen Dios los bendice; ¡Y á las madres que velan Dios las asiste! En los brazos te tengo, Y considero, ¡Qué será de ti, hijo, Si yo me muero! Á la puerta del cielo Venden zapatos, Para los angelitos Que están descalzos. Á la ro, ro, le cantaba La Virgen á sus Amores, —¡Dulce hijo de mi vida! Perdona á los pecadores. (From Más Honor que Honores.)

LA AJORCA DE ORO

I

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que no se parece en nada á la que soñamos en los ángeles, y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio á algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.

Él la amaba: la amaba con ese amor que no conoce freno ni límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios....

Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo.

Él, supersticioso, supersticioso y valiente....

Ella se llamaba María Antúnez.

Él Pedro Alfonso de Orellana.

Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad que los vió nacer....

II

Él la encontró un día llorando y le preguntó:—¿Por qué lloras?

Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y volvió á llorar.

Pedro entonces, acercándose á María, le tomó una mano, apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa miraba pasar la corriente del río, y tornó á decirle:—¿Por qué lloras?

El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol transponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba como un velo de gasa azul, y sólo el monótono ruido del agua interrumpía el alto silencio.

María exclamó:—No me preguntes por qué lloro, no me lo preguntes; pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme.... Te lo ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la revelase, acaso te arrancaría una carcajada.

Cuando estas palabras expiraron, ella tornó á inclinar la frente, y él á reiterar sus preguntas.

La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo á su amante con voz sorda y entrecortada.

—Tú lo quieres, es una locura que te hará reir; pero no importa: te lo diré, puesto que lo deseas.

Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen; su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de oro, resplandecía como una ascua de fuego; las notas del órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve, Regina.

Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos, cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego en la imagen, digo mal, en la imagen no; se fijaron en un objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención. No te rías... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo... Yo aparté la vista y torné á rezar... ¡Imposible! Mis ojos se volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se reproducían de una manera prodigiosa....

Salí del templo, vine á casa, pero vine con aquella idea fija en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás? aún en el sueño veía cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería; una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante quien me humillo, era una mujer, otra mujer como yo, que me miraba y se reía mofándose de mí.—¿La ves? parecía decirme, mostrándome la joya.—¡Cómo brilla! Parece un círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de verano. ¿La ves? pues no es tuya, no lo será nunca, nunca.... Desperté; pero con la misma idea fija aquí, entonces como ahora, semejante á un clavo ardiente, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la frente... ¿No te hace reir mi locura?

Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y dijo con voz sorda:

—¿Qué Virgen tiene esa presea?

—La del Sagrario, murmuró María.

—¡La del Sagrario! repitió el joven con acento de terror: ¡la del Sagrario de la catedral!...

Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su alma, espantada de una idea.

—¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? prosiguió con acento enérgico y apasionado; ¿por qué no la tiene el arzobispo en su mitra, el rey en su corona, ó el diablo entre sus garras? Yo se la arrancaría para ti, aunque me costase la vida ó la condenación. Pero á la Virgen del Sagrario, á nuestra Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo, ¡imposible, imposible!

—¡Nunca! murmuró María con voz casi imperceptible; ¡nunca!

Y siguió llorando.

Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre que se asienta la ciudad imperial.

III

¡La catedral de Toledo! Figuraos un bosque de gigantes palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive, con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de seres imaginarios y reales.

Figuraos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la obscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.

Figuraos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros mayores, sobre el que los siglos han derramado á porfía el tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.

En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones de la tierra....

Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á nuestros ojos á cualquiera hora que se penetra en su recinto misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan profunda como en los días en que despliega todas las galas de su pompa religiosa, en que sus tabernáculos se cubren de oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus pilares de tapices.

Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de incienso, y las voces del coro, y la armonía de los órganos y las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.

El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la magnífica octava de la Virgen.

La fiesta religiosa había traído á ella una multitud inmensa de fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones; ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano, cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero. Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus facciones.

Era Pedro.

¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se arrastrara al fin á poner por obra una idea que sólo el concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo saberse.

Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente, llevaba escrito su pensamiento.

La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en un silencio profundo.

No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, ó murmullos del viento, ó ¿quién sabe? acaso ilusión de la fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no existe, pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora á sus espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como rumor de pasos que van y vienen sin cesar.

Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llegó á la verja, y subió la primera grada de la capilla mayor. Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes, cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de la espada, parecen velar noche y día por el santuario á cuya sombra descansan todos por una eternidad.

—¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo. Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la capilla lo formaban anchas y obscuras losas sepulcrales.

Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron á su vista, y oscilaron las estatuas de los sepulcros y las imágenes del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y sus machones de sillería.

—¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se acercó al ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más imponente aún que la obscuridad. Sólo la Reina de los cielos, suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía sonreir tranquila, bondadosa, y serena en medio de tanto horror.

Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le tranquilizara un instante, concluyó por infundirle temor; un temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces había sentido.

Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla, extendió la mano con un movimiento convulsivo y le arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á una fortuna.

Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados la oprimían con una fuerza sobrenatural, sólo restaba huir, huir con ella: pero para esto era preciso abrir los ojos, y Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se movían lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores temerosos y extraños.

Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se escapó de sus labios.

La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus huecos, y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban con sus ojos sin pupila.

Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes, cenobitas y villanos, se rodeaban y confundían en las naves y en el altar. Á sus pies oficiaban, en presencia de los reyes, de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que él había visto otras veces, inmóviles sobre sus lechos mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas, trepando por los machones, acurrucados en los doseles, suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.

Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una violencia espantosa; una nube de sangre obscureció sus pupilas, arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.

Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre sus manos, y al verlos aproximarse exclamó con una estridente carcajada:

—¡Suya, suya!

El infeliz estaba loco.

POESÍAS

LOS DOS CONEJOS

POR entre unas matas, Seguido de perros, (No diré corría) Volaba un conejo. De su madriguera Salió un compañero, Y le dijo:—¡Tente! Amigo, ¿qué es esto? —¿Qué ha de ser? responde; Sin aliento llego... Dos pícaros galgos Me vienen siguiendo. —Sí, replica el otro, Por allí los veo, Pero no son galgos. —Pues, ¿qué son?—Podencos. —¿Qué? ¿Podencos dices? —Sí, como mi abuelo. —Galgos y muy galgos; Bien vistos los tengo. —Son podencos: vaya, Que no entiendes de eso. —Son galgos, te digo. —Digo que podencos. En esta disputa, Llegando los perros, Pillan descuidados Á mis dos conejos. Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.

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